bienvenidos a la fiesta
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viernes, 1 de agosto de 2008
Dos citas, que resumo y que van en la línea de mostrar que, antes, los chicos y chicas tenían por delante un solo camino de lecturas, difícil e incompleto si se quiere, pero contrastado. Sin embargo, hoy tienen enfrente aquél camino y muchos otros, por lo que si falta la orientación apropiada el resultado final con facilidad es peor.
En su biografía sobre Chaucer propone Chesterton al lector que considere una posibilidad, que «en el caso de Chaucer fue probabilidad»: supongamos que un medieval dispusiese únicamente de tres libros y supongamos que esos libros fueran una versión de las obras de Aristóteles y su filosofía, la Divina Comedia de Dante, la Summa de Santo Tomás de Aquino. Ese lector no poseía libros sino mundos, tres completos universos de pensamiento, o, mejor, tres aspectos de un mismo universo: el positivo y racionalista, el imaginativo y gráfico, el moral y místico e inherentemente lógico. Por el contrario, un lector de hoy puede leer multitud de novelas y poesías sin acercarse ni de lejos al completo estudio de todos los aspectos del mundo real que uno encuentra en los tres libros citados.
En El cierre de la mente moderna dice Alan Bloom que un informático muy cualificado de hoy no necesita recibir, y de hecho no recibe, más educación sobre cuestiones humanistas que la más inculta de las personas. Más aún, la instrucción sobre su especialidad que recibe y los prejuicios que la acompañan, unida con toda esa información que nace y se esfuma en un solo día, le pueden hacer aceptar acríticamente las premisas de la sabiduría del momento y pueden alejarlo de las enseñanzas que personas más sencillas podían absorber antes de fuentes tradicionales. Así, «cuando un joven como Lincoln quería instruirse, las cosas a su alcance que debía aprender eran la Biblia, Shakespeare y Euclides. ¿Estaba en peores condiciones que los que tratan de abrirse paso a través del revoltijo técnico del actual sistema escolar, con su absoluta incapacidad para distinguir entre lo importante y lo que no lo es o, peor aún, cuando intenta determinar que vale más y qué vale menos en función del mercado?».
La conclusión no es que estemos peor que antes, pues en muchos aspectos estamos mejor, sino que para los educadores hay más trabajo que antes por delante y no menos...
G. K. Chesterton. Chaucer, en Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; 191 de 1261 pp.; trad. de M. J. Barroso-Bonzon.
Allan Bloom. El cierre de la mente moderna (The Closing of the American Mind, 1987). Barcelona: Plaza & Janés, 1989; 395 pp.; col. Hombre y Sociedad; prólogos de Saul Bellow y Salvador Giner; trad. de Adolfo Martín; ISBN: 84-0123008-X.
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domingo, 4 de mayo de 2008
Cuenta Dostoievski a un amigo que se propone visitar los lugares de su primera infancia y adolescencia, y el interlocutor se pregunta qué recuerdos tienen, si es que tienen alguno, los jóvenes de hoy. Y el escritor sigue:
«Que los niños de hoy también tienen recuerdos sagrados no tiene ninguna duda, pues de lo contrario se habría secado la vida viva. El hombre no podría vivir sin ese algo sagrado y precioso que le aportan los recuerdos de infancia. (...) Puede tratarse incluso de recuerdos penosos y amargos, pero hasta los sufrimientos vividos se transforman después en algo sagrado para el alma. El hombre, en general, está hecho de tal manera que ama los sufrimientos que ha padecido. Además, la necesidad le lleva a marcar mojones en su pasado que le permitan orientarse más tarde en la vida y sacar conclusiones de conjunto, con miras al buen orden y edificación personal. En ese sentido, los recuerdos más intensos e influyentes son casi siempre los que se conservan de la infancia».
Más adelante: «Sin algún vestigio de algo positivo y bello el hombre no puede salir de la infancia y entrar en la vida; sin algún vestigio de algo positivo y bello no se puede poner a una generación en el camino de la vida». Por eso, continúa, «cualquier padre responsable y razonable sabe (...) que, delante de sus hijos, en la vida cotidiana, debe abstenerse de cierta incuria (...) en las relaciones familiares, de cierta falta de disciplina y permisividad; que debe prescindir de hábitos nocivos y perniciosos, y, sobre todo, no desentenderse nunca de la opinión que los hijos puedan formarse de él, de la impresión desagradable, negativa y cómica que con tanta frecuencia despierta en su ánimo nuestra despreocupada conducta en el seno del hogar. ¿Me creeréis si os digo que un padre responsable a veces debe reeducarse por completo en consideración a sus hijos?».
