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Notas del archivo 'Intriga policiaca' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 22 de septiembre de 2017

Una lectura rápida y amena del verano: Aviso de muerte, de Sophie Hénaff, que leí porque me había causado buena impresión su novela debut La brigada de Anne Capestan. Esta vez, la Brigada que dirige la comisaria Capestan debe intentar aclarar el asesinato de su exsuegro, un prestigioso policía. Con pocas pistas y menos medios, estos curiosos inspectores —a los que se incorpora Henri Saint-Lô, que ha estado en un psiquiátrico y piensa que es nada menos que D’Artagnan— hacen un buen trabajo viendo conexiones inesperadas entre asesinatos en diferentes lugares.

La novela está bien estructurada, en capítulos cortos, y, como en la previa, el narrador alterna relatos del pasado de algunos policías del equipo, en especial de la propia comisaria, con el avance de las pesquisas. En las relaciones entre los personajes abunda el buen humor y el narrador consigue que sus extravagancias caigan bien. Por ejemplo, de Saint-Lô se dice que «se le notaba un amor auténtico por la grandilocuencia», que «interpretaba la vida en gran angular, en una dimensión que lindaba con el mundo real»: un comentario aplicable a sus compañeros también.

Sophie Hénaff. Aviso de muerte (Rester groupés, 2016). Madrid: Alfaguara, 2017; 304 pp.; col. Alfaguara negra; trad. de María Teresa Gallego y Amaya García Gallego; ISBN: 978-8420426891. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 12 de mayo de 2017

Después de haber hablado de dos libros de Ngaio Marsch sobre Roderick Alleyn, le toca el turno a su contemporánea Margery Allingham y su detective aristócrata Albert Campion. He leído El signo del miedo, el quinto de sus andanzas, y el posterior El tigre en la niebla, una novela muy elogiada por J.K. Rowling. No son relatos totalmente centrados en los casos a resolver, como los de Marsch o como los de Agatha Christie, sino que tienen una construcción que cabría calificar de más literaria. Los dos libros citados tienen un tono distinto: El signo del miedo tiene toques de comedieta y en él Campion ocupa un papel central; El tigre en la niebla transmite más tensión y seriedad y en la trama Campion no es el único ni el principal detective detrás de resolver el caso.

En el primero —que no tiene un desarrollo muy claro al comienzo, hay que tener un poco de paciencia para ver lo que está en juego— Campion y unos amigos han de probar a quién pertenecen unas tierras y un título. Deben defender los derechos de la familia Fitton frente a un poderoso financiero llamado Brett Savanake (a quien, ya en el dramatis personae con el que comienza el relato, se le califica de “bellaco”, lo que nos da el tono de la historia). El gran personaje de la historia es una jovencita hiperactiva y muy habladora llamada Amanda Fitton, que hace buenas migas con Campion (de hecho, en El tigre en la niebla la veremos casada con Campion).

El tigre en la niebla comienza con que a Meg Elginbrodde, una joven viuda de guerra a punto de casarse de nuevo le llega la información de que tal vez su marido no falleció durante la invasión de Normandía, como le habían dicho siempre. Entran en acción Campion y el competente inspector Charlie Luke, de Scotland Yard, y van apareciendo curiosos y antiguos compañeros del marido en el ejército. En especial cobra importancia un malvado genuino llamado Jack Havoc, que persigue unas riquezas ocultas y que consigue librarse una y otra vez de sus perseguidores. Complica las cosas que el nuevo novio de Meg, Geoffrey Levitt, interviene por su cuenta.

En el primero a Campion se lo presenta con aspecto bobalicón, aunque culto, seguro de sí mismo, y con clara conciencia de su superioridad (es de alta cuna pero lo esconde: «a partir de ahora no recibiré más respeto que el que naturalmente merece mi superior intelecto» dice al comienzo). En el segundo Campion se comporta de modo más adulto y sereno y secunda las acciones de una elogiadísima Scotland Yard cuyo magnífico equipo de investigación «trabajaba de manera incansable y experta, comprobaba cada falso informe, cribaba todas las pruebas incoherentes y prestaba una cortés y meticulosa atención a cualquier llamada telefónica».

Las narraciones tienen sentido común y sentido del humor: por ejemplo, en la primera novela la señora Huntingforest cuenta que, cuando visitó a las dos jóvenes hermanas Fitton y vio que vivían solas decidió quedarse a vivir con ellas: «no me parecía bien, y no me parecía seguro. Soy bastante liberal, o eso creo, pero no soy tonta. Así que puse orden, y aquí me quedé». En ellas no faltan excelentes y muy inglesas descripciones: así, de la secretaria de Savanake se nos dice que tenía «el vago aire de infalibilidad de un ministro laborista»; la segunda novela tiene un arranque que da idea del estilo de la autora y que marca el tono de toda la trama: «La niebla parecía una manta color azafrán empapada de agua helada. Llevaba todo el día flotando sobre Londres, y por fin comenzaba a descender. El cielo presentaba el mismo color amarillento de un guardapolvo, apoyado sobre una capa grisácea punteada de topos negruzcos e iluminada por esporádicas esquirlas de color pescado…».

Margery Allingham. El signo del miedo (Sweet Danger, 1933; o, en la edición nortemericana, The Fear Sign). Madrid: Impedimenta, 2016; 286 pp.; trad. de Guillermo López Gallego; ISBN: 978-84-16542-49-9. [Vista del libro en amazon.es]
Margery Allingham. El tigre en la niebla (The tiger in the smoke, 1952). Barcelona: RBA, 2011; 318 pp.; col. Serie negra; trad. de Damià Alou; ISBN: 978-84-9006-003-2. [
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jueves, 4 de mayo de 2017

He leído con gusto las dos primeras novelas de la neozelandesa Ngaio Marsh sobre Roderick Alleyn, un competentísimo inspector jefe de Scotland Yard que resuelve Un hombre muerto y Un asesino en escena. Ambas tienen un esquema parecido: sucede un asesinato en un ambiente inesperado, entran en acción Alleyn y sus hombres, que investigan minuciosamente todo hasta que conocen el pasado de los sospechosos y los pormenores del crimen, y finalmente llevan a cabo una reconstrucción ficticia de lo sucedido para desvelarlo a todos los implicados.

En la primera novela, un aristócrata inglés ha convocado a unos amigos a pasar el fin de semana en su casa de campo; allí les propone el juego del asesino que, como el lector espera, termina con un muerto real. En la segunda, durante una obra teatral, el disparo que debía ser ficticio de un actor a otro resulta ser letal: la investigación se dirigirá, sobre todo, a descubrir quién y cómo pudo cambiar las balas ficticias por balas reales.

