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Notas de octubre de 2013 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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jueves, 31 de octubre de 2013

Las ruinas del cielo es otro libro inclasificable de Christian Bobin. Se podría describir como una colección de reflexiones o de aforismos, algunas de las cuales tienen su origen en personajes y sucesos relacionados con la destrucción de la abadía de Port Royal en el siglo XVIII. El interés del autor es, como siempre, hablar de una forma de estar en la vida y de una forma de mirar alrededor. Por ejemplo: «Todos los hospitales están en el interior de un barrio de la luna. Visitar a un enfermo es el más extraordinario de los viajes que se puede llevar a cabo en esta vida». O bien: «Las manos de los recién nacidos y las de los viejos están a un milímetro del infinito». También hay ramalazos de buen humor: «Me pregunto por qué los abejorros son tan malévolos, ¿quizás tuvieron una infancia difícil?». O, al final, una consideración sobre la fortaleza de los débiles: «Es por su destrucción total por lo que triunfa Port-Royal: el Bien siempre acaba por perder, es su manera de ganar».

He puesto arriba frases que no están en este post —donde también hay otras de más libros del autor— ni en este comentario general a la obra de Bobin publicada en España. Un párrafo que tampoco figura en esos textos, y que a mí me gusta mucho, es este: «Después de la muerte de Vermeer en 1675 su viuda regala dos de sus cuadros al panadero para saldar una deuda contraída por varios años de consumo de pan. De un lado la luminosidad de nácar de las pinturas, del otro la corteza dorada del pan caliente: el intercambio es mucho más satisfactorio para el espíritu que la relación establecida entre una obra maestra y el dinero. El pan y la belleza son dos reinos comparables, dos alimentos indispensables en la vida eterna de cada día».

Christian Bobin. Las ruinas del cielo (Les ruines du ciel, 2009). Zaragoza: Sibirana, 2012; 136 pp.; trad. de A. Gª Inda y Mª José González Ordovás; ISBN: 978-84-939600-3-2.

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miércoles, 30 de octubre de 2013

He oído hablar bien de libros de Sonya Hartnett, una escritora australiana, pero, que yo sepa, en castellano sólo se ha publicado El burrito de plata y un álbum del que hablaré dentro de unos días.

Primera Guerra Mundial. Pueblo de la costa de Francia en el Canal de la mancha. Una mañana de primavera, Cocó y su hemana Marcelle encuentran a un oficial del ejército británico, el teniente Shepard, en el bosque. Ha perdido la visión y, por lo que sabremos, está huyendo, horrorizado, del frente de guerra. Las niñas le llevan comida y terminan pidiendo ayuda a su hermano mayor, para que el teniente pueda pasar el Canal y volver a su casa.

La historia está contada con amenidad y un punto de poesía. El hilo principal del soldado que huye no deja de ser un pretexto para contar cuatro relatos sobre burros. Uno, una versión muy libre de la burra que llevó a san José y la Virgen a Belén. Otro, que un día el sol decide no salir y, además, no hace caso a quienes le piden que cambie su decisión, salvo cuando el burro lo hace. Otro más, acerca de un camillero que, durante una guerra, iba con su burro allí donde había heridos para recogerlos. El cuarto, la historia del burrito de plata que el soldado conserva como un amuleto.

Sonya Hartnett. El burrito de plata (The Silver Donkey, 2004). Barcelona: Vicens Vives, 2010; 174 pp.; col. Cucaña; ilust. de Laura Carlin; trad. de Adolfo Muñoz; ISBN: 978-84-682-0032-3.

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martes, 29 de octubre de 2013

Sigo con monstruos españoles: los protagonistas de ¡Ñam! y de El monstruo Malacresta, de Puño.

En el primero se cuenta que un monstruo gigantesco se dirige hacia la ciudad y va comiéndose a la gente sin hacer caso ni de las exigencias del alcalde, ni del comisario de policía, ni de la gente enfurecida..., hasta que al rescate llega una niña.

En el segundo se nos dice que los monstruos salen por las noches para trabajar y, a través de los armarios, llegan a las habitaciones de los niños para asustarles. El monstruo Malacresta, sin embargo, una noche se quedó fascinado por una niñita que leía y tenía un vaso de leche en su mesilla…, contrastándola con él mismo en su propia Gruta Fétida.

Relatos simpáticos, que se desarrollan con ritmo rápido y que tienen imágenes contundentes y eficaces. El argumento de ¡Ñam! me ha recordado el de El monstruo peludo, que también tiene una heroína resuelta que hace frente a un monstruo, y El monstruo Malacresta tiene un aire a la película Monstruos S.A. pero contiene un excelente y mejor giro final, con acentos realistas y hogareños que a las abuelas les encantará.

Puño. ¡Ñam! (2009). Madrid: SM, 2009; 25 pp..; ISBN: 978-84-675-3802-1.
Puño. El monstruo Malacresta (todos menos uno) (2013). Madrid: SM, 2013; 67 pp.; col. El barco de vapor; ISBN: 978-84-675-5674-2.

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lunes, 28 de octubre de 2013

Juan Alquitrán, de Gloria Sánchez y Emilio Urberuaga, es un relato de advertencia como indica el subtítulo: «Cuento de niños para padres fumadores». En él se dice que todos tenemos pequeños monstruos que anidan en nuestro interior y que el del papá de Laura, Ernesto, es Juan Alquitrán, una perversa bola de humo que amenaza con devorarle el hígado si no le entrega su ración diaria de cigarrillos. Pero Laura también tiene su propio Coco que la asusta por la noche.

