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Notas del archivo 'Novelas de vida diaria (norteamericanas)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 24 de marzo de 2017

Me ha sorprendido, para bien, Dulce hogar, una novela de 1924 de Dorothy Canfield Fisher. Su contenido se detalla bien en esta reseña por lo que voy a añadir otros comentarios.

Está dividida en cuatro partes. En la primera se presenta la familia Knapp —un ama de casa perfecta pero agobiante, su marido Lester, muy insatisfecho en su trabajo, tres hijos, dos encantadores y el pequeño Stephen, un rebelde de cinco años cuyas rabietas son monumentales—, y termina con un accidente que sufre el padre al volver del trabajo. La segunda y la tercera parte cambian las tornas: la señora Knapp empieza a trabajar en los grandes almacenes donde trabajaba su marido y demuestra unas condiciones extraordinarias para la venta; y el señor Knapp se ha de quedar en casa en su silla de ruedas y actúa como amo de casa, lo que le permite observar bien a sus hijos, en especial a Stephen. En la cuarta parte parece que el señor Knapp podrá volver a un trabajo que no desea y que su mujer tendrá que dejar un trabajo en el que está encantada.

La novela tiene una parte importante de crítica social hecha con gran habilidad, como quien no quiere la cosa. Por ejemplo, en los grandes almacenes necesitan un jefe de tienda y la mujer del propietario le dice que no busque un hombre sino una mujer: «Rinden más por el mismo sueldo. Se centran en su trabajo y no dan problemas». O, por supuesto, lo que la novela tiene de reivindicación de las labores del hogar, las haga quien las haga: cuando la bondadosa tía Mattie le dice al padre que «las tareas del hogar son la actividad más noble a la que uno se puede dedicar» pero a la vez muestra su disgusto porque tenga que desempeñarlas él precisamente, Lester le replica: «¿por qué me compadeces entonces?».

Pero la novela me ha encantado por lo bien que plantea la importancia de que un padre se pare a mirar y observar a sus hijos, comparta con ellos en voz alta sus aficiones literarias, y, en especial, por los capítulos extraordinarios que narran el mundo interior del pequeño Stephen. En la segunda parte del capítulo uno se nos cuenta su vinculación emocional con el osito Teddy que su madre no comprende en absoluto. En el capítulo once, el primero de la tercera parte, se aprecia cómo el padre se fija en Stephen y nota su desvalimiento, que sus rabietas nacían de su impotencia ante lo que veía como caprichos de adulto. En el capítulo trece hay unos momentos en los que Stephen vibra, sin saber por qué, oyendo los versos que recita en alto su padre. En el capítulo diecisiete Stephen sufre una poderosa rabieta que, sin embargo, su padre sabe encauzar con habilidad; y también en ese capítulo hay un momento en el que, por primera vez, Stephen cae en la cuenta de lo que le quiere su padre.

Dorothy Canfield Fisher. Dulce hogar (The Home-Maker, 1924). Madrid: Palabra, 2016; 302 pp.; col. Roman; trad. de José Rodríguez Pazos; ISBN: 978-84-9061-457-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 9 de diciembre de 2016

Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout, es una novela cortita que, aunque llena de calidez y humanidad, deja el poso agridulce característico de tantas novelas sobre niños que se convierten en víctimas de unos padres que van a lo suyo.

La narradora, Lucy Barton, casada y con dos hijas, está hospitalizada: «era a mediados de los ochenta, antes de los teléfonos móviles». Su estancia se prolonga y viene su madre a estar con ella unos días. Con este pretexto sale a la luz su dura infancia, los modos de ser de sus padres, las relaciones con sus hijas pequeñas y con su marido, otras amistades que tiene, sus inicios como escritora y su triunfo posterior, y otras cosas que fueron ocurriendo en su vida.

La narración es un tanto deshilachada —se suceden incidentes, reflexiones, recuerdos…— pero esa falta de estructura también contribuye a su naturalidad: el lector puede pensar que una escritora famosa, como es la narradora, podría hacerlo mejor; o puede pensar que, precisamente por ser una buena escritora, puede hacerlo así de bien pareciendo que todo está escrito como quien no quiere la cosa.

La narradora se detiene con frecuencia, con acierto, en el mundo de sentimientos infantiles. Habla también de los encuentros con gente variada que pueden darse en una gran ciudad como Nueva York. Describe cómo su vocación de escritora se acaba imponiendo a sus obligaciones familiares y causando daño a sus hijas: «Becka, la más sensible de mis hijas, me dijo en aquella época: —Mamá, cuando escribes una novela, puedes reescribirla, pero cuando vives con alguien veinte años, ésa es la novela, y no puedes volver a escribir esa novela con nadie».

Elizabeth Strout. Me llamo Lucy Barton (My name is Lucy Barton, 2016). Barcelona: Duomo, 2016; 184 pp.; col. Nefelibata; trad. de Flora Casas; ISBN: 978-8416261918. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 7 de octubre de 2016

A veces ocurre que, con el afán de leer a un autor clásico, hay quien elige la obra equivocada. Por ejemplo: así como dije que Los europeos era una buena primera novela para conocer a Henry James, sería un error acercarse por primera vez al autor leyendo un relato corto, recientemente publicado en castellano, titulado Julia Bride.

Nueva York, ambientes de alta sociedad. Julia, una chica joven que desea casarse con Basil French, tiene la preocupación de ser rechazada porque ha tenido demasiados pretendientes en el pasado. Además, la vida matrimonial de su madre ha sido turbulenta. Le pide, por eso, al último marido de su madre y a uno de sus antiguos novios que hagan saber, de uno u otro modo, a Basil y a su familia, que su comportamiento fue siempre correcto y que su fama está intacta. No es sorprendente que exmarido y exnovio aprovechen la ocasión para pedir un favor semejante al revés.

La edición del libro es muy buena: tiene una excelente introducción a la obra del autor y unas sabrosas ilustraciones, de época, de W. T. Smedley. Sin embargo, los larguísimos párrafos multiarticulados que aquí emplea James pueden resultar agotadores para la gran mayoría de los lectores, pues también lo han sido para mí. Se supone que la historia tiene un claro acento de rechazo de la hipocresía en las relaciones sociales, pero la crítica queda sepultada en la multitud de floripondios y sutilezas verbales que, además, dificultan incluso comprender enseguida el argumento. Es un buen ejemplo de cómo la forma impide llegar al fondo.

Henry James. Julia Bride (1908). Morcín (Asturias): dÉpoca, 2016; 128 pp.; ilust. de W. T. Smedley; ISBN: 978-84-943634-5-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 23 de septiembre de 2016

Una novela cuyo argumento es deudor de Los europeos es La edad de la inocencia, de Edith Wharton. Se suele presentar como un relato que ataca las convenciones sociales rígidas de la época que describe, y que fustiga la hipocresía de algunas actitudes, en especial las que permiten a los hombres comportamientos que, de ninguna manera, se permitían a las mujeres. Pero es más que eso.

Nueva York, hacia 1870. El joven abogado Newland Archer está prometido en matrimonio con May Welland, cuando vuelve a la ciudad la condesa Ellen Olenska, una prima de May que abandonó a su marido, un noble polaco, situación que acepta la familia Welland aunque de ninguna manera desean que se divorcie. Newland se casa con May pero termina enamorándose de Ellen e incluso está dispuesto a huir con ella. Pero, al final, todo queda como estaba, principalmente debido al deseo de Ellen de no hacer daño a May y a su matrimonio.

La novela es un formidable retrato detallista de los modos de vivir de la época y del ambiente tan particular de las familias de clase muy alta de Nueva York. El título se refiere a la suavidad aparentemente inocente de los modos externos en ese ambiente que, sin embargo, es de una dureza inexorable cuando llega el momento de imponer sus leyes. Es el comportamiento de «una gente que temía el escándalo más que la enfermedad, que valoraba más la decencia que el coraje y que consideraba que nada era de peor educación que una “escena”, salvo el comportamiento de quienes la provocaron».

El núcleo de la crítica social que hace la novela se dirige contra la opinión de la madre de Newland, común en su sociedad, de que «cuando “pasan estas cosas”, el hombre ha hecho sin duda una tontería, pero la mujer ha cometido un delito». De hecho, la novela se centra en cómo Archer acaba viéndose a sí mismo frente «al temido argumento del caso particular. Ellen Olenska no era como ninguna otra mujer, él no era como ningún otro hombre; y por consiguiente su situación no se parecía a ninguna otra, y no respondían ante más tribunal que el de su propio juicio». Pero, al final, si su comportamiento no es igual de canalla que el de los amigos suyos a los que tanto había criticado, es gracias a su mujer y a Ellen, que se acaban comportando con notable inteligencia y altura de miras. O, dicho de otro modo, y frente a cualquier visión de la realidad en blanco y negro: si las convenciones sociales pueden ser una tapadera para la hipocresía, también pueden contribuir a que la pasión no tome el mando y al final impere la sensatez.