La primera novela comienza centrada en el joven periodista Nigel Bathgate hasta que, cometido el asesinato, aparece Alleyn. En la segunda los dos van, juntos, a ver la representación donde muere uno de los actores. En ambas el periodista cumple la función de plantear preguntas o iniciar caminos equivocados mientras Alleyn siempre aparece muy seguro de lo que ha de hacerse. Véase, por ejemplo, este diálogo de la primera novela: «—¿Imagina usted…? —empezó Nigel. —No imagino —replicó Alley—. Los policías no podemos imaginar».

El mérito de las novelas es su construcción cuidadosa y que la narradora se atiene a los hechos y nunca hace comentarios «literaturizados». La segunda, cuya intriga y desarrollo me ha parecido mejor, tiene la particularidad de que, como la escritora era también actriz y directora teatral, dice muchas cosas de ese mundo y, oportunamente, pone en boca de sus personajes citas apropiadas de Shakespeare u otros autores. Así, uno de los actores exclamará «¡Oh, qué enmarañado ovillo hilamos cuando aprendemos a mentir por vez primera», citando a Walter Scott; o Alleyn, «con tono cansado antes de acostarse», recordará a Hamlet: «Que los coros de ángeles velen tu sueño».

Ngaio Marsh. Un hombre muerto (A Man Lay Dead, 1934). Madrid. Siruela, 2016; 178 pp.; col. Los Libros del Tiempo; trad. de Alejandro Palomas; ISBN: 978-8416638765. [Vista del libro en amazon.es]
Ngaio Marsh. Un asesino en escena (Enter a Murderer, 1935). Madrid: Siruela, 2017; 220 pp.; col. Libros del Tiempo; trad. de Alejandro Palomas; ISBN: 978-84-16964-21-5. [
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jueves, 23 de marzo de 2017

Muerte de un aviador, de Christopher St. John Sprigg, es una entretenida novela policiaca de los años treinta del siglo pasado. Todo comienza cuando un obispo australiano, el doctor Marriott, pide recibir clases de vuelo en un aeródromo inglés. A los pocos días un piloto instructor muy experto muere. Todos, menos el obispo, concluyen que fue un desgraciado accidente. Acaban entrando en acción dos policías: el inspector local Creighton que, cuando sospecha que hay tráfico de drogas detrás, pide la colaboración del inspector Bray, que trabaja para el ministerio del Interior en la sección de narcóticos.

En esta reseña se comenta bien la novela y se indica que el hilo de la investigación va y viene pero es claro, y que los personajes se hacen amables y están bien dibujados. Además, se pueden destacar otras cosas. Una, que se le va dando al lector la misma información que van comprendiendo y adquiriendo los investigadores. Otra, que hay un punto del padre Brown en el doctor Marriott: cuando el inspector Creighton lo felicita por sus deducciones, «¡tiene usted mente de detective!», él le replica: «o de criminal». Luego, que es un secundario formidable Lady Crumbles, una señora empeñada en organizar actos benéficos «cuya inconsciencia ante el sarcasmo ajeno era su mayor fortaleza». Además, no falta una distinción clásica: cuando el inspector Creighton empieza su investigación se nos dice que «si hubiera pertenecido a la policía francesa, sin duda habría empezado por indagar con discreción en las amistades femeninas del comandante [fallecido] y sobre los amigos de sus amigas. Pero aquello ni se le pasó por la cabeza como primera línea de investigación».

Christopher St. John Sprigg. Muerte de un aviador (Death of an Airman, 1934). Madrid: Siruela, 2016; 246 pp.; col. Libros del Tiempo; trad. de Raquel G. Rojas; ISBN: 978-84-16854-00-4. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 17 de febrero de 2017

He leído con interés La brigada de Anne Capestan, una novela policiaca de la periodista francesa Sophie Hénaff: aquí está una reseña completa. Lo mejor es, como se indica en ese comentario, la constitución de un grupo tan improbable de policías: el lector está siempre a la espera de qué podrán aportar a la investigación gente tan distinta y con tantas cualidades como limitaciones. El relato avanza con buen ritmo en distintas direcciones: la del desarrollo de las investigaciones y las explicaciones acerca de los errores que cometieron en el pasado los policías de la brigada.

Atrae también el planteamiento que imprime a su grupo la protagonista. En una reunión, cuando comienzan las quejas, se dirige así su brigada: «en las películas de guerra, el que dice “la vamos a palmar” nunca ayuda a nadie. Así que vamos a dejarlo ahora mismo y a olvidarnos de una vez para siempre del “antes, antes”. Antes de aterrizar aquí, ya éramos unos apestados. Todos nosotros». Además, les hará notar en otro momento que, aunque no les hayan proporcionado medios (técnicos y económicos) para su trabajo, lo cierto es que les han dado libertad: «Investigamos sin presiones, sin rutinas, sin tenerle que rendir cuentas a nadie. Así que vamos a aprovecharlo en lugar de quejarnos como unos niñatos a los que no les dejan ir a una fiesta. (…) Una oportunidad como esta no se presenta dos veces».

Sophie Hénaff. La brigada de Anne Capestan (Poulets Grillés, 2015). Madrid: Alfaguara, 2016; 304 pp.; trad. de María Teresa Gallego y Amaya García Gallego; ISBN: 978-8420419466. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 10 de noviembre de 2016

Al hablar y al escribir he confundido más de una vez los nombres de Auguste Dupin, el detective creado por Poe, y de Arsenio Lupin, el folletinesco «caballero ladrón» creado unas décadas más tarde por Maurice Leblanc. Además, pensaba que lo había mencionado ya en la página y no era así...

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viernes, 9 de octubre de 2015

Mi cupo veraniego de novelas del momento, más o menos policiacas, se completó con La banda de los Sacco, de Andrea Camilleri, un relato con aires de reportaje periodístico que me recomendaron y que me ha gustado leer.

Raffadali, Sicilia, años veinte. El narrador cuenta la historia de la familia Sacco, primero de su ascenso social, y luego de cómo comenzó y creció su lucha contra la mafia. Después de que la mafia intentase chantajearles, se suceden los incidentes y, al ver los Sacco que no pueden confiar en la justicia para defender sus derechos, se ven empujados a combatir ellos mismos a la mafia, contando con la simpatía de muchos.

Libro corto, a medias entra la novela y el reportaje un tanto ensayístico, bien construido, que se lee con facilidad y me ha recordado libros de Leonardo Sciascia. La narración es directa, contrasta testimonios de unos y otros, y explica cómo el crecimiento de la mafia se debió también al ambiente propiciado por el régimen fascista en los años veinte. A leerlo volví a pensar, una vez más, en la idea que se apunta en Una banda de ladrones.

