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sábado, 20 de febrero de 2010
Tras la muerte de Chesterton, sus editores Frank Sheed y Maisie Ward y su secretaria Dorothy Collins publicaron varias recopilaciones de sus textos. Los primeros editaron dos: The Coloured Lands y The End of the Armistice. La segunda editó siete: cinco recopilaciones de artículos variados —El hombre común (que contenía textos de distintos orígenes), El color de España y otros ensayos (con textos publicados en The Illustrated London News), Lectura y locura (con textos tomados del The Daily News), The Spice of Life y The Apostle and the Wild Ducks (dos libros con textos de fuentes diversas)—, y otras dos recopilaciones con cierta unidad de contenido —A Handful of Authors y Chesterton on Shakespeare—. Luego, con el paso de los años, han abundado las antologías y recopilaciones de todo tipo de textos, que yo no he comentado aquí salvo Correr tras el propio sombrero, la edición más completa de este tipo en castellano. A las obras anteriores se han de añadir las que recogen todos los artículos que Chesterton publicó durante su vida y que aparecen en distintos volúmenes de obras completas que ha publicado la editorial Ignatius Press, que más adelante reseñaré.
En mis comentarios a esos libros no he intentado citar todos los artículos y, los que he citado, a veces he buscado sintetizarlos —cosa difícil pues, usando una imagen del mismo autor, muchas veces no dispara con bala sino que riega con una manguera—, y a veces sólo he mencionado alguna idea interesante o alguna frase brillante. Además, en ocasiones no he hablado de artículos especialmente valiosos, o no les he dado la importancia que tienen, debido a que me he referido a ellos en algún otro lugar o a que pienso hacerlo en otro momento. El objetivo final es que, con una lectura de conjunto de las reseñas, quede una idea lo más completa posible del pensamiento, las argumentaciones y el estilo personal de Chesterton. De más está decir que no es imprescindible pero sí es conveniente una cierta cultura de fondo para comprenderlo del todo —pues abundan las referencias a la Biblia y a los clásicos—, un cierto dominio del mundo propio del autor —pues se nombran con frecuencia escritores o artistas británicos—, y también un cierto conocimiento de los sucesos de actualidad en la vida de Chesterton.
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sábado, 16 de enero de 2010
The Spice of Life and Other Essays fue la última recopilación de artículos de Chesterton que preparó su secretaria Dorothy Collins. Al igual que The Apostle and the Wild Ducks está dividida en cinco partes, precedidas de un breve texto tomado de un prólogo a libros de ensayos: en él dice que si Santo Tomás de Aquino afirmaba que ni la vida activa ni la contemplativa podían ser vividas sin bromas y juegos, a la épica y al drama se les puede llamar la vida activa, al soneto y a la oda la vida contemplativa, y el ensayo equipararlo con las bromas. «Essays on Literature in General» contiene cinco artículos; «On Particular Books and Writers» nueve; «Thought and Belief» cinco; «At Home and Abroad», de nuevo sobre viajes, siete; «The Spice of Life» cinco que cuentan anécdotas personales. Los textos son de distinta longitud y, algunos, están publicados en otros sitios: en Maestro de Ceremonias está la introducción a las fábulas de Esopo; en Correr tras el propio sombrero están «Cómo escribir una novela de detectives», y el sensacional «Humor», que fue una voz de la Enciclopedia Británica que Chesterton escribió en 1928.
En «Sentimental Literature» explica que una verdadera crítica literaria nunca usaría la palabra sentimental como un adjetivo descalificador pues «si la literatura sentimental ha de ser condenada debe serlo no por ser sentimental sino por no ser literatura». En «Humour» distingue los tipos de humor, señala que lo esencial en el humor es «la virtud de la proporción» y que, «del mismo modo que es la mayor incongruencia ser serio acerca del humor, así es la peor especie de pomposidad el estar monótonamente orgulloso del humor, que en sí mismo es el principal antídoto del orgullo». En «Fiction as Food» desarrolla qué quiso decir en «En defensa de la novela de quiosco» (en The Defendant, y en Correr tras el propio sombrero) cuando afirmó que «la Literatura es un lujo, la ficción es una necesidad».
En «The Macbeths», después de decir cómo las grandes obras enseñan cosas distintas a cada lector y a cada época, y de observar algunas de las que podemos aprender en Macbeth, se fija en que, al igual que Romeo y Julieta describe el amor, Macbeth describe cómo en el matrimonio se ponen de manifiesto la fortaleza y las debilidades particulares del hombre y la mujer. En «The Tragedy of King Lear», después de lamentarse del abominable hábito de citar a Shakespeare sin haberlo leído, hasta el punto de que hubo quien se quejó de que Hamlet estuviera tan llena de citas, se centra en que la institución del Rey, tal como la veían en aquella época, es una abstracción que hoy no comprendemos bien. El comentario a «The Everlasting Nights» habla de las historias cuya longitud es una cualidad, de la genialidad del marco que las contiene y de la figura de un narrador de una fecundidad interminable, que nos hablan de la vinculación entre nuestro deseo de una historia y una vida interminables.
