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Notas del archivo 'Intriga y misterio' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 3 de marzo de 2017

Hace unas semanas leí este artículo sobre algunos aspectos de interés de La muerte llega a Pemberley, una novela de P. D. James que «continúa» la vida de los personajes de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. La busqué porque he leído poco, y hace mucho, a P. D. James, y porque me interesan las novelas actuales que prolongan o replican novelas clásicas. En realidad, según comprobé pronto, P. D. James no intenta tanto construir una novela de misterio como una novela lo más parecida posible a las de Austen que, eso sí, contenga una muerte misteriosa que activa una investigación.

Al principio el narrador explica los antecedentes y los personajes ya conocidos por los lectores de Orgullo y prejuicio. Sitúa el comienzo del relato en el año 1803, cuando Darcy y Elizabett Bennet llevan casados seis años. A última hora de la tarde, durante los preparativos de una fiesta anual que se da en la mansión de Darcy, en Pemberley, y que tendrá lugar al día siguiente, llega Lydia Wickham, la joven y alocada hermana de Elizabeth, anunciando que a su marido lo han asesinado poco antes. Varias personas salen a ver qué ha pasado y descubren a Wickam, manchado de sangre pero no muerto, junto a un amigo suyo que sí ha sido asesinado.

La historia no tiene una especial garra como novela de intriga pero sí es un relato repleto de ironía inteligente que, como los de Austen, hace preguntarse continuamente al lector, junto con los personajes, en lo que piensan y sienten los demás, y en si las decisiones que uno toma son o no las más acertadas o justas. Así, al final, Elizabeth recuerda que su madre a veces decía que «las buenas maneras consistían sobre todo en tener en cuenta los sentimientos de los demás, máxime si uno se encontraba en presencia de alguien de una clase inferior»…

El ejemplo anterior sirve también para mostrar el tipo de filtro irónico, que a veces es cómico, a través del cual se comprendían a sí mismos algunos personajes de la época. En ese sentido, tal vez el que provoca los momentos mejores sea Lady Catherine De Bourgh, que hace un comentario particularmente memorable: «Nunca he sido partidaria de las muertes dilatadas. En la aristocracia, son señal de afectación; en las clases bajas, son simples excusas para no trabajar». Y más adelante añade: «los De Bourgh nunca hemos sido dados a las muertes prolongadas. La gente debería decidir si quiere vivir o morir, y hacer una cosa o la otra, causando los menores inconvenientes a los demás».

En otro orden, no faltan explicaciones sobre la importancia y la función de algunas instituciones. Así, «suele aceptarse que los servicios religiosos ofrecen una ocasión legítima para que la congregación valore no solo la apariencia, el porte, la elegancia y la posible riqueza de los recién llegados a la parroquia, sino la conducta de cualquier vecino que pase por una situación interesante, ya sea ésta un embarazo, ya sea su ruina económica». Y el narrador también subraya que «la paz y la seguridad de Inglaterra dependen de caballeros que vivan en sus casas como buenos señores y terratenientes, considerados con el servicio, caritativos con los pobres y dispuestos, en tanto que jueces de paz, a garantizar la concordia y el orden en sus comunidades. Si los aristócratas de Francia hubieran vivido así, nunca habría estallado la revolución».

P. D. James. La muerte llega a Pemberley (Dead Comes to Pemberley, 2011). Barcelona: Ediciones B, 2013; 336 pp.; col. B DE BOLSILLO MAXI; trad. de Juan José Estrella; ISBN: 978-8498728545. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 14 de octubre de 2016

Hace unas semanas un amigo me animó, una vez más, a que intentase superar mis reticencias hacia H. P. Lovecraft. Así que, guiado por él, leí El caso de Charles Dexter Ward, una novela corta, una de las más valoradas del autor. Se ambienta en Providence y su protagonista es un chico que averigua, en 1918, que desciende de un tal Joseph Curwen, un tipo extraño que había practicado rituales cabalísticos. En los años que siguen adquiere una pasión insana por los cementerios, se comporta de modos raros, se va pareciendo cada vez más a Curwen, y sufre alteraciones físicas curiosas. Todo se cuenta, recomponiendo el pasado, describiendo lo que dicen unos y otros, aunque quien lleva la voz cantante es el médico Marinus Bicknell Willett.

La novela tiene una composición de rompecabezas que intriga y que conduce a una intensa persecución y a un extraño enfrentamiento. Todo se va contando, con destreza, por medio de testimonios de unos y otros, con vistas a reconstruir cómo Ward pudo cambiar tanto, quién había sido el misterioso Curwen, cuáles fueron sus actividades, y qué clase de vinculación tiene ahora con Ward. El narrador logra captar al lector, haciendo muchas insinuaciones y multiplicando las preguntas que se van haciendo los investigadores: «¿en qué sacrílega y abominable fusión habían caído dos épocas y dos personas?», (…) «¿acaso no había gritado de terror al volver a entrar en su biblioteca? ¿Qué había encontrado allí? O, ¿qué le había encontrado a él?»...

La historia tiene algo de advertencia, cuando al final se le dice al lector que Ward, al fin, «no fue ni un malvado ni un loco, sino únicamente un muchacho aficionado al estudio y excesivamente curioso respecto a materias que encerraban un gran peligro». Pero, aún aceptando el valor de ese comentario, lo cierto es que la conexión con el relato —dejando de lado sus méritos narrativos— solo me parece posible a partir de una fuerte «suspensión de la incredulidad», o de poseer ya un cierto espíritu inclinado a lo paranoico: el lector no sólo ha de vibrar un mínimo con rituales mágicos y oscuros sino que también ha de sentirse un tanto amenazado por desconocidos seres monstruosos.

H. P. Lovecraft. El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward, 1928). Madrid: Edaf, 2003; 175 pp.; trad. de José A. Álvaro Garrido; introd. de Alberto Santos Castillo; ISBN: 84-414-1303-7. Nueva edición en Madrid: Alianza, 2016; 208 pp.; col. El libro de bolsillo, Biblioteca Lovecraft; trad. de José María Aroca; ISBN: 978-84910420. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 30 de septiembre de 2016

Después de La dama de blanco y La piedra lunar, también volví a leer otra novela de intriga estructurada de modo semejante a las de Wilkie Collins: la excelente Rosaura a las diez, del argentino Marco Denevi.

En ella, como si fueran las declaraciones en una investigación policial, cuatro personajes hablan de lo que saben acerca de la muerte de una chica llamada Rosaura. Empieza con un largo monólogo de doña Milagros, la dicharachera patrona de la pensión donde se aloja el supuesto homicida, el pusilánime pintor Camilo Canegato. Continúa con las pedantes observaciones que, a las preguntas que se le han hecho, da el estudiante David Réguel, un huésped de la misma pensión que no puede soportar a Canegato. Viene luego el testimonio de Canegato en forma de diálogo con el inspector Julián Baigorri. El cuarto testimonio es el de otra huésped que no se lleva nada bien con la patrona, la señora Eufrasia Lagarto, pero que viene formulado y resumido por alguien en tercera persona. Y, por último, se ofrece una carta inconclusa de la misma Rosaura.

La estructura tan inteligente de la novela y el atractivo de cada una de las voces narrativas sostienen la trama policial. Al final, tanto el andamiaje constructivo como la singularidad de los personajes —sus puntos de vista tan distintos, acentuados por las rivalidades que mantienen entre sí; y sus modos de hablar, unos coloquiales y otros pedantes—, pesan más en el ánimo del lector que los deseos de saber cómo pudo suceder el asesinato que se investiga.

A quienes conocen el famoso microcuento de Augusto Monterroso —«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí», publicado en 1959— les gustará saber que Canegato, al contar su historia y hablar de que había aparecido el cadáver de Rosaura en su habitación, se pregunta que por qué tal cosa le compromete: «¿Qué culpa tengo yo de que haya aparecido el cadáver? Cuando desperté el cadáver ya estaba allí. Si usted sueña que se robaba cien mil pesos, y cuando despierta ve que hay cien mil pesos debajo de su almohada, ¿qué culpa tiene? ¿Lo van a meter preso por eso? ¿Lo van a condenar por ladrón?».

