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Notas del archivo 'Biografías' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 19 de noviembre de 2017

Otro libro excelente de David McCullough: Los hermanos Wright, Wilbur (1867-1912) y Orville (1871-1948), dos grandes personajes por su modo de ser y por sus logros. Como es sabido, fueron los pioneros de la aviación: hicieron un trabajo minucioso, con multitud de pruebas de diseño, de construcción, y de vuelo, desde su primera aeronave en 1899 hasta el biplano Flyer que patentaron en 1908. El autor pormenoriza los cautelosos pero tenaces pasos que fueron dando los Wright, que nunca perdieron de vista que su modo de vida era el arreglo y fabricación de bicicletas, y que, subraya el autor, no tenían formación universitaria o estudios técnicos oficiales, ni experiencia de trabajo con nadie más que consigo mismos, ni amigos en puestos de poder, ni respaldo financiero o subsidios del Estado…

El primer capítulo, donde se habla del ambiente familiar y del modo de ser de los dos hermanos ya da idea de que fueron unos tipos excepcionales: trabajadores, discretos, optimistas, serenos, con aptitud para la escritura y para explicarse bien… Eran caballerosos, no bebían, no jugaban... En fin, eran tan fiables como querían que lo fuera su avión. El encabezamiento del capítulo uno es esta cita: «Si tuviera que dar un consejo a un joven sobre cómo tener éxito en la vida, le diría que escoja unos buenos padres e inicie su vida en Ohio» (Wilbur Wright). Y en una conversación con un amigo, Orville le dijo: «no es cierto que no tuviéramos privilegios. Tuvimos la gran ventaja de crecer en una familia que siempre alentó la curiosidad intelectual».

David McCullough. Los hermanos Wright (The Wright Brothers, 2015). Madrid: La Esfera de los Libros, 2016; 381 pp.; trad. de Paloma Gil Quindós; ISBN: 978-84-9060-813-5. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 11 de junio de 2017

Una de las conclusiones que he sacado de la lectura de Havel. Una vida, es que debo leer a Jan Patocka, de quien conocía textos pero del que no he leído ningún libro.

Hay varios capítulos que se abren con citas de Patočka. Por ejemplo, esta: «Ninguna sociedad, por muy tecnológicamente avanzada que sea, puede funcionar sin una base moral, sin una convicción, que no es cuestión de oportunidad, ni de circunstancias ni de beneficios anticipados. No obstante, la moral no está ahí para que la sociedad funcione, sino simplemente porque hace humano al ser humano». 

O esta otra: «Para que la humanidad se desarrolle en armonía con las posibilidades de la razón técnica e instrumental, para que sea posible el progreso del conocimiento y de las capacidades, la humanidad tiene que estar convencida de la naturaleza incondicional de los principios, que son, por así decirlo, “sagrados”. (…) La salvación en estas cuestiones no vendrá del Estado».

En consonancia con Patočka, Havel «llegó a la conclusión de que su brújula moral era innata, independiente de la opinión de los demás e independiente de las consecuencias prácticas; es más, se dio cuenta de que tenía que ver con su propia identidad interior, con ser fiel a sí mismo, con vivir en la verdad». Su reflexión le llevó, dice su biógrafo, a un descubrimiento crucial: «La extraña autonomía de un acto moral, su independencia del ojo del que mira —es más, el hecho de que ni siquiera precisara de un observador, así como el hecho de que se resistiera a todos sus intentos de racionalizarlo o explicarlo lógicamente—, implicaba que en realidad había alguien o algo más allá de nuestro horizonte cotidiano que observaba y tomaba nota de nuestros actos. De alguna manera, en aquella época [finales de los años setenta], en el fuero interno de este hombre de una mentalidad sumamente escéptica y de un agudo sentido de lo absurdo, prendió una chispa de espiritualidad, una noción de trascendencia»

En relación a las creencias profundas de Havel su biógrafo hace algunas glosas imprecisas. Por ejemplo, al hablar de que Havel era un hombre de fe pero no un hombre religioso —afirmación que, para ser comprensible, requeriría definir bien primero fe y religión—, señala que «para Havel, el sentido existencial de la responsabilidad personal como prerrequisito de la libertad y de la vida en la verdad concede demasiado libre albedrío para ser compatible con el concepto de un dios todopoderoso», aunque sí con la de un dios omnisciente. En lo que yo sé, Dios, tal como lo comprende la tradición cristiana, es precisamente quien concede a los hombres la libertad y quien, por eso mismo, les pide responsabilidad.

Sea como sea, el biógrafo afirma que, «a diferencia de muchas personas que pasan por la vida sin hacerse preguntas, Havel era capaz de ver el misterio de la existencia en cada acto humano, en cada impulso humano y en cada dilema humano»; afirma que el «orden del ser», donde «quedan indeleblemente registrados todos nuestros actos, y el lugar, el único lugar, donde serán debidamente juzgados», es un concepto que impregna sus escritos; señala que, para él, «la esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene significado independientemente de cómo salga». Y, al final de su vida, Havel decía esto también: «me esfuerzo en estar preparado para el juicio final. Un juicio en el que no quedará nada oculto, que valorará debidamente todo lo que hay que valorar y dará cuenta de todo lo que está fuera de lugar de manera improcedente».

Michael Žantovský. Havel. Una vida (Havel. A Life, 2014). Madrid: Galaxia Gutenberg, 2016; 798 pp.; col. Biografías y memorias; trad. de Alejandro Pradera Sánchez; ISBN: 978-8416734221. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 4 de junio de 2017

En Vaclav Havel. Una vida se pone de manifiesto que los grandes temas de Havel fueron el de la identidad, el de vivir en la verdad y de actuar con sentido de responsabilidad. Él mismo habló de ellos en el que sería su manifiesto político, El poder de los sin poder, pero se anunciaron ya en un discurso pronunciado en 1968, en un congreso de escritores chescoslovacos: «La cuestión es sencillamente si en última instancia todos somos capaces de responsabilizarnos de nuestras palabras, si somos capaces, realmente y sin reservas, de responder por nosotros mismos, de avalar nuestras proclamas con nuestros actos y su continuidad, y nunca caer —por muy buenas que fueran nuestras intenciones— en nuestra propia trampa, ya sea por vanidad o por miedo. Este no es un llamamiento al cálculo sino a la autenticidad».

Su biógrafo afirma que Havel intentó siempre seguir una máxima de Jan Patocka según la cual «la medida de un hombre no es cómo afronta las metas que se ha marcado, sino cómo sobrelleva los desafíos que la vida pone en su camino». Entre otras frases que describen cómo entendió la resistencia que debía oponerse a los políticos y funcionarios que lo acosaron y encarcelaron, escribió que jamás una mentira puede protegernos de otra mentira; que un acto moral sin ningún efecto visible político inmediato, puede adquirir, con el tiempo, una gran trascendencia política; que «una sobria perseverancia es más efectiva que las emociones entusiastas». Son criterios de actuación que, a pesar de sus tropiezos y decaimientos, intentó mantener, y que pueden guiar cualquier resistencia frente a los abusos de poder.

En esa línea van unas instrucciones que, desde el gobierno checoslovaco, se dieron a la población para comportarse ante las tropas invasoras rusas en 1968, un texto en el que parece verse la mano de Havel: «Afronte la presencia de tropas extranjeras igual que afrontaría, por ejemplo, un desastre natural: no negocie con ellas —igual que usted no negociaría con una lluvia torrencial—, sino que actúe al respecto y huya de ella de la misma forma que haría con la lluvia: utilice su ingenio, su inteligencia y su imaginación. Al parecer el enemigo es tan impotente frente a ese tipo de armas como lo es la lluvia frente a un paraguas. Utilice contra el enemigo cualquier método que él no se espere: no le manifieste ningún tipo de comprensión, ridiculícele y muéstrele lo absurdo de esta situación».

Michael Žantovský. Havel. Una vida (Havel. A Life, 2014). Madrid: Galaxia Gutenberg, 2016; 798 pp.; col. Biografías y memorias; trad. de Alejandro Pradera Sánchez; ISBN: 978-8416734221. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 28 de mayo de 2017

Havel. Una vida, una biografía de Václav Havel escrita por Michael Žantovský, su amigo y jefe de prensa durante unos años, sigue ordenadamente su vida, habla de sus años de infancia y formación, de su dedicación al teatro desde muy joven, de su actividad como disidente y de cómo llegó a descubrir, entonces, «que vivía en un sistema que no solo no funcionaba, sino que no podía funcionar», de su participación en los acontecimientos que le condujeron a liderar la Revolución de Terciopelo, en 1989, y de su vida política posterior. El autor se detiene también a explicar la actividad de Havel como dramaturgo y escritor y no deja de contar los incidentes de su ajetreada vida personal. Además, da los pormenores de las discusiones y rivalidades políticas que tuvieron lugar durante su etapa como presidente.