«Anti-Religious Thought in the Eighteenth Century», un análisis del siglo XVIII para una enciclopedia sobre la historia de nuestra civilización, afirma que uno de los aspectos de la superioridad de aquella época sobre la nuestra era su enorme paciencia para seguir razonamientos largos. En «The Religious Aspect of Westminster Abbey» señala la incapacidad de muchos para ver la Edad Media como fue, porque no tienen la llave: «el cristianismo era para aquellos hombres lo que el patriotismo para los ingleses modernos, el único lazo sagrado que incluso a los hombres más malvados no les gustaría ser acusados de traicionar». «The Religious Aim of Education» explica, con brillantez, el estrechamiento que supone para la mente mantener la religión fuera de la educación, pues «lo primero y más obvio en lo que una persona está interesado es en qué clase de mundo está viviendo y por qué está viviendo en él».
De la cuarta parte resulta clarificador «On Holidays», donde se afirma que el ocio es un alimento que depende más de la calidad que de la cantidad y que por eso las tareas para vacaciones son un error, que la noción actual de combinar diversión con instrucción muchas veces se parece a intentar combinar el sueño y el insomnio (y apunta que las grandes autoridades espirituales nos propusieron vigilar y rezar pero a ninguna se le ocurrió proponer vigilar y dormir). En «The Lost Railway Station» cuenta un sueño que le sobrevino esperando un tren en una estación escocesa, sobre un mundo en el que había habido trenes pero ya no los hay aunque se conservan las tradiciones y el lenguaje propio de los ferrocarriles, y lo aplica a que mucha gente hoy ha perdido su memoria social y por tanto piensa que las instituciones no tienen significado, algo que se arreglaría sólo con que los trenes volvieran a circular. Un artículo a raíz de haber visto una escena de afecto entre un padre y su hijo en Tarragona, es «Scipio and the Children»: primero señala que «las cosas que un viajero reconoce nunca son las cosas de las que un periodista informa», luego habla de que «el amor entre padres e hijos en este país es uno de los grandes poemas de la cristiandad» y como «un puñetazo en el ojo» a Freud, y por último se alegra de que los romanos hubieran derrotado a los cartagineses siglos atrás y se terminaran así los sacrificios humanos de niños.
La quinta parte contiene varias anécdotas personales de las que saca luego conclusiones amplias. Así, «The Comic Constable», cuando le nombraron un cargo parroquial y eso lo ve como un viejo recuerdo de una cierta noción de autogobierno. En «The Spice of Life» —un artículo que se podría poner en paralelo con «What is Right with the World?» en The Apostle and the Wild Ducks—, elogia La Tierra Baldía, de Eliot, pero también señala que la realidad más profunda de la humanidad no son «los hombres vacíos» de los que habla Eliot. «On Fragments» explica que cuando decimos que miramos un poste inteligentemente queremos decir que vemos lo que nosotros comprendemos por un poste; pero cuando lo miramos estúpidamente vemos lo que de verdad significa; y concluye que algunas cosas es mejor mirarlas en ese trance de divina imbecilidad pues, si no, acabamos rompiendo la realidad en trozos y deshaciendo viejos matrimonios entre sonido y sentido, entre música y literatura, entre arte y ética.
G. K. Chesterton. The Spice of Life and Other Essays, 1964.
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sábado, 9 de enero de 2010
The Apostle and the Wild Ducks and other essays fue una de las recopilaciones de textos de Chesterton que, años después de su muerte, preparó su secretaria Dorothy Collins. Son cuarenta y tres artículos, que fueron publicados en distintos medios entre 1901 y 1936, y que se presentan distribuidos en cinco partes bien definidas. La primera, «In General», son catorce sobre asuntos culturales y sociales; «Here and There», once sobre viajes; «The Making of History», siete sobre la historia y los historiadores de su país; la cuarta, «On Literature», son diez. Y la última, «On Reflexion», se titula «What is Right with the World?»: es una explicación sobre el título de su libro Lo qué está mal en el mundo  y un desarrollo de la idea de que, mientras que la posición común progresista es que vivimos en un mal mundo que ciertamente irá a mejor (aunque sorprendentemente también sostenga que las vidas humanas terminarán en nada), la posición de Chesterton es que ciertamente vivimos en un buen mundo, incluso aunque empeore (además de que haya un más allá en el que todo será bueno).
En el primer bloque, «The Winter Feast» es un excepcional artículo sobre la corrupción comercial de la Navidad y sobre la incorporación de antiguos rituales paganos a las festividades cristianas. En «On Manners» se señala que tener malos modales y no tener modales no es lo mismo, igual que no es igual decir que un hombre no tiene vino o que tiene mal vino, y se concluye que mientras la gente sin educación puede no tener modales, muchos que se llaman educados tienen malos modales. «Public Monuments» es un comentario a esas estatuas en memoria de alguien que hacen pensar que es más devastadora la construcción que la destrucción, y una inteligente observación acerca del efecto emocional de algo: si un hombre corta un árbol y fabrica un mástil podremos calificarlo como destructivo o constructivo según si deseamos un bosque o hacer un viaje en barco.