Marco Denevi. Rosaura a las diez (1955). Madrid: Alianza, 1993; 232 pp.; col. El Libro De Bolsillo; ISBN: 978-8420606361. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 18 de agosto de 2016

En su momento puse una nota titulada ¿La primera novela poliaciaca?, sobre La piedra lunar, otra novela de Wilkie Collins que acabo de releer. Los comentarios que allí hace P. D. James hablan de su importancia para el desarrollo de la novela policiaca posterior —en la voz inglesa de la novela, en Wikipedia, figuran con detalle los elementos que aparecen en la obra de Collins y que han llegado a ser típicos del género—; de que creó, con el sargento Cuff, uno de los primeros inspectores-detectives —recordemos que el primero había sido Buckett, en Casa Desolada—; el rasgo del juego limpio —que también vemos en La dama de blanco— de no darle al investigador más información que al lector; el talento de Collins para describir mentalidades y ambientes, etc.

Para quien no lo conozca, un resumen del misterio que se trata de resolver es este: un coronel británico roba un misterioso diamante durante una acción bélica en la India; ese diamante, sagrado para unos misteriosos brahmanes dispuestos a recuperarlo como sea, acaba llegando a su sobrina-nieta Rachel Verinder el día de su cumpleaños; esa noche, sin embargo, el diamante desaparece; el primo y novio de Rachel, Francis Blake, manda venir a un conocido detective, el sargento Cuff, para que investigue, pero debido a que Rachel decide no hablar, no logra terminar el caso. Después, Rachel corta toda relación con Francis Blake, que se marcha al extrajero. Pero, más adelante, debido a una sucesión de acontecimientos, el caso se reabre: Francis vuelve a tomar las riendas y llama de nuevo a Cuff. Cumplirá un papel importante un misterioso médico, consumidor de opio, que propondrá un curioso método para comprobar una teoría y resolver el caso (un elemento que, cuando la novela se publicó, causó polémica, y que, desde un punto detectivesco, es lo más endeble del relato).

Igual que hizo en La dama de blanco, Collins también aquí cuenta la historia, cronológicamente, por medio de narraciones a cargo de los principales personajes, y cada uno sólo habla de aquello que vivió en primera persona. Pero, esta vez, hay dos personajes-narradores con una voz propia memorable: Miss Clack, una pariente de los Verinder obsesivamente interesada en difundir sus ideas religiosas, y, sobre todo, el mayordomo Gabriel Betteredge, que ocupa la primera mitad del libro.

Entre los comentarios de Betteredge —igual que hacían personajes de otro tipo en La dama de blanco— figuran muchos de crítica social hechos como quien no quiere la cosa. Por ejemplo: «Las gentes mundanas pueden permitirse todos los lujos... entre otros, el de dar rienda suelta a sus propios sentimientos. Los pobres no disfrutan de tal privilegio. La necesidad, que no cuenta para los ricos, se muestra inflexible hacia nosotros. La vida nos enseña a ocultar nuestros sentimientos y a proseguir con nuestro trabajo, en la forma más paciente posible. No me quejo de ello..., simplemente lo hago notar».

También indican su mentalidad las referencias hacia las mujeres que le rodean, «la otra mitad más débil del género humano» que, afirma, no son culpables «(¡pobres infortunadas!) si tienen la costumbre de actuar primero y luego pensar; la culpa es de los hombres estúpidos que consienten tal cosa». En un momento dado, también, introduce un paréntesis en su relato para señalar esto: «debo hacer constar que soy lo que generalmente se llama un buen cristiano, siempre que no se le exija demasiado a mi cristianismo. Esto me asemeja, sin duda —lo cual es un gran consuelo—, a la mayor parte de ustedes, en tal sentido».

Pero, sobre todo, Betteredge resulta inolvidable por su empleo de Robinson Crusoe como libro de cabecera: «he recurrido a él año tras año —generalmente en compañía de mi pipa llena de tabaco— y he encontrado siempre en él al amigo que necesitaba en todos los momentos críticos de mi vida. Cuando me hallo de mal humor, Robinsón Crusoe. Cuando necesito algún consejo, Robinsón Crusoe. En el pasado, cuando mi mujer me importunaba, y en el presente, cuando he bebido algún trago de más, Robinsón Crusoe. He desgastado seis recios Robinsones, luego de haberlos obligado a trabajar duramente a mi servicio».

Uno de los muchos ejemplos se da cuando se siente muy inquieto y se pregunta qué debe hacer: «Otro, en mi lugar, hubiese terminado por ponerse febril; yo acabé con eso de otra manera: encendí mi pipa y me dispuse a hojear mi Robinsón Crusoe. No hacía cinco minutos que me hallaba leyendo, cuando di con este asombroso pasaje, en la página ciento sesenta y uno: "El temor del Peligro es diez mil veces más aterrador que el Peligro en sí mismo, cuando se torna éste aparente ante nuestros ojos; entonces descubrimos que el Peso de la Ansiedad supera en mucho al de la Desgracia que provoca esa misma Ansiedad.” ¡Quien después de leer estas líneas no crea en el valor del Robinsón Crusoe, o bien es porque algo anda mal en su cabeza o bien es un ser extraviado en la bruma de su propia arrogancia! Si así ocurre, mejor será no malgastar con él palabras y reservar nuestra piedad para alguien que posea más viva fe».

Wilkie Collins. La Piedra Lunar (The Moonstone, 1868). Barcelona: Debolsillo, 2008; 720 pp.; trad. de Horacio Enrique Laurora; col. Clásica; ISBN: 978-8484502784. Otra edición en Barcelona: Alba, 2011; 528 pp.; col. Clásica Maior; trad. de Catalina Martínez Muñoz; ISBN: 978-84-8428-597-7. [Vista de esta edición en amazon.es]

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jueves, 11 de agosto de 2016

Una relectura de las últimas semanas: La dama de blanco, de Wilkie Collins. Un motivo: hacía mucho que la había leído y deseaba refrescar en mi memoria el perfil de algunos personajes. Otro: no la había comentado aquí cuando, sin duda, es un relato absorbente como pocos, debido a su hábil construcción, al enorme atractivo de la heroína y del malvado, y, por supuesto, a las intrigas que se suceden. Además, Collins afirma, en su prólogo, que se asesoró bien para presentar correctamente los pormenores legales de su relato, dirigido por otro lado a mostrar que la ley de su tiempo y su país era injustamente favorable a los maridos frente a sus esposas. Que el autor pidiese que, en su epitafio, se pusiese «autor de La dama de blanco y de otras obras de ficción», da idea de que consideraba esa novela, la quinta que publicó, como la mejor de las suyas, opinión que hoy comparten muchos también.

El joven Walter Hartright es contratado como profesor de dibujo de las hermanas Marian Halcombe y Laura Fairlie, de la que se enamora. Pero, como el padre de Laura, ya fallecido, había comprometido su matrimonio con sir Percival Glyde, un barón y terrateniente vecino, Walter se marcha, no sin temor, pues una dama fantasmal llamada Anne Catherick —con un gran parecido físico a Laura, y a la que había conocido en circunstancias extrañas— reaparece para, enigmáticamente, advertir contra el barón. Sin embargo, Laura y sir Percival se casan y, cuando regresan de su desastroso viaje de bodas, con una larga estancia en Italia incluida, Laura puede sobrellevar el comportamiento iracundo del barón gracias al apoyo de Marian. Pero entra en escena también un amigo italiano del barón, el untuoso y cortés conde Fosco, casado además con una tía de Laura, que conspira con sir Percival para hacerse con el dinero que le corresponde a Laura por herencia.

