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Notas de octubre de 2018 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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ReeveAtraccionesLuna.jpg
miércoles, 31 de octubre de 2018

Después de tantas décadas de relatos escritos y de películas de ciencia-ficción y de fantasía es como si hubiera una competición a ver quién es más ingenioso y quien crea los seres más singulares: muchos relatos infantiles del género se pueden calificar de ultrabarrocos. Atracciones en la Luna, de Philip Reeve y Sarah McIntyre (igual que Pastel espacial y Oliver y las maspelucas), se puede colocar en esa categoría pero como Reeve es ingenioso para urdir sus tramas y para contar las cosas, y como su planteamiento es (me parece a mí) certero, vale la pena conocerlo.

Emily vive en el Parque de Atracciones Lunar. Su deseo es acompañar a los mecánicos Jinks y O'Hare y ocuparse, junto con ellos, del mantenimiento del Parque. Su oportunidad llegará porque empiezan a fallar atracciones justo cuando llega el inspector Jeremy Moonbottom, un celoso funcionario del Consejo Galáctico, Subcomité Ocio y Espectáculos. Emily acabará descubriendo, al fin, que parte de la responsabilidad de los fallos está en las bolapelusas peladorianas, unos curiosos personajillos que «botaban sin cesar como pelotas de peluche con un sobredosis de cafeína», y que son uno de los muchos ejemplos de los seres singulares a los que me refería en el primer párrafo.

El enfoque de fondo del relato está en unas declaraciones de Moonbottom: «¡Odio los parques de atracciones! ¡Son una pérdida de tiempo! Tirarse por toboganes gigantes, dar vueltas en los tiovivos… ¿Para qué sirve todo eso? ¿Para entretenerse? ¡Bah! La gente debería entretenerse aprendiendo cosas útiles, que los preparen para la vida real! Para eso he creado mi propio parque temático. Se llama OFICINALANDIA, y permite montar en atracciones que muestran las delicias de rellenar impresos y lo emocionante que es llevar la contabilidad. ¡Un parque sensato y útil para la galaxia de hoy!»

Philip Reeve. Atracciones en la Luna (Jinks & O’Hare Funfair Repair, 2016). Madrid: SM, 2018; 218 pp.; col. El barco de vapor; ilust. de Sarah McIntyre; trad. de Xohana Bastida; ISBN: 978-84-9107-298-0. [Vista del libro en amazon.es]

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OlejnikovaHuye.jpg
martes, 30 de octubre de 2018

¡Huye!,
de los eslovacos Marek Vadas y Daniela Olejníková, es un álbum o novela gráfica que parece tener lugar en un imaginario continente africano. Un niño sin nombre narra, en primera persona, el viaje de huida de lugar en lugar que debe hacer con su perro Alan y, al principio, con su padre. En su periplo sin descansos, los fugitivos encuentran toda clase de gentes cuyo modo de ser, a veces, se anuncia ya en los títulos de los capítulos: «la ciudad de las excusas», «la ciudad donde solo se piensa después», «el país donde a nadie le importa nada»…

El tono del relato es, por un lado, sereno: el chico no se irrita, no se indigna, sino que, simplemente, se sorprende o se lamenta de lo que va encontrando al tiempo que se ve urgido a seguir su camino. Además, aunque la historia está impregnada de dolor, y no se suavizan los hechos, también transmite calidez y la seguridad de un amor familiar que sobrevive más allá del dolor y de la muerte. Las imágenes, que ocupan la mitad superior de todas las dobles páginas y, a veces, presentan alguna escena pequeña en la parte inferior, son vibrantes, dinámicas, coloristas y, a veces, grotescas. En la página de la ilustradora pueden verse algunas.

Daniela Olejníková. ¡Huye! (Utek, 2016). Texto de Marek Vadas. Granada: Barbara Fiore, 2017; 48 pp.; trad. de Alejandro Hermida de Blas; ISBN: 978-8416985012. [Vista del libro en amazon.es]

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CotterilCarlotaRoca.jpg
lunes, 29 de octubre de 2018

Una poblada familia de álbumes es la de los que hablan de mascotas. Unos lo hacen de forma más o menos «realista» —reflexiva como Tom y el pájaro, bromista como ¡No!, cómica como ¿Qué animal será el ideal?— y otros recurren al humor hiperbólico —como Mi pingüino Osvaldo o Alex quiere un dinosaurio—. A esta clase pertenece Carlota y la roca, de Samantha Cotterill y Stephen W. Martin.

Al principio vemos a Carlota en una tienda de mascotas, se nos dice que quería una y que no le importaba cuál fuera. Cuando cumple seis años recibe de regalo una roca. No era el tipo de mascota que esperaba, indica el narrador, pero «intentó mantener una actitud positiva», «después de todo, la roca sabía escuchar», «era tranquila y fácil de amaestrar», era «hipoalergénica», algo perfecto para la abuela… Así que Carlota se dedica a cuidar a la roca.

Las ilustraciones tienen un divertido aire antiguo. La figura de la heroína es, como se nota ya en la portada, de lo más convincente. Es gracioso el talante de Carlota para hacer de la necesidad virtud y son chistosos los episodios que le suceden al cuidar a su roca. El desenlace es imaginable porque la roca ya se ve, desde el principio, que tiene un aspecto curioso. No es necesario sacarle más partido al relato para resaltar la necesidad de tener paciencia con cualquier mascota o insistir en que la paciencia tiene su recompensa: en casos parecidos yo no tendría tan claras esas conclusiones.

Samantha Cotterill. Carlota y la roca (Charlotte and the Rock, 2017). Texto de Stephen W. Martin. Barcelona: Blok, 2017; 32 pp.; trad. de A. Martínez; ISBN: 978-84-16712-55-7. [Vista del álbum en amazon.es]

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KiplingSoloCuentosAlianza.jpg
sábado, 27 de octubre de 2018

He mejorado y ampliado el comentario a Solo cuentos, de Rudyard Kipling.

