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Notas de enero de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 31 de enero de 2009

En La esfera y la Cruz Chesterton plantea una confrontación entre dos personajes que se proponen batirse en un duelo que, por unas u otras razones, nunca tiene lugar. Al final, los dos contendientes concluirán que nada mejor que discutir con una cerveza delante en vez de combatir el uno contra el otro.

En un episodio inicial, cuando el profesor Lucifer y el monje Miguel viajan volando por encima de Londres, el primero tiene un ataque de cólera y arroja al segundo al vacío cuando pasan por encima de la cúpula de San Pablo. Luego comienza la novela: el intransigente católico escocés Evan Mac Ian desafía en duelo al profesor Turnbull, director de El Ateo. Turnbull acepta, pues es la primera vez que alguien le considera seriamente. Como el duelo está prohibido van de sitio en sitio, perseguidos por unos y otros, y tropezándose con personajes variados, cada uno de los cuales representa una tendencia del pensamiento moderno. Mac Ian encuentra una chica liberal y escéptica, pero que desea sinceramente la verdad, y la convierte. Turnbull encuentra otra chica de fe sencilla, que lo convierte a él.

A lo largo de la novela salen ideas que Chesterton desarrollará de modo más completo en Ortodoxia, unos años después. Entre otras, la importancia de ser educado en un universo completo, donde lo sobrenatural existe y, aunque no sea natural, sí es razonable: dice Mac Ian que, para él, «lo sobrenatural es un mensaje directo de Dios, que es razón». O la necesidad de contar con la caída original si se desea comprender de verdad al hombre: dice Miguel que «el hombre (...) es un animal cuya superioridad sobre los otros animales consiste en haber caído». O el interés en revelar el significado de tanto derroche como vemos en la naturaleza: dice Turnbull al loco que se hace pasar por Dios que «hace usted un millón de semillas y una sola lleva fruto. Hace usted un millón de mundos y uno solo parece habitado. ¿Qué quiere decir con esto, eh?». O la visión cristiana de la vida como fuente de un inquebrantable optimismo: «la cruz no puede ser derrotada —dijo Mac Ian—, porque es ya la Derrota». O las consecuencias sociales del rechazo de la visión cristiana del mundo: «Empiezan ustedes rompiendo la cruz, y concluyen destrozando el mundo habitable», dice también Miguel.

La novela está llena de discusiones y diálogos de ideas que dan idea del entusiasmo por la confrontación dialéctica que tenía Chesterton, pero, fundamentalmente, de la importancia que para él tenía ser preciso tanto en el uso de las palabras como en la comprensión de los conceptos. Un ejemplo es cuando, con ese característico acento desafiante que a Chesterton le gusta poner cuando hace una declaración que suena escandalosa, después que Mac Ian dice que «matar es pecado pero verter sangre no es pecado» y su rival, bromeando, le responde que, «bueno; no disputemos por una palabra», figura esta respuesta: «—¿Y por qué no? —dijo Mac Ian con súbita aspereza—. ¿Por qué no habíamos de disputar sobre una palabra? ¿De qué sirven las palabras si no tienen importancia bastante para disputar sobre ellas? ¿Por qué escogemos una palabra con preferencia a otras si no difieren entre sí? Si a una mujer le llama usted chimpancé en lugar de ángel, ¿no habría disputa por una palabra? Si usted no quiere discutir sobre palabras, ¿sobre qué va usted a discutir?». Entre paréntesis, esta observación en castellano se ilumina mucho más si uno señala la diferencia que hay entre decirle a una chica que es mona o que es un chimpancé. Otro ejemplo, en relación a la importancia de manejar bien los conceptos, se da cuando, en otro momento, Mac Ian habla de «una filosofía turbia y falsa», una «ciénaga de moral cobarde y rastrera», en la que uno acaba pensando que «un golpe es malo porque hace daño, no porque humilla», en que «dar muerte es malo porque es violento, no porque es injusto».

G. K. Chesterton. La esfera y la Cruz (The Ball and the Cross, 1910). Madrid: Valdemar, 2005; 384 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de José Luis Moreno-Ruiz; 384 pp.; ISBN 10: 84-7702-524-X.

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viernes, 30 de enero de 2009

Me alegra particularmente la edición de El Águila de la Novena Legión, una extraordinaria novela escrita en 1954 por Rosemary Sutcliff, que precede a The Silver Branch, no publicada en castellano, y a Aquila, el último romano, sí publicada por SM años atrás (con una enorme cantidad de guiones de diálogo mal puestos). La noticia es tan buena que no es el momento de lamentar que haya otras buenas novelas de Sutcliff no editadas en España —uno de tantos misterios editoriales—, sino el de dar la noticia para correr la voz y animar también a leer (o releer), a pesar de todo, Aquila, el último romano. Entretanto, seguro que algún editor presuroso traduce y publica The Silver Branch.