Simpatizo con la historia, con las imágenes y con su mensaje, aunque no sé hasta qué punto la formulación tan voluntarista con la que los héroes logran vencer al monstruo puede ser eficaz. En cualquier caso, la respuesta la deben dar los interesados en la cuestión y, por otra parte, la escritora, en la contracubierta, se declara «buena fumadora» por lo que debemos suponer que sabe bien de lo que habla.

Gloria Sánchez. Juan Alquitrán (2012). Barcelona: Edebé, 40 pp.; ilust. de Emilio Urberuaga; ISBN: 978-84-683-0733-6.

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domingo, 27 de octubre de 2013

La tragedia griega, de Jacqueline de Romilly, es una magnífica obra de síntesis que hace comprender sus rasgos propios y las aportaciones sucesivas de Esquilo, Sófocles y Eurípides.
 
En ella dice su autora que muchas obras modernas «se fundan en la amargura y el desaliento. Denuncian. Desesperan. Y por eso la diferencia con la tragedia se muestra claramente. Porque la tragedia vive de la acción e implica heroísmo. Construida alrededor de un acto que hay que llevar a cabo, la tragedia implica una afirmación del hombre. La palabra “drama” quiere decir acción. Porque, en la tragedia, se lucha. Se intenta obrar bien. Y todo lo que se hace, tanto para bien como para mal, se revela especialmente grávido de consecuencias».

La fe que la tragedia griega tiene en el hombre, continúa, «explica que, en todo tiempo, las desgracias representadas en la tragedia aparezcan ahí bajo una cierta luz que redime su horror o su amargura. El ejemplo de Antígona es su prueba resplandeciente, porque, si contempláramos la obra de Sófocles, nadie se quedaría jamás en el aspecto desolador de la obra: guardaríamos más bien en el corazón la admiración por la heroína. Y en todos los momentos de la historia hubo hombres que encontraron en ella estímulo y aliento».

Jacqueline de Romilly. La tragedia griega (La tragédie grecque, 1970). Madrid: Gredos, 2011; 192 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-2152-1.

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sábado, 26 de octubre de 2013

Gómez Dávila decía que es «inútil explicarle una idea al que no le basta una alusión». Y Borges, más explícitamente, lo dice así: «Cuando escribo, no pienso en el lector (porque el lector es un personaje imaginario) ni pienso en mí (quizá porque yo también soy un personaje imaginario), sino que pienso en lo que quiero transmitir y hago cuanto puedo para no malograrlo. Cuando yo era joven creía en la expresión. Había leído a Croce, y la lectura de Croce no me hizo ningún bien. Yo quería expresarlo todo. Pensaba, por ejemplo, que, si necesitaba un atardecer, podía encontrar la palabra exacta para un atardecer; o, mejor, la metáfora más sorprendente. Ahora he llegado a la conclusión (y esta conclusión puede parecer triste) de que ya no creo en la expresión. Sólo creo en la alusión. Después de todo, ¿qué son las palabras? Las palabras son símbolos para recuerdos compartidos. Si yo uso una palabra, ustedes deben tener alguna experiencia de lo que representa esa palabra. Si no, la palabra no significará nada para ustedes. Pienso que sólo podemos aludir, sólo podemos intentar que el lector imagine. Al lector, si es lo bastante despierto, puede bastarle nuestra simple alusión».

Jorge Luis Borges. «Credo de poeta», en Arte poética. Seis conferencias (This Craft or verse, conferencias pronunciadas en 1967). Barcelona: Crítica, 2005; 181 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Justo Navarro; prólogo de Pere Gimferrer; edición, notas y epílogo de Calin-Andrei Mihailescu; ISBN: 84-8432-603-9.

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viernes, 25 de octubre de 2013

El vino de juventud, de John Fante, es un conjunto de veinte relatos del autor, todos ellos en primera persona y con los mismos protagonistas, menos los dos últimos. Los doce primeros, publicados en 1940, cuentan incidentes de infancia y de juventud —de vida familiar, de vida parroquial, del ambiente entre los amigos del protagonista, de sus primeras rebeliones, etc.— del hijo mayor de dos emigrantes italianos, Guido Toscana y Maria Scarpi, que viven en Denver, Colorado. Los que narran las travesuras o malentendidos son realmente graciosos. Están ordenados de acuerdo con el crecimiento del héroe, por lo que, aparte de componer un buen cuadro ambiental, se pueden leer como una novela. Los interesados en Fante pueden acudir además a otra novela, Llenos de vida, que también tiene aires autobiográficos (y que a mí me gustó más que estas otras historias), sobre un joven escritor recién casado.

John Fante. El vino de juventud (The Wine of Youth, 1985). Barcelona: Anagrama, 2013; 316 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Antonio-Prometeo Moya; ISBN: 978-84-339-7867-7.

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jueves, 24 de octubre de 2013

Especies de espacios, de Georges Perec, es un pequeño gran libro que a todos los interesados en la creación gráfica les gustará conocer. Su objeto, dice su autor al comienzo, «no es exactamente el vacío, sino más bien lo que hay alrededor, o dentro». Señala enseguida que «hay espacios de todos los tamaños y especies, para todos los usos y para todas las funciones» y afirma que, a fin de cuentas, «vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse». Bien, pues a continuación va comentando con buen humor todos los espacios que habitamos, desde la misma página del libro (aquí está la inspiración de un libro excelente como Título del Libro), hasta el piso, la calle, la ciudad, el país… Y, como uno puede esperar del autor, no faltan frases ingeniosas —«el territorio nacional está cubierto en la totalidad de su superficie por un “espacio aéreo”»— y bromas bienhumoradas —«"¡Eh, chicos, que nos han descubierto!" (un indio que acaba de ver a Cristóbal Colón)»…

Georges Perec. Especies de espacios (espèces d' espaces, 1974). Barcelona: Montesinos, 2004; 152 pp.; trad. de Jesús Camarero; ISBN: 978-8495776723.