Edith Wharton. La edad de la inocencia (The Age of Inocence, 1920). Barcelona: RBA, 1994; 224 pp.; col. Obras Maestras de la Literatura Contemporánea; trad. de Manuel Sáenz de Heredia; ISBN: 84-473-0646-1. Otra edición en Barcelona: Tusquets, 1995; 304 pp.; col. Fábula; ISBN: 978-8472238626. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 16 de septiembre de 2016

Una novela que tenía pendiente y que he leído por fin este verano: Los europeos, de Henry James. Me habían dicho, y es verdad, que por ser corta y tener cierto tono de comedia ligera, es tal vez la mejor para un primer contacto con Henry James y disfrutar de la categoría de su prosa. En ella el autor contrasta las formas de afrontar la vida de dos jóvenes europeos con las de los parientes norteamericanos a los que visitan.

Los primeros son el alegre y alocado Félix Young y su hermana mayor, la baronesa Eugenia Münster, que ha sido repudiada por su marido, un príncipe alemán. Los segundos son unos primos que viven cerca de Boston: el señor Wetworth y sus hijas e hijo, Charlotte, Gertrude, y Clifford. Felix y Eugenia son hijos de una hermana del señor Wetworth, cuyo matrimonio con un europeo la llevó lejos de Boston. Los europeos son recibidos por los Wetworth con sentimientos mezclados de satisfacción y recelo. Un rico amigo de los Wetworth, el señor Acton, se siente atraído por la baronesa, mientras que Félix y Gertrude conectan entre sí rápidamente.

Los objetivos del autor son, como la misma narración dice, retratar los modos de ser y las emociones de sus personajes, por medio de diálogos inteligentes y de pinceladas descriptivas certeras, continuamente matizadas. Esto James lo practica en cualquier momento y con cualquier personaje: por ejemplo, de lord Acton dice que «la impresión que producía su sinceridad era casi como llevar un ramo de flores: el perfume resulta muy agradable, pero a veces no se sabe qué hacer con las flores».

Pero, sobre todo, se centra por un lado en «los europeos». Así el narrador afirma que «Felix tenía siempre tantos deseos de combatir la melancolía como una buena ama de casa de tener limpio su hogar». Él mismo indica que no le interesan los grandes problemas de la existencia: «están por encima de mis posibilidades». De su hermana se dice que «era una mujer de intenciones sutilmente entrelazadas y sus propósitos no eran nunca fácilmente detectables»; en otro momento se señala que «nada de lo que la baronesa decía era completamente falso» y, continúa, «quizá haga falta añadir que nada era tampoco completamente cierto».

Por el otro lado, de la familia Wetworh la persona dibujada con más cuidado, aparte del padre, es Gertrude, de la que se indica que «tenía que luchar contra un gran cúmulo de obstáculos, tanto en el orden subjetivo —como dicen los metafísicos— como en el objetivo y, de hecho, la intención de este breve relato es, en buena parte, describir esa lucha. Lo que parecía más importante en esta repentina ampliación de los afectos del señor Wentworth y de sus hijas era la correspondiente extensión del ámbito de los posibles errores; y la doctrina —porque así se la puede llamar— de la terrible gravedad de los errores era una de las tradiciones más queridas de la familia Wentworth».

Henry James. Los Europeos (The Europeans, 1878). Alianza, 1999; 216 pp.; col. El libro de bolsillo; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 978-8420634661. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 22 de julio de 2016

Desde que el mundo existe fue la primera novela no infantil que publicó Rachel Field. Con ella ganó, la primera vez que se convocó, en 1935, el que llegaría a ser el premio literario más importante de los Estados Unidos, el National Book Award. En español se publicó, hace años, con el título Almas borrascosas.

La narradora es Kate Fernald, una mujer que rememora su vida. Cuando tenía diez años, su madre comenzó a trabajar como ama de llaves en La Extravagancia, la casa de los Fortune, una rica familia de constructores y armadores de barcos a vela y propietarios de grandes extensiones de terreno pobladas por bosques en la costa de Maine. Kate crece con Nat, de diez años también, y Rissa, un año mayor, los hijos del comandante Fortune.

Habrá conflictos debidos a la incapacidad del comandante Fortune para reconocer que los barcos a vapor traían consigo la decadencia de los barcos a vela, lo que le hará tomar erróneas decisiones comerciales. Otros choques se producirán debido a la educación autoritaria que impone a su hijo, a quien desea preparar para que sea marino y a quien impide aprender música, un arte para que el que apunta cualidades excepcionales. Además, también se verá entre dos mundos la narradora: el propio de su extracción social y el de la educación que adquiere al crecer junto a Nat y Rissa.

La narración tiene acentos reflexivos, elegíacos y nostálgicos. Basta leer unas pocas páginas para apreciar enseguida que tienen una gran categoría las descripciones de ambientes y escenarios: esto es, con diferencia, lo mejor de la novela y lo que justifica su lectura. Los personajes están bien perfilados aunque, al leer sus historias hoy, algunos de sus comportamientos suenan poco comprensibles e incluso puedan provocar rechazo en ciertos lectores, tanto porque no responden a los estereotipos más habituales de los melodramas como porque la heroína no es precisamente feminista y reivindicativa.

Rachel Field. Desde que el mundo existe (Time Out of Mind, 1938). Madrid: Reino de Cordelia, 2015; 503 pp.; trad. de Susana Carral; ISBN: 978-84-159793-65-2. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 22 de abril de 2016

He mencionado aquí novelas de Richard Ford varias veces: en Percepciones de padres e hijos, en Autosuperación unidimensional, en Torrentes de incertidumbre, en Somos un misterio. También lo he citado con ocasión del excepcional prólogo que pone a una selección de cuentos de Chéjov preparada por él mismo.

Últimamente ha publicado Francamente Frank, un último libro con cuatro historias de su personaje Frank Bascombe. Se desarrollan cuando tiene unos 68 años, está jubilado, y hace pocas semanas que el huracán Sandy acaba de causar enormes destrozos en donde vive.

Con la forma típica de narrar de Ford, con frases largas y sinuosas, precisas y bien construidas, su héroe vuelve a exponer sus opiniones políticas y su modo de comprender la vida. En esta ocasión lo formula con lo que llama su «Yo por Defecto», un modo de vivir «que permite preguntas, pero sólo las que requieren respuesta», y que niega que la vida tenga una «trayectoria», un concepto falaz, dice Bascombe.

Él mismo ya decía en El periodista deportivo, que «el pasado no vale nada. Supongo que la historia de mi pasado puede parecer misteriosa porque yo no la acabo de entender, porque no la he explicado con detalle o porque la he simplificado mucho». Y el narrador de Canadá subrayaba que «lo que uno ve es más o menos lo que hay» y «el sentido oculto no existe».

Me gusta mucho Ford pero —tal como le dicen a su narrador en El día de la independencia— no puedo leerlo sin pensar que «contigo todo es entre comillas, Frank». Una y otra vez, y más según ha ido pasando el tiempo, tengo la impresión de que el autor «selecciona los recuerdos [de Bascombe] para amueblar mejor su pasado» y que también selecciona, en exceso, lo que le ocurre a su personaje para evitarse problemas adicionales, es decir, para dejarle al lector la impresión de que puede funcionar su estrategia de buscar una vida de «buena calidad en la eternidad del aquí y el ahora», sin pensar para nada en otras cosas. Lo que ocurre es que a la mayoría de la gente que conozco no le funciona nunca o, en todo caso, siempre llega el momento en el que no funciona...

Richard Ford. Francamente, Frank (Let Me be Frank With You, 2014). Barcelona: Anagrama, 2015; 229 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Benito Gómez Ibáñez; ISBN: 978-84-339-7938-4. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 25 de marzo de 2016

Vida hogareña fue la primera de las cuatro novelas escritas, hasta la fecha, por Marilynne Robinson. Como las otras tres, escritas muchos años después y ya publicadas en castellano, esta también tiene una calidad literaria excepcional aunque sus protagonistas, tan excéntricas, no tienen igual calidez humana. Del mismo modo que aquellas, también pide un lector atento, pero más atento incluso: dice Ruthie, la narradora, que los hechos no explican nada sino que, por el contrario, son los hechos los que requieren explicaciones…, pero las suyas son más bien elusivas.

