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Notas del archivo 'Novelas de guerra' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 2 de noviembre de 2018

Una buena lectura del verano pasado que me ha parecido un gran relato bélico: Un año en el altiplano, de Emilio Lussu. Esta completa reseña explica bien su contenido: las experiencias de la participación del autor en la Primera Guerra Mundial, el año 1916, en el Altiplano de Asiago, una localidad del Véneto italiano. Se suceden combates y escaramuzas contra los austríacos, junto con marchas y tiempos de descanso… El narrador huye de toda retórica y, casi por completo, de valoraciones, y simplemente transmite los hechos: el comportamiento irracional de algunos despóticos oficiales al mando, el recurso a la bebida de otros para poder afrontar la situación límite que viven, las esperas temblorosas en momentos críticos...

Algunos párrafos de los que tomé nota que, creo, dan el tono de la narración son estos:

—«El alma del combatiente de esta guerra es el alcohol. El primer motor es el alcohol. Por eso, los soldados, con su infinita sabiduría, lo llaman gasolina. El coronel se levantó».

—«En el combate se pierde la noción del tiempo, siempre. Las alambradas nos impedían avanzar y las ametralladoras retroceder. Debíamos permanecer inmóviles, clavados al suelo, sin abandonar nunca los disparos a las troneras enemigas, para no morir bajo las alambradas. Habríamos podido resistir mucho tiempo en aquella posición, hasta la noche, y retirarnos protegidos por la obscuridad, pero la ametralladora de la izquierda seguía disparando, implacable, de flanco, y los soldados más al descubierto morían a lo largo del frente».

—«Un día se nos anunció el asalto para el día siguiente, pero fue aplazado. Por tanto, podíamos contar con un día de vida asegurado. Quien no haya hecho la guerra, en las condiciones en las que la hacíamos nosotros, no puede imaginar ese gozo. Incluso una sola hora, segura, en aquellas condiciones, era mucho. Poder decir, hacia el amanecer, una hora antes del asalto: "Vale, duermo media hora más, puedo dormir media hora más y después me despertaré y me fumaré un cigarrillo, me calentaré una taza de café, lo tomaré sorbo a sorbo y después me fumaré otro cigarrillo", parecía ya el grato programa para toda una vida».

—«En los días de calma que siguieron, corrió por la brigada el rumor de que por fin iban a mandarnos a descansar. Entre nosotros no se hablaba de otra cosa. El comandante de la división fue informado y respondió con una orden del día que acababa así: "Todos, oficiales y soldados, sabemos que, aparte de la victoria, el único descanso es la muerte". De descanso no se volvió a hablar».

—«Yo había estado en la guerra desde el principio. Estar en la guerra durante años significa adquirir costumbres y mentalidad de guerra. Aquella caza mayor humana no era muy diferente de la otra caza mayor. Yo no veía a un hombre. Veía solo al enemigo. Después de tantas esperas, tantas patrullas, tanto sueño perdido, lo atrapabas. La caza había salido bien. Maquinalmente, sin pensar, sin una voluntad precisa, sino así como así, solo por instinto, cogí el fusil del cabo. Este me lo cedió y yo me apoderé de él».

Emilio Lussu. Un año en el altiplano (Un anno sull'Altipiano, 1938). Barcelona: Libros del Asteroide, 2010; 245 pp.; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 978-8492663194. [Vista del libro en amazon.es]

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NovicChicaGuerra.jpg
viernes, 9 de marzo de 2018

No hace mucho hablé de Yugoslavia, mi tierra, de Goran Vojnović. Ha salido hace poco Chica en guerra, de Sara Nović, otra novela, que también puede calificarse de periodística y testimonial sobre la guerra entre Croacia y Serbia, pero que a mí me ha parecido más convincente. 

Está distribuida en cuatro partes. En la primera, «Han caído los dos», la protagonista y narradora, Ana Jurić, tiene diez años y vive en Zagreb: cuenta que su hermana pequeña está muy enferma y la preocupación de sus padres por ella; luego, que a su alrededor van sucediendo cosas que no comprende, pues sufre primero reacciones de rechazo y odio; después, cómo ve que sus padres mandan a su hermana a Estados Unidos para que la puedan tratar médicamente; y, finalmente, cómo la guerra los alcanza de lleno. En la segunda, «Sonámbula», Ana, estudiante universitaria en Estados Unidos, y adoptada por la misma familia que acogió a su hermana, es convocada para que hable en la ONU sobre los conflictos de su país y eso agudiza en ella, más todavía, su incomodidad interior. En la tercera, «Piso franco», vuelve a su tierra y entra en contacto con viejos amigos de la infancia. En la cuarta, «Un eco entre los árboles», recuerda de nuevo los años de guerra y la narración ata los cabos sueltos.

