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Notas de octubre de 2015 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 31 de octubre de 2015

St. Ives. Las aventuras de un preso francés en Inglaterra, fue una novela que Stevenson había dictado a su hijastra, Mrs. Strong, pero que dejó sin terminar. Sir Arthur Quiller-Couch, poeta, novelista y crítico, la completó de acuerdo con las notas que había dejado Stevenson desde el capítulo XXXI al XXXVI, imprimiéndole algo más de rapidez al relato.

Un oficial francés del ejército de Napoléon, Jacques St. Ives, está en prisión en el castillo de Edimburgo. Allí es conocido como Champdivers, nombre que le viene de la familia de su madre. Averigua que un tío abuelo desea hacerle heredero a él en vez de a su primo Alain. Entabla relación con Flora Gilchrist, una joven que visita a los prisioneros franceses. Con motivo de un duelo en prisión, Ives mata a un hombre. Flora facilita la huida de St. Ives, que viaja de incógnito por Escocia e Inglaterra con la intención de llegar junto a su tío, a Amersham, Dunstable, para poder ser su heredero.

Novela que tiene algo de homenaje a Walter Scott —con quien el héroe se cruza—, en la que hay aventuras y amor, momentos cómicos y un punto de relato picaresco. Después de las excelentes escenas de la prisión, la huida del héroe viene a ser como la de David Balfour en Secuestrado pero la narración está menos lograda: allí Stevenson dio con el tono propio de un chico joven que contaba sus andanzas en primera persona, pero aquí no acierta igual con el de un soldado aventurero que parece de una novela de Dumas. Por otro lado, la relación entre St. Ives y su primo tiene también un cierto parecido a la que se da entre otros héroes y sus dobles.

Es una novela desigual, que seguramente sería mejor si la hubiera terminado y pulido el mismo Stevenson, pero que también falla porque, dice Chesterton, es una novela histórica que no es histórica: y no porque contenga errores sino porque Stevenson retrata un soldado francés cuyo comportamiento no es francés en absoluto. Con todo, el emplear esa perspectiva le permite al narrador decir algo en lo que Chesterton incidía una y otra vez: cuando el protagonista ve «Dunstable con sus nobles mansiones» señala que «hay algo en esos castillos, en esas grandes casas de la nobleza inglesa, que dice a las claras lo que no expresan las leyes, esto es, que las gentes del pueblo no tienen los mismos derechos que los nobles, por mucho que se mienta al respecto».

Robert Louis Stevenson. St. Ives. Las aventuras de un preso francés en Inglaterra (St. Ives. The Adventures of a French Prisoner in England, 1894-1897). Madrid: Valdemar, 2011; 441 pp.; col. Avatares; trad. de José Luis Moreno Ruiz; ISBN: 84-7702-370-0. [Vista del libro en amazon.es]

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DelibesRojoGris.JPG
viernes, 30 de octubre de 2015

Tengo un particular interés por los libros, relatos o memorias, que hablan bien del dolor ante la muerte de un ser querido, tal vez porque veo que la literatura infantil y juvenil muchas veces falla cuando intenta presentar esas situaciones. Por ejemplo, relatos que hablan de la muerte del padre como La isla, de Gianni Stuparich, o La mano suprema, de Yúsuf Idris; o que hablan de la muerte de la madre como Un altar para la madre, de Ferdinand Camon, o Vinieron como golondrinas, de William Maxwell; o que mencionan el dolor por la muerte de la esposa, unos íntegramente dedicados a la cuestión al modo de Una pena en observación, de C. S. Lewis, y otros que la tratan dentro de una historia más amplia, como en Quiero dar testimonio hasta el final, de Viktor Klemperer, o como en El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.

En esta dirección hace años leí Señora de rojo sobre fondo gris, un relato en el que Miguel Delibes noveló indirectamente la figura de su esposa y de una época muy especial de la historia de España. Lo he releído últimamente y me ha vuelto a gustar aunque, debo decir, también he percibido con claridad que no todos los lectores conectarán igual que yo, o igual que las personas que vivimos los años setenta en España, debido al telón político de fondo. Pero esto también revela que, al final, lo que queda de una novela como esta es su contenido más profundamente humano, mientras que los acontecimientos convulsos del momento —protestas contra el proceso 1001, últimos meses de Franco…—, bien podrían ser otros.

Un pintor famoso que pasa por una etapa oscura escribe a su hija contándole su vida en los últimos meses, completamente centrada en la enfermedad y muerte de su mujer, Ana, una persona vitalista y activa fallecida con cuarenta y ocho años. Su relato evoluciona según avanza la enfermedad de Ana, pero va y viene del pasado al presente para mostrar el entorno familiar y social del matrimonio —la hija a quien escribe y su marido están en la cárcel por motivos políticos, circunstancias de otros hijos y de varios amigos…—, pero sobre todo para describir sucesos que ponen de relieve la personalidad de Ana y su influencia enorme en todo su entorno y en la misma creatividad del pintor.

El título tiene que ver con un cuadro de Ana firmado por otro pintor famoso. El relato transcurre con la fluidez y la precisión característica del autor, para designar, para describir y para evocar. Hay de fondo un dolor real, que se pone de manifiesto sin aspavientos ni melodramatismos. El narrador consigue su objetivo de hacer notar la influencia de su mujer en su vida y en su obra, y poner de manifiesto su enorme categoría. En un momento indica cómo, quien le respondió a su discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes, que tuvo lugar poco después de la muerte de Ana, «dedicó unas palabras a tu madre: Una mujer, dijo, que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir. Un juicio definitivo».

Miguel Delibes. Señora de rojo sobre fondo gris (1991). Barcelona: Destino, 2000, 25ª ed.; 150 pp.; col. Áncora y Delfín; ISBN: 84-233-2100-2. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 29 de octubre de 2015

Acabo de ver una nueva edición de El amigo Fritz, una de las novelas más populares de los alsacianos Emile Erckmann y Alexandre Chatrian, que había leído en una edición antigua y que no incluí, en su momento, en Bienvenidos a la fiesta (libro), porque me pareció dulzona en exceso. La he vuelto a leer y, aunque confirmo aquella opinión, también ahora veo mejor sus cualidades, aparte de que cuando abundan tantas novelas patéticas no viene mal una con enormes dosis de bondad y cordialidad.

Los autores sitúan su relato en Huneburg, un pueblo alsaciano dependiente de Baviera entonces, y cuentan la historia de Fritz Kobus, un rico solterón aficionado al buen beber y al buen comer. Comienza cuando tiene unos 36 años y el mejor amigo de su padre, el viejo rabino David Sichel, le dice que se casará pronto, cosa que Kobus niega. Pero es primavera y aparece en escena Suzel, la hija de unos colonos suyos, y todo cambia. (Conviene advertir a los lectores desprevenidos y pedirles comprensión pues Suzel tiene todas las cualidades decimonónicas posibles —granjera, cocinera, bailarina, etc.—, y ninguno de los rasgos que adornarán las heroínas políticamente correctas del futuro —no es nada independiente, no es lectora, no se le ocurre rebelarse por nada, etc.—).

El relato es romántico y todos los que aparecen en él son personas magníficas. Es un buen personaje la vieja cocinera Katel, que cuando su patrón le pide que se esmere, le responde con un sencillo «haré lo que pueda. No se me puede pedir más», o que a las dudas también de su patrón sobre los consejos que le da sobre cómo vestirse, le replica que «las modas cambiarán lo que se quiera, pero el sentido común no cambia nunca». Son de interés las quejas del recaudador del rey, amigo del héroe, que cuando debe cobrar los impuestos a la gente más humilde, se lamenta de su trabajo: «¿Cuándo habrá menos uniformes para que tengan un poco más los pobres?».

Luego, hay comidas y bebidas abundantes. Así comienza el capítulo IV: «Nada hay tan agradable en este mundo como sentarse ante una mesa bien provista, en compañía de tres o cuatro amigos de antiguo, en el comedor que fue de nuestros mayores; atarse al cuello una servilleta, meter la cuchara en una exquisita sopa de cangrejo que despide un olorcillo fragante, y pasar los platos, diciendo: “Probadlo, amigos, y decidme qué os parece”». Y por delante del lector desfilan una pierna de carnero, pescados aderezados con jalea y adornados con perejil, etc. Y «cuando de detrás de la silla sacáis del cubo otra botella y os la ponéis entre las rodillas para descorcharla sin que se oiga el taponazo, cómo sonríen al pensar: “¿Qué vendrá ahora?”».