Una parte del interés de la historia está en el recurso —creo que original entonces— de contarla mediante una sucesión de relatos, ordenados cronológicamente, a cargo cada uno de alguien que vivió en primera persona los hechos. Así lo explica el primero de los narradores y recopilador de todo el material: «cuando el que escribe estas líneas introductorias (de nombre Walter Hartright) haya estado en relación más directa que otros con los sucesos de que habla él mismo lo contará. Cuando falle su conocimiento de los hechos dejará su lugar de narrador, y su tarea la continuarán, desde el punto en que él lo haya dejado, personas que pueden hablar de las circunstancias de cada suceso con tanta seguridad y evidencia como él mismo ha hablado en anteriores ocasiones».

Otra parte del interés procede de la galería de personajes y del particular punto de vista de cada narrador. Son excelentes, pero menores, el hipocondríaco y clasista Frederick Fairlie, tío de Laura, la rencorosa Jane Catherick, madre de Anne, o el ama de llaves Eliza Michelson, que se tiene a sí misma por «humana e indulgente con los extranjeros», dado que «no tienen nuestras virtudes y nuestras ventajas, pues casi todos se han educado en los errores ciegos del papismo». Sin embargo, el nivel sube cuando entran en acción y hablan la decidida Marian Halcombe y, sobre todo, el asombroso conde Fosco —químico de profesión, enfermizamente tierno con unos canarios y unos ratones a los que adiestra, capaz de amenazar salvajemente del modo más cortés…—.

Entre otras cosas, se puede destacar de Marian Halcombe cómo sus afirmaciones acerca de los modos de pensar y actuar de las mujeres se ven desmentidas una y otra vez por sus propios hechos. Así, una vez afirma que la mente de las mujeres «es demasiado versátil y nuestros ojos son demasiado desatentos»..., pero no los suyos. En otra señala que, por no ser más que una mujer, está «condenada a tener paciencia, corrección y faldas para toda la vida» y ha de arreglárselas «como pueda de una manera débil y femenina»…, que no es la suya tampoco. Es un gran acierto de la trama que la única debilidad de Fosco sea, precisamente, la gran admiración que siente por Marian.

Del conde Fosco, Marian, en su diario, afirma que lo que «le hace único entre los demás mortales, está sobre todo y ante todo y hasta dónde puedo afirmar por ahora, en la expresión y en la fuerza extraordinaria de sus ojos. Sus modales y el dominio absoluto que posee de nuestro idioma han contribuido hasta cierto punto a que gane mi aprecio. Escucha a una mujer con una deferencia sosegada, con una mirada llena de un interés plácido y vivo. Le habla con una voz que trasluce una gran delicadeza interior, y ello, hay que decirlo, resulta irresistible». Más adelante señalará que había «cierta relación misteriosa entre sus más profundos sentimientos y sus refinamientos más espectaculares» y apreciará que sus más insignificantes acciones «ocultaban siempre un propósito recóndito».

Wilkie Collins. La dama de blanco (The Woman in White, 1859). Barcelona: Montesinos, 1989: 431 pp.; trad. de Maruja Gómez Segalés; ISBN: 84-85859-78-2. Otra edición en Barcelona: Debolsillo, 2010; 816 pp.; col. Clásica; trad. de Maruja Gómez Segalés; ISBN: 978-8499086316. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 4 de septiembre de 2015

La señorita Pym dispone, de la escocesa Josephine Tey, es una novela que cabría llamar de intriga pero, a diferencia del caso de investigación histórica que planteaba en La hija del tiempo, en este caso no hay detective ni, casi, investigación.

La trama se desarrolla en un internado inglés que forma futuras profesoras de materias como educación física, danza, deportes. Lucy Pym, autora de un libro de psicología de gran éxito, es invitada por la directora del colegio, una antigua compañera, para que dé unas charlas a las alumnas. Acepta y, por distintos motivos, su estancia se prolonga unas semanas, hasta el final de curso. En ese tiempo se hace amiga de las profesoras y de algunas chicas, y acaba en medio de un conflicto que, además, termina con una extraña muerte, un misterio que, como tal, ocupa pocas páginas en el conjunto.

Lo más interesante de la narración es el cuidado con el que la narradora va poniendo de manifiesto los modos de ser y comportarse de las personas con las que convive. Sus descripciones son cautelosas y agudas, sin que falten ramalazos de buen humor. Así, una amiga que le habla a Lucy Pym de dos alumnas, le dice que sus modos de ser dependen de haberse criado «bajo el influjo de vientos distintos, algo que en Escocia depende de si procedes de la costa este o de la costa oeste», por eso, continúa, la que procede de «un viento estilo aaah» «es perezosa y dice constantemente mentiras, irradia encanto y es bastante artificial», mientras que la que es «más del tipo sssh» es honesta, trabajadora y sensata.

El problema moral que, al final, se le plantea a la señorita Pym no es nada fácil. Una de las coordenadas se la da una señora que le apunta que «cuando una buena mujer comete un error suele ser mucho peor que cuando lo hace una mala mujer». La otra se la proporciona un amigo cuando le advierte que «a no ser que juegue usted a ser Dios ha de saber conformarse con lo simple», es decir, «a menos que sea usted clarividente y consiga prever las consecuencias de sus actos es mejor seguir las normas, ¿verdad?». Aún así...

Josephine Tey. La señorita Pym dispone (Miss Pym disposes, 1946). Xixón: Hoja de Lata, 2015; 319 pp.; col. Sensibles a las letras; trad. de Pablo González-Nuevo; ISBN: 978-84-942805-6-6. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 29 de mayo de 2015

Me ha deslumbrado el trabajo literario que hay detrás de Las luminarias, de Eleanor Catton. En esta reseña se indican bien parte de los motivos: la construcción narrativa es meticulosa —argumento con una estructura circular; división en doce partes, cada una de la mitad de extensión que la previa; uso de los significados del zodiaco de una forma coherente sin que, por ese motivo, se lastre la lectura de quien no los conozca ni la cuestión le importe—, y el estilo con el que todo se cuenta es limpio —frases bien medidas, descripciones perfectas, precisión detallista en cualquier tema que se toque—.

1866, Hokitika, una joven ciudad con minas de oro en la costa oeste de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Todo comienza cuando el recién llegado Walter Moody acaba en medio de una reunión secreta de doce prohombres de la ciudad que desean discutir algunos acontecimientos: la extraña muerte de un minero y el descubrimiento en su casa de unas grandes cantidades de oro de origen misterioso, la no menos sorprendente desaparición de otro minero rico y los también curiosos acontecimientos en torno a una prostituta. Se despliegan entonces los hechos tal como los han vivido cada uno de los personajes —aunque con intromisiones del narrador para, pongamos por caso, «reproducir la historia [del chino Sook Yongsheng] de una manera fiel a los acontecimientos que quería revelar, más que al estilo de su narración»— y se descubre que Moody también ha visto algo extraño en el barco en el que ha llegado a Hokitika. De un modo que cabría llamar teatral, esos y otros personajes van entrando y saliendo de escena y el relato una y otra vez va y viene entre el presente y el pasado.

Se puede leer la novela como un largo relato costumbrista o histórico, por lo que tiene de reconstrucción cuidadosa del ambiente propio de una ciudad enfebrecida como Hokitika: minas, buscadores, navieras, hombres de negocios, campañas electorales, políticos, establecimientos de distinto tipo, fumaderos de opio, traficantes… No faltan tampoco páginas dedicadas a personajes maoríes y chinos, que dan idea de sus formas de afrontar la vida y de relacionarse con los occidentales, ni reflexiones de cierto interés acerca de tanta gente que huye pues, dice uno, «si el hogar no puede ser el lugar de donde uno es, entonces es lo que uno hace del lugar al que va».

Se puede leer, también, como una novela folletinesca y policial de tipo puzle, al modo de los relatos del género que fabricaron Wilkie Collins y también Dickens. Esos y otros autores están en el fondo de la historia, que tiene mucho de pastiche y parodia de las novelas decimonónicas. En muchos momentos la narración avanza por medio de interrogaciones: «¿Qué había dicho Balfour unas horas antes? ¿”Una sarta de coincidencias no puede ser una coincidencia”? ¿Y qué era una coincidencia, pensó Moody, sino un momento detenido en una secuencia que todavía estaba sin explicar?».