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miércoles, 23 de octubre de 2013

Un relato extraordinario, políticamente incorrecto para algunos, que se desarrolla en las montañas de Oklahoma hace ya unos sesenta o setenta años: La leyenda del helecho rojo, de Wilson Rawls. Es la historia de un niño entusiasmado con sus dos magníficos perros a los que entrena para cazar mapaches. Un libro que no hay que perderse.

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martes, 22 de octubre de 2013

La gota gorda, de Patricia Metola y Juan Villoro, tiene como uno de sus protagonistas a Max Máximus, el único gigante de su pueblo y alguien muy útil para todo tipo de cosas. No tenía que hacer mucho esfuerzo para nada y nunca sudaba, por eso nunca podía decir esa frase de «sudé la gota gorda». Pero Max tiene una hija muy pequeña, llamada María, que no llega más alto que su tobillo, y que desea bañarse en el mar. Cuando sus padres le dicen que no pueden ir, a María se le ocurre que tal vez pueda bañarse en una gota gorda de agua salada…

Relato que presenta bien, en escenarios modernos, una figura clásica de gigante amable. Las ilustraciones, apoyadas en dibujos como esbozados de Max y María, sacan partido a la ternura que inspira un ser tan grande cuidando a una niña tan pequeña. Las figuras comunican ingenuidad y simpatía. Las dobles páginas están bien compuestas El texto va sobre fondo blanco allí donde conviene, de manera que la composición de las dobles páginas está siempre bien equilibrada.

Patricia Metola. La gota gorda (2013). Texto de Juan Villoro. Madrid: SM, 2013; 36 pp.; ISBN: 978-84-675-5106-8.

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lunes, 21 de octubre de 2013

Este no es mi bombín es un álbum con el mismo tipo de humor y parecidas figuras impasibles a las del álbum anterior de Jon Klassen. Difiere de él, sin embargo, en que aquella historia se desarrollaba en presente y las ilustraciones mostraban las cosas que ocurrían en el momento que se contaban, y esta, sin embargo, tiene momentos en los que vemos escenas que recuerda el narrador y también sucesos que ignora.

El argumento es que un pececillo ha robado un bombín a un enorme pez. El pequeño pez va contando su hazaña al lector —por qué lo ha hecho, por qué piensa que el pez grande nunca le descubrirá, a dónde va, cómo piensa ocultarse, etc.—, mientras el lector también ve al pez grande despertarse y otras cosas que no imagina el confiado pececillo.

Para los estudiosos de los álbumes vale la pena observar la forma en que las palabras o pensamientos del narrador, que a veces recuerdan algo y a veces adelantan algo, se combinan con las imágenes que contradicen lo que supone, y van alertando al lector. Las imágenes son económicas y sugerentes, y la secuencia es excelente.

Jon Klassen. Este no es mi bombín (This is not my Hat, 2012). Santander: Milrazones, 2013; 34 pp.; trad. de Paz Gil Soto; ISBN: 978-84-940479-1-6.

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domingo, 20 de octubre de 2013

Esquilo: creador de la tragedia es un antiguo libro que merece la pena conocer. Dice su autor, Gilbert Murray, que la tragedia es «casi exclusivamente una forma artística griega. El drama es común a toda la raza humana pero la tragedia como institución apenas si se encuentra más que en la Grecia clásica y en las sociedades de influencia griega». Desde su autorizado punto de vista, Murray dice que la tragedia es «la canción o la ficción que trata de “las muertes y los terribles infortunios” y nos concede la revelación —o tal vez la ilusión— de que hay otros valores accesibles para el hombre, más allá de los valores obvios de la vida o la muerte física, de felicidad o sufrimiento, y que, al alcanzarlos, el espíritu humano puede vencer a la muerte y la vence en efecto». Pues bien, quien estableció la tragedia en ese sentido, su creador por tanto, fue Esquilo, un autor que supo aportar grandeza o majestad a historias previas, que fue un innovador en la técnica escénica, y que demostró una enorme fuerza intelectual como pensador.

Gilbert Murray. Esquilo: creador de la tragedia (Aeschylus. The Creator of Tragedy, 1940). Madrid: Gredos, 2013; 207 pp.; trad. de Julia Alquézar; ISBN: 978-84-249-1050-1.

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sábado, 19 de octubre de 2013

Dos comentarios de Borges acerca de los clásicos o, en general, acerca de los buenos libros:

—Uno: al comentario de un entrevistador, sobre que se dice de él que es un clásico viviente, Borges replica: «Bueno… es un generoso error. Pero, en todo caso, he transmitido el amor por los clásicos a otros. (…) Y de algún clásico reciente, un poco olvidado ya. Porque se olvidan clásicos recientes: por ejemplo, yo he difundido en diversos continentes el amor por Stevenson, el amor por Shaw, el amor por Chesterton, el amor por Mark Twain, el amor por Emerson; y, bueno, quizás eso sea lo esencial de lo que se ha dado en llamar mi obra: el haber difundido ese amor».

—Otro: «Los buenos libros han de venir al fin de las literaturas: son la destilación de muchos libros anteriores, de muchas literaturas. Ha de haber habido muchos libros de viajes para llegar a Simbad».

Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari. Diálogos (1992). Selección de sesenta de las noventa conversaciones radiofónicas que tuvieron los autores entre 1984 y 1985. Barcelona: Seix Barral, 1992; 383 pp.; ISBN: 84-322-4677-8.
Adolfo Bioy Casares. 5 de octubre de 1958, en Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

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viernes, 18 de octubre de 2013

El octavo día fue la última novela de Thornton Wilder. Ese dato importa porque sólo una gran madurez da el dominio necesario para abordar y controlar un argumento que, centrado en un acontecimiento singular, abarca cuatro generaciones y toca muchas teclas distintas. Puede dar idea de lo anterior decir que tiene partes de intriga detectivesca, y de huida y persecución; otras de lucha por sobreponerse a la pobreza, y también de ascensos sociales fulgurantes; otras de denuncia de los abusos laborales sobre los que se construyen algunas fortunas; otras de reflexión, sobre las consecuencias que tiene una u otra educación; más, sobre los cimientos de los Estados Unidos y sobre la imposibilidad de comprender los destinos humanos… Luego, el relato avanza hacia delante y hacia atrás con fluidez: el autor mantiene al lector en vilo, anunciando cosas que ocurrirán, buscando explicaciones en el pasado, y siendo también un tanto impredecible. Eso sí, no todo es perfecto: a la historia tal vez le sobran algunas divagaciones y preguntas retóricas en boca del narrador o en la de algunos personajes, por más que algunas sean interesantes y que, sin duda, es una manera de darle un sabor particular.

En un extraordinario prólogo se presentan el escenario —Coaltown, una ciudad provinciana minera de Illinois—, los principales personajes y el misterio principal: el año 1902, al director de la empresa minera, Breckenridge Lansing, su amigo y gerente de la mina, John Ashley, le disparó por la espalda en presencia de sus respectivas esposas, Eustacia y Beata. A pesar de lo extraño del asunto los hechos no dejan lugar a dudas y John Ashley es condenado pero, durante su traslado a prisión, unos misteriosos enmascarados aturden a los guardias y lo liberan. En sucesivos capítulos la novela sigue la escapada de Ashley hasta Chile, donde acaba trabajando en otra empresa minera; la marcha de su hijo Tom a Chicago, con 17 años, y cómo se abre camino allí como periodista; la vida difícil de Beata y sus tres hijas, que se quedan en el pueblo y terminan abriendo una pensión; y la de Eustacia y sus dos hijas e hijo. También, el relato va echando atrás la vista para saber quiénes fueron los padres alemanes de Beata y los criollos de Eustacia, y encontrar ahí algunas explicaciones o justificaciones de lo que sucedería después.

Al final del relato tendremos la explicación del título: este se propone al principio, en una fiesta para dar la bienvenida al nuevo siglo, cuando un médico escéptico anuncia que la humanidad inicia una etapa en la que surgirá un hombre nuevo, el hombre del octavo día. La narración contiene muchas referencias de toda clase: a la antigüedad romana; a obras literarias de muchos lugares, rusas en particular; a canciones de tipo popular o religioso, etc. Son también abundantes las explicaciones caracteriológicas: se hacen generalizaciones amplias y se obtienen, a veces, conclusiones excesivas. Pero al lector no le importará mucho pues la tensión por saber qué ocurrió es continua y, como en cualquier novela dickensiana, aparte del interés de las historias que cuentan ascensos sociales y las que hablan de la lucha por salir de la pobreza, surgen aquí y allá personajes secundarios magníficos. El narrador subraya que así, del entretejido de vidas humanas que presenta, nace Norteamérica; y conduce bien al lector a la idea de que la vida es para nosotros como un tapiz por detrás, todo hilos y nudos, en el que «no es posible ver el diseño de conjunto», tal como afirma un personaje un tanto místico. Por último, el desenlace no defrauda.

Thornton Wilder. El octavo día (The Eight Day, 1967). Madrid: Automática, 2013; 530 pp.; trad. y notas de Enrique Maldonado Roldán; ISBN: 978-84-15509-14-1. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 17 de octubre de 2013

Tengo en mi estantería dos antiguas y valiosas novelas que difícilmente se volverán a publicar: Sea Change y Cold Hazard, de Richard Armstrong. Son relatos marineros realistas que cuentan procesos de maduración de sus protagonistas, jóvenes aprendices en barcos mercantes. A pesar de su calidad narrativa, de la verosimilitud de las descripciones y de lo bien que se recogen los conflictos interiores de los chicos, tienen problemas para ser editadas hoy: son narraciones lentas, se ambientan en barcos de los años cuarenta, y son novelas totalmente masculinas...

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miércoles, 16 de octubre de 2013

Luces en el canal, de David Fernández Sifres, tiene lugar en Amsterdam. Los personajes principales son Jaap Dussel, un mendigo que vive con su esposa en una barca del canal, y Fredericks, o Frits, un niño al que le falta una pierna. Ambos se hacen amigos a pesar de que, a la madre de Frits, no le hace gracia. Por otro lado, algunas actividades de Jaap atraen sospechas de la gente y de la policía.

La historia respira bondad y tiene calidez, como corresponde a un relato cuyos dos protagonistas sufren problemas de aceptación social y, también, como suele ocurrir cuando se refleja bien la amistad entre un niño y un anciano. El giro final, que cambia el paso y el tono del relato, no es del todo convincente pero, en cualquier caso, es un remate amable. Las ilustraciones, coloristas e intensas, no sólo recogen bien los ambientes y las actitudes de los personajes, sino que también llevan buena parte del peso y del atractivo del libro.

David Fernández Sifres. Luces en el canal (2013). Madrid: SM, 2013; 103 pp.; ilust. de Puño; ISBN: 978-84-675-5192-1.

