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Notas del archivo 'Memorias de infancia' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 25 de junio de 2017

Un segundo punto de interés de Yo no está en los comentarios de Joachim Fest en relación a cómo fue posible la complicidad de tantos en las barbaridades del régimen nazi.

Hace notar que, en aquella situación, «cada cual buscaba una justificación para hacer la vista gorda ante los delitos que había por todas partes». Explica que «una creciente indiferencia empezó a extenderse incluso entre los que se oponían claramente a Hitler. En buena parte podía atribuirse al vocabulario minimizador que empleaba el régimen. Mi padre había sido “dado de baja”, como decían; otros habían sido jubilados “provisionalmente”; a las detenciones las llamaban “arrestos de seguridad”, ¿qué es lo que había de horrible en todo esto?». Señala que también «surgieron enemistades que, aunque generalmente tenían un fundamento ideológico, no reflejaban más que la envidia, la maldad o la bajeza natural». Su padre les hacía notar que «con nuestro silencio encubrimos los campos de concentración» y lamentaba tener que mantenerse al margen —pues su principal preocupación era que su familia y algunos amigos estuvieran a salvo y apartados de la infección totalitaria— pero, decía, «sé que en las circunstancias actuales no hay tierra de nadie entre el bien y el mal. El aire está envenenado. ¡Nos infecta a todos!».

El Yo no del título es, también, una forma del autor de responder a las justificaciones o excusas que muchos dieron en los años de la posguerra. En relación a eso, en uno de los párrafos polémicos del libro, habla de los que, «en medio de sus lamentos, parecían dispuestos a calumniar a quienes no hicieran como ellos y se dieran continuamente golpes en su pecho pecador. Cuando Günter Grass o alguno de los innumerables autoacusadores manifestaban su sentimiento de vergüenza, en modo alguno querían llamar la atención sobre su propia culpabilidad, más bien sobre los muchos motivos de todos los demás para avergonzarse. No obstante, según ellos, para su escándalo y el de todos los demás, la gran masa no estaba preparada para esto. Ellos se sentían ya libres de cualquier reproche gracias al reconocimiento de su vergüenza». En cambio, dice Fest, «nosotros gozábamos del dudoso privilegio de seguir siendo los mismos que éramos, y, por segunda vez, eso nos situaba fuera de la fila».

Joachim Fest. Yo no (Ich nicht, 2006). Madrid: Taurus, 2017; 296 pp.; col. Historia; trad. de Belén Bas Álvarez; ISBN: 978-8430618491. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 18 de junio de 2017

Joachim Fest, una importante figura de la vida cultural alemana —llegó a ser editor del Frankfurter Allgemeine Zeitung, escribió varios libros de historia sobre la época nazi—, publicó sus memorias de infancia y juventud pocos meses antes de su muerte y, por evidentes motivos, las tituló Yo no.

Al comienzo él mismo explica que no pretende, con ellas, «hacer una historia de la época de Hitler, sino plasmar su reflejo en un entorno familiar». Recuerda su infancia y juventud, su estancia en dos colegios, el crecimiento de su vida intelectual y de sus aficiones artísticas, su reclutamiento para el ejército, su internamiento en campos de prisioneros francés y norteamericano al terminar la guerra, y los reencuentros con su familia e inicios de una nueva etapa en los años inmediatamente posteriores.

El personaje central de su relato es su padre, un católico de gran integridad moral. Debido a su manifiesta oposición al régimen nazi se le prohibió ejercer como profesor y director de un centro de enseñanza, y perdió su posición social y su bienestar económico. Siempre se negó a escuchar a quienes le aconsejaban que cediera un poco, incluida su mujer, y procuró ayudar a sus amigos judíos en lo que estuvo a su alcance.

El autor explica que su padre «concebía la vida como una sucesión de obligaciones que había que cumplir sin aspavientos, con fuertes convicciones y del mejor humor posible» y que «su única compensación la encontró en el convencimiento de encontrarse en el lado correcto». Una vez que su madre le dijo que incorporarse a un partido no cambiaba nada pues, «al final, seguimos siendo los que somos», su padre le contestó: «¡Pues sucede que no! ¡Todo cambiaría!»; otra vez que su madre comentó que «la mentira había sido siempre el medio que tenía la gente humilde para enfrentarse a los poderosos», su padre le replicó: «Nosotros no somos gente humilde. ¡No en esas cuestiones!».

Un día su padre estableció dos turnos para cenar: el primero para sus hijos pequeños y el segundo para los padres y los hijos adolescentes. El motivo era que quería poder decir en su casa y ante sus hijos lo que pensaba: «Un Estado que convierte todo en una mentira no debe entrar en nuestra casa. Al menos en el seno de mi familia no quiero estar sometido a la tan extendida costumbre de mentir». En realidad, añade Fest, «sólo quería mantenernos a nosotros al margen de la hipocresía establecida por decreto». Y cuenta que una vez les dio un papel a cada uno y «nos dictó: “Etiam si omnes, ego non!”. Era de Mateo, nos explicó, de la “escena del monte de los Olivos”». Una sentencia que «formaba parte de toda vida verdaderamente libre: “¡Aunque todos participen, yo no!”».

