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viernes, 8 de enero de 2010
Cinco años después de su conversión al catolicismo, Evelyn Waugh escribió una biografía del jesuita Edmund Campion (1540–1581). La intención de Waugh, según confiesa en el prólogo, era escribir una biografía compacta y legible que fuera un puente hacia otras más completas. Está tan bien escrita como se puede esperar de Waugh, con sobriedad y ponderación. El narrador comienza describiendo los momentos finales de Isabel I y se pregunta si recordaría su primera entrevista con Campion, en Oxford, cuando era un joven prometedor de 26 años. A partir de ahí, presenta la vida de Campion por orden cronológico en cuatro capítulos titulados «El estudioso», «El sacerdote», «El héroe», «El mártir». Resalta el prestigio intelectual de Campion y la categoría de su prosa, y luego la entereza de su comportamiento durante su juicio, la prisión y la horca. Sin duda, todo se sigue mejor con algunos conocimientos históricos del conflicto que tenía lugar entonces, el mismo que aparece al fondo de las biografías de Shakespeare citadas semanas atrás —en la de Pearce se cuenta que Shakespeare tuvo relación con Robert Southwell, otro jesuita ejecutado catorce años después—. Y a quien desee conocer los orígenes de esa situación puede resultarle útil Characters of the Reformation, un libro de Hilaire Belloc con retratos sintéticos bien perfilados de los hombres y mujeres que jugaron un papel decisivo en la configuración del anglicanismo. (Que yo sepa no está traducido al castellano).
Evelyn Waugh. Edmund Campion (1935). Madrid: Homolegens, 2009; 269 pp.; col. Biografías Breves; trad. de Ignacio Peyró; ISBN: 978-84-92518-25-8.
Hilaire Belloc. Characters of the Reformation: Historical Portraits of the 23 Men and Women and Their Place in the Great Religious Revolution of the 16th Century (1936). Charlotte, North Carolina: Tan Books and Publishers, 2009; 208 pp.; ISBN-10: 0895554666.
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jueves, 30 de octubre de 2008
A pesar de sus limitaciones, Los Inklings, de Humphrey Carpenter, es un libro básico en la bibliografía sobre C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien. Los Inklings fueron el grupo formado principalmente por Lewis, Tolkien, Charles Williams, Hugo Dyson, Warren Lewis, Owen Barfield, y más tarde Christopher Tolkien, todos ellos escritores, profesores y amigos que se reunieron durante años, una o dos veces por semana, en un pub de Oxford y en las habitaciones de Lewis. Su importancia como grupo se deriva del impacto que sus intercambios de opiniones tuvieron en las vidas y en las obras de todos ellos, especialmente Lewis y Tolkien. En realidad, como uno de los asistentes a las reuniones dice a Carpenter, «éramos sólo un grupo de amigos», «existe una cierta tendencia a tomarnos más en serio de lo que nosotros mismos lo hacíamos».
Como Carpenter había publicado en 1977 una biografía sobre Tolkien, abordó esta obra centrándose sobre todo en la figura de Lewis, el alma de los Inklings, y dedicando también especial atención a Williams. Ambos libros, la biografía sobre Tolkien y este, tienen interés porque su autor tuvo acceso a muchos documentos inéditos y porque, al haber sido preparados poco después de la muerte de Lewis, en 1963, y de Tolkien, en 1973, pudo recoger muchos datos y sucedidos de primera mano. Esto último, sin embargo, es también una desventaja: se da pábulo a conjeturas más que discutibles, y se cuentan anécdotas o hechos que no parecen realmente significativos, o que podrían ser enfocados de otro modo si uno prescinde de las mezquindades y rivalidades académicas.
La obra tampoco deja clara la importancia de las obras de Tolkien y Lewis, en parte porque a finales de los setenta su éxito aún no tenía las dimensiones que con el paso de los años hemos visto, pero sobre todo porque Carpenter, al igual que la crítica oficial de aquella época, tampoco parece creer en la excepcionalidad literaria de Tolkien y de Lewis. Por otra parte, igual que cuando biografió a Tolkien se veía que Carpenter no se hacía cargo de aspectos nucleares de su vida —intentar ser un buen padre de familia con cinco hijos y grandes agobios económicos, intentar vivir su fe católica con profundidad y sin limitarse al cumplimiento externo de unas prácticas religiosas—, tampoco aquí parece sentirse cómodo cuando trata sobre los empeños apologéticos de Lewis: es significativo que califique de verdadera la máxima de Charles Williams de que «no se puede hacer otra cosa, salvo decidir en lo que se cree», y parece ir contra los datos reales el que afirme como posible que Lewis aprendiera esa lección...
