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Notas de enero de 2010 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 31 de enero de 2010

En De este y otros mundos, de C. S. Lewis, hay ensayos, reseñas, artículos e intervenciones variadas del autor, bastantes relativas a la literatura infantil. El prólogo de Walter Hooper, que fuera secretario y albacea de Lewis, explica el origen de cada texto. Muchas de sus ideas, tan jugosas, son muy muy deudoras de  Chesterton: no sé por qué no hay referencias a esto, ¿tal vez porque se da por supuesto? En cualquier caso, los lectores de las Crónicas de Narnia encontrarán aquí algunas explicaciones acerca de su origen y muchas de las opiniones de Lewis sobre la literatura infantil. También es particularmente importante una reseña que hizo, cuando salió, de El Señor de los anillos.

Los títulos y las fechas de publicación de cada texto son: «Sobre la historia o fábula» (1940), «Las novelas de Charles Williams» (1940), «Tributo a E. R. Eddison» (1958), «Tres formas de escribir para niños» (1952), «A veces los cuentos de hadas dicen mejor lo que hay que decir» (1956), «El gusto infantil» (1958), «Todo comenzó con una imagen» (1960), «Sobre la ciencia-ficción» (1955), «Réplica al profesor Haldane» (1955), «El hobbit» (1937), «El Señor de los anillos» de Tolkien (1954 y 1955), «Panegírico de Dorothy L. Sayers» (1958), «El don mitopoético de Rider Haggard» (1960), «George Orwell» (1955), «El Partenón y el optativo» (1944), «Críticas de épocas» (1946), «Gustos distintos en literatura» (1946), «Sobre la crítica» (1963), y un coloquio con otros escritores acerca de la literatura de ciencia-ficción titulado «Territorios irreales» (1962).

Notas en las que aparecen referencias a este libro son: Ensayos sobre crítica literaria, Enseñar a leer a un niño, Libros falsos, No es bueno cualquier palo.  También pertenecen a él algunas de las citas que se contienen en la nota Una magia profunda. Y he usado, en las reseñas correspondientes, ideas de sus comentarios a Rider Haggard y a George Orwell.

C. S. Lewis. De este y otros mundos: ensayos sobre literatura fantástica (On Stories and Other Essays / Of This and Other Worlds, 1982). Barcelona: Alba Editorial, 2004; 213 pp.; col. Trayectos; edición de Walter Hooper; trad. de Amado Diéguez Rodríguez; ISBN: 84-8428-211-2.

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sábado, 30 de enero de 2010

A lo largo de su vida, Chesterton fue dejando por escrito comentarios a propósito de sus viajes a otros países. Habló muchas veces del espíritu del viajero, como en «La filosofía del curioseo», en Alarmas y digresiones; sobre Bélgica publicó «La balada de una extraña ciudad», en Enormes minucias; en Charlas hay artículos titulados «Sobre Polonia» y «Sobre Holanda»; de sus estancias en Francia se puede recordar, entre otros, «Un ensayo sobre dos ciudades» en All Things considered; la edición española de The Glass Walking-Stick se titula El color de España y otros ensayos porque aparecen en ella varios artículos sobre España; en las últimas recopilaciones de ensayos de su vida hay muchos también sobre los Estados Unidos; y muchos más.

Pero, específicamente, son libros de viajes los titulados Irish impresions, The New Jerusalem, Lo que vi en América y The Resurrection of Rome. Además, se pueden considerar como tales Christendom in Dublin, que narra una estancia en la capital irlandesa, y la segunda parte de Sidelights on New London and Newer York, donde hay catorce artículos relacionados con su viaje a Estados Unidos a principios de los años treinta. Dejando al margen las peculiaridades del estilo de Chesterton, y que siempre se dirige a lectores ingleses y por tanto menudean las referencias a la historia y los hábitos de su país, estos libros muestran bien algunas de sus singularidades, que podrían llamarse defectos o limitaciones como el mismo autor afirma en The Resurrection of Rome.

Una, en el mismo comienzo, cuando dice que le pidieron escribir un libro sobre Roma y él explicó francamente que se veía como un mal reportero y un mal reseñador por su falta sentido de la proporción: «encuentro demasiadas cosas interesantes y poseo pocas cualidades para lo que se requiere, las cualidades de selección y de concentración. Soy un mal reportero porque todo me parece merecedor de un reportaje; y un mal reseñador porque cada sentencia en un libro me sugiere un ensayo independiente».
Otra la manifiesta poco después: «Del mismo modo debo confesar (...) que soy un mal viajero o, al menos, un mal turista. Y de nuevo debo decir que tengo respeto por el turista pues lo mismo es verdad de un peregrino. Yo soy la clase de peregrino que nunca ve al Papa porque se queda demasiado tiempo mirando a la Guardia Suiza».

Una tercera se ve cuando habla de su entrevista con Mussolini, que tuvo lugar en francés y eso también propició, se lamenta, que «no le entrevisté porque él me entrevistó a mí». La conclusión que saca Chesterton es que «no soy un buen periodista», debido a verse atado por esos modales victorianos que le llevan a permitir a su interlocutor que hable: «pido perdón por este mal ejemplo para cualquier Guía del Periodista Joven».

Y otra más, quizá la más importante y uno de los grandes placeres que produce la lectura de Chesterton, es su inclinación a tomar ocasión de cualquier pequeño motivo para abrir grandes panoramas al lector: «Sé bien que la impresión general que producirá este libro es que yo no puedo hablar acerca de algo sin hablar acerca de todo. Es un riesgo que debo aceptar pues es un método que defiendo».

