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Notas del archivo 'Novelas de amor' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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jueves, 30 de marzo de 2017

Será porque te amo es la primera y prometedora novela de Luis Fernández Vaciero. Su título está tomado de una famosa canción y lo que se cuenta se desarrolla en Roma el año 2005. Miguel es un analista financiero español casado con Giulia, una periodista italiana, desde hace once años. Los conflictos son: mucho trabajo de los dos, ayuda escasa de Miguel en la atención de los hijos y tensiones en el matrimonio; problemas en los mercados, que ponen a Miguel al borde de comportamientos canallas, y aparición en su empresa de una joven y atractiva cliente; reaparición en Roma de un antiguo compañero de Miguel que también fue pretendiente de Giulia; fallecimiento de Juan Pablo II y descubrimiento de una joven misteriosamente asesinada, con lo que el trabajo de Giulia se complica y multiplica.

La historia es amena y está bien escrita. Su peso lo llevan las escenas narradas alternativamente por los dos protagonistas, con muchos diálogos y, a veces, con pequeños tramos en los que recuerdan momentos del pasado. Además, se incluyen noticias de prensa y correos electrónicos de otros personajes que proporcionan nuevos datos y hacen avanzar el argumento. Se transmiten bien las ansiedades y preocupaciones de Miguel y Giuilia: los agobios que sienten ante las vidas estresantes que llevan y ante los dilemas vitales que les plantean. Tienen interés, aunque aparezcan poco, secundarios como, entre otros, el amigo de colegio y cuñado de Miguel, Pier Paolo, y Jenny, una periodista norteamericana compañera de Giulia. Las distintas subtramas están bien entrelazadas y situadas en una Roma caótica y atractiva que acaba siendo un personaje más.

Luis Fernández Vaciero Será porque te amo (2017). Villaviciosa: Camelot, 2017; 330 pp.; ISBN: 9788494664519. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 29 de octubre de 2015

Acabo de ver una nueva edición de El amigo Fritz, una de las novelas más populares de los alsacianos Emile Erckmann y Alexandre Chatrian, que había leído en una edición antigua y que no incluí, en su momento, en Bienvenidos a la fiesta (libro), porque me pareció dulzona en exceso. La he vuelto a leer y, aunque confirmo aquella opinión, también ahora veo mejor sus cualidades, aparte de que cuando abundan tantas novelas patéticas no viene mal una con enormes dosis de bondad y cordialidad.

Los autores sitúan su relato en Huneburg, un pueblo alsaciano dependiente de Baviera entonces, y cuentan la historia de Fritz Kobus, un rico solterón aficionado al buen beber y al buen comer. Comienza cuando tiene unos 36 años y el mejor amigo de su padre, el viejo rabino David Sichel, le dice que se casará pronto, cosa que Kobus niega. Pero es primavera y aparece en escena Suzel, la hija de unos colonos suyos, y todo cambia. (Conviene advertir a los lectores desprevenidos y pedirles comprensión pues Suzel tiene todas las cualidades decimonónicas posibles —granjera, cocinera, bailarina, etc.—, y ninguno de los rasgos que adornarán las heroínas políticamente correctas del futuro —no es nada independiente, no es lectora, no se le ocurre rebelarse por nada, etc.—).

El relato es romántico y todos los que aparecen en él son personas magníficas. Es un buen personaje la vieja cocinera Katel, que cuando su patrón le pide que se esmere, le responde con un sencillo «haré lo que pueda. No se me puede pedir más», o que a las dudas también de su patrón sobre los consejos que le da sobre cómo vestirse, le replica que «las modas cambiarán lo que se quiera, pero el sentido común no cambia nunca». Son de interés las quejas del recaudador del rey, amigo del héroe, que cuando debe cobrar los impuestos a la gente más humilde, se lamenta de su trabajo: «¿Cuándo habrá menos uniformes para que tengan un poco más los pobres?».

