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Notas del archivo 'Novelas de vida diaria (inglesas)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 17 de noviembre de 2017

Otra novela inglesa que, como la de ayer, es algo anodina pero que he leído con gusto: Amor no correspondido, de Barbara Pym, que vi en la biblioteca y leí porque esperaba más de la autora después de Mujeres excelentes. Su protagonista es Dulcie Mainwearing, una mujer que trabaja como indexadora y correctora de pruebas para editoriales. Se va a vivir con ella una colega, Viola Dace, enamorada del editor Aylwin Forbes, recién separado de su mujer. También se instala en su casa una sobrina que comienza sus estudios universitarios en Londres.

Lo que importa de la historia —que tiene poca tensión— son las excelentes descripciones ambientales y el espíritu de observación bienhumorado y cotilla que respira la narración, en la que abundan las observaciones incisivas. Dulcie oye la palabra «libertino» y piensa que es «una palabra tan anticuada que probablemente sólo seria aceptable en la sinopsis de una ópera italiana»; conoce a una amiga de su sobrina y se fija en que «llevaba unos zapatos, con una inquietante punta, y tacones de aguja»; pasa una tarde un tanto acelerada y comenta que fue como de novela, «como si me hubiesen metido prisa para llegar al final sin haber leído bien la parte central».

Barbara Pym. Amor no correspondido (No Fond Return of Love, 1961). Barcelona: Gatopardo, 2017; 322 pp.; trad. de Irene Oliva Luque; ISBN: 978-84-946425-1-7. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 16 de noviembre de 2017

La quincena de septiembre, del escritor inglés R. C. Sherriff, fue un bestseller cuando se publicó, no porque sea una obra excepcional sino por su descripción ajustada y cordial del modo de vivir de una familia de clase media del momento. El autor cuenta los quince días de vacaciones de los Stevens que, de acuerdo con lo que vienen haciendo desde hace muchos años, van con toda ilusión quince días a la ciudad costera de Bognor. Se cuentan los pormenores de los preparativos, del viaje en tren, de las cosas que hacen allí, unas las de siempre y otras nuevas, de sus pequeñas inquietudes, y de su regreso. La narración hace interesantes cosas de todos los días, presenta las reacciones interiores de unos y otros ante lo que va pasando, y deja un poso de nostalgia: todo parece indicar que será el último año que podrán hacer ese plan, va quedando claro que los hijos crecen y no regresarán, que la persona que les alquila la casa está envejeciendo, etc. La novela es algo anodina pero está bien construida, refleja bien costumbres de otros tiempos, es amable y contiene toques certeros que hacen sonreír: del pequeño Ernie, de unos diez años, se nos dice que le molestó la cara de aburrimiento del revisor del tren «y lo incluyó en la lista de personas que no eran conscientes de la suerte que tenían. Le parecía un misterio por qué no disfrutaba del tremendo gozo que proporciona picar billetes».

R. C. Sherriff. La quincena de septiembre (The Fortnight in September, 1931). Madrid: Palabra, 2015; 366 pp.; col. Roman; trad. de José Gabriel Rodríguez Pazos; ISBN: 978-84-9061-288-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 25 de noviembre de 2016

Mujeres excelentes, de Barbara Pym, es una comedia costumbrista inteligente y muy divertida, que vuelve al mercado español. En ella no importa tanto el argumento como el retrato de los personajes a través de una sucesión de incidentes menores y de diálogos agudos.

Londres, poco después de la segunda Guerra Mundial. La protagonista y narradora es Mildred Lathbury, una mujer de poco más de treinta años, soltera, que trabaja en labores asistenciales y es una de las principales colaboradoras de su párroco anglicano, «mujeres excelentes». El relato comienza cuando se instalan, en su misma casa, el matrimonio Napier, formado por una antropóloga y un oficial de la Marina, y cuando, en la casa del párroco y su hermana, alquila un apartamento una mujer joven, viuda de un pastor, «que presentaba trazas muy concretas del tipo más fiable»…

Los ambientes y personajes que se retratan coinciden con aquellos en los que vivió la escritora. Su narración es elegantemente autoirónica, amable siempre y cómica en muchos momentos. En ella se suceden los encuentros de unos y otros, con invitaciones frecuentes a tomar el té o a comer y cenar; y se presentan los problemas del matrimonio Napier, el trato entre Mildred y un antropólogo llamado Everard Bone, y la relación entre el párroco y la viuda. En relación a esto último la narradora nos advierte pronto que, en cuanto la conoció, pensó que iba «demasiado bien vestida para ser viuda de un pastor (…), acordándome de otras muchas a las que había conocido».

