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Notas del archivo 'Memorias (países islámicos)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 27 de septiembre de 2018

La tropa del arco iris, de Andrea Hirata, es un relato en primera persona escrito, según afirma el autor, para homenajear a los maestros que tuvo. En la comunidad más pobre de la isla indonesia de Belitung, el narrador, Ikal, y otros diez chicos acuden a una escuela que describe así: «imaginémonos los peores problemas para un aula de primaria: un techo con unas grietas tan grandes que los alumnos veían volar los aviones y tenían que estudiar bajo un paraguas en los días de lluvia; un suelo de cemento que se descomponía por todas partes y quedaba reducido a arena; vientos tan fuertes que hacían temblar el alma de unos niños atemorizados ante el posible derrumbe de la escuela; y unos alumnos que querían entrar en clase, pero antes tenían que sacar las cabras del aula. Nosotros pasamos por todo eso». Cuando los chicos protagonistas trepaban a un árbol «a la caza del arcoíris después de cada tormenta», su maestra les habló de que «¡los arcoíris son en realidad túneles del tiempo!» y los llamó La tropa del arco iris.

El relato tiene varios hilos. Uno, la historia de la escuela: el empeño de los profesores para que la inspección no la cierre; el progreso intelectual de los alumnos, que terminan compitiendo contra la escuela más elitista de la zona; la amenaza que pende sobre ella porque la Compañía Nacional del Estaño quiere desalojarlos para excavar en los terrenos que ocupa. Otros, los que siguen las vidas de los chicos, incluida la del narrador, pero especialmente la de Lintang, un genio de las ciencias y las matemáticas que aspiraba a ser el primer matemático malayo y que «pedaleaba cuarenta kilómetros de ida y cuarenta de vuelta todos los días» de su casa a la escuela, incluso durante la estación de las lluvias, y que, al llegar a casa, «se unía al resto de los niños de su edad de la aldea y trabajaba como culi en la copra». Ikal indica que «su superioridad no amenazaba a quienes se encontraban a su alrededor, su brillantez no provocaba celos y su grandeza no desprendía el menor atisbo de arrogancia»; que sus extraordinarias capacidades les dieron confianza y valor a todos, «aunque estuviéramos llenos de limitaciones».

Luego, la historia tiene muchos elementos costumbristas —los chicos son hijos de jornaleros, pescadores, vigilantes, campesinos, operarios…—, y abundantes comentarios sobre la forma de ser de la gente del lugar. Por ejemplo, afirma que «una de las extraordinarias cualidades de los malayos es que, por muy mala que sea su situación, siempre se consideran afortunados». En otra ocasión dice que sus padres les enseñaron «a no hablar mientras sonaba la llamada a la oración. —Guarda silencio y escucha atento la llamada a la gloria». Varias veces apunta, o pone en boca de sus maestros, proverbios populares: «las buenas cosas engendran más cosas buenas», «con el sonido de la miel llegan los ruidosos abejorros».

Pero, sobre todo, el centro del libro está en las figuras de los dos maestros: en la reivindicación de su espíritu comprensivo y exigente a la vez, en la convicción de que la esperanza de los más pobres, tantas veces frustrada —como se aprecia en el relato— pasa porque se les ofrezca una enseñanza exigente que no teme pedirles que den lo mejor de sí mismos por más que las dificultades externas sean grandes.

Uno es el anciano Pak Harfan: «nos tenía fascinados con cada palabra y cada gesto. Ejercía una influencia de bondad y amabilidad. Su comportamiento era el del hombre sabio y valeroso que había atravesado las amargas dificultades de la vida, que poseía un conocimiento tan vasto como el océano, que estaba dispuesto a asumir riesgos y que sentía un interés verdadero por explicar las cosas de tal modo que los demás pudieran comprenderlas». «Era un gurú en el auténtico sentido de la palabra, en su significado hindi: una persona que no se limita a transferir conocimiento, sino que es también amigo y guía espiritual de sus alumnos». «Nos convenció de que se puede vivir con felicidad aun en la pobreza siempre que uno dé con alegría —en lugar de recibir— tanto como pueda». «Pak Harfan nunca se cansó de intentar convencer a aquellos niños de que el conocimiento consistía en el respeto para con uno mismo, y la enseñanza era un acto de devoción al Creador; que la escuela no había estado siempre ligada a metas como la obtención de un título y hacerse rico. La escuela tenía dignidad y prestigio, era una celebración de la humanidad; era el gozo del estudio y la luz de la civilización. Aquélla era la gloriosa forma que Pak Harfan tenía de definir la enseñanza».