El escenario es un pueblo ficticio del Oeste llamado Fingerbone, un lugar de clima extremo con un lago cercano que atraviesa un puente por el que pasa el tren. Se deduce, de modo indirecto, que todo pasa en los años cincuenta. Ruthie empieza por contar cómo sus abuelos se instalaron en Fingerbone y el fallecimiento de su abuelo en un accidente; luego, la educación de sus tres hijas, sólo al cargo de la abuela, y su marcha lejos de casa de las tres; después, el momento en el que su madre, cuando la narradora y su hermana pequeña Lucille tienen pocos años, vuelve al pueblo para dejarlas con su abuela y suicidarse a continuación de forma trágica e inesperada.

Se podría decir que la narración comienza en ese punto: habla de sus vidas con su abuela primero y, cuando fallece, primero con dos tías abuelas y luego con su tía Sylvie, la hermana menor de su madre, una mujer bondadosa que llevaba vida de vagabunda y cuyo comportamiento es errático. Esta parte final, la convivencia de las dos chicas con su tía, la evolución de los acontecimientos cuando Lucille se distancia y los vecinos se preocupan por lo que puede ocurrirles a las niñas, es el grueso de la historia.

La extraordinaria sofisticación de la narradora —que dice de sí misma que «nunca he distinguido con facilidad entre pensar y soñar»— parece, a primera vista, incompatible con lo que conocemos de su vida. Sea como sea, es admirablemente detallista y precisa, tanto al reconstruir paisajes, escenarios y sucesos, como al explicarnos sus pensamientos y conjeturas, por ejemplo cuando habla de ella y su hermana como si fueran supervivientes de un naufragio, que se tienen que pasar la vida recogiendo restos, o como si fueran unas chicas perdidas y desorientadas en la oscuridad.

Hábilmente, las consideraciones más poéticas y de fondo aparecen cuando el lector está ya introducido en la historia y la narradora ya tiene una edad suficiente para empezar a planteárselas. El título, vida hogareña, no se refiere a lo que cualquiera podría pensar sino a cómo a todos nos configuran no tanto las presencias como las ausencias familiares. Así, la narradora señala cómo, en cualquier casa, incluso las cosas perdidas permanecen «como penas olvidadas o sueños incipientes»; y su tía Sylvie afirma que en cualquier familia sientes más la presencia de los que faltan justo cuando se han ido.

Como espera cualquiera familiarizado con la autora no faltan las referencias bíblicas, aunque son pocas y sin el gran peso que tienen en sus otras novelas. Ruthie va explicando cómo evolucionó su modo de ser hasta el punto de que su vida llegó a estar «compuesta enteramente de esperas» —de una llegada, una explicación, una disculpa…— y cómo esa costumbre de la espera «convierte cualquier momento presente en importante sólo por lo que todavía no contiene». Esto puede unirse, más adelante, con la sugerente observación de que como el primer acontecimiento de la historia es una expulsión, y el último esperamos que sea una reconciliación y un regreso, por eso es la memoria la que nos impulsa hacia delante y la profecía es como una memoria deslumbrante.

Marilynne Robinson. Vida hogareña (Housekeeping, 1980). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2016; 217 pp.; trad. de Vicente Campos; ISBN: 978-84-15863-86-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 18 de marzo de 2016

La casa del profesor, de Willa Cather, se desarrolla en la ciudad ficticia de Hamilton, a orillas del lago Michigan, a principios de los años veinte. Godfrey St. Peter, un prestigioso historiador especializado en las exploraciones españolas en el sudoeste de los Estados Unidos, decide seguir trabajando en su vieja casa y no trasladarse del todo a la nueva que se acaba de construir. No está cómodo con sus hijas y yernos (Rosamond y Louie Marsellus, y Kathleen y Scott McGregor), ni con el actual comportamiento de su mujer, Lilian, volcada en viajes, actividades, compras, etc.

En las vidas de todos está muy presente Tom Outland, que años atrás había sido el alumno más destacado del profesor y el novio de su hija Rosamond, pero que falleció en la primera Guerra Mundial. Además, Outland había hecho un importante descubrimiento técnico para la historia de la aviación, que luego explotó con mucho rendimiento económico el actual marido de Rosamond.

En el interior de la novela ocupa muchas páginas otra historia que recuerda el profesor: el descubrimiento que hizo Tom Outland de unos restos arqueológicos en Mesa Azul (inspirados en los del pueblo Ananazi en un lugar llamado Mesa Verde, al sur de Colorado; parecidos a otros que hará el padre Latour en La muerte llama al arzobispo).

En el extenso y clarificador prólogo de Manuel Broncano, autor también de la edición crítica de La muerte llama al arzobispo, se cita un texto en el que la misma Willa Cather habla de los experimentos formales que intentó en esta novela. En concreto señala cómo unas pinturas flamencas de interiores en las que, a través de una ventana cuadrada se veían mástiles de barcos o retazos de mar gris, le inspiraron la idea de que la casa y la vida del profesor aparecieran llenas de objetos hasta causar agobio y, en medio, se abriera la ventana cuadrada «para dejar entrar el aire que soplaba de Mesa Azul y el elegante desprecio hacia las trivialidades que había en la conducta de Tom Outland».

Como es habitual en las novelas de la escritora la narración es fluida, va ganando interés según avanza, los personajes están bien perfilados, y se anudan bien el conflicto principal con otros secundarios. No faltan los toques de ironía bienhumorada —cuando Louie invita sobre la marcha a cenar a varios profesores se afirma que «todos aceptaron: ¿quién ha oído de un profesor que alguna vez rechace una buena cena?»—, ni las observaciones inteligentes —el profesor le dice a su mujer que, desde la época de los caballeros del Rey Arturo, se «desarrolló el sentimiento de que un hombre debía hacer grandes gestas y nunca hablar de ellas, y que nunca debía pronunciar el nombre de su dama, sino cantar sobre ella (…). Es una bonita idea, callarse los sentimientos más profundos: los mantiene frescos»—.

Willa Cather. La casa del profesor (The Professor’s House, 1925). Madrid: Cátedra, 2015; 292 pp.; col. Letras universales; edición y trad. de Manuel Broncano; ISBN: 978-84-376-3481-4. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 25 de febrero de 2016

La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewett, es una novela corta, casi sin argumento, que algunos críticos literarios consideran el mejor relato de su autora, y que Willa Cather consideraba una de las mejores obras norteamericanas del XIX, junto con Las aventuras de Huckleberry Finn y La letra escarlata.

La narradora es una escritora bostoniana que pasa unos meses en Dunnet Landing, un pueblo costero de Maine, con la intención de terminar un libro. Se hospeda en casa de Almira Todd, una mujer de unos sesenta años, viuda, experta en hierbas y en sus usos terapéuticos. Va conociendo a distintos habitantes del lugar, como a la señora Bennett y a William, la madre y el hermano de la señora Todd, que viven en una isla cercana, un viejo capitán, un anciano marinero, y otros. Se suceden escenas en las que sus nuevos conocidos le cuentan historias pasadas, propias o ajenas, o en las que describe con sobriedad los paisajes costeros, dominados por bosques de abetos y enebros puntiagudos, y reflexiona sobre la calidad humana de las personas que trata. El relato termina cuando la narradora se marcha. Los acentos son siempre amables y abunda el buen humor, que lo ponen, sobre todo, la ironía, también puntiaguda, de algunos comentarios o cotilleos, normalmente de la enérgica señora Todd.

Véase un ejemplo, cuando la señora Todd, durante una reunión familiar, dice lo siguiente a su interlocutora en un aparte: «Recuerdo que el día que me prometí a Nathan me alteré mucho, con todo lo feliz que me sentía, por darme cuenta de que una de sus primas tendría que ser parte de mi familia toda la vida. Casi me muero. El pobre Nathan vio que algo me preocupaba, tenía muy buenos sentimientos, y cuando me preguntó qué me pasaba, se lo conté. “A mi tampoco me ha caído nunca bien”, dijo él, “no te preocupes, querida”, y fue una de las cosas que me hizo darme cuenta de lo que valía Nathan, no tenía la costumbre de llevar siempre la contraria, como otros hombres. “Sí”, le contesté yo, “pero piensa en Acción de Gracias, y en los funerales, es nuestra familia, y tendremos que cumplir”. Los jóvenes no piensan en esas cosas. Por ahí pasa ahora, saludémosla —dijo la señora Todd transitando de forma alarmante de las opiniones generales a las animosidades particulares—. La odio igual que siempre, pero lleva un vestido verdaderamente encantador».