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SingerKarnovsky.jpg
viernes, 26 de octubre de 2018

La familia Karnowsky, de Israel Yeshoshua Singer, es una novela semejante a Los hermanos Ashkenazi, en su planteamiento —si allí se hablaba de tres generaciones de una familia en Lodz a finales del XIX y principio del XX, aquí presenta tres generaciones de una familia judía en Berlín durante las primeras décadas del siglo XX—, en los temas que trata —choques entre padres e hijos, tensiones entre familias judías debidas unas a la posición social y otras a los modos de afrontar las relaciones con la sociedad en la que viven—, y en la forma de reorientar al final las vidas de sus héroes hacia un mayor entendimiento de sus errores del pasado y una mayor benevolencia de unos hacia otros.

La novela comienza en Melnitz, Polonia. El rabino de la localidad choca con el recién casado David Karnowsky, seguidor de las doctrinas de Moshe Mendelsson, que proponía la asimilación entre los gentiles, por lo que Karnowsky decide marcharse a Berlín. Allí progresa en los negocios y crece su hijo Georg. Este acaba estudiando medicina, trabajando en una clínica prestigiosa y, contra los deseos de sus padres, casándose con una enfermera cristiana, por lo que su padre y él dejan de tener trato. Georg y su esposa Teresa tienen un hijo, Joachim Georg o Yegor, que también acabará enfrentado furiosamente con su padre. Se cuentan las relaciones de la familia Karnovsky con otras familias judías, que el ascenso del nazismo provoca humillaciones para los judíos cada vez más insoportables, y que muchas familias, como los Karnowsky, consiguen emigrar a los Estados Unidos.

Es importante tener en cuenta que Singer fecha su manuscrito en 1940-1941 y que la novela se publica en 1943: entre los personajes no se aprecian todavía las grandes dimensiones que acabará teniendo el exterminio nazi. Sí quedan muy bien dibujados los autoengaños de quienes piensan que, por alguna razón, ellos sí se librarán de las persecuciones que comienzan y que acabarán integrados en el Nuevo Orden que se proclama. Aunque lo que arma la historia son, sobre todo, los conflictos entre padres e hijos, son muchos los aspectos de interés de la narración. Por ejemplo, es un personaje secundario magnífico Salomon Burak, que pasa de ser buhonero a ser propietario de unos grandes almacenes, primero en Berlín y luego en Nueva York, donde vuelve a comenzar de cero cuando llega. Y son excelentes, por su viveza, las descripciones de vida callejera en los barrios judíos, en Alemania y en Estados Unidos.

Israel Yehoshúa Singer. La familia Karnowsky (Di mishpoje Carnovsky, 1943). Barcelona: Acantilado, 2017; 552 pp.; trad. del yiddish de Rhoda Henelde y Jacob Abecassis; ISBN: 978-84-16011-54-4. [Vista del libro en amazon.es]

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CottrellManual.jpg
jueves, 25 de octubre de 2018

Manual de la vida terrícola, de Frank Cottrell Boyce, es un relato divertido, en el que suceden todo tipo de cosas disparatadas, jugoso, pues se plantean bien algunas cuestiones de interés, y con un extraterrestre asombroso que, por momentos, recuerda a Snoopy cuando se disfraza de aviador.

Cuando a su abuelo lo internan, pues tiene alzéimer, a su nieto Prez Mellows, un chico que casi no habla, lo envían a pasar un verano con una familia de acogida que viven en una granja con vacas, gallinas, etc. Se presenta entonces por sorpresa un personaje llamado Sputnik, un alienígena con curiosos poderes que, a los ojos de Prez, es como un chico algo raro —falda, casco de cuero, gafas de aviador…—, pero que, a los ojos de otros, es un perro de raza indefinida. Sputnik, que puede oír lo que Prez está pensando y que puede manipular a su gusto algunas leyes físicas, le dice a Prez que ha venido con la misión de cuidarle, precisamente a él, y, además. que el Organismo de Liquidación Planetaria, como el espacio está saturado y ha de hacer sitio a los nuevos cuerpos celestes, está considerando destruir la Tierra. Sin embargo, le dice a Prez, hay una forma de impedirlo: preparar una lista de diez cosas valiosas que haya en la Tierra con las que poder justificar que la Tierra siga girando como siempre.

Así que la historia progresa, por un lado, buscando esas cosas. Prez empieza diciéndole a Sputnik que, por ejemplo, las estrellas son maravillosas, pero Sputnik no está de acuerdo: «El universo entero está plagado de estrellas, planetas, cometas y nebulosas. Vayas por donde vayas, no hay manera de librarte de los cuerpos celestes. Son normales y corrientes, y yo estoy buscando cosas especiales». En cambio, por ejemplo, cuando ve un chubasquero fluorescente se queda deslumbrado: «No he visto nada igual en todos mis viajes por el universo. Me encantó la forma en que resplandecía al caer la tarde. Mira, eso podría aparecer en nuestro Manual. Ponlo en la lista». O, por ejemplo, Sputnik se admira cuando ve cómo funcionan las mareas: «Ah, eso es algo que me encanta de este planeta: que solo tenga una luna. Así no es difícil tener una gravedad estupenda… Donde yo vivía, había doce lunas. Imagínatelo, pasaba una cada media hora. La marea saltaba como una rana en una sartén caliente». Por lo que la marea también entra en la lista.

Esa búsqueda está repleta de cosas graciosas y asombrosas. Unas tienen que ver con que Sputnik no desea ser tratado como un perro: insiste en que no hace recados perrunos y afirma que «cada vez que oigo la palabra “paseo”, empuño mi pistola». Otras con su forma de actuar: le explica a Prez el «oleaje gravitatorio», que «la gravedad viene en ondas» y, por tanto, que «lo único que tienes que hacer es aprender a surfear sobre ellas»; le habla también de que viajar por el espacio es fácil, sólo «hay que pillarle el truquilo. Es que el espacio no es plano, ¿sabes? Tiene pliegues y curvas, y se mueve. Está vivo. Si practicas una temporada, al final aprendes a manejarlo». La historia conduce al fin a los intentos que Prez y Sputnik hacen de «rescatar» a su abuelo, y esto aclarará por qué Laika, la perrita astronauta de la que Sputnik se hizo amigo tiempo atrás, le había pedido que saludase a Mellows en la tierra: cuando Prez le dice que eso no tiene mucho sentido porque la Tierra es muy grande, Sputnik le aclara que «en el contexto del universo, ser del mismo planeta es como ser del mismo barrio».