Es extraordinariamente característico el narrador, exacto y nada dubitativo en sus apreciaciones. Por ejemplo, de un clérigo dice que algo típico suyo era «no atribuir una motivación precisa a los actos de dudosa integridad y que, por el contrario, prefiriese alimentar una especie de distraída confusión en torno a sus motivaciones consideradas como un todo». O bien, de otro personaje afirma que «conocía el poder latente de la oscuridad (poderoso, porque suscitaba la curiosidad ajena) y sabía elaborar muy buenas estrategias para ejercerlo, pero se esforzaba en mantener oculto ese talento».

O un comentario como este: «Observamos que uno de los grandes atributos de la discreción es que puede enmascarar todas las variedades más comunes y simples de la ignorancia, y si algo podía destacarse de Walter Moody era su extremada discreción». Del mismo personaje se asegura que tenía un defecto propio de gentes inteligentes: «tendía a considerar el don de su intelecto como una suerte de licencia cuya exclusiva autoridad le protegía, en toda circunstancia, de obrar mal. Consideraba que sus obligaciones morales eran de una modalidad completamente distinta a las de los hombres de menor categoría, y en consecuencia rara vez sentía vergüenza o escrúpulos, excepto en términos muy generales».

Por tanto, no es una novela exactamente popular: leerla requiere un cierto esfuerzo y, por supuesto, bastante tiempo. Compensará mucho a quien, siendo ya buen lector, desee leer para evadirse sin más, o a quien esté interesado en cuestiones constructivas y de lenguaje. Lo anterior quiere decir que no tiene, ni de lejos, la potencia de fondo de obras como El jilguero —una novela con la que se la ha puesto en paralelo por su extensión y haber sido publicadas casi a la vez—.

Si hubiera que indicar un punto básico que la novela subraya sería el de la necesidad de las muchas perspectivas para llegar a conocer la verdad de las cosas. Cuando, en la primera parte del relato, a Walter Moody le hacen notar lo que ocurrió, uno de los presentes le dice que tal vez lo que le han contado sea «un poquito más de lo que esperaba» y otro puntualiza que «siempre es así, cuando se dice la verdad».

Eleanor Catton. Las luminarias (The Luminaries). Madrid: Siruela, 2014; 806 pp.; col. Nuevos Tiempos; trad. de Celia Montolío; ISBN: 978-84-16208-32-6. [
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jueves, 14 de mayo de 2015

El jefe de la manada, de Inés Garland, es una buena novela corta: tensa e inquietante, pero amable y bienhumorada.

La acción se desarrolla en Buenos Aires. Nina, una chica de once años, y su primo suelen jugar en un parque cercano a sus casas, donde conocen a Gudrek, un vagabundo de origen rumano que vive allí con sus perros. Un día ven a un tipo misterioso, de negro, que hace fotografías y se lo dicen a Gudrek. Luego ellos se van unos días a vivir con su abuelo, que les ha prometido enseñarles unos ejercicios de telepatía. En esos días salvan de morir atropellado a un perro, al que llaman López, al que traen con ellos de regreso. Pero, entonces, los perros del barrio empiezan a desaparecer y arrestan a Gudrek.

Nina es una narradora más que competente. Casi no va por encima de su edad pero usa expresiones certeras: cuando quiere pasar inadvertida pero siente que no es así dice que «me sentía una mosca en la leche». Provoca tensión, sencillamente, cuando ve y habla por primera vez con el escurridizo chico de negro: «su voz era muy finita, estrangulada, y eso fue lo que más miedo me dio». Dibuja bien a Gudrek, un tipo cuyas sentencias no son nada complicadas: «nada puede pasar antes del momento en que pasa».

Luego, habla bien de sus miedos y de su amor a los animales; cuenta cómo le hacen sufrir los problemas que observa en la relación entre su padre y su madre; también es consciente de que a veces a ella le sobra mal humor —«Mamá me decía que yo tenía siempre un cuchillito escondido en las discusiones. (…) Se lo clavé donde más dolía y ya era tarde para tragarme las palabras»—. Los aspectos que podrían ser más endebles en una narración así —como el que algunas pesadillas le den ciertas claves, o el hecho de que le funcionen algunos ejercicios que les enseña el abuelo para «concentrar los rayos dispersos de la mente»— tienen la dimensión justa para ser creíbles.

Inés Garland. El jefe de la manada (2014). Madrid: Siruela, 2014; 116 pp.; col. Las Tres Edades; ISBN: 978-8416208364. [Vista del libro en amazon.es]

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PratchettPerillan.JPG
jueves, 9 de abril de 2015

La lectura de Perillán, del recientemente fallecido Terry Pratchett, fue una decepción. Igual que algunos libros últimos de su producción, se ve que confeccionados no tanto por él como por personas de su entorno debido a su enfermedad, está por debajo de su categoría. Seguramente sería un libro elogiable si viniera firmado por un autor joven, pues es ameno, pero de Pratchett esperamos más... y otra cosa. Aquí no brilla su ingenio despreocupado típico: todo es demasiado pedagógico para los lectores jóvenes y al narrador se le nota el afán por ofrecer una novela políticamente correctísima. Se me ha ocurrido en el pasado releer pasajes de novelas del Mundodisco, y seguro que se me ocurrirá de nuevo en el futuro, pero no se me ocurrirá nunca volver a esta novela.

El héroe, inspirado en Artful Dodger, jefe de los pilluelos que trabajaban para el judío Fagin en Oliver Twist, tiene 17 años y su oficio es saquear las alcantarillas. Vive con Solomon Cohen, un hombre mayor, judío, masón, amigo de juventud de Karl Marx, nada menos. Todo comienza cuando Perillán ve a unos tipos que maltratan a una chica y acude a rescatarla, con la suerte de que Dickens pasaba por allí y se hace cargo del talento natural de Perillán. A partir de ahí se trata de que a la chica no la deporten pero, como eso significa un conflicto diplomático, Perillán se pone manos a la obra mientras la policía y el mismo primer ministro Disraeli miran hacia otro lado.

El tono es de farsa irónica, con acentos propios de una novela picaresca, pero ni hay momentos de verdadera gracia —algo curioso en Pratchett— ni los tipos humanos y las relaciones entre ellos resultan mínimamente creíbles: lo son más en cualquier melodrama dickensiano. La tensión del argumento está, sólo, en cómo Perillán va ganando educación y hábitos de higiene para, llegado el momento, poder irse con la chica, un personaje de lo más endeble. Son escasos los incidentes que cabría llamar de acción y abundantes los de vida social y las explicaciones de todo tipo que le da Solomon (un héroe construido, de más está decirlo, a la contra de Fagin). Por ejemplo, le dice cosas como esta: «—Mmm, veamos —dijo—, si un día renunciaras a guarrear en… bueno, en guarrerías, podría hablarte de los escritos de Spinoza, un filósofo que te podría ampliar la mente porque, si quieres mi opinión, tienes espacio de sobra, y te transmitiría la naturaleza del ateísmo, que cuestiona la creencia en Dios. Por lo que a mí respecta, algunos días creo en Dios y otros días no creo».

Terry Pratchett. Perillán (Dodger, 2013). Barcelona: Fantascy, 2014; 397 pp.; trad. de Manu Viciano; ISBN: 978-84-15831-23-5. [
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jueves, 29 de enero de 2015

No es invisible, de Marcus Sedgwick, es una novela original, divertida e inteligente, que se podría calificar de novela puzle y de novela filosófica. Su principal baza es la narradora, Laureth, una chica ciega de dieciséis años. La historia empieza cuando ella y su hermano Benjamin, de siete años, van a tomar un avión de Londres a Nueva York: Laureth necesita que Benjamin la guíe de modo que nadie se dé cuenta de su ceguera. El motivo del viaje es que su padre, un escritor conocido, ha desaparecido y, aunque su madre no parece preocupada, Laureth sí lo está, y más aún cuando lee un correo electrónico misterioso en el que alguien de Nueva York le dice a su padre que tiene su libreta de notas.

