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Notas del archivo 'Benito Pérez Galdós' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 31 de julio de 2020

Sexta novela de los Episodios Nacionales.

Novela en la que hay numerosas y detallistas descripciones de acciones de combate del sitio de Zaragoza, que tuvo lugar a principios de 1809. El narrador cuenta, de oídas, una batalla que tuvo lugar el 21 de diciembre, «una de las más gloriosas del segundo sitio de la capital de Aragón», en la que no se detiene más porque, dice, «son tantos y tan interesantes los encuentros que más adelante habré de narrar, que conviene cierta sobriedad en la descripción de estos sangrientos choques». Cuenta después, ya como protagonista, «el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente, en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y sitiados», con ataques de los franceses, contraataques de los zaragozanos, escaramuzas casa por casa en una «laberíntica guerra de madrigueras», situaciones de falta de alimentos y de fiebres que diezman la población, combatientes de toda clase, entre ellos frailes que exhortaban a los sitiados «furor místico, inspirado en el libro de los Macabeos», etc. Todo el relato resalta el esfuerzo de los franceses por conquistar la ciudad —a la que traen «grande aparato de gente, formidables máquinas, enormes cantidades de pólvora, preparativos científicos y materiales, la fuerza y la inteligencia en su mayor esplendor»—, y cómo, detrás de una deleznable defensa material, «está el acero de las almas aragonesas, que no se rompe, ni se dobla, ni se funde, ni se hiende, ni se oxida y circunda todo el recinto como una barra indestructible por los medios humanos».

Anudado con este hilo está el de la familia Montoria, con la que Gabriel entra en contacto al llegar a Zaragoza. Don José de Montoria, uno de los jefes de la resistencia, un personaje que «no conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres era refractario a la mentira discreta y a los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía», tiene un hijo, Agustín, que está ennoviado en secreto con María, la hija de un avaro, enemigo de don José, cuya descripción dickensiana no tiene desperdicio: «viejo, encorvado, con aspecto miserable y enfermizo, de mirar oblicuo y desapacible, flaco de cara y hundido de mejillas, Candiola se hacía antipático desde el primer momento. Su nariz corva y afilada como el pico de un pájaro lagartijero, la barba igualmente picuda, los largos pelos de las cejas blanquinegras, la pupila verdosa, la frente vasta y surcada por una pauta de paralelas arrugas, las orejas cartilaginosas, la amarilla tez, el ronco metal de la voz, el desaliñado vestir, el gesto insultante, toda su persona, desde la punta del cabello, mejor dicho, desde la bolsa de su peluca hasta la suela del zapato, producía repulsión invencible. Se comprendía que no tuviera ningún amigo». Candiola dirá, en medio del caos de la batalla, que «es un pecado mortal, es un delito imperdonable dejarse matar, cuando se deben piquillos que el acreedor no podrá cobrar fácilmente».

En las acciones bélicas el narrador se detiene en las que encabezan algunas mujeres, como una tal Manuela Sancho que arrastra a un ataque primero a uno, luego a tres, «luego muchos, y al fin todos los demás, azuzados por los jefes que a sablazos nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación portentosa, por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo a sentimientos que se comunicaban a todos sin que nadie supiera de qué misterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimos valientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que movidos todos por una fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos a la lucha tras la heroica mujer». Y, como más de una vez en la serie, el narrador contrasta estas actuaciones con las afirmaciones de algunos varones como, en este caso, Agustín Montoria, que le dice a su novia María: «tú eres una mujer, y una mujer débil, sensible, tímida, incapaz de matar a un hombre, como no le mates de amor. El cuchillo se te hubiera caído de las manos y no habrías manchado tu pureza con la sangre de un semejante. Esos horrores se quedan para nosotros los hombres, que nacemos destinados a la lucha, y que a veces nos vemos en el triste caso de gozar arrancando hombres a la vida».

