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Notas de octubre de 2010 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 31 de octubre de 2010

Algunos escolios de Gómez Dávila sobre el cristianismo:

—«Para calcular la importancia del cristianismo no cuenta la originalidad de la doctrina, sino la divinidad de Cristo».

—«El que cree en Cristo, porque admira sus palabras o sus obras, no es cristiano.
El cristiano no cree en Cristo porque Cristo predique valores previamente admirados, llama valores, al contrario, lo que Cristo predica, porque cree en Cristo.
El cristianismo no aplica un criterio a Cristo, sino aplica a Cristo como criterio.
El cristianismo es un método específico de fundar el valor».

—«El cristianismo no inventó la noción de pecado sino la de perdón».

—«El cristianismo no enseña que el problema tenga solución, sino que la invocación tiene respuesta».

—«El honor del apologista cristiano está en ser probo con el diablo».

—«Cristiana no es la sociedad donde nadie peca, sino aquella donde muchos se arrepienten».

—«Más que el castigo hereditario, lo que indigna al moderno en el dogma del pecado original es la culpabilidad hereditaria.
Ser moderno es declararse enfáticamente inocente y negarse a ser perdonado».

—«El cristianismo nunca enseñó que la historia tuviera finalidad.
Sino fin».

—«La historia para el cristiano no tiene rumbo, sino centro».

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sábado, 30 de octubre de 2010

Chesterton
escribió con frecuencia en relación a los temores de quienes pensaban que los niños confunden ficción y realidad y concluían de ahí que así se les desdibujaban las fronteras entre lo bueno y lo malo.

En mi recuerdo, decía, la niñez fue una etapa de distinta calidad que el resto de la existencia, una etapa inmerecidamente grata y jubilosa, cuyo «atributo más general era la nitidez. He aquí en lo que difiero, por ejemplo, de Stevenson, a quien admiro tan calurosamente, pero que habla del niño como si éste fuese con la cabeza en las nubes. Habla del niño como si normalmente estuviera sumido en un sueño, en el que le es imposible distinguir lo que son hechos de lo que es fantasía. Ahora bien, los niños y los adultos son, ambos, quiméricos, muchas veces; pero no es esto lo que en mi mente, ni en mi memoria, distingue a los adultos de los niños. (…) Estoy “ahora” mucho más dispuesto a imaginar que un manzano a la luz de la luna es un fantasma o una ninfa traslúcida; o a ver el mobiliario cambiando y arrastrándose al anochecer como en algún cuento de Poe o Hawthorne. Pero cuando yo era un niño sentía una especie de estupor confiado al contemplar un manzano como un manzano. (...) Había algo así como una mañana eterna en ese estado de ánimo, y me gustaba más ver un fuego encendido que imaginar las caras reflejadas en la luz del fuego».

Quienes han perdido buena parte del sentido de la realidad, a través de diversas influencias de una cultura reciente y romántica, son algunos adultos, precisamente muchos de los que sostienen que al niño sólo le ocupa la ficción y, además, esto lo interpretan «en el sentido, a la vez sentimental y escéptico, de que no existe gran diferencia entre la ficción y la realidad. Pero el niño auténtico no confunde el hecho y la ficción. Sencillamente, le gusta la ficción. La representa, porque no puede todavía escribirla o leerla; pero no permite nunca que se nuble por eso su equilibrio moral. Para él no existen dos cosas más contradictorias que el jugar a los ladrones o el hurtar dulces. Por mucho que jugase a los ladrones nunca llegaría a creer en lo más mínimo que robar está bien. Yo veía de niño la distinción con toda claridad; ojalá pudiera verla tan clara ahora». Y, cuando mis juegos eran dibujar planos de países y seres fabulosos, «aunque llenase el mundo de dragones no tuve nunca la menor duda de que los héroes estaban hechos para luchar contra los dragones». (Autobiografía)

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SmithArbolBrooklyn.jpg
viernes, 29 de octubre de 2010

Un árbol crece en Brooklyn
, novela que parece inspirada en la infancia y adolescencia de la autora, Betty Smith, es una narración amena y viva, que divierte y conmueve, que respira bondad pero que no escamotea la dureza.

Se ambienta en las dos primeras décadas del siglo XX y cuenta la vida de la familia formada por Johnny y Katie Nolan, y sus hijos Francie y Neeley. Se centra, sobre todo, en la infancia y adolescencia de Francie, pero también presenta muchas cosas del mundo interior de sus padres, en especial de su madre. El relato sigue los pasos del aprendizaje de la vida de Francie y los de las decisiones que va tomando su madre, con una determinación extraordinaria, para sacar a sus hijos adelante. Aunque con menos detalle, otros personajes están bien perfilados, en especial el padre, bondadoso pero alcohólico, y la tía Sissy, una mujer de gran corazón pero con una vida revuelta.

Se narran escenas escolares que parecen estar en el origen de la novela. Una es cuando una profesora, después de que Francie primero le mintiera y luego le confesara la verdad, le dice: «cuando suceda algo, cuente lo sucedido exactamente, pero escriba usted lo que crea que debería haber sucedido. Diga la verdad y escriba el cuento». Otra es cuando otra profesora le intenta convencer de que no hay belleza en la escritura sobre gente y ambientes sórdidos, y Francie acaba pensando que la verdadera literatura es la que habla de las experiencias humanas verdaderas: el libro parece como un intento de transmitir la poesía y la épica de la vida de los barrios y las gentes humildes, que sólo pueden conseguir sus sueños de mejora social a partir de un gran empeño personal, y de un fuerte y sostenido apoyo familiar.

Hay escenas inolvidables. Algunas son las relacionadas con el rechazo de Katie y de Francie a manifestaciones de clasismo condescendiente: por ejemplo, la que cuenta los comentarios despectivos de un médico y una enfermera sobre la suciedad de los niños a los que tienen que vacunar. Pero, en especial, se quedan en la memoria las que tienen que ver con el aprendizaje lector de Francie: es graciosa la de que «antes de acostarse, Francie y Neeley tenían que leer una página de la Biblia y otra de Shakespeare. Era una regla. Katie había leído las dos páginas todas las noches hasta que ellos fueron capaces de hacerlo solos. Para ganar tiempo Neeley leía la Biblia y Francie leía Shakespeare. Hacía seis años que leían noche tras noche; habían llegado a la mitad de la Biblia y en las obras completas de Shakespeare estaban en Macbeth».

