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Notas de octubre de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 31 de octubre de 2009

En El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad están recopilados cuarenta y cuatro artículos que Chesterton había publicado en distintos medios y que reunió en un libro póstumo su secretaria Dorothy Collins. Las ideas de algunos aparecen tratadas con más extensión en otros libros: «Giotto y San Francisco», en la biografía sobre San Francisco de Asís; «Historia de dos ciudades», en la que dedicó a Dickens; las ideas en «De Meredith a Rupert Brooke», en su libro sobre la época victoriana; «Elizabeth Barret Browning», una mujer poeta que «cuando cayó siempre fue por perder pie, jamás porque se acobardó ante el salto», en la biografía sobre su marido.

Algunos de los más notables fueron recogidos en Correr tras el propio sombrero: «Sueño de una noche de verano», un sensacional análisis literario de la comedia de Shakespeare; «Los monstruos y la Edad Media», sobre la concepción que tenía el cristianismo medieval de las virtudes cristianas como algo «desafiante y hasta destructivo»; «El verdadero Dr. Johnson», sobre un hombre que «jamás pensó estar equivocado sin estar listo a pedir disculpas»; «Si tuviera que predicar un solo sermón», acerca del orgullo, ese «veneno tan fuerte que no sólo envenena las virtudes sino también a los otros vicios».

En este último, después de declarar que lo que más ama es «la libertad y la poesía de la isla de Inglaterra», Chesterton se refiere al patriotismo como «el más noble de todos los afectos naturales, exactamente mientras consista en decir: "Que yo sea digno de Inglaterra"», pero, al mismo tiempo, señala que «el comienzo de una de las formas más ciegas del fariseísmo es cuando el patriota se contenta con decir: "Soy inglés"». Vuelve a la misma idea en «Acerca del patriotismo», donde lo define como «una espada de dos filos»: uno es el que le permite «seguir enorgulleciéndome de Chaucer, de Shakespeare y de Nelson; sentir que los poetas en verdad amaron el idioma que yo amo, y que el marino sintió algo de lo que nosotros también sentimos por el mar»; otro es el que le conduce a que, «si aceptamos este mítico ser colectivo, este yo mayor, debemos aceptarlo de una vez por todas» y, por tanto, «si nos jactamos de lo mejor, debemos arrepentirnos de lo peor. De otro modo, el patriotismo será una pobre cosa».

La comprobación de que Chesterton alcanza siempre la excelencia en artículos literarios como «Sueño de una noche de verano» y «Elizabeth Barret Browning», la tenemos en este libro en bastantes textos. Así, hay una referencia jugosa a determinadas críticas que recibió T. S. Eliot en «El perfil de la libertad»; hay un análisis excelente sobre los «Cuentos de Tolstoi»; es excepcional el que trata sobre la poesía infantil de «Walter de la Mare»; son muy sugerentes «Henry James», donde trata de su mérito como novelista, y «Para qué sirven los novelistas», donde pone en paralelo a Henry James y a su hermano William James.

Luego, nadie interesado en la LIJ debería perderse tres artículos.

Uno, «La pantomima», donde Chesterton explica por qué piensa que «el niño lleva en la cabeza una definición correcta y completa de la función del arte y su plena naturaleza». Otro, «Libros para niños», sobre la importancia de comprender la mente de los niños acerca de los libros de aventuras: «el instinto de soñar despierto y de la aventura es un alto instinto espiritual y moral, que no requiere ni que lo disuelvan ni que lo excusen, y que es la madre de todos los grandes viajeros, misioneros, caballeros errantes, y madrina de los valientes»; eso sí, «lo único esencial de un autor para niños es que no se rebaje al escribir para ellos». Y otro más, acerca de la misión de la literatura, es «Sobre la lectura»: «La primera utilidad de la buena literatura reside en que impide que un hombre sea puramente moderno. Ser puramente moderno es condenarse a una estrechez final; así como gastar nuestro último dinero terreno en el sombrero más nuevo es condenarnos a lo pasado de moda. El camino de los siglos pasados está empedrado con méritos modernos. La literatura, clásica y permanente, cumple su mejor misión al recordarnos perpetuamente la vuelta completa de la verdad y al balancear ideas más antiguas con ideas a las cuales, por un momento, podemos estar dispuestos a inclinarnos».

El artículo que abre y da título al libro, «El Hombre Común» anuncia la defensa del hombre normal: la emancipación moderna «ha brindado una especie de libertad excéntrica a ciertos hobbies de los hombres de fortuna o, en ocasiones, a algunas de las locuras más humanas de la gente culta» mientras que ha prohibido «el sentido común, como lo hubiera entendido la gente común», «en nombre del progreso, en nombre del Infanticidio». En «El nuevo fanatismo» explica que un fanático no es un hombre convencido de tener razón, algo que puede ser lo más cuerdo del mundo, sino alguien que está «convencido de que otro debe estar equivocado en todo porque está equivocado en una opinión en especial; que debe estar equivocado, hasta en el pensar, con sinceridad, que tiene razón. Esto último es aplicable, particularmente, a la literatura y a la habilidad de los hombres de letras».

Pero podríamos seguir: «Respecto de una ciudad extraña» habla de las absurdas explicaciones de lo religioso que dan algunos; «El restablecimiento de la filosofía: ¿por qué?» es un gran diagnóstico sobre tiempos de crisis; en «La nueva defensa de las escuelas católicas» hay un comentario muy certero sobre educación para la ciudadanía; «Lamentos rabelesianos» o las formas de hablar impropiamente de "sexo" que surgen de tres orígenes, de «un espíritu verdaderamente vicioso, del amor al énfasis o del amor al análisis»; «La vulgaridad» se refiere a esos hombres que ni se comprenden a sí mismos ni comprenden los límites de las explicaciones; «El vandalismo» distingue a «los vándalos del mundo antiguo, que destruyeron edificios» de los «vándalos del mundo moderno, que los erigen»; «La extraña conversación de dos victorianos» muestra la inimaginable falta de conocimientos de algunas personas instruidas y señala que igual que «no se concibe un drama sin público, no se puede tener una ironía sin público instruido».

G. K. Chesterton. El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad (The Common Man, 1950). Buenos Aires: Lohlé-Lumen, 1996; 240 pp.; no conozco el traductor; ISBN: 950-724-589-8; en librodot.com. Nueva edición, titulada El hombre corriente, en Sevilla: Espuela de Plata, 2013; 336 pp.; col. Clásicos y Modernos; trad. de Abelardo Linares Crespo; ISBN: 978-8415177821.

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viernes, 30 de octubre de 2009

Dos libros alemanes que pueden llamarse de memorias infantiles: La Casa de la Infancia, de Marie Luise Kaschnitz, y Venganza tardía, de Ernst Jünger. Son relatos reflexivos, que hablan de la huella que dejaron los sucesos de la infancia en los autores y que se reconoce como tal muchos años después.

El primero tiene como protagonista y narradora a una mujer racional y sensata, de unos cincuenta años, que no tiene un especial interés en recordar su niñez. Pero un día le preguntan por la calle por el Museo de la Infancia, que a ella no le suena de nada y, a partir de ahí, comienza un vaivén de recuerdos y reflexiones.

El segundo es una novela póstuma en la que su autor narra sobre todo recuerdos colegiales. Su protagonista, Wolfram, es un chico muy soñador que vive con sus abuelos, que no se adapta bien a la vida escolar, y que tiene la mente repleta de las aventuras de Robinson Crusoe y Old Shatterhand.

Los dos son relatos que tienen menos una voluntad narrativa, como la de quien desea contar algo del modo más claro posible, que una voluntad reinterpretativa, como la de quien quiere ahondar en las raíces de la vida posterior. Tienen también en común que hablan de niños que se sabían no queridos, o no suficientemente queridos, y que buscaban a tientas distintas formas de remediar su desamparo afectivo.

