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Notas del archivo 'Historia (últimos siglos)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 26 de marzo de 2017

El corazón de todo lo existente. La historia jamás contada de Nube Roja, de Tom Clavin y Bob Drury, es un libro bien documentado y bien escrito, basado en muchas fuentes pero, sobre todo, en la autobiografía del jefe sioux, o lakota, Nube Roja: en 1893 contó sus recuerdos a un comerciante que lo conocía y a un periodista con el que tenía confianza por estar casado con una mujer de origen lakota. En conjunto es un gran relato histórico que presenta bien las vidas y costumbres de muchas tribus indias y sus relaciones con quienes ellos veían, no sin razón, como unos invasores de su territorio: las tierras de caza de los sioux abarcaban Montana, Dakota del norte y del sur, Wyoming, Idaho, Nebraska y Iowa.

El libro, por una parte, trata de aspectos importantes de la llamada conquista del Oeste. Entre otros, de la puesta en marcha de las rutas de penetración de pioneros y colonos conocidas como la ruta Bozeman y la ruta de Oregón; del papel que jugaron personajes como Jim Bridger, el «mountain man» que fue el más legendario en su momento; del errático comportamiento de quienes tuvieron autoridad en aquellos territorios y de sus dificultades de comprensión de la mentalidad de unos nativos con unas formas de vida y de muerte que les resultaban muy extrañas.

Pero principalmente es una historia colectiva de las distintas tribus indias: orígenes, creencias, costumbres, enemistades entre ellas, etc. En especial contiene una buena explicación de quiénes eran los sioux, o lakotas, una «nación» formada por siete tribus diferentes que, a su vez, se subdividían en distintos grupos, y que eran cazadores y guerreros: a diferencia de otras tribus, despreciaban la agricultura, no tejían, no cocían cerámica, etc. Los autores también indican con detalle los problemas que blancos e indios tenían para entenderse: por ejemplo, los blancos deseaban tener como interlocutor a quien pudiese hablar en nombre de los indios, algo que no tenía sentido en su cultura de grupos tribales y de clanes.

El hilo narrativo principal es la vida de Nube Roja: su padre falleció alcoholizado y él nunca probó el alcohol; creció al lado de su tío, el jefe Humo Viejo; demostró cualidades guerreras excepcionales desde joven; accedió en su madurez a la jefatura de su grupo de «malas caras»; logró unificar a distintas tribus para luchar contra el ejército norteamericano e hizo una gran planificación estratégica para derrotarlo; obligó finalmente, al gobierno de los Estados Unidos, a firmar en 1868 el tratado de paz de Fort Laramie, que estableció una reserva sioux al oeste del río Missouri y que prohibía cualquier asentamiento blanco, para siempre, en las Black Hills, unas colinas que eran para los sioux «el corazón de todo lo existente».

Con ocasión de las negociaciones Nube Roja viajó a Washington varias veces y, cuando vio el progreso de quienes eran sus enemigos, se convenció de que no podrían finalmente vencer —pues, por sus anteriores experiencias, estaba seguro que los blancos no respetarían el tratado en el futuro: de hecho se apoderarían de las Black Hills en 1877, asunto que tuvo una larga historia legal de más de un siglo—. A uno de sus interlocutores le dijo: «Ahora nos estamos derritiendo como nieve en las laderas, mientras que ustedes están creciendo como la hierba de primavera». Por lo cual se retiró a una reserva donde vivió hasta su muerte, con 88 años, en 1909.

Tom Clavin y Bob Drury. El corazón de todo lo existente. La historia jamás contada de Nube Roja (The Heart of Everything That Is. The Untold Story of Red Cloud, An American Legend, 2013). Madrid: Capitán Swing, 2015; 479 pp.; trad. de Esther Cruz Santaella; ISBN: 978-84-944445-2-4. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 24 de abril de 2016

He leído últimamente, por recomendación de un amigo, Los señores de las finanzas: los cuatro hombres que arruinaron el mundo, un libro que obtuvo muchos premios y cuyo autor es Liaquat Ahamed, un keniata de origen indio que estudió en Cambridge y Harvard. Para mí, que no domino nada el mundo de la economía, ha sido un gran descubrimiento no tanto por lo que cuenta como por la claridad con que lo hace.

Los cuatro hombres del subtítulo fueron «los encargados de reconstruir la maquinaria financiera mundial tras la Primera Guerra Mundial» y, por tanto, los principales responsables de la economía durante la Gran Depresión: el gobernador del Banco de Inglaterra, Montagu Norman; el de la Banque de France, Émile Moreau; el del Reichsbank, Hjalmar Schacht; y el del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, Benjamin Strong —«el máximo responsable de la invención de la figura del banquero central moderno»—.

El relato cuenta con amenidad sus vidas, primero hasta que llegan a ocupar esos puestos, y luego sus actuaciones posteriores. Lógicamente, aparecen también otros altos financieros y cargos políticos, entre los que ocupa un lugar destacado John Maynard Keynes —cuya «combinación de éxito y de inteligencia lo hacía a veces insoportable»—. La narración explica primero las consecuencias económicas de la primera Guerra Mundial, dedica la segunda parte a las negociaciones posteriores —deudas de guerra, indemnizaciones que debía pagar Alemania, etc.—, se centra después en las medidas que se tomaron entre 1923 y 1928, cuenta lo sucedido entre 1928 y 1933 bajo el título «Recoger otra tempestad», y se ocupa, en la quinta parte, de las Secuelas, que terminan, durante 1944, en la conferencia de Bretton Woods.

En el epílogo el autor resume sus conclusiones así: «sostengo que la Gran Depresión no fue una fuerza mayor ni el resultado de ninguna contradicción arraigada en el capitalismo, sino el resultado directo de una serie de juicios erróneos por parte de los responsables del establecimiento de la política económica, algunos de los cuales se remontaban a la década de los veinte y otros tuvieron lugar después del inicio de las primeras crisis, y representaron, en todo caso, la más dramática serie de errores garrafales colectivos jamás cometida por los altos funcionarios financieros».

Liaquat Ahamed. Los señores de las finanzas: los cuatro hombres que arruinaron el mundo (Lords of finance, 2009). Barcelona: Deusto, 2010; 606 pp.; trad. de Jorge Paredes; ISBN: 978-84-234-2787-1. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 10 de abril de 2016

Invencible, de Laura Hillenbrand (la autora de Seabiscuit), es una narración documental que, al hilo de la historia de Louis Zamperini, da información sobre algunos aspectos de la segunda Guerra Mundial. Zamperini, italo-americano, nació en Torrance, California. Fue un chico alegre y muy gamberro que se convirtió en un gran corredor de media distancia. Con 19 años compitió en la Olimpiada de Berlín, en 1936, en la prueba de 5000 metros: fue el atleta más joven de la historia en la selección estadounidense. Cuando estalló la segunda Guerra Mundial se alistó en la Fuerza Aérea y fue tripulante de un bombardero. En mayo de 1943 el avión en el que iba cayó al mar y, él y el piloto, Russell Allen «Phil» Phillips, sobrevivieron en una balsa durante 47 días, un récord según parece. Capturado luego por los japoneses, pasó por distintos campos de prisioneros hasta el final de la guerra. Después se casó y tuvo muchos problemas debido al alcohol, que logró abandonar después de hacerse cristiano evangélico. Falleció en 2014.