Sarah Orne Jewett. La tierra de los abetos puntiagudos (The Country of the Pointed Firs, 1896). Madrid: Dos Bigotes, 2015; 166 pp.; trad. de Raquel G. Rojas; ISBN: 978-84-943559-6-7. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 20 de noviembre de 2015

Es sabido que Ve y pon un centinela, la sorprendente novela publicada por Harper Lee hace poco, ha provocado un alud de comentarios y ha supuesto una decepción para muchos que recordaban con afecto la figura principal de Matar un ruiseñor, Atticus Finch, el padre de la joven narradora. El título de la nueva novela —tomado del capítulo veintiuno de Isaías, versículo seis: «Porque el Señor me dijo así: Ve y pon un centinela que haga saber lo que viere»— se refiere, como le dirá su tío a la protagonista, a que «el centinela de cada uno es su conciencia» y nadie puede resolver sus problemas de conciencia descargándolos en otro.

A diferencia de Matar un ruiseñor, cuya narradora era Jean Louise Finch, o Scout, Ve y pon un centinela se cuenta en tercera persona pero desde dentro de la misma heroína, y se desarrolla unos años después. Cuando tiene veintiséis años, Jean Louise regresa, desde Nueva York, donde vive, a su pueblo natal de Maycomb. Allí, mientras se plantea si casarse o no con su pretendiente de siempre, que también es el ayudante de su padre, descubre horrorizada que Atticus es, parcialmente al menos, cómplice de ciudadanos claramente racistas. Toma entonces la decisión de volverse a Nueva York y romper con todo pero, antes, tiene unas tensas conversaciones con su tío y con su padre.

Si no se nos hubieran contado con detalle los pormenores de la confección de esta novela, cualquiera diría que, al menos una parte de ella, fue escrita después de críticas a Matar un ruiseñor como, por ejemplo, las que le hizo Flannery O’Connor. Es decir, como si Harper Lee hubiera querido dejar claro cuál era el verdadero ambiente racista de algunas poblaciones del Sur de los Estados Unidos pero como si, a la vista del éxito arrollador de Matar un ruiseñor, tanto del libro como de la película, ni ella ni sus editores se hubieran atrevido a publicarla entonces.

La decepción de muchos en relación a la caída de su pedestal de Atticus tiene que ver, primero, con el punto de vista de Matar un ruiseñor: el de la mirada ingenua e idealista de la niña o, si se quiere, de la joven narradora que era entonces Scout. Si a la última frase de aquella novela —«mientras regresaba a casa, pensé que Jem y yo llegaríamos a mayores, pero que ya no podríamos aprender muchas cosas más, excepto, posiblemente, álgebra»—, se le hubiera añadido un «pero estaba equivocada» o un «pero aún no lo había visto todo», estaría ya justificado el enfoque de Ve y pon un centinela y ningún lector podría decir que no le habían advertido.

Sea como sea, esta nueva novela no es redonda: es un poco deslavazada y se apoya en recuerdos de infancia que son como restos, o que bien podrían haberse incluido en Matar un ruiseñor. Al mismo tiempo, sin duda, tiene tramos magníficos y unos diálogos finales excelentes y clarificadores. En particular, Scout al menos acaba conociéndose mejor a sí misma cuando su tío le define quién es un fanático —el hombre con una mente incapaz de imaginar cualquier otra mente, decía Chesterton—, y se lo explica del siguiente modo: «¿Qué hace un fanático cuando se encuentra con alguien que cuestiona sus opiniones? No ceder. Se mantiene inflexible. Ni siquiera intenta escuchar, se limita a atacar».

Harper Lee. Ve y pon un centinela (Go Set a Watchman, 2015). Madrid: HarperCollins Ibérica, 2015; 269 pp.; trad. de Belmonte Traductores; ISBN: 978-84-687-6703-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 5 de junio de 2015

Lila era un personaje un tanto marginal en las novelas previas de Marilynne Robinson, Gilead y En casa. En la primera era el anciano pastor congregacionalista John Ames quien ponía por escrito su vida en una larga carta a su hijo pequeño. La segunda estaba narrada por la hija de su vecino y amigo Robert Boughton, pastor presbiteriano. Esta nueva historia, que se cuenta en tercera persona, sigue la vida y los pensamientos de la joven y silenciosa mujer de misterioso pasado con la que sorprendentemente se casó John Ames al final de su vida.

La autora concibió Gilead como una larga reflexión meditativa. En casa fue pensada para ser simbiótica con la novela previa pero, al irla escribiendo, la autora introdujo más diálogos de los que había previsto inicialmente. Lila, en cambio, construida con tanto cuidado como las anteriores, nos muestra por un lado a John Ames con una nueva perspectiva —lo que también indica que sólo quienes conozcan las novelas previas captarán del todo buena parte de las alusiones que se hacen—, y, por otro, nos cuenta la historia previa de Lila, tan diferente de las de Ames y Boughton.

Antes de llegar a Gilead, Lila fue una niña sin hogar y sin padres conocidos a la que recogió una mujer llamada Doll. Ambas vivieron, durante años, junto a unos trabajadores ambulantes que iban de pueblo en pueblo. Cuando Doll acabó desapareciendo, después de matar a un hombre, la vida de Lila dio tumbos durante unos años. En una narración sin capítulos, con algunos tramos que son monólogos interiores, Lila va rememorando estos sucesos al hilo de su relación con John Ames, de una forma mucho más ordenada de lo que parece, y la narración termina cuando tienen a su hijo, hacia 1950.

El hilo interior del relato es cómo Lila va curando su mundo interior tan herido, y a la vez tan agradecido a la protección de Doll, gracias al respeto y la bondad que siempre le muestra su marido. Son muchas las referencias bíblicas, a escritos de Calvino, y literarias. Hay excelentes diálogos en los que Lila plantea preguntas que John Ames no siempre sabe responder de modo convincente —«si Dios posee en verdad todo ese poder, ¿por qué permite que se trate tan mal a los niños?»—, y otras que sí contesta mejor: cuando le dice que «si el Señor no existe, las cosas son como las vemos. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar», Lila le replica «bueno, pero eso es lo que tú quieres creer, ¿no?», y Ames le responde «lo que no significa que no sea verdad».

Marilynne Robinson. Lila (2014). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2015; 297 pp.; trad. de Vicente Campos; ISBN: 978-84-16252-29-9. [
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viernes, 15 de mayo de 2015

Una mujer de recursos es una novela epistolar inspirada en la vida de la abuela de la autora, Elizabeth Forsythe Hayley, que debutó con ella y obtuvo un gran éxito. En el prefacio que pone a su relato, veinte años después, indica las ventajas del género: «las cartas son un excelente recurso dramático, abarcan el tiempo, hacen innecesaria la descripción narrativa y, lo más importante, incitan al lector a que se imagine la acción omitida». También señala cómo, el consejo habitual a los escritores «escribe sobre lo que conoces» ella suele formularlo de otro modo: «escribe sobre lo que puedas imaginarte que conoces».

La primera carta de la heroína, Bess Stead, es de 1899, cuando es una niña pequeña, y la última es de 1967, poco antes de morir. Contra el telón de fondo de los acontecimientos históricos, seguimos su vida ordenadamente: matrimonio, tres hijos, negocios inmobiliarios de su marido, primera Guerra Mundial, incendio de su casa, accidente grave de la hija pequeña, traslado de Dallas a San Luis, viudez, entrada en los negocios de su marido, viejas y nuevas amistades, viajes, etc. Hay un hilo doble que recorre todo el libro: el amor a su familia y su talante independiente que, sobre todo, asoma cuando se da cuenta de la libertad con la que se mueve: en un viaje por Italia indica que «ninguna mujer americana podría no ofenderse al ver el autoritarismo con que mandan en casa los hombres italianos».

El libro resulta encantador. Tiene un tono amable y optimista que nunca se quiebra, incluso aunque la narradora pase por momentos duros que, además, son la ocasión de que haga reflexiones de interés: «nuestros padres son como una barrera contra la muerte, y cuando se han ido ambos, como se han ido ya los míos, no queda nada entre nosotros y nuestra propia extinción». La redacción es bienhumorada y precisa: la heroína es una persona con aficiones literarias como se ve cuando recomienda vivamente a la que, para ella, es la mejor novelista viva: Willa Cather. También escribe sus cartas porque el hecho de trasladar al papel lo que le ocurre le sirve para «conservar la cordura y la calma, porque puedo expresar civilizadamente todas las emociones que me quitan el sueño».

