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Notas del archivo 'Ilustración' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 30 de julio de 2016

Leer el Quijote en imágenes. Hacia una teoría de los modelos iconográficos, de José Manuel Lucía Megías, es un claro y documentado libro, con multitud de ilustraciones, acerca de cómo se prepararon y difundieron las primeras ediciones ilustradas del Quijote. En él se da mucha información sobre la recepción del Quijote en distintos países europeos —en particular, la influencia que tuvo en importantes escritores ingleses, que tomaron a Cervantes como modelo a seguir—, y se pone de manifiesto cómo las distintas formas en que se leyó e interpretó la obra de Cervantes, durante los primeros siglos de su difusión, estuvieron estrechamente vinculadas con las ilustraciones que acompañaron las distintas ediciones.

El autor explica, primero, cómo las ilustraciones de un relato sirven para destacar, complementar e interpretar determinados momentos de la narración. Es decir: no son un adorno más, puesto que reproducen la realidad de quien lee, más incluso que la realidad de aquello que está escrito, y por tanto crean un modo de comprender visualmente lo que se lee. Por tanto, cuando se prepara un «programa iconográfico» de una obra, un conjunto de ilustraciones, se desean destacar unos aspectos y no otros; luego, ya en los grabados o las ilustraciones concretas de algunos momentos narrativos, vemos la lectura personal que el ilustrador hace del texto en el que se apoya; y, en tercer lugar, el lenguaje iconográfico utilizado está compuesto por imágenes que son como espejos acomodados a los receptores coetáneos.

Con esas bases, el autor explica cómo el primer programa iconográfico que se hizo del Quijote, el holandés de 1657, proponía una lectura humorística de la novela, a la que veía como un libro popular y de caballerías de entretenimiento. Luego, de una edición holandesa de los años 1672-1673 tomaron pie los planes iconográficos y las ediciones posteriores de Francia, Gran Bretaña y España. El francés hacía una lectura cortesana del Quijote, que no se presentaba como una obra cómica sin más, sino como una sátira contra la antigua caballería feudal. El modelo iconográfico inglés, sin embargo, se fijó más bien en lo que el Quijote tiene de sátira moral contra malas costumbres sociales como la lectura desaforada de novelas. Luego, a partir del modelo iconográfico inglés de 1738, se formuló el español, con la intención de rescatar al Quijote de malas lecturas del pasado y ofrecer una buena edición para los lectores españoles cultos que pusiera el acento en su condición de fábula burlesca y de sátira de tipo ético.

José Manuel Lucía Megías. Leer el Quijote en imágenes. Hacia una teoría de los modelos iconográficos (2006). Madrid: Calambur, 2006; 508 pp.; col. Biblioteca Litterae; ISBN: 84-96049-99-X. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 30 de abril de 2016

Álbum[es], de Sophie van der Linden, es un libro excelente, y magníficamente compuesto, acerca de los libros-álbum o de los libros que muchos solemos llamar álbumes ilustrados. Me ahorro explicaciones remitiendo a esta reseña, donde se habla de su contenido. Está muy bien también el apartado titulado Complementos, realizado por Teresa Durán, que son como notas a pie de página en las que se añaden precisiones y ejemplos de más álbumes, y los dos apéndices firmados por Teresa Durán y por Ana Garralón sobre los álbumes en España y en América Latina.

Entre las muchas cosas que me han interesado, una es la clasificación que hace de los álbumes en tres tipos básicos que, resumidamente y a mi modo, sería como sigue:

Uno, el de «los álbumes ilustrados»: en ellos el relato con palabras es lo primero cronológicamente y es la base de la narración; en este caso estarían, por ejemplo, aquellos cuentos clásicos ilustrados a partir del relato original (por ejemplo, esta edición de El Gato con Botas). Otro, el de «los álbumes narrativos»: en ellos la narración se basa en una combinación inseparable entre texto e imágenes (por ejemplo, Donde viven los monstruos o los cuentos clásicos transformados en nuevas historias al modo de Snow White in New York). Y otro más, «los álbumes gráficos»: en ellos todo se articula en una composición global que da prioridad total a lo visual y a la componente objetual del libro —a su formato, a su escala y tamaño, etc.— (por ejemplo, muchos de Bruno Munari o álbumes concebidos para sacar el máximo partido a su condición de libros impresos como Espejo).