Una parte de la tensión que comunica el relato está en que Laureth no hace descripciones de lo que cualquiera vería, sino de sonidos y olores, y que su narración va siguiendo su hilo de recuerdos y pensamientos, las conjeturas que hace y las tácticas que usa para que, a su alrededor, nadie descubra su ceguera. Su hermano Benjamin es también un personaje formidable, que combina reacciones propias de niño de 7 años con otras de chico muy listo (tal vez demasiado) que, además, tiene un don particular con los aparatos electrónicos: se funden cuando los toca, quiera o no.

El libro incluye, a veces, textos a mano de la libreta del padre de los protagonistas, un hombre con una gran obsesión con el significado que pueden tener las coincidencias y con lo que han dicho autores como Jung, Pauli o Einstein acerca de la cuestión. Todo esto, que también comenta Laureth para ir dando los sucesivos pasos de su búsqueda, podría estar más simplificado. Una parte del desenlace, la solución al misterio de la desaparición del padre, desentona de la brillantez de otros tramos de la novela. No sé por qué no se ha mantenido en castellano el título inglés: Ella no es invisible.

Marcus Sedgwick. No es invisible (She is Not Invisible, 2013). Bercelona: Bambú, 2014; 276 pp.; col. Exit; trad. de Julia Alquézar; ISBN: 978-84-8343-309-6. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 23 de enero de 2015

Matemos al tío,
de Rohan O’Grady, es una novela que tuvo éxito cuando se publicó, que luego ha estado treinta años olvidada, y que últimamente ha vuelto a ser editada con renovados elogios. Es un relato que coincide con Huracán en Jamaica, de Richard Hughes, en que ambas hablan de niños que se comportan de un modo inocentemente cruel, y con La noche del cazador, de Davis Grubb, en que hay un psicópata que persigue a la pareja de niños con saña.

A una pequeña isla canadiense llegan dos niños de diez años a pasar unos meses. Uno es Barnaby Gaunt, huérfano y futuro heredero de una gran fortuna, que se alojará con los señores Brooks a la espera de que llegue su tío y tutor. La otra es Christie MacNab, que vivirá con la señora Nielsen, la cabrera, una conocida de su madre. Ambos son los únicos niños de la isla. Al principio no se llevan nada bien entre sí y causan terror en los vecinos con sus travesuras pero las cosas cambian poco a poco. Cumple un importante papel el único policía montado de la isla, Arthur Coulter, un hombre serio y reflexivo. El núcleo de la historia está en que Barnaby sabe que su tío quiere matarlo pero nadie le cree salvo Christie que, una vez que se hace cargo del asunto, tiene clara la única opción que les queda: «tendremos que asesinarlo a él primero».

Si leemos seriamente la novela le podríamos reprochar algunas cosas: son casi un cambio de género los párrafos en los que se presentan los pensamientos de un personaje que será decisivo: el viejo puma Una Oreja; no aportan mucho las cartas de amor del sargento Coulter aunque sirvan para poner de manifiesto parte de sus pensamientos; el tío psicópata es un personaje que, para el lector, no resulta demasiado inquietante. Sin embargo, si leemos la historia sin demasiadas exigencias vemos que son atractivos los retratos de los niños y del sargento Coulter, así como el de los demás vecinos, y quedaremos atrapados por la ligereza irónica con que se cuentan algunas cosas. Así, el narrador indica que «a los niños les encantaba la pequeña iglesia: era un lugar agradable y apacible, perfecto para planear un crimen»; o señala que sí, «era muy sencillo decidirse a cometer un asesinato, pero muy distinto y mucho más complicado era planificar su ejecución».

En la contracubierta se habla de que estamos ante una lectura «deliciosamente perversa», típico comentario desacertado: la perversidad no es nunca deliciosa, se mire por donde se mire, salvo para el psicópata. Puestos a buscar alguna perversidad en la lectura no sería la de los niños, aunque a veces sean crueles de modo inocente, o no tan inocente, sino la del narrador y la del lector: la del primero cuando conduce irremediablemente al lector, y la de este cuando se deja conducir de buen grado, a desear que los niños se salgan con la suya, terminen de una vez con el tío y, además, que consigan hacerlo sin que nadie lo sepa.

Rohan O’Grady. Matemos al tío (Let’s Kill Uncle, 1964). Madrid: Impedimenta, 2014; 316 pp.; trad. de Raquel Vicedo; ISBN: 978-84-15979-11-1. [
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miércoles, 4 de junio de 2014

Cuando de noche llaman a la puerta, de Xabier P. Docampo, es un libro de hace unos años con relatos de miedo basados en narraciones orales gallegas.

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miércoles, 21 de mayo de 2014

Zoom, de Andrea Ferrari, comienza cuando Ana, una chica de 17 años, lee una noticia del periódico en la que se cuenta, con admiración, cómo el Papá Noel de una tienda de juguetes tuvo una maravillosa intuición y actuó con extraordinaria rapidez para salvar de morir atropellado a un pequeño malabarista que lucía su destreza en medio del tráfico. A partir de ahí, averiguamos que el padre de Ana murió hace poco; que su madre está muy deprimida y gana un sueldo miserable; que su silenciosa hermanita Cecilia, de ocho años, pasa tiempo con una generosa pero muy habladora vecina; y que Ana se plantea ganar dinero en la campaña de Navidad ofreciéndose para trabajar como papá Noel en la tienda pues el anciano que normalmente lo hacía, un vecino, está inválido. Poco a poco conoceremos a más amigos de Ana y algunas de las personas que trabajan en la tienda.

La historia es intrigante y cordial a la vez. Mete al lector en los mundos interiores de sus personajes y aviva continuamente los deseos de pasar la página pues está construida con gran habilidad: el narrador va llevando al lector adelante y atrás, abriendo interrogantes que, ordenadamente, van respondiéndose. Así, al final del capítulo uno se dice: «Pero para que esa película se entendiera habría que retroceder. Apretar la tecla rewind y buscarle un principio a la historia». Luego, el capítulo 2 comienza: «Un principio posible sería veinte días atrás…»; y, al final, el narrador dice: «Ana va a quedar con un pie en el aire mientras se abre paso a otro personaje importante en esta historia». Y en el capítulo 3, después de arrancar con un «Lo que Orlando más odia es la gorra», hay un segundo bloque que se abre diciendo: «para entender exactamente qué pasa en su cabeza…». Y así, con un lenguaje en el que no faltan expresiones argentinas típicas, entre pulsaciones más o menos largas de rewind y fast forward, el relato va quedando completamente anudado.

Andrea Ferrari. Zoom (2013). Madrid: SM, 2013; 129 pp.; col. Gran Angular; ISBN: 978-84-675-6306-1. [Vista del libro en amzon.es]

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jueves, 6 de marzo de 2014

El protagonista de Cómo empezó mi vida prestada, de Jenny Valentine, es Chap, un chico vagabundo de 16 años. Su relato comienza cuando, después de una pelea en el albergue de Londres donde se aloja desde hace dos días, lo encierran y entonces alguien descubre que sus rasgos coinciden con otro chico desaparecido hace dos años: Cassiel Roadnight. Le preguntan si es él y, por distintas razones, dice que sí. A continuación viene la hermana de Cassiel, Edie, a buscarlo y se lo lleva. En la casa de los Roadnight, en el campo, le espera su madre, Helen, y, al día siguiente, llega su hermano mayor Frank. La narración alterna el presente —las dudas y temores del protagonista, sus deducciones sobre los misterios de su nueva familia, sus intervenciones cuidadosas para no delatarse— con su pasado, pues recuerda su vida desde muy pequeño con su abuelo y, después, el momento en el que a su abuelo se lo llevaron y él se quedó solo.