Barbara Pym. Mujeres excelentes (Excellent Women, 1952). Barcelona: Anagrama, 1985; 256 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Jaime Zulaika; ISBN: 978-8433930682. Nueva edición en Barcelona: Gatopardo, 2016; 320 pp.; trad. de Jaime Zulaika; ISBN: 978-8433930682. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 19 de febrero de 2016

Flores para la señora Harris, de Paul Gallico, es una novela corta de hace décadas, que hace sonreír, y que se puede leer como un homenaje a las personas sencillas que hacen bien los trabajos de servicio aparentemente más humildes.

Su protagonista es Ada Harris, una señora de la limpieza londinense, viuda, de unos 60 años. Un día que ve un traje de noche de Dior en el armario de una casa en la que trabaja, se siente arrebatada por el deseo de comprarlo. Con ese fin juega a las quinielas, y le sale bien, apuesta en el canódromo, y le sale mal, y sobre todo ahorra tenazmente durante unos años hasta que reúne todo el dinero necesario. Viaja entonces a París, con cierto temor hacia los franceses, gente de la que desconfía, y se presenta en la casa central de Christian Dior. Allí, a pesar del desconcierto que provoca, es bien acogida por la gerente Madame Colbert que, al fin, le consigue un pase para que vea el desfile de la colección de primavera.

La señora Harris es todo un personaje: tiene una visión optimista y singularmente providencialista de la vida, se siente orgullosa de proporcionar alegría y satisfacción con su trabajo, habla con descarada soltura pero al mismo tiempo es afectuosa en sus reacciones… El relato va ganando interés según avanza y, también, adquiriendo acentos de cuento de hadas: la bondad y el entusiasmo de la señora Harris, que corresponde siempre con amabilidad, consigue arreglar varios entuertos con igual eficacia que la mejor hada madrina. No interviene mucho pero, frente a la heroína, es un buen contraste su amiga la señora Butterfield, cuyo lema es que «si no esperas nada de nada luego no te llevas un chasco».

Paul Gallico. Flores para la señora Harris (Flowers for Mrs Harris, 1958).Barcelona: Alba, 2015; 166 pp.; trad. de Ismael Attrache; ISBN: 978-84-9065-152-0. [
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viernes, 3 de octubre de 2014

Escenas de la vida parroquial contiene los tres primeros relatos de George Eliot: El triste destino del reverendo Amos Barton, La historia de amor del señor Gilfil, El arrepentimiento de Janet. Además, en un apéndice titulado «Cómo llegué a escribir relatos de ficción», habla de las dudas que le asaltaban al redactarlos, de lo que le decían sus conocidos, de cómo llegó a convencerse de su capacidad para ser novelista.

El primero tiene un argumento más directo que los otros dos y presenta unas dificultades de convivencia más cercanas a nosotros. El reverendo Amos Barton, un hombre bueno pero poco dotado para las relaciones sociales, tiene dificultades de aceptación en su parroquia y, sobre todo, sufre debido a la enfermedad grave de su mujer, Milly, una persona bondadosa y querida por todos. En el segundo relato el protagonista es el pastor Gilfil, unas décadas anterior a Amos Barton en la misma parroquia de Shepperton, y la historia cuenta cómo llegó a casarse con una desgraciada chica italiana, Caterina. En el tercero, que tiene lugar en la ciudad de Milby, asistimos a las tensiones «teológicas» y ciudadanas en torno al moderno reverendo Edgar Tryan, y a su influencia en Janet, la esposa de un hombre violento que ataca ferozmente a Tryan.