Betty Smith. Un árbol crece en Brooklyn (A Tree Grows in Brooklyn, 1943). Barcelona: Lumen, 2008; 505 pp.; trad. de Rojas Clavell; ISBN: 978-84-264-1678-0.

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SutcliffDesterrado.jpg
jueves, 28 de octubre de 2010

Aunque no sea un relato tan acabado como los demás de Rosemary Sutcliff publicados en castellano hasta el momento, Desterrado es excelente y también se ambienta en la época del dominio de Roma sobre Britania.

Beric, un niño romano de pocos meses que sobrevive a un naufragio, es educado en una tribu celta como uno más. Cuando tiene dieciséis años es desterrado debido a que un druida atribuye a su presencia las desgracias que sufre su pueblo. En la ciudad de Isca Dummnoniorum, a la que va con la intención de alistarse como legionario, es engañado por un mercader griego y hecho esclavo. En Roma es comprado por un magistrado romano de cuya casa termina huyendo. Capturado de nuevo, es condenado a galeras que, al cabo de un tiempo, han de navegar hasta Britania para llevar allí al legado Cornelio Cloro.

Como en las demás novelas de Sucliff, el protagonista es un hombre desplazado y maltratado por la vida. Esta vez, aunque no tenga ni ninguna tara física como en otras ocasiones, las desgracias van cayendo sobre él hasta casi abatirle por completo. He leído algunos comentarios acerca de que la reconocida fidelidad de Sutcliff a la hora de recrear los pormenores del pasado no se aplica, en este caso, al interior de las galeras romanas. En cualquier caso, su elegancia narrativa se nota en la contención con que presenta varias escenas brutales de peleas y de castigos, y en que sus descripciones precisas y poéticas tienen, como siempre, una gran capacidad de poner en pie a los personajes y de dar vida a lo que ocurre, así como un notable poder de conducir al lector a reflexiones de más alcance. Así, cuando Rhiada, un arpista ciego, escucha murmullos de admiración de las mujeres ante la puesta del sol, le pide a Beric que se la describa: «Beric se quedó un momento en silencio. ¿Cómo podía uno describir aquella luz aterradora, aquel hiriente resplandor a Rhiada, que vivía en la oscuridad?
—Es fuego, alas y una espada desenvainada —dijo finalmente».

Rosemary Sutcliff. Desterrado (Outcast, 1955). Barcelona: Plataforma Editorial, 2010; 300 pp.; trad. de Juan M. Valcárcel; ISBN: 978-84-96981-00-3. [Vista de la novela en amazon.es]

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miércoles, 27 de octubre de 2010

Entre las novelas de niños entusiastas de los animales y de la naturaleza, Rascal, mi tremendo mapache, de Sterling North, es ya un clásico. Es un relato ameno, con mucha información, y unos protagonistas atractivos. Además, tiene ilustraciones de John Schoenherr, fallecido este año.

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martes, 26 de octubre de 2010

Cuentos de Apolo
,
de Hilda Perera, es un libro cubano de hace más de medio siglo que contiene varios relatos situados en un entorno social marcado por la pobreza y el racismo, y que tienen como protagonista a un niño bondadoso e incapaz todavía de sentir resentimiento. Creo que no está en el mercado ahora y ha de pedirse en bibliotecas.

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lunes, 25 de octubre de 2010

Los libros infantiles de Bruno Munari ejemplifican muy bien cómo se puede ser muy moderno y, a la vez, no perder de vista quienes son los destinatarios naturales de algunos libros. Dos ejemplos son Bruno Munari's ABC y Bruno Munari's ZOO, que siguen gustando y siendo eficaces porque son gráficamente brillantes pero no renuncian a cumplir bien su función de gustar y enseñar cosas a los niños.

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domingo, 24 de octubre de 2010

Algunos escolios de Gómez Dávila sobre Dios, la Providencia, la fe y la incredulidad.

Sobre Dios:

—«No hablo de Dios para convertir a nadie, sino porque es el único tema del cual valga la pena hablar».

—«Ni quien describe la condición humana necesita aludir a Dios, ni quien la interpreta puede omitirlo».

—«Dios no está en el mundo como una roca en un paisaje tangible, sino como la nostalgia en un paisaje pintado».

—«Dios es esa sensación inanalizable de seguridad a nuestra espalda».

—«Todo fin diferente de Dios nos deshonra».

Sobre la Providencia:

—«El historiador norteamericano no puede escribir historia sin lamentar que la Providencia no lo consultara previamente».

—«Las huellas de la Providencia en la historia no son huellas de viaje, sino de danza».

—«La ironía de los hechos ilustra mejor que el principio de finalidad las intromisiones de la Providencia».

—«“Necesariamente” es el adverbio más petulante en boca humana».

—«El providencialista olvida que el pecado barajó los naipes».

Sobre creer en Dios:

—«Lo importante no es creer en Dios, sino que Dios exista».

—«Hay que creer en Dios para poderles atribuir importancia a las cosas».

—«A Dios no se llega en toda época por el mismo camino».

—«Ciertas gesticulaciones sólo parecen grotescas al eunuco, así como ciertas otras sólo parecen grotescas al incrédulo».

Sobre el ateísmo:

—«El ateo nunca le perdona a Dios su inexistencia».

—«El ateo se consagra menos a verificar la inexistencia de Dios que prohibirle que exista».

—«El ateísmo auténtico es una página blanca; el ateísmo gnóstico esconde un texto escrito con tinta simpática».

—«Abundan los que se creen enemigos de Dios y sólo alcanzan a serlo del sacristán».

—«El máximo error moderno no es anunciar que Dios murió, sino creer que el diablo ha muerto».

—«La muerte de Dios es noticia dada por el diablo que sabe sumamente bien que la noticia es falsa».

—«Lo que acontece en tiempos de incredulidad no es que los problemas religiosos parezcan absurdos, sino que no parecen problemas».