Por otro lado, la historia conduce también al mensaje principal, que se refiere a la relación que tenía Prez con su abuelo —Prez se preocupaba de ayudarle a superar su alejamiento de la realidad con sus listas y sus notas con recordatorios— y, en definitiva, a la importancia decisiva para todos del «hogar». Sputnik se pone serio cuando le dice a Prez que «la historia de tu pequeño planeta no es más que una sucesión de personas en busca de hogar» y que él tiene una idea equivocada de lo que es un hogar: «eres un chaval temporal que busca un hogar permanente; pero te has pasado mucho tiempo buscando donde no es. (…) El hogar, tu casa, no es un edificio. (…) El hogar no es un punto en el mapa, ni el lugar del que procedes. Es el lugar al que te diriges. (…) Mira, la cosa es así: un día partes en busca de aventuras y, al final, vuelves a casa. Lo ves, ¿verdad? Bueno, pues eso es lo que está haciendo el universo. (…) Todo regresará a casa. Todo lo que estaba roto se reparará. Todo lo que se olvidó será recordado».

Frank Cottrell Boyce. Manual de la vida terrícola (Sputnik's Guide to Life on Earth, 2017). Madrid: SM, 2018; 328 pp.; col. El Barco de vapor; ilust. de Steven Lenton; trad. de Xohana Bastida; ISBN: 978-84-9107-271-3. [Vista del libro en amazon.es]

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GiulianiSaturnoEgipt.jpg
miércoles, 24 de octubre de 2018

Si el álbum que comenté ayer es magnífico, Egiptomanía, de Emma Giuliani y Carole Saturno, es otro excepcional libro de gran formato. En las guardas iniciales hay un mapa y una presentación del libro. En cada doble página los títulos son: «El Nilo y sus estaciones», «La vida en el Antiguo Egipto», «El Faraón», «El Templo», «El embalsamamiento», «Las moradas de eternidad», «El peso del corazón». Las guardas finales dan información cronológica, algunos datos sobre los jeroglíficos, y nombres de reinas y faraones.

Todo se muestra con unas estilizadas y vistosas ilustraciones compuestas con dibujos limpios y colores planos. La información está planificada para presentarla en áreas cuadradas o rectangulares bien jerarquizadas. Los textos explicativos se presentan en pequeños bloques que, con frecuencia, aparecen al levantar las muchas solapas desplegables del libro, unas grandes y otras pequeñas que, a veces, el lector encuentra debajo de las grandes.

Emma Giuliani. Egiptomanía (Egyptomania, 2016). Textos de Carole Saturno. Madrid: Maeva, 2017; 20 pp., muchas con desplegables; col. Libros para los que aman los libros; trad. de Isabel González-Gallarza; ISBN: 978-84-16690-98-5. [Vista del libro en amazon.es]

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RomanyFuerteSuave.jpg
martes, 23 de octubre de 2018

A la cabeza de los álbumes que representan los sonidos hay que poner, a partir de ahora, Fuerte, suave, murmurado, de los ucranianos Romana Romanyshin y Andréi Lesiv, un atractivo y cuidado libro enciclopédico.

En él sus autores hablan de cómo funciona el oído, de la música, de la voz, de los sonidos urbanos y en la naturaleza, de los sonidos que nosotros no percibimos pero sí otros seres vivos, de las grabaciones de sonidos, del silencio, de las formas de hablar, del lenguaje de signos para sordos, etc. Cuentan también algunas anécdotas divertidas y dan otras informaciones de interés sobre cómo «aprendemos a oir, a escuchar, a percibir el mundo».

Llaman la atención las ilustraciones, pensadas bien para transmitir datos o bien para representar de modo sugerente los ruidos o sonidos de que tratan en cada ocasión. Los autores usan recursos diferentes según sus objetivos —figuras humanas esquemáticas, dibujos realistas o simbólicos, onomatopeyas, pictogramas, colores, etc.— y consiguen hacernos entender e incluso hacernos ver los sonidos. Esta reseña de la editorial y esta otra de papelenblanco contienen ilustraciones y más información.

Romana Romanyshin y Andréi Lesiv. Fuerte, suave, murmurado (2017). Granada: Barbara Fiore, 2018; 56 pp.; trad. de Marta Rebón; ISBN: 978-8416985050. [Vista del álbum en amazon.es]

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MaierArtePasarloBien.jpg
lunes, 22 de octubre de 2018

Al ver El arte de pasarlo bien, de Ximena Maier, me han venido a la cabeza dos frases. Una, esta evocación de de infancia de Max Jacob: «“Mamá, me aburro”, “Hijo mío, sólo los imbéciles se aburren”». Otra, la de C. S. Lewis en La abolición del hombre cuando, a la vista de las distintas teorías educativas que han existido a lo largo de la historia, dice que «podemos agradecer la benéfica obstinación de las verdaderas madres, las verdaderas niñeras y sobre todo de los verdaderos niños por conservar en la raza humana la cordura que aún le queda». Pensé también cómo Shirley Hughes cuenta, en sus memorias, que los modelos y la inspiración para sus libros fueron sus hijos, algo que se ve que ha ocurrido también con la autora.

El libro es una sucesión de juegos de niños que se describen con una frase breve que acompaña una ilustración que ocupa la doble página, que a veces es única y a veces está compuesta de varios dibujos consecutivos, con títulos como: «hacer una guarida», «montar un museo», «cocinar tortitas», «hacer un dibujo enorme», «disfrazarse con telas y trapos», etc. Así, hasta «50 ideas para entretenerse con cualquier cosa, en cualquier parte» como anuncia el subtítulo. Hay varias de actividades de interior, unas pocas de actividades urbanas y muchas más de aire libre. En algunas hay referencias visuales reconocibles, por ejemplo a una escena de «Con la muerte en los talones» de Hitchcock en «ver películas antiguas», o al cuadro «Los tres músicos» de Picasso en «visitar un museo», a los diez cañones por banda de Espronceda en «aprenderse un poema de memoria»…

Las figuras tienen mucho dinamismo y desprenden simpatía. Algunas escenas —como «hacer una montaña de hojas secas… y saltar»— parecen pedir, o podrían dar lugar a, una pequeña historia completa. Otras —como «mirar un jardín… con lupa»— me han recordado páginas de Un hoyo es para escarbar. El final, con una pregunta al lector acerca de todos los juegos que se proponen, cumple bien la función de «articular» el libro y darle una cierta unidad. El excelente prólogo indica bien que «no hay un “para qué” en el juego genuino. Al juego no se lo interroga por su sentido. Él es el sentido. Y precisamente por eso educa». Por último, así como en Descubrimientos de niñez decía que los títulos de algunos álbumes que inciden en lo mismo me parecían «negativos», el título El arte de pasarlo bien me parece que da en la diana.