Por otro lado, y precisamente por estar compuesto con cartas de una sola persona, el libro tiene algo de continua interpelación al lector, que puede ir pensando cosas de muy distinto tipo según lee la versión de la historia que da la narradora: que sabe salirse siempre con la suya y que tiene un punto de inflexibilidad; que su comportamiento independiente es o parece a veces insensato; que resulta divertida y reveladora la fuerte conciencia que tiene de ser una persona socialmente relevante (hasta el punto, por ejemplo, de que ya en 1963, redacta su propia nota necrológica —«Ciudadana principal muere en paz»— y la manda al periódico por adelantado pidiéndoles que se la envíen para darle su visto bueno).

Elizabeth Forsythe. Una mujer de recursos (A Woman of Independent Means, 1978). Barcelona: Libros del Asteroide, 2015; 336 pp.; trad. de Concha Cardeñoso; ISBN: 978-84-16213-20-7. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 13 de marzo de 2015

La señora Mike, una novela escrita por el matrimonio Nancy y Benedict Freedman, está basada en el relato que hizo a los autores una mujer como la protagonista. Se sitúa en Canadá, a comienzos del siglo XX. La joven Kathy O’Fallon, de dieciséis años, es enviada por su madre desde Boston a pasar unos meses con su tío John en Calgary. Una vez allí, se casa con Mike Flannigan, policía montada, y se va con él a puestos avanzados al norte de la Columbia Británica y de Alberta. Allí aprende poco a poco a sobrellevar las dificultades del clima y la naturaleza, y a convivir con indios y tramperos.

La novela se lee con agrado: la narradora y protagonista es animosa y su marido es un hombre con gran cantidad de recursos. Son muchos los episodios que se suceden y hay otros relatos embutidos en la narración. Por un lado, la narración tiene un tono propio de las novelas de aventuras en el Oeste y más amable, que, por ejemplo, relatos como los de Jack London, pero, por otro, es también un relato de vida cotidiana en condiciones de dureza extrema: son muchas las desgracias que suceden alrededor del matrimonio Flannigan y que, avanzada la historia, también terminan afectándoles a ellos. Un buen prólogo explicativo da unos datos de los autores y explica el valor de su novela.

Nancy y Benedict Freedman. La señora Mike (Mrs. Mike, 1947). Madrid: Palabra, 2014; 430 pp.; col. Roman; trad. de José García Díaz, revisada por José Francisco Peña; prólogo de Francisco José Peña; ISBN: 978-84-9061-147-0. [Vista del libro en amazon.es]


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viernes, 20 de junio de 2014

Sapphira y la joven esclava ue la última novela de Willa Cather. Se ambienta en Virginia pocos años antes de la elección de Lincoln. Sus protagonistas son los Colbert: Henry, que regenta un molino, y su mujer, Sapphira, que, aún con serias limitaciones físicas, lleva de modo señorial la casa y la granja en la que trabajan esclavos negros. La relación entre los dos cónyuges es distante y se acentúa cuando Sapphira da cierto crédito a las habladurías de una de sus esclavas acerca de la relación de su marido con otra, Nancy, que siempre había sido su preferida. La hija del matrimonio, la señora Blake, viuda, vive aparte con sus dos hijas, y tiene una relación fría con su madre porque no tiene ni desea tener esclavos.

Cada una de las partes de la novela se titula como alguno de los personajes: Sapphira, Nancy y Till (la madre de Nancy), la vieja Jezebel (una vieja esclava), la hija de Sapphira, Martin Colbert (un sobrino calavera de Sapphira), Sampson (un esclavo negro que trabaja con Henry en el molino), y Nancy. Esto permite que la narradora vaya presentando las distintas perspectivas de quienes viven el conflicto al mismo tiempo que va moviendo el relato atrás y adelante para contarnos lo que necesitamos saber del pasado de sus personajes. La novela se lee con agrado porque, como todas las de Cather, tiene diálogos bien construidos, unas descripciones ajustadas, y unos problemas humanos reales que se plantean sin maniqueísmos.

Willa Cather. Sapphira y la joven esclava (Saphira and the Slave Girl, 1940). Madrid: Impedimenta, 2014; 266 pp.; trad. de Alicia Frieyro; ISBN: 978-84-15578-91-8. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 16 de mayo de 2014

Después del buen sabor de boca que me dejó Louis Auchincloss en El rector de Justin, leí La educación de Oscar Fairfax, que me ha parecido una novela de menor entidad aunque la haya leído con interés. Son unas memorias ficticias del protagonista, un hombre culto de la alta sociedad norteamericana, que comienzan en 1908 cuando es un niño todavía, hablan luego de su vida estudiantil y de sus ambiciones literarias, cuentan algunas cosas de su vida profesional en un despacho de Wall Street, y se centran por último en su padrinazgo de un joven brillante. La narración es fluida y refleja bien los ambientes políticos y de negocios donde se mueve el protagonista. Lo más jugoso, sin embargo, es el proceso de descubrimiento de sí mismo y su creciente conciencia de qué valores son verdaderos y cuáles son falsos.

El narrador en su juventud comprueba, y en sus memorias reprueba, que haya quienes consideren de modo indulgente que alguien, por tener un talento excepcional, viva de acuerdo con unos estándares morales distintos al resto de los mortales; los hechos, por otra parte, dejan claro que tal postura se acepta cuando eso afecta a otros pero se detesta cuando afecta a uno mismo. También acaba cayendo en la cuenta, gracias a que su mujer no tiene pelos en la lengua para decirle lo que piensa, de que vive más para los libros que para la gente, que es «alguien a quien le preocupa el destino de Anna Karenina y, sin embargo, ni siquiera ve al mendigo en la calle». Ya en su madurez, Fairfax señala el «peligro de considerar las instituciones educativas solamente a la luz de las ventajas sociales» como lamentablemente las enfoca su joven protegido.

Louis Auchincloss. La educación de Oscar Fairfax (The Education of Oscar Fairfax, 1995). Barcelona: Libros del Asteroide, 2008; 249 pp.; trad. de Pilar Mañas Lahoz; ISBN: 978-84-935914-1-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 25 de abril de 2014

Hace unos días algunos medios publicaron una reseña mía de El jilguero, de Donna Tartt. Publico aquí ese mismo comentario, algo ampliado, y más adelante daré dos razones, que tienen que ver con la clase de lector que soy, para explicar algo más por qué me ha parecido una obra grandiosa.

Novela muy larga, con numerosas referencias literarias y artísticas. Igual que las dos novelas anteriores de la escritora —El secreto (1992), un homicidio turbio en un campus universitario, y Un juego de niños (2002), una niña de doce años que investiga el ahorcamiento de su hermano cuando ella era pequeña— también esta tiene un lenguaje muy cuidado y una gran calidad narrativa. Pero si con aquellas obras el lector podía pensar que no merecía la pena invertir tanto tiempo de lectura como pedían, con esta novela no es así: quienes la lean con atención y, eso sí, soporten los pormenores de la caída en los infiernos del héroe —alcohol, drogas, sexo, robo—, encontrarán una historia rica y bien construida, y tendrán como recompensa un poderoso e infrecuente desenlace.

El narrador y protagonista se llama Theodore Decker, y es un superviviente de un atentado en el museo metropolitano de arte de Nueva York, en el que falleció su madre, cuando tenía doce años. Sin saber bien por qué, Theo huyó del lugar llevándose una pequeña pintura holandesa: El jilguero, de Carel Fabritius, un discípulo de Rembrandt. Luego, Theo pasó unos meses en casa de Andy, un compañero de colegio de la alta sociedad neoyorquina, y entró en contacto con Hobie, un restaurador de muebles antiguos, y una chica llamada Pippa, también víctima del atentado. Cuando el padre de Theo, alcohólico y jugador, que les había dejado a él y a su madre años atrás, reaparece con su novia, drogadicta, y lo reclama, debe irse con él a Las Vegas. Allí conoce a Boris, un chico ruso, que será su compañero en todo tipo de excesos. Después de que muera su padre, Theo vuelve a Nueva York, donde se aloja con Hobie y, años después, termina llevando la parte comercial de su negocio. Antes de su boda con la hermana pequeña de su antiguo amigo Andy, fallecido, aparece un chantajista que conoce las estafas que ha hecho Theo, y reaparece Boris al frente de una banda que trafica con drogas y obras de arte. Theo termina yendo a Amsterdam arrastrado por Boris para resolver los problemas que le causa el cuadro de Fabritius: está obsesionado con él y, a lo largo de los años, lo ha ido escondiendo en distintos sitios y ha ido creciendo su fundado temor a que lo descubran.