La historia, que está contada con sobriedad, tiene fuerza, en especial las partes primera y cuarta, que hacen más que comprensibles los problemas emocionales que tiene la protagonista. El prólogo es excelente para darle al relato su contexto pero, como también explica los méritos de la novela, tal vez hubiera sido mejor ponerlo al final. En este enlace hay más información sobre la autora y su libro.

Sara Novic. Chica en guerra (Girl at war, 2015). Madrid: Catedral, 2017; 353 pp.; trad. de Milo J. Krmpotic; prólogo de Adolfo García Ortega; ISBN: 978-84-16673-39-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 20 de octubre de 2017

Yugoslavia, mi tierra, de Goran Vojnović, es un relato novelado que se podría calificar de periodístico e informativo, incluso aunque no sean exactamente ciertos los hechos que se cuentan: un chico descubre que su padre, un antiguo general, no está muerto como le había dicho su madre, sino que sigue vivo y está siendo buscado como criminal de guerra. Esta reseña cuenta bien el contenido y las cualidades de la novela.

Es un libro que a mí me ha interesado por lo que tiene de histórico y por el conflicto interior del narrador. A este se le ve confuso mientras va escuchando las justificaciones que muchos le dan de lo sucedido: hubo acontecimientos en el pasado que hay que conocer pues mucha gente, le dicen, «necesitan señalar a un acusado, pero no quieren saber el relato entero, desde el principio hasta el final» y no desean «preguntarse por ninguna otra causa». Ante todo eso, su reacción es de furia: «porque el hombre que tanto había significado para mí se hubiera convertido en un monstruo» y, también, porque «no tenía ganas de comprenderle», porque «si trataba de comprender sus actos, eso significaba que también podía estar dispuesto a justificarlos».

Cono todo, debo decir que me parece fallido. Por un lado, me parece que hubiera sido mejor una narración más lineal sin tantos saltos temporales adelante y atrás que hacen más compleja la historia: por más que tal vez así se avive la curiosidad de algunos lectores, a otros les desanimará esa innecesaria sofisticación constructiva. Pero, sobre todo, me parece que las reflexiones intelectuales y morales tienen poca consistencia: el narrador está confuso, sigue confuso, y termina confuso e irritado.

Lo anterior enlaza con que, al hablar de cómo a muchos jóvenes de hoy se les enseña a condenar los genocidios, dice Theodore Dalrymple que no se les enseña a hacer una reflexión seria sobre la naturaleza humana, sobre las responsabilidades colectivas e individuales, sobre la colaboración pasiva de tantos, etc. (Mucho menos, y esto lo digo yo y no Dalrymple, se les recomiendan lecturas que les ayuden a situarse ante «el mal» como, pongamos por caso y apuntando alto porque algunas cuestiones no tienen respuesta fácil, Los hermanos Karamázov). El resultado es que «el alumno creerá que, al condenar lo que obviamente está mal, es decir, el asesinato de un gran número de personas, está siendo virtuoso. La adopción pública de un cliché moral se convierte en la marca que distingue a una mala persona de una buena».

Goran Vojnović. Yugoslavia, mi tierra (Jugoslavija, moja dežela, 2012). Barcelona: Libros del Asteroide, 2017; 356 pp.; trad. de Simona Škrabec; ISBN: 978-8417007003. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 2 de diciembre de 2016

En su momento leí Correr, de Jean Echenoz, que me gustó por su estilo minimalista, su trama levantada con los elementos justos y sus párrafos construidos con minuciosidad y concisión. Así que tomé nota en mis listas, cuando salió, de 14, una breve novela que he leído ahora.

Primera Guerra Mundial. Varios jóvenes de un pueblo de La Vendée son movilizados. Los principales son Anthime y su hermano Charles: ambos trabajan en la fábrica de zapatos Borne-Sèze y los dos cortejan a la heredera, Blanche. Se cuenta su alistamiento, se habla de su confianza inicial en que «a todas luces aquello duraría poco», y se narran los incidentes que la guerra les va deparando.

