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Notas del archivo 'Aventuras clásicas' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 29 de marzo de 2012

Ya que cité ayer Vikingos al remo, un relato en el que se habla de Leif, hijo de Erik el Rojo, es un buen momento para decir que acaba de salir una nueva edición de La Saga de Erik el Rojo, con un clarificador epílogo, una buena traducción y unas apropiadas ilustraciones.

En esa obra, compuesta hacia los siglos XII y XIII, se narra la expedición vikinga que descubre y coloniza Groenlandia primero, y la más occidental Vinlandia, o Tierra del Vino, después. En ella se narran los acontecimientos recordando genealogías y dando datos de forma sobria y directa, como corresponde a relatos de origen oral que utilizaban formas de decir sonoras y fáciles de retener en la memoria. Sin ningún temor a parecer políticamente incorrectos a lectores de siglos posteriores, sus autores dan buena cuenta de la forma de actuar ruda y vengativa, y también fiel a los lazos familiares, de sus protagonistas.

Hubo una edición titulada La Saga de Erik el Rojo: cuentos nórdicos, que contenía también El relato de los groenlandeses, La saga de Hreidar el loco, Hravn de Hrutfjord, en Madrid: Altea, 1983; 152 pp.; col. Altea Junior; ilust. de Anne Bozellec; prólogo de C.G. Bjurström; trad. de Alberto Villalba; ISBN: 84-372-2016-5. La edición nueva está en Madrid: Nórdica, 2011; 88 pp.; ilust. de Fernando Vicente; trad. de Enrique Bernárdez; ISBN: 978-84-92683-55-0.

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jueves, 22 de marzo de 2012

Uno de los relatos que están en el origen de las grandes aventuras, del que se acaba de publicar una nueva edición, es el Cantar de Valtario, una historia que deja en la memoria las hazañas portentosas de un héroe sin igual.

Compuesto seguramente a finales del siglo X, habla de que Atila, durante sus invasiones, se llevó consigo a tres príncipes herederos cuando eran niños: Valtario, de Aquitania; Hildegunda, de Burgundia; y Haganón, de los francos. Años después, cuando ya Haganón y Valtario han destacado por su valor, Haganón escapa para volver a su patria y, más tarde, lo hacen Valtario e Hildegunda, que habían sido prometidos en matrimonio desde niños. Pero entondes a Valtario le hacen frente, torpemente, los francos, contra el consejo de Haganón, que sabe que lo pagarán caro.

La narración tiene sabor, en lo que sin duda influye la excelente traducción. Los combates tienen una gran intensidad y, aunque se sabe cuál será el resultado final, no faltan los momentos de angustia. Eso sí, algunos paladares actuales no apreciarán que de Hildegunda sólo se alabe su belleza. En cualquier caso, el narrador se disculpa de sus fallos al terminar: «Tú, quienquiera que seas, que me lees, disculpa a la estridente cigarra. No repares en el tono chirriante de su voz. Piensa en la edad de quien, recién salido del nido, aún no se atreve a remontarse a las alturas».

Cantar de Valtario (Valtharius, comienzos del siglo IX y finales del siglo X). Madrid: Siruela, 1987; 55 pp.; col. Selección de Lecturas medievales; trad. y prólogo de Luis Alberto de Cuenca; ISBN: 84-85876-70-9. Nueva edición en Madrid: Rey Lear, 2012; 104 pp.; col. Breviarios; trad. y prólogo de Luis Alberto de Cuenca; ISBN: 978-84-92403-99-8.

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miércoles, 16 de febrero de 2011

Uno de los autores de novelas de aventuras más leído en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX: George Henty. Sus relatos están llenos de conocimientos de todo tipo y de información histórica y, como corresponde a libros muy populares en su época, son muy deudores del modo de pensar mayoritario entre su público natural: se notan mucho un indiscutible sentimiento de superioridad y de satisfacción con la expansión del imperio británico...

En los libros populares de hoy se notan otras cosas y tampoco faltan otra clase de sentimientos de superioridad: como dice Gómez Dávila, «los problemas básicos de una época nunca han sido el tema de sus grandes obras literarias. Sólo la literatura efímera es “expresión de la sociedad”».