Emile Erckmann y Alexandre Chatrian. El amigo Fritz (L’ami Fritz, 1864). Barcelona: Brugura, 1982; pp.; col. Club Joven; trad. de José María Claramunda; ilust. de Felipe Giménez de la Rosa; ISBN: 84-02-08536-9. Nueva edición en Madrid: Troa, 2015; 312 pp.; trad. y notas de Mauro Armiño; ISBN: 978-84-942387-0-3.

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miércoles, 28 de octubre de 2015

El signo prohibido, de Rodrigo Muñoz Avia, tiene como narrador a Jorge, un chico de diez años muy aficionado a los juegos de palabras debido a que su padre, librero, le ha contado muchas cosas de Georges Perec. Esto explica que a Jorge, como sabe que Perec escribió un libro sin usar nunca la letra e, se le ocurra la increíble idea de no usar la letra a en sus conversaciones cuando desaparece misteriosamente su amiga y compañera de clase Aleksandra, de origen ruso, que vivía en una residencia para chicos sin familia.

Igual que otros narradores del autor, también Jorge resulta ingenioso, ameno, y sabe transmitir al lector la inquietud que siente por su amiga. También, de paso, hace comentarios de interés para los educadores. Así, cuando su madre se pone nerviosa porque Jorge habla sin usar la a, y su padre le contesta que así Jorge demuestra creatividad, Jorge señala: «Creo que oír la palabra “creatividad” la tranquilizó mucho. Ella se queja siempre de lo poco que se valoran la creatividad y la imaginación en nuestro sistema educativo». Además, todo conduce a momentos finales tan emocionantes como los de cualquier persecución de thriller.

Rodrigo Muñoz Avia. El signo prohibido (2015). Barcelona: Edebé, 2015; 204 pp.; col. Tucán; ilust. de Javier Andrada; ISBN: 978-84-683-1579-9. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 27 de octubre de 2015

Iliana, la niña que escuchaba al viento, de Carme Solé Vendrell y Antonia Ródenas, es un álbum emotivo, igual que otros de las autoras, que aborda bien un tema difícil. Comienza presentando a la protagonista: «Iliana era una niña gitana de pelo como el cobre viejo y ojos oscuros y brillantes». En tres dobles páginas se cuenta lo unida que se siente a su madre. Después, cuando tiene 9 años, su madre fallece. Logra superar su dolor gracias a su abuela y a la amistad con otra niña.

Las ilustraciones respiran calidez y naturalidad. Unas son a doble página, con las figuras en la derecha y la narración con palabras en la izquierda, y otras van sólo en la página derecha mientras el texto también ocupa la izquierda. La historia es esperanzadora para la protagonista y, por tanto, también para los lectores: los comentarios de la abuela a Iliana, de que su madre siempre la cuidará y estará con ella aunque no la pueda abrazar del mismo modo que antes, son los que le permiten, poco a poco, recuperar la alegría.

Carme Solé Vendrell. Iliana, la niña que escuchaba al viento (2015). Texto de Antonia Ródenas. Madrid: Bruño, 2015; 26 pp.; ISBN: 978-84-696-0354-3. [
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lunes, 26 de octubre de 2015

QuiénQuéQuién,
de Olivier Tallec, es uno de esos álbumes para prelectores al que algunos le colocarían enseguida la etiqueta «cualquiera podría hacerlo». En formato apaisado, en las dobles páginas sucesivas, hay una pregunta en relación a varios personajes que aparecen alineados en cada una: ¿quién desea dar miedo?, ¿quién ha comido la mermelada?, etc.

Libro sin pretenciosidad alguna que cumple bien su función: proponer un juego elemental de observación, de aprender a fijarse: a reconocer reacciones sencillas en las expresiones o posturas, a observar los indicios que proporcionan el aspecto, los gestos, las manchas o el vestuario. Las figuras son graciosas y de las «adivinanzas» sí que se podría decir que son posibles para cualquiera.

Olivier Tallec. QuiénQuéQuién (QuiQuoiQui, 2014). Barcelona: BiraBiro, 2015; 28 pp.; ISBN: 978-84-16490-05-9. [
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StevensonFabulas.JPG
sábado, 24 de octubre de 2015

Fábulas contiene veinte relatos cortitos, algunos con un punto de humor negro, casi todos irónicos, que Stevenson comenzó a escribir hacia 1887 —aunque algunos los había redactado hacia 1870— y que se publicaron en 1896, dos años después de su muerte. Las dos últimas, en la edición que cito, se descubrieron muchos años después.

Son: Los personajes del relato (The persons of the tale), El hundimiento del buque (The sinking ship), Las dos cerillas (The two matches), El enfermo y el bombero (The sick man and the fireman), El diablo y el posadero (The devil and the innkeeper), El penitente (The penitent), El ungüento amarillo (The yellow paint), La casa de Eld (The house of Eld), Los cuatro reformistas (The four reformers), El hombre y su amigo (The man and his friend), El lector (The reader), El ciudadano y el viajero (The citizen and the traveler), El distinguido extranjero (The distinguished stranger), Los caballos de tiro y el caballo de silla (The carthorse and the saddlehorse), El renacuajo y la rana (The tadpole and the frog), Algo hay (Something in it), Creer, creer a medias y no creer en nada (Faith, half faith and no faith at all), La piedra de toque (The touchstone), El pobre infeliz (The poor thing), La canción del día de mañana (The song of the morrow), El simio científico (The Scientific Ape), El relojero (The Clockmaker).

En conjunto ponen de manifiesto algunas preocupaciones del autor, como la facilidad que los hombres tenemos para ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, o como la influencia de los prejuicios que nos dominan al pensar en los modos de actuar de otros. Hay un único relato equiparable a una fábula típica en la que dialogan animales (El renacuajo y la rana). Hay dos que son como cuentos populares de reyes y princesas (La piedra de toque, La canción del mañana). Y otros, de corte realista, tienen un carácter que podría llamarse filosófico. Así, El hundimiento del buque trata de un capitán de un barco que, para desesperación de sus oficiales y tripulación, hace serenamente consideraciones de tipo filosófico mientras el barco se hunde: señala, cuando se lo advierten, que «podría decirse que se está hundiendo desde su botadura»; indica también que tal cosa «no es motivo para dejar de afeitarse», etc. En El enfermo y el bombero el primero le dice al segundo que salve primero a los sanos y ambos empiezan a charlar sobre la cuestión…

Con razón suele citarse como especialmente notable, por su ingenio, que algunos llamarían hoy posmoderno, Los personajes del relato. En él, dos personajes de La isla del tesoro, el Capitán Smollett y John Silver, charlan un rato al terminar el capítulo 32 de la novela mientras se fuman una pipa, y comentan sus opiniones sobre las actitudes del autor hacia sus criaturas de ficción. Así, en un momento dado, dice Silver:

«—…¿Qué es el bien y qué es el mal? ¡Dígamelo usted! Estamos aquí a la espera, ¡por eso sí que se puede apostar!
—Ninguno de los dos somos perfectos —respondió el Capitán—. Eso es una verdad incontestable, amigo mío. Yo sólo digo que trato de cumplir con mi deber, y lo cierto es que no puedo felicitarle por sus éxitos, si es que usted también procura cumplir con el suyo».

Ambos siguen charlando acerca de que cualquier buena narración necesita personajes virtuosos y villanos, y entonces Smollett le dice a Silver: el autor «está del lado del bien. Ándese con mucho ojo».

Robert Louis Stevenson. Fábulas (Fables, 1896). Madrid: Rey Lear, D. L. 2010; 125 pp.; col. Breviarios de Rey Lear; trad.de Catalina Martínez Muñoz; ISBN: 978-84-92403-47-9. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 23 de octubre de 2015

He visto recientemente Dos días, una noche, una película de los hermanos Dardenne sobre una madre de familia que va a ser despedida de su trabajo pues sus compañeros, en su ausencia, en una votación para elegir entre su despido y una paga extraordinaria de mil euros para todos, han votado a favor de su despido. La protagonista, animada y sostenida por su marido y una amiga, va visitando a todos sus colegas durante un fin de semana –dos días y una noche–, para tratar de convencerlos de que la apoyen en una nueva convocatoria de la votación que será el lunes por la mañana.

