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Notas del archivo 'Artistas' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 24 de febrero de 2013

Gombrich: «Cabría argumentar que lo que cuenta para el artista no es la adquisición de una habilidad, sino la expresión de sí mismo. La teoría del “expresionismo abstracto” se concentró, de hecho, en la marca del artista como un rasgo grafológico de su gesto espontáneo y único, que, con ello, se convirtió en un medio de “autodescubrimiento”. Pero como historiador me agradaría replicar que los problemas y valores del arte —incluidos también aquellos del expresionismo abstracto— han surgido de los problemas y valores del oficio. Es un hecho histórico que la mayoría de los grandes artistas de la tradición occidental se han visto envueltos en la solución de problemas más bien que en la expresión de su personalidad».

E. H. Gombrich. «Arte y autotrascendencia» (1969), Ideales e ídolos. Ensayos sobre los valores en la Historia y en el Arte (Ideals & Idols, 1979). Madrid: Debate, 2004, 2ª ed.; 224 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-585-1.

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domingo, 16 de enero de 2011

Cuenta Zbigniew Herbert que, según parece, en 1924 se encontró una carta en una tienda de antigüedades de Leiden. Algunos piensan que puede ser una carta que dirigió Johannes Vermeer a un amigo suyo, Antonie van Leeuwnhoek, un naturalista que contribuyó a mejorar el microscopio. En esa carta, después de contarle a su interlocutor una historia, el autor concluye:

«Sé que deseáis sacar a la gente del laberinto de la superstición y la casualidad, que queréis darle conocimientos seguros y claros, la única defensa (en vuestra opinión) frente al temor y la angustia. Pero ¿nos traerá realmente alivio sustituir la palabra Providencia por la palabra necesidad?

De seguro que me reprocharás que nuestro arte no soluciona ningún enigma de la naturaleza. Nuestra tarea no es la de solucionar enigmas, más bien la de hacernos conscientes de los mismos, inclinar la cabeza sobre ellos y mantener preparados los ojos para un entusiasmo y admiración incesantes. (…)

Los utensilios de los que nos servimos son en realidad primitivos (un palo con un manojo de pelo fijado en un extremo, una tabla rectangular, pigmentos, aceites) y no han cambiado desde hace siglos, lo mismo que el cuerpo y la naturaleza humana. Si comprendo bien mi tarea, se basa en conciliar al hombre con la realidad que le rodea; por eso mis hermanos de gremio y yo repetimos infinitas veces el cielo y las nubes, los retratos de personas y de ciudades, el universo de las cuatro estaciones, porque sólo en él nos encontramos seguros y felices.

Nuestros caminos se separan. Sé que no conseguiré convencerte y que no dejarás de pulir lentes ni de levantar tu torre de Babel. Permítenos, sin embargo, seguir con nuestro proceder arcaico, decir al mundo una palabra de reconciliación, hablar de la felicidad, de la armonía encontrada, del eterno anhelo del amor correspondido».

Zbigniew Herbert. «Una carta», en Naturaleza muerta con brida (Martwa Natura z Wedzidlem, 2004). Barcelona: Acantilado, 2008; 221 pp.; trad. de Xavier Farré; ISBN: 978-84-96834-45-3.

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domingo, 5 de julio de 2009

Vuelvo a citar a Chéjov y a Flannery O'Connor a propósito de la creación literaria.

Chéjov: «Todo lo que tiene un carácter temporal, todas las pullas dirigidas a los críticos y a los liberales de la época, todas las anotaciones críticas que aspiran a la exactitud y a la actualidad, y todos los llamados conceptos profundos, diseminados aquí y allá: ¡qué ingenuo y vulgar es todo eso en nuestros días! Un novelista, un artista, debe omitir todo lo que tiene un significado transitorio».

O'Connor: «Si el escritor se centra en crear una obra de arte, una obra que sea buena en sí misma, se esmerará en el control de todo exceso, de todo lo que no contribuya a este sentido esencial, a este propósito. No se puede crear una obra de arte cediendo a la sensiblería, o a la propaganda, o a la pornografía, porque son excesos que llaman la atención sobre sí mismos y distraen del conjunto de la obra».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Senza trama e senza finale: 99 consegli di escritura, 2002) . Barcelona: Alba, 2005; 103 pp.; col. Alba clásica; edición de Piero Brunello; trad. de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 84-8428-253-8.
Flannery O’Connor. Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.

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domingo, 14 de junio de 2009

En su ensayo biográfico sobre Gógol, Nabokov habla del poshlust o poshlost, que define como aquello «que no sólo es obviamente baladí, sino también lo que es falsamente importante, lo falsamente hermoso». Así, en los anuncios publicitarios el poshlost surge no cuando exageran o se inventan la gloria de un artículo, sino cuando sugieren «que el colmo de la felicidad humana puede comprarse» y que, con la adquisición de ese artículo, el comprador se ennoblece.