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viernes, 29 de enero de 2010

Winesburg, Ohio,
de Sherwood Anderson, es una novela compuesta por más de veinte relatos o escenas que se desarrollan en la ciudad de Winesburg. La mayoría tratan, directa o indirectamente, sobre George Willard, un joven periodista. El narrador presenta una vida provinciana gris y con escasos alicientes, y una gente bondadosa pero sin muchas luces: resulta lógico que, al final, el periodista deje su pueblo para marcharse a la ciudad en busca de nuevos horizontes, o tal vez se desea sugerir que, sin el cronista, lo que pueda ocurrir en el pueblo quedará enterrado para siempre.

La he leído con interés pues conocía su valor y su influencia en tantas novelas posteriores con igual aspecto de mosaico. Los personajes tienen vida y las piezas encajan para fijar un retrato concreto de un pueblo: el que se opone al de las historias que pintan la vida provinciana como idílica y a sus habitantes como más naturales y sencillos que los estirados y vanidosos de la gran ciudad; el que presenta un mundo que parece terminarse y unos personajes que viven abrumados por la soledad.

En este sentido la novela de Anderson tiene la falta de objetividad propia de quien gasta demasiadas energías en rebajar a sus paisanos. Además, tiene la falta de perspectiva que da no coger altura: indirectamente lo señala el mismo autor en la dedicatoria a su madre cuando indica que sus «agudas observaciones acerca de todo lo que la rodeaba» despertaron su «inquietud de mirar por debajo de la superficie de las vidas ajenas», a ras de tierra podríamos decir. Contiene, sí, observaciones valiosas sobre algunos cambios sociales a peor: «en nuestros días, un granjero junto a la estufa de una tienda de su pueblo tiene la cabeza llena a rebosar de opiniones ajenas. Los periódicos y revistas se la han llenado de pájaros».

Al releer lo anterior me pregunto si este comentario está condicionado por la lectura previa de Ángulo de reposo, que tan buena impresión me dejó, o si mi visión un tanto negativa del planteamiento quejoso de la historia se debe a ser yo mismo provinciano y a que, al leerla, la contrastaba con novelas ambientadas en la misma época y en ciudades semejantes como, por ejemplo, La comedia humana. Sea como sea, buen libro.

Sherwood Anderson. Winesburg, Ohio (1919). Barcelona: Acantilado, 2009; 256 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 978-84-92649-16-7.

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jueves, 28 de enero de 2010

Un clásico de aventuras: La Pimpinela escarlata, de la Baronesa Orczy. Cuando lo leí por primera vez, hace años, absorbido por la historia, no me di cuenta del clasismo que respira. Más tarde sí, claro, pero sigue siendo un buen relato. Una interesante pregunta es: ¿cuál es el clasismo inconsciente de las novelas populares de hoy?, o, mejor, ¿qué presupuestos de las novelas de hoy serán vistos en el futuro como reveladores de mentalidades tan o más despreciables que la de tantos aristócratas del pasado?

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miércoles, 27 de enero de 2010

El nonsense como género es de origen inglés pero en su evolución hay obras clave que no lo son. Por ejemplo, El tablero ante el espejo, de Massimo Bontempelli.

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martes, 26 de enero de 2010

Una grandísima narradora, extraordinariamente popular durante mucho tiempo: la Condesa de Segur. Sus obras fueron el origen y la inspiración de muchos relatos posteriores: basta echar un vistazo a obras como Memorias de un burro o Las desgracias de Sofía para darse cuenta.

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lunes, 25 de enero de 2010

Ladrón de gallinas,
de Béatrice Rodríguez, cuenta que cuando un zorro rapta a una gallina y huye con ella, el oso, el conejo y el gallo salen en su persecución, día y noche, por valles y bosques, a través del mar y del desierto, hasta que al fin, extenuados, le encuentran en su guarida.

Álbum sin palabras con un final inesperado salvo para quienes razonen con la lógica disneyana de los relatos de animales. La historia es divertida y, sobre todo, está muy bien contada: recuerda, tanto en su trama como en las ilustraciones, a Fox went out on a chilly night (con el que se puede contrastar también porque en ese caso el relato sí responde a la lógica de las fábulas clásicas nacidas en un mundo rural cercano a los animales). El formato apaisado va muy bien con el tipo de argumento de persecución.

Béatrice Rodríguez. Ladrón de gallinas (Le voleur de poule, 2005). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2009; 32 pp.; ISBN: 978-84-92412-31-0.

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domingo, 24 de enero de 2010

Robert Spaemann: 
«Tener una convicción significa considerar falso lo contrario de dicha convicción. El respeto a las convicciones ajenas es algo más que una forma de hablar sólo cuando significa: respeto las convicciones de una persona aunque las considero falsas o considero probable que sean falsas. Pero los motivos de este respeto han de estar enraizados en la propia convicción, han de ser parte integrante de la propia convicción; de lo contrario la tolerancia se sostiene sobre pies de barro, a saber, únicamente sobre las formas de hablar dominantes. Lo que funda la tolerancia, al mismo tiempo, la limita. No respetamos cualquier convicción, y tampoco permitimos actuar a cualquiera conforme a su convicción; de lo contrario, todo mandato y prohibición legales estarían sujetos a una reserva de conciencia. Y quien está convencido de que torturar personas es incompatible con la dignidad humana, de ninguna manera estará dispuesto a permitir que haga uso de la tortura quien piense que la tortura es compatible con sus convicciones. Una de las tareas de la clase de ética es acabar con una cierta fraseología blanda e insistir en que las palabras significan lo que dicen».