Sorprenden algunas cosas de la traducción: entre otras, que donde debería decir Cuaresma diga siempre Lent (=Cuaresma).
Humphrey Carpenter. Los Inklings (The Inklings, 1978). Madrid: Homo Legens, 2008; 479 pp.; trad. de Juan Castilla Plaza; ISBN: 978-84-936433-8-6.
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viernes, 24 de octubre de 2008
Creadores, de Paul Johnson, es un libro que desea ser complementario pero es inferior a otro que publicó unos años atrás, Intelectuales —más poderoso y más trabajado—, y que me ha dejado el mismo regusto: interés por muchos datos y apreciaciones, disgusto por los acentos del autor cuando habla de quien desea criticar, incomodidad por las anécdotas procaces a las que tan aficionado es (y no porque me molesten, que me molestan, sino porque muchas veces resultan injustas con quienes las protagonizan o porque parecen responder al deseo del autor de dejar a alguien en mal lugar). Tampoco me parece que Johnson cumpla con las expectativas que anuncia de hablar del trabajo creativo, aunque sí dé pinceladas sobre cómo se manifiesta la creatividad; más bien presenta biografías, y subraya en cada caso algún aspecto, de personajes muy diferentes entre sí: escritores como Chaucer, Durero, Shakespeare, Jane Austen, Víctor Hugo y Twain; músicos como Bach; pintores como Durero, Turner, Hokusai o Picasso; arquitectos como Pugin y Viollet-Le-Duc; modistos como Balenciaga y Dior; diseñadores-empresarios como Tiffany; cineastas como Disney... En mi opinión está fuera de lugar y es particularmente desafortunado el paralelismo final entre Picasso y Disney: las fobias y el afán polémico del autor le hacen perder pie.
Paul Johnson. Creadores (Creators, 2006). Barcelona: Ediciones B, 2008; 352 pp.; trad. de Gabriela Tenner; col. No ficción / Historia; ISBN 13: 978-84-666-2482-4.

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viernes, 10 de octubre de 2008
Después de decir que las biografías de Chesterton de san Francisco de Asís y de santo Tomás de Aquino no me gustan mucho como tales biografías, alguien me dice que si no podría sugerir algunas que cumplan la función de perfilar de otro modo a los personajes. Conozco dos.
Hermano Francisco, de Julien Green, es un relato lleno de viveza, como corresponde al gran escritor que es Green, y es un buen trabajo «por intentar descubrir la verdad bajo las variantes que los cronistas me han hecho soportar», tal como afirma él mismo en el epígrafe final.
Santo Tomás de Aquino: el oficio de sabio, de Eudaldo Forment Giralt, es un libro literariamente más plano pero intelectualmente denso, pues el autor entreteje los hechos de su vida con explicaciones del contenido de sus obras; en cualquier caso, la figura de Tomás de Aquino queda bien dibujada y también se ofrecen las opiniones que distintos biógrafos han dado sobre algunas cuestiones discutidas. Es tan interesante como una novela policiaca la polémica sobre si santo Tomás fue o no envenenado por el rey Carlos I de Anjou, tal como Dante apunta en la Divina Comedia.
Al final, como afirma Julien Green en su biografía «las generaciones de historiadores se suceden y se contradicen. Refutar a los predecesores parece ser un placer del que no se cansan. Se llega a negar en bloque hechos recibidos como auténticos desde hace siglos. Nuevos errores se añaden entonces a los vulnerables errores de ayer, pero este juego no carece de provecho, porque se da el caso de que algunas verdades quedan clarificadas».
Julien Green. Hermano Francisco (Frère François, 1983). Santander: Sal Terrae, 2002; 320 pp.; col. Servidores y testigos; trad. de José Luis Rouillón; ISBN 10: 84-293-1459-8.
Eudaldo Forment Giralt. Santo Tomás de Aquino: el oficio de sabio (2007). Barcelona: Ariel, 2007; 320 pp.; col. Biografías, ISBN 10: 84-344-5227-8.