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martes, 15 de octubre de 2013

Mi nombre es HOY es una versión de un cuento popular coreano, escrita por Zo Ho-sang e ilustrada por Kim Dong-Sung. En ella, una niña huérfana llamada Hoy que vive en un valle desierto, echa de menos a sus padres y, cuando averigua que viven en Woncheongang, una ciudad mágica en el cielo, va en su busca. Encuentra personas que la orientan y aconsejan pero que, también, le piden que les traiga una respuesta. Consigue su objetivo y, de regreso, va resolviendo las dudas de quienes le ayudaron.

Bonita historia, ilustrada con unas vistosas y económicas acuarelas que acompañan cada una de las etapas del viaje de Hoy. La contracubierta dice que nos enseña que «todos podemos encontrar nuestro camino y que lo importante en ese largo viaje es su recorrido». Sin embargo, tal como yo la leo, si algo nos enseña es que lo importante no es el recorrido sino que, sin meta —encontrar a los padres— no habría viaje y, por tanto, difícil que Hoy hubiera tenido tenacidad para continuar, humildad para dejarse aconsejar y generosidad para ayudar a los demás.

Kim Dong-Sung. Mi nombre es HOY (Today is My Name, 2003). Texto de Zo Ho-sang. Madrid: Cuento de Luz, 2010; 38 pp.; trad. de Ana Maria Alvarez de Eulate; ISBN: 978-8493781477.

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lunes, 14 de octubre de 2013

¿Dónde están mis gafas?, de María Pascual, es un incidente casero transformado en un álbum sin palabras. En él vemos a un orondo personaje que no sabe dónde están sus gafas y recorre toda su casa buscándolas. Mira en los bajos del sillón, en el frigorífico; comprueba si no se las habrá comido el perro, etc. También hay momentos en los que se pone a leer pero no ve bien, y reemprende la búsqueda.

Las ilustraciones están bien compuestas y cuentan el incidente ordenadamente. Las imágenes están repletas de detalles para fijarse y abordan la situación desde todos los ángulos imaginables: a veces vemos lo que mira el protagonista y, en ocasiones, se nos enseñan las cosas desde planos cenitales. La comicidad está en que el suceso es familiar a cualquiera, en el recurso de darle al lector la información que no tiene el personaje, y, sobre todo, en la simpatía que desprenden la figura y los esfuerzos del héroe.

María Pascual. ¿Dónde están mis gafas? (2012). Barcelona: Thule, 2012; 24 pp.; col. Trampantojo; ISBN: 978-8415357056.

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domingo, 13 de octubre de 2013

Dos ideas de Ernst Jünger acerca del estilo literario:

—«Un estilo que repite o imita es sospechoso, aunque resulte encantador. Ésa es la ventaja de los epígonos y los decadentes: la ola hace más espuma en popa que en proa».

—«La lectura se dificulta con palabras que están pasadas de moda, también con provincialismos que sólo se usaban en el entorno de un pueblo. En cambio, resultan menos molestos los descuidos y los saltos de una idea a otra, más bien dan vida, como una catarata. Asimismo frases que son tan sencillas como logradas. Mirando por la ventana mientras llueve: Les branches minces enfilent des gouttes de pluie. Buena también: “La tormenta sacude un árbol sin frutos como un titán ciego”».

Ernst Jünger. 12 de enero de 1986 y 3 de mayo de 1986, en Pasados los setenta IV. Radiaciones VI. Diarios (1986-1990) (Siebzig Verweht IV. Tagebücher VIII. Strahlungen VI, 1995). Barcelona: Tusquets, 2011; 431 pp.; trad. de Isabel Hernández; ISBN: 978-84-8383-216-5.

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sábado, 12 de octubre de 2013

Borges: La Odisea podemos leerla de dos maneras o, si se quiere, podemos leer en ella dos historias: «el regreso de Ulises a su casa y las maravillas y peligros del mar. Si tomamos la Odisea en el primer sentido, entonces tenemos la idea del regreso, la idea de que vivimos en el destierro y nuestro verdadero hogar está en el pasado o en el cielo o en cualquier otra parte, que nunca estamos en casa.

Si la leemos en el segundo sentido, y podemos pensar en la versión árabe de la Odisea contenida en Las mil y una noches, los siete viajes de Simbad el marino, la Odisea no es «la historia de un regreso, sino un relato de aventuras; y creo que como tal lo leemos. Cuando leemos la Odisea, creo que lo que sentimos es el encanto, la magia del mar; lo que sentimos es lo que el navegante nos revela. Por ejemplo: no tiene ánimo para el arpa, ni para la distribución de anillos, ni para el goce de la mujer, ni para la grandeza del mundo. Así tenemos las dos historias en una: podemos leerla como un retorno a casa y como un relato de aventuras, quizá el más admirable que jamás haya sido escrito o cantado».

Jorge Luis Borges. «El arte de contar historias», en Arte poética. Seis conferencias (This Craft or verse, conferencias pronunciadas en 1967). Barcelona: Crítica, 2005; 181 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Justo Navarro; prólogo de Pere Gimferrer; edición, notas y epílogo de Calin-Andrei Mihailescu; ISBN: 84-8432-603-9.

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viernes, 11 de octubre de 2013

Del color de la leche, de Nell Leyshon, es un intenso relato corto. Es difícil no sentirse cautivado por la voz narrativa, en muchos aspectos conseguida y conmovedora, y también no quedarse abrumado por la tristeza con regusto vengativo que acaba destilando la historia.

