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Notas de noviembre de 2005 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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miércoles, 30 de noviembre de 2005

Acaba de volver al mercado Pequeñas memorias de Tarín, de Rafael Sánchez Mazas, un libro con tintes autobiográficos donde se cuentan magníficamente algunas escenas de infancia y juventud. Con un material semejante, treinta años después, Sánchez Mazas escribirá La vida nueva de Pedrito de Andía, para mi gusto la mejor novela de amor juvenil que se ha escrito en castellano. Este tipo de historias también sirve para, entre otras cosas, pensar en qué hemos ganado y qué hemos perdido.

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martes, 29 de noviembre de 2005

Para entrar en ambiente, aquí está una selección de libros sobre la Navidad que preparé hace tiempo y que ahora contiene algunos libros más.

Actualización de esa selección en la navidad de 2014.

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lunes, 28 de noviembre de 2005

Otro buen álbum sin palabras, como el comentado días atrás de Gerda Muller, es el de Cristina Pérez, El último día del verano. En este caso la brevísima historia sólo pide lo que se muestra. Y, al igual que aquel y otros álbumes excelentes, ejemplifica también cómo, a veces, lo que interesa es acertar con una idea sencilla y saber contarla bien.

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domingo, 27 de noviembre de 2005

Cuenta Nick Hornby que hubo un entrenador de fútbol del Arsenal llamado Alan Durban que, durante una rueda de prensa, contestó a quienes le increpaban el fútbol tan feo de su equipo con una cita futbolística que ha hecho historia: «Si quieren divertirse vayan al circo a ver a los payasos». Y es que, apuntala Hornby, «quejarse de que el fútbol sea aburrido es como quejarse de que El rey Lear tenga un final tan triste: es no haber entendido nada, y eso es lo que atinadamente apuntó Alan Durban, a saber, que el fútbol es un universo alternativo, tan serio y tan estresante como el trabajo, dotado de las mismas preocupaciones, esperanzas y desilusiones, de las mismas alegrías ocasionales».

Nick Hornby. Fiebre en las gradas (Fever Pitch, 1996). Barcelona: Ediciones B, 1996; 301 pp.; col. Tiempos modernos; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-406-6321-8.

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sábado, 26 de noviembre de 2005

A la vista de las distintas teorías educativas que han existido a lo largo de la historia, «podemos agradecer la benéfica obstinación de las verdaderas madres, las verdaderas niñeras y, sobre todo, de los verdaderos niños por conservar en la raza humana la cordura que aún le queda. Pero, en la nueva era, los formadores de hombres estarán armados con los poderes de un estado omnicompetente y una irresistible técnica científica: por fin habremos logrado una raza de condicionadores que realmente pueda dar a la posteridad la forma que se le antoje».

C. S. Lewis. La abolición del hombre — Reflexiones sobre la educación (The Abolition of Man, 1943). Barcelona: Andrés Bello, 2000; pp.; trad. de Paula Salazar; ISBN: 84-95407-43-4. Hay otra edición en Madrid: Encuentro, 1994, 2ª ed.; 96 pp.; col. Libros de bolsillo - Encuentro; trad. de Javier Ortega García; ISBN: 847490255X.

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viernes, 25 de noviembre de 2005

Explica Northrop Frye que la literatura es un laboratorio de posibilidades: «en literatura el criterio no es lo real. Es lo concebible. Lo concebible significa que hay muchas cosas que no están aquí, pero podrían estar. De modo que la literatura es un acicate constante del sentido de la posibilidad, de lo potencial».

David Cayley. Conversación con Northrop Frye.

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jueves, 24 de noviembre de 2005

El agente secreto,
firmado por William Somerset Maugham, es otro «thriller» clásico. Son varios episodios protagonizados por un escritor llamado Ashenden, que acepta trabajar como agente secreto al servicio de Su Majestad en los años anteriores a la segunda Guerra Mundial, y que viaja por el mundo con misiones variadas.

Abundan los personajes curiosos en esta narración aristocrático-humorística, en la que se introducen relatos dentro del relato que se alejan del hilo principal. No es una novela excepcional pero es fácil ver cómo, sobre la personalidad de Ashenden, se modelarán futuros agentes secretos.

Así, cuando es reclutado, su jefe le advierte con claridad: «Hay una cosa que debe tener en cuenta antes de empezar su trabajo. Si lo hace usted bien, nadie le dará las gracias, y si necesita usted ayuda, nadie se la proporcionará. ¿Está usted de acuerdo?» Naturalmente, Ashenden lo está.

