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jueves, 12 de noviembre de 2009
He leído recientemente dos novelas de Philip Reeve que comienzan distintas series de ciencia-ficción: Máquinas mortales y Una casa en el espacio. Aunque tienen calidad no son libros para cualquier lector: es necesario ser un tanto adicto no solo al género sino tener también una conexión particular con el autor y sus narradores. En mi caso me ha bastado con leer esas dos novelas para hacerme cargo de su buen nivel y de los contenidos de cada saga y, en principio, no pienso seguir con las demás.
Ambas están bien escritas, son de acción continua, son extraordinariamente imaginativas en las situaciones y en los personajes, son claras en las descripciones sin ningún exceso poético. Las dos son también típicamente posmodernas, tanto en la multitud de guiños a relatos y sucesos del pasado como en los resortes que se pulsan para buscar conexiones con posibles lectores de ahora.
Máquinas mortales tiene lugar en el siglo 30, cuando las cosas funcionan de otra manera debido a una terrible guerra del pasado que lo cambió todo. Las ciudades se desplazan de un lugar a otro y, para sobrevivir, según la doctrina del Darwinismo Municipal, se comen unas a otras. El protagonista es un joven aprendiz de tercera clase del Gremio de Historiadores, que, después de salvar la vida al famoso historiador y explorador Thaddeus Valentine y ganarse así la admiración de su hija Katherine, sin embargo acaba huyendo con quien intentó asesinar a Thaddeus, una chica con la cara desfigurada llamada Hester Shaw. Poco a poco, Tom va comprendiendo mejor la situación y las razones de la Liga anti-tracción para oponerse al poder establecido. Además, ocultamente, con la colaboración del Gremio de Ingenieros, el alcalde de Londres tiene malvados planes de conquista de otras ciudades.
Una casa en el espacio es distinta, para empezar, en sus acentos humorísticos que ya se ven en el subtítulo: «¡La venganza de los arácnidos blancos! o ¡Ida y vuelta a los anillos de Saturno!: un relato de coraje a toda prueba en los confines del espacio, según la crónica de Art Mumby». La acción se desarrolla en un siglo XIX diferente, como si después de Newton se hubieran sucedido invenciones que hubieran permitido al Imperio Británico explorar y conquistar el espacio igual que otros territorios de la tierra. El narrador es un chico con la mentalidad de la época victoriana, igual que su hermana mayor, de la que aparecerán fragmentos de su diario. La historia comienza cuando, a la extraña casa en la que viven en medio del espacio, llegan unos curiosos arácnidos que secuestran a su padre. Art y su hermana Myrtle huyen y acaban enrolados en la tripulación del famoso Jack Havoc, el pirata más famoso del espacio a pesar de su juventud.
Máquinas Mortales tiene un tono más bien serio con algunos toques de ironía que no encaja del todo con el tipo de relato y con unos personajes que podrían salir de cómics como Flash Gordon o Terry y los piratas; además, se dan por buenas algunas acciones más que discutibles de los héroes y sus amigos: el fin parece justificar los medios. Es mejor Una casa en el espacio, un pastiche de los relatos victorianos verdaderamente brillante —aunque con una enorme carga literaria e histórica que puede desanimar a muchos lectores—, que cuenta con unas ilustraciones bien integradas en la historia.
Obsérvese cómo explica Myrtle la conquista de Marte, la joya de la corona de las posesiones extraterrrestres de su Majestad: «Supongo que pocos marcianos imaginarían, a principios del siglo XVIII, que seres mucho más inteligentes que ellos, si bien igualmente mortales, los observaban desde el otro extremo del espacio...»; y véase cómo empezaba H. G. Wells La guerra de los mundos: «No one would have believed in the last years of the nineteenth century that this world was being watched keenly and closely by intelligences greater than man's and yet as mortal as his own...» (un texto que Ramiro de Maeztu tradujo así: «Nadie hubiera creído en los últimos años del siglo XIX que las cosas humanas fueran escudriñadas aguda y atentamente por inteligencias superiores al hombre, y mortales, sin embargo, como la de éste»).