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jueves, 29 de enero de 2009

Me han preguntado mi opinión sobre la serie de Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico y sus secuelas. He leído sólo la primera novela y he hojeado un poco las otras, y he tenido suficiente. Me ha pasado lo mismo, pero mucho antes porque me han parecido inferiores, que con los libros del Mundodisco de Terry Pratchett. Me divierten y admiro el ingenio del autor pero, pasado el centenar de páginas, no veo que me aporten nada nuevo, salvo que conecto bien con bromas del estilo que un hombre grite un día «¿Tiene alguna importancia, cósmicamente hablando, si no me levanto para ir a trabajar?»; o con comentarios sabrosos como el de que «todas las civilizaciones pasan por tres etapas diferentes y reconocibles, Supervivencia, Indagación, Refinamiento, que popularmente son conocidas como las fases del Cómo, Por qué y Dónde: ¿Cómo podemos comer?, ¿Por qué comemos? ¿Dónde vamos a almorzar hoy?». O, en otro libro, con una disquisición del tipo «Lo primero que hay que entender de los universos paralelos (...), es que no son paralelos. También es importante comprender que, estrictamente hablando, tampoco son universos, pero eso resulta más fácil si se trata de entenderlo un poco después, cuando se haya comprendido que todo lo que se ha entendido hasta ese momento no es cierto». Quizá la cuestión es que acepto el disparate si llega en dosis pequeñas pero me resulta cargante cuando me provoca la sensación de que el autor es gracioso y lo sabe y además intenta demostrármelo continuamente.

Douglas Adams. Guía del autoestopista galáctico (The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy, 1979). Barcelona: Anagrama, 2005, 7ª ed.; 289 pp.; epílogo de Robbie Stamp; trad. de Benito Gómez Ibáñez; ISBN: 84-339-1247-X.
Douglas Adams. Informe sobre la Tierra: fundamentalmente inofensiva (Mostly Harmless, 1992). Barcelona: Anagrama, 2005, 2ª ed.; 265 pp.; trad. de Benito Gómez Ibáñez; ISBN: 978-84-339-2350-1.

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miércoles, 28 de enero de 2009

He leído varias novelas de Anthony Horowitz pero, aunque me parece un buen escritor, con el oficio narrativo y el dominio de los recursos propios de la fantasía de muchos autores ingleses, ninguna me ha entusiasmado, tal vez porque me acaban resultando relatos artificiales. Un ejemplo es Stormbreaker, el thriller sobre una especie de James Bond adolescente llamado Alex Rider, del que se hizo una película hace ya un año o más.

Sin embargo, rescato un párrafo de esa novela que, a mi juicio, ejemplifica bien varias cosas que un buen narrador no ha de perder de vista: cómo introducir al lector dentro de la mente del protagonista, cómo decirle que la novela que tiene delante es más que una novela, cómo conectar el relato con clásicos de aventuras que muchos lectores conocen bien, y cómo hacer avanzar eficazmente la historia. La escena se desarrolla cuando Álex ve a unos hombres en la costa: «Cada vez más curioso, Álex se deslizó hacia allí y encontró un lugar en el que ocultarse, tras una agrupación de rocas. Parecían estar esperando un barco. Miró al reloj. Eran exactamente las dos en punto. A punto estuvo de echarse a reír. De haber dado a aquellos hombres pistolas de chispa y caballos, casi hubieran podido salir de un libro juvenil. Contrabandistas de la costa de Cornualles. ¿Sería eso a lo que se dedicaban? ¿Esperaban cocaína o marihuana procedente del continente? ¿Por qué estaban allí en mitad de la noche?».

Anthony Horowitz. Stormbreaker (2000) Madrid: Edaf, 2006; 242 pp.; trad. de José Antonio Álvaro Garrido; ISBN: 84-414-1721-0.

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martes, 27 de enero de 2009

Relatos decimonónicos españoles de distinta clase que podemos considerar parte de la literatura infantil y juvenil: los cuentos populares que recogió y recompuso Fernán Caballero, autora que también preparó versiones de los mitos clásicos para niños; Pipá, de Clarín, por tener un protagonista niño entre otras cosas; algunos cuentos de misterio e intriga de Pedro Antonio de Alarcón, por su calidad y su amenidad.

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lunes, 26 de enero de 2009

Me gustan los álbumes que conozco de Steve Jenkins. Uno de hace relativamente poco es Perros y gatos, un álbum de conocimientos donde se presentan distintas clases de perros y de gatos con datos de todo tipo y respuestas para satisfacer algunas curiosidades. Si se comienza por un lado, el álbum habla de perros, y, si se comienza por el otro, habla de gatos; en las páginas de perros hay siluetas de gatos y alguna mención a ellos, y al revés; en el medio hay una ilustración de transición. Las figuras, recortadas contra el fondo blanco, están confeccionadas con colages de papeles recortados y rasgados, papeles hechos a mano y procedentes de distintos países según cuenta el autor. Las dobles páginas están equilibradamente compuestas y es magnífica la forma en que se dan diferentes sensaciones de relieve y de texturas.

Steve Jenkins. Perros y gatos (Dogs and Cats, 2007). Barcelona: Juventud, 2008; 20 pp.; trad. de Raquel Solà; ISBN: 978-84-261-3669-5.

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domingo, 25 de enero de 2009

En sus Apuntes, Elías Canetti dedica bastantes comentarios al éxito, todos con acentos parecidos:

—«El que tiene éxito sólo escucha ovaciones. Para todo el resto es sordo».

—«Éxito: el raticida del hombre. Son muy pocos los que se salvan».

—«Lo torturante del éxito: siempre le es arrebatado a otros, y solamente pueden disfrutarlo los inconscientes, los limitados, quienes no se dicen que entre los desposeídos había algunos mejores que ellos mismos».

—«El éxito es el espacio que uno ocupa en el periódico. El éxito es la desvergüenza de un día».

—«El éxito es sólo la parte más ínfima de la experiencia».

Elías Canetti. Apuntes: 1942-1993. Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2003; 1195 pp.; col. Opera mundi; Obras completas, 4; edición dirigida por Juan José del Solar; ISBN: 84-226-9368-2 (Círculo de Lectores), 84-8109-398-X (Galaxia Gutenberg).