A George Eliot se la suele criticar por emplear su aguda ironía precisamente contra las mujeres —«¡Pobres corazones femeninos! Dios me libre de reírme de vosotros…»—, y por sus acentos de superioridad condescendiente cuando se refiere al mundo provinciano —en «el nivel intelectual de Shepperton es la repetición, no la novedad, lo que produce mayor efecto; y las frases, al igual que las melodías, tardan mucho tiempo en sentirse como en casa en el cerebro»—. Pero, sea como sea, sus observaciones al paso suelen ser pertinentes y certeras.

Por ejemplo: «Las distinciones sutiles son problemáticas. Es mucho más fácil decir que una cosa es negra que diferenciar el tono específico de marrón, azul o verde que realmente irradia. Es mucho más fácil decidir que tu vecino es un inútil que tratar de comprender unas circunstancias que le obligarían a uno a cambiar de opinión». O bien: «La calumnia puede derrotarse con la ecuanimidad; pero los pensamientos valientes no pagan la cuenta del panadero, y la fortaleza en ninguna parte se considera una moneda de curso legal para la carne». O esta otra: «Las emociones intensas gracias a las que la vida de un ser humano cambia de rumbo conquistan su victoria como lo hace el mar: aunque su avance sea seguro, a menudo, después de una ola más poderosa de lo habitual, parece retroceder hasta perder todo el recorrido ganado».

George Eliot. Escenas de la vida parroquial (Scenes of Clerical Life, 1858). Barcelona: Alba, 2013; 542 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Marta Salís; ISBN: 978-84-8428-855-8. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 8 de agosto de 2014

Las dos señoras Abbott es el tercer libro de la serie que se inició con El libro de la señorita Buncle y continuó con El matrimonio de la señorita Buncle, de D. E. Stevenson.

Gustará a quienes disfrutaron de los dos anteriores pero ya no está tan centrado en la heroína. De hecho, se multiplican los personajes, tal vez en exceso: ocupan algunas escenas los dos hijos pequeños de Barbara Buncle, y también su vieja niñera Dorcas; otras corresponden a la segunda señora Abbott, Jerry, cuyo marido está ausente, combatiendo en la segunda Guerra Mundial, y una antigua profesora suya llamada Markie; otras tienen que ver con el coronel Melton, al frente de los soldados que ocupan el entorno, y con su hija Melanie; otras con el hermano de Jerry y su enamoramiento de una joven escritora que visita el pueblo; otras con una vieja amiga de Barbara Buncle; y más. De nuevo hay un hilo narrativo medio-literario: algunos personajes opinan sobre la calidad de unas novelas románticas de gran éxito, a veces sin saber que la escritora está delante, lo que a ella le hace caer en la cuenta de la verdad que hay en sus críticas. También existe una amenaza: la de que merodea por el pueblo un espía alemán.

La novela presenta el estado de la población en Inglaterra durante la segunda Guerra Mundial: en Wandlebury los alimentos están racionados y tienen soldados alojados en el pueblo. Los personajes son, de nuevo, amables, cordiales y singulares. Lo mejor siguen siendo las apariciones, esta vez escasas, de la señora Abbott y su homónima: «Se entendían a la perfección. Bastaban unas pocas palabras para que cada una supiera lo que la otra quería decir. Al oírlas hablar, cualquiera habría dicho que saltaban de un tema a otro sin ninguna lógica y sin venir a cuento…, pero no era así. Sencillamente, dejaban caer los comentarios. En general, las conversaciones son como los trenes regionales, que se paran en todas las estaciones y esperan unos momentos para dar tiempo a los pasajeros a subir, pero cuando las dos señoras Abbott estaban juntas, iban a toda velocidad, como un tren expreso, sin detener su carrera en los apeaderos insignificantes».

