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Notas de octubre de 2012 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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miércoles, 31 de octubre de 2012

Un intruso en mi cuaderno, de David Fernández Sifres, es un relato con dos partes. En la primera, Mariano encuentra una mariposa dibujada en su cuaderno y se plantea tirar la hoja pero los acontecimientos le arrastran en otra dirección y comienza un juego detectivesco: intenta descubrir quién puede ser el misterioso intruso que, además, va encontrando la forma de seguir dibujando más mariposas. En la segunda parte, resuelto el enigma del dibujante, la historia da un giro inesperado y el humor deja paso a la emoción.

El narrador es el mismo Mariano que, aunque al final sabremos que cuenta las cosas después de bastantes años, emplea una voz de chaval que tiene una envidiable soltura. Es más que notable la simpatía de la primera parte: todo está bien contado e hilado hasta llegar a la resolución del enigma que le inquieta. En la segunda parte la historia busca y consigue conmover, no tanto, o no sólo, por el drama que se plantea, como por algunas excelentes escenas en las que se pone de manifiesto, como a contrapelo, el buen corazón del protagonista. Tal vez el desenlace podría ser menos explícito pero para los lectores naturales de la historia está bien como está. Aquí hay otra reseña.

David Fernández Sifres. Un intruso en mi cuaderno (2012). Zaragoza: Edelvives, 2012; 118 pp.; col. Nueva Ala Delta azul; ilust. de Rafael Vivas; ISBN: 978-84-263-8604-5.

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martes, 30 de octubre de 2012

Otto, el oso de libro, de Katie Cleminson, es un álbum sobre la lectura y las bibliotecas que tiene chispa. Su protagonista es un oso de un libro que vivía en la estantería de una casa. Era feliz cuando los niños leían su libro y tenía su propia vida cuando nadie lo hacía. Pero, un día, con ocasión de una mudanza, lo pierden, por lo que Otto sale a la calle, un lugar con demasiada gente y ruido para su gusto. Echa de menos su libro y vagabundea hasta que…

La simpatía del relato se apoya en su argumento, parecido al de Corduroy, y en unos dibujos expresivos, contorneados con trazos gruesos y siempre sobre fondo blanco. Tiene gracia que se respeten las proporciones de los distintos seres que aparecen en la historia: Otto es pequeñito, frente a la gente normal en la calle, donde nadie le ve, y donde comprendemos que se sienta intimidado. También hay escenas simpáticas, de las que anuncian que algo sucederá, como cuando se sienta en el carro de una máquina de escribir antigua en la que otro animalillo parece a punto de pulsar las teclas.

Katie Cleminson. Otto, el oso de libro (Otto the Book Bear, 2011). Barcelona: Juventud, 2011; 32 pp.; trad .de Elodie Bourgeois; ISBN: 978-84-261-3840-8.

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lunes, 29 de octubre de 2012

Otro buen álbum sobre nietos y abuelos: El jardín del abuelo, de Lane Smith. El narrador, un niño al que vemos en cada doble página, nos dice lo que su abuelo le ha contado de su pasado: de su vida en una granja, de cuando tuvo varicela, de su primer beso a una niña, de cuando fue soldado, etc.; y nos dice que ahora es un jardinero que modela toda clase de figuras en árboles y setos. Esto último es lo que vemos en las sucesivas dobles páginas: la memoria del abuelo queda reflejada en su trabajo en el jardín. Es brillante el cierre del álbum, con una doble página de revelación que se despliega hacia los dos lados.

Las palabras que acompañan las imágenes son escasas y prácticamente toda la comprensión de la historia descansa en las ilustraciones, pero tanto el escueto texto como las mismas imágenes nos dicen que tal vez no haya sucedido todo tal como el abuelo lo contó a su nieto y, eso sí, nos dejan claro que su actual memoria no es tan buena. Por otro lado, tal vez lo más importante del relato —que tal como está seguramente sea más atractivo para mayores, o para una lectura compartida, que para niños—, es que habla bien de lazos familiares, de la continuidad de la vida, de una afición que se transmite de abuelo a nieto. Aquí hay otra reseña.

Lane Smith. El jardín del abuelo (Grandpa Green, 2011). Barcelona: Océano, 2012; 32 pp.; trad. de Paulina de Aguinaco Martín; ISBN: 978-607-400-650-6.

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domingo, 28 de octubre de 2012

Christopher Dawson: «La actividad de la mente occidental, la cual se ha manifestado tanto en invenciones científicas y técnicas como en los descubrimientos geográficos, no fue la herencia natural de un tipo biológico particular; fue más bien el resultado de un largo proceso de de educación que cambió gradualmente la orientación del pensamiento humano y amplió las posibilidades de la acción social. El factor vital en este proceso no fue el poder agresivo de conquistadores y capitalistas, sino el ensanchamiento de la capacidad intelectual humana y el desarrollo de nuevas formas de habilidad y genio creativo.

Las otras grandes culturas del mundo llevaron a cabo sus propias síntesis entre religión y vida, y luego mantuvieron inalterado, por siglos y milenios, su propio ordenamiento sagrado. Empero, la civilización occidental ha sido un gran fermento de cambio en el mundo, porque cambiar el mundo ha sido parte de su ideal cultural. Siglos antes de los grandes logros de la ciencia y la tecnología modernas, el hombre de Occidente había concebido la idea de una magna instauratio, de una gran renovación de las ciencias (o sea, de una gran renovación del saber), la cual abriría muchos caminos al entendimiento del hombre y cambiaría la suerte de la raza humana».

Christopher Dawson. «El significado de la cultura occidental» (“Introduction: The Significance of the Western Development”, Religion and the Rise of Western Culture, 1950), Historia de la cultura cristiana. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.

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sábado, 27 de octubre de 2012

Explica Eric Havelock que, en las sociedades prealfabéticas, la poesía cumplía la función de ser una memoria viva y era, por tanto, recreativa y funcional. En ese tipo de sociedades, «la única tecnología verbal capaz de garantizar la conservación y la estabilidad de lo transmitido consistía en la palabra rítmica hábilmente organizada según modelos métricos y verbales lo suficientemente únicos como para retener la forma. Tal es la génesis histórica, la fons et origo, la causa originaria del fenómeno que aún hoy denominamos poesía».