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sábado, 24 de enero de 2009

El Napoleón de Notting Hill
,
novela escrita en 1904, fue la primera de Chesterton y, en su opinión, su primer libro importante. Básicamente, la historia cuenta cómo, en el año 1984, los residentes de un barrio londinense se levantan en armas y se declaran independientes de Inglaterra. Situar la novela en el futuro no indica que Chesterton quisiese componer una novela de ciencia-ficción sino, sencillamente, que necesitaba un escenario posible para su argumento: una época en la que los más preparados no quieren la responsabilidad de gobernar y en la que la gente mira al gobierno con resentimiento e indiferencia; un ambiente surrealista donde los personajes parecieran reales pero en el que todo se desdibujara y no se hiciera odiosa la presentación de una guerra civil.

Los hechos suceden cuando es nombrado rey un tal Auberon Quin, que lo toma todo como una broma y extiende tal actitud a su reinado. Quin reinstala toda una parafernalia medieval: hace que cada barrio tenga sus propios colores, pide que todo se haga de un modo muy ceremonioso... Los comerciantes se dejan llevar mientras las locuras del rey no afecten a sus intereses y puedan sacar provecho a sus ideas de patriotismo local. Pero Adam Wayne, cabecilla de Notting Hill, se toma en serio la defensa de su barrio y manifiesta su desacuerdo total cuando los demás quieren construir una calle que lo atraviese. Su espada deja entonces de ser un elemento decorativo y forma un ejército con los residentes del barrio, para lo cual encuentra un ayudante imprevisto en un comerciante de juguetes. Tienen lugar algunas batallas en las que, contra toda previsión, vencen Adam Wayne y los suyos. En el clímax de una batalla, el rey, que no se toma nada en serio, se une a las fuerzas de Wayne, que sí lo toma todo en serio. Al final, Auberon Quin y Adam Wayne se acaban dando cuenta de que, cuando llegan días oscuros y monótonos, el fanático puro y el satírico puro se vuelven imprescindibles: no son sino «los dos lóbulos del cerebro de un labrador».

Una línea interpretativa la proporciona el tipo extraño que aparece fugazmente al principio y que se presenta como el presidente de Nicaragua, un personaje que se declara solemnemente contrario al imperialismo cultural o económico de las naciones grandes, la misma idea que fundamenta la revolución interna que tendrá lugar luego: «Si un lugar es lo suficientemente grande como para que los ricos lo codicien, también es lo suficientemente grande como para los pobres lo defiendan», una frase que aclara por qué Michael Collins hizo de esta novela su libro favorito. Otra línea es la que subrayaba Ronald Knox: cuando el mundo va mal aparecen los cínicos y los fanáticos, pero el hombre normal que vive en ese mundo es una mezcla de ambos y Chesterton quiere hablar del hombre común con salud mental que sabe cómo reír y cómo amar; explicar que no se puede reír sin amar y que no se puede amar sin reír. El desenlace resulta confuso para quien espera que uno de los dos personajes principales tenga razón absolutamente pero no lo es si se ven como necesariamente complementarias las posturas que ambos representan.

G. K. Chesterton. El Napoleón de Notting Hill (The Napoleon of Notting Hill, 1904). Valencia: Pre-Textos, 2002; 231 pp.; col. Narrativa Clásicos; trad., prólogo y notas de César Palma; ISBN 10: 84-8191-472-X.

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sábado, 24 de enero de 2009

Dejando aparte Basil Howe, un relato de juventud que no llegó a publicar, Chesterton escribió seis novelas largas: El Napoleón de Notting Hill, El hombre que fue jueves: una pesadilla, La esfera y la cruz, El hombre vivo, La Taberna errante, El regreso de don Quijote. En todas hay uno o dos personajes singulares que, con algún pretexto, se pasan las páginas yendo de un lugar a otro y charlando con unos y otros, y que intentan llevar hasta el final con coherencia unas convicciones más o menos extrañas. En definitiva desean mostrar que, como resultado, se producen inesperadas conclusiones y, al señalar las consecuencias sociales de las distintas posturas, quieren tanto hacer notar la trascendencia de sostener unas opiniones bien fundamentadas como implicar al lector en el mismo combate intelectual del autor.

En mi opinión no son los mejores libros para empezar a conocer a Chesterton. El motivo es que, incluso considerándolas como lo que son, como novelas de ideas, se nota mucho que la estructura es episódica y artificiosa, que al autor no le ha preocupado tanto armar bien la trama como enhebrar las ideas que le importan. Por eso, aunque todas ellas contengan escenas magníficas y diálogos brillantes, se puede decir que se disfrutan más si uno está ya en la onda del autor: si conoce ya su estilo y su particular modo de ver las cosas. Al mismo tiempo se ha de subrayar que las dificultades que pueden presentar, al margen de que uno conecte más o menos con este tipo de relatos y con el modo de pensar del autor, están sobre todo en que no es fácil estar a su mismo nivel: con Chesterton es particularmente importante no perder de vista que no siempre que algo se comprende mal la culpa es de quien lo cuenta.

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viernes, 23 de enero de 2009

Cautivado por la Alegría es la narración autobiográfica de C. S. Lewis en la que confiesa las influencias humanas y literarias que tuvo en su infancia y juventud y, sobre todo, el proceso de su evolución interior, desde que abandonara la fe y la práctica religiosa en su adolescencia, hasta su conversión y regreso al anglicanismo en 1931.

