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Notas del archivo 'Aventuras' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 15 de febrero de 2014

El duelo es una narración algo distinta de las demás de Joseph Conrad: por sus escenarios, por su tema, y porque no contiene digresiones sino que se ciñe casi totalmente a los hechos. Es también original en su forma de contar un episodio prolongado en el tiempo: es casi como si lo mismo volviese a ocurrir una y otra vez, de forma totalmente realista pero también con un cierto carácter de pesadilla para uno de los dos protagonistas.

Estos son, al comienzo, en 1800 y en Estrasburgo, dos tenientes en dos regimientos de húsares de Napoleón: Feraud, un tipo colérico y primario, y D’Hubert, un hombre cortés pero arrastrado por el ímpetu y la violencia de Feraud, además de por los usos sociales de su época y su ambiente. Feraud se siente ofendido por D’Hubert y lo reta; a ese primer duelo le seguirán otros, a lo largo de casi veinte años, en diferentes escenarios, pues por distintas razones ninguno termina con la muerte de uno de los dos y Feraud no acepta nunca una posible reconciliación.

Para quienes les rodean, el motivo para el duelo se oscurece con el tiempo y se termina transformando en un misterio para todos y en una especie de leyenda que se alza sobre algo desconocido, por más que todo sea tan estúpido. Un personaje, al final, dice: «en este asunto de honor creo que ha habido desde el principio hasta el final algo que nadie en el ejército ha podido desentrañar (…). En misterio se inició, en misterio se desarrolló, y en misterio acabará, según parece».

Acerca de este relato decía su autor que «lo que intentaba capturar con mi pequeña red» era el espíritu de heroica ingenuidad de una época «que no fue precisamente militarista pese al continuo fragor de los combates, sino juvenil, casi infantil en su exaltación de los sentimientos». Y apunta su amigo y crítico Edward Garnett, que «El duelo es un ejemplo perfecto del método de Conrad para presentar un asunto desde varias perspectivas complementarias, para mostrar el forro raído bajo el paño del abrigo». La primera edición que cito contiene un largo prólogo con lenguaje que, para mi gusto, es demasiado académico-técnico.

Joseph Conrad. El duelo (The Duel, 1908). Córdoba: Berenice, 2006; 218 pp.; edición e introducción de Julián Jiménez Heffernan; trad. de Mario Jurado; ISBN: 84-935047-4-2. Otra edición en Madrid: Alianza, 2008; 152 pp.; col. El libro de bolsillo, Biblioteca Conrad; trad. de Arturo Argüero; ISBN: 978-84-206-6836-9. Nueva edición en Alianza, 2016; 168 pp.; col. Libros Singulares; ISBN: 978-8491043331. [Vista del libro en amazon.es]
Joseph Conrad. Nota del autor: los prólogos de Conrad a sus obras (Conrad’s Prefaces to His Works, 1937). Segovia: La Uña Rota, 2013; 237 pp.; traducciones de Catalina Martínez Muñoz, Eugenia Vázquez Nacarino y Miguel Martínez-Lage; con un ensayo de Edward Garnett; ISBN: 978-84-95291-27-1. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 17 de octubre de 2012

Hace pocos meses se publicó en castellano el segundo libro protagonizado por Biggles, el personaje creado por W. E. Johns, titulado Biggles en Oriente. Quienes lo pasaron bien leyendo el primero, lo pasarán mejor en el segundo pues, esta vez, el autor no presenta sólo una sucesión de hazañas del héroe sino que le pone delante un enemigo a su nivel y tensa su historia con un buen hilo conductor.

Biggles accede, muy a su disgusto, a ser espía en una base alemana en Palestina ocupando el papel que debía desempeñar allí un desertor inglés. Se gana pronto al jefe de la base, el conde Von Faubourg, pero no así a su temible jefe de estado mayor, Eric von Stalheim. Las zancadillas de von Stalheim para pillar a Biggles en un traspiés le hacen desarrollar, más todavía, su asombrosa capacidad de caer siempre de pie. Naturalmente, tendrá oportunidades de poner de manifiesto sus dotes portentosas para los combates aéreos, en especial cuando aparece por la base un presuntuoso aviador alemán.