Son notables las descripciones de las luchas en túneles casa por casa: «este trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra a nada del mundo puede compararse. Parecíanos haber dejado de ser hombres, para convertirnos en otra especie de seres, insensibles y fríos habitantes de las cavernas, lejos del sol, del aire puro y de la hermosa luz. Sin cesar labrábamos largas galerías, como el gusano que se fabrica la casa en lo oscuro de la tierra y con el molde de su propio cuerpo. Entre los golpes de nuestras piquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los franceses, y después de habernos batido y destrozado en la superficie, nos buscábamos en la horrible noche de aquellos sepulcros para acabar de exterminamos». Llegaban luego las luchas con «arma blanca a lo largo de las galerías. Todo aquello parecía una pesadilla, una de esas luchas angustiosas que a veces trabamos contra seres aborrecidos en las profundas concavidades del sueño: pero era cierto y se repetía a cada instante en diversos puntos».

Pero, sobre todo, en la novela tiene un papel fundamental Palafox, a quien se dedican no pocos párrafos: «Debía en gran parte su prestigio a su gran valor; pero también a la nobleza de su origen, al respeto con que siempre fue mirada allí la familia de Lazán y a su hermosa y arrogante presencia. (..) Lo que más que nada hacía simpático al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor juvenil con que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de tocar un ideal de gloria. (…) Si carecía de dotes intelectuales para dirigir obra tan ardua como aquella, tuvo el acierto de reconocer su incompetencia, y rodeose de hombres insignes por distintos conceptos. Estos lo hacían todo, y Palafox quedábase tan sólo con lo teatral. Sobre un pueblo en que tanto prevalece la imaginación, no podía menos de ejercer subyugador dominio aquel joven general, de ilustre familia y simpática figura, que se presentaba en todas partes reanimando a los débiles y distribuyendo recompensas a los animosos. Los zaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes, su constancia, su patriotismo ideal con ribetes de místico y su fervor guerrero. Lo que él disponía, todos lo encontraban bueno y justo. (…) Su rostro expresaba siempre una confianza suprema, y en él la triunfal sonrisa infundía coraje como en otros el ceño feroz. (…) Como comprendía por instinto que parte del éxito era debido, más que a lo que tenía de general a lo que tenía de actor, siempre se presentaba con todos sus arreos de gala, entorchados, plumas y veneras, y la atronadora música de los aplausos y los vivas le halagaban en extremo».

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viernes, 24 de julio de 2020

Quinta novela de los Episodios Nacionales.

En ella se detalla el cerco de los ejércitos napoleónicos a Madrid, y luego su entrada en la capital. «La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de Mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular, y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres». Todo termina cuando, al fin, José Bonaparte es proclamado rey. Por otro lado, Gabriel está en medio de un maremágnum de personajes, intentando no perder contacto con Inés y siguiendo, sobre todo, las andanzas del insensato don Diego Rumblar, que no hace más que pedirle dinero para las deudas que adquiere: «D. Diego me hizo una pintura horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad de sus bolsillos; dijo después que se iba a suicidar, y luego me llamó insigne varón, ilustre amigo y el más caballeroso y caritativo de los hombres, siendo de notar que todos estos rodeos, elipsis, metonimias e hipérboles terminaron con pedirme dos reales».

Galdós escribió esta novela en un mes, cosa que se nota en que se deja llevar por su ímpetu dialéctico y en que hace desfilar por su obra muchos personajes de las clases populares, podríamos decir que innecesarios para el desarrollo de sus hilos argumentales. Dedica espacio a las andanzas de un tal señor de Mañara, «persona de alta posición por aquellos días, (...) a punto de ser nombrado regidor de Madrid». Cuando el narrador cuenta un episodio en el que los españoles fueron engañados se pregunta si fue Mañara el autor de la traición y dice: «Histórica, no hija de nuestra invención, es la persona de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus hábitos manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios bajos; histórica es también la Zaina, y tan históricos como la jura en Santa Gadea y el compromiso de Caspe, son sus amores con el regidor, su abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza (...). Para saber todo esto basta leer media página de la historia mejor y más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en este eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo oiréis razones para contestar categóricamente a la pregunta que antes hice» de si Mañara fue o no el responsable de la traición.

Se suceden las escaramuzas y combates callejeros, siempre con malos resultados para los patriotas. «En resumen: mucha, muchísima gente de última hora; pocas y malas armas; ningún concierto, falta de quien supiese mandar aunque fuese un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de piernas; un continuo ir y venir, con la añadidura inseparable de gritos, amenazas y recelos mutuos, y la contera de los gallardetes, escarapelas, banderolas, signos, letreros y emblemas, que tanto emboban al pueblo de Madrid». En otro momento, el narrador se lamentará de que «el pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por la tierra. Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados, y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor».