Cuando falleció Pak Harfan tomó su relevo su ayudante Bu Mus, una jovencita de quince años, que «se encargaba de darnos todas las clases, de superar todas las dificultades económicas de la escuela, de la preparación de los exámenes y de plantar cara a las amenazas de Mister Samadikun». En una ocasión le dice a uno de sus alumnos: «esta vez no te he dado la mejor nota con el objeto de enseñarte una lección (...). No es porque tu obra careciese de calidad, sino porque sea cual sea la obra que hagamos, hemos de ser disciplinados. El talento con mala actitud resulta inútil». El narrador es algo enfático y apasionado, pero también logra conmover al alabar a su maestra: ella «era como la mitad de nuestras almas. Qué afortunados habíamos sido al enviarnos Dios a una profesora como ella. Su servicio era verdaderamente indescriptible. Y mientras ella cruzaba el patio con una hoja de platanera por paraguas, yo hice una promesa en lo más profundo de mi corazón: “Cuando sea mayor, escribiré un libro para mi maestra”».

Andrea Hirata. La tropa del arcoíris (Laskar Pelangi, 2008). Barcelona: Booket, 2014; 416 pp.; trad. de Julio Hermoso; ISBN: 978-8499983769. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 30 de agosto de 2018

El narrador de En el mar hay cocodrilos es un chico afgano, Enaiatollah Akbari, que, ya instalado en Italia, rememora su vida en una conversación con el escritor italiano Fabio Geda. Empieza en 2002 cuando los talibanes controlan su pueblo y, con diez años, su madre decide llevarle a Pakistán y dejarle allí, solo, y sin darle ninguna explicación. Enaiat trabaja primero en una especie de hostal y luego en un establecimiento de sandalias. Luego decide marcharse a Irán, donde trabaja como ilegal en la construcción. Más adelante vuelve a irse a Turquía y, desde allí, a Grecia. Finalmente consigue llegar a Italia cuando tiene quince años. Termina su relato poco después de haber cumplido veintiún años.

La narración es emocionante tanto por las peripecias, intensas y verosímiles, como por la voz de Enaiat, perspicaz y bienhumorada (y ya consciente de a qué público se dirige y qué clase de bromas ha de hacer). Por ejemplo, antes de contar uno de sus viajes de un país a otro, señala que «no pensábamos en los peligros de la travesía. La muerte es siempre un pensamiento lejano, incluso cuando la sientes cerca. Piensas que te las arreglarás, y tus amigos también». O, por poner un ejemplo del tono, en una ocasión dice que se siente khasta kofta que «significa “cansado como una albóndiga”, porque cuando las mujeres hacen albóndigas, en nuestra tierra, las golpean y golpean y golpean, mucho tiempo».

Son conmovedores los momentos en los que tropieza con personas que le ayudan de verdad: una abuela griega, un chico en Venecia, una señora en Turín… Al encontrar al segundo dice que pensó que «quizá fuera pariente de la abuela griega; tanta amabilidad, según mi opinión, sólo se transmite con el ejemplo». Y el trato con esas personas es lo que le hace desear «vivir en el mismo país en que vivían ellas. Si todos los italianos son así, pensé, creo que éste es un sitio en el que incluso podría quedarme. Estaba cansado, a decir verdad».

El relato se interrumpe, a veces, con preguntas que hace Fabio Geda para que precise algo más lo que va diciendo. «¿Cómo se encuentra un sitio para crecer, Enaiat? ¿Cómo se le distingue de los otros?», le pregunta; y Enaiat dice: «Lo reconoces porque no sientes ganas de irte. No porque sea perfecto. No existen los sitios perfectos. Pero existen sitios donde, por lo menos, nadie intenta hacerte daño».

Fabio Geda. En el mar hay cocodrilos: la historia de Enaiatollah Akbari (Nel mare ci sono i coccodrilli. Storia vera di Enaiatollah Akbari, 2010). Madrid: Austral, 2012; 196 pp.; trad. de Justo Navarro; ISBN: 978-8423324996. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 19 de julio de 2013

Sonallah Ibrahim, un conocido escritor egipcio, recrea en A escondidas algunas escenas de su infancia en un barrio popular de El Cairo, el año 1948. Un niño de diez años sin nombre narra, en presente, la vida cotidiana con su padre, un funcionario jubilado. Cuenta incidentes de su vida familiar y vecinal, deja entrever su enorme nostalgia de su madre, e indica de modo bastante aséptico los descubrimientos de la vida que hace o intuye. Al fondo, a través de lo poco que comprende el narrador, se aprecian las tensiones políticas del momento.