Lo anterior habría que matizarlo luego caso por caso pues, por un lado, todos los álbumes son ilustrados, narrativos y gráficos; y, por otro, es cierto que algunos pertenecerían principalmente a un grupo y secundariamente a los otros.

Sophie van der Linden. Álbum[es] (Album(s), 2013). Barcelona: Ekaré, Variopinta, Banco del Libro, 2015; 128 pp.; trad. y adaptación de Teresa Durán; apéndices sobre el álbum en España de Teresa Durán y sobre el álbum en América Latina de Ana Garralón; ISBN: 978-84-944291-0-1. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 12 de diciembre de 2015

Después de los excelentes Imágenes que cuentan: nueva ilustración de libros infantiles y El arte de ilustrar libros infantiles: concepto y práctica de la narración visual, Martin Salisbury ha publicado 100 joyas de la literatura infantil ilustrada, un comentario a cien obras ilustradas, no todas ellas álbumes como tales. Abarcan el siglo XX —la primera es de 1910— y se interna en el siglo XXI —la última es de 2014—. Cada una va en una doble página con varias ilustraciones del interior del libro, con alguna o algunas indicaciones sobre ellas, y un breve texto explicativo en una columna en la derecha. Se hacen referencias a las técnicas de impresión y confección del libro, aspectos que al autor le interesan especialmente.

Las elecciones responden a los gustos y los muchos conocimientos de Salisbury, además de al hecho de poder disponer físicamente del libro que comenta. Esto quiere decir que, a veces, opta por presentar una obra menos popular de algún autor; que dedica más atención a quienes fueron innovadores en cuestiones de diseño y de técnicas gráficas; que abundan las referencias a libros ilustrados ingleses de las décadas posteriores a la segunda Guerra Mundial, que fueron los que conoció más en su infancia y juventud; que sus elecciones de los últimos años responden a su relación particular con los libros y sus autores. Esos presupuestos —que son lógicos pues es imposible abarcarlo todo, y honrados pues se confiesan abiertamente—, tienen también la ventaja de que facilitan el acercamiento a libros o autores que universalmente son menos conocidos.

Martin Salisbury. 100 joyas de la literatura infantil ilustrada (100 Great Children’s Picture Books, 2015). Barcelona: Blume, 2015; 210 pp.; trad. de Antøn Antøn; ISBN: 978-84-9801-824-0. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 30 de abril de 2015

No había visto hasta hace poco una cuidada edición en castellano, con buenos prólogos explicativos y aclaratorias notas finales, de dos relatos significativos del modo de hacer, y del pensamiento e intereses, de Rodolphe Töpffer: Monsieur Crépin (1837) y Monsieur Pencil (1840). El primero ataca ciertos métodos educativos fraudulentos y la pseudo-ciencia de moda en su época; el segundo tiene intenciones de sátira política y se puede considerar que Monsieur Pencil tiene algo del propio Töpffer.

En ambos se ve su estilo característico, de dibujos apresurados y textos irónicos, así como su concepción de lo que llamaba «literatura en estampas». Viene bien saber que su autor componía estas historias como un pasatiempo y estaba lejos de imaginar la importancia que un medio así tendría en el futuro. Como apunté arriba, sus argumentos, surrealistas, o de nonsense si se quiere, son fuertemente irónicos contra diversas costumbres sociales y actitudes vitales de su tiempo, ya se ve que no tan diferente al nuestro.