El relato funciona porque la situación no se prolonga lo bastante para ser improbable y porque la voz del narrador es convincente: al ir señalando paso a paso qué va pensando, y al ir haciéndose continuas preguntas sobre qué hacer o decir, hace partícipe al lector de sus agobios y de sus inquietudes. No cuenta las cosas en presente sino desde un punto indeterminado del futuro, después de que todo terminó: «me engañé diciéndome que me necesitaban tanto como yo a ellos. Me engañé diciéndome que podría acabar con todo su sufrimiento con tan sólo aparecer (…) No pensé que el hecho de ser él me obligaría a vivir al borde del precipicio». Como se podría esperar, hacia la mitad de la novela, cuando ya Chap está en su nueva casa, el relato coge acentos y ritmo de thriller inquietante: ¿por qué desapareció Cassiel Roadnight? ¿quiénes fueron los padres de Chap? En este punto se le puede reprochar a la historia que algunos personajes importantes, como Frank y un conocido de Cassiel llamado Floyd, no estén del todo perfilados. En cualquier caso es una historia bien organizada y bien narrada, de las que activan la empatía del lector con el protagonista y quienes le rodean.

Jenny Valentine. Cómo empezó mi vida prestada (The Double Life of Cassiel Roadnight, 2010). Madrid: Alfaguara, 2012; 311 pp.; trad. de Mercedes Núñez; ISBN: 978-84-204-1199-6.

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viernes, 17 de enero de 2014

Sobre Canadá, de Richard Ford, es suficientemente clarificadora esta reseña. Coincido con ella, en particular, en la excelencia de la primera parte del relato: la descripción de la vida familiar del narrador, Dell Parsons, después de un comienzo con tanto tirón como este: «Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después». Debo decir que me pareció inferior a sus novelas largas previas —que, por orden de preferencia, son El día de la independencia, Acción de gracias, y El periodista deportivo— pero, en cualquier caso, me atrajo. Eso, seguramente, se debe también a que conecto bien con el narrador sereno típico de Ford y porque, aunque me parezca pobre, comprendo y me parece revelador su enfoque vital tipo «esto es lo que hay».

Eso sí, la personalidad de Dell Parsons y la de su anterior héroe, Frank Bascombe, se parecen mucho. Bascombe hablaba de un tipo, en un coche, «codo encima del borde la ventanilla, escuchando jazz progresivo, mientras sonríe y hace como que lo tiene todo controlado, cuando de hecho no hay nada que controlar»; y Dell Parsons apunta, en un momento de la historia, que «intentaba reafirmarme como hombre de la casa y tomar las riendas de cosas que nadie podía controlar». Y seguro que, si repasáramos las novelas de Bascombe, podríamos encontrar ideas que Parsons repite, como la de que, en el meollo de muchos planes, siempre hay algo que no cuadra pues los seres humanos no actuamos de formas siempre previsibles. O consideraciones como la de que, cuando era chaval, «estaba muy contento con el rumbo que tomaba mi vida, lo que, visto retrospectivamente, era una tontería, porque no tenía la menor idea del rumbo que tomaba mi vida». O que «no está bien hacer como que las cosas no hubieran acontecido nunca por malas que fueren, como si uno hubiera podido abrirse paso de cualquier otra manera hasta el presente». La conclusión, la misma siempre pero interesante pues es verdadera, es esta: «es un misterio cómo somos. Un misterio».

Richard Ford. Canadá (2012). Barcelona: Anagrama, 2013; 510 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Jesús Zulaika; ISBN: 978-84-339-7871-4.

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viernes, 18 de octubre de 2013

El octavo día fue la última novela de Thornton Wilder. Ese dato importa porque sólo una gran madurez da el dominio necesario para abordar y controlar un argumento que, centrado en un acontecimiento singular, abarca cuatro generaciones y toca muchas teclas distintas. Puede dar idea de lo anterior decir que tiene partes de intriga detectivesca, y de huida y persecución; otras de lucha por sobreponerse a la pobreza, y también de ascensos sociales fulgurantes; otras de denuncia de los abusos laborales sobre los que se construyen algunas fortunas; otras de reflexión, sobre las consecuencias que tiene una u otra educación; más, sobre los cimientos de los Estados Unidos y sobre la imposibilidad de comprender los destinos humanos… Luego, el relato avanza hacia delante y hacia atrás con fluidez: el autor mantiene al lector en vilo, anunciando cosas que ocurrirán, buscando explicaciones en el pasado, y siendo también un tanto impredecible. Eso sí, no todo es perfecto: a la historia tal vez le sobran algunas divagaciones y preguntas retóricas en boca del narrador o en la de algunos personajes, por más que algunas sean interesantes y que, sin duda, es una manera de darle un sabor particular.

En un extraordinario prólogo se presentan el escenario —Coaltown, una ciudad provinciana minera de Illinois—, los principales personajes y el misterio principal: el año 1902, al director de la empresa minera, Breckenridge Lansing, su amigo y gerente de la mina, John Ashley, le disparó por la espalda en presencia de sus respectivas esposas, Eustacia y Beata. A pesar de lo extraño del asunto los hechos no dejan lugar a dudas y John Ashley es condenado pero, durante su traslado a prisión, unos misteriosos enmascarados aturden a los guardias y lo liberan. En sucesivos capítulos la novela sigue la escapada de Ashley hasta Chile, donde acaba trabajando en otra empresa minera; la marcha de su hijo Tom a Chicago, con 17 años, y cómo se abre camino allí como periodista; la vida difícil de Beata y sus tres hijas, que se quedan en el pueblo y terminan abriendo una pensión; y la de Eustacia y sus dos hijas e hijo. También, el relato va echando atrás la vista para saber quiénes fueron los padres alemanes de Beata y los criollos de Eustacia, y encontrar ahí algunas explicaciones o justificaciones de lo que sucedería después.

Al final del relato tendremos la explicación del título: este se propone al principio, en una fiesta para dar la bienvenida al nuevo siglo, cuando un médico escéptico anuncia que la humanidad inicia una etapa en la que surgirá un hombre nuevo, el hombre del octavo día. La narración contiene muchas referencias de toda clase: a la antigüedad romana; a obras literarias de muchos lugares, rusas en particular; a canciones de tipo popular o religioso, etc. Son también abundantes las explicaciones caracteriológicas: se hacen generalizaciones amplias y se obtienen, a veces, conclusiones excesivas. Pero al lector no le importará mucho pues la tensión por saber qué ocurrió es continua y, como en cualquier novela dickensiana, aparte del interés de las historias que cuentan ascensos sociales y las que hablan de la lucha por salir de la pobreza, surgen aquí y allá personajes secundarios magníficos. El narrador subraya que así, del entretejido de vidas humanas que presenta, nace Norteamérica; y conduce bien al lector a la idea de que la vida es para nosotros como un tapiz por detrás, todo hilos y nudos, en el que «no es posible ver el diseño de conjunto», tal como afirma un personaje un tanto místico. Por último, el desenlace no defrauda.

Thornton Wilder. El octavo día (The Eight Day, 1967). Madrid: Automática, 2013; 530 pp.; trad. y notas de Enrique Maldonado Roldán; ISBN: 978-84-15509-14-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 10 de agosto de 2012

Un thriller con defectos y lugares comunes, sí, pero con un protagonista infantil inolvidable: Muerte al alba, de Robert McCammon. En el momento de poner esta nota no lo veo disponible en castellano...

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miércoles, 25 de enero de 2012

El juego de Calder,
de Blue Balliett, tiene un enfoque parecido e iguales protagonistas a El enigma Vermeer (y parece que también como El misterio de la casa Robbie, sobre Frank Lloyd Wright, novela que no he leído).

El relato comienza con una exposición de móviles de Alexander Calder en el Museo de Arte contemporáneo de Chicago. A ella van Calder, Tommy y Petra con su colegio, pero no pueden disfrutarla bien a causa de su rigidísima profesora. Luego, Calder va con su padre a Inglaterra, a un pueblo llamado Woodstock, en el que también hay una escultura de Alexander Calder y un gran palacio con un enorme laberinto. Pero la escultura y el mismo Calder desaparecen un día, y Tommy y Petra, junto con la señora Sharpe, viajan allí para intentar ayudar en su búsqueda.