Todo se cuenta con frases cortas, de forma sobria pero, a la vez, detallada, como con la intención de acentuar, a los ojos del lector, la curiosidad e ingenuidad infantil. No es una lectura memorable, pues nada digno de mención ocurre ni los personajes se ganan al lector, ya que ni hay humor ni los comportamientos amables o bondadosos se presentan de modo atractivo. En cualquier caso sí es una pieza de interés más para los que siguen la narrativa propia de los países árabes.

Sonallah Ibrahim. A escondidas (Al Talassus, 2007). Madrid: Ediciones del oriente y del mediterráneo, 2013; 235 pp.; trad. de M. Luz Comendador Pérez; ISBN: 978-84-96327-99-3.
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viernes, 31 de mayo de 2013

El panorama que presentan los libros de memorias en países islámicos ya citados hasta el momento —a los que habría que añadir álbumes como La libreta del dibujante y novelas gráficas que tiempo atrás mencioné sólo de paso como El juego de las golondrinas o Persépolis—, se completa un poco más con novelas como Alí y Nino y relatos como los contenidos en La mano suprema, que tienen una clara componente autobiográfica. A todos esos libros se han de añadir los que testimonian las peripecias de quienes dejan el Islam, bien porque han elegido el modo de vida occidental o bien por motivos religiosos, que inciden sobre todo en la poca consideración de la mujer en sus familias y sociedades de origen y en la práctica imposibilidad de una reflexión crítica sobre los contenidos del Corán y los preceptos de los clérigos.

Del primer tipo, a pesar del título, es Del islam al cristianismo: mi historia, de Sabatina James. La narradora y protagonista, una chica nacida en Pakistán pero que vivió en Austria desde niña, va poco a poco comportándose de modo cada vez más occidental, lo que le ocasiona riñas y castigos físicos por parte de sus padres. Pero su familia la ha comprometido con un primo suyo y, aunque no quiere, su padre la termina convenciendo de que vuelva con ellos a Pakistán prometiéndole que, al final, hará lo que quiera. Luego no es así: la dejan allí hasta que cambie de idea, por lo que, atrapada, finge aceptarlo todo para poder volver a Austria y terminar los estudios. Una vez allí, un amigo le ofrece una Biblia, la lee y, al ver la diferencia de consideración de la mujer entre lo que lee y el islam, decide abandonar el Islam, por lo que es expulsada primero de casa y amenazada de muerte después.

Del segundo tipo, un relato que sí presenta la conversión del protagonista como el motivo de todos los conflictos, es El precio a pagar, del iraquí Joseph Fadelle. El autor, perteneciente a una familia pudiente chiita iraquí, se hace amigo de un cristiano durante la guerra entre Irak e Irán. De vuelta en su casa va dando pasos para convertirse, algo impensable para todo su entorno. Se casa y, a escondidas de su mujer, frecuenta el trato con católicos. Después de algunos incidentes, su mujer decide convertirse también. Pero, cuando confiesa su intención abiertamente, la policía le detiene y es torturado, para que delate a otros y para que desista. Más tarde lo liberan y, a escondidas, prepara y lleva a cabo su huida junto con su mujer y sus hijos. Después de distintas peripecias, incluida una encerrona por parte de sus hermanos y tíos, que le disparan, termina llegando a Francia, donde actualmente vive.

Sabatina James. Del islam al cristianismo: mi historia (Sterben sollst du für dein glück, 2003). Madrid: Palabra, 2006; 169 pp.; col. Astor Juvenil; trad. de Vicente Ayuso; ISBN: 84-9840-000-7.
Joseph Fadelle. El precio a pagar (Le prix à payer, 2010). Madrid: Rialp, 2011; 207 pp.; trad. de Gloria Esteban; ISBN: 978-84-321-3881-2.