Robert Spaemann. «Sobre el sentido de la clase de ética en la escuela», en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.

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sábado, 23 de enero de 2010

The Surprise
fue una obra teatral que Chesterton escribió en 1932 y que durante su vida nunca llegó a publicarse. Su secretaria Dorothy Collins la editó en 1952 y fue representada un año después. Algunos expertos la consideran el mejor de los intentos teatrales de Chesterton provocados por su amigo Shaw, que le decía una y otra vez que había nacido para el teatro y que debía dedicarse a él: la correspondencia entre ambos que se incluye en la edición que cito abajo es ilustrativa.

Son dos actos de tres escenas. En el primer acto el Autor, un personaje que tiene un teatrillo de marionetas, charla con el Monje, un franciscano con fama de milagrero; luego representa una función escrita por él que trata sobre los enredos que tienen lugar cuando una princesa aguarda la llegada de un rey que, tiempo atrás, había prometido casarse con ella. En el segundo, después de una intervención del Monje a petición del Autor, vuelve a repetirse la representación pero los personajes se salen del guión y actúan como desean: las sorpresas, entonces, son otras.

Chesterton desea mostrar la sorpresa que siempre causa la libertad: contrastar «la tragedia del autor», o su inclinación natural a no dejar que sus personajes sean como les corresponde ser y a comportarse como un pequeño dios en su propio mundo, con la forma de actuar de Dios, que respeta que los hombres obren como deseen aunque se confundan. Si la sorpresa en la obra del Autor se debe a la propuesta del juglar a la princesa y a los sobresaltos que sufren sus personajes, en la obra de Chesterton son el Monje primero y los personajes después quienes sorprenden al Autor.

Desde fuera, la sorpresa para los lectores provendrá de las paradojas que corren por el fondo: la exaltación de la libertad conduce a su pérdida, la obediencia por amor conduce a la mayor libertad. Por eso, quien acepta la libertad como un don y la entiende como una respuesta, en este caso la doncella de la princesa, llamada María, puede decir que obediencia es «la palabra más emocionante del mundo».

G. K. Chesterton. The Surprise (1932), contenida en el volumen XI de las Collected Works of G. K. Chesterton. San Francisco: Ignatius Press, 1989; p. 297 a la p. 343 de 611 pp.; compiled and introduced by Denis J. Conlon; ISBN: 0-89870-237-2.
Edición en castellano, titulada La sorpresa, en Sevilla: Ulises, 2014; 132 pp.; trad. de Enrique García-Máiquez; ISBN: 978-8494100277.

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viernes, 22 de enero de 2010

Si En lugar seguro, del norteamericano Wallace Stegner, me pareció excelente, mejor impresión aún me ha dejado Ángulo de reposo, una novela más ambiciosa y poderosa.

Un historiador llamado Lyman Ward, ya retirado e inválido, investiga la vida de sus abuelos Oliver y Susan Ward, una pareja de alta sociedad del Este que, al casarse, se trasladaron al Oeste. Se basa, sobre todo, en los documentos que conserva de su abuela, una conocida escritora e ilustradora de la segunda mitad del siglo XIX: a partir de sus cartas, relatos y dibujos reconstruye cómo fueron su vida y la de su marido, un ingeniero de minas que desarrolló diversos proyectos en lugares variados, unos con éxito y otros sin él. De paso, al presentar sus actuales circunstancias, vamos conociendo parcialmente las vidas de las tres generaciones siguientes, la del padre del narrador, la del mismo narrador y la de su hijo.

El narrador presenta su trabajo como un intento de biografiar con honradez a una mujer excepcional, Susan Ward —la única de la que hay testimonios personales—, y de comprenderla bien a ella y a su mundo: «me gustaría oír tu vida como tú la oyes —le dice dirigiéndose a un cuadro suyo—, acercándose a ti, en vez de oírla como yo la oigo, un sonido austero de expectativas reducidas, deseos mitigados, esperanzas postergadas o abandonadas, oportunidades perdidas, derrotas aceptadas, agravios sufridos». En otro momento afirma que desea comprender la vida del matrimonio Ward, con sus muchos años felices y sus años de desunión, hasta el «ángulo de reposo» en que él ya los conoció: este planteamiento propicia contrastes entre los comportamientos de antes y los de gente como el hijo del narrador o la chica que lo cuida, personas que piensan en el matrimonio y la familia como instituciones extinguiéndose, gente que «como el comandante en Vietnam lamentará mucho tener que destruir nuestra aldea para salvarla».

También tiene intensidad la componente que cabría llamar aventurera: en este sentido estamos ante una gran novela del Oeste, realista en su presentación del esfuerzo de algunas personas para enfrentarse a una nueva realidad y para construir un mundo civilizado tal como ellos lo entendían. El narrador tiene mucho interés en señalar que tanto Oliver Ward como algunos que trabajaban con él «no participaban en ninguna carrera por la riqueza» y «atribuirles el motivo del dinero es degradarlos»; sí, continúa, «supongo que estaban equivocados —toda su civilización estaba equivocada— pero eran la antítesis de la mezquindad y de la codicia». Es formidable la personalidad de Oliver Ward, un visionario cuyos planes fueron certeros pero prematuros, un hombre cuyo «reloj tenía puesta la hora de los pioneros».

