bienvenidos a la fiesta
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martes, 10 de agosto de 2010
Un excelente relato del Oeste para primeros lectores: El valor de Sarah Noble, de Alice Dalgliesh. La autora, que fue también una importante editora de libros infantiles en Estados Unidos, sabía bien cómo pintar el mundo interior del niño. En este caso, habla del valor interior de una niña (como, por ejemplo, lo hacía Sauce azul, otra novela norteamericana que decía bien en qué consiste el valor). A la derecha, cubierta de una edición norteamericana.
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jueves, 22 de julio de 2010
Una novela del Oeste diferente a las más conocidas: El oro, de Blaise Cendrars. Es como un gran panorama de un mundo en ebullición al que continuamente llegaban barcos llenos de toda clase de gente y, en cada uno, asegura el narrador, «hay al menos un representante de la fuerte raza de los aventureros».
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jueves, 4 de marzo de 2010
Hay un tipo de libros a los que podemos poner con toda justicia la etiqueta de literatura juvenil: los libros que han leído generaciones enteras de gente joven de muy distintos ambientes. Sí, tal vez algunos ahora los jóvenes los lean menos por la razón que sea, pero sin duda son más literatura juvenil que los que no han pasado aún esa doble prueba del tiempo y de la conexión con públicos jóvenes diferentes.
Entre los libros de los que podemos decir lo anterior, son especialmente importantes aquellos que aportaron algo distinto, como abrir un subgénero o crear un personaje arquetípico, porque un aspecto básico de la educación literaria es saber quién fue el primero en algo. Así, El virginiano, de Owen Wister, (libro del que no conozco edición en castellano y que muchos recordamos por una serie famosa de televisión de hace décadas), fue una novela de 1902 que fijó los estereotipos de muchísimas novelas y películas del Oeste posteriores.
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viernes, 22 de enero de 2010
Si En lugar seguro, del norteamericano Wallace Stegner, me pareció excelente, mejor impresión aún me ha dejado Ángulo de reposo, una novela más ambiciosa y poderosa.
Un historiador llamado Lyman Ward, ya retirado e inválido, investiga la vida de sus abuelos Oliver y Susan Ward, una pareja de alta sociedad del Este que, al casarse, se trasladaron al Oeste. Se basa, sobre todo, en los documentos que conserva de su abuela, una conocida escritora e ilustradora de la segunda mitad del siglo XIX: a partir de sus cartas, relatos y dibujos reconstruye cómo fueron su vida y la de su marido, un ingeniero de minas que desarrolló diversos proyectos en lugares variados, unos con éxito y otros sin él. De paso, al presentar sus actuales circunstancias, vamos conociendo parcialmente las vidas de las tres generaciones siguientes, la del padre del narrador, la del mismo narrador y la de su hijo.
El narrador presenta su trabajo como un intento de biografiar con honradez a una mujer excepcional, Susan Ward —la única de la que hay testimonios personales—, y de comprenderla bien a ella y a su mundo: «me gustaría oír tu vida como tú la oyes —le dice dirigiéndose a un cuadro suyo—, acercándose a ti, en vez de oírla como yo la oigo, un sonido austero de expectativas reducidas, deseos mitigados, esperanzas postergadas o abandonadas, oportunidades perdidas, derrotas aceptadas, agravios sufridos». En otro momento afirma que desea comprender la vida del matrimonio Ward, con sus muchos años felices y sus años de desunión, hasta el «ángulo de reposo» en que él ya los conoció: este planteamiento propicia contrastes entre los comportamientos de antes y los de gente como el hijo del narrador o la chica que lo cuida, personas que piensan en el matrimonio y la familia como instituciones extinguiéndose, gente que «como el comandante en Vietnam lamentará mucho tener que destruir nuestra aldea para salvarla».
También tiene intensidad la componente que cabría llamar aventurera: en este sentido estamos ante una gran novela del Oeste, realista en su presentación del esfuerzo de algunas personas para enfrentarse a una nueva realidad y para construir un mundo civilizado tal como ellos lo entendían. El narrador tiene mucho interés en señalar que tanto Oliver Ward como algunos que trabajaban con él «no participaban en ninguna carrera por la riqueza» y «atribuirles el motivo del dinero es degradarlos»; sí, continúa, «supongo que estaban equivocados —toda su civilización estaba equivocada— pero eran la antítesis de la mezquindad y de la codicia». Es formidable la personalidad de Oliver Ward, un visionario cuyos planes fueron certeros pero prematuros, un hombre cuyo «reloj tenía puesta la hora de los pioneros».
Wallace Stegner. Ángulo de reposo (Angle of repose, 1971). Barcelona: Libros del Asteroide, 2009; 712 pp.; trad. de Fernando González; ISBN: 978-84-92663-08-8.
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jueves, 15 de octubre de 2009
Hace unas semanas abrí una sección de Aventuras del Oeste, un tipo de relatos por el que tuve querencia muchos años atrás. Incluyo ahora, después de citar hace pocos días a Hamlin Garland, a un contemporáneo suyo que fue uno de los grandes popularizadores del género: Zane Grey. En sus obras hay acentos épicos que a veces son excesivos pero, con todo, en ellas también quedan de manifiesto la injusticia y la crueldad de muchos comportamientos.