D. E. Stevenson. Las dos señoras Abbott (The Two Mrs. Abbotts, 1943). Barcelona: Alba, 2014; 342 pp.; col. Rara Avis; trad. de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera; ISBN: 978-84-8428-968-5. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 11 de julio de 2014

Tiempo atrás hablé de El libro de la señorita Buncle. Su continuación, El matrimonio de la señorita Buncle, tiene menos encanto pero se lee con igual agrado. Esta vez, la heroína y su marido y editor, Arthur Abbot, se trasladan a vivir al pueblo de Wandlebury, donde hacen nuevos amigos. El argumento tiene también un núcleo sobre la creación literaria: Barbara Buncle, ahora señora Abbott, ha dejado de escribir pero un día le entra una especie de fiebre por hacerlo de nuevo. Además, no faltan ni una pequeña intriga ni una subtrama sentimental, que tienen que ver con la herencia de una enferma millonaria: Sam, un sobrino huérfano de Arthur que trabaja con él, en su editorial, acaba enamorado de Jerry Cobbe, la posible heredera, una chica que cuida caballos y da clases de equitación.

El centro de la novela es otra vez Barbara Buncle pero, en esta ocasión, observada por su marido que, se nos dice, comenzaba a conocer a su mujer «ahora, después de ocho meses de convivencia diaria. Lo más extraño de ella, pensaba, lo más extraño de esa extraña mujer, que ahora era la suya (…) era que, a pesar de no entender prácticamente nada, lo entendía todo». Y toda la narración se va en el uso que hace la heroína de su extraordinaria capacidad «para llegar al fondo de las personas», para ver «a la gente como si fuera transparente, como en una radiografía», sin darse siquiera cuenta de lo que hace. Lo anterior también quiere decir que abundan los personajes de todo tipo, tratados siempre con amabilidad, y que, a su vez, la señora Abbott también va descubriendo, o siendo más consciente, de la singularidad de todas y cada una de las personas que trata para concluir que «la gente es rarísima (…). Supongo que no hay nadie normal en el mundo, en ninguna parte».

D. E Stevenson. El matrimonio de la señorita Buncle (Miss Buncle Married, 1936). Barcelona: Alba, 2013; 431 pp.; col. Rara avis; trad. de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera; ISBN: 978-84-8428-857-2. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 19 de diciembre de 2013

En su momento puse una breve nota sobre Hombres en armas, de Evelyn Waugh. Me gustó el análisis crítico, que tan bien hace notar las cualidades de la novela, pero vi que, para entender el juicio de Cyril Connolly de que, sin duda, era la mejor obra que había salido de la segunda Guerra Mundial, tendría que leer, además de Hombres en armas, las otras dos novelas que componen la trilogía Espada de honor, que son Oficiales y caballeros y Rendición incondicional. Pensé también que, dados los rasgos de la historia —muchos personajes; referencias o alusiones a sucesos reales de la guerra; guiños a novelas anteriores de Waugh, a Retorno a Brideshead en especial; uso abundante de siglas en los diálogos; construcción literaria cuidadosa con abundantes paralelismos e ironías situacionales—, sería mejor leer los tres libros seguidos y con calma. Así que, meses atrás, aprovechando varios viajes largos en tren, leí las tres, por orden y con pocas interrupciones: fue una gran experiencia comprobar la categoría de unos libros tan bien escritos, tan inteligentemente construidos, y tan bien comentados. Pero, antes de abordarlos, releí Retorno a Brideshead. 

Esta novela, como muchos saben, comienza durante la segunda Guerra Mundial cuando el capitán Charles Ryder vuelve a la vacía mansión de los Marchmain y recuerda sus relaciones con ellos —desde su amistad con Sebastian en Oxford hasta el trato con su madre y hermanos, en especial con Julia—, con un tono característico de añoranza que va dejando paso a una comprensión más profunda de las cosas. En esta nota solo diré, siguiendo al autor de la edición crítica de Espada de honor, cómo Waugh cambió la economía verbal característica de sus anteriores novelas para usar una voz narrativa en primera persona que «domina toda la acción» y aporta «un singular tono de confidencia». Esto da paso «a una exuberancia de palabras, metáforas y descripciones, dotadas de un especial poder evocador. La nostalgia por un pasado perdido, por una juventud disfrutada en la arcadia oxoniense, impregna el tono de la obra». Por ejemplo, cuando el protagonista ve que ha de dejar atrás la amistad que había entablado con Sebastian, el narrador usa una metáfora típica de Thomas Wolfe: «una puerta se había cerrado, la pequeña puerta en la pared que busqué y encontré en Oxford. Si la abría ahora, ya no descubriría ningún jardín encantado».

