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Notas del archivo 'Anthony Trollope' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 20 de marzo de 2015

La señorita Mackenzie,
de Anthony Trollope, es Margaret Mackenzie, una mujer que al principio el narrador presenta como poco atractiva pero que luego va mostrando de modo cada vez más favorable. A los 36 años recibe una gran herencia después de cuidar a su hermano Tom, enfermo durante mucho tiempo. Se plantea entonces dar un giro a su vida y, como Londres le parece una ciudad demasiado grande, decide trasladarse a Littlebath, donde entra en contacto con el reverendo Stumfold y su grupo de fieles seguidoras. Pero, dada su nueva situación, tiene varios pretendientes: su primo John Ball, hijo de un baronet, viudo con nueve hijos; el socio de su hermano, Samuel Rubb; un clérigo de Littlebath, el señor Maguire. Hacia la mitad de la novela también ocurre que surgen problemas con la herencia que había recibido.

A quien haya leído otras obras del autor no es necesario decirle que los temas son los típicos —el peso del dinero y de la diferencia de clases sociales en los enamoramientos y a la hora de concertar matrimonios—, y que los rasgos constructivos son iguales a los de sus demás relatos —excelente y pausada narración, intromisiones continuas del narrador dando su opinión, nombres significativos como el del lento abogado Slow, aparición de personajes de otras novelas del autor, etc.—. Y, como siempre, lo que tiene mucho interés es lo bien que se pone de manifiesto el mundo interior de una heroína —dudas, vacilaciones, temores…— que va ganando aplomo según las circunstancias la obligan.

Hay que decir, también, que algunos contrincantes a los que la señorita Mackenzie ha de hacer frente son dialécticamente formidables. Cuando la señora Stumfold la visita, se nos dice que «la señorita Mackenzie pensó que probablemente podría obedecer al hombre de iglesia, pero sin duda se rebelaría contra la mujer de iglesia». Y, sobre todo, la madre de su primo John, lady Ball: «Hay mujeres, de alto abolengo pero de escasa fortuna, dotadas hasta tal punto de esta gracia específica para la aristocracia, que demuestran con cada palabra, con cada paso, con cada movimiento de cabeza que se encuentran entre las grandes de este mundo y que el dinero no tiene nada que ver con ello. La anciana lady Ball no gozaba de este don ni podía pretenderlo». Pero eso no le impide, ni mucho menos, ser de un agresivo que asusta.

Al igual que en El Custodio, también en esta novela estalla una polémica en la prensa con ocasión de una carta que manda el señor Maguire a un periódico local: «El periódico en cuestión no era un diario malvado, ni los editores tenían gran interés en publicar intencionadamente noticias calumniosas o malvadas; pero estaban sujetos a esas grandes tentaciones que asolan a los periódicos de su clase y que parecen particularmente difíciles de evitar en referencia a los asuntos religiosos».

Anthony Trollope. La señorita Mackenzie (Miss Mackenzie, 1864). Morcín (Asturias): dÉpoca, 2014; 468 pp.; col. Biblioteca Trollope; trad. de Rosa Sahuquillo y Susana González; prólogo de Sarah Manzano; ISBN: 978-84-938972-7-7. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 9 de enero de 2015

Hace años un amigo inglés, muy culto y gran lector, me ponderó a Anthony Trollope por encima de otros autores victorianos que yo conocía relativamente bien, como Dickens o George Eliot, y me insistió en que su obra era cada vez más valorada. Tardé tiempo en ponerme a leer sus obras —sólo he visto seis traducidas en España, sé que hay otras dos en ediciones antiguas que no he conseguido, y sé que se acaba de publicar una más que no he leído aún y que, en la misma editorial, dÉpoca, se anuncian varias  en una Biblioteca Trollope— y, efectivamente, han sido unas lecturas de lo más interesante. Además de lo que ya he señalado en las reseñas previas, añado ahora un comentario que hace Chesterton en The Victorian Age in Literature.

Allí dice, que, dentro de sus límites más estrechos, Trollope fue un realista más estricto y magistral que Thackeray hasta el punto de que logra comunicar una viveza enorme a los que podríamos llamar sus personajes más típicos. Era el suyo un mundo silencioso pero bullicioso: el de la vida política antes de que se viera agitada por la llegada de la cuestión irlandesa y de las ideas socialistas; y el de la Iglesia anglicana posterior a la conmoción causada en ella por el Movimiento de Oxford. En este terreno es revelador, sigue Chesterton, cómo, aunque los clérigos que Trollope presenta son, en su gran mayoría, hombres buenos, en realidad nunca se nos ocurre pensar en ellos como en los sacerdotes de una religión.