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sábado, 23 de octubre de 2010

Chesterton
llamaba locos pedantes a quienes presentaban el proceso educativo, «no como emanando desde fuera, desde el maestro, sino totalmente desde dentro, desde el chico. Educación, dicen, es el equivalente latino de sacar afuera o extraer las facultades adormecidas de cada persona. En ningún lugar, allá en el fondo oscuro del alma infantil, existe un anhelo primordial por aprender los acentos griegos o por usar cuellos limpios de forma que el maestro de escuela sólo se limita a liberar tierna y gentilmente esos instintos aprisionados. Sellados en el recién nacido están los secretos intrínsecos de cómo comer espárragos y de cuál fue la fecha del incendio de Bannock. El educador sólo se limita a aflorar el disimulado amor del niño por las divisiones de muchas cifras; sólo dirige las preferencias ligeramente veladas del niño por las masitas y el dulce de leche. (...) Sería tan sensato decir que la leche que toma el bebé viene del bebé como decir que provienen de él sus méritos educativos. Hay, sin duda, en cada criatura viviente, una colección de fuerzas y de funciones, pero la educación significa producir éstas en moldes determinados y encaminarlas a fines dados, o si no, no significa nada. El lenguaje es el ejemplo más “práctico” de todo el problema [ejemplo clásico que también pone Robert Spaemann en Distinciones básicas]. Indudablemente, se pueden “extraer” gritos y gruñidos del niño pinchándolo y dándole tirones, pasatiempo cruel al cual muchos psicólogos son particularmente adictos. Pero habrá que tener mucha paciencia se si espera que el idioma inglés salga de él. Eso hay que ponérselo dentro, y con esto se acaba la cuestión». (Lo que está mal en el mundo)

En fin, «el educador que extrae es tan arbitrario y coercitivo como el instructor que introduce, porque extrae lo que elige. Decide lo que en el niño hay que desarrollar y lo que no debe ser desarrollado. No extrae (supongo) la desatendida facultad de falsificar. No pone de manifiesto, que yo sepa, con paso tímido, un talento cauteloso para la tortura. El único resultado de toda esa pomposa distinción entre el educador y el instructor consiste en que el educador saca lo que quiere y el instructor mete lo que quiere. Exactamente la misma violencia intelectual que se hace a la criatura a la que se da tirones y a la que se la empuja. Pero todos debemos aceptar la responsabilidad de esa violencia intelectual. La educación es violenta porque es creadora. Es creadora porque es humana. Es tan despiadada como tocar el violín, tan dogmática como dibujar un retrato, tan brutal como construir una casa. En síntesis, es lo que es toda acción humana: una interferencia con la vida y el crecimiento. Después de esto resulta una cuestión trivial y hasta jocosa preguntarnos si este gran torturador que es el artista nos mete las cosas dentro como un boticario o nos las saca fuera como un dentista». (Lo que está mal en el mundo)

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JimLozanoPintorAlej.jpg
viernes, 22 de octubre de 2010

Un pintor de Alejandría,
de José Jiménez Lozano, es un relato ambientado en el siglo XV, contado con acentos humorísticos y una prosa rica y clara que imita el lenguaje propio de aquella época. Su argumento es que don Absalón, cura de un pueblo de Castilla, pide a su amigo Juan de Salinas que viaje a Oriente con el fin de hacer venir al famoso pintor Teón de Alejandría para que pinte un cuadro acerca del Juicio Final y sus efectos colaterales. Entre medias hay otros personajes y otras historias no menos singulares: los cántaros de Aurelia Agripina, la consoladora de Medinaceli; o las discusiones sobre las dificultades de pintar la salida del Arca de Noé.

Aunque, como el mismo autor explica en esta buena entrevista, su intención no es teológica sino componer un divertimento, de fondo está una idea que, en Una estancia holandesa, Jiménez Lozano explica del siguiente modo: «La idea de un Juicio Final de la humanidad es una idea genial por muchas razones, la primera de las cuales es que expresa la absoluta necesidad de que la injusticia y la maldad no puedan prevalecer, y la desgracia y el pisoteamiento de tantos seres humanos deben ser compensados. Es una necesidad ética, sencillamente, que haya esa “segunda vuelta”, la definitiva, que ponga las cosas en su sitio. ¡Ah!, pero nos permite también saber los finales de la gran novela humana, y ahí está la otra genial idea, así mismo, de un Gran Libro Escrito, in quo totum continetur, es decir, con todas y cada una de las vidas de los hombres, del que hablaba el antiguo Oficio de Difuntos».

A esas razones —una necesidad ética, conocer el final de historias que a todos nos intrigan— en la entrevista citada el autor dice que esa segunda vuelta es la del que ríe el último y, además, «¿quién no querría poder comprobar con alegría que incluso lo más oscuro de la historia se ha reparado y se ha vuelto hermoso?». En la novela, cuando un personaje pregunta si «el Juicio Final no será también para consolar a los tristes y para divertirse todo el mundo», el narrador cuenta que los señores de la Junta del Juicio Universal, los que están estudiando cómo había de ser el cuadro que pintará Teón, «dando vueltas al asunto estuvieron de acuerdo en que, pensándolo bien, y habiendo tan pocas alegrías verdaderas en el mundo, si la pintura del Juicio conseguía otorgársela a quien la mirase, esto sería el mayor efecto colateral de aquél. Y el Juglar de Gormaz añadió que, por algo y no en vano, había escuchado él un evangelio en una misa que hablaba del Juicio Último como de una boda para la que se mandaban invitaciones».

José Jiménez Lozano. Un pintor de Alejandría (2010). Madrid: Encuentro, 2010; 125 pp.; col. Literatura; ISBN: 978-84-9920-039-2. [Vista del libro en amazon.es]

José Jiménez Lozano. Una estancia holandesa: conversación - José Jiménez Lozano y Gurutze Galparsoro. Barcelona: Anthropos, 1998; 151 pp.; col. Fondo editorial del autor; ISBN: 84-7658-547-0.

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jueves, 21 de octubre de 2010

Nación,
la última novela de Terry Pratchett, está hilada con su soltura narrativa característica pero no tiene la chispa de sus otros libros, aunque su eco momentáneo puede ser mayor si el musical basado en ella funciona bien. Tiene algunos momentos que intentan ser emotivos pero no lo son —al menos para un lector como yo, pero en cualquier caso creo que la forma condiciona el fondo—, y no tiene casi momentos graciosos —salvo algún chispazo aislado que difícilmente dejará satisfecho a los lectores habituales de Pratchett, como es mi caso—.

El protagonista principal es Mau, el único superviviente de su pueblo después de que una ola gigantesca lo destruya todo. Aparecen luego una chica y un loro, únicos supervivientes de un barco al que también les pilló la ola. Luego, al modo arbitrario propio de Pratchett, van apareciendo personajes singulares y ocurriendo cosas imprevisibles. Las nuevas circunstancias propician que Mau se haga preguntas acerca de las creencias de su pueblo, representadas en un viejo sacerdote más bien torpe a cuyo lado a ningún lector con sentido común le gustaría estar.