La narración se basa en una investigación exhaustiva de todo tipo de fuentes aunque, sobre todo, se apoya en los datos que el protagonista dio a la autora. De vez en cuando ocupa el centro de la narración su compañero Phil y, más adelante, lo hace uno de los más crueles y psicópatas jefes de prisiones japonesas llamado Mutsuhiro Watanabe. En la primera parte se habla de los entrenamientos y competiciones de atletismo; en la segunda, de los bombarderos del ejército estadounidense; en la tercera, sobre la forma en que se avanzó, durante la guerra, para poder asegurar la supervivencia y la localización de los náufragos; luego, sobre los modos de vida en los campos de prisioneros japoneses, y los espeluznantes datos de la enorme mortalidad en ellos —uno de cada cuatro prisioneros de guerra frente al uno de cada cien en los campos equivalentes de los nazis y los italianos—. La última parte, el regreso a los Estados Unidos, da cuenta breve de su matrimonio, sus dificultades con el alcohol, su conversión, y el fallido intento de volver a entrar en contacto con Watanabe.

El libro tiene interés por la información que da, porque la narración tiene viveza, y porque la vida del protagonista es, realmente, asombrosa. Podría ser un libro mucho mejor si, en no pocos momentos, fuera más sobrio: algunos hechos solo pueden estar basados en los testimonios de Zamperini y, a veces, parecen haber sido trasladados tal cual por la escritora —por ejemplo, sus curiosas luchas con tiburones en alta mar, o las impresionantes palizas que recibe y de las que se recupera una y otra vez por completo—; en otros momentos, el énfasis en la dificultad de algo no parece proporcionado —«entrenó tan duro que una vez dejó ensangrentado un calcetín por haberse desollado un dedo del pie»—; además, es como si la autora no hubiese querido prescindir de uno solo de los detalles que le ha contado el protagonista o de los que ha recolectado de cualquier otra fuente, con lo que la lectura cansa un poco. También, el libro sería mejor si la traducción estuviera más pulida.

Laura Hillenbrand. Invencible (Unbroken. A World War II Story of Survival, Resilience, and Redemption, 2010). Madrid: Santillana, 2011; 436 pp.; trad. de Vicente Herrasti; ISBN: 978-84-03-10216-3. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 17 de enero de 2016

En Seabiscuit: una leyenda americana, Laura Hillenbrand cuenta la historia de un famoso caballo de competición y hace una gran reconstrucción de la vida en los ambientes de las carreras de caballos en los Estados Unidos de los años treinta.

La autora se centra en los tres hombres que hicieron posibles los triunfos de Seabiscuit, un caballo menos elegante que otros y no tan joven como se suponía que debía ser, pero que fue descubierto por dos hombres que apreciaron su potencial en cuanto lo vieron. Uno fue su propietario, Charles Howard, y otro su entrenador, Tom Smith: «Smith era el último hombre auténtico del viejo Oeste, y Howard estaba asfaltando el oeste de Smith bajo las presurosas ruedas de sus automóviles. Howard se movía por la buena imagen» y Smith era, y no le importaba ser, antipático y huraño, algo que compensaba con su capacidad, según se cuenta, de una comunicación casi mística con los caballos. Un tercero decisivo fue el jockey, Red Pollard, un hombre a quien le gustaba citar a Ralph Waldo Emerson, aunque, debido a varias lesiones, tuvo que ser sustituido algunas veces por otros jockeys.

El relato cuenta que nadie había gozado de una fama y popularidad tan intensas como la que tuvo Seabiscuit a finales de los años 30. «Un estudio de los medios de comunicación reveló que en 1938 este caballito recibió más cobertura informativa que Roosevelt, que aparecía en segunda posición, Hitler (en tercera), Mussolini (cuarta) o ningún otro personaje público». Su carrera contra el que muchos consideraban el mejor caballo del momemto, War Admiral, «fue, casi con toda seguridad, el principal tema periodístico del año, además de uno de los acontecimientos deportivos más grandiosos del siglo». A ese momento cumbre se suma otro posterior: después de aquella carrera tanto Seabiscuit como Pollard tuvieron graves lesiones y, cuando nadie lo esperaba, fueron capaces de volver y protagonizar uno de los comeback más extraordinarios del deporte.

La narración es emocionante y contiene multitud de detalles bien documentados que, para un lector como yo, no harían falta, pero que cualquier aficionado valora muchísimo. Es magnífica la descripción del contexto socioeconómico: la dureza de las condiciones de vida de los jockeys sobre todo. De los tres personajes principales, dejando aparte a Seabiscuit, el que acaba ocupando más el centro de la narración es Tom Smith, un hombre al que la prensa odiaba, porque casi nunca les respondía lo que deseaban oír y siempre estaba intentando burlarles, pero también admiraba, por los mismos motivos y, naturalmente, porque solía tener razón en sus decisiones.

Laura Hillenbrand. Seabiscuit: una leyenda americana (Seabiscuit: An America Legend, 2001). Barcelona: Debate, 2003; 485 pp.; trad. de Isabel Payno; ISBN: 84-8306-926-1. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 26 de abril de 2015

En Historia breve del mundo reciente, de José Luis Comellas, encontré, al hilo de los sucesos que se cuentan, algunos comentarios clarificadores que no vi en las historias mencionadas recientemente —Historia mínima del siglo XX e Historia del mundo en el siglo XX—.

Por ejemplo, en relación a los desórdenes juveniles de los años sesenta y setenta, señala que si hay siempre «un fenómeno generacional, caracterizado por el "cansancio de lo existente", una conciencia juvenil que se encuentra una realidad que no comparte y que no le gusta», la disputa generacional de aquellos años «posee un amplio contenido diferencial, por cuanto, como observó uno de sus autores, "los jóvenes cuestionan las formas de vida que los mayores han construido para ellos, sin haberles consultado". La frase está inspirada en otra similar, aunque de distinto contenido, de Jean-Paul Sartre, y resulta difícil precisar hasta qué punto los "mayores" —y qué mayores, y cuándo— habían construido un estilo de vida, ni a qué edad sus hijos debían ser consultados». Además, en las actitudes juveniles de aquellos años y posteriores tuvo un gran peso la música rock: «Como es bien sabido, lo que caracteriza al rock and roll —desde los años sesenta suele usarse solo la palabra rock— es el predominio de la percusión sobre la melodía, y no digamos sobre la armonía, y quizá sobre todo el ritmo fuerte y agresivo caracterizado por el doble acento en el tiempo fuerte y el tiempo débil, que provoca una continua sensación de inestabilidad o de inversión de elementos. Su influjo en los estados de ánimo fue mucho más fuerte que el de otra forma de música anterior».

O, también, cuando habla de lo que denomina «historia de la actualidad», aunque la actualidad, como tal, no forma todavía parte de la historia, explica bien algunos rasgos de la posmodemidad, «una realidad multiforme, extraordinariamente difícil de describir, no solo por su tendencia a la indefinición, sino por las múltiples descripciones de que ha sido objeto». Señala que la palabra posmodernidad «sugiere que se ha acabado la modernidad o aquello que estaba vigente en los tiempos considerados como "modernos": conceptos, convicciones, valores, formas establecidas que ya no lo están, o se dice que no lo están. (…) Parece que no se jacta de ser edificadora. Es lugar común que muchas de las ideas que definen la posmodemidad nacieron con la "revolución de 1968": el uso indiscriminado de la libertad, el destierro de las convicciones o convenciones (ambas cosas) de nuestros antecesores, el apartamiento de todo lo que tenga que ver con las "normas", los "cánones" o, en su versión más extrema, con los "principios". Pero con una diferencia muy clara respecto de los movimientos juveniles de 1968: aquellos movimientos, en medio de su vaguedad, tenían una dosis de idealismo y pretendían un mundo nuevo y más auténtico. Por el contrario, la posmodemidad no soporta la palabra "idealismo"».