La escritora ha dicho muchas veces que sus principales referencias literarias son Dickens y Stevenson. Y, en efecto, su novela es dickensiana por su melodramatismo, su extensión, la esperanza que deja en el lector y, sobre todo, por los muchos y bien perfilados secundarios: en especial, el asombroso Boris y el afable Hobie, pero también otros que desempeñan un papel menor como el superdotado Andy o su altiva madre, la señora Barbour. También es stevensoniana por la construcción medida de frases y párrafos, así como por la precisión descriptiva, sea de toda clase de drogas y de su forma de consumo, sea de muebles antiguos y de sus técnicas de restauración o de falsificación. Además, si la segunda novela de Tartt fue criticada por sus problemas estructurales —el desarrollo y el desenlace no parecían estar bien conectados— no puede decirse lo mismo esta vez: incluso aquellas cosas que se le podrían reprochar tienen, al final, una buena justificación.

Entre las no pocas referencias literarias explícitas tal vez la más destacada sea El idiota, de Dostoievski. Boris, un tipo que podría estar en cualquier relato del autor ruso o de Flannery O’Connor, recuerda su lectura de aquella novela y señala cuánto lo alteró leer que toda la bondad del príncipe Mishkin sólo sirvió para provocar una catástrofe. De ahí concluía que «si a veces se obtiene el mal de las buenas acciones» tampoco está claro que de las malas acciones sólo se obtenga el mal, que a veces puedes hacerlo todo mal y aun así salen las cosas bien: por tanto, dice, nunca se decidió a trazar una línea firme entre el «bien» y el «mal» pues nunca están desconectados uno del otro. Más adelante será Hobie quien apunte que «la coincidencia es la manera que tiene Dios de permanecer anónimo» y que tal vez por eso sean los jugadores los que mejor entienden las cosas: «¿No merece todo una apuesta? ¿No sale a veces el bien de alguna extraña puerta trasera?».

Pero Dostoievksi está presente, sobre todo, en que El jilguero vuelve a su idea de con qué facilidad una belleza falsa sustituye a la verdadera belleza y puede hablar engañosamente al hombre. Pues bien, tanto la capacidad del arte para llevarnos a la belleza y a la verdad, como sus poderes de seducción y la facilidad con la que nos mentimos a nosotros mismos, se representan en el apego fetichista de Theo al cuadro de Fabritius. A ese cuadro un personaje lo describe como «una réplica maestra a toda la idea del trampantojo»: una broma, como las de todos los grandes maestros, «Rembrandt, Velázquez. Lo último de Tiziano. Construyen la ilusión, el truco…, pero te acercas un poco más y se desintegra en pinceladas. Abstracto, como de otro mundo. Una clase de belleza totalmente diferente y mucho más profunda. Es y no es».

Se lo explica Hobie a Theo más adelante: «¡Idolatría! Amar tanto los objetos puede acabar destruyéndote. (…) ¿Y no es (…) el propósito de los objetos, de las cosas hermosas, ponerte en contacto con una belleza más grande? Esas primeras imágenes que te abren de par en par el corazón y te pasas el resto de tu vida persiguiéndolas o intentando capturarlas de nuevo, de un modo u otro». No amamos las obras de arte por razones de tipo intelectual del tipo que sea, sigue Hobie: «Esa no es la razón por la que alguien ama una obra de arte. Es un susurro secreto desde un callejón: “Pss. Eh, chico. Sí, tú”». Y de lo que se trata, dirá Theo luego, es de reconocer «esa grandeza en el mundo pero no del mundo, una grandeza que el mundo no entiende. Ese primer destello de pura otredad en cuya presencia floreces una y otra vez».

Además, la novela enlaza con otras grandes novelas norteamericanas —Huck Finn, El guardián entre el centeno…— donde vemos chicos que tienen problemas graves debido a sus padres: de los personajes de cuyo pasado se nos habla en El jilguero ninguno tuvo una infancia pacífica y un padre y una madre que se llevasen bien y que viviesen de verdad pendientes de sus hijos. Las secuelas que les dejó el atentado a Theo y a Pippa, se dice implícitamente, son ínfimas comparadas con las que les dejaron unos padres irresponsables, tantas veces violentos y alcohólicos. Seguramente también a esto, y no sólo a la idolatría por el arte, se refería la autora cuando decía, en una entrevista reciente, que su novela comenzó con un estado mental: el pensamiento de que vivimos en una atmósfera de corrupción, de que «algo va mal en un lugar tan elegante como Park Avenue, algo que une oscuramente a Ámsterdam y Nueva York».

La novela identifica también uno de los orígenes de esa corrupción de la sociedad cuando señala que hoy se lanza «un mensaje curiosamente inalterable» cuando alguien se plantea qué debe hacer: «Todos los psiquiatras, todos los orientadores de profesión y todas las princesas de Disney saben la respuesta: “Sé tú mismo”. “Haz lo que te diga el corazón”». Ahora bien, continúa Theo, «lo que quisiera que alguien me explicara es lo siguiente: ¿qué pasa si da la casualidad de que tienes un corazón que no es de fiar? ¿Y si el corazón, por sus propios motivos insondables (…), te lleva directo a un bonito espectáculo de ruina, autoinmolación y catástrofe?». Unas preguntas a las que Theo dará su respuesta en las extraordinarias últimas páginas de su relato.

Donna Tartt. El jilguero (The Goldfinch, 2013). Barcelona: Lumen, 2014; 1148 pp.; trad. de Aurora Echevarría; ISBN: 978-84-264-2243-9. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 17 de agosto de 2012

En casa
se ambienta en Gilead, Iowa, en 1957, y cuenta los mismos sucesos que la novela previa pero en tercera persona y desde la perspectiva de Glory Boughton. Glory, la hija pequeña del pastor presbiteriano, ha vuelto a su casa familiar, cuando tiene 38 años, para cuidar de su anciano padre, a quien le queda poco tiempo de vida. Una vez allí, recibe la noticia de que, después de veinte años sin saber nada de él, vuelve Jack, el hijo más querido de su padre a pesar de, o precisamente debido a, su pasado turbulento. En las semanas que Jack está con ellos, Glory termina por establecer una relación de confianza con su hermano, que nunca tuvo, y que conduce a que ambos acaben contándose sus vidas pasadas.

Las dos novelas pueden leerse en cualquier orden aunque la lectura de una dé noticias al lector sobre los episodios que vendrán en la segunda novela que lea y sobre algunos aspectos del pasado de los personajes que siguen ocultos para los demás actores de la historia. Sin embargo, precisamente la fuerza de cada novela y el interés de leer las dos está en ver cómo las emociones en conflicto son distintas según desde donde se vean las cosas: quizá lo mejor sea considerarlas una sola novela. Una diferencia entre ambas está en que mientras Gilead abarca cuatro generaciones —la del abuelo y la del padre del narrador, la del narrador y su amigo Boughton, y la de los hijos de Boughton—, En casa se centra sólo en esta última. Otra diferencia es que tal vez En casa pone más en primer plano el racismo de fondo que afecta incluso a gente tan dispuesta a la comprensión como los pastores Ames y Bouhton.

Además, Gilead es un libro con más consideraciones de tipo religioso, pues es un pastor quien habla, por lo que buena parte de sus pensamientos y conversaciones tienen que ver con los sermones que predica, aunque son cuestiones que también abundan en En casa. Al respecto parece importante apuntar que la escritora fue educada como presbiteriana pero se hizo más tarde congregacionalista, por lo que conoce bien y admira las ideas de Calvino, y, a veces, predica en su iglesia de Iowa. Esto también quiere decir que los prejuicios y los conocimientos (o no-conocimientos) de tipo religioso que tengan los lectores pueden condicionar su lectura. El narrador de Gilead lo sabe: cuando una vez se deja llevar por ciertos pensamientos advierte al lector que, «teológicamente, se trata de un concepto por completo inaceptable. Me ha venido la idea a la cabeza, eso es todo. Pido disculpas por ello».

Una idea de fondo que ambas novelas subrayan es que no está claro que comprender sea perdonar y afirman que, más bien, perdonar es comprender: recuerda Glory que su padre le decía que «si perdonas tal vez todavía no comprendas, pero estarás abierto a comprender y ésa es una postura de gracia». Ahora bien, el hijo pródigo que representa Jack tiene un fondo poderoso de honradez interior: en Gilead dice de sí mismo a John Ames que el suyo era «un estado de categórica incredulidad. Ni siquiera creo en la no existencia de Dios, vea lo que le digo».

Marilynne Robinson. En casa (Home, 2008). Barcelona: Galaxia Gutenberg y Círculo de lectores, 2012; 367 pp.; trad. de Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí; ISBN: 978-84-8109-963-8, 978-84-672-4864-7. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 16 de agosto de 2012

Dos novelas leídas en los últimos meses que me han parecido asombrosamente buenas: Gilead y En casa, de Marylinne Robinson.