Así como en otras novelas, uno de los aspectos más interesantes de los comentarios de Pratchett —igual que dice sobre el zen en Brujerías (Wyrd Sisters, 1988)—, es «la formulación de preguntas, aparentemente sin sentido, con el objetivo de ampliar los márgenes de la percepción», esta vez no es así. Determinadas cosas tienen su propia lógica en una narración declaradamente bromista, pero no la tienen en una narración con argumento disparatado y personajes marionetas: si uno quiere hablar de cuestiones serias es mejor hacerlo seriamente, siempre y cuando uno quiera que lo tomen en serio, claro está.

Terry Pratchett. Nación (Nation, 2008). Barcelona: Timunmas, 2010; 453 pp.; col. Biblioteca Terry Pratchett; trad. de Miguel Antón; ISBN: 978-84-480-3838-0.

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BanksLlaveM.jpg
miércoles, 20 de octubre de 2010

Se ha publicado hace poco La Llave Mágica, una edición que reúne tres libros de Lynne Reid Banks: La llave mágica (The Indian in the Cupboard), El regreso del indio y El secreto del indio. No he comprobado si la nueva edición ha corregido algunas inconsistencias de las anteriores que yo leí (Little Bear traducido como Toro Pequeño...), ni si han desaparecido las numerosas erratas que había en la edición del tercer libro; esperemos que sí. El libro mejor es, sin duda, el primero: no sólo por la originalidad sino por estar bien construido todo el complejo lío de idas y venidas entre unos tiempos y otros, y entre los mundos propios de los niños y el de las figuritas con las que juegan; esto se resuelve peor en los otros.

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martes, 19 de octubre de 2010

Canek
,
de Ermilo Abreu, es un relato corto mexicano, escrito en 1940, que, de modo poético y sentencioso, cuenta una rebelión indígena que tuvo lugar en 1761.

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SchoberDiferente.jpg
lunes, 18 de octubre de 2010

¡Cómo me gustaría ser diferente!,
de Michael Schober, que acabo de leer hace poco aunque se publicó hace ya dos años, me ha parecido un gran álbum.

En él se ven sucesivas escenas en las que, primero, se ve a un personaje que formula su sueño y, luego, la página se despliega para mostrarlo: una oveja a la que le gustaría ser rebelde; un conejo tímido al que le gustaría ser más valiente; una cerdita que desearía ser más fina y aseada; un elefante al que le gustaría ser más pequeño y pasar inadvertido; un caracol que desearía ser un gran corredor; una hipopótama a la que le gustaría ser menos pesada para bailar; etc.

Las imágenes de los personajes son simpáticas, la composición de las escenas es buena, la idea que se desarrolla responde a las inquietudes de los lectores naturales del relato, y es apropiado el mensaje que se trasmite, no tanto de conformidad como de aceptación de las propias limitaciones.

Y se puede apuntar, una vez más, la eficacia del lenguaje clásico de las fábulas: qué natural resulta representar cualidades humanas por medio de animales y qué facil es para los niños, y para todos, comprender así algunas cosas.

Michael Schober. ¡Cómo me gustaría ser diferente!: un libro desplegable (Ich wär so gern ein wildes Schaf, 2005). Barcelona y Madrid: Libros del Zorro Rojo, 2007; 20 hojas plegables; trad. de Helena Munín; ISBN: 978-84-96509-91-7.

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domingo, 17 de octubre de 2010

Algunos escolios de Gómez Dávila sobre cuestiones retóricas:

—«La coherencia de un discurso no prueba su verdad, sino su coherencia.
La verdad es suma de evidencias incoherentes».

—«El rango de nuestro adversario nos sitúa: ser vencedor o vencido es subalterno».

—«La retórica no gana sola las batallas, pero nadie gana batallas sin ella».

—«Hay argumentos que convencerían si vinieran insertos entre un tal vez y un quizás».

—«Las estupideces no mueren, pero es un deber desacreditarlas».

—«Cuidémonos de discrepar del que conoce mal un tema».

—«El fanático cree refutar una objeción declarándola trillada».

—«El demócrata defiende sus convicciones declarando obsoleto a quien lo impugna».

—«Para desarzonar a quien nos hostiga basta insinuarle que dice lo que dice porque es quien es.
La emboscada ideológica es ardid infalible.
Pero obviamente no es victoria en campo abierto».

—«No hay vileza igual a la del que se apoya en virtudes del adversario para vencerlo».

—«Declarar que una tesis es obviamente ideológica nos dice algo sobre su autor, pero nada sobre la tesis».

—«Para ridiculizar basta citar fuera de contexto».

—«La retórica de peor gusto es la del que renuncia a la trascendencia sin renunciar a su vocabulario».

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sábado, 16 de octubre de 2010

Chesterton
señalaba, frente a todas las proclamaciones sobre la necesidad de educar bien los niños, que la verdadera necesidad es la de educar bien a los adultos: la nota titulada Salvar a los niños apunta en esa dirección. Otro texto sobre lo mismo es este: «la falacia de moda consiste en afirmar que, por medio de la educación, podemos dar a la gente algo que nosotros no tenemos» (Lo que está mal en el mundo).

En realidad, lo primero que es necesario aclarar es de qué hablamos cuando hablamos de educación: a mí me parecen claras las observaciones de Robert Spaemann recogidas en La educación, un efecto secundario. Chesterton lo dice así: «El punto principal acerca de la educación es que no existe tal cosa. No existe como existen la teología o el arte militar (o como existen disciplinas acerca de cosas definidas). La educación es una palabra como “transmisión” o “herencia”; no es un objeto sino un método. Debe querer significar el traspaso de ciertos hechos, criterios o calidades al último recién nacido. Pueden ser los hechos más triviales o los criterios más absurdos o las calidades más ofensivas, pero si son entregadas de una generación a otra, son educación. (...) La educación es dar algo, aunque sea veneno. La educación es tradición y la tradición (como su nombre lo implica) puede ser traición». (Lo que está mal en el mundo)

Y esto último es más cierto hoy que nunca porque «en los tiempos modernos se ha producido un gran aumento de esa clase de educación que puede imponer el ignorante, y una gran disminución de la clase de instrucción que solamente los instruidos pueden impartir. El político que se limita a declarar que tantos miles de determinadas obras deben ser distribuidas en tales o cuales escuelas, es un ignorante en sentido exacto. El labrador que enseña a su hijo cómo debe usar la podadora es, en ese sentido exacto, un hombre instruido». (Maestro de ceremonias)

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SpaemannEticaCF.jpg
viernes, 15 de octubre de 2010

Ética: cuestiones fundamentales
, un libro pequeño y jugoso de Robert Spaemann del que se ha publicado la novena edición hace pocos meses, está compuesto por una serie de ocho charlas radiofónicas con estos títulos: «¿son relativos el bien y el mal?», «educación o el principio del placer y de la realidad», «formación o el propio interés y el sentido de los valores», «justicia o yo y los otros», «¿el fin justifica los medios?», «¿hay que seguir siempre la conciencia?», «¿qué convierte una acción en buena?», «serenidad o actitud ante lo que no podemos cambiar».