El modelo de lo anterior es Homero, el último representante de la composición puramente oral, un poeta enciclopédico cuyos recursos, verbales y rítmicos, hacen pensar en los utilizados en las canciones infantiles. Pero su poder, además de nacer de su enorme talento, «emana de su función, y su función no lo eleva directamente por encima del espíritu humano, sino que lo ensancha horizontalmente hacia los confines de la sociedad para la que canta. Homero acepta hasta lo más hondo su sociedad, pero no por decisión personal, sino por mor de su papel de cronista y preservador. De ahí su desapasionamiento: carece de cuentas personales que ajustar, incluso de punto de vista estrictamente individual». Y su épica «poseía unas facultades de evocación, de grandeza, de logro psicológico, únicas en su género. Aún careciendo de disciplina descriptiva o analítica, se bastaba para proveer una vida emocional completa. Era una vida sin examen de conciencia, pero nada ni nadie la ha superado aún en su capacidad de manejar los recursos del inconsciente y armonizarlos con lo consciente».

Eric A. Havelock. Prefacio a Platón (Preface to Plato, 1963). Madrid: Visor, 1994; 286 pp.; col. Visor Literatura y debate crítico; trad. de Ramón Buenaventura; ISBN: 84-7774-717-2.

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viernes, 26 de octubre de 2012

Vida de Dostoyevski por su hija, Aimée, es un libro desigual, con grandes defectos pero con jugosas aportaciones.

Los defectos proceden de que la autora tenía una fijación con las leyes de la herencia: es casi obsesiva su insistencia en la ascendencia lituana de su padre y en que las cualidades de su madre se debían a su origen sueco y a los antepasados normandos que vivían en su alma. De hecho, muy avanzada la obra, el traductor parece haberse visto forzado a poner una nota donde indica que la señorita Dostoyevski tiene algunas ideas curiosas al respecto y que sus conocimientos históricos son un tanto defectuosos. En general, la autora procura distanciarse del modo de ser que suele calificarse como ruso: por ejemplo, señala que la «admiración de la juventud rusa por los anarquistas, que tanto sorprende a Europa, se explica fácilmente por la pereza oriental de mis compatriotas. Es mucho más fácil poner una bomba y escapar al extranjero que estudiar y poner toda la vida al servicio de la patria, como es costumbre en los países más maduros y civilizados».

Sea como sea, tiene gracia, y da pistas, su falta de inhibiciones para pronunciarse sobre muchas personas: no tiene reparo en decir de alguien que es un verdadero usurero; o, de otro, un imbécil hazmerreír; o, de Turguenev, «un verdadero mongol, malo y vengativo». Además, contiene muchas informaciones valiosas sobre el modo de ser de su padre, sobre su comportamiento en la vida familiar, sobre la importancia de su madre y el papel que tuvo como editora de las obras de su marido —experiencias que transmitió también a la mujer de Tolstoi—, etc.

Es más que notable la forma en que se produjo la muerte de Dostoievski. La autora indica que su padre se dio cuenta que se encontraba muy mal y llamó a su familia. Luego, «como en todos los casos graves de su vida, recurrió al Evangelio. Rogó a su mujer que abriese al azar la vieja Biblia que había tenido en el presidio y que leyese las primeras líneas que cayesen bajo sus ojos. Ocultando sus lágrimas, mi madre leyó en alta voz: “Pero Iván se lo estorbó diciéndole: ¡Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por Ti y Tú vienes a mí! Y Jesús respondió diciéndole: No me detengas, pues así es como hemos de cumplir toda justicia”. Oyendo estas palabras de Jesús, mi padre reflexionó un momento y dijo enseguida a su mujer: “¿Has oído? ¡No me detengas! ¡Mi hora ha sonado; debo morir!”»...

Aimée Dostoyevski. Vida de Dostoyevski por su hija (Fyodor Dostoyevski. A Studi, 1923). Madrid: El buey mudo, 2011; 311 pp.; trad. de Humberto Pérez de la Ossa; ISBN: 978-84-938574-4-8.

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jueves, 25 de octubre de 2012

Después de haber citado, ayer y anteayer, relatos y novelas de MacDonald, el primer autor de las modernas historias de fantasía y aventuras fantásticas, corresponde ahora decir que se ha publicado hace poco una edición en castellano de La hija del rey del país de los elfos, de lord Dunsany, un relato de los pocos que puede ser calificado de precedente valioso de las obras de Tolkien.

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miércoles, 24 de octubre de 2012

Además de ganar un nuevo terreno para la literatura infantil de fantasía, con relatos como los mencionados ayer, George MacDonald puso las bases de las nuevas novelas de fantasía y aventuras fantásticas del siglo XX. En este sentido las novelas que algunos autores destacan más son Fantasías y Lilith, aunque otros libros suyos son más resistentes al paso del tiempo pues tienen todas las cualidades propias del autor y, como son relatos más breves, y más ajustados a un argumento bien definido, los podemos leer ahora sin cansancio.

Tanto Fantasías como Lilith pertenecen a la clase de historias donde alguien de nuestro mundo encuentra un acceso a un mundo distinto al nuestro y cuenta con un guía que le orienta. El protagonista y narrador de Fantasías es un tipo de veintiún años, llamado Anodos («sin senderos»), que abre un viejo arcón heredado de su padre del que sale un ser diminuto que le conduce al País de las Hadas; allí realiza un viaje mágico entre hadas y duendes, damas encantadas y palacios: el mundo de Fantasía, donde le ocurren muchas cosas, e incluso muere, pero a las tres semanas despierta. El héroe de Lilith se llama Vane (Veleta) y, en este caso, es un personaje fantasmal, que toma la forma de un cuervo, quien le conduce a un mundo paralelo de «siete dimensiones» que, más o menos, es posterior a la muerte pero anterior a lo que venga después; allí, entre los muchos personajes misteriosos con los que se relaciona destacan Lona, una chica joven, y su madre, la extraña y bella Lilith.

Ambas novelas dejan la sensación de que su autor espera que sus lectores sean capaces de abandonarse por completo a lo que va diciendo para entrar en su mundo. Esto, que no es fácil, se complica porque el narrador va indicando todo lo que ve y lo que siente, y va señalando con frecuencia las dificultades que tiene para explicar cosas que no se pueden explicar. Al comienzo de Fantasías se dice que ofrece «una ventanita para atisbar un mundo enorme», pues el autor desea hacer pensar en un mundo invisible más allá del mundo visible. De las dos es más llevadera Lilith, pues contiene muchos más diálogos que, con frecuencia, resultan vivos y sugerentes.

George MacDonald. Fantasías (Phantastes, 1858). Madrid: Miraguano, 1989; 206 pp.; col. La cuna de Ulises; trad. de Francisco Arellano; ISBN: 8478130438.
George MacDonald. Lilith (1895). Barcelona: Edhasa, 1988; 326 pp.; col. Fantásticas Edhasa; trad. de Rubén Masera; ISBN: 84-350-1106-2.