José Luis Comellas. Historia breve del mundo reciente (2005). Madrid: Rialp, 2010; 464 pp.; col. Bolsillo; ISBN: 978-8432137914. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 12 de abril de 2015

Historia del mundo en el siglo XX, de Onésimo Díaz, es una panorámica del siglo XX —que abarca también las décadas que omite John Lukacs en Historia mínima—, con la interesante singularidad de que ilustra los sucesivos apartados con biografías, novelas y películas ambientadas en la época correspondiente. Además de ayudarme a comprender algo mejor los hechos históricos, me ha servido para tomar nota de una veintena de libros para leer en el futuro. Aquí está una reseña extensa.

Onésimo Díaz Hernández. Historia del mundo en el siglo XX (a través de las grandes biografías, novelas y películas) (2014). Barcelona: Base, 2014; 405 pp.; col. Base Hispánica; ISBN: 978-84-15706-21-2. [
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domingo, 29 de marzo de 2015

En Símbolos de horror ponía que resulta lamentable el espectáculo de occidentales que se sentirían incómodos al pensar en llevar una esvástica, pero no tienen inconvenientes en llevar la hoz y el martillo en la camiseta o en la gorra: «Mientras el símbolo de un asesinato masivo nos llena de horror, el símbolo de otro asesinato masivo nos hace sonreír».

En Historia mínima del siglo XX John Lukacs añade un interesante matiz a esa idea: «En casi todo el mundo (…) las banderas, los colores y los símbolos de los regímenes y partidos nacionalsocialistas de antes de 1945, como por ejemplo la esvástica, están terminantemente prohibidos: como si, tres generaciones y casi setenta años del suicidio de Hitler después, siguiesen resultando tóxicos y peligrosos. En cambio, los símbolos y las insignias comunistas están permitidas en casi todas partes. ¿Es esta, quizá, otra señal de que el comunismo es un ismo del pasado, mientras que el nacionalsocialismo no?»

John Lukacs. Historia mínima del siglo XX (A Short Story of the Twentieth Century, 2013). Madrid: Turner, 2014; 267 pp.; col. Historias mínimas; trad. de José Antonio Montano; ISBN: 978-84-15832-27-0. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 1 de marzo de 2015

Historia mínima del siglo XX, de John Lukacs, es un relato intenso y condensado de lo sucedido en el mundo entre 1914 y 1989. Es un gran libro y una buena recomendación para conocer al autor y acercarse después a sus otras obras —El futuro de la historia, Cinco días en Londres, mayo de 1940, Junio de 1941. Hitler y Stalin, Sangre, sudor y lágrimas, Últimas voluntades—.

Al principio Lukacs aclara que su convicción es que «la historia consiste en palabras, incluso más que en “hechos”, porque los “hechos” resultan inseparables de sus formulaciones y estas son más que el envoltorio de los hechos; de que, para un historiador (como para todo hablante), el uso y la elección de cada palabra no es sólo una decisión estilística, sino también moral».

Más adelante también señala que, a la hora de pensar en cómo y por qué ocurrió y ocurre la historia, existe la creencia general de que la historia es un resultado de grandes factores materiales y económicos, y que los actos y los pensamientos de las personas son, en gran medida, consecuencias, pero que él no lo ve así: «lo que la gente pensaba (y piensa), lo que cree, lo que elige pensar, lo que prefiere creer: esto es lo que constituye la esencia principal de su vida. Las condiciones materiales y los deseos económicos suelen ser la consecuencia de todo esto, y no al revés».

John Lukacs. Historia mínima del siglo XX (A Short Story of the Twentieth Century, 2013). Madrid: Turner, 2014; 267 pp.; col. Historias mínimas; trad. de José Antonio Montano; ISBN: 978-84-15832-27-0. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 8 de febrero de 2015

Honrarás a tu padre, de Gay Talese, es un largo relato-reportaje sobre la familia mafiosa Bonnano y fue el primer libro de no-ficción que habló seriamente sobre la mafia en los Estados Unidos. Es un libro que, dice su autor al final, «surgió del bochorno que sentía mi padre (nacido en Italia) ante el hecho de que los gánsteres con apellido italiano dominaran invariablemente los titulares y la mayor parte de los programas de televisión que trataban sobre el crimen organizado». Centra su atención, sobre todo, en Bill Bonnano, y comienza justo cuando secuestran a su padre, Joe Bonnano, el año 1964. A partir de ahí la narración va cambiando de tiempos, ambientes y enfoques para ir componiendo la historia de la familia Bonnano y sus relaciones con otras organizaciones del mismo tipo.

Las entrevistas que, durante años, el autor mantuvo con muchos de los personajes de su historia le permitieron reconstruir y luego contar con viveza muchos momentos de la vida familiar de los Bonnano, de las interioridades de las investigaciones y juicios, y de algunos incidentes violentos. Uno de los focos de la narración viene apuntado por el título: cómo eran las relaciones entre padres e hijos dentro de las familias Bonnano. Por ejemplo, se cuenta cómo los dos niños mayores de Bill, cuando tenían unos diez años, «aceptaban ahora el hecho de que su padre anduviera armado con la misma facilidad con que aceptaban que lo hicieran Hopalong Cassidy y los otros personajes de películas de vaqueros, detectives o soldados que veían a diario en televisión».

Otro de los focos apunta en una dirección inesperada: «si se comparaban con algunas de las publicitadas atrocidades cometidas por las tropas aliadas contra la población civil en el sudeste de Asia, o con las intrigas de la CIA, o las tácticas de los Boinas Verdes (quienes, en 1969, se deshicieron de un espía desleal amarrándolo con cadenas y llantas de neumáticos y arrojándolo a un río), las hazañas de la Mafia apenas parecían justificar la elaborada cobertura informativa que recibían. Cobertura que no recibirían de no ser por el factor mitológico» y, también, parece que desea decir Talese, por el interés del gobierno y de muchos en hacer que todos miren hacia otro lado. De hecho, los crímenes e ilegalidades de la policía para perseguir y llegar a condenar a Bill Bonnano se presentan como flagrantes.

Otra de las facetas que le interesa mostrar al autor es la gran diferencia que hay entre la percepción de la gente y la realidad de las vidas de tantos mafiosos. En un enorme párrafo con sólo un punto lo dice del siguiente modo:

«Cuando el ciudadano norteamericano común pensaba en la Mafia, por lo general se imaginaba escenas llenas de acción y violencia, de dramáticas intrigas y confabulaciones que valían millones de dólares, de limusinas negras e inmensas cuyas ruedas chirriaban al doblar las esquinas mientras las balas de las ametralladoras se regaban por el andén; ésa era la versión de Hollywood y aunque mucho de eso se basaba en la realidad, también era cierto que exageraba absurdamente esa misma realidad, omitiendo por completo la sensación que dominaba la existencia de la Mafia: una rutina de interminables esperas, tedio, escondites, exceso de cigarrillos, exceso de comida, falta de ejercicio físico, mientras pasaban la vida recostados en habitaciones con las cortinas cerradas y muriéndose de tedio al tiempo que trataban de mantenerse vivos. Con tanto tiempo entre las manos y tan poco que hacer con él, el típico mafioso tendía a volverse egocéntrico y obsesivo, a vivir pendiente de minucias que magnificaba, a reaccionar de manera desproporcionada ante cualquier ruido, dándole demasiadas vueltas a todo lo que se decía y se hacía a su alrededor, perdiendo la perspectiva del mundo que se extendía más allá de él y del pequeño lugar que ocupaba en ese panorama más amplio, pero consciente de todas maneras de la imagen exagerada que el mundo tenía de él».