Philip Reeve. Máquinas mortales (Mortal Engines, 2001). Madrid: Espasa, 2005; 320 pp.; trad. de Federico Eguiluz; ISBN: 84-670-1830-5.
Philip Reeve. Una casa en el espacio (Larklight, 2006). Barcelona: Salamandra, 2008; 280 pp.; ilust. de David Wyatt; trad. de Luis Murillo Fort; ISBN: 978-84-9838-185-6.
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jueves, 13 de noviembre de 2008
Después de La ciudad infinita leí (reconozco que demasiado rápido) El jinete de plata, la cuarta entrega de La llave del tiempo. Esta vez casi todo está centrado en la preparación, y luego en la participación, de Martín en los Campeonatos mundiales de Juegos de Arena, que serán la oportunidad de poder entrar en la Ciudad Roja de Ki. Los juegos de Arena son «una desconcertante mezcla de realidad y efectos especiales, un enfrentamiento brutal de nueve personas de carne y hueso sumergidas en un escenario semivirtual donde nada era lo que parecía».
Es de justicia señalar de nuevo que los andamiajes están bien montados y la calidad del lenguaje —cosas que se han de subrayar por contraste con otros productos novelescos más o menos semejantes—, pero también debo indicar que mi atención ha ido decreciendo a lo largo de la serie, por varios motivos. Uno, que la historia es demasiado larga y el argumento demasiado complejo, por lo que requiere un tiempo de lectura que, para mí, es excesivo. Otro, el pensamiento de que si las grandes sagas de ciencia-ficción del pasado se han quedado antiguas con más motivo a esta obra le sucederá lo mismo. Otro más, que con todo el mérito que tiene un ejercicio imaginativo y constructivo tan grande, los personajes no me convencen: todos hablan parecido y con frecuencia sus reacciones emotivas se describen con frases estereotipadas. Además, preferiría más contención y menos solemnidad en algunos comentarios: «El miedo, sea de la clase que sea, es siempre una forma de egoísmo», dice Jade a Martín, y sigue: «da lo mismo que sea miedo al dolor físico o al dolor moral. Es estrechez de miras. Es esclavitud. Es estar encadenado a tu propio reflejo».
De todos modos, conviene separar mis impresiones de las que puedan tener otros lectores, mucho más frescos en sus apreciaciones y mucho más ansiosos que yo de ficciones largas que les entretengan. En relación a esto viene bien recordar el comentario de Chesterton que ya puse, a propósito de otra obra de ciencia-ficción, en Lujo y necesidad: «para muchos lectores una historia nunca es demasiado larga, pues su conclusión es siempre algo lamentable, como el último penique o la última cerilla».
Ana Alonso y Javier Pelegrín. El jinete de plata (2008). Madrid: Anaya, 2008; 573 pp.; col. La llave del tiempo; ISBN: 978-84-667-7685-1.
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jueves, 6 de noviembre de 2008
En La ciudad infinita, el tercer libro de La llave del tiempo que continúa La torre y la isla y La esfera de Medusa, los protagonistas escapan de la tierra y viajan a Marte, pasando por la Luna, gracias a unos piratas intergalácticos al mando de una chica llamada Jade (que parece sacada de las aventuras de Flash Gordon). Amenazados como siempre por Dédalo, esta vez con ayuda del traidor Aedh, llegan a Marte y allí viven en Arendel, la ciudad infinita en la que gobierna la legendaria Diana Scholem. Lógicamente, todos van teniendo más información sobre sus familias, sobre el pasado de la humanidad y sobre las cosas tan extrañas que les pasan.
Las cualidades de esta tercera parte son las mismas de las anteriores: ensamblaje cuidadoso de una historia ramificada, buen uso del lenguaje, poder imaginativo y descripciones claras. Los defectos, también los mismos, van siendo más patentes según avanza la serie: longitud excesiva, reiteraciones descriptivas, expresiones manidas propias de las novelas sentimentales... También pienso que los personajes se dedican en exceso a la interpretación de nuestro mundo actual, algo que lastra el relato pues además los acentos didácticos son a veces muy explícitos.