Los entusiastas de los aviones antiguos disfrutarán y quienes deseen ver a un héroe de los de antes, también. Además, la historia tiene interés para los que desean fijarse en cómo se ha de armar un relato de acción en el que no hay pausa y en el que se suceden los momentos de tensión. Igual que vemos en cualquier thriller, también aquí comprobamos cómo las imágenes que usa el narrador se corresponden con la tecnología de la época: «el cerebro del británico, que parecía haber decaído como un motor cuyas bujías dejan de producir chispas, volvió a acelerarse al máximo».

Naturalmente, no faltan los detalles de buen humor típicos del género que también son guiños de complicidad a distintas clases de lectores. Así, el narrador nos indica que Biggles «era un hombre demasiado práctico para dejarse impresionar por los lazos históricos del suelo que estaba pisando, y que en otros tiempos habían hollado Jenofonte y sus arrojados Diez Mil, Alejandro Magno, no pocos generales romanos, y cruzados al frente de huestes armadas; pero sí que era consciente de la vaga depresión que resulta, en muchas ocasiones, del contacto con la antigüedad más remota.
—No me extraña que los que se pierden en el desierto acaben majaretas —se dijo en voz baja…»

W. E. Johns. Biggles en Oriente (Biggles Flies East, 1935). Barcelona: Edhasa, 2011; 320 pp.; trad. de David León Gómez; ISBN: 978-84-350-3579-8.

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viernes, 4 de mayo de 2012

Actualizo el comentario al conjunto de las novelas de Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, con ocasión de la publicación de la última: El puente de los asesinos (2011). En ella se cuenta la preparación, en 1626, de «un golpe de mano en Venecia, por Navidad. Ajuste de cuentas con aquellos comedores de hígado encebollado, tornadizos como cantoneras de todo trance».

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miércoles, 11 de enero de 2012

Velas rojas
es una novela de aventuras de 1923 firmada por Aleksandr Grin. El autor alemán Willi Fährmann publicó una versión reducida titulada El velero rojo que conserva la tensión y los acentos de romanticismo entusiasta del original.

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miércoles, 1 de junio de 2011

Quienes sean entusiastas de los pioneros de la aviación, y de los combates aéreos de la primera Guerra Mundial, están de enhorabuena. Se acaba de publicar el primer libro de la serie protagonizada por Biggles, tal vez el personaje de aventuras inglés más popular durante varias décadas: La escuadrilla de los Camel, de William Earl Johns. Cuando hace años busqué estos libros editados en castellano, sólo encontré algunos de su época final.

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miércoles, 28 de enero de 2009

He leído varias novelas de Anthony Horowitz pero, aunque me parece un buen escritor, con el oficio narrativo y el dominio de los recursos propios de la fantasía de muchos autores ingleses, ninguna me ha entusiasmado, tal vez porque me acaban resultando relatos artificiales. Un ejemplo es Stormbreaker, el thriller sobre una especie de James Bond adolescente llamado Alex Rider, del que se hizo una película hace ya un año o más.

Sin embargo, rescato un párrafo de esa novela que, a mi juicio, ejemplifica bien varias cosas que un buen narrador no ha de perder de vista: cómo introducir al lector dentro de la mente del protagonista, cómo decirle que la novela que tiene delante es más que una novela, cómo conectar el relato con clásicos de aventuras que muchos lectores conocen bien, y cómo hacer avanzar eficazmente la historia. La escena se desarrolla cuando Álex ve a unos hombres en la costa: «Cada vez más curioso, Álex se deslizó hacia allí y encontró un lugar en el que ocultarse, tras una agrupación de rocas. Parecían estar esperando un barco. Miró al reloj. Eran exactamente las dos en punto. A punto estuvo de echarse a reír. De haber dado a aquellos hombres pistolas de chispa y caballos, casi hubieran podido salir de un libro juvenil. Contrabandistas de la costa de Cornualles. ¿Sería eso a lo que se dedicaban? ¿Esperaban cocaína o marihuana procedente del continente? ¿Por qué estaban allí en mitad de la noche?».