Evelyn Waugh. Retorno a Brideshead (Brideshead revisited, 1945). Barcelona: Tusquets, 2008, 7ª ed.; 412 pp.; col. Andanzas; trad. de Caroline Phipps; ISBN: 978-84-7223-251-8. [Vista del libro en amazon.es]
Carlos Villar Flor, en la introducción a la edición crítica de Hombres en armas (Men at Arms, 1952). Madrid: Cátedra, 2003; 407 pp.; col. Letras universales; edición crítica y traducción de Carlos Villar Flor; ISBN: 84-376-2106-2.

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viernes, 29 de noviembre de 2013

Capital, de John Lanchester, es una novela larga y entretenida, centrada en las personas que viven en la calle londinense de Pepys Road. Se compone de cuatro partes, decrecientes en extensión: Diciembre de 2007, abril de 2008, agosto de 2008, noviembre de 2008. Después de un excelente prólogo explicativo sobre cómo vivir en esa calle había llegado a ser un símbolo de estatus social en Londres, se cuenta la vida de algunos vecinos, junto con sus familiares y gentes que se relacionan con ellos por distintos motivos.

Los capítulos no son muy largos y cada uno está enfocado en algún personaje. Los más importantes son Roger, un ejecutivo de la City que gana mucho dinero, y su mujer Arabella, que lo gasta sin control alguno; Petunia, una mujer mayor que vive sola y a la que detectan un tumor maligno; y un matrimonio pakistaní, Ahmed y Rohinka, que llevan una tienda. Además, entre otros, entran en escena la hija de Petunia y, sobre todo, su nieto Smitty, un artista callejero con mucho éxito pero desconocido (a lo Bansky); Zbigniew, un trabajador polaco que hace arreglos de todo tipo; Freddy Kamo, un joven futbolista senegalés fichado por el Arsenal, al que alojan en una de las casas de la calle, junto con su padre; la controladora del aparcamiento de la calle, Quentine Mkfesi, máster en Ciencias Políticas en Zimbaue pero ahora refugiada sin papeles en Londres; los jóvenes hermanos de Ahmed, uno vividor y otro fundamentalista… La narración comienza cuando, a todas las casas, llega una postal anónima, con la foto de la fachada correspondiente, donde se dice «Queremos Lo Que Usted Tiene».

El autor se distingue por su talento narrativo y por su excepcional don para presentar con viveza a personajes de orígenes y mentalidades variados. Lo que acaba enganchando al lector no es el hilo argumental que se anuncia, que pronto se verá que es más bien endeble, sino los sucesos de distinto tipo que van ocurriendo a los protagonistas. Tampoco el interés está en que se produzca una gran evolución de las personalidades, cosa que no sucede aunque haya casos en los que se dan cambios importantes en sus vidas, sino en la calidad de las descripciones. Además, son muchas las observaciones incidentales interesantes. Así, cuando Petunia está en la consulta y el narrador habla del médico, se señala cómo «sus demoras, sus prisas, su impaciencia, todo en él estaba calculado para dar a entender que era un ciudadano más valioso que sus interlocutores, fuesen quienes fuesen». O, al hablar de las dificultades que tienen Smitty y su madre para entenderse, indica que Smitty, «de su trato con ella había aprendido la siguiente verdad: la persona que se preocupa por otra lo vive como una forma de amor; la persona objeto de la preocupación lo vive como una forma de control».

John Lanchester. Capital (Capital, 2012). Barcelona: Anagrama, 2013; 597 pp.; trad. de Antonio-Prometeo Moya; ISBN: 978-84-339-7863-9.