En ese sentido, dado que «los buenos» del relato son los perseguidos militantes antiglobalización, sorprende oír, en boca de un viejo y ponderado científico, esta interpretación de algo que pasa en nuestros días: entonces «era tan fácil conseguir grabaciones piratas de nuestros músicos favoritos que todos recurríamos a ellas sin pestañear. No nos dábamos cuenta de que con eso estábamos poniendo en peligro la supervivencia de esa música que tanto amábamos. Creíamos que estábamos engañando a las grandes empresas discográficas, que se llevaban unos márgenes de beneficio abusivos...». Y luego continúa: «Cuando las discográficas empezaron a perder dinero por culpa del pirateo, lo que hicieron fue rescindir sus contratos con los músicos que menos vendían, y apostar únicamente por productos seguros, cantantes muy comerciales patrocinados por las distintas cadenas televisivas. Así, los mejores músicos se quedaron sin trabajo, y tuvieron que dedicarse a otras cosas para sobrevivir». Difícil de creer...
Ana Alonso y Javier Pelegrín. La ciudad infinita (2007). Madrid: Anaya, 2007; 526 pp.; col. La llave del tiempo; ISBN: 978-84-667-6524-4.
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miércoles, 5 de noviembre de 2008
Los Stone, de Robert Heinlein es un relato de ciencia-ficción tipo «aventura familiar» o «aventura de vacaciones» protagonizado por la espectacular familia Stone: Roger, el padre, es ingeniero; Edith, la madre, es médico; la abuela Hazel es ingeniera, los gemelos de diecisiete años Cástor y Póllux son unos genios de la mecánica, la hermana mayor Meade tiene dieciocho y el hermano pequeño Buster tiene seis y ya es un maestro del ajedrez porque adivina el pensamiento. Viven en la Luna y, cuando los gemelos plantean comprar una nave pequeña para realizar algunos negocios interplanetarios, toda la familia decide viajar a Marte: para eso compran una nave más amplia, que llaman Rolling Stone, y que cargan de bicicletas para vender a los buscadores de minerales de Marte...
Con este hilo conductor de la travesía entre distintos planetas o asteroides se van sucediendo distintos episodios y, en cada tramo del viaje, se ha de resolver una dificultad: la doctora Edith tiene que pasar a otra nave para curar una epidemia, los gemelos se las ingenian para vender las bicicletas en Marte, más tarde unos curiosos seres marcianos llamados gatolisos crecen desmedidamente en pleno vuelo, etc.
La novela ejemplifica bien cómo y cuánto y qué rápido envejece la ciencia-ficción, pero es simpática: los personajes tienen unas cualidades extraordinarias —los gemelos estaban acostumbrados a leer el mismo libro al mismo tiempo, uno del derecho y otro del revés—; los diálogos son ágiles y divertidos —tu madre está «tan loca como una órbita irregular»—; se ofrecen datos y explicaciones en abundancia —los lunamotos se producen debido a «los leves estremecimientos microscópicos propios de la Luna que sufría debido a los gigantescos tirones gravitatorios que su prima la Tierra, ochenta veces más pesada, ejercía sobre ella»—... Eso sí, el autor es muy consciente del tipo de libro que ofrece al lector: cuando Roger dice a su madre, la abuela Hazel, que en los episodios que escribe para una serie televisiva, hace trampas a la literatura, Hazel le responde con un «¿quién ha dicho que esto sea literatura?»
Robert A. Heinlein. Los Stone (The Rolling Stone, 1952). Barcelona: El andén, 2008; 279 pp.; col. Gran Vía express; trad. de Juan Pascual Martínez; ISBN: 978-84-96475-16-2.
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miércoles, 30 de abril de 2008
Cruzada en jeans, de Thea Beckman, es otra novelita que habla de un viaje temporal pero, en este caso, sólo como pretexto para colocar al protagonista en la Edad Media y contar algunas cosas a través de sus ojos. Es un relato que se puede calificar de ciencia-ficción o de aventuras.