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viernes, 3 de octubre de 2008
Al leer las Memorias de ultratumba he actualizado los recuerdos que tenía de Fouché (1759-1820), un personaje con «la apariencia de una hiena vestida» y al que Chateaubriand, un día que fue a ver al rey y le dejaron sentado en un rincón a la espera, retrata con el siguiente párrafo: «De repente se abre una puerta: entra silenciosamente el vicio apoyado en el brazo del crimen, monsieur de Talleyrand caminaba sostenido por monsieur Fouché: la visión infernal pasa lentamente por delante de mí, entra en el gabinete del rey y desaparece. Fouché acababa de jurar fidelidad y homenaje a su señor; el fiel regicida, de hinojos, puso las manos que hicieron rodar la cabeza de Luis XVI entre las manos del hermano del rey mártir; el obispo apóstata hizo de garante del juramento».
«Traidor de nacimiento, miserable, intrigante, de naturaleza escurridiza de reptil, tránsfuga profesional, alma baja de esbirro, abyecto, amoral...», son algunos de los calificativos que mereció José Fouché, uno de los hombres más poderosos de su época y de los más extraordinarios de todos los tiempos, según dice Stefan Zweig en la biografía que le dedicó. «Cuesta trabajo imaginarse que el mismo hombre que fue sacerdote y profesor en 1790, saquease iglesias en 1792, fuese comunista en 1793, multimillonario cinco años después y Duque de Otranto algo más tarde». «Los gobiernos, los sistemas, las opiniones, los hombres cambian; todo cae y desaparece en el torbellino vertiginoso de aquel decenio; sólo uno permanece siempre en el mismo sitio, al servicio de todos y de todas las ideas: José Fouché». Napoleón recompensará a su ministro de policía con un título nobiliario cuyo escudo «muestra en el centro una columna áurea bien propia de este apasionado enamorado del oro. Y alrededor de la columna se enrosca una serpiente, probable y tácita alusión a la flexibilidad diplomática del nuevo duque».
François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.
Stefan Zweig. Fouché (1929). Barcelona: Juventud, 1996; col. Libros de bolsillo Z; trad. de Ramón Mª Tenreiro; ISBN 10: 84-261-5502-2.
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viernes, 29 de agosto de 2008
Me ha defraudado la biografía de Herman Melville de Andrew Delbanco: esperaba más. Sin duda está bien escrita y hay un buen trabajo de documentación detrás. Lógicamente, también queda clara la importancia de Melville y la potencia y novedad de Moby Dick y sus mejores cuentos.
Sin embargo, en mi opinión, acaban siendo absurdas, y hasta risibles, las discusiones sobre algunos temas, que no dicen nada del biografiado y sí mucho sobre las obsesiones de nuestro mundo actual. El autor se toma en serio algunas, aunque las ponga en boca de otros, como cuando alguien habla de una ballena «apabullantemente erótica»; cuando menciona la relación entre Ahab y su obsesión monomaníaca con Hitler o con Osama bin Laden o con Bush; cuando interpreta con claves freudianas algunas peripecias vitales del autor; y no digamos nada de las inevitables referencias a si fue gay o no... Es cierto que, a veces, dice que le parecen improcedentes otras, por ejemplo cuando señala que no se pueden interpretar pasajes de Moby Dick como precursores de la sensibilidad medioambiental de hoy y que la obra no contiene ningún mensaje tipo «salvad a las ballenas»... También he tenido la sensación de que hay una especie de justificación a posteriori de los defectos literarios de Melville: como un intentar aumentar sus méritos más allá de los muchos que ya tiene.
En fin, para mí son mucho más clarificadoras, por ejemplo, la biografía y la introducción crítica de Cátedra que contiene los tres cuentos principales de Melville: Bartleby, el escribiente, Benito Cereno y Billy Budd.
Andrew Delbanco. Melville (Melville. His World and Work, 2005). Barcelona: Seix Barral, 2007; 512 pp.; col. Los tres mundos; trad. de Juan Bonilla; ISBN: 978-84-322-0904-8.
Herman Melville. Bartleby, el escribiente, Benito Cereno, Billy Budd. Madrid: Cátedra, 2000, 4ª ed.; 305 pp.; col. Letras universales; edición de Julia Lavid: ISBN: 84-376-0654-3.