Su visión de la jugada es la de un humorista consciente de que su papel es el de «una pequeña ruedecilla que formaba parte de una vasta y complicada maquinaria, y no podía nunca ver por sí mismo un desarrollo completo»; entiende que un principio fundamental «(y muy bueno, tanto en la vida como en el Servicio Secreto) era decir de la verdad todo lo más que buenamente pudiera decirse». Su jefe un día le dice: «Usted mira esto como un juego de ajedrez y no parece experimentar sentimientos ni por una ni por otra parte. No lo comprendo bien, pero reconozco que para ciertas clases de cometidos es precisamente lo que se necesita».

El narrador también dibuja bien el modo de ser del jefe, R., un tipo sarcástico que «no tenía ninguna facilidad en ver el aspecto cómico de una broma a su costa. Para ser capaz de esto es imprescindible saber mirar dentro de uno y ser al mismo tiempo actor y espectador de la comedia humana, y R. era ante todo un soldado, y a buen seguro consideraría la introspección como antipatriótica».

William Somerset Maugham. El agente secreto (Ashenden or the British Agent, 1928). Barcelona: Ediciones G.P., 1970; 306 pp.; trad. de R. García Adamuz; agotado.

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miércoles, 23 de noviembre de 2005

La novela de Tonke Dragt, Carta al Rey, considerada el mejor libro juvenil holandés de los últimos cincuenta años, es ciertamente una sensacional novela de aventuras. Algunos escritores de ahora deberían fijarse: ¿por qué gustan siempre libros así? ¿qué pautas en la confección y en la forma y en los contenidos hacen posible que permanezcan historias como esta?

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martes, 22 de noviembre de 2005

Es una buena noticia la publicación en castellano de La princesa y Curdie, la clásica novela de George MacDonald que continúa La princesa y los trasgos, que también había editado Siruela hace años. El lector de las Crónicas de Narnia encontrará en ambas novelas un narrador con acentos muy parecidos y verá por qué Lewis consideraba su maestro a MacDonald. Merece la pena destacar que hay muchas lecciones para padres, y no para niños, en los capítulos iniciales: los padres de Curdie, dice MacDonald, eran una pareja feliz, que se entendía muy bien, debido a «que siempre estaban de acuerdo, porque amaban lo que era justo, verdadero y correcto más que a nada en el mundo».

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lunes, 21 de noviembre de 2005

Adivina quién hace qué. Un paseo invisible,
es un álbum sin palabras firmado por Gerda Muller. Es un buen ejemplo, creo yo, de álbum sencillo y excelente que podría haber sido mejor aún..., si se hubieran pensado unas guardas apropiadas.

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domingo, 20 de noviembre de 2005

Para los entusiastas de las teorías conspirativas la mismísima falta de pruebas es considerada una evidencia. Así, la falta de humo es la prueba de que el fuego ha sido cuidadosamente ocultado. Es como el que argumenta «si en esa silla hubiera un gato invisible, parecería vacía; como la silla parece vacía, luego hay en ella un gato invisible».

C. S. Lewis. Los cuatro amores (Four Loves, 1960). Madrid: Rialp, 2005, 10ª impr.; 160 pp.; col. literaria; trad. de Pedro Antonio Urbina; ISBN: 84-321-2749-3.

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sábado, 19 de noviembre de 2005

Algunas novelas presentan el momento crucial de una vida, ese instante que viene a ser como el centímetro en el que un tren cambia de vía y, por tanto, de dirección. Michael Ende, en Momo, lo dice así: «En el curso del mundo hay de vez en cuando momentos —explicó el Maestro Hora— en que las cosas y los seres, hasta lo alto de los astros, colaboran de un modo muy especial, de modo que puede ocurrir algo que no habría sido posible ni antes ni después. Por desgracia, los hombres no son demasiado afortunados al usarlas, de modo que las horas astrosas pasan, muchas veces, sin que nadie se dé cuenta. Pero si hay alguien que la reconoce, pasan grandes cosas en el mundo».