Gay Talese. Honrarás a tu padre (Honor Thy Father, 1971). Madrid: Punto de lectura, 2013; 640 pp.; trad. de Patricia Torres; ISBN: 978-8466326049. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 21 de diciembre de 2014

Después del libro sobre el estallido de la primera Guerra Mundial busqué París, 1919. Seis meses que cambiaron el mundo, otra obra extensa de Margaret MacMillan escrita hace más de una década. También la leí con interés y rapidez y debo decir que me gustó más. Tal vez el motivo para esto sea que se centra en explicar los modos de ser y actuar de los negociadores de los acuerdos posteriores a la Guerra y, en ese trabajo de perfilar a los protagonistas de la historia, la autora es verdaderamente magistral. Además, son magníficas las pinceladas que da de otros personajes que, a primera vista, se podrían llamar menores.

Por ejemplo, son memorables algunas anécdotas y dichos de Churchill. Así, en un discurso electoral de 1918 decía que «los bolcheviques brincan y retozan como grupos de feroces babuinos en medio de las ruinas de las ciudades y de los cadáveres de sus víctimas»; o, en otra ocasión, señalaba que «los Balcanes producen más historia de la que pueden consumir». O son más que interesantes figuras como Nikola Pasic, que fuera jefe del Gobierno Serbio y encabezaba la delegación serbia, de quien se dice que «cuando hablaba en público, cosa que no era frecuente, lo hacía con lentitud y deliberación (…) Quizá debido a esto, tenía fama de ser muy sabio». O la reina María de Rumania, de la que se afirma que «el motivo de su viaje a París fue tanto ir de compras como conseguir algo para su país». O un joven Keynes, que fue a la Conferencia de Paz en calidad de principal asesor del Tesoro, y del que se señala que «su pertenencia al círculo de Bloomsbury no hizo más que intensificar su propensión a la superioridad moral. Era un subordinado aterrador porque nunca se tomaba la molestia de ocultar el desprecio que le inspiraban prácticamente todos sus superiores».

La ecuanimidad de la historiadora se pone de manifiesto, por ejemplo, cuando en uno de sus párrafos finales dice: «Los negociadores de 1919 cometieron errores, desde luego. La indiferencia que mostraron ante el mundo no europeo despertó resentimientos cuyas consecuencias Occidente sigue pagando hoy día. (…) [Pero,] aunque hubieran podido hacer las cosas mejor, no cabe duda de que también hubiesen podido hacerlas mucho peor. Intentaron —incluso el viejo y cínico Clemenceau— construir un orden mejor. No podrían prever el futuro y, huelga decirlo, tampoco podían controlarlo. Eso quedó para sus sucesores. La guerra que estalló en 1939 fue el resultado de veinte años de decisiones que se tomaron o no se tomaron, pero no de los acuerdos de 1919».

Margaret MacMillan. París, 1919. Seis meses que cambiaron el mundo (Peacemakers. The Paris Conference of 1919 and Its Attemp to End War, 2001). Barcelona: Tusquets, 2005; pp.; col. Tiempo de memoria; trad. de Jordi Beltrán Ferrer; ISBN: 84-8310-438-5. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 14 de diciembre de 2014

1914, de la paz a la guerra, de Margaret MacMillan, es un análisis detallado, ordenado país por país, de las causas que llevaron a la primera Guerra Mundial. Es una narración amena cuyo propósito explica su autora del siguiente modo: «Las decisiones cruciales de aquellas semanas, que condujeron a Europa a la guerra, fueron tomadas por un número sorprendentemente pequeño de personas (todos ellos hombres). Pero para comprender por qué actuaron como lo hicieron, hemos de remontarnos más atrás y analizar las fuerzas que los conformaron». Pero la pregunta que pretende responder no es tanto por qué tuvo lugar la guerra sino por qué fracasó y no fue posible la paz. Al final, con ecuanimidad, indica que «acaso a lo más que podamos aspirar sea a entender lo mejor posible a aquellos individuos que debieron decidir entre la guerra y la paz, así como sus fuerzas y sus debilidades, sus amores, sus odios y sus prejuicios».

Debo decir que ni yo soy experto ni mi lectura ha sido detenida. Sin embargo, no me parecen adecuadas algunas comparaciones que a veces desliza la autora entre sucesos y personajes de aquella época y otros de la nuestra: tengo la sensación de que los paralelismos entre las décadas de Nixon y Mao, o de Bush y Blair, y las de principios del siglo XX no son justos y que, además, son engañosos. También, dentro del capítulo «¿En qué pensaban? Esperanzas, miedos, ideas y presuposiciones», me sorprendió este párrafo cuya enorme inexactitud no sé bien a qué o a quién atribuir: «El movimiento moderno fue tanto una revuelta como un intento de establecer nuevas formas de pensamiento y percepción, y causó inquietud entre los miembros de la generación previa. Queriendo detener esta ola, el papa Pio X hizo en 1910 que sus sacerdotes tomaran juramento contra el arte moderno». ¿Arte moderno? Primera noticia.

Margaret MacMillan. 1914, de la paz a la guerra (The War that ended Peace. How Europe abandoned Peace for the First World War, 2013). Madrid: Turner, 2013; 847 pp.; col. Noema; trad. de José Adrián Vitier; ISBN: 978-84-15832-08-9. [Vista del libro en amazon.es]


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domingo, 12 de octubre de 2014

En los últimos meses, he ido leyendo y tomando notas de la Historia de la literatura infantil en América Latina, un trabajo extenso e impagable de Manuel Peña Muñoz que amplía mucho el panorama sintético que había presentado, hace años, en otro libro semejante titulado Había una vez en América.

En él enumera los principales autores de cada país —del Caribe, de Centroamérica y de Sudamérica— y comenta sus obras con un tono expositivo amable, pues no hace valoraciones ni comparaciones entre unos y otros. Esta es una opción justa, puesto que las circunstancias históricas del crecimiento de la LIJ en cada país son muy distintas y es prácticamente imposible abarcarlas.

Así que ahora, poco a poco, y en la medida de lo posible, intentaré ir leyendo a tantos autores que no conozco, o que conozco poco y mal.

Manuel Peña Muñoz. Historia de la literatura infantil en América Latina (2009). Madrid: SM, 2009; 820 pp.; ISBN: 978-958-705-337-1.

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domingo, 5 de octubre de 2014

En el libro Un camino entre dos mares se dice que, entre los hombres clave para la construcción del Canal de Panamá, uno fue George Goethals, ingeniero civil y oficial del ejército norteamericano al frente de las obras desde 1907 hasta su apertura en 1913, y luego gobernador hasta 1916. Al final, David McCullough hace notar su tenacidad, habilidad y valor, y añade un párrafo de lo más aleccionador: 

«Asimismo, el hecho de que una obra tan enorme y costosa se llevara a cabo sin sobornos, comisiones encubiertas, nóminas engordadas ni ninguna de las muchas formas de corrupción endémicas en tales empresas parecía casi inconcebible al comienzo y no deja de ser menos notable visto en retrospectiva. Pero el canal, entre otras muchas cosas, era un proyecto limpio. Ninguna de las miles de empresas diferentes que negociaron con la Comisión del Canal del Itsmo obtuvo ganancias exorbitantes. No hubo ni el más leve indicio de escándalo desde el momento en Goethals obtuvo el mando, ni hay pruebas de corrupción de ningún tipo en todos los años sucesivos».

