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Notas de noviembre de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 30 de noviembre de 2009

A propósito de la película que se anuncia sobre Donde viven los monstruos, una consideración: es un gran problema el de intentar ampliar un libro que se podría poner como ejemplo del famoso lema «menos es más»; y dos artículos, entre muchos otros que han ido saliendo estas semanas, para quien le interesen: The Wild Things by Dave Eggers y Where the Wild Things Are: Nowhere You’d Like To Be.

Y, cambiando por completo de dimensiones, otro estreno próximo basado también en un álbum es Blancanieves Boulevard, un musical que comenzará esta semana en Madrid y cuyo argumento tiene gran parecido con la historia de Snow White in New York: quién me hubiera dicho a mí hace años que prestar ese álbum a un amigo tendría esas consecuencias.

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lunes, 30 de noviembre de 2009

Un loro en mi granja,
de Lucie Müllerova y Pep Bruno, es un buen ejemplo de cómo se cuenta una historia con palabras e ilustraciones inseparablemente, de cómo un álbum infantil guiña el ojo al lector adulto y de cómo un relato puede ser un puente hacia lecturas posteriores para el lector niño, en este caso si algún adulto le pone tras el rastro que deberá seguir.

El narrador, poco a poco, va presentándole al lector a los distintos animales de su granja y, en particular, le habla del papel tan importante que juega en ella un mandón loro rojo. Las ilustraciones, todas a doble página, con figuras recortadas y pegadas encima del paisaje de fondo, van mostrando distintas perspectivas de la granja hasta que, al final, la vemos completa. Tampoco conocemos al narrador hasta el final, aunque intuimos desde el comienzo que debe ser alguien singular y tan imperioso como su loro.

Lucie Müllerova. Un loro en mi granja (2009). Texto de Pep Bruno. Zaragoza: Edelvives, 2009; 28 pp.; ISBN: 978-84-263-7341-0.

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domingo, 29 de noviembre de 2009

Robert Spaemann:
«El modelo paradigmático de toda educación es el aprender a hablar. La lengua moderna no se aprende mediante clases curricularmente organizadas. La lengua que se le enseña al niño tampoco se la inventa uno, sino que es la propia lengua. La lengua materna es la lengua de la madre. A medida que la madre y el resto de personas que tratan con el niño van incorporando a éste a la comunidad hablante, al hablar con él, aprende el niño a hablar. El lenguaje no es en primer término un instrumento para el dominio del mundo y la comunicación. Sucede más bien que el mundo sólo se nos da en la interpretación lingüística. Aprender a hablar es el modelo para cualquier otra educación. Educación es introducción al propio mundo, interpretación del mundo, práctica de distinciones, ya sea la distinción entre un mirlo y un petirrojo, entre un arroyo y un canal, o entre un Mercedes y un Volkswagen. Pero también la distinción entre lo importante y lo banal, entre lo bello y lo feo, entre el bien y el mal. Estas últimas distinciones no se pueden aprender de manera puramente teórica. La distinción entre lo importante y lo banal se adquiere sólo mediante la práctica de actos de preferencia, de postergación y de renuncia. La distinción entre lo “bello” y lo “feo” se adquiere cuando se va más allá del “Esto me gusta” o “Esto no me gusta” y se educa un órgano para la percepción de cualidades objetivas. Pero esto sucede en primer lugar mediante el encontrarse uno con lo bello, relacionarse con ello y aprender a hacer de una manera bella lo que uno hace. Y la distinción entre el bien y el mal se adquiere sólo cuando uno aprende a tomar partido en favor de unos o de otros, y en ocasiones también contra uno mismo. Cuando aprende que el mundo es un campo de batalla entre el bien y el mal y que esta lucha llega al propio corazón».

Robert Spaemann. «Educación para la realidad. Discurso con motivo del aniversario de un hospicio», en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.

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sábado, 28 de noviembre de 2009

Come to Think of it
fue una recopilación de cuarenta y tres artículos de Chesterton, de los años 1928 y 1929, que hizo su amigo J. P. de Fonseka, un escritor de Sri Lanka que tiempo atrás había escogido los textos para Maestro de ceremonias. De los cinco libros de los últimos años de su vida que recogieron sus columnas semanales del Illustrated London News, este fue el único para el que Chesterton escribió una introducción, cosa que ya no haría en los siguientes: All is Grist, All I Survey, Avowals and Denials, As I Was Saying. En ella, por un lado manifiesta su agradecimiento al editor y a los lectores del histórico semanario al cumplirse ya las bodas de plata de su colaboración; y, por otro, explica el cambio de tono entre los artículos de los últimos años y los de los primeros, tanto de los suyos como de su oponente Shaw. Señala que los dos han evolucionado hacia un estilo «más simple y serio, y posiblemente más didáctico y pesado», pues en una batalla, aunque sea intelectual como esta, lo que ha de hacer cualquier simple soldado es transmitir ordenes e informes lo más claramente posible, y ahora ya no estamos en delicados floreos preliminares, sino una lucha final: «la tarea de nuestra juventud era mostrar que nuestras ideas eran sugestivas; la tarea de nuestra vejez y segunda infancia es mostrar que son concluyentes».

Tiene varios artículos sobre Norteamérica con ideas que había tratado en Lo que vi en América, y que volverían a salir en Sidelights on New London and Newer York. Entre otros, en «On Bigness and America», después de afirmar que «es bien conocido que yo soy un irrazonable reaccionario que rehúsa mirar cara a cara los grandes hechos del mundo moderno», dice que «lamentablemente me falta esa reverencia por las cosas a gran escala que es como la religión de esta época del Gran Negocio». «On Abraham Lincoln» es un gran retrato de un hombre que «no se dejaba llevar por la corriente» y que «no siempre tenía razón pero siempre procuraba ser razonable», y «On Myself on Abraham Lincoln» es una respuesta a un crítico que consideraba insultos a Lincoln los que Chesterton formulaba como elogios en su artículo previo, todo un síntoma de la división de ideas morales que hay en nuestra sociedad.

Entre los artículos de tipo literario, uno muy conocido es «Sobre el ensayo» («On essays», que más tarde se publicó en The Glass Walking Stick y que comento algo en la reseña correspondiente). En «On Dickens and After» desarrolla un poco la idea de que cualquier gran artista da expresión permanente a la verdad que está detrás del espíritu pasajero de su propia época, pero no puede hacer que ese espíritu sea tan popular en un tiempo como en otro, pues no puede estar seguro de que, en un momento dado, ese espíritu sea también la moda. Entre los que tratan de arte tiene interés «On Mr. Epstein», acerca del arte público, un tema que Chesterton trató muchas veces: dice que «la escultura es normalmente un arte público y monumental», se pregunta si «cualquier arte puede ser público u ornamental», y da una explicación de la distancia que hay en nuestro tiempo entre los gustos del artista y los de la multitud. Algunos disfrutarán con «On the Classics»: no hay nada que dé más amplitud a nuestro espíritu que «estar en la compañía de esos hombres, llenar la mente con sus palabras, recordar el tono de sus conversaciones o el gesto de sus estatuas»; frecuentarlos proporciona un talante «que comprende a la vez la modestia y la dignidad, y que nunca es ni servilismo ni orgullo».

Son bastantes los artículos con los que Chesterton intenta poner de manifiesto la inconsistencia del pensamiento moderno, el deterioro que procede de la degradación de las palabras, la importancia de razonar bien y de usar un lenguaje preciso. En «On Preaching», a un periodista que dijo que la oración no tenía que ver con ningún dogma, le replica, por si no se había dado cuenta, que tal afirmación contiene al menos tres dogmas: uno, que hay un ser invisible que oye sin comunicación material; dos, que es benevolente y no hostil; tres, que no está limitado por la lógica de la relación causa-efecto sino que puede actuar de acuerdo con nuestra petición. En «On the Mythology of Scientists» observa que algunas figuras retóricas están fijadas en la mente moderna del mismo modo que las fábulas sobre dioses y ninfas lo estaban en la mente antigua; por ejemplo, si dices que prefieres alguna costumbre antigua te responderán que «no se puede atrasar el reloj», frase absurda en sí misma pues indudablemente se puede, pero sin la cual el tipo que usa esa metáfora está perdido; después de otros ejemplos, propone «establecer un Día de Abstinencia de metáforas» para favorecer la digestión intelectual. En «On Evil Euphemisms» indica que vivimos en un mundo en el que «todo es recomendado al público por alguna especie de sinónimo que es realmente un seudónimo. Es un talento que viene con el tiempo de las elecciones políticas y los anuncios comerciales y los titulares de los periódicos; pero cualquiera que sea el nombre que demos a nuestro tiempo, ciertamente no es especialmente un tiempo de la verdad»: por eso, concluye, prefiere con mucho el lenguaje grosero del tiempo de nuestros padres que el de los expertos publicistas de hoy que usan expresiones agradables para cosas muy desagradables.