Vuelve al tema en un artículo de la segunda parte, «Statues», donde, a propósito de algunas estatuas de políticos prominentes del pasado, señala que determinadas cosas no pueden nunca ser moldeadas en estatuas pues el arte de los escultores puede expresar ideas eternas pero no a políticos cuya principal habilidad fue la de ser acróbatas. «The Apostle and the Wild Ducks» habla de la necesidad de aprender a mirar alrededor, a propósito de una visita que hizo a una iglesia medieval. En «The Blindness of the Sightseer» señala que la forma moderna de viajar presenta las cosas fuera de su entorno y como prodigios valiosos por sí mismos, pero hay una diferencia esencial entre ver una vista como un ejemplo de su entorno y ver una vista como una excepción a su entorno: juzgar Italia por la torre de Pisa es como juzgar a la raza humana por la mujer barbuda del circo.
De la tercera parte se pueden destacar «A Theory of Tyrants», sobre que la marca esencial de la tiranía es su novedad pues un nuevo tirano es siempre un traidor y nunca llevará el uniforme del viejo tirano; y «On Anecdote of Persecution» donde comenta un incidente medieval y subraya que «los pecados del intolerante son rara vez considerados de modo tolerante». De los artículos del cuarto bloque, en otros lugares está publicado el texto de «Jane Austen's Juvenilia»: en Maestro de Ceremonias y como prólogo en el mismo libro. «Literature of Information» señala que quizás el interés de tantísima gente por la prensa que informa de curiosidades científicas e históricas es, simplemente, «la infantil e indiscriminada curiosidad de una gente aún joven que está entrando en la historia por primera vez». En «The Words of Strong Poetry» se dice que la nueva poesía califica determinados modos de decir como pomposos y otros como naturales pero, en realidad, esos que llama naturales son en realidad «conversacionales», y conversacional significa convencional —no hay más que pensar en que el argot es la forma más convencional de hablar— pero no es un modo expresivo como el de la poesía: «la forma común de hablar no es el modo por el que los hombres expresan sus emociones sino sólo el modo en el que no logran expresarlas».
Un artículo que figura en la primera parte, escrito después de la primera Guerra Mundial, «The English Spirit and the Flea», contiene un elogio del valor del inglés común (igual al que Tolkien atribuyó a los hobbits, como desarrollo un poco en Atractivo e influencia de las novelas de aventuras). Chesterton lo describe como una especie de distante optimismo, el mismo que se revela en la frase popular de que «en algún sitio el sol está brillando», y dice: «la Batalla de Waterloo no se ganó en los campos de juego de Eton [famosa frase del duque de Wellington], sino que la ganó la basura de la tierra. Y hoy también nos salva la gente que no hemos sabido educar, que no hemos sabido gobernar, aquellos a quienes no hemos sabido darles tierra o religión y que a duras penas hemos evitado que mueran de hambre. Es esa gente la que, cuando llega la hora del trabajo y del sufrimiento, da la nota que más se necesita y que más inesperada es: la nota de la frivolidad. Y fueron ellos, más que sus superiores en la sociedad, quienes vieron los cielos llenos de fuego y pensaron que era poco más que una picadura de mosca».
Notas en las que aparecen referencias a este libro: Una fiesta familiar.
G. K. Chesterton. The Apostle and the Wild Ducks and other essays, 1952.
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sábado, 31 de octubre de 2009
En El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad están recopilados cuarenta y cuatro artículos que Chesterton había publicado en distintos medios y que reunió en un libro póstumo su secretaria Dorothy Collins. Las ideas de algunos aparecen tratadas con más extensión en otros libros: «Giotto y San Francisco», en la biografía sobre San Francisco de Asís; «Historia de dos ciudades», en la que dedicó a Dickens; las ideas en «De Meredith a Rupert Brooke», en su libro sobre la época victoriana; «Elizabeth Barret Browning», una mujer poeta que «cuando cayó siempre fue por perder pie, jamás porque se acobardó ante el salto», en la biografía sobre su marido.
Algunos de los más notables fueron recogidos en Correr tras el propio sombrero: «Sueño de una noche de verano», un sensacional análisis literario de la comedia de Shakespeare; «Los monstruos y la Edad Media», sobre la concepción que tenía el cristianismo medieval de las virtudes cristianas como algo «desafiante y hasta destructivo»; «El verdadero Dr. Johnson», sobre un hombre que «jamás pensó estar equivocado sin estar listo a pedir disculpas»; «Si tuviera que predicar un solo sermón», acerca del orgullo, ese «veneno tan fuerte que no sólo envenena las virtudes sino también a los otros vicios».