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martes, 23 de octubre de 2012

En el origen de la literatura de fantasía que da un paso más allá de los cuentos de hadas populares está, en primer lugar, George MacDonald. Además de los libros que ya he reseñado, los más destacables, otros dos relatos infantiles populares son La princesa ligera y La llave de oro.

En el primero, la hermana del rey, una bruja rencorosa, lanza un hechizo a la princesa por el cual no le afecta la ley de la gravedad con lo que, al mínimo descuido, se eleva por el aire; y por el cual, además, siempre se ríe y no se toma nada en serio. Pasado el tiempo, como sólo le gusta disfrutar en el agua, la tía hechiza también el lago y el agua desaparece, con lo que la princesa pierde la alegría. Para devolvérsela, el príncipe que se ha enamorado de ella ha de ofrecer su vida haciendo de tapón viviente del lago.

En el segundo relato, un chico, al que luego se llamará Musgoso, encuentra una llave de oro en el arco iris pero no sabe a qué cerradura corresponde. Una niña, que luego recibirá el nombre de Maraña, se interna en el bosque y encuentra una mujer a la que llama Abuela. Luego, ambos salen en busca del país de donde proceden las sombras y van teniendo tratos con personajes misteriosos como el Viejo del Mar, el Viejo de la Tierra, el Viejo del Fuego…

Para involucrar a sus lectores en la historia, en La princesa ligera MacDonald usa un narrador flemático, que aclara hechos y hace precisiones: «era un rey muy bajito con un trono muy alto, como muchos reyes». Es también un narrador irónico, que juega con las expectativas del lector: cuando el príncipe pierde de vista a su séquito en un gran bosque, señala que «estos bosques son muy útiles para librar a los príncipes de sus acompañantes».

La llave de oro da más idea de la singularidad de agunas historias de MacDonald. Tal como indica Auden en el epílogo, este es un cuento de los que pide «una entrega total: mientras está en su mundo, el lector no puede estar en otro». Con esto se refiere, por ejemplo, a que personajes como la Abuela, el Viejo del Mar, o el pez aéreo, hacen observaciones y dan consejos que no siempre podemos interpretar nítidamente: no son alegorías simples. También dice Auden, y esta historia lo ejemplifica bien, que, para él, «el más extraordinario y precioso don de George MacDonald es su habilidad para crear, en todas sus historias, una atmósfera de bondad alrededor de la cual no hay nada falso o moralizador. Nada es más raro en literatura».

George MacDonald. La princesa ligera (The Light Princess, 1864). Madrid: Alfaguara, 1992, 2ª ed.; 85 pp.; col. Juvenil Alfaguara; ilust de Maurice SENDAK en 1969; trad. de Flora Casas; ISBN: 84-204-4702-1.
George MacDonald. La llave de oro (The Golden Key, 1876). Madrid: Alfaguara, 1987; 76 pp.; col. Juvenil Alfaguara; ilust de Maurice SENDAK en 1967; epílogo de W. H. Auden; trad. de Joaquín Fernández; ISBN: 84-204-4538-X.

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lunes, 22 de octubre de 2012

[En febrero de 2014 se ha publicado este libro en castellano con el título de ¡Otra vez!]

Veo aquí un buen comentario a Again!, un álbum excelente más de Emily Gravett, esta vez acerca de la lectura de cuentos a los niños por la noche, con algunas originalidades interesantes.

En las primeras guardas un dragoncito (llamado Cedric en la edición en castellano) se lava los dientes y se baña. En la siguiente doble página, la de presentación, el personajillo tiene un libro en la mano y está preparado para ir a la cama. La siguiente doble página parece un error, pues parece de nuevo (again) la previa pero, si nos fijamos bien, en ella vemos al dragoncito que nos guiña el ojo. Luego ya vemos a la madre dragona que le lee un cuento sobre caballeros y dragones…, y, a continuación, nuevas versiones del cuento según el personajillo va diciendo again?, again!, etc., mientras la madre se agota cada vez más.

Dentro de los álbumes bedtime, con tanta frecuencia simpáticos pero blandos, este resulta destacable por su argumento y por su confección. Refleja bien el espíritu caprichoso del niño y tiene un furibundo desenlace. Es notable también cómo el cuento interior a la historia va cambiando en sus palabras y en sus imágenes para dar lugar a un nuevo relato embutido en el álbum.

Emily Gravett. Again! (2011). London: MacMillan, 2011; 28 pp.; ISBN: 978-0-230-74536-0. Edición en castellano, titulada ¡Otra vez!, en Barcelona: Picarona, 2014; 32 pp.; ISBN: 978-8494154911.

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domingo, 21 de octubre de 2012

Se ha publicado hace pocos meses una nueva edición de Los cañones de agosto. Treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo, de Barbara W. Tuchman. Es una extraordinaria narración del primer mes de la primera Guerra Mundial, amena, clara, ordenada y documentada. Como no leí el libro con una intención crítica sino dejándome llevar, sólo tomé nota de una ocasión en la que, se ve que a la  busca del colorido periodístico, la autora sobreinterpreta un dato: en los momentos previos a la declaración de guerra dice que «si el káiser se hubiese limitado a leer The Golden Age, el libro de Kenneth Grahame sobre la infancia inglesa en un mundo de fríos adultos, que guardaba en la mesilla de noche en su yate, es posible que no hubiera habido ninguna guerra mundial». Lo malo, continúa, es que leyó también otros libros… Mi confianza en el poder de la literatura infantil es grande pero no tanto, la verdad.

Dicho esto, da idea de la mente de la escritora, primero, su comentario del prólogo acerca de que compuso su libro procurando «evitar las atribuciones espontáneas y también el estilo “debió de” de los relatos históricos: “Al contemplar como la costa de Francia desaparecía a la luz del sol que se ponía, Napoleón debió de pensar en las largas…”». Y, después, su observación final donde señala cómo, a través de una mezcolanza de informaciones y documentos, «el historiador busca su camino, tratando de descubrir la verdad de los acontecimientos pasados y averiguar “lo que ocurrió realmente”», para encontrar entonces que esa verdad de los acontecimientos está «compuesta de una serie de fragmentos vistos, experimentados y anotados por diferentes personas».

Barbara W. Tuchman. Los cañones de agosto. Treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo (The Guns of August, 1962). Barcelona: Península, 2004; 591 pp.; col. Atalaya; trad. de Víctor Scholz; prefacio de Robert K. Massie; 84-8307-644-6. Nueva edición en Barcelona: RBA, 2012; 591 pp.; Temas de Actualidad, serie Historia Universal; 978-84-9006-162-6.


