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Notas del archivo 'Humor infantil' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Los zoquetes, de Paul Fleischman, es un relato escolar divertido en el que unos alumnos espabilados tienen como contrincante a una profesora que recuerda la que tenía Matilda.

De la despótica señorita Quebrantahuesos se dice que «odiaba a los niños. Cada vez que hacía llorar a un alumno, se premiaba a sí misma con una estrella dorada. Confiscar era su especialidad». Hasta que el líder de la clase —«todos me llamaban Einstein porque era un hacha resolviendo problemas»— se propone darle a una lección: «le enseñaría a la maestra de lo que eran capaces unos zoquetes». Y los chicos preparan un sofisticado plan en el que cada uno tiene que cumplir una misión de acuerdo con sus habilidades particulares: uno es experto en trastos, otro en bicicletas, otro en dibujar, otro es una especie de Spiderman, hay una chica que lo sabe todo de películas, Escupitajo es el plusmarquista de la clase, Clips se pasa la vida preparando cadenas de clips, Ciberojos es una maestra del hipnotismo… En fin, que se introducen en una fiesta que da la profesora.

Se sigue con interés todo el proceso, con la satisfacción que siempre da ver un trabajo en equipo tan bien coordinado y una victoria de los débiles frente al poderoso... Son importantes para que una historia tan disparatada funcione las eficaces ilustraciones de David Roberts, que presentan el caso de forma muy ordenadita y caracterizan bien a cada personaje. Se juega bien con la tipgrafía, que cambia y crece cuando grita la profesora.

Paul Fleischman. Los zoquetes (The Dunderheads, 2009). Zaragoza: Edelvives, 2017; 54 pp.; ilust. de David Roberts; trad. de Elena Gallo Krahe; ISBN: 978-84-140-1029-7. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 16 de marzo de 2016

Después de la primera entrega del personaje leí la segunda: El loco invento de Frank Einstein, de Jon Scieszka y Brian Giggs. Esta vez, Frank, su amigo Watson, y los robots Klink y Klank, inventan el Electrodedo, un artilugio para dar energía gratis. Sus enemigos T. Edison y su ayudante Mr. Chimp tienen otros planes.

Supongo que los autores piensan ayudar al lector a que aprenda cosas acerca de los diferentes tipos de energía, que la energía no se crea ni se destruye, algo de las leyes de Newton, etc., aunque yo me pregunto si un libro como este atrae o no a un chico interesado por la ciencia y los inventos. Si me guío por mis recuerdos estudiantiles diría que no: a mi me gustaban los libros amenos, sin bromas que pudieran confundir las cosas; diría también que a quien sabe ya bastante esta clase de bromas disparatadas no le atraen y a quien sabe poco seguramente le marean…

En el interior del libro aparece que los personajes leen y citan el Diario de Greg y, en la cubierta, los libros reciben los elogios de Jeff Kinney. No me gusta este modo de actuar. Y dejémoslo ahí.

Jon Scieszka. El loco invento de Frank Einstein (Frank Einstein and the Elctro-Finger, 2015). Barcelona: Penguin Random House, 2015; 176 pp.; ilust. de Brian Giggs; trad. de Julio Hermoso Oliveras; ISBN: 978-84-204-8816-5.  [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 17 de febrero de 2016

El pequeño (y algo chiflado) Frank Einstein, de Jon Scieszka y Brian Giggs, es un libro de ciencia-ficción humorística.

Cuando sus padres se han marchado en un viaje turístico y Frank Einstein se queda solo con su abuelo Al, tan apasionado de la ciencia como él, hace un curioso experimento: aprovechar una tormenta eléctrica para ver si consigue que su robot SmartBot cobre vida. Y, en efecto, sin que Frank sepa muy bien cómo, un rayo activa a dos robots, Klink y Klank. Frank piensa en no presentarlos al Premio de Ciencias de Midville, dotado con cien mil dólares, sino en usarlos para que le ayuden a fabricar un Motor Antimateria. Pero su rival T. Edison tiene otros planes.

El relato avanza disparate tras disparate, apoyándolos, eso sí, en las famosas leyes de la robótica de Asimov. Pero los robots Klink, el listo, y Klank, el tonto, son graciosos; es un buen contrapunto la obsesión del amigo de Frank, llamado Watson, con los chicles; la tipografía está bien pensada y cambia cuando hablan los robots; y las ilustraciones son variadas y presentan imágenes, esquemas y aclaraciones, la mayoría bromistas y otras con buena información.

Jon Scieszka. El pequeño (y algo chiflado) Frank Einstein (Frank Einstein and the Animatter Motor, 2014). Madrid: Alfaguara, 2015; 192 pp.; ilust. de Brian Giggs; trad. de Julio Hermoso Oliveras; ISBN: 978-84-204-1907-7. [
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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Pastel espacial, de Philip Reeve, es una novelita infantil de ciencia-ficción humorística firmada por un autor experto en el género.

