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Notas del archivo 'Arte moderno' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 30 de junio de 2016

En su momento hablé de ¿Qué estás mirando?, de Will Gompertz: en Un gran juego (1) y Un gran juego (2). He leído ahora Piensa como un artista, un libro cortito con anécdotas sabrosas y  observaciones valiosas acerca del modo en el que trabajan artistas de distinto tipo. Esta reseña da idea de su contenido. Lo he leído con interés: el libro es valioso pues sin duda el autor sabe de lo que habla e historias como la de Theaster Gates valen su peso en oro, pero, a bote pronto, no me gustan o no entiendo bien algunas cosas.

Una, que por momentos tiene un tono de libro de autoayuda: si yo supusiera que «todos tenemos talento creativo, no hay duda», entonces concluiría que el talento creativo no es nada y el libro no me interesaría; por suerte, muchas de las cosas que se cuentan en él desmienten tal comentario.

Otra, tan frecuente al hablar de arte moderno, es la falta de jerarquía: los expertos saben, y saben decirte, quien vale más y quién vale menos y por qué; me pregunto si eso no puede decirse con tanta claridad en un libro como este debido a que, parcialmente al menos, depende de las relaciones personales o profesionales con algunos de los artistas de quienes se habla.

Y otra más es que no dudo del ingenio de muchos publicistas, ni del talento de los fundadores de algunas grandes empresas tecnológicas y tantas start-ups, etc., pero ¿de verdad «podemos argumentar sin temor a error que el cambio hacia una comunidad creativa más ampliamente entendida está dándose ya en el mundo empresarial»? Total: ¿de qué hablamos cuando hablamos de «creatividad»? ¿no es, ahora mismo, una palabra-baúl más, «crea-actividad», que bien podría figurar en Alicia en el país de las maravillas?

Will Gompertz. Piensa como un artista (Think Like an Artist, 2015). Barcelona: Taurus, 2015; 206 pp.; trad. de Miguel Marqués; ISBN: 978-84-306-1761-6. [
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sábado, 16 de agosto de 2014

Octavio Paz: «Lo que distingue a nuestra modernidad de la de otras épocas no es la celebración de lo nuevo y sorprendente, aunque también eso cuente, sino el ser una ruptura: crítica del pasado inmediato, interrupción de la continuidad. El arte moderno no sólo es el hijo de la edad crítica sino que también es el crítico de sí mismo». Lo paradójico es que, «nuestra época ha exaltado a la juventud y sus valores con tal frenesí que ha hecho de ese culto, ya que no una religión, una superstición; sin embargo, nunca se había envejecido tanto y tan pronto como ahora. Nuestras colecciones de arte, nuestras antologías de poesía y nuestras bibliotecas están llenas de estilos, movimientos, cuadros, esculturas, novelas y poemas prematuramente envejecidos».

Octavio Paz. Los hijos del limo: del Romanticismo a la vanguardia (1974 y 1981). Barcelona: Seix Barral, 1981, 3ª ed.; 240 pp.; col. Biblioteca breve; ISBN: 8432203890.

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sábado, 9 de agosto de 2014

Ramón Gaya: «Todo el arte moderno es fragmentario, entrecortado, inorgánico por eso, porque se apoya siempre en la personalidad; considerado desde un punto de vista más alto, el arte moderno parece como un gran baile de máscaras, es decir, como un gran muestrario de personalidades, con lo que tiene el carnaval de absurdo, de anacrónico; y los asistentes a ese sarao parecen haber volcado todo su talento en la manía de la diferenciación. Pero la verdadera originalidad es otra cosa más interior, más secreta, y tan honda que es en realidad lo último que aparece en un artista. Desconfiemos, pues, de los originales prematuros, ya que nos traen cosas nuevas por carecer de cosas eternas; posiblemente ése fue el drama de Rimbaud».

Ramón Gaya. «Carta a un Andrés (y otros escritos)», Obra completa. Valencia: Pre-Textos y Madrid: Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2010; 986 pp.; edición al cuidado de Nigel Dennis e Isabel Verdejo; prólogo de Tomás Segovia; ISBN: 978-84-8191-969-1 (Pre-Textos) y 978-84-92827-73-2 (SECC). [Vista del libro en amazon.es]

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BaumanCultura.JPG
sábado, 19 de abril de 2014

Explica Zygmunt Bauman en La cultura en el mundo de la modernidad líquida que tanto los creadores como los receptores del arte hoy adoptan una distancia irónica o cínica. Y continúa:

«Si se dice algo en relación con la superioridad de una forma de arte sobre otra, se expresa sin pasión y sin brío; por otra parte, las visiones condenatorias y la difamación son menos frecuentes que nunca. Tras este estado de las cosas se esconde una sensación de vergüenza, una falta de confianza en sí mismo, una suerte de desorientación: si los artistas ya no tienen a su cargo tareas grandiosas y trascendentes, si sus creaciones no sirven a otro propósito que brindar fama y fortuna a unos pocos elegidos, además de entretener y complacer personalmente a sus receptores, ¿cómo han de ser juzgados si no es por el bombo publicitario que acaso reciben en un momento dado? Tal como sintetizó diestramente Marshall McLuhan esta situación, “el arte es cualquier cosa que le permita a uno salirse con la suya”. O tal como Damien Hirst —actual niño mimado de las más elegantes galerías londinenses y de quienes pueden darse el lujo de ser sus clientes— admitió cándidamente al recibir el Premio Turner, prestigioso galardón británico de arte: “Es asombroso lo mucho que se puede hacer con un promedio escolar regular en artes, una imaginación retorcida y una sierra”». (De Hirst se habla también, como era de esperar, en el libro comentado en Un gran juego (1)).

