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domingo, 5 de julio de 2009
Vuelvo a citar a Chéjov y a Flannery O'Connor a propósito de la creación literaria.
Chéjov: «Todo lo que tiene un carácter temporal, todas las pullas dirigidas a los críticos y a los liberales de la época, todas las anotaciones críticas que aspiran a la exactitud y a la actualidad, y todos los llamados conceptos profundos, diseminados aquí y allá: ¡qué ingenuo y vulgar es todo eso en nuestros días! Un novelista, un artista, debe omitir todo lo que tiene un significado transitorio».
O'Connor: «Si el escritor se centra en crear una obra de arte, una obra que sea buena en sí misma, se esmerará en el control de todo exceso, de todo lo que no contribuya a este sentido esencial, a este propósito. No se puede crear una obra de arte cediendo a la sensiblería, o a la propaganda, o a la pornografía, porque son excesos que llaman la atención sobre sí mismos y distraen del conjunto de la obra».
Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Senza trama e senza finale: 99 consegli di escritura, 2002) . Barcelona: Alba, 2005; 103 pp.; col. Alba clásica; edición de Piero Brunello; trad. de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 84-8428-253-8.
Flannery O’Connor. Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.
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domingo, 14 de junio de 2009
En su ensayo biográfico sobre Gógol, Nabokov habla del poshlust o poshlost, que define como aquello «que no sólo es obviamente baladí, sino también lo que es falsamente importante, lo falsamente hermoso». Así, en los anuncios publicitarios el poshlost surge no cuando exageran o se inventan la gloria de un artículo, sino cuando sugieren «que el colmo de la felicidad humana puede comprarse» y que, con la adquisición de ese artículo, el comprador se ennoblece.
En otro lugar, en una entrevista, cuando le preguntan por ese concepto vuelve a precisar que con él se refiere a «basura cursi, vulgares clichés. “Filisteísmo” en todos sus aspectos, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudoliteratura tosca, deficiente y deshonesta...». Pero, continúa, si aparte de tales ejemplos obvios, «deseamos restringirnos a los escritos contemporáneos, tenemos que buscar el poshlost en el simbolismo freudiano, las mitologías apolilladas, el comentario social, los mensajes humanistas, las alegorías políticas, la preocupación excesiva por la clase o la raza, y las generalidades periodísticas que todos conocemos». «El poshlost llama poeta al señor Vacío y gran novelista al señor Fanfarrón», y sus flores son frases como «el momento de la verdad» o adjetivos como «existencial» (usado seriamente).
Vladimir Nabokov. Opiniones contundentes (Strong opinions, 1973). Madrid: Taurus, 1977; 179 pp.; col. Persiles; trad. de María Raquel Bengolea. ISBN: 8430620990.
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viernes, 19 de diciembre de 2008
En relación a Creadores, de Paul Johnson, dejé sin señalar que uno de sus mejores capítulos es el que trata sobre Hokusai, el artista japonés del que todo el mundo ha visto su Gran Ola, o bien en una de sus pinturas (como la de la derecha, tomada de su voz en la Wikipedia), o bien en alguna imitación de otro autor. Y otro, del que merece ser rescatada una buena lección para escritores, es el dedicado a Jane Austen: «Una de sus reglas, harto infrecuente en los escritores de ficción: nunca describir un suceso o registrar una conversación no presenciada o escuchada en persona, o mantenida fuera de su alcance inmediato. Así pues, no hay grandeza ni miseria en sus novelas, y nunca presenta, por ejemplo, hombres hablando entre sí, algo que, por definición, le era imposible conocer. La conciencia de sí misma y el cuidadoso cultivo de su talento, así como los límites impuestos a su temática, son algunos de los grandes secretos de su éxito».
Paul Johnson. Creadores (Creators, 2006). Barcelona: Ediciones B, 2008; 352 pp.; trad. de Gabriela Tenner; col. No ficción / Historia; ISBN 13: 978-84-666-2482-4.
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sábado, 2 de agosto de 2008
«Cada vez que la palabra belleza significa encanto o atractivo, como es forzoso que así signifique cuando se hace de ella la intención del arte, se vuelve reaccionaria: trata de restringir ya sea lo que el artista pueda escoger como tema o el método que pueda escoger para tratarlo, y hace entrar en acción a todo el contingente de la gazmoñería para impedir que amplíe su visión más allá de un árido e insípido seudoclasicismo. (...) La compulsión neurótica de embellecerlo todo (...) conduce a un exagerado culto del estilo, a una técnica de hacer que todo en una obra de arte, incluso en un drama, suene a lo mismo, suene como suena su autor en sus momentos más impresionantes. Nuevamente aquí la vanidad del ego ha reemplazado el honrado orgullo del artesano».