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viernes, 14 de junio de 2013

La mujer del juez, de Jane Gardam, es la misma historia que la de El viejo juez pero contada desde la perspectiva de su mujer, Betty. Tiene las mismas cualidades que aquella novela —soltura narrativa, gran ambientación, personajes con vida…—, pero amplía la perspectiva pues se fija más en las personas más importantes que rodearon a los protagonistas: en Albert Ross, un enano extraordinariamente fiel a la amistad del juez Filth; en el histórico rival de Filth, Terry Veneering; en el simpático y deslenguado hijo de Veneering, Harry, un niño con quien Betty entabla una relación muy estrecha; y en la gran confidente de Betty que es Amy, una misionera en China. Cuando acabo de escribir lo anterior leo que ha salido, en inglés, una tercera novela (que no he leído) que vuelve a narrar lo mismo pero con Veneering como personaje central.

Jane Gardam. La mujer del juez (The Man in the Wooden Hat, 2009). Barcelona: Salamandra, 2013; 251 pp.; trad. de Sonia Tapia; ISBN: 978-84-9838-497-0.

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viernes, 19 de abril de 2013

El insólito peregrinaje de Harold Fry, de Rachel Joyce, se lee con interés: es una novela bien escrita, que tiene calidez. Cuenta el viaje a pie, de más de mil kilómetros, de Harold Fry, un hombre de 65 años. Lo empieza, sin haberlo pensado antes y sin equipo apropiado, después de haber recibido una carta de Queenie, una antigua compañera de trabajo, que tiene un cáncer avanzado y está hospitalizada en un pueblo al norte de Inglaterra, con la que se siente en deuda. Cuando sale a poner la respuesta en el buzón decide continuar andando con el pensamiento de que, mientras continúe su marcha, Queenie no morirá. A lo largo del viaje recordará toda su vida, repasará su insatisfactoria juventud, su frustrante convivencia con su mujer, sus relaciones rotas con su hijo, y tendrá la oportunidad de conocer a mucha gente que, al conocer su peregrinación, se sentirán conmovidos. Al modo de Forrest Gump, habrá un momento en que los medios de comunicación hablarán de su viaje y se le unirán todo tipo de acompañantes, una parte de la historia francamente floja y que desentona del resto.

Aceptadas las improbabilidades, que son muchas, lo mejor de la novela es el desvelamiento progresivo de los problemas de los personajes y los distintos reconocimientos de culpas de cada uno: Harold acaba ganándose al lector. Lo importante, sin embargo, es el núcleo de la historia: cómo puede cambiar la vida un impulso sincero de poner en claro el pasado, unido con el necesario arrepentimiento y unos actos de sacrificio que se viven como reparación de aquello que se hizo mal; cómo, con esos presupuestos de sinceridad interior, no importa tanto que, para obrar así, las razones que a uno le mueven (lo que en la novela se llama «fe») no sean verdaderas, como el protagonista descubre al final; y cómo la generosidad de uno puede mover a otros. Se podría decir, también, que todo eso lo propicia el ponerse a uno mismo en una situación que permita la reflexión, que rompa las comodidades y rutinas habituales, que facilite abrirse a las necesidades y problemas de los demás lo que siempre relativiza los propios, etc. Algo así como hacer un Camino de Santiago sin ninguna clase de referencia religiosa y con el afán último de perdonarse uno a sí mismo y de tener una visión más comprensiva de los demás...

Rachel Joyce. El insólito peregrinaje de Harold Fry (The Unlikely Prilgrimaje of Harold Fry, 2012). Barcelona: Salamandra, 2012; 330 pp.; trad. de Rita da Costa; ISBN: 978-84-9838-480-2.

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viernes, 4 de enero de 2013

El libro de la señorita Buncle, de D. E. Stevenson, es una novela bien escrita y llena de buen humor, de lo mejor para pasar un buen rato, escrita en 1934 y nunca publicada en España.

Su protagonista es una mujer soltera llamada Barbara Buncle, que, para ganar algo más de dinero, escribe una novela sobre la vida en su pueblo. La titula El perturbador de la paz y la firma con el seudónimo de John Smith. El editor que la recibe le ve grandes posibilidades y la publica enseguida. Pero, cuando las personas de su pueblo se ven retratadas en la historia, intentan a toda costa descubrir a su autor. Entretanto, la señorita Buncle, aguijoneada por su editor y cada vez más acosada por todo lo que va ocurriendo a su alrededor, escribe otro relato: «una novela sobre una mujer que escribe una novela», un «juego de espejos como los de los sastres, en los que la mujer y su novela se reflejaban una y otra vez hasta el infinito», piensa su editor.