También en estas situaciones proliferan los personajes de todo tipo, unos miserables, o simplemente aprovechados, como «el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos», y otros dignos sucesores de don Quijote, como el veterano Gran Capitán, cuyos parlamentos asombran y encienden a Gabriel: «Eche Vd. a los moros, descubra y conquiste Vd. toda la América, invente usted las más sabias leyes, extienda Vd. su imperio por todo lo descubierto de la tierra, levante Vd. los primeros templos y monasterios del mundo, someta Vd. pueblos, conquiste ciudades, reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego caer a los pies de un miserable Emperadorcillo salido de la nada, tramposo y embustero. Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan acá con que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber de los madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y quemar la ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis compañeros se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid está deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la mísera vida al honor».

Es Inés, con todo, quien sostiene la esperanza de Gabriel con palabras que, aunque se refieren al amor que se tienen, también se aplican a la difícil situación social y política que les rodea: «Tengamos confianza en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se hace de pronto fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que cuando las cosas deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños suele a veces triunfar de la de los grandes». El narrador lo acepta: «al decir estas palabras que indicaban junto con un firme amor, un profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad».

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viernes, 17 de julio de 2020

Cuarta novela de los Episodios Nacionales.

La batalla de Bailén, en la que el general Castaños hizo frente y derrotó a tres divisiones francesas, avivó mucho el sentimiento patriótico nacional pues fue la primera derrota que sufrió el ejército napoleónico en Europa. La novela contará con detalle cómo fue la batalla y, antes, la extraña composición del ejército español: «Se formó de lo que existía; entraron a componer aquel gran amasijo la flor y la escoria de la Nación; nada quedó escondido, porque aquella fermentación lo sacó todo a la superficie, y el cráter de nuestra venganza esputaba lo mismo el puro fuego, que las pestilentes lavas. Removido el seno de la patria, echó fuera cuanto habían engendrado en él los gloriosos y los degenerados siglos; y no alcanzando a defenderse con un solo brazo, trabajó con el derecho y el izquierdo, blandiendo con aquel la espada histórica y con este la navaja».

Pero, antes de llegar a ese punto, veremos a Gabriel y otros compañeros viajando hacia el sur para terminar alistándose como soldados de caballería del «pequeño pero brillante ejército de San Roque»: Gabriel esperaba encontrar a Inés en Córdoba y quería entrar en esa ciudad como soldado y no como un andrajoso vagabundo. Entre sus compañeros, que desempeñarán papeles importantes en el futuro, estarán un hombre algo mayor, un afrancesado llamado Luis de Santorcaz, que más adelante sabremos que es masón, y un joven aragonés de unos veinte años, Andresillo Marijuán, que «iba a servir de mozo de mulas a un pueblo de Andalucía, en casa de la señora condesa de Rumblar, su ama y señora, pues en las fincas que esta poseía en tierra de Almunia de Doña Godina, había nacido aquel mancebo». Más adelante conocerá al joven y pánfilo hijo de la condesa, don Diego, y a sus jóvenes, bondadosas y románticas hermanas, una destinada al claustro y otra al matrimonio, que, nos dirá el narrador, «las pobrecillas veían desaparecer un mundo y nacer otro nuevo sin darse cuenta de ello».

Este hilo de la novela sirve sobre todo para poner las bases de lo que ocurrirá en las posteriores y desplegar las intrigas familiares que se van urdiendo en torno a Inés. Importa más, por un lado, la descripción de la opinión pública nacional, en la que toman parte sabihondos de salón que se presentan como expertos conocedores de todos los secretos y que nunca son capaces de reconocer su ignorancia: «cesen las impertinentes preguntas que en vano amenazan el inexpugnable alcázar de mi discreción»; y en la que interviene la prensa de la época, que «reproducía despachos y noticias que remitían de todas partes. Dictábalas el entusiasmo y las devoraba la credulidad, y como nadie las discutía, el efecto era inmenso». A la vez, el narrador explica y se recrea en cómo se dio en aquel momento una creciente marea de patriotismo que lo acabó inundando todo y se tradujo en donativos de toda clase para equipar al ejército: «Aprended, generaciones egoístas. Leed las listas de donativos hechos por los gremios, por los comerciantes, por los nobles y hasta por los mendigos».