Northrop Frye. Anatomía de la crítica (Anatomy of Criticism, Four Essays, 1977). Caracas: Monte Avila Editores, 1991, 2ª ed.; 497 pp.; trad. de Edison Simons; ISBN: 980-01-0504-2.
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domingo, 2 de septiembre de 2007
«En mis conversaciones con mis colegas escritores insisto siempre en el hecho de que no corresponde al artista resolver problemas específicos. Un artista no debe ocuparse de cosas que no comprende. Para los problemas especiales existen entre nosotros especialistas; a ellos corresponde juzgar las comunidades rurales, las suertes del capital, los daños del alcoholismo, las botas, las enfermedades femeninas... El artista, por su parte, sólo debe juzgar lo que comprende; su campo es limitado, como el de cualquier otro especialista: es algo que repito y sobre lo que insisto siempre. (...) En Anna Karénina y en Onieguin no se resuelve ningún problema; ahora bien, esas obras son plenamente satisfactorias porque en ellas todas las cuestiones están planteadas justamente. Un tribunal tiene la obligación de hacer preguntas; luego deciden los miembros del jurado, cada uno según su parecer».
Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores.
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sábado, 25 de agosto de 2007
Después de citas sobre lo mismo de Chéjov, de Christian Bobin, de Jiménez Lozano, aquí va una de Stevenson:  «No me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos, ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos?»
R. L. Stevenson. Ensayos literarios.
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domingo, 24 de junio de 2007
Explica Dámaso Alonso que San Juan de la Cruz era «todo lo contrario de lo que suele ser un pedantito intelectual de nuestros días: cultura toda de infinitos retazos, que impregna el ser y no puede llegar al corazón. No; San Juan de la Cruz leía poco, pero había pensado mucho lo leído; lo había pensado en la soledad con Dios y unido a la raíz de su pueblo. Digámoslo sin miedo: el arte, en sí mismo, no era nada, no significaba nada para él; Dios lo llenaba todo».
Y, más adelante, sigue: «San Juan de la Cruz estaba, pues, a una astronómica distancia de toda idea del “arte por el arte” (hipócrita y seudoaristocrática capa moderna de toda ridícula sublimidad, de toda impotencia y todo vacío interior)».
Dámaso Alonso. Poesía española: ensayo de métodos y límites estilísticos.
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domingo, 6 de agosto de 2006
Hablando de Yehudi Menuhin, Reich-Ranicki menciona una frase de Thomas Mann que, personalmente, me gusta mucho. Cuenta el crítico alemán que cuando, en cierta ocasión, «un periodista acosó a Thomas Mann con un gran número de preguntas, él le respondió paciente con una extensa carta en la que me llamó la atención una frase: “Su última pregunta acerca del “verdadero objetivo” de mi trabajo es la más difícil de responder. Diré sencillamente que es la alegría”».
Marcel Reich-Ranicki. Mi vida.
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domingo, 5 de marzo de 2006
Simon Schama, un profesor inglés afincado en los EE.UU., volcó en su libro Los ojos de Rembrandt un trabajo de décadas. Su obra va más allá de cualquier biografía convencional y de cualquier reconstrucción histórica de toda una época, en este caso la Holanda del siglo XVII. Al margen de las observaciones que los muy expertos puedan hacer a sus comentarios históricos y artísticos, es difícil sustraerse a la impresión de que pocas veces se han conjugado tan bien rigor académico y amenidad, precisión técnica y atención al lector común.
Después de doscientas páginas dedicadas a Rubens, «el parangón», a su vez una gran biografía y análisis de la obra del «príncipe de los pintores y pintor de los príncipes», Schama enfoca su objetivo hacia Rembrandt y cuenta su vida deteniéndose con minuciosidad en el análisis de sus cuadros y sus numerosos autorretratos. De su primera etapa obsesionado con Rubens en la que alcanza fama y riqueza, dos partes tituladas «el prodigio» y «el pródigo», a su caída en la desgracia y la pobreza debido en parte a que antepone su propio concepto del arte a las consideraciones comerciales, una parte llamada «el profeta».
Como la edición cuenta con reproducciones de los cuadros que se comentan, el lector puede fijarse con calma en los matices de la pintura de Rembrandt: en su capacidad para dar a «conocer la totalidad de un personaje mediante la revelación de un solo instante», para «ofrecer atisbos de posteridad, una consoladora relación entre el instante y la eternidad»; en su característica presentación teatral de luces y sombras; en su evolución hacia «un esencialismo pictórico desprovisto de anécdotas y de toques gratuitos de colorido local»... Y es que Rembrandt concebía cada cuadro como «un momento de verdad».