En otro lugar, en una entrevista, cuando le preguntan por ese concepto vuelve a precisar que con él se refiere a «basura cursi, vulgares clichés. “Filisteísmo” en todos sus aspectos, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudoliteratura tosca, deficiente y deshonesta...». Pero, continúa, si aparte de tales ejemplos obvios, «deseamos restringirnos a los escritos contemporáneos, tenemos que buscar el poshlost en el simbolismo freudiano, las mitologías apolilladas, el comentario social, los mensajes humanistas, las alegorías políticas, la preocupación excesiva por la clase o la raza, y las generalidades periodísticas que todos conocemos». «El poshlost llama poeta al señor Vacío y gran novelista al señor Fanfarrón», y sus flores son frases como «el momento de la verdad» o adjetivos como «existencial» (usado seriamente).

Vladimir Nabokov. Opiniones contundentes (Strong opinions, 1973). Madrid: Taurus, 1977; 179 pp.; col. Persiles; trad. de María Raquel Bengolea. ISBN: 8430620990.

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HokusaiGranOla.jpg
viernes, 19 de diciembre de 2008

En relación a Creadores, de Paul Johnson, dejé sin señalar que uno de sus mejores capítulos es el que trata sobre Hokusai, el artista japonés del que todo el mundo ha visto su Gran Ola, o bien en una de sus pinturas (como la de la derecha, tomada de su voz en la Wikipedia), o bien en alguna imitación de otro autor. Y otro, del que merece ser rescatada una buena lección para escritores, es el dedicado a Jane Austen: «Una de sus reglas, harto infrecuente en los escritores de ficción: nunca describir un suceso o registrar una conversación no presenciada o escuchada en persona, o mantenida fuera de su alcance inmediato. Así pues, no hay grandeza ni miseria en sus novelas, y nunca presenta, por ejemplo, hombres hablando entre sí, algo que, por definición, le era imposible conocer. La conciencia de sí misma y el cuidadoso cultivo de su talento, así como los límites impuestos a su temática, son algunos de los grandes secretos de su éxito».

Paul Johnson. Creadores (Creators, 2006). Barcelona: Ediciones B, 2008; 352 pp.; trad. de Gabriela Tenner; col. No ficción / Historia; ISBN 13: 978-84-666-2482-4.

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sábado, 2 de agosto de 2008

Northrop Frye: «Cada vez que la palabra belleza significa encanto o atractivo, como es forzoso que así signifique cuando se hace de ella la intención del arte, se vuelve reaccionaria: trata de restringir ya sea lo que el artista pueda escoger como tema o el método que pueda escoger para tratarlo, y hace entrar en acción a todo el contingente de la gazmoñería para impedir que amplíe su visión más allá de un árido e insípido seudoclasicismo. (...) La compulsión neurótica de embellecerlo todo (...) conduce a un exagerado culto del estilo, a una técnica de hacer que todo en una obra de arte, incluso en un drama, suene a lo mismo, suene como suena su autor en sus momentos más impresionantes. Nuevamente aquí la vanidad del ego ha reemplazado el honrado orgullo del artesano».

Northrop Frye. Anatomía de la crítica (Anatomy of Criticism, Four Essays, 1977). Caracas: Monte Avila Editores, 1991, 2ª ed.; 497 pp.; trad. de Edison Simons; ISBN: 980-01-0504-2.

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domingo, 2 de septiembre de 2007

Chéjov: «En mis conversaciones con mis colegas escritores insisto siempre en el hecho de que no corresponde al artista resolver problemas específicos. Un artista no debe ocuparse de cosas que no comprende. Para los problemas especiales existen entre nosotros especialistas; a ellos corresponde juzgar las comunidades rurales, las suertes del capital, los daños del alcoholismo, las botas, las enfermedades femeninas... El artista, por su parte, sólo debe juzgar lo que comprende; su campo es limitado, como el de cualquier otro especialista: es algo que repito y sobre lo que insisto siempre. (...) En Anna Karénina y en Onieguin no se resuelve ningún problema; ahora bien, esas obras son plenamente satisfactorias porque en ellas todas las cuestiones están planteadas justamente. Un tribunal tiene la obligación de hacer preguntas; luego deciden los miembros del jurado, cada uno según su parecer».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores.

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sábado, 25 de agosto de 2007

Después de citas sobre lo mismo de Chéjov, de Christian Bobin, de Jiménez Lozano, aquí va una de Stevenson:  «No me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos, ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos?»

R. L. Stevenson. Ensayos literarios.

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domingo, 24 de junio de 2007

Explica Dámaso Alonso que San Juan de la Cruz era «todo lo contrario de lo que suele ser un pedantito intelectual de nuestros días: cultura toda de infinitos retazos, que impregna el ser y no puede llegar al corazón. No; San Juan de la Cruz leía poco, pero había pensado mucho lo leído; lo había pensado en la soledad con Dios y unido a la raíz de su pueblo. Digámoslo sin miedo: el arte, en sí mismo, no era nada, no significaba nada para él; Dios lo llenaba todo».