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martes, 11 de marzo de 2008
Los Guardianes del Pasado, de P.R.Gomez, es un relato de ciencia-ficción cuyo argumento a muchos les recordará películas como Terminator o Regreso al futuro.
La historia comienza en Pittsburg, a comienzos del siglo XXI. Ocultos bajo las identidades de un empleado de recogida de basuras y de ama de casa, los padres de Sem y Rosie Peres, de doce y diez años, son Guardianes del Pasado: vigilan que no se produzcan alteraciones en el presente que puedan cambiar el futuro. Cuando Sem impide que a Max Martin, el matón de su clase, lo arrolle un camión, provoca un giro nefasto en la historia posterior o al menos eso deduce de lo que ha oído a sus padres. Para deshacer el lío, Sem, Max y Rosie acaban viajando al futuro, pero la máquina del tiempo se avería y no pueden regresar.
El autor, ingeniero aeronáutico y profesor desde hace años en Estados Unidos, es un buen conocedor de la ciencia-ficción y se nota pues lo mejor, con diferencia, es que lo característico del género está excelentemente manejado. Se introducen de modo natural los aparatos tecnológicos en la vida cotidiana de los protagonistas, están dibujados con soltura los ambientes futuristas y los peculiares seres que viven en ellos, como los «dubles» y los «virgo». También se puede decir que, aceptadas las peculiaridades de este tipo de relatos, se lee con agrado pues la idea de partida es buena, los personajes principales tienen gancho, el hilo argumental y los diálogos tienen interés, se plantean bien algunos conflictos emocionales, y muchas descripciones se resuelven con comparaciones sencillas y eficaces.
Por otro lado, hubiera sido necesaria una entrada en ambiente más cuidadosa pues hay personajes poco definidos, y podrían justificarse mejor las cosas que ocurren y algunos comportamientos de los héroes; hay una escena crucial de un partido de «pítbol», un confuso deporte del futuro, contada con descripciones imposibles, un defecto habitual en esta clase de novelas «cinematográficas»; un trabajo editorial de revisión habría corregido expresiones y párrafos que parecen deudores de la redacción original en inglés. Con todo, y al margen de que hay sin duda material para una película simpática, es una lectura eficaz para el público al que va dirigido.
P.R.Gomez. Los Guardianes del Pasado (2007). Barcelona: Destino, 2007; 306 pp.; ISBN: 978-84-08076094.
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jueves, 10 de enero de 2008
Otro libro de Tonke Dragt que ha llegado al mercado español hace poco es El secreto del relojero, un relato con el subtítulo El tiempo lo dirá o El tiempo «te» lo dirá. Es una novelita de ciencia-ficción sobre una máquina para viajar en el tiempo en la que se mete un estudiante impaciente. De nuevo confieso mi admiración tanto por el talento que demuestra la escritora holandesa para construir relatos sofisticados (en este caso no tanto como El enigma del séptimo paso) como por su capacidad de atacar géneros tan distintos con soltura (aunque en ellos no sea tan convincente ni atraiga tanto como en Carta al rey). Así que otra posible y mejor recomendación de un viaje al pasado, si prescindimos del hecho de que cualquier libro lo es, sería una novela de ciencia-ficción de los setenta que se sostiene bien: Ahora y siempre, de Jack Finney.
Tonke Dragt. El secreto del relojero (Het geheim van de klokkenmaker, 1989). Madrid: Siruela, 2007; 137 pp.; col. Las tres edades; ilustraciones, colages, de la autora; trad. de María Lerma; ISBN: 978-84-9841-123-2.
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miércoles, 10 de octubre de 2007
Al comienzo de La esfera de Medusa, el título que continúa La torre y la isla, los protagonistas logran escapar de la Corporación Dédalo con ayuda de dos misteriosos gemelos, Deimos y Aedh. Ya en Nueva Alejandría son capturados por Dédalo de nuevo pero vuelven a escaparse y llegan a su cita en Medusa, una ciudad sumergida, donde conocen más cosas de su origen futuro (sí, está bien escrito).