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viernes, 26 de diciembre de 2014

Ojo por ojo fue una novela que Anthony Trollope escribió en Irlanda, donde trabajó unos años, y que tardó varios años en publicar debido a su contenido.

El prólogo, muy corto, habla de una mujer que no hace más que repetir «ojo por ojo» en una institución psiquiátrica. Conocemos luego al conde Scroope, un hombre riquísimo y ya muy mayor, y a su sobrino y recién nombrado heredero, el joven teniente de caballería Fred Neville. Fred pide a su tío seguir durante un año en Irlanda, donde se aloja su guarnición, antes de hacerse cargo de sus propiedades y su tío acepta. Pero tanto el conde como su mujer se inquietan cuando les llegan noticias de que Fred corteja en serio a Kate O’Hara, una chica católica, de clase baja y orígenes oscuros, que vive sola con su madre en una casita junto a la costa. Empujado por los acontecimientos, Fred acaba formulando promesas contradictorias a Kate y a sus tíos.

Novela más breve, con menos personajes, menos humorística y más melodramática que las otras ya citadas del autor. En ella se pone de manifiesto cómo Trollope se deja llevar por su trama sin intentar embellecer el desenlace. También revela el conocimiento que tenía del mundo católico irlandés, que presenta bien por medio del consejero y confesor de las O’Hara, el padre Marty. No deja de hacer notar con claridad los prejuicios ingleses hacia él: «los católicos, y sobre todo los católicos irlandeses, eran gente a la que, según pensaba [lady Scroope], todos deberían temer en esta vida, y para los que había que temer de todo en la siguiente».

El núcleo está en la personalidad del protagonista, que «no era ningún villano, sino sencillamente un joven demasiado indulgente consigo mismo y malcriado que no quería saber nada de las obligaciones de la vida». Y el conflicto, como es habitual en el autor, deriva de los prejuicios aristocráticos: «Inglaterra es lo que es porque todavía quedan algunos entre nosotros que nacen para pertenecer a la clase superior y que saben estar a la altura del nivel que se les exige», dice lady Scroope. Trollope vuelve a señalar que hay asuntos en los que «las mujeres son siempre muy duras con otras mujeres, y sobre todo contra aquellas que creen pertenecientes a una clase inferior a la suya».

Además de lo anterior, los conflictos morales que se plantean a los héroes son de los que sirven para ilustrar el comentario de Allan Blom que figura en la nota «Otra razón más» acerca de las dificultades que tienen algunos jóvenes para entender y apreciar novelas del pasado, en especial aquellas cuyo núcleo está en la fidelidad a unos compromisos adquiridos y en la lealtad que se debe a las personas afectadas.

Anthony Trollope. Ojo por ojo (An Eye for an Eye, 1870). Madrid: Alianza, 2014; 272 pp.; col. 13/20; trad. de Miguel Ángel Pérez; ISBN: 978-8420682938. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 19 de diciembre de 2014

El doctor Thorne,
de Anthony Trollope, es la tercera novela de las Crónicas de Barsetshire. En su argumento tiene pocos puntos de coincidencia con las previas: algunos personajes de novelas anteriores, citados de pasada, están como al fondo del escenario. Igual que decía de Las torres de Barchester, también esta es considerada la mejor del autor por una parte de sus seguidores y críticos.

Los héroes de la historia, personajes sólidos, son el doctor Thorne, un médico rural en quien confían todos, y su sobrina Mary, a quien adoptó siendo recién nacida. El núcleo del conflicto es que Frank Gresham, el heredero del señorío de Greshamsbury, y Mary, que creció siendo compañera de juegos de la hermana de Frank, se enamoran. Pero la familia de Frank, muy apurada económicamente, necesita que se case con una mujer rica y noble, y, especialmente su madre, lady Arabella, está dispuesta a todo para conseguir sus objetivos. A todo esto, el doctor Thorne es como un administrador-consejero de las finanzas de los Gresham, y también acaba siéndolo de las de Roger Scatcherd, un constructor vecino que hizo fortuna, que fue nombrado barón, y que aspira a ser elegido diputado, pero cuya vida está siendo destrozada por la bebida. Además, sin él saberlo, es también tío de Mary.

