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Notas del archivo 'Sociedad actual' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 10 de septiembre de 2017

Los meses de julio y agosto leí otro libro de Svetlana Aleksiévich: Voces de Chernóbil. En él se recogen testimonios de muchas personas afectadas por las explosiones que destruyeron los reactores de la central nuclear de Chernóbil, ciudad ucraniana muy cercana a Bielorrusia, país de diez millones de habitantes para el que las fugas de material radiactivo que llegaron a centenares de kilómetros, supuso un cataclismo.

En su prólogo la autora dice que no es el suyo un libro sobre qué sucedió en la central aquella noche, quién tuvo la culpa, cómo se ocultó la avería al mundo, etc.; que ella se dedica a «la historia omitida», a «la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras», a «la vida cotidiana del alma»: que «desea contar la historia de manera que no se pierdan los destinos de los hombres…, ni de un solo hombre».

Por esto, en las declaraciones de médicos, extrabajadores de la central, soldados, científicos, residentes ilegales en zonas prohibidas, etc., no se muestra tanto el accidente nuclear como las consecuencias que tuvo en las personas afectadas. Y una de las ideas de fondo de la autora es mostrar que lo que sucedió aquel 26 de abril fue «un salto hacia una nueva realidad» por encima «no solo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación». Eso especialmente se puso de manifiesto, afirma, en las charlas con los viejos campesinos: «gente que vivía sin Tolstói, sin Dostoyevski, sin internet, pero cuya conciencia, de algún modo, había dado cabida a un nuevo escenario del mundo».

Es cierto que el libro puede leerse como un paso más en el derrumbamiento de la Unión Soviética y el comunismo que la inspiraba, pero, para la autora, lo que sucedió en Chernóbil fue «más allá que Auschwitz y Kolimá», «más allá que el Holocausto», tiene algo de punto final. Esto se refleja sobre todo en las declaraciones que ponen de manifiesto la quiebra total de la confianza en la visión racionalista-científica de la sociedad como, por ejemplo, esta: «El hombre ha inventado una técnica para la que aún no está preparado. No está a su nivel. ¿Es posible darle una pistola a un niño? Nosotros somos unos niños locos».

A mí, sin embargo, la lectura que más me ha interesado tiene que ver con las actitudes de solidaridad y amor que brotan, o con las reflexiones que surgen acerca de las realidades últimas, como consecuencia de una situación tan extrema. Como estas:

—una voz en el «Monólogo de una aldea acerca de cómo se convoca a las almas del cielo para llorar y comer con ellas»: «Viene gente. Nos hacen películas, cintas que nosotros nunca veremos. No tenemos ni televisor, ni electricidad. Te queda solo mirar por la ventana. Y rezar, claro. Un tiempo, en lugar de Dios, tuvimos a los comunistas, ahora, en cambio, solo tenemos a Dios».

—o esta, en el «Monólogo acerca de que el hombre solo se esmera en la maldad y de qué sencillo abierto está a las simples palabras del amor»: «Solo el hombre se yergue sobre el suelo y alza manos y cabeza hacia el cielo. Hacia la oración. Hacia Dios. La anciana reza en la iglesia: "Señor, perdona nuestros pecados". Pero ni el científico, ni el ingeniero ni el militar se reconocen pecadores. Pues piensan: "No tengo nada de que arrepentirme. ¿Por qué debo arrepentirme?". Ya ve… Mis oraciones son sencillas. Rezo en silencio. ¡Señor, llévame a tu lado! ¡Escúchame! ¡El hombre solo se esmera en la maldad. Pero qué sencillo y abierto se muestra a las palabras sencillas del amor!»

Svetlana Aleksiévich. Voces de Chernóbil (Chernóbylskaia molitva, 1997). Barcelona: 2015, 408 pp.; col. Ensayo-Crónica; trad. de Ricardo San Vicente; ISBN: 978-8490624401. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 11 de noviembre de 2016

Fariña, de Nacho Carretero, es un extenso y clarificador reportaje sobre el nacimiento, el auge y la situación actual del narcotráfico en Galicia durante las últimas décadas.

La primera parte, breve, habla de naufragios en la Costa da Morte, del contrabando de supervivencia en la Raia seca —frontera entre Orense y Portugal— y en la Raia mollada —la frontera señalada por el río Miño en los kilómetros previos a su desembocadura, mi tierra—. Luego continúa con las redes organizadas de contrabando de tabaco, que nacieron y crecieron en los años sesenta y setenta del siglo pasado, y en su posterior transformación, en muchos casos, en poderosos clanes de narcotraficantes que introducían buena parte de la droga que procede de Sudamérica en Europa. Se mencionan y explican un poco las operaciones policiales y judiciales de las últimas décadas y, por último, se habla de algunos clanes conocidos y activos actualmente.

El relato es ameno —no faltan las anécdotas, entre las que hay algunas, inocentes, muy divertidas—, y está bien escrito y documentado. En él se dan muchos datos y figuran muchos nombres, por momentos demasiados (aunque tal vez no haya otra forma de contar las cosas). Lo anterior implica que seguirán mejor el relato quienes hayan estado más o menos informados de la cuestión en estos últimos años. En conjunto, el libro da idea de la situación y, a pesar de todo, tiene un tono esperanzador: por los ejemplos de valentía cívica que se cuentan y porque parece deducirse que se han dado pasos importantes en la lucha contra esta clase de delincuencia. El mismo trabajo del autor al poner todo esto por escrito es, en sí mismo, animante.