Como en el primer relato, los autores usan el lenguaje con cuidado y son pocas las veces que se les escapan frases explicativas del estilo «como es lógico», o lugares comunes tipo una «expresión indefinible»; hay un esmerado trabajo de construcción de una historia tan articulada; las descripciones son claras, sugerentes y (casi) nada enfáticas. Por tanto, a pesar de los aspectos más previsibles del argumento, quienes fueron capturados por la primera historia tienen motivos para leer esta segunda.
En mi opinión, mejor hubiera sido que los luchadores por la libertad perseguidos por el poder omnipresente de la época, no se llamaran «antiglobalización», y no sólo porque ahora esa bandera sea tan confusa, sino porque esa clase de identificaciones obvias enseguida envejecen: como las novelas de ciencia-ficción de los ochenta que presentaban una poderosa URSS al comienzo del siglo XXI y ahora nos hacen sonreír.
Ana Alonso y Javier Pelegrín. La esfera de Medusa (2007). Madrid: Anaya, 2007, 2ª ed.; 334 pp.; col. La llave del tiempo; ISBN: 978-84-667-6278-6.
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viernes, 11 de mayo de 2007
La torre y la isla, de Ana Isabel Alonso y Javier Pelegrín, es el primer volumen de una serie que se desarrolla el año 2121, en un mundo con grandes avances científicos y en el que unas poderosas compañías controlan el mundo. Los chicos protagonistas tienen un sistema inmunitario excepcional y la Corporación Dédalo los envía a un lugar donde se les somete a todo tipo de pruebas. Al darse cuenta de las verdaderas intenciones de quienes les controlan, deciden huir usando sus poderes especiales: dominio instintivo de la informática de Selene; visión de futuro de Casandra; poder de influir en el mundo interior de los demás de Martín; capacidad de hacerse invisible y crear visiones extrañas en otros de Jacob...
Argumento con los acentos alarmistas propios de la ciencia-ficción que presenta un futuro inquietante en el cual la ciencia se pone al servicio de ambiciones de poder y se cultiva sin referencias éticas. A pesar de su extrema inverosimilitud —sobre todo de la excesiva inteligencia y perspicacia de los personajes jóvenes— la novela destaca sobre otras de fantasía y ciencia-ficción porque está bien escrita y bien armada: engancha el interés del lector y tira de él hacia delante. Los personajes están dibujados con sobriedad, las expresiones y descripciones superfluas son escasas, la acción coge ritmo pronto, los adelantos tecnológicos se integran con naturalidad en la narración.
Ana Isabel Conejo Alonso y Javier Pelegrín. La torre y la isla (2006). Madrid: Anaya, 2006; 384 pp.; col. La llave del tiempo; ISBN: 84-667-5216-1.
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jueves, 4 de mayo de 2006
Más sobre Futuro azul y las cualidades de su autor.
¿Capacidad de atrapar al lector joven? Mucha. Véase la presentación que al comienzo hace Colfer de Ciudad Satélite, la ciudad del futuro, una superciudad de veinticinco millones de habitantes: «una ciudad entera hecha a medida para el tercer milenio: todo lo que quiera el cuerpo y nada de lo que necesite el alma».
¿Escribe y narra bien? En su estilo, muy bien. A un chaval bocazas, de los que no pueden dejar de hablar, se nos dice que «las palabras se le escaparon de la boca como abejas furiosas de una colmena». Sobre todo, tiene mucha gracia para el que no pestañee ante descripciones como: «el dolor lo azotó con tanta fuerza como si lo hubiese aplastado un glaciar gigante»; o, mejor todavía, «la mirada de Stefan podría haber hecho agujeros en un bloque de titanio».
¿Dibuja bien los personajes? A unos no pero a otros sí. En particular, es un gran caricaturista de los malvados desde que aparecen en escena: del supervisor Redwood se nos comenta que «parecía un gorila engominado, salvo por el tupé de color rojo con el que jugueteaba constantemente»; de otro tipo se indica que, «a su lado, los peces de colores parecían seres inteligentes».