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viernes, 18 de noviembre de 2005

Me ha impresionado Incierta gloria, de Joan Sales, una novela que tenía en lista desde hace años y que por fin he podido leer ahora. Quizá le sobren unas decenas de páginas en la última parte pero, en cualquier caso, esa es una objeción menor. Es una gran novela sobre la guerra civil española, la mejor de las que yo conozco, pero es mucho más que eso. Está muy bien escrita, hace pensar, abre horizontes... Algunas reflexiones de sus extravagantes y neurasténicos personajes pueden sorprender pero nunca son banales y tienen la cualidad de iluminar algunos comportamientos. Por ejemplo, este comentario del estrafalario Solerás: «Los escépticos tienen la obligación de no creer en nada. Pero creen en sí mismos, en la propia importancia; y Satanás, que tiene sentido del humor, les ha colgado el monigote. Un pequeño infierno portátil engastado donde no se lo ven. Y no me refiero solamente a los escépticos negros; también hay los escépticos color de rosa, que son aún más formidables. Son tan angelicales que no creen en el infierno; ¡lirios de inocencia! (...) No creen en eso ¡y lo llevan pegado por detrás!».

Joan Sales. Incierta gloria (1956). Barcelona: Planeta, 2005; 704 pp.; col. Autores españoles e hispanoamericanos; trad. de Carlos Pujol; ISBN: 84-08-05562-3.

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jueves, 17 de noviembre de 2005

Distinta de la versión cinematográfica posterior que haría Hitchcock, Los 39 escalones es una novela cortita que su autor, John Buchan, escribió para entretenerse durante una enfermedad. En su dedicatoria menciona su entusiasmo por las novelas baratas de aventuras, que describe como una clase de «relato en el que los incidentes desafían a las probabilidades y rozan los límites de lo imposible».

Cuando, en 1914, Richard Hannay, 37 años, está en Londres aburriéndose, un desconocido le aborda, le cuenta los planes para una conspiración y le pide ayuda. Hannay se la ofrece pero, poco después y sin más ni más, el hombre aparece muerto en su apartamento. Como todo le incrimina decide huir e intentar desenmascarar él la trama que le había revelado el asesinado. Con la policía y los conspiradores en los talones logra ir evadiéndolos por los los pelos y, por fin, entra en contacto con un alto funcionario de toda confianza, sir Walter Bullivant.

Muchos libros posteriores se inspirarán en la novela de Buchan: un formidable arranque, un personaje-narrador bienhumorado y metido involuntariamente dentro de un enorme lío del que acaba saliendo gracias a sus recursos, un argumento de persecución donde lo que importa es el ritmo imparable que no deja tiempo para pensar. Y el lector se deja llevar aunque note los defectos: las casualidades son muchas; los malvados no están bien dibujados; no queda del todo claro qué pretenden los alemanes y por qué es tan importante una futura visita de un cónsul; hay algunos comentarios antisemitas que obedecen a que la novela fue redactada en la época de la revolución rusa, cuando se habían difundido masivamente los «protocolos de los sabios de Sión» y muchos veían una conspiración de origen judío detrás de todo lo que sucedía.

En novelas posteriores, Greenmantle, 1916, y Mr Standfast, 1919, Buchan hará trabajar a su protagonista en el servicio de inteligencia durante la primera Guerra Mundial y le podremos ver como un tipo enérgico y decidido, escalador de montañas y capaz de descifrar difíciles claves.

Además, dejará escrita una divertida novelita infantil de fantasía titulada El bastón mágico.

John Buchan. Los 39 escalones (Thirty Nine Steps, 1915). Barcelona: Bruguera, 1982; 59 pp.; col. Club del Misterio; trad. de María Teresa Segur; ISBN: 84-02-09025-7; agotado.

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miércoles, 16 de noviembre de 2005

Dentro de los relatos que vuelven a contar episodios bíblicos, uno que me ha parecido bien construido y literariamente cuidado es Adara, de Beatrice Gormley. Con un mapa de la zona y, quizá, reproduciendo el texto en el que se basa, creo que la edición sería más atractiva para los lectores perezosos.

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martes, 15 de noviembre de 2005

Tengo amigos a los que no les gustan las Crónicas de Narnia. Unos porque no son capaces de apreciar los relatos infantiles del tipo que sean. Otros, porque les ocurre lo mismo con las historias de fantasía en general. Otros, porque han leído El Señor de los anillos y tienen dificultades para bajar de nivel y apreciar relatos inferiores aunque sean valiosos. En muchos casos eso se debe a que han perdido la capacidad de asombro y la frescura que tuvieron cuando leían como niños. Ahora bien, a mí me pasa lo mismo también cuando, por haber leído muchas historias semejantes, rechazo algún relato infantil bien escrito y no aprecio que el niño no ha leído tanto como yo y que para él ese relato será el primero que le cuente determinada historia, y que por tanto puede cumplir bien su función. Es el mismo Lewis quien nos indica que la peculiaridad del lector infantil consiste justo en que no es peculiar: somos nosotros quienes sí lo somos.