La idea de fondo me recordó La visita de la vieja dama, una obra de teatro del autor suizo Friedrich Dürrenmatt. En ella, la multimillonaria Claire Zachanassian vuelve al empobrecido pueblo de su infancia, Güllen, que había tenido que abandonar muchos años atrás. Ofrece mil millones a sus antiguos conciudadanos con una condición: la muerte de Alfred Ill, su antiguo novio, que no sólo la había dejado embarazada muchos años atrás, sino que había forzado a dos testigos a declarar que Claire había tenido su hijo con otro. Su petición es inicialmente rechazada con indignación por los ciudadanos de Güllen pero, poco a poco, va actuando como un veneno que cambia las opiniones de todos.

La obra se desarrolla en tres actos. Su buscado tono tragicómico hace que cualquier espectador sea consciente de presenciar una representación. En uno de los apéndices, el autor señala que los personajes son hombres como todos nosotros, sin una especial mala fe, que se comportan con la irreflexión de quien cree que todo acabará arreglándose. Apunta que se trata de «una obra perversa, aunque por eso mismo no debe interpretarse con perversidad, sino dándole el tono más humano posible, con tristeza, no con ira, pero también con humor, pues nada perjudica tanto a esta comedia, que finaliza trágicamente, como una seriedad empecinada».

Güllen se nos presenta por medio de aquellos que deberían velar por la justicia: el alcalde, el maestro, el policía, el pastor, el médico. Todos ellos, de un modo u otro, acaban dando por buena la mentalidad de que a través de la venganza se alcanza la justicia y de que se puede comprar cualquier cosa con dinero. Sólo el maestro formula débiles observaciones que, al fin, nada pueden contra la exigente contundencia de Claire: «el humanitarismo, caballeros, ha sido hecho para la bolsa de los millonarios. (…) El mundo me convirtió en una puta, yo lo convierto ahora en un burdel». O, tal como lo formula poco antes: «ahora yo tengo dinero (…), me he convertido en el infierno».

Al final, aunque la obra toca más puntos de interés, el tema de fondo más duradero es el que explica Robert Spaemann: que la suerte está echada en el momento en que los habitantes de Güllen «empiezan a preguntarse cuánto les cuesta a todos ellos en general y a cada uno en particular la vida de ese hombre. La verdad es, por supuesto, que no les cuesta absolutamente nada, ya que el hombre no exige nada de ellos». Pero la corrupción comienza justo en el momento en el que aceptan «la forma económica de pensar»: hay realidades de las que no podemos disponer a nuestro antojo y que deben quedar excluidas de cualquier balance de ingresos y gastos, hay cálculos que nos hacen malvados en cuanto nos detenemos a pensarlos.

Es decir, un concepto como el de la libertad y dignidad humana, sigue diciendo Spaemann, «no se puede definir funcionalmente, por su utilidad para conseguir fines, sino que representa en sí mismo el fin. Todo pueblo, toda civilización vive en su núcleo de un elemento místico o sacral de ese tipo. (...) Allí donde en el centro de una cultura no existe lo místico, lo sacro, todo resulta posible; todo valor tiene su precio. Pero el precio de lo sacro, de lo incondicionado, es siempre demasiado alto. ¿Cuánto nos cuesta no tener esclavos? ¿Cuánto nos cuesta no hacer experimentos con seres humanos? ¿Cuándo nos cuesta destinar suelo a cementerios? ¿Cuánto nos cuesta dejar con vida a los ancianos y a los discapacitados mentales?».

Friedrich Dürrenmatt. La visita de la vieja dama (Der Besuch der alten Dame, 1956, nueva versión de 1980). Barcelona: Tusquets, 1999; 150 pp.; col. Fábula; trad. de Juan José del Solar; ISBN: 84-8310-649-3. [Vista del libro en amazon.es]

Robert Spaemann. «El atentado contra el domingo», en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1. [
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DillonLostIsland.JPG
jueves, 22 de octubre de 2015

Eilís Dillon fue una importante autora irlandesa de la que creo que no se ha editado nada en castellano y de la que yo sólo conozco The Lost Island, una novela de aventuras marineras tan clásica como emocionante.

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miércoles, 21 de octubre de 2015

A quien haya leído los libros de Jeff Kinney del Diario de Greg no le sorprenderá la nueva entrega, Carretera y manta. Esta vez Greg cuenta un viaje veraniego en coche de toda la familia, una idea que su madre sacó de una revista con idea de «hacer cosas que nunca habíamos hecho y vivir “auténticas” experiencias». La historia es lineal aunque, como siempre, hay recuerdos de sucesos del pasado. Se multiplican los incidentes, en hoteles y parques, y no faltan las averías y toda clase de contratiempos, incluidos enfrentamientos con otros turistas.

Uno de los motivos por los que los libros de Greg tienen tanto éxito entre sus lectores naturales está en que ponen por escrito pensamientos de irritación o cansancio que un niño tiene pero, muchas veces, no sabe cómo expresar. Por ejemplo: «lo que MÁS me fastidiaba era que mamá no dejaba de dar órdenes durante todo el viaje. Siempre intenta enfocarlo todo desde el punto de vista pedagógico, y adiviné que iba a transformar esta experiencia en una clase interminable».

Sin duda un libro así puede hacer más protestón al niño, al hacerle consciente de cómo formular aquello que le incomoda, pero no está de más recordar que si hay que echar la culpa de eso a alguien no es al libro (cuando un niño lee y aprende retórica también aprende a insultar mejor...). Por otro lado, el libro deja claro que el niño se da bastante cuenta de lo que hace mal y, por supuesto, de que hay que cosas que le apetecen que son tonterías. Por ejemplo: al hablar de unos libros titulados Los ladrones de calzoncillos, dice Greg que sabe bien que «suena algo ridículo, pero esos libros son de verdad muy graciosos». Y lo mismo sucede con los libros de Greg: son ridículos, sí, pero muy graciosos.

Jeff Kinney. Diario de Greg: Carretera y manta (Diary of a Wimpy Kid. The Long Haul, 2015). Barcelona: RBA Libros, 2015; 217 pp.; trad. de Esteban Morán; ISBN: 978-84-272-0874-2. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 20 de octubre de 2015

La marmota Pancha y el zorro, de Carmen Segovia y Susan Blackaby, es un álbum con un argumento semejante al de una fábula clásica pero al revés: aquí la marmota es el héroe astuto y el zorro es el rival ingenuo. Todo comienza cuando la marmota Pancha se despierta y sale al campo helado, donde tropieza con un zorro flaco y pequeño que quiere comérsela, cosa que intenta una y otra vez.

Son atractivas las figuras de los protagonistas. Contra el fondo de unos paisajes nevados invernales destacan el rojo de la bufanda de Pancha y del zorro. Se cuenta el relato con ilustraciones de distinto tamaño y sin marco. Comienza siendo una historia de pícaro que confunde a su rival pero termina siendo un relato alegre de amistad y deseos compartidos de que por fin lleguen la primavera y el sol.

Carmen Segovia. La marmota Pancha y el zorro (Brownie Groundhog and the February Fox, 2011). Texto de Susan Blackaby. Barcelona: Corimbo, 2015; 32 pp.; trad. de Macarena Salas; ISBN: 978-84-8470-510-9. [Vista del álbum en amazon.es]

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lunes, 19 de octubre de 2015

Las vacaciones de Pingüino, de Salina Yoon, trata sobre un pingüino que desea tomar el sol, por lo que hace su equipaje y se va a un país tropical. Al principio está desconcertado pues en la arena no puede esquiar, ir en trineo, patinar…, hasta que aparece un colorado Cangrejo que le sirve de guía y Pingüino acaba disfrutando mucho. Más adelante será Cangrejo el que vaya al Polo y allí aprenderá a esquiar y otras ocupaciones inusuales (para un cangrejo al menos).

Relato muy divertido por sus imágenes, por su idea argumental, por la buena narración. Las ilustraciones tienen mucho colorido, las figuras son simpáticas y sus actividades resultan sorprendentes. No faltan detalles graciosos (como el traje de baño de Pingüino, o la bufanda y las manoplas de Cangrejo en el Polo). Está bien planteado cómo el pingüino y el cangrejo se hacen amigos y se ayudan con amabilidad el uno al otro. También se transmite un mensaje sencillo: que todas las vacaciones terminan.

Salina Yoon. Las vacaciones de Pingüino (Penguin on vacation, 2013). Barcelona: Corimbo, 2015; 34 pp.; trad. de Margarida Trías; ISBN: 978-84-8470-512-3. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 18 de octubre de 2015

La segunda parte de El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, al menos de la edición española que conozco, es una explicación sintética de la Logoterapia fundada por el autor, un método menos introspectivo y menos retrospectivo que la psicoterapia, que mira a los valores que el paciente quiere realizar en el futuro, y que se centra en la búsqueda del sentido de la existencia por parte del hombre. Señala que el papel del logoterapeuta se puede comparar al de un oftalmólogo más que al de un pintor: su función es la de ampliar y ensanchar el campo visual del paciente sin necesidad de imponer ningún juicio de valor y conduciéndole a que la verdad se imponga por sí misma.