La heroína es Astra, una chica de diez años. Ella y su familia, junto a otras, comienzan un viaje al espacio para poblar otro planeta, Nova Mundi. El viaje durará 199 años así que lo previsto es que todos se duerman al poco de comenzar y se despierten cuando falte ya poco para llegar. Pero Astra se despierta antes, llama en su auxilio a un robot llamado Pilbeam y, con él, acude a Nomotrón, el ordenador de la nave, para pedirle que le haga un pastel. Pero Nomotrón fabrica unos pasteles vivos que a punto están de arruinar el viaje y, por si fuera poco, aparecen también entonces unos torpes piratas espaciales, expertos en reciclaje, llamados poglitas.

El relato es simpático. Hay escenas ingeniosas, como la del huerto, en el interior de la nave, mantenido por unos robots volantes llamados e-bichos que van de flor en flor transportando polen. Se suceden los incidentes, tensos para la protagonista y cómicos para el lector, cuando aparecen los pasteles feroces y, más todavía, cuando entran en acción los poglitas con su entusiasmo por robar cucharas. No falta un personaje horroroso del que los lectores aprenderán que no hay que dejarse llevar por las apariencias.

Philip Reeve. Pastel espacial (Cakes in space, 2014). Madrid: SM, 2015; 219 pp.; col. El Barco de vapor; ilust. de Sarah McIntyre; trad. de Xohanna Bastida; ISBN: 978-84-675-7921-5. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 21 de octubre de 2015

A quien haya leído los libros de Jeff Kinney del Diario de Greg no le sorprenderá la nueva entrega, Carretera y manta. Esta vez Greg cuenta un viaje veraniego en coche de toda la familia, una idea que su madre sacó de una revista con idea de «hacer cosas que nunca habíamos hecho y vivir “auténticas” experiencias». La historia es lineal aunque, como siempre, hay recuerdos de sucesos del pasado. Se multiplican los incidentes, en hoteles y parques, y no faltan las averías y toda clase de contratiempos, incluidos enfrentamientos con otros turistas.

Uno de los motivos por los que los libros de Greg tienen tanto éxito entre sus lectores naturales está en que ponen por escrito pensamientos de irritación o cansancio que un niño tiene pero, muchas veces, no sabe cómo expresar. Por ejemplo: «lo que MÁS me fastidiaba era que mamá no dejaba de dar órdenes durante todo el viaje. Siempre intenta enfocarlo todo desde el punto de vista pedagógico, y adiviné que iba a transformar esta experiencia en una clase interminable».

Sin duda un libro así puede hacer más protestón al niño, al hacerle consciente de cómo formular aquello que le incomoda, pero no está de más recordar que si hay que echar la culpa de eso a alguien no es al libro (cuando un niño lee y aprende retórica también aprende a insultar mejor...). Por otro lado, el libro deja claro que el niño se da bastante cuenta de lo que hace mal y, por supuesto, de que hay que cosas que le apetecen que son tonterías. Por ejemplo: al hablar de unos libros titulados Los ladrones de calzoncillos, dice Greg que sabe bien que «suena algo ridículo, pero esos libros son de verdad muy graciosos». Y lo mismo sucede con los libros de Greg: son ridículos, sí, pero muy graciosos.

Jeff Kinney. Diario de Greg: Carretera y manta (Diary of a Wimpy Kid. The Long Haul, 2015). Barcelona: RBA Libros, 2015; 217 pp.; trad. de Esteban Morán; ISBN: 978-84-272-0874-2. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 5 de febrero de 2015

A cuadros,
la segunda novela que publicó Frank Cottrell Boyce, no es un libro redondo —algunos episodios y el desenlace son un tanto forzados—, pero es un libro magnífico, inteligente y divertido, algo a lo que contribuye no poco la buena traducción.

Su narrador y principal protagonista es Dylan Hughes, nueve años, el único chico que queda en Manod, el municipio galés con el índice de delincuencia más bajo del Reino Unido (tal vez porque llueve muchísimo, dice un personaje: interesante cuestión que las estadísticas nunca contemplarán). Dylan es bondadoso, más ingenuo de la cuenta, y lo sabe todo de coches: su familia tiene una gasolinera y, por encargo de su padre, lleva un diario de los coches que pasan por ella. El negocio pasa por dificultades económicas y, un día, su padre se va, no se sabe por qué, dejándolos sólos a él, a su madre, a su adolescente y mañosa hermana mayor Marie, y a su delincuente y lista hermana pequeña Minnie. La vida para ellos cambia cuando, a consecuencia de unas inundaciones en Londres, la National Gallery evacúa sus cuadros a una vieja mina abandonada de Manod (un suceso inspirado en algo sucedido durante la segunda Guerra Mundial). El experto que dirige la operación, Lester, se maravilla cuando ve que Dylan tiene unos pollos llamados Miguel Ángel y Donatello, y piensa que tiene delante a una persona capaz de apreciar el arte, pero no sabe que los ha llamado así no por admiración hacia los pintores sino debido a su entusiasmo por las Tortugas Ninja.