Una de las claves de su retorno, contenida en el título, la cifra en que, durante su niñez y juventud, sintió varias veces unas fortísimas sensaciones de deseo de algo indescriptible, unas experiencias estéticas que duraron sólo unos pocos segundos pero que se grabaron en su alma como inolvidables. Esas experiencias, que le vinieron con ocasión de contactos con la naturaleza y con la literatura de fantasía, Lewis las describe como claramente distintas de las que provenían de cualquier placer o felicidad sensible, aunque todas ellas tuvieran en común que dejaban en él unas ansias grandes de que se volvieran a repetir.

Afirma también que la clave para leer sus obras es tener en cuenta la máxima del poeta metafísico del siglo XVII, John Donne: «“las herejías que el hombre abandona son las que más odia”. Las cosas que afirmo con mayor vehemencia son aquellas a las que más me he resistido y más he tardado en aceptar». Y se describe a sí mismo como «un producto de pasillos largos, habitaciones vacías y soleadas, silencios en las habitaciones interiores del piso de arriba, áticos explorados en solitario, ruidos distantes del goteo de las cisternas y el sonido del viento bajo los tilos. También de libros sin fin».

Una nota sobre una idea de este libro es Intuiciones profundas.

C. S. Lewis. Cautivado por la Alegría (Surprised by Joy, 1955). Madrid: Encuentro, 2002; 192 pp.; col. Biografías; trad. de María Mercedes Lucini; ISBN: 84-7490-662-8. Nueva edición en el año 2008; col. Ensayo; ISBN: 9788474909005. Nueva edición en 2016; 214 pp.; col. 100xuno; ISBN: 978-84-9055-129-5. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 22 de enero de 2009

Se acaba de publicar en castellano El regreso del peregrino, la primera novela de C. S. Lewis, que compuso dos años después de su regreso al cristianismo con la intención de contar su recorrido vital alegóricamente. Ya el título lo indica con la evidente alusión al clásico de John Bunyan, The Pilgrim's Progress, y más aún lo aclara el subtítulo, Una apología alegórica del cristianismo – La Razón y el Romanticismo.

Es, obviamente, una trampa para incautos el que aparezca en la cubierta la indicación «Del autor de Las Crónicas de Narnia», pues nada tiene que ver con ellas: ni en su contenido, ni en su tono, ni en su fluidez narrativa. Su argumento, desarrollado por medio de cortos capítulos con un encabezamiento (más o menos) explicativo, es que un chico llamado John un día escucha una misteriosa música que le hace ver o intuir una maravillosa Isla. Decide salir en su busca y, en su peregrinación, ha de ir aprendiendo quienes son sólo seres seductores que le distraen o le desvían y quienes son fiables a pesar de las apariencias.

El mismo Lewis, en el prólogo que pone a una nueva edición de su obra, diez años después, reconoce sus carencias: una oscuridad innecesaria y lo que denomina un talante poco generoso. Explica que, al intentar novelar un itinerario intelectual interior muy personal que pocos reconocen como el suyo, «cometí el mismo tipo de error que la persona que narra sus viajes por el desierto de Gobi dando por sentado que este territorio es conocido». Otro error fue el de referirse a lo que quería transmitir, la experiencia de búsqueda que dominó su infancia y su adolescencia, con la equívoca palabra «romanticismo»: lo que bastantes años después explicaría, esa vez muy bien, en su autobiografía Cautivado por la Alegría. A las observaciones del propio autor hay que añadir que, incluso estando en su misma longitud de onda, la historia resulta pesada, salvo chispazos aislados en diálogos o en observaciones al paso.

En personas que conozco, comentarios como el anterior provocan siempre una pregunta: «Ya, ya, ¿pero lo recomiendas o no?» Y mi respuesta es: «para gente como yo, sí». Mañana, más. Y aquí, más.

C. S. Lewis. El regreso del Peregrino (The Pilgrim’s Regress, 1933). Barcelona: Planeta, 2008; 225 pp.; trad. de Eva Rodríguez Halffter; ISBN: 978-84-08-08204-7.

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miércoles, 21 de enero de 2009

Leí hace poco las memorias de James Graham Ballard, un autor singular. No me atrajeron mucho, debo decir, aunque sí me interesó conocer su infancia en Shanghai, durante la segunda Guerra Mundial, y las diferencias que señala entre lo que vivió en realidad y lo que contó en su novela El imperio del Sol.

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martes, 20 de enero de 2009

Como es sabido, versionar antiguos relatos para ponerlos al alcance de los niños no es algo nuevo. Véanse, si no, el Libro de las maravillas y Cuentos de Tanglewood, de Nathaniel Hawthorne, y Los héroes, de Charles Kingsley.

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lunes, 19 de enero de 2009

Si hay álbumes que hablan de vida familiar con acentos demasiado dulzones también los hay que saben hacerlo con tanto realismo como simpatía, que saben compaginar —y nunca mejor dicho— la necesidad simultánea de la reprimenda y del afecto. Un gran ejemplo es ¡No, David!, de David Shannon.