Joachim Fest. Yo no (Ich nicht, 2006). Madrid: Taurus, 2017; 296 pp.; col. Historia; trad. de Belén Bas Álvarez; ISBN: 978-8430618491. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 13 de mayo de 2016

J. R. Moehringer, un periodista norteamericano que obtuvo un Premio Pulitzer en el año 2000 y que dio forma literaria a Open, de André Agassi, es el autor de El bar de las grandes esperanzas, un relato autobiográfico que, aunque podría ser más corto, tiene muchos aciertos. Su narración empieza, en 1972, cuando el pequeño JR (sic) tiene unos siete años. Vive con su madre y sus tíos, en casa de sus abuelos, en Manhasset, Nueva York. Su padre es un conocido locutor musical de radio a quien nunca vio pero cuya voz aprende a buscar y reconocer en los aparatos de radio: «la vida consiste en escoger qué voces sintonizar y qué voces no, lección que yo aprendí mucho antes que la mayoría de la gente, pero que me costó más que a muchos otros aplicar correctamente».

Su madre, una mujer con la que su hijo se siente siempre muy en deuda, tiene una gran capacidad de fabulación: no mentía, dice JR, lo que «hacía, simplemente, era bajarle el volumen a la verdad». Una de sus mejores anécdotas tiene lugar cuando cuando lleva al pequeño JR a ver un psiquiatra y este le dice que «el niño sufre una crisis de identidad»: entonces su madre le dice al niño que se levante, mira al psiquiatra y, «con voz serena, le informó de que los niños de siete años no sufren crisis de identidad».

Su tío Charlie trabaja en un bar que, al principio, se llama Dickens y luego Publicans. Siendo niño, JR conoce también a otros empleados del bar. Pasa un tiempo en Arizona pero, los veranos, vuelve a su barrio neoyorquino. Más adelante acaba yendo a Yale y licenciándose allí, pero el bar sigue siendo su referencia. Luego trabaja como asistente, o «chico de las fotocopias», en The New York Times. Acaba su relato cuando, después de un año, deja ese empleo para irse a trabajar a otro lugar. Ata cabos, en un último capítulo, justo después del atentado contra las Torres Gemelas.

El lector asiste a los sucesivos descubrimientos de la vida del narrador, a sus éxitos y a sus decepciones. Lo mejor son las descripciones de los personajes que poblaban el bar. Sin duda, el autor oculta o suaviza, e incluso idealiza, lo peor de aquellas situaciones —abunda la bebida, no faltan algunas peleas, también hay algo de sexo, curiosamente no hay nada de drogas—, pero logra capturar el encanto de muchos momentos memorables.

Como El gran Gatsby —novela que se ambienta en la misma zona de Nueva York—, el narrador también siente como inalcanzable llegar a «entrar ahí dentro», en las grandes mansiones de la alta sociedad. Sin embargo, su relación turbulenta con una guapa y promiscua chica de clase adinerada, durante su estancia en Yale, le hace refugiarse más aún en sus compañías del bar.

Uno de sus mentores, un extraño librero de Arizona que le «podía hablar sin fin de la esperanza de los libros, de la promesa de los libros», y que «decía que no era casualidad que un libro se abriera igual que una puerta», le da un día un consejo: «el miedo será el combustible de todos tus éxitos, y la raíz de todos tus fracasos (…) ¿Y cuál es la única posibilidad que tienes de vencer el miedo? Ir con él. Pilotar a su lado. No pienses en el miedo como en el malo de la película. Piensa en el miedo como en tu guía, en tu explorador de caminos… En tu Natty Bumppo».

Pueden dar idea de lo mejor del libro, dos párrafos.

Uno, cuando explica su amistad infantil y adolescente con los empleados del bar, y dice lo siguiente: «Me enseñaron a atrapar una bola lanzada con efecto, a sujetar un hierro del nueve, a lanzar la pelota de fútbol en espiral, a jugar al Stud de siete cartas. Me enseñaron a encogerme de hombros, a fruncir el ceño, a aguantar como un hombre. Me enseñaron a estar, y me juraban que la postura de un hombre es su filosofía. Me enseñaron a decir [tacos], me hicieron entrega de aquellas palabras como si fueran una navaja de bolsillo o un buen traje, algo que todo niño debía tener. Me enseñaron sus muchas utilidades, porque aquellas palabras servían para liberar la ira, para ahuyentar a los enemigos, para convocar a los aliados, para lograr que la gente se riera aunque no quisiera. Me enseñaron a pronunciarlas con violencia, guturalmente, incluso con elegancia, para sacarle todo el jugo. ¿Por qué preguntar mansamente qué pasa, decían, cuando podías preguntar qué coño pasa?»

Otro, cuando habla de cómo el bar era un sistema intrincado de gestos y rituales, y dice: «En el bar todos tenían una manera única y exclusiva de pedir una copa. Joey D: ¿podrías aportar algo más a este concepto? Goose: ¿te importaría refrescarme el Martini una vez más antes de que vuelva a casa a ejercer mi triste papel de marido? Un hombre pedía una copa simplemente parpadeando con la vista puesta en la copa vacía, como quien mira un instante el cuentakilómetros durante un trayecto de autopista. Otro alargaba la mano, extendía el índice y tocaba el del tío Charlie, reproduciendo la Creación de Adán, de Miguel Ángel. A mí me parecía que no podía haber muchos bares en el mundo en los que un hombre recreara una escena de la Capilla Sixtina cada vez que quería tomarse una Amstel Light».