Una objeción menor. Comprendo el hilo narrativo: la continuidad geográfica y temporal que hay entre los primeros tipos de contrabando y el narcotráfico posterior. Sin embargo, no sé hasta qué punto eso puede confundir: en la solapa del libro hay un comentario de un conocido traficante a los jueces —«menos mal que yo no creo en la violencia, porque si no os mataba a todos»—, junto a otro de un alcalde de los años 80 —«los contrabandistas son la gente más honrada que existe»—, pero ambos son personajes de realidades que, por lo que yo conozco, no tienen nada que ver entre sí. El comentario del alcalde puede leerse irónicamente, claro está, pero, por bastantes motivos, así lo creía mucha gente de la zona. Entre otros, pero no es el único, porque «nunca se firmó un papel y nunca se rompió un trato», decía mi padre al respecto.

Nacho Carretero. Fariña (2015). Madrid: Libros del K.O., 2015, 4ª ed.; 367 pp.; ISBN: 978-84-16001-46-0. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 11 de septiembre de 2016

He leído con interés Insumisos, de Tzvetan Todorov, bien reseñado en Aceprensa. El autor habla de Etty Hillesum, Germaine Tillon, Boris Pasternak, Aleksandr Solzhenitsyn, Nelson Mandela y, en un capítulo final, más breve, de David Shulman y Edward Snowden, a quienes llama insumisos contemporáneos.

En su prólogo, titulado «Motivaciones», habla de su crecimiento en Bulgaria, antes de instalarse en París, y de su interés en «observar más de cerca las vidas que yo no viví, vidas de resistencia moral, no violenta, al orden dominante». Sin duda, los personajes de los que habla son distintos en sus modos de ser y en sus modos concretos de afrontar las causas por las que lucharon o luchan pero, en cualquier caso, son valiosas las consideraciones que hace Todorov al ir contando la historia y las ideas de unos y otros.

Así, a propósito de Etty Hillesum señala cómo «el trabajo moral sobre uno mismo debe preceder y orientar la acción política que apunta a los demás, porque si no en lugar de destruir el mal contra el que luchamos, corremos el riesgo de consolidarlo». En relación a Germaine Tillion apunta su «rechazo de todo espíritu de clan, de tribu, de manada y toda lealtad de grupo que la obligaría a transigir con los principios de lo verdadero y de lo justo». Sobre Solzhenitsyn indica sus palabras a propósito de que la violencia se oculta tras la mentira y que la mentira encuentra su apoyo en la violencia… O, acerca de Snowden, señala cómo, aunque sea difícil y peligroso, es posible actuar con valentía cívica y rebelarse contra situaciones injustas de nuestro mundo.

Tzvetan Todorov. Insumisos (Insoumis, 2015). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2016; 218 pp.; trad. de Noemí Sobregués Arias; ISBN: 978-8416495832. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 28 de agosto de 2016

Una lectura que me recomendó un amigo y que yo he recomendado a otros: Comer sin miedo, de J. M. Mulet, profesor de biotecnología. El subtítulo explica su contenido: «Mitos, falacias y mentiras sobre la alimentación en el siglo XXI».

Después del prefacio explicativo y un primer capítulo acerca de para qué sirve la comida, en los siete sucesivos el autor habla de que la comida llamada «natural» es un mito; de que la «comida convencional es tan buena como la ecológica y mucho más segura», aparte de más barata; de que la comida de la abuela tenía tanta química como la de ahora; de que «la comida es segura por muchas leyendas urbanas que circulen»; de que «la mejor dieta es la del cucurucho: comer poco y correr mucho»; de que si el autor montase una religión, pues el capítulo trata sobre prohibiciones y pautas de tipo religioso en sentido amplio —hay formas místicas de practicar el vegetarianismo—, sería obligatorio comer paella los domingos, cordero asado los sábados y fabada el viernes, pero el resto de los días sería libre…; de que los conservantes o aditivos cumplen una función indispensable y no son de hoy sino de toda la vida, con la diferencia de que ahora sabemos lo que ponemos,  cuánto ponemos, y a qué niveles de uso no son peligrosos…

Es mucha la información que se da y son muchas las anécdotas que se cuentan: uno de los atractivos del libro es su amenidad. En el epílogo final el autor resume cuáles fueron sus intenciones: aclarar conceptos; señalar que muchas afirmaciones, publicidades y tratamientos que hoy abundan no tienen fundamento científico y además pueden ser engañosos; poner de manifiesto las contradicciones de algunas propuestas y soluciones, como las de algunos ecologistas o de no pocos vegetarianos, entre otras; explicar que nunca hemos comido mejor ni más seguro por lo que hoy —al menos en nuestro mundo— tenemos el privilegio de poder comer sin miedo.

J. M. Mulet. Comer sin miedo (2014). Barcelona: Destino, 2014; 262 pp.; col. Imago Mundi; ISBN: 978-84-233-4756-8. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 12 de junio de 2016

En su libro El paraíso en la puerta, Fabrice Hadjadj escribe: «La Fontaine hacía hablar a los animales para enseñar moralidad humana; hoy día, hacemos hablar a los hombres para inculcar una animalidad inhumana. Los nuevos cuentos para niños pequeños no cesan de moralizar sobre cazadores malvados rodeados de fieras adeptas a la no violencia. El año 1942 remite, a partir de ahora, a la creación de Bambi [la película de dibujos animados de Disney], mientras que la Conferencia de Wannsee, donde se reunieron numerosos enemigos de la vivisección, sale poco a poco de nuestras memorias. El edén ecologista, como asimismo la utopía tecnológica, proyecta una salida radical de la historia y de la cultura. (…) Insinúa otra solución final: los hijos son una carga para el ecosistema».