Dylan es un narrador gracioso como pocos y entre sus peculiaridades está que da siempre datos de los coches que menciona, en algún caso con mucho detalle. Uno de los ejemplos más sobresalientes es el del «Astra Estate 1.9 (sorprendente velocidad máxima: 207 kilómetros por hora). Por si no lo sabéis, es un diesel, pero no os dejéis engañar por eso. Tiene unos faros de lo más chulos, luneta trasera ahumada y llantas de aleación. También tiene control electrónico de estabilidad ESP, sistema antibloqueo de frenado ABS y control continuo de amortiguación CDC. Y además, sistema de conducción interactivo IDS, asistencia para arranque en pendiente HSA, sistema de control de subviraje UCL y sistema de detección de deflación DDS. El HSA quiere decir Hill Start Assist (o sea, “asistencia para arrancar en colinas”), y significa que tienes más tiempo para alcanzar el acelerador una vez has quitado el pie del pedal de freno, lo que es muy útil si estás subiendo el monte Manod. Y el DDS te dice si las ruedas están perdiendo aire».

Uno de los temas básicos del libro es la capacidad de las grandes pinturas para provocar transformaciones inesperadas en quienes las contemplan. Cada vez que, por distintos motivos, Lester enseña una, siempre hay algún habitante del pueblo cuya vida da un pequeño vuelco. Como muchas otras cosas, esto Dylan lo interpreta a la luz de las referencias que tiene: «a lo mejor las pinturas no eran simples pinturas. Manod había cambiado un montón desde que habían llegado. Quizá las pinturas eran como el mutágeno y estaban transformando el pueblo. ¡Quizá vivíamos en Manod Ninja!».

Del mismo modo interpreta la importancia que tiene la unidad familar: «una lección más de las Tortugas, o sea: cada Tortuga por separado es buena, pero todas juntas forman un equipo y son imbatibles. Como dice Astilla en la peli Las Tortugas Ninja Mutantes Adolescentes: “No hay nada que vuestras cuatro mentes no puedan llevar a cabo juntas; apoyaos mutuamente, y recordad siempre la verdadera fuerza que os une”». O explica ciertos cambios que se van produciendo a su alrededor: «Una oruga no sabe que va a ser una mariposa. Un renacuajo no sabe que va a ser una rana. Y cuando echaron a esas tortugas por el retrete, tampoco ellas sabían que iban a convertirse en Héroes Ninja… ni en mutantes siquiera».

Luego, hay conversaciones que no tienen desperdicio. Así, Dylan charla con su compañera, la Fiera Evans, sobre las tortugas Ninja. Dice Evans:
«—Una rata mascota. Se supone que aprendió artes marciales copiando los ejercicios de su amo. ¿No te parece demencial?
—Bueno, es algo disparatado, pero también lo son cuatro Tortugas Ninja que comen pizza, si lo piensas un poco.
—Ya, pero no es creíble, ¿o sí? ¿No crees que un ser humano que se convierte en rata es mucho más verosímil?
—Bueno, es posible».

Frank Cottrel Boyce. A cuadros (Framed, 2005). Madrid: SM, 2014; 306 pp.; col. El Barco de Vapor; trad. de Miguel Azaola; ISBN: 978-84-675-7408-1. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 29 de octubre de 2014

Un libro de hace tiempo que no había puesto aquí todavía: El supergordo, la única y feliz incursión en la literatura infantil de Peter Carey. Es un relato con un humor y un sentido crítico comparables con los de Roald Dahl.

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miércoles, 26 de febrero de 2014

He leído Buscando plan…, de Jeff Kinney, el séptimo libro de Greg. No es gran cosa pero, como los anteriores, acierta en algunas críticas educativas formuladas de modo indirecto.

Por ejemplo, Greg cuenta esto: «Mamá dice que si le decimos a Manny [el pequeño] que sus amigos [invisibles] no existen, podría “traumatizarse”, así que tenemos que seguirle la corriente. Espero que lo supere pronto, porque ya raya en lo ridículo. A veces tengo que esperar hasta que todos los amigos imaginarios de Manny hayan terminado de usar el cuarto de baño antes de poder entrar».

O esto: «A la dirección del colegio le gusta invitar a Kristina [una cantante] a las fiestas porque las letras de sus canciones son muy positivas». Y se ve un dibujo con la chica cantando lo siguiente: «Confía en tus sueños y verás tu corazón feliz. Intenta alcanzar las estrellas y no te rindas. ¡Tú triunfarás y a lo alto llegarás!».

Jeff. Kinney. Buscando plan… (Diary of a Wimpy Kid. The Third Wheel, 2013). Barcelona: RBA, 2013; 218 pp.; trad. de Esteban Morán; ISBN: 978-84-272-0416-4.