G. K. Chesterton. Come to Think of It (1930). London: Methuen & Co. Ltd., 1930; 243 pp. Que yo sepa, no hay edición en la red. El libro como tal se puede conseguir en el mercado de segunda mano. Los artículos que contiene, junto con otros, están en los volúmenes 34 y 35 de Collected Works by G. K. Chesterton, Ignatius Press.

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viernes, 27 de noviembre de 2009

Una novela en contraste con la de ayer y en línea con lo dicho en Una generación autoindulgente es El final de la inocencia, de Linzi Glass, una sudafricana que vive en California. Es una obra sobresaliente si tenemos en cuenta que es la primera de su autora: está bien escrita, cuenta con personajes poco comunes, es emocionalmente intensa y honrada en su presentación de los conflictos.

Verano de 1966, Johannesburgo. Emily Iris, una chica de once años que vive angustiada por la tensión entre sus padres, encuentra consuelo en su dulce y guapa hermana mayor, Sarah, y en sus criados zulúes Lettie y, sobre todo, Buza, un vigilante nocturno que le cuenta historias de su pueblo. Como una forma que tienen sus padres de intentar ocultar sus desavenencias es invitar a gente a pasar unos días con ellos, un día su padre propone a un matrimonio australiano con dos hijos que instalen su caravana en el jardín. Con ese motivo, Emily hace amistad con el huraño Streak, de su edad, y Sarah intenta enseñar cosas a Otis, el mayor, un chico corpulento y retrasado.

La novela, narrada por Emily, lo presenta todo desde su perspectiva. En un lado están su hermana, encantadora y trágicamente ingenua, y el bondadoso Buza, en el que confía plenamente a pesar de las advertencias en contra de su padre: «no hay nada que yo no pueda contarle a Buza y sin embargo hay muchas cosas que nunca le contaré a mi padre». En el otro están su madre, amargada por haber descendido de nivel social y obsesionada con su amante, y su padre, que no piensa para nada en su familia y sólo atiende a su negocio.

Desde un punto de vista literario se podría reprochar a la novela una cierta falta de coherencia en el punto de vista —un capítulo en pasado al principio, lo que ocurrió entonces en presente, y un capítulo final de nuevo en pasado para recoger hilos sueltos—; que se anuncia lo que ocurrirá ya en el título y se telegrafía más claramente desde los primeros compases de algunos comportamientos; que algunos personajes son esquemáticos y que Buza es demasiado perfecto.

Pero, en cualquier caso, la tensión y el desasosiego crecientes de Emily se transmiten al lector con eficacia, la forma en que refleja el dolor por el comportamiento de sus padres es convincente, y están bien entretejidas sus preocupaciones con las tensiones sociales de la segregación racial en Sudáfrica. Por otra parte, Buza gana con creces su protagonismo: con sus comentarios sabios —unos como para sí: «no hay dulzura en una niña rota, no hay dulzura en una familia con tantas grietas»; otros para su oyente: «a veces, señorita Emily, quienes más ruido hacen son quienes menos ruido oyen»—; y, sobre todo, con los tranquilizadores relatos que van en paralelo con lo que necesita Emily: «¡Oh, no!», exclama Emily cuando parece inminente algo malo; «no se preocupe señorita Emily —se apresura a decir Buza—. Ahora verá».

Linzi Glass. El final de la inocencia (The Year of the Gypsies Came, 2006). Madrid: Siruela, 2008; 282 pp.; col. Las tres edades; trad. de Carlos Milla e Isabel Ferrer; ISBN: 978-84-9841-174-4.

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jueves, 26 de noviembre de 2009

Palabra de honor,
de Ana María Machado, es una novela sobre cinco generaciones de una familia brasileña. El protagonista principal es el patriarca José Almada: un niño portugués que llega a Brasil en el siglo XIX y que, con la honradez como bandera, consigue acumular un gran patrimonio en la ciudad de Petrópolis. La narradora principal es Leticia, una biznieta, que alterna tramos en primera persona con acentos reflexivos a propósito de los comportamientos humanos, con otros en tercera persona donde da cuenta de las andanzas de otros miembros de la familia.

Narración bien llevada, aunque la estructura en mosaico desordenado al principio puede desconcertar un poco, que tiene calidez humana, sabor local propio, y un acento especial en la forma en que distintas mujeres de la familia fueron reivindicando su independencia con el paso del tiempo. El núcleo de la historia está en cómo la integridad del protagonista coge categoría de leyenda familiar y local. La conclusión, después de que alguien abusase precisamente de su honradez al final de su vida, la pone la narradora en boca de su padre: para los nuevos tiempos se trata de «aprender la diferencia entre lo que debe adaptarse y lo que no puede cambiar (...). La brújula no cambia. El norte siempre es el norte. Pero cada uno necesita conocer su rumbo e ir corrigiendo todo el tiempo, para no apartarte. Si no prestas atención, quedas a la deriva, te hundes, o vas a dar a dónde no querías».

Ana María Machado. Palabra de honor (Palavra de honra, 2009). Madrid: Alfaguara, 2009; 248 pp.; trad. de Mario Merlino; ISBN: 978-84-204-2363-0.

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miércoles, 25 de noviembre de 2009

Barro de Medellín,
de Alfredo Gómez Cerdá, es un relato bien sintonizado con varios objetivos de mucha literatura infantil actual. Uno, enseñar a los chicos del primer mundo las condiciones de vida en otros lugares y hacerles un poco más conscientes de su situación privilegiada. Otro, presentar de modo positivo el mundo de las bibliotecas y buscar modos de facilitar el acercamiento de los niños a los libros.

Los protagonistas de la historia son Camilo y Andrés, dos niños de diez años, que viven en la parte más alta de un barrio extremo de Medellín cuyas calles se inundan y se convierten en lodazales cuando caen las lluvias. No van a la escuela, se pasan la vida deambulando por las calles, haciendo gamberradas pequeñas y hablando de los deseos de Camilo de ser ladrón de mayor. El conflicto de la historia está en que Camilo ha de conseguir aguardiente para su padre y en el descubrimiento que los dos niños hacen de la nueva y gran biblioteca de la ciudad.

La narración es clara y sobria. Aunque los diálogos entre los dos protagonistas formalmente no serían los de dos chicos como los que se describen —según me dice un amigo colombiano—, psicológicamente sí parece un buen retrato de sus mundos interiores. El desenlace resulta honrado: es positivo, pues deja en el aire una pequeña esperanza para los protagonistas, pero no es engañoso.

Alfredo Gómez Cerdá. Barro de Medellín (2008). Zaragoza: Edelvives, 2008; 147 pp.; ilust. de Xan López Domínguez; ISBN: 978-84-263-6825-6.

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martes, 24 de noviembre de 2009

Una semana en Lugano,
de Francisco Hinojosa, comienza cuando al protagonista, Pedro, lo secuestra el ejército un día que sale para ir a clase. Lo sustituyen por un robot, que es un doble suyo entrenado perfectamente para que haga su vida de todos los días, y a él lo llevan a un campamento especial. Allí lo preparan para una misión: debe sustituir al hijo del presidente de su país —pues se le parece mucho y es mucho más listo—, en una competición que anualmente convoca el emperador de Lugano, una isla en medio del Pacífico. Es un concurso, con distintas pruebas que se desarrollan durante una semana, y en el que participan diez hijos de reyes, emperadores o presidentes de otros países como Venelombia, Turambul o Zambizania.

Relato con un arranque sensacional y un golpe final estupendo. El desarrollo de la competición tiene momentos buenos pero menos gracia: por una parte, el dibujo de los participantes es muy esquemático o es que, tal vez, tanto las pruebas como los competidores son muchos para una historia tan corta y rápida; por otra, es inevitable comparar la historia con obras anteriores que se basan, parcialmente al menos, en la misma idea, como Charlie y la fábrica de chocolate. En cualquier caso, está bien y tiene chispa.

