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Notas de enero de 2014 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 31 de enero de 2014
 
Los herederos fue la segunda novela de William Golding, que la tenía como su favorita. Se puede considerar de ciencia-ficción, pues sus protagonistas son hombres de Neardental, pero Golding no tenía interés en darle tono científico-histórico a su relato: no pretendió documentarse mucho para él, y sus invenciones acerca de los modos de ser y de comportarse de los hombres del pasado, igual que sus conocimientos de distintos asuntos o sus dotes más o menos telepáticas, están al servicio de sus objetivos narrativos.

El narrador presenta un grupo de ocho hombres, mujeres y niños de Neardental, cuyo pensamiento es lento y se articula recordando imágenes de algo visto antes. Son personas de inteligencia limitada pero cordiales y solidarios entre sí. El conflicto estalla cuando tropiezan con un grupo de hombres a los que no conocían, distintos y más avanzados en muchos aspectos, pero que reaccionan con un gran temor hacia ellos y esto les termina llevando a comportarse con una gran crueldad. El argumento se apoya, para contradecirla, en una cita inicial de H. G. Wells en la que habla de la fealdad, y por tanto del atraso según la teoría de la evolución, de los hombres de Neardental. Es una novela lenta, que puede resultar algo deprimente, por más que las descripciones sensoriales sean excelentes y por más que el narrador, hábilmente, juega con que los lectores van a deducir que los nuevos seres a los que los neardentales ven son homo sapiens.

En común con El señor de las moscas tiene algunas cosas relativas a la construcción de la trama pero las semejanzas importantes son las que tienen que ver con los contenidos y con que, igual que allí, el relato acaba siendo eficaz porque la misma trama contiene lo que desea transmitir el autor. De modo natural queda claro que progreso intelectual no equivale a progreso moral, o que no son los más inteligentes los que tienen un comportamiento más humano. Queda claro también que los acontecimientos se desarrollan faltamente a consecuencia de un miedo a lo desconocido que, vivido en grupo por los sapiens, dispara los mecanismos de una violencia que termina con vidas inocentes: no es exactamente maldad, viene a decir la historia, tal vez sea una especie de fuerza irresistible (que bien podríamos llamar selección natural o progreso…).

Además, al igual que en El señor de las moscas, Golding usa el recurso de cambiar de foco en el último capítulo: en él vemos las cosas no desde la perspectiva de los neardental, como había ocurrido durante toda la narración, sino desde la de los sapiens. Esto altera las impresiones e incluso los juicios finales del lector, por un lado, y narrativamente sirve para dejar un pequeño resquicio para la esperanza, por otro.

William Golding. Los herederos (The Inheritors, 1955), en Novelas (contiene El señor de las moscas, Los herederos, Martín el atormentado, Caída libre). Madrid: Aguilar, 1986, 2ª ed.; 1002 pp.; col. Biblioteca Premios Nobel; trad. de María Luisa Giner de los Ríos, Enrique López Martín, Juan Martín Ruiz-Werner; prólogo de Juan Martín Ruiz-Werner; ISBN: 84-03-56114-8 y 84-03-56113-X. Edición reciente en Barcelona: Minotauro, 2003; 240 pp.; col. Minotauro Bolsillo Ciencia Ficción; trad. de Luis Echávarri; ISBN: 978-8445074411.

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MartinPenaGr2.jpg
jueves, 30 de enero de 2014

El otro libro que no había puesto aquí todavía tiene también un narrador memorable que habla de un oso al que los lectores no suelen olvidar: Peñagrande, de Miguel Martín Fernández de Velasco. En lo que yo conozco, es de los pocos libros españoles que pueden alinearse con las mejores novelas realistas sobre animales.

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miércoles, 29 de enero de 2014

Se ha publicado hace pocos meses en castellano Los chicos del ferrocarril, de Edith Nesbit, un popularísimo libro infantil inglés, de 1906. Muchos años después se descubrió que algunas partes de su argumento eran, o parecían, deudoras de una novelita previa. Sea como sea, es un relato divertido y estupendamente contado, con un sabor inconfundible.

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martes, 28 de enero de 2014

Un libro gracioso de hace tiempo: Historias policiacas divertidas, de Wolfang Ecke. En los relatos de este tipo para primeros lectores no es fácil acertar con el tono justo de ingenio y humor, y este, al menos en mi recuerdo, sí lo hace.

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lunes, 27 de enero de 2014

Sigo con el plan de introducir álbumes valiosos de hace tiempo. He puesto Té con leche, otro estupendo álbum de memorias familiares de Allen Say: la protagonista es su madre.

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domingo, 26 de enero de 2014

Un episodio interesante de la biografía de Cicerón sucedió cuando, por consejo de Catón, decidió abandonar Roma porque sabía que se iba a dictar una ley que lo exiliaría.

«En el momento de dejar la Ciudad, Cicerón había subido al Capitolio, donde había consagrado, en el tiempo de Júpiter, una estatua de Minerva que le era particularmente preciada. Lo había hecho porque, para él, Minerva era la que podía salvar a Roma, era la “guardiana de la ciudad”. Un símbolo cuyo significado deja ver un aspecto del pensamiento político pero también religioso de Cicerón. Roma, abandonada en manos de la tiranía, iba a entrar en el ciclo fatal descrito por los filósofos, el equilibrio de la Ciudad se había roto. Sólo el espíritu de sabiduría, que es el de Minerva, momentáneamente olvidado, podría restablecerlo. Era como una última plegaria a los dioses, que formulaba en aquel santuario del Capitolio en el que residía Júpiter, garante del Imperio, el que inviste a los cónsules y recibe a los triunfadores. El Capitolio es el centro del poder: ¡que la presencia de Minerva conserve la moderación y la sabiduría a quienes lo ejerzan! No podemos pensar que ese gesto piadoso de Cicerón es un acto de religión política, uno de esos ritos que los magistrados celebraban, sin creer demasiado en ellos, para satisfacción del pueblo. ¿Gesto teatral? Tal vez, pero ¿acaso no hay algo de teatral cada vez que un hombre, sabiéndose blanco de todas las miradas, es consciente de que lo que hace será entendido como un mensaje? Gesto que revela una fe, si no absolutamente ingenua en el poder de las divinidades, sí al menos en las fuerzas, más que humanas, de las que depende la suerte de los Estados, y que deben inspirar el pensamiento de los señores de la Ciudad».