Luego, hay comidas y bebidas abundantes. Así comienza el capítulo IV: «Nada hay tan agradable en este mundo como sentarse ante una mesa bien provista, en compañía de tres o cuatro amigos de antiguo, en el comedor que fue de nuestros mayores; atarse al cuello una servilleta, meter la cuchara en una exquisita sopa de cangrejo que despide un olorcillo fragante, y pasar los platos, diciendo: “Probadlo, amigos, y decidme qué os parece”». Y por delante del lector desfilan una pierna de carnero, pescados aderezados con jalea y adornados con perejil, etc. Y «cuando de detrás de la silla sacáis del cubo otra botella y os la ponéis entre las rodillas para descorcharla sin que se oiga el taponazo, cómo sonríen al pensar: “¿Qué vendrá ahora?”».

Emile Erckmann y Alexandre Chatrian. El amigo Fritz (L’ami Fritz, 1864). Barcelona: Brugura, 1982; pp.; col. Club Joven; trad. de José María Claramunda; ilust. de Felipe Giménez de la Rosa; ISBN: 84-02-08536-9. Nueva edición en Madrid: Troa, 2015; 312 pp.; trad. y notas de Mauro Armiño; ISBN: 978-84-942387-0-3.

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jueves, 30 de octubre de 2014

Un buen amigo me recomendó, tiempo atrás, La formación de una marquesa, de Frances Hodgson Burnett, y lamento no haberle hecho caso antes pues ha sido una lectura de lo más satisfactoria: de las que te hacen sonreír y de las que deseas continuar. Sus personajes principales son un gran acierto, el narrador no tiene nada que envidiar a los de las mejores autoras victorianas, y la trama engancha por más que podamos suponer cuál será el desenlace, dado el género, la escritora y la época.

La heroína es Emily Fox-Seton, una mujer de treinta y cuatro años de muy buen talante y muy práctica que se gana la vida haciendo servicios a mujeres de la alta sociedad. En especial, es apreciada por la cínica pero amable lady Maria, que propicia su encuentro con el soltero, y algo mayor ya, marqués de Walderhurst. Este, después de observar bien a Emily, le propone matrimonio de la siguiente manera: «usted me gusta más que cualquier mujer que haya conocido. Normalmente, las mujeres no me gustan. Soy un hombre egoísta y deseo una mujer que no lo sea. La mayoría de las mujeres son tan egoístas como yo. (…) Es usted necesaria para todos, y es tan modesta que ni se da cuenta». Pero, una vez casados, el marqués tendrá que viajar y unos parientes venidos de la India que contaban con heredarle, intrigarán y pondrán en peligro la felicidad de Emily.

Puede dar idea del tono de la narradora este párrafo que trata de los inconvenientes posibles del matrimonio para el marqués: «Quizá un hombre piense que le gustaría contraer matrimonio y más tarde darse cuenta de que existen objeciones, de que, en última instancia, la propia mujer elegida, pese a todas sus deseables cualidades, también puede ser una objeción, de que cualquier mujer puede ser una objeción, de que, en definitiva, requiere un esfuerzo conciliarse con la idea de que va a tener una mujer a su alrededor continuamente. Por supuesto, llegar a semejante conclusión —después de haberse comprometido— debe de ser incómodo». Pero, mejor todavía, donde la narradora da en el clavo de lleno, es al presentar a lady Maria, todo un personaje que, por ejemplo, afirma: «el último atractivo que la naturaleza concede a una mujer: el poder de ofrecer una cena decente»; o que, al final, se retrata del siguiente modo: «en estos tiempos que corren no hay moralidad ni inmoralidad, pero los pobres tienen que ser personas decentes. Es cuestión de gusto y modales. Personalmente, querida, soy amoral, pero mis modales son excelentes».