Su axioma básico es este: «la preocupación primordial del hombre no es gozar del placer, o evitar el dolor, sino buscarle un sentido a la vida. El sentido es posible sin el sufrimiento o a pesar del sufrimiento. Para que el sufrimiento confiera un sentido ha de ser un sufrimiento inevitable, absolutamente necesario». Es decir, que el valor no está en el sufrimiento sino en la actitud frente al sufrimiento.

Para explicar esto, Frankl recurre a los recuerdos de sus experiencias en los campos nazis e indica cómo sus compañeros allí «se preguntaban: “¿Sobreviviremos a este campo? Pues en otro caso, estos sufrimientos no tienen sentido”. Sin embargo, yo me cuestionaba otra pregunta: “¿Estas muertes y el sufrimiento de estas gentes tan cercanas, guardan algún sentido?” Así debía ser, pues en caso contrario, definitivamente el sobrevivir perdía su sentido, porque la vida cuyo sentido último dependa del azar o de la casualidad para mantenerse vivo seguramente no merece la pena ser vivida”».

Además, uno de sus puntos fundamentales es un énfasis en la responsabilidad que se formula del siguiente modo: «obra así, como si vivieras por segunda vez y la primera vez lo hubieras hecho tan desacertadamente como estás a punto de hacerlo ahora». Es decir, afirma: «la libertad no es la última palabra. La libertad es una parte de la historia y la mitad de la verdad. La libertad es la cara negativa de cualquier fenómeno humano, cuya cara positiva es la responsabilidad. De hecho, la libertad se encuentra en peligro de degenerar en mera arbitrariedad salvo si se ejerce en términos de responsabilidad. Por eso yo aconsejo que la estatua de la Libertad en la costa este de los Estados Unidos se complemente con la estatua de la Responsabilidad en la costa oeste».

Esta segunda parte del libro termina con un párrafo final muy parecido a otro de la primera: «Nuestra generación es muy realista pues, después de todo, hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios».

Viktor Frankl. El hombre en busca de sentido (Der Mensch vor dem Frage nach dem sinn, 1945). Barcelona: Herder, 2013, 11ª ed. de la edición de 2004, revisada; 160 pp.; col. Psicología; trad. de Christine Kopplhuber y Gabriel Insausti; edición y prólogo de José Benigno Freire; ISBN: 978-84-254-2331-4. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 17 de octubre de 2015

El Weir de Hermiston es una novela sin terminar que algunos consideran la mejor obra de Stevenson, un comentario excesivo pero basado en la madurez como escritor que tenía Stevenson entonces; en que su argumento estaba completamente centrado en los ambientes que más conocía y a los que pertenecían sus mejores novelas; en que prometía tratar el tema de las relaciones entre un padre rígido y recto con un hijo romántico y bondadoso que tanto le interesaba; y en el que deseaba también abordar una relación amorosa como había hecho ya, y con acierto, en Catriona.

Se ambienta en Edimburgo en la época de las guerras napoleónicas. El protagonista es Archie Weir, un joven de clase alta que no se lleva nada bien con su padre, un admirado y extraordinariamente inflexible juez. A la vista de las desavenencias con él, y de acuerdo con su familia, Archie deja Edimburgo y vuelve a las propiedades familiares en Hermiston para ser su administrador. Su vida estará marcada entonces por la adoración que sentirá por él su ama de llaves, una mujer llamada Christina, o Kirstie, y por su enamoramiento de una chica de la vecindad, también llamada Christina.

Relato con el que, se afirma, Stevenson captó matices del temperamento escocés que no había intentado plasmar por escrito antes. Así, dice que lo que caracteriza al escocés de cualquier tipo es «algo impensable para un inglés: su actitud hacia el pasado, que recuerda y aprecia la memoria de sus antecesores, malos o buenos, y arde en él, vivo, un sentido de identidad con los muertos que llega, a veces, hasta la vigésima generación». O señala cómo «el que va a pescar entre campesinos escoceses con aire de condescendencia, por la tarde se tragará el anzuelo de una cesta sin peces».

Habla el narrador también de distintos aspectos de la justicia. Por ejemplo, a la luz de la educación tan exigente que recibió señala: «No cabía duda de que era fácil burlarse de un niño así con tópicos, pero, ¿cuánto dura el efecto de hacer eso? El instinto detecta el sofisma en el pecho infantil y una voz interior lo condena. Se someterá al instante, pero mantendrá su opinión cuando esté a solas». O, al considerar los pensamientos turbios de un rival de Archie, anuncia: «Pobre corcho bajando en un torrente, saboreó aquella noche las delicias de la omnipotencia y calculó, como un dios, los hilos de la intriga que había de acabar con él antes de irse el verano».

De todos modos, en esta novela destaca la maestría que Stevenson había logrado ya en su descripción de las mujeres, tanto en las mujeres del pueblo que son «capaces de mover el mundo e irradiar influencia desde sus puertas bajas de dintel», como en la de su heroína que, en lo que pudo escribir de su novela, no fue mucho. Sin embargo, las páginas donde se narra el comienzo del enamoramiento entre Archi y ella, el primer día que se ven, en la iglesia, un domingo de primavera, son realmente magistrales. Señala cómo Christina, de un modo que cabría llamar a la vez inconsciente y voluntario, provoca varios cruces de miradas —«ése era el juego de la vida para la mujer y ella lo jugaba con sinceridad»— que termina cuando, al final, «dos miradas furtivas se colaron como antenas entre los bancos y entre sus ocupantes indiferentes o absortos, y se acercaron tímidamente a la línea recta entre Archie y Christina. Se encontraron, permanecieron juntas por la más mínima fracción de tiempo, y eso fue suficiente. Una carga eléctrica atravesó a Christina y, ¡qué cosas!, rasgó una hoja de su libro de salmos».

Robert Louis Stevenson. El Weir de Hermiston (Weir of Hermiston, 1896). Madrid: Alianza, 1995; 159 pp.; col. El Libro de Bolsillo; prólogo y trad. de Medardo Fraile; ISBN: 84-206-0717-7. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 16 de octubre de 2015

Después de Sincronización en Birkenwald decidí volver a leer y poner aquí una reseña más extensa que la referencia que hice tiempo atrás a El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, un libro extraordinario con dos partes: la primera es una narración de la estancia del autor en varios campos de internamiento nazis y la segunda es un apéndice titulado «Conceptos básicos de Logoterapia». La edición que cito va precedido de un buen prefacio, que resume la vida personal y profesional de Frankl, da los datos que faltan para completar brevemente su relato de la estancia en los campos, habla de sus publicaciones y de su relevancia profesional crecientes en las décadas centrales del siglo XX, y detalla la curiosa historia del libro, que pasó de un fracaso sin paliativos cuando se publicó a ser después un éxito arrollador.

Las intenciones de la primera parte, subtitulada «un psicólogo en un campo de concentración», son «ofrecer una descripción psicológica y una explicación psicopatológica de las características típicas de la psicología en un campo de concentración». Está dividida en tres secciones, tituladas «Internamiento en el campo», «La vida en el campo» y «Después de la liberación». El autor cuenta los sucesos que vivió, cronológicamente pero centrando su atención en las distintas reacciones de los internos. Para eso va poniendo titulillos a los apartados como, por ejemplo, Apatía, Los sueños, Hambre, Sexualidad, Política y religión, El humor en el campo, Suerte es lo que a uno no le toca padecer, Planes de fuga, etc.

El autor dirige sus comentarios a ilustrar lo que se indica en el título, la busca de sentido. Hace pensar en cómo, al final, lo que importa es ser conscientes de los motivos para luchar y para sobrellevar las condiciones de vida, por penosas que sean. Se apoya, para eso, en «las palabras de Nietzsche “el que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”», de las que dice que «podrían convertirse en el lema que orientara y alentase los esfuerzos psicohigiénicos y psicoterapéuticos con los prisioneros».

Los esfuerzos terapéuticos de Frankl en el mismo campo, nos dice, se apoyaban en hacer notar a sus compañeros que «la unicidad y singularidad que diferencian a cada individuo, y confieren un sentido a su existencia, se fundamenta en su trabajo creador y en su capacidad de amar». Por eso, quien sea «consciente de su responsabilidad ante otro ser humano que lo aguarda con todo su corazón, o ante una obra inconclusa, jamás podrá tirar su vida por la borda. Conoce el porqué de su existencia y será capaz de soportar casi cualquier cómo».