Pierre Grimal. Cicerón (Cicéron, 1986). Madrid: Gredos, 2013; 495 pp.; trad. de Ana Escartín; ISBN: 978-84-249-1113-3.

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sábado, 25 de enero de 2014

En una entrevista le pidieron a Borges que eligiera un novelista y respondió: «Joseph Conrad. No ha habido ninguna vacilación. No puede haber vacilación». Bien, no hay que tomárselo al pie de la letra pues Borges se contradijo a veces en este tipo de afirmaciones y reconocía sin problemas que sí, que se contradecía. Sea como sea, una explicación de su querencia por Conrad, y de que calificase El corazón de las tinieblas como «acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado», se puede ver en el último párrafo de un texto en el que el mismo Conrad compara Juventud y El corazón de las tinieblas:

«Más ambiciosa en su alcance y más extensa en su narración, El corazón de las tinieblas es tan auténtica en lo esencial como lo fue Juventud. Es consecuencia de un estado de ánimo distinto, que no pretendo precisar, pero a la vista está que es cualquier cosa salvo arrepentimiento nostálgico, salvo ternura evocadora. Podría añadir un apunte más. Juventud es un alarde de la memoria. Es una crónica de la experiencia: pero esa experiencia, en los hechos que la conforman, tanto en sus interioridades como en su colorido exterior, comienza y acaba en mí mismo. El corazón de las tinieblas también es experiencia, pero experiencia que va un poco (y sólo un poco) más allá de los hechos, con el propósito, perfectamente legítimo, según creo, de calar en las mentes y los corazones de los lectores. Un tema tan sombrío requería una resonancia siniestra, una tonalidad propia, una vibración sostenida que, así lo esperaba, quedase en suspenso y perdurara en el oído después de haber pulsado la última nota».

Jorge Luis Borges. Biblioteca personal (1988). Madrid: Alianza, 1997; 173 pp.; col. El libro de bolsillo. Biblioteca de autor; ISBN: 84-206-3317-8.
Borges el memorioso (1982; entrevistas en 1979). Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1986, 2ª ed.; 315 pp.; col. Tierra Firme; ISBN: 968-16-1351-1.
Joseph Conrad. Nota del autor: los prólogos de Conrad a sus obras (Conrad’s Prefaces to His Works, 1937). Segovia: La Uña Rota, 2013; 237 pp.; traducciones de Catalina Martínez Muñoz, Eugenia Vázquez Nacarino y Miguel Martínez-Lage; con un ensayo de Edward Garnett; ISBN: 978-84-95291-27-1.

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viernes, 24 de enero de 2014

La colección de chistes de El Roto recogidos en Oh, la l'art!, con su característico estilo sarcástico y sangrante, pone de manifiesto los engaños propios de tanto arte moderno. Entre otros, el que se intente vender su ininteligibilidad como un mérito: «El arte no tiene por qué entenderse, dijo el artista. Lo que no se entiende es arte, dijo el crítico. No entiendo nada, dijo el público…». O el de la explotación de los incautos a los que se vende «arte conceptual» a «precios figurativos». O el autoengrandecimiento de algunos caraduras: «Grandes firmas son las que firman grande». O el de la falsa concepción de que «arte es lo que se expone donde se expone arte», la misma idea de una breve nota que titulé Para juzgar algunas obras de arte.

El Roto. Oh, la l'art! (2013). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2013; 112 pp.; ISBN: 978-84-941619-5-7.

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jueves, 23 de enero de 2014

Hace unos días me llevé la sorpresa de que no había puesto aquí todavía dos de los (que yo considero) mejores relatos españoles de LIJ, aunque ninguno nació con la intención de ser LIJ. Uno es Aparición del eterno femenino contada por S.M. el Rey, de Álvaro Pombo, un relato con un memorable narrador.

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miércoles, 22 de enero de 2014

Me recomendaron vivamente leer los libros de David Walliams, un éxito enorme, me dijeron. Cuando comenté que había dejado, a las pocas páginas, Los bocadillos de rata, porque me repugnaba, me insistieron en que los otros dos eran mejores. Así que los leí. Bien, en Los bocadillos de rata Sheila tiene como mascota una rata y un enfrentamiento a muerte con su madrastra. En La abuela gángster la familia del protagonista, Ben, sólo está pendiente de los concursos televisivos, y él acaba yendo, contra su voluntad, a pasar tiempo con su abuela. El chico del millón tiene un padre millonario, gracias a su fábrica de papel higiénico, que le da todo lo que le pide pero él, lo que desea a toda costa, es tener amigos.

Lo único que yo destacaría es que son excelentes algunos momentos que hay en los tres libros: cuando el autor enumera posibilidades del tipo «cómo colar una mascota en el cole» o qué nombres es mejor no tengas si quieres ser profesor. En algunos tramos hay ilustraciones atractivas. Abundan las páginas con gritos, y en consecuencia, tipos de letra más grandes; o páginas llenas de ¡¡¡¡¡ o de RRRR, un sistema no muy imaginativo pero útil para engordar los libros. 

En libros así, algunas consideraciones serias suenan muy tontas, y más cuanto más enfática o poética intenta ser la expresión. Así, se nos dice que la abusona de la clase lo era porque a ella la maltrataban y vivía en «una gran rueda que se alimentaba de la crueldad». O, ante los deseos de ser fontanero de su nieto, la abuela le insiste: «si quieres ser fontanero, si ese es tu gran sueño, nadie puede impedírtelo, ¿comprendes? En esta vida tenemos el deber de perseguir nuestros sueños. De lo contrario, solo estaremos perdiendo el tiempo».