El autor ha pretendido una novela esquemática lo que, unido a los ramalazos irónicos del narrador, provoca que le falte un poco de tensión. Pero es una buena opción confeccionar un relato sintético y dejar que los sentimientos afloren sólo de los hechos y de un lenguaje cuidado, pues el relato se lee con interés. Por otra parte, tal como indica el narrador después de una escena bélica, «todo esto se ha descrito mil veces, quizá no merece la pena detenerse de nuevo en esta sórdida y apestosa ópera. Además, quizá tampoco sea útil ni pertinente comparar la guerra con una ópera, y menos cuando no se es muy aficionado a la ópera, aunque la guerra, como ella, sea grandiosa, enfática, excesiva, llena de ingratas morosidades, como ella arme mucho ruido y con frecuencia, a la larga, resulte bastante fastidiosa».

Jean Echenoz. 14 (2012). Barcelona: Anagrama, 2013; 104 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Javier Albiñana; ISBN: 978-8433978738. [Vista del libro en amazon.es]

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RufinCollarR.JPG
viernes, 5 de febrero de 2016

Poco que añadir a esta buena reseña de El collar rojo, una novela corta y medida de Jean-Christopher Rufin.

La acción se desarrolla en verano de 1919 y tiene tres personajes principales: un héroe de guerra al que se acusa de una acción deshonrosa, un juez que desea averiguar los motivos y evitarle un castigo excesivo, y un perro que no deja de ladrar en las afueras de la prisión.

Es un relato que interesa por la precisión con la que está construido, porque su trama tiene tensión, y porque tienen consistencia las observaciones que se terminan haciendo sobre la fidelidad y sobre un rasgo propiamente humano del que los animales carecen por completo: el orgullo.

Jean-Christophe Rufin. El collar rojo (Le collier rouge, 2014). Barcelona: Ediciones B, 2015; 158 pp.; trad. de Rosa Alapont; ISBN: 978-84-666-5651-1. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 10 de septiembre de 2015

La tumba de Aurora K, de Pedro Riera, es una novela que, a pesar de ser toda ella ficción, cabría llamar periodística: su telón de fondo, el imaginario conflicto de Turenia entre távaros y urenos, está basado en los enfrentamientos entre distintos pueblos durante la guerra de Yugoslavia.

El escenario es una pequeña ciudad de la costa Oeste de los Estados Unidos, Lower Hill, en la que hay una cohesionada comunidad de távaros fundada, entre otros, por el abuelo de la protagonista y narradora, Anna, una chica de dieciséis años. La historia comienza cuando a su padre, Stefan Malnik, un hombre que se ha dedicado a la persecución de criminales de guerra, le llegan noticias de la que puede ser la tumba de su madre. Anna le acompañará en sus investigaciones y, en ese periplo, descubrirá muchas cosas sobre el pasado de su familia.

La narración es buena, la trama es tensa, la descripción del vaivén emocional que va llevando a la heroína de un lado a otro es convincente, y tanto ella como su padre son dos personajes sólidos, porque están bien construidos y también porque son muy firmes en todo momento. Al hilo principal de la investigación se suman las historias del abuelo y el padre de Anna en los Estados Unidos, de las relaciones de Anna con amigos y primos, en especial con uno muy audaz llamado Danylo.

Hay varias lecciones de fondo que llegan, bien de lo que Anna piensa y dice, bien de lo que su padre le indica, o bien de relatos de la guerra que Anna lee. Son las de reafirmar que no existen los pueblos predestinados a odiarse, que no todo en la vida debe girar en torno a ser o no de una nacionalidad determinada, que la propia identidad no está necesariamente condicionada por los antepasados, y que no hay que ceder a las presiones del grupo y adoptar como propia la opinión de otros.

Pedro Riera. La tumba de Aurora K (2014). Barcelona: Edebé, 2014; 318 pp.; ISBN: 978-84-683-1250-7. [
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jueves, 23 de octubre de 2014

Los bienes de este mundo, de Irene Némirovsky, es una magnífica novela, de las que conmueven y hacen pensar, ya desde su excelente título. Se publicó en 1941 por entregas, poco antes de la muerte de la autora, y vio la luz como libro en 1947.

Saint-Elme, ciudad del norte de Francia, en 1914. Pierre Hardelot está a punto de casarse con Simone, una rica heredera que su abuelo, propietario de una potente industria papelera, ha elegido para él. Pero Pierre precipita los acontecimientos y se compromete con Agnès, una amiga de la infancia, de familia modesta, lo que le gana la enemistad permanente de su abuelo. Estalla la primera Guerra Mundial y Pierre se ha de incoporar a filas. También Simone se casa con Roland Burgères, un soldado a quien conoció durante los años de guerra. Después, a buen ritmo, en capítulos cortos, se cuenta la vida de las dos familias y los sucesos que marcan el crecimiento de los hijos, Pierre y Colette Hardelot y Rose Burgères, hasta el año 1941, cuando ha estallado la segunda Guerra Mundial y los alemanes han entrado ya en Francia.