Francisco Hinojosa. Una semana en Lugano (1992). Madrid: Alfaguara, 2009; 151 pp.; col. Alfaguara Juvenil; ISBN: 978-84-204-2197-1.

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lunes, 23 de noviembre de 2009

Cómo aprendí geografía
,
de Uri Shulevitz, es un gran álbum de corte autobiográfico, que cuenta cosas interesantes y que atrapa bien algunas emociones propias de la infancia. Sería una gran cosa que, una vez abierta la puerta, se publicaran en España otros buenos álbumes del autor.

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domingo, 22 de noviembre de 2009

Robert Spaemann:
«La indignidad es una característica que sólo poseen las acciones y las actitudes de las personas, esto es, de seres libres de los que esperamos un cierto grado de dignidad para que no nos produzcan una sensación penosa ni vergüenza ajena. El resentimiento, el odio, el fanatismo son actitudes intuitivamente opuestas a la dignidad, y humillar intencionadamente a alguien más débil que nosotros es una acción igualmente indigna que arrastrarse ante alguien más fuerte. La dignidad del hombre es inviolable en el sentido de que no puede serle arrebatada desde fuera. Sólo uno mismo puede perder la propia dignidad. Los demás solamente pueden vulnerarla no respetándola. Quien no la respeta no quita al otro su dignidad, sino que pierde la suya propia. No fueron Maximiliano Kolbe ni el P. Popieluszko quienes perdieron su dignidad, sino sus asesinos.

Lo que, con todo, sí que se puede quitar a los demás es la posibilidad de manifestar dignidad. Cuando el derecho romano prohibía que se crucificase a ciudadanos romanos no era solamente porque la muerte en la cruz era más dolorosa que la decapitación, sino sobre todo porque forzaba al ejecutado a adoptar una postura que lo exponía a las miradas de todos sin la posibilidad de ningún tipo de automanifestación. El ejecutado se ve confrontado con otros sin que, por su parte, esa confrontación tenga el carácter del mostrarse que resulta esencial para la comunicación personal. La situación es objetivamente indigna.

También la costumbre de la exposición en la picota tenía el sentido de entregar al reo a las miradas de todos en una situación de indignidad objetiva. El arte cristiano se ha ejercitado una y otra vez de forma siempre renovada en este “asunto repulsivo” (Goethe) a fin de, con todo, hacer visible la dignidad del crucificado precisamente en esa situación de indignidad objetiva. El crucificado queda así expuesto a las miradas durante milenios, pero ahora como objeto de adoración. La cruz es un paso para la interiorización radical del concepto de dignidad».

Robert Spaemann. «Sobre el concepto de dignidad humana», en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.

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sábado, 21 de noviembre de 2009

Sidelights on New London and Newer York,
un libro parcialmente deudor del viaje que hizo Chesterton a los Estados Unidos y Canadá en 1931, es una colección de artículos introducidos con un breve prólogo y agrupados en tres secciones. La segunda, la más importante, la componen catorce artículos acerca del modo de ser y de vivir en Norteamérica. Y la primera y la tercera, con ocho y seis artículos respectivamente, Chesterton las presenta como unos viajes en el tiempo pues en ellas comenta nuevas costumbres sociales y nuevas tendencias en la literatura.

Varias veces se ve que Chesterton es bien consciente de que no gana popularidad al arremeter contra el espíritu del tiempo e intentar hacer distinciones cuidadosas. Se nota cuando, en «The Unpsichological Age» —sobre la interminable cháchara sobre psicología que se ha introducido en la conversación ordinaria—, dice que hablar con la voluntad de ser imparcial es la mejor forma que hay de resultar irritante; o cuando, en «On Keeping Your Hair On» —sobre nuevas modas en el peinado de las mujeres—, afirma que «en estas páginas yo aparezco con el molesto carácter de alguien que recomienda detenerse a pensar; aconsejando a los jóvenes que piensen lo que están haciendo y aconsejando a los mayores que piensen lo que están denunciando».

En cuanto a la primera parte, en «On Bright Old Things», al tratar de las distintas formas en que los viejos hablan sobre las costumbres jóvenes, propone juzgarlas según estándares de sentido común universal. Señala que sus objeciones a ciertas modas modernas están basadas en la razón y no en la moralidad en «On Calling Names», donde dice que algunas modernas familiaridades en el trato son unas nuevas formalidades tan impropias como unir té y café para crear una nueva bebida. En «The Cowardice of Cocktails» apunta que «puede ser natural seguir las modas porque, en cierto sentido, es natural ser artificial», pero que también hay que atreverse a decir que algunas modas son cambios a peor, intrínseca e inteligentemente considerados. En «The Unpsichological Age» habla de la estupidez de intentar buscar el placer a toda costa y que algunos son tan tontos que merecen un premio por destruir dos placeres con un solo acto, como el intentar escuchar un poema y resolver un rompecabezas o el de ir a una taberna ruidosa para tener una cena tranquila.

En la sección sobre los Estados Unidos, varios artículos hablan sobre la Prohibición y sus consecuencias, como esa increíble combinación de humor y de horror que fue la delincuencia de Chicago: en «A Plea for Prohibition» propone que el gobierno lo prohíba todo pues así florecerían de nuevo los viejos oficios y volvería el mundo a ser joven; en «A Monster: The Political Dry» habla de que una legislación idiota crea un mundo en el que la burla y la parodia son casi imposibles porque nada que podamos imaginar es más fantástico que la realidad. En relación a las virtudes y los defectos específicamente norteamericanos, muchas veces comparándolos con los ingleses, en «The American Ideal» habla de que el norteamericano real es bueno pero el norteamericano ideal es malo, no en vano ha recibido como una especie de religión la noción de hacer propaganda de sí mismo y ha tenido la desgracia de crecer aprendiendo a imitar a Rockefeller; en «They Are All Puritans» asegura que hay una especie de guerra civil en América entre los puritanos y los antipuritanos, que al final son los más puritanos. Hay bastantes referencias a Main Street, una popular novela donde Sinclair Lewis criticaba la mentalidad provinciana de una imaginaria ciudad del Medio Oeste, pero además titula dos artículos así: «The Case Against Main Street» y «The Case for Main Street»; en el primero ataca una educación basada en la ética de una esperanza que nada significa y en el segundo elogia el sentido de igualdad ciudadana que hay en Norteamérica y que no hay en Inglaterra (que se revela en aquello de lo que lo que no se habla: lord Palmerston definió un gentleman como un hombre que nunca usaba esa palabra). Entre los que señalan las glorias norteamericanas se pueden destacar «Abraham Lincoln in London», donde Chesterton se confiesa un gran admirador de Lincoln pero no un admirador de sus admiradores (idea desarrollada también en varios artículos de Come to Think of it); y «Return to the Vision», donde pone distintos ejemplos de cómo las revoluciones pueden ser buenas pero sus resultados malos, de cómo las visiones primeras son correctas pero las revisiones son un error.

En cuanto a los artículos de la tercera parte, de momento señalo aquí dos interesantes paralelismos, a los que volveré. Uno, entre «The Middleman in Poetry» y «On Literary Cliques» (en All I Survey), acerca de la brecha en aumento entre el arte y su apreciación general. Otro, entre «Magic and Fantasy in Fiction» y «Wishes» (en The Uses of Diversity), donde matiza y ejemplifica cómo la magia buena restaura y cura mientras que la magia mala siempre intenta transformaciones imposibles y anormales. Pero, si hubiera que destacar un artículo, sería «The Spirit of Age in Literature»: en él ilustra el aislamiento de la mente moderna diciendo que si Rabelais suena como el trueno de muchos hombres y puede ser confuso como es confusa la charla de veinte hombres hablando a la vez, el Ulysses de Joyce suena como Joyce y acaba siendo inaudible como lo es alguien hablándose a sí mismo.

G. K. Chesterton. Sidelights on New London and Newer York (1932). San Francisco: Ignatius Press, 1990; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 21; 664 pp., de la p. 467 a la 637; introd. by Robert Royal; ISBN: 978-0-89870-272-0.

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viernes, 20 de noviembre de 2009

A propósito de la blogocampaña contra la pornografía infantil, una buenísima idea, el año pasado puse dos notas que titulé Infanticidios y Una sociedad sin honor.