En este último, después de declarar que lo que más ama es «la libertad y la poesía de la isla de Inglaterra», Chesterton se refiere al patriotismo como «el más noble de todos los afectos naturales, exactamente mientras consista en decir: "Que yo sea digno de Inglaterra"», pero, al mismo tiempo, señala que «el comienzo de una de las formas más ciegas del fariseísmo es cuando el patriota se contenta con decir: "Soy inglés"». Vuelve a la misma idea en «Acerca del patriotismo», donde lo define como «una espada de dos filos»: uno es el que le permite «seguir enorgulleciéndome de Chaucer, de Shakespeare y de Nelson; sentir que los poetas en verdad amaron el idioma que yo amo, y que el marino sintió algo de lo que nosotros también sentimos por el mar»; otro es el que le conduce a que, «si aceptamos este mítico ser colectivo, este yo mayor, debemos aceptarlo de una vez por todas» y, por tanto, «si nos jactamos de lo mejor, debemos arrepentirnos de lo peor. De otro modo, el patriotismo será una pobre cosa».
La comprobación de que Chesterton alcanza siempre la excelencia en artículos literarios como «Sueño de una noche de verano» y «Elizabeth Barret Browning», la tenemos en este libro en bastantes textos. Así, hay una referencia jugosa a determinadas críticas que recibió T. S. Eliot en «El perfil de la libertad»; hay un análisis excelente sobre los «Cuentos de Tolstoi»; es excepcional el que trata sobre la poesía infantil de «Walter de la Mare»; son muy sugerentes «Henry James», donde trata de su mérito como novelista, y «Para qué sirven los novelistas», donde pone en paralelo a Henry James y a su hermano William James.
Luego, nadie interesado en la LIJ debería perderse tres artículos.
Uno, «La pantomima», donde Chesterton explica por qué piensa que «el niño lleva en la cabeza una definición correcta y completa de la función del arte y su plena naturaleza». Otro, «Libros para niños», sobre la importancia de comprender la mente de los niños acerca de los libros de aventuras: «el instinto de soñar despierto y de la aventura es un alto instinto espiritual y moral, que no requiere ni que lo disuelvan ni que lo excusen, y que es la madre de todos los grandes viajeros, misioneros, caballeros errantes, y madrina de los valientes»; eso sí, «lo único esencial de un autor para niños es que no se rebaje al escribir para ellos». Y otro más, acerca de la misión de la literatura, es «Sobre la lectura»: «La primera utilidad de la buena literatura reside en que impide que un hombre sea puramente moderno. Ser puramente moderno es condenarse a una estrechez final; así como gastar nuestro último dinero terreno en el sombrero más nuevo es condenarnos a lo pasado de moda. El camino de los siglos pasados está empedrado con méritos modernos. La literatura, clásica y permanente, cumple su mejor misión al recordarnos perpetuamente la vuelta completa de la verdad y al balancear ideas más antiguas con ideas a las cuales, por un momento, podemos estar dispuestos a inclinarnos».
El artículo que abre y da título al libro, «El Hombre Común» anuncia la defensa del hombre normal: la emancipación moderna «ha brindado una especie de libertad excéntrica a ciertos hobbies de los hombres de fortuna o, en ocasiones, a algunas de las locuras más humanas de la gente culta» mientras que ha prohibido «el sentido común, como lo hubiera entendido la gente común», «en nombre del progreso, en nombre del Infanticidio». En «El nuevo fanatismo» explica que un fanático no es un hombre convencido de tener razón, algo que puede ser lo más cuerdo del mundo, sino alguien que está «convencido de que otro debe estar equivocado en todo porque está equivocado en una opinión en especial; que debe estar equivocado, hasta en el pensar, con sinceridad, que tiene razón. Esto último es aplicable, particularmente, a la literatura y a la habilidad de los hombres de letras».
Pero podríamos seguir: «Respecto de una ciudad extraña» habla de las absurdas explicaciones de lo religioso que dan algunos; «El restablecimiento de la filosofía: ¿por qué?» es un gran diagnóstico sobre tiempos de crisis; en «La nueva defensa de las escuelas católicas» hay un comentario muy certero sobre educación para la ciudadanía; «Lamentos rabelesianos» o las formas de hablar impropiamente de "sexo" que surgen de tres orígenes, de «un espíritu verdaderamente vicioso, del amor al énfasis o del amor al análisis»; «La vulgaridad» se refiere a esos hombres que ni se comprenden a sí mismos ni comprenden los límites de las explicaciones; «El vandalismo» distingue a «los vándalos del mundo antiguo, que destruyeron edificios» de los «vándalos del mundo moderno, que los erigen»; «La extraña conversación de dos victorianos» muestra la inimaginable falta de conocimientos de algunas personas instruidas y señala que igual que «no se concibe un drama sin público, no se puede tener una ironía sin público instruido».
G. K. Chesterton. El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad (The Common Man, 1950). Buenos Aires: Lohlé-Lumen, 1996; 240 pp.; no conozco el traductor; ISBN: 950-724-589-8. En librodot.com.