Wallace Stegner. Ángulo de reposo (Angle of repose, 1971). Barcelona: Libros del Asteroide, 2009; 712 pp.; trad. de Fernando González; ISBN: 978-84-92663-08-8. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 21 de enero de 2010

A ficciones inglesas de sátira social protagonizadas por animales como El viento en los sauces y Rebelión en la granja se les unió, en los años setenta, La colina de Watership, de Richard Adams. También era una gran ausencia en la página, que remedio ahora que acaba de salir una nueva edición.

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miércoles, 20 de enero de 2010

Creo que uno de los objetivos de una buena educación literaria ha de ser el de ampliar la mente: dar una mayor capacidad de comprender las mentalidades de autores y personajes y lectores de otros tiempos. Con esa finalidad viene bien dar a conocer libros que tuvieron éxito en el pasado, incluso aunque luego no se lean completos. A mí al menos me parece muy necesario hacerse preguntas como ¿por qué gustó tanto este libro?, ¿qué reflejaba de su propia época?, ¿qué sociedad real mostraba y qué sociedad ideal se traslucía?, etc. Sirva esto como introducción a los best-sellers del XIX de Hector Malot. No sé por qué razón en la red está disponible la edición original de En familia pero no de Sin familia.

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martes, 19 de enero de 2010

Otro autor que también algunos han echado de menos con razón: Gianni Rodari, un gran renovador de la fantasía en los años sesenta y setenta. De sus muchos libros mi favorito es Cuentos para jugar. Al respecto, por cierto, esta observación y sus comentarios tienen interés.

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lunes, 18 de enero de 2010

Hay álbumes que pueden suponer una verdadera conmoción y que tienen algo de tratamiento de choque. Es el caso de Juul, de Gregie de Maeyer y de Koen Vanmechelen. Al respecto puede leerse este comentario.

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domingo, 17 de enero de 2010

En La experiencia de leer, C. S. Lewis sugiere un experimento: intentar ver «hasta qué punto sería razonable definir un buen libro como un libro leído de determinada manera y un mal libro como un libro leído de otra manera». Explica cómo actúan los buenos lectores, que «siempre están buscando tiempo y silencio para entregarse a la lectura, y concentran en ella toda su atención», y describe a los malos, quienes «salvo por obligación, nunca leen textos que no sean narrativos», que además deben ser de ritmo rápido y con el elemento verbal reducido al mínimo.

En mi opinión, y entre los libros que conozco acerca del tema, es el mejor y el más recomendable que para quien desee saber por qué leer y cómo leer, para quien desee distinguir entre la lectura literaria, en la que «lo que buscamos es una ampliación de nuestro ser» y «ser más de lo que somos», y esas otras lecturas a las que vamos para encontrarnos con nosotros mismos.

Notas en las que aparecen referencias a este libro son: Realismo apropiado, Libros engañosos. También pertenece a él la cita que figura en la nota Una magia profunda sobre la mejor defensa contra la mala literatura.

C. S. Lewis. La experiencia de leer. Un ejercicio de crítica experimental (An Experiment of Criticism, 1961). Barcelona: Alba, 2000; 142 pp.; col. Trayectos; trad. de Ricardo Pochtar; ISBN: 84-8428-037-3. [Vista del libro en amazon.es]

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ChestertonSalVida.jpg
sábado, 16 de enero de 2010

The Spice of Life and Other Essays
fue la última recopilación de artículos de Chesterton que preparó su secretaria Dorothy Collins. Al igual que The Apostle and the Wild Ducks está dividida en cinco partes, precedidas de un breve texto tomado de un prólogo a libros de ensayos: en él dice que si Santo Tomás de Aquino afirmaba que ni la vida activa ni la contemplativa podían ser vividas sin bromas y juegos, a la épica y al drama se les puede llamar la vida activa, al soneto y a la oda la vida contemplativa, y el ensayo equipararlo con las bromas. «Essays on Literature in General» contiene cinco artículos; «On Particular Books and Writers» nueve; «Thought and Belief» cinco; «At Home and Abroad», de nuevo sobre viajes, siete; «The Spice of Life» cinco que cuentan anécdotas personales. Los textos son de distinta longitud y, algunos, están publicados en otros sitios: en Maestro de Ceremonias está la introducción a las fábulas de Esopo; en Correr tras el propio sombrero están «Cómo escribir una novela de detectives», y el sensacional «Humor», que fue una voz de la Enciclopedia Británica que Chesterton escribió en 1928.

En «Sentimental Literature» explica que una verdadera crítica literaria nunca usaría la palabra sentimental como un adjetivo descalificador pues «si la literatura sentimental ha de ser condenada debe serlo no por ser sentimental sino por no ser literatura». En «Humour» distingue los tipos de humor, señala que lo esencial en el humor es «la virtud de la proporción» y que, «del mismo modo que es la mayor incongruencia ser serio acerca del humor, así es la peor especie de pomposidad el estar monótonamente orgulloso del humor, que en sí mismo es el principal antídoto del orgullo». En «Fiction as Food» desarrolla qué quiso decir en «En defensa de la novela de quiosco» (en The Defendant, y en Correr tras el propio sombrero) cuando afirmó que «la Literatura es un lujo, la ficción es una necesidad».