David McCullough. Un camino entre dos mares. La creación del canal de Panamá (1870-1914) (The Path Between the Seas, The Creation of the Panama Canal 1870-1914, 2011). Barcelona: Espasa, 2012; 550 pp.; trad. de Francisco Gurza Irazoqui revisada por Carmen Martínez Gimeno; ISBN: 978-84-670-3885-9. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 28 de septiembre de 2014

Desde hace mucho tenía pendiente leer Un camino entre dos mares. La creación del canal de Panamá, de David McCullough, un libro muy largo. Al fin pude leerlo hace dos meses y ha respondido con creces a las buenas expectativas que tenía. Es una historia extensa, bien contada, organizada en tres libros: «La visión» (1870-1894), «Barras y estrellas para siempre» (1890-1904), y «Los constructores» (1904-1914). El autor hace hincapié, según el momento, en los aspectos político, económico, ingenieril, médico o social. Dedica especial atención a los protagonistas principales: primero a los promotores franceses, sobre todo Ferdinand de Lesseps y más adelante Philippe Bunau-Varilla; y luego a los ingenieros norteamericanos al frente del canal, John Stevens y George Goethals, y al médico William Gorgas.

A De Lesseps lo describe como un mago para un siglo, como el XIX, deslumbrado por los nuevos poderes de la ciencia. Después de haber impulsado y terminado el canal de Suez, gozó, «como él mismo dijo en cierta ocasión, del “privilegio de ser creído sin necesidad de probar lo que se afirma”. Eso fue lo que le convirtió en una fuerza tan popular y un hombre tan peligroso». La suya no era la fe que podía mover montañas. «No. La suya era la fe de que a las montañas las podía mover la tecnología. Estaba tan deslumbrado por el impulso del progreso como por sus pasados triunfos». Y es abrumador el engaño colectivo, también autoengaño, que puso en marcha y que, con la contribución de los poderes de su tiempo, arruinó a miles de familias.

El gran esfuerzo médico que se hizo para erradicar las enfermedades e infecciones de todo tipo fue un logro de gran magnitud aunque, señala el autor, fue un éxito tan incuestionable como relativo: dependía del sector de la mano de obra del que se hablase pues, ya en la época norteamericana del canal, «sin duda, a los trabajadores blancos y a sus familias les iba muy bien; en cambio, para la inmensa mayoría negra, el cuadro era alarmante». Los hospitales que se pusieron en marcha, los mejores para la época, atendían a cualquiera de los trabajadores sin distinción de color —y, en ese sentido, igual que en el salarial, los negros que trabajaban en el Canal estaban en mejores condiciones que, por ejemplo, los negros que trabajaban en la industria estadounidense—, pero, en cualquier caso, mientras que a los trabajadores blancos de les daba alojamiento no así a los trabajadores negros. En conjunto, al blanco se le trataba unas quince veces mejor en cuestión de servicios sociales. El balance final fue de 500 muertos por cada kilómetro de canal aunque fueron los primeros años cuando el número de muertos fue abrumador.

Por supuesto, es sensacional la historia de los logros técnicos. En particular, las grandes esclusas son una proeza de la ingeniería: hubo que diseñar, sin modelos previos, todos los mecanismos que las abrían y cerraban herméticamente, y luego fabricarlas en Pittsburg, donde funcionaban cincuenta fábricas para todo lo que necesitaba el canal. También entonces, la General Electric, una empresa joven, obtuvo su primer gran contrato y preparó un sistema de control, semejante al de los ferrocarriles pero mucho más complejo, que nunca se había usado antes y que, medio siglo después, seguía en funcionamiento.

Pero, a pesar de todos los logros, a pesar de que se puede decir que la generosidad de los Estados Unidos en muchos sentidos fue extraordinaria, indica el autor, también comenzó entonces el gran resentimiento de América Latina hacia ellos, por haber favorecido el golpe de estado de un grupo de panameños contra Colombia y por haber incumplido los acuerdos firmados. También, las decisiones que provocaron grandes desplazamientos de poblaciones indígenas, y luego el comportamiento de la mayoría de los norteamericanos en la zona del Canal —«los estadounidenses eran gritones, arrogantes, maleducados y bebedores»—, junto con la condescendencia de muchos hacia los nativos, se convirtieron en fuentes de resentimiento permanente.

David McCullough. Un camino entre dos mares. La creación del canal de Panamá (1870-1914) (The Path Between the Seas, The Creation of the Panama Canal 1870-1914, 2011). Barcelona: Espasa, 2012; 550 pp.; trad. de Francisco Gurza Irazoqui revisada por Carmen Martínez Gimeno; ISBN: 978-84-670-3885-9. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 22 de junio de 2014

Después del libro de Pierre Blet que puse hace unos días, añado ahora Cristianos contra Hitler: La apasionante historia de seis personas que se opusieron al nazismo, de José M. García Pelegrín.

Es un libro que contiene breves semblanzas del obispo católico Clemens August von Galen, del que ya cité una biografía; de Wilm Hosenfeld, el capitán del ejército alemán que salvó a El pianista del gueto de Varsovia; de Franz Jägerstätter, un campesino austríaco que se negó a realizar el servicio militar por motivos de conciencia y fue condenado a muerte; de Karl Leisner, un seminarista que fue ordenado sacerdote estando internado en Dachau; de Helmuth James von Moltke, un aristócrata protestante, abogado, que conspiró contra Hitler; y de Irena Sendler, una trabajadora social que entraba en el gueto de Varsovia para combatir las enfermedades infecciosas, y sacó de allí a dos mil quinientos niños judíos, más del doble de la famosa lista de Schindler. A propósito de la última, un personaje distinto a los otros que se citan en el libro, se indica que fue una mujer olvidada durante mucho tiempo, pues recibió el primer reconocimiento público en 1965, debido a que, según señala un compatriota, «se prefería hablar de Janusz Korczak que de Irena Sendler, porque esta nos recordaba lo que nosotros no hicimos, a pesar de que habría sido posible hacerlo».

José M. García Pelegrín. Cristianos contra Hitler: la apasionante historia de seis personas que se opusieron al nazismo (2010). Madrid: LibrosLibres, 2011; 174 pp.; ISBN: 978-84-92654-51-2.
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domingo, 15 de junio de 2014

Pio XII y la Segunda Guerra Mundial, de Pierre Blet, resume los doce volúmenes de las Actas y Documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial, una clarificadora perspectiva más de aquellos acontecimientos. En él se narra qué hizo Pío XII, y qué se hizo desde el Vaticano, para detener el conflicto —la historia de mensajes como el «nada se pierde con la paz; pero todo puede perderse con la guerra», del 24 de agosto de 1939, y otras acciones diplomáticas—; y, una vez que comenzó, para paliar sus consecuencias —actividades secretas para intentar impedir las deportaciones, esfuerzos por evitar los bombardeos aliados sobre Roma, ofrecimiento de refugio a judíos en edificios eclesiásticos y conventos de clausura, etc.—. Al final el autor se pregunta si el Papa, o cualquier otro en su lugar, habría podido hacer más y se dice que tal cosa «equivale a abandonar el campo de la historia para aventurarse en la maleza de las suposiciones y los sueños».

Pierre Blet. Pío XII y la Segunda Guerra Mundial (Pie XX et la Seconde Guerre Mondiale d’après les archives du Vatican, 1997). Madrid: Cristiandad, 2013, 2ª ed.; 428 pp.; trad. de Dionisio Mínguez; ISBN: 978-84-7057-582-2.