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miércoles, 22 de enero de 2014

Me recomendaron vivamente leer los libros de David Walliams, un éxito enorme, me dijeron. Cuando comenté que había dejado, a las pocas páginas, Los bocadillos de rata, porque me repugnaba, me insistieron en que los otros dos eran mejores. Así que los leí. Bien, en Los bocadillos de rata Sheila tiene como mascota una rata y un enfrentamiento a muerte con su madrastra. En La abuela gángster la familia del protagonista, Ben, sólo está pendiente de los concursos televisivos, y él acaba yendo, contra su voluntad, a pasar tiempo con su abuela. El chico del millón tiene un padre millonario, gracias a su fábrica de papel higiénico, que le da todo lo que le pide pero él, lo que desea a toda costa, es tener amigos.

Lo único que yo destacaría es que son excelentes algunos momentos que hay en los tres libros: cuando el autor enumera posibilidades del tipo «cómo colar una mascota en el cole» o qué nombres es mejor no tengas si quieres ser profesor. En algunos tramos hay ilustraciones atractivas. Abundan las páginas con gritos, y en consecuencia, tipos de letra más grandes; o páginas llenas de ¡¡¡¡¡ o de RRRR, un sistema no muy imaginativo pero útil para engordar los libros. 

En libros así, algunas consideraciones serias suenan muy tontas, y más cuanto más enfática o poética intenta ser la expresión. Así, se nos dice que la abusona de la clase lo era porque a ella la maltrataban y vivía en «una gran rueda que se alimentaba de la crueldad». O, ante los deseos de ser fontanero de su nieto, la abuela le insiste: «si quieres ser fontanero, si ese es tu gran sueño, nadie puede impedírtelo, ¿comprendes? En esta vida tenemos el deber de perseguir nuestros sueños. De lo contrario, solo estaremos perdiendo el tiempo».

No hay contención alguna en el abuso del humor basto: se insiste hasta la extenuación en la suciedad, en los malos olores y en los asquerosos sabores, como si el autor se hubiese propuesto fabricar centenares de bobadas del tipo «crema de moco de tejón», «flan de calzoncillos», «curry de hormigas»… Pero, especialmente, resultan asombrosos los comportamientos no sólo de los malvados sino también de quienes se presentan como bondadosos: el tendero amigo de los protagonistas, Raj, les permite morder chocolatinas que luego envuelve de nuevo para vender; la abuela gánster le dice a su nieto que, «con los años he llegado a comprender que robar está mal» y que él también tiene que entenderlo..., pero que, bueno, si uno roba sólo para sentir las grandes emociones del robo entonces todo es estupendo.

En fin, no me sorprende, ni me preocupa, que un niño lea estos libros: sé bien que los niños no son tontos y que mucho peores son los telediarios. Y, a estas alturas, ya no me asombran los adultos que los aplauden y los compran. Pero, eso sí, no me puedo tomar en serio a esos adultos si luego me dicen que les preocupa la lectura, la formación literaria, y el nivel educativo (en todos los sentidos) de los niños...

David Walliams. Los bocadillos de rata (Ratburger, 2012). Barcelona: Montena, 2013; 299 pp.; ilust. de Tony Ross; trad. de Rita da Costa; ISBN: 978-84-9043-032-3.
La increíble historia de La abuela gánster (Gangsta Granny, 2011). Barcelona: Montena, 2013; 299 pp.; ilust. de Tony Ross; trad. de Rita da Costa; ISBN: 978-84-9043-033-0.
La increíble historia de El chico del millón (Billionaire Boy, 2010). Barcelona: Montena, 2013; 298 pp.; ilust. de Tony Ross; trad. de Rita de Costa; ISBN: 978-84-9043-034-7.

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miércoles, 27 de noviembre de 2013

He leído varios libros de la serie de Junie B. Jones, de la recientemente fallecida Barbara Park, un gran éxito entre las lectoras niñas de las bibliotecas públicas que frecuento. Un juicio general es que son relatos de travesuras divertidas (tal como las cuenta la heroína), se podría decir que de lo más clásicas, incluso en los dibujos realistas que los ilustran. La protagonista y narradora tiene 5 años. En el primer libro se cuenta la primera vez que va a la guardería, lo mal que lo pasa en el autobús y cómo se oculta en el colegio para no volver en el autobús de vuelta. En el último libro publicado hace poco, el 25 de la serie, se narra un viaje de vacaciones con sus padres a Hawai, y los líos que monta en el viaje y en su destino. En los libros restantes, todo tipo de aventuritas escolares, sociales y familiares.