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jueves, 8 de octubre de 2009
Novelas como la citada Warlock han sido posibles después de una larga historia de novelas populares del Oeste. En esa historia ocupa un lugar especial, como uno de los primeros relatos del género, de los que contribuyó a popularizarlo y a fijar clichés posteriores, El capitán de los caballos grises, de Hamlin Garland. Que yo sepa, en castellano sólo se puede encontrar en bibliotecas y en la edición que cito.
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jueves, 24 de septiembre de 2009
A mí también me ha gustado Warlock, una novela del Oeste de Oakley Hall. Su argumento es difícil de resumir pues, aunque todo esté centrado en lo que pasa en una ciudad durante más o menos un año, es una historia con muchos actores cuyas personalidades van revelándose progresivamente y en la que tienen cabida también las distintas interpretaciones que la gente da sobre los hechos.
Debido a las trifulcas que, sobre todo, causa la cuadrilla del rancho San Pablo con su jefe Abe McQuown a la cabeza, el Comité de Ciudadanos de Warlock nombra comisario a un reconocido pistolero llamado Clay Blaisedell. Con él viene su amigo Morgan, que monta un local de juego. A partir de ese momento, la novela se ramificará: se producirán enfrentamientos entre Blaisedell y Morgan con McQuown y sus hombres, llegará una mujer con la intención de vengarse de Blaisedell, irá en aumento el descontento de los mineros con el apoyo del doctor Wagner y de la señorita Jessie, irán cogiendo cada vez más protagonismo los ayudantes del sheriff Carl Schroeder y, sobre todo, John Gannon, antiguo cuatrero a las órdenes de McQuown y hermano mayor de otro de sus pistoleros.
Algunos capítulos se presentan como el diario de un ciudadano de Warlock y tienen claros acentos shakespearianos: «El mundo es un lugar horrible, absurdo, brutal, cruel e implacablemente indinado a la destrucción del alma de los hombres», dirá; o, en otro momento: «¿Acaso no es la historia del mundo sino una narración de violencia y muerte tallada en piedra?». Pero la mayoría de la narración está en tercera persona, con diálogos sobrios, comentarios de unos personajes sobre otros, y un foco especial sobre Gannon, un tipo arrepentido de acciones del pasado y, también por eso, dispuesto a no engañarse más a sí mismo y a cumplir siempre con su deber: «un ayudante del sheriff que se precie no puede esconderse cuando hay problemas».
Oakley Hall. Warlock (1958). Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2009; 687 pp.; col. Serie Narrativa; trad. de Benito Gómez Ibáñez; introd. de Robert Stone; ISBN: 978-84-672-3494-7 (Círculo de Lectores) , 978-84-8109-802-2 (Galaxia Gutenberg).
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miércoles, 19 de agosto de 2009
Una estupenda novela del Oeste cuyo protagonista es un joven indio cheyén: El cazador de caballos, de Mari Sandoz. Su interés también está en su singularidad.
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jueves, 19 de marzo de 2009
El primer autor de novelas del Oeste fue James Fenimore Cooper y, de su serie sobre Calzas de Cuero, el libro más conocido sigue siendo El último mohicano. Más adelante volveré a la idea, que se cuenta en El cazador de ciervos, de que «los delawares rara vez dan a un hombre su nombre definitivo hasta que revela su verdadero carácter en el consejo o en el sendero de la guerra»: por eso, a lo largo de la serie, el protagonista se llama Calzas de Cuero, Mataciervos, Lengua Recta, el Palomo, Orejas Caídas, Mataciervos, Ojo de Halcón, Larga Carabina...
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Hiawatha. Ilust. de F. Remington.
martes, 3 de febrero de 2009
Dos escritores importantes: Washington Irving, el iniciador de la gran tradición norteamericana de autores de relatos cortos, y su amigo Henry Longfellow, autor de El canto de Hiawatha, un poema narrativo acerca de un mitológico jefe indio que ilustró en su momento Frederic Remington.
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jueves, 27 de septiembre de 2007
En La muerte llama al arzobispo, una poderosa novela basada en hechos y personas reales, Willa Cather cuenta la historia de Jean Latour y Joseph Vaillant, dos amigos desde la niñez en Francia que llegan a ser obispos en los Estados Unidos, donde atienden y organizan la diócesis de Santa Fe a mitad del siglo XIX. También aquí las figuras de los protagonistas son muy atractivas. Así, del padre Vaillant se dice que era un hombre cuyo destino era romper lazos, «decir adiós y adentrarse en lo desconocido», y cuya máxima era que «si lo primero que haces es rezar, luego encuentras tiempo para todo». En otro momento se le califica como uno de esos hombres que «añadía brillo a cualquier grupo humano en el que caía, lo mismo una cabaña navaja que una aldehuela mejicana de chozas miserables o una reunión de monseñores y cardenales en Roma».
Willa Cather. La muerte llama al arzobispo (Death Comes for the Archbishop, 1927). Madrid: Cátedra, 2000; 332 pp.; col. Letras universales; edición de Manuel Broncano; trad. de Julio César Santoyo y Manuel Broncano; 84-376-1793-6.
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jueves, 5 de julio de 2007
A mí me pasa que muchos relatos de aventuras del XIX me dejan la impresión de tener más frescura que muchas fantasmadas de ahora y pienso que autores como Mayne Reid o Gustave Aimard manejan la escayola con más convicción y destreza que sus colegas de hoy.
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