J. R. Moehringer. El bar de las grandes esperanzas (The Tender Bar, 2005). Barcelona: Duomo Nefelibata, 2015; 461 pp.; trad. de Juanjo Estrella; ISBN: 978-84-162161-01-7. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 9 de agosto de 2015

Correr para vivir. De los campos de exterminio de Sudán a las olimpiadas, de Joseph Lopez Lomong, ha sido una lectura desengrasante y animante, aparte de ser jugosa para quienes nos gusta correr y el atletismo.

Sudán, 1985. Cuando el autor tiene seis años es capturado por unos soldados que se lo llevan, junto a otros niños, para incorporarlo a su ejército. Más adelante huye, junto con otros tres chicos, y acaban en el campo de refugiados de Kakuma, en Kenia. Después de diez años allí un matrimonio estadounidense lo adopta. En 2007 se hace atleta profesional y en 2008 acude a las Olimpiadas de Beijing, en las que le piden que sea el abanderado de los Estados Unidos.

Historia poderosa, bien contada y bien traducida. En la primera parte predomina la tensión y el dolor debido a las dificultades por las que han de pasar el protagonista y tantos otros niños. La segunda resulta divertida, porque son muchos los golpes de humor debido a los problemas de adaptación y con el idioma de Lomong; emocionante por el afecto de quienes le acogen y por la confianza en Dios que manifiesta el narrador; e interesante para los aficionados al atletismo, aunque se dan muchos menos detalles de los que, al respecto, nos gustarían a los que seguimos ese deporte.

Joseph Lopez Lomong y Mark Tabb. Correr para vivir. De los campos de exterminio de Sudán a las olimpiadas (Running for my Life. One Lost Boy’s Journey from the killing Fields of Sudan to the Olympic Games, 2012). Madrid: Ediciones Palabra, 2013; 300 pp.; col. Astor; trad. de José Gabriel Rodríguez Pazos; ISBN: 978-84-9840-891-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 30 de enero de 2015

Sidra con Rosie,
de Laurie Lee, son unas nostálgicas y cálidas memorias de infancia del autor. Comienzan cuando termina la primera guerra Mundial, él tiene unos tres años, y su familia se instala en Cotswold, un pueblo situado en Gloucestershire. Describe su entorno, un valle: «vivir allí abajo era como vivir en la vaina de una habichuela. Sólo podías ver el lecho en el que estabas metido. Nuestro horizonte de bosques era el límite de nuestro mundo». Presenta su vida familiar, con su madre —una mujer con una alegría indestructible—, sus tres hermanastras mayores y sus dos hermanos, uno mayor y otro menor que él. Describe con afecto a distintos personajes excéntricos o, simplemente, mayores y con algunas manías.

Habla del humor bruto pero alegre y nada traumático de una infancia rural: cuando a los cuatro años ha de ir a la escuela y no quiere, sus hermanas le dicen que «”a los niños que no van a la escuela los meten en cajas y se vuelven conejos. Y luego les matan los domingos”. Pensé que esto era extremar un poco las cosas, pero no hice comentarios». O las descripciones de las maestras enérgicas que tuvo, amables y divertidas pese a que no dudaban en atizar a los chicos: de una decía que siempre le pillaba «descuidado, con la guardia baja, dado que la pena precedía a la acusación. Pero la acusación seguía inmediatamente, un buen chaparrón de reproches coléricos».

Comenta sin dramatismo algunas desgracias que vivió y presenció —inundaciones, un asesinato en el pueblo, la intervención bondadosa pero mortífera de unas Damas Visitadoras que obligaron a un matrimonio de ancianos a dejar su casa de siempre, sus mismas enfermedades de niño…—. Y varias veces señala que aquella vida era la propia del final de una época, una época que él pudo «heredar y conocer vagamente: la sangre y las creencias de generaciones que llevaban en aquel valle desde la Edad de Piedra. Aquel contacto continuo se ha roto al fin, las cuevas más profundas han quedado sepultadas para siempre. Pero llegando, como yo llegué, al final de aquella época, capté soplos de algo tan antiguo como los glaciares».

Laurie Lee. Sidra con Rosie (Cider with Rosie, 1959). Barcelona: Edhasa, 1986; 267 pp.; col. ; ilust. de John Ward; trad. de Ángela Pérez y José Manuel Álvarez; ISBN: 84-350-1315-4. Nueva edición en Madrid: Nórdica, 2014; 256 pp.; mismos traductores; col. Otras Latitudes; ISBN: 978-8416112371. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 8 de mayo de 2014

Los flamboyanes de Thika: memorias de una infancia africana, de Elspeth Huxley, son los recuerdos de la escritora de su infancia en Kenia, en los años previos a la primera Guerra Mundial. Empiezan cuando sus animosos padres, Robin y Tilly, se instalaron en una granja situada en Thika, unos kilómetros al norte de Nairobi. Su objetivo era convertirla en una floreciente plantación, una tarea que resultaría mucho más difícil, pero también más rica y variada, de lo que suponían.