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sábado, 20 de octubre de 2012

Virgilio convirtió la Eneida «en una leyenda de la dignidad casi divina que pertenece a los vencidos. Esta fue una de las tradiciones que verdaderamente prepararon al mundo a la venida del cristianismo y especialmente a la caballerosidad cristiana. (...) A lo largo de toda la época medieval y moderna encontramos las virtudes del conflicto homérico cooperando de muchas formas distintas con el sentimiento cristiano. (...) Todo tipo de gente consideraba como el más alto grado de nobleza poder justificar su descendencia del mismísimo Héctor. Nadie parece haber deseado descender de Aquiles. (...) El nombre de Héctor provoca un curioso hecho lingüístico que raya casi en la broma. El nombre se utiliza para vanagloria de los soldados vencedores. Ciertamente, nadie en la antigüedad fue menos dado que Héctor a vanagloriarse, pero la jactancia del conquistador tomó su título del conquistado».

G. K. Chesterton. El hombre eterno (The Everlasting Man, 1925). Madrid: Cristiandad, 2004; 348 pp.; trad. de Mario Ruiz Fernández; ISBN 10: 84-7057-488-4.

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viernes, 19 de octubre de 2012

Después de mencionar algunas distopías juveniles imaginarias las pasadas semanas, una instructiva lectura que habla de distopías reales: La silenciosa conquista china, un extenso reportaje con muchos datos y cifras, firmado por dos periodistas españoles, Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, acerca de la expansión comercial de China y de su impacto en países africanos, hispanoamericanos y asiáticos, donde realizan grandes inversiones.

Los autores señalan cómo todo se basa en la capacidad de sacrificio sin límites del pueblo chino y también apuntan que «sería injusto, desde luego, minimizar la importancia del impacto positivo que, directa o indirectamente, [la inversión de capital chino] proyecta sobre millones de personas. Pensemos, si no, en los miles de empleos generados, en los flujos financieros que generan las compras chinas de materias primas a largo plazo, en tantas infrastructuras construidas, en los productos baratos de la fábrica del mundo que poblaciones de bajos ingresos pueden permitirse, en las inversiones millonarias, en las ayudas y cooperación».

Pero, al mismo tiempo, subrayan que, «además de otros factores negativos que también acompañan a su expansión global —como la corrupción, la apatía por el respeto de los derechos humanos o el impacto medioambiental—, todo lo bueno que China pueda estar haciendo queda sin duda eclipsado por la forma en que aborda la cuestión laboral». Al respecto, los datos avalan que muchas empresas chinas practican un colonialismo salvaje que incluso haría deseable volver a explotaciones anteriores (véase la comparación entre las formas de actuar de la empresa estadounidense Marcona Mining Company, en San Juan de Marcona, Perú, y la actual empresa china Shougang, pp. 107 a 114).

Además, el libro es instructivo más allá de que deje de manifiesto los desastres sociales propiciados por algunas empresas chinas y de que haga notar el aparente avance hacia un orden mundial bajo control chino. Lo es porque hace pensar en que, como los estados occidentales se basan en el mismo presupuesto de los negocios chinos, el de que el fin justifica los medios, y temen perder unas inversiones que aseguran el bienestar (de algunos), acaban siendo cómplices de flagrantes violaciones de derechos humanos.

Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo. La silenciosa conquista china (2011). Barcelona: Crítica, 2011; 325 pp.; col. Memoria Crítica; ISBN: 978-84-9892-257-8.

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jueves, 18 de octubre de 2012

No conocía Carta a un rehén, un texto breve que Antoine Saint-Exupéry escribió como prólogo a un libro de León Werth, un amigo judío a quien había dedicado El principito. En él se refiere al sufrimiento de los perseguidos y emigrados durante la guerra Mundial, al modo en que surge y se afianza la amistad, a la sabiduría que nos hace valorar los acontecimientos simples pero esenciales de la vida. Así, a propósito de un momento de tensión, resuelto cuando una persona sonríe, dice: «A menudo lo esencial no tiene peso. Aquí, en apariencia, lo esencial ha sido una sonrisa. A menudo una sonrisa es lo esencial. A uno le pagan con una sonrisa. Le recompensan con una sonrisa». Y, más adelante, indica cómo una sonrisa no modifica nada visible pero lo transforma todo «en su misma sustancia».

Antoine Saint-Exupéry. Carta a un rehén (Lette à un otage, 1943). Barcelona: Nortesur, 2011; 96 pp.; trad. de Julia Escobar; posfacio de François Gerbod; cronología y bibliografía de Déborah Puig-Pey; ISBN: 978-84-93784102.

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miércoles, 17 de octubre de 2012

Hace pocos meses se publicó en castellano el segundo libro protagonizado por Biggles, el personaje creado por W. E. Johns, titulado Biggles en Oriente. Quienes lo pasaron bien leyendo el primero, lo pasarán mejor en el segundo pues, esta vez, el autor no presenta sólo una sucesión de hazañas del héroe sino que le pone delante un enemigo a su nivel y tensa su historia con un buen hilo conductor.

Biggles accede, muy a su disgusto, a ser espía en una base alemana en Palestina ocupando el papel que debía desempeñar allí un desertor inglés. Se gana pronto al jefe de la base, el conde Von Faubourg, pero no así a su temible jefe de estado mayor, Eric von Stalheim. Las zancadillas de von Stalheim para pillar a Biggles en un traspiés le hacen desarrollar, más todavía, su asombrosa capacidad de caer siempre de pie. Naturalmente, tendrá oportunidades de poner de manifiesto sus dotes portentosas para los combates aéreos, en especial cuando aparece por la base un presuntuoso aviador alemán.

Los entusiastas de los aviones antiguos disfrutarán y quienes deseen ver a un héroe de los de antes, también. Además, la historia tiene interés para los que desean fijarse en cómo se ha de armar un relato de acción en el que no hay pausa y en el que se suceden los momentos de tensión. Igual que vemos en cualquier thriller, también aquí comprobamos cómo las imágenes que usa el narrador se corresponden con la tecnología de la época: «el cerebro del británico, que parecía haber decaído como un motor cuyas bujías dejan de producir chispas, volvió a acelerarse al máximo».

Naturalmente, no faltan los detalles de buen humor típicos del género que también son guiños de complicidad a distintas clases de lectores. Así, el narrador nos indica que Biggles «era un hombre demasiado práctico para dejarse impresionar por los lazos históricos del suelo que estaba pisando, y que en otros tiempos habían hollado Jenofonte y sus arrojados Diez Mil, Alejandro Magno, no pocos generales romanos, y cruzados al frente de huestes armadas; pero sí que era consciente de la vaga depresión que resulta, en muchas ocasiones, del contacto con la antigüedad más remota.
—No me extraña que los que se pierden en el desierto acaben majaretas —se dijo en voz baja…»

W. E. Johns. Biggles en Oriente (Biggles Flies East, 1935). Barcelona: Edhasa, 2011; 320 pp.; trad. de David León Gómez; ISBN: 978-84-350-3579-8.