Se diferencian en que la novelita de Kaschnitz se desarrolla por momentos en un clima onírico y es un tanto surrealista; mientras que la de Jünger es lineal y principalmente se centra en la formación singular de un niño con un mundo interior propio que los adultos que le rodean no comprenden.

Son, por tanto, novelitas de interés para los interesados o en los autores y su época, o en la infancia y en aspectos de la que cabría llamar la construcción intelectual y emocional de la personalidad. O, dicho de otro modo: para mí han sido buenas lecturas pero son experiencias vitales demasiado literaturizadas para gustar a una mayoría de lectores. Los posfacios de ambas dan más datos.

Marie Luise Kaschnitz. La Casa de la Infancia (Das Haus der Kindheit, 1956). Barcelona: Minúscula, 2009; 137 pp.; trad. de Rosa Pilar Blanco; posfacio de Cecilia Dreymüller; ISBN: 978-84-95587-54-1.
Ernst Jünger. Venganza tardía (Sp. R. Drei Schulwege, 1991). Barcelona: Tusquets, 2009; 116 pp.; trad. y posfacio de Enrique Ocaña; ISBN: 978-84-8383-114-4.

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jueves, 29 de octubre de 2009

Dos nuevas ediciones de dos buenos libros: Los elegidos, de Chaim PotokLa familia Mumin en invierno, de Tove Jansson.

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miércoles, 28 de octubre de 2009

Un amigo me habló bien de la serie de relatos de Caroline Lawrence titulada Misterios Romanos y me dijo que le parecían apropiados para lectores en torno a diez-doce años, por lo que leí los cinco primeros: Ladrones en el foro, Los secretos del Vesubio, Los piratas de Pompeya, Asesinos en Roma y Los delfines de Laurentum.

Las historias comienzan el año 79 d.C. y sus protagonistas son: la intelectual y activa Flavia, de doce años, hija de un armador; el impulsivo Jonatán, también de doce, judío-cristiano e hijo de un médico; la intuitiva Nubia, de doce años, al principio una esclava que Flavia compra por su cumpleaños; y Lupo, un mendigo mudo, de ocho años, con unas cualidades excepcionales para dibujar. Como en otras series de pandillas, los protagonistas se meten o se ven metidos en sucesivos líos y salen siempre indemnes gracias a las distintas cualidades que tiene cada uno y, a veces, con la colaboración de los adultos de alrededor.

Los relatos están estructurados con habilidad y contados con oficio. Son amenos y cumplen su objetivo de dar información, de avivar la curiosidad por la Roma clásica, y de servir de puente hacia lecturas futuras. Según avanzan los libros, y las historias de unos y otros van entretejiéndose, se abren nuevos interrogantes y las coincidencias aumentan. La narración se centra en contar lo que pasa y en arreglárselas para ir dando explicaciones de cosas —mitos, creencias, costumbres, historia...—, que alguno de los presentes no conoce. Los protagonistas afrontan tareas muy por encima de su edad y algunas de sus emociones suenan artificiales o, más bien, suenan como podrían sentirlas chicas y chicos de ahora mismo. Pero, dada la edad de los destinatarios, el acento en la valoración de los libros, si están bien hechos como es el caso, no hay que ponerlo tanto en los defectos narrativos y literarios como en su eficacia, en que consiguen lo que pretenden: entretener y subir el nivel.

Caroline Lawrence. Ladrones en el foro (The Thieves of Ostia, 2001), Los secretos del Vesubio (The Secrets of Vesuvius, 2001), Los piratas de Pompeya (The Pirates of Pompeii, 2002), Asesinos en Roma (The Assassins of Rome, 2002), Los delfines de Laurentum (The dolphins of Laurentum, 2003). Barcelona: Salamandra, 2007 8ª ed., 2008 6ª ed., 2003, 2003, 2004; 192, 192, 191, 190, 187 pp.; trad. de Atalaire los dos primeros y de Raquel Vázquez Ramil los siguientes; ISBN 10: 84-7888-792-X, 84-7888-793-8, 84-7888-798-9, 84-7888-843-8, 84-7888-838-1.

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martes, 27 de octubre de 2009

El año 2006 publiqué una nota titulada ¿Por qué ir a los museos? en la que hablaba de un libro que, felizmente, ha sido traducido: Cómo hablar de arte a los niños. El primer libro de arte para niños... destinado a los adultos (Comment parler d’art aux enfants, 2002). San Sebastián: Nerea, 2009; 190 pp.; trad. de Xabier Andonegi Santamaria; ISBN: 978-84-96431-42-3.

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lunes, 26 de octubre de 2009

Korokoro
(rodar, en japonés), de Emilie Vast, es un libro desplegable que cuenta, sin palabras, una historia que parece simple: un erizo rueda de izquierda a derecha, cruzándose con otros animales y con distintas plantas, y en sus púas van enganchándose hojas y frutos. El inesperado final hace que la historia no sea tan sencilla como parecía.

El interés del álbum como tal está, sobre todo, en su condición de objeto artístico elegantemente diseñado, compuesto y editado. Pero, así como hay álbumes-objeto que tienen interés por la originalidad de la idea o de su concepción, este también cuenta con un mini-argumento cuyo desenlace arranca una sonrisa de sorpresa.

Emilie Vast. Korokoro (2007). Granada: Barbara Fiore, 2009; 24 pp.; ISBN: 978-84-936778-3-1.

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domingo, 25 de octubre de 2009

Añado un asunto al comentario del otro día. Primero debo decir que la biografía que firma Ackroyd está bien hecha y bien narrada, pero también comprendo más que bien a Pearce cuando se indigna con algunas de las cosas que dice para no sacar las conclusiones naturales de los hechos que cuenta. Da toda la impresión de que Ackroyd desea protegerse a sí mismo de algunas críticas de sus propios colegas pero, en realidad, crea desconfianza hacia su propio trabajo.

Obsérvese:

—«En resumen, Stratford albergaba una numerosa circunscripción católica de la que los Shakespeare formaban parte. Lo antedicho no supone, necesariamente, que Shakespeare profesase dicha religión, en el supuesto de que practicara alguna, sino sólo que estaba familiarizado con los católicos».

—«Puesto que Susannah, la hija mayor, fue toda su vida una católica sólida y destacada, ¿podemos suponer que los Shakespeare conservaron la tradición familiar de piedad heredada?».

—«Es cierto que en su obra dramática empleó el lenguaje y la estructura de la antigua religión, lo que no significa que abrazase el catolicismo. Es muy probable que sus padres pertenecieran a la vieja fe, que Shakespeare no necesariamente incorporó a su adultez. La antigua religión no formó parte de su sistema de creencias, sino del paisaje de su imaginación».

—Después de afirmar que Shakespeare siempre trata bien a los frailes y monjes que aparecen en sus obras, y que las referencias en ellas a rituales y convicciones católicas son correctas, el autor dice que esos conocimientos «resultan totalmente explicables si tenemos en cuenta que el joven Shakespeare se crió en el seno de una familia que profesaba la antigua fe. Sin embargo, su interés en el cumplimiento de los rituales y los sacramentos también formó parte de su interés por el teatro. Fue un aspecto de su preocupación por la pompa del poder, ya fuera sagrado o espiritual».

—Después de indicar que, según un clérigo anglicano que le conocía, «murió siendo papista», dice: «Desconocemos cómo obtuvo la información, que no necesariamente carece de autenticidad. Podemos deducir que significa que, en el momento de la muerte, Shakespeare recibió el sacramento de la extremaunción. Tal vez fue por instigación e incluso por insistencia de su familia recusante. Quizás estaba demasiado débil o enfermo como para entender lo que sucedía. También se da el caso de que, in extremis, católicos apóstatas o antiguos abrazan la posibilidad de redención».