Por otro lado, lo fundamental está en todos los pormenores de la gran batalla. En primer lugar, por ejemplo, esta es la descripción que hace Gabriel cuando ve por primera vez al general Castaños pasando revista a las tropas: «Parecía tener cincuenta años, y por cierto que me causó sorpresa su rostro, pues yo me lo figuraba con semblante fiero y ceñudo, según a mi entender debía tenerlo todo general en jefe puesto al frente de tan valientes tropas. Muy al contrario, la cara del general Castaños no causaba espanto a nadie, aunque sí respeto, pues los chascarrillos y las ingeniosas ocurrencias que le eran propias las guardaba para las intimidades de su tienda. Montaba airosamente a caballo, y en sus modales y apostura había aquella gracia cortés y urbana, que tan común ha sido en nuestros Césares y Pompeyos».

Luego, he aquí un ejemplo de una intensa descripción de unos combates que presencia Gabriel: «El regimiento de Órdenes, uno de los más valientes del ejército, se arrojó sobre el enemigo con una impavidez que a todos nos dejó conmovidos de entusiasmo. Su coronel D. Francisco de Paula Soler, parecía dar fuego a todos los fusiles con la arrebatadora llama de sus ojos, con el gesto de su mano derecha empuñando la espada que parecía un rayo, con sus gritos que sobresalían entre el granizado tiroteo, sublimando a los soldados. La metralla y la fusilería enemiga se recrudecieron de tal modo, que casi toda la primera fila del valiente regimiento de Órdenes cayó, cual si una gigantesca hoz la segara»… Pero entonces los soldados imperiales «avanzaron a la bayoneta, pujantes, aterradores, irresistibles. ¡Momento de incomparable horror! Figurábaseme ver a dos monstruos que se baten mordiéndose con rabia, igualmente fuertes y que hallan en sus heridas, en vez de cansancio y muerte, nueva cólera para seguir luchando».

Y otro ejemplo, pero esta vez de un combate que protagoniza el mismo Gabriel: «mi caballo flaqueó de sus cuartos traseros. Intenté hacerle avanzar, clavándole impíamente las espuelas: el noble animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de su deber y tratando de sobreponerle a la agudeza de su dolor, dio algunos botes; pero cayó al fin escarbando la tierra con furia. El desgraciado había recibido una violenta herida en el vientre, y falto de palabra para expresar su padecimiento, bramaba, aspirando con ansia el aire inflamado, sacudía el cuello, parecía dar a entender que hallando un charco de agua en que remojar la lengua sus dolores serían menos vivos, y al fin se abandonó a su suerte, tendiéndose sobre el campo, indiferente al ruido del cañón y al toque de degüello».

Al final, el narrador quiere conducir al lector a comprender que «España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, iba a probar, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las Naciones son invencibles». Y, también, a que reflexione acerca de los misteriosos designios de la Providencia: «Así los granos de arena pesan a veces como montañas en el destino de un ser humano, y lo que es gota de agua en el cauce de la generalidad, es río impetuoso en el de uno solo, o viceversa, según lo que nosotros llamamos antojos de allá arriba, y no es sino concierto sublime, que no podemos comprender, como no puede una hormiga tragarse el sol».

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viernes, 19 de junio de 2020

Tercera novela de los Episodios Nacionales.

1808. Dos acontecimientos centrales: en marzo, el motín que haría caer a Godoy —«era aquella la primera vez que veía al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde entonces le aborrezco como juez», dice Araceli—; y en mayo, la revuelta popular del día 2 —«raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y por lo tanto una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos»—. En medio de los acontecimientos, llevados de un lugar para otro, están Gabriel, Inés, su tío, y otros personajes. Poco a poco, el héroe aprende: «las contrariedades me habían dado alguna experiencia; conocía ya los rudimentos de la ciencia del corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas, merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida». En lo que se refiere a las aventuras del héroe lo que importa es que, al final, Inés es secuestrada y desaparece.