Andrea Camilleri. La banda de los Sacco (La banda Sacco, 2013). Barcelona; 2015; 187 pp.; col. Áncora & Delfín; trad. de Juan Carlos Gentile Vitale; ISBN: 978-8423349074. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 2 de octubre de 2015

Hasta aquí hemos llegado es otra novela de Petros Márkaris acerca del comisario Kostas Jaritos. Al principio, la hija abogada de Jaritos, Katherina, es agredida por un grupo de extrema derecha por defender a inmigrantes. Se suceden, a continuación, el suicidio de un griego procedente de Alemania propietario de una empresa de energía eólica, y los asesinatos del propietario de una academia y de dos capataces, que son reivindicados por un misterioso colectivo que firma como los Griegos de los Años Cincuenta. La novela se centra en las reacciones de rechazo de muchos hacia los inmigrantes y en la corrupción endémica de la burocracia de la administración.

Este último aspecto se presenta por medio de varios tipos de personas: los funcionarios, entre quienes «impera la máxima “que tu mano derecha no sepa qué hace la izquierda” y no sólo metafóricamente»; los intermediarios entre los ciudadanos y la administración, los «untadores», «esos gusanos que los griegos necesitan para poder sobrevivir en un Estado donde la burocracia alimenta el soborno y éste, la burocracia»; y aquellos para quienes «los que no aceptan sobornos son imbéciles y los que los aceptan, mafiosos. En medio está él, la víctima», el contratista que los ofrece.

El autor no parece tener más pretensiones que contar bien su historia, con claridad y sencillez, cosa que es de agradecer. Su relato respira, conjuntamente, pesar y buen humor; retrata bien la vida matrimonial y profesional del comisario; y sirve para entender algo más la situación social griega y para ver con simpatía, también, por si hiciera falta, los esfuerzos de las personas honradas que intentan comportarse correctamente y sin perder la calma: como dice Katherina, «vivir amargados no hará que nos sintamos mejor».

Petros Márkaris. Hasta aquí hemos llegado (Titloi telous, 2014). Barcelona: Tusquets, 2015; 288 pp.; col. Andanzas; trad. de Ersi Marina Samará Spiliotopulu; ISBN: 978-84-9066-071-3. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 28 de agosto de 2015

Un amigo lleva tiempo recomendándome vivamente los libros de Petros Márkaris y su personaje, el honrado comisario griego Kostas Jaritos. Así que he comenzado por Liquidación final, que se desarrolla en Atenas y comienza con una serie de asesinatos: la investigación revela que todos los muertos eran defraudadores de hacienda que habían recibido dos cartas, una conminándoles a pagar y otra anunciándoles su muerte dado que no pagaron; revela también que los distintos modos de morir tienen en común la cicuta. Como consecuencia, mucha gente comienza a regularizar su situación con Hacienda. El asesino alcanza una gran popularidad y recibe el nombre de Recaudador Nacional.

Jaritos es un ejemplo de cómo llevar a cabo una investigación paciente y sacrificada en un ambiente de gran corrupción económica y política. La novela parece un buen retrato de la crisis que atraviesa Grecia y pone de manifiesto la situación en la que quedan muchas personas honradas, que sufren los desmanes de políticos y hombres de negocios sin escrúpulos, y las consecuencias de un aparato estatal que lo invade todo. El argumento es tenso, la narración es amena y los diálogos suenan naturales. No faltan afirmaciones lapidarias: el Estado griego es «la única mafia del mundo que ha ido a la quiebra. Todas las demás evolucionan y prosperan»; «hasta hace poco el propio Estado lo consideraba [algunas inversiones] desarrollo y miraba para otro lado. Ahora usted podría decirme que este desarrollo es una farsa. De acuerdo. Pero, cuando el propio Estado es una farsa, ¿qué otra cosa va a ser el desarrollo?».

Petros Markaris. Liquidación final (Pereosi,2011). Barcelona: Tusquets, 2013; 352 pp.; col. Maxi; trad. de Ersi Marina Samará Spiliotopulu; ISBN: 978-8483837542. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 13 de febrero de 2015

No recordaba bien Un asunto tenebroso, de Honoré de Balzac, pero, como tropecé con una buena edición con un prólogo de Carlos Pujol, he vuelto a leerla de nuevo. Es sabido, como recuerda el prologuista, que tiene fama de ser la primera novela policiaca. Mientras Los asesinatos de la calle Morgue, de Poe, que se publicó a la vez, fijó la forma propia del relato policial breve y la figura del investigador que resuelve un caso, la novela de Balzac es extensa y tiene carácter de novela política —en la que «el enigma llega a adquirir secretas resonancias casi inconfesables»—, e histórica —la narración «invade la Historia con mayúscula para servirse de ella, pero también para explicarla»—.

Entre 1804 y 1806, cuando Napoleón pasa de ser cónsul a ser emperador, a cuatro jóvenes primos aristócratas, los Simeuse y los Hauteserre, se los busca por conspiración. Detrás de la persecución está el temible Fouché por medio de un joven policía muy sagaz: Corentin. Se le oponen una joven prima de los perseguidos, una chica enérgica llamada Laurence, y el hábil guarda del lugar, Michu, que, al principio, logran burlar el acoso al que les someten.

La narración, inspirada en un caso real, tiene tensión, tanto en las acciones de persecución física, como en las de tipo judicial y en las gestiones políticas que siguen. Detrás hay una descripción de asuntos turbios de la vida política. Como corresponde a la época, los nombres de los protagonistas suelen contener algún simbolismo, se describen con precisión portes e indumentarias, y se hacen consideraciones de tipo general que a veces son excesivas —se presenta un personaje mezquino y se afirma que «semejante carácter suele ser corriente entre los campesinos»—, pero que también tienen interés —como la de que el policía «siente las mismas emociones que el cazador»—.

O, por ejemplo, digresiones como esta: «El espía, sustantivo enérgico bajo el cual se confunden todos los matices que distinguen a los policías, (…) tiene eso de magnífico y curioso: que jamás se enfada; posee la humildad cristiana de los sacerdotes, los ojos acostumbrados al desprecio, que él utiliza como una barrera contra el vulgo imbécil que no le comprende; tiene la frente de bronce para las injurias, se dirige hacia su fin como un animal de cuyo sólido caparazón sólo puede dar cuenta el cañón; pero también, como ese animal, se vuelve tanto más furioso al ser alcanzado, cuando creía que su coraza era impenetrable».

Honoré de Balzac. Un asunto tenebroso (Une ténébreuse affaire, 1841). Barcelona: Planeta, 2008; 277 pp.; col. Backlist Clásicos; trad. de Pedro Darnell; prólogo de Carlos Pujol; ISBN: 978-84-08-08190-6. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 10 de octubre de 2014

Hace años leí las novelas más conocidas de Raymond ChandlerEl sueño eterno y El largo adiós— que, al menos en mi recuerdo, permanecieron como parecidas pero inferiores a Cosecha roja de Dashiell Hammet, que también leí por la misma época. He vuelto a reencontrarme con el género, que no he frecuentado mucho, con La rubia de ojos negros, de Benjamin Black, firma de John Banville para novelas como esta.