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miércoles, 9 de febrero de 2011

Uno de los sucesores de Marryat fue William Kingston, un autor que, en la primera encuesta que se hizo sobre cuáles eran los autores preferidos de los lectores jóvenes, a finales del XIX, apareció el segundo en popularidad, después de Dickens. Eso dice mucho del eco que tuvieron sus novelas de aventuras, repletas de información y de incidentes; y dice mucho de por qué y cómo puede desvanecerse la popularidad con el paso del tiempo. La primera que escribió, Peter the Whaler, tal vez sea la mejor por ser la más fresca, la que fue construida sin más intención que contar una buena historia y llevar al lector corriendo detrás sin resuello.

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jueves, 3 de febrero de 2011

Masterman Ready
,
de Frederic Marryat, fue una de las secuelas más famosas de Robinson Crusoe, fue la primera novela que el autor escribió pensando en que sus destinatarios serían chicos, y fue también la novela que abrió el camino a la multitud de aventuras juveniles que se publicarían en el siglo XIX. En las próximas semanas pondré algunos ejemplos más.

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jueves, 28 de enero de 2010

Un clásico de aventuras: La Pimpinela escarlata, de la Baronesa Orczy. Cuando lo leí por primera vez, hace años, absorbido por la historia, no me di cuenta del clasismo que respira. Más tarde sí, claro, pero sigue siendo un buen relato. Una interesante pregunta es: ¿cuál es el clasismo inconsciente de las novelas populares de hoy?, o, mejor, ¿qué presupuestos de las novelas de hoy serán vistos en el futuro como reveladores de mentalidades tan o más despreciables que la de tantos aristócratas del pasado?

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jueves, 17 de diciembre de 2009

Dos fanfarrones decimonónicos, uno francés y otro inglés, protagonizan Aventuras maravillosas pero auténticas del Capitán Corcorán, de Alfred Assollant, y El prisionero de Zenda, de Anthony Hope.

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Till. Ilust. de Walter Trier.
miércoles, 30 de septiembre de 2009

Si los mencionados ayer pertenecen a una clase de héroes fantasiosos, de otra forman parte los tipos bromistas y fanfarrones que luego llenarán folletines, cómic, películas y novelas. Su origen debemos buscarlo en obras de la literatura picaresca que circularon al final de la Edad Media como Till Eulenspiegel, de Hermann Bote, y en relatos que pertenecen a la tradición de tall tales o cuentos de embustes como El Barón de Munchausen, de Rudolf Raspe.

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martes, 29 de septiembre de 2009

El Robinson suizo
,
de Johann David y Johann Rudolf Wyss, es un libro históricamente importante que, ahora mismo, se puede leer para comprobar que pocos héroes de la literatura popular han sabido sacar tanto partido a lo imprevisible como esta familia suiza.

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viernes, 4 de septiembre de 2009

Novelas clásicas de aventuras españolas con unos héroes que, aunque sean brutos (o tal vez precisamente por serlo), son unos nostálgicos incurables: Las inquietudes de Shanti Andía y Zalacaín el aventurero, de Pío Baroja.

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jueves, 27 de agosto de 2009

Novelas de aventuras con atractivo permanente: Scaramouche y El capitán Blood, de Rafael Sabatini. Las leí hace tiempo y las volví a leer con gusto hace pocos años a pesar de que les viera ya sus defectos. Merece ser conocida especialmente la primera, también por cómo el autor practica con el lector dobles y triples fintas al modo en que lo hace su héroe con sus enemigos.

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jueves, 20 de agosto de 2009

Una de las grandes novelas de aventuras: Beau Geste, de P. C. Wren. Es uno de esos raros casos en los que son magníficos el argumento, la estructura y el ritmo de la historia, la caracterización de los héroes y de los malvados. No así sus secuelas, no así.

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jueves, 19 de febrero de 2009

Una novela que podemos considerar predecesora de La isla del tesoro, de Stevenson: La isla de Coral, de Robert Michael Ballantyne. Y otra que sin duda es una de sus mejores herederas: Moonflet, de John Meade Falkner.

Sé bien que estas y otras novelas del pasado parecen difíciles para un lector joven. Y no tanto por su lenguaje o su antigüedad, que no son un verdadero obstáculo, sino porque no forman parte de su mundo de intereses y conversaciones ordinarias. Es difícil que alguien joven, si no las ve en las estanterías de su casa ni oye hablar de ellas con entusiasmo en su entorno familiar o escolar o de amigos, sienta curiosidad por ellas; y  es lógico que le suene muy poco apetecible dedicarse a leerlas si alguien las menciona de pasada. Sin embargo, a partir de mi experiencia pienso que, quien no las lee entre los doce y los dieciséis años (por decir la mía), se pierde algo importante, irrecuperable ya. Pues es cierto que si uno las lee pasado el tiempo su impacto no es igual y que hay una satisfacción muy especial en la relectura de un libro que leíste de niño, fascinado por el tirón de la historia y, por supuesto, sin pensar para nada en calidades literarias y cosas así.