No hay contención alguna en el abuso del humor basto: se insiste hasta la extenuación en la suciedad, en los malos olores y en los asquerosos sabores, como si el autor se hubiese propuesto fabricar centenares de bobadas del tipo «crema de moco de tejón», «flan de calzoncillos», «curry de hormigas»… Pero, especialmente, resultan asombrosos los comportamientos no sólo de los malvados sino también de quienes se presentan como bondadosos: el tendero amigo de los protagonistas, Raj, les permite morder chocolatinas que luego envuelve de nuevo para vender; la abuela gánster le dice a su nieto que, «con los años he llegado a comprender que robar está mal» y que él también tiene que entenderlo..., pero que, bueno, si uno roba sólo para sentir las grandes emociones del robo entonces todo es estupendo.

En fin, no me sorprende, ni me preocupa, que un niño lea estos libros: sé bien que los niños no son tontos y que mucho peores son los telediarios. Y, a estas alturas, ya no me asombran los adultos que los aplauden y los compran. Pero, eso sí, no me puedo tomar en serio a esos adultos si luego me dicen que les preocupa la lectura, la formación literaria, y el nivel educativo (en todos los sentidos) de los niños...

David Walliams. Los bocadillos de rata (Ratburger, 2012). Barcelona: Montena, 2013; 299 pp.; ilust. de Tony Ross; trad. de Rita da Costa; ISBN: 978-84-9043-032-3.
La increíble historia de La abuela gánster (Gangsta Granny, 2011). Barcelona: Montena, 2013; 299 pp.; ilust. de Tony Ross; trad. de Rita da Costa; ISBN: 978-84-9043-033-0.
La increíble historia de El chico del millón (Billionaire Boy, 2010). Barcelona: Montena, 2013; 298 pp.; ilust. de Tony Ross; trad. de Rita de Costa; ISBN: 978-84-9043-034-7.

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martes, 21 de enero de 2014

En los años setenta David McKee publicó álbumes que tratan sobre conflictos bélicos, como Negros y blancos y Seis hombres, que se ha editado en castellano hace pocos meses. Este relato habla de seis hombres que se dedican a construir y cultivar y se hacen ricos, y, cuanta más riqueza tienen, más inquietos están y más temor sienten hacia los posibles ladrones. Como desean proteger sus posesiones contratan soldados y luego más soldados y, como se sienten amenazados, deciden invadir una granja de al lado y luego más granjas. Y el conflicto crece… Todo se cuenta con dibujos y sin colores. El conflicto se plantea, como en Negros y blancos, mediante páginas enfrentadas, y son mínimos los comentarios.

Sobre la misma cuestión, hace pocos años, McKee también publicó Los conquistadores, que habla de un General que conquistaba países por su propio bien pues así podrían ser como el suyo. Hasta que sólo le quedaba uno pequeño que no le ofreció resistencia. Eso sí, poco a poco, los juegos, las canciones, la comida, etc., del pequeño país, se ganan a los soldados, por lo que el General reemplazó a los soldados… Como acostumbra el autor, la narración es, gráficamente, muy clara. Además, le añade otras narraciones secundarias que dan más consistencia al hilo principal.

Los argumentos conducen a la reflexión de modo natural. Por un lado se pueden calificar de útiles, pues sintetizan el origen de algunos problemas y siguen una lógica que los niños conocen bien, pues es semejante a la de los choques que tienen entre sí. Por otro, habrá quien llame simplistas a estas historias y es cierto: tienen la simplicidad de los cuentos tradicionales y, al igual que ellos, pueden provocar preguntas en el lector pequeño y pedir un poco de trabajo al adulto para saber dar buenas respuestas.

David McKee. Seis hombres (Six Men, 1972). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2013; 40 pp.; trad. de Elena del Amo; ISBN: 978-84-941041-9-0. [Vista del libro en amazon.es]
David McKee. Los conquistadores (The conquerors, 2004). Madrid: Kókinos, 2004; 24 pp.; trad. de Esther Rubio; ISBN: 84-88342-70-5. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 20 de enero de 2014

El conejo y la sinceridad, de Ulises Wensell y José Mórán, es otro álbum de una serie de la que ya cité algunos. En este caso el protagonista es Boris, un tragón, que nunca podía comer tanto como deseaba y se inventa un modo de conseguirlo. El mensaje que anuncia el título se obtiene bien de la misma historia, tan realista por otra parte: «a Pinocho, cuando mentía, le creía la nariz. A Boris, cuando mentía, le creía la tripa. Y es que las mentiras, como los conejos, crecen y se multiplican deprisa. Cuando uno empieza a mentir, ya no es sencillo parar». Salvo cuando Boris se asoma al exterior, y un lobo y un águila le amenazan, y las del excelente final, todas las ilustraciones son de conejos. Son magníficas las ilustraciones a doble página, no sólo en su composición, sino en que aún cuando aparecen multitud de conejos, todos ellos están individualizados en sus gestos.

Ulises Wensell. El conejo y la sinceridad (2012). Texto de José Mórán. Madrid: Susaeta, 2012; 22 pp.; col Valores; ISBN: 978-84-677-1968-0.

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domingo, 19 de enero de 2014

He leído Cicerón, de Pierre Grimal. No sé lo bastante de la época para comprenderlo todo bien pero es una gran biografía. Este texto del principio sintetiza los momentos del cambio que vivía Roma entonces:

«La mente y el talento de Cicerón vinieron al mundo y murieron en tiempos convulsos y, al tiempo que crecían e iban adquiriendo vigor, a su alrededor se descomponía todo un mundo, bajo la acción de formas que, sin embargo, no eran ni mucho menos, todas destructoras. La República se moría, destruída por la lógica misma de los principios que la fundaban. Si bien es cierto que la motivación de los romanos había sido, en otros tiempos, el deseo de gloria, ese sentimiento se había ido pervirtiendo gradualmente. La gloria que querían adquirir no era la de antes. Las ambiciones de unos cuantos hombres, la avidez de muchos otros, que se apresuran a explotar las provincias hasta acabar agotándolas, el gusto por la riqueza y el lujo, la vanidad de poseer, más que este o el otro, propiedades y objetos preciosos, de tener más esclavos, portadores de litera más vigorosos, una casa más suntuosa, más villas en las que pasar los días de verano, todo eso arruina las antiguas máximas y acaba con la moral tradicional. Las magistraturas no son ya más que el medio para enriquecerse o, más sutilmente, para acrecentar la consideración de los de alrededor. La riqueza se convierte, a fin de cuentas, en la forma más accesible de la gloria. Una gloria que, más que merecerse, se compra».