Según parece, los herederos de Chandler invitaron a Banville a escribir una nueva historia de su detective Marlowe y el resultado es excelente: sin duda la plantilla está más que contrastada pero la imitación es de alta calidad. La narración es buena, la trama es tensa —aunque ya se sepa que Marlowe recibirá varias palizas y que la chica tiene un secreto—, y los diálogos son chispeantes —demasiado, pero es algo que acepto bien cuando se trata de una sola novela aunque me cansaría si leyera varias parecidas seguidas—.

En especial son graciosas (o a mí me hacen gracia) las observaciones del estilo «cogí mi pipa y me entretuve con ella, sacando los restos de tabaco de la cazoleta y haciendo todo lo preciso para limpiarla. Una pipa es un artículo muy útil cuando quieres parecer inteligente y reflexivo». No importa que los personajes sean como postes que dan réplicas excelentes, pues de eso es de lo que se trata, por lo que no extraña nada que un mafioso comente, como si tal cosa, que «la contaminación y la neblina de esta ciudad hacen estragos en mis vías respiratorias».

Benjamin Black. La rubia de ojos negros. Una novela de Philip Marlowe (The Black Eyes Bloonde: A Philip Marlowe Novel, 2014). Madrid: Alfaguara, 2014; 336 pp.; trad. de Nuria Barrios; ISBN: 978-84-204-1692-2. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 13 de diciembre de 2013

Un momento de la conversación a la que me refería en la nota de ayer sucede cuando, «de entre una maraña de palabras surgió de repente el ominoso nombre de Platón, y la doctora Baring planteó una especulación filosófica tentadoramente, como quien mueve un peón de ajedrez.

Muchas personas se habrían precipitado en desastres irreparables por el peón filosófico de la rectora. Había dos maneras de tomárselo, ambas desastrosas. Una consistía en fingir que sabías de qué trataba el asunto; la otra, en manifestar un falso deseo de aprender. Su señoría [lord Peter Wimsey] sonrió amablemente y se negó a aceptar el gambito.

—Eso está fuera de mi alcance. No tengo una mente filosófica.
—¿Y cómo definiría la mente filosófica, lord Peter?
—No la definiría. Las definiciones son peligrosas, pero sé que la filosofía es un misterio para mí, como la música para quien no tiene oído.

La rectora le dirigió una dura mirada, y él le ofreció un perfil inocente, con la cabeza gacha y pensativa sobre el plato, como una garza empollando junto a una laguna.

—Un ejemplo muy acertado —dijo la rectora—. Da la casualidad de que no tengo buen oído.
—¿En serio? Sí, pensaba que podría ser su caso —replicó Wimsey con ecuanimidad.
—Qué interesante. ¿Cómo lo sabe?
—Es algo en el timbre de la voz. —Le presentó unos cándidos ojos grises—. Pero no se puede llegar a esa conclusión sin ciertos riesgos, y como quizá haya observado, no he llegado a esa conclusión. En eso consiste el arte del embaucador: en incitar a una confesión y presentarla como el resultado de una deducción».

Dorothy Sayers. Los secretos de Oxford (Gaudy Night, 1935). Barcelona: Lumen, 2009; 600 pp.; trad. de Flora Casas; prólogo de P. D. James; ISBN: 978-84-264-1700-8.

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jueves, 12 de diciembre de 2013

Mencioné, tiempo atrás, tres novelas policiacas de Dorothy Sayers y su héroe, lord Peter Winsey: Los nueve sastres, El misterio del Bellona Club y Veneno mortal, donde introduce a Harriet Vane, una escritora de novelas policiacas que ocupa un papel central en Los secretos de Oxford, la novela más valorada de la serie y que yo he leído hace poco. En ella, lord Peter Winsey no entra en acción hasta bien pasada la mitad de la historia pues, hasta ese momento, la protagonista es Harriet Vane, que se ha ofrecido a investigar discretamente unos amenazadores mensajes en su antiguo college, una institución completamente femenina. Cuando el asunto se vuelve más complicado y ya es público, las autoridades académicas deciden llamar al detective.

La novela tiene otros dos hilos de interés, aparte del policiaco, inteligentemente presentados por medio de diálogos agudos. Uno, el de las relaciones entre los protagonistas: lord Peter desea casarse con Harriet pero esta se resiste tenazmente. Otro, el de todas las interesantes consideraciones y discusiones de y entre los personajes acerca de la educación universitaria de las mujeres. El ritmo del relato, como novela policiaca, mejora mucho en su segunda parte, que contiene una memorable y extensa escena: una larga conversación entre lord Wimsey y el claustro de profesoras del college de la que mañana pondré un fragmento.

Dorothy Sayers. Los secretos de Oxford (Gaudy Night, 1935). Barcelona: Lumen, 2009; 600 pp.; trad. de Flora Casas; prólogo de P. D. James; ISBN: 978-84-264-1700-8.

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viernes, 8 de marzo de 2013

Los rasgos de El caso del hombre que murió riendo, de Tarquin Hall, son los mismos de la primera novela del personaje, Vish Puri, así que casi no diré más cosas. El libro se abre con un caso de presentación: a un científico indio recién llegado de los Estados Unidos le piden dinero extra para poder matricular a sus hijos en un colegio. Resuelto el asunto, un amigo policía le pide a Puri que le ayude con un extraño asesinato de gran repercusión: el doctor Jha, conocido por su campaña contra las supersticiones, es asesinado en un parque público por una reencarnación de la diosa Kali. La investigación se bifurca: por un lado la del entorno de Jha y, por otro, la de su enemigo público, el popular santón Swani-ji. Además, hay un incidente marginal del que Puri no está informado: cuando la mujer y la madre de Puri acuden a una reunión de señoras irrumpe un asaltante que las roba.

Una pequeña diferencia con la novela previa es que en esta interviene más un agente singular de Puri, Fluorescente, un conductor de autorickshaw, «ciego de un ojo, con el pelo teñido con henna y las ropas manchadas de aceite», hijo y nieto de afamados ladrones pero que ahora lleva una vida que no se atreve a confesar a su familia. Para dar más idea del tono, he aquí un párrafo de ambiente tomado del comienzo de la historia: «Los niños se abrían paso entre el lento tráfico vendiendo trozos de coco enfriado en hielo y copias piratas de novelas ganadoras del Booker Prize. Los melones se amontonaban sobre las aceras. Bajo los parabrisas se colocaban octavillas que anunciaban los poderes de un hakim que prometía exorcizar los espíritus malignos y contrarrestar las maldiciones. Ante todos esos innumerables rostros húmedos y brillantes de sudor, ojos pestañeantes en medio de la polución y labios cuarteados por la sed, Puri pensó en lo estoicamente que los dilli wallahs, tal como se les llama a los habitantes de Delhi, continuaban con su vida, aparentemente resignados a las duras —y para muchos, cada vez peores— condiciones de la capital».