El comentario anterior, tan posmoderno, aparece al final de la historia y ejemplifica que determinados recursos no se han inventado ayer. Una muestra del tono amable del relato es esta: «como a casi todo el mundo, [al señor Hathaway] le gustaba hablar de sí mismo con un oyente comprensivo». Otro ejemplo de su acento, femenino más que feminista, es el de que «[los maridos] son muy útiles cuando se atascan los desagües o si se quiere abrir una ventana nueva», según dice una recién casada. Otro, de las acertadas comparaciones que sabe usar la escritora, es el de que Sally «siguió acariciando al gato entre las orejas y pasándole la manita por la curva del lomo, hasta que el minino empezó a ronronear como un Rolls-Royce en miniatura». Son añadidos a esta buena reseña.

D. E. Stevenson. El libro de la señorita Buncle (Miss Buncle's Book, 1934). Barcelona: Alba, 2012; 378 pp.; col. Rara Avis; trad. de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera; ISBN: 978-84-8428-724-7.

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viernes, 20 de mayo de 2011

El viejo juez,
de Jane Gardam, es una excelente novela. Su protagonista, Edward Feathers, es una leyenda entre los abogados y magistrados británicos después de toda una vida en Hong Kong, fue apodado «el viejo Filth» a pesar de su reconocida integridad y su cortesía inalterable. El relato comienza cuando vive retirado en una casa de campo en Dorset y su esposa de toda la vida, Betty, ha fallecido ya. La narración va y viene adelante y atrás, para ir señalando los episodios que marcaron afectivamente su vida: primeros años con una niñera malaya, la casa de acogida donde vivió en Inglaterra, estancia en el colegio y en Oxford, relaciones con distintas personas, la forma en que pasó la segunda Guerra Mundial, etc.

Lo característico del argumento es que tanto Filth como su esposa, y muchas personas que forman parte de su círculo de amistades, son «huérfanos del Imperio»: chicos hijos de funcionarios británicos nacidos en Oriente pero que fueron enviados a Inglaterra para ser educados. Y su núcleo lo resume así un personaje: «La mayoría [de los huérfanos del Imperio] jamás aprendió a querer a nadie en toda su vida. Pero nunca se quejaban, pues contaban con una red de seguridad: el Imperio. Fueras donde fueses portabas la Corona, y fueras donde fueses encontrabas a tus iguales. Era un club. Todavía hay miles de personas por ahí fuera que creen que el mundo les pertenece, una idea que tiene algo que ver con el deber cristiano».

La narración es excelente —aunque tal vez podría estar menos fragmentada—, los diálogos son vivos y agudos, las descripciones nunca están forzadas. Por supuesto, no faltan los toques de buen humor británico, como cuando se indica que al Filth anciano no le gusta el servicio dominical de las diez del día de Navidad porque «tenía que aguantar el alboroto de los niños y todo el mundo le estrechaba la mano a todo el mundo y el párroco se llamaba Lucy». Del mismo modo, los secretos del pasado que van desvelándose se presentan con incisividad pero de forma elegante.

Aunque son bastantes los personajes que desfilan por la historia, y algunos como Señor, el tutor de Filth en el colegio, dejan huella con pocas apariciones, Filth ocupa casi por completo el escenario de una forma que recuerda un poco a la del mayordomo Stevens en Los restos del día, la gran novela de Kazuo Ishiguro. La razón por la que sólo él está perfilado, su aislamiento, forma parte de la novela porque así se desarrolló su vida. Lo explica él mismo cuando habla con una chica joven, abogada, que no ha querido ni quiere tener hijos, y le dice por qué Betty y él no los tuvieron: «A los cuatro o cinco años nos entregaron a padres de acogida y no volvimos a ver a nuestros verdaderos progenitores al menos hasta cuatro años después. Los padres de acogida de Betty no la querían, y en cuanto a los míos, los eligieron porque eran baratos, y nadie consultó a mi padre al respecto. Si no has recibido amor en la infancia, nunca sabrás querer a un niño. Se requiere ese conocimiento previo. La ignorancia puede llevarte a infligir dolor. Después de los cuatro años y medio nadie me quiso. Imagina el padre que habría sido con esos antecedentes».