Pierre Grimal. Cicerón (Cicéron, 1986). Madrid: Gredos, 2013; 495 pp.; trad. de Ana Escartín; ISBN: 978-84-249-1113-3.

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sábado, 18 de enero de 2014

Además de HawthorneBorges señala que también Melville es un predecesor de Kafka en un comentario que hace sobre Bartleby. Dice que este es un relato que pertenece al «género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento» y que su «argumento esencial anticipa las obsesiones y el mecanismo de El castillo, de El Proceso y de América; se trata de una infinita persecución, por un mar infinito». Sin referencias directas a Kafka, también un comentario que hace a otro cuento de Melville, Billy Budd, va en la misma dirección: «ese admirable relato de Melville trata del conflicto entre la justicia y la ley. La ley es una tentativa, bueno, de codificar la justicia, pero muchas veces falla, como es natural».

Jorge Luis Borges. «Bartleby, de Melville» (prólogo en 1944), Ficcionario. Una antología de sus textos (1985). Edición, introducción, prólogos y notas por Emir Rodríguez Monegal. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 2ª reimpr.; 483 pp.; col. Tierra Firme; ISBN: 968-16-2028-3.
Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari. Reencuentro. Diálogos inéditos (1998). Veintiocho de las noventa conversaciones radiofónicas que tuvieron los autores entre 1984 y 1985. Buenos Aires: Sudamericana, 1999; 235 pp.; col. Señales; ISBN: 950-07-1994-0.

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viernes, 17 de enero de 2014

Sobre Canadá, de Richard Ford, es suficientemente clarificadora esta reseña. Coincido con ella, en particular, en la excelencia de la primera parte del relato: la descripción de la vida familiar del narrador, Dell Parsons, después de un comienzo con tanto tirón como este: «Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después». Debo decir que me pareció inferior a sus novelas largas previas —que, por orden de preferencia, son El día de la independencia, Acción de gracias, y El periodista deportivo— pero, en cualquier caso, me atrajo. Eso, seguramente, se debe también a que conecto bien con el narrador sereno típico de Ford y porque, aunque me parezca pobre, comprendo y me parece revelador su enfoque vital tipo «esto es lo que hay».

Eso sí, la personalidad de Dell Parsons y la de su anterior héroe, Frank Bascombe, se parecen mucho. Bascombe hablaba de un tipo, en un coche, «codo encima del borde la ventanilla, escuchando jazz progresivo, mientras sonríe y hace como que lo tiene todo controlado, cuando de hecho no hay nada que controlar»; y Dell Parsons apunta, en un momento de la historia, que «intentaba reafirmarme como hombre de la casa y tomar las riendas de cosas que nadie podía controlar». Y seguro que, si repasáramos las novelas de Bascombe, podríamos encontrar ideas que Parsons repite, como la de que, en el meollo de muchos planes, siempre hay algo que no cuadra pues los seres humanos no actuamos de formas siempre previsibles. O consideraciones como la de que, cuando era chaval, «estaba muy contento con el rumbo que tomaba mi vida, lo que, visto retrospectivamente, era una tontería, porque no tenía la menor idea del rumbo que tomaba mi vida». O que «no está bien hacer como que las cosas no hubieran acontecido nunca por malas que fueren, como si uno hubiera podido abrirse paso de cualquier otra manera hasta el presente». La conclusión, la misma siempre pero interesante pues es verdadera, es esta: «es un misterio cómo somos. Un misterio».

Richard Ford. Canadá (2012). Barcelona: Anagrama, 2013; 510 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Jesús Zulaika; ISBN: 978-84-339-7871-4.

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jueves, 16 de enero de 2014

Especulación de Thomas Wolfe, es un relato corto de fecha, temas de fondo, imágenes y estilo semejantes a los de otros del autor. La edición en español dice que es de 1938 pero en la página de la Thomas Wolfe Society se indica que es de 1934.

El protagonista es John, un joven profesor de una universidad del este que, después de años de ausencia, vuelve al pueblo del sur donde nació y creció, y donde viven su madre y sus hermanos. Al llegar, encuentra que su ciudad está como enloquecida y que sus habitantes, empezando por su madre, viven en un frenesí de compra y venta de inmuebles. Los encuentros que va teniendo le hacen pensar que viven en una especie de «jolgorio demencial», «como si la energía galopante de una poderosa droga se hubiera apoderado de todos». El narrador hace notar lo exasperante de que tantos derrochen «las ganancias de toda una vida para hipotecar las de toda la generación venidera» y termina uno de sus capítulos señalando que «corría el mes de julio de 1929, el año fatal que trajo la ruina a millones de personas en todo el país»…

Pero, aparte del interés particular que tienen las semejanzas de aquella situación con otras que conocemos de cerca, la historia sirve también de introducción a una de las imágenes favoritas de Wolfe para inundar sus narraciones de nostalgia. Al principio del relato, cuando está llegando a su pueblo, recuerda, «como escuchara otras diez mil veces en su infancia, la rueda de la locomotora, el tañido de la campana, el silbato del tren. Remoto, tenue y solitario como un sueño, aquel ruido lo alcanzó una vez más a través del inmenso conjuro del tiempo, el silencio y la tierra, evocando, como siempre, la muda profecía de la vida, su secreto y salvaje grito de gozo y de dolor y sus intolerables promesas de nuevos territorios, una mañana, el esplendor de una ciudad». Y al final, casi al terminar su relato, cuando está ya cansado de su familia y el deseo de marcharse va ganando intensidad en su interior, «ya muy lejos, casi a punto de desaparecer en la noche, pudo oír por última vez el silbato del tren, como un grito postrero, con su profecía salvaje y secreta, con el dolor de las partidas y, a la vez, su triunfante promesa de nuevos territorios».