—«La conclusión más segura y verosímil sostiene que, a pesar de sus múltiples conexiones católicas, Shakespeare no profesó unas creencias concretas. Las campanas procedentes de la iglesia no lo llamaron a la oración, sino que le recordaron la decadencia y el pasado. De la misma forma que fue un hombre sin opiniones mundanas, también careció de convicciones. Sometió su naturaleza a cuanto lo confrontó desde el género dramático. En ese aspecto estuvo por encima de la fe».

Cómico y patético.

Peter Ackroyd. Shakespeare: la biografía (Shakespeare: the Biography, 2005). Barcelona: Edhasa, 2008; 830 pp.; col. Biografía; trad. de Margarita Cavándoli; ISBN: 978-84-350-2616-1.
Joseph Pearce. Shakespeare. Una investigación (The Quest of Shakespeare, 2007). Madrid: Palabra, 2008; 222 pp.; trad. de Gloria Esteban Villar; ISBN: 978-84-9840-187-5.

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sábado, 24 de octubre de 2009

En el libro recientemente publicado en castellano con el título Por qué soy católico, se recogen varias obras de Chesterton posteriores a su conversión al catolicismo en 1922. Ya he puesto reseñas de las tres más importantes: La Iglesia Católica y la conversión; The Thing o Por qué soy católico; y El pozo y los charcos, en este caso con el título El manantial y la ciénaga. Además, en esta edición se incluyen otros textos que también fueron escritos con una finalidad de defensa y explicación de la fe católica: Adonde todos los caminos conducen y El camino de la Cruz.

Adonde todos los caminos conducen recoge siete artículos, o cuatro pues seis se agrupan de dos en dos, publicados en una revista entre 1922 y 1923, y que fueron reunidos para formar un libro con ese título en 1961. «La juventud de la Iglesia» dice que no es cierto «que la ortodoxia haya ido envejeciendo lentamente a lo largo de la historia» sino que son las herejías las que van quedándose viejas. «En defensa de la complejidad» señala que cualquier otra fe resulta más simple que la católica, empezando por el ateísmo, «el supremo ejemplo de una fe simple»: «la irreverencia es un parásito muy servil de la reverencia, y suele perecer con su huésped (...). Si Dios no existiera, no existirían los ateos». «La historia de una verdad incompleta» habla de que las ideas de hoy dejan a la Iglesia «literalmente atrás, es decir, que desaparecen en el horizonte por sí solas antes de que la Iglesia haya acabado de refutarlas». «Una nota sobre religiones comparadas», un doble artículo polemizando con ideas de Wells, primero desarrolla la idea de que al Islam o al Budismo, entre otras, no se «los puede comparar con una Iglesia concebida como dogmática y divina»; y, en su segunda parte, es un reproche a Wells acerca de que, movido por su deseo de ofrecer un contrapeso al cristianismo, acabe presentando a Buda como un moderno escéptico, como «un simpático altruista, alguien parecido a un no conformista que decidiera apuntarse a una Sociedad de Amigos de la Ética», cuando «el gran sabio, santo o escéptico hindú valía un poco más que eso».

El camino de la Cruz fue un texto corto que Chesterton escribió a propósito de unas ilustraciones de William Frank Brangwyn para las estaciones del Via Crucis. En sus primeras páginas hace una crítica de arte y habla de los rasgos técnicos y de las fuentes del pintor, señalando en particular su temor a pintar un Cristo como un Hércules flamenco, quizá recordando el reproche que William Blake hizo a Rubens: «Creí que Cristo era carpintero / y no carretero de cerveza...». En las últimas páginas el autor desea responder a quienes ponen objeciones no al tratamiento sino al tema en sí mismo, a las «personas que afirmarían con sinceridad, si bien de forma superficial, que resulta un tanto morboso pararse detenidamente ante las estaciones del Via Crucis»: Chesterton explica que «si nuestra teoría es verdadera, es decir, que [la pasión y muerte de Jesucristo] no se trató de un accidente sino de la agonía divina que exigía la restauración del mundo, entonces no es en modo alguno ilógico que tal lamento (y tal júbilo) dure hasta el final de los tiempos».

G. K. Chesterton. Adonde todos los caminos conducen (Where All Roads Lead, 1922) y El Camino de la Cruz (The Way of the Cross, 1935). Contenidos en Por qué soy católico; Madrid: El Buey Mudo, 2009; 720 pp.; de la p. 27 a la 75, y de la p. 685 a la 718; trad. de Mariano Vázquez Alonso y Ana Nuño López; ISBN 13: 978-84-937417-0-9.

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viernes, 23 de octubre de 2009

Entre las novelas de ciencia-ficción que tratan sobre prácticas eugenésicas y experimentación con seres humanos, esa nueva clase de racismo que hoy muchos aceptan con toda naturalidad, se pueden mencionar las decimonónicas Frankestein o La isla del doctor Moreau, y otras ya citadas como Flores para Algernon, El Dador, Next, Agua de noria.

A ellas se puede añadir Nunca me abandones, un relato bien construido y bien contado por Kazuo Ishiguro, que se sitúa en la Inglaterra de finales de los noventa, y que he recordado al leer hace poco un comentario. La narradora, de 31 años, rememora su niñez en un internado cuyas particulares características irán mostrándose lentamente: los alumnos son clones cuyas vidas fueron programadas para ser futuros donantes de órganos, no tienen padres y nunca tendrán hijos. Uno de los grandes aciertos del autor es situar la novela en un mundo en el que la ciencia-ficción ya no es ficción: nuestro mundo. Otro, como uno espera siempre de un buen escritor, es que deja solo al lector ante su relato para que piense por sí mismo.

Y, al respecto, viene a cuento citar el experimento Milgram, que básicamente consistió en comprobar cómo una mayoría de personas que se presentaron voluntarias para realizar un experimento educativo, en nombre de intereses científicos no tuvieron escrúpulos en causar dolor a personas que les eran desconocidas. Comentándolo, dice Robert Spaemann: «Esta obediencia no era una obediencia al Estado o a la Iglesia, sino una sumisión a la Ciencia. Se les insistía en que el experimento era muy importante para las futuras generaciones. Con esta razón se dejaron convencer e intimidar. Pienso que tendríamos que llegar a un punto en el que no hagamos ya determinadas cosas, pero no porque las pueda prohibir la Ciencia —la ciencia no prohíbe nada— sino porque no las queremos como hombres. Hemos de tener el valor de reiterar que no queremos disponer de determinadas posibilidades».

Kazuo Ishiguro. Nunca me abandones (Never Let Me Go, 2005). Barcelona: Anagrama, 2005; 351 pp.; trad. de Jesús Zulaika Goicoechea; ISBN: ISBN 10: 84-339-7079-8.
Robert Spaeman. Ética, política y cristianismo (2007). Madrid: Palabra, 2007; 299 pp.; col. Biblioteca Palabra; ed. de José María Barrio, trad. de José María Barrio y Ricardo Barrio; ISBN: 978-84-9480-106-6.

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jueves, 22 de octubre de 2009

Otoño azul,
de José Ramón Ayllón, es un relato que continúa las andanzas de la protagonista de Vigo es Vivaldi, Diario de Paula y Palabras en la arena. Ahora, un año después, en Barcelona, vuelve a enamorarse de un chico que, a su vez, está pasando un mal momento después del reciente fallecimiento de su madre.

Libro con un débil hilo argumental y con las mismas cualidades que los anteriores: muy bien escrito —en este punto hay una diferencia de nivel notable con otras historias de adolescentes—, anécdotas escolares y familiares graciosas junto con diálogos y réplicas de película —que gustan aunque sean excesivos desde un punto de vista realista—, enseñanzas escolares bien embutidas en la narración —esas explicaciones condensadas a las que un buen profesor llega normalmente después de varios intentos—, buen humor con bromas que aparecen aquí y allá —«¿un cuadro famoso de Velázquez?», «Las Mellizas»; «¿un bobo esférico?», «sí, porque lo mires por donde lo mires, es bobo»—; buena descripción del nacimiento de los sentimientos amorosos. Y, si en Vigo es Vivaldi hay párrafos poéticos dedicados a Vigo, aquí los hay sobre Barcelona.