Rodolphe Töpffer. Historias en imágenes: Monsieur Crépin y Monsieur Pencil (trad. de una edición norteamericana de 2007). Valencia: El Nadir, 2012; 184 pp.; trad. de René Parra y Emma Tiddia; introducción, sinopsis y notas de David Kunzle; ISBN: 978-84-92890-56-9. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 3 de abril de 2012

Que los niños son «formidables observadores» a los que no les gusta la confusión es una idea básica de Writing with Pictures, de Uri Shulevitz, un muy buen manual de cómo se ha de preparar y cómo ha de ser un álbum ilustrado. Con orden y sentido práctico, pues abundan los ejemplos de su propio trabajo y de otros ilustradores, el autor transmite su experiencia y explica los pormenores de la construcción de los álbumes.

Uno de los puntos en los que insiste es que una historia infantil en un álbum ha de ser comprensible y estar bien contada. Habla de que el problema real de un autor de álbumes es tener un unclear thinking y que su objetivo, al desarrollar una secuencia de imágenes, ha de ser hacerla tan clara y precisa como ha de serlo la señalización de una carretera. Además, la claridad en la comunicación es básica para que un lector disfrute.

Otra idea que subraya es la de que la primera obligación de cualquier autor es el libro en sí mismo y no su audiencia: «un libro feliz hace feliz a su autor», dice. Pero esto lo complementa con que las buenas historias infantiles han de satisfacer a sus lectores y ayudarles a crecer, pues pueden enseñar, tranquilizar, fortalecer, inspirar, entretener…, objetivos que no se alcanzan cuando sus desenlaces los dejan frustrados o desalentados.

Uri Shulevitz. Writing with Pictures. How to Write and Illustrate Children’s Books (1985). New York: Watson-Guptill Publications, 1985; 271 pp.; ISBN: 0-8230-5935-9.

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martes, 20 de marzo de 2012

Después de Quitar en vez de añadir y de Sin códigos secretos, una cita más de Bruno Munari en la misma dirección, pero precedida de un comentario de Malcolm Gladwell que abunda en la idea.

Dice Gladwell que quienes hicieron todo el trabajo preparatorio a la emisión de Barrio Sésamo comprobaron que los niños ven la televisión cuando pueden comprender lo que ven y dejan de hacerlo cuando lo que aparece les confunde. Ellos pensaban que un personaje que hacía juegos de palabras era gracioso pero lo eliminaron cuando vieron que los niños lo detestaban. Descubrieron que a los niños no les gustaba ver a los actores enzarzarse en una discusión, ni soportaban las escenas en las que dos o tres personas hablaban a la vez: aunque los editores adultos pensaban que las escenas de confusión les resultaban emocionantes, las pruebas confirmaron que a los niños les aburrían. Aunque, al principio, siguiendo las opiniones de los consejeros científicos, separaron las escenas de fantasía y realidad porque, supuestamente, podían resultar engañosas para los niños, finalmente no actuaron así: los niños perdían interés en las escenas filmadas en calles reales, que para ellos era un soso mundo de adultos, pero se reavivaba en cuanto aparecía de nuevo un teleñeco.

Esto se puede unir con unas observaciones de Bruno Munari acerca de qué gusta a los niños y qué gusta a los padres: «un buen libro para niños, con bellas figuras expresivas, con una historia justa, impreso sin lujo, no tendría éxito alguno (cerca de ciertos padres), pero gustaría mucho a los niños». Y sigue: «un buen libro para niños, de los tres a los nueve años, debiera narrar una historia muy elemental y mostrar figuras enteras, en colores, muy claras y precisas. Los niños son formidables observadores y advierten muchas cosas que los adultos con frecuencia no perciben; en un libro mío, [Nella notte buia], en el que experimenté las posibilidades comunicativas de diversas clases de papel, hay, en el primer capítulo, en papel negro, un gato que sale fuera de una página y mira la página siguiente. Muchos adultos no han advertido este curioso hecho». Y «las historias deberían ser sencillas como sencillo es el mundo de los niños: una manzana, un gato (los animales pequeños les interesan más que los grandes), el sol, la luna, una hoja, una hormiga, una mosca, una mariposa. El agua, el fuego, el tiempo (los latidos del corazón)».