Esta buena reseña indica que, para comprender mejor las cosas, es útil conocer un poco la literatura y la cultura checa, y señala que Václav Havel sigue siendo un modelo para todos aquellos que no quieren reducir la política a la mera ideología. En ella también se menciona cómo el apoyo de Havel, siendo ya presidente de su país, a las intervenciones militares en Kosovo e Irak contribuyeron, seguramente, a que no le concedieran el Nobel de la Paz. Havel, un hombre marcado por la miopía del pacifismo europeo que abrió las puertas a la Segunda Guerra Mundial, pensaba que «no se deben hacer concesiones a la maldad, aunque no esté dirigida directamente contra nosotros» y que, por tanto, la violencia es «un mal inevitable en circunstancias extremas».

Queda claro que Havel fue una figura única: su modo de ser cortés y modesto, los acontecimientos que vivió y la persecución que sufrió, junto con «su capacidad de entretejer hilos de su obra teatral, crítica y ensayística para crear algo parecido a una filosofía coherente», le llevaron a tener un estilo político propio en el que siempre huyó de la tentación de sentirse moralmente superior, «tan frecuente en todo tipo de movimientos revolucionarios». Precisamente por esto último, y por todo lo que nos cuenta la biografía, parece más bien incorrecto explicar la singularidad de Havel, y las diferencias de opinión acerca de él que se dan entre quienes lo trataron, diciendo que «es un hecho trivial típico de la mayoría de las personas excepcionales: no cantan la misma partitura que los demás, ni obedecen a las mismas normas. Por consiguiente, cualquier relación personal y emocional con ellas es asimétrica por definición».

Que las normas morales o son iguales para todos o no son tales normas, y que Havel también lo entendía así, queda claro si pensamos en que, afirma su biógrafo, era una persona que dudaba siempre de sí mismo y de sus propios móviles, era una persona que «no tenía, ni jamás desarrolló siquiera, un concepto del Enemigo. A lo largo de las décadas de su crítica contra el régimen comunista, Havel siempre se esforzó por plantearla en forma de diálogo, en el que se tomaba muchas molestias para intentar comprender, en vez de demonizar los móviles de sus interlocutores, y, a ser posible, siempre intentaba concederles el beneficio de la duda». Esto, por un lado, le causó problemas en su actuación como presidente, pues fue acusado de blandura; por otro, sin embargo, evitó represalias sangrientas y humillaciones públicas como se dieron en otros países que se salieron de la órbita comunista.

Michael Žantovský. Havel. Una vida (Havel. A Life, 2014). Madrid: Galaxia Gutenberg, 2016; 798 pp.; col. Biografías y memorias; trad. de Alejandro Pradera Sánchez; ISBN: 978-8416734221. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 27 de marzo de 2016

John Henry Newman es uno de esos personajes decisivos que permanece oculto para muchos. En el pasado cité una biografía suya —Un maestro de la controversia—, y su novela Perder y ganar —por dos veces: Concentrar o desparramar, Esclavos sin remedio—. También aparecieron palabras suyas con ocasión de comentar El despertar de la señorita PrimAñoranzas de otro futuro—, en una cita de Luigi Giussani —Novedades verdaderas—, y hablando de un libro de Chesterton —La otra cara de algunos argumentos—.

Al empezar a preparar esta nota estaba convencido de que había puesto también una reseña de su autobiografía, Apología pro vita sua, pero estaba equivocado, aunque sí había dicho el origen de su redacción en la breve biografía de Charles Kingsley. Sabía, eso sí, que nunca había puesto notas sobre sus magníficos sermones —de los que hay citas abundantes en castellano, por ejemplo, en el blog En Compostela; y que se pueden leer, en inglés, igual que todas sus obras, en la extraordinaria página newmanreader—.

Hace pocos días leí Vida y pensamiento del cardenal Newman, de Charles Stephen Dessain, que me regalaron con ocasión de intervenir en un ciclo de conferencias organizado por el Club Chesterton de Granada y por el Seminario de estudios J. H. Newman de la universidad de Granada. Y, desde que la terminé, la he recomendado ya varias veces: me parece una excelente biografía y una gran introducción a las ideas de Newman.

El prologuista recuerda que se lo llamó «el hombre más peligroso de Inglaterra» y lo califica de «rebelde-obediente como ningún otro». El autor se refiere a él como «un heraldo de verdades olvidadas» que «se daba cuenta del daño que causaba una presentación del cristianismo desequilibrada o incompleta». Quienes le conocieron y oyeron decían que sus sermones «hacían que los hombres pensaran en las cosas de las que hablaba el predicador, y no en el sermón ni en el predicador» y que «nunca se oyó una voz mejor adaptada a persuadir sin irritar».

Charles Stephen Dessain. Vida y pensamiento del cardenal Newman (John Henry Newman, 1980). Madrid: San Pablo, 1998, 2ª ed.; 238 pp.; col. Testigos; trad. de Aureli Boix; prólogo de José Luis Martín Descalzo; ISBN: 84-285-1335-X.

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domingo, 20 de marzo de 2016

Más de una vez, a propósito del papel de las mujeres en la Edad Media, he recomendado biografías firmadas por Regine Pernoud, como las de Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla, Cristina de Pizán, o Juana de Arco, y otra, no mencionada en la página hasta el momento: la de Hildegarda de Bingen (1098-1179).

Es una figura poco conocida pero que, sin embargo, dice Pernoud, «resulta esencial si queremos entender el siglo XII». En su libro repasa brevemente su vida y su obra, y resalta la singularidad de sus composiciones musicales; hace notar que fue autora de los únicos tratados de medicina, o de ciencias naturales, escritos entonces en el Occidente cristiano; habla de su audaz correspondencia con papas y emperadores, y se refiere a sus extraordinarias visiones cósmicas, lo más llamativo de su obra.

En la completa voz de Wikipedia en castellano, que da idea de lo asombroso del personaje, se menciona de pasada que se han propuesto explicaciones de tipo médico para sus visiones, aunque no dice, naturalmente, que unas justificaciones así son muchísimo más milagrosas que cualquier milagro.

Regine Pernoud. Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada en el siglo XII (Hildegarde de Bingen. Conscience inspirée du XII siècle, 1994). Barcelona: Paidós, 1998; 164 pp.; trad. de Alejandra González Bonilla; ISBN: 84-493-0617-5. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 31 de enero de 2016

Hace años leí una biografía de Lenin, firmada por David Shub, de la que recordaba pocas cosas. Hace unos dos meses seguí el consejo de un amigo historiador y busqué la biografía posterior escrita por Robert Service, que me ha parecido ordenada, clara y bien documentada.

En ella se cuentan bien los pormenores de su vida personal: padres, educación, infancia y juventud, el acontecimiento decisivo de la detención y posterior muerte de su hermano mayor, el afecto que siempre le tuvieron su madre y sus hermanas, y sus relaciones con otros revolucionarios como él, su esposa incluida, pues, desde muy joven, Lenin no dejó nunca que cualquier clase de sentimentalismo tuviera cabida en sus decisiones políticas.

El biógrafo lo describe como alguien reservado, que rara vez confió a alguien sus cálculos más íntimos, y culto, buen lector y admirador de músicos como Wagner y Beethoven, aspectos que ocultaba tras una máscara de frialdad científica. Se detiene a explicar cómo albergó una rabia profunda y creciente contra el régimen zarista hasta el punto de que, quienes le conocieron en sus primeras escaramuzas políticas, se sorprendían al ver su desconcertante dureza y que «se complacía en rechazar conceptos como conciencia, compasión y caridad». Sin embargo parece que a él «no le preocupaba la posibilidad de que su actitud horrorizase a otros».

En su vida política era tenaz, «un luchador nato», y un optimista, porque «dejaba que la imaginación y la ideología bloqueasen el juicio sereno». Tenía «una claridad de propósito que no poseía nadie más de su partido» y supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron para llegar a dirigirlo. «Su criterio de moralidad era simple: ¿Apoya u obstaculiza determinada acción la causa de la revolución? Aunque raras veces mintiese descaradamente en política, tenía una habilidad inigualable para eludir la veracidad». No tenía dudas de sus propios análisis. El Estado debía ser, según él, «como un motor de coordinación y adoctrinamiento».