En «The Macbeths», después de decir cómo las grandes obras enseñan cosas distintas a cada lector y a cada época, y de observar algunas de las que podemos aprender en Macbeth, se fija en que, al igual que Romeo y Julieta describe el amor, Macbeth describe cómo en el matrimonio se ponen de manifiesto la fortaleza y las debilidades particulares del hombre y la mujer. En «The Tragedy of King Lear», después de lamentarse del abominable hábito de citar a Shakespeare sin haberlo leído, hasta el punto de que hubo quien se quejó de que Hamlet estuviera tan llena de citas, se centra en que la institución del Rey, tal como la veían en aquella época, es una abstracción que hoy no comprendemos bien. El comentario a «The Everlasting Nights» habla de las historias cuya longitud es una cualidad, de la genialidad del marco que las contiene y de la figura de un narrador de una fecundidad interminable, que nos hablan de la vinculación entre nuestro deseo de una historia y una vida interminables.

«Anti-Religious Thought in the Eighteenth Century», un análisis del siglo XVIII para una enciclopedia sobre la historia de nuestra civilización, afirma que uno de los aspectos de la superioridad de aquella época sobre la nuestra era su enorme paciencia para seguir razonamientos largos. En «The Religious Aspect of Westminster Abbey» señala la incapacidad de muchos para ver la Edad Media como fue, porque no tienen la llave: «el cristianismo era para aquellos hombres lo que el patriotismo para los ingleses modernos, el único lazo sagrado que incluso a los hombres más malvados no les gustaría ser acusados de traicionar». «The Religious Aim of Education» explica, con brillantez, el estrechamiento que supone para la mente mantener la religión fuera de la educación, pues «lo primero y más obvio en lo que una persona está interesado es en qué clase de mundo está viviendo y por qué está viviendo en él».

De la cuarta parte resulta clarificador «On Holidays», donde se afirma que el ocio es un alimento que depende más de la calidad que de la cantidad y que por eso las tareas para vacaciones son un error, que la noción actual de combinar diversión con instrucción muchas veces se parece a intentar combinar el sueño y el insomnio (y apunta que las grandes autoridades espirituales nos propusieron vigilar y rezar pero a ninguna se le ocurrió proponer vigilar y dormir). En «The Lost Railway Station» cuenta un sueño que le sobrevino esperando un tren en una estación escocesa, sobre un mundo en el que había habido trenes pero ya no los hay aunque se conservan las tradiciones y el lenguaje propio de los ferrocarriles, y lo aplica a que mucha gente hoy ha perdido su memoria social y por tanto piensa que las instituciones no tienen significado, algo que se arreglaría sólo con que los trenes volvieran a circular. Un artículo a raíz de haber visto una escena de afecto entre un padre y su hijo en Tarragona, es «Scipio and the Children»: primero señala que «las cosas que un viajero reconoce nunca son las cosas de las que un periodista informa», luego habla de que «el amor entre padres e hijos en este país es uno de los grandes poemas de la cristiandad» y como «un puñetazo en el ojo» a Freud, y por último se alegra de que los romanos hubieran derrotado a los cartagineses siglos atrás y se terminaran así los sacrificios humanos de niños.

La quinta parte contiene varias anécdotas personales de las que saca luego conclusiones amplias. Así, «The Comic Constable», cuando le nombraron un cargo parroquial y eso lo ve como un viejo recuerdo de una cierta noción de autogobierno. En «The Spice of Life» —un artículo que se podría poner en paralelo con «What is Right with the World?» en The Apostle and the Wild Ducks—, elogia La Tierra Baldía, de Eliot, pero también señala que la realidad más profunda de la humanidad no son «los hombres vacíos» de los que habla Eliot. «On Fragments» explica que cuando decimos que miramos un poste inteligentemente queremos decir que vemos lo que nosotros comprendemos por un poste; pero cuando lo miramos estúpidamente vemos lo que de verdad significa; y concluye que algunas cosas es mejor mirarlas en ese trance de divina imbecilidad pues, si no, acabamos rompiendo la realidad en trozos y deshaciendo viejos matrimonios entre sonido y sentido, entre música y literatura, entre arte y ética.

G. K. Chesterton. The Spice of Life and Other Essays, 1964. Edición en castellano, titulada La sal de la vida y otros ensayos, en Sevilla: Espuela de plata, 2017; 216 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Aurora Rice; ISBN: 978-8417146023. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 15 de enero de 2010

Dos novelas largas, importantes en sus respectivos países, de las que esperaba mucho más: la húngara Los días contados, de Mikós Bánffy, y la china La fortaleza asediada, de Qian Zhongshu. La culpa no es tanto de las novelas como de las expectativas que yo tenía.

Los días contados es la primera novela de una trilogía sobre la Hungría de los comienzos del siglo XX. Los protagonistas son el conde Bálint Abády, un diputado que representa a su región después de un tiempo en el extranjero, su amiga desde la niñez Adrienne Milhot, y su primo Lázslo Gyeröffy, un empobrecido aristócrata y músico. En ella se describe con calma el ambiente de la época y, sobre todo, se cuenta la relación amorosa entre Abády y Adrienne, infeliz en su matrimonio. Tal vez, como algunas reseñas habían puesto esta novela en línea con las de Joseph Roth, mi decepción fue mayor: mientras las historias de Roth son cortas, intensas y relativamente rápidas, esta es larga, lenta y su hilo argumental dominante no me resultó atractivo.