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domingo, 26 de mayo de 2013

Hasta el momento he mencionado estos libros de John Lukacs: El futuro de la historia, Cinco días en Londres, mayo de 1940 y Junio de 1941. Hitler y Stalin. A ellos sumo ahora Sangre, sudor y lágrimas: Churchill y el discurso que ganó una guerra, un comentario a tres discursos famosos de Churchill del año 40, que fueron pronunciados en el Parlamento y que luego circularon por escrito entre la población.

El primero, el del día 13 de mayo, es el que terminó con la famosa frase «sangre, sudor y lágrimas»: un discurso sin promesas para el futuro y con solo amenazas, que fue sorprendente porque nadie había hablado antes así, nadie había pensado en esos términos sobre la guerra en Europa, y porque indicaba la confianza de Churchill en que la gente normal comprendería la gravedad de la situación y respondería a su petición de sacrificio. El segundo, del 4 de junio, tuvo lugar después de la retirada de Dunquerque y en él, aparte de reconocer que «las guerras no se ganan con evacuaciones», se contenía una declaración firme: «iremos hasta el final». Y en el tercero, el 18 de junio, aniversario de la batalla de Waterloo, anunció que la batalla de Francia había terminado, que preveía que la Batalla de Inglaterra estaba a punto de empezar, y dijo: «asumamos nuestro deber», de forma que si Inglaterra durase otros mil años todos pudieran siempre volver atrás la mirada para decir que «aquella fue su hora más gloriosa».

El autor hace una buena descripción de la forma en que Churchill preparaba sus discursos —los escribía personalmente a mano, los corregía mucho, ensayaba en alto los momentos clave…— y da una explicación convincente de por qué esos discursos han resistido el paso del tiempo: era su visión la que engendraba su retórica y no al contrario, pues ni su voz ni su dicción eran la de un gran orador; eran su magnanimidad y su coraje, reales y no fingidos, las que le ganaron la voluntad y el aprecio de la gente. De todo esto, además, no faltan las pruebas: aquella era una época en la que muchas personas llevaban diarios donde, sobre esa cuestión, se pueden leer testimonios llenos de autenticidad que Lukacs reproduce y apoya con una observación de valor también literario: «Escribir, a fin de cuentas, es el resultado de un impulso definido por expresarse a uno mismo: como dijo T. S. Eliot en cierta ocasión, es “el deseo de vencer una preocupación mental expresándola conscientemente y con claridad”».

John Lukacs. Sangre, sudor y lágrimas: Churchill y el discurso que ganó una guerra (Blood, Toil, Sweat and Tears. The Dire Warning, 2008). Madrid: Turner, 2008; 135 pp.; trad. de Ramón García; ISBN: 978-84-7506-861-9.

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viernes, 22 de marzo de 2013

Me ha interesado La vida inmortal de Henrietta Lacks, de Rebecca Skloot. Es un libro de investigación científico-periodística que sigue varios hilos narrativos. El que le da origen es la historia de las células HeLa, las células cancerígenas que originan el linaje celular humano más antiguo y el utilizado con mayor frecuencia pues es duradero y prolífico. Las otras son la vida de Henrietta Lacks y su familia, la historia de algunos experimentos médicos con seres humanos en los Estados Unidos y, no podía faltar, la protagonizada por la incansable y tenaz periodista en busca de sus objetivos...

Esto último es un poco agotador (e innecesario) pero, con todo, el libro está bien armado y consigue su finalidad de informar bien acerca de las cuestiones principales. Una de ellas es la narración, abrumadora y reveladora, de algunos experimentos médicos: los que utilizaron varones negros pobres para estudiar cómo se desarrollaba la sífilis en los años 30; las histerectomías innecesarias a mujeres negras pobres para evitar que se reprodujeran y para que los médicos jóvenes blancos pudieran practicar esa operación; los de la falta de financiación para el estudio de la anemia de células falciformes, una enfermedad que afectaba a las personas de raza negra casi exclusivamente; el del investigador del cáncer que inyectó células enfermas en algunos pacientes para ver qué pasaba…

Rebecca Skloot. La vida inmortal de Henrietta Lacks (The immortal life of Henrietta Lacks, 2010). Madrid: Temas de Hoy, 2011; 446 pp.; trad. de Mª Jesús Asensio; ISBN: 978-84-8460-993-3.

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domingo, 27 de enero de 2013

Al hablar de Hiroshima la semana pasada recordé la obra que el periodista austriaco Robert Jungk publicó, en 1956, titulada Más brillante que mil soles (e inexplicablemente descatalogada). Es un gran libro reportaje, muy ameno, acerca de la construcción de la bomba atómica: cómo se fraguaron y llevaron a cabo el proyecto Manhattan y el proyecto alemán paralelo. Para escribirlo se entrevistó con muchas personas que trabajaron en los dos y, en el libro, intentó transmitir las distintas perspectivas que los científicos tenían ante los pasos que se iban dando.

No sé si hay libros posteriores sobre la materia, e imagino que la investigación histórica dirá que no todas las cosas son tal como Jungk las narra pero, sea como sea, su libro tiene la ventaja de haber sido escrito muy poco después de que ocurrieran los hechos. Una de las cosas que se pone de manifiesto en él es que los científicos tenían claro a qué jugaban: «se podría decir que vivimos en un polvorín, escribió en 1921 el físico alemán y premio Nobel Walter Nernst, al intentar explicar los descubrimientos entonces recientes de Rutherford a un público más amplio. Pero añadió enseguida, tranquilizadoramente, «pero gracias a Dios aún no hemos encontrado la cerilla». Luego, el relato va dando cuenta de los sucesivos descubrimientos y de las relaciones entre los científicos de diferentes nacionalidades hasta que, cuando Hitler alcanza el poder, se formaron dos bandos: de la narración se deduce que los científicos alemanes no se esforzaron mucho, para no poner en manos del régimen nazi la bomba, y que, sin embargo, los occidentales encabezados por Oppenheimer sí trabajaron como posesos para fabricarla.

Para explicar el comportamiento de los científicos el autor indica que el ambiente prebélico y bélico no era el más propicio para reflexionar con claridad y habla de la dificultad de medir el peso que tuvieron en ellos factores políticos o personales. Hay momentos en los que intenta echar la responsabilidad mayor sobre las autoridades civiles y militares al frente de la construcción de la bomba. De hecho, en una ocasión afirma que «nadie imaginaba que el nuevo mecenas, el Estado, pudiera alguna vez decir, como lo dijo: “quien paga, manda”»: algo difícil de creer. En cualquier caso, sí dice con claridad que los científicos «hicieron mucho más que obedecer órdenes. Una y otra vez tomaron ellos la iniciativa para dar al mundo esta arma terrible». Por supuesto, se mencionan los intentos de quienes quisieron frenar las cosas, pero «hubiera sido contrario al espíritu de la ciencia y de la técnica moderna el abandonar libremente y a mitad de camino la exploración de un campo tan importante de investigación, por muchos y muy graves que fueran los peligros» futuros. Justo después de arrojar las bombas sobre Japón, decía C. P. Weizsäcker: «Hemos jugado con el fuego como chiquillos y las llamas se han levantado antes de lo que esperábamos», buen comentario…, pero un tanto exculpatorio porque de chiquillos, nada.

Robert Jungk. Más brillante que mil soles: los hombres del átomo ante la historia y ante su conciencia (Heller als tausend Sonnen, 1956). Barcelona: Argos, 1976, 2ª ed.; 334 pp.; ISBN: 84-7017-282-4. Descatalogado.