Frances Hodgson Burnett. La formación de una marquesa (The Making of a Marchioness, 1901). Barcelona: Alba, 2012; 320 pp.; col. Rara Avis; trad. de Amado Diéguez; ISBN: 978-8484286721. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 21 de febrero de 2014

Me habían recomendado tiempo atrás Agencia matrimonial para ricos, la primera novela de Farahad Zama, y, en efecto, es un relato que deja buen sabor de boca pues tiene todas las cualidades de una narración sonriente y bien llevada, y el atractivo de unos protagonistas convincentes y bien dibujados.

Vizag, ciudad costera del sureste de la India. El señor Ali, funcionario jubilado, decide poner en marcha una «Agencia matrimonial para ricos», cuya sede está en su casa. Le ayuda su mujer y acaba contratando a una chica muy eficiente de nombre Aruna. Los criterios que tienen para encontrar la pareja adecuada son sencillos: los deseos que formula quien acude a la agencia, la compatibilidad de casta y religión, un estatus económico parecido, y también una cierta coincidencia de rasgos físicos como la altura y la complexión. El orden y la seriedad con que llevan los asuntos les va ganando una clientela cada vez mayor. La narración se centra en las peculiaridades de los clientes que les van llegando y en los problemas que a veces les plantean, pero sigue al mismo tiempo dos hilos principales: que los señores Ali están preocupados por el activismo político de su hijo mayor y que a Aruna, que tiene graves dificultades económicas en su casa, le surge un pretendiente inesperado y socialmente imposible.

La novela es un gran retrato social: se cuentan muchas costumbres locales y se acaban describiendo con detalle una boda musulmana y otra brahmana a las que asisten los protagonistas. Los diálogos son claros y, en ellos, un tema que aparece una y otra vez, como era de esperar, es el de las condiciones para que la convivencia matrimonial funcione: vale la pena leer los consejos sensatos que dan el señor Ali y su mujer a quienes acuden a ellos con pretensiones excesivas, o a quienes, por distintos motivos, actúan de modo egoísta o desconsiderado.

Farahad Zama. Agencia matrimonial para ricos (The Marriage Bureau for Rich People, 2009). Barcelona: Ediciones B, 2009; 330 pp.; trad. de Pablo M. Migliozzi; ISBN: 978-84-666-3970-5.

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jueves, 28 de noviembre de 2013

Jamie Ford, un escritor norteamericano de origen chino, debutó con El sabor prohibido del jengibre, una novela que, a pesar de sus defectos, tiene un gran atractivo y un interés particular. El atractivo está en que la narración consigue meter de lleno al lector en las emociones de un protagonista poco habitual (para lectores de nuestro ámbito), por su mentalidad y por los ambientes donde vive. El interés es que no se trata de un relato más sobre un niño que crece ni de un relato común entre los muchos que, directa o indirectamente, tratan sobre la segunda Guerra Mundial.

Seattle. La narración alterna capítulos que se desarrollan en 1986 unos, y en 1942 y los años siguientes los otros. Empieza cuando Henry Lee, norteamericano de origen chino, tiene cincuenta y seis años. Acaba de enviudar después de un matrimonio feliz y de unos últimos años duros debido a la enfermedad de su esposa Ethel; y tiene un hijo, Marty, recién licenciado, que no vive con él, y con el que tiene una relación algo distante. Sabemos que, en su barrio, alguien acaba de comprar el hotel Panamá, cerrado durante décadas, y que Henry desea mirar en los sótanos pues ha sabido que, en ellos, hay todavía pertenencias de algunas familias japonesas que fueron deportadas durante los años de la segunda Guerra Mundial; entre otros motivos, desea buscar allí porque es un gran coleccionista de discos antiguos de jazz y está persiguiendo uno muy concreto desde hace tiempo.