¿Sabe hacer creíble lo que cuenta? Sí, para quien se deje llevar con facilidad y cuando, por ejemplo, se pregunte por qué los chicos del internado donde vive Cosmo Hill estaban siempre controlados, le baste saber que, cada vez que se duchan, «una lluvia de gotas microscópicas de una solución halógena electronegativa recubría su cuerpo, y la sustancia aparecía en el escáner» de su colegio. Es obvio, con esos microlocalizadores en los poros no hay problema ninguno.
¿Es Futuro azul mejor o peor que otras historias semejantes? Mejor en el sentido de que su autor evita toda solemnidad pues sabe perfectamente qué terreno pisa y no se toma muy en serio a sí mismo. Obsérvese cómo guiña el ojo al lector: «Estoy metido dentro de las páginas de un cómic —se dijo Cosmo para sus adentros—. Todo esto es como una novela gráfica, ahora mismo alguien estará pasando las páginas y diciendo: “Todo esto es demasiado raro, ¿quién podría creerse algo así?”».
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miércoles, 3 de mayo de 2006
Cuando, tiempo atrás, comenté mi opinión sobre las dos primeras novelas de la serie de Artemis Fowl, de Eoin Colfer, hubo quien no se mostró satisfecho. Entonces no comenté que otras dos novelas del autor, tituladas Benny y Omar y Benny y Babe, también con muchas réplicas de cine y continuos diálogos sarcásticos, me parecían mejores aunque para mi gusto sean muy artificiales y tengan demasiadas referencias circunstanciales a películas y actores... Lo cierto es que Colfer me parece gracioso y por eso acabo de leer una nueva novela suya titulada Futuro azul. Hoy resumo el argumento y pongo un breve comentario, mañana completo la información un poco.
Cosmo Hill, catorce años, vive en un orfanato del futuro, junto con otros chicos sin padres biológicos o adoptivos que son usados como conejillos de indias para todo tipo de experimentos. Aprovecha una oportunidad y escapa del cuidador sádico que tiene, pero está a punto de morir y en ese momento ve a unas extrañas criaturas, los Parásitos, seres que se llevan la energía de la gente. Es salvado entonces, y curado de sus heridas, por el extraño equipo de los sobrenaturalistas, formado por una chica de su edad, un adulto con aspecto de niño de seis años debido a que fue víctima de un raro experimento en el pasado, y el líder del grupo, ansioso de vengarse de los Parásitos desde que muriera su madre hace años.
Una vez más tenemos un huérfano desamparado que luego resulta tener muchos recursos. Ambiente futurista y secuencias de acción tipo Mátrix, no del todo claras para mentes que no tengan ya en la cabeza otras historias semejantes. Giros esperados e inesperados en la trama. Diálogos graciosos e irónicas réplicas contundentes. Todo parece indicar que habrá secuelas.
Eoin Colfer. Futuro azul (The Supernaturalist, 2003). Barcelona: Montena, 2006; 303 pp.; trad. de Ana Alcaina; ISBN: 84-8441-296-2.
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jueves, 30 de junio de 2005
La ciencia-ficción, si tiene calidad, es un género con un poder particular para suscitar reflexiones de calado: al colocarnos en un ambiente diferente y provocar pensamientos tipo «¿qué pasaría si...?», puede sacudirnos un poco. Es el caso de una buena narración de ciencia-ficción juvenil como El Dador de Lois Lowry, un relato que plantea con crudeza el dolor que siente un chico cuando descubre la incoherencia de los adultos y, sobre todo, de sus padres..., también cómplices de horribles crímenes en nombre de la estabilidad social y de las comodidades adquiridas.
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jueves, 9 de junio de 2005
Ya que ayer mencioné dos recientes libros de aventuras fantásticas, dignos pero prescindibles, se pueden recordar unas grandes novelas de ciencia-ficción juvenil: la Trilogía de los trípodes de John Christopher. Buen paso narrativo, protagonista y escenarios convincentes, el núcleo argumental siempre atractivo de dar una batalla por la libertad o, mejor, por evitar ser títeres en manos de otros.
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