Para él y sus colaboradores eran valores básicos el orden, el centralismo, la jerarquía, la unidad monolítica y la disciplina, no importaba el precio que hubiera que pagar. Abundan los documentos en los que queda constancia de que «Lenin ordenó, dirigió y aprobó la violencia, incluido el terrorismo de Estado directo». El fundamento teórico de su vehemencia colérica, y de considerarse legitimado para imponer criminalmente su régimen, lo buscó en Maquiavelo, quien explicaba que, a veces, es necesario recurrir a la brutalidad «lo más intensa posible a corto plazo para que no fuese necesario prolongarla excesivamente en el tiempo». Así que «Lenin prefería excederse en los golpes que arriesgarse a que el adversario aguantase el asalto».

El libro explica bien, pero sin detalle, las actividades y las personalidades de sus principales colaboradores —Trotski, Stalin, Bujarin, Zinóviev, Kámenev—, todos ellos hábiles y seguros de sí mismos, así como sus relaciones con ellos y entre ellos. A Stalin pasó de considerarlo «el maravilloso georgiano», cuando le conoció en 1912, a verlo como su gran enemigo en los últimos años.

Robert Service. Lenin. Una biografía (Lenin. A biography, 2000). Madrid: Siglo veintiuno de España editores, 2001; 644 pp.; trad. de José Manuel Álvarez Flórez; prólogo de Manuel Vázquez Montalbán; ISBN: 84-323-1065-4. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 25 de septiembre de 2015

El impostor,
de Javier Cercas, es un relato con dos protagonistas: el propio autor y su biografiado, Enric Marco, un hombre de ochenta y tantos años del que se descubrió que, habiendo sido presidente durante varios años de una asociación de supervivientes de los campos nazis, en realidad no había estado allí nunca.

En relación al primero, a lo largo del libro asistimos a las dudas del autor sobre si escribir o no sobre Marco; a sus conversaciones con unos y otros sobre él; y a muchas reflexiones de tipo político-histórico y a otras más o menos literarias, entre las que ocupan más espacio las relativas a la novela A sangre fría, de Truman Capote, y las que hace acerca de los parecidos entre Marco y don Quijote. Todo este aparato tan posmoderno tiene (para mí al menos) un doble inconveniente: la presencia del autor es algo cargante y, aunque sin duda no faltan comentarios de interés, todo podría haberse condensado en muchas menos páginas y formulado de modo mucho menos enfático. Tiene, también, una ventaja: todo este material cumple la función de introducir otro hilo narrativo y de darle variedad al relato.

En relación al segundo, Enric Marco resulta todo un personaje —un pícaro de nuestro tiempo, un embaucador nato, un genuino «mediópata»— y, siguiendo el hilo de su vida, se tocan algunos aspectos de la historia de España de las últimas décadas. Son valiosas las referencias a las discusiones habidas en España sobre la «memoria histórica» y la que llama «la industria de la memoria». Lo son también muchas reflexiones acerca de la importancia del pasado, para las que el autor se apoya una y otra vez en una frase de Faulkner: «el pasado no pasa nunca, ni siquiera es pasado, es una dimensión del presente». Aquí hay una reseña más extensa.

Javier Cercas. El impostor (2014). Barcelona: Random House, 2014; 428 pp.; col. Literatura Random House; ISBN: 978-8439729723. [
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domingo, 13 de septiembre de 2015

En el prólogo que puse al álbum Juana de Arco me limité, por lógica y por motivos de espacio, a cuestiones técnicas del mismo álbum. Luego, a quienes me han preguntado acerca del personaje les he recomendado, aparte de la biografía que le dedicó Mark Twain y de la extraordinaria película El proceso de Juana de Arco que filmó Robert Bresson, dos biografías escritas por Régine Pernoud: una, Cristina de Pizán, un personaje que merece ser mucho más conocido; otra, su biografía sintética, no traducida al castellano, Petite vie de Jeanne d’Arc.

Cristina de Pizán (1364-1430) fue una pensadora, poeta y escritora. Se la considera la primera feminista por ser la primera que escribe para reivindicar que las mujeres pueden desempeñar las mismas funciones que los hombres y mandar capazmente sobre ellos. Cuando, al final de su vida, surgió Juana de Arco y se puso al frente de los ejércitos franceses, vio en ella una demostración palpable de sus tesis. Juana de Arco, dice Regine Pernoud, «era una mujer que respondía plenamente a los deseos de Cristina, pues tenía “valor de hombre” y también, además de “tener corazón de hombre”, (…) “conocía los derechos de armas y todas las cosas que a ello convienen, a fin de poder dar órdenes a sus hombres, y, si hubiere necesidad, sabe lo que hay que hacer para atacar o defender”». Juana era un tipo de mujer que, por supuesto, «ni la misma Cristina podía prever» pero, fuera como fuese, tenía «todas las marcas que Cristina deseaba para aquellas mujeres que debían actuar».

En cuanto a Juana de Arco (1412-1431), dice Pernoud en la introducción a su Petite vie de Jeanne d’Arc, que fue un personaje que asombró a sus contemporáneos tanto como nos asombra a nosotros. Pero, para poner en su sitio a los ignorantes pretenciosos, señala que es la figura del siglo XIV acerca de la cual tenemos más y mejor documentación: por un lado, la correspondiente al proceso de su condena (1431), donde figuran las preguntas que se le formularon y las respuestas que dio; y, por otro, la de otro proceso, de rehabilitación, que tuvo lugar dieciocho años más tarde, en el que se interrogó a todos los que la habían conocido y se reunieron ciento quince testimonios. Dando la palabra a esos textos, la historiadora francesa cuenta brevemente la vida de Juana de Arco y, de vez en cuando, hace alusiones a las inexactitudes y tonterías que se contienen en algunas versiones acerca de su vida.

Régine Pernoud. Cristina de Pizán (Christine de Pisan, 1995). Palma de Mallorca: José J. de Olañeta, 2000; 183 pp.; trad. de María Tabuyo y Agustín López; ISBN: 84-7651-857-9. [Vista del libro en amazon.es]
Régine Pernoud. Petite vie de Jeanne d’Arc (1990). Paris: Desclée de Brouwer, 1990; 143 pp.; ISBN: 978-2-220-05879-5. [Vista del libro en amazon.es]


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domingo, 26 de octubre de 2014

Cisneros, el cardenal de España,
de Joseph Pérez, me ha parecido una excelente biografía: bien escrita, clara, sintética, ponderada, esclarecedora.

Cisneros nació en 1436. Se conocen pocas cosas de las primeras décadas de su vida. Se ordenó sacerdote con ánimo de ascender en la carrera clerical pero se hizo franciscano de estricta observancia con 46 años. Fue confesor de la reina Isabel desde 1492, arzobispo de Toledo en 1495, Inquisidor General y Cardenal en 1507, regente del reino entre 1506 y 1507 y entre 1516 y 1517. Además fue fundador de la Universidad de Alcalá e impulsor de la Biblia Políglota Complutense. El autor hace primero una semblanza general de su vida y se centra luego en su tarea como estadista —en sus acciones políticas, económicas y diplomáticas—, y como defensor de la fe —en su puesto de Inquisidor General, en sus trabajos reformadores—. Y el último capítulo se titula «Cisneros ante la historia».

El autor explica que Cisneros, si bien accedió a comportarse como le pedía su cargo, siempre lo compaginó con una vida personal austera; que comprendió, e intentó que muchos pusieran en práctica, el servicio del Estado como función pública; que actuó con una mentalidad abierta en cuestiones de tipo cultural y científico y dio crédito a las voces críticas contra los excesos de los conquistadores españoles en América. Es más que interesante conocer su esfuerzo por mantener a los nobles a raya: «Cisneros no abusaba del poder; desconfiaba de los grandes no porque fueran grandes sino porque solían comportarse como revoltosos sin escrúpulos: él sabía muy bien a qué atenerse sobre sus ambiciones y en este sentido llamaba la atención del rey: “que no se fíe de grande ninguno, porque ninguno dellos tiene ojo sino cómo sacará algo a su Majestad”».