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sábado, 17 de octubre de 2009
Con ocasión del estallido de la segunda Guerra Mundial, el editor de Chesterton, Frank Sheed, publicó The End of Armistice: cuarenta artículos que había escrito desde mediados de los años veinte para denunciar el peligro de la ideología nazi. Hoy nos sorprende comprobar no sólo la clarividencia de sus análisis sino también que dijera, en esos y en otros artículos, cosas tan concretas como que sobrevendría una guerra mundial devastadora que se iniciaría con la invasión y el reparto de Polonia entre los nazis alemanes y los comunistas rusos. No nos sorprende tanto saber que sus advertencias no fueron escuchadas: a Chesterton se le ignoraba cada vez más en su propio país debido a la contundencia de sus críticas a los poderosos y a su posición católica tan neta y tan atractivamente argumentada.
Los artículos están distribuidos en cuatro epígrafes: «Prusianism», «Hitlerism», «Poland», «Pacifism and Cynicism». En la introducción, «Arms and the Armistice», hace un diagnóstico de la situación cuando indica que, desde hace tiempo, en el norte de Europa hay «una fuente de veneno» que no tiene mucho sentido llamarla Alemania y ni siquiera Prusia: «es mucho más satisfactorio simplemente llamarla Orgullo. Es una cosa del espíritu, no es una nación, es una herejía». En este caso, dice Chesterton, es inútil y confuso discutir en torno a etiquetas como «nacionalismo» o «patriotismo»: «estamos hablando de cosas distintas. Un Francés está orgulloso de Francia. Pero un prusiano no está orgulloso de Prusia; es simplemente orgulloso porque es un prusiano».
En «Prussia, the Enemy of Germany» Chesterton se lamenta de la ignorancia histórica de muchos y explica que la operación por la que Bismarck creó el Imperio Alemán fue tan artificial como si los boers y los afrikaners se hubieran hecho con el poder en Inglaterra y hubiesen declarado que creaban el Imperio Británico; ese proceso que inició Bismarck, anunciaba, continuará con los nazis anexionándose Austria, la original Alemania. Cuando se lamenta, en concreto, de la ignorancia histórica de los políticos de su tiempo, dice que cualquier detective podría enseñarles que, para investigar por qué Robinson supuestamente mató a Brown, es de suma importancia conocer las vidas anteriores de los dos, pues sólo a partir del pasado de Robinson como financiero en Sudáfrica y de la educación que recibió Brown, podremos llegar a saber por qué murió Robinson y por qué precisamente Brown era incapaz de cometer ese asesinato; o, dicho de otro modo, «cuando millones de hombres pueden ser asesinados es increíble que se mantenga esa locura de olvidar el pasado», apostilla en «Hitler versus History».
En un artículo en el que se pregunta por lo peor del año 1933, «The Stupidest Thing», Chesterton se responde que fue la elección de Hitler y señala que muy poca gente tiene el gran privilegio de hacer seis cosas estúpidas a la vez, como el héroe de Wodehouse que tira un cigarro que prende fuego al testamento de su padre, produce quemaduras graves a su novia, destroza el jarrón que se podría haber vendido por una fortuna, incendia el hotel causando daños millonarios, y, además, deja chamuscado al perro de la familia que, irritado, muerde furiosamente al rico prometido de su hermana. Vuelve a la misma idea del comportamiento estúpido con trágicas consecuencias cuando apunta que hay quienes, en una situación desesperada, suponen que sólo hay remedios desesperados, acaban escogiendo el remedio sólo porque ser desesperado, y se tranquilizan pensando que así «algo estamos haciendo»: pero «los náufragos no se salvan por hacer algo sino por hacer lo correcto», afirma en «Thinking about Europe».
En «Where Poland Stands» defiende a Polonia, un país fatalmente situado entre la Alemania nazi y la Rusia bolchevique, y señala que «nuestro protector debe ser protegido». Ataca con cierta irritación a los pacifistas del momento que parecían cerrar los ojos y los oídos al hecho de que la Guerra «no es la peor calamidad que puede caer sobre un pueblo. Hay un estado peor al menos: el de esclavitud», decía en «On War and Peace». Resulta provocador y certero «The Pacifist as Prussianist», un artículo donde afirma que el prusiano y el pacifista reflejan el antiguo complejo del abusón y del cobarde, siempre partes de la misma operación y, proverbialmente, partes de la misma persona.
En fin, viene a decir Chesterton en «The Umbrella Question», está claro que, aunque no podemos confiar en nuestros gobiernos, ni en nuestra prensa, ni en nuestros aliados, sí podemos confiar en nuestros enemigos, pues serán ellos quienes nos darán la razón. Por último, en un epílogo titulado «Resurrection», habla de que un mundo cristiano no cree que haya causas perdidas ni lealtades sin esperanza, pues en ese mundo brilla el esplendor de la esperanza sin esperanza que creó la peculiar caballerosidad de la cristiandad, la que inculcó en Europa la idea de que las verdaderas y grandes aventuras siempre incluyen una misión que se ha de cumplir con fidelidad y con la conciencia de la enorme desproporción entre la tarea y las propias cualidades.