Un pueblo inglés, en 1831. Una criada llamada Mary que, por lo que sabremos, ha aprendido a leer y escribir hace poco, narra cosas de su vida en un texto sin mayúsculas, con escasa puntuación, y con una redacción elemental (aparentemente). Cuenta que, con 14 años, trabajaba con sus padres y sus hermanas mayores en la granja pero que, al cabo de un tiempo, el vicario le pidió a su padre que viviera en su casa para cuidar de su mujer, muy enferma. Ella no lo desea, a pesar de que las condiciones de vida son muchísimo mejores, pero ha de acceder y, además, su aspereza y sinceridad la hacen muy divertida, y su eficacia y buena disposición la hacen muy útil. Más adelante llega un momento en el que el vicario se ofrece a enseñarle a leer y escribir.

Los personajes son creíbles y su lenguaje y comportamiento bronco, el de la familia de Mary, encaja bien con la dureza de sus vidas. La capacidad descriptiva de la narradora, convenientemente limitada a las cosas que ve y conoce de primera mano, es certera, como cuando dice que «mi lengua es rápida como la lengua del gato cuando se bebe a lametones la leche del cubo»; o cuando afirma que «la gente nunca ve lo malo, dije yo, cuando lo tienen tan cerca. como la cerda cuando se tumba encima de su propia mierda».

Dicho lo anterior, si alguien tiene interés en este libro, le aconsejaría vivamente no empezarlo por las observaciones de la prologuista que, por lo que se ve, son también las intenciones de la escritora. No es que no sean ciertas las cosas que dice ni las denuncias que hace sino que, ante un relato así, lo mejor es confiar en su fuerza y en la capacidad del lector, y no ponerle un marco que condicione y dirija la lectura. En mi opinión un libro así debería ser editado sin explicaciones o, en último caso, el prólogo debería ser un  epílogo.

Nell Leyshon. Del color de la leche (The Colour of Milk, 2012). Madrid: Sexto Piso, 2013; 174 pp.; prólogo de Valeria Luiselli; trad. de Mariano Peyrou; ISBN: 978-84-15601-34-0.

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jueves, 10 de octubre de 2013

El protagonista de Uno de los nuestros, de Willa Cather, es Claude Wheeler, un chico al que su padre pone al frente de la granja familiar, en Nebraska, aunque sus deseos son otros, pues le gustaría estudiar en la universidad y tiene unas ansias que no sabe como satisfacer. Se casa con una chica que conoce desde la infancia pero pronto comprueba que su mujer tiene otros intereses y, además, cuando enferma una hermana suya, misionera en China, se ausenta. Entretanto él se alista como voluntario para combatir en la primera Guerra Mundial: en ese ambiente, a través de muchas peripecias, sus horizontes vitales se ampliarán de forma inesperada.

La novela es interesante, como todas las de Cather, pero insatisfactoria. La parte de la guerra no es convincente tal vez porque, después de tantas historias sobre lo mismo, no nos suenan verdaderos los acentos amables e idealistas del narrador. Tampoco está logrado el protagonista: diría que Cather lo dibuja calcado sobre las heroínas de sus mejores novelas. Luego, algunos flecos argumentales quedan colgados —por ejemplo, la mujer de Claude desaparece sin más del relato cuando se marcha—. En cualquier caso, la calidad narrativa y descriptiva es magnífica y la novela, en los ambientes que Cather domina como nadie, en la primera parte, tiene momentos excelentes. Uno es el de la conversación que Claude tiene con su futuro suegro y este intenta «advertirle, sin dar muchos detalles, de ciertas decepciones desgarradoras. Vio que no era posible: la comunicación entre un viejo y un joven era tan difícil como que los muertos hablasen a los vivos».

Willa Cather. Uno de los nuestros (One of Ours, 1922). Madrid: Nórdica, 2013; 494 pp.; trad. de Beatriz Bejarano del Palacio; ISBN: 978-84-92683-43-7.

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miércoles, 9 de octubre de 2013

Tomek. El río al revés, de Jean-Claude Mourlevat, es un buen relato, en la tradición de los viajes a lo Alicia, con compañías y por países singulares, y en la tradición de las novelas de aprendizaje.

En otros tiempos, según anuncia el narrador, un huérfano de trece años, llamado Tomek, vivía en un pacífico pueblo donde llevaba un Almacén de todo tipo de cosas. Un día llegó a él una niña extraña, de doce años, que más tarde sabrá que se llama Hannah, que le pide agua del río Qjar, un agua que evita la muerte. Tomek no la tiene y, más tarde, el viejo Icham le explica que el río Qjar corre del revés y nadie sabe dónde está. Las ansias de Tomek de volver a estar con Hannah son muy grandes y, sin decir nada a nadie ni despedirse, sale de viaje: atravesará el Bosque del Olvido, vivirá un tiempo en la aldea de los perfumistas, encontrará la Isla Inexistente, ascenderá a la Montaña Sagrada…

Los protagonistas son simpáticos y atraen. La narración es amable, tiene momentos chispeantes y escenarios conseguidos. Se intercalan las historias de otros personajes, algunos verdaderamente notables. El autor hace una referencia a una obra de la condesa de Ségur, cuando aparece un personaje llamado Marie con un burro de nombre Cadichón. Sorprende que sean varios los personajes que no son leales a los compromisos que tienen aunque luego lo sean hasta el final. No es que esto no sea posible, que obviamente lo es, sino que aquí sucede con frecuencia y como sin propósito de enmienda: Tomek se va sin despedirse y dejando todo colgado; Marie abandona a su marido estando recién casada para irse con otro; el padre de Hannah arruina a su familia y deja a su mujer y a sus hijos por compasión hacia un... gorrión. Y hay otro, Bastibal, que actúa igual pero, en este caso, al menos manifiesta que siente arrepentimiento por su comportamiento previo.

Jean-Claude Mourlevat. Tomek. El río al revés (Le Rivière à l´envers, tome 1: Tomek, 2012). Madrid: Demipage, 2012; 268 pp.; ilust. de Clara Luna; trad. de Sofía Rhei; ISBN: 978-84-92719-37-2.