Anthony Horowitz. Stormbreaker (2000) Madrid: Edaf, 2006; 242 pp.; trad. de José Antonio Álvaro Garrido; ISBN: 84-414-1721-0.

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miércoles, 23 de abril de 2008

Hood,
de Stephen Lawhead, es el primer libro de una trilogía que recrea las leyendas sobre Robin Hood aunque con cambios significativos: no se ambientan en Inglaterra sino en Gales y están entremezcladas con otras leyendas populares galesas; tienen lugar en 1093 cuando reinan los hijos de Guillermo el Conquistador, y no en la época de Juan sin Tierra y Ricardo Corazón de León de dos siglos después. El autor, que ha publicado antes varias series de novelas en las que recrea viejas leyendas —muy vendidas y que no conozco—, explica sus elecciones en un epílogo: la impenetrabilidad de Gales a la conquista normanda, la densidad de sus bosques, la maestría de los galeses en la fabricación y el uso del arco largo... A la vez también reconoce que ningún apoyo más hay para ellas en las canciones populares medievales que tratan sobre Hood.

El protagonista, llamado Bran, es el joven y alocado hijo del rey de Elfael que, al comienzo de la historia, fallece junto con sus hombres en una emboscada. Cuando Bran intenta que le sean reconocidos sus derechos hereditarios es perseguido y dado por muerto. Gracias a los cuidados que le presta una hechicera del bosque se recupera físicamente y también se hace consciente de su destino: aceptar el liderazgo de su gente y luchar por ellos. En esta novela se presentan el conflicto que origina la lucha del protagonista; su mundo interior un tanto convulso; quiénes son sus compañeros y sus enemigos; su relación con lady Mérian. Al final, el lector queda situado: conoce la frágil posición de Bran en medio de un juego de intrigas a varias bandas. Al fondo, se ve que todo está regido por una leyenda-profecía sobre un Rey Cuervo —Rhi Bran—, que Bran escucha de labios de la hechicera cuando está convaleciente.

A la espera de cómo aborda las siguientes novelas de la serie, se puede alabar el trabajo del autor. A partir de un capítulo introductorio excelente, la narración coge un paso tranquilo que se sigue con el interés de una novela clásica de aventuras. Los personajes se van definiendo bien de acuerdo con sus acciones, la tensión de las escaramuzas guerreras está conseguida y, poco a poco, el lector siente crecer sus deseos de que los malvados reciban por fin su merecido. Los ambientes medievales están reflejados sobriamente y las descripciones son buenas; algunas escenas están particularmente cuidadas, como las que dan protagonismo al bosque y la que narra la fabricación del arco y las flechas que usará Bran. El autor se toma en serio a sus personajes y evita cualquier clase de ironía torpe, al tiempo que refleja la mezcla de fe y barbarie de algunos comportamientos. Tal vez le sobren los ribetes misteriosos-esotéricos que tiene Angharad, la hechicera, aunque ciertamente no es un aspecto en el que se cargue la mano.

De momento, por tanto, se puede decir lo mejor de un relato así: que abre los deseos de leer la segunda parte con la esperanza de que se mantenga el nivel.

Stephen Lawhead. Hood (2007). Barcelona: Timun Mas, 2008; 458 pp.; trad. de Isabel Clúa Ginés; ISBN: 978-84-480-3623-2.

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jueves, 22 de febrero de 2007

Cuando preparé la primera edición de Bienvenidos a la Fiesta omití una referencia a las novelas de Alatriste, de Arturo Pérez Reverte, porque, aunque había salido la primera novela se anunciaban seis, y decidí esperar. Ahora que han salido ya seis y se sabe que habrá más, se ve con claridad que la serie ha cambiado de signo y se puede afirmar que no es equiparable con ninguna serie de aventuras juveniles al uso. Aprovechando la publicación de Corsarios de Levante he vuelto a leer todas las andanzas del personaje y he preparado un comentario a las seis novelas.