José Ramón Ayllón. Otoño azul (2009). Barcelona: Bambú, 2009; 160 pp.; col. Grandes lectores; ISBN 13: 978-84-8343-068-2.

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miércoles, 21 de octubre de 2009

En El juramento, un thriller de Steve Martini no especialmente bueno a mi juicio, el narrador hace una observación incidental valiosa: «Cuando lo vi desaparecer [a su hijo] por las escaleras mecánicas, me gustaría escupir a la autoindulgencia de mi generación. Me invade un sentido de culpabilidad como padre y vapores de vergüenza. Vivimos en una sociedad que repudia esposas y las reemplaza por nuevas amantes, con más rapidez que un rajá en un harén. Destrozamos familias enteras por una pasión pasajera, y perseguimos una falsa ambición como si fuera una doctrina auténtica, permitiendo que nuestros hijos vuelvan a hogares vacíos, se preparen su propia comida, se enfrenten a las inseguridades de la adolescencia, mientras nos lanzamos a una cacería interminable de posesiones materiales y encima tenemos la audacia de preguntarnos quién mata la inocencia de la infancia».

Muchas obras de literatura infantil que tratan estas cuestiones caen en ese tipo de autoindulgencia. Entre las que no lo hacen y son capaces de presentar no tanto a las familias que se deshacen como a los niños que sufren las consecuencias, una valiosa es La gran Gilly Hopkins y otras son las novelas consecutivas de Cynthia Voigt tituladas La familia Tillerman busca hogar y Los Tillerman encuentran hogar. Son relatos que no terminan mal pues, en ellos, los chicos encuentran que alguien no sólo acepta la responsabilidad familiar que otros abandonaron, sino que, además, la desempeña con acierto. Pero no es así siempre, como es de sobra conocido.

Steve Martini. El juramento (Undue Influence, 1994). Barcelona: Planeta, 1999; 432 pp.; col. Los mejores bestsellers; trad. de Teresa Camprodón; ISBN 10: 84-08-03355-7.

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martes, 20 de octubre de 2009

En la información sobre James Stevenson se mencionan álbumes que tratan sobre relaciones entre adultos y niños, como Mi amiga la señora mayor o como The Worst Person in the World. Dejando al margen el atractivo de las ilustraciones para el lector pequeño, la primera es un ejemplo de las historias que se dirigen al adulto —pues sobre todo habla de la satisfacción del adulto por su relación con el niño—, y la segunda es un relato que claramente se dirige al niño —pues busca la complicidad con él al presentar un adulto antipático como también lo hace, con otro registro, La peor señora del mundo—. Luego, hay relatos que intentan llegar a los dos públicos, como La señora y el niño, y como lo hace Aquel niño y aquel viejo, de Avelino Hernández y Federico Delicado, uno de los mejores que conozco con este tema.

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lunes, 19 de octubre de 2009

Hay álbumes sobre abuelos para abuelos —por ejemplo, los que hablan de los sentimientos del abuelo— y hay álbumes sobre abuelos para niños, por ejemplo No nos podemos dormir, de James Stevenson, un relato superdivertido que me parece que está descatalogado en este momento.

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domingo, 18 de octubre de 2009

Dos libros sobre Shakespeare: el de Peter Ackroyd, Shakespeare: la biografía, y el de Joseph Pearce, Shakespeare. Una investigación.

El primero es una extensa biografía con atención a muchos detalles sobre la vida del dramaturgo inglés: da idea de su contenido y de su orientación sociológica, esta entrevista con su autor. Su fuerza está en la claridad de su redacción y en la información que aporta sobre la vida de la época, sobre Londres y el mundo teatral. No así en los comentarios directamente literarios: en mi opinión es una barbaridad (entre otras) decir que «en las cumbres más sublimes del arte de Shakespeare, la moral no existe, sólo está la voluntad humana que se encumbra en consonancia con la imaginación».

El segundo libro es una discusión detallada de todas las evidencias acerca de si Shakespeare fue o no católico: queda claro que lo fueron sus padres, lo fueron sus maestros, lo fueron muchos de sus parientes y de sus amigos, lo fue su hija preferida y heredera; se sabe que tuvo trato con jesuitas que murieron mártires, que no asistió a las ceremonias anglicanas, que pidió los últimos sacramentos a un sacerdote católico, etc. Pearce añade dos apéndices a su obra: en uno hace consideraciones generales acerca de la utilidad de tener en cuenta la vida de un autor para comprender mejor su obra literaria; en el otro analiza El Rey Lear aplicando esas pautas.

Quien lea los dos libros —y El Rey Lear— podrá contrastar los análisis tan distintos de Ackroyd y Pearce y juzgar si, como afirma Ackroyd, «El Rey Lear consiste en acercarse al reconocimiento de que la vida carece de significado y de que la comprensión humana es limitada. Por consiguiente, nos desprendemos de una carga pesada y nos volvemos humildes. Es lo que la tragedia shakespeariana consigue de nosotros». O bien si, según Pearce, El Rey Lear es una especie de comedia dentro de una tragedia en la que Shakespeare sí habla de que la comprensión humana es limitada pero, ni mucho menos, dice que la vida carece de significado.

Peter Ackroyd. Shakespeare: la biografía (Shakespeare: the Biography, 2005). Barcelona: Edhasa, 2008; 830 pp.; col. Biografía; trad. de Margarita Cavándoli; ISBN: 978-84-350-2616-1.
Joseph Pearce. Shakespeare. Una investigación (The Quest of Shakespeare, 2007). Madrid: Palabra, 2008; 222 pp.; trad. de Gloria Esteban Villar; ISBN: 978-84-9840-187-5.

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sábado, 17 de octubre de 2009

Con ocasión del estallido de la segunda Guerra Mundial, el editor de Chesterton, Frank Sheed, publicó The End of Armistice: cuarenta artículos que había escrito desde mediados de los años veinte para denunciar el peligro de la ideología nazi. Hoy nos sorprende comprobar no sólo la clarividencia de sus análisis sino también que dijera, en esos y en otros artículos, cosas tan concretas como que sobrevendría una guerra mundial devastadora que se iniciaría con la invasión y el reparto de Polonia entre los nazis alemanes y los comunistas rusos. No nos sorprende tanto saber que sus advertencias no fueron escuchadas: a Chesterton se le ignoraba cada vez más en su propio país debido a la contundencia de sus críticas a los poderosos y a su posición católica tan neta y tan atractivamente argumentada.

Los artículos están distribuidos en cuatro epígrafes: «Prusianism», «Hitlerism», «Poland», «Pacifism and Cynicism». En la introducción, «Arms and the Armistice», hace un diagnóstico de la situación cuando indica que, desde hace tiempo, en el norte de Europa hay «una fuente de veneno» que no tiene mucho sentido llamarla Alemania y ni siquiera Prusia: «es mucho más satisfactorio simplemente llamarla Orgullo. Es una cosa del espíritu, no es una nación, es una herejía». En este caso, dice Chesterton, es inútil y confuso discutir en torno a etiquetas como «nacionalismo» o «patriotismo»: «estamos hablando de cosas distintas. Un Francés está orgulloso de Francia. Pero un prusiano no está orgulloso de Prusia; es simplemente orgulloso porque es un prusiano».

En «Prussia, the Enemy of Germany» Chesterton se lamenta de la ignorancia histórica de muchos y explica que la operación por la que Bismarck creó el Imperio Alemán fue tan artificial como si los boers y los afrikaners se hubieran hecho con el poder en Inglaterra y hubiesen declarado que creaban el Imperio Británico; ese proceso que inició Bismarck, anunciaba, continuará con los nazis anexionándose Austria, la original Alemania. Cuando se lamenta, en concreto, de la ignorancia histórica de los políticos de su tiempo, dice que cualquier detective podría enseñarles que, para investigar por qué Robinson supuestamente mató a Brown, es de suma importancia conocer las vidas anteriores de los dos, pues sólo a partir del pasado de Robinson como financiero en Sudáfrica y de la educación que recibió Brown, podremos llegar a saber por qué murió Robinson y por qué precisamente Brown era incapaz de cometer ese asesinato; o, dicho de otro modo, «cuando millones de hombres pueden ser asesinados es increíble que se mantenga esa locura de olvidar el pasado», apostilla en «Hitler versus History».