Siguiendo el argumento de que comportamientos tan deplorables no pueden sino proliferar más de la cuenta en unas sociedades donde algunas leyes no sólo permiten sino que incluso promueven cosas mucho peores, recurro de nuevo a Chesterton para señalar que algunos sacrificios humanos de viejas culturas, y algunas ejecuciones públicas de antiguos regímenes despóticos, trataban a los hombres con mucha más decencia y dignidad que prácticas de nuestro tiempo como el aborto, la eutanasia o la experimentación con seres humanos.

Basta pensar que, al menos, los sacrificios humanos eran humanos pues quienes los practicaban elegían a las víctimas por su valía y, aunque las trataran con crueldad, en muchos casos no lo hacían con desprecio. Y, en cuanto a las ejecuciones públicas del pasado, podemos decir en su favor que eran una especie de justicia salvaje que ni ocultaba la crueldad del acto, ni escondía a los verdugos, ni privaba de la luz de los focos al condenado.

En cambio, los destructores de hoy no consideran ni sagrada ni valiosa la vida humana, no sacrifican a los mejores sino a quienes consideran menos aptos, y no es que desprecien a sus víctimas sino que las ignoran totalmente. Además, intentan cubrir de respetabilidad sus actuaciones llamándose virtuosos a sí mismos, presentándose como los abanderados del progreso, y haciendo todo lo posible para que no se sepa qué hacen con aquellos a quienes eliminan.

Hemos recorrido un largo camino desde los sacrificios humanos que se fundaban en el principio de que lo sacrificado ha de ser lo mejor, según la idea de que se ha de dar algo no porque sea malo sino precisamente porque es bueno, hasta el momento actual en el que, simplemente, las víctimas son escogidas por ser pequeñas o molestas, o porque no tienen voz ni voto para protestar. Es, sin duda, un progreso: el de que como las máquinas son mejores las barbaridades son mayores.

En todos los casos, sin embargo, algo es común: los ritos antiguos más crueles no los practicaron los pueblos más primitivos sino los supuestamente más avanzados como Cartago, el Terror revolucionario tuvo lugar en la ilustrada Francia, el nazismo floreció en la culta Alemania, las prácticas eugenésicas y las legislaciones que las protegen nacieron y crecieron en los países más desarrollados. Para el que quiera verlo está más que claro: no podemos confiar en que sean la Educación, o la Cultura, o la Ciencia (o al menos lo que hoy entienden muchos como tales), quienes protejan a la humanidad.

Prácticamente todas las ideas están en «About Sacrifice», artículo de As I was saying que vale la pena leer completo.

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jueves, 19 de noviembre de 2009

Como, dentro de dos o tres meses según he leído, se estrenará una película sobre la serie de Rick Riordan titulada Percy Jackson y los dioses del Olimpo, he leído la primera novela, El ladrón del rayo, y me he conformado con echar un vistazo muy rápido a las dos siguientes. Quien esté más interesado, puede consultar la gran información que viene al respecto en Wikipedia: un recurso últimamente habitual para la promoción de libros y películas.

La idea básica de la serie es que los dioses griegos siguen jugando un papel en nuestro mundo, visitando la tierra y teniendo hijos e hijas con los seres humanos. Como Norteamérica es hoy el centro de la civilización occidental, algo así como lo que fue la Antigua Grecia (algo que afirma la novela y que no me voy a poner a discutir ahora), el Monte Olimpo está situado encima del Empire State mientras el Hades está debajo de Los Ángeles (con esto seguro que algunos estarán más de acuerdo). La primera novela comienza cuando Percy, un chico disléxico y con graves problemas de comportamiento en los muchos colegios por los que ha pasado, descubre que todo tiene una explicación más sencilla: su desconocido padre fue, en realidad, Poseidón (lo que obviamente le dará una especial habilidad para entenderse con seres marinos). Es llevado primero a un campamento especial para chicos como él y, dadas sus cualidades, es enviado luego a descubrir quién ha robado el rayo de Zeus, que está enfadado por la cuestión y a punto de desencadenar una guerra entre los dioses. En su empresa le ayudarán Grover, un joven sátiro, y Annabeth, hija de Atenea (y, por tanto, peleona y muy capaz).

Es una gran idea la de que los protagonistas semi-dioses sean chicos discapacitados y es una buena explicación la que da la novela de que tal cosa sucede porque su lenguaje natural es el antiguo griego. La novela es divertida (si a uno le divierten estas cosas y no se toma muy en serio a los dioses griegos), usa mucho lenguaje de argot y muchas admiraciones y expresiones equivalentes a los rayos y estrellitas de los cómic —«¡Zaca!», «¡Tracazás!», etc.—. Está inteligentemente construida, por medio de continuos diálogos donde cada dios o diosa habla como se le supone, más o menos, y donde se van colocando todo tipo de explicaciones. La habilidad del autor está, también, en que todo se presta extraordinariamente bien a una película de acción al uso, con persecuciones, rayos varios, explosiones, toda clase de escenarios y de posibilidades.

Es dudoso que una novela como esta sea un buen instrumento para familiarizar a los lectores con el mundo clásico, aunque hay profesores que consiguen maravillas y nunca se sabe. Para dar idea de lo anterior, dos ejemplos. Uno, la escena de la entrada de los protagonistas en el Hades, donde tienen una charla con Caronte, un negro alto y elegante con el pelo teñido de rubio, que, cuando se despiden, le dice a Percy: «Te desearía suerte, chaval. Pero es que ahí abajo no hay ninguna. Pero, oye, no te olvides de comentar lo de mi aumento (de sueldo)». Otro, que da idea de los acentos del protagonista y narrador, es cuando tiene que saltar al vacío, al final de un capítulo y, al comienzo del siguiente, dice: «Me gustaría contarte que tuve una profunda revelación durante mi caída, que acepté mi propia mortalidad, que me reí en la cara de la muerte, etcétera. Pero mi único pensamiento era: ¡Aaaaaaahhhhhhhh!».

Rick Riordan. El ladrón del rayo (The Lightning Thief, 2005). Barcelona: Salamandra, 2006; 285 pp.; col. Percy Jackson y los dioses del Olimpo; trad. de Libertad Aguilera Ballester; ISBN: 84-9838-039-1.

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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Un ejemplo de cómo los intereses pedagógicos no impiden escribir buenos cuentos está en los Cuentos de la selva de Horacio Quiroga.

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martes, 17 de noviembre de 2009

El increíble Kamil,
de Andrea Ferrari, es un relato con dos líneas en paralelo que al final se juntan. Una, propia de historia escolar, es sobre un chico acomplejado por ser el pequeño entre sus hermanos y porque hay quienes abusan de él en el colegio, que se hace amigo de un chico llamado Kamil que no tiene miedo alguno: hace frente a los abusones y los ahuyenta y, luego, realiza distintas proezas; para el narrador es como Superman. En la otra, un médico, informado de que hay un chico de origen pakistaní que hace cosas increíbles en la ciudad, lo busca para intentar ayudarle. Resultan amenos algunos episodios de vida colegial y atrae también el núcleo del problema de Kamil, por lo que la historia como tal interesa, pero tal vez la construcción novelesca debería equilibrar mejor los dos acentos y los dos hilos argumentales.

Andrea Ferrari. El increíble Kamil (2009). Madrid: SM, 2009; 115 pp.; col. El Barco de Vapor; ISBN: 978-84-675-3625-6.

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lunes, 16 de noviembre de 2009

Una trama sencilla para un álbum es la de un paseo en el que al protagonista o a su alrededor pasan cosas. Es el caso de, por citar álbumes recientemente mencionados, Korokoro o La sorpresa de Nandi; o, citados más atrás, Las clases de tuba o Un paseo invisible. Pero tal vez el ejemplo más famoso entre los álbumes con ese argumento sea el de Rosie’s Walk, de Pat Hutchins, del que no conozco edición en España.

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domingo, 15 de noviembre de 2009

Robert Spaemann:
«Normalmente la educación no es una profesión. Dar clase puede ser una profesión, la profesión del profesor, que transmite conocimientos y habilidades muy concretas. Pero, ¿qué conocimientos y habilidades transmite el educador? “Vivre c’est le metier que je veux lui apprendre”, “Vivir es el oficio que quiero enseñarle”, hace decir Rousseau al educador de su famoso Émile. Pero ¿cómo enseña uno a vivir? Conviviendo y haciendo todo lo posible unos con otros. La educación no es ningún proceso propio de la racionalidad instrumental. No existe una actividad especial que se llame “educar”. La educación es un efecto secundario que sobreviene cuando se hacen muchas otras cosas diferentes».