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domingo, 18 de enero de 2009

En los Apuntes de Elías Canetti se mezclan anotaciones de muy distinta clase: aforismos, sentencias, algunas frases que son como embriones de relatos, agudezas bromistas o irónicas, citas de diversos autores, pensamientos sobre actitudes propias o de otros, apóstrofes al lector (que tal vez son a sí mismo primero), observaciones en torno a la muerte, reflexiones críticas o rendidas respecto a Dios, comentarios a obras literarias —a muchos dramas clásicos, algunos de Shakespeare, a libros de todo tipo de autores—, pensamientos sobre otros escritores, etc. Como corresponde a una recopilación de textos escritos durante muchos años, sin intención de publicarlos más tarde y como una especie de desahogo de sus lecturas, también con la enorme ambición de pensar de nuevo muchas cosas pensadas antes, contiene momentos fulgurantes y bobadas cósmicas, es desordenado y desigual, homogéneo en unos pocos temas y contradictorio en muchos, pues Canetti puede decir una cosa y su contraria, por ejemplo cuando habla de su relación con la Biblia con el paso de los años.

Entre los comentarios que me han gustado más, por ahora estos dos:

—«Despistar al niño divierte a los adultos. Lo consideran necesario pero a la vez les hace gracia. Muy pronto caen los niños en la cuenta y practican ellos mismos el despiste».
—«Adultos repugnantes, uno los ha conocido cuando eran fascinantes criaturas jóvenes. Pero han visto y aprendido mucho, tarde, y ahora son como todos».

Elías Canetti. Apuntes: 1942-1993. Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2003; 1195 pp.; col. Opera mundi; Obras completas, 4; edición dirigida por Juan José del Solar; ISBN: 84-226-9368-2 (Círculo de Lectores), 84-8109-398-X (Galaxia Gutenberg).

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sábado, 17 de enero de 2009

Tratado elemental de demonología
reúne diecisiete relatos de Chesterton, de fantasía y de intriga, escritos en distintas épocas de su vida y ordenados cronológicamente. Los cinco primeros, escritos entre 1891 y 1896, cuando el autor tenía entre 18 y 22 años, revelan sus cualidades literarias así como ideas y motivos de sus futuras obras. El primero, el que da título al libro, va con ilustraciones del mismo autor y no es especialmente bueno.

De los relatos de fantasía se pueden destacar dos que tienen a Dickens como protagonista directo o indirecto: en La tienda de los fantasmas (publicado antes en Enormes minucias) aparece como uno de los personajes, y El Scrooge moderno (publicado antes en Alarmas y Digresiones) es uno de los muchos homenajes que Chesterton hizo a su obra Canción de Navidad. Está muy bien Una historia un tanto improbable (publicado en Enormes minucias, y, también, con el título La calle irritada, en Fábulas y Cuentos, una recopilación de Valdemar): una calle muestra su enfado a un tipo que todos los días pasa por ella sin hacerle ningún caso, un personaje atado por la más pesada y moderna de las cadenas, la del reloj.

De todas maneras, los relatos a mi juicio más sobresalientes son los de intriga titulados El detective Dr. Hyde y el asesinato de las columnas blancas, y El hombre que mató al zorro. El primero es un caso policial que dos aprendices de detective resuelven cuando comprenden que uno puede crear «toda clase de cosas a partir de una nimiedad, excepto la verdad». El segundo ejemplifica cómo un homicida puede actuar con plena conciencia de lo que hace y ser completamente inocente.

También merece ser leído Inglaterra en 1919, un relato escrito ese mismo año en el que un futuro estudioso de la historia, después de que casi todos los documentos de las décadas primeras del siglo hubieran desaparecido, intenta reconstruir lo que sucedía en la Inglaterra de 1919 a partir de unos pocos fragmentos. Una de sus consideraciones nos puede interesar ahora: «Cuando recordamos esa sociedad tan diferente a la nuestra, hay una cosa que constituye sin lugar a dudas el mayor misterio de la misma: la fe ciega que nuestros antepasados tenían en el éxito, especialmente en el éxito de las cosas que no dejaban de fracasar».

G. K. Chesterton. Tratado elemental de demonología (An Elementary Handbook of Demonology). Córdoba: El Olivo Azul, 2008; 171 pp.; col. Narrativas del Olivo Azul; trad. y notas de Diana Pérez García; ISBN-13 978-84-936637-3-5.

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viernes, 16 de enero de 2009

Como, hasta el momento, las citas que he ido poniendo de Middlemarch son cortitas, he aquí un párrafo que da más idea de la maestría para la ironía de George Eliot: «En Middlemarch era imposible que una esposa permaneciera mucho tiempo ignorante de que la ciudad tenía una mala opinión de su marido. Quizá ninguna amiga íntima llevase su afecto tan lejos como para exponer con sencillez a la interesada los desagradables hechos que se conocían o se creían conocer sobre su marido; pero cuando una mujer con mucho tiempo libre para dar vueltas a la imaginación podía emplearla de repente en analizar algo muy desfavorable para sus vecinos, concurrían diferentes impulsos morales susceptibles de estimular su revelación. La sinceridad era uno de ellos. Ser sincero, según la fraseología de Middlemarch, significaba usar la primera ocasión disponible para hacer saber a esos amigos que no se tenía una visión positiva ni de su capacidad, ni de su conducta, ni de su posición; y una sinceridad vigorosa nunca esperaba a que pidiera su parecer. Venía a continuación el amor a la verdad: una afirmación muy general pero que en esta acepción significaba oponerse con energía a que una esposa tuviera un aire más alegre de lo que justificaba la reputación de su marido, o se mostrara en exceso satisfecha con su suerte: a la pobre criatura había que insinuarle que, si se supiera la verdad, se complacería menos en el sombrero que llevaba y en nuevas recetas de platos ligeros para una cena con invitados. Más fuerte que todos los demás impulsos era la preocupación por la reforma moral de la amiga, a veces identificada con su alma, que saldría beneficiada mediante observaciones tendentes a la melancolía, pronunciadas con acompañamiento de miradas pensativas a los muebles y una actitud en la que quedara implícito que no se decía todo lo que se sabía en consideración a los sentimientos de la interlocutora. Podía afirmarse, en conjunto, que una caridad ardiente empujaba a las almas virtuosas a hacer desgraciadas a sus vecinas por su propio bien».