Un amigo mío suele decir que Pérez Reverte no es su historiador favorito pero, dejando de lado  los juicios que merezca su presentación de la época, que son tarea de los historiadores, en este comentario se puede hacer notar que, aunque Alatriste dice a Iñigo Balboa que «la pluma llega donde no lo hace la espada...», lo cierto es que la serie parece dar la razón a quien apostilla lo anterior con un «...siempre y cuando la pluma sea más larga y más afilada». Total, a mí me habría gustado menos espíritu didáctico y, sobre todo, menos violencia explícita y más contención.

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jueves, 18 de enero de 2007

La piedra inca,
de César Mallorquí, está escrita con el interés de sacar partido al (merecido) éxito que obtuvo La Cruz de El Dorado. Sin embargo, si con esta novela enganché por su novedad y frescura, no me ha pasado lo mismo con su continuación. Una primera explicación quizá sea que, vista la primera, ya me parece suficiente: al menos para mí ha pasado la época en la que leía secuelas y secuelas. Otra es que La piedra inca es mucho más caricaturesca: por ejemplo, se ha estirado en exceso el personaje de Yocasta, concediéndole inesperados conocimientos de idiomas, una abrumadora sabiduría histórica, y una formidable capacidad retórica. Una tercera es que involucrar a los templarios en el argumento me resulta ya demasiado: aunque el apéndice final ponga las cosas en su sitio, lo cierto es que Mallorquí no necesita recurrir a un tema tan manido para darle marcha a su novela. Otra más es que no me gustan como héroes los tipos que se pasan la vida de antro en antro: considero muy interesantes las novelas que presentan los antros y los personajes que los habitan tal y como son, me parecen engañosas las que toman demasiado a broma a gentes y lugares que, vistos de cerca, son cualquier cosa menos atractivos.

César Mallorquí. La piedra inca (2005). Barcelona: Edebé, 2005; 400 pp.; col. Las asombrosas aventuras de Jaime Mercader; ISBN: 84-236-7337-5.

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jueves, 23 de noviembre de 2006

Poderosas novelas que, como Los cuarenta días del Musa Dagh, se desarrollan en escenarios turcos, y que también hablan de rebelión y de lucha por la libertad, son las de Yaşar Kemal, El Halcón, El retorno del Halcón y La furia del Monte Ararat.

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miércoles, 29 de junio de 2005

Hace unos días hablé de Tan lejos como los pies me lleven, un relato firmado por Josef Bauer basado en una historia real protagonizado por un fugitivo alemán a través de Siberia. Una vieja y olvidada y divertida novela, con mucha información costumbrista bien entretejida con las aventuras de los pequeños pícaros protagonistas, y redactada también por un viajero alemán a partir de los recorridos que hizo él mismo en una expedición geográfica en los años veinte por Mongolia, es En misión secreta por el desierto de Gobi, de Fritz Mühlenweg. Por lo que sé, disponible sólo en bibliotecas antiguas.

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martes, 15 de febrero de 2005

En uno de los ensayos recogidos en Utopía y desencanto, Claudio Magris dice de Ernst Jünger que es un escritor significativo que hay que leer, por su prosa tersa e impecable y por su condición de «sismógrafo de la nada» o, dicho de otro modo, de ser un experto en el nihilismo ambiental propio de Occidente. Dicho esto, debo confesar que no lo he leído mucho, aunque lo suficiente para señalar que Juegos africanos, recientemente republicado después de muchos años, es un relato excepcional que merece ser leído, entre otras cosas por la perfección con que da cuenta del poder fascinador que tienen las grandes novelas de aventuras sobre la mente juvenil.

Claudio Magris. Utopía y desencanto – Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad (Utopia e disincanto. Storie, speranze, illusioni del moderno, 1999). Barcelona: Anagrama; 1999; 364 pp.; col. Argumentos; trad. de J. A. González Sáinz; ISBN: 84-339-6148-9.

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