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jueves, 12 de febrero de 2009

Dos escritores decimonónicos duraderos: Henry Rider Haggard, el autor de Las minas del rey Salomón, y Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes y de atractivas novelas de aventuras. En palabras de Allan Quatermain: «Aventurero: aquel que va al encuentro de lo que la vida ponga en su camino. Más o menos, esto es lo que todos hacemos en el mundo de una forma u otra y, hablando por mí, estoy orgulloso de este calificativo, porque implica un corazón valeroso y una gran confianza en la Providencia».

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Tarzán dibujado por Burne Hogarth.
jueves, 5 de febrero de 2009

Un personaje que ha ocupado la imaginación de muchos niños: Tarzán. Hace años leí varias novelas de la serie y, para Bienvenidos a la Fiesta, releí la primera y, mas rápido, las dos siguientes. Puse sólo una reseña de la primera porque pienso que la idea inicial es la verdaderamente cuenta: los desarrollos posteriores demuestran la fértil imaginación de Edgar Rice Burroughs, pero añaden poco, al menos para un lector como yo. Vale la pena echar un vistazo a los comentarios sarcásticos que hizo Kipling en su autobiografía sobre Tarzán y su autor —«el genio de los genios», le llama—, de los que yo cito una breve referencia. Naturalmente, el personaje creció también mucho gracias al cine y a las tiras de cómic que puso en marcha Harold Foster y que desarrolló más Burne Hogarth.

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jueves, 12 de junio de 2008

El pirata
es una de las novelas más conocidas de Walter Scott, que no tiene nada que ver con las más habituales suyas de tipo histórico. En una introducción de 1831 y en su advertencia a la primera edición explica sus orígenes: su inspiración en la vida del pirata John Gow y los conocimientos que había reunido sobre las Orcadas y las Shetland durante una visita oficial de varias semanas que tuvo que hacer a esas islas en 1814. A la edición, con una traducción antigua pero remozada —con algunas expresiones que parecen impropias—, le falta un buen mapa.

Se acción se desarrolla el año 1689. En la principal de las islas Shetland, el centro de la vida social es la casa señorial de Magnus Troil y sus hijas Minna y Brenda, con quienes está en muy buena relación el joven Mordaunt Merton. Este, ignorando la costumbre local de abastecerse de los restos de los naufragios pero de no socorrer a los náufragos porque así se atraen las maldiciones, salva la vida del pirata Clemente Cleveland. Pero, luego, además de que Cleveland se gana el amor de Minna, Mordaunt deja de ser bien visto en casa de los Troil. La llegada de un barco misterioso a Kirkwall, la capital de las Orcadas, precipita los acontecimientos. El personaje que lo domina todo es Norna de Fitful-Head, una mujer con un pasado dramático y fama de pitonisa, que a la vez profetiza e intenta dirigir los acontecimientos.

El lector de Scott puede adelantar qué defectos, o que rasgos que hoy vemos como defectos, encontrará: el inicio de la historia es lento y casi nada sucede durante cientos de páginas; abundan las digresiones e intrusiones del narrador —interesantes para quien desee conocer pormenores costumbristas o folclóricos—; todos los personajes hablan retóricamente; hay reacciones exacerbadamente románticas; se subraya la superioridad natural de los aristócratas...

Pero también conoce bien las cualidades que compensan la lectura: los ambientes están bien dibujados —los paisajes, las casas, en especial la extraordinaria vivienda de Norna—; abundan los secundarios singulares —el agricultor estudioso Triptolemo Yellowley, el incansable bardo Claudio Halcro, el repulsivo enano Nick Strumpfer o Pacolet, el pirata ex-actor Jack Bunce o Federico Altamonte...—; pero, sobre todo, la tensión argumental en aumento no se centrará tanto en la rivalidad entre los protagonistas como en el desvelamiento de los enigmáticos misterios del pasado.

Walter Scott. El Pirata (The Pirate, 1821). Madrid: Espasa, 2008; 425 pp.; col. Espasa Clásicos; trad. de Eugenio Xammar; ISBN: 978-84-670-2713-6.