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martes, 16 de octubre de 2012

Dos álbumes de Einar Turkowski, un autor con un estilo y un mundo imaginativo propios, como varios citados semanas atrás. En Estaba oscuro y sospechosamente tranquilo el protagonista es un hombre que se instala en una casa abandonada; los lugareños lo espían con catalejos y observan cosas raras que nadie sabe interpretar; un día el hombre intenta vender pescado en el pueblo y los habitantes del pueblo están intrigados con la forma en que captura los peces. En La montaña se habla de un país curioso donde hay una peligrosa montaña de la que nadie vuelve normal, hasta que un tipo decide subir y, al comenzar, encuentra un cartel que indica «¿sabes ver?»; y, en efecto, a partir de ahí todo es un espectáculo.

Álbumes con unos extraordinarios y exhaustivos dibujos en blanco y negro. En el primero, de unos seres como cyborgs y de todos los artilugios mecánicos que utilizan, todos con su planito de montaje. En el segundo, de personajes y escenarios a cuál más pintoresco. Las intrigas de las historias no importan mucho pues nada se resuelve realmente, aunque tal vez la primera dice que muchas veces la gente supone cosas sin saber realmente nada (en realidad igual que le ocurre al lector), y la segunda podríamos suponer que propone aprender a mirar. El primer álbum tiene la deriva posmoderna de los relatos que se presentan como con una bromista intención enciclopédica. El segundo no parece sacarle todo el provecho al formato vertical acentuado —igual que dije a propósito de Casualidad, pero aquí el argumento lo facilitaría más, o eso me parece—.

Einar Turkowski. Estaba oscuro y sospechosamente tranquilo (Es war finster und merkwürdig still, 2005). Barcelona - Madrid: Libros del Zorro Rojo, 2007; 24 pp.; trad. de Marisa Delgado; ISBN: 978-84-96509-51-1.
Einar Turkowski. La montaña (Der rauhe Berg, 2012). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2012; 28 pp.; trad. de Moka Seco Reeg; ISBN: 978-84-96509-28-3.

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lunes, 15 de octubre de 2012

A partes iguales, un álbum de Lina Žutautė con texto de Darabuc, trata sobre una joven que, a lo largo de un viaje, se lleva consigo a personajes con habilidades especiales llamados Brazodegorila, Orejademurciélago, Hocicodetoro y Ojodeáguila, con la promesa de que todos van «a partes iguales». Y, cuando llegan a la capital del reino, deciden participar en un concurso convocado por un rey cruel e injusto.

Darabuc explica en su blog tanto los rasgos de la narración —un cuento popular recreado con más presencia de personajes femeninos, entre otras cosas—, como los de las imágenes, bien compuestas y con un estilo que cabría llamar hipersurrealista por la multiplicación de los detalles imaginativos. Para el lector niño la historia tiene además el atractivo de ver a un grupo de amigos tan hábiles que se las arreglan para dar su merecido al malvado (casi una constante del autor, pues el mismo núcleo argumental tienen La bruja Horripilarda, Sopa de nada, y Ojobrusco).

Lina Žutautė. A partes iguales (2012). Texto de Darabuc. Pontevedra: OQO, 2012; 40 pp.; ISBN: 978-84-9871-390-9.

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domingo, 14 de octubre de 2012

En la misma línea de lo que se apunta en Desconfianza en el futuro va esta cita de John Lukacs: «Del futuro no podemos saber mucho; nos limitamos a proyectar lo que vemos en el presente, pero gran parte de eso que proyectemos no se hará realidad. Otra parte sí. No es lo mismo anticipar que profetizar: para lo primero hace falta tener un conocimiento serio, a veces hasta inspirado, de algunos aspectos del pasado; gracias a ello, algunos podemos decir que tal cosa no va a suceder; pero también que puede que tal otra, mira por dónde, sí suceda. Los movimientos de la historia no son mecánicos, ni automáticos, ni pendulares. Cuando llega a uno de los extremos, el péndulo no vuelve atrás, sino que va en una dirección diferente».

John Lukacs. El futuro de la Historia (The Future of History, 2011). Madrid: Turner, 2011; 158 pp.; col. Noema; trad. de María Sierra; ISBN: 978-84-7506-446-8.

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sábado, 13 de octubre de 2012

El autor más veces evocado por Borges fue Homero, señala Carlos García Gual, pues «la poesía de Borges es, en una gran medida, como la de los poetas helenísticos, un arte alusiva. Procede por evocación de otros textos y quiere suscitar ecos con sus numerosos nombres propios y citas vagas o precisas. Toda la obra de Borges es la de un escritor que se recrea en jugar con la tradición literaria y en mezclar lo vivido con lo leído, el mundo y la biblioteca confundidos».

Carlos García Gual. «Borges y los clásicos de Grecia y Roma», Sobre el descrédito de la literatura y otros avisos humanistas (1999). Barcelona: Península, 1999; 319 pp.; col. Ficciones; ISBN: 84-8307-192-4.

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viernes, 12 de octubre de 2012

Mañana nunca lo hablamos, de Eduardo Halfón, son escenas de niñez del autor, un chico guatemalteco de familia muy acomodada y muy cosmopolita, que se desarrollan a finales de los años setenta y principios de los ochenta, y todas ellas antes de que cumpla diez años. Aunque queda claro que la redacción es posterior, el narrador intenta recuperar la visión del niño que va descubriendo el mundo propio de los adultos y las vidas, tan distintas a la suya, que llevan otras personas. Hay momentos de sufrimiento y dolor, que tienen intensidad, y otros de vida social o familiar, que también atraen y, en algunos casos, sorprenden o inquietan. Los textos tienen gran altura literaria y el sabor de unos localismos que, al menos a mis oídos, suenan siempre bien: así, de un profesor perspicaz con un parche se dice que «sonreía puro pirata»; de un mandato de la madre se afirma que tenía un tono «macheteado, final, no negociable». Aquí está una reseña más extensa.

Eduardo Halfón. Mañana nunca lo hablamos (2011). Valencia: Pre-Textos, 2011; 138 pp.; col. Narrativa contemporánea; ISBN: 978-84-15297-23-9.