El marco social se pinta con pocas pero suficientes líneas. Los personajes resultan cercanos pues el narrador logra retratarles bien y transmitir con fuerza sus emociones. El tramo final tiene la fuerza propia de una narración testimonial que presenta de forma vívida las reacciones de la población ante los acontecimientos de los años 40 y 41 y el progresivo desmoronamiento del orden social.

Irene Némirovskiy. Los bienes de este mundo (Les Biens de ce monde, 1941-1947). Barcelona: Salamandra, 2014; 221 pp.; col. Narrativa; trad. de José Antonio Soriano Marco; ISBN: 978-84-9838-575-5. [
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CatherUnoN.JPG
jueves, 10 de octubre de 2013

El protagonista de Uno de los nuestros, de Willa Cather, es Claude Wheeler, un chico al que su padre pone al frente de la granja familiar, en Nebraska, aunque sus deseos son otros, pues le gustaría estudiar en la universidad y tiene unas ansias que no sabe como satisfacer. Se casa con una chica que conoce desde la infancia pero pronto comprueba que su mujer tiene otros intereses y, además, cuando enferma una hermana suya, misionera en China, se ausenta. Entretanto él se alista como voluntario para combatir en la primera Guerra Mundial: en ese ambiente, a través de muchas peripecias, sus horizontes vitales se ampliarán de forma inesperada.

La novela es interesante, como todas las de Cather, pero insatisfactoria. La parte de la guerra no es convincente tal vez porque, después de tantas historias sobre lo mismo, no nos suenan verdaderos los acentos amables e idealistas del narrador. Tampoco está logrado el protagonista: diría que Cather lo dibuja calcado sobre las heroínas de sus mejores novelas. Luego, algunos flecos argumentales quedan colgados —por ejemplo, la mujer de Claude desaparece sin más del relato cuando se marcha—. En cualquier caso, la calidad narrativa y descriptiva es magnífica y la novela, en los ambientes que Cather domina como nadie, en la primera parte, tiene momentos excelentes. Uno es el de la conversación que Claude tiene con su futuro suegro y este intenta «advertirle, sin dar muchos detalles, de ciertas decepciones desgarradoras. Vio que no era posible: la comunicación entre un viejo y un joven era tan difícil como que los muertos hablasen a los vivos».

Willa Cather. Uno de los nuestros (One of Ours, 1922). Madrid: Nórdica, 2013; 494 pp.; trad. de Beatriz Bejarano del Palacio; ISBN: 978-84-92683-43-7.

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jueves, 27 de diciembre de 2012

En El violonchelista de Sarajevo, de Steven Galloway, el narrador sigue las peripecias de algunos personajes que sufrieron el asedio de Sarajevo centrando principalmente su atención en un violonchelista que decidió tocar el Adagio de Albinoni durante veintidós días seguidos, allí donde una bomba mató a veintidós personas. Los otros son Kenan, un padre que va en busca de agua para su familia; Dragan, un hombre cuya esposa e hijo están fuera de la ciudad; y Flecha, una francotiradora muy hábil que ha decidido no disparar nunca sobre civiles pero sí sobre soldados, a la que indican que vigile que ningún otro francotirador dispare al violonchelista.

El relato está bien escrito y mantiene al lector en vilo. El autor dice, al final, que charló con muchas personas que sufrieron el asedio de la ciudad para recoger con verosimilitud la inquietud angustiosa de la situación. Cada capítulo está centrado en uno de los personajes y se narra en presente, un recurso que, mientras leía la historia, no veía claro: en situaciones como las de los protagonistas es dudoso que los pensamientos circulen tal como lo hacen en el texto (aunque no tengo experiencia de primera mano, gracias a Dios). También, puesto que se basa en hechos reales, parece que serían necesarias algunas explicaciones acerca de quién es quién: por ejemplo, el relato dice que «los hombres de las montañas» son los que disparan sobre la ciudad pero nadie sabe quiénes son esos hombres y por qué lo hacen o por qué comenzaron a hacerlo.

Al margen del valor del relato como tal, que sin duda es eficaz, es jugosa la polémica posterior a la novela: a Vedran Smailovic, el violonchelista que protagonizó el incidente que usó el autor como núcleo de su argumento, no le hizo ninguna gracia que se usase su gesto en una novela (de la que no se le informó, por otra parte, hasta que estuvo publicada). Por contraste, un libro valioso sobre una situación semejante a la de Sarajevo, contado por quién sí vivió lo que se narra, es El juego de las golondrinas, una novela gráfica de la dibujante libanesa Zeina Abirached donde cuenta un episodio que vivió de niña en Beirut, con poderosas imágenes en blanco y negro (al modo de Persépolis, de Marjane Satrapi).