El autor vuelve a lo mismo en un libro reciente titulado ¿Qué es una familia? En él hay una nota al pie en la que dice: «Antes de haber sido una película de Walt Disney, Bambi. Historia de una vida en los bosques, fue una novela de Felix Salten, cuyo verdadero nombre era Siegmund Salzmann, periodista austriaco, hijo de un ingeniero judío húngaro, y gran admirador de Théodore Herzl. Publicada en 1923, Bambi —el libro— fue prohibido por los nazis en 1936. La amable fábula les parecía una obra peligrosa. Del mismo modo que la aldea de Astérix sería la transposición de un shtetl perdido en algún rincón de Polonia o Ucrania (¿acaso su guionista no es el hijo del rabino polaco Abraham Goscinny?), la aventura del pequeño cervatillo cercado por los cazadores es una “alegoría política sobre el trato a los judíos en Europa”. El hecho de que la página web de la Walt Disney Company silencie ese sentido alegórico y se contente con evocar las “preocupaciones medioambientales” de un “Walt Disney pionero del ecologismo” deja adivinar que hemos llegado a ser lectores mucho menos avispados que los nazis, y que el amor a la naturaleza, entre nosotros, es muy frecuentemente una fuga a ciegas ante los horrores de la historia, un artificio para evadirnos de la condición humana y del nacimiento con su dramática genealogía. En fin, la consecuencia de algún resentimiento que con facilidad se hace cómplice del des-nacer proyectado por el tecnologismo».

[Rectificación: me hace notar Daniel Capó que el autor se confunde pues el rabino Abraham Goscinny no fue el padre sino el abuelo de Goscinny]

Fabrice Hadjadj. El paraíso en la puerta: ensayo sobre una alegría que perturba (Le paradis à la porte, 2011). Granada: Nuevo Inicio, 2012; 498 pp.; col Areópagos; trad. de Sebastián Montiel; ISBN: 978-84-938997-8-3. [
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Fabrice Hadjadj. ¿Qué es una familia? La trascendencia en paños menores (y otras consideraciones ultrasexistas) (Qu’est-ce qu’une famille? Suivi de La Trascendence en culottes et autres propos ultra-sexistes, 2014). Granada: Nuevo Inicio, 2015; 210 pp.; trad. de Sebastián Montiel; ISBN: 978-8494219542. [
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domingo, 5 de junio de 2016

Ya que he citado hace poco unos comentarios de Zygmunt Bauman a propósito de Un mundo feliz, 1984 y Nosotros, pongo unos comentarios, apoyados en las mismas novelas, que hace Fabrice Hadjadj en La profundidad de los sexos, un libro singular bien comentado en esta reseña.

Ahí apunta que le parece muy notable que esas tres novelas de anticipación «tengan como motivo central el esfuerzo del poder por negar toda profundidad a la unión de los sexos. En cada uno de los totalitarismos imaginados, la utopía del progreso lleva a cabo una desconexión radical entre la relación sexual, por un lado, y la fidelidad amorosa y la procreación por otro: la primera se reduce a una cuestión de higiene, la segunda aparece como un peligro frente a la lealtad exclusiva al Partido, la tercera es trabajo exclusivo de los genetistas. Y, en cada una de las tres intrigas novelescas, es siempre el deseo incalculable de un hombre por su amante lo que tensa el arco capaz de arrancarlos del sometimiento».

En otro momento Hadjadj explica cómo también los niños pueden liberarnos del sometimiento a reglas que con facilidad damos por supuestas. Lo dice del siguiente modo: «El niño nos atrae a una isla virgen fuera del continente civilizado. Nos descondiciona. Afloja las cadenas que nos someten a las reglas de una época y de un país, nos retira de las preocupaciones mundanas, de las complicaciones del decoro, de la angustia sexual. Se puede uno largar con él y volver a lo fundamental: ¿Por qué hay algo en lugar de nada? O también: ¡Qué increíble, un tenedor de persona grande! (...) Nos permite tomar cierta distancia respecto de las leyes y ambientes, cuya pertinencia se ve así cuestionada, desacreditada o verificada. El niño prohíbe al mundo cerrarse tanto en sus satisfacciones chatas como en sus engreídas ansiedades».

Fabrice Hadjadj. La profundidad de los sexos (por una mística de la carne) (La profondeur de sexes (Pour une mystique de la chair), 2009). Granada: Nuevo Inicio, 2010; 304 pp.; Publicaciones del Instituto de Teología “Lumen Gentium”; trad. de Francisco Javier Martínez y Sebastián Montiel; ISBN: 978-84-936102-2-7. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 23 de noviembre de 2014

El descubrimiento de las neuronas espejo dice Marco Iacoboni, nos está sirviendo, entre otras cosas, para explicar cómo funciona nuestro instinto para la empatía y, de paso, cómo se genera y aumenta la violencia imitativa: 

«Los resultados de los experimentos controlados con niños en ámbitos de laboratorio no podrían ser más claros: la exposición a la violencia en los medios tiene un fuerte efecto sobre la violencia imitativa. Por lo general, estos experimentos se realizan mostrando a los niños una película corta. Algunas de estas películas son violentas; otras, no. Luego, los niños son observados mientras interactúan entre ellos o mientras juegan con objetos tales como muñecos bobos, que se incorporan solos después de que los golpea. Por lo general, estos experimentos arrojan un resultado consistente. Los niños que observaron las películas cortas violentas despliegan un comportamiento posterior mucho más agresivo hacia las personas y los objetos que los niños que miraron películas cortas no violentas. Este efecto de la violencia en los medios sobre la violencia imitativa se observa en niños desde la edad preescolar hasta la adolescencia, tanto en mujeres como en varones, en niños naturalmente agresivos y no agresivos, y en diferentes razas. Los resultados son muy convincentes.