La narración tiene calidad y unos acentos cordiales que, sin embargo, no impiden que se ponga de relieve la dureza de muchos sucesos. El objetivo de la escritora no es tanto hablar del mundo interior de la niña que era entonces, aunque sí dé pinceladas de su mundo interior y de sus reacciones, como reflejar las vidas de sus padres y vecinos europeos y de las gentes del lugar con las que se relacionan. Así, de los kikuyu la narradora dice que «recorrían el territorio sin que parecieran poseerlo, o tal vez debería decir sin dejar huella en él. A nosotros eso nos sorprendía: no habían aspirado a recrear, alterar o dominar el territorio ni a tenerlo bajo control». Para los masái, comenta, «la gloria de un hombre residía en sus manadas y rebaños, y si carecía de gloria, ¿qué clase de hombre era? A riesgo de perderlo todo, cualquier masái se creía capaz de defender lo suyo contra todos los contendientes, incluso contra el Gobierno».

Un aspecto de interés es ver con qué ironía se pone de relieve la mentalidad de los europeos en aquella época y lugar. Así, dice Tilly: «Cada vez que veo a una mujer kikuyu subir trabajosamente una colina con un bebé y un fardo de productos a la espalda que pesan un centenar de libras, me siento culpable»; y un vecino le replica: «¡Qué ridiculez! No son más que indígenas. ¿Esperas rebajarte a su nivel?». En esa misma conversación, Tilly dice que están allí para inculcar un poco de civilización, y hacer desaparecer la mugre, la enfermedad y la superstición…, a lo que otro colono replica: «En mi caso no vine a civilizar a nadie. Vine (…) para hacer fortuna. Luego volveré y me lo gastaré todo allí. Si eso ayuda a civilizar a alguien me alegraré por ello, pero también me sorprenderá». O cuando Tilly también manifiesta su convicción de que los indígenas aprenderán de los europeos a tratar a las mujeres con respeto, otro le dice que no cree tal cosa: «si hay una cosa que le sorprende de verdad [a un tal Ahmed] es la manera en que se comportan nuestras damas (..) Le horrorizan (…) en primer lugar sus contestaciones, y después su pereza. Ver a un hombre trabajar mientras una mujer se repantinga ofende su sentido del decoro».

Elspeth Huxley. Los flamboyanes de Thika: memorias de una infancia africana (The Flame Tress of Thika. Memories of an African Childhood, 1959). A Coruña: Ediciones del Viento, 2013; 349 pp.; trad. de Beatriz Iglesias Lamas; ISBN: 978-84-15374-54-1.

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viernes, 25 de octubre de 2013

El vino de juventud, de John Fante, es un conjunto de veinte relatos del autor, todos ellos en primera persona y con los mismos protagonistas, menos los dos últimos. Los doce primeros, publicados en 1940, cuentan incidentes de infancia y de juventud —de vida familiar, de vida parroquial, del ambiente entre los amigos del protagonista, de sus primeras rebeliones, etc.— del hijo mayor de dos emigrantes italianos, Guido Toscana y Maria Scarpi, que viven en Denver, Colorado. Los que narran las travesuras o malentendidos son realmente graciosos. Están ordenados de acuerdo con el crecimiento del héroe, por lo que, aparte de componer un buen cuadro ambiental, se pueden leer como una novela. Los interesados en Fante pueden acudir además a otra novela, Llenos de vida, que también tiene aires autobiográficos (y que a mí me gustó más que estas otras historias), sobre un joven escritor recién casado.

John Fante. El vino de juventud (The Wine of Youth, 1985). Barcelona: Anagrama, 2013; 316 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Antonio-Prometeo Moya; ISBN: 978-84-339-7867-7.

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viernes, 6 de septiembre de 2013

Wenguang Huang, un escritor y periodista chino que vive desde hace años en Estados Unidos, recuerda su infancia y juventud en la ciudad china de Xi’an, en El pequeño guardia rojo: unas memorias familiares. Habla de sus padres, comunistas convencidos, y de su abuela, una mujer analfabeta obsesionada con su enterramiento: no quiere ser incinerada, como manda el Partido, sino un entierro tradicional. El relato se centra en cómo puede organizar las cosas el padre de Huang para que actuar como quiere su madre no les cause problemas, y en cómo la obligación moral del respeto a los padres se acaba imponiendo a cualquier otra consideración, incluidas algunas que a otros les parecerán de sentido común.

Contra el telón de fondo de los acontecimientos históricos, el autor señala que creció en medio de una confusa fusión de ideologías y creencias; deja constancia del sistema de castigos feroz que se consideraba normal en la educación de los hijos; menciona historias populares que le contaban para ilustrar algún punto de conducta o para transmitir alguna enseñanza sabia; explica la vida de sus padres diciendo que «para ellos el matrimonio era una unión laboral para cuidar de los mayores y criar a los hijos»; hace notar cómo sus padres le aconsejaban prudencia en su época universitaria —«no destaques. El cazador siempre mata al líder de la manada»—… Su historia termina cuando vive ya en Estados Unidos y, tal como hace notar, ha llegado a tener una comprensión más serena de lo que vivió entonces.

Wenguang Huang. El pequeño guardia rojo: unas memorias familiares (The Little Red Guard. A Family Memoir, 2013). Barcelona: Libros del Asteroide, 2013; 304 pp.; trad. de Juan Castilla Plaza; ISBN: 978-84-15625-28-5.

