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Notas de noviembre de 2010 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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martes, 30 de noviembre de 2010

El gran árbol,
de Susana Tamaro, cuenta la historia de un abeto que crece hasta llegar a ser el árbol dominante de su bosque, que presencia vidas humanas durante muchas décadas, y que termina siendo el árbol que se coloca, cada Navidad, en la Plaza de San Pedro. Una joven ardilla, Crik, que acaba también en el mismo lugar, cuando ve que su abeto ha fallecido, busca la forma de devolverle la vida.

Relato simpático, construido con la clara intención de hablar de respeto a la naturaleza, y que se apoya en un sucedido real: una ardilla que se plantó delante de Juan Pablo II en la plaza de san Pedro. Dejando de lado que tal vez sería mejor, en un relato así, no poner en boca de personajes reales frases que sabemos que no han pronunciado, son excelentes las descripciones de la vida en el bosque y, más aún, los vivos y chispeantes diálogos, unos entre árboles y animales del bosque, y otros entre Crik y el sabihondo palomo romano Numa Pompilio.

Susana Tamaro. El gran árbol (Il Grande Albero, 2009). Barcelona: Puck, 2010; 127 pp.; trad. de Guadalupe Ramírez; ISBN: 978-84-96886-19-3.

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lunes, 29 de noviembre de 2010

Con las luminosas acuarelas y la claridad narrativa que la caracterizan, Asun Balzola cuenta, en Historia de un erizo, que su protagonista sale a buscar amigos y, debido a sus púas, no consigue que le hagan caso ni el conejo, ni la ardilla, ni los patos, ni el ratón de campo.

Como ¡Cómo me gustaría ser diferente!, tiene un argumento con todo el sentido común de las fábulas clásicas. Como Malena Ballena, presenta un personaje que resulta simpático y se gana al lector. Como esas dos historias, puede servir también para que algunos lectores se comprendan mejor a sí mismos y se hagan más cargo de la forma de ser de otros.

Y, en otro orden de cosas, es una gran idea la de volver a editar antiguos álbumes tan buenos como éste.

Asun Balzola. Historia de un erizo (1982). Madrid: El Jinete Azul, 2010; 24 pp.; ISBN: 978-84-937902-2-6.

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domingo, 28 de noviembre de 2010

Muchos libros infantiles confirman lo que dice Robert Spaemann aquí: «En todo hombre hay como un germen de conciencia, un órgano del bien y del mal. Quien conoce a los niños sabe que esto se aprecia fácilmente en ellos. Tienen un agudo sentido de la justicia, y se rebelan cuando la ven lesionada. Tienen sentido para el tono auténtico y para el falso, para la bondad y la sinceridad; pero ese órgano se atrofia si no ven los valores encarnados en una persona con autoridad. Entregados demasiado pronto al derecho del más fuerte, pierden el sentido de la pureza, de la delicadeza y de la sinceridad. Para ellos, la palabra es ante todo un medio de transparencia y de verdad. Pero cuando, por miedo a las amenazas, aprenden que hay que mentir para librarse de ellas, o experimentan que sus padres no les dicen la verdad y emplean la mentira en la vida diaria como normal instrumento de progreso, desaparece el brillo de sus conciencias y se deforman: la conciencia pierde finura».

Robert Spaemann. «El individuo o ¿hay que seguir siempre la conciencia?», en Ética: Cuestiones fundamentales (Moralische Grundbergriffe, 1982). Pamplona: Eunsa, 2010, 9ª ed.; 136 pp.; col. Astrolabio; ISBN: 978-84-313-2335-6.

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sábado, 27 de noviembre de 2010

Los comentarios que, hace pocas semanas, han llenado la prensa para explicar los orígenes de Halloween —aquí se mencionan dos interesantes artículos al respecto— dan actualidad a este párrafo de Chesterton en relación a cierto tipo de conjeturas sobre los orígenes y las justificaciones de algunas costumbres nacidas y desarrolladas en una cultura cristiana.

Se lamentaba Chesterton de que H. G. Wells cayera en una «trampa particular de la sinrazón» cuando decía «que el sacramento cristiano de pan y vino fue un modo de suavizar los primitivos sacrificios de sangre». O de que hubiera quienes decían «que el sentimiento que inspira una Madonna solamente es el renacimiento del culto a Isis, o que la idea de san Miguel aplastando a Satán es la misma que la de Mitras cuando mató al toro. Hay muchas más objeciones históricas a esta especie de cosas, pero mi primera objeción es que no sólo pone el carro delante del caballo, sino que también me da instrucciones para hallar mi propio caballo en mi propio establo, al buscar una primitiva carroza micénica de la que no quedan rastros. En lugar de explicar X diciendo que es igual a 5, trata de explicar 5 diciendo que es igual a X. Es como si alguien dijera. "Usted puede no haberse dado cuenta de que sus sentimientos por su esposa se describen mejor diciendo que son como los del eslabón perdido ante el caparazón de una ostra".