Lo que estos estudios dejan sin respuesta es el impacto en la vida real de la violencia en los medios sobre la conducta concreta de las personas (incluidas las más grandes) en el mundo. Los efectos demostrados en el ámbito experimental ¿son duraderos o transitorios?, ¿artificiales o reales? Los resultados de los estudios correlacionales sugieren que la relación causal es duradera y que sucede en el mundo real. (…) [Por ejemplo, en los cincuenta días posteriores a la masacre escolar de Columbine, fueron más de 350 las expresiones de violencia en distritos escolares cercanos, frente a las dos o tres anuales que se habían registrado antes]. Sumado a ello, los niños que miran más violencia en los medios tienden a ser más agresivos que otros. Estos resultados son altamente reproducibles en otros estudios y aún en otros países. La comparación de los resultados de los estudios correlacionales con los de los experimentos de laboratorio realizados con niños nos tienta a concluir que la violencia en los medios inspira la violencia imitativa, pero los datos empíricos óptimos deben provenir de los estudios longitudinales que investigan la correlación que existe entre mirar violencia en los medios y el comportamiento violento a lo largo del tiempo».

Marco Iacoboni. Las neuronas espejo. Empatía, neuropolítica, autismo, imitación, o de cómo entendemos a los otros (Mirroring people. The new science of how we connet with others, 2008). Madrid: Katz, 2009; 270 pp.; col. Conocimiento; trad. de Isolda Rodríguez Villega; ISBN: 978-84-96859-54-8. [Vista del libro en amazon.es]


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viernes, 24 de octubre de 2014

Llegué a La cena, de Herman Koch, gracias a leer este comentario: Sofisticados. El argumento es que dos matrimonios, en los que los maridos son hermanos, van a cenar. Cuenta los precedentes y la cena uno de los varones, profesor, y es él quien habla de su hermano —un político en ascenso a quien desprecia—, de su esposa y de su cuñada. También, según avanza la narración, se ve que la cena fue convocada para tratar un problema grave sobre los hijos de los dos.

El narrador hace muchos comentarios críticos acerca de la vida en el país, Holanda, y de la vida de tanta gente de la misma clase social alta de los personajes. Del restaurante de lujo al que van dice que es uno de esos lugares donde «uno acaba perdiendo completamente el hilo de la conversación por culpa de tantas interrupciones, como la exhaustiva explicación sobre todos y cada uno de los piñones que tienes en el plato, el eterno acto de descorchar la botella y la manía de llenarte continuamente las copas tanto si lo pides como si no». Del hospital en el que atendieron a su mujer hace tiempo dice que quiere «advertir a todo el mundo que se mantenga alejado de ese lugar». Entre las muchas convenciones sociales sobre las que ironiza una es esta: «"¿Cómo va todo en casa?" Es otra forma de decirte que quieren librarse de ti, quitarte de en medio. A nadie le interesa cómo te va en casa. Como cuando te preguntan si te ha gustado la comida: eso tampoco le importa a nadie».

Pero, sobre todo, según avanza el relato, las personalidades van definiéndose y algunos acontecimientos del pasado van conociéndose, de modo que la dirección cambia: el lector va cayendo en la cuenta de más cosas y tiene que ir revisando los juicios que ha podido ir haciendo antes. Y, tal como indica el comentario cuyo enlace puse más arriba, el relato produce impresión de honradez —el autor ha llegado a donde le han ido llevando sus premisas y no ha intentado presentar a sus personajes como mejores de lo que son ni dar respuestas que ninguno tiene— y termina por retratar a una sociedad perpleja y podrida. Esto se agrava porque, al faltarles la capacidad y la voluntad de reconocer las causas personales y sociales de los hechos que se lamentan, a los personajes se les bloquean las salidas.

Herman Koch. La cena (Het Diner, 2009). Barcelona: Salamandra, 2010; 284 pp.; col. Narrativa; trad. de Marta Arguilé Bernal; ISBN: 978-84-9838-303-4. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 17 de agosto de 2014

E. F. Schumacher:
«La sociedad industrial moderna es tremendamente complicada, (…) y exige al hombre enormes cantidades de tiempo y de atención. Este puede considerarse, en mi opinión, el más grande de sus males. Por paradójico que pueda parecer, la sociedad industrial moderna no ha proporcionado a la gente, a pesar de la increíble proliferación de aparatos que ahorran trabajo, más tiempo para dedicarlo a sus trascendentales tareas espirituales; es más, y con la excepción de los más decididos, le ha puesto a todo el mundo muy difícil lo de hallar algún tiempo para esas tareas. En realidad, creo que no me equivocaría mucho si afirmara que la cantidad de auténtico tiempo libre de que se dispone en una sociedad es, por lo general, inversamente proporcional a la maquinaria que se emplea para ahorrar trabajo. (…) ¿Cómo se explica esta paradoja? Sencillamente porque, a menos que se hagan conscientemente esfuerzos para evitarlo, las necesidades aumentarán más de prisa que las posibilidades de satisfacerlas».

E. F. Schumacher. El buen trabajo (Good Work, 1979). Madrid: Debate, 1980; 190 pp.; col. Debate Ensayo; trad. de Fernando Villaverde Landa; ISBN: 84-7444-030-0.


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viernes, 13 de junio de 2014

Un hombre al margen, de Alexandre Postel, es una novela extraordinaria, premio Goncourt, que merecería un comentario menos rápido, y de más hondura, que el que pongo a continuación.