En Gilead el narrador es John Ames, pastor congregacionalista de Gilead, Iowa. En 1957, cuando tiene ya setenta y siete años y le han dicho que morirá pronto del corazón, escribe cartas para su hijo, que ahora tiene siete, con idea de que las lea cuando sea mayor. Rememora la historia de su padre y de su abuelo, también pastores, pero mientras su padre era pacifista su abuelo era un abolicionista radical que combatió en la guerra de Secesión. Habla de su propia vida: sus relaciones con su hermano Edward, mayor que él y ateo, la muerte temprana de su primera mujer y de su hija recién nacida, y, años más tarde, su matrimonio con la madre del chico, una mujer mucho más joven que él. Otro hilo es su amistad y vecindad con Robert Boughton, el pastor presbiteriano, un hombre recto con ocho hijos, uno de los cuales, Jack, le causó muchos problemas. Y el último de los temas, el que remueve profundamente su mundo interior, es, precisamente, el regreso de Jack, que vuelve cuando su padre está muy grave, después de veinte años desaparecido.

La densidad de muchos pasajes no va en detrimento de la claridad narrativa, verdaderamente notable, aunque las consideraciones de tipo filosófico y teológico, a partir de citas bíblicas y de obras de Calvino y de Feuerbach sobre todo, ciertamente podrían ser menos. También podría ser menor la inclinación del narrador a ver, en todo, metáforas de otras cosas pero, en cualquier caso, esto responde de lleno a su personalidad, por lo que tienen sobrada justificación y no son inoportunas ni cargantes. No faltan momentos de humor y, de hecho, uno de los rasgos más acentuados del protagonista es su capacidad de asombro ante las cosas más ordinarias. Así, puede pararse y decir: «Un centelleo de la mirada. Qué expresión más maravillosa. De vez en cuando, he pensado que era lo mejor de la vida, esa pequeña incandescencia que ves en los ojos de la gente cuando descubre el encanto de algo, o su humor. “La luz de los ojos alegra el corazón”. Es indiscutible».

El tono es sereno y reflexivo, como de balance y como con la intención de llegar al fondo de los motivos del comportamiento propio para mostrar a su hijo, en el futuro, cuáles son sus raíces, qué clase de persona fue su padre y en qué circunstancias vivió. Pero los acontecimientos del momento en que redacta la historia le llevan también a una sinceridad de fondo mucho mayor de lo que al principio pensaba. Uno de los rasgos que le definen, no el único, lo indica él mismo al final: «Yo mismo fui el buen hijo, por así decirlo. El que nunca abandonó la casa de su padre (aunque mi padre sí lo hizo, un hecho que seguramente pone mis credenciales fuera de toda duda). Soy uno de esos justos por quienes el regocijo en el Cielo será relativamente contenido. Y está bien que así sea. En el amor no hay justicia, ni proporción, y no es necesario que las haya porque cualquier ejemplo concreto es sólo un vislumbre, una parábola de una realidad inabarcable, impenetrable. No tiene ningún sentido porque es la irrupción de lo eterno en lo temporal. ¿Cómo habría, pues, de subordinarse a causa o efecto algunos?».

Marilynne Robinson. Gilead (2004). Barcelona: Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, 2010; 267 pp.; trad. de Montserrat Gurguí y Hernan Sabaté; ISBN: y 978-84-8109-903-4 y 978-84-672-4288-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 27 de mayo de 2011

El pájaro espectador,
de Wallace Stegner, es una buena novela que, sin embargo, se queda por debajo de En lugar seguro y Ángulo de reposo, mejor hiladas y más poderosas. Las tres tienen un narrador semejante —un hombre mayor, escritor, historiador o, aquí, agente literario— que, aparte de otras cosas, hace balance, reflexiona sobre la sociedad en la que vive, habla sobre su condición de padre y esposo, y hace frente al envejecimiento que le llega. El pretexto para eso es que, el protagonista, un hombre ya retirado, lee a su mujer los fragmentos de un diario que llevó durante un viaje que hicieron a Dinamarca poco después de la muerte de su hijo. Con ese motivo ajustan algunas piezas sueltas de sus vidas.

Quien haya leído las novelas citadas de Stegner (que son mejores para comenzar con él), disfrutará también con esta. En particular, encontrará diálogos matrimoniales magníficos. Un ejemplo: cuando el protagonista despotrica contra los conductores que le molestan, su mujer le dice: «”De qué te sirve? (…). ¡Si no te oyen! Sólo te sirve para molestarme a mí”. “Me sirve para soltar presión —le digo—, porque si no, reviento”. “¿Y esto que haces ahora no es reventar?”, me pregunta. Tiene razón. Tiene toda la razón. Encontrar faltas a los demás no es un modo de soltar presión, sólo sirve para aumentarla».
Otro: «Me gustaría ser capaz de aguantar a los tontos con mejor humor. Tiendo a despreciar a las personas cuyas mentes no funcionan al menos tan deprisa como la mía». Y, con otro motivo, dos páginas después su mujer le dice: «”A veces pienso que deberías seguir tu propio consejo”. “¿Qué consejo?” “Aguantar a los tontos con mejor humor. Empezando por ti”».

Wallace Stegner. El pájaro espectador (The Spectator Bird, 1976). Barcelona: Libros del Asteroide, 2010; 308 pp.; trad. de Fernando Gónzalez Fernández-Corugedo; ISBN: 978-84-92663-28-6. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 29 de octubre de 2010

Un árbol crece en Brooklyn
, novela que parece inspirada en la infancia y adolescencia de la autora, Betty Smith, es una narración amena y viva, que divierte y conmueve, que respira bondad pero que no escamotea la dureza.

Se ambienta en las dos primeras décadas del siglo XX y cuenta la vida de la familia formada por Johnny y Katie Nolan, y sus hijos Francie y Neeley. Se centra, sobre todo, en la infancia y adolescencia de Francie, pero también presenta muchas cosas del mundo interior de sus padres, en especial de su madre. El relato sigue los pasos del aprendizaje de la vida de Francie y los de las decisiones que va tomando su madre, con una determinación extraordinaria, para sacar a sus hijos adelante. Aunque con menos detalle, otros personajes están bien perfilados, en especial el padre, bondadoso pero alcohólico, y la tía Sissy, una mujer de gran corazón pero con una vida revuelta.

Se narran escenas escolares que parecen estar en el origen de la novela. Una es cuando una profesora, después de que Francie primero le mintiera y luego le confesara la verdad, le dice: «cuando suceda algo, cuente lo sucedido exactamente, pero escriba usted lo que crea que debería haber sucedido. Diga la verdad y escriba el cuento». Otra es cuando otra profesora le intenta convencer de que no hay belleza en la escritura sobre gente y ambientes sórdidos, y Francie acaba pensando que la verdadera literatura es la que habla de las experiencias humanas verdaderas: el libro parece como un intento de transmitir la poesía y la épica de la vida de los barrios y las gentes humildes, que sólo pueden conseguir sus sueños de mejora social a partir de un gran empeño personal, y de un fuerte y sostenido apoyo familiar.

Hay escenas inolvidables. Algunas son las relacionadas con el rechazo de Katie y de Francie a manifestaciones de clasismo condescendiente: por ejemplo, la que cuenta los comentarios despectivos de un médico y una enfermera sobre la suciedad de los niños a los que tienen que vacunar. Pero, en especial, se quedan en la memoria las que tienen que ver con el aprendizaje lector de Francie: es graciosa la de que «antes de acostarse, Francie y Neeley tenían que leer una página de la Biblia y otra de Shakespeare. Era una regla. Katie había leído las dos páginas todas las noches hasta que ellos fueron capaces de hacerlo solos. Para ganar tiempo Neeley leía la Biblia y Francie leía Shakespeare. Hacía seis años que leían noche tras noche; habían llegado a la mitad de la Biblia y en las obras completas de Shakespeare estaban en Macbeth».

Betty Smith. Un árbol crece en Brooklyn (A Tree Grows in Brooklyn, 1943). Barcelona: Lumen, 2008; 505 pp.; trad. de Rojas Clavell; ISBN: 978-84-264-1678-0.

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viernes, 10 de septiembre de 2010

Cuatro hermanas,
de Jetta Carleton, es el único libro de su autora, como lo fue Matar un ruiseñor, de Harper Lee.

En ella se cuenta la vida de la familia Soames. La pequeña, Mary Jo, cuenta el primer capítulo en primera persona: hacia 1950, una reunión familiar en una granja en Misuri, que sirve para presentar a sus padres, Matthew y Callie, a sus hermanas mayores, Jessica y Leonie, y a un hijo de Leonie; y para enterar al lector de que había otra hermana Mathy, que falleció joven y tuvo un hijo, Peter, que ahora está de viaje por Europa. Los capítulos posteriores, en tercera persona, se centran en cada uno de los demás miembros de la familia.