Sé lo que siente el cristianismo al pensar que Miguel castigó a un ángel rebelde. Ignoro qué sintió un mitraísta ante la idea de que Mitras mató a un toro. Es muy posible que haya sido algo semejante al sentimiento cristiano; también pudo haber sido un sentimiento pagano de la peor especie. Pero que me expliquen lo que sé mediante algo que no sé, es un disparate digno de Alicia en el País de las Maravillas. Es ofrecer algo inexplicable para explicar algo que no necesita explicación. No puedo decir si alguien sintió por Isis algo comparable a lo que los hombres sienten por María; si alguien sintió así, lo felicito. Pero me niego a que me revelen mis propios sentimientos a la luz de algunos supuestos sentimientos remotos que no ha sentido ningún hombre vivo.

Pero, aunque hay un abismo de agnosticismo entre la fe muerta y la fe viva, y entre las religiones que se experimentan y las que sólo se exploran, sería posible establecer alguna conexión humana si quienes lo hacen fuesen más humanos. Si tomaran, simplemente, lo que es similar, en vez de tratar específicamente de asimilar las cosas civilizadas a las bárbaras, realmente podrían tender un puente sobre esos abismos en nombre de la hermandad de los hombres. Si no estuviesen tan ansiosos por decir que el sacramento y el sacrificio eran orgías caníbales (lo que es un disparate), podrían decir que ambos eran sacrificios y que tenían algo que ver con la filosofía del sacrificio, lo que tiene más sentido. Y luego, en lugar de tener menos respeto por los cristianos, podríamos tener más respeto por los caníbales. Si no estuvieran tan ansiosos por comparar a la Virgen con una diosa pagana, podrían comparar a las dos con una madre humana, y por lo menos acercarse a algo humano, ya que no a algo divino. Y de la misma manera, si no estuvieran tan apurados por comparar un altar o un lugar sagrado con el fetichismo y el tabú, podrían comprender lo que los hombres quieren significar al hacer local a una deidad o al hablar de un lugar espiritual». («Respecto de una ciudad extraña», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

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viernes, 26 de noviembre de 2010

Se ha publicado hace unos meses La palabra del mudo, libro que recoge los nueve libros de relatos que Julio Ramón Ribeyro publicó a partir de 1955. Son unos noventa cuentos entre los que se incluyen algunos sobre niños que yo había seleccionado ya de la edición que publicó hace años Alfaguara.

He aquí un texto de sus diarios, del 18 de agosto de 1975, que me parece revelador de cómo el autor supo poner lo mejor de sí mismo en su trabajo: «Quién, Dios mío, quién comprenderá que cada palabra que he escrito he tenido que pensarla laboriosamente y la he puesto sin dejarme vencer casi nunca por la facilidad. Cuántas horas de una vida, a cuya seducción he sido tan sensible, he tenido que sacrificar por alinear una palabra tras otra, sin ninguna esperanza de recompensa ni de éxito, atento sólo al veredicto de mi propia conciencia, sin otro premio tal vez que la satisfacción de haber obrado bien. Así, escribir bien es un acto profundamente moral donde estética y ética se confunden».

Julio Ramón Ribeyro. La palabra del mudo. Barcelona: Seix Barral, 2010; 1056 pp.; ISBN: 978-84-322-1293-2.
Julio Ramón Ribeyro. La tentación del fracaso. Diario personal 1950-1978. Barcelona: Seix Barral, 2003; 679 pp.; col. Biblioteca breve; prólogos de Ramón Chao y Santiago Gamboa; ISBN: 84-322-1155-9.

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jueves, 25 de noviembre de 2010

La proliferación de relatos de aventuras fantásticas hace que los autores más dotados se obliguen a sí mismos a entregar nuevas novelas que suenan a un «pues ahora vais a ver lo que es bueno». Esto se aplica, me parece a mí, a Reckless, de Cornelia Funke. Sin duda, en ella quedan de manifiesto las cualidades de Funke: inventiva, dominio de los recursos propios del género, rapidez narrativa, buen lenguaje, ilustraciones apropiadas. Pero la historia es muy complicada y tiene unas dosis excesivas de sofisticación, que tal vez le ganen elogios de los adictos pero que sin duda le restarán lectores normales; además, tampoco ha conseguido unos personajes realmente atractivos.

Todo se desarrolla en un mundo más allá de un espejo de la casa de los Reckless. El padre entró un día por él y no regresó; su hijo Jacob le siguió repetidas veces pero, aunque siempre procuró que su hermano pequeño Will no entrara, un día lo hizo y, entonces, un hada le arrojó un hechizo por el que se acabará convirtiendo en un goyl (de gargoyles, un hombre de piedra, sin sentimientos). Para impedir el destino inevitable que se cierne sobre Will, Jacob ha de realizar un viaje arduo y superar prueba tras prueba. Le acompañan una niña que adopta la figura de un Zorro; Will y su novia, Clara, una estudiante de medicina que también ha pasado al otro lado del espejo; y un enano avaricioso y poco de fiar.