La fortaleza asediada se sitúa en los años treinta y sigue a su protagonista, Fang Hongjian, desde su regreso del extranjero con un falso título de doctor en Filosofía, pasando por su trabajo en un banco y como profesor en una universidad del interior, hasta su boda con otra profesora y los primeros meses de su matrimonio cuando vuelve a Shanghai. Se narran lentamente los poco afortunados vaivenes de Fang y su entorno en relación a su futuro matrimonio primero y a su vida de casado luego. Todo se desarrolla con abundantes diálogos y mucha ironía tanto contra las costumbres locales como contra el esnobismo de quienes imitan las extranjeras. En mi opinión, demasiada longitud para la sustancia que tiene la historia pero, en su favor, hay que decir que tiene momentos memorables. Por ejemplo, una conversación entre varios personajes y Chu Shenming, un filósofo chino que había estado en el extranjero y tenía fama de haberse relacionado con famosos pensadores de la época. Cuando Shenming menciona una palabra extraña, un interlocutor le pregunta por ella:

«—...es una palabra que alguien leyó en un libro y se la dijo a Bertie, y Bertie me la transmitió a mí.
—¿Quién es Bertie?
—Bertrand Russell.
¡Era tal la confianza de Chu Shenming con aquel filósofo mundialmente conocido (...) que le llamaba por su diminutivo! Hasta Dong Xienchuan se quedó impresionado y preguntó:
—¿Tiene usted mucha amistad con Russell?
—Somos lo que se dice amigos. Me estima hasta el punto de pedirme respuesta para algunas cuestiones concretas.
El cielo era testigo de que Chu Shenming no mentía. Russell en realidad le había preguntado cuándo había llegado a Inglaterra, cuáles eran sus planes, cuántos terrones de azúcar quería en el té y toda una serie de cuestiones por el estilo, para las que el filósofo, naturalmente, no tenía respuesta».

Miklós Bánffy. Los días contados (Megszámláltattál, 1934). Barcelona: Libros del Asteroide, 2009; 666 pp.; trad. de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuertes Gaviño; ISBN 13: 978-84-92663-02-6.
Qian Zhongshu. La fortaleza asediada (Weicheng, 1947). Barcelona: Anagrama, 2009; 545 pp.; trad. de Taciana Fisac; ISBN: 978-84-339-7583-6.

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jueves, 14 de enero de 2010

A la serie de grandes relatos de terror o miedo del pasado —como los de Hoffmann y de Poe, Jekyll y Hyde, Otra vuelta de tuerca...— es necesario añadir El horla, de Guy de Maupassant, otra historia corta, intensa y construida con sabiduría literaria.

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miércoles, 13 de enero de 2010

Dos relatos antiguos en los que «no pasa nada»: Tres hombres en una barca, de Jerome K. Jerome, y Elizabeth y su jardín alemán, de Elizabeth von Arnim. El primero se caracteriza por su buen humor irónico que logra incluso arrancar la carcajada, y el otro por su calidez también irónica para presentar un tipo de vida familiar cotidiana. Historias costumbristas como estas, que han tenido y tienen tantos lectores de varias generaciones, encierran el secreto de la duración: muchos escritores de hoy harían bien en estudiarlas a fondo y, al menos, aprender que la estridencia no es uno de los ingredientes.

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martes, 12 de enero de 2010

La nueva edición de Un oso llamado Paddington, de Michael Bond, con ocasión del 50 aniversario, puede ser una buena oportunidad para muchos de conocer a un oso famoso de la literatura infantil, o de reencontrarse de nuevo con él.

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lunes, 11 de enero de 2010

Un álbum estupendo para pequeños pero que divierte a cualquier lector: El libro sobre libros del conejo Mateo, de Frances Watts y David Legge. Su principal cualidad, aparte de la simpatía de las ilustraciones y la confección del álbum, es que habla de libros de forma que todos puedan comprender y, por supuesto, sin vuelos supuestamente poéticos que al no-lector le dejan frío. No está editado en España pero yo lo he encontrado en la librería Oletum, aquí al lado.

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domingo, 10 de enero de 2010

Pongo hoy en la página un largo artículo titulado El futuro empieza con las ficciones infantiles, publicado tiempo atrás pero con otra organización en Aceprensa. Es un vistazo a la historia de la Literatura infantil y juvenil, la LIJ, entendida como las instancias que proponen y orientan las lecturas de los niños y los jóvenes, y no como una colección de lecturas, una historia que habla de cómo la LIJ ha ido reflejando los cambios sociales que se han producido en el siglo XX y cómo, con frecuencia, es ella misma quien los ha propiciado.

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sábado, 9 de enero de 2010

The Apostle and the Wild Ducks and other essays
fue una de las recopilaciones de textos de Chesterton que, años después de su muerte, preparó su secretaria Dorothy Collins. Son cuarenta y tres artículos, que fueron publicados en distintos medios entre 1901 y 1936, y que se presentan distribuidos en cinco partes bien definidas. La primera, «In General», son catorce sobre asuntos culturales y sociales; «Here and There», once sobre viajes; «The Making of History», siete sobre la historia y los historiadores de su país; la cuarta, «On Literature», son diez. Y la última, «On Reflexion», se titula «What is Right with the World?»: es una explicación sobre el título de su libro Lo qué está mal en el mundo  y un desarrollo de la idea de que, mientras que la posición común progresista es que vivimos en un mal mundo que ciertamente irá a mejor (aunque sorprendentemente también sostenga que las vidas humanas terminarán en nada), la posición de Chesterton es que ciertamente vivimos en un buen mundo, incluso aunque empeore (además de que haya un más allá en el que todo será bueno).

En el primer bloque, «The Winter Feast» es un excepcional artículo sobre la corrupción comercial de la Navidad y sobre la incorporación de antiguos rituales paganos a las festividades cristianas. En «On Manners» se señala que tener malos modales y no tener modales no es lo mismo, igual que no es igual decir que un hombre no tiene vino o que tiene mal vino, y se concluye que mientras la gente sin educación puede no tener modales, muchos que se llaman educados tienen malos modales. «Public Monuments» es un comentario a esas estatuas en memoria de alguien que hacen pensar que es más devastadora la construcción que la destrucción, y una inteligente observación acerca del efecto emocional de algo: si un hombre corta un árbol y fabrica un mástil podremos calificarlo como destructivo o constructivo según si deseamos un bosque o hacer un viaje en barco.