En un artículo en el que se pregunta por lo peor del año 1933, «The Stupidest Thing», Chesterton se responde que fue la elección de Hitler y señala que muy poca gente tiene el gran privilegio de hacer seis cosas estúpidas a la vez, como el héroe de Wodehouse que tira un cigarro que prende fuego al testamento de su padre, produce quemaduras graves a su novia, destroza el jarrón que se podría haber vendido por una fortuna, incendia el hotel causando daños millonarios, y, además, deja chamuscado al perro de la familia que, irritado, muerde furiosamente al rico prometido de su hermana. Vuelve a la misma idea del comportamiento estúpido con trágicas consecuencias cuando apunta que hay quienes, en una situación desesperada, suponen que sólo hay remedios desesperados, acaban escogiendo el remedio sólo porque ser desesperado, y se tranquilizan pensando que así «algo estamos haciendo»: pero «los náufragos no se salvan por hacer algo sino por hacer lo correcto», afirma en «Thinking about Europe».

En «Where Poland Stands» defiende a Polonia, un país fatalmente situado entre la Alemania nazi y la Rusia bolchevique, y señala que «nuestro protector debe ser protegido». Ataca con cierta irritación a los pacifistas del momento que parecían cerrar los ojos y los oídos al hecho de que la Guerra «no es la peor calamidad que puede caer sobre un pueblo. Hay un estado peor al menos: el de esclavitud», decía en «On War and Peace». Resulta provocador y certero «The Pacifist as Prussianist», un artículo donde afirma que el prusiano y el pacifista reflejan el antiguo complejo del abusón y del cobarde, siempre partes de la misma operación y, proverbialmente, partes de la misma persona.

En fin, viene a decir Chesterton en «The Umbrella Question», está claro que, aunque no podemos confiar en nuestros gobiernos, ni en nuestra prensa, ni en nuestros aliados, sí podemos confiar en nuestros enemigos, pues serán ellos quienes nos darán la razón. Por último, en un epílogo titulado «Resurrection», habla de que un mundo cristiano no cree que haya causas perdidas ni lealtades sin esperanza, pues en ese mundo brilla el esplendor de la esperanza sin esperanza que creó la peculiar caballerosidad de la cristiandad, la que inculcó en Europa la idea de que las verdaderas y grandes aventuras siempre incluyen una misión que se ha de cumplir con fidelidad y con la conciencia de la enorme desproporción entre la tarea y las propias cualidades.

G. K. Chesterton. The End of Armistice (1940). London: Sheed & Ward, 1940; 224 pp. Nueva edición en San Francisco: Ignatius Press; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 5; ISBN: 9780898701708. La edición que yo he leído, la original, no tiene las fechas de publicación de los artículos; no sé si figuran en la edición de Ignatius Press.

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viernes, 16 de octubre de 2009

Las confesiones de un italiano,
de Ippolito Nievo, es un novelón decimonónico que Claudio Magris en su breve prólogo dice que puede rivalizar con Los novios, comparación que a mí me cuesta trabajo aceptar aunque sin duda es mucho más prudente hacer caso a Magris. Yo la he leído con gusto pero también con esfuerzo (y en algunos momentos muy rápido) pues es en exceso prolija y no distingue bien lo importante de lo secundario: son muchos los personajes y las digresiones; y a veces me han cansado los acentos folletinescos y moralizantes.

El narrador, un noble veneciano llamado Carlo Altoviti, cuenta su vida desde 1780 hasta 1855, y en ella entreteje lo que le sucede a él —peripecias familiares, amores, ascenso social, etc.— con los acontecimientos históricos que vive —invasión napoleónica, revoluciones, etc.—. Uno de los hilos conductores de su argumento son los vaivenes de su amor por Pisana, un personaje impredecible y desesperante, de valor incalculable para quienes disfrutan con las novelas románticas.
La grandeza del libro, dice Magris, «radica en su totalidad, en la presencia simultánea de una fortísima pasión y de una ecuanimidad épica ante las figuras y los acontecimientos». Y, desde luego, el hecho de que su autor la compusiese con menos de treinta años dice mucho de su talento.

Dos de las digresiones interesantes del narrador (otras no lo son tanto), muy aprovechables si la despojamos de su tono lastimero y exhortativo, son estas:

—«No me parece bajo ningún aspecto conveniente ni beneficioso permitir a los niños esa libertad infantil que excita los sentidos antes incluso que los sentimientos, poniendo en peligro la euritmia moral para toda la vida. (...) Safo y Aspasia pertenecen a la historia y no a los mitos griegos; y son dos tipos de esas almas capaces de grandes pasiones pero no de grandes afectos, como hay tantos en nuestros días por la licencia sensual que impide a los chiquillos ser inocentes antes aún de que puedan sentirse culpables».

—«Las circunstancias de la infancia, aunque no gobiernan el tenor entero de la vida, informan al menos a menudo a su manera las opiniones que, formadas en otro tiempo, se convierten para siempre en los acicates de nuestras obras. Por eso velad por los niños, amigos míos; velad siempre por los niños, si queréis hacer unos hombres de ellos. Que sus pequeñas pasiones no adquieran una mala costumbre; que una imprudente condescendencia, o una dureza excesiva, o una criminal negligencia no les hagan confundir lo justo con lo placentero, y lo abominable con lo que desagrada. Ayudadlos, sostenedlos, guiadlos. Preparadles a conciencia las ocasiones de encontrar hermosa, santa y agradable la virtud, y el vicio desagradable y feo. Una pequeña experiencia positiva a los nueve años es preferible a un curso de moral a los veinte».

Ippolito Nievo. Las confesiones de un italiano (Le confessioni di un italiano, 1867). Barcelona: Acantilado, 2008; 1104 pp.; trad. de José Ramón Monreal; ISBN: 978-84-96834-80-4.

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jueves, 15 de octubre de 2009

Hace unas semanas abrí una sección de Aventuras del Oeste, un tipo de relatos por el que tuve querencia muchos años atrás. Incluyo ahora, después de citar hace pocos días a Hamlin Garland, a un contemporáneo suyo que fue uno de los grandes popularizadores del género: Zane Grey. En sus obras hay acentos épicos que a veces son excesivos pero, con todo, en ellas también quedan de manifiesto la injusticia y la crueldad de muchos comportamientos.

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miércoles, 14 de octubre de 2009

En septiembre pude conocer los paisajes en los que Arthur Ransome ambientó la que se considera la primera novelita infantil de una pandilla que tiene aventuras en verano, Vencejos y amazonas, una novela que luego tendría varias secuelas. Como se ve por los datos, yo la leí en una edición de 1946 y, que yo sepa, no se volvió a editar en España.

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martes, 13 de octubre de 2009

Hay dos formas básicas de contar una historia con animales humanizados. Una, la de las fábulas, donde los animales se comportan conforme a lo que básicamente parecen: el zorro es astuto, la serpiente sinuosa, la liebre atolondrada y el gallo un cantamañanas, por ejemplo. Otra, que pudo nacer y crecer en un mundo urbano donde muchos niños ya no estaban familiarizados con el mundo animal real, es la que ahora identificamos sobre todo con el mundo Disney, donde los elefantes vuelan, los osos son delicados, los grillos discretos y los cocodrilos afectuosos. Parte de los problemas de confección de algunas historias proceden de mezclar indebidamente los dos registros o, por parte del lector o espectador, algunas dificultades de recepción proceden de aplicar uno cuando debíamos usar el otro.