Su protagonista es un oscuro profesor de una universidad provinciana, Damien North, viudo, sin hijos, nieto de un prestigioso político ya fallecido. La novela comienza cuando es detenido porque todos los indicios apuntan a que ha descargado fotografías de una red pedófila en su ordenador. Eso le conduce a interrogatorios humillantes, a ser insultado desde la prensa, a que le abandonen a su suerte sus vecinos, colegas y su propio hermano. Además, su abogado le dice que le conviene declararse culpable para que la pena que le caiga sea menor, cosa que hace. Pasa luego un tiempo en la cárcel y es una de las personas elegidas para un programa piloto que desea prevenir la reincidencia en ese tipo de delitos cuando el condenado salga de nuevo a la calle.

Novela tan bien construida y tan bien contada que resulta, sobre todo en su primera parte, muy desasosegante: resulta facilísimo pensar en que algo así le puede ocurrir a cualquiera, empezando por uno mismo. Se retratan de modo admirable los comportamientos de las autoridades de todo tipo —policial, judicial, académica, política, periodística, médica—. También, diría que con una honradez inesperada en las ficciones actuales (en las de nuestro entorno al menos), se critica con acierto la hipocresía del representante del movimiento gay en la universidad donde trabaja el protagonista. Este queda bien descrito como un hombre sin recursos, ni personales ni de amistades, para poder enfrentarse a todo lo que se le viene encima. Cuando está en la cárcel escribe algunas reflexiones y, entre otras, hace la siguiente: «El hombre los tiempos prehistóricos no dejaba tras de sí archivos, sino una plétora de rastros. Yo no dejo rastro alguno, por así decirlo, pero sí una plétora de archivos. Él y yo nos parecemos en que ni él ni yo tenemos control de lo que vamos dejando detrás. Lo que nos convierte en presas».

Alexandre Postel. Un hombre al margen (Un homme effacé, 2013). Madrid: Nórdica, 2014; 213 pp.; trad. de María Teresa Gallego Urrutia; ISBN: 978-84-15717-85-0.


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viernes, 30 de agosto de 2013

Mala farma, de Ben Goldacre, lleva el descriptivo subtítulo «cómo las empresas farmacéuticas engañan a los médicos y perjudican a los pacientes». Tal vez a esa frase habría que añadirle otras: cómo se corrompen los organismos de control, cómo los médicos se dejan engañar de buena gana, cómo los pacientes son crédulos... El contenido lo resume su autor en el prólogo cuando dice que, a lo largo de las páginas que seguirán, defenderá «meticulosa y concienzudamente cuanto se afirma en el siguiente párrafo»:

«Los test de los fármacos los llevan a cabo quienes los fabrican, utilizando ensayos mal diseñados sobre un reducido número de participantes inadecuados y poco representativos, y analizándolos por medio de técnicas metodológicamente erróneas, hasta el punto de que llegan a exagerarse los beneficios del tratamiento. No es de extrañar que la tendencia de esos ensayos sea la de arrojar resultados que favorecen al fabricante. Cuando los ensayos dan resultados que no gustan a las farmacéuticas, estas pueden perfectamente ocultarlo a médicos y pacientes, de manera que sólo les llega una imagen distorsionada sobre los efectos reales del fármaco. Los reguladores ven casi todos los datos de estos ensayos o pruebas, pero solo al principio de “la vida” del fármaco, y a partir de esa fase no revelan los datos a médicos y pacientes, ni siquiera a otras entidades oficiales. A partir de ahí, esa evidencia distorsionada se comunica y se aplica de manera también distorsionada. En cuarenta años de práctica, después de salir de la facultad, un médico oye hablar de los fármacos que funcionan a través de tradiciones ad hoc, por boca de los visitadores farmacéuticos, de otros facultativos, o por las revistas. Pero tales colegas profesionales quizás estén a sueldo de las farmacéuticas —en secreto, muchas veces—, igual que sucede con las revistas y con los grupos de pacientes. Finalmente, las revistas académicas, que todo el mundo cree objetivas, están en no pocas ocasiones planificadas y redactadas por quienes trabajan directa y solapadamente para las farmacéuticas. Hay publicaciones puramente académicas que son propiedad de una empresa farmacéutica. Y, al margen de todo lo dicho, en el caso de algunas de las principales y más reticentes afecciones para la medicina, no sabemos cuál es el mejor tratamiento porque no quedan dentro del marco de intereses comerciales de ninguna empresa. Estos son algunos de los problemas pendientes, y, aunque se ha afirmado que muchos están solucionados, la mayor parte sigue sin resolverse; así que persisten y, lo que es peor, hay quien asegura que no pasa nada».

No es tranquilizador, no.

Ben Goldacre. Mala farma (Bad Farma, 2012). Barcelona: Paidós, 2013; 382 pp.; col. Paidós Contextos; trad. de Francisco Martín Arribas; ISBN: 978-84-493-2843-5.

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viernes, 19 de octubre de 2012

Después de mencionar algunas distopías juveniles imaginarias las pasadas semanas, una instructiva lectura que habla de distopías reales: La silenciosa conquista china, un extenso reportaje con muchos datos y cifras, firmado por dos periodistas españoles, Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, acerca de la expansión comercial de China y de su impacto en países africanos, hispanoamericanos y asiáticos, donde realizan grandes inversiones.

Los autores señalan cómo todo se basa en la capacidad de sacrificio sin límites del pueblo chino y también apuntan que «sería injusto, desde luego, minimizar la importancia del impacto positivo que, directa o indirectamente, [la inversión de capital chino] proyecta sobre millones de personas. Pensemos, si no, en los miles de empleos generados, en los flujos financieros que generan las compras chinas de materias primas a largo plazo, en tantas infrastructuras construidas, en los productos baratos de la fábrica del mundo que poblaciones de bajos ingresos pueden permitirse, en las inversiones millonarias, en las ayudas y cooperación».