Y, más adelante, sigue: «San Juan de la Cruz estaba, pues, a una astronómica distancia de toda idea del “arte por el arte” (hipócrita y seudoaristocrática capa moderna de toda ridícula sublimidad, de toda impotencia y todo vacío interior)».

Dámaso Alonso. Poesía española: ensayo de métodos y límites estilísticos.

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domingo, 6 de agosto de 2006

Hablando de Yehudi Menuhin, Reich-Ranicki menciona una frase de Thomas Mann que, personalmente, me gusta mucho. Cuenta el crítico alemán que cuando, en cierta ocasión, «un periodista acosó a Thomas Mann con un gran número de preguntas, él le respondió paciente con una extensa carta en la que me llamó la atención una frase: “Su última pregunta acerca del “verdadero objetivo” de mi trabajo es la más difícil de responder. Diré sencillamente que es la alegría”».

Marcel Reich-Ranicki. Mi vida.

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domingo, 13 de noviembre de 2005

C. S. Lewis: «Hasta muy recientemente —hasta la segunda mitad del siglo diecinueve— se daba por supuesto que la ocupación del artista consistía en deleitar e instruir a su público. Había, naturalmente, diferentes públicos. Las canciones callejeras y los oratorios no iban dirigidos a la misma audiencia (aunque, a mi juicio, a una gran cantidad de gente les gustaban las dos). El artista podía incitar a su público a apreciar cosas más bellas de las que había querido al principio. Ahora bien, sólo podía hacer una cosa así si resultaba entretenido desde el comienzo —aún cuando no se limitara a entretener—, ofreciendo una obra básicamente inteligible —aunque no se entendiera completamente—. Todo esto ha cambiado. En los círculos estéticos más elevados no se oye hoy día nada acerca del deber del artista hacia nosotros. Todo gira acerca de nuestra obligación hacia él. Él no nos debe nada. Nosotros, en cambio, le debemos "reconocimiento", aún cuando no haya prestado la menor atención a nuestros gustos, intereses o hábitos. Si no se lo damos, nuestro nombre será vilipendiado. En esta tienda el cliente está equivocado siempre».

C. S. Lewis. «La obra bien hecha y las buenas obras» (1959), en El diablo propone un brindis (Screwtape proposes a toast and other pieces). Madrid: Rialp, 2002, 4ª impr.; 152 p.; col. literaria; prólogo de Walter Hooper; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2935-6.

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domingo, 11 de septiembre de 2005

Alguna vez que le comentaron a Katherine Paterson que seguramente habría escrito más o mejores novelas si no hubiera tenido las limitaciones que le supusieron sus cuatro hijos, ella respondió con gran sensatez que tales limitaciones son justamente las que han dado forma a su vida y de ningún modo querría no haberlas tenido. De la misma manera, tampoco se ha sentido nunca condicionada por escribir literatura infantil-juvenil: «Oh, William, ¿no te parece que las catorce líneas rimadas de un soneto son una prisión? Ah, Pablo, cuánto mejor si no estuvieras limitado por los bordes del lienzo...», comentaba con ironía. Podría haber recordado a Chesterton en Ortodoxia, cuando apunta que «entrar en el terreno de los hechos es entrar en el mundo de los límites. (...) No pretendamos, como esos torpes demagogos, entusiasmar a los triángulos a que se emancipen de la tiranía de sus tres lados. (...) El artista ama sus limitaciones; ellas integran la calidad de su obra. El pintor se alegra de que el lienzo sea plano; el escultor, de la palidez de la arcilla».

Katherine Paterson. The Invisible Child: on reading and writing books for children (2001). New York: Dutton Children’s Books, 2001; 267 pp.; ISBN: 0-525-46482-4.
G. K. Chesterton. Ortodoxia (Orthodoxy, 1908). Barcelona: Alta Fulla, 2000, 2ª ed.; 187 pp.; col. Ad litteram; trad. de Alfonso Reyes; ISBN 10: 84-7900-123-2.

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sábado, 10 de septiembre de 2005

Es un error pensar que a más nivel cultural mayor progreso moral. Dice Claudio Magris que la historia prueba de sobra que «el arte puede resultar cómplice de la injusticia y la violencia que reinan en el mundo. El arte no es solamente mímesis ficticia, réplica de esa engañosa e imperfecta realidad sensible que para Platón es a su vez sólo una réplica de la Idea, única verdadera realidad. En el arte el individuo da voz a sus propios sentimientos; pero de este modo acaba a menudo por coquetear con su propio egoísmo, por imitar complacido las miserias, las contradicciones y a veces las banalidades de su estado de ánimo, por transigir con sus propias debilidades y encerrarse en su propio narcisismo».

Claudio Magris. «¿Hay que expulsar a los poetas de la República?», en Utopía y desencanto.

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