George Eliot. Middlemarch. Un estudio de vida en provincias (Middlemarch. A Study of Provincial Life, 1872). Barcelona: Alba Editorial, 2000; 890 pp.; col. Clásica Maior; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 84-84280195.

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jueves, 15 de enero de 2009

En la historia de la literatura infantil se señalan dos libros como los primeros escritos expresamente para lectores niños: Aventuras de Telémaco, de Fénelon, y El nuevo Robinson, de Joachim Heinrich Campe. Como corresponde al siglo XVIII, eran libros declaradamente didácticos que, igual que otros de siglos atrás como El Conde Lucanor, de don Juan Manuel, (bastante más ameno, por cierto), hablaban de la educación de la clase alta, la que podía recibir instrucción entonces. Desde la superioridad que nos da vivir en el siglo XXI, y con la valentía del que se atreve a ironizar sobre su abuela, podemos bromear sobre sus acentos y sus contenidos, pero no está de más pensar que sus autores compusieron libros sinceros en sus planteamientos y claros en las pautas de actuación que daban, además de que trataron a sus lectores o a sus alumnos como a príncipes...

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miércoles, 14 de enero de 2009

Un autor fallecido hace pocos meses: Tormod Haugen, noruego. Cuando hace años leí varios relatos suyos sobre problemas familiares, me gustó su seriedad a la hora de tratar las dificultades de los chicos en situaciones críticas: en ellos no había ni frivolidad ni edulcorantes hollywoodienses. También me quedé con la idea de que, la familia que yo conozco a partir de mis experiencias personales, a él y otros escritores nórdicos les debía parecer tan real como Blancanieves y los siete enanitos.

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martes, 13 de enero de 2009

Otras dos obras clásicas de teatro infantil: El príncipe que todo lo aprendió en los libros, de Jacinto Benavente, y La cabeza del dragón, de Ramón del Valle Inclán. Me parecen interesantes por su valor histórico y por lo que tienen de intentos serios de hacerse a la mente y al gusto infantil. Eso sí, no veo fácil que, tal como están, puedan «funcionar» como narraciones o en un escenario.

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lunes, 12 de enero de 2009

Otro autor de álbumes que reutiliza con gran talento cuentos clásicos es Ed Young: en Siete ratones ciegos cuenta de nuevo una vieja historia india; en Lon Po Po —que no sé si está publicada en castellano, creo que no— presenta una especie de Caperucita china.

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domingo, 11 de enero de 2009

Un amigo me dice que Tagore no le atrae porque le parece blando, una opinión que tiene la lógica propia de algunas elecciones —a mí tampoco me gustan algunos géneros o algunas obras de mérito— pero que conviene precisar. En lo que yo conozco, que no es mucho, pienso que Tagore puede ser sentimental en algunos contenidos y blando en la manera de formularlos otras veces, pero llamarle blando es parecido a decir que la no-violencia de Gandhi es blanda o que poner la otra mejilla es una doctrina más blanda todavía. Las memorias citadas días atrás ayudan a conocer al autor un poco mejor: en ellas se pueden leer comentarios bromistas como el de que «la Providencia, apiadándose de la humanidad, ha dotado a todas las cosas tediosas de un hechizo soporífero», pero también contundentes como el de que no debemos temer tanto el mal «como los tiránicos esfuerzos por crear el bien». Y, por citar otro libro, entre los aforismos que hay en Obra escojida —que es lo que yo hace años leí de Tagore— hay muchos excelentes como, por ejemplo, el de que «si de noche lloras por el sol no verás las estrellas», el de que «la vida se nos da y la merecemos dándola», el de que «no insultes a tu amigo con méritos de tu bolsillo», o el de que «el poder cree que las convulsiones de sus víctimas son de ingratitud». [Actualización: puntualizo que la j de «escojida» fue una elección de los traductores para las palabras donde la g suena j, como en frájil, fujitivo, etc.].

Rabindranath Tagore. Obra escojida. Aguilar, 1955; 1464 pp.; trad. de Zenobia Camprubí; prólogo de Agustín Caballero Robredo. El libro que contiene los aforismos del autor se titula Pájaros perdidos.

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sábado, 10 de enero de 2009

No sé qué diría Chesterton de un libro suyo editado en una colección con el nombre de Abyectos. Tal vez que, a pesar del impacto que causó en su momento con Magia —una obra teatral de la que se hicieron casi 150 representaciones—, su poco éxito posterior justificaría el que algunos la consideren «despreciable», el significado habitual de abyecto, o el que aparezca como un libro «humillado», una segunda acepción ahora en desuso.

Lo cierto es que Magia, la primera de las obras teatrales que Chesterton escribió a instancias de Bernard Shaw, no es una lectura convincente para un lector común. Este puede apreciar que las ideas y los diálogos tienen brillantez pero echará de menos el contexto apropiado y con facilidad puede sentirse perdido. No hay que olvidar que Chesterton es un maestro de las descripciones y de la creación de personajes: aquí solo resulta convincente, a partir de los diálogos, el Duque, un tipo que siempre termina sus parlamentos con frases como «no podemos seguir como en la antigua Britania», «no podemos regresar a los tiempos de la Inquisición española»... Es bueno también saber que el mismo Chesterton reconocía que la historia corta en la que se basó para preparar Magia era mejor.