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viernes, 24 de mayo de 2013

Otro libro de memorias de infancia en un país islámico, esta vez de un periodista que trabaja en París: El cinturón, de Ahmed Abodehman.
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viernes, 17 de mayo de 2013

Algunos relatos que conozco de mujeres árabes que viven en Occidente me parecen interesantes por lo que dicen pero más todavía por lo que callan, por las aspiraciones que tienen pero más todavía por las conclusiones que no se atreven a sacar. Un ejemplo es el de las memorias de infancia de Fátima Mernissi, Sueños en el umbral: memorias de una niña del harén.
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viernes, 3 de agosto de 2012

El escritor
,
del argelino Yasmina Khadra, es un relato autobiográfico centrado en el nacimiento de su vocación como escritor cuando estudia en una escuela militar.
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jueves, 4 de agosto de 2011
Saboreando el cielo: una infancia palestina, de Ibtisam Barakat, es un buen relato de memorias. La autora, que vive desde 1986 en Estados Unidos, habla de su infancia en la Palestina de los años sesenta y setenta. Se limita a contar fragmentos de su vida, varios relacionados con las consecuencias de la guerra de los Seis Días en su familia y en su entorno. Son excelentes algunas escenas escolares de cuando era niña y otras de vida cotidiana, de años después, cuando ya es una estudiante universitaria. Lo hace con la voz de una chica joven que observa y es prudente en su forma de actuar y, también, de expresarse. Precisamente por su elegancia narrativa su relato resulta convincente. Uno de sus rasgos es que no falta el buen humor: mi madre, afirma, «es la persona más inteligente que conozco. Puede que haya diez personas bobas en Ramala porque ella se ha quedado con su parte de inteligencia». Pero lo más sobresaliente de la narradora es que tiene un inusual talento descriptivo: por ejemplo, al hablar de un control policial en un autobús en el que va ella, cuenta que un chico, a pesar de los soldados y las pistolas, no puede parar de reír hasta que un soldado, enfadado, le da un puñetazo..., «pero el muchacho sigue riendo como la taza rota que no puede guardar su contenido. El militar le golpea de nuevo. Ahora la carcajada zigzaguea, primero alto y luego bajo, como un ratón intentando escapar sin saber a dónde ir».
Ibtisam Barakat. Saboreando el cielo: una infancia palestina (Tasting the sky. A Palestinian Childhood, 2007). Barcelona: Bambú, 2009; 197 pp.; trad. de Arturo Peral Santamaría; ISBN: 978-84-8343-070-5.
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jueves, 5 de agosto de 2010
De la niñez, de Abdelmayid Benyellún, es un relato autobiográfico de una infancia, en Marruecos, hace ya casi un siglo.
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OrgaFamiliaT.JPG
viernes, 12 de octubre de 2007
Un buen relato, aunque sin fanatismos, es el de Retrato de una familia turca, de Irfan Orga. El autor, nacido en 1908 en Estambul y trasladado a Inglaterra en 1941, rememora su vida: años de niñez en una familia acomodada, fallecimiento de su padre durante la primera guerra mundial, desgracias sucesivas y empobrecimiento progresivo de su familia, desgaste físico y psíquico de su madre, estudios y entrada en el ejército. Relato costumbrista y nostálgico, de los que muestran otros mundos al lector, escrito con cuidado aunque la traducción es mejorable. Un epílogo del hijo del autor explica más circunstancias de su vida.
Irfan Orga. Retrato de una familia turca (Portrait of a Turkish Family, 1950). Casiopea, 2001; 318 pp.; trad. de Víctor Alcázar Nebot; ISBN: 84-95446-07-3.
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jueves, 8 de febrero de 2007
La primera novela de Khaled Hosseini, Cometas en el cielo, es una revelación. Como es una excelente narración, que atrapa porque sus personajes interesan y porque da información sobre un mundo poco conocido, es fácil pasar por alto sus defectos. Además, y después de la novela citada ayer, contribuye a que veamos un país tan maltratado como Afganistán con otros ojos.
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LaabiFez.jpg
jueves, 2 de junio de 2005
Dentro de las novelas que cuentan infancias en el mundo árabe resulta especialmente simpática la reciente Fez es un espejo que firma el marroquí Abdellatif Laâbi. Es como si su autor hubiera querido dejar de lado lo amargo y mirar hacia el pasado con humor y, sobre todo, con agradecimiento a sus padres.
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lunes, 31 de enero de 2005
Uno de los mejores libros de los que se publicaron el año pasado fue Los días, de Taha Husein. En esa narración autobiográfica, como en otras que proceden de autores del mundo árabe, y pienso por ejemplo en El hijo del pobre de Mouloud Feraoun, se ve claro que lo fundamental muchas veces no es lo que se cuenta sino lo que se da por supuesto, lo que se olvida de contar.
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