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jueves, 11 de octubre de 2012

He leído rápido dos libros juveniles recientes y premiados: El festín de la muerte, de Jesús Díez de Palma, y El faro de la mujer ausente, de David Fernández Sifres. El primero, a partir de distintas fotografías de la segunda Guerra Mundial, presenta escenas ordenadas cronológicamente, de distintos ambientes y personajes que acaban teniendo algún tipo de relación. El segundo tiene como narrador a un chico que, al tener que pasar un tiempo en un pueblo francés junto con otros chicos de distintos países, presencia una muerte misteriosa que parece como congelada en el tiempo, pues pertenece a un momento de la segunda Guerra Mundial, e investiga qué ocurre.

Ambos relatos me sirven para señalar algunas cosas. Una: que la segunda Guerra Mundial como hilo argumental, o como telón de fondo, es demasiado frecuente. Dos: que, al ser libros juveniles premiados, el lector ya sabe que le intentarán llevar a combatir prejuicios, que pueda comprender mejor el pasado, etc. Tres: que, por ambas cosas, un lector como yo tiene dificultades con ellos y no puede juzgarlos bien: los afronto con cansancio y no puedo sino compararlos con otros, y me gustan poco los intentos de ser literarios de relatos así —por la sofisticación constructiva o por el uso de algunas expresiones más huecas—. Pero los libros están bien y, por supuesto, su público natural no soy yo.

Jesús Díez de Palma. El festín de la muerte (2012). Madrid: SM, 2012; 395 pp.; ISBN: 978-84-675-5336-9.
David Fernández Sifres. El faro de la mujer ausente (2012). Zaragoza: Edelvives, 2012; 203 pp.; col. Alandar; ISBN: 978-84-263-8147-7.

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jueves, 11 de octubre de 2012

Dos exposiciones, cercanas y de amigos, en los próximos días:

Fuera de campo. Burgos, desde el 11 hasta el 28 de octubre.

Patria común. Delibes ilustrado. Valladolid, desde el 18 de octubre al 27 de enero.

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miércoles, 10 de octubre de 2012

Os gustará esto (como a todos),
de Ruth White, es una novela de ciencia-ficción más bien infantil y muy muy estadounidense, demasiado diría yo. Cuando la familia Blue —los hijos Maggie y David, la madre y el abuelo— debe huir de su ciudad, terminan llegando a Fashion City, una ciudad que pertenece a un Estados Unidos paralelo y muy distinto. Allí ven que todo está muy controlado, comprueban que los ancianos y los discapacitados no tienen ningún futuro y, enseguida, se dan cuenta de que deben huir.

Para muchos lectores, la presentación de personajes de distinto tipo —como Elvis, Baum, Lincoln, Luther King…—, que aparecen en la novela todos al mismo tiempo y nivel, resulta, por lo menos, chocante. No falta tampoco el enfoque voluntarista disneyano: «Nada es imposible si nos lo proponemos de todo corazón y con ganas», dice la madre a sus hijos. Dejando esas cuestiones de lado, es un relato hecho con oficio, con una narradora simpática y un gran comienzo. Como es habitual en el subgénero, todo se cuenta en presente; la narración corre a cargo, casi alternativamente, de los dos hermanos, aunque predomina la visión de Maggie; hay referencias a personajes de moda, etc.

Ruth White. Os gustará esto (como a todos) (You’ll like it here (everybody does), 2011). Zaragoza: Hidra, 2012; 314 pp.; trad. de Marta Morros Serret; ISBN: 978-84-92939-80-0.

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martes, 9 de octubre de 2012

En Jugar el juego de las formas, una especie de memorias que Anthony Browne ha escrito con ayuda de su hijo, habla de su evolución como ilustrador y como autor de álbumes, de los recursos gráficos y compositivos que usa, de su talante al abordar sus álbumes y las ilustraciones para textos de otros (comenta en particular las ilustraciones que puso a En las nubes), y de más cosas.

Una de las conclusiones de conjunto es que, al igual que Maurice Sendak decía de sí mismo que había sido bendecido con el don de tener una memoria muy viva de su infancia, también Browne ha recibido el mismo regalo: sus álbumes recurren mucho a sus propias experiencias de la infancia y, luego, al hecho de haber vuelto a experimentar la infancia de nuevo a través de sus hijos.

Otra, que se aprecia según va señalando cómo, con cada álbum, va progresando e intentando nuevas cosas, es la coherencia de su obra, en parte gracias a la gran ayuda de la que fue su editora durante muchos años, Julia McRae —según afirma Browne, buena parte de la calidad de sus textos se debe a ella—, y gracias también a que, dice al final, «he tratado de resistir a la tentación de hacer tonterías fáciles y siempre intento producir libros en los que crea».

Anthony Browne y Joe Browne. Jugar el juego de las formas: una retrospectiva de la vida y obra del laureado creador de Willy (Playing the Shape Game, 2011). México: Fondo de Cultura Económica, 2011; 240 pp.; trad. de María Vinós; ISBN: 978-956-289-089-2.

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lunes, 8 de octubre de 2012

En Sombrero, de Paul Hoppe, un niño llamado Henry pasea con su madre por el parque y ve un sombrero rojo abandonado. A continuación se imagina todos los usos posibles que tiene un sombrero como ese. Pero entonces su madre le pregunta: ¿y si otra persona necesita este sombrero?

Con dibujos coloreados, propios de un caricaturista, el autor debuta en los álbumes con esta divertida historia donde se ve cómo puede dispararse la imaginación infantil. Dado el tono no importa mucho que  algunas de las escenas imaginadas parece que van más allá de la edad de Henry. Su madre, de modo parecido a cómo lo hace la madre de Un mensaje para Papá Noel, es un ejemplo de cómo el adulto puede ayudar al niño a pensar en las necesidades de los demás.

Aquí se puede recordar que, dice Maryanne Wolf, hacia los tres años y medio es el momento de poner las bases de «una de las habilidades sociales, emocionales y cognitivas más importantes que un ser humano puede adquirir: la capacidad de ponerse en el lugar de otro. Entender los sentimientos de los demás no es sencillo para los niños de tres a cinco años. (…) Es su incapacidad para pensar en lo que piensan los demás —no su inmoralidad— lo que les impide saber lo que otra persona siente».

Paul Hoppe. Sombrero (Hat, 2009). Barcelona: Flamboyant, 2011; 32 pp.; trad. de Helena Martín; ISBN: 978-84-937825-6-6.
Maryanne Wolf. Cómo aprendemos a leer: historia y ciencia del cerebro y la lectura (Proust and the Squid, 2007). Barcelona: Ediciones B, 2008; 335 pp.; trad. de Martín Rodríguez-Courel; ISBN: 978-84-666-3835-7.