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viernes, 31 de agosto de 2012

Después de haberlo incluido en El cielo a medio hacer, Nórdica ha vuelto a publicar Visión de la memoria, de Tomas Tranströmer, esta vez como libro independiente. En la nota previa señalé un comentario que hacía sobre abusos en la escuela. Pero, quizá, lo más destacado del libro sea lo bien que se recogen algunos sentimientos infantiles del autor. Por ejemplo, está muy bien descrita su atracción por el Museo de Historia Natural y cómo allí encontraba una magia especial que le ayudó a ver la naturaleza de otro modo: «tuve muchas vivencias de la belleza sin enterarme de ello. Me movía en el gran misterio. Aprendí que el suelo estaba vivo, que hay un interminable mundo reptante y volador que vivía su propia, rica vida, sin preocuparse en lo más mínimo de nosotros». Hay también algunas estupendas descripciones de comportamientos de profesor: el de los que se sentían inseguros ante los alumnos y debían pensar algo así como «no sé si podré ser querido, pero ¡al menos trataré de ser inolvidable!»; o el de los que actuaban como «divas coléricas que podían dedicar parte de la lección a construir una torre de indignación histérica, solamente para poder derramar allí su ira».

Tomas Tranströmer. Visión de la memoria (Minnena ser mig, 1993). Madrid: Nórdica, 2012; 71 pp.; trad. de Roberto Mascaró; ISBN: 978-84-15564-05-8.

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viernes, 25 de noviembre de 2011

La lectura de El cielo a medio hacer me ha sugerido poner aquí unos libros que leí y anoté, aunque de modo incompleto, años atrás: las autobiografías noveladas de infancia y juventud de los dos autores suecos que recibieron el Nobel conjuntamente el año 1974: Las ortigas florecen, de Harry Martinson, y Era el año 1914. Aquí tienes tu vida, de Eyvind Johnson.

Las ortigas florecen son unas memorias de la desgraciada niñez del autor. Cuando tiene siete años, después de que su madre lo abandona y su hermana mayor muere, es recogido por la parroquia que, a su vez, lo va entregando a distintas familias, cada cual peor que la anterior, hasta que, al asistir a la escuela, empieza a ver algo de luz. El tono poético en que se narran todos los sucesos suaviza bastante la narración y el mismo título lo dice todo de su enfoque.

El protagonista de Era el año 1914 es Olof, que abandona el hogar de su niñez y, a los doce años, trabaja como balsero en un río utilizado para el transporte de la madera; el trabajo es peligroso pero propicia un continuo contacto con la naturaleza y un compañerismo espontáneo, lo que facilita la entrada de Olof en el mundo adulto. Esta primera entrega de una colección de relatos más o menos autobiográficos del autor es una narración lenta, irónica y dura, en la que va poniéndose al descubierto el mundo interior de Olof: sus dudas interiores sobre Dios, el crecimiento de su vocación como escritor, su afición (y también su condena) a la soledad.

De ambos libros tengo buenos recuerdos: el de su vigor literario, el de ser buenos testimonios de unas épocas y unos ambientes que desconocía, y el de que, pesar de su dureza, no tenían acentos rencorosos o, al menos, no dejaban el mal sabor de boca tan propio de quien escribe para ajustar cuentas.

Harry Martinson. Las ortigas florecen (Nass Lorna Blomma, 1935). Barcelona: Plaza & Janés, 1976; 256 pp.; col. Reno; trad. de Ann-Christine Lundin; ISBN: 84-01-30176-9. Agotado.
Eivynd Johnson. Era el año 1914. Aquí tienes tu vida (Un var det 1914, Har har du ditt LIV!, 1934). Barcelona: Plaza & Janés, 1975; 304 pp.; col. Novelistas del día; trad. de Deerie Sariols; ISBN: 84-01-30168-8. Agotado.


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viernes, 18 de noviembre de 2011

El cielo a medio hacer,
del último premio Nobel, el sueco Tomas Tranströmer, contiene una antología de poemas y, al final, un texto autobiográfico, con escenas de infancia y juventud, titulado Visión de la memoria (1996). El cielo a medio hacer es un poema y el título del libro de poemas que lo contiene, de 1962.

Personalmente me han gustado algunos versos reflexivos, como, por ejemplo, estos de «Tábano dorado»:

«El mayor fanático es el mayor escéptico. Él no lo sabe.
Él es un pacto entre dos
según el cual el uno tiene que ser visible al cien por ciento y el otro invisible»,

(que me recordaron El Napoleón de Notting Hill).

Pero, sobre todo, me ha interesado el texto en el que recoge momentos interiores de su niñez y juventud. Un momento intenso es el que cuenta su forma de lidiar con los abusos de un chico mayor durante los años de la escuela primaria: «cuando se acercaba, yo fingía que mi Yo había volado lejos y que lo único que había quedado era un cadáver, un trapo que él podía manosear como quisiera. Entonces se cansó. Me pregunto qué ha significado para mi existencia el método de transformarse en un trapo sin vida. El arte de ser atropellado, conservando el amor propio. ¿No lo habré utilizado en exceso? A veces funciona, a veces no». Otro, al final, tiene que ver cuando descubre la precisión de los versos de Horacio y averigua las reglas de la poesía: «A través de la forma (¡la Forma!) algo podía ser elevado. Las ruedas de oruga habían desaparecido, las alas se abrieron. ¡No había que perder la esperanza!»