G. K. Chesterton. The End of Armistice (1940). London: Sheed & Ward, 1940; 224 pp. Nueva edición en San Francisco: Ignatius Press; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 5; ISBN: 9780898701708. La edición que yo he leído, la original, no tiene las fechas de publicación de los artículos; no sé si figuran en la edición de Ignatius Press.
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sábado, 10 de octubre de 2009
Los que habían sido editores de Chesterton en los últimos años de su vida, Frank Sheed y Maisie Ward, publicaron tras su muerte algunos libros con recopilaciones de textos. Uno fue The Coloured Lands, donde aparecen relatos, poemas breves humorísticos, ensayos de distinta clase y dibujos del propio Chesterton. Entre los dibujos, unos treinta, hay autorretratos, caricaturas de personajes como Shakespeare y de la reina Victoria, otros que son como chistes, ilustraciones para varios relatos, e incluso una historieta dibujada (sin globos) titulada «The Disadvantage of Having Two Heads».
En castellano varios textos están publicados en distintos libros. En Tratado elemental de demonología: «Las tierras de colores» (The Coloured Lands, 1912); «Tratado elemental de demonología» (Half-Hours in Hades, 1891); «En busca del ganso salvaje» (The Wild Goose Chase, 1892); y tres más cuyo título original, «The Profesor and the Cook», en esa edición se desdobla en «La herramienta compuesta» (El cocinero y el sabio I) (1926), «La mente científica» (El cocinero y el sabio II) (1927), «El cocinero y el sabio III» (1927). En Fábulas y Cuentos: «Las dos tabernas» (The Two Taverns, 1926); «La doma de la pesadilla» (The Taming of the Nightmare, 1892); «Una pesadilla» (A Nightmare, 1907); «Nostalgia de casa» (Homesick at Home, 1896). En Correr tras el propio sombrero: «Tagtug y el árbol del conocimiento» (Tagtug and the Tree of Knolwledge, 1919).
Además, en la red pueden leerse, aparte de «Half-Hours in Hades» (uno de los textos con ilustraciones), otros tres ensayos: «Dreams» (1901) —sobre cómo los sueños parecen oponerse al arte y sin embargo hay una forma profunda en la que se corresponden con el arte—; «Wonder and the Wooden Post» (1912) —o de cómo el autor alcanzó una gran claridad mental después de darse con la cabeza en un poste—; «On Household Gods and Goblins» (1922) —un artículo que comienza con una certera crítica de la obra teatral de Maeterlinck El pájaro azul—.
Da idea de la capacidad que tenía Chesterton de sacar partido humorístico a todo, el artículo titulado «Tim Whale’s Wooing» (1926): a partir de un comentario periodístico sobre si las ballenas tienen dos esposas, se recrea en la descripción de que una ballena intentando llevar una doble vida y engañar a su esposa, es algo difícil de imaginar dada su falta de diseño y adecuación para el secreteo y el flirteo. Es jugoso «Paints in a Paint-Box» (1901) donde habla del amor que los hombres tenemos a coleccionar cosas, de que hay una poesía en las sustancias que sin embargo no se suele tener en cuenta cuando se las valora, y de que «la base esencial de este hábito es la misma que la de todas las religiones, la de que sólo podemos tomar una muestra pequeña del universo, y que esa muestra, incluso si es un puñado de polvo (que es también una sustancia maravillosa) siempre afirmará la magia de sí misma y dirigirá hacia la magia de todas las cosas».
G. K. Chesterton. The coloured lands (1938). London: Sheed & Ward, 1938; 238 pp.; introd. de Maisie Ward. Otra edición en San Francisco: Ignatius Press; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 14; ISBN: 9780898704013. Y otra, más reciente, en Dover, 2009; 240 pp.; epílogo de Martin Gardner; ISBN-13: 978-0486471150.
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sábado, 30 de mayo de 2009
Para comenzar una serie de comentarios a libros que recopilan artículos de Chesterton, traigo en primer lugar Correr tras el propio sombrero, una selección de textos tomados de distintos libros y distribuidos en bloques temáticos. Aunque yo prefiero los libros originales que se publicaron en vida del autor, en favor de este libro hay que decir que, ahora mismo, es el más completo de su tipo en castellano, y que la elección de los textos y la traducción son excelentes. Eso sí, la edición podría ser mejor: no se indican los títulos originales, ni las fechas de los artículos, ni los libros de los que se han extraído.