Vuelve al tema en un artículo de la segunda parte, «Statues», donde, a propósito de algunas estatuas de políticos prominentes del pasado, señala que determinadas cosas no pueden nunca ser moldeadas en estatuas pues el arte de los escultores puede expresar ideas eternas pero no a políticos cuya principal habilidad fue la de ser acróbatas. «The Apostle and the Wild Ducks» habla de la necesidad de aprender a mirar alrededor, a propósito de una visita que hizo a una iglesia medieval. En «The Blindness of the Sightseer» señala que la forma moderna de viajar presenta las cosas fuera de su entorno y como prodigios valiosos por sí mismos, pero hay una diferencia esencial entre ver una vista como un ejemplo de su entorno y ver una vista como una excepción a su entorno: juzgar Italia por la torre de Pisa es como juzgar a la raza humana por la mujer barbuda del circo.

De la tercera parte se pueden destacar «A Theory of Tyrants», sobre que la marca esencial de la tiranía es su novedad pues un nuevo tirano es siempre un traidor y nunca llevará el uniforme del viejo tirano; y «On Anecdote of Persecution» donde comenta un incidente medieval y subraya que «los pecados del intolerante son rara vez considerados de modo tolerante». De los artículos del cuarto bloque, en otros lugares está publicado el texto de «Jane Austen's Juvenilia»: en Maestro de Ceremonias y como prólogo en el mismo libro. «Literature of Information» señala que quizás el interés de tantísima gente por la prensa que informa de curiosidades científicas e históricas es, simplemente, «la infantil e indiscriminada curiosidad de una gente aún joven que está entrando en la historia por primera vez». En «The Words of Strong Poetry» se dice que la nueva poesía califica determinados modos de decir como pomposos y otros como naturales pero, en realidad, esos que llama naturales son en realidad «conversacionales», y conversacional significa convencional —no hay más que pensar en que el argot es la forma más convencional de hablar— pero no es un modo expresivo como el de la poesía: «la forma común de hablar no es el modo por el que los hombres expresan sus emociones sino sólo el modo en el que no logran expresarlas».

Un artículo que figura en la primera parte, escrito después de la primera Guerra Mundial, «The English Spirit and the Flea», contiene un elogio del valor del inglés común (igual al que Tolkien atribuyó a los hobbits, como desarrollo un poco en Atractivo e influencia de las novelas de aventuras). Chesterton lo describe como una especie de distante optimismo, el mismo que se revela en la frase popular de que «en algún sitio el sol está brillando», y dice: «la Batalla de Waterloo no se ganó en los campos de juego de Eton [famosa frase del duque de Wellington], sino que la ganó la basura de la tierra. Y hoy también nos salva la gente que no hemos sabido educar, que no hemos sabido gobernar, aquellos a quienes no hemos sabido darles tierra o religión y que a duras penas hemos evitado que mueran de hambre. Es esa gente la que, cuando llega la hora del trabajo y del sufrimiento, da la nota que más se necesita y que más inesperada es: la nota de la frivolidad. Y fueron ellos, más que sus superiores en la sociedad, quienes vieron los cielos llenos de fuego y pensaron que era poco más que una picadura de mosca».

Notas en las que aparecen referencias a este libro: Una fiesta familiar.

G. K. Chesterton. The Apostle and the Wild Ducks and other essays, 1952.

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viernes, 8 de enero de 2010

Cinco años después de su conversión al catolicismo, Evelyn Waugh escribió una biografía del jesuita Edmund Campion (1540–1581). La intención de Waugh, según confiesa en el prólogo, era escribir una biografía compacta y legible que fuera un puente hacia otras más completas. Está tan bien escrita como se puede esperar de Waugh, con sobriedad y ponderación. El narrador comienza describiendo los momentos finales de Isabel I y se pregunta si recordaría su primera entrevista con Campion, en Oxford, cuando era un joven prometedor de 26 años. A partir de ahí, presenta la vida de Campion por orden cronológico en cuatro capítulos titulados «El estudioso», «El sacerdote», «El héroe», «El mártir». Resalta el prestigio intelectual de Campion y la categoría de su prosa, y luego la entereza de su comportamiento durante su juicio, la prisión y la horca.

Sin duda, todo se sigue mejor con algunos conocimientos históricos del conflicto que tenía lugar entonces, el mismo que aparece al fondo de las biografías de Shakespeare citadas semanas atrás —en la de Pearce se cuenta que Shakespeare tuvo relación con Robert Southwell, otro jesuita ejecutado catorce años después—. Y a quien desee conocer los orígenes de esa situación puede resultarle útil Characters of the Reformation, un libro de Hilaire Belloc con retratos sintéticos bien perfilados de los hombres y mujeres que jugaron un papel decisivo en la configuración del anglicanismo. (Que yo sepa no está traducido al castellano).

Evelyn Waugh. Edmund Campion (1935). Madrid: Homolegens, 2009; 269 pp.; col. Biografías Breves; trad. de Ignacio Peyró; ISBN: 978-84-92518-25-8.
Hilaire Belloc. Characters of the Reformation: Historical Portraits of the 23 Men and Women and Their Place in the Great Religious Revolution of the 16th Century (1936). Charlotte, North Carolina: Tan Books and Publishers, 2009; 208 pp.; ISBN-10: 0895554666.