Malcolm Gladwell. The Tipping Point: cómo pequeñas cosas pueden provocar una gran diferencia (2000). Madrid: Espasa, 2001; 294 pp.; trad. de Inés Belaustegui Trias; ISBN: 84-239-8731-0.
Bruno Munari. El arte como oficio (Arte como mestiere, 1966, artículos publicados en Il Giorno). Barcelona: Labor, 1991; 175 pp.; col. Labor; trad. y prólogo de Juan-Eduardo Cirlot; ISBN: 8433535064.

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miércoles, 22 de febrero de 2012

Otras dos ideas de Bruno Munari más que aplicables a los álbumes ilustrados:

En el campo del lenguaje y la comunicación visual «no existe el artista que dice: yo lo veo así, y los demás que se arreglen; si no lo comprenden, peor para ellos. [La imagen personal del mundo de un artista] sólo tiene un valor si la comunicación visual, el soporte de la imagen, tiene un valor objetivo, ya que en otro caso se entra en el terreno de los códigos más o menos secretos, en el que solamente algunos mensajes pueden ser entendidos solamente por algunas personas, y entre ellas, aquellas que ya conocen de antemano el mensaje».

«Cada medio de comunicación visual se ha de utilizar de acuerdo con sus características y sus posibilidades; creo que es un error intentar hacer literatura con los colores al óleo, hacer filosofía con la cultura, hacer teatro con el cine, hacer arte visual con la literatura y así sucesivamente. Sin duda puede hacerse, de la misma manera que puede ararse un campo de trigo enganchando el arado a un Cadillac de oro macizo, pero creo que es mejor utilizar un medio de acuerdo con sus posibilidades».

Bruno Munari. Diseño y comunicación visual: contribución a una metodología didáctica (Design e comunicazione visiva. Contributo a una metodología didatica, 1973, 6ª ed. ampliada). Barcelona: Gustavo Gili, 1987, 9ª ed.; 365 pp.; col. Diseño; trad. de Francesc Serra i Cantarell; ISBN: 8425212030.

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martes, 21 de febrero de 2012

Algunas veces se cita, como primer libro-álbum singular, Sobre dos cuadrados (1922), del diseñador gráfico El Lissitzky (1890-1941).

Y, con ocasión de algunos álbumes experimentales, a veces se habla del trabajo que hizo Warja Lavater (1913-2007), una diseñadora suiza que preparó unos álbumes acordeón que narran cuentos clásicos por medio de símbolos. En la bibliografía de su voz de Wikipedia se remite a lugares donde se pueden consultar varios álbumes completos como, entre otros, Blancanieves y Cenicienta.

No sé decir cuánta fue la influencia real de estas obras en los libros infantiles posteriores. En cualquier caso, me parece significativo que quienes sabían mucho de nuevas formas gráficas y han dejado álbumes memorables no pensaron nunca en experimentar con el niño como lector: buenos ejemplos son Bruno Munari, Leo Lionni o Paul Rand.

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miércoles, 15 de febrero de 2012

Ya que mencioné ayer a Bruno Munariun texto suyo, útil para pensar cómo ha de ser la ilustración en los libros infantiles, es éste:

Al estudiar el tipo de soporte más adecuado al tipo de información que se ha de transmitir, para transmitirla de una manera más completa, «se han de tener en cuenta el tipo de receptor y sus condiciones fisiológicas y sensoriales que, actuando como filtros, dejan pasar o no la información. Por ejemplo, el grado cultural de una determinada masa de público al que se le quiere dar un determinada información, se ha de tener en cuenta, pero no de la manera que lo hacen algunos publicitarios actualmente, que creen que siendo la categoría del público poco inteligente, se le han de dar mensajes estúpidos. En todo caso deben ser muy claros (lo cual exige un mayor trabajo de investigación, y por lo tanto no se hace). Con los niños se ha de ser muy sencillo y a la vez muy claro, y nada estúpido, ya que en otro caso no van a entender nada. Esto lo saben muy bien quienes se dedican a hacer libros para niños.