El argumento trata de las situaciones que se crean cuando un ilusionista es contratado por el Duque para entretener a sus invitados: sus dos sobrinos, el Doctor y el pastor Smith. Se suceden los diálogos entre unos y otros mientras el ilusionista y la sobrina se enamoran; y el sobrino, que no cree en nada, intenta buscar explicación a todos los trucos del ilusionista y enferma. Entre los comentarios jugosos de la obra está la explicación del ilusionista de que periodismo y magia se «basan en principios opuestos. El objeto de la magia es no explicar algo que sucede. (...) El del periodismo es explicar algo que no sucede». O las disquisiciones del pastor Smith para explicar que los milagros fraudulentos no demuestran que los verdaderos santos y profetas no existan: «señalar un billete falso no basta para abolir el Banco de Inglaterra».

En fin, interesante para tomar un poco más la medida de la versatilidad y el genio literario de Chesterton; jugoso, por supuesto, para quien ya conozca su obra; pero no es el libro más apropiado para un primer acercamiento al autor.

G. K. Chesterton. Magia (Magic, 1913). Barcelona: ElCobre, 2008; 97 pp.; col. Abyectos; trad. de Juanjo Estrella; ISBN: 978-84-96301-49-2. Otra edición, titulada Magia: una comedia fantástica, en Sevilla: Espuela de Plata, 2010; 128 pp.; col. El teatro moderno; trad. de Vicente Corbi; ISBN: 978-84-96956-96-4.

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viernes, 9 de enero de 2009

En Agua de noria (buena novela con espantosa portada), casi una continuación de Ronda de noche (mucho mejor portada), pues comparten algunos personajes y situaciones, José Jiménez Lozano centra su interés en las peripecias y los pensamientos de dos policías: el comisario Valtodano y el inspector Ledesma. Al leerla me vinieron a la cabeza No es país para viejos, de Cormac McCarthy, por las reflexiones tipo «dónde vamos a ir a parar» de los protagonistas; las novelas de Henning Mankell sobre Wallander, por lo mismo y por la forma que tienen de afrontar el trabajo cotidiano —«ser policía era desde luego lo más parecido a lo que hacía un asno con los ojos cubiertos, dando vueltas a una noria, andando, andando, sin saber a dónde iba, y sin ir a ninguna parte»—; El día de la lechuza, de Leonardo Sciascia, por lo conscientes que son de que han de cubrirse bien las espaldas ante lo que les pueda venir desde arriba; Next, de Michael Crichton, por el tipo de desafío al que han de hacer frente: una clínica donde se usan seres humanos como cobayas, unos tipos que se sienten derecho a sacrificar hombres en nombre de la ciencia, una lectura de las leyes a favor de los experimentadores, unos periodistas ignorantes o vendidos... La relación con No es país para viejos tal vez podría extenderse a cómo un buen escritor puede decir un día, consciente o inconscientemente, «venga, voy a demostraros que yo también podría escribir un thriller tan bueno como cualquiera» y, una vez introducida la historia y atrapado el lector, el autor cambia de registro y vuelve por donde solía. En este caso, a denunciar la deshumanización creciente que se nota en el abuso de los débiles e indefensos en nuestra sociedad, y que se pone de manifiesto en los comentarios llenos de sensatez de la gente más sencilla.

A propósito de Agua de noria, en este minireportaje se pueden leer unos comentarios del autor.

José Jiménez Lozano. Agua de noria (2008). Barcelona: RBA, 2008; 256 pp.; ISBN: 978-84-9867-058-5.
José Jiménez Lozano. Ronda de noche (1998). Barcelona: Seix Barral, 1998; 158 pp.; col. Biblioteca breve; ISBN 84-322-0746-9.

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jueves, 8 de enero de 2009

Un autor recientemente fallecido: Michael Crichton. De las novelas que he leído suyas —bastantes—, creo que la mejor es, con diferencia, Parque Jurásico.

Hace meses pensé poner una reseña de su novela Next, pero no lo hice porque su calidad literaria es poca, y hay tramos de su argumento demasiado pensados para ser llevados luego al cine: los cazarecompensas que persiguen a una joven abogada y a su hijo de ocho años, las historias cómicas de un niño-mono y de un loro transgénicos, los enredos sexuales de varios personajes... Sin embargo está bien lo que tiene de alerta sobre los comportamientos sin escrúpulos de muchas empresas y muchos científicos que trabajan en investigaciones genéticas; lo que apunta sobre la ignorancia descomunal de políticos y jueces respecto a esa materia, y sobre los sinsentidos jurídicos que amenazan cada vez más a todos. En lo que yo sé, Crichton parece guiarse por los conocimientos y los comportamientos científicos más fiables de los que se dispone y por el sentido común. Esto también se ve porque, en la extensa bibliografía del final, Crichton dice que las opiniones que Chesterton formuló ya en Eugenics and Other Evils (1922) fueron y siguen siendo «de una claridad aterradoramente meridiana», y que sus predicciones de entonces sobre lo que ocurriría fueron exactas.

Michael Crichton. Next (2006). Barcelona: Random House Mondadori, 2007; 507 pp.; trad. de Laura Martín de Dios y Laura Rins Calahorra; ISBN: 978-84-01-33640-9.