Robert Spaemann. «Educación para la realidad. Discurso con motivo del aniversario de un hospicio», en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.

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sábado, 14 de noviembre de 2009

En Christendom en Dublin, un librito que podría ser un capítulo más de Irish impresions, Chesterton narra una estancia en la capital irlandesa con motivo de un Congreso Eucarístico.

Para empezar, no se priva de meter el dedo en el ojo a los enfadados con el proceso independentista irlandés, que se quejaban de que la Union Jack fuera retirada mientras que la bandera vaticana ondeaba por todas partes, diciéndoles que la bandera de Inglaterra debería ser la Royal Standard escocesa, una de las banderas más bonitas del mundo pues fue diseñada por gente que sabía de heráldica, y no la Union Jack, una bandera diseñada cuando la heráldica había decaído y la gente sólo sabía hacer banderas mezclando feas franjas como en una manta.

Luego ironiza en otras direcciones: hacia los antipapistas con los «terrores de la púrpura romana» cuando cuenta su conversación con un cardenal; hacia los marxistas cuando señala que la religión es el opio del pueblo y por eso los irlandeses son tan somnolientos y nada broncos; hacia «la cansina y cargante voz del secularismo» que «habla reiteradamente sobre las peleas entre teólogos» de forma que «uno supondría que nadie ha peleado entre sí excepto los teólogos, o que los teólogos no hacen otra cosa».

Pero, al margen de que aproveche la ocasión una vez más para recordar a sus compatriotas que, históricamente, los irlandeses fueron tratados como una enfermedad que debía ser suprimida, sobre todo se centra en la singularidad de Irlanda como país católico: porque sus raíces fueron tan diferentes a los de los demás países europeos, porque «tuvo que luchar especialmente contra el calvinismo que vino más de Escocia que de Inglaterra pero que fue desafortunadamente sostenido por la riqueza y el poderío bélico de Inglaterra», porque fue pobre y estuvo tan sojuzgada durante siglos que tuvo que mantener sus tradiciones «con toda la vigilancia de una conspiración».

Chesterton describe también el ambiente y las ceremonias que vivió en Dublín esos días y, al hablar del clima emocional de algunos momentos, reivindica el valor de la razón a la hora de aceptar y vivir la fe católica: «un hombre que encuentra su camino al catolicismo, en medio de la jungla de la cultura y la complejidad modernas, debe pensar las cosas más seriamente que lo ha hecho en toda su vida»; sobre todo, continúa, «debe pensar, debe preservar su independencia intelectual, debe usar su razón», debe ampliar su mente y considerar que «sería mejor rechazar la Fe que aceptarla como algo irrazonable». Pero, dejándose llevar por su espíritu de poeta y aludiendo también a su experiencia personal, a quien siga ese camino le dice que, cuando llegue al final se verá en la mañana del mundo, «no entre argumentos, sino entre hechos maravillosos como fábulas, hechos como esos que los paganos pintaban como una tierra de gigantes en una edad de héroes».

G. K. Chesterton. Christendom in Dublin (1932); London: Sheed & Ward, 1932; 72 pp. Nueva edición en San Francisco: Ignatius Press; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 20; ISBN: 978-0-898708547.

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viernes, 13 de noviembre de 2009

Cuenta Natalia Ginzburg en uno de sus ensayos que propuso a la editorial en la que trabajaba que se tradujese al italiano Juventud sin Dios, de Ödön von Horvath, aunque luego descubrió que los derechos los tenía ya otra editorial. Cuando lo leí recordé que no había incluido todavía ese libro aquí: su núcleo, la decisión de una persona de arrostrar las consecuencias de la verdad y, luego, las consecuencias que tiene su comportamiento en los demás, es tan actual hoy como entonces.

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jueves, 12 de noviembre de 2009

He leído recientemente dos novelas de Philip Reeve que comienzan distintas series de ciencia-ficción: Máquinas mortales y Una casa en el espacio. Aunque tienen calidad no son libros para cualquier lector: es necesario ser un tanto adicto no solo al género sino tener también una conexión particular con el autor y sus narradores. En mi caso me ha bastado con leer esas dos novelas para hacerme cargo de su buen nivel y de los contenidos de cada saga y, en principio, no pienso seguir con las demás.

Ambas están bien escritas, son de acción continua, son extraordinariamente imaginativas en las situaciones y en los personajes, son claras en las descripciones sin ningún exceso poético. Las dos son también típicamente posmodernas, tanto en la multitud de guiños a relatos y sucesos del pasado como en los resortes que se pulsan para buscar conexiones con posibles lectores de ahora.

Máquinas mortales tiene lugar en el siglo 30, cuando las cosas funcionan de otra manera debido a una terrible guerra del pasado que lo cambió todo. Las ciudades se desplazan de un lugar a otro y, para sobrevivir, según la doctrina del Darwinismo Municipal, se comen unas a otras. El protagonista es un joven aprendiz de tercera clase del Gremio de Historiadores, que, después de salvar la vida al famoso historiador y explorador Thaddeus Valentine y ganarse así la admiración de su hija Katherine, sin embargo acaba huyendo con quien intentó asesinar a Thaddeus, una chica con la cara desfigurada llamada Hester Shaw. Poco a poco, Tom va comprendiendo mejor la situación y las razones de la Liga anti-tracción para oponerse al poder establecido. Además, ocultamente, con la colaboración del Gremio de Ingenieros, el alcalde de Londres tiene malvados planes de conquista de otras ciudades.

Una casa en el espacio es distinta, para empezar, en sus acentos humorísticos que ya se ven en el subtítulo: «¡La venganza de los arácnidos blancos! o ¡Ida y vuelta a los anillos de Saturno!: un relato de coraje a toda prueba en los confines del espacio, según la crónica de Art Mumby». La acción se desarrolla en un siglo XIX diferente, como si después de Newton se hubieran sucedido invenciones que hubieran permitido al Imperio Británico explorar y conquistar el espacio igual que otros territorios de la tierra. El narrador es un chico con la mentalidad de la época victoriana, igual que su hermana mayor, de la que aparecerán fragmentos de su diario. La historia comienza cuando, a la extraña casa en la que viven en medio del espacio, llegan unos curiosos arácnidos que secuestran a su padre. Art y su hermana Myrtle huyen y acaban enrolados en la tripulación del famoso Jack Havoc, el pirata más famoso del espacio a pesar de su juventud.

Máquinas Mortales tiene un tono más bien serio con algunos toques de ironía que no encaja del todo con el tipo de relato y con unos personajes que podrían salir de cómics como Flash Gordon o Terry y los piratas; además, se dan por buenas algunas acciones más que discutibles de los héroes y sus amigos: el fin parece justificar los medios. Es mejor Una casa en el espacio, un pastiche de los relatos victorianos verdaderamente brillante —aunque con una enorme carga literaria e histórica que puede desanimar a muchos lectores—, que cuenta con unas ilustraciones bien integradas en la historia.

Obsérvese cómo explica Myrtle la conquista de Marte, la joya de la corona de las posesiones extraterrrestres de su Majestad: «Supongo que pocos marcianos imaginarían, a principios del siglo XVIII, que seres mucho más inteligentes que ellos, si bien igualmente mortales, los observaban desde el otro extremo del espacio...»; y véase cómo empezaba H. G. Wells La guerra de los mundos: «No one would have believed in the last years of the nineteenth century that this world was being watched keenly and closely by intelligences greater than man's and yet as mortal as his own...» (un texto que Ramiro de Maeztu tradujo así: «Nadie hubiera creído en los últimos años del siglo XIX que las cosas humanas fueran escudriñadas aguda y atentamente por inteligencias superiores al hombre, y mortales, sin embargo, como la de éste»).

Philip Reeve. Máquinas mortales (Mortal Engines, 2001). Madrid: Espasa, 2005; 320 pp.; trad. de Federico Eguiluz; ISBN: 84-670-1830-5.
Philip Reeve. Una casa en el espacio (Larklight, 2006). Barcelona: Salamandra, 2008; 280 pp.; ilust. de David Wyatt; trad. de Luis Murillo Fort; ISBN: 978-84-9838-185-6.