Es una buena narración, cálida y cordial, en la que todo va desplegándose con orden. Los personajes quedan bien dibujados en sus distintos modos de ser y resultan cercanos. Los más sensatos tienen sus momentos de insensatez y, como consecuencia, se producen algunos intensos arrepentimientos como los de las heroínas de Jane Austen. Los diálogos son, al mismo tiempo, naturales y precisos: revelan bien a quienes hablan, hacen progresar la historia, presentan hasta dónde alcanzan los personajes en sus intentos de recomponer el rompecabezas de sus vidas. Y de fondo, con altibajos y limitaciones, un factor sin el que nada se comprendería: la confianza en Dios de Matthew y Callie.

Jetta Carleton. Cuatro hermanas (Moonflower Vine, 1962). Barcelona: Libros del Asteroide, 2009; 416 pp.; trad. de María Teresa Gispert; ISBN: 978-84-92663-04-0.

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viernes, 3 de septiembre de 2010

El buen ladrón,
de Hannah Tinti, es una novela que se desarrolla en Nueva Inglaterra, en el siglo XIX, y cuyos protagonistas son pícaros con grandes dosis de humanidad aunque saqueen cementerios y cadáveres, como algunos personajes dickensianos de Historia de dos ciudades o de Nuestro común amigo.

Comienza en un orfanato llevado por unos frailes, donde un chico de doce años al que le falta una mano, Ren, es reclamado un día por un tipo con mucha labia, Benjamín, que dice ser familiar suyo. Ren acaba siendo cómplice de las andanzas de Benjamin y su socio Tom, que ganan dinero desvalijando cadáveres o, incluso, los cadáveres completos (fresquitos, porque si no, no sirven) para venderlos a un médico con intereses científicos.

A pesar de lo grotesco de tipos y situaciones, y de que también hay momentos de crueldad, la novela se deja leer bien. Está bien contada, tiene pasajes y ambientes originales —como el de la fábrica de ratoneras—, tiene momentos propios de cuento popular —como los de un enano que baja cada noche por la chimenea—, y toda ella está guiada por la incógnita de siempre: ¿quiénes fueron los padres de Ren?

Hannah Tinti. El buen ladrón (The Good Thief, 2008). Barcelona: Anagrama, 2008; 360 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Jesús Zulaika; ISBN 978-84-339-7529-4.

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viernes, 29 de enero de 2010

Winesburg, Ohio,
de Sherwood Anderson, es una novela compuesta por más de veinte relatos o escenas que se desarrollan en la ciudad de Winesburg. La mayoría tratan, directa o indirectamente, sobre George Willard, un joven periodista. El narrador presenta una vida provinciana gris y con escasos alicientes, y una gente bondadosa pero sin muchas luces: resulta lógico que, al final, el periodista deje su pueblo para marcharse a la ciudad en busca de nuevos horizontes, o tal vez se desea sugerir que, sin el cronista, lo que pueda ocurrir en el pueblo quedará enterrado para siempre.

La he leído con interés pues conocía su valor y su influencia en tantas novelas posteriores con igual aspecto de mosaico. Los personajes tienen vida y las piezas encajan para fijar un retrato concreto de un pueblo: el que se opone al de las historias que pintan la vida provinciana como idílica y a sus habitantes como más naturales y sencillos que los estirados y vanidosos de la gran ciudad; el que presenta un mundo que parece terminarse y unos personajes que viven abrumados por la soledad.

En este sentido la novela de Anderson tiene la falta de objetividad propia de quien gasta demasiadas energías en rebajar a sus paisanos. Además, tiene la falta de perspectiva que da no coger altura: indirectamente lo señala el mismo autor en la dedicatoria a su madre cuando indica que sus «agudas observaciones acerca de todo lo que la rodeaba» despertaron su «inquietud de mirar por debajo de la superficie de las vidas ajenas», a ras de tierra podríamos decir. Contiene, sí, observaciones valiosas sobre algunos cambios sociales a peor: «en nuestros días, un granjero junto a la estufa de una tienda de su pueblo tiene la cabeza llena a rebosar de opiniones ajenas. Los periódicos y revistas se la han llenado de pájaros».

Al releer lo anterior me pregunto si este comentario está condicionado por la lectura previa de Ángulo de reposo, que tan buena impresión me dejó, o si mi visión un tanto negativa del planteamiento quejoso de la historia se debe a ser yo mismo provinciano y a que, al leerla, la contrastaba con novelas ambientadas en la misma época y en ciudades semejantes como, por ejemplo, La comedia humana. Sea como sea, buen libro.

Sherwood Anderson. Winesburg, Ohio (1919). Barcelona: Acantilado, 2009; 256 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 978-84-92649-16-7.

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viernes, 9 de octubre de 2009

El verano pasado leí los relatos cortos de Tobias Wolff recopilados en Aquí empieza nuestra historia. La reseña que le dedicó Juan Manuel de Prada explica bien los méritos de la obra de Wolff y su permanente interés en tratar de una y otra forma sobre la verdad y la mentira en la vida cotidiana. Mi recepción es más tibia: me interesaron los relatos, pues Wolff es un escritor serio, pero ninguno me ha gustado mucho salvo, tal vez, «En el jardín de los mártires norteamericanos» y «Mortales», cosa que pensé antes de leer la reseña que cito arriba, que también los destaca.

Quizá mi opinión tenga su origen en que, a la hora de presentar la vida cotidiana norteamericana, valoro mucho más las obras de Richard Ford, en especial Acción de gracias (novela que continúa El periodista deportivo y El día de la independencia). Es una narración que me parece una honrada descripción de todo lo que puede dar de sí la vida cuando falta una visión trascendente bien fundamentada, y una buena presentación de todo el voluntarismo que hay que poner para no caer en la desesperanza y sobrevivir... El autor no da soluciones porque no esa su función, y también porque no las tiene, y simplemente pone delante del lector a personajes como el protagonista —un tipo que cae bien— y como Sally, su segunda mujer, atrapados «en el gran remolino de la contingencia, hondo y confuso, que recibe la afluencia de otros torrentes de incertidumbre, unos visibles, otros discurriendo muy por debajo de la superficie para que puedan identificarse».

Tobias Wolff. Aquí empieza nuestra historia (Our Story Begins. New and Selected Stories, 2008). Madrid: Alfaguara, 2009; 472 pp.; trad. de Mariano Antolín Rato; ISBN: 978-84-204-2274-9.
Richard Ford. Acción de gracias (The Lay of the Land, 1995). Barcelona: Anagrama, 2006; 733 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Benito Gómez Ibáñez; ISBN: 978-84-339-7481-5.

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viernes, 13 de marzo de 2009

No había leído hasta hace pocas semanas La casa de los siete tejados, una de las primeras grandes novelas norteamericanas. Gran error, porque incluso es mejor que La letra escarlata, la novela más conocida de Nathaniel Hawthorne. En común tienen que las dos se sitúan en Nueva Inglaterra en el siglo XVIII y hablan del peso del pasado, pero si La letra escarlata retrata un mundo puritano asfixiante, La casa de los siete tejados se centra en un personaje alegre y vivaz cuya conducta rompe cualquier fatalismo y devuelve la alegría de vivir a quienes trata: en buena parte gracias a la joven Phoebe, la maldición que parece recaer sobre la casa que construyera el fundador de la familia Pyncheon termina deshaciéndose.

Hawthorne se caracteriza por una gran intensidad en la penetración psicológica, por la claridad y la ponderación a la hora de mostrar la crueldad o la mezquindad de los comportamientos humanos, y por contar las cosas reflexiva y lentamente —demasiado tal vez para ciertos lectores—, con unas magníficas descripciones, de tipos humanos o de atmósferas, en las que vale la pena detenerse. Además, toda la narración está repleta de observaciones llenas de un buen humor irónico, amable o más acerado según convenga: «en la vida de puertas adentro hay pocos panoramas más agradables que una mesa de desayuno bien provista»; o «esas naturalezas transparentes pueden resultar muy decepcionantes; los guijarros del fondo de la fuente suelen estar más alejados de nosotros de lo que creemos; o «para cualquier círculo familiar no existe peor pesadilla que un pariente tenaz».

Es una pena que la edición, que viene con una buena traducción, tenga tantas erratas.

Nathaniel Hawthorne. La casa de los siete tejados (The House of the Seven Gables, 1851). Barcelona: Mondadori, 2008; 355 pp.; trad. de Verónica Casales Medina; ISBN: 978-84-397-2142-0.

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