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martes, 8 de octubre de 2013

La reina de las ranas: no puede mojarse los pies, de Marco Somà y Davide Cali, es un relato de tipo «educativo» pensado para que los lectores se planteen la legitimidad de origen de sus gobernantes y la forma en que, tantas veces, adquieren privilegios abusivos. Cuando unas ranas están tocando y cantando juntas (tienen una orquesta de jazz), algo cae en el estanque. Luego, una rana emerge con una corona en la cabeza y alguien exclama: «¡Mirad, es la reina de las ranas!». A partir de ahí, recibe homenajes de reina y se forma una corte a su alrededor. Hasta que…

El argumento es un poco simple al plantear cómo alguien puede llegar a ser rey, pero tiene su punto de realismo y es eficaz cuando pinta ciertas actitudes y comportamientos. Las ilustraciones son excelentes, no sólo porque su secuencia sea buena, tengan calidad y acompañen bien el texto, sino porque resultan amables y simpáticas al presentar a los personajes, y lo hacen sin caer en la trampa de hacer odiosos a unos y agradables a otros. En definiva, buen álbum aunque, al menos yo, siempre dudo de hasta qué punto y en qué forma se han de presentar cosas como estas a los niños.

Marco Somà. La reina de las ranas: no puede mojarse los pies (A rainha das räs não pode molhar os pés, 2012). Texto de Davide Cali. Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2013; 36 pp.; ISBN: 978-84-941041-0-7.

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lunes, 7 de octubre de 2013

La versión de El soldado de plomo, del taiwanés Page Tsou, cuenta el relato ya conocido con una puesta en escena diferente a las de otros álbumes, como la clásica de Fred Marcellino o la irónica de Jörg Müller.

Las ilustraciones se basan en unos dibujos excelentes, con collages, y tienen gran capacidad de sugerencia. No siempre, o no rígidamente, se suelen presentar como desde arriba las escenas con personajes adultos manejando los juguetes, o las de la vida cotidiana, y se suelen ver al nivel de los personajes aquellas en las que la mirada se posa en los juguetes. Con frecuencia, tres cuartos de la doble página están ocupados por la ilustración y el texto va en una franja blanca vertical, a la derecha o a la izquierda. La calidad de las imágenes, que vale la pena conocer, no se corresponde con la coherencia de la historia: hay agujeros en la trama o sugerencias visuales cuya interpretación no es fácil. El desenlace es más propio de nuestro tiempo que de la época original.

Page Tsou. El soldado de plomo (2012). Basado en el cuento de H. C. Andersen. Madrid: SM, 2012; 30 pp.; texto adaptado por Julia San Miguel; ISBN: 978-84-675-5565-3.

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domingo, 6 de octubre de 2013

Dos ideas de Ernst Jünger de crítica literaria:

—«Una crítica está bien fundada si empieza por las artes del oficio. Por eso no es pedantería que haya primero una valoración del estilo, y después de la gramática. Si está desafinada una sola cuerda, se transmite necesariamente a la melodía. La sintaxis afecta a la vinculación, tanto de las palabras como de los sonidos; la infracción comporta allí una falta de lógica, aquí una falta de armonía. Eso continúa hasta en las ideas».

—«El aplauso no deja percibir la relevancia filosófica de las obras populares. Eso es aplicable tanto a Wilhelm Busch como a Kubin, también podría valer para Nestroy. Como en la pesca, se ve bailar el corcho, pero no el anzuelo que está debajo».

Ernst Jünger. 1 de julio de 1981 y 9 de diciembre de 1982, en Pasados los setenta III: radiaciones V. Diarios (1981-1985) (Siebzig Verweht III. Tagebücher VII. Strahlungen V, 1993). Barcelona: Tusquets, 2007; 521 pp.; trad. del alemán de Carmen Gauger; ISBN: 978-84-8383-004-8.

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sábado, 5 de octubre de 2013

Borges: Homero contaba «la historia de un hombre, un héroe, que ataca una ciudad que sabe que no conquistará nunca, un hombre que sabe que morirá antes de que la ciudad caiga; y la historia aun más conmovedora de los hombres que defienden una ciudad cuyo destino ya conocen, una ciudad que ya está en llamas. Yo creo que éste es el verdadero tema de la Ilíada. Y, de hecho, los hombres siempre han pensado que los troyanos eran los verdaderos héroes. Pensamos en Virgilio, pero también podríamos pensar en Snorri Sturluson, que, en su más joven edad, escribió que Odín —el Odín de los sajones, el dios— era hijo de Príamo y hermano de Héctor. Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados, y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas le corresponde a la victoria».

Jorge Luis Borges. «El arte de contar historias», en Arte poética. Seis conferencias (This Craft or verse, conferencias pronunciadas en 1967). Barcelona: Crítica, 2005; 181 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Justo Navarro; prólogo de Pere Gimferrer; edición, notas y epílogo de Calin-Andrei Mihailescu; ISBN: 84-8432-603-9.

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viernes, 4 de octubre de 2013

Esta reseña
informa más que bien de Intemperie, de Jesús Carrasco, una novela realmente poderosa. Yo no recuerdo ninguna novela española de los últimos años que me haya interesado tanto (esto no quiere decir mucho, sin embargo, pues leo más bien pocas). Su argumento es que un niño huye de su casa, perseguido por el alguacil del pueblo, y acaba con un anciano pastor de cabras, hosco pero que le da de comer y, al fin, le protege. Dos únicas prolepsis, una tranquilizadora y otra inquietante, dan alguna pista sobre lo que va a ocurrir. Su referencia más clara es, me parece, la obra de Cormac McCarthy: sin duda La carretera, por lo que tiene de viaje de un adulto y un niño por un mundo desolado, pero también sus primeras novelas violentas y desasosegantes como Hijo de Dios.