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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Neil Gaiman
es un escritor que se mueve con una naturalidad asombrosa dentro de algunos mundos de fantasía y que se dirige principalmente a quienes están ya familiarizados con las muchas referencias que maneja. Esa misma soltura, sin embargo, a no pocos lectores les deja la impresión de que sus obras son sobresalientes ejercicios de habilidad narrativa y dominio de los recursos del género pero, también, de que son relatos artificiales y fríos, propios de quien tiene siempre a mano los trucos que le hacen falta para salir del paso (aunque también cabría pensar que no hay manera de poner mucha más alma en obras así, o en que yo no tengo particular querencia por ellas, no lo sé, supongo que todo cuenta). Esta es también mi impresión acerca del último de sus libros, El libro del Cementerio, aunque me ha gustado más que Stardust, Los hijos de Anansi, y Coraline).

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martes, 10 de noviembre de 2009

Unos cuentos divertidos que vale la pena conocer: Los cuentos de mi tía Panchita, «humildes llaves de hierro que abrían arcas cuyo contenido era un tesoro de ensueños» según dice su autora, la costarricense Carmen Lyra.

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lunes, 9 de noviembre de 2009

La sorpresa de Nandi,
de Eileen Browne, es un álbum muy eficaz que cuenta una historia graciosa e instructiva. Una niña, Nandi, prepara una cesta con siete ricas frutas para llevar a su amiga Tindi; la coloca sobre su cabeza y, en el camino desde su poblado al de Tindi, va pensando qué fruta le gustará más.

Aunque las ilustraciones llenas de colorido gustarán a los lectores pequeños, la fuerza del álbum no está tanto en ellas como en ser un relato simpático y bien contado, de los que crean emoción porque van adelantando al lector una información que no tiene la protagonista, y de los que tienen un final amable que sorprende por igual a los dos.

Además, la lectura se hace fácil para el lector pequeño porque la estructura del argumento es tan sencilla como un paseo en el que ocurren cosas, porque las ilustraciones están bien ordenadas y muestran con claridad lo que no se narra con palabras, y porque se da en las guardas la información de los nombres de las frutas y de los animales que aparecen en la historia.

Eileen Browne. La sorpresa de Nandi (Handa’s Surprise, 1994). Barcelona: Ekaré, 2009; 28 pp.; col. Ponte poronte; trad. de María Cecilia Silva-Díaz; ISBN: 978-84-936843-7-2.

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domingo, 8 de noviembre de 2009

Dos citas más de los Ensayos de Natalia Ginzburg:

—«Se ha extinguido o casi extinguido la estirpe de los críticos, porque se ha extinguido o se está extinguiendo la estirpe de los padres. Huérfanos desde hace tiempo, generamos huérfanos, pues hemos sido incapaces de convertirnos nosotros mismos en padres, y así vamos en vano a la búsqueda entre nosotros de aquel del que tenemos una profunda sed, una inteligencia inexorable, clara y distinta, que nos examine con distancia y desapego, que nos observe desde lo alto de la ventana, que no baje a mezclarse con nosotros en el polvo de nuestros patios; una inteligencia que piense en nosotros y no en sí misma, mesurada, implacable y límpida frente a nuestras obras, límpida al conocernos y revelarnos lo que somos, inexorable para encontrar y definir nuestros vicios y errores. Pero para albergar entre nosotros una inteligencia de esta clase, deberíamos tener en nuestro espíritu una lucidez y una pureza de las que en la actualidad todos carecemos, y no puede vivir entre nosotros un ser demasiado distinto a nosotros» («La crítica»).

—«Hoy en día, no creo que podamos ya leer un libro como Corazón; y lo cierto es que tampoco podríamos escribirlo. Pertenece a una época en que se escribían cosas falsas sobre la honestidad, el sacrificio, el honor y el coraje. Esto quería decir que esos mismos sentimientos habían existido o existían a un paso de distancia. Quería decir que las palabras para expresarlos, verdaderas y falsas, existían. Lo falso no es más que una imitación, falsa y muerta, de lo vivo y de la verdad. Hoy en día la honestidad, el honor, el sacrificio, nos parecen muy lejanos de nosotros, tan extraños a nuestro mundo que no conseguimos convertirlos en palabra, y estamos completamente mudos, porque, en los tiempos que corren, nos horroriza la mentira. Por eso esperamos, en absoluto silencio, encontrar palabras nuevas y verdaderas para las cosas que amamos» («Corazón»).

Natalia Ginzburg. Ensayos (Non possiamo saperlo / Mai devi domandarmi, 1991 y 2001). Barcelona: Lumen, 2009; 444 pp.; trad. de Flavia Company y Mercedes Corral; prólogo de Flavia Company; ISBN: 978-84-264-1713-8. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 7 de noviembre de 2009

Chesterton
escribió The Resurrection of Rome con ocasión de un viaje que hizo a Roma para asistir a la beatificación de los English Martyrs. Es un libro poderoso pero que, como sugieren las mismas disculpas con las que comienza, se resiente de una excesiva insistencia en ciertas cuestiones. Desde un punto de vista histórico, las entrevistas que tuvo Chesterton con Pio XII y con Mussolini, son graciosas y reveladoras.

Su hilo conductor es el de las sucesivas resurrecciones de Roma y del Cristianismo, un credo que «no puede ser comprendido a menos que se comprenda que comienza con el milagro asombroso de un hombre muerto que estaba vivo y que no era un fantasma»; un credo que puede ser calificado como «la religión de la Resurrección; en lo cual difiere, por ejemplo, del Budismo, que es la religión de la Recurrencia o del Retorno, lo que en la práctica significa poco más que lo que los hombres de ciencia llaman la Conservación de la Energía» (el que parece el más obvio de los principios cósmicos, y las filosofías modernas tienen querencia por lo obvio, dice Chesterton). En los dos últimos capítulos trata del Fascismo, fijándose sobre todo en lo que tiene de revival de viejas ideas de dignidad y autoridad propias de la Roma imperial y en lo que tiene de reacción contra la corrupción política; y trata del significado histórico del reconocimiento del Estado del Vaticano, otro renacimiento más que nadie hubiera esperado cuarenta años atrás. Parece que los recientes pactos lateranenses por los que Italia y el Vaticano se habían reconocido mutuamente contribuyeron también a que Chesterton aún no viera entonces en Mussolini una gran amenaza, como la que siempre vio en el Prusianismo y en el Nazismo. Aunque no pasaría mucho tiempo sin que Chesterton alineara a Mussolini con Hitler y Stalin (por ejemplo en «About impenitence», As I was saying).

Es un libro en el que importa particularmente tener presente que Chesterton se dirige a sus compatriotas, tanto cuando habla de arte y religión como cuando habla de asuntos sociales y de política.

Por un lado, al turista cultivado, de tipo puritano o ruskiniano o goticista, le dice: «no he escrito este libro para los que les gusta Roma; los que les gusta Roma conocen infinitamente más sobre ella que yo; e incluso yo no he hablado aquí de las cosas que conozco. No he escrito este libro para quienes fingen que les gusta Roma, pues ellos no admitirán la dificultad de la que yo hablo, y no hay forma posible ni moda que les obligue a fingir que les gustan mis libros. Ciertamente no he escrito el libro para esa gente misteriosa a la que definitivamente no les gusta Roma, y aún así piensan que su obligación es venir a ella desde el fin del mundo para examinarla. Lo he escrito para los que les gusta Roma pero sienten la honesta tentación de que les disguste» debido a que no son capaces de comprender lo que ven —«nadie puede entender los triunfos y los trofeos cuando nunca ha oído hablar de las batallas»—, y lo he escrito con la esperanza de persuadirles de que Roma «es más grande desde dentro que desde fuera».

Por otro, a quien espera sus opiniones sobre la situación italiana del momento, Chesterton una y otra vez le hace notar la corrupción de los gobernantes y los medios de comunicación de su propio país: «decir que somos libres de discutir sobre política pero que no debemos acusar a los políticos de corrupción, es exactamente como decir que somos libres de discutir sobre el Fascismo pero no debemos acusar al Fascismo de tiranía»..., y «lo mejor que se puede decir de nuestra tiranía es que no es exhibicionista». A quienes se quejaban de la falta de libertad de prensa en Italia les recordaba que la de su país era también una ilusión: si «el hombre que puede comprar un megáfono puede ahogar las voces de los demás», «decir que cualquiera puede empezar un periódico significa en la práctica que nadie puede empezar un periódico». Y, por supuesto, no falta un apunte sobre uno de los temas-estrella de Chesterton: si a Mussolini se le ocurriera proponer la Prohibición (de bebidas alcohólicas) en Italia sería visto como un lunático.