Los enigmáticos protagonistas se llaman como los hermanos Grimm y, en lo que les ocurre, van surgiendo muchos, pero muchos, motivos y frases de sus cuentos. Y, entre otros guiños, el malvado que persigue a los héroes se llama Hentzau, igual que uno de los grandes malvados de las novelas clásicas de aventuras, el contrincante de El prisionero de Zenda. Hay escenas de lucha cruel y el tono es oscuro y desesperanzado por más que Jacob a cada paso diga que todo saldrá bien. Aparecen muchos personajes, a cual más singular, y todo va sucediéndose de acuerdo con alguna regla mágica o algo del pasado que se desconoce. Así, por ejemplo, el narrador afirma que, como todos sabemos, nunca puedes llegar hasta las hadas sino que son ellas las que pueden llegar hasta ti; sin embargo, añade, sí que hay una solución: sobornar al enano adecuado; así que allá van los héroes a buscar al enano.

La novela es declaradamente juvenil: los protagonistas tienen alrededor de los veinte años, y Jacob tiene líos amorosos con las hadas y con la novia de su hermano —lo que le ocurrió por olvidar esa regla tan conocida de que si tomas inadvertidamente agua de alondras no puedes dejar de enamorarte perdidamente de la mujer que tengas al lado, sea quien sea—. Bien, está claro que no es lo mejor de Funke, pero se anuncian futuras secuelas y seguro que habrá película.

Cornelia Funke. Reckless (Reckless. Steinernes Fleisch, 2010). Madrid: Siruela, 2010; 358 pp.; col. Las tres Edades; trad. de María Falcón Quintana; ISBN: 978-84-9841-453-0.

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Un clásico surafricano que, por lo que sé, no está traducido al castellano, es Jock of the Bushveld, de Percy Fitzpatrick, un amigo de Kipling que contaba por las noches a sus hijos las aventuras que corrió, cuando era joven, con su perro Jock, un terrier. Y Kipling, que parece ser que le había visto hacerlo, le animó a escribir un libro con ellas.

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martes, 23 de noviembre de 2010

El monstruo que se comió la oscuridad,
con texto de Joyce Dunbar e imágenes de Jimmy Liao, es un relato que habla del miedo a la oscuridad que tienen los niños. Tiene un giro argumental inicial que lo hace diferente a otros que tratan sobre la cuestión pero, en cualquier caso, se dirige a que el niño sepa ver de modo amable la oscuridad que teme.

A Lorenzo no le gustaba la oscuridad bajo su cama pues pensaba allí había un monstruo. Y así era: había un monstruo minúsculo supervoraz, que come y come toda la oscuridad que se pone por delante, con lo  que va engordando hasta que en todo el planeta no quedan sombras ni posibilidad tampoco de sueños...

Desde un punto de vista gráfico, los seguidores de Jimmy Liao no deben esperar aquí la riqueza imaginativa de sus propias historias, aunque sí encontrarán, de nuevo, a un gato como compañero del protagonista y, naturalmente, podrán comprobar con qué talento compone las ilustraciones. Así, las dobles páginas que van a sangre sugieren un mundo «no controlado» (entre otras, la del principio, cuando el niño está en la cama y tiene miedo, semejante, por cierto, a una de Una pesadilla en mi armario); y las dobles páginas con escenas recuadradas pero en las que el monstruo, la oscuridad, se sale un poco del marco, intentan mostrar un mundo que va siendo dominado.

Jimmy Liao. El monstruo que se comió la oscuridad (The Monster Who Ate the Darkness, 2008). Texto de Joyce Dunbar. Granada: Barbara Fiore, 2010; 56 pp.; trad de Carles Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-937506-4-0.

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lunes, 22 de noviembre de 2010

En la misma línea de ¡Quiero ser diferente!, otro álbum que habla de aceptación sensata y bienhumorada de uno mismo es Malena Ballena, de Sonja Bougaeva y Davide Cali.

El profesor de natación de la niña protagonista, gorda y acomplejada, le da buenos consejos para que se olvide de las burlas de sus compañeros y de su propia gordura. Algunas de las observaciones que le hace son excesivas —«si quieres ser ligera, piensa que lo eres. ¡Inténtalo y verás!»—, pues cuando algo se puede medir y pesar es difícil contrarrestarlo a base de mantras de autoconvencimiento, pero, en cualquier caso, es una buena narración: la historia está bien, las imágenes desprenden una gran simpatía, el álbum como tal está bien confeccionado. Algunas dobles páginas están armadas con una ilustración que cubre una página y, en la opuesta, va el texto junto con algunas escenas menores. Otras dobles páginas están ocupadas íntegramente por la ilustración: aquellas donde se mezcla la realidad con la imaginación de Malena y la de la escena final.

En esta reseña se hace una oportuna comparación de este relato con Zapatos de fuego y sandalias de viento.

Sonja Bougaeva. Malena Ballena (Marlène Baleine, 2009). Texto de Davide Cali. Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2010; 28 pp.; trad. de Juan Gabriel López Guix; ISBN: 978-84-92412-59-4.