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viernes, 28 de marzo de 2008

Un autor al que debemos las novelas de aventuras tal como las conocemos hoy: Walter Scott. Su poder se nota en que, a pesar de sus deficiencias y del paso del tiempo, muchos siguen —seguimos— disfrutando igual de su estilo entusiasta y de la poderosa elocuencia de sus personajes, un don que, decía Chesterton, distribuía siempre con imparcialidad: Scott negará el triunfo al malvado pero lo tratará seriamente y le dejará decir lo que desea decir.

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Ilust. de N. C. Wyeth.
miércoles, 16 de enero de 2008

Robinson Crusoe
figura en todas las historias de la Literatura infantil y juvenil porque, aunque Daniel Defoe no tuviera en la mente a un público joven cuando escribió su novela, los jóvenes hicieron suya la historia debido a su contenido aventurero y a que hubo multitud de versiones adaptadas enseguida. Sin embargo, según Chesterton, «Robinson Crusoe no es una novela de aventuras sino una novela de la ausencia de aventuras; (...) es absurdo comparar a un libro como este con los relatos corrientes acerca de goletas, palmeras, alfanjes y cueros cabelludos. La condena, la maldición de Crusoe no fue una vida aventurera sino una vida sin aventuras».

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miércoles, 29 de agosto de 2007

No sólo los autores de aventuras marineras, del pasado y del presente, son deudores del capitán Frederic Marryat, sino que también lo son los autores de novelitas históricas con niños como protagonistas.

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jueves, 28 de junio de 2007

Las mejores novelas de aventuras juveniles escritas en España, en mi opinión, son las que componen la primera serie de los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós. Aunque no lo racionalizara entonces así, algo parecido pensé cuando era un feroz lector de todos los libros de aventuras que caían en mis manos, con catorce años, y retiraba de la biblioteca pública tomo tras tomo en unas vacaciones de verano con largas tardes de lectura. Y, ahora, cuando puedo comparar con más criterio, también me lo parece.

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miércoles, 12 de julio de 2006

He leído recientemente Ascanio, una novela de Alexandre Dumas que para mí era desconocida, basada en episodios de la vida de Cellini. Escrita un año antes pero claramente inferior a Los tres mosqueteros y otras, quizá porque el «negro» de Dumas aquí no era Auguste Maquet, en ella se da lo mejor y lo peor del autor: acción imparable y personajes arrebatadores, junto con retórica y melodramatismo excesivos y la característica inmoralidad del héroe de Dumas. En cualquier caso, también a este relato se le puede aplicar el comentario que Stevenson hizo, a propósito de El conde de Montecristo: que si es cierto que en las novelas de Dumas con frecuencia los personajes no son más que marionetas y que a veces es patente cómo la mano huesuda del titiritero las gobierna ante nuestros ojos..., también lo es que resulta difícil encontrar otros libros del mismo tipo en los que se respire una atmósfera tan inconfundible de leyenda. Seguiré con Dumas.

Alexandre Dumas. Ascanio (1843). Mataró: Ediciones de Intervención Cultural, 2006; 392 pp.; trad. de Emilio Hernández Valdés; ISBN: 84-96356-64-7.

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jueves, 11 de mayo de 2006

Una gran novela decimonónica de capa y espada es El jorobado, de Paul Féval. Algunos aficionados al thriller de hoy pensarán que contiene muchas descripciones, pero muchos otros se darán cuenta de que son magníficas y, llevados por el ritmo del relato, las disfrutarán. Y, a propósito de las consideraciones de tipo sociológico y filosófico que se hacen en la historia, y por aquello de que las novelas llamadas históricas no deberían hacernos confundir la ficción con la realidad, mañana más.

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jueves, 9 de febrero de 2006

Una de las grandes aventuras de siempre, hoy algo menospreciada por su característico tufillo decimonónico- imperialista, es Las cuatro plumas, de A. E. W. Mason. Pero es extraordinaria y, por supuesto, no mejora si se procura que los buenos sean menos buenos y los malos no tan malos, como han intentado en una última película con ese argumento.

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jueves, 26 de mayo de 2005

Cuando alguien comenta que «los rusos son lentos» siempre le recomiendo La hija del capitán, de Alexander Pushkin, el renovador de la literatura rusa que nació el 26 de mayo de 1798. Pocas aventuras más tensas y aceleradas que la carrera de Piotr Andréyevich atravesando Rusia en busca de su novia.

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