Pero, al mismo tiempo, subrayan que, «además de otros factores negativos que también acompañan a su expansión global —como la corrupción, la apatía por el respeto de los derechos humanos o el impacto medioambiental—, todo lo bueno que China pueda estar haciendo queda sin duda eclipsado por la forma en que aborda la cuestión laboral». Al respecto, los datos avalan que muchas empresas chinas practican un colonialismo salvaje que incluso haría deseable volver a explotaciones anteriores (véase la comparación entre las formas de actuar de la empresa estadounidense Marcona Mining Company, en San Juan de Marcona, Perú, y la actual empresa china Shougang, pp. 107 a 114).

Además, el libro es instructivo más allá de que deje de manifiesto los desastres sociales propiciados por algunas empresas chinas y de que haga notar el aparente avance hacia un orden mundial bajo control chino. Lo es porque hace pensar en que, como los estados occidentales se basan en el mismo presupuesto de los negocios chinos, el de que el fin justifica los medios, y temen perder unas inversiones que aseguran el bienestar (de algunos), acaban siendo cómplices de flagrantes violaciones de derechos humanos.

Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo. La silenciosa conquista china (2011). Barcelona: Crítica, 2011; 325 pp.; col. Memoria Crítica; ISBN: 978-84-9892-257-8.

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viernes, 23 de marzo de 2012

Libros certeros aunque pesimistas como, en la década de los ochenta, Divertirse hasta morir, de Neil Postman, o como el reciente (y en sí mismo más flojo) Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, de Nicholas Carr, son respuestas a la inquietud de Marshall McLuhan que ya mencioné en la nota Corchos en un mar tempestuoso. El paralelismo entre los dos libros, además de por otras cosas, lo pensé al leer, en el segundo, el comentario de que el acceso a Internet es el servicio más popular de muchas bibliotecas públicas, y recordar que, en el primero, se decía que si un profesor recurre demasiado a medios audiovisuales en clase, tal vez está mostrando su propia superfluidad.

Quizá es esta una de las cosas que todos debemos plantearnos: cumplir bien, cada uno, el papel en el que somos insustituibles sin buscar atajos o bajar el nivel por motivos de comodidad, o de cansancio al ver los pocos resultados, o de búsqueda de aceptación y de popularidad… No es sólo que para ver películas y acceder a internet no necesitamos colegios ni bibliotecas, sino que estos dos ámbitos son los apropiados para ofrecer y enseñar a disfrutar de algunos productos exclusivos, como son el tiempo y el silencio, la concentración y la memoria; los únicos modos de facilitar la lectura reflexiva, de saber atender con calma y de poder pensar con profundidad.

Neil Postman. Divertirse hasta morir: el discurso público en la era del “show business” (Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of the Show Business, 1985). Barcelona: Ediciones de la Tempestad, 2001; 195 pp.; trad. de Enrique Odell; ISBN; 84-7948-046-7.
Nicholas Carr. Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (The Shallows. What the Internet Is Doing to Our Brains, 2010). Madrid: Taurus, 2010; 344 pp.; trad. de Pedro Cifuentes; ISBN: 978-84-306-0812-6.


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viernes, 16 de marzo de 2012

El libro de Nicholas Carr, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, recalca la idea de que la Red, como cualquier tecnología de la comunicación, moldea nuestra forma de pensar pero, sobre todo, acentúa que debilita mucho nuestra capacidad de reflexión seria. Lo explican bien la paradoja de que «la Red atrae nuestra atención sólo para dispersarla» y la descripción de un ordenador como «un ecosistema de tecnologías de la interrupción». Pero quizá lo más interesante sea su advertencia de que «hemos arrinconado la tradición intelectual de solitaria concentración en una sola tarea» y de que «estamos evolucionando de ser cultivadores de conocimiento personal a cazadores recolectores en un bosque de datos electrónicos».

Así, cuando apunta que usar internet desarrolla ciertas habilidades —la coordinación ojo-mano, las respuestas reflejas, la facilidad de procesamiento visual de señales…—, indica que «nuestra “nueva riqueza en inteligencia visual-espacial” va de la mano con un debilitamiento de nuestras capacidades para el tipo de “procesamiento profundo” en el que se basa “la adquisición consciente de conocimiento, el análisis inductivo, el pensamiento crítico, la imaginación y la reflexión”. En otras palabras, la Red nos está haciendo más inteligentes, siempre y cuando definamos la inteligencia según los estándares de la propia Red. Si adoptamos una perspectiva más amplia y tradicional de la inteligencia —si pensamos en la profundidad de nuestro pensamiento y no sólo en su velocidad—, se impone una conclusión diferente y considerablemente más negra». Y esta es que hay funciones mentales para las que somos cada vez menos capaces: las que «fomentan el pensamiento tranquilo, lineal, las que utilizamos al atravesar una narración extensa o un argumento elaborado, aquellas a las que recurrimos cuando reflexionamos sobre nuestras experiencias o contemplamos un fenómeno externo o interno».

Nicholas Carr. Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (The Shallows. What the Internet Is Doing to Our Brains, 2010). Madrid: Taurus, 2010; 344 pp.; trad. de Pedro Cifuentes; ISBN: 978-84-306-0812-6.

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domingo, 26 de febrero de 2012

Christopher Lasch:
«En épocas pasadas, el hombre hecho a sí mismo se jactaba de su aptitud para juzgar el carácter y la probidad; hoy escudriña ansiosamente los rostros de sus colegas, no tanto para evaluar su credibilidad como para calibrar su susceptibilidad a los elogios. Practica las artes clásicas de la seducción y, con la misma indiferencia de siempre a las sutilezas morales, espera ganar el corazón de otros a la par que les roba la cartera. (…) Si Robinson Crusoe encarnaba el tipo ideal de hombre económico, el héroe de la sociedad burguesa en ascenso, el que predomina en su etapa senil, [nuestra época], es el espíritu de Moll Flanders [la prostituta feliz]».