Thomas Wolfe. Especulación (Boom Town, 1938). Cáceres: Periférica, 2013; 91 pp.; col. Largo recorrido; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-83-3. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 15 de enero de 2014

James Stevenson tiene varios álbumes, no editados en castellano que yo sepa, que tratan sobre sus recuerdos de infancia.

De primera mano yo conozco sólo uno: Fun no fun. En él, con acuarelas magistrales pequeñitas, como de primera intención, con escasísimos trazos y un aprovechamiento casi mágico del espacio en blanco, rememora escenas y momentos de su niñez: aquellos que recuerda como divertidos y aquellos que recuerda como aburridos. Enfrenta unos con otros, tal como el título sugiere. A veces de modo sencillo —pistolas de agua - fichas de dominó, galletas con pasas - galletas sin pasas, cumpleaños - cumpleaños de mi hermano...—, a veces con algo más de narración —ir al parque de atracciones - volver a casa sin haber visto lo realmente bueno...—. Termina diciendo que, al final del día, lo divertido era irse a la cama pensando en las cosas divertidas que sucederían al día siguiente.

Un libro como este trata con sentimientos infantiles que podríamos llamar universales, incluso aunque tantas cosas externas cambien, y hace pensar en cómo un tiempo con menos aparataje tecnológico y más tiempo libre podía desarrollar tantísimo, seguramente mucho más que el nuestro, la imaginación del niño.

James Stevenson. Fun no fun (1994). New York: Greenwillow Books, 1994; 32 pp.; ISBN: 0-668-11673-6.

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martes, 14 de enero de 2014

El libro rojo, de Barbara Lehman, es un álbum sin palabras que no tiene título a la vista. Externamente vemos un libro rojo en cuya cubierta está una niña que va corriendo y lleva un libro rojo; y, en la contracubierta, es un niño sentado quien está leyendo también un libro rojo. No es necesario, por tanto, que nos insistan en que el título es El libro rojo.

En la primera doble página, antes de los datos editoriales, se ven los edificios altos de una ciudad en la que nieva. En la primera página del relato una niña, en la calle nevada, se dirige al colegio, según sabremos después. Pero encuentra un libro rojo en el suelo: se lo lleva y, subrepticiamente, lo lee en clase. A continuación el libro muestra un lugar soleado y un niño que ve un libro rojo en la playa; en él hay una página equivalente a la de la primera doble página del álbum, en la que, detrás de una ventana de un edificio, hay una niña leyendo un libro rojo. Así que la niña mira hacia la ventana mientras sostiene el libro con el chico en la playa que lee un libro en el que aparece ella…

Los dibujos son sencillos. La narración está muy bien llevada. Se transmite con acierto la idea poética del encuentro de dos personas en la lectura. Al final, el libro lo coge un ciclista y se lo lleva con lo que, suponemos, la historia del libro y de los encuentros que propiciará su lectura continúa. De nuevo, como dije ayer a propósito de The pencil, caben reflexiones metafictivas, por ejemplo sobre la importancia del lector o espectador como creador de lo que lee o ve, o sobre cómo la lectura o la contemplación no deja de ser un asomarse a ventanas que te llevan a otros mundos, etc., pero siempre conviene no perder de vista que, lo primero y básico, es que la historia en sí misma es buena y está bien contada.

Barbara Lehman. El libro rojo (The Red Book, 2004). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2013; 32 pp.; ISBN: 978-84-941041-7-6. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 13 de enero de 2014

The Pencil, de Bruce Ingman y Allan Ahlberg, es un álbum inglés de hace unos años que se puede incluir en la categoría de los relatos que hablan de sí mismos y de su propia construcción. Con diferencias, claro está, se puede alinear con otros como Harold and the purple crayon, Fídibus, Cuando Lía dibujó el mundo, Johanna en el trenChester

Al comienzo se dice: «El lápiz dibujó un niño. “¿Cómo me llamo?” dijo el niño. “Er… Banjo”, dijo el lápiz. “Bien”, dijo Banjo. “Dibújame un perro”». Y así van apareciendo un perro, un gato, una ciudad. A petición de los personajes, el lápiz usa el pincel para ir dando color a lo que ha dibujado…, pero entonces empiezan las protestas. Para remediarlas, dibuja una goma que, al principio, es muy útil pero que, después, actúa por su cuenta y borra lo que no debe. Al final, quedan el lápiz y la goma en un duelo frente a frente.

Los dibujos son, de acuerdo con la historia, como esbozos. La tipografía cambia de tamaño según lo que pide cada momento. Los personajes son divertidos y el relato en sí mismo tiene buenos momentos de humor. El argumento es de los que tira del lector hacia delante haciéndole pensar continuamente «a ver qué viene ahora». Bien, luego el adulto puede o no hacerse, o compartir, reflexiones metafictivas.

Bruce Ingman. The pencil (2008). Texto de Allan Ahlberg. London: Walker Books, 2009; 48 pp.; ISBN: 978-1-4063-1955-2.

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domingo, 12 de enero de 2014

Paul Johnson: «El juicio y la muerte de Sócrates constituye uno de los grandes acontecimientos morales de la antigüedad». Es cierto que, sigue Johnson, es «una auténtica pena que Tucídides no estuviera vivo para darnos su relato concienzudo, continuo, seguro y penetrante del acontecimiento» y que tengamos que conformarnos con los libros que dejó Platón, «escritos con su acostumbrada maestría —a decir verdad, sorprendentemente genial cuando narra las últimas horas de Sócrates—, pero con su habitual combinación de verdad y transferencia (de sus pensamientos a Sócrates) y su irritante deformación profesional, la tendencia a poner las ideas delante de las personas». Con todo, la información que poseemos es más que suficiente para concluir que «Sócrates en prisión, a punto de morir por el derecho a expresar sus opiniones, es una imagen de la filosofía de todos los tiempos. (…) Esta potentísima imagen visual del pensamiento, el hombre justo a las puertas de la muerte, se convirtió en el arquetipo de la filosofía en su encarnación humana. Todos los filósofos posteriores se vieron, en algún sentido, forzados a competir con esta imagen y aceptarla».