Tarquin Hall. El caso del hombre que murió riendo (The Case of the Man Who Died Laughing, 2010). Barcelona: Roca Editorial, 2010; 281 pp.; trad. de Carol Isern; ISBN: 978-84-9918-178-3.

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viernes, 8 de febrero de 2013

El caso de la sirvienta desaparecida, de Tarquin Hall, es el primer libro de una serie cuyo protagonista es el detective indio Vish Puri, jefe y director de Investigadores Sumamente Privados. Es un relato francamente divertido, que describe con viveza el mundo abigarrado, ruidoso y oloroso, donde viven sus personajes, y que recoge bien los contrastes que se dan allí entre lo moderno y lo tradicional. La novela presenta tres casos a la vez. El más importante es el de una chica que desaparece de la casa de un famoso abogado que parece ser el culpable. Otro es el de un tipo imperioso que recurre a Puri para que averigüe datos comprometedores del futuro esposo de su nieta para poder anular la boda. Otro es un atentado que sufre Puri, al que disparan cuando está en la terraza de su propia casa, pero en este caso es su madre, Mummy, la que decide investigar sin que su hijo lo sepa.

Una parte del atractivo de la novela está en el protagonista. Su aspecto no es atrayente —su mujer y amigos le llaman Gordinflón— y tiene gran debilidad por los picantes y por comidas que no le convienen. Pero no tiene pereza para moverse, su autocontrol en las situaciones complicadas es notable, y su deseo de combatir la corrupción que asola su país es tan enorme como el desdén que siente por sus medios de comunicación. Además, tiene grandes dotes organizativas, entusiasmo por los disfraces, y unos empleados eficientes como Cisterna (nombre que proviene de que fue el primero de su pueblo que tuvo una cisterna en su casa), Crema Facial (una chica espía), Freno de Mano (su chófer), o una leal secretaria llamada Elizabeth Rani, una de cuyas competencias extraoficiales, se nos dice, era la de «escuchar pacientemente las explicaciones de Puri y, de vez en cuando, enviarle un amable masaje a su ego».

El otro punto fuerte es la variedad y el colorido de los escenarios por donde se mueven Puri y sus colaboradores (un aspecto que asemeja la serie con la de Precious Ramotswe). Aquí y allá van dándose toques ambientales interesantes como, por ejemplo, cuando se indica que Mummy, «igual que muchos indios, tenía un don para recordar los números»: bastaba con que le preguntaban por un número y parecía como si viera los números flotando delante de los ojos. Además, no faltan comparaciones útiles: se nos dice que «las similitudes entre el sistema legal indio y la cancillería, tal como se describe en Casa desolada, de Dickens, eran asombrosas»; o se nos informa de que Puri desprecia a Sherlock Holmes por la sencilla razón de que Holmes no reconoció nunca la autoridad del antiguo sabio indio Chanakya, el primer maestro espía del mundo y el autor del primer tratado del arte de gobernar.

A lo largo del relato también se anuncian casos, que ya resolvió en el pasado Puri, tal vez porque el autor piensa en futuras novelas, o tal vez, simplemente, porque algunos dan idea del personaje y sus hazañas. El que más me ha llamado la atención, «el atentado más ingenioso [que Puri había sufrido en el pasado,] lo había orquestado un astuto asesino (un naturalista de profesión) que trabajaba en el parque Assam’s Kaziranga: había pulverizado la ropa de Puri con una feromona que atraía a los rinocerontes».

Tarquin Hall. El caso de la sirvienta desaparecida (The case of the missing servant, 2009). Barcelona: Rocaeditorial, 2009; 282 pp.; trad. de Carol Isern; ISBN: 978-84-9918-012-0.

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jueves, 6 de diciembre de 2012

He descubierto hace poco a una escritora de novelas históricas y de intriga que fue muy popular: Georgette Heyer. En su biografía se dice que, a pesar de su éxito, la edición de 1974 de la Enciclopedia Británica no le dedicó una voz propia (lo mismo que, en la 15ª edición, que es la que yo consulté en su momento, no había menciones de Enid Blyton ni de Richmal Crompton). Allí también se lee que las dos novelas protagonizadas por el comisario Hannasyde publicadas por Salamandra, contrariamente a lo que dicen las cubiertas, no son las primeras de la serie y van en el orden opuesto al que se indica en ellas: Muerte en el cepo es anterior a Aquí hay veneno, además de que un personaje de la primera reaparece como ya conocido en la segunda.

Muerte en el cepo comienza cuando Arnold Vereker es asesinado de manera extraña y, como dice el ayudante de Hannasyde, «el problema es que hay demasiados sospechosos con un buen motivo». En primer lugar, su hermanastro Kenneth, por ser el heredero de su fortuna; su hermanastra Antonia, por llevarse muy mal y haber discutido mucho últimamente con él; su contable, que también es novio de Antonia; y más gente... Además, todos se alegran de su muerte hasta el punto de que no paran de bromear sobre cómo podrían haberlo hecho y cómo sus coartadas no prueban nada.

Aquí hay veneno tiene una estructura y un desarrollo parecidos. También empieza cuando fallece un personaje rico y odioso para toda su familia. En este caso el médico dice que fue de forma natural pero, cuando una de sus hermanas pide su autopsia, se demuestra que ha sido envenenado. Salen a la luz entonces los motivos que todos a su alrededor tenían para envenenarlo y se suceden extraños descubrimientos. Al igual que en la novela anterior, todo se complica cuando inesperadamente muere uno de los sospechosos. Del mismo modo, el comisario va interrogando a unos y a otros pero quien acaba resolviéndolo todo es uno de los personajes.

Las intrigas, bien organizadas, no son de las de tipo acertijo: tanto para el lector como para los protagonistas es necesario que vayan desplegándose los acontecimientos y vayan saliendo a la luz nuevos datos para que todo pueda quedar claro al final. Donde ambas novelas brillan es en la calidad de muchos diálogos: unos muy de clase alta británica —como un mayordomo que se refiere al crimen y a sus complicaciones como a un suceso «extremadamente desagradable»—, y otros verdaderamente acerados cuando intervienen algunos personajes. En particular, resultan brillantes, en Aquí hay veneno, los encontronazos dialécticos que provoca el presuntuoso Randall Matthews, incapaz de replicar sin autoelogiarse y sin insultar: «No me avergüenza en absoluto reconocer mis errores. Cometo muy pocos»; o «La compañía de mis parientes sólo puede disfrutarse con frecuentes intervalos de descanso».

Georgette Heyer. Muerte en el cepo (Death in the Stocks, 1935). Barcelona: Salamandra, 2008; 279 pp.; trad. de Gemma Moral Bartolomé; ISBN: 978-84-9838-192-4.
Georgette Heyer. Aquí hay veneno (Behold, Here's Poison, 1936). Barcelona: Salamandra, 2008; 284 pp.; trad. de Gemma Moral Bartolomé; ISBN: 978-84-9838-154-2.