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domingo, 16 de diciembre de 2012

Para insistir en lo dicho en Nuestro mayor riesgo, pongo un párrafo de John Luckacs: hay «una concepción errónea de la historia que presupone en el historiador la capacidad de establecer, mediante el correcto empleo de los métodos de su ciencia, una precisa reconstrucción del pasado y de sus actores, estableciendo conclusiones acerca de una porción de la historia cuyo carácter, a partir de ese momento, resulte definitivo, inmutable y perenne. No hay tal cosa. No sólo es que la Historia, al contrario que el Derecho, exponga a sus estudiosos a una amenaza múltiple, esto es, a la tentación de repensar y reenjuiciar, una y otra vez, la información y el significado de lo acontecido y de quienes lo protagonizaron. El más importante (y esta vez sí, perenne) deber del historiador es evitar que prevalezcan las falsas verdades, porque perseguir la verdad equivale con frecuencia a una lucha por abrirse paso en la jungla de los sentimientos y la manipulación de los “hechos”. Entre estas manipulaciones y concepciones erróneas se encuadra la tendencia a considerar la mayor parte, cuando no la totalidad de la historia del siglo XX como un combate entre el capitalismo y el comunismo, o entre la “libertad” y el “mal”. (…) No debemos minusvalorar los efectos de dicha simplificación ideológica de la historia. Sólo unos pocos años después del término de la Segunda Guerra Mundial, se desató en los Estados Unidos una especie de revolución en el plano sentimental, en virtud de la cual el anticomunismo pasó a convertirse en un poderoso sustituto (y a menudo en un auténtico sinónimo) del patriotismo norteamericano. Treinta años después desembocó en la triunfalista presidencia de Ronald Reagan, quien, al cabo de treinta años de la muerte de Stalin, seguía llamando a la Unión Soviética “Imperio del Mal”, y equipó a los Estados Unidos para combatirla por tierra, mar, aire y espacio. Pocos años después, cuando el régimen comunista empezaba a resquebrajarse en Europa oriental, el mismo Reagan consideró conveniente revisar algunos de sus planteamientos».

John Lukacs. Junio de 1941. Hitler y Stalin (June 1941: Hitler and Stalin, 2006). México: Fondo de Cultura Económica y Madrid: Turner, 2007; 168 pp.; col. Norma; trad. de Ramón García; ISBN: 978-84-7506-785-8.

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domingo, 2 de diciembre de 2012

Ya que hace días cité Los cañones de agosto menciono ahora Cinco días en Londres, mayo de 1940, de John Lukacs. Primero, porque se puede considerar que sus enfoques son algo parecidos: estudiar qué pasa en unos días iniciales que son decisivos para lo que vendrá después. Y, segundo, porque poner en paralelo los dos da idea de las diferencias que hay entre una obra que cabría llamar de investigación histórico-periodística y otra que es el trabajo de acercamiento cuidadoso propio de un historiador profesional.

La tesis del libro es que, si a Churchill y a Gran Bretaña no se les puede llamar los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, pues Estados Unidos y Rusia compartirían ese honor, a Churchill sí hay que reconocerle que fue quien no la perdió cuando, entre el viernes 24 y el martes 28 de mayo de 1940, logró imponer sus criterios en el Gabinete de Guerra, frente a la oposición de Lord Halifax, y en el Parlamento, frente a buena parte de sus compañeros de partido. La idea es que, en la historia de los estados y de los pueblos a veces se da un giro, algo que no tiene nada que ver con un hito: mientras un hito es algo cuantificable, previsible, lineal, secuencial, «un giro puede suceder en la mente de una persona; puede significar un cambio de orientación; sus secuelas son múltiples e impredecibles, secuelas que en la mayor parte de los casos sólo retrospectivamente adquieren relieve. Un giro puede en ocasiones predecirse, pero no con certeza. En este caso ese momento se produjo a últimas horas del martes 28 de mayo. Fue la solución a un conflicto del que, en ese momento, Churchill había salido vencedor. Dijo que Inglaterra seguiría luchando, pasase lo que pasase. Pasase lo que pasase: descartando cualquier tipo de negociación con Hitler».

Lukacs termina su libro indicando lo que, a su juicio, supuso la postura de Churchill y la victoria en la Segunda Guerra Mundial: «En el mejor de los casos la civilización pudo sobrevivir, y Churchill aportó su pequeña colaboración a ello en 1940. En el peor, trabajó para darnos —sobre todo a los que ya no somos jóvenes pero lo fuimos entonces— cincuenta años. Cincuenta años antes de que se alzasen nuevos tipos de barbarie, barbaries no encarnadas por los ejércitos de Alemania o Rusia; antes de que las nubes de una nueva Edad Oscura cubran las vidas de nuestros hijos y nuestros nietos. ¡Cincuenta años! Tal vez fue suficiente».

John Lukacs. Cinco días en Londres, mayo de 1940. Churchill solo frente a Hitler (Five Days in London, May 1940, 1999). México: Fondo de Cultura Económica y Madrid: Turner, 2001; 256 pp.; col. Norma; trad. de Ramón García; ISBN: 84-7506-501-5.

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domingo, 21 de octubre de 2012

Se ha publicado hace pocos meses una nueva edición de Los cañones de agosto. Treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo, de Barbara W. Tuchman. Es una extraordinaria narración del primer mes de la primera Guerra Mundial, amena, clara, ordenada y documentada. Como no leí el libro con una intención crítica sino dejándome llevar, sólo tomé nota de una ocasión en la que, se ve que a la  busca del colorido periodístico, la autora sobreinterpreta un dato: en los momentos previos a la declaración de guerra dice que «si el káiser se hubiese limitado a leer The Golden Age, el libro de Kenneth Grahame sobre la infancia inglesa en un mundo de fríos adultos, que guardaba en la mesilla de noche en su yate, es posible que no hubiera habido ninguna guerra mundial». Lo malo, continúa, es que leyó también otros libros… Mi confianza en el poder de la literatura infantil es grande pero no tanto, la verdad.

Dicho esto, da idea de la mente de la escritora, primero, su comentario del prólogo acerca de que compuso su libro procurando «evitar las atribuciones espontáneas y también el estilo “debió de” de los relatos históricos: “Al contemplar como la costa de Francia desaparecía a la luz del sol que se ponía, Napoleón debió de pensar en las largas…”». Y, después, su observación final donde señala cómo, a través de una mezcolanza de informaciones y documentos, «el historiador busca su camino, tratando de descubrir la verdad de los acontecimientos pasados y averiguar “lo que ocurrió realmente”», para encontrar entonces que esa verdad de los acontecimientos está «compuesta de una serie de fragmentos vistos, experimentados y anotados por diferentes personas».

Barbara W. Tuchman. Los cañones de agosto. Treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo (The Guns of August, 1962). Barcelona: Península, 2004; 591 pp.; col. Atalaya; trad. de Víctor Scholz; prefacio de Robert K. Massie; 84-8307-644-6. Nueva edición en Barcelona: RBA, 2012; 591 pp.; Temas de Actualidad, serie Historia Universal; 978-84-9006-162-6.


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jueves, 23 de julio de 2009

Minders of Make Believe,
de Leonard Marcus, es una historia de la literatura infantil y juvenil (LIJ) en Estados Unidos. El subtítulo, «Idealistas y emprendedores que han moldeado la Literatura infantil norteamericana», indica la perspectiva del autor: no tanto la de observar a los autores y a los libros como la de atender al trabajo de personas que fueron relevantes en el sector, debido a su empuje personal o al puesto que ocupaban en instituciones y empresas editoriales. El autor organiza su material en nueve capítulos, dos dedicados a los siglos XVIII y XIX y cada uno de los siete restantes a una década del siglo XX; el último a 1980 y 1990. Se centra en personas que marcaron épocas, como la escritora y editora del siglo XIX Mary Mapes Dodge, la directora de la Biblioteca Pública de Nueva York durante las primeras décadas del siglo XX, Anne Carroll Moore, o las editoras al frente de las secciones de libros infantiles y juveniles de grandes editoriales; y habla extensamente de las iniciativas editoriales y los libros que tuvieron más éxito.