En esas circunstancias, los recuerdos de Henry van al año 42, cuando tenía doce años, y era el único alumno de origen chino de un colegio norteamericano en el que trabajaba también como ayudante de cocina. Los elementos que definían su vida entonces eran estos: unos matones de su clase le acosaban continuamente; tenía mucho trato con un saxofonista negro que tocaba en una esquina por la que pasaba cada día; y la comunicación con sus padres era escasa. Naturalmente, en todo influía la guerra en curso: su padre tenía una visión muy nacionalista y seguía mucho ciertos avatares de la guerra por odio a los japoneses; además, le insistía a Henry en que hablara sólo inglés y no cantonés, y en que llevara siempre un distintivo que decía “soy chino” para evitar problemas en las calles. En ese ambiente, las cosas cambian para Henry cuando Keiko Okabe, una chica de su edad, de nacionalidad norteamericana pero de padres japoneses, se incorpora a su colegio y se convierte en la otra ayudante de cocina.

Con esos puntos de partida el relato va desplegándose con calma pero con creciente intensidad aunque, también debido a la educación en la contención y en la cortesía de sus personajes principales, tenga un tono algo monocorde. La descripción ambiental de los barrios de Seattle que ocupan los chinos y los japoneses no es extensa pero basta para los propósitos de la narración. Algunos aspectos, sin mucha importancia, no encajan bien: es un anacronismo que Marty, el año 1986, sea el «encargado de la página web de la facultad de Físico-Química de la universidad de Seattle»; algunos momentos del relato, como las escenas de acoso de los matones del colegio a Henry, son un tanto estereotipados… En cambio, es magnífico el doble telón de fondo: el amor de Henry por el jazz frente al rechazo de su familia y, sobre todo, los acontecimientos que dejan ver la injusticia enorme que, por motivos de seguridad, se cometió con muchos japoneses asentados en Estados Unidos, y también con los nacionalizados desde hacía tiempo, después del ataque de Pearl Harbour.

El otro punto fuerte de la novela está en la presentación del mundo interior de Henry en ambas épocas: tanto el de los sentimientos que se corresponden a sus relaciones con sus padres y con Keiko y su familia, como los que surgen en la época actual al ir recordando su vida con Ethel y al ir viendo las carencias de su relación con Marty, y compararlas con las que tuvo él mismo con sus padres. Así, por ejemplo, el narrador indica cómo «el momento oportuno siempre lo era todo en la familia de Henry. Siempre había parecido que había un momento adecuado y otro erróneo para las conversaciones entre Henry y su propio padre. Quizá su hijo se sentía de la misma manera». O bien, otro comentario que da idea de su modo de ser, es el que hace cuando, al recordar lo sucedido en su relación con Keiko, señala que «tuve mi oportunidad, y algunas veces en la vida no hay una segunda. Miras lo que tienes, no lo que has perdido, y sigues adelante».

Jamie Ford. El sabor prohibido del jengibre (Hotel in the Corner of the Bitter and Swet, 2009). Barcelona: Duomo, 2010; 347 pp.; trad. de Alberto Coscarelli; ISBN: 978-84-92723-48-5.

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jueves, 27 de junio de 2013

Estos útlimos meses he leído varias novelas que podrían llamarse luminosas —como La lección de August o El despertar de la señorita Prim—, y, ahora, Cosas que nadie sabe, de Alessandro D'Avenia. Es una novela de primer amor pero también de amores adultos, unos que se han roto y otros que han sobrevivido, y es una grandísima «novela de profesor»: del impacto que puede tener una enseñanza entusiasta de los clásicos.

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jueves, 9 de mayo de 2013

El despertar de la señorita Prim, de Natalia Sanmartín Fenollera, es, aparte de un gran debut literario, un libro divertido e inteligente para personas de muy distinto tipo: distributistas y chestertonianos en general, entusiastas de Jane Austen, lectores de Dostoievski, seguidores de C. S. Lewis, gente preocupada por la educación que actualmente reciben los niños… Su protagonista es una bibliotecaria llamada Prim, Prudencia Prim, gran nombre. El relato comienza cuando acepta un trabajo singular en San Ireneo de Arnois, un pueblo pequeño: el de poner orden en la biblioteca de un personaje a quien sólo conocemos como «el hombre del sillón», un experto en lenguas muertas que ocupa su tiempo en educar a sus cuatro sobrinos con unos métodos pedagógicos propios.