El último capítulo del libro hace paralelismos interesantes entre las formas de actuar del Cardenal Cisneros y el Cardenal Richelieu, en los cuales el español, a los ojos de los historiadores franceses como el mismo autor, se muestra muy superior. Las razones están en que, al contrario que Richelieu, Cisneros supo mantener la paz sin ejecutar a nadie, buscó el bien público y no sus intereses personales, saneó la hacienda real sin enriquecerse, y sus dotes personales y su tenor de vida tuvieron una categoría muchísimo mayores. El autor termina indicando que, a pesar de que a los historiadores no les gustan los futuribles, es inevitable pensar que si Cisneros hubiera podido ser consejero de Carlos V, el futuro de España habría sido seguramente muy otro.

Joseph Pérez. Cisneros, el cardenal de España (2014). Madrid: Taurus-Fundación March, 2014; 368 pp.; col. Españoles eminentes; ISBN: 978-84-306-0948-2. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 16 de febrero de 2014

El Hitler de la historia: juicio a los biógrafos de Hitler, de John Lukacs, es, afirma el autor en la introducción, «la historia de una historia: la historia de la evolución de nuestro conocimiento de Hitler, tal y como ésta se observa en los escritos de un amplio surtido de sus múltiples biógrafos».

Lukacs señala cómo «el propósito de la historia a menudo no es tanto una relación definitiva de los acontecimientos de un periodo como la descripción y comprensión histórica de algunos problemas: descripción, mejor que definición, y comprensión mejor que omnisciencia, ya que si bien no es posible completar de manera perfecta nuestro conocimiento del pasado, un conocimiento razonable y adecuado de éste entra dentro de nuestras capacidades».

Vale la pena conocerlo y atender al cuidado con que Lukacs aplica los que llama sus principios de comprensión histórica: la «diferencia entre motivos y propósitos, entre racismo y nacionalismo, entre nacionalismo y patriotismo, entre opinión pública y sentimiento popular, entre nacionalsocialismo y fascismo (e incluyo aquí los paralelos irrazonables que bajo la categoría de “totalitarismo” se han establecido entre nacionalsocialismo y comunismo, incluso entre Stalin y Hitler)».

John Lukacs. El Hitler de la historia: juicio a los biógrafos de Hitler (The Hitler of History, 1997). Madrid: Turner, México: Fondo de Cultura Económica, 2003; 293 pp.; trad. de Saúl Martínez; ISBN: 84-7506-595-3.

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domingo, 19 de enero de 2014

He leído Cicerón, de Pierre Grimal. No sé lo bastante de la época para comprenderlo todo bien pero es una gran biografía. Este texto del principio sintetiza los momentos del cambio que vivía Roma entonces:

«La mente y el talento de Cicerón vinieron al mundo y murieron en tiempos convulsos y, al tiempo que crecían e iban adquiriendo vigor, a su alrededor se descomponía todo un mundo, bajo la acción de formas que, sin embargo, no eran ni mucho menos, todas destructoras. La República se moría, destruída por la lógica misma de los principios que la fundaban. Si bien es cierto que la motivación de los romanos había sido, en otros tiempos, el deseo de gloria, ese sentimiento se había ido pervirtiendo gradualmente. La gloria que querían adquirir no era la de antes. Las ambiciones de unos cuantos hombres, la avidez de muchos otros, que se apresuran a explotar las provincias hasta acabar agotándolas, el gusto por la riqueza y el lujo, la vanidad de poseer, más que este o el otro, propiedades y objetos preciosos, de tener más esclavos, portadores de litera más vigorosos, una casa más suntuosa, más villas en las que pasar los días de verano, todo eso arruina las antiguas máximas y acaba con la moral tradicional. Las magistraturas no son ya más que el medio para enriquecerse o, más sutilmente, para acrecentar la consideración de los de alrededor. La riqueza se convierte, a fin de cuentas, en la forma más accesible de la gloria. Una gloria que, más que merecerse, se compra».

Pierre Grimal. Cicerón (Cicéron, 1986). Madrid: Gredos, 2013; 495 pp.; trad. de Ana Escartín; ISBN: 978-84-249-1113-3.

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viernes, 10 de enero de 2014

Hace unas semanas mencioné la biografía de Catalina la Grande firmada por Robert K. Massie. Cito ahora la de La reina Blanca de Castilla, de Regine Pernoud. Es interesante poner en paralelo los distintos estilos: periodístico, y tal vez algo imaginativo, el de Massie; entusiasta también con su heroína, pero ateniéndose siempre lo que dicen y lo que no dicen los documentos de la época, el de Pernoud.

Blanca de Castilla era nieta de Leonor de Aquitana, hija de Alfonso VIII de Castilla, esposa de Luis VIII de Francia y madre del que sería san Luis. Su figura es comparable con la de pocas reinas: de hecho, Pernoud termina su biografía diciendo que «había habido, y aun habría muchas reinas en Francia. Pero no podía haber más que una reina Blanca». Además, como esperarán quienes han leído más obras de la historiadora francesa, no faltan puntadas contra los prejuicios ignorantes sobre «este periodo de mil años al que se persiste en dar —en contra de todo rigor científico, por no hablar del sentido común— el nombre de “Edad Media”»; ni la insistencia en el papel decisivo y en la educación de alto nivel de algunas mujeres de la época.

En relación a esto, en su prólogo cuenta que, cuando Blanca de Castilla era una niña desconsolada de trece años, recién llegada a Francia desde Palencia, y recién casada, dicen las crónicas que, a partir de una conversación con el obispo Hugo de Lincoln, dejó de llorar. Pernoud termina el prólogo con este comentario: «Una reina no llora. Demasiada gente depende, espera su felicidad, de ella: su esposo, sus pueblos; es en ellos en quienes debe pensar en primer lugar y sobre todo. No se convierte uno en una gran reina sino olvidándose de sí misma: ¿no está abocada, de todos modos, a una tarea que la supera? Esta tarea no es otra que asegurar la paz; pues aunque son los reyes los que hacen reinar la justicia, son las reinas las que hacen reinar la paz».

Regine Pernoud. La reina Blanca de Castilla (La reine Blanche, 1972). Barcelona: Acantilado, 2013; 371 pp.; trad. de José Ramón Monreal; ISBN: 978-84-15689-61-4.

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domingo, 5 de enero de 2014

Sócrates: un hombre de nuestro tiempo, de Paul Johnson, es una buena obra divulgativa. El prólogo explica bien los méritos del libro de Johnson —es un resumen claro de la vida y de la obra de Sócrates, tiene un tono expositivo ameno— y sus limitaciones, que se derivan del estilo periodístico y del afán polémico propios del autor.

Así, Johnson tiene la manifiesta intención de que Sócrates nos enseñe cosas valiosas para el presente y, al dejar clara su altura intelectual y moral, desea incidir en uno de sus temas predilectos: el de la traición de los intelectuales. Por ejemplo: Sócrates «no era un Richard Dawkins, ansioso de desengañar a la gente común de sus ilusiones en nombre de una racionalidad triunfalista», comparación poco pertinente, me parece, y que además eleva innecesariamente a Dawkins; pero que algunos lectores aceptarán de buen grado. Otro punto en el que la gran admiración de Johnson por Sócrates le traiciona un poco es que le atribuye opiniones plausibles que, sin embargo, van más allá de los datos que tenemos pues las apoya en documentos perdidos…

En cualquier caso, es cierto que, para Sócrates, «un líder filosófico tenía que ser mucho más que un pensador, mucho más. Tenía que ser una buena persona para la que la cuestión de la virtud no fuera una idea abstracta, sino un asunto práctico de la vida diaria. Tenía que ser valiente en el momento de enfrentarse a elecciones y vivir con sus consecuencias. En último recurso, la filosofía era una forma de heroísmo y quienes la practicaban tenían que poseer el coraje para sacrificar todo, incluida la propia vida, para perseguir la excelencia de la mente. Esto es lo que Sócrates mismo hizo. Y esta es la razón por la que le honramos y saludamos como la filosofía personificada».

Paul Johnson. Sócrates: un hombre de nuestro tiempo (Socrates, 2011). Madrid: Avarigani, 2012; 170 pp.; trad. e introducción de Juan José García Norro; ISBN: 978-84-939130-5-2.