Paul Johnson. Sócrates: un hombre de nuestro tiempo (Socrates, 2011). Madrid: Avarigani, 2012; 170 pp.; trad. e introducción de Juan José García Norro; ISBN: 978-84-939130-5-2.

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sábado, 11 de enero de 2014

Si lo pensamos bien, es muy notable la sofisticación de algunos escritores norteamericanos del siglo XIX como Irving, Hawthorne, Poe, Melville... Un relato cortito que lo ejemplifica es Wakefield, de Nathaniel Hawthorne. Comienza cuando el narrador habla de que una vez leyó que, en Londres, un hombre se fue de casa como para un viaje de dos o tres días pero se alojó en la calle de al lado y allí vivió durante veinte años observando la vida de su esposa y sus vecinos, hasta que un día, volvió como si nada hubiera pasado. A partir de esa noticia el narrador se pregunta cómo ha podido ser su vida en ese tiempo y la recrea.

A propósito de este relato, tan bien construido y contado, que hace pensar en la dificultad de conocer las causas profundas y el verdadero entramado de las decisiones humanas, hacía Borges un comentario justamente famoso: «La circunstancia, la extraña circunstancia, de percibir en el cuento de Hawthorne, redactado a principios del siglo XIX, el sabor mismo de los cuentos de Kafka que trabajó a principios del siglo XX, no debe hacernos olvidar que el sabor de Kafka ha sido creado, ha sido determinado, por Kafka. Wakefield prefigura a Kafka, pero éste modifica, y afina, la lectura de Wakefield. La deuda es mutua; un gran escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los justifica. Así ¿qué sería de Marlowe sin Shakespeare?».

Merecen un último comentario, a propósito de la edición que cito, las atmosféricas ilustraciones en blanco y negro de Ana Juan. Responden a una lectura que cabría llamar surrealista de la historia, y contribuyen a darle al relato un tono alucinado que, sin duda, tiene. Sin embargo, al menos en este caso, yo siempre preferiría una edición sin ilustraciones que dirijan la lectura en una determinada dirección y apostaría por la normalidad: creo que ahí está la fuerza particular de un relato como este.

Nathaniel Hawthorne. Wakefield (1835). Madrid: Nórdica Libros, 2011; 76 pp.; edición bilingüe; trad. de María José Chuliá García; ilust. de Ana Juan: ISBN: 978-84-92683-41-3.
Jorge Luis Borges. Otras inquisiciones (1952). Barcelona: Destino-Emecé, 2007; 301 pp.; col. Áncora y Delfín; ISBN: 978-84-233-3964-8.


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viernes, 10 de enero de 2014

Hace unas semanas mencioné la biografía de Catalina la Grande firmada por Robert K. Massie. Cito ahora la de La reina Blanca de Castilla, de Regine Pernoud. Es interesante poner en paralelo los distintos estilos: periodístico, y tal vez algo imaginativo, el de Massie; entusiasta también con su heroína, pero ateniéndose siempre lo que dicen y lo que no dicen los documentos de la época, el de Pernoud.

Blanca de Castilla era nieta de Leonor de Aquitana, hija de Alfonso VIII de Castilla, esposa de Luis VIII de Francia y madre del que sería san Luis. Su figura es comparable con la de pocas reinas: de hecho, Pernoud termina su biografía diciendo que «había habido, y aun habría muchas reinas en Francia. Pero no podía haber más que una reina Blanca». Además, como esperarán quienes han leído más obras de la historiadora francesa, no faltan puntadas contra los prejuicios ignorantes sobre «este periodo de mil años al que se persiste en dar —en contra de todo rigor científico, por no hablar del sentido común— el nombre de “Edad Media”»; ni la insistencia en el papel decisivo y en la educación de alto nivel de algunas mujeres de la época.

En relación a esto, en su prólogo cuenta que, cuando Blanca de Castilla era una niña desconsolada de trece años, recién llegada a Francia desde Palencia, y recién casada, dicen las crónicas que, a partir de una conversación con el obispo Hugo de Lincoln, dejó de llorar. Pernoud termina el prólogo con este comentario: «Una reina no llora. Demasiada gente depende, espera su felicidad, de ella: su esposo, sus pueblos; es en ellos en quienes debe pensar en primer lugar y sobre todo. No se convierte uno en una gran reina sino olvidándose de sí misma: ¿no está abocada, de todos modos, a una tarea que la supera? Esta tarea no es otra que asegurar la paz; pues aunque son los reyes los que hacen reinar la justicia, son las reinas las que hacen reinar la paz».

Regine Pernoud. La reina Blanca de Castilla (La reine Blanche, 1972). Barcelona: Acantilado, 2013; 371 pp.; trad. de José Ramón Monreal; ISBN: 978-84-15689-61-4.

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jueves, 9 de enero de 2014

Hay que aplaudir que Plataforma editorial esté publicando en castellano, por fin, las novelas de Rosemary Sutcliff. Es una pena, sin embargo, que una novela como Una espada al atardecer, tal vez la más poderosa de toda su producción, haya llegado a las librerías sin una revisión completa de las erratas que contiene. Como, además, los lectores naturales de Sutcliff no son los de los bestsellers sino los que aprecian la calidad literaria, estos fallos se acusan más. También, dado el tipo de relato, hubiera sido conveniente un mapa, o varios, más claro que el actual.

En la nota introductoria Sutcliff explica que, de acuerdo con los datos de los historiadores y de los arqueólogos, detrás de la leyenda artúrica no hay un caballero de armadura reluciente, ni Mesa Redonda, ni un Camelot, sino un jefe de guerra romano-britano del siglo V al que le pareció que valía la pena luchar por «los últimos destellos de la luz de la civilización cuando las tinieblas de la barbarie llegaron como una gran inundación». De acuerdo con esto, «a partir de fragmentos de hechos conocidos, de similitudes, de deducciones y de puras y simples suposiciones», presenta «el tipo de hombre que pudo ser ese jefe de guerra y la historia de su larga lucha». Es él mismo quien la cuenta cuando, después de su última batalla, recuerda su pasado. Se mantienen, eso sí, los elementos básicos de la leyenda artúrica: «el pecado que lleva consigo su propio castigo; la Hermandad rota por el amor entre la esposa del líder y su amigo más íntimo»; y «el Rey Sagrado, el líder cuyo derecho divino en última instancia le lleva a morir por el pueblo».