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domingo, 21 de noviembre de 2010

Dice Robert Spaemann que «un buen hombre sería aquel cuya conciencia de que “no me es lícito hacer esto” se cambia en “no puedo (físicamente) hacerlo”. El antiguo legislador romano formuló esta misma idea con la lucidez que le caracteriza: “...lo que va contra la piedad, contra el respeto debido al hombre, dicho brevemente, contra las buenas costumbres, debe ser considerado como imposible”».

Y, en cambio, «el mal se puede definir como renuncia a prestar atención. Quien actúa mal, se podría decir, no sabe lo que hace. Lo que ocurre sencillamente es que no quiere saberlo. Y precisamente ahí, y no en una intención expresamente mala, está el mal». Esto se puede poner en paralelo con el comentario de Nicolae Steindhart recogido en Una inteligencia elemental es un deber.

Robert Spaemann. El primer párrafo está en «Convicción y responsabilidad o ¿el fin justifica los medios?», y el segundo en «Lo absoluto o ¿qué convierte una acción en buena?»; ambos en Ética: Cuestiones fundamentales (Moralische Grundbergriffe, 1982). Pamplona: Eunsa, 2010, 9ª ed.; 136 pp.; col. Astrolabio; ISBN: 978-84-313-2335-6.

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sábado, 20 de noviembre de 2010

En ¿Estamos de acuerdo? se recoge un debate público que tuvieron, en 1923, Chesterton y Shaw, y que fue moderado por Hilaire Belloc. Es un libro pequeño y jugoso, no tanto por su contenido central como por lo que revela de los protagonistas, por las breves y divertidas intervenciones de Belloc, al principio y al final, y por la corta y certera introducción que firma Enrique Baltanás en esta edición.

En el debate Shaw defiende las ideas socialistas acerca de la propiedad y Chesterton le rebate y habla de los principios distributistas. Shaw anima a Chesterton a estar de acuerdo con él y Chesterton le dice que ya fue socialista en su juventud y que, tal vez, si pasan unos cientos de años, será Shaw quien cambie de ideas. Hay que decir que la discusión, por escrito, aunque tenga chispazos de genio dialéctico por ambos lados, intelectualmente aclara poco, salvo el buen talante y la notable agilidad de los contendientes.

Algunos buenos comentarios de Chesterton respecto al mismo tema se pueden leer en Lo que está mal en el mundo. Por ejemplo, éste: «Un socialista se asemeja a un hombre que cree que un bastón se parece a un paraguas porque los dos se ponen en el paragüero», y no distingue que «un paraguas es un mal necesario» y «un bastón es un bien completamente innecesario». El error colectivista está «en afirmar que puesto que dos hombres pueden compartir un paraguas, pueden también compartir un bastón».

G. K. Chesterton. ¿Estamos de acuerdo? Un debate en presencia de Hilaire Belloc (Do we agree?, 1928). Sevilla: Renacimiento, 2010; 96 pp.; col. El clavo ardiendo; trad. de Victoria León; ISBN 13: 978-84-8472-524-4.

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viernes, 19 de noviembre de 2010

El caballo de cartón,
de Abel Hernández, es una más que buena narración de memorias de niñez. El narrador, que visita su pueblo de Sarnago, Soria, hoy deshabitado, encuentra un viejo caballo de cartón que le regalaron en la infancia. Con ese motivo evoca los sucesos que ocurrieron entonces, el año 1948, cuando tenía once años y un incidente que pudo ser trágico puso fin a su vida en el pueblo.

Aunque los sucesos del final tienen verdadera tensión, lo que importa en este libro es, por un lado, lo que tiene de retrato veraz de unas gentes, una época y un ambiente. Por otro, también es todo un acierto lo bien que refleja el mundo de inquietudes y preguntas de los niños, aunque sobre ellas siempre se superpongan las incertidumbres del narrador adulto y su espíritu de balance agradecido y nostálgico.

Otro motivo no pequeño para destacar este libro es la enorme riqueza y frescura del lenguaje: las descripciones son precisas y es certero el uso de palabras rurales antiguas, de las que además se ofrece un glosario al final. Un ejemplo: «Esa tarde del domingo volvió a enfurruñarse el tiempo y vinieron unos algarazos, que se quedaron en amarguras y en chupones, por la mañana, en el alero de los tejados». [Algarazo: breve nevada fina con viento. Amarguras: breves algarazos con mucho frío. Chupón: carámbano].

Abel Hernández. El caballo de cartón (2010). Madrid: Gadir, 2009; 185 pp.; ilust. de Cristina Ortiz; ISBN-13: 978-84-96974-28-9. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 18 de noviembre de 2010

La guerra de las salamandras,
de Karel Čapek, fue una novela de ciencia-ficción catastrofista publicada en 1936 y concebida como una advertencia contra el creciente ascenso del poder nazi. En ella se cuenta que el capitán J. Van Toch fue el descubridor de unas salamandras muy especiales que habitaban en una islita del Pacífico, cerca de Sumatra; y que a él se debió la idea genial de instalarlas en muchos otros sitios como fuerza de trabajo para explotar criaderos de perlas. Lo malo fue que las salamandras se reprodujeron muy rápido y aprendieron mucho...