Los rasgos narrativos y constructivos son los mismos de otras novelas de la serie. Además, la pequeña introducción que viene con la edición que cito subraya con acierto el gran talento de Trollope para «dibujar personajes convincentes cuya autenticidad se mantiene sin altibajos a través de sucesivas novelas», lo bien que retrata tanto la evolución de sus personajes como sus fisonomías morales, cosa que consigue «por lo que hacen y dicen, por lo que dicen que hacen y dicen, y mediante comentarios humorísticos e irónicos del narrador». También indica, y la misma narración lo deja claro, que tanto el doctor Thorne como su sobrina son el tipo de personas íntegras que más valora el autor.

Luego, una novela como esta explica por qué Chesterton dijo, a propósito de Trollope, que «lo que los historiadores serios han disfrazado el novelista frívolo lo ha detectado», que las historias de los primeros son ficción pero las ficciones del segundo son historia. Cuando la moda en la época victoriana era decir que lo más importante de Inglaterra era su clase media y no su aristocracia, las novelas de Trollope pusieron de manifiesto, y dejaron constancia para la historia, de cómo una clase gobernante gobierna más completamente cuanto más afirma que no gobierna en absoluto y de cómo el sistema político no tenía nada de democrático y sí mucho de gran farsa.

Así, se ve que hay quienes actúan como emperadores o como dioses en el Olimpo, como el duque de Omnium, el aristócrata más rico de Inglaterra: «la Reina podia seguir siendo la reina en la medida en que él era el Duque de Omnium». También se subraya mucho la conciencia de sí misma que tenían los, y más todavía las, aristócratas: una escribe a otra diciéndole que no debe casarse con alguien inferior a ella pues «si nos comportáramos así, ¿a dónde iríamos a parar? El designio de Dios nos ha hecho nacer con sangre noble en nuestras venas…». Luego, la novela describe con una fina ironía la política propia de las elecciones locales: «está mal, por supuesto, que alguien rico compre votos, como está mal que alguien pobre los venda. Rechacemos tales métodos con sincero disgusto», apunta el narrador.

Anthony Trollope. El doctor Thorne (Doctor Thorne, 1858). Madrid: Rialp, 2003; 515 pp.; col. Narraciones y novelas; trad. de María Cristina Graell; ISBN: 84-321-3454-6. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 12 de diciembre de 2014

Las torres de Barchester, de Anthony Trollope, la segunda novela de las Crónicas de Barsetshire, es más larga y enredada que la primera. Es una de las mejor consideradas por los seguidores del autor aunque también hay que decir su tema de fondo, las discusiones y rivalidades en el interior de la iglesia anglicana, la pueden alejar de lectores de otros ámbitos.

El relato se inicia con la llegada de un nuevo obispo a Barchester, el doctor Proudie, que viene acompañado de una esposa muy dominante y un ambicioso secretario particular, el señor Slope. Las decisiones que toman y los modos de actuar de los tres alteran mucho la vida local: hacen regresar de Italia a un clérigo de la diócesis que llevaba tiempo allí, el doctor Stanhope, que vuelve con su extraña familia; se plantean si nombrar un nuevo Custodio y dejar o no de lado al doctor Harding; el señor Slope se da cuenta de que sería ventajoso un matrimonio con la hija de Harding, Eleanor Bold, actualmente viuda; el doctor Grantly hace venir a otro clérigo de Oxford, Francis Arabin, para contrarrestar a Slope, etc.

De nuevo los nombres son significativos del carácter o de algo peculiar de los personajes, y abundan los comentarios del narrador, con referencias a la literatura inglesa previa y al mundo clásico para poner ejemplos, o con intervenciones irónicas y aclaratorias. Se pone de manifiesto que la religiosidad anglicana del momento, y que pinta el autor, era una religiosidad formal y vinculada con el gran valor que sus personajes dan a la respetabilidad social. El hilo argumental discurre, con frecuencia, siguiendo las consecuencias que se derivan de las malas interpretaciones de los sentimientos y conductas entre unos y otros, hasta que, al final, hay un arrepentimiento de la heroína, Eleanor Bold, semejante a los de las protagonistas de Jane Austen.