Siempre se trata de un problema de claridad, de simplicidad. Se ha de trabajar mucho, para quitar en lugar de para añadir. Quitar lo superfluo para dar una información exacta, en lugar de añadir para complicar la información».

Bruno Munari. Diseño y comunicación visual: contribución a una metodología didáctica (Design e comunicazione visiva. Contributo a una metodología didatica, 1973, 6ª ed. ampliada). Barcelona: Gustavo Gili, 1987, 9ª ed.; 365 pp.; col. Diseño; trad. de Francesc Serra i Cantarell; ISBN: 8425212030.

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jueves, 24 de noviembre de 2011

La lectura, tanto en la primera comprensión de lo leído como en la reflexión e incorporación que viene después, supone, además de un aumento de las competencias literarias, una entrada en otros mundos y, de acuerdo con eso, una mayor amplitud mental y un reajuste de las propias experiencias. Entre otras cosas, con las historias aprendemos que la vida es, o se parece a, un haz de relatos y que, por tanto, tiene unas dimensiones fenomenológicas no lineales que, mal que bien, intentamos atrapar mediante la construcción de tramas narrativas. En ese trabajo se aprecia que los hombres tenemos «un potente deseo de extraer algún tipo de memoria coherente de nuestra cáotica y fragmentada experiencia vital, una historia elocuente que pueda transmitirse a otras personas». Luego, cada creador de relatos intenta conseguirlo a su modo y, en concreto, autores como Shaun Tan piensan que algunas ideas «pueden expresarse tan sólo a través del lenguaje silencioso de las imágenes» y que muchas emociones que son difíciles de articular mediante palabras pueden ser expresadas gráficamente. Estas últimas frases las dice cuando explica el proceso creativo que le llevó a publicar Emigrantes en Esbozos de una tierra sin nombre, un libro admirable por lo que revela de su trabajo y por la claridad de sus explicaciones.

Shaun Tan. Esbozos de una tierra sin nombre. El proceso de creación de Emigrantes (Sketches from a Nameless Land, 2010). Granada: Barbara Fiore, 2011; pp.; trad. de Carles Andreu y Alberto Vitó; ISBN: 978-84-15208-08-2.

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miércoles, 27 de julio de 2011

Alicia en el País de las maravillas
es un libro que han «versionado» muchos ilustradores consagrados. Para ellos significa enfrentarse a una historia que les permite desplegar su talento y su imaginación, ofrecer su propia lectura de un texto que todos conocemos, y afrontar el desafío de la comparación con el trabajo de otros colegas para ver si, con el paso del tiempo, el suyo logra ser uno de referencia. La interpretación que hace Rébecca Dautremer de la historia de Carroll será, seguramente, una de esas versiones que muchos recordarán en el futuro. Y no sólo porque la popularidad de Dautremer le conseguirá muchos lectores hoy, sino porque, como cabría esperar, ha hecho un trabajo con personalidad propia.

Es un acierto que la edición no se complique la vida y alterne dibujos en blanco y negro, excelentes, con ilustraciones de página o doble página completa, unas un poco anodinas pero varias impactantes y con multitud de detalles en los que fijarse. Pero, lógicamente, lo importante es cómo Dautremer transmite los sentimientos de fascinación e inquietud de la historia, más adulta que infantil, y con qué ciudado construye sus imágenes. En este sentido, vale la pena detenerse a ver la contraportada: en el que podría parecer un dibujo abigarrado se contienen todas las claves de las ilustraciones del interior —pues no hay detalle de cada una que no esté representado también en ese dibujo—, aparte de que responde también a lo que sugiere la historia de que todo fue un sueño de Alicia.