Steven Galloway. El violonchelista de Sarajevo (The cellist of Sarajevo, 2008). Barcelona: El Aleph, 2008; 237 pp.; col. Modernos y clásicos de El Aleph; trad. de Nuria Salinas; ISBN: 978-84-7669-831-0.
Zeina Abirached. El juego de las golondrinas (Mourir, partir, revenir – Le Jeu des hirondelles, 2007). Madrid: Sinsentido, 2008; 186 pp.; trad. de Lucía Bermúdez Carballo; ISBN: 978-84-96722-43-9.

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jueves, 23 de agosto de 2012

Rescoldo,
de Antonio Estrada, es una novela que Juan Rulfo calificó de «una de las cinco mejores novelas del siglo XX» de México. Es una lectura difícil para muchos porque su lenguaje, de una gran sonoridad y belleza, mezcla modos de hablar indígenas y coloquiales. En cualquier caso, en la edición que cito, un buen prólogo explica el contexto histórico y las vicisitudes del autor y de su novela, y, aparte de un glosario final, hay notas al pie de cada página para indicar el significado de las palabras y expresiones que lo requieren.

El relato comienza en 1934. Cuando el gobierno incumplió los acuerdos posteriores a la primera guerra de los cristeros y comenzó a perseguir hasta la muerte a los cabecillas que habían sobrevivido, hubo quienes decidieron combatir de nuevo antes de ser capturados y ejecutados. Rescoldo narra la historia del coronel Florencio Estrada y su gente, que se llevó a su mujer e hijos pequeños con él para evitar que pudieran amenazarles a ellos. El autor del relato, y testigo presencial de muchos sucesos, es su hijo Antonio, entonces un niño.

Una buena y completa reseña está en el blog Lector consentido. Tal como allí se indica, es una novela muy poderosa, que vale la pena leer dejándose llevar por el ritmo y la sonoridad del lenguaje, y que contiene asombrosos diálogos, magníficas descripciones de la naturaleza y escenas de una intensidad emocional fortísima. Por ejemplo, aquí está la breve narración de un combate:

«De repente a una berrearon los cuernos de Mora, Vázquez y Estrada.
Todos se alzaron con las culatas listas como garrotes, las dagas empuñadas; los huicholes y tepehuanes con sus coas, como temblando por rajar baqueta. Las ametralladoras plantadas en retaguardia mascaban culebra tras culebra, y hacían arco a muchos cristeros.
Luego ya chocaban fierros serranos con bayonetas y cuellos, con quepices y barrigas. A veces que la metralla también se llevaba a gobiernista y cristero, trenzados en su albur.
Ahora ni guasas o mentadas, ni vivas o mueras; sólo pujidos, el grito por el adiós del ánima o el ruido a calabaza reventada. Por aquí y por allí grupitos de gobiernistas, como coyotes peleando por una gallina revoltosa».

Antonio Estrada. Rescoldo (1961). Madrid: Encuentro, 2010; 260 pp.; prólogo de Jean Meyer, introducción y notas de Ángel Arias; ISBN: 978-84-9920-035-4.

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jueves, 14 de julio de 2011

Dentro de poco se estrenará la película de Spielberg basada en Caballo de batalla, de Michael Morpurgo

En la novela, Joey, un caballo de granja de buena presencia, es el narrador. Al principio, como caballo de trabajo, le cuida un chico joven, Albert, con quien hace buenas migas. Luego es comprado por el ejército para ser montura de caballería. El capitán Nicholls, experto en caballos, se hace cargo de él. Más tarde lo llevan a Europa para participar en las últimas batallas de la primera Guerra Mundial donde intervinieron caballos. Es capturado por los alemanes, pasa un tiempo con unos granjeros franceses, y al fin acaba reencontrándose con Albert.

Como novela es eficaz: Morpurgo es un autor experto, que cuenta bien, que consigue transmitir sentimientos de afecto a los caballos y de rechazo profundo a la guerra, y termina su relato de forma satisfactoria para la mayoría de los lectores. Su novela sigue la tradición de las autobiografías de caballos: Belleza Negra, el gran clásico inglés, y Smoky, el modelo norteamericano (de un caballo en el Oeste). Se le podría reprochar que los acentos con los que se dirige Albert a Joey son algo cursis —«te daría un beso, tontuelo»—, más bien impropios de un granjero inglés de principios del siglo XX, creo yo. Los interesados en la cuestón deberían conocer también Horses in Battle. Y ahora, dos añadidos completamente distintos uno del otro.