No faltan comentarios que hacen valiosas las novelas para un lector de ahora. Por ejemplo, este: «Un hombre es condenado si se consigue demostrar que, ya sea en política o en religión, no pertenece a alguna nueva escuela fundada en años recientes. En ese caso, ya puede considerarse basura y esperar a que venga el carro a llevárselo. Hoy en día un hombre no es nada a menos que sea capaz de apreciar de pleno la nueva era tal y como es, una era en la que, al parecer, ni la honradez ni la verdad son muy deseables, y en la que el éxito es el único mérito importante».

La novela también sirve para ver una diferencia del autor con otros de su mismo tiempo, y de ahora, que aquí revela él mismo cuando, al llegar a una encrucijada, dice que «quizá sea conveniente que se le permita a este novelista que explique su punto de vista sobre una cuestión fundamental del arte de narrar historias. Me atrevo a reprobar ese sistema que llega al extremo de violar toda la confianza que debe haber entre el autor y sus lectores al mantener casi hasta el final del tercer volumen el misterio sobre el destino que aguarda a su personaje favorito. E incluso mayores y peores cosas llegan a hacerse con demasiada frecuencia». Cualquier embaucamiento literario que, una vez descubierto, queda destruido, dice Trollope, nos hace perder el interés tanto en el lienzo como en el velo… Por eso, continúa, «nuestra doctrina es que autor y lector deberían avanzar juntos en plena confianza mutua. Que los personajes de la obra vivan entre ellos la comedia de errores más completa que pueda darse», pero que el espectador no se convierta en un primo más pues «el papel de primo nunca es muy digno».

Anthony Trollope. Las torres de Barchester (Barchester Towers, 1857). Madrid: Cátedra, 2007; 664 pp.; col. Letras Universales; edición y trad. de Miguel Ángel Pérez Pérez; ISBN: 978-84-376-2413-6. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 5 de diciembre de 2014

En opinión de George Orwell, El Custodio es una de las mejores novelas de Anthony Trollope. Fue la cuarta que escribió y la primera de las Crónicas de Barsetshire, unas historias que se desarrollan en un condado inglés ficticio.

El Custodio es Septimus Harding, un hombre mayor, dubitativo, muy buena persona, encargado de la dirección de una institución caritativa fundada siglos atrás. Pero las cosas han cambiado y tanto él como el obispado de Barchester están recibiendo unas rentas mucho más altas de las previstas inicialmente. John Bold, un médico joven, enamorado de la hija menor de Harding, Eleanor, decide denunciar la injusticia de la situación y la prensa importante del país le secunda. Pero el arcediano, el doctor Grantly, hombre de confianza del Obispo y casado con la otra hija de Harding, está dispuesto a presentar batalla.

Las figuras principales están bien perfiladas y la trama es ordenada. Hay tensión creciente, tanto en la evolución de los mundos interiores de los protagonistas como en la de los acontecimientos externos que hilan el relato. La narración abunda en alusiones cultas, literarias o históricas. Los nombres de los personajes están elegidos para poner al descubierto algún aspecto importante de sus modos de ser. Un ejemplo de las muchas intrusiones del narrador, características de Trollope, es este modo de comenzar el último capítulo: «Nuestra historia ha concluido y sólo nos queda recoger los hilos dispersos y atarlos formando un nudo decoroso. No será un trabajo fatigoso para el autor ni para sus lectores; no nos hemos ocupado de muchos personajes ni de acontecimientos sensacionales y si no fuera por la fuerza de la costumbre, podríamos dejar a la imaginación de los interesados suponer cómo evolucionaron las cosas en Barchester».

Pero tal vez lo más destacable sea el retrato indirecto de la vida en la Inglaterra victoriana que la novela deja en la mente del lector. A veces a través de personajes que intervienen en el relato, como Tom Towers, periodista del Júpiter (en realidad The Times) —que «caminaba por la vida un día tras otro, esforzándose con empeño por parecer un hombre, pero sabedor en su interior de que era un dios»—, o el abogado expertísimo, Sir Abraham Haphazard —que «nunca discutía con su esposa, pero tampoco conversaba con ella: carecía de tiempo para hablar porque estaba demasiado ocupado discurseando»—. Y otras veces, mediante las alusiones a figuras que eran tan prominentes como instituciones, como la del doctor Pesimista Antihipocresía, caricatura de Thomas Carlyle —cuya «popularidad le ha impedido que vuelva a hacer nada realmente útil, como les ha sucedido a muchos otros»—, y, sobre todo, la del señor Sentimiento Popular, Dickens, cuyo gran atractivo, afirma el narrador, está en «sus personajes de segunda fila (…), tan sencillos y naturales como las personas que encontramos por la calle: andan y hablan como hombres y mujeres, y viven entre nuestros amigos una existencia llena de animación y colorido».