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jueves, 22 de noviembre de 2012

Ya que nos acercamos a la Navidad, un thriller ameno de hace tiempo ambientado en Nochebuena: Noche de paz, de Mary Higgins Clark. No soy entusiasta de sus novelas pero ese relato está construido con gran habilidad y me hizo pasar un buen rato.

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jueves, 26 de abril de 2012

En El asesinato como diversión, de Fredric Brown, se cuenta que un día comienzan a suceder asesinatos que coinciden con unos guiones inéditos que Bill Tracy, guionista de un popular serial de radio titulado Los millones de Millie, había preparado para que fueran una nueva serie radiofónica que se titularía El asesinato como diversión. Las coartadas de Tracy tampoco son realmente fuertes y, por tanto, no se puede reprochar a los amables policías que tengan sus sospechas.

El mismo Tracy cuenta el relato, que resulta intrigante al principio, aunque la resolución final se basa en información que se había ocultado al lector (y que un protagonista que no estuviera medio borracho, día sí día también, habría adivinado antes). Sea como esa, es una narración amena, que da idea de la gran soltura narrativa de Brown, que contiene diálogos chispeantes y, al mismo tiempo, una crítica del bajo nivel de los seriales radiofónicos y una reivindicación del trabajo de los reporteros periodísticos (de aquellos lejanos años cuarenta).

Fredric Brown. El asesinato como diversión (Murder can be fun, 1948). Barcelona: RBA, 2011; 222 pp.; col. Serie Negra; trad. de María de Nardi; ISBN: 978-84-9006-136-7.

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viernes, 11 de noviembre de 2011

Veo una nueva edición de la La piedra lunar, de Wilkie Collins, una novela detectivesca en torno al enigmático robo de un diamante no menos enigmático.

Dejo su comentario a P. D. James que, en sus interesantes memorias La hora de la verdad, dice que La piedra lunar está en el origen de la novela policiaca: «En mi opinión, ninguna otra novela unitaria esboza con mayor claridad el desarrollo posterior del género [que La piedra lunar]. Wilkie Collins crea uno de los primeros detectives de ficción, el sargento Cuff, excéntrico pero profesional, sagaz conocedor de la naturaleza humana [a partir de un personaje real: el agente de Scotland Yard Jonathan Whicher]. Collins plasma con exactitud los detalles médicos y forenses, hace hincapié en las pistas materiales y se ocupa de que todas ellas (un camisón manchado de pintura, una puerta pringada, una cadena metálica) estén al alcance del lector, apuntando la tradición del juego limpio según el cual el detective nunca debe estar en posesión de más información que el lector. El astuto traslado de las sospechas de un personaje a otro se lleva a cabo con gran habilidad, y el énfasis que hace en las pruebas materiales y la astuta manipulación del lector llegarán a ser algo habitual. Sin embargo, la novela, como historia policiaca, posee otras virtudes importantes. A Wilkie Collins se le da de maravilla describir la apariencia física y los ambientes y saca mucho partido al contraste entre la próspera y segura casa Verinder y la desolación de las arenas escalofriantes, entre la joya robada, exótica y maldita, y las vidas, en apariencia respetables y privilegiadas de la clase alta victoriana».

Wilkie Collins. La Piedra Lunar (The Moonstone, 1868). Barcelona: Alba, 2011; 528 pp.; col. Clásica Maior; trad. de Catalina Martínez Muñoz; ISBN: 978-84-8428-597-7.
P. D. James. La hora de la verdad (Un año de mi vida) (Time to be in Earnest, 1999). Barcelona: Bruguera, 2008; 347 pp.; col. Bruguera ensayo; trad. de Victoria Simó; ISBN: 978-84-02-42056-5.

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viernes, 3 de diciembre de 2010

Ojos de agua
y La playa de los ahogados, de Domingo Villar, son dos novelas policiacas que se desarrollan en Vigo y sus alrededores. En la primera el inspector Leo Caldas descubre quién asesinó a un saxofonista y en la segunda desenreda el caso de un marinero ahogado en Panxón.

Como Kurt Wallander, el protagonista de las novelas detectivescas de Mankell, Caldas es un tipo concienzudo en su trabajo que, aunque sabe tratar bien a las personas con las que se relaciona, no acierta como le gustaría en su vida personal que, por otra parte, está más centrada que la del sueco y resulta más cercana para un lector de aquí. Luego, es un acierto el contraste continuo entre la manera de actuar de Caldas y la de su ayudante aragonés, Estévez, un tipo impulsivo al que, salvada la irritación que pueden causar algunos incidentes que protagoniza, sobre todo si uno ha sufrido alguno parecido en la vida real, deben reconocérsele golpes excelentes; también en esto resultan superiores estas novelas a las de Wallander, a las que les falta un contrapunto así.

Además, el autor entreteje bien las historias paralelas de la vida de Caldas: aparte del caso que tiene entre manos, en cada novela se ven la preocupación que siente por su padre y las relaciones que tiene con él; el dolor sordo por la separación de Alba, un personaje que todos en las novelas conocen pero del que los lectores no saben casi nada; la relación tensa con el periodista que dirige un programa de radio en el que interviene regularmente… Y tienen las dimensiones justas los otros escenarios por donde discurre su vida: la comisaría y el bar sobre todo. Los diálogos son excelentes, el despliegue de investigaciones y averiguaciones es ordenado, prácticamente no hay ningún comentario enfático, y añaden sabor a la narración las excelentes descripciones de comida.

Sin perder de vista que la primera novela de una serie siempre significa la presentación del protagonista y de los escenarios habituales, y por tanto es irreemplazable, en este caso puede leerse directamente la segunda novela, La playa de los ahogados, que además es mejor que la primera: el caso es más sencillo y menos escabroso —cosa que yo, por lo menos, agradezco—, están particularmente bien presentados los ambientes marineros, el comportamiento de Estévez no es tan irracional, todo se desarrolla con pausa y sin el aceleramiento explicativo del final de la primera novela.

Domingo Villar. La playa de los ahogados (2009). Madrid: Siruela; 2009; col. Nuevos Tiempos; 445 pp.; ISBN: 978-84-9841-129-4.
Domingo Villar. Ojos de agua (2006). Madrid: Siruela, 2007, 6ª impr.; 188 pp.; col. Nuevos Tiempos; ISBN 10: 84-7844-048-8.

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jueves, 18 de febrero de 2010

Ya que mencioné, hace unos días, El misterio del Cuarto Amarillo, la segunda mejor novela policiaca de su época según decía Chesterton en «The Domesticity of Detectives» (The Uses of Diversity), pongo ahora una reseña de la que calificaba como la mejor: El último caso de Trent, de Edmund C. Bentley, libro del que no conozco edición en castellano, aunque he visto que la hubo hace tiempo. También Agatha Christie y Dorothy Sayers la consideraban una de las mejores novelas policiacas. Una de las razones: por primera vez el detective protagonista no era un ser infalible como lo habían sido Dupin, Holmes y los demás.