Insiste en cómo el hombre no está determinado por su entorno, pues «las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre mantiene su capacidad de elección»; que la última de las libertades humanas es la elección de la actitud personal que un hombre adopta frente al destino. Esa línea de pensamiento la formula, de modo contundente, cuando al terminar afirma que «la historia nos brindó la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Quién es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que inventó las cámaras de gas, pero también es el ser que entró en ellas con paso firme y musitando una oración».

Entre las cosas que señala según va contando su historia, el autor apunta que hizo un gran descubrimiento en una ocasión en la que se descubrió pensando en su esposa, en un estado que llama de «embriaguez nostálgica». Dice así: tuve «un pensamiento que me petrificó, pues por primera vez comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamada en la brillante sabiduría de los pensadores y de los filósofos: el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre solo es posible en el amor y a través del amor. Intuí cómo un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad —aunque sólo sea un suspiro de felicidad— si contempla el rostro de su ser querido». E indica que así también entendió el sentido y el significado de las palabras bíblicas que dicen que «los ángeles se abandonan en la contemplación eterna de la gloria infinita».

Viktor Frankl. El hombre en busca de sentido (Der Mensch vor dem Frage nach dem sinn, 1945). Barcelona: Herder, 2013, 11ª ed. de la edición de 2004, revisada; 160 pp.; col. Psicología; trad. de Christine Kopplhuber y Gabriel Insausti; edición y prólogo de José Benigno Freire; ISBN: 978-84-254-2331-4. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 15 de octubre de 2015

No sabía quién era Max Jacob —poeta, converso, amigo de Picasso, que fue su padrino de boda— hasta que leí Consejos a un joven poeta y Consejos a un estudiante, que son unas reflexiones algo deslavazadas y afectuosas escritas como respuestas a un joven amigo. Indico algunas frases, varias como aforismos, de las que tomé nota.

Sobre la lectura:

—«Lo que hace a un gran médico o a un gran poeta no es el número de libros que hayan leído, sino la calidad de su vida interior: la digestión de los conocimientos y la búsqueda».

—«¡Cuánto tiempo, cuántas horas he perdido leyendo libros de los que ni siquiera me queda un solo recuerdo!».

—«No lea mediocridades. Lea las obras de los grandes espíritus y camine en su compañía».

Sobre el trabajo del artista:

—«Sea un alma de primera calidad. Sea cristiano, frecuente los sacramentos, confiésese, examínese. (…) Picasso me decía: “Piensa en Dios y trabaja”. El examen de conciencia cotidiano es el ABC de la literatura».

—«Este color de época, es decir, la moda, es perjudicial. Lo único que en usted tiene valor es lo eterno, y eso tiene tiempo de decirlo. (…) Fórmese antes de escribir».

—«¡Recójase!, recójase algunas veces, recójase a menudo. Viva con recogimiento. ¿Que eso está por encima de su edad? ¿Y por qué no estar por encima de su edad?»

Sobre la vida:

—«Vendedor, comprador. Tenga el alma de un comprador cuando venda. Tenga el alma de un vendedor cuando compre».

—«Crea en los milagros. Dios puede todo, pero no se crea digno de ellos».

—«Recuerdo de infancia: “Mamá, me aburro”, “Hijo mío, sólo los imbéciles se aburren”».

Y algunas exageraciones divertidas que tienen su punto de verdad:

—«¡No cene fuera!, ¡no coma fuera!, es un peligro enorme, un azote, un diluvio, un incendio.
El estudiante que acepta una comida fuera está perdido».

—«Casi todas las vidas fallidas provienen de cenas fuera de casa».

—«En cuanto a los libros para niños, son, para un joven serio, fastidiosos, estúpidos y sin interés».

—«No vaya al cine. Es un placer desorientador».

Max Jacob. Consejos a un joven poeta seguidos de Consejos a un estudiante (1941, 1943). Madrid: Rialp, 2014; 112 pp.; col. Doce uvas; trad., edición, prólogo y notas de José Antonio Millán; ISBN: 978-84-321-4472-1. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 14 de octubre de 2015

Igual que los demás libros de Kate DiCamillo, Flora y Ulises tiene un narrador y unos personajes de lo más singulares. La autora, además, emplea el recurso de contar algunos pequeños tramos de la historia con ilustraciones, unos excelentes dibujos en blanco y negro de K. G. Campbell. Así, las primeras cuatro páginas son viñetas y, en el interior, aparte de ilustraciones aisladas, en varias ocasiones hay páginas también con viñetas. Esto, aparte de ser una buena estrategia narrativa, también responde a la gran afición de la protagonista por los cómics y a que, con frecuencia, ve la realidad como si fuera un cómic, como si las palabras flotasen en globos encima de alguna gente.

Flora es una chica de diez años cuya gran referencia es un superhéroe de cómic llamado Incandesto. Todo comienza cuando su vecina hace víctima de su extraño aspirador a una ardilla que, asombrosamente, adquiere poderes extraordinarios. Así que a Flora y a Ulises, la ardilla, les empiezan a ocurrir todo tipo de incidentes. Hay que añadir que los padres de Flora están divorciados: ella vive con su madre, escritora de novelas románticas absorbida por su ocupación, pero se entiende mejor con su padre, un hombre tímido que comparte la afición de Flora por los cómics. De los demás personajes destaca William Spiver, un nuevo vecino de Flora, de su edad, que habla con mucha prosopopeya.

La historia se lee con agrado porque los diálogos son buenos, muchas observaciones del narrador son graciosas, las situaciones y frases de los cómics que lee Flora están integradas con acierto —«ese crimen debe ser impedido», «¡Santa bagumba!», «¡Santos incidentes imprevistos!», son varias expresiones que usa—, y la sofisticación del vocabulario de algunos personajes es un elemento cómico más que despierta la curiosidad (de otros personajes y, así, del lector). Por otro lado, muchos momentos humorísticos podría firmarlos Terry Pratchett, como cuando Ulises aparece por primera vez y el narrador apunta: «En la mente de una ardilla no suceden demasiadas cosas. La mayor parte de aquello que se conoce vagamente como “el cerebro de la ardilla” está dedicada a un solo pensamiento: la comida».

Es un punto interesante que Flora se considera una cínica —se supone que por su situación familiar y el comportamiento egoísta de su madre—, algo que una y otra vez ella misma ve que queda desmentido por sus reacciones primarias, incluso por el mismo hecho de que su principal referencia sea un superhéroe con la misión de salvar el mundo. Y el elemento más cómico está en que Flora juzga lo que le pasa de acuerdo con lo que ha leído en unas historietas tituladas «¡COSAS TERRIBLES QUE PUEDEN SUCEDERTE A TI!». Por ejemplo, una vez que está un poco alterada, recuerda que Cosas Terribles «había dedicado un ejemplar a enumerar los síntomas de la conmoción, pero Flora no era capaz de recordarlos. ¿Sería uno de los síntomas de la conmoción no poder recordar los síntomas de la conmoción?».

Dicho esto, a pesar de que la novela sea divertida y se lea con gusto, hay que añadir que da la sensación de falta de control o, más bien, de que las situaciones extravagantes, y los párrafos explicativos encadenados a partir de las asociaciones mentales que hace Flora, se multiplican sin control (cosa que, por otra parte, gustará a no pocos lectores, como a mí mismo).

Kate DiCamillo. Flora y Ulises. Las aventuras iluminadas (Flora & Ulysses. The Illuminated Adventures, 2013). Barcelona: Océano, 2015; 232 pp.; ilust. por K. G. Campbell; trad. de José Manuel Moreno Cidoncha; col. Gran Travesía; ISBN: 978-84-942582-6-8. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 13 de octubre de 2015

En Cómo esconder un león a la abuela, Helen Stephens continúa con los héroes y la misma idea de su álbum previo.

Cuando viene la abuela a pasar unos días, pues los padres de Iris se van, la preocupación de todos es tener al león bien escondido para que la abuela no se ponga nerviosa. Así que, después de varias pruebas, encuentran una buena solución antes de que llegue la abuela con un baúl enorme.

Las ilustraciones son, de nuevo, dibujos sueltos acuarelados que recuerdan el estilo de Ardizzone y Duvoisin, como dije. El álbum como tal está construido con acierto y el argumento cuenta con una buena sorpresa, por más que algunos lectores espabilados la puedan imaginar enseguida.