La combativa y culta Prudencia pronto ve que los habitantes de San Ireneo proceden de muy distintos lugares, que todos tienen un pequeño negocio o un terreno de cultivo, que todos se apoyan en el comercio local y compran productos artesanales, por lo que, al fin, deduce que ha ido a parar a «una tranquila y pacífica comunidad de propietarios» que cabría llamar distributistas. Ahora bien, los motivos por los que la gente ha ido allí son diferentes: unos, porque ya son mayores y desean una vida calmada; otros, porque piensan que «el estilo actual de vida (…) pulveriza la capacidad de reflexión humana»; otros más, porque «quieren proteger a sus hijos» y «recuperar el esplendor de la vieja cultura». Tal como le dice a Prudencia el sabio Horacio Dèlas, «uno no puede construirse un mundo a medida, pero lo que sí puede hacer es construirse un pueblo. Aquí todos pertenecemos, por decirlo así, a un club de refugiados».

El hilo argumental acaba siendo la mezcla de atracción y repulsión que Prudencia siente hacia «el hombre del sillón», con quien mantiene unas agudas conversaciones sobre muchas cuestiones. Pero, en los seis meses que dura su estancia en San Ireneo, también charla con otras personas e intercambia toda clase de opiniones, de sitios que hay que conocer, de recetas de cocina para compartir, y, en general, de modos de buen vivir. En realidad, todo está puesto al servicio de unos diálogos armados con cuidado pero tan trabajados que suenan frescos y naturales. La narración es fluida y amena aunque algunos lectores pueden encontrar excesivas las referencias literarias —desde los clásicos griegos hasta Mujercitas y otros libros clásicos infantiles— y los muchos datos de distintos lugares del mundo.

Un tema del libro es el de la visión trascendente o no de la vida. La cita inicial del cardenal Newman «creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el futuro», se corresponde con la «pesada sensación de nostalgia sobre los hombros» que sufre la protagonista y que, a su modo, intenta remediar. Cuando le pregunta a su jefe, un converso un tanto irritante y no siempre oportuno, por qué alguien tan racional como él habría decidido intentar convertirse, el hombre del sillón le replica: «Nadie intenta convertirse, Prudencia. (…) ¿Ha visto alguna vez a un adulto cuando juega a dejarse atrapar por un niño? El niño tiene la impresión de que ha sido él quien ha capturado al adulto, pero todos los que contemplan el juego saben perfectamente lo que ha ocurrido en realidad».

Y otro gran tema es el del matrimonio. Una impertinente anciana viuda le dice a la protagonista que debe abandonar las «absurdas teorías orientales sobre la armonía, el todo y las partes» y comprender que «la base de un matrimonio es, precisamente, la desigualdad» y que «no debe usted aspirar a un esposo igual que usted, debe usted aspirar a un esposo absoluta y completamente mejor que usted». Una vieja que le hace comentarios que le parecen pesimistas le aclara que «no hay centinelas pesimistas u optimistas, Prudencia. Hay centinelas despiertos y centinelas dormidos». Y es también ella la que le hace notar que sus ansias de encontrar la belleza quedarán en nada «mientras cuide de sí misma como si todo girara en torno a usted».

Natalia Sanmartín Fenollera. El despertar de la señorita Prim (2013). Barcelona: Planeta, 2013; 350 pp.; ISBN: 978-84-08-05987-5.

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viernes, 30 de noviembre de 2012

Otra novela que ha superado mis expectativas: El lenguaje de las flores, de Vanessa Diffenbaugh. El relato comienza cuando la protagonista, Victoria Jones, una chica que se ha pasado su infancia saltando de un hogar de acogida a otro, cumple 18 años y abandona el albergue donde vivía. Al tiempo que va contando lo que le sucede —su trabajo en una floristería y su trato con la propietaria, Renata, y la evolución de sus relaciones con un chico del mercado llamado Grant—, va mostrando sus grandes conocimientos del mundo de las flores y explicando su origen: el tiempo que pasó con Elizabeth, una de las personas que le acogió en su casa.