En «Demasiado tarde, o sea, ¿cuándo?», un capítulo de Lecturas no obligatorias, Wisława Szymborska comenta la impresión que le produjo su lectura hace unos pocos años y, en particular, la gran actualidad de su advertencia. Señala cómo, entre el prólogo de la novela, donde se presentan la primera colonia de salamandras, y el epílogo, donde se ve que se han multiplicado de modo descontrolado y se van apoderando de todos los continentes, el autor sólo introduce lo que llama «ruido informativo». Y sigue: «la novela es un montaje paródico que aglutina todo tipo de informaciones. En ella encontramos noticias periodísticas, opiniones de expertos y estadísticas. Entrevistas, informes, conferencias y polémicas. Llamamientos, proclamas y manifiestos. Crece el número de mítines, congresos, conferencias de alto nivel y cumbres. Y todo debido al problema de las salamandras, en relación a las salamandras, en contra de las salamandras y en defensa de las salamandras. Cada vez resulta más evidente la imposibilidad de alcanzar un punto de vista común en este debate. Con el paso del tiempo van apareciendo esas precavidas personas que quieren prestar su servicio a las salamandras. Aumenta también el número de gente partidaria de mantener la calma, individuos que ya están más que hartos de oír hablar sobre esas malditas salamandras. Naturalmente, tampoco faltan individuos que prevén, advierten y exhortan antes de que pase nada. Y yo me pregunto, Dios mío, ¿qué hay que hacer para poder ver la diferencia entre un pesimista maniaco y un profeta que tiene razón ya desde el principio? El mundo está repleto de fuerzas adormecidas, pero ¿cómo se puede saber de antemano a cuál despertar sin que cause daño y a cuál no liberar bajo ningún concepto? Entre ese instante en el que hacer sonar la alarma puede parecer precipitado y ridículo y ese otro en el que ya es demasiado tarde para todo debe haber un momento perfecto, oportuno, especialmente indicado para impedir la desgracia. Entre todo ese barullo, debe de pasar inadvertido. ¿Pero qué momento es ese? ¿Y cómo reconocerlo? Quizás sea esa la pregunta más dolorosa ante la que nos ha puesto nuestra propia historia».

Karel Capek. La guerra de las salamandras (Válka s mloky, 1936). Madrid: Hiperión, 2007, 3ª impr.; 302 pp.; trad. de Ana Falbrová y Ciro Elizondo; ISBN 10: 84-7517-321-7. A la derecha, portada de la edición de Gigamesh, 2003; 240 pp.; ISBN 10: 84-932250-6-1. Nueva edición en Puerto de la Cruz: Weston, 2015; 200 pp.; col. Máquina del Tiempo; trad. de Ana Falbrová y revisión de J. P. Camacho; ISBN: 978-8494369711. [Vista del libro en amazon.es]
Wisława Szymborska. Lecturas no obligatorias: prosas (Lektury nadobowiązkowe, 1992). Barcelona: Alfabia, 2009; 252 pp.; prólogo y trad. de Manel Bellmunt Serrano; ISBN: 978-84-937348-4-8.


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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Cuando leí el álbum citado ayer recordé El viaje de la abuela, de la ecuatoriana Alicia Yánez Cossío, un libro divertido y emotivo que trata también de la emigración, y en el que los protagonistas de la historia sí logran llevarse consigo a los animales. Lamentablemente ni ese libro, ni otro suyo que menciono en el interior y que recoge dos relatos —La canoa de la abuela y Pocapena—, ambos excelentes, están en el mercado español.

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martes, 16 de noviembre de 2010

Entre los libros infantiles y juveniles cuya misión es, o una de cuyas misiones es, la de acercar a los lectores a realidades que, a lo mejor, no conocen o conocen poco, está ¡Vamos a ver a papá!, de Alba Marina Rivera y Lawrence Schimel.

La niña narradora cuenta que el domingo es su día favorito porque es cuando la llama su padre, que trabaja en otro país desde hace más de un año. Hasta que, un día, su padre le dice que debe viajar en avión para reunirse con él. Debe dejar a su abuela y, en particular, le duele no poder llevarse a su perro, Kike.

Las ilustraciones intentan recoger los sentimientos de la chica y reflejar el ambiente caribeño donde vive. Algunas ilustraciones, compuestas por medio de recortes y colages, parecen tener la intención de mostrar cómo las personas en situaciones así han de volver a juntar de nuevo las piezas de su mundo. La historia está bien contada y tiene un final acertado, que habla de que cuando un hueco se llena otro se abre.

Alba Marina Rivera. ¡Vamos a ver a papá! (2010). Texto de Lawrence Schimel. Barcelona: Ekaré, 2010; 48 pp.; col. Así Vivimos; ISBN 978-84-937212-7-5.