Ximena Maier. El arte de pasarlo bien. 50 ideas para entretenerse con cualquier cosa, en cualquier parte (2018). Madrid: Nido de Ratones, 2018; 116 pp.; prólogo de Gregorio Luri; ISBN: 978-84-947986-2-7. [Vista del libro en amazon.es]

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GoddenElrio.jpg
sábado, 20 de octubre de 2018

He mejorado y ampliado el texto del comentario de El río, de Margaret Rumer Godden, novela de la que además ha salido hace poco una nueva edición.

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NoahProhibidoN.jpg
viernes, 19 de octubre de 2018

Trevor Noah es un cómico sudafricano que, actualmente, al ser el presentador del programa estadounidense The Daily Show, es una persona muy conocida en todo el mundo. En Prohibido nacer habla de su infancia y adolescencia en Sudáfrica, de las dificultades propias del ambiente en el que creció y, como podemos esperar de un libro así, de sus talentos y habilidades particulares. Es un relato en el que abundan las situaciones trágicas que, sin embargo, se cuentan de modo divertido: el lector puede reírse a gusto porque, al fin, sabe que todo terminará con el éxito social del narrador.

El personaje principal es su madre, una mujer shosha con una singular fe, sobre la que se bromea en muchos momentos, pero a la que se rinde homenaje con un extraordinario golpe final. Una parte de los episodios tienen que ver con travesuras de infancia: «mi madre y yo teníamos una relación muy de Tom y Jerry. Ella imponía la disciplina más estricta y yo me portaba mal de narices». Otra, con las escasas relaciones que tuvo con su padre, un suizo alemán con el que sólo podía estar dentro de casa y con el que no podía caminar por la misma acera. Otra más, con los estallidos de violencia que ocurrían a su alrededor que, sin embargo, no cambiaban el modo de comportarse de su madre: «daba igual que tuviéramos una guerra frente a la misma puerta de casa. Ella tenía cosas que hacer y sitios a los que ir. Era la misma testarudez que la impulsaba a acudir a la iglesia a pesar de tener el coche averiado. Podía haber quinientos agitadores prendiendo una barricada de neumáticos en la avenida principal de Eden Park, y aún así mi madre me decía: “Vístete. Tengo que ir a trabajar. Y tú tienes que ir a la escuela”».

Su madre le puso de nombre Trevor porque era un nombre normal, sin significados: «mi madre no quería que estuviera en deuda con ningún destino. Quería que yo fuese libre para ir adonde quisiera, hacer lo que quisiera y ser quien quisiera». Además, sigue, «me dio las herramientas para lograrlo. Me enseñó el inglés como primera lengua. Me leía todo el tiempo», empezando por la Biblia, y poniendo a su disposición toda clase de libros, como una enciclopedia antigua, los libros de Roald Dahl, las Crónicas de Narnia… Y le hizo aprenderse los salmos y preguntarse qué significaban: «me enseñaba a pensar». Así que, gracias a ella, aprendió, además del inglés —el idioma del dinero—, el xhosa de su madre, el zulú —parecido al xhosa—, el alemán de su padre, el afrikaans —porque era útil saber el idioma de tus opresores—, y el sotho en las calles. Cuenta incidentes que le «hicieron comprender que el idioma, todavía más que el color, define quién eres para la gente».

Habla de que madre nunca se dejó llevar por la autocompasión: «Aprende de tu pasado y haz que ese pasado te ayude a ser mejor persona. No te aferres a tu dolor, no te amargues». Señala que «nunca se quejó, ni de las privaciones de su juventud, ni de las traiciones de sus padres», y que siempre le «crió como si las cosas que yo podía hacer y los sitios a los que podía ir no tuvieran límite alguno. Cuando me acuerdo de aquella época me doy cuenta de que me crió como si yo fuera un niño blanco; no en términos culturales sino en el sentido de hacerme creer que el mundo estaba a mis pies, que tenía que decir siempre lo que pensaba y que mis ideas, pensamientos y decisiones importaban». Es más que interesante la forma en que Noah plantea las tundas que recibió siendo niño: «Cuando mi madre me zurraba jamás le tuve miedo. No me gustaba recibirlas, claro está. Cuando ella decía: “Te pego porque te quiero”, yo no estaba necesariamente de acuerdo con ese razonamiento. Pero yo entendía que aquello era disciplina y que tenía un propósito». Al fin, concluye, «el amor es una acción creativa: cuando amas a alguien, creas un mundo para él. Mi madre hizo eso por mí».

Al hilo de la narración Noah expone bien los orígenes de las actuales tensiones sociales de Sudáfrica y explica los distintos grupos que conviven y chocan por distintos motivos: negros zulú, negros shosha, de color o mestizos, orientales, blancos... Explica la diferencia entre el racismo británico y el racismo afrikáner del siguiente modo: «el racismo británico decía: “si el mono puede andar como un hombre y hablar como un hombre, quizás sea un hombre”. El racismo afrikáner decía: ¿Para qué vamos a darle un libro a un mono?».