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viernes, 8 de noviembre de 2013

Hace años leí Pedro el Grande, una biografía de Robert K. Massie que me pareció extraordinaria. Los recuerdos que me quedaron no eran tanto los de la vida del zar o los del panorama político y militar de la época, sino los de la presentación que Massie hacía de la vida en Rusia y de los modos de ser, pensar y actuar de la gente. Gracias a ese recuerdo decidí leer Catalina la Grande, otra larga biografía firmada por Massie, sobre la que fue mujer del nieto de Pedro el Grande y, después, emperatriz de Rusia durante 34 años, hasta 1796. La narración es excelente y, además de cumplir las expectativas del título —retratar a la mujer— también sumerge al lector en los acontecimientos y en los ambientes cortesanos de la época, pero tal vez no tanto (como a mí me gustaría) en los mundos de los muchos oprimidos y damnificados por los poderosos del momento. Entiendo que no es lógico acercarse a los comportamientos de entonces con criterios de hoy, cosa que no hace el autor, pero tal vez no está de más señalar que calificar algunas acciones o logros políticos de aquel momento de «éxitos» o «triunfos» deja un extraño sabor de boca: éxitos para quién, éxitos a costa de qué o de cuántas vidas humanas...

Al final de su libro, el autor hace un paralelismo entre las figuras y los logros de Pedro el Grande y de Catalina: esta «fue una figura majestuosa en la era de la monarquía. La única mujer que se igualó con ella en un trono europeo fue Isabel I de Inglaterra. En la historia de Rusia, ella y Pedro el Grande destacaron en capacidad y éxitos por encima de los otros catorce zares y emperatrices de los trescientos años de dinastía Romanov. Catalina recogió el legado de Pedro y lo engrandeció. Pedro le dio a Rusia una “ventana hacia Occidente” en la costa del Báltico, edificando allí una ciudad que convirtió en su capital. Catalina abrió otra ventana, esta vez en el mar Negro; Sebastopol y Odessa fueron sus joyas. Pedro importó tecnología e instituciones gubernamentales a Rusia; Catalina trajo de Europa la filosofía moral, política y jurídica, además de literatura, arte, arquitectura, escultura, medicina y educación. Pedro creó una flota naval rusa y organizó un ejército que derrotó a uno de los mejores soldados europeos; Catalina preparó la mayor galería de arte europeo en Europa, los mejores hospitales, colegios y orfanatos. Pedro afeitó las barbas y acortó las largas túnicas de sus principales nobles; Catalina los convenció para que se vacunasen contra la viruela. Pedro hizo de Rusia una gran potencia; Catalina magnificó su poder y llevó a su país a una situación cultural que, durante el siglo venidero, dio artistas de la talla de Derzhavin, Pushkin, Lermontov, Gógol, Dostoievski, Tolstoi, Turgéniev, Chéjov, Borodin, Rimski-Kórsakov, Mussorgsky, Glinka, Tchaikovski, Stravinski, Petipa y Diaghilev, entre otros. Estos artistas y su obra fueron parte del legado de Catalina a Rusia».

Robert K. Massie. Catalina la Grande. Retrato de una mujer (Catherine the Great: portrait of a woman, 2011). Barcelona: Crítica, 2012; 794 pp.; trad. de Cecilia Belza; ISBN: 978-84-9892-414-5.

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viernes, 2 de noviembre de 2012

He leído Humoristas, de Paul Johnson. Me ahorro la reseña pues aquí hay una más que buena.

Una objeción es que lamento la inclinación a las anécdotas procaces que tiene Johnson. Yo estoy con Chesterton cuando indica, hablando de Watts, que «hay cosas privadas, como si tomaba mucha sal o mucho azúcar, que pueden o no ser públicas pero importan poco», y que las «virtudes y actuaciones públicas son, de lejos, más significativas que sus debilidades privadas»; o, hablando de Tennyson (en Varied Types), cuando dice que un crítico de poesía no tiene por qué «gastar tiempo y prestar atención a esa parte del trabajo de un hombre que no es poética» y que «el trabajo de un crítico es descubrir la importancia de un hombre y no sus crímenes».

Otra es que Johnson no explica bien que no todas las clases de risa son equiparables. Al principio hace notar, citando a Arthur Koestler, cómo la risa tiene un elemento de agresión y cómo, según las culturas, hay quienes se ríen de cosas que, a otros, no les hacen ninguna gracia: según parece, a los bosquimanos del desierto del Kalahari, de Sudáfrica, nada les divierte tanto como una gacela herida de muerte por una bala. Sin embargo, las páginas finales, donde se lamenta de la corrección política imperante, que ciertamente da lugar a muchos excesos que merecen ser criticados —como este—, son poco equilibradas: no creo que merezcan aplausos ni que haya que reírse de bromas vejatorias o groserías insultantes por más graciosas que sean.

Dejando eso al margen, están muy bien los comentarios acerca de distintos recursos propios del humor: «La Mirada de la Complicidad», que tan bien usaba Oliver Hardy; el placer que causa oir algo insultante dicho con elegancia e ingenio a quien se lo merecía, que practicaba Samuel Johnson; la tensión que se deriva de la «pelea-a-punto-de-estallar», tan propia de algunas pinturas cómicas; el chiste verbal continuado que practicaba Dickens, y el ingenio aparentemente inocente que también Dickens personificó en Sam Weller especialmente; el uso magistral de bromas sencillas y antiguas, pero ensayadas hasta la extenuación, como hacía Chaplin; o, frente a la técnica cómica clásica de hacer que las cosas importantes parezcan triviales, el sistema contrario de los hermanos Marx, de «hacer que las cosas triviales parezcan importantes».

Paul Johnson. Humoristas (Humorists, 2010). Barcelona: Ático de los libros, 2012; 302 pp.; trad. de Joan Eloi Roca; ISBN: 978-84-938595-8-9.

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jueves, 29 de septiembre de 2011

Después del libro de ayer, sobre la bomba de Hiroshima, un libro extraordinario sobre la bomba de Nagasaki que, a pesar de sus deficiencias narrativas y editoriales, vale la pena conocer: Requiem por Nagasaki, de Paul Glynn.

Es la biografía de Takashi Nagai, un radiólogo de la Universidad de Nagasaki que falleció seis años después de que la bomba atómica cayera sobre su ciudad, matando a su mujer y arrasando su casa. Él, enfermo ya de leucemia debido a su exposición a la radiación durante los años anteriores, atendió a muchos enfermos y fue autor del primer libro que intentó describir científicamente las consecuencias de la radiación.

En la primera parte, se cuenta su vida y su evolución interior desde el shintoísmo hasta su conversión al catolicismo por influencia de la familia de su mujer; y, en la segunda, se habla de la bomba, de sus consecuencias, y del papel que jugó Nagai, con sus libros y con su actitud, para que, a diferencia del símbolo de Hiroshima, un puño cerrado con cólera, el símbolo de Nagasaki hoy sea el de unas manos unidas en oración.

Nagai tenía, entre sus adagios favoritos de Confucio, uno que dice que «si has encontrado el camino de la verdad por la mañana puedes ir a la muerte con paz esa misma tarde»; consideraba, tal como cuenta la parábola de la cabaña pobre, una pieza literaria sagrada del budismo, que «el mejor modo de encontrar lo sobrenatural es que tu corazón sea como una cabaña que está desprovista de todo menos de lo estrictamente necesario»; admiraba la posición de lucha no-violenta de Gandhi y decía que «deberíamos hacer que nuestras vidas fuesen poesías haiku, (…) ver más allá de la superficie de las cosas, buscar la belleza escondida de todo y descubrir las cosas gloriosas que nos rodean». Un hombre asombroso.

Paul Glynn. Requiem por Nagasaki (A song for Nagasaki, 1988). Madrid: I.M.G., 1999; 224 pp.; trad. de Francisco Sánchez Bayo; ISBN: 84-605-8437-Z. Nueva edición en Madrid: Palabra, 2011; col. Arcaduz; ISBN: 978-84-9840-559-0.

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viernes, 21 de enero de 2011

El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt,
de Teresa Gutiérrez de Cabiedes, es una buena biografía de la pensadora alemana: porque recurre a sus textos originales, incluido su gran epistolario, y porque está bien construida y bien escrita, aunque, a mi juicio, tiene más carga literaria de la justa y embellece las cosas demasiado en algunas ocasiones.

Está centrada en lo que cabría llamar su actitud fundamental, que la misma Arendt explicaba del siguiente modo: «Admitiré algo: básicamente, estoy interesada en comprender. (…) Admito también que hay otra gente que está principalmente interesada en hacer algo. Yo no, yo puedo vivir perfectamente sin hacer nada. Pero no puedo vivir sin tratar como mínimo de comprender cuanto ocurre».

Está pensada para dejar al lector frente a las consideraciones e ideas de Arendt, para dejar de manifiesto su capacidad de renovar los conceptos tradicionales y las preguntas de tipo político que normalmente nos hacemos. Es, por tanto, un libro útil para conocer su figura y el contenido básico de sus obras, tan clarificadoras sobre algunos aspectos de nuestra sociedad.