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lunes, 15 de noviembre de 2010

Si ahora tuviera que decir cuál me ha parecido el mejor álbum del año —no en el sentido de la mejor historia o las mejores ilustraciones, sino del mejor álbum como tal— la respuesta sería: Sombras, de Suzy Lee. Igual que cuando leí La ola, de nuevo me ha impresionado la capacidad de la autora para construir una historia tan medida y ajustada a las posibilidades del medio.

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domingo, 14 de noviembre de 2010

Otra de las jugosas reflexiones que figuran en La Grecia antigua contra la violencia, de Jacqueline de Romilly, es la de que la Grecia clásica fue «el pueblo de las leyes no escritas». En sus obras literarias, dice la escritora francesa, se nos enseña a «superar el marco de la ciudad y de las leyes escritas para descubrir estas reglas mucho más generales: se nos muestra un nuevo horizonte. [Encontramos esas reglas en Jenofonte; en Las suplicantes, de Eurípides; y] conocemos el importante lugar que ocupan en la obra de Sófocles, ya sea en Antígona, ya en Edipo rey». En esas obras vemos que «se les da un valor sagrado diciendo que se asientan en la proximidad de los dioses y que nadie sabe cuándo aparecieron: son imperecederas. (…) Aparecen siempre que se trata de un deber de humanidad hacia víctimas que podrían estar protegidas por los dioses: suplicantes refugiados en un santuario, hombres que se rinden en el combate, personas investidas por la función de embajador y, sobre todo, gente deseosa de enterrar a sus muertos. Son la regla que surge en un mundo sin reglas, en plena guerra, que repudia algunas violencias y las condena apasionadamente. Desde luego, estas reglas han sido frecuentemente violadas. Y casi nos congratularíamos de ello, porque esas violaciones fueron la oportunidad para que aparecieran esos textos elocuentes, destinados a recordar su existencia y a defenderlas. Definen un deber de humanidad y una solidaridad humana».

Jacqueline de Romilly. La Grecia antigua contra la violencia (La Grèce Antique contre la violence, 2000). Madrid: Gredos, 2010; 153 pp.; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-0633-7.

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sábado, 13 de noviembre de 2010

Decía Chesterton que «se puede tener una educación que enseñe el ateísmo porque el ateísmo es verdadero y puede ser, desde su punto de vista, una educación completa. Pero no se puede tener una educación que proclame que enseña toda la verdad y después se niegue a discutir si el ateísmo es una verdad. (...) Cuando se suponía que la enseñanza consistía en deletrear, contar y hacer garabatos y ganchos, podría haber cierto motivo para decir que podía impartirla tanto un baptista como un budista. Pero cuál es el sentido de tener una educación que incluye lecciones de "ciudadanía", por ejemplo, y pretende no incluir nada que se parezca a una teoría moral, e ignora a todos los que sostienen que una teoría moral depende de una teología moral. Nuestros maestros de escuela declaran que sacan a la luz todos los aspectos del alumno: el aspecto estético, el atlético, el político y así sucesivamente; y no obstante siguen con la cantinela anticuada del siglo XIX, que dice que la instrucción pública no tiene nada que ver con el aspecto religioso». («La nueva defensa de las escuelas católicas», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

Lo cierto es que, sólo con un deliberado estrechamiento de la inteligencia «podemos mantener separadas la religión de la educación. (…) La cosa primera y más obvia en la que una persona está interesada es en qué clase de mundo está viviendo y por qué está viviendo en él. Naturalmente, si no conoces la respuesta no serás capaz de darla; pero el hecho de no ser capaz de responder a esa cuestión que la otra persona sin duda desea preguntar, puede o no ser lo que algunas personas llaman educación, pero no es una exhibición brillante de instrucción». Si tienes convicciones acerca de esas cosas fundamentales y cósmicas, sean negativas o positivas, y no las das, eres un instructor que estás rehusando instruir en el punto más importante; tus motivos pueden ser de generosidad o de timidez, da igual, pero ciertamente no son educativos. Si no tienes convicciones acerca de esas cosas, tienes el derecho, e incluso el deber, de rehusar responder a esas preguntas, pero no a tranquilizarte a ti mismo con el dogmático dogma de que ningún hombre es capaz de responderlas porque tú no puedes. Y «ningún hombre tiene derecho a responderlas o a tratarlas como si esa clase de preguntas sólo se le ocurrieran a una especie de alumnos pedantes y peculiares. («The Religious Aim of Education», The Spice of Life)

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viernes, 12 de noviembre de 2010

Yo también tenía en espera desde hace tiempo Lecturas no obligatorias y Aquí, de Wisława Szymborska.

Y, en efecto, y como se podía suponer, ambos son dos libros formidables. Siguiendo los enlaces hay reseñas de los dos. Más adelante citaré otro texto de Lecturas no obligatorias. Ahora sólo quería dejar constancia de que me ha parecido extraordinario, entre otros —como el maravilloso «Ella Fitzgerald en el cielo»—, el poema titulado «Divorcio» y, en particular, su primer verso. Comienza así:

«Para los niños el primer fin del mundo de su vida.
Para el gato un nuevo dueño.
Para el perro una dueña nueva.
Para los muebles escaleras, golpes, carga, descarga.
Para las paredes claros cuadrados tras los cuadros descolgados.
Para los vecinos de la planta baja un tema, una pausa en el hastío» (…).