Al mismo tiempo hace comparaciones útiles para los lectores occidentales. En una época en la que pertenecía a un grupo musical, cuenta que tenían un bailarín excepcional llamado Hitler y el caos que se desató cuando fueron a tocar en la escuela King David pues, al salir a bailar Hitler, los demás chicos del grupo de baile empezaron a jalearlo con «ale Hitler, ale Hitler…». Explica, con ese motivo, que «Hitler no ofende a un sudafricano negro porque Hitler no es lo peor puede imaginarse un sudafricano negro. Todos los países creen que su historia es la más importante y esto se aplica especialmente a Occidente. (…) Muchos occidentales insisten en que el Holocausto ha sido incuestionablemente la peor atrocidad de la historia de la humanidad. Sí, fue horrible. Pero a menudo me pregunto: las atrocidades cometidas en África, por ejemplo la del Congo, ¿cómo de horribles fueron? Una cosa que no tienen los africanos pero sí tuvieron los judíos es documentación. (…) ¿Cuántos negros murieron recogiendo caucho en el Congo? ¿Y en las minas de oro y diamantes del Transvaal? Así, pues, en Europa y en América, sí, Hitler es el Mayor Loco de la Historia. Pero en África no es más que otro de los hombres poderosos de los libros de historia. Durante el tiempo que fui amigo de Hitler, no me pregunté ni una sola vez: ¿Por qué se llama Hitler? Se llamaba Hitler porque su madre le había puesto ese nombre y ya está».

Trevor Noah. Prohibido nacer: memorias de racismo, rabia y risa (Born a Crime, 2016). Barcelona: Blackie Books, 2017; 326 pp.; trad. de Javier Calvo; ISBN: 978-84-17059-12-5. [Vista del libro en amazon.es]

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LawrenceContrab.jpg
jueves, 18 de octubre de 2018

Otros libros que pensaba que había puesto aquí ya, que son eficaces y amenos relatos de aventuras marineras de lo más clásicas, y que gustarán a quienes siguen el género: Piratas de tierra, Los contrabandistas y Los bucaneros, de Iain Lawrence. Pero, en este caso, no están ya en el mercado y han de buscarse en bibliotecas.

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KnowlesMaddenViajamos.jpg
miércoles, 17 de octubre de 2018

Viajamos tan lejos, de Chris Madden y Laura Knowles, presenta veinticinco especies animales que migran, cada una en una doble página, explicando un poco los motivos para el viaje, las dificultades que han de superar… Con ilustraciones vistosas y bien compuestas vemos a la tortuga laúd, la ballena jorobada, el salmón rojo, la langosta del Caribe, el elefante marino..., etc. Al final, después de una doble página sobre las emigraciones humanas, no muy coherente aunque se distinga bien de lo presentado hasta el momento, se dan datos sobre los lugares y distintas que recorre cada especie.

Chris Madden. Viajamos tan lejos (We Travel So Far…, 2017). Textos de Laura Knowles. Madrid: SM, 2018; 64 pp.; trad. de Patrycja Jurkowska; ISBN: 978-84-675-9695-3. [Vista del álbum en amazon.es]

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martes, 16 de octubre de 2018

Vacaciones, de Blexbolex, es un enigmático álbum, casi sin palabras, magníficamente pensado, de los que gustan muchísimo a quienes siguen de cerca la narrativa propia de los álbumes y de los que, precisamente por su sofisticación constructiva, puede atraer menos a quienes desean relatos más fáciles.

El lector tiene una referencia del contenido en el texto de la contracubierta: «Las vacaciones estaban a punto de terminar. Lo tenía todo, el sol, los campos, el jardín y el lago, sólo para mí. Pero entonces, el abuelo invitó a ese patán…». Al empezar la lectura está claro que los protagonistas son: una niña, el abuelo y un elefante pequeño, el patán al que se refiere la niña. La historia progresa por medio de ilustraciones que ocupan una o dos páginas en las que, a veces, hay recuadros como ventanas que adelantan lo que vendrá después, o que presentan escenas de otras cosas que ocurren, o que se imagina o sueña la niña protagonista. El juego que se propone al lector está en que vea las posibilidades que le ofrece la narración y reinterprete las relaciones de rivalidad y antipatía entre los protagonistas que conducen a un sugerente desenlace.

La composición del libro hace pensar en la de álbumes anteriores del autor, como Romance, pero también en la de una novela gráfica como Aquí. Las imágenes, con un aire a serigrafías impresas en telas, evocan los cuadros pixelados de Roy Lichtenstein y el estilo de los populares Little Golden Books —unos antiguos álbumes norteamericanos de los años cuarenta y cincuenta—.  Estas opciones formales, tan interesantes en sí mismas por el tono antiguo que dan al relato y porque gustan a quienes están más o menos al tanto de estas cuestiones históricas, no son las mejores para dar una mayor claridad a la narración y para ganarse más fácilmente a muchos lectores, como antes decía.

Ahora bien, seguramente para el autor esto también forma parte de su propuesta, tan meticulosamente construida. Esta no deja de ser una manera de pedirle al lector que ahonde más, que aprecie que la forma en que se cuenta todo va de acuerdo con los mismos sentimientos de desasosiego confuso de la protagonista, que caiga en la cuenta de que las cosas no siempre son como pensamos que deberían ser, que compruebe que hay que seguir hasta el final y entonces volver atrás para entender algo más lo sucedido, y aún así...

Blexbolex. Vacaciones (Nos vacances, 2017). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2018; 128 pp.; ISBN: 978-8494728433. [Vista del libro en amazon.es]

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AlemagnaUnGranDia.jpg
lunes, 15 de octubre de 2018

Una idea que gana fuerza en los álbumes es la de ¡Qué aburrimiento!: la necesidad de tiempo para descubrir las cosas que nos rodean y asombrarnos con ellas. De lo mismo trata, tal vez de una manera más cercana para muchos lectores pequeños porque pueden verse más reflejados en los personajes, Un gran día de nada, de Beatrice Alemagna. Una niña y su madre pasan unos días de vacaciones y mientras la madre trabaja, la niña no para de matar marcianos en su tableta mientras piensa en todo lo que le habría enseñado su padre si estuviera con ella. Cuando, empujada por su madre, sale a dar un paseo por el bosque, durante un tiempo que parece otoñal, se le cae al agua la tableta...

Cuenta la historia, en primera persona, la niña. Se conduce bien la narración hacia los momentos en los que descubre la vida del bosque y sus habitantes —caracoles, setas, pájaros...—, y en los que recupera sensaciones no diré que olvidadas sino universales —trepar a un árbol, chapotear, hablar con un pájaro…—. Las ilustraciones son tan expresivas y vivas como acostumbra la autora. A esto contribuye también la parka roja de la protagonista que contrasta tan fuertemente contra los fondos. Aumenta el realismo del relato el toque final en el que se hace notar que la niña siente cerca la presencia y el ánimo de su padre (se supone que fallecido). Un punto más: ni el álbum citado al principio ni este aciertan con el título: sus contenidos son positivos pero los títulos resultan «negativos»...