Helen Stephens. Cómo esconder un león a la abuela (How tu Hide a Lion from Grandma, 2014). Barcelona: Blok, 2014; 32 pp.; trad. de Roser Ruiz; ISBN: 978-84-16075-16-4. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 12 de octubre de 2015

El día de Chu, de Adam Rex y texto de Neil Gaiman, está protagonizado por un pequeño panda llamado Chu. Cuando estornudaba, se indica en la página de presentación, «sucedían cosas terribles». Va con su madre a la biblioteca y con su padre a la cafetería y, en ambos lugares, está a punto de estornudar, pero al fin no lo hace. Luego van todos al circo.

Las palabras y el argumento son mínimos: es difícil pensar que un editor acepte una historia como esta salvo que la firme alguien como Neil Gaiman... A cambio, las ilustraciones son de las que atrapan y hacen disfrutar al lector pequeño: tienen mucho color, son muy detallistas, el héroe tiene mucho encanto y, además, hay muchos animales humanizados que hacen todo tipo de cosas, como se ve en la memorable doble página de la biblioteca. El ritmo del álbum como tal está logrado: presentación del problema, amenazas conjuradas, amenaza cumplida, tranquilidad final.

Adam Rex. El día de Chu (Chu’s Day, 2013). Texto de Neil Gaiman. Barcelona: Océano Travesía, 2015; 33 pp.; col. Primeras travesías; trad. de Pilar Armida; ISBN: 978-607-735-309-6. [Vista del álbum en amazon.es]


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domingo, 11 de octubre de 2015

Una de las mejores cosas de dar clases en el Máster en Álbum Infantil Ilustrado es ver cómo, durante todo un año, se van sumando talento, entusiasmo y trabajo —de alumnos y mentores—, para llegar a esta prometedora Galería virtual de proyectos.

Para los interesados en más información, sobre el Máster y sobre esos álbumes, y otros de alumnos de promociones anteriores, hay una Jornada de Puertas y Pantallas abiertas en noviembre.

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sábado, 10 de octubre de 2015

Lloyd Osbourne preparó los tres capítulos iniciales de Bajamar y se los enseñó a Stevenson. Le gustaron pero, por distintas razones, el manuscrito estuvo varios años parado hasta que, estando Graham Balfour en Samoa, leyó el manuscrito y lo elogió. Así lo que los autores volvieron a trabajar en él y prepararon la novela: Lloyd Osbourne la considera la más importante de sus colaboraciones con Stevenson.

Lo cierto es que se trata de una novela que provoca división de opiniones: unos la consideran una obra excepcional y a otros les parece un relato menor y descompensado. La razón para lo segundo está en la falta de credibilidad, o en lo excesivo, del personaje que acaba dominando por completo el relato. Pero también ese punto es una razón para los elogios de algunos: la novela no es sólo una crítica de los excesos del colonialismo sino que también presenta un tipo humano y un tema nuevos que, de distintos modos, aparecerá luego en obras de Wells, Conrad y otros.

La novela comienza con la presentación tres mendigos un tanto especiales en Papeete, Tahiti. Uno es Herrick, un hombre de negocios inglés con una notable cultura; otro es Davis, un capitán de barco norteamericano que perdió su último barco; y el tercero es Huish, un londinense de clase baja que había desempeñado y perdido varios empleos previos. Su fortuna cambia cuando un día que llega la Goleta Farallone, que va desde san Francisco a Sidney y lleva un cargamento de champán, pero, como la tripulación falleció a causa de la viruela, el cónsul norteamericano encarga a Davis que conduzca el barco el resto del viaje. Él y sus compañeros aceptan con la intención de robar el barco y navegar a Perú, donde lo venderán y desaparecerán con el dinero. Pero estallan las desavenencias entre ellos, se dedican a beber, y acaban en una extraña isla dominada por un hombre verdaderamente magnético, llamado Attwater, a quien intentan matar.

Uno de los puntos fuertes de la historia es la buena definición de los tres personajes iniciales. Cada uno tiene una personalidad propia, bien marcada: el culto Herrick —siempre con un deteriorado libro de Virgilio en el bolsillo—, el codicioso Davis y el abyecto Huish.

La descripción de Attwater es, inicialmente, sensacional: con sus seis pies y cuatro pulgadas tenía «una mirada de una extraña mezcla de brillantez y suavidad, sombría como el carbón, pero con brillo que sobrepasaba el del topacio, una mirada de intacta salud y virilidad; una mirada que ordenaba tener cuidado con la cólera devastadora de este hombre». Sin embargo, acaba resultando muy forzada, o muy rara, la mezcla de su extraordinario celo religioso con su crueldad de acero, su insensibilidad hacia el sufrimiento de los demás, y su persecución a ultranza de los intereses propios. Acaba también sorprendiendo el desenlace un tanto cínico del relato, con un Herrick rendido: «había aceptado la bajamar en lo que se refería a los asuntos de los hombres, la marea lo había arrastrado lejos, ya oía el rugido del maelstrom que lo arrastraba y sepultaba».

Señalaba Chesterton cómo en Attwater —igual que, de otro modo, en un personaje como El Weir de Hermiston—, resuena la tradición escocesa de un Dios de mero poder y terror, lo que lleva consigo un culto brutal del miedo al que se someten los personajes y, tal vez también, el autor. Por eso la historia deja en el lector sentimientos mezclados: como si el narrador respetase demasiado a un personaje como Attwater y no lo aborreciese tanto como evidentemente aborrece a Huish. Decía Chesterton que «esta secreta idolatría de lo que un sentimiento femenino llamaría “fuerza” tal vez era la única lesión en la perfecta cordura de Stevenson, la única llaga en la salud normal de su alma», una herida que seguramente le había sobrevenido como consecuencia de un esfuerzo demasiado violento para estar sano.

Robert Louis Stevenson. Bajamar (The Ebb-Tide, 1894). Madrid: Valdemar, 1999; 165 pp.; col. Avatares; trad. de Inmaculada Matito; ISBN: 84-7702-285-2. Otra edición en Valdemar, 2003; 256 pp.; col. El Club Diógenes; ISBN: 978-8477024309. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 9 de octubre de 2015

Mi cupo veraniego de novelas del momento, más o menos policiacas, se completó con La banda de los Sacco, de Andrea Camilleri, un relato con aires de reportaje periodístico que me recomendaron y que me ha gustado leer.

Raffadali, Sicilia, años veinte. El narrador cuenta la historia de la familia Sacco, primero de su ascenso social, y luego de cómo comenzó y creció su lucha contra la mafia. Después de que la mafia intentase chantajearles, se suceden los incidentes y, al ver los Sacco que no pueden confiar en la justicia para defender sus derechos, se ven empujados a combatir ellos mismos a la mafia, contando con la simpatía de muchos.

Libro corto, a medias entra la novela y el reportaje un tanto ensayístico, bien construido, que se lee con facilidad y me ha recordado libros de Leonardo Sciascia. La narración es directa, contrasta testimonios de unos y otros, y explica cómo el crecimiento de la mafia se debió también al ambiente propiciado por el régimen fascista en los años veinte. A leerlo volví a pensar, una vez más, en la idea que se apunta en Una banda de ladrones.

Andrea Camilleri. La banda de los Sacco (La banda Sacco, 2013). Barcelona; 2015; 187 pp.; col. Áncora & Delfín; trad. de Juan Carlos Gentile Vitale; ISBN: 978-8423349074. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 8 de octubre de 2015

Otro libro importante de Adalbert Stifter fue Piedras de colores, un volumen cuya versión original contiene seis historias, todas ellas con niños en sus argumentos, aunque la edición castellana titulada del mismo modo sólo contiene dos: Cristal de roca (Bergkristall, 1845) y Creta blanca (Bergmilch, 1843).

El argumento de este último, que se desarrolla durante las guerras napoleónicas, es que, a un castillo llega un oficial enemigo que se comporta caballerosamente y eso causa una gran impresión a una niña del castillo que, años después, se reencontrará con el oficial cuando vuelve para pedir disculpas.

Pero es Cristal de roca el más popular de todos los relatos cortos del autor. Sus protagonistas principales son dos niños, Konrad y su hermanita Sanna. Ambos suelen ir andando desde la casa de sus padres a casa de sus abuelos, situada en un pueblo cercano. Pero un día de Nochebuena que hicieron ese recorrido por la mañana, se desorientaron y perdieron al regresar por la tarde debido a la rapidez con la que cayeron la niebla y la nieve.