Por ejemplo, es fácil pensar en nuestro entorno cuando se lee el mecanismo de autodefensa mental de los funcionarios nazis, que se explica en Eichmann en Jerusalén: «El truco utilizado (…) era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por eso, los asesinos, en vez de decir: “¡Qué horrible es lo que hago a los demás!”, decían: “¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!».

O comprobar cómo sigue siendo cierto lo que decía en Crisis de la República: «Es, creo, una muy triste reflexión sobre el actual estado de la ciencia política, recordar que nuestra terminología no distingue entre palabras clave tales como “poder”, “potencia”, “fuerza”, “autoridad” y, finalmente, “violencia”. Emplearlas como sinónimos no sólo indica una cierta sordera a los significados lingüísticos, lo que ya sería suficientemente serio, sino también ha tenido como consecuencia un tipo de ceguera ante las realidades a las que corresponden».

Teresa Gutiérrez de Cabiedes. El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt (2009). Madrid: Encuentro, 2009; 454 pp.; prólogo de Alejandro Llano; ISBN: 978-84-9920-002-6.

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viernes, 14 de enero de 2011

La monumental biografía de John Henry Newman, de Ian Ker, que acabo de terminar, me ha parecido un gran trabajo que da cuenta de la grandeza del personaje. En ella se aclara su empeño por ser siempre coherente a pesar de las dificultades que le ocasionó, tanto con motivo de su conversión como, luego, en el interior de la Iglesia Católica. Debo decir, eso sí, que la gran atención que pone Ker para dilucidar cada paso intelectual que va dando Newman, y para determinar por qué cada polémica en la que se vio involucrado siguió el rumbo que siguió, no lo hacen un libro de lectura cómoda para cualquiera. La buena edición se ve afeada por las inconsistencias que, a veces, se dan en el uso de los tiempos verbales —en parte debido al entrelazamiento continuo de citas—, y por algunas erratas. 

Me ha interesado comprobar —y Ker lo subraya varias veces— que la capacidad para el sarcasmo de Newman era comparable con la de Dickens. En un momento dado se afirma que «si Dickens caricaturizó el materialismo y la presuntuosidad de la gran clase media victoriana y Arnold se burló de su superficialidad cultural, Newman satirizó su provincianismo religioso y su poca profundidad espiritual. Pero, al igual que Arnold y Dickens, la dureza de Newman es únicamente posible y tolerable en virtud del orgullo que él tiene de ser inglés». Él mismo decía que la suya era una crítica eficaz porque «procede de la propia familia».

Es una buena muestra de su sentido irónico la referencia que hace a «la célebre frase ¡Oh, Verdad, cuántas mentiras se han dicho en tu nombre!». Para señalar su finura en los debates intelectuales, dice Ker que Newman pensaba que «utilizar apelativos e imputar motivos es tan malo como ‘utilizar armas envenenadas en la guerra’»; que «’el abuso es un error tan grande en la controversia como el panegírico en una biografía’. Es una táctica equivocada, ‘como si cargaras con cuidado tu arma y luego pusieras gotas de agua en la mecha’. El abuso, después de todo, es ‘una acusación sin pruebas, o condenar antes de probar, y tal proceso de poner el carro antes del caballo significa autoderrotarse’». En otra ocasión, a un crítico le decía que «nuestro debate no es bueno; es como una pelea entre un perro y un pez, estamos en elementos diferentes».

Ian Ker. John Henry Newman. Una biografía (John Henry Newman – A Biography, 1989). Madrid: Palabra, 2010; 795 pp.; col. Ayer y Hoy de la historia; trad. de Rosario Athlé y Josefina Santana; ISBN: 978-84-9840-282-7.

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viernes, 8 de enero de 2010

Cinco años después de su conversión al catolicismo, Evelyn Waugh escribió una biografía del jesuita Edmund Campion (1540–1581). La intención de Waugh, según confiesa en el prólogo, era escribir una biografía compacta y legible que fuera un puente hacia otras más completas. Está tan bien escrita como se puede esperar de Waugh, con sobriedad y ponderación. El narrador comienza describiendo los momentos finales de Isabel I y se pregunta si recordaría su primera entrevista con Campion, en Oxford, cuando era un joven prometedor de 26 años. A partir de ahí, presenta la vida de Campion por orden cronológico en cuatro capítulos titulados «El estudioso», «El sacerdote», «El héroe», «El mártir». Resalta el prestigio intelectual de Campion y la categoría de su prosa, y luego la entereza de su comportamiento durante su juicio, la prisión y la horca.

Sin duda, todo se sigue mejor con algunos conocimientos históricos del conflicto que tenía lugar entonces, el mismo que aparece al fondo de las biografías de Shakespeare citadas semanas atrás —en la de Pearce se cuenta que Shakespeare tuvo relación con Robert Southwell, otro jesuita ejecutado catorce años después—. Y a quien desee conocer los orígenes de esa situación puede resultarle útil Characters of the Reformation, un libro de Hilaire Belloc con retratos sintéticos bien perfilados de los hombres y mujeres que jugaron un papel decisivo en la configuración del anglicanismo. (Que yo sepa no está traducido al castellano).

Evelyn Waugh. Edmund Campion (1935). Madrid: Homolegens, 2009; 269 pp.; col. Biografías Breves; trad. de Ignacio Peyró; ISBN: 978-84-92518-25-8.
Hilaire Belloc. Characters of the Reformation: Historical Portraits of the 23 Men and Women and Their Place in the Great Religious Revolution of the 16th Century (1936). Charlotte, North Carolina: Tan Books and Publishers, 2009; 208 pp.; ISBN-10: 0895554666.

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viernes, 11 de septiembre de 2009

Una de mis lecturas históricas del verano fue Un obispo contra Hitler, de Stefania Falasca, sobre Clemens August Graf Van Galen (1878-1946), obispo de Münster desde 1933 hasta su muerte. No es exactamente una biografía de Van Galen pues el libro está centrado, sobre todo, en contar sus enfrentamientos con el poder durante los años del nazismo y en sus relaciones con Pio XII, por lo que incluye las cartas que ambos intercambiaron. Sus discursos, tan diferentes a los de otros obispos alemanes, fueron calificados por Goebbels como «el ataque frontal más fuerte desencadenado contra el nazismo en todos los años de su existencia». El libro también narra cómo protestó enérgicamente contra la «praxis devastadora del bombardeo a la moral (“moral bombing”), como había definido Churchill el concepto de la estrategia de la “guerra justa desde el aire”», y contra la tesis común en los años posteriores a la guerra acerca de la culpabilidad colectiva del pueblo alemán. En este sentido el libro es una pieza más para recomponer esa cara de Alemania, tan poco conocida, sobre la época nazi, la que también se recoge en La Rosa Blanca o en Resistencia y sumisión.

Stefania Falasca. Un obispo contra Hitler. El beato von Galen y la resistencia al nazismo (Un vescovo contra Hitler, 2006). Madrid: Palabra, 2008; 299 pp.; col. Arcaduz; trad. de Antonio Esquivias; ISBN: 978-84-9840-173-8.

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viernes, 24 de octubre de 2008

Creadores,
de Paul Johnson, es un libro que desea ser complementario pero es inferior a otro que publicó unos años atrás, Intelectuales —más poderoso y más trabajado—, y que me ha dejado el mismo regusto: interés por muchos datos y apreciaciones, disgusto por los acentos del autor cuando habla de quien desea criticar, incomodidad por las anécdotas procaces a las que tan aficionado es (y no porque me molesten, que me molestan, sino porque muchas veces resultan injustas con quienes las protagonizan o porque parecen responder al deseo del autor de dejar a alguien en mal lugar). Tampoco me parece que Johnson cumpla con las expectativas que anuncia de hablar del trabajo creativo, aunque sí dé pinceladas sobre cómo se manifiesta la creatividad; más bien presenta biografías, y subraya en cada caso algún aspecto, de personajes muy diferentes entre sí: escritores como Chaucer, Durero, Shakespeare, Jane Austen, Víctor Hugo y Twain; músicos como Bach; pintores como Durero, Turner, Hokusai o Picasso; arquitectos como Pugin y Viollet-Le-Duc; modistos como Balenciaga y Dior; diseñadores-empresarios como Tiffany; cineastas como Disney... En mi opinión está fuera de lugar y es particularmente desafortunado el paralelismo final entre Picasso y Disney: las fobias y el afán polémico del autor le hacen perder pie.