Tomas Tranströmer. El cielo a medio hacer. Madrid: Nórdica, 2010; 272 pp.; trad. de Roberto Mascaró; prólogo de Carlos Pardo; ISBN: 978-84-92683-17-8.

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viernes, 26 de agosto de 2011

Otras memorias infantiles que anteceden a, y que se podrían poner en paralelo con Miguel Street, son las recogidas en Chiquinho, del caboverdiano Bastasar Lopes. Es un libro que deja un buen sabor de boca porque, al hablar de otras gentes y otros ambientes, lo hace con calor pero sin énfasis innecesarios, con veracidad pero sin el rencor infantiloide que a veces asoma en obras semejantes. La consecuencia es que así amplía los horizontes mentales y la capacidad de comprensión del lector.

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viernes, 19 de agosto de 2011

Algunos libros de recuerdos infantiles contienen una memorable colección de personajes singulares que tal vez lo eran porque así los veía el narrador. Un ejemplo es Miguel Street, de V. S. Naipaul, que carga mucho el acento en las peculiaridades de unos tipos que, en el fondo, son unas personas excelentes, unos «románticos incurables».

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viernes, 22 de julio de 2011

Otras
memorias de infancia ficcionadas ambientadas en Grecia, también con acentos líricos y nostálgicos: Tierra de Eolia, de Ilias Venezis.

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viernes, 15 de julio de 2011

Dos libros poco conocidos que, cuando los leí hace años, me interesaron y me gustaron: El demonio y Cuentos de la niñez, del griego Yorgos Zeotokás. Tienen mucho de memorias ficcionadas de infancia y juventud, llenas de añoranza, que se distinguen de obras semejantes de otros lugares por su dolorosa conciencia de vivir a la sombra de una historia gloriosa: «En la antigüedad —piensa el narrador— pasaban por estas mismas calles nuestros emperadores, y ahora pasa hasta el último gato».

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martes, 7 de diciembre de 2010

Rojo país, río amarillo,
de Ange Zhang, se puede colocar en línea con relatos como Mao y yo, La chica del pañuelo rojo, o Nieve en primavera, y es un ejemplo más del aumento de relatos autobiográficos que, poco a poco, van dando cuenta de cómo fue la vida en la China comunista de Mao. Más adelante llegarán los que hablen de la China dictatorial posterior.

Ange Zhang (Pekín, 1953), escenógrafo en la Ópera Nacional de Pekín antes de emigrar a Canadá en 1989, cuenta su infancia y juventud en China. Comienza su narración cuando, en 1966, tiene trece años y vivía con su familia en el centro de Pekín. Habla de las penalidades que sufrieron sus padres y del adoctrinamiento al que le sometieron, y al que se sometió, durante la Revolución Cultural. Y termina su relato cuando, a la muerte de Mao en 1976, vuelve a casa de sus padres y solicita ingresar en la Escuela Estatal de Teatro.

El autor no ha tenido la intención de componer un álbum sino de contar su historia de niño abducido por la propaganda y por los acontecimientos, y de acompañarla de unas poderosas ilustraciones, muy bien compuestas, algunas con la fuerza propia de los grandes murales obreristas, otras más intimistas y poéticas. Al hilo de la narración incluye algunas fotografías familiares y, en un epílogo, se da información acerca de la Revolución Cultural.

Ange Zhang. Rojo país, río amarillo (Red Land, Yellow River: A Story from the Cultural Revolution, 2004). Salamanca: Lóguez, 2009; 58 pp.; col. La joven colección; trad. de Lorenzo Rodríguez García; ISBN: 978-84-96646-44-5.

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miércoles, 21 de julio de 2010

Un relato con acentos autobiográficos: La infancia de Nikita, de Alexei Tolstoi. Es como un retrato de la educación de un niño ruso de clase alta casi un siglo después de la que León Tolstoi (ningún parentesco con el anterior) cuenta en la primera parte de Infancia, adolescencia y juventud.

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jueves, 24 de junio de 2010

Otro libro más sobre lo que significó crecer en un mundo comunistaNieve en primavera, una narración autobiográfica de Moying Li, que puede unirse a historias como La chica del pañuelo rojo, de Jili Jiang, o Mao y yo, de Chen Jiang.

La autora, hoy en Estados Unidos, cuenta su infancia y adolescencia en China y, en especial, todo lo que supuso, para ella y su familia, la Revolución Cultural que ocurrió cuando ella tenía doce años. Habla de sus estudios de idiomas, de su refugio en la literatura, del cambio que significó en su vida encontrar al señor Hu, un antiguo editor y traductor. Tiene gran peso la figura de la abuela, Lao Lao, cuyo nombre de pila, Zhen, significa Lealtad.

El libro está bien narrado, con calma y con viveza. Al emplear un tono sereno, cumple bien su función testimonial: hablar de un mundo que conocemos poco, dar a conocer vidas de gente que ha sufrido, mostrar la inhumanidad de la ideología comunista. Toda la historia subraya cómo el apoyo familiar terminó siendo el único refugio de libertad contra los abusos del poder.