Como es habitual en Stifter, la narración tiene un arranque lento. Empieza por unas majestuosas descripciones de la naturaleza y de los escenarios donde viven los protagonistas. Continúa —como en Creta blanca—, con una explicación calmosa de los antecedentes familiares de los niños. Todo conduce a los momentos de gran tensión en los que se pierden y en los que Konrad, que se da cuenta del peligro, intenta en todo momento, al mismo tiempo, tranquilizar a Sanna y procurar que no se abandone al sueño.

La historia tiene una clara condición de cuento navideño, no sólo por el momento en el que se desarrollan los acontecimientos, sino por las «lecciones» que desprende: la conmovedora valentía de los niños, reforzada porque ven las luces de la Nochebuena en las estrellas; la solidaridad entre los vecinos para ponerse a buscarlos, que se nos da a entender que servirá para que los padres de Konrad y Sanna abandonen su altivez de ricos…

Adalbert Stifter. Piedras de colores (Bunte Steine, 1853). Madrid: Cátedra, 1990; 142 pp.; col. Letras universales; trad. de Juan Conesa y Jesús Alborés; ed. de Juan Conesa; ISBN: 84-376-0952-6. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 7 de octubre de 2015

En Abu Torrelli hace sopa, de Sharon Creech, los personajes son Rosi, una niña de doce años que es la narradora; su vecino Bruno, de su edad, ciego, que ha crecido junto con Rosi; y la abuela de Rosi, inmigrante italiana, una gran cocinera que, además, sabe contar cosas que le han pasado a ella pero que coinciden mucho con los problemas que a Rosi se le presentan en su relación con Bruno. Además, ha llegado una chica nueva al barrio y a Rosi le parece que Bruno le hace demasiado caso.

Narración organizada en capítulos breves, con títulos también breves. La narradora cuenta las cosas en presente, con muchos diálogos y frases concisas que, algunas veces, desean ser poéticas: «mis ojos son dos globos congelados, sólidos». Al hilo del enfado actual de Rosi con Bruno, con el que comienza su relato, vamos conociendo el pasado de los dos, y admirando la sabiduría de la abuela, tanto por sus recetas culinarias como por su forma de conseguir que todo vuelva a su cauce. Las personalidades de cada uno suenan verosímiles y los sentimientos de Rosi están bien reflejados. El relato es de los que aviva la comprensión de lo que uno mismo y otras personas pueden estar sintiendo, pensando y queriendo.

Sharon Creech. Abu Torrelli hace sopa (Granny Torrelli Makes Soup, 2003). Barcelona: Entrelibros, 2004; 128 pp.; trad. de Alberto Jiménez Rioja; ISBN: 84-9651700-4. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 6 de octubre de 2015

Agradecería que los lectores actuales de la página que se han suscrito al antiguo boletín, que ya no está operativo, lo hagan al actual boletín mensual.

Y, para los lectores que no reciben el boletín, un aviso es que, como se puede ver en este enlace,  amazon ha bajado mucho el precio de la mayoría de mis libros electrónicos, oferta que mantendrán durante el mes de octubre.

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martes, 6 de octubre de 2015

Buscar, de Olga de Dios, presenta un personaje llamado Bu, que siempre anda cabizbajo, mirando al suelo y como buscando (la impresión que da es que a Bu nadie le ha explicado nunca que buscar es un verbo transitivo). Se va cruzando con distintos seres, al principio, uno en cada doble página —como Conejo Blanco, Osa Ramona, Rosita—, y luego varios en cada página —primero Tris y Tras, luego Naranja y Limón, después Zeta, Berenjena, la Tortuga Intrépida, Evarista la artista, Fénix y Babosilla…—. Todos le preguntan y Bu siempre responde que lo que hace es Buscar. Hasta que…

Las imágenes de los personajes son simpáticas. La composición de las escenas está bien pensada para llevar la trama de menos a más. Y la conclusión nace de modo natural de lo que va ocurriendo: es importante levantar la mirada y mirar alrededor; es importante ver a los demás e interesarse por ellos.

Olga de Dios. Buscar (2014). Madrid: NubeOcho, 2014; 34 pp.; ISBN: 978-84-942929-6-5. [Vista del álbum en amazon.es]

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lunes, 5 de octubre de 2015

Hace unas semanas puse un breve comentario a un álbum antiguo de Pat Hutchins. Otro, compuesto del mismo modo, con colores alegres y figuras simples sobre fondo blanco, es Titch, una de esas historias que resultan muy satisfactorias porque acaban con una victoria del pequeño sobre los mayores.

Todo lo que tiene Titch es mucho más pequeño que lo de su hermano y hermana mayores, Pete y Mary, cuyas bicicletas son más grandes y rápidas, sus cometas vuelan más alto, etc. Cada ilustración cuenta esto con distintos ejemplos. Hasta que, al final, de la semilla pequeña de Titch nace un árbol mucho más grande que todas las cosas que tienen sus hermanos.

El álbum se apoya en la expresividad de las caras y posturas, las del pequeño Titch sobre todo, en la secuencia de cada uno de los pasos de la historia, y en su argumento tan sencillo como potente para los lectores naturales del relato.

Pat Hutchins. Titch (1971). Nueva York: Aladdin Books, 2009; 32 pp.; ISBN: 978-0689716881. [Vista del álbum en amazon.es]

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domingo, 4 de octubre de 2015

Tiempo atrás señalé que, después de las consideraciones intelectuales que había hecho en El problema del dolor, C. S. Lewis tuvo oportunidad de hacer un análisis vital cuando lo sufrió en su propia carne, al morir su esposa, en Una pena en observación, un libro desgarrador y consolador a la vez. Pongo a continuación un comentario, más amplio que aquel, sobre los cuatro tramos en los que dividió su relato.

En el primero el autor está centrado en su propio dolor y reflexiona sobre las distintas formas que va tomando en su interior la pena que siente —miedo, lágrimas, desidia...— y se pregunta, con aspereza y expresiones violentas, dónde se ha metido Dios.

En el segundo empieza señalando que debería pensar más en H., su mujer, y menos en sí mismo. Al mismo tiempo comprende la fragilidad de la fe en Dios que tenía: «es muy fácil decir que confías en la solidez de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio. Lo primero que descubrirás es que confiabas demasiado en ella». Indica cómo se ve a sí mismo como «un hombre empeñado en seguir pensando que hay alguna estrategia (que es cuestión de encontrarla) capaz de lograr que el dolor no duela».

En el tercero su comprensión avanza un paso más: «mi amor por H. y mi fe en Dios eran de una calidad muy parecida» y «ambas tuvieron mucho de castillo de naipes». Ante eso, piensa, Dios debió actuar como un «cirujano insobornable»: «Dios ya conocía la calidad de mi fe. Era yo quien no la conocía. (...) Él siempre supo que mi templo era un castillo de naipes. Su única manera de metérmelo en la cabeza era desbaratármelo».

En el cuarto vuelve sobre lo escrito e indica cómo su intención, al empezar, era la de dibujar como un mapa de la tristeza, y cómo se ha dado cuenta de que la pena no es una comarca sino un proceso. Recapitula cómo «mis apuntes han tratado de mí, de H. y de Dios. Por ese orden. Exactamente el orden y las proporciones que no debieran haberse dado». Da entonces unas explicaciones intuitivas sobre lo sucedido: Lewis habla de hay una mirada de Dios, «silenciosa y en realidad no exenta de compasión. Como si Dios moviese la cabeza no a manera de rechazo sino esquivando la cuestión. Como diciendo: “Cállate, hijo, que no entiendes”». Apunta cómo, en un momento, tuvo una impresión que describe con la imagen de hombre en la oscuridad de un calabozo que oye un sonido que es como una risa sofocada, y, con ella, «la sensación de que una simplicidad apabullante y desintegradora es la verdadera respuesta».

A la vez que desarrolla su reflexión, Lewis hace consideraciones certeras acerca del amor humano —un tema que había desarrollado un año antes por extenso en Los cuatro amores—. Entre otras, apunta el que llama uno de los milagros del amor: el de que «consigue dar a la pareja —pero quizá más aún a la mujer— el poder de penetrar en sus propios engaños, y a pesar de todo no vivir desengañada». Es decir, que puede llegar a dar «una visión un poco parecida a la de Dios», de la que «casi podríamos decir que ve porque ama, y por lo tanto que ama, a pesar de que ve».