Paul Johnson. Creadores (Creators, 2006). Barcelona: Ediciones B, 2008; 352 pp.; trad. de Gabriela Tenner; col. No ficción / Historia; ISBN 13: 978-84-666-2482-4.

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viernes, 10 de octubre de 2008

Después de decir que las biografías de Chesterton de san Francisco de Asís y de santo Tomás de Aquino no me gustan mucho como tales biografías, alguien me dice que si no podría sugerir algunas que cumplan la función de perfilar de otro modo a los personajes. Conozco dos.

Hermano Francisco, de Julien Green, es un relato lleno de viveza, como corresponde al gran escritor que es Green, y es un buen trabajo «por intentar descubrir la verdad bajo las variantes que los cronistas me han hecho soportar», tal como afirma él mismo en el epígrafe final.

Santo Tomás de Aquino: el oficio de sabio, de Eudaldo Forment Giralt, es un libro literariamente más plano pero intelectualmente denso, pues el autor entreteje los hechos de su vida con explicaciones del contenido de sus obras; en cualquier caso, la figura de Tomás de Aquino queda bien dibujada y también se ofrecen las opiniones que distintos biógrafos han dado sobre algunas cuestiones discutidas. Es tan interesante como una novela policiaca la polémica sobre si santo Tomás fue o no envenenado por el rey Carlos I de Anjou, tal como Dante apunta en la Divina Comedia.

Al final, como afirma Julien Green en su biografía «las generaciones de historiadores se suceden y se contradicen. Refutar a los predecesores parece ser un placer del que no se cansan. Se llega a negar en bloque hechos recibidos como auténticos desde hace siglos. Nuevos errores se añaden entonces a los vulnerables errores de ayer, pero este juego no carece de provecho, porque se da el caso de que algunas verdades quedan clarificadas».

Julien Green. Hermano Francisco (Frère François, 1983). Santander: Sal Terrae, 2002; 320 pp.; col. Servidores y testigos; trad. de José Luis Rouillón; ISBN 10: 84-293-1459-8. [Vista del libro en amazon.es]
Eudaldo Forment Giralt. Santo Tomás de Aquino: el oficio de sabio (2007). Barcelona: Ariel, 2007; 320 pp.; col. Biografías, ISBN 10: 84-344-5227-8.

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viernes, 3 de octubre de 2008

Al leer las Memorias de ultratumba he actualizado los recuerdos que tenía de Fouché (1759-1820), un personaje con «la apariencia de una hiena vestida» y al que Chateaubriand, un día que fue a ver al rey y le dejaron sentado en un rincón a la espera, retrata con el siguiente párrafo: «De repente se abre una puerta: entra silenciosamente el vicio apoyado en el brazo del crimen, monsieur de Talleyrand caminaba sostenido por monsieur Fouché: la visión infernal pasa lentamente por delante de mí, entra en el gabinete del rey y desaparece. Fouché acababa de jurar fidelidad y homenaje a su señor; el fiel regicida, de hinojos, puso las manos que hicieron rodar la cabeza de Luis XVI entre las manos del hermano del rey mártir; el obispo apóstata hizo de garante del juramento».

«Traidor de nacimiento, miserable, intrigante, de naturaleza escurridiza de reptil, tránsfuga profesional, alma baja de esbirro, abyecto, amoral...», son algunos de los calificativos que mereció José Fouché, uno de los hombres más poderosos de su época y de los más extraordinarios de todos los tiempos, según dice Stefan Zweig en la biografía que le dedicó. «Cuesta trabajo imaginarse que el mismo hombre que fue sacerdote y profesor en 1790, saquease iglesias en 1792, fuese comunista en 1793, multimillonario cinco años después y Duque de Otranto algo más tarde». «Los gobiernos, los sistemas, las opiniones, los hombres cambian; todo cae y desaparece en el torbellino vertiginoso de aquel decenio; sólo uno permanece siempre en el mismo sitio, al servicio de todos y de todas las ideas: José Fouché». Napoleón recompensará a su ministro de policía con un título nobiliario cuyo escudo «muestra en el centro una columna áurea bien propia de este apasionado enamorado del oro. Y alrededor de la columna se enrosca una serpiente, probable y tácita alusión a la flexibilidad diplomática del nuevo duque».

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.
Stefan Zweig. Fouché (1929). Barcelona: Juventud, 1996; col. Libros de bolsillo Z; trad. de Ramón Mª Tenreiro; ISBN 10: 84-261-5502-2.

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domingo, 14 de octubre de 2007

Tengo a la espera de leer Teresa de Ávila y la España de su tiempo, de Joseph Pérez (Algaba, Madrid, 2007). Entre tanto, un día como hoy se puede recordar la excelente y documentada biografía de Marcelle Auclair, con la que disfruté hace tiempo, sin dejar de recomendar en primer lugar las obras originales de la autora. Y se puede citar un pequeño texto de Christian Bobin que me gustó: «San Juan de la Cruz (...) habla como muchacho, con esa impaciencia de ir hacia lo general, lo abstracto, lo metafísico. Es un hombre, por consiguiente quiere lo construído, lo sólido. Santa Teresa de Ávila, por su parte, se desliza como una trucha, ríe, salpica».

Marcelle Auclair. Santa Teresa de Jesús (La vie de Sainte Therese D´Avila, 1950). Madrid: Palabra, 1993, 9ª ed.; 516 pp.; col. Arcaduz; trad. de Joaquín Esteban Perruca; ISBN: 84-7118-298-X.
Christian Bobin. Autorretrato con radiador.

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jueves, 19 de abril de 2007

Al mencionar hace unos días Reventones y Alambretes, de André Maurois, recordé una de las amenas y jugosas biografías que escribió: la del primer ministro inglés Disraeli, «una existencia de esperanzas fallidas y de energías desperdiciadas», si hemos de creer su propio juicio al final de su vida, y también un magnífico retrato de la época victoriana. Una de las anécdotas que se cuentan: el momento en el que Disraeli tomó la decisión de involucrar a su país en la construcción del canal de Suez y comunica a Rothschild que necesita cuatro millones de libras al día siguiente. «Rothschild, que se está comiendo unas uvas, toma un grano, escupe la piel y dice: “¿Qué garantía? —El Gobierno británico. —Las tendréis”».

André Maurois. La vida de Disraeli (La vie de Disraeli, 1927). Madrid: Palabra, 1997, 2ª ed.; 284 pp.; col. Ayer y Hoy de la Historia; trad. de Manuel Morera; ISBN: 84-7118-954-2.

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viernes, 1 de septiembre de 2006

El ensayo biográfico de Jacqueline de Romilly titulado Alcibíades o los peligros de la ambición fue un gran éxito de público en Francia cuando se publicó, pues eran evidentes los paralelismos con algunas figuras públicas del momento, brillantes oportunistas sin principios. Pero no ha perdido actualidad en absoluto ni el libro ni uno de sus mensajes: que «la ambición es uno de los males de la democracia», que «cuando se prefiere la lucha en favor de uno mismo a la gestión para terceros, el principio democrático queda viciado». En fin, los interesados en la cuestión pueden también leer el Gorgias que, como dice Romilly también, «se refiere a la retórica, pero también, más allá de la retórica, a los éxitos prácticos obtenidos con desdén para la justicia».

Jacqueline de Romilly. Alcibíades o los peligros de la ambición (Alcibiade ou les dangers de l´ambition, 1995). Barcelona: Seix Barral, 1996; 277 pp.; trad. de Ana María de la Fuente; ISBN: 84-322-4762-6.
Platón. Gorgias. Madrid: Alianza, 1998; 304 pp.; col. El libro de bolsillo; trad. de Francisco Javier Martínez García; ISBN: 84-206-3654-1.