Dentro de la variedad y la riqueza de los puntos que aborda Chesterton apunto algunos.

En su especie de panorama histórico de la cristiandad acentúa la importancia de la resistencia triunfante de Roma contra los iconoclastas; habla del Renacimiento como una resurrección del paganismo pero señala que sólo el paganismo era pagano, no la resurrección, pues para cualquier pagano hablar de resurrección sería ridículo; habla de distintos Papas, de las limitaciones que algunos tuvieron, y de la renovación que supuso la irrupción de San Francisco de Asís. Dedica espacio a comentar el arte que uno puede ver en Roma y a explicar las dificultades para crear y comprender el arte religioso: es cierto que «donde hay pompa se da el peligro de la pomposidad», pero también lo es que «hay muchos modos en los que la complejidad retorna» y que «la simplicidad no es tan simple como parece».

En cuanto a sus opiniones acerca del Fascismo y de Mussolini subraya que pretende señalar todo lo enfáticamente que pueda el hecho de que los mundos político y financiero habían propiciado el crecimiento del fascismo: «Mussolini hace abiertamente lo que los gobiernos ilustrados, liberales y democráticos, hacen secretamente», y «actúa con sus propios principios fascistas, mientras ellos actúan contra sus propios principios de la Libertad». Apunta que cualquier revolución está manchada con crímenes infames y actos de violencia indefendibles pero, al margen de que no apruebe la violencia que, por ejemplo, se podría imputar a Danton y a Michael Collins, tampoco le parece justo llamarlos asesinos sanguinarios y sucios; en cualquier caso, afirma, «no puedo admitir la superioridad británica sobre la furia en otros países; porque siempre se asume que los británicos han ganado plácidamente lo que otros han ganado furiosamente. La verdad no es que las condiciones inglesas no sean para enfurecerse, sino que los ingleses no están tan enfurecidos».

Una idea que recorre todo el libro es que, en cierto sentido, es necesario «desaprender» la historia que conocemos: «no nos damos cuenta de lo que ha sido el pasado, hasta que nos damos cuenta de lo que podría haber sido» y, por eso, el historiador que no tiene «la imaginación de desimaginar» tendrá una mente estrecha. Y otra, lógica, que también resuena en todas sus páginas, es lo que tiene de canto a Roma, una ciudad «demasiado pequeña para su grandeza, o demasiado grande para su pequeñez», una ciudad «donde todo está enterrado y nada se ha perdido», una ciudad construida sobre una tumba y llena de tumbas pero llena de vida, un lugar donde volvemos al pasado pero donde todo el pasado vuelve al presente.

G. K. Chesterton. The Resurrection of Rome (1930). San Francisco: Ignatius Press, 1990; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 21; 664 pp., de la p. 283 a la 466; introd. by Robert Royal; ISBN: 978-0-89870-272-0.

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viernes, 6 de noviembre de 2009

Son muchos los que han comentado bien los Ensayos de Natalia Ginzburg. Hay quien piensa que contienen «el mejor ensayismo (lo que es mucho decir) del siglo». Hay quien juzga decepcionantes sus argumentos a favor de la legalización del aborto (tan lejanos, sin embargo, de otros porque para ella no hay duda de que el aborto es matar una vida humana) y propone admirar por compartimentos estancos porque así las admiraciones resultan insumergibles. Hay quien considera un error haber unido dos libros en uno —pues la selección del primero, Nunca me preguntes, la hizo la misma autora y es bastante mejor que el segundo, No podemos saberlo—.

Por mi parte me limito a dejar constancia de dos ideas que se pueden aplicar, también, a mucha literatura infantil y juvenil de hoy:

—«Detesto las cosas que me resultan oscuras, las detesto cuando tengo la sensación de que detrás de su oscuridad no hay nada, que se trata de una oscuridad de algún modo consciente e intencionada, difusa, para esconder el vacío y la fijeza del pensamiento, la inanición del espíritu que, puesto que no ama ni inventa nada, emana nieblas y brumas para cubrir solo un poco de desorden, de futilidad y de confusión. Creo que son preferibles las obras malas pero claras que las obras oscuras que tan a menudo se nos ofrecen, porque las primeras se las puede descartar enseguida sin la penosa fatiga de deshacer ningún enredo» («Un mundo encantado»).

—Comentando unas antiguas novelas infantiles de Tomaso Catani ilustradas por Carlo Chiostri, dice: «Los libros de las actuales colecciones infantiles presentan una extraña y frenética mezcla de descuido y esmero, tanto en el contenido como en las imágenes. Se nota que el editor, el pintor y el autor persiguen una idea fija: la de atraer la atención, ganar dinero, tener éxito. Este viejo volumen destila de su tela azul, de sus imágenes cuidadas pero carentes de ostentación y de cada una de sus páginas, una total indiferencia por el dinero y el éxito. Emana una profunda calma y una profunda honestidad» («La conjura de las gallinas»).

Natalia Ginzburg. Ensayos (Non possiamo saperlo / Mai devi domandarmi, 1991 Y 2001). Barcelona: Lumen, 2009; 444 pp.; trad. de Flavia Company y Mercedes Corral; prólogo de Flavia Company; ISBN: 978-84-264-1713-8.

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jueves, 5 de noviembre de 2009

Un amigo londinense me recomendó este verano, entre otras novelas, Corazón de piedra, de Charlie Fletcher. La empecé con interés, porque la idea de partida es excelente, pero la terminé leyendo en diagonal, cosa que también hice con su continuación, Mano de Hierro, y que ya no me planteé hacer con la tercera parte, Lengua de Plata, que acaba de salir en castellano.

En el centro de Londres hay un mundo paralelo en el que cobran vida las estatuas. George Chapman, de doce años, entra en él cuando, después de romper de un puñetazo una pequeña cabeza de dragón en el exterior del Museo de Historia Natural, despierta un antiguo poder y se ve perseguido por la talla de un pterodáctilo. Cuando huye le ayudan el Artillero, la estatua de un soldado de la primera Guerra Mundial que desciende de un monumento a los Caídos, y una chica de su misma edad, Edie, que resulta ser un «vislumbre», una persona con la capacidad de ver la vida que se oculta tras las piedras. A partir de ahí, todo son carreras por Londres en medio de la lucha entre las estatuas de rasgos humanos o vitratos, y las estatuas de seres extraños o máculas, repetidos salvamentos de unos a otros en el último momento y discusiones entre todos para intentar comprender por qué han llegado allí y cómo salir de los sucesivos atascos.

En su género y con sus rasgos propios, son novelas bien escritas y bien construidas. La personalidad de los protagonistas evoluciona y no son demasiado caricaturescos, aunque también es cierto que muy raro sería no sufrir continuos sobresaltos con la de cosas tan raras que les ocurren. Muchos pasos del argumento no son predecibles porque los personajes de fantasía que ha creado el autor son originales y sus actuaciones también lo son. A favor hay que decir que, seguramente, muchos chicos que ya conozcan Londres, y algunos visitantes que conozcan las novelas, gracias a ellas mirarán su ciudad de otra manera y serán más conscientes de la historia que se oculta tras las estatuas. También las pueden disfrutar quienes sean aficionados a los thriller donde hay persecuciones y amenazas continuas, pero la verdad es que muchísimas escenas están narradas y pensadas para ser filmadas y no para ser leídas. Al menos para un lector como yo esto es un gran lastre, mayor todavía que la poca credibilidad de unos personajes humanos situados en medio de una acción tan desmadrada, y mayor también que la gran arbitrariedad del mundo fantasioso que crea el autor.

Charlie Fletcher. Corazón de piedra (Stone Heart, 2006), Mano de hierro (Iron Hand, 2007), Lengua de plata (Silvertongue, 2008). Barcelona: Ediciones B, 2008, 2009 y 2009; 332, 329 y 384 pp.; col. La Escritura Desatada; trad. de Irene Saslavsky; ISBN: 978-84-666-3618-6, 978-84-666-3619-3, 978-84-666-3620-9.

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Dos libros que hablan de libros: El Lazarillo de Amberes, de Eliacer Cansino, y El libro salvaje, de Juan Villoro.

El primero es un relato corto cuyo narrador, Lolo, recuerda un episodio de cuando tenía 17 años: debe acompañar a su padre, un personaje curioso, a comprar una vieja edición del Lazarillo y, como su padre cae enfermo, es él quien debe hacerse cargo de la negociación y burlar a unos competidores. Es una narración simpática, que tiene tensión, y que habla del entusiasmo por los libros antiguos y del descubrimiento del hijo de algunas cualidades de su padre.