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domingo, 7 de octubre de 2012

Para explicar por qué la novela entró en crisis en la segunda mitad del siglo XX, John Lukacs da, como primera razón, esta: que «los Hechos se han vuelto más extraños que la Ficción. (...) Estoy pensando en la cantidad de despropósitos que nos rodean noche y día, que se hacen patentes en los anuncios publicitarios, en los eslóganes, en las campañas de promoción, en ese pseudolenguaje tecnológico y pueril, en los sonidos y los gritos de la música popular, etc. Es difícil satirizar y parodiar estas cosas porque para hacerlo no haría falta tanto distorsionar la realidad cuanto exagerar los disparates que de hecho ya existen. La imprescindible imaginación del novelista desfallece, no sólo ante la monstruosidad, sino ante la acumulación mortífera de estupideces que se da en esta era de la alfabetización universal, cuando uno se topa con tantas banalidades en la conversación, y tantas faltas expresivas en el lenguaje público que la propia grabación y reproducción fiel de este parecería una exageración de todo punto irreal».

John Lukacs. El futuro de la Historia (The Future of History, 2011). Madrid: Turner, 2011; 158 pp.; col. Noema; trad. de María Sierra; ISBN: 978-84-7506-446-8.

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sábado, 6 de octubre de 2012

Ernst Jünger: «El secreto de la Odisea y de su influencia está en que ofrece una parábola del camino de la vida. Detrás de la imagen de Escila y Caribdis se esconde una protofigura. El ser humano sobre el que pesa la cólera de los dioses se mueve entre dos peligros, cada uno de los cuales intenta sobrepasar en horror al otro. Así, en las batallas de cerco el ser humano se encuentra entre la muerte en combate y la muerte en cautiverio. Ve que su vida depende de aquel estrecho y espantoso desfiladero que queda entre esas dos clases de muerte».

Ernst Jünger. Radiaciones I (Strahlungen I: Gärten und Strassen, Das erste Pariser Tagebuch, Kaukasische Aufzeichnungen, 1979). Barcelona: Tusquets, 1989; 461 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-110-0.

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viernes, 5 de octubre de 2012

No tengo miedo,
de Niccolò Ammaniti, se desarrolla durante el caluroso verano de 1978 en Acqua Traverse, imaginario pueblo pequeño del sur de Italia. Michele Amitrano, un niño de 9 años, cuenta, bastante tiempo después, que un día que, junto con sus compañeros de pandilla, salió en bicicleta y, por cumplir el mandato del líder del grupo entró en una casa abandonada, descubrió a un chico atado del que pensó que estaba muerto. No dijo nada de su hallazgo pero más tarde volvió solo al lugar y comprobó que estaba vivo, que tenía más o menos su edad, y que no decía más que incoherencias. Luego la relación continúa y, poco a poco, Michele se hace cargo de lo que ocurre.

Novela «sobre niños», con unos personajes bien perfilados, con un hilo argumental que tira del lector hacia delante, y con breves descripciones magníficas —como cuando los chicos suben al monte, «colina arriba, dejando tras de sí una estela de tallos abatidos»—. Recoge bien el mundo interior del protagonista, el trato con su hermana pequeña y con sus amigos, los sentimientos hacia sus padres y vecinos, la forma en que van creciendo sus temores. También presenta con acierto el comportamiento de los adultos con los chicos: la forma en que se dan unidas la brusquedad y la ternura, los momentos de violencia junto a los de afecto. No hay justificaciones para los comportamientos miserables: el narrador, simplemente, cuenta y deja que los hechos hablen por sí mismos.

Niccolò Ammaniti. No tengo miedo (Io non ho paura, 2001). Barcelona: Anagrama, 2011; 232 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Juan Manuel Salmerón; ISBN: 978-84-339-7578-2.

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jueves, 4 de octubre de 2012

Después del citado ayer, otro libro que da idea de la facilidad con la que Michael Grant puede armar historias complicadas es Olvidados, la primera novela de una serie de seis libros de fantasía y ciencia-ficción de los que se han publicado los cinco primeros en los EE.UU. (El título original es Gone: no sé si Olvidados responderá a lo que narran las otras novelas).

En el pueblo californiano de Perdido Beach y sus alrededores ocurre algo extraño: desaparecen repentinamente todos los mayores de quince años y los chicos que quedan intentan organizarse. Hay varios grupos: uno, en torno al sensato Sam Temple; otro, en torno a Orc, el matón; otro, en torno a Caine Soren, un chico de un colegio cercano que se hace con el dominio de la situación. Pronto se descubre que hay quienes tienen poderes especiales. La situación se deteriora cuando los servicios de control y policía, creados por los mismos chavales, se comportan de modo salvaje. Además, hay un hilo argumental aparte que sigue a una chica que ha tenido un accidente y que, como consecuencia, descubre que puede curar las heridas con sólo tocarlas y que hay un ser misterioso que controla a unos coyotes que le obedecen.

Los relatos son largos —en este tipo de sagas no se considera que la buena literatura, entre otras cosas, debe hacer corta una historia larga, sino todo lo contrario—, y los personajes y las derivaciones son muchas. No faltan las referencias a películas, canciones y libros. Todo acaba siendo desbordante, aunque la narración es clara y la acción corre rápido hacia delante, con buenos diálogos, observaciones escuetas, y continuos momentos de tensión (el autor es experto en esto y se nota: en este sentido la novela gana por goleada a las distopías citadas en notas anteriores). Como a la edad de quince años se desaparece, se usa el recurso de que cada capítulo indica el tiempo que falta para que desaparezcan tanto Sam como Caine, que han nacido casi al mismo tiempo.

Algunos comentarios han comparado esta novela con El Señor de las moscas. Sin duda, el arranque y el planteamiento inicial recuerdan un poco a esa novela, pero (dejando de lado la fuerte componente fantástica) eso pronto deja paso a una situación muy distinta: no estamos ante una novela seria que provoca la reflexión y hace notar el horror, sino ante una novela de entretenimiento que recurre a presentar niños que maltratan e incluso matan a otros niños, aparte de que haya momentos macabros y sucedan más cosas desagradables (y, según he leído aquí, parece que, al avanzar la serie, todo va enrareciéndose más). Por tanto, igual que a varias distopías citadas semanas atrás, por mi parte colocaría Olvidados en una categoría particular de novelas abyectas. No deberíamos necesitar muchas más experiencias de las que ya tenemos para comprender que trivializar la violencia y convertirla en espectáculo engendra violencia, y más aún cuando hablamos de ficciones que tratan sobre escolares y que se dirigen a escolares.