Beatrice Alemagna. Un gran día de nada (Un grand jour de rien, 2016). Barcelona: Combel, 2016; 44 pp.; trad. de Bel Olid; ISBN: 978-84-9101-174-3. [Vista del álbum en amazon.es]

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McCarthyCaballos.jpg
sábado, 13 de octubre de 2018

He puesto datos de nuevas ediciones de varios libros de Cormac McCarthy: La carretera, Todos los hermosos caballos, En la frontera.

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CarrWembley.jpg
viernes, 12 de octubre de 2018

Cómo llegamos a la final de Wembley, de J. L. Carr, es una novela graciosa, de ambiente muy inglés, que aquí está bien reseñada. El narrador, al que no le gusta el fútbol pero que es como el administrativo que lleva la organización del equipo porque le gusta estar en medio de los asuntos, explica cómo el equipo de fútbol de su pueblo, de medio centenar de habitantes, alcanza la final de una competición, la FA Cup, gracias a los consejos de un doctor húngaro, al saber hacer del presidente y a la calidad de su entrenador, que también es jugador.

Es un acierto la elección del narrador, al que le interesa, y cuenta sobre todo, la vida de sus conciudadanos. Sus comentarios irónicos son con frecuencia muy certeros. Por ejemplo: «a diferencia del público del críquet, los aficionados al fútbol no destacan, en general, por su inteligencia, sino por su emoción». O bien, cuando confiesa que siguieron el consejo del doctor húngaro de deteriorar el campo para que los equipos visitantes jugasen peor: algo así, les dijo, no debía causarles remordimientos de conciencia pues «los ingleses son adecuadamente famosos entre los europeos por sus declaraciones de honorabilidad mientras se dedican a preparar la destrucción de sus enemigos».

Pero, sobre todo, hay una escena memorable que vale toda la novela: la entrevista televisiva que le hace un periodista estrella —experto en «drogar a sus víctimas con halagos hasta que entraban en un estado de autoaprobación y aturdimiento para luego hacerlas pedazos con preguntas explosivas a las que no podían responder»— al presidente del club. La filmación tiene lugar en su misma casa y el primer impacto que causa en los espectadores es verla decorada con el criterio del apretujamiento, tan «enemigo de los muebles instantáneos de cooperativa, del diseño funcional escandinavo y de las ofertas especiales de suplemento dominical». Las bombas las lanzará el presidente con sus declaraciones: entre otras, la de que «los ingleses somos justo lo que siempre hemos sido: gente tranquila y decente gobernada por parásitos», completamente «hartos de que los políticos, los burócratas en sus oficinas y los sabelotodos nos digan quiénes somos y qué queremos».

J. L. Carr. Cómo llegamos a la final de Wembley (How Steeple Sinderby Wanderers Won the F.A. Cup, 1975). Barcelona: Tusquets, 2018; 203 pp.; col. Andanzas; trad. de Puerto Barruetabeña; ISBN: 978-84-9066-480-3. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 11 de octubre de 2018

En los últimos meses, al hablar con algunas personas sobre libros antiguos y decirles que buscasen aquí la referencia completa..., comprobé que no los había puesto. Uno de ellos es un buen relato de aventuras, deudor del Kim de Kipling, del que además se ha publicado una nueva edición hace poco más de un año: El rubí del Ganges, de Manuel Alfonseca.

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miércoles, 10 de octubre de 2018

He leído en los últimos meses varias adaptaciones de clásicos. Respecto a varias, que no comentaré, dos observaciones .Una: que a veces las ilustraciones, aun teniendo calidad, no van de acuerdo con el tono de la obra, como cuando unos dibujos cómicos infantiles, más o menos disneyanos, van con un texto satírico de crítica social. Otra: que una introducción a una obra medieval, por ejemplo, no debería, en ningún caso, presentar lo que ahí se cuenta como tonterías de otras épocas; la misión del adaptador es quitar obstáculos a la lectura y dejar que el lector disfrute, o no, la historia tal como su autor la contó; luego, si es el caso, corresponde al educador hacer su trabajo.

En cambio, sí me han parecido buenas adaptaciones algunas de obras novelescas largas a las que sí se les pueden quitar páginas sin que se pierda ni el tirón aventurero ni se alteren los contenidos básicos de la narración. Si, además, las ilustraciones tienen calidad y acompañan el espíritu propio de esos relatos, lo que a veces quiere decir que no importa que tengan un punto de romanticismo algo exagerado, los libros cumplirán bien su función con lectores que de ninguna manera leerán los originales. Es el caso de Ivanhoe, con ilustraciones de John Rush (excelentes las de combate y de caballos, algo dulzonas las románticas), y de Robinson Crusoe, con ilustraciones de Robert Ingpen que, a veces. recuerdan las clásicas de Wyeth.

Walter Scott. Ivanhoe. Barcelona: Vicens Vives, 2011, 3ª reimpr; 137 pp.; con. Cucaña; adaptación, notas y trad. de Manuel Broncano; ilust. de John Rush; ISBN: 978-84-316-8483-9. [Vista del libro en amazon.es]

Daniel Defoe. Robinson Crusoe. Barcelona: Vicens Vives, 2013; 144 pp.; col. Cucaña; adaptación y notas de Eduardo Alonso; ilust. de Robert Ingpen; actividades de Joan Manuel Soldevilla; ISBN: 978-84-316-6804-4. [
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martes, 9 de octubre de 2018

El afán de transmitir mensajes educativos en historias dirigidas a los más pequeños a veces causa problemas. Decirle a un niño pequeño que ha ser él mismo puede parecerle confuso. Decirle que un león puede ser él mismo (es decir, no ser feroz, componer poesía, hacerse amigo de una pata y no comérsela), también puede ser difícil de comprender (en especial si uno sabe algo de cómo son los leones de verdad).