Uno de los aspectos que a mí me atrajo es lo que tiene de novela de aprendizaje, un aprendizaje singular ciertamente, que se sintetiza en una escena extraordinaria en la que el chico —después de haber huido de un extraño tullido que intentaba entregarle al alguacil, y de haberlo dejado malherido— vuelve junto al cabrero y este no se comporta con él como esperaba: «Entendió que el viejo no sería quien le entregara la llave al mundo de los adultos, ese en el que la brutalidad se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria. Él había ejercido la violencia tal y como había visto hacer siempre a quienes le rodeaban y ahora, como ellos, reclamaba su parte de impunidad. La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror, él había levantado la espada en vez de poner el cuello. Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres, en seres invulnerables. Creía que el viejo le haría pasar, coronado de laurel por un esclavo, bajo el arco de la victoria». Pero no es así.

Jesús Carrasco. Intemperie (2013). Barcelona: Seix Barral, 2013; 224 pp.; col. Biblioteca Breve; ISBN: 978-84-322-1472-1.

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jueves, 3 de octubre de 2013

Como apunté días atrás, cuando un personaje tiene una voz narrativa muy especial que causa fascinación, en una segunda entrega de sus aventuras ya no hay efecto sorpresa e incluso puede decepcionar. Lo primero pero no tanto lo segundo, al menos como en el ejemplo mencionado, se puede aplicar a La muerte no es un juego de niños, de Alan Bradley, y a su heroina y narradora Flavia de Luce. Para quienes no la conozcan hay que decir que es una chica de once años con pasión por la química, unos conocimientos descomunales sobre esa materia, con «un particular énfasis en la química de la putrefacción» según ella misma dice. Por supuesto, es buena chica pero su mente no es sencilla: «el cerebro y la moral no van unidos. A mí, por ejemplo, a veces me consideran muy lista y, sin embargo, la mayor parte de las veces, mi cerebro está diseñando nuevas e interesantes formas de causar una muerte repentina, nauseabunda, dolorosa y agónica a mis enemigos».

En esta nueva historia el caso que acaba resolviendo es el de un marionetista muy famoso que representa en su pueblo Juan y las habichuelas mágicas pero, en plena función, muere. Se repiten personajes y ambientes de la primera novela y aparecen otros nuevos; se siguen ampliando interrogantes, como qué fue de la madre de Flavia, y se inician otros, como el temor a que su familia tenga que abandonar su actual casa; siguen siendo muy numerosas las referencias literarias que contiene la trama. El caso del asesinato no es muy allá: es complicado pero su resolución llega como consecuencia de muchos factores del pasado que van surgiendo cuando hacen falta. El autor actúa también como un buen marionetista.

Sea como sea, el entusiasta de Flavia disfrutará igual con sus asombrosas parrafadas y deducciones. Puede dar una idea esta, de cuando se mancha la ropa de alquitrán y entonces, dice, piensa en Michael Faraday, que «había sintetizado tetracloroetileno en los años veinte, calentando hexaclorotileno y extrayendo el cloro mientras se descomponía. La sustancia resultante quitaría el alquitrán de la tela en un instante. Desafortunadamente, aunque me hubiera gustado mucho hacerlo, no tenía tiempo para repetir el descubrimiento de Faraday. En su lugar, tendría que fiarme de la mayonesa, tal y como recomendaba el Vademécum del mayordomo y el lacayo con el que me había tropezado un día lluvioso en el que fisgaba en la despensa de Buckshaw».

Alan Bradley. La muerte no es un juego de niños (The Weed that Strings the Hangman’s Bag, 2010). Barcelona: Planeta, 2012; 381 pp.; col. Planeta Internacional; trad. de Elisabete Fernández Arrieta; ISBN: 978-84-08-11170-2.

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miércoles, 2 de octubre de 2013

Leyendas del Rin, de Víctor Hugo, contiene tres leyendas antiguas recontadas por el autor. El argumento de El diablo y el monje es que los habitantes de Aquisgrán no pueden terminar una iglesia y aceptan el dinero que les ofrece un desconocido, el diablo, a cambio del primer alma que atraviese la puerta de la iglesia cuando esté terminada. En El pueblo de los barberos se cuenta que el diablo, enfadado con Federico Barbarroja por las cruzadas, organiza las cosas para que, cuando pase por Bacharach, le corten la barba. Bligger el Terrible narra que en uno de los cuatro castillos que había en Neckarsteinach, cerca de Heildelberg, vivía un caballero bandido temible al que, debido a la sentencia de excomunión, abandonaron todos sus soldados. La edición es vistosa y puede ayudar a dar a conocer a su autor a más lectores. Los relatos, aunque no sean piezas magistrales, se leen con gusto. Las ilustraciones, todas con mucho mucho colorido y algunas como de diseño de tejidos, ocupan muchas dobles páginas y acompañan bien el texto.

Víctor Hugo. Leyendas del Rin (1842). Madrid: Gádir, 2013; 66 pp.; trad. de Elisabeth Falomir Archambault; ilust. de Karishma Nankani Chugani; ISBN: 978-84-96974-56-2.

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martes, 1 de octubre de 2013

Un relato bonito, ya de hace años pero publicado ahora, sobre adopción: El zorrito perdido. La historia del pequeño zorro que encontró una madre, de Irina Korschunow. Argumento lineal, narración sencilla, excelentes ilustraciones realistas y un tono nada sentimental.

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