A este último capítulo pertenece lo siguiente: «El fanático es aquel que está afincado en la idea de que no existe más sentido que el que nosotros damos y ponemos. Si conoce el hecho de que quien actúa se enfrenta a la hegemonía del destino, entonces se niega a aceptarlo. Quiere variar las condiciones ambientales o irse a pique. Michael Koolhaas se convierte en un fanático. No está dispuesto a aceptar su impotencia ante la injusticia que sufre, y pone fuego al mundo para que el derecho vuelva a ser implantado. Fanático es el revolucionario que no reconoce límites morales a su proceder, porque parte de la idea de que sólo gracias a éste adquiere sentido el mundo; el punto de vista moral parte, en cambio, de que el sentido está ya ahí, en la existencia de cada hombre, y de que, si no fuera así, serían vanos todos los esfuerzos de hacer algo con sentido. El fanático es aquel que exclama con Hitler: si fracasamos, la historia mundial ha perdido su sentido.

Lo contrario del fanático es el cínico, aunque de un parecido tan sorprendente que, en la práctica, se confunden. El cínico no adopta el partido del sentido contra la realidad, sino el de la realidad contra el sentido, renuncia al sentido. Considera la acción bajo el aspecto del acontecer mecánico. Cree en el derecho del más fuerte. (...) El cínico es inaferrable porque ha tomado de antemano el partido de la realidad falta de sentido. El fanático tiene, por así decirlo, espuma en la boca; el cínico, ironía. A menudo, después de algún tiempo, el fanático se convierte en cínico, justamente cuando ha experimentado el poder de la realidad que él combate. En el fondo, ambos están de acuerdo, desde el principio, en que la realidad que rodea nuestras acciones, que les sirve de presupuesto y en la que desembocan, no tiene sentido».

Robert Spaemann. Ética: Cuestiones fundamentales (Moralische Grundbergriffe, 1982). Pamplona: Eunsa, 2010, 9ª ed.; 136 pp.; col. Astrolabio; trad. de José María Yanguas; ISBN: 978-84-313-2335-6.

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jueves, 14 de octubre de 2010

Abela entre dos mundos,
de Berlie Doherty, es un relato intenso, que sin embargo se ve deslucido por algunos toques de poca verosimilitud narrativa, entre los que se cuentan algunas puntadas anticatólicas que son innecesarias para lo que se cuenta. Igual que otros libros que ya conocía de la autora, este tiene personajes bien caracterizados y está estructurado alternando puntos de vista de distintos actores del drama.

En Sheffield vive Rosa, de unos trece años, con su madre: aunque teme la llegada de una hermana o hermano adoptivo, como su madre le anuncia, le dan a ella la última palabra en la cuestión. Abela, de unos diez años, vive al principio en Tanzania, la envían luego a Inglaterra de una manera extraña, y pasa por varios lugares no muy acogedores antes de acabar en casa de Rosa. Todo se narra o en primera persona o en tercera persona pero desde dentro de Rosa y Abela.

Lo mejor es lo bien que se describen los ambientes y personajes ingleses, así como las circunstancias que rodean el proceso de adopción de un niño. Luego, sin duda, tiene mucho gancho el personaje de Abela, una niña valiente, y su historia es conmovedora. Pero, como ya dije en Filtros mentales europeos, no puedo evitar la desconfianza cuando un escritor occidental me cuenta lo que piensa y siente un niño africano (o, en general, de una cultura tan distinta de la suya). También chirrían algunas afirmaciones literaturizadas en boca de personajes niños, por ejemplo, cuando Abela dice cosas como que «puedo correr bajo el sol inclemente de África. Mis pies pertenecen a la tierra, forman parte de ella».

Y, en relación al sesgo que apunto arriba, lo más destacado es que resultan injustos y no están justificados por las necesidades del relato, los acentos del capítulo inicial sobre un sacerdote que dice misa en el poblado de Abela: es como si se quisiera provocar rechazo hacia su figura y hacia lo que hace. 

Berlie Doherty. Abela entre dos mundos (Abela, The Girl Who Saw Lions, 2007). Barcelona: Salamandra, 2010; 192 pp.; trad. de Máximo González Lavarello; ISBN: 978-84-9838-285-3.

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SpeareCastor.jpg
miércoles, 13 de octubre de 2010

Dos relatos bien hechos que tratan sobre chicos que han de aprender a enfrentarse a circunstancias nuevas que, al principio, se les hacen duras: El estanque del mirlo y El signo del Castor, de Elizabeth George Speare. La primera también presenta cómo una chica discapacitada es el alma de su familia.

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PavanelloBatPat.jpg
martes, 12 de octubre de 2010

La serie de libros del pequeño murciélago Bat Pat, que firma Roberto Pavanello, es otro éxito de la misma editorial italiana en la que nacieron las de Gerónimo Stilton y Ulysses Moore. Como ellas, pero incluso bajando algo la edad de los lectores a los que gusta Stilton, se dirige a niños «contentos de ser niños» y no a los niños que ya comienzan a tener inquietudes más serias; y, como ellas también, los protagonistas tienen nombres británicos, un elemento no desdeñable para explicar la aceptación de los libros entre nosotros. He leído varios que me han gustado, porque son simpáticos y están bien hechos y, como ya comenté a propósito de Stilton, si a los niños les aportan diversión y una experiencia placentera de la lectura, pueden ser la puerta para otros libros.