Lewis Carroll. Alicia en el País de las Maravillas (Alice´s Adventures in Wonderland, 1865). Ilust. de Rébecca Dautremer. Zaragoza: Edelvives, 2011; 137 pp.; trad. de Elena Gallo Krake; ISBN: 978-84-263-7969-6

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miércoles, 11 de mayo de 2011

Como su título sugiere, El Rey Pájaro y otros esbozos contiene dibujos preliminares de Shaun Tan, unos que luego fueron incorporados a sus libros y otros que no. Es uno de esos libros que un autor respetado y con muchos seguidores se puede permitir.

El autor hace una introducción general y pone un texto antes de cada uno de los apartados en los que agrupa sus dibujos —«Historias no contadas», «Libros, cine y teatro», «Dibujos del natural», «Cuadernos», «Guardas»— y, al final, en un índice donde titula cada dibujo, añade comentarios. Es un libro interesante para quienes sigan al autor, reciente Premio Andersen, y para quienes deseen acercarse a su proceso creativo, que si por una parte se parece tanto al de otros, por otra también revela claves de un ilustrador tan especial, o tan distinto a muchos, como Tan.

Apunto tres asociaciones que me han venido a la mente al leer sus comentarios.

Una, en «Libros, teatros y películas» dice que «los esbozos rápidos son fundamentales» y «poseen también una maravillosa ambigüedad embrionaria»: observaciones de Jean Guitton de las que dejé una nota en Pistas que no vienen en los mapas.

Otra, en «Dibujos del natural» dice que «a pesar de que una fuerte vena de fantasía recorre gran parte de mi obra como ilustrador, lo baso todo en un minucioso estudio del mundo real. De hecho, hay pocas cosas que me gusten más que el dibujo de observación»: el famoso aforismo de Wallace Stevens que indico en Lo real es la base.

Y una tercerca, en «Cuadernos de notas» afirma que «me sorprende lo que puede llegar a surgir de lo absurdo, y cómo la yuxtaposición de extrañas imágenes sobre una página permite que descubramos cosas inesperadamente, cazando ideas que de otro modo podrían quedar ocultas entre las olas»: La fe y el absurdo, La literatura del futuro.

Shaun Tan. El Rey Pájaro y otros esbozos (The Bird King and other sketches, 2010). Granada: Barbara Fiore, 2011; 128 pp.; trad. de Carles Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-15208-02-0.

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lunes, 9 de agosto de 2010

Pongo voces de tres ilustradoras de las primeras décadas del siglo XX: Mabel Lucie Attwell, Lola Anglada, Mercè Llimona.

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lunes, 29 de enero de 2007

Ejemplos de cómo unas ilustraciones magníficas recogen el espíritu de historias poderosas están en Cuentos de la vieja Rusia, donde Guennadi Spirin potencia más aún unos relatos de Pushkin, Gógol y Chéjov.

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martes, 22 de agosto de 2006

Aquí está la ficha de Lisbeth Zwerger, una elegante ilustradora que ha puesto imágenes a muchos relatos clásicos y que varias veces he citado ya. Hay una ilustración suya en la voz de Esopo.

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jueves, 14 de julio de 2005

André François
,
un gran ilustrador, ha fallecido hace pocos días. De los libros infantiles que ha firmado no hay ninguno en el mercado español, aunque en las bibliotecas pueden consultarse las ilustraciones de dos, unos dibujos en blanco y negro para una novelita de Jacques Prevert y, sobre todo, las que puso a una versión del clásico inglés Las habichuelas mágicas (Jack and the Beanstalk), Madrid: Anaya, 1984; 30 pp.; col. Ratón Pérez; trad. de María Isabel Villarino; ISBN: 8475251617. A la derecha, un ejemplo.

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