Uno. En un contexto más amplio que el de esta novela vale la pena señalar que los relatos infantiles acentúan, con razón, el rechazo a la guerra, pero nunca deberían olvidar que no todas las guerras son iguales, pues no es lo mismo atacar que resistir, no es lo mismo agredir que defenderse, no es lo mismo luchar para expandir un imperio que luchar para proteger la propia casa. Tener esto presente puede orientar un poco en medio de tantos libros que se dirigen hoy a los niños y que propugnan un pacifismo simplista que, al mismo tiempo que reclama para sí una especie de superioridad espiritual, prácticamente parece decir que si ves a un hombre pegarle a una mujer de ninguna manera debes golpearle para evitarlo. En cualquier caso, tanto la vida cotidiana de los niños como sus preferencias literarias históricas por determinados relatos de aventuras (y no por otros) demuestran su pasión instintiva por la justicia y por la lucha de los héroes que salen en defensa de los débiles. En ese sentido, Caballo de batalla es un ejemplo más.

Otro. El capitán Nicholls dice a Joey que lo va a pintar y añade: «No será un Stubbs: será mejor porque Stubbs nunca tuvo un caballo tan bello como tú de modelo». Pues bien, de George Stubbs dice Robert Hughes lo siguiente: «Como todos los grandes artistas, Stubbs era muy poco sentimental, y su trabajo nos recuerda cuán reciente es en realidad la idea de que “los animales también son humanos”. Sus animales están siempre presentados en su total calidad de “ser otro” de su naturaleza animal. Se mantiene fiel a este principio incluso cuando pinta el foco tradicional de la emoción sensiblera: el perro».

Michael Morpurgo. Caballo de batalla (War Horse, 1982). Barcelona: Noguer, 2011; 188 pp.; trad. de Isabel Murillo; ISBN: 978-84-279-0126-1.
La cita de Robert Hughes está en A toda crítica. Ensayos sobre arte y artistas (Nothing If Not Critical, 1990). Barcelona: Anagrama, 2002; 497 pp.; col. Argumentos; trad. de Alberto Coscarelli; ISBN: 84-339-1360-3.

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jueves, 19 de mayo de 2011

Nueva edición de Mañana, cuando empiece la guerra, del escritor australiano John Marsden.

Se desarrolla en una ciudad costera de Australia. Siete chicos adolescentes salen de acampada y pasan unos días en un lugar llamado el Infierno. Cuando vuelven, descubren que su pueblo y su país han sido invadidos. Después de algunos incidentes y deliberaciones deciden empezar la resistencia. La narradora es Ellie, una de las chicas, a la que los demás indican que ponga por escrito lo sucedido para que quede constancia. El relato abarca sólo unos días y, conforme al planteamiento, la historia no se cierra.

Novela valiosa con un argumento que atrapa. Sin embargo, le falta consistencia, y la voz narrativa es buena, pero, al menos para mí, tampoco es convincente.

Las cualidades vienen de que todo está bien contado y de que la trama es creíble —lo es el punto de partida de la invasión, de la que no sabemos nada, y lo son las acciones de los protagonistas, tanto los incidentes de tipo amoroso como los combates en los que se ven involucrados—.

Los defectos proceden de que las explicaciones acerca de la invasión son demasiado escuetas —se nota que sólo es un pretexto— y, por tanto, a los ojos del lector, las discusiones de tipo moral entre los chicos acerca de qué hacer o no hacer, tienen poca base. Luego, de que la narración acumula detalles descriptivos, tanto ambientales como del mundo interior de Ellie, que parecen improbables tanto por el momento y la situación en los que escribe como por el hecho de que su relato tiene como destino inmediato que lo lean sus compañeros. Además, contiene consideraciones del tipo «el infierno sólo tiene que ver con la gente. Es posible que el Infierno sea la gente», que son más propias de otra clase de narrador.

John Marsden. Mañana, cuando empiece la guerra (Tomorrow, When the War Began, 1993). Madrid: SM, 1996; 199 pp.; col. Gran angular; trad. de Amalia Bermejo; ISBN: 84-348-4810-4. Nueva edición en Barcelona: Molino, 2011; 351 pp.; trad. de Daniel Cortés; ISBN: 978-84-272-007-60.