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sábado, 1 de marzo de 2008
Durante meses he ido leyendo la larguísima Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, en la magnífica edición de Acantilado traducida por Miguel Martínez-Lage. Comencé «por obligación», por la fama del libro, pero pronto quedé fascinado por la personalidad del personaje y comprendí por qué Chesterton defiende a Johnson y ensalza el libro: «se dice que el comportamiento de Johnson era rudo y despótico. A veces era rudo, pero nunca despótico. Johnson no era un déspota en absoluto. Johnson era un demagogo que gritaba a una muchedumbre gritona. El hecho mismo de que riñera con otra gente es la prueba de que permitía a otra gente que riñera con él. Su misma brutalidad se basaba en la idea de una escaramuza equitativa, como las del fútbol. Es estrictamente cierto que gritaba y golpeaba la mesa porque era un hombre modesto. Le asustaba honestamente ser apabullado e incluso mirado por encima del hombro. (...) Johnson era un insolente igual a los demás y por tanto era amado por todos los que le conocían y fue inmortalizado en un libro maravilloso, que es uno de los auténticos milagros del amor».
Algunas de sus declaraciones, sabias y llenas de sentido común, las mencionaré otros días. Hoy sólo reproduzco varias que me han divertido por lo polémicas, lo políticamente incorrectísimas, o lo ceremoniosas que son.
Las primeras brotan cuando, llevado de su afán discutidor, recurre a ejemplos cómicos para obtener la victoria en la conversación: «Suponiendo —dijo— que la esposa de alguien fuera de natural inclinada al estudio y a la discusión de temas cultos, resultaría muy enojoso; por ejemplo, imagine a una mujer que de continuo abundase sobre la herejía de Arriano».
Las segundas proceden de sus prejuicios, por ejemplo respecto a Escocia o a las mujeres. Así, a propósito de la general insuficiencia de la educación y la escasa cultura en Escocia afirma: «Su saber es como el pan en una ciudad sitiada: todos sus habitantes reciben un mendrugo, pero ninguno come como es debido». O, cuando Boswell le dice a Johnson que fue a una reunión de cuáqueros en la que oyó predicar a una mujer, y Johnson comenta: «Una mujer que se pone a predicar es como un perro que sabe caminar sólo con las patas de atrás. No lo hace nada bien, pero sorprende que lo haga».
Las terceras afloran en sus cartas y, además de dar a conocer qué mente tan particular tenía, resultan muchas veces hilarantes para nuestra mentalidad. Así, cuando sufre un ataque siente «una confusión y una indefinición del entendimiento que duró, yo diría, medio minuto. Me alarmé y recé a Dios para que al margen de cómo dispusiera afligirme en lo corporal, me dejara intacto el intelecto. Esta plegaria, para poner a prueba la integridad de mis facultades, la hice en versos latinos. No es que fuera una buena composición, pero tampoco esperaba que lo fuese. Hice unos versos fáciles y concluí que seguía hallándome en plenitud de facultades».
James Boswell. Vida de Samuel Johnson (Life of Johnson, 1791-1793). Barcelona: El Acantilado, 2007; 2000 pp.; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN (10): 84-96489-84-1.
La cita de G. K. Chesterton está en «La visión común», Lo que está mal en el mundo (What´s Wrong with the World, 1910). Madrid: Ciudadela, 2006; 208 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de de Mónica Rubio Fernández, ISBN: 84-934669-7-2.
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jueves, 31 de enero de 2008
Me ha gustado Las vidas de Joseph Conrad, de John Stape, por estar bien escrita y porque responde a un trabajo de investigación meticuloso. El autor se ciñe cuidadosamente a los hechos conocidos de la vida de Conrad y se acaba centrando sobre todo en sus relaciones familiares, profesionales, y de amistad. No entra en el análisis de sus obras aunque sitúe cuándo y cómo las escribió, y mencione circunstancias que facilitan comprender mejor algunos aspectos. Tampoco hay ningún intento de situar en perspectiva la importancia y la novedad de su aportación a la historia de la literatura.