Narración absorbente. Una parte de su tirón está en llegar a conocer qué ocurrió de verdad en el pasado de Victoria y qué ocurrirá en su relación con Grant. Pero, sobre todo, la novela gusta porque la personalidad de Victoria, como una chica de trato difícil que ha sufrido mucho y sólo encuentra serenidad en su mundo propio, se dibuja bien; porque los personajes secundarios son también muy atractivos aunque sean esquemáticos; y porque toda la información sobre la pasión de la época victoriana por las flores y de las habilidades especiales de la protagonista resulta orginal y amena. Las explicaciones acerca del lenguaje propio de los sentimientos que manifiestan las flores se insertan con lógica y tienen gracia, por más que la novela exagere los efectos benéficos de acertar con las flores apropiadas para cada ocasión.

Vanessa Diffenbaugh. El lenguaje de las flores (The Language of Flowers, 2011). Barcelona: Salamandra, 2012; 345 pp.; trad. de Gemma Rovira Ortega; ISBN: 978-84-9838-420-8.

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jueves, 1 de noviembre de 2012

Los entusiastas de las grandes novelas de amor no deberían perderse, si no la conocen, la nueva edición de Alí y Nino, del misterioso Kurban Said. El relato cuenta las vicisitudes del amor entre Alí Khan, un joven musulmán de una riquísima familia, y Nino, una chica cristiana georgiana de religión ortodoxa griega. Primero el noviazgo y el compromiso; luego, la huida de Nino con un armenio, Najarayan, pero Alí los persigue y mata a Najarayan; después, nueva huida de Alí, de Bakú a Daguestán, hasta que Nino va en su busca; entonces se casan y viven felices una temporada; cuando estalla la primera guerra mundial vuelven a Bakú, pero sus vidas se ven arrolladas por unos acontecimientos sobre los que ya no tienen ningún control.

Es Alí quien cuenta las cosas, con este tono: «Por Dios, los rusos están tan orgullosos de su arte de comer con cuchillo y tenedor, aunque hasta el más tonto puede aprenderlo en un mes. Yo manejo bien el cuchillo y tenedor y sé cómo hay que comportarse a la mesa de los europeos. Pero aunque ya tengo dieciocho años, aún no soy capaz de comer con tanta elegancia como mi padre y mi tío, que con tres dedos de la mano derecha disfrutan de la larga ristra de platos orientales sin mancharse siquiera la palma de la mano. Nino dice que este modo de comer es de bárbaros».

Es precisamente su admiración y amor por Nino —«sentí que nada, nada en el mundo, era más importante para mí que la sonrisa en los ojos de Nino»—, y las cosas que le va diciendo —«es indigno de una mujer ocultar su rostro, Alí Khan»—, lo que le hace deponer algunas enseñanzas de su gente: como las de su padre: «no perdones nunca a tus enemigos, hijo mío, que nosotros no somos cristianos—; o las del imán: «las mujeres pertenecen al anderun, al interior de la casa. Los hombres bien educados no hablan de ellas, no preguntan por ellas y tampoco las saludan. Son la sombra de sus maridos, aunque a menudo éstos sólo se sientan bien bajo estas sombras. Esto es bueno y sabio. “Una mujer no tiene más entendimiento que pelo un huevo de gallina”, dice un proverbio nuestro».

De todas maneras, quizás lo más valioso de la historia sea cómo el amor entre los protagonistas, junto con los choques que se derivan de sus formas de comprender la vida y de sus hábitos culturales, tan distintos, le sirven al narrador para mostrar las tensiones entre Asia y Europa, entre islam y cristianismo, y entre los distintos pueblos que viven en la zona —georgianos, armenios, turcos, persas...—. La novela también hace comprender un poco mejor algunos efectos de la Primera Guerra Mundial que, desde una perspectiva occidental, ignoramos o tendemos a ver como secundarios. Aquí hay otra reseña.