El interés principal de la autora es comunicar entusiasmo por la obra de Calder: se acentúa mucho la belleza incomparable de sus esculturas, tanto que resulta excesivo. Las explicaciones están bien dadas pero son muchas, lo que va en detrimento de la novela. Además, la historia policial es intrincada y nada convincente. En fin, al menos en mi opinión, una novelita debe conformarse con aludir y picar la curiosidad pero no alargarse con descripciones de una obra de arte visual y espacial que, obviamente, no está pensada para ser disfrutada en una novela. Luego, el cliché de la profesora militarista e hiperrígida frente al cliché de la profesora creativa y superamable cansa ya un poco. Con todo, el libro está bien escrito y construido con habilidad y, además, tiene unas extraordinarias ilustraciones en las que vale la pena fijarse: si no fuera por ellas (y porque Calder me gusta) tal vez no comentaría este libro.

Blue Balliett. El juego de Calder (The Calder Game, 2008). Barcelona: Salamandra, 2011; 252 pp.; ilust. de Brett Helquist; trad. de Raquel Vázquez Ramil; ISBN: 978-84-9838-350-8.

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jueves, 12 de enero de 2012

Reyes de la basura,
de Andy Mulligan, (titulado en una nueva edición, igual que la película, Trash, Ladrones de esperanza) es un relato absorbente que me ha recordado a Slumdog Millionaire.

Se ambienta en una ciudad llamada Behala (que por la historia del autor estaría en Filipinas), donde hay un gran basurero en el que sobreviven muchas personas recogiendo restos. Los protagonistas son tres chicos, Rafael Fernández, Gardo y Rata, que un día encuentran un misterioso bolso con un nombre, una llave y unas instrucciones dentro. La policía intenta recuperar ese bolso pero ellos no dicen nada y, siguiendo las pistas que tienen, acaban entrevistándose con un dirigente político encerrado en la cárcel desde hace tiempo y averiguando el origen real de la fortuna de un hombre poderoso.

La novela está narrada por quienes vivieron los hechos: sobre todo por los mismos protagonistas, pero también por el Padre Julilliard, director de la Escuela Misionera de Behala, que conoce a los chicos y pide a otras personas que vayan contando su participación en lo que ocurrió, como Olivia Weston, que era supervisora en su Escuela, y a otras personas con un papel pequeño. En este sentido buena parte del impacto de la narración se debe a su artificiosidad (igual que Slumdog Millionaire), y no hay duda de que resultan forzados algunos pasos del relato y ciertos aspectos del desenlace. Pero lo cierto es que tanto el hilo argumental como la sórdida vida en el basurero atrapan al lector: la primera de las claves es que la historia tiene gancho; otra es la buena dosificación con la que llega la información y el encaje de las distintas maneras de contar y de los diferentes puntos de vista; y otra es el tono amable con el que los chicos lo cuentan todo, con claridad pero sin ironía, con buen humor, y sin intentar azuzar en exceso la indignación del lector.

Andy Mulligan. Reyes de la basura (Trash, 2010). Barcelona: Salamandra, 2011; 219 pp.; trad. de Santiago del Rey; ISBN: 978-84-9838-390-4. Nueva edición, titulada Trash. Ladrones de esperanza, en Salamandra, 2014; 224 pp.; ISBN: 978-8498386431. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 26 de octubre de 2011

Un autor de relatos gallegos de miedo, o relatos de miedos gallegos, es Ánxel Fole, quien, en uno de los cuentos de su recopilación De cómo me encontré con el demonio en Vigo y otros cuentos, dice que el miedo da salud.

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jueves, 14 de abril de 2011

Un autor inevitable, a la hora de hablar de relatos de miedo y terror, es Howard Philips Lovecraft. En su momento leí varias novelas suyas que, debo decir, no me atrajeron nada. La que hace años seleccioné para incluir en Bienvenidos a la fiesta (libro) y dejar constancia de su influencia y de sus rasgos propios, estilísticos y de contenidos, fue El horror de Dunwich.

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jueves, 13 de enero de 2011

Si Las antiparras del poeta burlón es un libro pensado para dar a conocer a Quevedo, Tuerto, maldito y enamorado, de Rosa Huertas, está construido para dar a conocer a Lope de Vega.

Elisa es una chica lista, pero tímida y miedosa, a la que su hermana pequeña pide ayuda para preparar un trabajo sobre Lope de Vega. Al ir a buscar uno de sus libros a la biblioteca de su instituto, un extraño espectro, tuerto, que se oculta detrás del libro, le pide que le ayude a recordar su nombre para poder descansar al fin. Uno de los problemas que se le presentarán, entre otros, es que si ayudas a un espectro en pena otros también piden tu ayuda.

Debo comenzar por decir que las historias de fantasmas no son mi género favorito pero, sea como sea, quien siga esta con interés aprenderá cosas de Lope de Vega y, tal vez, tenga curiosidad por leer alguna de sus obras. Tal vez otros no lo vean igual pero considero un acierto que la narradora sea una chica un tanto ceniza: me parece que así resulta más real y despierta más simpatías. Facilita las cosas el hecho de que los escenarios donde se desarrolla todo sean los del mismo Madrid de los siglos XVI y XVII.

La narración ganaría si ahorrase comentarios folletinescos, como el de que «sin su mano se abría un abismo de soledad bajo mis pies», o enfáticos, como «el mayúsculo poder del pasado que flota en cada baldosa de mi barrio» —aparte de que el poder no flota...—. Pero cabe que tal vez así guste más a ciertos lectores y lectoras, aparte de que este tipo de volutas barrocas son apropiadas para una historia como esta, y bien está si eso sirve para que haya quienes conozcan a Lope de Vega.

Rosa Huertas. Tuerto, maldito y enamorado (2010). Zaragoza: Edelvives, 2010; 235 pp.; col. Alandar; ISBN: 978-84-263-7533-9.

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viernes, 27 de agosto de 2010

La noche del cazador
,
de Davis Grubb, es una novela sobre cuyo argumento se basó una famosa película de suspense de los años cincuenta. No es significativa como «novela de niños», pero toda ella encierra y se dirige a una conclusión de fondo que pocas veces se ha formulado tan bien: la necesidad de protección que tienen los niños en esos momentos en que se ven solos y mudos, incapaces de contar con palabras el miedo que sienten.

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miércoles, 17 de marzo de 2010

OK, señor Foster,
de Eliacer Cansino, es un relato que habla, entre otras cosas, de no dejarse llevar por las apariencias.

Años sesenta. Perico, huérfano de madre, vive con su padre en Umbría, Huelva. Pierde un billete que le da su padre para pagar la licencia de pesca y, como descubre un fajo de billetes en «El Rey de Oporto», un barco nuevo de unos portugueses, coge uno para remediar el entuerto. En el proceso de intentar volver atrás y confesar la verdad, Perico acaba descubriendo quienes son el misterioso señor Foster, un inglés fotógrafo de la naturaleza, e Ismael, un viejo talabartero que lleva una vida solitaria. También intervienen su amiga Bellita, el rígido sargento de la Guardia Civil, y otros habitantes del pueblo.

El narrador perfila lo justo a los personajes y sus relaciones, engarza bien los sucesos del presente con los del pasado de la comarca, y sabe hacer notar al lector el peso de los dilemas que se le plantean al protagonista. Algunos episodios son divertidos aunque tal vez se recarga innecesariamente la borriquería de los guardias civiles. Además, hace interesantes observaciones al paso: ante la insistencia de Perico, Bellita le promete que leerá el libro que le da, y añade el narrador: «Le gustaba hacer promesas. Comprometerse con aquellos a quienes quería. Una promesa le daba sentido a su futuro, era un brújula para el porvenir».

Eliacer Cansino. OK, señor Foster (2009). Zaragoza: Edelvives, 2009; 196 pp.; col Alandar; ISBN: 978-84-263-7239-0.