Christopher Lasch. La cultura del narcisismo (The Culture of Narcisism, 1979; revisión y posfacio del autor de 1990). Barcelona: Andrés Bello, 1999; 330 pp.; trad. de Jaime Collyer; ISBN: 84-89691-97-5.

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domingo, 16 de octubre de 2011

McLuhan
habla de cómo en el Descenso al Maelström, de E. A. Poe, su protagonista «pudo salvarse estudiando la acción del torbellino y cooperando con él. (…) Ese entretenimiento nacido del desapego racional, al permitirle actuar como un espectador de su propia situación, le dio el hilo que le permitió salir del laberinto».

Del mismo modo, dice, en un mundo tan dominado por la tecnología, «el primer paso y el más importante de todos es simplemente entender los medios y sus efectos revolucionarios en todos los valores e instituciones psíquicos y sociales. Entender es la mitad de la batalla. El propósito central de todo mi trabajo es llevar este mensaje: que a través del entendimiento de cómo [actúan] los medios [el hombre pueda ganar] el control sobre ellos. (…) Ningún ciudadano puede escapar a este impetuoso ataque ambiental, ya que no hay, literalmente, lugar donde esconderse. Pero si diagnosticamos lo que nos está sucediendo, podemos reducir la ferocidad de los vientos del cambio y traer los elementos de la mejor cultura visual a este periodo de transición (…). Si persistimos, sin embargo, en nuestra visión convencional de espejo retrovisor, destruiremos toda la cultura occidental y la arrojaremos al cubo de la basura de la historia».

O, por terminar con la imagen del principio, «será inevitable que la piscina mundial de movimiento de información electrónica nos sacuda a todos como a corchos en un mar tempestuoso, pero si mantenemos nuestra frialdad durante el descenso en el torbellino, estudiando el proceso a medida que ocurre, y viendo lo que podemos hacer al respecto, podremos salir airosos».

Marshall McLuhan. Escritos esenciales (Essential McLuhan, 1995). Compiladores: Eric McLuhan y Frank Zingrone. Barcelona: Paidós Ibérica, 1998; 492 pp.; col. Paidós comunicación; trad. de Jorge Basaldúa y Elvira Macías; ISBN: 84-493-0532-2.

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domingo, 28 de agosto de 2011

Una tira de Calvin y Hobbes:

«Cuando crezca no pienso leer los periódicos, pasaré de los problemas serios y tampoco iré a votar», dice Calvin a Hobbes en la primera viñeta.
«Es mi forma de quejarme de que el Gobierno no me representa», continúa en la segunda.
«Después, cuando todo se vaya al cuerno, podré decir que el sistema no funcionaba y justificaré mi falta de participación», añade en la tercera.
Y, en la cuarta, Hobbes apunta que es «un plan ingeniosamente autojustificante», a lo que Calvin apostilla: «Es más divertido criticar las cosas que arreglarlas».

Y otra más:

Dice Calvin: «¡Estoy harto de oir hablar de responsabilidad personal! ¡Ya he hecho todo lo posible para que el mundo sea un lugar mejor en el que vivir!»
Hobbes, asombrado, le pregunta: «¿De verdad?»
Calvin, seguro de sí mismo, replica: «¡Claro! ¡He nacido. ¿No?!»
Y Hobbes: «Oh, sí. Perdón por no darte las gracias».
Y Calvin: «Bienvenido al club».

Bill Watterson. No quiero hacer los deberes (The Days Are Just Packed, 1996). Barcelona: Ediciones B.

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domingo, 6 de diciembre de 2009

Uno. La mente de partido que mucha gente tiene dificulta ponerse de acuerdo para encontrar soluciones. Chéjov, refiriéndose a su mundo literario, decía: «En todas nuestras revistas de gran formato reina una atmósfera fastidiosa, de club, de partido. ¡Se ahoga uno! Por eso no me gustan, y no me seduce la idea de trabajar en ellas. El espíritu de partido, especialmente cuando es mediocre y estéril, no ama la libertad y la amplitud de miras».

Dos. Aparte de que muchos medios de comunicación están comprados por el poder, directa o indirectamente, y por tanto no informan con limpieza, su misma estructura y la misma mente de muchos periodistas les impide informar bien. Dice David Lodge: «Los periódicos construyen la realidad sobre la que dicen informar, pero no por razones ideológicas siniestras (…), sino porque es tal su obsesión por la mística de su profesión (…) que cometen crasos errores de hecho y de interpretación».

Tres. Nos fiamos de gente supuestamente lista que además se creen listos o que incluso lo son en su ámbito propio. Ya he puesto varias notas que hacen referencia a que alguna gente inteligente comete graves errores de juicio: unos porque hacen conjeturas sin fundamento (Profetas), otros porque no parecen haberse parado a pensar lo que dicen (Extraña ingenuidad), otros porque no se informan sobre aspectos que desconocen (Los errores más increíbles). Otro ejemplo más, que da Canetti, nos enseña también qué pasa cuando alguien opina con solemnidad en un terreno que no es el suyo y en función de un supuesto «progreso»: un amigo de Hegel cuenta que, después de oír La Pasión según San Mateo, Hegel dijo «que esto no es buena música, que ahora se ha avanzado más, aunque aún se esté muy lejos de lo realmente válido».