Kurban Said. Alí y Nino (Ali und Nino, 1937). Barcelona: Debate, 2000; 271 pp.; col. Literatura; trad. de Isabel Payno; ISBN: 84-8306-348-4. Nueva edición en Barcelona: Libros del Asteroide, 2012; 295 pp.; ISBN: 978-84-92663-59-0.

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jueves, 19 de julio de 2012

Después de un libro de poesía y de una novela juvenil, un relato de fantasía de hace tiempo que trata bien los vaivenes del enamoramiento: Con mis mil ojos, de Paola Capriolo.

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viernes, 15 de enero de 2010

Dos novelas largas, importantes en sus respectivos países, de las que esperaba mucho más: la húngara Los días contados, de Mikós Bánffy, y la china La fortaleza asediada, de Qian Zhongshu. La culpa no es tanto de las novelas como de las expectativas que yo tenía.

Los días contados es la primera novela de una trilogía sobre la Hungría de los comienzos del siglo XX. Los protagonistas son el conde Bálint Abády, un diputado que representa a su región después de un tiempo en el extranjero, su amiga desde la niñez Adrienne Milhot, y su primo Lázslo Gyeröffy, un empobrecido aristócrata y músico. En ella se describe con calma el ambiente de la época y, sobre todo, se cuenta la relación amorosa entre Abády y Adrienne, infeliz en su matrimonio. Tal vez, como algunas reseñas habían puesto esta novela en línea con las de Joseph Roth, mi decepción fue mayor: mientras las historias de Roth son cortas, intensas y relativamente rápidas, esta es larga, lenta y su hilo argumental dominante no me resultó atractivo.

La fortaleza asediada se sitúa en los años treinta y sigue a su protagonista, Fang Hongjian, desde su regreso del extranjero con un falso título de doctor en Filosofía, pasando por su trabajo en un banco y como profesor en una universidad del interior, hasta su boda con otra profesora y los primeros meses de su matrimonio cuando vuelve a Shanghai. Se narran lentamente los poco afortunados vaivenes de Fang y su entorno en relación a su futuro matrimonio primero y a su vida de casado luego. Todo se desarrolla con abundantes diálogos y mucha ironía tanto contra las costumbres locales como contra el esnobismo de quienes imitan las extranjeras. En mi opinión, demasiada longitud para la sustancia que tiene la historia pero, en su favor, hay que decir que tiene momentos memorables. Por ejemplo, una conversación entre varios personajes y Chu Shenming, un filósofo chino que había estado en el extranjero y tenía fama de haberse relacionado con famosos pensadores de la época. Cuando Shenming menciona una palabra extraña, un interlocutor le pregunta por ella:

«—...es una palabra que alguien leyó en un libro y se la dijo a Bertie, y Bertie me la transmitió a mí.
—¿Quién es Bertie?
—Bertrand Russell.
¡Era tal la confianza de Chu Shenming con aquel filósofo mundialmente conocido (...) que le llamaba por su diminutivo! Hasta Dong Xienchuan se quedó impresionado y preguntó:
—¿Tiene usted mucha amistad con Russell?
—Somos lo que se dice amigos. Me estima hasta el punto de pedirme respuesta para algunas cuestiones concretas.
El cielo era testigo de que Chu Shenming no mentía. Russell en realidad le había preguntado cuándo había llegado a Inglaterra, cuáles eran sus planes, cuántos terrones de azúcar quería en el té y toda una serie de cuestiones por el estilo, para las que el filósofo, naturalmente, no tenía respuesta».