La vida y personalidad de Conrad, jugosas por los años tan agitados de su vida como marino y por la fuerza y calidad de sus mejores obras, no acaban de resultar atractivas. Sin duda, para sus lectores y seguidores de la vida literaria en general, tienen interés tanto los pormenores de su formación como escritor como sus relaciones con los editores y con otros escritores. Sin embargo, la biografía deja una impresión predominante, al mismo tiempo cierta, porque responde a hechos conocidos, y falsa, porque esa no es toda la verdad, de que fue una persona de trato difícil, cada vez más incapaz de mantener sus impecables modales debido a sus frecuentes ataques de gota y recaídas en la depresión.
John Stape. Las vidas de Joseph Conrad (The Several Lifes of Joseph Conrad, 2007). Barcelona: Lumen, 2007; 548 pp.; col. Memorias y biografía; trad. de Ramón Vilà; ISBN: 978-84-264-1625-4
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domingo, 14 de octubre de 2007
Tengo a la espera de leer Teresa de Ávila y la España de su tiempo, de Joseph Pérez (Algaba, Madrid, 2007). Entre tanto, un día como hoy se puede recordar la excelente y documentada biografía de Marcelle Auclair, con la que disfruté hace tiempo, sin dejar de recomendar en primer lugar las obras originales de la autora. Y se puede citar un pequeño texto de Christian Bobin que me gustó: «San Juan de la Cruz (...) habla como muchacho, con esa impaciencia de ir hacia lo general, lo abstracto, lo metafísico. Es un hombre, por consiguiente quiere lo construído, lo sólido. Santa Teresa de Ávila, por su parte, se desliza como una trucha, ríe, salpica».
Marcelle Auclair. Santa Teresa de Jesús (La vie de Sainte Therese D´Avila, 1950). Madrid: Palabra, 1993, 9ª ed.; 516 pp.; col. Arcaduz; trad. de Joaquín Esteban Perruca; ISBN: 84-7118-298-X.
Christian Bobin. Autorretrato con radiador.
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jueves, 11 de octubre de 2007
La biografía sobre Solzhenitsyn de Joseph Pearce me ha parecido excelente. Siguiendo el arco de la vida del escritor ruso —familia, estudios universitarios de física y matemáticas, juventud en sintonía con la ideología comunista, participación en la segunda Guerra Mundial, nueva comprensión de la vida y conversión en claro paralelismo con Dostoievski, obras literarias, expulsión de la Unión Soviética, estancia en Vermont, regreso a Rusia—, Pearce presenta un buen resumen de la historia de las últimas décadas de Rusia. Además, gracias a las conversaciones personales con el autor y sus hijos, completa un buen dibujo de la personalidad de un Solzhenitsyn al que le da una talla de profeta. Como siempre que se lee algo relacionado con la historia de la URSS del siglo XX es inevitable preguntarse por las razones de la obstinada ignorancia y la gran frivolidad de tantos intelectuales y de tantos medios de comunicación occidentales.
Y a quien el personaje le interese le gustará leer una entrevista con él en Der Spiegel.
Joseph Pearce. Solzhenitsyn. Un alma en el exilio (Solzhenitsyn. A Soul in Exile, 2005). Madrid: Ciudadela, 2007; 441 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de Íñigo Azurmendi Muñoa; ISBN: 978-84-96836-11-2.
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jueves, 12 de octubre de 2006
El comentario de ayer tiene que ver con que acabo de leer la biografía que Carmen Bravo-Villasante escribió, en 1957, sobre Bettina Brentano, hermana de Clemens Brentano, esposa de Achim von Arnim y madre de siete hijos, una mujer singular y devota (demasiado) de Goethe y de Beethoven... Me ha parecido jugosa: está bien escrita, se apoya mucho en las cartas de la biografiada, da información sobre la vida cultural alemana del momento... La autora se pone frente a cierta crítica histórica que tiene «una tendencia a dar la interpretación más baja a las grandes figuras, a considerarlas, simplemente, como casos clínicos», y que por tanto no duda en afirmar que «Bettina es una histérica». Pero al mismo tiempo señala que su facilidad para ocupar el centro del escenario era notable y que su epistolario contiene, junto a cartas auténticas, no pocas cartas falsas urdidas por su fantasía. Al final, y a pesar de que su fervor incondicional por los grandes artistas y su misticismo panteísta me repelen no poco, me ha llegado a caer bien, un mérito que también hay que atribuir al buen trabajo y al entusiasmo evidente pero comedido de la biógrafa.