La escritora dedicó a esta novela mucho tiempo y, cuando la comenzó, después de varios intentos fallidos, vio que debía usar un narrador en primera persona y no, como en sus otras novelas, en tercera. El relato empieza pocos años después del final de Los guardianes de la luz, donde aparecía ya el joven Artos el Oso, hijo ilegítimo de Utha, hermano mayor de Ambrosio, el Alto Rey de Britania. Con poco más de veinte años, Artos, un joven de gran estatura, fuerte y diestro, forma una Compañía de trescientos hombres a caballo para combatir, allí donde aparezcan, a los Lobos del Mar, los invasores sajones, y a sus aliados del interior de la isla. Para eso prepara, previamente, unas nuevas camadas de caballos, más altos y robustos que los que tenían hasta entonces. Su éxito militar y humano crecientes contrastan con las insatisfacciones personales que provendrán del hijo que tuvo en su juventud, Medraut, y de sus faltas de tacto en las relaciones con su esposa, Guenhumara.

La narración es pausada, como es habitual en Sutcliff y como corresponde al tipo de narrador. Las descripciones son magníficas. La crueldad de algunas acciones y batallas están varios peldaños por encima de obras anteriores de la autora, de ahí que a esta novela no se la suela considerar juvenil. Quedan bien perfilados los personajes principales, sin frivolidad alguna, como a veces ocurre cuando llega el momento de narrar el enamoramiento entre Guenhumara y Bedwyr, su segundo, muy lejano del Lancelot habitual en otras recreaciones. Tanto los momentos de amistad como los de confrontación tienen mucha intensidad. No falta el guiño habitual de Sutcliff a Kipling en el «buena caza» que los hombres se desean unos a otros, ni los toques que unen esta novela con las previas y posteriores de la autora.

El motivo temático es el mismo de Los guardianes de la luz: los protagonistas tienen la conciencia de que Britania era el último bastión del mundo occidental y que no podían dejar que se apagara esa última luz de civilización. Al modo de los héroes de grandes novelas inglesas escritas en los mismos años —tan diferentes entre sí como El Señor de los anillos, de Tolkien, o la trilogía Espada de honor, de Evelyn Waugh—, también Artos y sus compañeros hacen frente a su tarea con la idea clara de que les espera la derrota. Cuando Artos le pregunta a Ambrosio cuánto tiempo cree que podrán resistir antes de que les engulla definitivamente la oscuridad, Ambrosio responde: «Sólo Dios lo sabe. Si hacemos bien tu trabajo y el mío, quizás otros cien años».

Rosemary Sutcliff. Una espada al atardecer (Sword at Sunset, 1963). Barcelona: Plataforma editorial, 2013; 640 pp.; col. Histórica; trad. de Francisco García Lorenzana; ISBN: 978-84-15115-80-9.

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miércoles, 8 de enero de 2014

Tenía pendiente incluir aquí dos libritos cortos del escritor cubano Onelio Jorge Cardoso. Uno de ellos, Negrita, un relato más sobre un magnífico perro, es de los que presenta una situación injusta y de los que podría sumarse al grupo de libros para la rebelión.

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martes, 7 de enero de 2014

Hay autores de gran trayectoria cuyos nuevos libros no siempre tienen el nivel de sus obras anteriores, por más que sean buenos y que, si vinieran firmados por autores noveles, seguramente los calificaríamos mejor. Eso he pensado al leer Filbert: el diablillo bueno, escrito por Hiawyn Oram e ilustrado por Jimmy Liao. Es un álbum de formato grande cuyo protagonista es un diablito cuya bondad defrauda a sus padres, y que se encuentra con una angelita, llamada Florinda, que tiene el mismo problema pero al revés.

Las ilustraciones son exuberantes. Algunos personajes secundarios —compañeros de Filbert, su maestra búho Aliento-Esperpento, etc.— son muy divertidos. Algunas escenas, como la de la pelea en la escuela, son magníficas. Sin embargo, ahora leemos como una broma que un argumento y unos personajes que han llegado a ser tan convencionales se nos presenten como poco convencionales. Y otro problema de credibilidad es que las imágenes de Liao, tan amables, no parecen encajar con una historia que uno se imagina ilustrada por Tony Ross o alguien así. Pero, una vez más hay que decir que muchos no se plantearán nada de lo que digo atrás y leerán con gusto, e incluso con entusiasmo, el álbum.

Jimmy Liao. Filbert: el diablillo bueno (2013). Texto de Hiawyn Oram. Granada: Barbara Fiore, 2013; 29 pp.: trad. de Carles Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-15208-40-2.

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lunes, 6 de enero de 2014

He añadido un álbum de hace unos años: Pigacín, de Alfredo Gómez Cerdá y Paz Rodero. Es una bonita historia de amistad y tiene unas fantásticas imágenes marinas, una especialidad de la ilustradora. Un álbum reciente de gran formato donde también se puede apreciar lo mismo es Versos del mar, una sucesión de ilustraciones a doble página que ilustran poemas breves de Carlos Reviejo y Javier Ruiz Taboada.

Paz Rodero. Versos del mar (2013). Poemas de Carlos Reviejo y Javier Ruiz Taboada. Madrid: SM, 72 pp.;  ISBN: 978-8467563658.

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domingo, 5 de enero de 2014

Sócrates: un hombre de nuestro tiempo, de Paul Johnson, es una buena obra divulgativa. El prólogo explica bien los méritos del libro de Johnson —es un resumen claro de la vida y de la obra de Sócrates, tiene un tono expositivo ameno— y sus limitaciones, que se derivan del estilo periodístico y del afán polémico propios del autor.