Miklós Bánffy. Los días contados (Megszámláltattál, 1934). Barcelona: Libros del Asteroide, 2009; 666 pp.; trad. de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuertes Gaviño; ISBN 13: 978-84-92663-02-6.
Qian Zhongshu. La fortaleza asediada (Weicheng, 1947). Barcelona: Anagrama, 2009; 545 pp.; trad. de Taciana Fisac; ISBN: 978-84-339-7583-6.

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jueves, 2 de octubre de 2008

¿Por qué gustan tanto los melodramas, esas mezclas tan artificiales de realismo pobre y romanticismo alto, de realidad cotidiana y enigmas asombrosos, de momentos de mucho sufrimiento y una gran felicidad al final...? Una respuesta es la que da Chesterton en Varied Types y en The Victorian Age of Literature cuando explica que las novelas de Charlotte Brontë y de su hermana, Emily Brontë, aunque tienen argumentos improbables y personajes inconsistentes, transmiten emoción porque muestran que un verdadero gozo contiene siempre un elemento de temor, porque revelan que por debajo de las vidas que parecen más grises puede haber grandes misterios, y porque también enseñan que a veces lo más real de los hombres está en sus sueños (un eco del comentario de Stevenson de que la gran literatura popular habla no de lo que los hombres son sino de lo que los hombres sueñan).

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miércoles, 26 de septiembre de 2007

Al comentar la escena inicial de Los novios, Umberto Eco hace notar por qué Alessandro Manzoni inicia su novela con una larga descripción del lago Como y dice: «Si intentáramos leer este fragmento con la vista puesta en un mapa veríamos que la descripción avanza asociando dos técnicas cinematográficas, zoom y cámara lenta. No me digan que un autor del siglo XIX no conocía la técnica cinematográfica: lo que ocurre es que los directores de cine conocen las técnicas narrativas del siglo XIX».

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viernes, 27 de julio de 2007

En Sanditon, una obra inacabada de Jane Austen: «A las Beaufort les encantó enseguida “el círculo donde se movían en Sanditon”, por utilizar las palabras exactas, pues ahora todo el mundo debe “moverse en un círculo”; a la preponderancia de dicho movimiento rotatorio pueden atribuirse quizá muchos mareos y pasos en falso».

Tomado de Stuart Kelly, La Biblioteca de los libros perdidos (The Book of Lost Books, 2005). Barcelona: Paidós, 2007; 391 pp.; trad. de Miguel Candel y de Marta Pino; ISBN: 84-493-1985-3.

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viernes, 20 de julio de 2007

«Resultaría humillante para los sentimientos de muchas damas si se les hiciera comprender lo poco que en el corazón de un hombre influyen el precio y la novedad de sus vestidos, lo poco que se deja influir por la textura de las muselinas y el mínimo afecto que despierta en él el hecho de que tengan lunares, puntillas o que el tejido sea fino o grueso. Si la mujer es refinada, lo es sólo para su propia satisfacción; ningún hombre la admirará más, ni ninguna mujer le tendrá mayor simpatía. La pulcritud y el estar a la moda bastan a los primeros, y un poco de pobreza o de descuido resultan sobremanera atractivo para las segundas. Sin embargo, ninguna de estas graves reflexiones turbaron la tranquilidad de Catherine».

Jane Austen. La abadía de Northanger (The Northanger Abbey, 1797; apareció póstumamente, en 1818). Barcelona: Alba, 1996; 287 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Guillermo Lorenzo; ISBN: 84-88730-03-9.

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jueves, 6 de abril de 2006

Wayne Booth no puede disimular su admiración por Jane Austen. Incluso afirma cosas como esta: «podemos encontrar escenas de amor en casi todas las obras de cualquier novelista, pero solamente (en las novelas de Austen) podemos encontrar una mente y un corazón que pueden darnos claridad sin simplificación excesiva, simpatía y romance sin sensiblería, e ironía mordaz sin cinismo». Por supuesto, un gallego nunca firmaría el «solamente» y si acaso lo sustituiría por un «quizá en casi ningún sitio como en ellas».

Wayne C. Booth. La retórica de la ficción.

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