Wisława Szymborska. Lecturas no obligatorias: prosas (Lektury nadobowiązkowe, 1992). Barcelona: Alfabia, 2009; 252 pp.; prólogo y trad. de Manel Bellmunt Serrano; ISBN: 978-84-937348-4-8.
Wisława Szymborska. Aquí (Tutaj, 2009). Madrid: Bartleby, 2009; 67 pp.; edición bilingüe; trad. de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano; ISBN: 978-84-92799-06-0.

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jueves, 11 de noviembre de 2010

Después de Estaciones y El sargento en la nieve he leído Historia de Tönle, el tercer libro de Mario Rigoni que se ha publicado en castellano.

Su protagonista es Tönle Bintarn, un pastor del Véneto. La novela se desarrolla entre los últimos años del imperio austrohúngaro y el final de la primera Guerra Mundial. Después de un encuentro desgraciado con unos guardias fronterizos, Tönle ha de huir y esconderse, de forma que sólo puede regresar a su casa durante los inviernos. Pasados los años le llega el indulto pero, poco después, comienza la guerra y, aunque al principio Tönle sigue con sus ovejas en el monte, también él es arrestado. Finalmente, con más de ochenta años, logra escapar.

Relato pausado e intenso, de los que dicen mucho de la condición humana, que me ha recordado a los de Joseph Roth que pintan la descomposición del imperio austríaco. Rigoni recoge y presenta bien una forma de vivir serena que la llegada de la guerra destruye. El personaje de Tönle tiene mucha fuerza: por su comportamiento sencillo y tenaz, por su capacidad de asombro ante la naturaleza y su espíritu reflexivo. Un ejemplo es cuando se pregunta por qué, «si en el aire no había fronteras, ¿por qué tenía que haberlas en la tierra?», más aún cuando «para él y los que eran como él, no tan pocos como podría suponerse, sino la mayoría de los hombres, las fronteras no habían existido nunca sino como guardias a los que había que pagar o gendarmes que esquivar. En una palabra, si el aire era libre y también lo era el agua, también debía ser libre la tierra».

Mario Rigoni Stern. Historia de Tönle (Storia di Tönle, 1978). Valencia: Pre-Textos, 2004; 97 pp.; trad. de César Palma; ISBN: 84-8191-581-5. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Después de citar Lautaro, otro clásico chileno: la serie de Papelucho, de Marcela Paz. En mi opinión —basada en lecturas y recuerdos de hace años y no en un estudio cuidadoso del género—, estos libros son, junto con los de El pequeño Nicolás, los mejores de los que presentan el mundo adulto visto por un narrador niño. Cuando los conocí, en los años noventa, no llegué a saber y entender por qué no triunfaron en España. Más tarde se me planteó una curiosidad que tampoco he logrado resolver nunca: René Goscinny vivió en Argentina a finales de la década de los cuarenta. ¿Podría ser que hubiera conocido entonces los primeros relatos de Papelucho y se inspirara en él para escribir, años más tarde, El pequeño Nicolás?

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martes, 9 de noviembre de 2010

Pippo el Loco,
con texto de Tracey E. Fern e ilustraciones de Pau Estrada, es un álbum de un tipo que podría ser más abundante: el de los que cuentan anécdotas históricas que pueden ser calificadas de legendarias y reales al mismo tiempo, y, con ese motivo, dan información y avivan la curiosidad.

La historia se centra en el empeño del joven arquitecto renacentista Filippo Brunelleschi, primero por ganar el concurso para ser el constructor de la cúpula de la Catedral de Florencia, y luego por realizar su obra en lucha con un competidor poco leal.

Por un lado, la historia es estupenda y atrae por lo que tiene de conflicto competitivo y de lección de perseverancia frente a las dificultades; también por sus conclusiones de que, al fin, lo que más mueve no son los beneficios y la gloria sino la misma satisfacción del trabajo bien hecho y de ver reconocido el mérito.

Por otro, aunque sea cierto que un episodio como este se presta especialmente bien para ser contado en un álbum, la realización es magnífica: las ilustraciones, ricas en detalles, reproducen con fidelidad distintos ambientes y escenas de la ciudad, así como herramientas y recursos del trabajo arquitectónico de la época.

Aunque contiene un pequeño apéndice con información histórica, este álbum no puede llamarse un libro de conocimientos del mismo modo que, por ejemplo, Nacimiento de una Catedral, de David Macaulay, pero, para muchos lectores, será incluso más atractivo.

Pau Estrada. Pippo el Loco (Pippo the Fool, 2009). Texto de Tracey E. Fern. Barcelona: Juventud, 2010; 42 pp.; trad. de Teresa Farrán; ISBN: 978-84-261-3783-8.