En el segundo, el narrador, Juan, cuenta lo que le ocurrió cuando tenía 13 años y sus padres se divorcian: se va a vivir una temporada con su extravagante tío Tito, que vive solo en una enorme casa llena de libros, que le da todo tipo de lecciones sobre los libros y le habla de que tal vez él pueda encontrar «El libro salvaje», un libro que una y otra vez se le ha escabullido a él; además, conoce a una chica que le ayudará en su búsqueda. Relato descompensado aunque, como el autor escribe bien y es ingenioso, tiene momentos divertidos, diálogos agudos, frases felices y buenas descripciones de la vida y las emociones de un lector. Tal vez, como empieza en serio y todo acaba siendo disparatado, el argumento no atrapa y el lector siente que no encajan los numerosos elementos fantásticos, ni con las preocupaciones reales del narrador por el divorcio de sus padres, ni con otras consideraciones de calado que salpican el libro.

En general, los libros que hablan del amor a los libros tienen el problema de que, con frecuencia, se plantean o se presentan como una forma de atraer a quienes no leen y, en mi opinión, esa es la función que raramente pueden cumplir. En esa dirección creo que son preferibles los elogios concretos y discretos y, sobre todo, si hablamos de personas que son poco lectores, lo que más importa es que la historia sea muy buena. Además, los ditirambos repelen: por ejemplo, cuando en El libro salvaje el tío Tito le dice a Juan que el libro «es el mejor medio de transporte: te lleva lejos, no contamina, llega puntual, sale barato y nunca marea», algunos lectores pensamos inmediatamente que también hay libros mareantes, caros, contaminantes y que no llevan a ningún sitio. Dicho esto, sí se puede decir que libros así, y me refiero sobre todo al de Juan Villoro, sí tienen el interés de que pueden hacer regresar a ciertos adultos a las emociones de algunos momentos de su vida como lector.

Eliacer Cansino. El Lazarillo de Amberes (2006). Madrid: Anaya, 2009; 59 pp.; col. Espacio de lectura; ilust. de Federico DELICADO; ISBN: 978-84-667-8495-5.
Juan Villoro. El libro salvaje (2008). Madrid: Siruela, 2009; 105 pp.; ISBN: 978-84-9841-309-0.

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martes, 3 de noviembre de 2009

Relatos del Billabong
, contados por James Vance Marshall e ilustrados por Francis Firebrace, son diez cuentos y mitos de los aborígenes australianos. Por ejemplo, «De cómo el canguro consiguió su marsupio» o «De cómo consiguió el cocodrilo sus escamas» entre los primeros; y «La serpiente arco iris y el relato de la Creación» o «Las mariposas y el misterio de la muerte» entre los segundos. Van acompañados de ilustraciones apoyadas en los símbolos y colores propios de los aborígenes, de información acerca de cada cuestión y, además, al final del libro, de más explicaciones y de un glosario. Son relatos interesantes... siempre y cuando se lean como lo que son, como relatos, y no se les atribuyan más significado de los que tienen. Digo esto porque, a veces, este tipo de historias se plantean como si sus receptores naturales las consideraran de otra manera y, por un lado, tuvieran una sabiduría ancestral que nadie sabe de dónde pudo salir, pero, por otro, tuvieran «una mente más primitiva» que la nuestra, tal como leía días atrás en un folleto sobre un monumento de hace siglos.

James Vance Marshall. Relatos del Billabong (Stories from the Billabong, 2008). Barcelona: Thule, 2009; 61 pp.; ilust. de Francis Firebrace; trad. de Alvar Zaid; ISBN: 978-84-92595-23-5.

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lunes, 2 de noviembre de 2009

En su momento preparé un comentario a ¿Nada?, el primer álbum de Patrick McDonell y por tanto anterior al excelente Arte. Sus protagonistas son los mismos de las tiras de cómic del autor, el gato Morro y el perro Conde: el primero quiere hacer un regalo a su amigo pero ve que lo tiene todo y que «no le falta de nada». Si al final no llegué a ponerlo aquí fue porque los problemas de traducción impiden que la minianécdota tenga sentido en castellano: en inglés no hay la doble negación y la misma frase se diría «que le falta nada», lo que explica que Morro decida regalarle Nada a Conde. La historia, una especie de mensaje anticonsumista que habla de la amistad como el mejor regalo, está bien..., salvado el problema de la imposibilidad de verterla igual al castellano, y además se revaloriza por los dibujos “minimalistas” del autor que sólo usa el blanco, el negro y un rojo suave; que pinta con escasísimos trazos los ambientes y los fondos, y simplifica gráficamente muy bien a sus héroes, a Morro con una nariz tipo hamburguesa y a Conde con unas orejas tipo Mickey Mouse.

Lo comento ahora porque a Principio, Lío y Fin, de Avi, un relato con los mismos protagonistas de Sin principio ni fin, tiene no uno sino muchos problemas del mismo tipo, y las buenas ilustraciones de Tricia Tusa no bastan para salvar el libro. Su subtítulo, «Aprende a escribir... ¡escribiendo!», indica la intención del autor de animar a sus lectores pequeños a escribir, y su idea de hablar  amablemente de cuáles son «los problemas del escritor». Su argumento es que el caracol Carlos quiere ponerse a escribir y como no encuentra qué decir o cómo decirlo, Eduardo la hormiga le aconseja. A pesar de la simpatía de los personajes —que un lector que haya leído el libro anterior da por descontada—, la historia tiene poca gracia: además de lo indicado —que muchos juegos de palabras en inglés no funcionan en castellano—, no pocos incidentes y conversaciones están demasiado estirados y son muy artificiales —por lo que sospecho que tampoco en inglés es un libro logrado, y por lo que pienso que autor y editor se han guiado por el habitual esquema de que si algo ha tenido éxito intentémoslo de nuevo—. Una de las escasas veces que salta una pequeña chispa de buen humor es esta: «Todas las historias necesitan tensión», dice Carlos, «pero no hay tensión en mi vida, y eso me pone muy tenso».

Patrick McDonnell. ¿Nada? (The Gift of Nothing, 2005). Barcelona: Serres, 2007; 48 pp.; trad. de Belén Cabal; ISBN: 978-84-7901-053-9.
Avi. Principio, Lío y Fin (A beginning, a Muddle and an End, 2004). Barcelona: Ediciones B, 2009; 144 pp.; col. La escritura desatada; ilust. de Tricia Tusa; trad. de Marta García Madera; ISBN: 978-84-666-4128-9.

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domingo, 1 de noviembre de 2009

En mi caso, una forma de medir el provecho que le he sacado a un libro, es ver cuántas páginas he ido anotando en una hojita para tomar notas al terminar. En el caso de Lo que ha llovido, de Enrique García-Máiquez, han sido muchas, que no había recogido cuando las leí como anotaciones en su blog pero que sí han pasado a mi archivo cuando las he leído en el libro.

Señalo tres:

Una: «Creo que fue Joseph Brodsky el que esculpió la frase “La poesía es un atajo”. A veces, un atajo para la contemplación filosófica, sin necesidad de facultades ni de desarrollos silogísticos».

Dos: «A pesar de las innumerables definiciones de poesía, otra: poesía es eso cuyo resumen ocupa más que el original. Cuanta mayor desproporción entre resumen y original, más poesía. (...) Afortunadamente, otra característica de la buena poesía es que resumirla, además de imposible, no hace falta».

Tres: «Mientras por otros libros se avanza, por la Divina Comedia se asciende. En las mejores obras hay una sensación física: en la Iliada se cae al suelo, retumbando; se cabalga en El Cid; en El Quijote se anda a caballo como en la poesía de Antonio Machado en tren, en los diarios de Trapiello uno se reclina en un sillón, bajo una lámpara... En la Comedia se asciende a pulso incluso en el descenso del Inferno, pues allí todo está invertido. Eso hace excitante la lectura, desde luego, y más cansada: no se desafía impunemente la ley de la gravedad».

Y los interesados en la poesía infantil no deberían perderse Pilla-Pilla y Tortuga.

Enrique García-Máiquez. Lo que ha llovido [Rayos y truenos, 2006-2008]. Sevilla: Númenor, 2009; 275 pp.; ISBN: 978-84-935855-2-3.

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