C. S. Lewis. Una pena en observación (A Grief Observed, 1961). Madrid: Anagrama, 2017; 103 pp.; colección Panorama de narrativas; versión de Carmen Martín Gaite; ISBN: 978-8433906533. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 3 de octubre de 2015

Los Cuentos de las noches en las islas, los primeros relatos que Stevenson escribió en Samoa y que le dieron fama entre sus habitantes, fueron: La playa de Falesá (The Beach of Falesá, 1892), El diablo de la botella (The Bottle Imp, 1891), La Isla de las Voces (The Isle of Voices, 1893). Todos ellos tratan, de distintos modos, de la codicia humana. Son menos felices, en su ejecución y en su tono, que otros del autor. Tienen unos aires algo sombríos, el humor que destilan es algo amargo, sus desenlaces tampoco son alegres. Una parte de la explicación, decía Chesterton, la dio el mismo Stevenson al señalar que los Mares del Sur son «un océano grande, pero un mundo pequeño». Otra tiene que ver, seguramente, con las consecuencias de la maldad humana que vio en esos países, muchas por parte de personajes como los que retratará en Bajamar. En cualquier caso, se pueden poner como ejemplo de cómo Stevenson siempre añade algo a los géneros que toca y cómo incorpora siempre algún matiz nuevo a viejos argumentos.

La playa de Falesá está narrado en primera persona por John Wiltshire, un comerciante inglés. Habla de su rivalidad con otro comerciante, Case, que al principio parece amistoso y arregla su matrimonio con una nativa llamada Uma. Poco a poco Wiltshire se da cuenta de quién es Case y también se enamora de verdad de Uma. Relato que, para Stevenson, significó un paso del romanticismo a un realismo un tanto grotesco. Pone atención a los retratos de la gente y a la veracidad ambiental, a lo etnográfico podríamos decir, más que al hilo argumental. En él hay nombres de gente real, de barcos reales, de edificios reales. Tiene una intención crítica contra el colonialismo británico. Tuvo una recepción pobre en su momento y más aceptación con el paso de los años, cuando se lo vio como un relato precursor de los de Joseph Conrad y cuando se apreció la intención de Stevenson de experimentar con nuevas formas narrativas.

El diablo de la botella es una especie de fábula moral inspirada en un cuento de los Grimm y en toda la tradición de relatos que hablan de pactos con el diablo. Fue la primera narración que publicó en el idioma local de Samoa. Se sitúa en Hawai y se centra en una botella que contiene dentro un diablillo que concede deseos. Pero la botella está maldita: si el propietario de la botella muere con ella se va al infiermo. O sea que la cuestión es tenerla, conseguir los deseos, y luego traspasarla enseguida; pero existen dos dificultades: que nunca se puede vender por más precio del que uno pagó por ella y que la transación ha de hacerse siempre con monedas. Estas normas han de ser transmitidas de cada vendedor a cada comprador. Se sabe que la botella la tuvieron Napoleón, James Cook, y otros personajes históricos semejantes. Cuando la historia comienza el precio de la botella está en cincuenta dólares. Keawe, un nativo hawaiano pobre, la compra: se hace rico, se casa, y vende la botella. Pero enferma por lo que la recupera y se cura. Luego tiene problemas para venderla y su mujer le propone una solución. Es un relato tenso, que se sigue con interés y se cierra espléndidamente, cuya fuerza se basa en que todos los personajes temen el final que les amenaza: ir al infierno. Es uno de los muchos relatos que Stevenson escribió acerca de la ambición, de la que su protagonista se salva, en esta ocasión, con ayuda de su esposa, cuyo nombre tiene que ver con la palabra hawaiana kōkua, que significa ayuda.

El protagonista de La Isla de las Voces es un hombre llamado Keola, que vive, con su esposa Lehua y su suegro Kalamake, en la isla de Molokai. Kalamake es un brujo poderoso que no parece tener problemas económicos. Un día, Kalamake transporta mágicamente a Keola a una isla donde ambos son invisibles para sus habitantes, pero no pueden hablar porque sí les pueden oír. Allí Keola descubre cuál es el origen del dinero de Kalamake e intenta chantajearle para compartir su riqueza pero las cosas no salen como desearía. De todos modos, el fatuo protagonista sale bien librado gracias a las astutas maniobras que le aconseja su esposa y, además, acaba siendo generoso con sus riquezas: da dinero a los leprosos y a los misioneros, un comportamiento que Stevenson promovió desde que conoció al padre Damián en Molokai.

Robert Louis Stevenson. Cuentos de las noches en las islas (Island Nights´ Entertainments, 1893), 138 pp. de Cuentos completos, Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 2 de octubre de 2015

Hasta aquí hemos llegado es otra novela de Petros Márkaris acerca del comisario Kostas Jaritos. Al principio, la hija abogada de Jaritos, Katherina, es agredida por un grupo de extrema derecha por defender a inmigrantes. Se suceden, a continuación, el suicidio de un griego procedente de Alemania propietario de una empresa de energía eólica, y los asesinatos del propietario de una academia y de dos capataces, que son reivindicados por un misterioso colectivo que firma como los Griegos de los Años Cincuenta. La novela se centra en las reacciones de rechazo de muchos hacia los inmigrantes y en la corrupción endémica de la burocracia de la administración.

Este último aspecto se presenta por medio de varios tipos de personas: los funcionarios, entre quienes «impera la máxima “que tu mano derecha no sepa qué hace la izquierda” y no sólo metafóricamente»; los intermediarios entre los ciudadanos y la administración, los «untadores», «esos gusanos que los griegos necesitan para poder sobrevivir en un Estado donde la burocracia alimenta el soborno y éste, la burocracia»; y aquellos para quienes «los que no aceptan sobornos son imbéciles y los que los aceptan, mafiosos. En medio está él, la víctima», el contratista que los ofrece.

El autor no parece tener más pretensiones que contar bien su historia, con claridad y sencillez, cosa que es de agradecer. Su relato respira, conjuntamente, pesar y buen humor; retrata bien la vida matrimonial y profesional del comisario; y sirve para entender algo más la situación social griega y para ver con simpatía, también, por si hiciera falta, los esfuerzos de las personas honradas que intentan comportarse correctamente y sin perder la calma: como dice Katherina, «vivir amargados no hará que nos sintamos mejor».

Petros Márkaris. Hasta aquí hemos llegado (Titloi telous, 2014). Barcelona: Tusquets, 2015; 288 pp.; col. Andanzas; trad. de Ersi Marina Samará Spiliotopulu; ISBN: 978-84-9066-071-3. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 1 de octubre de 2015

Los papeles de Mudfog contiene siete textos que Charles Dickens escribió para la revista Bentley’s Miscellany, cuando firmaba todavía como Boz, que fueron publicados juntos como libro diez años después de su muerte.

Los primeros, titulados «Los papeles de Mudfog», son una descripción satírica del señor Tulrumble, un nuevo rico al que nombran alcalde de Mudfog, y dos «informes completos» de la primera y la segunda reunión de la Sociedad Mudfog para el Avance de Todo, parodia de las sociedades científicas de moda en la Inglaterra victoriana. Los otros relatos son «La pantomima de la vida», unos paralelismos entre los personajes propios de la pantomima y otros de la vida ordinaria; «Detalles referentes a un león», una crítica de los comportamientos de un escritor famoso y de quienes le aplauden, un tipo de autor que Dickens no querría ser; «Robert Bolton, el caballero con contactos en la prensa», un cuento gótico que es una pieza menor; y «Epístola familiar de un padre a su hijo de dos años y dos meses», un comentario relacionado con que Dickens dejaba su trabajo como editor de la revista Bentley’s Miscellany después de dos años y dos meses.

Fueron textos contemporáneos de Oliver Twist: de hecho, comenta la autora del excelente posfacio, en la publicación por entregas inicial figuraba que Oliver nació en el hospicio de Mudfog pero, al revisar el texto para su publicación como libro, omitió ese nombre. En ellos se ven rasgos del humor y la ironía características del autor: en los nombres que pone a sus personajes, en sus ataques a los ricos y a los pretendidamente sabios, en su sarcasmo contra ciertos comportamientos políticos y periodísticos. Son notables, se señala también en el posfacio, los toques steampunk que aparecen en las reuniones de científicos donde se plantean inventos curiosos y ciudades futuras con, por ejemplo, un «cuerpo de policías compuesto exclusivamente por autómatas».

Charles Dickens. Los papeles de Mudfog (The Mudfog and Other Sketches, 1837-1839). Cáceres: Periférica, 2014; 188 pp.; col. Largo Recorrido; trad. y postfacio de Ángeles de los Santos; ISBN: 978-84-16291-01-4. [Vista del libro en amazon.es]

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