El prologuista y antólogo declara que «al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad» y subraya su sentido del humor y su capacidad para exprimir al máximo el lenguaje. Aunque lo dice, creo que no acentúa suficiente, sin embargo, que para Chesterton «el humor, como el ingenio, está relacionado, aunque sea de manera indirecta, con la verdad y las virtudes eternas»; que, en su opinión, «el humor equivale a la humana virtud de la humildad» y tiene algo divino pues gracias a él se puede captar mejor el sentido de los misterios. Luego, me parece muy desacertado el comentario acerca de que Chesterton tenía un lado más oscuro —vaga expresión que sirve para cualquiera y para cualquier cosa— del que surgían torpes observaciones antisemitas, antifeministas y racistas: si acaso se podría decir que, como le sucede a cualquier caricaturista, en algún artículo concreto exagera rasgos, pero de su vida y el conjunto de su obra no se puede deducir nada semejante.
La selección abarca muchas cuestiones: sobre todo literarias pero también sociales y políticas. Los textos de este último tipo, incluidos en el último bloque, justifican los elogios que Chesterton recibe de una buena parte de los intelectuales de izquierdas y la desconfianza que siente hacia él una parte de la derecha. Un ejemplo: «El poder de la riqueza en su forma más vil aumenta en el mundo moderno. Un pueblo muy bueno y justo, sin esta tentación [de sentir una admiración vergonzosa hacia los poderosos, que Chesterton había ilustrado en el artículo con una anécdota personal], tal vez podría no necesitar crear normas y sistemas para protegerse contra el poder de nuestros grandes financieros. Pero eso es porque un pueblo muy justo les habría fusilado hace mucho tiempo, por mera buena fe» («Unos policías y una moraleja», Enormes minucias).
Notas en las que aparecen referencias a este libro son: Problemas de una novela puzzle, Leyes educativas, La importancia de un buen chiste, Tontos enamorados de los libros, Prohibido fumar, La paradoja del crítico, El mejor autor de obras de nonsense, Alicia, maestra de escuela, La fe y el absurdo, El sufrimiento como amor, Del amor a las preguntas, Aprender a describir, Lujo y necesidad.
G. K. Chesterton. Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2.
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sábado, 20 de diciembre de 2008
Lectura y locura reúne treinta y siete artículos publicados por Chesterton en el Daily News, entre 1901 y 1911, y fue una recopilación publicada después de la muerte del autor por la que fuera su secretaria Dorothy Collins. Varios ya son conocidos de los lectores españoles pues fueron publicados por Acantilado en Correr tras el propio sombrero («Lectura y locura», «Mudanza», «Defensa de los pesados», «La paradoja de la humildad», «El amor al plomo» y «Buenas historias estropeadas por grandes autores»), y por Valdemar en Fábulas y Cuentos («El inglés singular» y «Las raíces del mundo»).
Entre los artículos que podríamos llamar antropológicos, uno de los más interesantes es el que da título al libro, «Lectura y locura», acerca de que ciertos lectores pueden acabar prefiriendo los libros a la vida de la que tratan los libros. Entre los dedicados al arte se puede destacar «El espejo», donde se afirma que «un artista jamás debería tratar de encontrarse a sí mismo en el hombre del espejo; pues por muy sigilosamente que observe o por muy ágilmente que salte, jamás logrará sorprenderlo en un descuido». Entre los que tratan de historia se pueden mencionar «Defensa de los historiadores parciales» y «La historia frente a los historiadores», artículos en los que Chesterton propone que sobre todo «leamos los verdaderos textos» de cada época, que no leamos tanto a «los hombres vivos que tratan temas muertos» sino «a los muertos que hablan de temas vivos».
De los que se refieren a escritores y obras literarias, es recomendable «La ortodoxia de Hamlet», donde Chesterton habla de que si hubo escritores que fueron optimistas cuando se sentían optimistas, Shakespeare en Hamlet fue «optimista mientras se sentía pesimista. Esto es la fe. Aquello capaz de sobrevivir a un estado de ánimo». Otro es «Buenas historias estropeadas por grandes autores», en el cual, después de un nuevo elogio a Shakespeare porque todas las historias que coge las mejora, Chesterton hace un comentario crítico hacia Milton por su relato de la Caída en El Paraíso perdido, hacia Goethe por Fausto, y hacia Wagner por Tannhaüser, explicando por qué autores tan grandes no han sabido retener la esencia poética de las narraciones previas en las que se basan.
Entre las cuestiones de tipo educativo que salpican todo el libro tiene gracia y es actual el punto central de «Tommy y las tradiciones»: una defensa de la filosofía popular del trabajo y del juego, en la que «trabajo es hacer lo que no nos gusta y juego es hacer lo que nos gusta», frente a la propia de «la clase alta de Inglaterra», basada en que «a todo caballero se le enseña a tratar como juego la mitad de su trabajo —la diplomacia, el Parlamento, la economía— y a tratar como trabajo la mitad de sus juegos hasta el punto de reventarse los vasos sanguíneos en una carrera». Chesterton reniega de los pedagogos que a toda costa «quieren hacer que el juego de los niños sea significativo e instructivo. Colocan a los niños en disposiciones prerrafaelitas. Los hacen bailar con ética o gritar con estética. Pretenden vigilar a los niños y hacer útiles sus juegos. Por la misma razón, bien podrían vigilarlos mientras duermen y tratar de hacer útiles sus sueños, pues el juego no es otra cosa que un descanso igual que el sueño».