Teniendo esto en la cabeza uno se puede acercar a El cerdito, una magnífica y divertida historia ilustrada de Arnold Lobel, cuyo protagonista es un cerdito que vive feliz en la granja y, sobre todo, disfruta en su pocilga. Cuando la esposa del granjero decide limpiar toda la granja, y como quiere mucho al cerdito eso incluye suprimir su pocilga, el cerdito se enfada y se marcha. En su búsqueda de un buen lodazal donde retozar a gusto, pasa por una charca que ya tiene sus ocupantes, un almacén de chatarra en el que no hay un buen lodazal, y la ciudad donde sí encuentra uno que al final no es lo que parece.

Ahora, dejando al margen otras consideraciones y fijándonos sólo en el relato como tal, pregunta: ¿intenta el autor plasmar algún rasgo de la condición humana en el comportamiento del cerdito? Mi respuesta: básicamente no, porque en su historia el cerdito es cerdito y se comporta como tal, mientras que la ironía se dirige contra los hombres que se comportan tontamente, como ningún animal lo haría. Por tanto, no es una más de las Fábulas del autor, ni tampoco un relato de animales humanizados como Sapo y Sepo, sino una historia que podríamos llamar «realista».

Arnold Lobel. El cerdito (Small Pig, 1969). Sevilla: Kalandraka, 2009; 72 pp.; trad. de Xosé M. González Barreiro; ISBN: 978-84-96388-93-2.

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lunes, 12 de octubre de 2009

El pequeño inventor,
con texto de Hyun Duk e ilustraciones de Cho Mi-ae, de quienes sólo sé que son coreanos (o coreanas), es un estupendo relato sobre cómo nace una vocación profesional, al modo de, por ejemplo, I want to be an astronaut, de Byron Barton.

Un chico llamado Noma disfruta construyendo un tren a base de recortes de cartón. Pide consejo a su madre cuando no sabe algo y, las veces que ella no tiene respuesta, la busca en un libro. Cuando termina se siente satisfecho y el narrador nos dice que tal vez en el futuro pueda construir un tren real y recordar entonces su alegría de hoy.

Casi todas las ilustraciones, muchas tomadas desde arriba, son las que prepararía un observador fascinado al ver a un chico tan ordenadito y absorbido por el trabajo que se ha propuesto hacer. La secuencia cuenta bien el relato, y son excelentes tanto las composiciones como los dibujos en los que vemos las distintas expresiones de Noma, tan naturales, de búsqueda y concentración mientras trabaja, de tranquilidad y satisfacción al terminar.

Cho Mi-ae. El pequeño inventor (Jogeuman Balmyeongga, 1939 el texto, 2004 las ilustraciones). Texto de Hyun Duk. Barcelona: Océano Travesía, 2009; 26 pp.; col. Los álbumes; trad. de Agatha Yoo; ISBN13: 978-84-494-2076-4.

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domingo, 11 de octubre de 2009

De la Ilíada
es un breve libro de Rachel Bespaloff (1895-1949), ucraniana de origen judío, profesora en Estados Unidos en los últimos años de su vida. En él hace comentarios sobre los protagonistas de la Iliada, señala relaciones entre Homero y Tolstoi, y entre el mundo griego y el bíblico. Ejemplos:

—«En definitiva —y contrariamente a lo que afirman nuestros economistas—, los pueblos que se enfrentan por los mercados, las materias primas, las tierras fértiles y sus tesoros, se baten en primer lugar y siempre por Helena. Homero no mintió».

—«Homero supera infinitamente a Tolstói en espíritu de equidad. El poeta ruso no puede dejar de empequeñecer y rebajar al adversario de su pueblo, hasta dejarlo desnudo a nuestros ojos. El griego, en cambio, no humilla ni al vencedor ni al vencido, y ha querido que Aquiles y Príamo se rindieran mutuamente homenaje. (...) Homero no muestra preferencia ni parcialidad por los suyos, y no es entre estos donde escoge a quien convierte en el modelo humano por excelencia: Héctor, un troyano».

—Hay un determinado modo «de decir lo verdadero, de proclamar lo justo, de buscar a Dios y de honrar al hombre. Que nos fue enseñado al comienzo y que no deja de sernos enseñado de nuevo por la Biblia y por Homero».

Rachel Bespaloff. De la Ilíada (De l’Illiade, 1943). Barcelona: Minúscula, 2009; 120 pp.; trad. de Rosa Rius Gatell; posfacio de Herman Broch; ISBN: 978-84-95587-49-7.

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sábado, 10 de octubre de 2009

Los que habían sido editores de Chesterton en los últimos años de su vida, Frank Sheed y Maisie Ward, publicaron tras su muerte algunos libros con recopilaciones de textos. Uno fue The Coloured Lands, donde aparecen relatos, poemas breves humorísticos, ensayos de distinta clase y dibujos del propio Chesterton. Entre los dibujos, unos treinta, hay autorretratos, caricaturas de personajes como Shakespeare y de la reina Victoria, otros que son como chistes, ilustraciones para varios relatos, e incluso una historieta dibujada (sin globos) titulada «The Disadvantage of Having Two Heads».

En castellano varios textos están publicados en distintos libros. En Tratado elemental de demonología: «Las tierras de colores» (The Coloured Lands, 1912); «Tratado elemental de demonología» (Half-Hours in Hades, 1891); «En busca del ganso salvaje» (The Wild Goose Chase, 1892); y tres más cuyo título original, «The Profesor and the Cook», en esa edición se desdobla en «La herramienta compuesta» (El cocinero y el sabio I) (1926), «La mente científica» (El cocinero y el sabio II) (1927), «El cocinero y el sabio III» (1927). En Fábulas y Cuentos: «Las dos tabernas» (The Two Taverns, 1926); «La doma de la pesadilla» (The Taming of the Nightmare, 1892); «Una pesadilla» (A Nightmare, 1907); «Nostalgia de casa» (Homesick at Home, 1896). En Correr tras el propio sombrero: «Tagtug y el árbol del conocimiento» (Tagtug and the Tree of Knolwledge, 1919).

Además, en la red pueden leerse, aparte de «Half-Hours in Hades» (uno de los textos con ilustraciones), otros tres ensayos: «Dreams» (1901) —sobre cómo los sueños parecen oponerse al arte y sin embargo hay una forma profunda en la que se corresponden con el arte—; «Wonder and the Wooden Post» (1912) —o de cómo el autor alcanzó una gran claridad mental después de darse con la cabeza en un poste—; «On Household Gods and Goblins» (1922) —un artículo que comienza con una certera crítica de la obra teatral de Maeterlinck El pájaro azul—.

Da idea de la capacidad que tenía Chesterton de sacar partido humorístico a todo, el artículo titulado «Tim Whale’s Wooing» (1926): a partir de un comentario periodístico sobre si las ballenas tienen dos esposas, se recrea en la descripción de que una ballena intentando llevar una doble vida y engañar a su esposa, es algo difícil de imaginar dada su falta de diseño y adecuación para el secreteo y el flirteo. Es jugoso «Paints in a Paint-Box» (1901) donde habla del amor que los hombres tenemos a coleccionar cosas, de que hay una poesía en las sustancias que sin embargo no se suele tener en cuenta cuando se las valora, y de que «la base esencial de este hábito es la misma que la de todas las religiones, la de que sólo podemos tomar una muestra pequeña del universo, y que esa muestra, incluso si es un puñado de polvo (que es también una sustancia maravillosa) siempre afirmará la magia de sí misma y dirigirá hacia la magia de todas las cosas».

G. K. Chesterton. The coloured lands (1938). London: Sheed & Ward, 1938; 238 pp.; introd. de Maisie Ward. Otra edición en San Francisco: Ignatius Press; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 14; ISBN: 9780898704013. Y otra, más reciente, en Dover, 2009; 240 pp.; epílogo de Martin Gardner; ISBN-13: 978-0486471150. Edición en castellano en Madrid: Valdemar, 2010; 256 pp.; col. Grangaznate; trad. de Óscar Palmer; ISBN: 97884-7702-682-2.