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jueves, 7 de enero de 2010

Quizá porque soy lector de muchos libros antiguos cada vez soy más refractario a los supuestos ejercicios de autocrítica que golpean en el pecho de las generaciones que nos precedieron (dice Robert Spaemann en un libro citado varias veces). Y también por eso me gustan especialmente los relatos que, por encima de todo, intentan ser limpios en su presentación del pasado. Es el caso de un libro juvenil norteamericano escrito hace más de medio siglo y ambientado en la Inglaterra medieval de la época de Chaucer, del que no conozco edición en castellano, y que leí hace pocos meses: Adam of the Road, de Elizabeth Janet Gray.

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miércoles, 6 de enero de 2010

A Papaíto piernas largas y Querido enemigo, dos populares libros de Jean Webster de comienzos del siglo XX, se les puede aplicar lo que decía Natalia Ginzburg a propósito de Corazón: son libros que pertenecen a una época en la que si se escribían cosas falsas sobre la caballerosidad y el amor romántico era también porque esos sentimientos existían a un paso de distancia.

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martes, 5 de enero de 2010

Como los libros citados ayer son todos ingleses y norteamericanos no viene mal recordar a ilustradores centroeuropeos de comienzos del siglo XX, de los que creo que no se ha editado nunca nada en España, y que también pusieron las bases de los modernos álbumes ilustrados: Gertrud Caspari y Ernst Kreidolf.

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lunes, 4 de enero de 2010

La editorial Flamboyant ha publicado recientemente unos libritos ilustrados del siglo XIX, de distintos autores, titulados Animales Acrobáticos —que me ha recordado a Leslie Brooke—, En casa —en este caso algunas escenas se parecen a las del libro del mismo nombre de Carl Larsson—, El libro con sentido —un intento de imitar a Edward Lear para el público norteamericano—, Lluvias de abril, Terroncitos de azúcar, y Una tarde en el zoo. Hay más información en la página correspondiente de la editorial y al comienzo de cada libro hay explicaciones acerca de la edición original. Cualquier interesado en la historia de los álbumes agradecerá conocerlos. En la red he encontrado la edición original de dos: En casa y Una tarde en el Zoo. Del primero he tomado la ilustración de la derecha.

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domingo, 3 de enero de 2010

Novelas que más me han gustado de los últimos meses (aunque he leído pocas en comparación con otra clase de libros):

    Antes del invierno. Carlos Pujol.
    Warlock. Oakley Hall.
    El final de la inocencia. Linzi Glass.

Nuevas ediciones de dos libros especiales, una obra de teatro y unos cuentos singulares:

    El juicio del Dr. Johnson. G. K. Chesterton.
    Cuentos 1-2-3-4. Eugene Ionesco.

Y libros de no-ficción:

    Lo que ha llovido. Enrique García-Máiquez.
    Bambi contra Godzilla. David Mamet.
    Dostoievski, filosofía, novela y experiencia religiosa. Luigi Pareyson.
    Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. Leonardo Castellani.
    Un obispo contra Hitler. Stefania Falasca.
    Shakespeare: la biografía. Peter Ackroyd.
    Shakespeare. Una investigación. Joseph Pearce.
    Por qué soy católico. G. K. Chesterton.
    De la Ilíada. Rachel Bespaloff.
    Ensayos. Natalia Ginzburg.

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sábado, 2 de enero de 2010

Libros infantiles (o reediciones) que más me han gustado en los últimos meses:

    El gato al que le gustaba la lluvia. Henning Mankell.
    Mil caballos. Roberto Piumini.
    Marabajo. Pablo Albo.
    Cosas que a veces pasan. Kęstutis Kasparavičius.
    El misterio de la noria de Londres. Siobhan Dowd.
    Relatos del Billabong. James Vance Marshall.
    El libro del Cementerio. Neil Gaiman.
    En casa de las Penderwick. Jeanne Birdsall.
    Veva. Carmen Kurtz.
    La perla negra. Scott O´Dell.
    La familia Mumin en invierno. Tove Jansson.

Y juveniles (o no tanto):

    Otoño azul. José Ramón Ayllón.
    Sencillamente Henry. Michelle Magorian.
    Airman. Eoin Colfer.
    Soy la hija de Rembrandt. Lynn Cullen.
    Calix. Sergio Lechuga.
    Una casa en el espacio. Philip Reeve.
    Los elegidos. Chaim Potok.

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viernes, 1 de enero de 2010

Los mejores álbumes para prelectores leídos en los últimos meses:

    Los monstruos tienen miedo de la luna. Marjane Satrapi.
    El pequeño inventor. Cho Mi-ae y Hyun Duk.
    Desavenencia. Claude Boujon.
    Yoon y la pulsera de jade. Gabi Swiatkowska y Helen Recorvits.
    La sorpresa de Nandi. Eileen Browne.

Y para primeros lectores:

    Veintiún elefantes en el puente de Brooklyn. François Roca y April Jones Prince.
    El cerdito. Arnold Lobel.
    El palo de hockey volador. Roger Bradfield.
    Pastel de crema de pepinillos. Roger Bradfield.

Y para lectores más mayores:

    Cómo aprendí geografía. Uri Shulevitz.
    Flotante. David Wiesner.
    Korokoro. Emilie Vast.
    Un loro en mi granja. Lucie Mullerova y Pep Bruno.
    El pirata Bob. David Clark y Kathryn Lasky.

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