El libro está bien documentado y escrito con amenidad. El tono es sereno aunque las antipatías del autor se aprecien en los malos augurios con los que arrancan los capítulos sobre las épocas de Nixon y Reagan. Los acentos se ponen en la transformación progresiva de la industria editorial y en el crecimiento de la LIJ en su interior. Debido al enfoque y al material disponible no todas las épocas y situaciones que se tratan están igual desarrolladas, ni tampoco se analizan cuestiones como el peso del mundo del cómic y del cine y de las series televisivas en la LIJ. Cabe suponer que hay sobreinterpretaciones: un intercambio de opiniones críticas de los años cincuenta puede ser leído ahora como si hubiera sido una gran tormenta; tal vez algunas iniciativas se presentan como significativas, aparte de por otras razones, porque el autor las conoce más. El último capítulo habla del impacto de Harry Potter pero se trata poco de los años noventa: el mayor valor del libro está en la presentación ordenada de lo sucedido desde los años veinte hasta finales de los ochenta.

El autor desea mostrar la LIJ como uno de los factores de más peso en la configuración de la sociedad norteamericana tal como es hoy. Esto es obvio en el sentido de que los niños que leyeron en los cuarenta la historia de Ferdinando, un toro pacifista y amante de las flores, fueron los hippies de los cincuenta. O en el de que los niños que disfrutaron con Donde viven los monstruos y luego leyeron las primeras novelas específicamente dirigidas a jóvenes en los sesenta y setenta, son quienes ocuparon después los puestos directivos en la industria que gira en torno al libro. Pero las cosas van más allá pues la LIJ ha sido siempre quien ha dado los últimos pasos para conseguir ampliar los márgenes de lo socialmente aceptable: una sociedad cambia cuando a los niños se les enseñan como normales los comportamientos adultos que a la generación anterior se les presentaban como inconvenientes.

Leonard Marcus. Minders of Make Believe (2008). Houghton Mifflin Harcourt, 2008; 416 pp.; ISBN-13: 978-0395674079.

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sábado, 30 de agosto de 2008

Ha sido una buena y larga lectura el libro de Tony Judt titulado Postguerra: una historia de Europa desde 1945. Aunque no lo he leído con igual atención en todos sus tramos, y aunque me ha parecido inevitablemente plano —muchos personajes y sucesos todos al mismo nivel— y desigual —se ve que algunas cosas el autor las conoce más de cerca o de primera mano, y otras no tanto—, es difícil no sentirse impresionado por un trabajo de síntesis y clarificación tan ambicioso y tan ameno. Para mí los capítulos más interesantes han sido los primeros, los que tratan de las décadas inmediatamente posteriores a la segunda Guerra Mundial. Los de las últimas décadas me han servido para reforzar el esquema mental que ya tenía de los acontecimientos, y no tanto para comprender mejor algunas cosas: como es lógico aquí es donde he notado más la falta de relieve de la obra.

El libro termina con una reivindicación del estudio profesional del pasado por parte de los historiadores y, al hablar de los riesgos que tiene un excesivo culto a la conmemoración, señala que «la memoria es intrínsecamente polémica y sesgada: lo que para unos es reconocimiento para otros es omisión. Además, es una mala consejera en lo que al pasado se refiere». Y luego cuenta un conocido chiste de la era soviética: «Un oyente llama a Radio Armenia para hacer una pregunta: “¿Es posible predecir el futuro?” Respuesta: “Sí. No hay problema. Sabemos exactamente cómo será el futuro. Nuestro problema es el pasado, que siempre está cambiando”».

Tony Judt. Postguerra: una historia de Europa desde 1945 (Postwar. A History of Europe since 1945, 2005). Madrid: Taurus, 2006; 920 pp.; trad. de Jesús Cuéllar, Victoria Gordo del Rey; ISBN: 84-306-0610-6.

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domingo, 4 de marzo de 2007

Otro tramo de Causas sagradas que me pareció revelador es la descripción de los credos de la Nueva Era, que fusionan «trocitos de misticismo oriental, astrología y ocultismo, ecología y psicoterapia...», tal vez porque he notado más de una vez esas querencias en algunos libros infantiles y juveniles. Michael Burleigh afirma que «las religiones de la Nueva Era retroceden a menudo hasta culturas y épocas premodernas (o totalmente fantásticas) —los indios nativos norteamericanos y el rey Arturo figuran entre los preferidos— o se desplazan hacia afuera hasta las sociedades menos desarrolladas. (...) Esas religiones parecen (...) un encogimiento cultural postimperial que ha sustituido la supuesta arrogancia del imperialismo occidental con credulidad ilimitada como reacción a las creencias espirituales del mundo subdesarrollado. Esas religiones comparten buena parte de la cultura de autorrepudio que es evidente en otros sectores supuestamente más racionales de la vida. Pero esto es pasar por alto que los de la Nueva Era en Occidente han transfigurado sutilmente estas creencias, dejando fuera lo que no sintoniza con sus propios puntos de vista y su deseo de disfrutar de las comodidades occidentales».

Michael Burleigh. Causas sagradas.

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domingo, 25 de febrero de 2007

He leído con interés Poder terrenal y Causas sagradas, de Michael Burleigh. En algunos tramos me han parecido periodísticos en exceso, creo que el autor no es siempre preciso en los calificativos y que, a veces, acentúa innecesariamente la extravagancia de ciertos comportamientos (como hace Paul Johnson, por ejemplo, en Intelectuales)... Es también patente, como el mismo Burleigh advierte, que se deja llevar por sus simpatías y antipatías. Por ejemplo, en el malicioso comentario que formula cuando, al comentar la Francia de finales del XIX, hace referencia a que «una de las características más persistentes de la izquierda es la proyección sin inhibiciones de sus propias fantasías conspiratorias y su propio modus operandi corrupto».

Pero, entre otras, para mí destaca la descripción del segundo libro, que el mismo autor declara «malhumorada», de la década de los sesenta, «asociada siempre a su cultura pop y a una élite estudiantil que agitaba pancartas con Marx, Lenin y Mao. La primera tuvo eco en los jóvenes del otro lado del Telón de Acero, en sociedades donde escuchar música rock era un delito de subversión. Sin embargo, Marx, Lenin y Mao no tenían ningún poder de compra allí, pues los dos primeros eran los filósofos del orden establecido comunista dominante. Por eso Europa oriental y la Unión Soviética eran una molesta carga para los revolucionarios estudiantiles occidentales. Para horror de la izquierda liberal occidental, las Iglesias cristianas también tenían una gran autoridad en algunas sociedades comunistas...»

Michael Burleigh. Poder terrenal (Earthly Powers. The Conflict between Religion and Politics. From the French Revolution to the Great War, 2004). Madrid: Taurus, 2005; 600 pp.; trad. de José Manuel Álvarez Flórez; ISBN: 84-306-0593-2.
Michael Burleigh. Causas sagradas (Sacred Causes. Politics and Religion in Europe. From the Great War to Islamics Terrorism, 2005). Madrid: Taurus, 2006; 640 pp.; trad. de José Manuel Álvarez Flórez; ISBN: 84-306-0621-1.

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