Abundan, como siempre, los adjetivos descriptivos magníficos: una voz becerrona, una mano lagartijera… Asoman, también como siempre, la ironia zumbona y los conocimientos literarios del autor: el narrador dice que estaban en la taberna «pidiendo Lopito para sí aguardiente de Chinchón, y yo tintillo de Arganda», y continúa: «No estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres, porque cerca de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra naturaleza física y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros, en cuyas fisonomías reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de Lavapiés, de aquellos que invocó con épico acento el poeta al decir: Grandes, invencibles héroes, que en los ejércitos diestros de borrachera, rapiña, gatería y vituperio, fatigáis las faltriqueras».

Entre los muchos personajes singulares que destaca la narración hay varias mujeres combatientes cuyo comportamiento heroico y feroz desmiente las afirmaciones masculinas típicas: «en este día el llanto es indigno aun en las mujeres» dirá un anciano. Por ejemplo, esta escena de combates callejeros en la Puerta del Sol: «—Ven acá, Judas Iscariote —exclamó la Primorosa, dirigiendo los puños hacia un mameluco que hacía estragos en el portal de la casa de Oñate—. ¡Y no hay quien te meta una libra de pólvora en el cuerpo! ¡Eh, so estantigua!, ¿pa qué le sirve ese chisme? Y tú, Piltrafilla, echa fuego por ese fusil, o te saco los ojos. Las imprecaciones de nuestra generala nos obligaban a disparar tiro tras tiro».

Pero aquí destaco la descripción que hace de un tipo muy particular que reaparecerá más adelante: «Juan de Dios era sin género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es la risa, que no da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y la hortera en que ha de guardar el dinero; un hombre que en todas las ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional».

Como en Trafalgar reivindicó a varios marinos españoles al frente de la flota, en esta novela Galdón reivindica las figuras de dos oficiales de artillería desconocidos que hicieron frente a un asalto de las tropas francesas en las calles de Madrid: «Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas, instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración de guerra por las juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha que empezó a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad». Hablará después de Pedro Velarde, Luis Daoiz y otros, y terminará su historia estando presente y siendo una de las víctimas del 2 de mayo.

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viernes, 12 de junio de 2020

Segunda novela de los Episodios Nacionales.

1807. El acontecimiento histórico en el centro del relato es el de una conjura del príncipe Fernando y sus seguidores contra su padre, el rey Carlos IV. Gabriel vive en Madrid como aprendiz en una imprenta y como criado de una actriz —«mi trabajo, si no escaso, era divertido y muy propio para adquirir conocimiento del mundo en poco tiempo»—. Conoce a Inés —una modista de 14 años que vive con su madre, viuda, que al final de la novela fallecerá diciéndole que no es su verdadera madre—, y entra al servicio de la intrigante Condesa Amaranta (nombre ficticio que se refiere a la Duquesa de Alba). Así Gabriel entra en contacto con ambientes cortesanos y populares de Madrid, lo que le permitirá ir presentando gente de muy distinto tipo, cosa que hace, dice, «para que se comprenda qué clase de espantajos había entonces para regocijo de aquella generación. En cuanto a mí, siempre me han hecho gracia estos tipos de la vanidad humana, que son sin disputa los que más divierten y los que más enseñan». Sin embargo, el narrador mostrará bien cómo se sintió fascinado por «estar en palacio, creyendo que sólo por el contacto del suelo que pisaban mis pies, tenía nuevos títulos a la consideración del género humano; y como cuantos llevamos la generosa sangre española en nuestras venas, somos propensos a la fatuidad, no pude menos de creerme un verdadero y genuino personaje».

Como el mismo narrador reconocerá, en ocasiones hace digresiones que le desvían de los hilos de su historia: el de los acontecimientos públicos y el de sus afanes privados. En esta novela tiene un especial interés, y también encaja de lleno con las andanzas del héroe, la que dedica al teatro de la época. Se describen bien las discusiones que había entre un tipo de teatro y otro, se cuenta el modo en que los partidarios de unos y otros abucheaban e intentaban hacer fracasar las obras de los rivales. Se discute también, por boca de distintos personajes, la valía de unos y otros dramaturgos: cuando Gabriel le dice al pedante Cascaciruelas que le parece bien la intención de un autor de censurar los vicios de la educación del momento, su interlocutor le responde diciéndole que nadie le manda al autor meterse en esas filosofías y que nada tiene que ver la moral con el teatro. El narrador terminará con una defensa cerrada de Leandro Fernández de Moratín: de él dice Gabriel que, «en sus conversaciones era siempre mucho menos festivo que en sus escritos; pero tenía semejanza con éstos por la serenidad inalterable en las sátiras más crueles, por el comedimiento, el aticismo, cierta urbanidad solapada e irónica, y la estudiada llaneza de sus conceptos. Nadie le puede quitar la gloria de haber restaurado la comedia española, y El sí de las niñas, en cuyo estreno tuve, como he dicho, parte tan principal, me ha parecido siempre una de las obras más acabadas del ingenio».