El atractivo principal está en el personaje: Junie es muy habladora, manifiesta sus apetencias y sus rechazos de forma insistente y apremiante, remarca ya en el primer libro que «los libros son lo que más le gusta de todo-todísimo» (algo que le ganará lectores entre los padres). Aún así se confunde continuamente con las palabras por lo que, al final de cada libro, pone un vocabulario personal: «flustración: es cuando estás hasta las narices de algo, creo»; «espaldo: es donde pones la espalda cuando te sientas. Lógico, ¿no?»... La narración tiene también golpes descriptivos buenos —«las tiritas huelen igual de bien que un balón de playa nuevecito»—, explicaciones graciosas —«“Reflexionar” es lo que hace el abuelo después de comer. Se tumba delante de la tele y reflexiona»—, frases de niña resabiada —«Perdona, mamá. Es que me está entrando estrés porque necesito una foto guay para mi reportaje»—… Luego, el tipo de humor, cuando hace una barrabasada y el adulto se altera, es siempre parecido:
«Mamá miró al techo.
Yo también.
Pero no vi nada allí».

Una cosa que me gusta de los libros que he leído es que no disimulan ciertos aspectos del comportamiento de Junie y sus compañeros (aunque sí oculten otros, claro está). Se aprecia en esta escena, después de una discusión con un chico en el colegio en la que Junie se irrita:
«Yo le enseñé el puño cerrado.
—¡TE ESTÁS GANANDO UN PUÑETAZO EN TODA LA NARIZ, CARAPALO! —le grité.
Entonces el Director me miró con cara rara. Y yo le sonreí.
—Es que odio a ese niño —le expliqué muy amable».
Por suerte, los adultos que tratan a Junie no pierden del todo los nervios (en los seis libros que conozco). Pero, según he leído, algunas instituciones educativas en Estados Unidos sí.

He citado textos de cuatro libros: Junie B. Jones y el autobús apestoso (Junie B. Jones and the Stupid Smelly Bus, 1992), Junie B. Jones tiene un hermano monísimo (Junie B. Jones and a Little Monkey Business, 1993), Junie B. Jones y el monstruo debajo de la cama (Junie B. Jones has a Monster Under Her Bed, 1997) y Junie B. Jones de vacaciones (Junie B., First Grader Aloha-ha-ha, 2006). Madrid: Bruño, 2003, 2003, 2004 3ª ed., 2013; 89 pp.; ilust. de Denise Brunkus; trad. de Begoña Oro; ISBN: 84-216-9240-2, 84-216-9241-0, 84-216-9243-7, 84-216-9412-X.

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miércoles, 26 de junio de 2013

Otro libro humorístico de niño y perro: A cien kilómetros por hora con mi perro, de Jeremy Strong.

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miércoles, 6 de marzo de 2013

Muncle Trogg, de Janet Foxley, es un relato divertido que ya tiene secuelas. En Monte Gruñente viven unos gigantes un tanto brutos y sucios (parecidos, para entendernos, a Shrek). Muncle Trogg es un gigante tan pequeño como cualquiera de los Bajinis, los hombres que viven al pie del Monte, a quienes los gigantes temen debido a su magia. La pequeñez de Muncle le hace objeto de bromas y abusos desagradables de los que está harto. Pero las cosas cambiarán cuando el sabio Biblos, consejero de «su enormidad» el rey Redomado, le toma bajo su protección, y cuando Muncle se las arregla para liberar a una niña bajini llamada Emily que había capturado un gigante (como en El gran gigante bonachón).

Libro fácil de leer. Los ambientes y los personajes están bien dibujados. La trama está bien construida y baraja bien sus componentes: la colegial —pues hay clases, asignaturas, exámenes, abusones, etc.—, la de las relaciones entre gigantes y bajinis, y la de las amenazas que pesan sobre los gigantes —que viven en una montaña volcánica aunque lo único que saben al respecto es el calor que pasan—. El tipo de humor, con golpes basados en las situaciones de confusión y en los que propicia el tamaño de Muncle frente al de los demás, es elemental pero funciona. Otra tecla que se pulsa es la que se puede deducir de la comparación con Shrek: flatulencias, eructos, etc. Quizás acentuar esto último hará crecer el número de lectores del libro pero, al menos para los que continúan, tengo claro que yo ya no estaré entre ellos.

Janet Foxley. Muncle Trogg (2010). Barcelona: La Galera, 2011; 230 pp.; ilust. por Steve Wells; trad. de Pepa Devesa; ISBN: 978-84-246-3777-4.

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miércoles, 30 de enero de 2013

Hace pocas semanas se publicó en castellano el sexto libro de Jeff Kinney sobre Greg: ¡Atrapados en la nieve!, así que he aprovechado la ocasión para poner un comentario al conjunto de los libros. Recomiendo conocer los intentos de los adultos para convertir a Greg en lector, empezando por las escenas del club de lectura que monta su madre, en el libro cuarto, con el lema «Leer es guay»...

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miércoles, 12 de septiembre de 2012

Gruñón y el mamut peludo y su continuación son dos libros francamente divertidos de hace tiempo, firmados por Derek Sampson, un autor del que nunca he sabido nada por más que lo he intentado. Creo que no están disponibles en castellano, más que en bibliotecas.

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martes, 4 de septiembre de 2012

Pongo en la página dos relatos chistosos, con distinto registro, de Graciela Montes: de fantasía humorística Venancio vuela bajito y de vida cotidiana bienhumorada La venganza de la trenza.