Li, Moying. Nieve en primavera (Snow Falling in Spring, 2008). Barcelona: Bambú, 2009; 204 pp.; col. Vivencias; trad. de Noemí Risco; ISBN: 978-84-8343-091-0.

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viernes, 30 de octubre de 2009

Dos libros alemanes que pueden llamarse de memorias infantiles: La Casa de la Infancia, de Marie Luise Kaschnitz, y Venganza tardía, de Ernst Jünger. Son relatos reflexivos, que hablan de la huella que dejaron los sucesos de la infancia en los autores y que se reconoce como tal muchos años después.

El primero tiene como protagonista y narradora a una mujer racional y sensata, de unos cincuenta años, que no tiene un especial interés en recordar su niñez. Pero un día le preguntan por la calle por el Museo de la Infancia, que a ella no le suena de nada y, a partir de ahí, comienza un vaivén de recuerdos y reflexiones.

El segundo es una novela póstuma en la que su autor narra sobre todo recuerdos colegiales. Su protagonista, Wolfram, es un chico muy soñador que vive con sus abuelos, que no se adapta bien a la vida escolar, y que tiene la mente repleta de las aventuras de Robinson Crusoe y Old Shatterhand.

Los dos son relatos que tienen menos una voluntad narrativa, como la de quien desea contar algo del modo más claro posible, que una voluntad reinterpretativa, como la de quien quiere ahondar en las raíces de la vida posterior. Tienen también en común que hablan de niños que se sabían no queridos, o no suficientemente queridos, y que buscaban a tientas distintas formas de remediar su desamparo afectivo.

Se diferencian en que la novelita de Kaschnitz se desarrolla por momentos en un clima onírico y es un tanto surrealista; mientras que la de Jünger es lineal y principalmente se centra en la formación singular de un niño con un mundo interior propio que los adultos que le rodean no comprenden.

Son, por tanto, novelitas de interés para los interesados o en los autores y su época, o en la infancia y en aspectos de la que cabría llamar la construcción intelectual y emocional de la personalidad. O, dicho de otro modo: para mí han sido buenas lecturas pero son experiencias vitales demasiado literaturizadas para gustar a una mayoría de lectores. Los posfacios de ambas dan más datos.

Marie Luise Kaschnitz. La Casa de la Infancia (Das Haus der Kindheit, 1956). Barcelona: Minúscula, 2009; 137 pp.; trad. de Rosa Pilar Blanco; posfacio de Cecilia Dreymüller; ISBN: 978-84-95587-54-1.
Ernst Jünger. Venganza tardía (Sp. R. Drei Schulwege, 1991). Barcelona: Tusquets, 2009; 116 pp.; trad. y posfacio de Enrique Ocaña; ISBN: 978-84-8383-114-4.

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viernes, 26 de junio de 2009

Chico de barrio
es la única novela de Ermanno Olmi, un conocido guionista y director de cine perteneciente a la tradición del neorrealismo italiano. La compuso con ocasión de una enfermedad, que le obligó a dejar el cine por un tiempo, y en ella dejó constancia de sus recuerdos de infancia y adolescencia durante la segunda Guerra Mundial, cuando vivía con sus padres en Bovisa, un barrio obrero de las afueras de Milán. La historia es sencilla pero está bien contada y respira veracidad. Se narran sucesivas escenas cortas en las que se presentan a los padres del narrador, a su hermano y a sus vecinos; en ellas se contienen anécdotas, normalmente pequeñas, que reflejan las inquietudes y curiosidades propias del crecimiento del protagonista, contra el telón de fondo de la guerra y las privaciones y sufrimientos del momento. No es una obra genial pero sí es una historia honrada.

Ermanno Olmi. Chico de barrio (Ragazzo della Bovisa, 2004). Barcelona: Libros del Asteroide, 2009; 181 pp.; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 978-84-936597-7-6.

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miércoles, 24 de junio de 2009

Veo una nueva reedición de Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell, un buen pretexto para poner aquí un comentario de ese libro, unas fascinantes memorias de infancia llenas de gente rara —como dice la madre del autor—, y otro de El paquete parlante, para mí el mejor de los libros infantiles del autor entre los que conozco, que por otra parte son todos ellos divertidos y de buen nivel.

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viernes, 17 de abril de 2009

No recomendaría Un chiquillo y otros más que a quienes ya son buenos conocedores de Henry James. El libro, iniciado con la intención de componer un recuerdo de su hermano William James, se transformó en unas memorias de infancia del propio Henry en busca de mostrar cómo nacieron y se desarrollaron sus intereses literarios y artísticos. Lo cierto es que acaba resultando arduo y que muchas digresiones tienen poco atractivo salvo, para la clase de lector que soy yo, algunas consideraciones acerca de la influencia que tuvieron en él autores como Dickens o acerca del entusiasmo que le provoca Töpffer, algunas observaciones al paso como la de que para él Londres le recordaba más a William Hogarth que a George Cruikshank, y, sobre todo, las referencias que hace a la educación que les dio su padre, a quien lo único que le importaba es que no fuera mogigato: «solo le importaba la virtud que más o menos se avergonzaba de su nombre», tenía «el más fuerte instinto para lo humano y el más vivo rechazo hacia lo literal».