Fiódor Dostoievski. Julio-Agosto de 1877, Diario de un escritor (Dnevnik pisatelia, 1873-1880). Barcelona: Alba, 2007; 630 pp.; col. Alba Maior; trad., selección, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 978-84-8428-354-6.
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viernes, 29 de febrero de 2008
«He oído decir que las dos preguntas que normalmente hace cualquier tutor de Oxford son: “¿Qué quiere usted decir?” y “¿Cómo lo sabe?” Dudo que sea cierto —ninguna universidad puede ser tan buena—...».
Wayne C. Booth. Retórica de la ironía (A Rethoric of Irony, 1974). Madrid: Taurus, 1989, 2ª ed.; 368 pp.; col. Persiles; trad. de Jesús Fernández Zulaica y Aurelio Martínez Benito; ISBN: 84-306-2160-1.
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sábado, 12 de mayo de 2007
«Hoy más que nunca es el ambiente, con todas sus formas expresivas, el educador o deseducador por excelencia. Por eso la crisis se perfila, en primer lugar, como ignorancia que hace a los mismos educadores colaboradores, quizá inconscientes, de las deficiencias del ambiente, y, en segundo lugar, como deficiencia de vitalidad en la actitud educativa, que lleva a no combatir con suficiente energía las influencias negativas del ambiente».
Luigi Giussani. Educar es un riesgo (Il rischio educativo, 1977, revisado en 1995). Madrid: Encuentro, 2006; 138 pp.; trad. de José Miguel Oriol; ISBN: 84-7490-787-X.
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sábado, 26 de noviembre de 2005
A la vista de las distintas teorías educativas que han existido a lo largo de la historia, «podemos agradecer la benéfica obstinación de las verdaderas madres, las verdaderas niñeras y, sobre todo, de los verdaderos niños por conservar en la raza humana la cordura que aún le queda. Pero, en la nueva era, los formadores de hombres estarán armados con los poderes de un estado omnicompetente y una irresistible técnica científica: por fin habremos logrado una raza de condicionadores que realmente pueda dar a la posteridad la forma que se le antoje».
C. S. Lewis. La abolición del hombre — Reflexiones sobre la educación (The Abolition of Man, 1943). Barcelona: Andrés Bello, 2000; pp.; trad. de Paula Salazar; ISBN: 84-95407-43-4. Hay otra edición en Madrid: Encuentro, 1994, 2ª ed.; 96 pp.; col. Libros de bolsillo - Encuentro; trad. de Javier Ortega García; ISBN: 847490255X.
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miércoles, 9 de noviembre de 2005
Para ilustrar la necesidad de mirar al futuro se suele decir que no se puede conducir sólo mirando el espejo retrovisor. A los adultos les puede suceder con facilidad, o nos puede suceder, que no saben hablar a los jóvenes más que a través de un espejo retrovisor que sólo recoge su propia (y tantas veces deformada) experiencia personal: «pues yo a tu edad», «si yo estuviera en tu sitio», «cuando yo estaba en la universidad», y esas cosas. También no pocos escritores están anclados en sus traumitas de infancia o en su mitito del sesenta y ocho, e interpretan y desean dirigir las vidas de los niños y a los jóvenes de acuerdo con eso.
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viernes, 4 de marzo de 2005
Entre las sentencias de don Quijote que un amigo mío dice frecuentemente se lleva la palma ésta: «No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmalazado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César. (...) Y advierte, ¡oh, Sancho!, que la diligencia es madre de la buena ventura y la pereza, su contraria, jamás llegó al término que pide un buen deseo».
Don Quijote de la Mancha. Capítulo XLIII, 2ª parte.
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viernes, 28 de enero de 2005
Don Quijote a Sancho: «Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse».
Don Quijote de la Mancha. Capítulo XLII, 2ª parte.
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