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jueves, 4 de febrero de 2010

Una clásica y antigua novela policiaca: El misterio del cuarto amarillo, de Gaston Leroux. La historia está bien narrada y el héroe tiene por delante resolver un caso policial más difícil todavía que Los crímenes de la calle Morgue  y que «La banda de lunares» (Las aventuras de Sherlock Holmes), de Conan Doyle. Un caso posterior que plantea un mismo tipo de misterio fue «La sombra del tiburón», un relato de 1929 de Chesterton en El poeta y los lunáticos.

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jueves, 12 de marzo de 2009

Ya que incluí hace unas semanas a Conan Doyle ahora es el turno de Agatha Christie. Y he pensado, al releer uno de sus comentarios, que tal vez hoy no formularía del mismo modo la segunda parte de su famoso consejo para escritores: «Recomiendo de forma particular la rutina de los trabajos caseros a todas aquellas personas que pretendan crear una obra literaria. Ello no incluye el cocinar, pues en sí ya es una creación, mucho más divertida que escribir mas, por desgracia, no tan bien pagada».

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viernes, 9 de enero de 2009

En Agua de noria (buena novela con espantosa portada), casi una continuación de Ronda de noche (mucho mejor portada), pues comparten algunos personajes y situaciones, José Jiménez Lozano centra su interés en las peripecias y los pensamientos de dos policías: el comisario Valtodano y el inspector Ledesma. Al leerla me vinieron a la cabeza No es país para viejos, de Cormac McCarthy, por las reflexiones tipo «dónde vamos a ir a parar» de los protagonistas; las novelas de Henning Mankell sobre Wallander, por lo mismo y por la forma que tienen de afrontar el trabajo cotidiano —«ser policía era desde luego lo más parecido a lo que hacía un asno con los ojos cubiertos, dando vueltas a una noria, andando, andando, sin saber a dónde iba, y sin ir a ninguna parte»—; El día de la lechuza, de Leonardo Sciascia, por lo conscientes que son de que han de cubrirse bien las espaldas ante lo que les pueda venir desde arriba; Next, de Michael Crichton, por el tipo de desafío al que han de hacer frente: una clínica donde se usan seres humanos como cobayas, unos tipos que se sienten derecho a sacrificar hombres en nombre de la ciencia, una lectura de las leyes a favor de los experimentadores, unos periodistas ignorantes o vendidos... La relación con No es país para viejos tal vez podría extenderse a cómo un buen escritor puede decir un día, consciente o inconscientemente, «venga, voy a demostraros que yo también podría escribir un thriller tan bueno como cualquiera» y, una vez introducida la historia y atrapado el lector, el autor cambia de registro y vuelve por donde solía. En este caso, a denunciar la deshumanización creciente que se nota en el abuso de los débiles e indefensos en nuestra sociedad, y que se pone de manifiesto en los comentarios llenos de sensatez de la gente más sencilla.

A propósito de Agua de noria, en este minireportaje se pueden leer unos comentarios del autor.

José Jiménez Lozano. Agua de noria (2008). Barcelona: RBA, 2008; 256 pp.; ISBN: 978-84-9867-058-5.
José Jiménez Lozano. Ronda de noche (1998). Barcelona: Seix Barral, 1998; 158 pp.; col. Biblioteca breve; ISBN 84-322-0746-9.

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jueves, 4 de diciembre de 2008

El día de la lechuza,
de Leonardo Sciascia, es una buena narración sobre hombres que intentan hacer su trabajo bien en ambientes donde un poder mafioso maneja los hilos para corromper a unos y atemorizar a otros. Se ambienta en Sicilia, en los años posteriores a la segunda Guerra Mundial. Su argumento es que un honrado empresario de la construcción muere de un disparo y el íntegro jefe de policía local, el capitán Bellodi, consigue aclarar quién lo hizo y por encargo de quién.

De las narraciones del autor con el mismo tema que recuerdo es la que más me gusta. El motivo es que la narración es limpia, que los pasos son todos claros, y que Bellodi es un personaje convincente y atractivo; es antológico su interrogatorio al mafioso local don Mariano Arena, otro personaje poderoso. Otro motivo es que, aunque este tipo de novelas de Sciascia parecen dejar como poso una desesperanza de fondo, como un reconocimiento abatido de que al final no hay nada que hacer pues los de siempre se saldrán otra vez con la suya, lo cierto es que su presentación de personajes íntegros que luchan por abrir grietas en los muros del abuso de poder es una forma buenísima de avivar la esperanza. Por otra parte, los héroes más necesarios hoy tal vez sean quienes nos recuerdan la necesidad de anteponer la propia conciencia a cualquier presión social para defender a los más débiles y buscar la justicia sin excusas.

Leonardo Sciascia. El día de la lechuza (Il giorno della civetta, 1960). Barcelona: Tusquets, 2008; 147 pp.; trad. de Juan Ramón Azaola; ISBN: 978-84-8383-076-5.

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jueves, 21 de junio de 2007

Más de Cornell Woolrich. Cuando leí, hace tiempo, 18 relatos cortos recogidos en un volumen de Acervo, La ventana indiscreta entre ellos, tomé unas notas. Aquí están: bien armados, bien contados, optimistas; juega con la sorpresa, tiene un aire a O. Henry algunas veces; sus protagonistas son gente dispuesta a meterse en la boca del lobo sin sentir temor, policías honrados, hijos de policías que colaboran con sus padres; ambientes conseguidos, sentimientos humanos bien pillados muchas veces, sin detalles crudos ni explotación de lo sensual, alusiones a supersticiones banales; finales satisfactorios en los que se esclarece la verdad y se hace justicia...

Cornell Woolrich. Obras escogidas. Barcelona: Acervo, 1973, 5ª ed.; 476 pp.; selección y prólogo de José A. Llorens; versión española de Jacinto León; ISBN: 84-7002-126-5.

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miércoles, 20 de junio de 2007

Cornell Woolrich
(1903-1968) fue un prolífico escritor norteamericano al que se considera uno de los mejores autores de relatos de intriga. Firmó muchos con el seudónimo de William Irish y no pocos de sus argumentos han sido llevadas al cine.

Cuatro relatos en los que demuestra sus dotes de narrador y de creador de climas de suspense, y que están incluidos en dos libros juveniles de la misma colección, son El ojo de cristal, Charlie saldrá esta noche, Aprendiz de detective y Un robo muy costoso. No sé por qué dos se publican con su nombre y los otras dos con su seudónimo y los libros no dicen nada de que es el mismo autor. También pienso que sería mejor haber juntado en un sólo libro El ojo de cristal y Aprendiz de detective, pues ambas historias están protagonizadas y narradas por un chico de unos doce años con un padre inspector de policía, y en las dos es el chico quien casi resuelve solo el caso. Me parecen inferiores Charlie saldrá esta noche, sobre un policía que sospecha que su hijo sea el asaltante de estancos que una y otra vez se le escabulle, y Un robo muy costoso, sobre una mujer que deja un testamento extraño y unos patéticos ladrones hacen un plan para robar su tumba.