Pero, si tuviera que inclinarme por un artículo ahora mismo, recién terminada la lectura de todos, mi elección sería «El fanático». En él, Chesterton pinta el fanatismo como «la incapacidad de concebir alternativa a cualquier proposición, y nada tiene que ver con la proposición misma». Así, dice, «no es fanatismo, por ejemplo, tratar el Corán como algo sobrenatural. Pero es fanatismo tratar el Corán como algo natural y obvio para cualquiera y común a todos. No es fanatismo por parte de un cristiano considerar paganos a los chinos. El fanatismo empieza, más bien, cuando se empeña en verlos como cristianos». En definitiva, el fanático es el hombre con una mente incapaz de imaginar cualquier otra mente, es el personaje a quien oímos decir cosas como «“ninguna persona ilustrada podrá sostener que...” o “no soy capaz de entender como el señor Fulano puede llegar a decir...”, seguidas de una opinión muy antigua, moderada y perfectamente defendible». Por el contrario, «el hombre libre no es aquel que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas, pues eso no es libertad sino debilidad mental. El hombre libre es aquel que ve los errores con la misma claridad que la verdad». Es quien puede «imaginar el plano completo de un error, la completa lógica de una falacia, y aunque no crea en ellos, es igualmente ser capaz de concebirlos».
G. K. Chesterton. Lectura y locura (Lunacy and Letters, 1958). Sevilla: Espuela de Plata, 2008; 264 pp.; trad. de Victoria León; ISBN: 978-84-96956-24-7.
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sábado, 9 de febrero de 2008
Entre 1905 y 1936 Chesterton escribió 1535 artículos para el Illustrated London News. Algunos fueron agrupados y publicados en libros ya durante su vida y otros fueron publicados póstumamente. Los 40 reunidos en El color de España y otros ensayos se corresponden a columnas que firmó entre 1920 a 1928 y fueron reunidos en un libro el año 1955 con el título The Glass Walking-Stick, El bastón de plata, uno de los ensayos.
Esta edición en español no indica ni los títulos originales ni las fechas en que fueron publicados los artículos, ni si su orden es el mismo de la edición primera. Todo parece indicar que no pues los cinco primeros artículos son, justamente, los dedicados a las cosas que Chesterton vio en su viaje a España. De ellos se puede decir que, aunque no son los mejores pues Chesterton alcanza su máximo nivel cuando habla del mundo inglés que domina por completo, contienen inteligentes observaciones. Por ejemplo, cuando en El color de España habla de lo apropiada que resulta la mezcla entre misterios religiosos y diversiones, algo chocante para quienes «no creen en los misterios religiosos» pues, dice, «los escépticos son muy sensibles en lo que respecta a la veneración». Los demás tratan sobre muchos temas y, aunque primariamente se refieren a personajes históricos ingleses, a la Edad Media, a distintos autores y obras literarias, a virtudes y defectos franceses, etc., en cualquiera pueden aparecer consideraciones jugosas de distinta clase.
En una primera lectura yo declararía excelentes los tres titulados La edad de la razón, dedicados al análisis del siglo XVIII; La vida interior, donde analiza Robinson Crusoe y habla, con mucho acierto, de que «leemos una buena novela no para conocer a más personas sino para conocer a menos»...; San Jorge e Inglaterra, donde compara el culto a los santos y el culto a los héroes; Los derechos del ritual, acerca de las ceremonias fúnebres donde habla de cómo «el viejo santo cristiano invitaba a los hombres a mostrarse tristes, pero no como hombres desesperados», mientras «el nuevo sabio pagano invita a los hombres a mostrarse alegres como hombres desesperados»; El espíritu nacional de la Inglaterra de Chaucer y Dickens, perdido ahora cuando la libertad está extraviada en «un laberinto de prohibiciones»; Sobre el ensayo, donde después de declarar que probablemente no hay «un solo hombre vivo que admire a Stevenson más que yo», critica el uso que se hace de una de sus frases, la de «viajar con esperanza es mejor que llegar»: «ningún hombre viajaría con esperanza si creyera que la meta será desilusionante en comparación con el viaje. Se puede sostener que eso hace al viaje tanto más agradable, pero en ese caso no se puede decir que inspire alguna esperanza, pues se supone que el viajero pone su esperanza en el término del viaje y no sólo en su continuación». Pero cuando lea de nuevo el libro pensaré que son mejores otros.
G. K. Chesterton. El color de España y otros ensayos (The Glass Walking-Stick, 1955). Sevilla: Espuela de Plata, 2007; 294 pp.; trad. de Luis Echávarri y Victoria León; prólogo de Arthur Bryant; ISBN: 978-84-96956-01-8.
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