Anthony Trollope. El custodio (The Warden, 1855). Madrid: Alfaguara, 2004; 295 pp.; trad. y notas de José Luis López Muñoz; ISBN: 84-204-0206-0. [
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jueves, 27 de noviembre de 2014

El amor de un hombre de cincuenta años es una de las últimas novelas de Anthony Trollope. Está centrada en la vida de William Whittlestaff, un hombre respetable que nunca llegó a casarse y que vive atendido por la eficaz y gruñona señora Baggett. Cuando Mary Lawrie, hija de un amigo de Whittlestaff, se queda huérfana y ha de vivir en su casa, se acaba enamorando de ella y le pide matrimonio. Como ella no ha tenido noticias de John Gordon, un joven al que quería y que se fue de Inglaterra tiempo atrás, termina por acceder. Pero, justo cuando acaba de hacerlo, reaparece.

Narración calmada en la que la intensidad de los conflictos interiores de los protagonistas va en aumento. Hay cambios de perspectiva para ir presentando las cosas tal como las ven cada uno de los tres. Se aprecia mucho la importancia que todos dan tanto a comportarse siempre lealmente como a lo que los demás piensan de sus comportamientos. Los personajes que dan el contrapunto a los protagonistas son Montagu Blake, un clérigo joven hablador y algo fatuo, y, sobre todo, la señora Baggett, cuyas intervenciones son notables. Por ejemplo, al ver las dudas de Mary Lawrie dice: «no hay nada que odie más que los devaneos románticos. ¡Y se cede porque un tipo joven mide seis pies de altura! Odio los romances y, sobre todo, la belleza, tal como la llaman, y todo lo demás».

Anthony Trollope. El amor de un hombre de cincuenta años (An Old Man’s Love, 1884). Madrid: Funambulista, 2012; 281 pp.; col. Grandes Clásicos; trad. de Alma Fernández Simón y Maite Roig Costa; ISBN: 978-84-940293-8-7. [
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jueves, 20 de noviembre de 2014

Comienzo, con este comentario, una miniserie sobre Anthony Trollope. Noviazgo y matrimonio contiene siete relatos suyos que aparecieron primero en revistas y luego en libros con varias historias. Tienen lugar en distintos escenarios —Estados Unidos, Nueva Zelanda, Pirineos, Viena, Panamá, ciudades inglesas—; sus protagonistas tienen caracteres muy distintos —unos dominantes, otros tímidos, otros audaces…—, y desenlaces variados: unos felices, otros trágicos, otros abiertos.

Es un libro que sirve para tomar el pulso al autor y hacerse cargo de sus rasgos principales: calidad y claridad de la narración —con narradores que se hacen notar y no temen explicarse—, mundos interiores bien descritos —de los que hacen pensar en lo que piensan los demás y por qué piensan como piensan—, personajes muy pendientes de la estimación social, ironía cordial que puede apuntar en cualquier dirección.

Entre otras frases de las que tomé nota: «St. Thomas es muy bonito desde el mar; y no puede decirse nada más en su favor»; «es asombroso lo mucho que pueden odiarse dos mujeres jóvenes sin que ello les impida darse un beso de despedida»; «cuando la timidez de una joven deja paso a la verdadera intimidad, su capacidad de conversar es generalmente ilimitada»; «nadie debe suponer que, cuando alguien se traga un atizador, sólo lo pasan mal sus acompañantes. El proceso también es doloroso para él. No puede respirar cómodamente mientras el atizador sigue allí».

Anthony Trollope. Noviazgo y matrimonio. Barcelona: Alba, 2011; 392 pp.; col. Clásica; trad. de Marta Salís; ISBN: 978-8484283157. Son estos relatos: El noviazgo de Susan Bell (The Courtship of Susan Bell, 1860), La Mère Bauche (1861), La hija del pastor de Oxney Colne (The Parson’s Daughter of Oxney Colne, 1861), El viaje a Panamá (The Journey to Panama, 1861), La señorita Ophelia Gledd (Miss Ophelia Gledd, 1863), Lotta Schmidt (1866), Catherine Carmichael, o el paso de tres años (1878), Las dos heroínas de Plumplington (The Two Heroines of Plumplington, 1882). [Vista del libro en amazon.es]

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