Michael Grant. Olvidados (Gone, 2008). Barcelona: Molino, 2012; 509 pp.; trad. de Raquel Herrera; ISBN: 978-84-2720-211-5.

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miércoles, 3 de octubre de 2012

Michael Grant es un autor con gran dominio de los resortes que hay que pulsar para crear relatos de fantasía y ciencia-ficción. Se puede comprobar en La llamada, primera novela de una serie titulada Los magníficos 12, un relato cómico con multitud de referencias a otros relatos que puede agradar a quienes sean adictos a este subgénero. El héroe es un chico de doce años llamado Mack MacAvoy. Estudia en el colegio Richard Gere de Arizona e intenta pasar inadvertido, pero tiene multitud de fobias y miedos, aunque no está entre ellas la de asustarse ante los abusones, una gran ventaja. Un día, en su casa, se le aparece un tipo rarísimo que le dice que ha de viajar para encontrar a otros once personajes que, con él, son los únicos que pueden salvar el mundo de la gran amenaza de la Reina Pálida. Luego, ese día tiene también un incidente con los matones del colegio. Ahí comienza la historia de Mack. Y, a todo esto, en capítulos alternos hay otro relato que se supone que se desarrolla mucho tiempo atrás.

La narración tiene un ritmo trepidante y momentos divertidos, aunque sea todo absurdo de principio a fin, casi una parodia de una parodia. El autor es consciente de lo que hace y, por ejemplo, cuando a Mack le dan la instrucción de que vaya a algún lugar que no se sabe cuál es y que busque a alguien que no se sabe quién es y, lógicamente, pregunta: «¿Te das cuenta de que lo que me estás diciendo no tiene ningún sentido?», su interlocultora le responde: «Sí, lo sé. Pero, para serte sincera, nada de esto tiene ni pies ni cabeza». También son muchas las alusiones tecnológicas con las que un lector joven conecta con facilidad. Así, cuando Mack intenta buscar y no encuentra en Google ciertas palabras raras que oye, se dice: «Era deprimente. Si Google no tenía la respuesta, ¿cómo iba a descubrirlo Mack?». O bien, cuando a Mack cuando se le aparece un golem que le dice que le sustituirá en su casa mientras él viaja por el mundo, se pregunta: «¿Esto es real o se ha estropeado el sistema operativo del Universo? ¿Es esto el equivalente en la vida real a un fallo del antivirus? ¿Me he perdido alguna actualización de software importante? Si es eso, ¿hay alguna manera de que pueda reiniciarme?». Bien, mi sistema operativo aún no está tan mal como para leer más libros de la serie.

Michael Grant. Los magníficos 12. La llamada (The Magnificent 12: The Call, 2010). Madrid: Hidra, 2011; 262 pp.; trad. de Marta Morros Serret; ISBN: 978-84-92939-63-6.

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martes, 2 de octubre de 2012

En el último Ilustratour descubrí que el único álbum ilustrado danés moderno publicado en castellano es Finn Herman, de Mats Letén y Hanne Bartholin. En él vemos a una señora de alta sociedad cuyo animal de compañía es un cocodrilo llamado Finn Herman. Cuando lo saca a pasear, la señora todo el tiempo teme que otros animales lo molesten: un pato, un gato, un perro, un niño, un elefante, etc.

La composición del álbum es excelente: las ilustraciones transmiten bien las actitudes de los personajes y la secuencia de los sucesivos episodios está bien narrada, a veces con páginas cortadas o desplegables, que sirven para mostrar el momento previo y el posterior a cada incidente. Junto con Hipersúper Jezabel, ¡Un huevo con sorpresa!, o Yo quiero mi gorro, Finn Herman forma parte de un grupo, no muy nutrido, de álbumes de humor sarcástico y contundente, contra quienes piensan en los niños como seres angelicales, o contra la visión cándida de la vida que respira el chiste, que yo leí a Terry Pratchett, del pueblo indígena que no tenía en su vocabulario la palabra «enemigo», pues usaba una que significaba «amigo que no conocemos», pero del que tristemente no queda ya nadie. Ese tipo de humor.

Hanne Bartholin. Finn Herman (2001). Texto de Mats Letén. Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2009; 36 pp., con algunas desplegables; trad. de Blanca Ortiz Ostalé; ISBN: 978-84-92412-38-9.

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lunes, 1 de octubre de 2012

Trasladar una obra conseguida en un medio —teatro, novela, relato corto, cine, etc.— a otro medio nunca es satisfactorio del todo. De álbumes como Donde viven los monstruos y Jumanji, por ejemplo, se han hecho películas que, por más que respeten la idea nuclear del original, acusan que los álbumes en sí mismos son perfectos y, por tanto, nada se puede hacer ya para mejorarlos, por más que se puedan expandir sus argumentos o dar soluciones imaginativas a muchas cosas, o lo que sea.

Otras situaciones se dan cuando el contenido fundamental de un relato, al pasar del original al cine, cambia por completo. Así sucedió con Shrek, de William Steig, al ser filmada por Dreamworks. En este caso el álbum —más bien un relato ilustrado, como es habitual en Steig, que pone imágenes encima o debajo del texto—, habla de un ser repulsivo, y encantado de serlo, que busca una princesa repulsiva como él: el narrador termina diciendo que «vivieron para siempre hediondamente, asustando a todos aquellos que se rieran de sus cuerpos apestosos».

En la presentación de una nueva edición de Shrek se define al protagonista como un «ogro contracultural» pues, ciertamente, su historia parece ir contra muchas convenciones (siempre y cuando pensemos en convenciones de hace tiempo, las de los editores y lectores ya mayores, y no en muchas convenciones actuales). En cualquier caso, al margen de la relativa originalidad que tuvo el personaje dentro de la LIJ, conviene advertir que Steig respeta las convenciones narrativas de este tipo de historias al pie de la letra; que al invertir todos los rasgos, y no sólo algunos, hace que la ironía pueda ser descodificada fácilmente por cualquier lector; que la insistencia exagerada en comportamientos que nadie querría tener cerca —como el de que Shrek disfruta soltando «apestosos gases»—, indica que la intención del autor es, justamente, la de hacer reír al lector niño y no tanto hacer que se cuestione nada. Total, no sé si llamar a Shrek contracultural es forzar demasiado la interpretación.

William Steig. ¡Shrek! (1990). Barcelona: Ediciones B, 2001; 32 pp.; trad. de Elena de la Vara; ISBN: 84-666-0258-5. Nueva edición en Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2012; col. Álbumes ilustrados; trad. de Elena del Amo; ISBN: 978-84-96509-61-0.

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