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lunes, 14 de noviembre de 2005

La montaña más bella,
con texto de Alfredo Gómez Cerdá e ilustraciones de Teo Puebla, es un ejemplo de cómo un álbum ilustrado requiere algo más que un relato bonito y unas ilustraciones poderosas. El conocido argumento de un chico que decide marcharse del pueblo para descubrir mundo y vuelve cuando es un anciano después de haber vivido mucho, no se vuelve más convincente por colocarlo en un escenario exótico. Las pictóricas ilustraciones, óleos sugerentes llenos de fuerza que realmente llegan al espectador, acompañan bien al texto y transmiten los sentimientos que contiene..., pero el diseño y la composición de las páginas no les sacan todo el partido.

Teo Puebla. La montaña más bella (2004). Texto de Alfredo Gómez Cerdá. León: Everest, 2004; 40 pp.; col. Rascacielos; ISBN: 84-241-8716-4.

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domingo, 13 de noviembre de 2005

C. S. Lewis: «Hasta muy recientemente —hasta la segunda mitad del siglo diecinueve— se daba por supuesto que la ocupación del artista consistía en deleitar e instruir a su público. Había, naturalmente, diferentes públicos. Las canciones callejeras y los oratorios no iban dirigidos a la misma audiencia (aunque, a mi juicio, a una gran cantidad de gente les gustaban las dos). El artista podía incitar a su público a apreciar cosas más bellas de las que había querido al principio. Ahora bien, sólo podía hacer una cosa así si resultaba entretenido desde el comienzo —aún cuando no se limitara a entretener—, ofreciendo una obra básicamente inteligible —aunque no se entendiera completamente—. Todo esto ha cambiado. En los círculos estéticos más elevados no se oye hoy día nada acerca del deber del artista hacia nosotros. Todo gira acerca de nuestra obligación hacia él. Él no nos debe nada. Nosotros, en cambio, le debemos "reconocimiento", aún cuando no haya prestado la menor atención a nuestros gustos, intereses o hábitos. Si no se lo damos, nuestro nombre será vilipendiado. En esta tienda el cliente está equivocado siempre».

C. S. Lewis. «La obra bien hecha y las buenas obras» (1959), en El diablo propone un brindis (Screwtape proposes a toast and other pieces). Madrid: Rialp, 2002, 4ª impr.; 152 p.; col. literaria; prólogo de Walter Hooper; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2935-6.

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sábado, 12 de noviembre de 2005

Siempre me han parecido especialmente misteriosas las escenas de El Señor de los anillos en la que se narra el periplo de Aragorn hasta llegar a Minas Tirith. Tal vez, esa intervención de los muertos en la batalla final, en la mente de Tolkien, tenga el significado de que determinadas victorias sólo se logran recabando todas las ayudas posibles.

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viernes, 11 de noviembre de 2005

Entre otras observaciones jugosas que se contienen en El telón, es luminosa la explicación que da Milan Kundera de la importancia que tuvo Adalbert Stifter y su novela Nachtsommer, que hace tiempo fue publicada en castellano con el título El veranillo de San Martín. Explica Kundera que Stifter puso de manifiesto con ella «el significado existencial de la burocracia» cincuenta años antes que lo hiciera Max Weber, el que pasa por ser el descubridor de la grieta cuyas dimensiones hizo notar Franz Kafka en sus tres grandes novelas, «tres variantes de la misma situación: el hombre entra en conflicto no con otro hombre, sino con un mundo transformado en una inmensa administración. En la primera novela (escrita en 1912), el hombre se llama Karl Rossmann y el mundo es América. En la segunda (1917), el hombre se llama Joseph K. y el mundo es un enorme tribunal que le acusa. En la tercera (1922), el hombre se llama K. y el mundo es una aldea dominada por un castillo».

Milan Kundera. El telón: ensayo en siete partes (Le Rideau. Essai en sept parties, 2005). Barcelona: Tusquets, 2005; 202 pp.; col. Esenciales; trad. de Beatriz de Moura; ISBN: 84-8310-411-3.