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viernes, 7 de enero de 2011

Así como hay novelas que fueron un gran éxito en su momento y no han dejado el más mínimo recuerdo, hay otras que sí quedan en la historia precisamente porque fueron un gran éxito, debido a que recogieron y a la vez crearon un estado de opinión respecto a algo. Por eso, con el paso del tiempo, las vemos como testimonios valiosos de una mentalidad y unas ideas. Entre esas novelas de interés sociológico, como pudo ser La cabaña del tío Tom por ejemplo, está Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, de la que acabo de ver una edición reciente.

El autor narró en ella sus experiencias en la primera Guerra Mundial poniendo su foco en la vida cotidiana de un grupo de chicos que pasaron del último curso del colegio a combatir en el frente. No habla de ninguna acción bélica determinada ni menciona lugares definidos, y simplemente presenta la perspectiva de un soldado de 21 años, que narra escenas de camaradería y de guerra, y de cómo a su alrededor van cayendo compañeros, y que continuamente contrasta lo que vive con las enseñanzas que recibió y la ignorancia de quienes fueron sus maestros. Al final hay una observación, que novelísticamente no encaja bien en boca del narrador, acerca de que los soldados jóvenes que sobrevivan a la guerra serán en el futuro unos completos inadaptados.

Lo más destacable del relato es su claridad narrativa y su inteligente construcción con vistas a subrayar la crítica de los educadores que les han tocado en suerte al narrador y sus compañeros. Así, hablando sobre Kantorek, su profesor, dice: «Deberían haber sido para nosotros, jóvenes de dieciocho años, mediadores y guías que nos condujeran a la vida adulta, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir. A veces nos burlábamos de ellos y les jugábamos alguna trastada, pero en el fondo teníamos fe en ellos. La misma noción de autoridad que representaban les otorgaba a nuestros ojos mucha más perspicacia y sentido común».

Erich Maria Remarque. Sin novedad en el frente (Im Wsten nichts Neues, 1929). Barcelona: Edhasa, 2010; 255 pp.; col. Pocket; trad. de Judit Vilar; ISBN: 978-84-350-1835-7.

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jueves, 11 de noviembre de 2010

Después de Estaciones y El sargento en la nieve he leído Historia de Tönle, el tercer libro de Mario Rigoni que se ha publicado en castellano.

Su protagonista es Tönle Bintarn, un pastor del Véneto. La novela se desarrolla entre los últimos años del imperio austrohúngaro y el final de la primera Guerra Mundial. Después de un encuentro desgraciado con unos guardias fronterizos, Tönle ha de huir y esconderse, de forma que sólo puede regresar a su casa durante los inviernos. Pasados los años le llega el indulto pero, poco después, comienza la guerra y, aunque al principio Tönle sigue con sus ovejas en el monte, también él es arrestado. Finalmente, con más de ochenta años, logra escapar.

Relato pausado e intenso, de los que dicen mucho de la condición humana, que me ha recordado a los de Joseph Roth que pintan la descomposición del imperio austríaco. Rigoni recoge y presenta bien una forma de vivir serena que la llegada de la guerra destruye. El personaje de Tönle tiene mucha fuerza: por su comportamiento sencillo y tenaz, por su capacidad de asombro ante la naturaleza y su espíritu reflexivo. Un ejemplo es cuando se pregunta por qué, «si en el aire no había fronteras, ¿por qué tenía que haberlas en la tierra?», más aún cuando «para él y los que eran como él, no tan pocos como podría suponerse, sino la mayoría de los hombres, las fronteras no habían existido nunca sino como guardias a los que había que pagar o gendarmes que esquivar. En una palabra, si el aire era libre y también lo era el agua, también debía ser libre la tierra».

Mario Rigoni Stern. Historia de Tönle (Storia di Tönle, 1978). Valencia: Pre-Textos, 2004; 97 pp.; trad. de César Palma; ISBN: 84-8191-581-5. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 26 de agosto de 2010

Mañana de abril
,
de Howard Fast, es una novela entre psicológica y bélica que ha sido a veces comparada con El rojo emblema del valor, de Stephen Crane, y eso es mucho decir; y que, por sus escenarios y argumento, también se puede poner en paralelo con Johnny Tremain, de Esther Forbes. Una lástima que, ahora mismo, sólo se pueda conseguir en bibliotecas. (En fin, la misma dificultad hay con Tony y la puerta maravillosa, otra novelita de Fast que, aunque tenga un marco de fantasía, también puede llamarse «histórica»).

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viernes, 5 de marzo de 2010

No tenía en la cabeza que se cumpliera este año el centenario de la revolución mexicana que se recrea un poco en Cartucho, un libro extraño e inolvidable de Nellie Campobello que leí hace años gracias a la recomendación de quien hace este comentario.