Carmen Bravo-Villasante. Vida de Bettina Brentano: De Goethe a Beethoven (1957). Barcelona: Aedos, 1957; 315 pp.; col. Biblioteca Biográfica; prólogo de Dámaso Alonso; ISBN: 84-7003-042-6.
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jueves, 20 de julio de 2006
Me ha parecido muy buena la biografía que firma Joseph Pearce sobre Oscar Wilde. Siguiendo el hilo de su vida, intentando aclarar de qué hay constancia y de qué no en todo lo que se ha dicho de su biografiado, analizando con cuidado sus obras, se ve que Joseph Pearce desea subrayar sobre todo dos cosas. Una, que «una de las paradojas de su vida y su obra es el que haya que captar al verdadero Wilde por lo que dijo en su obra mucho más que por lo que dijo, o por lo que se supone que dijo, en su vida». Otra, la huella que dejó en Wilde su rechazo a convertirse al catolicismo siendo joven, el sorprendente número de personas de su entorno que, a lo largo de su vida, acaban entrando en la Iglesia Católica o volviendo a ella, y su conversión final. Cuando al personaje de El abanico de lady Windermere, lord Darlington, autor de la definición del cínico como «un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada», se le dice que todo el mundo es bueno, responde: «No, todos estamos en la cloaca, pero algunos de nosotros miramos a las estrellas». La propuesta de Pearce es mirar con Wilde a las estrellas y no mirarle, ni mucho menos quedarse con él, en la cloaca.
Joseph Pearce. Oscar Wilde: La verdad sin máscaras (The Unmasking of Oscar Wilde, 2000). Madrid: Ciudadela, 2006; 396 pp.; trad. de Ana Pérez Galván; ISBN: 84-934669-2-1.
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viernes, 14 de julio de 2006
Cuando leí los libros de Bailly mencionados ayer, pensé que, además de ser algo antiguos, eran apasionados en exceso, no el mejor contrapeso para las obras de Dumas. Por eso, busqué un enfoque más nítido de la época en la gran investigación histórica de John Elliott sobre El Conde Duque de Olivares, Gaspar de Guzmán (1587-1645), el oponente de Richelieu. Además de un panorama completo de la España del siglo XVII, Elliott realiza frecuentes comparaciones entre ambos políticos: «Sus métodos de gobierno fueron curiosamente similares», sus «políticas parece que hubieran sido fabricadas en el mismo molde»; ambos pensaban que «una política confesional militante (...) no respondía sencillamente a las complejidades de la vida de la Europa del siglo XVII»; ambos ansiaban «por ver coronadas con la paz sus respectivas carreras»... No obstante, «en el vocabulario de Olivares, la palabra “Estado” ocupaba un lugar menos prominente que en el del cardenal Richelieu»; en su comportamiento había «una prudencia que a veces rayaba en timidez, y, desde luego, carecía de la saña implacable que caracterizara (...) a Richelieu»; Olivares trató con guante blanco a Cataluña, lo que no hizo Richelieu con el Languedoc; ambos se empeñaron en una política exterior ambiciosa, pero «Richelieu podía atribuirse el mérito, a diferencia del conde-duque, de contar con una política exterior y unos logros militares (...) que empezaban a llevar la impronta del triunfo»... Y sus legados fueron bien distintos: «mientras que Richelieu dejaba en Francia algún vislumbre de victoria final, la España de Olivares se enfrentaba directamente a la derrota».
John H. Elliott. El Conde Duque de Olivares - El político en una época de decadencia (The Count-Duke of Olivares - The Statesman in an Age of Decline, 1986). Barcelona: Crítica, 1991 (6ª edición); 720 pp.; colección Serie Mayor; trad. de Teófilo de Lozoya; ISBN: 84-7423-439-5.
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viernes, 7 de julio de 2006
En la misma línea de rigor a la hora de confeccionar una biografía, como la mencionada de Muriel Spark sobre Mary Shelley, traigo aquí un comentario al paso que hace Evelyn Waugh en el rico retrato que hace de su amigo Ronald Knox, un converso del anglicanismo que llegó a ser capellán católico en Oxford, autor de muchos libros y de traducción inglesa más leída de la Biblia en las últimas décadas. Contando la última etapa de su biografiado comenta un irónico Waugh: «Ahora que sabemos con certeza que aquellos diez felices años vividos en Mells iban a ser los últimos, tal vez se pudieran contemplar como bañados por una luz otoñal. (...) Pero él nunca los consideró de este modo».