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jueves, 10 de noviembre de 2005

Pocos años después de que Robert Erskine Childers escribiera El enigma de las arenas, Joseph Conrad publicó El agente secreto, otra novela fundacional de los thriller de espías. Un agente secreto al servicio de los rusos está felizmente casado con una buena mujer que no sabe nada de sus ocupaciones: ambos habían construido su vida, nos dice Conrad, absteniéndose «de ir al fondo de los hechos y las motivaciones». Conrad se centra en la psicología de los personajes y habla de la imposibilidad de llevar una vida doble sin conflictos, de cómo no se puede separar lo público y lo privado, de cómo hay secretos que terminan destruyendo a quien los lleva... El autor no alcanza esta vez el nivel de sus otras obras, pero si su éxito popular con esta historia es escaso eso se debe no tanto a que su final es amargo como a que ninguno de sus personajes es realmente amable.

Además, al margen del interés que tiene la novela en sí misma, dan idea del talante de Conrad unas palabras que puso en el prólogo que escribió en 1920 para esta historia. En él explica que algunos revolucionarios le habían preguntado cómo había conseguido conocerles tan bien, y Conrad dice que «tuve esta opinión por un gran cumplido, pues es un hecho cierto que mi trato con ellos había sido incluso inferior al del omnisciente amigo que me ofreció la primera sugerencia para escribir la novela. No me cabe duda, sin embargo, de que, por momentos, mientras escribía este libro, me convertí en revolucionario radical; no diré que mi convicción fuera más sólida que la suya, pero sí que me animaba un propósito indiscutiblemente más firme de lo que ninguno de ellos hubiera tenido jamás. No pretendo con esto alardear. Sencillamente me empleé a fondo en la tarea. Siempre me he empleado a fondo en la composición de mis libros. Me he rendido completamente a ellos. Y tampoco esta afirmación contiene alarde de ninguna clase. No podría haberlo hecho de otra manera. Me habría aburrido demasiado y nadie me hubiese creído».

Joseph Conrad. El agente secreto (The Secret Agent; a Simple Tale, 1906-1907). Madrid: Anaya, 2000; 304 pp.; col. Tus libros; ilust. de Tino Gatagán; trad. de Fernando Santos; apéndice de Constantino Bértolo; ISBN: 84-207-0026-6. Otra edición en Madrid: Alianza, 2008; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Alberto Martínez Adell; ISBN: 978-8420657882.
Tomo las frases del segundo párrafo de la nota, del libro Nota del autor: los prólogos de Conrad a sus obras (Conrad’s Prefaces to His Works, 1937). Segovia: La Uña Rota, 2013; 237 pp.; traducciones de Catalina Martínez Muñoz, Eugenia Vázquez Nacarino y Miguel Martínez-Lage; con un ensayo de Edward Garnett; ISBN: 978-84-95291-27-1.

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miércoles, 9 de noviembre de 2005

Para ilustrar la necesidad de mirar al futuro se suele decir que no se puede conducir sólo mirando el espejo retrovisor. A los adultos les puede suceder con facilidad, o nos puede suceder, que no saben hablar a los jóvenes más que a través de un espejo retrovisor que sólo recoge su propia (y tantas veces deformada) experiencia personal: «pues yo a tu edad», «si yo estuviera en tu sitio», «cuando yo estaba en la universidad», y esas cosas. También no pocos escritores están anclados en sus traumitas de infancia o en su mitito del sesenta y ocho, e interpretan y desean dirigir las vidas de los niños y a los jóvenes de acuerdo con eso.

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martes, 8 de noviembre de 2005

Cuando compone las Crónicas de Narnia, C. S. Lewis no intenta escribir unas narraciones alegóricas o simbólicas sino formular unas suposiciones tipo «qué ocurriría si...» y dejar que la narración se desarrolle por sí misma. Y, aunque luego las cosas no son tan sencillas pues es evidente su intención de cargar de significados sus relatos, básicamente sí se puede afirmar que cumple con su propósito.

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lunes, 7 de noviembre de 2005

Semanas atrás dije que de Rébecca Dautremer se habían publicado dos álbumes en español pero he descubierto que había un tercero, El gigante de los pájaros, y además se acaba de publicar otro titulado Princesas olvidadas o desconocidas, un acierto total del que hablaré otro día con más extensión. Del primero se puede decir que tiene un argumento apropiado para un lector pequeño y que las ilustraciones encajan bien con lo que se cuenta, la historia de un gigante que al que nadie le quiere hasta que cuida a un pajarito y, entonces, los pajaritos se hacen sus amigos. Pero, quizá porque la historia suena muy conocida, las ilustraciones tienen menos poderío que las de los álbumes que ya mencioné.