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martes, 6 de enero de 2009

El otro día mencioné El cartero del Rey, una obra teatral infantil de Tagore. No sé mucho de teatro infantil pero, en su momento, sí procuré leer las obras teatrales más importantes e influyentes dentro de la literatura infantil, como El viaje de Pedro el Afortunado, de August Strindberg, y El pájaro azul, de Maurice Maeterlinck. Ambas hablan de la felicidad que buscamos tantas veces de modo equivocado y, por tanto, aunque no sean ni mucho menos libros para dar directamente a niños, sí merecen ser conocidos por los adultos y encajan bien con un día de regalos como el de hoy.

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lunes, 5 de enero de 2009

Una ilustradora poco conocida en España y que, a lo largo de su carrera profesional, ha publicado álbumes distintos, en contenidos y en técnicas utilizadas, es Marcia Brown. De los que conozco, varios versionan viejas historias, como Stone Soup, un cuento popular europeo, y Once a Mouse..., un apólogo indio del Panchatantra.

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domingo, 4 de enero de 2009

Novelas que más me han gustado de los últimos meses:

    Mi nombre es Asher Lev. Chaim Potok.
    La fórmula preferida del profesor. Yoko Ogawa.
    La isla. Giani Stuparich.
    Habla con George. Wesley Stacey.
    El día de la lechuza. Leonardo Sciascia.
    Narciso Negro. Rumer Gooden.
    La ira del fuego. Henning Mankell.

Y libros de no-ficción:

    Los Inklings. Humphrey Carpenter.
    Creadores. Paul Johnson.
    La diferencia prohibida. Tony Anatrella.
    La superstición del divorcio. G. K. Chesterton.
    Lo que está mal en el mundo. G. K. Chesterton.
    Mis recuerdos. Rabindranath Tagore.
    Mal de escuela. Daniel Pennac.

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sábado, 3 de enero de 2009

Libros infantiles (o reediciones) que más me han gustado en los últimos meses:

    Las aventuras de la familia Melops. Tomi Ungerer.
    El secreto de If. Ana Alonso y Javier Pelegrín.
    Los perfectos. Rodrigo Muñoz Avia.
    La primera tarde después de Navidad. Marta Rivera de la Cruz.
    Un castillo antiguo. Robert Graves.
    Las cosas perdidas. Lydia Carreras.
    Las hermanas Penderwick. Jeanne Birdsall.
    La alucinante historia de Juanito Tot y Verónica Flut (los niños que intentaron batir todos los récords). Andrés Barba.

Y juveniles:

    Cuentos de la periferia. Shaun Tan.
    Kashtanka. Anton Chejov.
    Una loca noche de San Juan. Tove Jansson.
    La princesita. F.E.Hodgson Burnett.
    Los Stone. Robert A. Heinlein.
    El zorro ártico. Sjón.
    Aventuras de dos gemelos diferentes. Tonke Dragt.
    El camino de Sherlock. Andrea Ferrari.
    El diamante oscuro. Andrea Ferrari.
    Wasserman, historia de un perro. Yoram Kaniuk.
    El alfabeto de los sueños. Fletcher
    La estepa infinita. Esther Hautzig.

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viernes, 2 de enero de 2009

Los mejores álbumes para prelectores leídos (o releídos pues en algunos casos son reediciones) en los últimos meses:

    Bebé Dodo. Peter Schössow.
    Al señor zorro le gustan los libros. Franziska Biermann.
    Pingüino. Polly Dunbar.
    Julieta estate quieta. Rosemary Wells.
    El muñeco de nieve. Raymond Briggs.
    La ola. Suzy Lee

Y para primeros lectores:

    Negros y blancos. David McKee.
    Tom y el pájaro. Patrick Lenz.
    El otro Pablo. Mandana Sadat.
    Discurso del oso. Julio Cortázar y Emilio Urberuaga.
    El libro del cohete. Peter Newell.

Y álbumes para mayores:

    Algún día. Peter Reynolds.
    Selma y Sencillamente tú. Jutta Bauer.
    Espejo. Suzy Lee
    De cómo nació la memoria de El Bosque. Rocío Martínez.
    Secretos en el bosque y Hermosa soledad. Jimmy Liao.

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jueves, 1 de enero de 2009

Chesterton:
 «Las divisiones del tiempo han sido dispuestas de manera que podamos sufrir un sobresalto o sorpresa cada vez que algo se reanuda. [La finalidad de celebrar la llegada de un Año Nuevo no es que sea un año nuevo]. Es tener nueva alma y nueva nariz, pies nuevos, nueva espina dorsal, ojos nuevos, oídos nuevos. Es mirar por un instante una tierra imposible. Es que nos resulte de todo punto asombroso que el pasto sea verde en lugar de tener un razonable color púrpura. Es que nos parezca casi incomprensible que haya árboles verticales que broten de una tierra redonda en lugar de tierras redondas que broten de árboles verticales. El fin de las frías y duras definiciones del tiempo es prácticamente el mismo que el de las duras y frías definiciones de la teología: despertar a los hombres. Si un hombre cualquiera no fuese capaz de adoptar resoluciones de año nuevo, no sería capaz de adoptar resolución alguna. Si un hombre cualquiera no fuese capaz de empezar todo de nuevo, sería incapaz de hacer nada eficaz. Si un hombre no partiera de la extraña premisa de no haber existido jamás antes, resulta indudable que jamás llegaría a existir después. Si un hombre no fuera capaz de volver a nacer, jamás entraría en el Reino de los Cielos».

G. K. Chesterton. «Uno de enero» (1904), Lectura y locura (Lunacy and Letters, 1958). Sevilla: Espuela de Plata, 2008; 264 pp.; trad. de Victoria León; ISBN: 978-84-96956-24-7.

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