En esta entrevista de hace unos meses con el autor, cuando le preguntan por la clave para el éxito viene a decir que es que son libros que presentan de modo humorístico los temores propios de los niños. Un ejemplo que tomo de La isla de las sirenas lo aclara: «¡¡¡Hola!!! Soy Bat Pat. Os voy a contar una historia que os pondrá los pelos de punta…. ¿Estáis preparados? ¿Qué es, para vosotros, lo más espeluznante del mundo? Dejadme que lo adivine: ¿una tarántula negra y peluda como un oso? ¿Un cementerio abandonado? ¿O tal vez una rata apestosa? Yo lo tengo claro: no hay nada peor que EL AGUA. Con solo acercarme a la ducha se me erizan los pelos y al pensar en el mar, ¡¡¡me tiemblan las alas!!! Pues ¿sabéis dónde quiere llevarme de vacaciones la familia Silver? Con mi mala suerte habitual, no hace falta ser muy listo para adivinarlo...»

En esa entrevista también se indica que, pronto, igual que Tea Stilton siguió a Geronimo Stilton, habrá libros de una «batpatina», otro ejemplo de algo dicho tiempo atrás y de que las niñas leen más y leen distinto que los niños.

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lunes, 11 de octubre de 2010

La casa,
un álbum con ilustraciones de Roberto Innocenti y texto de J. Patrick Lewis, presenta las vicisitudes que sufre una vieja casa de campo, construida en 1656, a lo largo del siglo XX. Al comenzar el siglo la vemos medio derruida, como un lugar de juegos para los niños y al final la vemos completamente transformada. Entre medias, la casa sufre distintas modificaciones y, a su alrededor, ocurren muchas cosas.

La historia se cuenta, sobre todo, por medio de quince dobles páginas con una gran ilustración que muestra la casa y su entorno siempre desde la misma perspectiva. En ellas se pueden ir viendo los cambios que sufre tanto su aspecto externo como la distinta gente que la ocupa o que juega o trabaja en los alrededores. Además, en las dobles páginas que van entre cada una de las ilustraciones grandes, hay una o dos ilustraciones pequeñas en la izquierda y un texto corto en la derecha.

El álbum, como tal, es excelente porque las ilustraciones de Innocenti son magníficas. También es buena la idea de mostrar así el paso del tiempo, igual a la de otros álbumes que usan el mismo recurso, como The Little House, Die Veränderung der Landschaft y Die Veränderung der Stadt, o Window. Tal vez hubiera sido mejor la opción de un texto más explicativo y menos poético, e incluso la de no poner texto alguno entre ilustraciones y dejarles a ellas todo el peso. Pero también está bien como está.

Roberto Innocenti. La casa (The House, 2009). Texto de J. Patrick Lewis. Sevilla: Kalandraka, 2010; 64 pp.; trad. de Silvia Pérez Tato; ISBN: 978-84-92608-23-2.

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domingo, 10 de octubre de 2010

Algunos escolios de Gómez Dávila sobre imposturas frecuentes hoy:

—«El subconsciente fascina la mentalidad moderna.
Porque allí puede instalar sus tonterías preferidas como hipótesis irrefutables».

—«La percepción de la realidad, hoy, perece aplastada entre el trabajo moderno y las diversiones modernas».

—«No confundamos el pensamiento de la época moderna con el pensamiento en la época moderna.
Ni la literatura, ni el arte».

—«La más grave acusación contra el mundo moderno es su arquitectura».

—«Su nueva estupidez le permite a cada época burlarse de las estupideces precedentes».

—«Nadie desprecia tanto la tontería de ayer como el tonto de hoy».

—«El lector contemporáneo sonríe cuando el cronista medieval habla de “paladines romanos”, pero se queda serio cuando el marxista diserta sobre la “burguesía griega” o el “feudalismo americano”».

—«El que desenmascara con desdén las imposturas de otros tiempos se deja siempre engañar por las del suyo».

—«Lo que separa al fariseo clásico del fariseo moderno que hoy lo vilipendia no es que el nuevo confiese su miseria, sino que ni siquiera da las gracias».

—«Hablar de los muertos con superioridad de vivo es moda reciente».

—«La vulgaridad consiste, básicamente, en tutear a Platón o a Goethe».

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sábado, 9 de octubre de 2010

En sus lugares correspondientes he puesto datos de nuevas ediciones de libros de Chesterton: por un lado, de sus biografías de Browning, ShawChaucer, y Santo Tomás, por un lado; por otro, de su colección de artículos Los libros y la locura, y otros ensayos, titulado en otra versión anterior Lectura y locura; y, además, de Los límites de la cordura (The Outline of Sanity), del que yo no conocía la edición en castellano de años atrás que se había titulado, tal vez más ajustadamente, El perfil de la cordura.

También he puesto datos de nuevas ediciones de ¡Qué bonito es Panamá!, El ratoncito Pérez, y Papá Noel.

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viernes, 8 de octubre de 2010

En unas palabras finales a su poemario Baúl de sombras, dice Javier de Navascués lo que significa la poesía para él:

«Pavese decía que escribía para defenderse de las ofensas de este mundo. A mí, el mundo, por suerte, no me ha producido nada grave. Si acaso, quizá yo le haya hecho más daño que él a mí. Lamento no poder sostener razones tan existenciales como prestigiosas, pero el victimismo siempre me ha parecido, en manos de los intelectuales, una trampa retórica. La escritura, para mí, no es liberación de fantasmas ni desahoga efusivo.

Me parece, sí, que un poema debe nacer de una mirada directa a la propia realidad de quien lo hizo posible. Un buen poeta no debe tratar de decir nada de antemano. No ha de explicarle al lector el sentido de la vida. No ha de andarse con abstracciones. El poeta debiera ser fiel a la propia experiencia, a esa vivencia escondida que significó algo muy intenso en su momento y que las palabras tantean en vano por rescatar. Allí se oculta la mina que uno intenta buscar en la conciencia y que merodeamos todos los que perdemos el tiempo haciendo versos por las noches. Por cierto, me gustaría añadir que esa experiencia, al menos en mi caso, suele ser muy poca cosa. Pero eso no le quita valor, porque las palabras se encargan de añadírselo. “A thing of beauty is a joy for ever”, escribió cierto poeta inglés».

Javier de Navascués. Baúl de sombras (2009). Sevilla: Númenor, 2009; 55 pp.; prólogo de Fernando Aínsa; ISBN: 978-84-935855-1-8.