Los dos libros cuentan con ilustraciones muy apropiadas y la colección en la que se publican tiene un buen diseño de conjunto, incluidas actividades escolares al final, cosa que comprendo aunque no me guste. Sin embargo, las continuas aclaraciones de vocabulario en forma de notas al pie me parece que resultan no sólo incómodas sino incluso insultantes (ej.: brebaje = bebida desagradable; tenue = débil...).

Cornell Woolrich. El ojo de cristal y Charlie saldrá esta noche. Barcelona: Vicens Vives, 2005, 6ª reimpr.; pp.; col. Cucaña; ilust. de Tha; trad. de Jordi Arbonès; ISBN: 84-316-5358-2.
William Irish. Aprendiz de detective y Un robo muy costoso. Barcelona: Vicens Vives, 2006, 9ª reimpr.; pp.; col. Cucaña; ilust. de Rubén Pellejero; trad. de Gabriel Casas; ISBN: 84-316-4753-1.

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jueves, 30 de noviembre de 2006

Recientemente ha llegado a las librerías Veneno mortal, un nuevo relato policiaco de Dorothy Sayers, que se suma a los otros dos publicados en los últimos meses, Los nueve sastres y El misterio del Bellona Club, y que tiene iguales cualidades: lenguaje rico, diálogos ágiles, escenas conseguidas, observaciones inteligentes, descripciones medidas, certeras alusiones literarias. Pero quizá es más sabroso: tiene más humor, el hilo de la pesquisa es más lineal, es un acierto que parte de la investigación recaiga en los ayudantes de lord Peter Wimsey: Bunter, su ceremonioso mayordomo; la señorita Murchinson, que aprende a reventar cajas fuertes en un plis-plás; y la señorita Climpson, que se hace pasar por una experta médium. De todas maneras, el principal gancho está en el arranque: después de que un juez exponga el caso, en el que Harriet Vane, una escritora de novelas policiacas, es acusada de haber envenenado con arsénico a su ex-amante, y de que el jurado popular no logre ponerse de acuerdo en si la acusada es o no culpable aunque todo la incrimina, lord Peter Wimsey hace suyo el caso no sin antes pedir a la señorita Vane que... se case con él. Aunque la traducción es buena, algunas expresiones vulgares, y la frecuencia con que se repite la muletilla “y tal”, resultan chocantes.

No es genial pero a los adictos les gustará. Como en tantas otras cosas, aquí se puede aplicar lo que decía el gran jefe Asurancetúrix a su pueblo después de visitar el Partenón: «Para el que le gusten las columnas no está nada mal».

Dorotty Sayers. Veneno mortal (Strong Poison, 1930). Barcelona: Lumen, 2006; 336 pp.; trad. de Flora Casas; ISBN: 84-264-1574-1.

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miércoles, 14 de diciembre de 2005

Hace no mucho se publicó en castellano Los nueve sastres, una de las novelas policiacas de Dorothy Sayers protagonizadas por lord Peter Wimsey. Ahora le toca el turno a El misterio del Bellona Club y la editorial Lumen anuncia que continuará editando las restantes. Amiga de Chesterton y Eliot, entre muchos otros escritores, Sayers dedicó gran parte de su vida a la traducción al inglés de La Divina Comedia de Dante, un trabajo que, hasta la fecha, sigue siendo una referencia. Entre otras cosas escribió también la serie de novelas policiacas a la que pertenecen las dos citadas y, dentro del género, se la considera también una referencia.

El misterio del Bellona Club se plantea cuando, poco antes de la hora de cenar, el viejo general Fentiman aparece muerto en el sillón orejero de su Club: supuestamente había sufrido un ataque al corazón por la mañana y ni los empleados ni los miembros del Club lo habían advertido. Pocos días después, el abogado de sus nietos, los hermanos Fentiman, pide a lord Peter Wimsey que averigue la hora exacta de su fallecimiento: de que ocurriera después o antes de las diez y media de la mañana, hora en que muriera su hermana Felicity, depende que sus nietos reciban o no una gran herencia.

Esta edición cuenta con un corto prólogo de P. D. James, que define bien los méritos de las novelas de Sayers y los rasgos que caracterizan a su detective aristócrata lord Wimsey y con un epílogo en el que figura su biografía completa, de Wimsey. Es una obra compuesta para entretener pero está bien escrita y bien construida, y contiene diálogos inteligentes, observaciones agudas y medidas descripciones ambientales. En su interior se contienen alusiones cultas que no estorban pero que revelan la clase de escritora que es Sayers: puede hablar de un encargado de guardarropa con cara de Sam Weller (personaje de Dickens), puede hacer que su protagonista piense en una solución y no en otra arrancando de que siempre se debe preferir lo imposible probable a lo posible improbable (según Aristóteles)...

Dorothy Sayers. Los nueve sastres (The Nine Tailors, 1954). Barcelona: Diagonal, 2003; 445 pp.; col. Clásicos Gimlet; trad. de Mireia Terés; ISBN: 84-9762-047-X.
Dorothy Sayers. El misterio del Bellona Club (The Unpleasantness at the Bellona Club, 1928). Barcelona: Lumen, 2005; 334 pp.; col. narrativa; trad. de Flora Casas; prólogo de P. D. James; ISBN: 84-264-1512-1.

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jueves, 23 de junio de 2005

Conozco algunos escépticos que sostienen que la verdad absoluta no existe, excepto la verdad contenida en ese mismo juicio. La causa de pensar eso, creo, puede deberse al hecho de vivir en medio de un bombardeo incesante de hechos y opiniones. He comprobado también que tal actitud es más acentuada en quienes trabajan en algunas profesiones. Eso no es nuevo, claro, como puede deducirse de la lectura de El expediente 113, una novela policiaca decimonónica de Emil Gaboriau, en la cual el narrador afirma con la graciosa contundencia característica del género: «Si existe un hombre al que ningún acontecimiento puede ya sorprende o impresionar, que no se deja engañar por las apariencias, capaz de admitirlo todo y de explicárselo todo, ése es sin género de duda un comisario de policía de París». «Sus previsiones se han visto tantas veces fallidas, que ello lo sume en ocasiones en el escepticismo más completo. No cree en nada, ni en el bien ni en el mal absolutos, ni en la virtud ni en el vicio. Se ve abocado sin remedio a la inquietante conclusión de que no hay hombres sino acontecimientos». A un personaje así le dedicará Chesterton años más tarde dos de los más famosos casos del Padre Brown: La cruz azul y El jardín secreto.

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