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viernes, 9 de octubre de 2009

El verano pasado leí los relatos cortos de Tobias Wolff recopilados en Aquí empieza nuestra historia. La reseña que le dedicó Juan Manuel de Prada explica bien los méritos de la obra de Wolff y su permanente interés en tratar de una y otra forma sobre la verdad y la mentira en la vida cotidiana. Mi recepción es más tibia: me interesaron los relatos, pues Wolff es un escritor serio, pero ninguno me ha gustado mucho salvo, tal vez, «En el jardín de los mártires norteamericanos» y «Mortales», cosa que pensé antes de leer la reseña que cito arriba, que también los destaca.

Quizá mi opinión tenga su origen en que, a la hora de presentar la vida cotidiana norteamericana, valoro mucho más las obras de Richard Ford, en especial Acción de gracias (novela que continúa El periodista deportivo y El día de la independencia). Es una narración que me parece una honrada descripción de todo lo que puede dar de sí la vida cuando falta una visión trascendente bien fundamentada, y una buena presentación de todo el voluntarismo que hay que poner para no caer en la desesperanza y sobrevivir... El autor no da soluciones porque no esa su función, y también porque no las tiene, y simplemente pone delante del lector a personajes como el protagonista —un tipo que cae bien— y como Sally, su segunda mujer, atrapados «en el gran remolino de la contingencia, hondo y confuso, que recibe la afluencia de otros torrentes de incertidumbre, unos visibles, otros discurriendo muy por debajo de la superficie para que puedan identificarse».

Tobias Wolff. Aquí empieza nuestra historia (Our Story Begins. New and Selected Stories, 2008). Madrid: Alfaguara, 2009; 472 pp.; trad. de Mariano Antolín Rato; ISBN: 978-84-204-2274-9.
Richard Ford. Acción de gracias (The Lay of the Land, 1995). Barcelona: Anagrama, 2006; 733 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Benito Gómez Ibáñez; ISBN: 978-84-339-7481-5.

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jueves, 8 de octubre de 2009

Novelas como la citada Warlock han sido posibles después de una larga historia de novelas populares del Oeste. En esa historia ocupa un lugar especial, como uno de los primeros relatos del género, de los que contribuyó a popularizarlo y a fijar clichés posteriores, El capitán de los caballos grises, de Hamlin Garland. Que yo sepa, en castellano sólo se puede encontrar en bibliotecas y en la edición que cito.

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miércoles, 7 de octubre de 2009

Un indicador de calidad en una novela infantil del pasado, no el único, está en que ahora la podamos leer con gusto. Es el caso de Nuestras hazañas en la cueva, de Thomas Hardy, una novelita de cierta intriga con protagonistas chicos, inusual en su época y que no tuvo mucho eco, por lo que sé. No la he encontrado disponible en inglés en la red a pesar de su antigüedad y en España sólo está disponible en bibliotecas.

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martes, 6 de octubre de 2009

Le pasé a un amigo varios álbumes de distinta clase y cuando le pregunté cuál le había gustado más me dijo que El pirata Bob, una historia de Kathryn Lasky con ilustraciones de David Clark. En ella, Bob, el protagonista y narrador, habla de su amistad con su compañero Jack, de su  vida como pirata, y cuenta el asalto y saqueo de un galeón. «¿Por qué te parece la mejor? Te he pasado álbumes de más calidad gráfica», le pregunté. «Sí, y quizá por rechazo me ha gustado más: los otros son más sofisticados pero no son relatos para niños. Esta es una historia de piratas y a los niños les gustan los piratas. El dibujo es muy bueno, el comienzo del álbum enseñando un primer plano de la cicatriz en la nariz de Bob es magnífico,  las escenas de barcos en altamar tienen mucha calidad, golpes como el que la nariz le pica cuando hay oro cerca es divertido y hay varios momentos en que tanto las imágenes como el texto son graciosos. Además, aunque la historia tiene un punto de reflexión sobre la confianza que puede haber entre piratas y cosas así, se queda en eso y no intenta darte ninguna lección».

David Clark. El pirata Bob (Pirate Bob, 2006). Texto de Kathryn Lasky. Barcelona: Juventud, 2006; 32 pp.; trad. de María Lucchetti; ISBN: 978-84-261-3568-1.

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lunes, 5 de octubre de 2009

Desavenencia,
de Claude Boujon, es un relato sencillo sobre convivencia —parecido a ¿Quién es el jefe?—, de los que juegan con la oposición entre las páginas opuestas —como Negros y blancos—. Su argumento es como el de una fábula de La Fontaine: el conejo marrón Bruno y el conejo gris Grimaldi viven en madrigueras cercanas y, al principio, se llevan bien; pero luego empiezan a discutir y sólo vuelven a unirse cuando los dos se ven amenazados por un lobo.

El texto podría estar más pulido y a veces no va en la página del personaje que habla. Cuando el lobo aparece por primera vez, lo vemos en la página izquierda mientras los dos conejos pelean a lo lejos en la página derecha, pero en la doble página siguiente ataca saltando desde la derecha: así se subraya más el efecto sorpresa y se respeta la convención habitual en la construcción gráfica de los álbumes de que las amenazas vienen desde la derecha..., que tal vez aquí podría haberse obviado. En cualquier caso es un relato que funciona bien con el lector pequeño: por su sencillez gráfica y porque a partir de su argumento el mensaje brota solo.

Claude Boujon. Desavenencia (La brouille, 1989), Barcelona: Corimbo, 2009; 36 pp.; trad. de Rafael Ros; ISBN: 978-84-8470-326-6.

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domingo, 4 de octubre de 2009

Jacqueline de Romilly:
La Ilíada «expresa los sentimientos humanos más esenciales de todos, presentándolos bajo la forma más desnuda posible», «sentimientos fundamentales o, si se prefiere, intemporales», «emociones que «responden a las grandes situaciones humanas: un ataque al honor, las demandas de afecto, la pérdida del ser más querido en el mundo. Y aquí esas emociones se presentan en su esencia misma, sin detalles ni particularidades».

Carlos García Gual: «En la Ilíada se ofrece una perspectiva épica sobre la trágica condición humana, sobre la ferocidad de la guerra, la frivolidad y la belleza de héroes y dioses, y las ilustres hazañas que las aladas palabras del poeta salvan del olvido. Se aprenden muchas cosas del poeta, cuando se le conoce a fondo: la magnanimidad, el esplendor de las cosas, los horizontes de la aventura, y la humanidad de un mundo donde no hay buenos ni malos sino gente sufriendo y actuando. Ni en Homero ni en los trágicos griegos hay el menor resquicio para el fanatismo».

Jacqueline de Romilly. ¿Por qué Grecia? (Pourquoi la Grèce?, 1992). Madrid: Debate, 1997; 264 pp.; col. Temas de Debate; trad. de Olivia Bandrés; ISBN: 84-8306-049-3.
Carlos García Gual. «El eclipse de la literatura», Sobre el descrédito de la literatura y otros avisos humanistas (1999). Barcelona: Península, 1999; 319 pp.; col. Ficciones; ISBN: 84-8307-192-4.

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sábado, 3 de octubre de 2009

El pozo y los charcos
fue el último libro que Chesterton vio publicado. Como años atrás con The Thing, los cuarenta y un artículos que se contienen aquí, si contamos la introducción, están centrados en su fe: desea mostrar el acierto de su conversión, contrastar catolicismo y protestantismo, señalar la solidez de la Iglesia católica en un mundo que ve cada vez más desquiciado. Usa un lenguaje más directo que otras veces y hay más artículos con acentos personales en los que, al responder a críticas que había recibido e intentar dejar más clara su postura, hace precisiones dirigidas a quien no le hubiera entendido antes. También usa un lenguaje mucho más contundente de lo habitual en otros como «Bebés y distributismo» y «Sexo y propiedad»: en el primero dice que invocar la libertad para evitar los hijos es abrazar las cadenas de una gran esclavitud, y en el segundo habla de la diferencia entre los pecados paganos que estaban de lado de la vida y los pecados de los últimos cristianos, o de un mundo poscristiano, que adoran el sexo pero desprecian la vida.