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jueves, 7 de octubre de 2010

Igual que yo, muchos aficionados al fútbol pueden disfrutar con El portero de la selva, de Mal Peet. Es una buena narración que cuenta el aprendizaje como portero del protagonista, lo que ocupa bastante más de la mitad de la novela, y luego algunos momentos excelentes de sus actuaciones. A otros no les acabará de gustar por los aspectos fantásticos del relato, en mi opinión un tanto recargados, y porque no faltan las frases vacías y un tanto rimbombantes que parecen explicarlo todo pero que no explican nada —tipo «lo inesperado es lo único en lo que puedes confiar»—.

Un país sudamericano indeterminado. Un periodista deportivo, Pablo Faustino, hace una larga entrevista al Gato, el portero de la selección nacional, justo cuando acaba de ganar la copa del Mundo con su país. El Gato cuenta que fue un niño desgarbado y alto que nació en un pueblo maderero junto a las selvas amazónicas. Un día, en un misterioso descampado en la selva que parece situarse fuera del tiempo, encuentra un personaje, el Portero, que lo entrenará en secreto y despiadadamente durante casi dos años. Hasta que un día llega su oportunidad de asombrar a todos con su talento y con un dominio de los nervios que se convertirá en legendario.

Es una buena idea la de contar todo en forma de una larga entrevista: eso permite al lector situarse al lado del periodista que, al mismo tiempo que admira a su interlocutor, también duda o se sorprende de algunas cosas que le cuenta. A favor de la historia se ha de indicar que el Gato es un personaje sólido: maduro, sensato, que mira su pasado con ecuanimidad, que recuerda a sus padres y familiares con agradecimiento; que sabe describir bien no sólo los momentos futbolísticos sino también los escenarios y habitantes de la selva. Y los acentos, llamémoslos ecologistas, de lamento por la deforestación de las selvas amazónicas, están bien puestos: tienen la fuerza justa que han de tener en un relato como este.

Un pequeño ejemplo de las cosas que son graciosas, o que a mí me hacen gracia por lo menos, pero que tal vez son excesivas: un día Gato se fija en una telaraña que había en la portería y se preguntó interiormente si él era la araña o la mosca; entonces, el enigmático Portero le dijo sin más ni más: «Tú eres la araña. Para ti, la portería no será un lugar vulnerable que necesite tu protección. Será una trampa. Será tu lugar de caza». Todo un capítulo de la Mística del portero.

Mal Peet. El portero de la selva (Keeper, 2003). Barcelona: Salamandra, 2010; 192 pp.; trad. de Javier Guerrero Gimeno; ISBN: 978-84-9838-286-0.

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miércoles, 6 de octubre de 2010

Hotel para perros,
de Lois Duncan, es un relato de 1971 del que se hizo una película hace poco. Según parece, con ese motivo se cambiaron algunas cosas en la novela original: nombres de personajes, trabajo profesional de la madre de los niños, y algunos toques modernos —como la cámara digital del chico protagonista—.

La familia de Andi, una niña de once años, y Bruce, unos trece, debe trasladarse de ciudad con motivo del nuevo trabajo de su padre. Han de vivir en casa de su tía-abuela Alice, alérgica a los perros y, por eso, deben dejar a su perro atrás. Pero Andi y Bruce encuentran una perra que acaba de tener cachorros y, al no poder alojarlos en su casa, los acomodan en una casa vecina vacía sin que nadie lo sepa. Y, poco a poco, otros perros irán uniéndose a los primeros. El enemigo que tendrán será un vecino, compañero de Bruce, que tiene un perro al que maltrata y que también abusa de sus compañeros, pero que sabe presentarse como un chico ejemplar ante todos los adultos.

La historia tiene gracia pues su autora tiene oficio. Aparte del atractivo para quienes les gusten los perros, el personaje de Andi resulta simpático, aunque a veces su conversación y su comportamiento suenen más que dudosos en una niña de once años. Pero, si nos olvidamos del aspecto comercial de la cuestión, mejor hubiera sido dejar que la novela reflejase su ambiente original pues en esta versión modernizada hay cosas que no encajan: en particular, hay aspectos del comportamiento de los niños que son lógicos en los años sesenta del siglo pasado pero que son chocantes si la historia se sitúa varias décadas después.

Lois Duncan. Hotel para perros (Hotel for Dogs, 1971). Madrid: Espasa, 2009; 180 pp.; trad. de Isabel Murillo; ISBN: 978-84-670-3064-8.

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martes, 5 de octubre de 2010

Nat y el secreto de Eleonora,
de Rebecca Dautremer y Anik Le Ray, cuenta una historia sobre la fascinación que ejercen los cuentos, y sobre un niño que, cuando vence las dificultades que tiene para leerlos por sí mismo, descubre la satisfacción de la lectura.

La familia de Natanael pasa los veranos en una casa en Kérity, un pueblo costero de Bretaña. La propietaria de la casa, Eleonora, deja a Nat en herencia la gran biblioteca pero Nat acepta que, cuando la casa sufre grandes destrozos en un temporal, se vendan los libros a un anticuario. Pero entonces intervendrán los personajes de los cuentos clásicos, como Alicia y el Conejo Blanco, o Peter Pan y el Capitán Garfio, entre otros.

Si consideramos la historia tal como se presenta en el álbum —pues el argumento es el de una película de dibujos—, no está conseguida del todo, pues hay comentarios poéticos que, me parece a mí, aportan poco, y algunos giros de la narración —como la venta primera de los libros y su recuperación posterior— no resultan convincentes. Por otra parte, las ilustraciones de Dautremer son tan poderosas que dejan la impresión de que, para el álbum, mejor hubiera sido adaptar del todo las palabras del texto a ellas —por ejemplo, hay unos comentarios que podrían ser un sueño de Nat y que no tienen correspondencia con las imágenes—.

En cualquier caso, la historia gustará, en especial a quienes disfrutan con la lectura y quieren transmitir la misma pasión a los niños; y, más aún, a los seguidores de Dautremer, que valorarán cómo dramatiza cada escena con luces y perspectivas, cómo multiplica los detalles para observar, cómo juega con los desenfoques en primer plano.

Rebecca Dautremer. Nat y el secreto de Eleonora (Kérity, la maison des contes, 2009). Texto de Anik Le Ray. Zaragoza: Edelvives, 2010; 60 pp.; Trad. de Elena Gallo Krahe; ISBN: 978-84-263-7471-4.