El contacto con gente de toda clase propicia que vaya en aumento el conocimiento propio del narrador, lleno de juvenil ignorancia y equivocado patriotismo, pues «me hallaba por más señas en la edad en que somos tontos», reconocerá. Pero, después de varios tristes episodios, dirá de sí mismo que «he sido un alma de cántaro; pero bien dice el señor cura, [el tío de Inés], que la experiencia es una llama que no alumbra sino quemando»; dirá que «salí decidido a huir para siempre del vergonzoso arrimo de cómicos y danzantes, de damas intrigantuelas y de hombres corrompidos y fatuos»; que, «después de tanto abatimiento», había hecho «una nueva conquista de inmenso valor, la idea del honor»; que desde ahora sus objetivos se centrarían en «llegar a ser persona de provecho; pero de modo que mis acciones me enaltezcan ante los demás y al mismo tiempo ante mí, porque de nada vale que mil tontos me aplaudan, si yo mismo me desprecio».

Pero todo será posible gracias a Inés, una chica de la que al principio piensa que es muy buena pero tiene pocos alcances e incluso se lo dice a ella: «Al fin eres mujer, y las mujeres... como no sea hacer calceta, y de poner el puchero a la lumbre, de nada entienden una higa. Este negocio que tratamos no es para tu pobre cabecita. Los hombres son los que lo entendemos bien, porque tenemos un modo de ver las cosas más por lo alto, porque en fin, tenemos más talento». Pero Gabriel irá dándose cuenta de que las cosas son al revés: «Inés tenía el don especialísimo de poner todas las cosas en su verdadero lugar, viéndolas con luz singular y muy clara, concedida a su privilegiado entendimiento, sin duda para suplir con ella la inferioridad que le negó la fortuna». (…) Todo en ella era sencillez, hasta su hermosura, no a propósito para despertar mundano entusiasmo amoroso, sino semejante a una de esas figuras simbólicas, que no están materialmente representadas en ninguna parte; pero que vemos con los ojos del alma, cuando las ideas agitándose en nuestra mente, pugnan por vestirse de formas visibles en la oscura región del cerebro».

Más adelante dirá: «Puedo decir comparando mi espíritu con el de Inés, y escudriñando la radical diferencia entre uno y otro, que el de ella tenía un centro y el mío no». Un centro que, cuando muere su madre, el narrador describirá diciendo que era el suyo «un dolor resignado, propio de quien acostumbraba a relacionar las penas y las alegrías con la voluntad de arriba». El narrador, antes de cerrar este capítulo, recuerda la acción de la Providencia en su vida del siguiente modo: «cuando se acerca el fin de la jornada, causa cierto gozo el considerar de qué extraña manera nos prepara la Providencia, allá en los comienzos de nuestra vida, el camino que hemos de recorrer y hasta los tropiezos o facilidades, penas y alegrías que en él hemos de encontrar. El tránsito de la niñez a la juventud parece el esbozo de un drama, cuyo plan apenas se entrevé en el balbuciente lenguaje de los primeros afectos y en la indecisión turbulenta de las primeras acciones varoniles».

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viernes, 5 de junio de 2020

Primera novela de los Episodios Nacionales.

1805. Gabriel de Araceli terminará participando en la batalla de Trafalgar pues se alista como criado de un viejo oficial. De acuerdo con lo que vio y oyó, y echando mano también de lo que ya sabe, cuenta los preparativos de la flota española, critica las decisiones de su jefe, el almirante francés Villeneuve, narra después algunas acciones bélicas decisivas en las que participó, y alaba el valor, junto «la previsión, la serenidad, la inquebrantable firmeza», de figuras como «D. Cosme Damián Churruca y D. Dionisio Alcalá Galiano». Como hará en otras ocasiones y a propósito de más personajes, el narrador se lamentará de que tales hombres «no hayan tenido un jefe digno de su valor» y no se les encargase del mando de la escuadra, igual que más adelante también dirá que «parece mentira que el Rey trate tan mal a los que le sirven».