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jueves, 25 de febrero de 2010

Ya que hablé, no hace mucho, de biografías de Shakespeare, y ya que las semanas anteriores colgué reseñas de importantes novelas policiacas, traigo aquí un breve comentario de una interesante novela: La hija del tiempo, de Josephine Tey (no They, como pone la portada de la primera edición que cito abajo).

El protagonista, el inspector de Scotland Yard Alan Grant, está en cama sin poder moverse. A partir de que le muestran un retrato de Ricardo III se pregunta qué clase de persona fue y, con ayuda de las enfermeras y de compañeros amigos, va recopilando información histórica para saber si fue o no el autor del asesinato de sus dos sobrinos. Sus conclusiones serán muy distintas a las que los textos escolares habituales enseñan y a las del estereotipo difundido por la obra de Shakespeare.

Supongo que para entrar en esta historia se requiere tener interés en el personaje o en la historia de la época. En cualquier caso, la estructura de la novela es sobresaliente y es magnífica la forma en que Grant realiza la investigación, por medio sobre todo de un joven norteamericano que le ayuda. Además, reconozco que a mí me gustó en su momento porque me interesa mucho la discusión de cómo los libros escolares engañan tanto y no de modo inocente: la idea de fondo que preside la narración y que se anuncia en el título, para quien lo pueda ver, es que la verdad (esa clase de verdades históricas al menos) es la hija del tiempo, frase de una obra de Bertold Brecht.

A propósito de lo mismo léase Cánones.

Josephine Tey. La hija del tiempo (The Daughter of Time, 1951). Madrid: Debate, 1994; 186 pp.; col. Debate bolsillo; trad. de Flora Casas; ISBN: 84-7444-800-X.
Nueva edición en Barcelona: RBA libros, 2012; 208 pp.; col. Serie Negra; trad. de Efrén del Valle Villamil; ISBN: 9788490063330.

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jueves, 11 de febrero de 2010

La bruja de Trasmoz,
de César Fernández, reúne bien algunas de las funciones de la literatura juvenil: conecta con el lector joven por su intriga, en especial con la querencia natural de muchos por los relatos de miedo, y conduce a la lectura de un clásico como Bécquer pues todo está basado en un episodio de su vida y abundan las referencias a sus leyendas.

Su protagonista es Emilio, un joven programador informático, descendiente de Bécquer, que tiene unos sueños misteriosos y está insatisfecho en su trabajo. Decide abandonarlo e, igual que su antepasado pasó un tiempo en monasterio de Veruela para escribir leyendas sobre esos parajes, se va unos días a la hospedería de un monasterio cercano a ese lugar para poner en orden sus ideas y, tal vez, escribir una novela.

Desde mi punto de vista, tal vez algunas motivaciones y comportamientos de los personajes podrían ser más convincentes; y también algunos aspectos formales del texto podrían estar más cuidados —por ejemplo, a mí me parecen vacías algunas expresiones típicas de relatos que intentan convocar el miedo en el lector como «la oscuridad que los acechaba» o «la negrura resultaba abominable»—. En cualquier caso, el hecho es que la narración atrapa y el lector desea saber cómo acabará todo, al margen de que funciona muy bien la integración de los pasajes de relatos de Bécquer en la historia.

César Fernández. La última bruja de Trasmoz (2009). Barcelona: La Galera, 2009; 183 pp.; ISBN: 978-84-246-3278-6.

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jueves, 14 de enero de 2010

A la serie de grandes relatos de terror o miedo del pasado —como los de Hoffmann y de Poe, Jekyll y Hyde, Otra vuelta de tuerca...— es necesario añadir El horla, de Guy de Maupassant, otra historia corta, intensa y construida con sabiduría literaria.

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miércoles, 7 de octubre de 2009

Un indicador de calidad en una novela infantil del pasado, no el único, está en que ahora la podamos leer con gusto. Es el caso de Nuestras hazañas en la cueva, de Thomas Hardy, una novelita de cierta intriga con protagonistas chicos, inusual en su época y que no tuvo mucho eco, por lo que sé. No la he encontrado disponible en inglés en la red a pesar de su antigüedad y en España sólo está disponible en bibliotecas.

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viernes, 2 de octubre de 2009

Una novela que, como Calix, está situada en los años de la inmediata posguerra en España: Antes del invierno, de Carlos Pujol.

El protagonista y narrador, don Emilio, es un abogado, ya mayor, que vuelve a España desde Londres, cuando la guerra mundial está en su apogeo, su mujer le ha abandonado, y su hijo, que vive en Barcelona, es un conocido y bien situado poeta falangista. Cuando un día un inglés le aborda por la calle y le propone ser espía comienzan a pasar cosas extrañas a su alrededor.

Relato en el que, sobre todo, importa la voz del narrador: bromista e irónica, comprensiva y culta, con oportunas y frecuentes referencias literarias. En él hay un poco de callejeo descriptivo por la Barcelona de la época y mucho espadachineo hábil en los diálogos. Tiene algo de parodia de la novela policial o de espionaje como se deduce del chestertoniano comentario del inspector al protagonista: «Mire, es usted tan condenadamente sospechoso que por fuerza tiene que ser inocente».

Es una narración que disfrutarán quienes aprecien el humor inglés de un tipo que se ríe del humor inglés, la capacidad que tiene de ver siempre las cosas por las dos caras, digamos que benévolamente pero no ingenuamente, como en esta ocasión: «La gente parecía feliz, o tal vez era que yo la veía así debido a mi estado de ánimo. Llegué a la conclusión de que, con tal de no pensar en nada, se podía vivir bastante bien».

Carlos Pujol. Antes del invierno (2008). Palencia: Menoscuarto, 2008; 198 pp.; ISBN: 978-84-96675-21-6.

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viernes, 28 de agosto de 2009

Dos novelas góticas históricamente importantes: El castillo de Otranto, de Horace Walpole, y Drácula, de Bram Stoker. Personalmente no me atrae ninguna, y hay mucha diferencia de calidad entre las dos a favor de Drácula, pero son referencias inevitables.

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jueves, 28 de mayo de 2009

Se acaba de reeditar Krabat, de Otfried Preussler, una historia de miedo basada en un antiguo cuento alemán. He comprobado que algunos errores de la edición anterior han sido corregidos —vagabundeaje / vagabundeo, por ejemplo—, lo cual es de agradecer. Entre otras cosas, es un ejemplo valioso de cómo un libro triunfa por llegar en un momento y en un ambiente propicios pues su éxito se debió, en buena medida, a la oportunidad de su mensaje: el autor intentó reflejar el destino de una generación joven, casi la suya, atrapada en unos engranajes malvados.

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jueves, 16 de febrero de 2006

El enigma Vermeer
es un relato que cuenta con unas sobresalientes ilustraciones góticas de Brett Helquist, pero que resulta fallido. Es una pena porque podría ser bueno: la escritora construye una trama que interesa y esboza unos personajes algo diferentes a los habituales..., pero la historia necesitaría o más sencillez, o más elaboración y desarrollo para funcionar sin que chirríen los engranajes.

Los problemas son varios: el relato es un puzzle complejo pero que abusa de las misteriosas coincidencias; los personajes no dan de sí lo que prometen y, aunque sean muy listos, al final resultan planos; se repite una y otra vez el recurso de que Calder, el chico, saque una pieza de su juego de pentóminos del bolsillo y eso le sugiera una palabra..., algo que, a la postre, también es superfluo. Pero, sobre todo, está el hecho de que guardarse al malvado para el final y, entonces, volver atrás para explicarlo todo es lo peor que le puede pasar a una novela policiaca (como bien explica Chesterton en sus ensayos sobre la cuestión, algunos recientemente publicados en Correr tras el propio sombrero).

Blue Balliett. El enigma Vermeer (Chasing Vermeer, 2004). Barcelona: Salamandra, 2005; 190 pp.; ilust. de Brett Helquist; trad. de Raquel Vázquez Ramil; ISBN 84-7888-978-7.
G. K. Chesterton. «En defensa de las unidades dramáticas», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en Fancies versus Fads.

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