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viernes, 14 de marzo de 2008

Quien conozca sólo las novelas de la Trilogía polaca, Quo vadis? o A través del desierto, puede hacerse una idea simplista de la mente de Sienkiewicz. Esa impresión puede corregirse un poco con la lectura de Bartek el triunfador, una novela irónica contra un patriotismo estúpido.

La acción se sitúa en la guerra franco-prusiana de 1870, cuando el valor inconsciente de un campesino polaco proporciona grandes victorias al ejército alemán. Repetidamente condecorado, cuando vuelve a su pueblo pensando que fue un héroe, sigue sin darse cuenta del papel que ha desempeñado.

Este retrato tragicómico y sin embargo realista de un personaje patético, de un hombre metido dentro de un engranaje que no comprende, puede hacer pensar al lector en la importancia de saber por qué y para qué se lucha, en aquello (que no sé quién decía) de que la tragedia del hombre no es morir sino morir como un imbécil.

Henry Sienkiewicz. Bartek el triunfador (Bartek zwyciezca, 1882). Madrid: Celeste Ediciones, 2001; 97 pp.; col. Letra Celeste; trad. de Amando Lázaro Ros; ISBN: 84-8211-316-X.

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jueves, 15 de febrero de 2007

Otra excelente novela sobre guerra que leí hace tiempo es Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, veintidós relatos cortos relacionados entre sí acerca de la guerra de Vietnam que firma Tim O'Brien. Aunque por entonces no pensaba en escribir una reseña, sí tomé algunas notas, como esta: «En Vietnam también teníamos nuestras maneras de hacer que los muertos no parecieran tan muertos. (...) Mediante el lenguaje que era a la vez duro y ansioso, transformábamos los cuerpos en montones descartables. (...) Aprendí que las palabras establecían una diferencia. Es más fácil enfrentarse con una estirada de pata que con un cadáver; si no es humano, no importa tanto que esté muerto. Por eso una enfermera del Vietcong, frita por el napalm, era un bocadillo crujiente. Un bebé vietnamita, que estaba tendido cerca, era un cacahuete tostado». Pero lo de cambiar el lenguaje para, por ejemplo, referirse a un bebé asesinado no era cosa de la maldad propia de la guerra del Vietnam ni de ninguna guerra, pues también aquí al lado lo hacen.

Tim O’ Brien. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (The Things They Carried, 1989). Barcelona: Anagrama, 1993; 217 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Elvio E. Gandolfo; ISBN: 84-339-0638-0. Nueva edición en 2011; 272 pp.; col. Otra vuelta de tuerca; trad. de Elvio E. Gandolfo; ISBN: 978-84-339-7600-0.

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jueves, 21 de diciembre de 2006

Una extraordinaria novela sobre guerra  es El rojo emblema del valor, de Stephen Crane. Ahora se acaba de publicar en español Heridas bajo la lluvia, once relatos cortos del autor ambientados en la guerra entre Estados Unidos y España en Cuba. También en ellos brilla la prosa exacta de Crane, su capacidad para las descripciones medidas, su sentido del humor irónico. Y, junto con esas cualidades, una novedad: por primera vez los periodistas estaban presentes en una guerra y, cuando Crane cuenta cómo era su trabajo entonces, sentimos que no hay mucha diferencia entre ayer y hoy. Por ejemplo, así comienza El ataque solitario de William B. Perkins: «No podía distinguir entre un cañón rápido de cinco pulgadas y un picador de hielo plateado, y por eso, naturalmente, fue elegido para cubrir el puesto de corresponsal de guerra. El responsable era el editor del Minnesota Herald». Y en Esta majestuosa mentira se comenta: «Los periódicos deberían haber enviado dramaturgos a la primera etapa de la guerra. Los dramaturgos pueden permitirse bajar el telón de vez en cuando para decirle al público: “Atención ahora, se supone que han transcurrido ya tres o cuatro meses”. Pero los pobres diablos de Key West estaban obligados a mantener el telón levantado todo el tiempo. “esto no es una sesión continua”. “Sí, sí que lo es; tiene que ser una sesión continua. El bienestar del periódico así lo exige. La gente quiere noticias”. Muy bien: acción continua».

Stephen Crane. Heridas bajo la lluvia (Wounds in the Rain, 1900). Madrid: Rey Lear, 2006; 248 pp.; trad. de Juan Aparicio-Belmonte y María Ermitas Barrasa; ISBN: 84-935245-0-6.

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