El narrador, un tipo simpático, y pícaro si hace falta, habla con metáforas populares bien integradas en los escenarios. Por ejemplo, después de haber desobedecido a su patrona, esta le abronca, «furiosa, y sin previo aviso me descargó en la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería que me hizo ver las estrellas», y además siguió vapuleándole: «la zurra continuó en la forma siguiente: yo caminando a la cocina, lloroso y avergonzado, después de arriada la bandera de mi dignidad, y sin pensar en defenderme contra tan superior enemigo; Doña Francisca detrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos golpes de su mano. En la cocina eché el ancla, lloroso, considerando cuán mal había concluido mi combate naval». Esta conciencia de su orfandad, de verse a sí mismo solo y abandonado, irá desapareciendo con el paso del tiempo: Gabriel irá dejando atrás los lamentos por su situación personal y sus quejas sobre la imposibilidad de aspirar a mejorar su posición social, e irá madurando.

En cada novela de la serie aparecen personajes de todo tipo, algunos descritos con detalle y extraordinaria viveza. En esta, son buenos ejemplos el matrimonio que adoptó a Gabriel, la citada doña Francisca y su marido, el capitán de navío retirado don Alonso, y un viejo marinero amigo de quien se dice lo siguiente: «Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros Medio-hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durante cuarenta años. En la época de mi narración, la facha de este héroe de los mares era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista. No puedo decir si su aspecto hacía reír o imponía respeto: creo que ambas cosas a la vez, y según como se le mirase».

Además de las descripciones más extensas de algunos personajes, Galdós irá mostrando comportamientos de toda clase a lo largo de la serie, muchos mezquinos o fatuos o egoístas, pero en esta novela tienen más fuerza sus elogios a los héroes. Así, de Churruca se comenta que «expiró con la tranquilidad de los justos y la entereza de los héroes, sin la satisfacción de la victoria, pero también sin el resentimiento del vencido; asociando el deber a la dignidad, y haciendo de la disciplina una religión; firme como militar, sereno como hombre, sin pronunciar una queja, ni acusar a nadie, con tanta dignidad en la muerte como en la vida». Del «más valiente brigadier de la armada» se cuenta que «tenía el genio fuerte y no consentía la más pequeña falta; pero su mucho rigor nos obligaba a quererle más, porque el capitán que se hace temer por severo, si a la severidad acompaña la justicia, infunde respeto, y, por último, se conquista el cariño de la gente. También puede decirse que otro más caballero y más generoso que D. Dionisio Alcalá Galiano no ha nacido en el mundo».

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viernes, 29 de mayo de 2020

Como dije cuando comenté una reciente biografía de Benito Pérez Galdós pensé que debería volver a leer los Episodios Nacionales y las semanas del confinamiento han sido la oportunidad para leer al menos la primera serie. Inicio con esta nota una serie de comentarios a cada una de las novelas que la componen: mi propósito es contar con amplitud el argumento, poner párrafos donde se aprecie la gran maestría para las descripciones del autor, en especial de tipos humanos, e intentar así atraer a la lectura de la que considero la mayor obra de literatura «juvenil» española.

Cuando estaban de moda en toda Europa las novelas históricas, un Pérez Galdós de unos treinta años, se lanzó a escribir por entregas, en La Revista de España, una extensa crónica de la Guerra de la Independencia. Lo hizo a toda velocidad, «sin dar descanso a la pluma», diría más tarde, lo que por un lado explica sus fallos y a la vez muestra su enorme talento narrativo y constructivo. Para su proyecto eligió como protagonista y narrador a Gabriel Araceli, un muchacho gaditano huérfano que habla, como anuncia en Trafalgar, ya «en el ocaso de la existencia», y que apoya su narración, cuando lo necesita, en noticias de prensa o en testimonios de la época. En la mayoría de las novelas Gabriel está en el centro mismo de los acontecimientos, pero también se apoya en testimonios de otros para lo que no ha presenciado y, en uno de los episodios, Gerona, deja que cuente las cosas un amigo suyo que estuvo allí. El relato comienza en 1805 cuando tiene 14 años y termina presenciando y viviendo la batalla naval de Trafalgar —Galdós había charlado extensamente con un veterano que fue testigo de primera mano de lo que Gabriel narrará en su relato—, y termina después de La batalla de los Arapiles, que tuvo lugar en 1812.