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martes, 31 de julio de 2012

Uno de los libros infantiles españoles más populares, en su época y hasta hoy, fue y es Fray Perico y su borrico, de Juan Muñoz Martín. Tanto este como los demás relatos que continúan la serie, son libros bienhumorados que parecen sencillos, cuando uno los lee, pero que ya se ve que no lo son tanto, cuando uno ve cuántos intentan y qué pocos logran tanta eficacia.

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martes, 26 de junio de 2012

Todavía no había puesto aquí libros de Hazel Townson, como Pánico con lunares y El fantasma de la escuela, relatos infantiles de trastadas, de los que hacen reír con ganas.
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lunes, 26 de marzo de 2012

Para comentar la serie Diario de Greg, de Jeff Kinney, he publicado tres articulitos de libre acceso en Aceprensa: uno, Libros infantiles ¿divertidos?, sobre rasgos básicos del subgénero y algunas diferencias entre libros de antes y de ahora; otro, Distintas tradiciones de "chicos malos", sobre algunas series de libros con protagonistas semejantes; y el tercero, Un resistente frente al sistema educativo, que ya es el comentario a los libros protagonizados por Greg, un éxito total.

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martes, 27 de julio de 2010

Hace pocos meses un amigo me recomendó De profesión, fantasma, de Hubert Monteilhet, y me hizo notar que su popularidad se mantiene desde hace décadas. Es decir: debería conocerlo..., pero no, no lo conocía, y es una inteligente parodia de los relatos de fantasmas, bien escrita y divertida.

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martes, 4 de mayo de 2010

He visto esta entrevista con Francesca Simon acerca de su personaje Horrid Henry, creado en 1994 y popularizado en España como Pablo Diablo, cuando acababa de terminar dos libros recopilatorios con varias historias del monstruito: Pablo Diablo anda suelto y Enemigos de Pablo Diablo.

Son relatos que forman parte de la larga tradición de historias protagonizadas por «chicos malos» (a la que mañana volveré), pensadas para divertir pero también para señalar que los adultos de alrededor tienen mucho que ver en las hazañas del niño. En general se puede decir que son libros bien hechos, que algunas situaciones y golpes tienen gracia, y, en particular, que los dibujos de Tony Ross encajan como anillo al dedo con estos personajes e incidentes. Los libros que cito vienen con una tipografía colorista y movida (según el estilo que pusieron de moda los libros de Gerónimo Stilton). Tiene mérito la traducción, que ha de trasladar juegos de palabras y de sonidos de un idioma a otro (Horrid Henry = Pablo Diablo; Perfect Peter = Roberto el niño perfecto; Moody Margaret = Marga Caralarga, etc.).

Dicho esto, debo señalar que yo jamás compraría o regalaría estos libros para nadie que aprecie. No es que no le vea el chiste a fabricar brebajes asquerosos para que los acabe bebiendo el rival, o a echar una bomba fétida en el lugar adecuado, o a hacer fotocopias de un trasero..., sino que no tengo interés en dar a los niños unos libros así. Remedando una cita que ya puse aquí tiempo atrás, no es que yo vea cosas distintas en esos libros a las que otros ven, sino que las cosas que yo veo y no me gustan son las mismas que otros ven y sí les gustan. En fin, como señala Ernst Jünger en sus memorias, en el juicio sobre un libro cualquiera, no sólo los de este tipo sino también los que son literatura, el gusto cuenta: «Joyce, por ejemplo, en su Ulises, considera importante anotar todas las circunstancias del uso de un retrete».

Francesca Simon. Enemigos de Pablo Diablo (Horrid Henry's Evil Enemies). Madrid: SM, 2009; 195 pp.; ilust. de Tony ROSS; trad. de Miguel Azaola; ISBN: 978-84-675-3522-8.
Francesca Simon. Pablo Diablo anda Suelto (Horrid Henry Rules The World). Madrid: SM, 2008; 252 pp.; ilust. de Tony ROSS; trad. de Miguel Azaola; ISBN: 978-84-675-3105-3.

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martes, 15 de septiembre de 2009

Marabajo,
de Pablo Albo, es un relato sobre un calamar y unos cangrejos que, para devolver a su dueño una bota que han encontrado en el fondo del mar, emprenden una expedición a la que se les van uniendo gambas, mejillones, erizos, etc. Al narrador no le importa que su historia sea un tanto caótica, pues incluso lo anuncia desde el principio, pero sí le importa ir uniendo una cosa con otra y divertir a un lector bien predispuesto a dejarse llevar por el humor disparatado. Este se basa muchas veces en las descripciones de los personajes y, sobre todo, en acotaciones al paso, propias de la narración oral, como esta: «si te pones unas gafas de bucear y te sumerges en el mar verás muchas cosas. Lo primero que verás será cómo salen corriendo los peces. Si no entiendes por qué hacen eso, mírate en un espejo con las gafas puestas».