Simon Schama. Los ojos de Rembrandt (Rembrandt´s Eyes, 1999). Barcelona: Plaza & Janés, 2002; 854 pp.; col. Areté; trad. de Ricardo García Pérez; ISBN: 84-01-34164-7.
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domingo, 13 de noviembre de 2005
«Hasta muy recientemente —hasta la segunda mitad del siglo diecinueve— se daba por supuesto que la ocupación del artista consistía en deleitar e instruir a su público. Había, naturalmente, diferentes públicos. Las canciones callejeras y los oratorios no iban dirigidos a la misma audiencia (aunque, a mi juicio, a una gran cantidad de gente les gustaban las dos). El artista podía incitar a su público a apreciar cosas más bellas de las que había querido al principio. Ahora bien, sólo podía hacer una cosa así si resultaba entretenido desde el comienzo —aún cuando no se limitara a entretener—, ofreciendo una obra básicamente inteligible —aunque no se entendiera completamente—. Todo esto ha cambiado. En los círculos estéticos más elevados no se oye hoy día nada acerca del deber del artista hacia nosotros. Todo gira acerca de nuestra obligación hacia él. Él no nos debe nada. Nosotros, en cambio, le debemos "reconocimiento", aún cuando no haya prestado la menor atención a nuestros gustos, intereses o hábitos. Si no se lo damos, nuestro nombre será vilipendiado. En esta tienda el cliente está equivocado siempre».
C. S. Lewis. «La obra bien hecha y las buenas obras» (1959), en El diablo propone un brindis (Screwtape proposes a toast and other pieces). Madrid: Rialp, 2002, 4ª impr.; 152 p.; col. literaria; prólogo de Walter Hooper; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2935-6.
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domingo, 11 de septiembre de 2005
Alguna vez que le comentaron a Katherine Paterson que seguramente habría escrito más o mejores novelas si no hubiera tenido las limitaciones que le supusieron sus cuatro hijos, ella respondió con gran sensatez que tales limitaciones son justamente las que han dado forma a su vida y de ningún modo querría no haberlas tenido. De la misma manera, tampoco se ha sentido nunca condicionada por escribir literatura infantil-juvenil: «Oh, William, ¿no te parece que las catorce líneas rimadas de un soneto son una prisión? Ah, Pablo, cuánto mejor si no estuvieras limitado por los bordes del lienzo...», comentaba con ironía. Podría haber recordado a Chesterton en Ortodoxia, cuando apunta que «entrar en el terreno de los hechos es entrar en el mundo de los límites. (...) No pretendamos, como esos torpes demagogos, entusiasmar a los triángulos a que se emancipen de la tiranía de sus tres lados. (...) El artista ama sus limitaciones; ellas integran la calidad de su obra. El pintor se alegra de que el lienzo sea plano; el escultor, de la palidez de la arcilla».
Katherine Paterson. The Invisible Child: on reading and writing books for children (2001). New York: Dutton Children’s Books, 2001; 267 pp.; ISBN: 0-525-46482-4.
G. K. Chesterton. Ortodoxia (Orthodoxy, 1908). Barcelona: Alta Fulla, 2000, 2ª ed.; 187 pp.; col. Ad litteram; trad. de Alfonso Reyes; ISBN 10: 84-7900-123-2.
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sábado, 10 de septiembre de 2005
Es un error pensar que a más nivel cultural mayor progreso moral. La historia prueba de sobra que «el arte puede resultar cómplice de la injusticia y la violencia que reinan en el mundo. El arte no es solamente mímesis ficticia, réplica de esa engañosa e imperfecta realidad sensible que para Platón es a su vez sólo una réplica de la Idea, única verdadera realidad. En el arte el individuo da voz a sus propios sentimientos; pero de este modo acaba a menudo por coquetear con su propio egoísmo, por imitar complacido las miserias, las contradicciones y a veces las banalidades de su estado de ánimo, por transigir con sus propias debilidades y encerrarse en su propio narcisismo».
Claudio Magris. «¿Hay que expulsar a los poetas de la República?», en Utopía y desencanto.
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sábado, 11 de junio de 2005
«A lo que más temo, dijo Dostoievski a su sobrina, es a la mediocridad», y dice su biógrafo que se mantuvo fiel a su promesa de no producir una mediocridad satisfactoria.
Joseph Frank. Dostoievski. Los años milagrosos, 1865-1871.
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