Así, Johnson tiene la manifiesta intención de que Sócrates nos enseñe cosas valiosas para el presente y, al dejar clara su altura intelectual y moral, desea incidir en uno de sus temas predilectos: el de la traición de los intelectuales. Por ejemplo: Sócrates «no era un Richard Dawkins, ansioso de desengañar a la gente común de sus ilusiones en nombre de una racionalidad triunfalista», comparación poco pertinente, me parece, y que además eleva innecesariamente a Dawkins; pero que algunos lectores aceptarán de buen grado. Otro punto en el que la gran admiración de Johnson por Sócrates le traiciona un poco es que le atribuye opiniones plausibles que, sin embargo, van más allá de los datos que tenemos pues las apoya en documentos perdidos…

En cualquier caso, es cierto que, para Sócrates, «un líder filosófico tenía que ser mucho más que un pensador, mucho más. Tenía que ser una buena persona para la que la cuestión de la virtud no fuera una idea abstracta, sino un asunto práctico de la vida diaria. Tenía que ser valiente en el momento de enfrentarse a elecciones y vivir con sus consecuencias. En último recurso, la filosofía era una forma de heroísmo y quienes la practicaban tenían que poseer el coraje para sacrificar todo, incluida la propia vida, para perseguir la excelencia de la mente. Esto es lo que Sócrates mismo hizo. Y esta es la razón por la que le honramos y saludamos como la filosofía personificada».

Paul Johnson. Sócrates: un hombre de nuestro tiempo (Socrates, 2011). Madrid: Avarigani, 2012; 170 pp.; trad. e introducción de Juan José García Norro; ISBN: 978-84-939130-5-2.

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sábado, 4 de enero de 2014

Dos comentarios de Borges, que menciona Bioy, sobre arte y ética.

«Oímos a Marlene Dietrich. Borges: “Es música prostibularia. Qué canallesco. Habría que averiguar cuándo comienza en las artes la exaltación de lo canallesco. La picaresca no es eso. Exalta astucias miserables: un robo de morcillas. Pero lo canallesco, lo crapuloso… Bioy: “Tal vez sea una invención de ahora, tal vez esté más en cantos y música que en literatura”».

«Borges: ¿Por qué es tan lindo el poema de Manrique? (Coplas a la muerte de mi padre). No sólo por los versos: por su ética. La ética es importante en todo: también en literatura».

Adolfo Bioy Casares. Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

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viernes, 3 de enero de 2014

De las novelas publicadas recientemente y citadas en la página, las que me han gustado de los últimos meses son:

   Enterrado en vida. Arnold Bennett.
   El octavo día. Thornton Wilder.
   Del color de la leche. Nell Leyshon.
   Uno de los nuestros. Willa Cather.
   Intemperie. Jesús Carrasco.
   Capital. John Lanchester.
   El sabor prohibido del jengibre. Jamie Ford.
   El frágil vuelo de los pájaros. Christie Watson.

Y libros de no-ficción:

   Las ruinas del cielo. Christian Bobin.
   Mala farma. Ben Goldacre.
   Por qué duele el amor. Eva Illouz.
   Inteligencia musical. Íñigo Pírfano.
   Esquilo: creador de la tragedia. Gilbert Murray.
   El silencio del héroe. Gay Talese.
   Catalina la Grande. Robert K. Massie.

Y, como ya dije, para leer en tabletas y en móviles he preparado una revista en flipboard con los libros de todo el año de estas «categorías».

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jueves, 2 de enero de 2014

Álbumes o novelas gráficas para lectores jóvenes que más me han gustado en los últimos meses:

    Un paseo con el señor Gaudí. Pau Estrada.
    El diario de las cajas de fósforos. Bagram Ibatoulline y Paul Fleischman.
    El libro de la selva de Londres. Bhaiju Shyam y Sirish Rao y Gita Wolf.
    La niña de rojo. Roberto Innocenti.

Libros infantiles, casi juveniles algunos:

    Cartas de todos para todos. Toon Tellegen.
    El árbol de la mujer dragón y otros cuentos. Ana María Shua.
    La casa del ciempiés. Ignacio Sanz.
    Luces en el canal. David Fernández Sifres.
    Leyendas del Rin. Víctor Hugo.
    El zorrito perdido. Irina Korschunow.

Libros juveniles:

    Tamango. Prosper Mérimee.
    Sueños de diseño. Carlos Goñi.
    Los héroes son mentira. Rosa Huertas.
    Tomek. El río al revés. Jean-Claude Mourlevat.
    La muerte no es un juego de niños. Alan Bradley.
    El oso. James Oliver Curwood
    Los lobos de la frontera. Rosemary Sutcliff
    La maravillosa O. James Thurber.

Y, como ya dije, para leer en tabletas y en móviles he preparado una revista en flipboard con los libros infantiles y juveniles de todo el año.

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miércoles, 1 de enero de 2014

Los mejores álbumes para prelectores leídos en los últimos meses:

    Hay un cocodrilo debajo de mi cama. Mercer Mayer.
    La gota gorda. Patricia Metola y Juan Villoro.
    ¡Baja gata! Lucia Masciullo y Sonya Hartnett.
    Yo puedo y Yo también. Susan Winter.
    Aquí, allí y en todas partes. Anita Jeram y Sam McBratney.
    El monstruo Malacresta (todos menos uno). Puño

Para primeros lectores:

    Una casa para el cangrejo ermitaño. Eric Carle.
    La princesa y la cerdita. Poly Bernatene y Jonathan Emmett.
    Este no es mi bombín. Jon Klassen.
    ¿Dónde están mis gafas?. María Pascual.
    Mi boa Bob. Serge Bloch y Randy Siegel.
    Las tres Reinas de Oriente. Lluís Farré y Teresa Durán.
    Cómo esconder un león. Helen Stephens.
    El ratón que comía gatos. Emilio Urberuaga y Gianni Rodari.

Para lectores más mayores:

    El buen lobito. Nadia Shireen.
    La gran ola Hokusai. Bruno Pilorget y Véronique Massenot.
    Pero ¿qué pasa? David McNeil y Tina Mercié
    La reina de las ranas: no puede mojarse los pies. Marco Somà y Davide Cali.
    El chico del bosque. Nathalie Minne.
    Este alce es mío. Oliver Jeffers.

Y, como ya dije, para leer en tabletas y en móviles he preparado una revista en flipboard con los álbumes de todo el año.

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