Pablo Albo. Marabajo (2009). Madrid: Anaya, 2009; 81 pp.; col. El duende verde; ilust. de Jesús Aguado; ISBN: 978-84-667-8435-1.

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martes, 31 de marzo de 2009

Un libro verdaderamente gracioso: El monstruo peludo, de Henriette Bichonnier y Pef. Es una historia con un tipo de protagonista tan abundante durante las últimas décadas como escasa en el pasado: una niña muy respondona.

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martes, 24 de marzo de 2009

He leído recientemente cuatro libros de Eoin Colfer: los tres de Max Malabar —con el mismo tipo de humor hiperbólico que, por ejemplo, los de Stink— y el más juvenil y jamesbondiano El caso cero. Igual que los demás libros del autor que conozco, me han divertido. Me parece fácil comprender por qué tienen tanto éxito, igual que me parece fácil también ver dónde fallan o, dicho de otro modo, por qué tienen tanto presente y tan poco futuro.

Max, el segundo de cinco hermanos, cuenta sus aventuras, centradas sobre todo en que su hermano mayor, Marty, le intenta gastar bromas pesadas: en el primer libro ambos van a una biblioteca y, a pesar de que la bibliotecaria parece un poco sádica y Marty intenta usar a Max para tomarle el pelo, se acaban aficionando a la lectura; en el segundo, los dos van a una fiesta y, al regreso, Marty quiere gastarle una broma terrorífica a Max; en el tercero, Marty intercambia relatos con su abuelo a ver a cuál de los dos le ha pasado lo peor en la vida.

El caso cero está narrado también por el protagonista, un precoz detective colegial de doce años, que se presenta en la primera línea como «Moon, Fletcher Moon», lo que ya da el tono de la historia y nos adelanta que tenemos delante un protagonista muy capaz, intelectual y tecnológicamente.

El principal problema que todos los relatos tienen es que la narración en primera persona siempre va muy por encima de la edad del protagonista. Al autor no le importa, claro está, pero lo sabe bien y hay momentos en los que debe frenar y disculparse: «claro que, a los dos años, no sabía palabras como “revolotear” ni “nubes de polvo”. Probablemente pensaba cosas como: Max cansado. Max quiere mamá».

La principal virtud es que los relatos tienen chispa. En las aventuras de Fletcher Moon todo es disparatado pero sostienen el interés los diálogos con réplicas certeras y los ramalazos descriptivos que atrapan bien los pensamientos propios de los protagonistas. En los libros de Max, se usan oportunamente muchas expresiones coloquiales y gráficas —estaba más oscuro que «el sobaco de un mono», por ejemplo—, y se consigue presentar al protagonista como un buen chico inocente y desamparado frente a la mala idea de sus hermanos de modo que, al final, el lector quede satisfecho con su revancha. Además, algunas situaciones con verdadera tensión, por ejemplo el episodio central del tercer libro de Max, dan idea de las posibilidades serias del autor.

Las ilustraciones irónicas de Tony Ross para los relatos de Max van muy bien con esa clase de historias.

Eoin Colfer. La bibliotecaria monstruosa (The Legend of Spud Murphy, 2005). Barcelona: Montena, 2008; 97 pp.; Max Malabar 1; ilust. de Tony Ross; trad. de Teresa Camprodón; ISBN: 978-84-8441-433-9
Eoin Colfer. El tesoro del pirata Crow (Legend of Captain Crow's Teeth, 2006). Barcelona: Montena, 2008; 99 pp.; Max Malabar 2; ilust. de Tony Ross; trad. de Teresa Camprodón; ISBN: 978-84-8441-434-6.
Eoin Colfer. Max Malabar: trastadas y desastres (Legend of the Worst Boy in the World, 2007). Barcelona: Montena, 2008; 98 pp.; Max Malabar 3; ilust. de Tony Ross; trad. de Teresa Camprodón Alberca; ISBN: 978-84-8441-435-3.
Eoin Colfer. El caso cero (Half-Moon Investigations, 2006). Barcelona: Montena, 2008; 302 pp.; trad. de Ana Alcaina; ISBN: 978-84-8441-407-0.


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BarbaTotFlut.jpg
martes, 2 de diciembre de 2008

La alucinante historia de Juanito Tot y Verónica Flut
,
de Andrés Barba, es un relato infantil con un humor que recuerda el de Roald Dahl, pero sin unos acentos tan sarcásticos o, si se quiere ver al revés, con explícitos deseos de subrayar más lo positivo; y con unos personajes cuyos sinuosos vericuetos mentales nos resultan familiares (a mí al menos).

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Stink2.jpg
martes, 16 de septiembre de 2008

Ha sucedido muchas veces que un personaje secundario de una historia cobra vida propia y comienza su propia serie. Es el caso de Stink, hermano menor de Judy Moody, series ambas de Megan McDonald e ilustradas por Peter Reynolds.