A quien tenga interés en los hermanos James, le gustará conocer «Para que sirven los novelistas», un artículo en el que Chesterton los compara y dice: «Me parece que donde falló William James es exactamente donde triunfó Henry James: al crear con sombras suaves y casos dudosos todo un argumento. Eso puede hacerse muy bien en una novela, pues sólo exige ser excepcional. No puede hacerse en la filosofía, pues debe exigir ser universal. El pragmatismo [de William James] falla porque es un cosmos hecho de retazos. Pero los cuentos son mejores si se los hace de retazos, especialmente cuando son muy extraños». Es decir, «el error de William James reside en que no puso, como su hermano, sus ideas en novelas, donde tal oportunismo es muy apropiado. Trató de crear un sistema cósmico con esos accidentes y ese oportunismo, y el sistema no es sistemático. La comparación sugiere que los novelistas, después de todo, pueden tener cierta utilidad».

Henry James. Un chiquillo y otros (A Small Boy and Others, 1913). Valencia: Pre-Textos, 2000; 376 pp.; col. Narrativa Clásicos; prólogo, trad. y notas de José Manuel Benítez Ariza; ISBN: 84-8191-331-6.
G. K. Chesterton. «Para qué sirven los novelistas». El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad (The Common Man, 1950). Buenos Aires: Lohlé-Lumen, 1996; 240 pp.; no conozco el traductor; ISBN: 950-724-589-8. En librodot.com.


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miércoles, 21 de enero de 2009

Leí hace poco las memorias de James Graham Ballard, un autor singular. No me atrajeron mucho, debo decir, aunque sí me interesó conocer su infancia en Shanghai, durante la segunda Guerra Mundial, y las diferencias que señala entre lo que vivió en realidad y lo que contó en su novela El imperio del Sol.

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martes, 16 de diciembre de 2008

Acabo de leer Mis recuerdos, memorias de infancia y juventud de Rabindranath Tagore, un autor al que se puede incluir en la literatura infantil por su obra teatral El cartero del Rey.

De Mis recuerdos me ha interesado lo que tiene de acercamiento al mundo hindú, que tan poco conozco, y lo que cuenta del itinerario formativo del autor; y me han parecido destacables algunas observaciones al paso acerca de la infancia y de cuestiones educativas, como estas dos:

«Veo con claridad que el error está en juzgar a los chicos por el baremo de los adultos, olvidando que un niño es rápido y móvil como una corriente de agua y que no es necesario que cualquier impureza cause gran alarma, porque la velocidad de la corriente es en sí misma el mejor correctivo. Cuando aparece el estancamiento, es entonces cuando hay peligro. Por ello es el maestro, más que el pupilo, quien tiene que evitar comportarse de forma incorrecta».

«Cualquiera que retroceda hasta su temprana niñez estará de acuerdo en que lo que más le enriqueció fue a menudo aquello que sobrepasaba su capacidad de entendimiento. Nuestros kathakas lo saben muy bien: cuando ofrecen recitales públicos, sus narrativas siempre tienen una buena porción de sonoras palabras en sánscrito y de oscuros comentarios, calculados no para ser comprendidos del todo por sus sencillos oyentes, sino para sugerir».

Rabindranath Tagore. Mis recuerdos (My reminiscences, 1917). La Coruña: Ediciones del Viento, 2008; 224 pp.; trad. de Isabel García López; ISBN: 978-84-96964-18-1.

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jueves, 19 de julio de 2007

Hace unas semanas cogí para leer Tragedia de la infancia, de Alberto Savinio, guiado por el comentario de la solapa de que Leonardo Sciascia lo consideraba «el mayor escritor italiano de entreguerras. Sin embargo no atendí como debía al texto de la contracubierta en el que se decía que fue un escritor que «predicaba la profundidad de la superficialidad». Total, no me ha interesado ninguna de las escenas de infancia que se narran, ni por su contenido ni por su estilo engolado. Se pueden dominar muchos recursos de un idioma y tener poco que decir.

Me interesó un poco más El castillo alto, las memorias de infancia de Stanislaw Lem, que cogí porque Lem fue un escritor especialmente culto y listo, a pesar de que las novelas suyas que conozco me parecen plúmbeas. De todos modos, y aunque anoté algunas consideraciones irónico-intelectuales que me han gustado, también fue una decepción y en ningún momento enganché con la narración.

Alberto Savinio. Tragedia de la infancia (Tragedia dell’infanzia). Valencia: Pre-Textos, 2007; col. Contemporánea; trad. de César Palma; ISBN: 978-84-8191-799-4.
Stanislaw Lem. El castillo alto (Wysoki Zamek, 2005). Madrid: Funambulista, 2006; col. Literadura; trad. de Andrzej Kovalski; ISBN: 978-84-96601-18-5.

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viernes, 9 de febrero de 2007

Otros magníficos relatos más o menos autobiográficos de infancia y juventud, esta vez en ambientes muy distintos a los ya citados de Aquilino Duque y Muñoz Rojas, y también de un poeta excepcional, son los que firma el galés Dylan Thomas: En casa del abuelo y otros relatos, Retrato del artista cachorro.

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