Antón Chéjov. Carta a Alekséi Pleschéiev, Moscú, 23 de enero de 1888. En Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Senza trama e senza finale: 99 consegli di escritura, 2002). Barcelona: Alba, 2005; 103 pp.; col. Alba clásica; edición de Piero Brunello; trad. de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 84-8428-253-8.
David Lodge. La conciencia y la novela - Crítica literaria y creación literaria (Consciousness and the Novel, 2002). Barcelona: Península, 2004; pp.; col. Atalaya; traducción de Miguel Martínez Lage, con la colaboración de Eugenia Vázquez-nacarino.
Elías Canetti. De una carta de Zelter a Goethe de marzo de 1829. Apuntes: 1942-1993. Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2003; 1195 pp.; col. Opera mundi; Obras completas, 4; edición dirigida por Juan José del Solar; ISBN: 84-226-9368-2 (Círculo de Lectores), 84-8109-398-X (Galaxia Gutenberg).

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viernes, 30 de noviembre de 2007

Después de El legado del rey Tsongor y El sol de los Scorta he leído con ganas Eldorado, de Laurent Gaudé. Me parece que, como novela, se queda bastante por debajo del nivel de las dos anteriores pero, en cualquier caso, me ha gustado leerla.

En él se cuentan dos historias en paralelo. Una es la del comandante de barco Salvatore Piracci, que vigila las fronteras marítimas del sur de Italia desde hace más de veinte años y, con frecuencia, recoge inmigrantes que llegan en penosas condiciones: varios incidentes le hacen replantearse su vida. Otra, contada en primera persona y con frases muy cortas, es la de Soleimán, un chico sudanés que comienza con su hermano una larga expedición hacia las costas de Libia para poder pasarse a Europa: en ella experimenta lo que pueden hacer los «hombres corrompidos por el miedo y la necesidad» pero también la fortaleza que da no ser egoístas y preocuparse por los demás.

Las improbabilidades que se detectan o se suponen —la narración de Soleimán, no los hechos que cuenta ni los sentimientos que tiene; la evolución final de la vida de Piracci, no la narración—, no afectan al  poder emocional y a la veracidad de fondo de la historia. Tal vez, en la sensación de obra no conseguida  que me ha quedado, influya que, después del interés que despierta el primer incidente que se narra, el encuentro de Piracci con una mujer a la que había rescatado dos años atrás, ningún otro suceso conmueve igual.

El sintético título viene de un comentario que hace un hombrecillo misterioso que se acerca al comandante Piracci cuando está contemplando, en el cementerio de Lampedusa, las tumbas donde están enterrados muchos de los primeros que habían intentado llegar a Italia: «Es el cementerio de Eldorado. (...) Así lo llamo yo. (...) Eldorado, comandante. Lo tenían en el fondo de los ojos. Lo desearon hasta que volcó su embarcación. En eso fueron más ricos que usted y que yo. Nosotros tenemos el fondo de los ojos seco. Y nuestras vidas son lentas».

Y el espíritu de la obra tal vez se corresponda con el momento en que Piracci se despide de su amigo Angelo y éste «encomendó a su amigo al cielo diciéndose que los hombres eran más o menos bellos en virtud de las decisiones que tomaban».

Laurent Gaudé. Eldorado (2006). Barcelona: Salamandra, 2007; 234 pp.; trad. de Jordi Martin Lloret; ISBN: 978-84-9838-123-8.

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viernes, 5 de octubre de 2007

Una mujer anciana dice a una maestra que conoció años atrás: «La gente de mediana edad comete una equivocación cuando se cree que puede mejorar. No puede hacerlo si no tiene corazón. Y las otras mejoras no importan. No son personas reales, sino sólo pobres imitaciones que intentan parecerse a los anuncios. (...) Se lo aseguro, esa gente era más feliz cuando tenía sus hijos pequeños y luchaba y era auténtica gente de pueblo y no meros turistas. ¿Qué opina usted, señorita Knightly, de todo ese ir arriba y abajo de un lado para otro? (...) Una cosa sí que sé: nuestros mejores años son aquellos en los que trabajamos más y seguimos adelante aunque apenas podamos ver el camino».

Willa Cather. En Los mejores años, relato contenido en Los libros de cuentos. Barcelona: Alba, 2005; 553 pp.; col. Clásica Maior; trad. de Olivia de Miguel; ISBN: 84-8428-289-9.

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sábado, 30 de diciembre de 2006

Hace pocas semanas leí El nacionalismo: una ideología, de Alfredo Cruz Prados. Me parecieron luminosas las comparaciones entre los distintos nacionalismos y del nacionalismo con otras ideologías, y me interesó el análisis de que un planteamiento nacionalista de la historia significa «pensar que la verdad sobre el pasado constituye el fundamento de la validez y la legitimidad de las decisiones políticas presentes». También estoy de acuerdo con que «la ideología tiende a reducir mentalmente la complejidad de la realidad social y a proponer para los problemas de ésta una solución comprehensiva, universal y definitiva».

Alfredo Cruz Prados. El nacionalismo: una ideología (2005). Madrid: Tecnos, 2005; 192 pp.; col. Biblioteca de historia y pensamiento político; ISBN: 84-309-4279-3.

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sábado, 27 de agosto de 2005

Vivimos en un mundo tan erotizado que a veces estamos ciegos. «Confundir la lujuria propia del hombre y el deseo que aproxima a los sexos es dar el mismo nombre al tumor y al órgano que aquél corroe». Y, sigue más adelante George Bernanos en Diario de un cura rural, «el mundo se esfuerza, ayudado por el inmenso prestigio del arte, en esconder esa herida vergonzosa». Y, a poco conocimiento de la vida que se se tenga, se sabe que la táctica del avestruz nunca resulta.

Georges Bernanos. Diario de un cura rural (Journal d´un Curé de Campagne, 1936). Madrid: Encuentro, 1998; 287 pp.; col. Literaria; trad. de Jesús Ruiz y Ruiz, revisión de Cristina Ansorena; ISBN: 84-7490-515-X.

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