El protagonista de Cómo ser un león, de Ed Vere, es un león llamado Leonard con una actitud ante la vida como la de Ferdinando el toro y que, cuando recita una poesía a los otros leones, los conmueve y los convence de que no hay una única manera de ser un león. Esto último es lo más difícil de creer: que los demás leones se dejen persuadir tan rápidamente con una amable poesía.

Bien, los adultos podemos captar la idea y compartir las buenas intenciones, y podemos también admirar el talento gráfico con el que está preparado este álbum —con grandes ilustraciones de figuras como esbozadas y perfiladas con contornos gruesos—. Pero con los libros infantiles no hay que poner el carro —los mensajes que uno quiere transmitir— delante de los bueyes —la historia que uno quiere contar—; además, los bueyes han de ser lo suficientemente robustos —la historia tiene que ser emocionante, estar bien contada, y se ha de apoyar en personajes convincentes— para soportar la carga que se desea que arrastren.

Ed Vere. Cómo ser un león (How to be a lion, 2018). Barcelona: Juventud, 2018; 32 pp.; trad. de Teresa Farran; ISBN: 978-84-261-4488-1. [Vista del álbum en amazon.es]

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lunes, 8 de octubre de 2018

Un (mal) ejemplo de cómo intentar exprimir al máximo un éxito lo tenemos en El libro de los colores de las ceras y El libro de los números de las ceras, dos álbumes en cartoné para prelectores basados en El día que los crayones renunciaron, de Oliver Jeffers y Drew Daywalt. Pero, en este caso, no son libros nuevos con los mismos personajes sino, tal como se indica en los datos editoriales, álbumes construidos a partir de las ilustraciones del álbum original. En el primero se cuenta y se muestra lo que cada una de las ceras ha coloreado y, en la última doble página hay un dibujo con todos los objetos y seres pintados en las páginas anteriores. En el segundo se nos enseña la caja de las ceras vacía y se dice al lector que las busque: las diez aparecen en las páginas sucesivas. En sí mismos los libros son simpáticos, pero son decepcionantes para quienes esperabámos más de los autores y habrá quien los califique, no sin motivo, de poco honrados: a quien tenga o conozca ya el álbum primero es probable que le sobren estos dos.

Oliver Jeffers. El libro de los colores de las ceras (The Crayons’ Book of Colours, dibujos de 2013, texto de 2016). Texto de Drew Daywalt. Algemesí (Valencia): Andana, 2018; 18 pp.; trad. de Anna Llisterri; ISBN: 978-84-16394-87-6. [Vista del libro en amazon.es]
Oliver Jeffers. El libro de los números de las ceras (The Crayons’ Book of Numbers, dibujos de 2013, texto de 2016). Texto de Drew Daywalt. Algemesí (Valencia): Andana, 2018; 18 pp.; trad. de Anna Llisterri; ISBN: 978-84-16394-89-0. [
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sábado, 6 de octubre de 2018

He puesto datos de nuevas ediciones de Despereaux, La isla de Bowen y Nunca me abandones.

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viernes, 5 de octubre de 2018

Francisco Pizarro, crónica de una locura, de José Luis Olaizola, cuenta, en sus dos primeros capítulos, los primeros años del biografiado: hijo bastardo de un hidalgo de Trujillo, cuidador de cerdos un tiempo, se alistó como soldado en los Tercios de Italia y se fue a América en 1502; allí, entre las expediciones militares en las que participó, estuvo a las órdenes de Núñez de Balboa cuando, en 1513, descubrió el Océano Pacífico. El tercero empieza cuando tiene 46 años, es un hombre rico en Panamá, y constituye una sociedad con Diego de Almagro y Hernando de Soto para salir a la conquista del Perú, cosa que hace en 1524.

Los quince capítulos restantes narran las aventuras de Pizarro y sus hombres con algunos episodios de grandeza épica sin igual, como el de los trece de la fama o el de la batalla de Cajamarca. No se omiten las muchas crueldades y comportamientos viles de unos y otros, aunque se destacan las cualidades como capitán de Pizarro —que nunca mandaba una acción que no emprendiera él—, y se explica también que su éxito en Perú fue posible gracias al odio que había entre los partidarios de Huáscar y los de Atahualpa.

La narración es fluida e incluye páginas escritas por cronistas de aquel tiempo, memoriales para el Consejo de Indias, y cartas y opúsculos sobre la conquista. Esto deja claro cómo razonaban aquellos hombres y, con acierto, el narrador actual deja que las ironías, si las hay, broten de los comentarios de los protagonistas o de lo que se cuenta. Hay expresiones y palabras propias de la época, que piden diccionario y, a la vez, que ayudan a no interpretar las cosas tal como de modo natural haríamos si se usasen algunas frecuentes entre nosotros.

José Luis Olaizola. Francisco Pizarro: Crónica de una locura (1998). Barcelona: Planeta, 1998; 227 pp.; col. Documento; ISBN: 84-08-02356-X. Nueva edición en Madrid: BibliotecaOnline, 2018; 236 pp.; ISBN: 978-8415998556. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 4 de octubre de 2018

De las dos primeras novelas de la serie Máquinas mortales, de Philip Reeve, hablé un poco en la nota Futuras películas vistosas. Comentaré ahora la tercera y la cuarta: Inventos infernales y Una llanura tenebrosa. Diré poco, porque no he sido capaz de leerlas bien: la trama global está construida con destreza y los escenarios futuros imaginativos pueden dar mucho juego visual, pero como los personajes no son nada creíbles y como todo se complejiza en exceso —máxime cuando aparecen cyborgs demasiado «avanzados»—, la sensación de pérdida de tiempo al pasar las páginas es abrumadora (al menos para un lector como yo).

Inventos infernales comienza cuando los protagonistas anteriores, Tom y Hester, tienen ya una hija de 16 años, llamada Wren, y viven en Anchrorage. Wren está enfadada con su madre y huye con unos recién llegados que, además, la convencen de que robe para ellos un viejo libro. Sus padres salen en su búsqueda pero cada uno acaba siguiendo su propio camino. Además, pasan muchas otras cosas dentro del conflicto global, que culminan cuando Anna Fang y los antitraccionistas atacan Brighton, ciudad de recreo a la que ha ido a parar Wren y cuyo alcalde es nada menos que Pennyroyal.

