Como en
El Napoleón de Notting Hill, Chesterton sitúa
La Taberna errante en una Inglaterra futura en la que se ha restringido el consumo de alcohol para facilitar el entendimiento con el islamismo. Su hilo conductor es el viaje del capitán irlandés Patrick Dalroy y el tabernero Humprey Pump, a través de todo el país, llevando un barril de ron y un letrero que, allí donde se coloca, revela que hay un establecimiento autorizado para despachar alcohol.
El prólogo a la edición que menciono, aunque por momentos sea brillante, me parece que olvida el núcleo de los intereses del autor y, en consecuencia, desparrama los comentarios acerca de cuestiones interesantes que no centran de verdad al lector. Ahora bien, es cierto que, como cualquier novela o texto de Chesterton, la lectura de
La taberna errante puede abordarse con distintos y variados objetivos.
Uno, reconfortante aunque sea menor, es recrearse con las habituales descripciones coloristas del autor: «El sol, al ponerse, parecía haber reventado como una naranja cuyo jugo se desparramaba en franjas de rojo intenso por el horizonte».
Otro, descubrir orientaciones acerca de algunos tipos humanos: «No hay mal irreparable en el teórico que inventa una nueva teoría para cada nuevo fenómeno. Pero el teórico que primero elabora una nueva teoría y después ve pruebas de dicha teoría en todo, es el más peligroso enemigo de la razón humana».
Otro, entender la causa de algunos desasosiegos que no pocos sufren en la que se ha dado en llamar sociedad de la información: uno de los mayores artificios del periodismo moderno es «dejar de lado lo esencial de la cuestión, como si fuese algo que no corre prisa, y dedicarse con esmero a cualquier aspecto secundario».
Otro, aprender algo de historia: el destino del imperio, afirma Dalroy, «es una historia de cuatro episodios: victoria sobre los bárbaros, empleo de los bárbaros, alianza con los bárbaros, conquista por los bárbaros».
Otro, comprobar las dotes de profeta de Chesterton pues, ya en 1914, redacta una historia cuyo núcleo trata sobre unos tipos que proponen sustituir la cruz, ese signo tan duro y cortante, por una leve curva fácil de dibujar, como una ondita, como una hoja, como una plumita rizada…
Otro, reflexionar sobre si en nuestros tiempos «el peligro resulta peor que la resignación» o, por el contrario, quizá «la resignación resulta peor que el peligro»: Dalroy tiene claro que hay algo peor que la muerte a lo que, sin embargo, algunos dan el nombre de paz.
Y otro más, disfrutar con el combativo y luminoso buen humor de un tipo tan audaz que opina que «combatir el mal es el origen de todo placer y hasta de toda diversión». Quien olvida o ignora esto no podrá comprender a Chesterton.
G. K. Chesterton. La Taberna errante (The Flying Inn, 1914). Madrid: Acuarela Libros, 2004, 2ª ed.; 348 pp.; trad. de Tomás González Cobos y José Elías Rodríguez Cañas, con la colaboración de Ione B. Harris y Jonathan Gleave; prólogo de Santiago Alba Rico; ISBN: 84-95627-04-3.