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viernes, 14 de julio de 2006

Cuando leí los libros de Bailly mencionados ayer, pensé que, además de ser algo antiguos, eran apasionados en exceso, no el mejor contrapeso para las obras de Dumas. Por eso, busqué un enfoque más nítido de la época en la gran investigación histórica de John Elliott sobre El Conde Duque de Olivares, Gaspar de Guzmán (1587-1645), el oponente de Richelieu. Además de un panorama completo de la España del siglo XVII, Elliott realiza frecuentes comparaciones entre ambos políticos: «Sus métodos de gobierno fueron curiosamente similares», sus «políticas parece que hubieran sido fabricadas en el mismo molde»; ambos pensaban que «una política confesional militante (...) no respondía sencillamente a las complejidades de la vida de la Europa del siglo XVII»; ambos ansiaban «por ver coronadas con la paz sus respectivas carreras»... No obstante, «en el vocabulario de Olivares, la palabra “Estado” ocupaba un lugar menos prominente que en el del cardenal Richelieu»; en su comportamiento había «una prudencia que a veces rayaba en timidez, y, desde luego, carecía de la saña implacable que caracterizara (...) a Richelieu»; Olivares trató con guante blanco a Cataluña, lo que no hizo Richelieu con el Languedoc; ambos se empeñaron en una política exterior ambiciosa, pero «Richelieu podía atribuirse el mérito, a diferencia del conde-duque, de contar con una política exterior y unos logros militares (...) que empezaban a llevar la impronta del triunfo»... Y sus legados fueron bien distintos: «mientras que Richelieu dejaba en Francia algún vislumbre de victoria final, la España de Olivares se enfrentaba directamente a la derrota».

John H. Elliott. El Conde Duque de Olivares - El político en una época de decadencia (The Count-Duke of Olivares - The Statesman in an Age of Decline, 1986). Barcelona: Crítica, 1991 (6ª edición); 720 pp.; colección Serie Mayor; trad. de Teófilo de Lozoya; ISBN: 84-7423-439-5.

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jueves, 13 de julio de 2006

En mis recuerdos como lector de doce y trece años durante los meses de verano ocupan un lugar destacadísimo, además de El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros y Veinte años después. Son de las pocas lecturas de aquellos años que, pasado el tiempo, no sólo me han vuelto a gustar sino que me han parecido mejores. No así la tercera novela de los mismos protagonistas, El vizconde de Bragelonne, donde las obsesiones conspirativas de Dumas alcanzan cotas enfermizas. Pero, como suele decirse que los franceses no conocen bien su propia historia porque han leído demasiado a Dumas (en fin, habría que discutir si eso es o no peor que desconocer la propia historia por no haber leído nada), una vez las leí al mismo tiempo que unas biografías de Richelieu y de Mazarino firmadas por Auguste Bailly, las que tenía a mano entonces.

Richelieu, a quien Dumas describe como un político malévolo y un cardenal indigno, es una figura clave de su tiempo: para engrandecer Francia fue capaz de todas las alianzas y de todas las intrigas, su frágil salud no le impidió un trabajo desbordante y ejercer «la dictadura más completa que jamás hubo ejercido un ministro»; y él fue quien puso las bases de la fuerte monarquía francesa de esos siglos y del Estado centralizado que hoy conocemos y que Napoleón llevó a su cenit. Su sucesor, el cardenal (pero no clérigo) Julio Mazarino (1602-1661), despreciado e ignorado por la corte, mantendría el diseño imperial de Richelieu en tiempos huracanados y prepararía el terreno a Luis XIV, el Rey Sol.

Si en Los tres mosqueteros Dumas manifiesta por Richelieu el respeto y admiración que siempre merece un adversario inteligente, no hace lo mismo con el italiano Mazarino en Veinte años después: pero es que, dice Bailly, «muy pocos pudieron perdonar a Mazarino haber venido de Italia para gobernar a Francia, haber detentado durante sus últimos años un poder superior al de su predecesor, haber sido amado por una reina, haber amasado unas riquezas ante las cuales la imaginación permanece confusa, haber triunfado de todo y de todos por la intriga, el disimulo y el desprecio. (...) Pero gracias a él, en adelante Francia estaba hecha».

Auguste Bailly. Richelieu (1934). Madrid: Espasa, 1969; 224 pp.; col. Austral; trad. de María Luisa Pérez Torres. 84-239-1433-X.
Auguste Bailly. Mazarino (1935). Madrid: Espasa, 1969; 215 pp.; col. Austral; trad. de Felipe Ximénez de Sandoval; ISBN: 84-239-1444-5.

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viernes, 7 de julio de 2006

En la misma línea de rigor a la hora de confeccionar una biografía, como la mencionada de Muriel Spark sobre Mary Shelley, traigo aquí un comentario al paso que hace Evelyn Waugh en el rico retrato que hace de su amigo Ronald Knox, un converso del anglicanismo que llegó a ser capellán católico en Oxford, autor de muchos libros y de traducción inglesa más leída de la Biblia en las últimas décadas. Contando la última etapa de su biografiado comenta un irónico Waugh: «Ahora que sabemos con certeza que aquellos diez felices años vividos en Mells iban a ser los últimos, tal vez se pudieran contemplar como bañados por una luz otoñal. (...) Pero él nunca los consideró de este modo».

Evelyn Waugh. Ronald Knox (The life of Ronald Knox, 1959). Madrid: Palabra, 2005; 372 pp.; col. Ayer y hoy de la historia; trad. de Gloria Esteban Villar; ISBN: 84-8239-949-7.

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jueves, 25 de mayo de 2006

Después de la obra que mencioné ayer, si alguien tiene interés en seguir ahondando en el personaje, puede acudir a su Diario de a bordo y buscar una buena biografía. Una sencilla, pero detallada y amena, que ayuda a comprender un poco mejor su personalidad y su época, es la de Lourdes Díaz-Trechuelo, muchos años catedrática de Historia de América. En ella Colón aparece como una figura con unos rasgos contradictorios: paciente y tenaz, soñador y realista, fantasioso y práctico, eufórico y depresivo, con gran capacidad para la amistad y enormemente susceptible... Sus dotes como gobernante eran pésimas, pero su sabiduría como marino era excepcional: estudioso y observador, reflexivo e intuitivo, aquellos que le desobedecían en tierra lo seguían con fe ciega en el mar. Su figura queda oscurecida por su espíritu de negociante con pocos escrúpulos, que sólo quería obtener el máximo beneficio personal aún a costa de promover e impulsar la trata de esclavos.

Cristóbal Colón. Cuaderno de bitácora de Colón - Diario de a bordo (1492-1493). Madrid: Anaya, 1992, 2ª ed.; 368 pp.; col. Tus libros; trad. de Vicente Muñoz Puelles; ISBN: 84-207-4260-0.
Lourdes Díaz-Trechuelo. Cristóbal Colón, primer Almirante del Mar Océano (1992). Madrid: Palabra, 1992; 223 pp.; col. Biografías; ISBN: 84-7118-783-3.

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viernes, 28 de abril de 2006

Leonor de Aquitania, esposa de Enrique II y madre de Ricardo Corazón de León, fue «una personalidad femenina sin igual que dominó su siglo, ¡y qué siglo! El del arte románico en su esplendor, el gótico en su aparición, el que ve desarrollarse la caballería al tiempo que se emancipan las ciudades burguesas; el gran siglo de la lírica cortés (...), de los comienzos de la literatura novelesca (...)». Fue una mujer «dos veces reina, madre de dos reyes, que desafió al emperador, amenazó al Papa y gobernó su reino con la mayor clarividencia». Y, de paso, Regine Pernoud se propone, indirectamente, desmontar tantos prejuicios basados en la ignorancia acerca de una época, la Edad Media, que ella conoce como pocos. Y busca que el lector, a la vista de la investigación histórica, se sienta «menos inclinado a juzgar que a tratar de comprender».

Regine Pernoud. Leonor de Aquitania (Alienor d´Aquitaine, 1965). Barcelona: Salvat, 1975; 272 pp.; col. Grandes mujeres; trad. de Ricardo Calderón Montero; ISBN: 84-345-9200-2. Hubo antes otra edición en Espasa, 1969, colección Austral. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2009; 336 pp.; trad. de Isabel de Riquer; ISBN: 978-8492649105. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 10 de junio de 2005

«Probablemente una de las lecciones más importantes de la historia pueda resumirse así: por mucho que conozcamos el pasado y el presente, del futuro sólo nos cabe esperar... lo inesperado», explica un biógrafo de Charles de Gaulle. Y, con una comparación luminosa, el mismo de Gaulle contaba que, cuando redactaba sus memorias, a esas alturas de su vida se veía como el anciano pescador de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. «Como él, después de ímprobos esfuerzos faenando, de encontrar un gran pez, y de conseguir capturarlo, había llegado a puerto con un esqueleto. Es la marca de lo humano siempre que se mira desde arriba, con cierta altura de miras. ¡Tanta caducidad, tanta precariedad hasta en las empresas y acciones más grandiosas...!»

Pablo Pérez. Charles de Gaulle (2003). Madrid: Acento, 2003; 191 pp.; col. Acento Historia; ISBN: 84-483-0777-1.

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