En Una llanura tenebrosa, que comienza seis meses después de la novela previa, se ha conseguido una paz inestable entre las ciudades en movimiento y las ciudades estáticas. Tom y Wren, que ahora viajan juntos por el mundo en su aeronave, descubren que Londres, actualmente una ciudad radiactiva en ruinas, oculta un secreto que puede traer la paz. Gracias a uno de los niños perdidos, Anna Fang, derrotada al final de la novela previa, ha sido reconvertida en una peligrosa stalker —los stalkers son seres reconstruidos a partir de cadáveres empleando medios tecnológicos—. Por su lado, Hester ha de hacer frente a un enemigo que puede destruir la humanidad.

Como apunté arriba, ni resultan convincentes los personajes, cuyas decisiones son incomprensibles muchas veces y cuyos diálogos pretendidamente serios son muy forzados, ni resultan creíbles algunos giros argumentales, que parecen motivados porque la única forma de resolver los líos es hacer desaparecer a ciertos personajes cuanto antes. Que todo es muy artificial se nota también en que, al introducir distintas religiones, a cada cual más rara pero todas al mismo nivel, resulta inevitable pensar que el narrador no se cree nada de lo que dice (e incluso cabría plantearse si lo comprende). Supongo que la referencia que se hace al paso de una Walter Moers Platz es un guiño al autor alemán en cuyo mundo de fantasía disparatada encajaría todo más.

Philip Reeve. Inventos infernales (Infernal Devices, 2005). Barcelona: Penguin Random House, 2018; 349 pp.; trad. de Sara Cano; ISBN: 978-84-204-8687-1. [Vista del libro en amazon.es]
Philip Reeve. Una llanura tenebrosa (A Darkling Plain, 2006). Barcelona: Alfaguara, 2018; 541 pp.; trad. de Sara Cano; ISBN: 978-84-204-8718-2. [
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miércoles, 3 de octubre de 2018

Supersorda, de Cece Bell, es un buen cómic de corte autobiográfico. En veintiún capítulos se cuenta primero que la protagonista tiene meningitis de pequeña y se queda sorda, luego el proceso de adaptación a los audífonos, después el momento en el que acude al colegio con un audífono especial para oír a los profesores... El título revela que, cuando descubre que su audífono especial le permite oír comentarios de sus profesores aunque estén muy lejos, piensa que tiene poderes especiales y se imagina a sí misma como una superheroína.

La historia habla de los vaivenes por los que pasan sus relaciones con sus compañeras y compañeros de clase, los temores que la bloquean y las dificultades que tiene, aunque tanto sus padres como sus profesores son personas cercanas y dispuestas a facilitarle las cosas. En un epílogo la autora dice que su cómic «se basa en mi infancia» y señala que «me interesó más plasmar mis sentimientos concretos de niña con problemas de audición que ser fidedigna en los detalles». Es decir, que aunque procuró no retratar exactamente a nadie, «las sensaciones que sentía de niña son todas ciertas. Fui una niña sorda rodeada de niños que oían. Me sentía diferente y no lo veía como nada bueno».

El relato se podría poner en paralelo con Sonríe, de Raina Telgemeier. Aunque las figuras de Cece Bell no son «realistas» pues tienen aires conejiles —orejas y hocicos—, los escenarios son más simples y los personajes más esquemáticos, sí se pueden comparar los contenidos, el tono y la confección de la historia. Todo se cuenta con claridad, señalando bien los graciosos momentos imaginativos de la heroína, con unas nubecillas que rodean las viñetas, e indicando con globos de texto en blanco los momentos en los que la protagonista no escucha lo que le están diciendo.

Cece Bell. Supersorda (El Deafo, 2014). Madrid: Maeva Young, 2017; 248 pp.; color de David Lasky; trad. de Jofre Homedes Beutnagel; ISBN: 978-84-17108-16-8. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 2 de octubre de 2018

La casa de las cuatro estaciones, de Roger Duvoisin, es un álbum de hace muchas décadas que conserva toda su frescura. Una familia compuesta por el padre, la madre, un niño y una niña, salen en busca de una casa, la eligen, la compran y empiezan a realizar arreglos en ella. Se plantean de qué color pintarla y cada miembro de la familia prefiere una opción distinta, de acuerdo con las distintas estaciones. Pero cuando van a comprar los botes de pintura sólo les venden rojo, azul y amarillo, y entonces el padre les hace una demostración de cómo, mezclando esos colores, pueden obtener los demás que desean, y además les muestra que si los mezclan todos obtienen el blanco... Con figuras sintéticas expresivas, tan características de la mejor ilustración de las décadas centrales del siglo XX, Duvoisin compone una narración clara, que presenta bien el atractivo de los trabajos caseros que hace uno mismo y que da una buena primera lección sobre los colores.

Roger Duvoisin. La casa de las cuatro estaciones (The House of Four Seasons, 1956). Barcelona: Alba, 2018; 36 pp.; col. Cuentos Vintage; trad. de Concha Cardeñoso; ISBN: 978-8490654293. [
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lunes, 1 de octubre de 2018

La portada de Triángulo, de Jon Klassen y Mac Barnett, nos anuncia que estamos ante un álbum minimalista. Y así es: en las imágenes simples, en la historia que se cuenta, en las palabras que se usan.

Triángulo, que vive en una casa triangular con puerta triangular, decide ir a gastarle una broma a su amigo Cuadrado. En el camino pasa junto a triángulos pequeños, medianos y grandes, luego por formas sin nombre, y después junto a cuadrados pequeños, medianos y grandes. Y finalmente llega a la casa cuadrada de Cuadrado. Después de la broma, Cuadrado sale corriendo tras Triángulo.

Álbum para prelectores muy bien compuesto. Las imágenes —con texturas y en tonos apagados característicos de Klassen— tienen guiños visuales fácilmente identificables, las figuras son expresivas sólo con el movimiento de los ojos, la narración es sencilla y repetitiva y el miniargumento es gracioso. Nada raro sería que la serie continuase...

Jon Klassen. Triángulo (Triangle, 2017). Texto de Mac Barnett. Barcelona: Lumen, 2018; 46 pp.; col. Lumen ilustrados; trad. de Máximo González Lavarello; ISBN: 978-84-488-4964-1. [Vista del álbum en amazon.es]

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