Forman un bloque los artículos que componen «Mis seis conversiones», «bocetos de seis ocasiones distintas en las que, afirma, me hubiera convertido al catolicismo, si no hubiera sido la única clase de ser humano que no puede convertirse al catolicismo». En «La religión de los fósiles» habla de que «los protestantes sólo pudieron mantenerse en pie cesando de ser ellos mismos y anunciando su facilidad para convertirse en cualquier otra cosa». En «Cuando el Mundo dio la espalda» señala el fin del progreso como la ideología-superstición que fue debido a los últimos acontecimientos —la Gran Guerra, el fascismo, el nazismo, etc.—: «el escenario ha cambiado y es el escenario de un terremoto». En «La rendición frente al sexo» vuelve al tema que trató en La superstición del divorcio pero, esta vez, haciendo notar que las cosas han ido mucho más lejos de lo que pensaba: con el paso de los años la sustancia social del matrimonio ha cambiado pues, al haberse introducido el divorcio por la puerta estrecha de ser una solución para «un caso muy especial» se olvidaba, conscientemente o no, que todos los casos humanos son especiales. En «El problema del libro de oraciones» se lamenta de los cambios que las nuevas autoridades anglicanas han introducido en su antiguo libro de oraciones, cuya magnífica prosa era lo único que un converso como él podría echar de menos en el catolicismo. En «El colapso del materialismo» apunta que los sucesivos descubrimientos de la ciencia desmienten a quienes, en un pasado reciente, se intentaban apoyar en la ciencia para ir contra la fe: el dogma de que se «deben aceptar las conclusiones de la ciencia» ha quedado destruido cuando los mejores científicos dicen que la ciencia no saca conclusiones. En «El caso de España», a la vista de las reacciones en Inglaterra con motivo de los asesinatos de que tuvieron lugar en España en los años previos a la guerra civil, denuncia la doble vara de medir de quienes están siempre «preparados para ir a favor de la violencia, o en contra de la violencia, por la libertad o contra la libertad, por la representación o contra la representación. Y hasta por la paz o en contra de la paz», con tal de ir contra la Iglesia. Por último, en «El pozo y los charcos» habla de la gran amplitud de la fe católica frente a cualquier otra fe y señala que quienes «abandonan la tradición de la verdad no escapan hacia algo que llamamos Libertad» sino que «huyen hacia algo diferente, que llamamos Moda» y, por eso, quien abandona la fe acaba cayendo en algo más superficial, que la fe. (...) «Hemos salido de los charcos y los secanos para caer en el único pozo profundo, y la Verdad está en su fondo».

En «El último cambio» habla de que «la conversión llama al hombre a estirar su mente como alguien despertando de un sueño estira sus brazos y piernas». En «La Iglesia y la agorafobia» vuelve a señalar que «podemos decir con justicia de casi todos los tipos de no católicos de nuestro tiempo que, para convertirse en católicos, deben ampliar su mente»; que «la fe por sí misma amplía el mundo, que sería algo pequeño sin ella». La misma idea de ¿Cómo convertir a los borrachos en catadores? está en «Matando los nervios», donde comenta la la dificultad de la educación estética de los niños en un mundo donde abundan las proclamaciones que tienen énfasis sin tener significado.

La importancia que para Chesterton tenía el uso de la palabra justa se puede contrastar en «Una apología para bufones», un artículo en el que responde a quienes le atacan por sus juegos de palabras, empezando en primer lugar por reconocer como justo el cargo —su modo de hablar está condicionado por la finalidad que persigue de ser escuchado—, pero atacando luego al estirado que no usa los sinónimos lógicos que sonarían mejor, y más aún al malevolente que asocia las palabras de sonidos feos con sus enemigos para envenenar las mentes de los oyentes.

En «Escandalizando a los modernistas», a raíz de que unas personas supuestamente serias dieran la razón a una chica joven que dijo que la Iglesia era un plomo y que, por tanto, debería cambiar, Chesterton señala que también La Eneida puede resultarle un plomo a la chica: «El aburrimiento del joven no es una prueba de que Virgilio fuera un mal poeta y mucho menos se nos ocurre cambiar sus versos por una versión simplificada y modernizada». En «La reacción de los intelectuales» (artículo citado en  Más allá del escepticismo) está una gran descripción de a dónde llevan esas hojas de doble filo que son «las medias verdades del escéptico».En «Por qué los protestantes prohíben», hay una luminosa cita incidental: «Mientras los dictadores suprimen periódicos los propietarios de periódicos suprimen noticias».

G. K. Chesterton. El Pozo y los charcos (The Well and the Shallows, 1935). Buenos Aires - Madrid: Ágape - Edibesa, 2007; 286 pp.; trad. de Horacio Velasco Suárez; ISBN: 84-8407-684-9. Otra edición castellana, titulada El manantial y la ciénaga, está contenida en Por qué soy católico; Madrid: El Buey Mudo, 2009; 720 pp.; de la p. 441 a la 685; trad. de Mariano Vázquez Alonso y Ana Nuño López; ISBN 13: 978-84-937417-0-9.

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viernes, 2 de octubre de 2009

Una novela que, como Calix, está situada en los años de la inmediata posguerra en España: Antes del invierno, de Carlos Pujol.

El protagonista y narrador, don Emilio, es un abogado, ya mayor, que vuelve a España desde Londres, cuando la guerra mundial está en su apogeo, su mujer le ha abandonado, y su hijo, que vive en Barcelona, es un conocido y bien situado poeta falangista. Cuando un día un inglés le aborda por la calle y le propone ser espía comienzan a pasar cosas extrañas a su alrededor.

Relato en el que, sobre todo, importa la voz del narrador: bromista e irónica, comprensiva y culta, con oportunas y frecuentes referencias literarias. En él hay un poco de callejeo descriptivo por la Barcelona de la época y mucho espadachineo hábil en los diálogos. Tiene algo de parodia de la novela policial o de espionaje como se deduce del chestertoniano comentario del inspector al protagonista: «Mire, es usted tan condenadamente sospechoso que por fuerza tiene que ser inocente».

Es una narración que disfrutarán quienes aprecien el humor inglés de un tipo que se ríe del humor inglés, la capacidad que tiene de ver siempre las cosas por las dos caras, digamos que benévolamente pero no ingenuamente, como en esta ocasión: «La gente parecía feliz, o tal vez era que yo la veía así debido a mi estado de ánimo. Llegué a la conclusión de que, con tal de no pensar en nada, se podía vivir bastante bien».

Carlos Pujol. Antes del invierno (2008). Palencia: Menoscuarto, 2008; 198 pp.; ISBN: 978-84-96675-21-6.

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jueves, 1 de octubre de 2009

Maria Chapdelaine,
de Louis Hémon, es un clásico franco-canadiense de comienzos del siglo XX. Su protagonista es la hija de una familia de colonos que tiene tres pretendientes que representan distintos modos de vida: el del trampero, el del comerciante y el del campesino. La novela narra, con paso tranquilo y de modo realista, la vida cotidiana en el campo y se recrea en las descripciones ambientales. Es un relato amable, una buena lectura para quien disfrute de la naturaleza y de la vida en el campo, y no tanto para gente apresurada o que deseen tensión y drama. Es también un elogio moderado y sensato del propio país y del propio modo de vida y de la propia lengua frente a otros.

Louis Hémon. Maria Chapdelaine (1916). La Coruña: Ediciones del Viento, 2008; 168 pp.; col. Viento simún; trad. de Alfonso Hernández Catá; ISBN: 978-84-96964-27-3.

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