El narrador normalmente se ciñe a los sucesos del presente pero a veces recuerda otros acontecimientos históricos que sus lectores de aquel momento recordarían y que le sirven al autor para llegar a su objetivo final de pintar un gran mural de la historia de España en el siglo XIX. Por ejemplo, en la tercera novela, al recordar las revueltas callejeras de 1808 contra las tropas napoleónicas, dirá: «Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo demás que existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo, y oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo, don Antero, progresista blindado, cuenta la picardía de O'Donnell el 56; D. Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males de España de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos, que fue de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta de la caída del Estatuto».

Perez Galdós demuestra una gran habilidad constructiva para ir colocando a su héroe en medio de muchos acontecimientos decisivos, o para ser el oyente privilegiado de testigos de primera mano en otros casos, y para ir dando voz a unos o a otros personajes, de distintas clases sociales, y así dejar claro al lector qué fue sucediendo y qué percepción tenía la gente de lo que iba pasando. También quedan claras sus intenciones de reivindicar a determinados personajes históricos, de hacer descripciones de muy distintos tipos humanos, de criticar en especial a los intransigentes y a los arribistas, y de mostrar las miserias del panorama político nacional del momento, nada distintas de las actuales y de siempre, viene a decirnos el narrador. Su tono es en muchos momentos dickensiano —el autor había sido traductor de Las aventuras de Pickwick, un trabajo no muy bueno pues Galdós no sabía tanto inglés y se apoyó en la traducción francesa, y Dickens llegó a ser su autor favorito—, tanto cuando el relato tiene acentos picarescos a lo Oliver Twist, como cuando adopta el mismo rechazo de Dickens en Historia de dos ciudades hacia los comportamientos abusivos de los aristócratas y hacia la cólera desatada de los revolucionarios.

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viernes, 28 de febrero de 2020

En esta reseña de Andrés Trapiello se resume y comenta muy bien Benito Pérez Galdós: vida, obra y compromiso, de Francisco Cánovas Sánchez. Se habla de su amenidad y de cómo el biógafo recuerda los juicios de muchos sobre la valía del escritor canario; también se resalta que se coloca bien al biografiado en medio del panorama político tan confuso del siglo XIX y principios del XX.

Entre las cosas a las que he prestado más atención están la de cómo el trabajo periodístico que hizo en su juventud Pérez Galdós, igual que le había ocurrido años atrás a Dickens, «afinó y potenció su capacidad de observación del espacio público y la vida ciudadana»; y también la de que dio una singular riqueza a sus novelas su actividad, durante años, como crítico de arte, así como su afición a la música y el dibujo: su perspectiva literaria estaba vinculada con su concepción artística.

El libro me ha dejado el deseo de volver a leer los Episodios Nacionales pues me ha hecho recordar muchos pormenores relativos a su composición: la idea de Galdós de confeccionarlos con personajes novelescos que viven la Historia como su propia historia; su intención de combinar rigor histórico, escritura fluida y una clara orientación pedagógica —Galdós deseaba «enseñar a los lectores a mirar, a interpretar y a conocer los acontecimientos de su tiempo, con las ventajas que ofrecía la novela para ello», afirma el biógrafo—; que la galería de figuras que presenta Galdós en las dos primeras series aumenta mucho en sus novelas posteriores, donde maneja «más variedad de argumentos y de recursos narrativos que combinan el monólogo, el género epistolar, los diarios y el relato en tercera persona», así como el análisis psicológico de los personajes»; la capacidad del autor de recoger y expresar «la rica diversidad geográfica, el madrileñismo, el andalucismo o el catalanismo, el habla culta de las clases acomodadas y el habla popular de la clase trabajadora; el uso de términos franceses, latinos o italianos, las expresiones cursis de los señoritos, los dichos, los tópicos y los latiguillos».

Francisco Cánovas Sánchez. Benito Pérez Galdós: vida, obra y compromiso (2019). Madrid: Alianza, 2019; 499 pp.; ISBN: 978-84-9181-663-8. [Vista del libro en amazon.es]

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