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lunes, 4 de octubre de 2010

Casi siempre que pongo en la página un relato sobre perros tengo luego algún o algunos ecos, cosa que no suele pasar con libros sobre otros temas. Así que, ya que cité hace unos días indirectamente a Marc Simont, pongo hoy la ficha de un álbum sensacional suyo, The Stray Dog, sobre un perro callejero. Por lo que sé, no está editado en España.

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domingo, 3 de octubre de 2010

Algunos escolios de Gómez Dávila sobre cuestiones educativas:

Sobre la educación y la instrucción:

—«Lo eficaz no es denunciar la vileza de lo vil, sino mostrar la nobleza de lo noble».

—«Educar es enseñar a apasionarse por lo que carece de vigencia».

—«Mientras no tropezamos con tontos instruidos la instrucción parece importante».

—«El episodio más patético es el de la indiferencia con que la mera juventud finalmente mira la vejez más ilustre».

—«Una gran tradición intelectual es una garantía de sensatez para quien la hereda y un rico repertorio de tonterías para quien meramente se la apropia».

Sobre la educación literaria:

—«Las admiraciones literarias del joven suelen ser indicio de valores auténticos, mientras que sus antipatías se las dicta su situación histórica».

—«La filología, la crítica, la historia, es decir: el arte de leer a un autor, de comprender una doctrina, de conectar los hechos, brotan de un mismo principio: el principio del contexto».

—«La decadencia de una literatura empieza cuando sus lectores no saben escribir».

—«Las humanidades escolares le enseñaban al escritor a no hacer el oso, por lo menos».

—«El nacionalismo literario selecciona sus temas con ojos de turista.
De su tierra no ve sino lo exótico».

—«Para la prosa mágica no existen recetas, pero la prosa civilizada se aprendía».

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sábado, 2 de octubre de 2010

Con más motivo que cuando lo escribió Chesterton, hoy podemos decir que «las últimas décadas se han caracterizado por el cultivo intensivo de la novela futurista. Parecería que nos hubiéramos resuelto a no querer comprender el pasado y que nos inclináramos a enunciar lo que es aparentemente más fácil: aquello que habrá de ocurrir». «Este culto del futuro no solamente constituye una debilidad, sino también una cobardía de la época», pues así rehuimos la competencia que nos hacen nuestros antepasados y nos conformamos con un muro en blanco donde cada uno puede escribir su propio nombre todo lo grande que quiera. «Y el resultado de esta moderna actitud es realmente el siguiente: los hombres inventan nuevos ideales porque no se atreven a poner en práctica los viejos ideales. Miran hacia delante con entusiasmo porque les da miedo mirar hacia atrás». (Lo que está mal en el mundo)

En relación a eso se puede advertir que «el futuro no tiene vida porque, necesariamente, el futuro tiene que ser una especie de fatalismo. No puede prever la parte libre de la acción humana, sólo puede prever la parte servil. No se trata de que la predicción sea optimista o pesimista; se trata de la naturaleza de la predicción misma. La línea puede subir o bajar, con el optimista o el pesimista; la línea puede simplemente dar vuelta tras vuelta, con los que creen en la repetición y en la rueda del destino. Puede ser progresiva como una espiral ascendente o autorrepetidora como el vaivén de un péndulo. Pero la cuestión es que todos estos modelos deben ser matemáticos. Ninguno puede parecer un cuadro artístico. La cuestión es que todas estas líneas deben ser matemáticas; no pueden ser trazadas a voluntad como hace el dibujante. Sólo en el pasado encontramos el cuadro terminado, pues sólo en el pasado encontramos la libertad de líneas. En otras palabras, cuando miramos lo que hicieron los hombres, estamos mirando lo que hicieron  por su propia voluntad. (...) Por eso la historia y aun la arqueología son intrínsecamente sorprendentes, porque en ambas de trata de estudios de una historia de sorpresas».  («Sobre arqueología», Charlas)

De ahí que, a los «hombres ávidos de adelantarse a su propia época» que tanto abundan hoy, a los que se dedican con tanto afán a elogiar las novedades y se quedan atrás antes que nadie (George Bernard Shaw), a quienes llaman progreso al cambio continuo —y en esa situación están un cadáver que se descompone cada vez más, o un muñeco de nieve que se convierte en un charco—, Chesterton les advertía que «la única cosa en la que un progresista no puede confiar es en el futuro. (...) Si no le pone límites al cambio, puede cambiar tanto sus opiniones más progresistas como sus puntos de vista más conservadores» (El Pozo y los charcos).

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viernes, 1 de octubre de 2010

En La Grecia antigua contra la violencia, Jacqueline de Romilly habla de cómo los clásicos griegos «lucharon contra la violencia con las palabras, palabras insertadas en obras literarias, palabras portadoras de sentido». Entre muchas otras consideraciones interesantes, al final pone un ejemplo para señalar una importante diferencia de tono entre las obras modernas y las clásicas tragedias griegas cuando tratan sobre la violencia. Cuando la Antígona de Sófocles es conducida a la muerte se lamenta de su destino y de que vaya a morir «sin lecho nupcial, sin canto de bodas, sin haber tomado parte en el matrimonio ni en la crianza de hijos»: «los deleites de la vida, dice Romilly, siguen estando ahí, como un furtivo pesar en el corazón de la tragedia. Por el contrario, en la Antígona de Anouilh, lo que Antígona rechaza, lo que repudia, es toda la vida en su conjunto: “esa triste palabra, la felicidad”. Seguramente no sea gran cosa; pero la diferencia de mentalidad entre las dos épocas se trasluce en este detalle. Y es grave, pienso, no creer en la felicidad».

Por eso, y vuelvo atrás en el texto de Romilly, «la literatura será lo que es; pero, en las aulas, para los jóvenes, cuando se trata de inculcarles —hasta donde sea posible— todo lo que pueda hacer retroceder la sombría violencia que padecemos, sería preciso más bien formar su juventud con los autores antiguos o clásicos. A los autores más modernos siempre los podrán conocer por el contexto del presente; los jóvenes ciertamente no los ignorarán. Pero cabe la esperanza de que la lectura de otros textos ayude a fortalecer en ellos el asco por la violencia, y a permitir que se desarrollen en ellos fuerzas de resistencia. Hay que comunicarles, a cualquier precio, un poco de esta savia y de este impulso que hemos perdido». (Bueno, no a cualquier precio, añadiría yo).

Jacqueline de Romilly. La Grecia antigua contra la violencia (La Grèce Antique contre la violence, 2000). Madrid: Gredos, 2010; 153 pp.; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-0633-7.

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