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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sábado, 1 de noviembre de 2008

Robert Spaeman:
 «Permítanme que aquí, en la Academia Bávara de Bellas Artes, termine hoy con una referencia al arte y a su papel en una época en la que la realidad se desvanece. Desde el siglo XVI, el arte europeo fue un arte de ilusión. Fue decisiva la introducción de la perspectiva central en la pintura. Lo mismo es válido para la arquitectura y para la escultura. Las columnas de nuestras iglesias barrocas generalmente no son de mármol, sino que parecen de mármol. Y las esculturas que dan la impresión de estar tan vivas, frecuentemente están huecas y no tienen dorso. Fue el arte el que abrió el camino a la virtualización de la realidad. Pero el arte ha sido también el que ha puesto de relieve lo que se ha perdido en el camino, justamente la realidad. En un mundo cada vez más virtual, el arte asume la representación del gran valor del ser. ¿Qué significa que, en la época de las reproducciones de la obra de arte, cuando el original cada vez se distingue menos de la copia, la autenticidad del original cobre una relevancia casi mágica, una importancia que sólo es comparable con la “validez” de los sacramentos? Esa validez descansa sobre la realidad sensible de un contacto, que a su vez se basa en la secuencia continuada de imposiciones de manos hasta llegar al Creador. Pues la autenticidad de la obra de arte se basa en el contacto original que el lienzo tuvo con el artista».

Robert Spaeman. Realidad como antropomorfismo (Wirklichkeit als Anthropomorphimus), conferencia pronunciada en la Academia de Bellas Artes de Baviera en 2000, contenida en Ética, política y cristianismo (2007). Madrid: Palabra, 2007; 299 pp.; col. Biblioteca Palabra; ed. de José María Barrio, trad. de José María Barrio y Ricardo Barrio; ISBN: 978-84-9480-106-6.

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sábado, 1 de noviembre de 2008

Robert Spaeman: «En un mundo cada vez más orientado a la apariencia, el arte, invirtiendo la relación tradicional, asume el papel de la representación de la realidad, del ser que se ha hecho invisible. Piensen ustedes en la barra de cerca de mil metros de longitud que Walter de Maria hundió en la tierra con motivo de una dokumenta de Kassel [la del año 1977]. Lo que se ve es la sección de un pequeño disco plateado sobre el suelo. Lo esencial no es lo que se ve; lo que importa es conocer la realidad de la barra hundida que está representada por ese pequeño disco. Lo que interesa es la actividad del observador, que toma conciencia expresamente de lo que él no ve. También aquí el arte asume una función casi sacramental. Hace invisible algo para que se reconozca como real. En un mundo de meras apariencias, representa la realidad perdida como invisible. Entregarse a la realidad significa entregarse a lo invisible».

Robert Spaeman. Realidad como antropomorfismo (Wirklichkeit als Anthropomorphimus), conferencia pronunciada en la Academia de Bellas Artes de Baviera en 2000, contenida en Ética, política y cristianismo (2007). Madrid: Palabra, 2007; 299 pp.; col. Biblioteca Palabra; ed. de José María Barrio, trad. de José María Barrio y Ricardo Barrio; ISBN: 978-84-9480-106-6.

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viernes, 22 de febrero de 2008

Un relato jugoso contenido en La piel de los tomates es El artista. Su protagonista es Rufino, el propietario de un taller mecánico, a quien el maestro del pueblo le habla de una visita al Museo de Arte Moderno en la que vio una equis o cruz de San Andrés de hierro, como las que él había tenido años en la puerta de la fragua. Cuando le sugiere que a lo mejor era suya o una copia de la suya, Rufino le dice que no, «que él había visto en la televisión, desde luego, formas de hierro que decían que eran esculturas, pero un cuñado suyo, que estaba en Madrid de camarero y leía periódicos y revistas, le había advertido que era que había que entender, y que las cosas podían ser lo que no parecían, y no ser lo que parecían, y que una escultura que a él, Rufino, le parecía una barra podía ser mejor que una estatua de las de antes, porque estaba hecha por un artista y era artística, pero que si la barra la hacía él, Rufino, se quedaba en barra a secas porque él no era artista. Y a él, Rufino, le parecían pamplinas esas razones, y le daba igual que la barra fuera escultura o la escultura barra, y allá se las compusiesen los listos como su cuñado de Madrid y los que le habían aleccionado»...

José Jiménez Lozano. La piel de los tomates (2007). Madrid: Encuentro, 2007; 254 pp.; col. Literatura; ISBN: 978-84-7490-858-9.

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domingo, 10 de diciembre de 2006

Andréi Tarkovski:
«Me parece que el arte contemporáneo ha tomado un rumbo equivocado al abandonar la búsqueda del sentido de la existencia y al afirmar en cambio el valor de lo individual como algo que se persigue por sí mismo. Tales metas artísticas empiezan a parecer una ocupación excéntrica de personalidades sospechosas, que mantienen que toda acción de su personalidad tienen valor intrínseco simplemente como manifestación del propio yo, que creen extraordinario. Pero en la creación artística la personalidad no se afirma a sí misma, sino que sirve a otra idea común y más grande».

Rafael Llano. Andréi Tarkovski: vida y obra, volumen 2.

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sábado, 18 de febrero de 2006

Robert Hughes: «Un Rodin en un estacionamiento sigue siendo un Rodin mal colocado» pero si unos ladrillos expuestos en un museo los dejamos en el mismo estacionamiento simplemente no son más que un montón de ladrillos.

Robert Hughes. El impacto de lo nuevo.

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