Los tres libros de Stink que conozco, como los dos de Judy Moody que he visto, cuentan escenas de vida familiar y colegial con un prisma humorístico y el típico lenguaje hiperbólico. Aunque personalmente no me atraen mucho este tipo de series como de comedieta televisiva en formato libro infantil, esos libros concretos me han resultado divertidos en algunos momentos, aunque tal vez no les hubiera hecho caso de no contar con unas ilustraciones tan apropiadas.

En cuanto a la pregunta de si estas historias aportan algo, más allá de que diviertan y añadan vocabulario y competencia lectora, no tengo una respuesta clara. Entiendo que pueda incomodar un relato que hable de profesores y padres que aceptan con naturalidad comportamientos maleducados en la vida cotidiana (los malos olores de las zapatillas o de otras cosas no son nada divertidos, por ejemplo, aunque a lo mejor en Educación para la Ciudadanía cabe un concurso de a ver quién lleva las zapatillas más olorosas).

También, de modo más general, es cierto que relatos como estos aceptan sin discusión el modo de vivir centrado en sí mismos de muchos chicos y presentan un estilo educativo (en mi opinión) demasiado complaciente y a veces lamentable. Pero supongo que al final todo depende del entorno del receptor: según lo que los destinatarios vivan alrededor habrá quien los considere cercanos y graciosos y habrá quienes los vean como improcedentes e incluso estúpidos.

Megan McDonald. Stink, el increíble niño menguante (Stink. The Incredible Shrinking Kid, 2005), Stink y el increíble rompemandíbulas supergaláctico (Stink and the Incredible Super-Galactic Jawbreaker, 2006), y Stink y las deportivas más superespantosas del mundo (Stink and the World’s Worst Super-Stinky Sneakers, 2007). Madrid: Alfaguara, 2008; 136, 124, 136 pp.; col. Alfaguara infantil; ilust. de Peter H. Reynolds; trad. de P. Rozarena; ISBN 978-84-204-7286-7, 978-84-204-7287-4, ISBN: 978-84-204-7288-1.
Megan McDonald. Judy Moody está de mal humor, de muy mal humor (Judy Moody, 2000), Judy Moody se vuelve famosa! (Judy Moody Gets Famous!, 2001). Madrid: Alfaguara, 2004; 167 y 141 pp.; col. Judy Moody; ilust. de Peter H. Reynolds; ISBN: 84-204-0119-6, 84-204-0120-X.

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WolfMaruja.jpg
martes, 6 de noviembre de 2007

Se ha editado hace poco en España El fantasma de la tía Maruja, un relato humorístico (que se tituló Maruja en la edición argentina de 1989) el que brillan la inventiva y el espíritu bromista de Ema Wolf.

En él, Veremundo, «un monstruo fiero y destartalado» recibe la inesperada visita del fantasma de su tía Maruja que, además, viene con ánimo de quedarse en su mansión. Si a Veremundo le pone frenético el aliento de talco y el modo de ir y venir del fantasma por la casa, «condensándose y disipándose a su antojo», las cosas se complican más aún cuando decide montar una agencia de detectives.

No es el relato que más me gusta de los que conozco de Ema Wolf, pero es divertido y está repleto de imágenes ocurrentes.

Ema Wolf. El fantasma de la tía Maruja (1989). Barcelona: Montena, 2007; 75 pp.; ISBN: 978-84-8441-372-1.

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ChildTodoSobreMí.jpg
martes, 23 de octubre de 2007

Todo sobre mí y Líos de ortografía son dos ¿relatos? de Lauren Child sobre su personaje Ana Tarambana. Son libros para primeros lectores que no resisten, ni tampoco necesitan, una crítica literaria: al lector natural de estas historias le da igual si el lenguaje es o no apropiado, si algunas consideraciones quedan o no fuera del alcance de la narradora, u otras cosas. Las cosas que le importarán, si el personaje le atrae, son los acentos graciosos y la frescura de su protagonista así como el estilo desenfadado de las ilustraciones y de la tipografía.

No se puede hablar de argumento, aunque los incidentes que se cuentan estén más o menos hilados, sino de una presentación del entorno familiar, colegial y de amigos de Ana, así como de su mundo mental «absoluuutamente» invadido por las aventuras de la detective Lara Guevara... En el primer libro citado esto se articula encabezando cada capítulo con el día de la semana, en el segundo con títulos tales como «algunos días que empiezan mal pueden terminar bien», «es difícil estar a buenas con tu mejor amigo cuando no te aguantas ni tú mismo», «A veces, cuando hace falta que las cosas mejoren, van y empeoran»...

Todo sobre mí, Ana Tarambana (Utterly Me, Clarice Bean, 2002). Barcelona: Serres, 2006; 187 pp.; trad. de Esteban Morán; ISBN: 84-7871-624-6.
Líos de ortografía (Clarice Bean Spells Trouble, 2004). Barcelona: Serres, 2007; 194 pp.; ISBN: 978-84-7871-974-1.

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