Rébecca Dautremer. El gigante de los pájaros (Le géant aux oiseaux, 2000). Texto de Ghislaine Biondi. Timun Mas, 2001; 26 pp.; trad. de Gemma Gallart; ISBN: 84-480-1977-6.

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domingo, 6 de noviembre de 2005

«Poco antes de morir en Verdún, en 1913, Franc Marc pintó una visión del apocalipsis aplastando la vida inocente titulada El destino de los animales. Esa visión trágica de la materia —la tierra y sus plantas no menos que las formas de animales— dividida y rota por implacables flechas resulta ahora realmente profética, el equivalente alemán a la pregunta formulada por Wilfred Owen desde las trincheras (de la primera guerra mundial): "¿Qué toque de difuntos hay para aquellos que mueren como ganado?"». Pero el arte no impide que las matanzas continúen.

Robert Hughes. El impacto de lo nuevo.

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sábado, 5 de noviembre de 2005

«Creo que están muy equivocados los que dicen que se debería animar a los colegiales a leer periódicos. Casi todo lo que un chico lea en ellos en su adolescencia antes de que cumpla los veinte se habrá descubierto que se interpretó mal y se dio énfasis a lo que no debía, si no se descubre que el hecho en sí también fue falso, y la mayor parte de aquello habrá perdido toda su importancia. Casi todo lo que recuerde tendrá que olvidarlo, y probablemente habrá adquirido un gusto incurable por la vulgaridad y el sensacionalismo y el hábito fatal de saltar de un párrafo a otro para ver que se ha divorciado una actriz en California, que ha descarrilado un tren en Francia y que han nacido cuatrillizos en Nueva Zelanda».

C. S. Lewis. Cautivado por la alegría (Surprised by Joy, 1955). Madrid: Encuentro, 2002; 192 pp.; col. Biografías; trad. de María Mercedes Lucini; ISBN: 84-7490-662-8.

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viernes, 4 de noviembre de 2005

Lo malo de muchas novelas juveniles de hoy es su pretenciosidad. Por eso gusta encontrar una novela como El hombre que quería recordar, de Andrea Ferrari, un relato ameno, bien armado, contado con argentinismos coloquiales que, al menos para un lector como yo, lo hacen más atractivo. No es excepcional pero está bien pues es justo lo que dice ser.

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jueves, 3 de noviembre de 2005

Los amantes de los thrillers deben conocer El enigma de las arenas, de Robert Erskine Childers, el primero en su género. A pesar de que sus descripciones pueden resultar algo arduas, son magníficos el despliegue de la intriga y la descripción y evolución de los personajes. En el arranque, una referencia que reconocerán los seguidores de Kipling: «He leído historias de hombres (...) que tomaban como norma el vestirse formalmente para la cena con el fin de mantener su pundonor y no sumirse en la barbarie». Y en el interior una lección útil para espías primerizos: «Es curioso cómo compensa decir la verdad en esto del espionaje, comentó Davies, pensativo».

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miércoles, 2 de noviembre de 2005

Ya que días atrás mencioné la edición de Pinocho con las ilustraciones de Roberto Innocenti, también se puede recomendar aquí la versión del ilustrador italiano de Cascanueces y el Rey de los ratones, de E. T. A. Hoffmann, no menos deslumbrante. Como se ve, antes que los protagonistas de las Crónicas de Narnia, ya hubo quien descubrió el acceso a un nuevo mundo a través de una puerta en un armario...

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martes, 1 de noviembre de 2005

Un mundo secundario bien recreado en una novela de fantasía no es una especie de mundo alternativo al que uno huye para refugiarse del mundo real. Sí es como un espejo en el que se refleja nuestro mundo y en el que, al contemplarnos, podemos vernos de otra manera y darnos cuenta de que nuestra vida tiene más hondura de la que suponíamos. Tolkien al crear la Tierra Media y Lewis al inventarse Narnia trabajaban con esa mente: la de construir mundos secundarios que nos ayuden a recuperar algunas verdades profundas del mundo primario. La gran diferencia está en el público al que ambos se dirigieron: Lewis da un tono infantil intencional a las Crónicas de Narnia, Tolkien apuntó literariamente mucho más alto.

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