Evelyn Waugh. Ronald Knox (The life of Ronald Knox, 1959). Madrid: Palabra, 2005; 372 pp.; col. Ayer y hoy de la historia; trad. de Gloria Esteban Villar; ISBN: 84-8239-949-7.
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viernes, 9 de junio de 2006
He leído recientemente la biografía de Muriel Spark sobre Mary Shelley, la autora de Frankenstein. Otro día diré cosas acerca de su comentario a la novela, pero ahora quiero dejar constancia del estilo limpio con el que la escritora inglesa abordó su trabajo: «Siempre me han disgustado esa clase de biografías donde leemos que “X se tiende en la cama y observa el parpadeo de la vela en las vigas del techo”, cuando no existe ninguna evidencia de que X haya hecho eso». O este comentario: «Creo que la función de un biógrafo es diagnosticar y no condescender a una inútil prescripción retrospectiva».
Muriel Spark. Mary Shelley (1987). Barcelona: Lumen, 1997; 297 pp.; col. Palabra en el tiempo; trad. de Aurora Fernández Villavicencio; ISBN: 84-264-1251-3.
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jueves, 25 de mayo de 2006
Después de la obra que mencioné ayer, si alguien tiene interés en seguir ahondando en el personaje, puede acudir a su Diario de a bordo y buscar una buena biografía. Una sencilla, pero detallada y amena, que ayuda a comprender un poco mejor su personalidad y su época, es la de Lourdes Díaz-Trechuelo, muchos años catedrática de Historia de América. En ella Colón aparece como una figura con unos rasgos contradictorios: paciente y tenaz, soñador y realista, fantasioso y práctico, eufórico y depresivo, con gran capacidad para la amistad y enormemente susceptible... Sus dotes como gobernante eran pésimas, pero su sabiduría como marino era excepcional: estudioso y observador, reflexivo e intuitivo, aquellos que le desobedecían en tierra lo seguían con fe ciega en el mar. Su figura queda oscurecida por su espíritu de negociante con pocos escrúpulos, que sólo quería obtener el máximo beneficio personal aún a costa de promover e impulsar la trata de esclavos.
Cristóbal Colón. Cuaderno de bitácora de Colón - Diario de a bordo (1492-1493). Madrid: Anaya, 1992, 2ª ed.; 368 pp.; col. Tus libros; trad. de Vicente Muñoz Puelles; ISBN: 84-207-4260-0.
Lourdes Díaz-Trechuelo. Cristóbal Colón, primer Almirante del Mar Océano (1992). Madrid: Palabra, 1992; 223 pp.; col. Biografías; ISBN: 84-7118-783-3.
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sábado, 28 de enero de 2006
En relación a Dostoievski, además de la superbiografía de Joseph Frank, varias veces citada, vale la pena conocer El universo religioso de Dostoievski, de Romano Guardini. Eso sí, hay que buscarlo en bibliotecas con buenos fondos o en librerías de viejo, pues hace décadas que no está en el mercado español. Otro misterio editorial.
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viernes, 10 de junio de 2005
«Probablemente una de las lecciones más importantes de la historia pueda resumirse así: por mucho que conozcamos el pasado y el presente, del futuro sólo nos cabe esperar... lo inesperado», explica un biógrafo de Charles de Gaulle. Y, con una comparación luminosa, el mismo de Gaulle contaba que, cuando redactaba sus memorias, a esas alturas de su vida se veía como el anciano pescador de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. «Como él, después de ímprobos esfuerzos faenando, de encontrar un gran pez, y de conseguir capturarlo, había llegado a puerto con un esqueleto. Es la marca de lo humano siempre que se mira desde arriba, con cierta altura de miras. ¡Tanta caducidad, tanta precariedad hasta en las empresas y acciones más grandiosas...!»
Pablo Pérez. Charles de Gaulle (2003). Madrid: Acento, 2003; 191 pp.; col. Acento Historia; ISBN: 84-483-0777-1.
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