Jane Gardam. El viejo juez (Old Filth, 2004). Barcelona: Salamandra, 2011; 318 pp.; col. Narrativa; trad. de Victoria Malet y Caspar Hodgkinson; ISBN: 978-84-9838-342-3.

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viernes, 17 de septiembre de 2010

La librería,
de Penelope Fitzgerald, es un buen relato pero no tanto como esperaba. En fin, es la consecuencia de leer reseñas muy elogiosas previamente que, una vez más, me hacen caer en la trampa gracias a un comentario, como casual, con el que conecto especialmente: el de que la autora es la más privilegiada heredera de Jane Austen.

1959, Hardborough, una pequeña ciudad costera inglesa. Florence Green, viuda, decide poner en marcha una librería. Compra una vieja casa que llevaba sin ocupar muchos años, hace pequeñas campañas de marketing a su nivel, y, como consecuencia del enfrentamiento que tiene con una aristócrata local, ve peligrar el futuro de su negocio.

La autora escribe bien, es sutil, ofrece una visión que parece ajustada de un mundo provinciano inglés, deja claro el mundo interior de su protagonista. Pero en una novela de Jane Austen jamás habría un poltergeist en las casas y, creo yo, el personaje de la niña Christine, ayudante de la librera, sería más convincente. Además, seguro que Austen nunca elogiaría, en el interior de una de sus historias, una novela como Lolita y por supuesto que haría que la odiosa señora Gamart recibiera su merecido. En cualquier caso, novela simpática e inteligente, y, por tanto, valiosa.

Penelope Fitzgerald. La librería (The bookshop, 1996). Madrid: Impedimenta, 2010; 181 pp.; trad. de Ana Bustelo; ISBN: 978-84-937601-4-4.

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viernes, 15 de agosto de 2008

Se ha publicado recientemente Narciso Negro, de Rumer Godden, la autora de El ríoun extraordinario relato de memorias de infancia—, y de Hijos del Juevesuna buena historia sobre un chico que quiere ser bailarín de danza, un subgénero popular en el mundo anglosajón—. Que yo sepa, en castellano no hay ahora disponibles más relatos de la autora. En su momento leí La mansión de porcelana, publicado en 1962, la historia de una mansión familiar inglesa; y The fairy doll, un relato de 1956 sobre una niña de la que burlan sus hermanos pero que adquiere seguridad gracias a una muñeca-hada.

Narciso Negro, una oportunidad de que más lectores españoles conozcan a la autora, habla de unas monjas anglicanas enviadas a poner en marcha un convento en un viejo palacio situado en las montañas de Darjeeling, al norte de la India, un lugar maravilloso. Una vez allí, la belleza de las montañas, la bondad y el modo de ser de la gente, las excepciones que se ven obligadas a permitir dada su situación, parecen ir cambiándolo todo. El relato se centra, sobre todo, en el mundo interior de las monjas, cada una con sus propios conflictos personales, y en especial el de la superiora: una brillante joven irlandesa con grandes dotes pero también dura en exceso. Unos choques aumentan y otros se suavizan debido al señor Dean, un occidental acostumbrado a vivir allí que conoce bien las costumbres de los nativos, que si por un lado es rudo y corrupto, por otro es honrado y desea sinceramente ayudar. Rumer Godden matiza la evolución de los estados de ánimo, cuida las descripciones ambientales, construye unos diálogos acerados, y concluye su novela sin un cierre romántico en falso. Está planteada con agudeza la desorientación de las monjas en su nuevo ambiente, que si se acentúa mucho debido a los desafíos que les plantea la convivencia con gente de otra mentalidad, parece tener su origen sobre todo en la falta de recursos interiores.

Rumer Godden. Narciso Negro (Black Narcissus, 1939). Barcelona: Rocaeditorial, 2008; 238 pp.; trad. de Isabel Ferrer y Carlos Milla; ISBN: 978-84-92429-26-4.

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