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lunes, 8 de noviembre de 2010
Entre los álbumes cuyo argumento es o tiene que ver con el trabajo propio del ilustrador y, en concreto, con el uso y las propiedades de los colores, ya he citado aquí (que recuerde ahora) Flicts y La merienda del señor Verde.

Un álbum reciente sobre lo mismo es Blanquito, de Paz Rodero y José Morán. El protagonista, un monigote de papel, va cambiando de color según el lugar donde se encuentre, y unos versos breves acompañan su paso por distintos escenarios naturales. La historia sirve, también, como un primer paso para la comprensión del color blanco como superposición de todos los demás colores o, al revés, de cómo el color blanco puede descomponerse en todos los demás.

Otro, no tan reciente, pero que yo he conocido el verano pasado es El hombre más peludo del mundo, de Itsvansch. Es un álbum al mismo tiempo conceptual y bromista que, debo reconocer, no habría mencionado si no se lo hubiera escuchado y visto representar directamente al autor: un ejemplo para incrédulos, como yo mismo, del valor de una buena escenificación.

Paz Rodero. Blanquito (2010). Texto de José Morán. Madrid: MacMillan, 2010; 32 pp.; col. Librosaurio; ISBN: 978-84-7942-485-5.
Itsvantsch. El hombre más peludo del mundo (2003). Valencia: Tandem, 2003; 27 pp.; ISBN 13: 84-8131-468-7.

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domingo, 7 de noviembre de 2010

Una de las ideas que desarrolla Marcello Pera en Por qué debemos considerarnos cristianos es que vivimos en lo que llama un «Estado ético totalitario»: un estado que crea los derechos, establece lo que está bien y fija los mandamientos y las prohibiciones. Esto se ve, por ejemplo, en que el Estado se «muestra severo con los cinturones de seguridad de los coches e indulgente con la eutanasia; obligado a garantizar la salud de los ciudadanos y libre de decidir sobre su vida; atento a su sepultura, pero dispuesto a anticiparla; atento con las dietas alimentarias pero tolerante con una “módica cantidad” de droga; disponible para reconocer los derechos de los animales, pero complaciente con los que violan a los seres humanos, y cosas así. Hasta la paradoja suma y conclusiva: que el Estado puede ser incluso comprensivo con la cultura de los fundamentalistas musulmanes, pero agresivo contra los principios de los fieles cristianos». A través de lo que Pera llama «imperialismo judicial», resulta que «actúa exactamente como una dictadura: impone, ordena, manda, habla por todos, pero sin responder ante nadie. (...) Como todas las dictaduras, se considera iluminada, sabia y discreta. Y, también como todas las dictaduras, dice que obra por el bien “común” o el “verdadero” bien o el bien “soberano”. En realidad, como todas las dictaduras, es expresión, cada vez y en cada caso, de ésta o de aquella ideología de éste o de aquel grupo de poder».

Marcello Pera. Por qué debemos considerarnos cristianos (Perché dobbiamo dirci cristiani. Il liberalismo, l’Europa, l’etica, 2008). Madrid: Encuentro, 2010; 229 pp.; trad. de M. M. Leonetti; ISBN: 978-84-9920-031-6.

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sábado, 6 de noviembre de 2010

Hablando de sí mismo, Chesterton decía que el paso de la infancia a la adolescencia, y la misteriosa transformación que se produce en «ese monstruo que es el estudiante», podía resumirse en el hecho de que las mayúsculas griegas las conoció como diversión cuando todavía era un niño, mientras que las minúsculas corrientes griegas le parecían tan desagradables como una nube de mosquitos porque las tuvo que aprender en la escuela, «durante el período vulgarmente llamado de educación; esto es, el periodo durante el cual me instruía alguien que no conocía, acerca de algo que no quería saber». «Digo esto sólo para demostrar que era un personaje mucho más sabio y amplio de ideas a la edad de seis años que a la edad de dieciséis. El cielo no permita que base sobre esta afirmación ninguna teoría pedagógica». Lo único que intento testimoniar es «el hecho curioso de que, por alguna razón, un muchacho pasa a menudo de un primer estado en el que quiere aprenderlo casi todo a un estado posterior en el que quiere no saber nada».

En fin, «la adolescencia es una cosa compleja e incomprensible. Ni habiéndola pasado, se entiende bien lo que es. Un hombre no puede comprender nunca del todo a un chico, aún habiendo sido niño. Crece, por encima de lo que fue el niño, una especie de protección que pica como pelo; una dureza, una indiferencia, una combinación extraña de energía dispersa y sin objeto mezclada con cierta disposición a aceptar las convenciones. (...) Tenemos que recordar aquí, una vez más, la falacia de la “ficción” durante la infancia. El niño no “finge” en realidad ser un indio bravo; como tampoco fingió Shelley ser una nube o Tennyson un arroyo. (...) Lo que el niño finge en realidad es ser un hombre». En cambio, en los convencionalismos de los estudiantes adolescentes como el que fui ya existía un leve toque de corrupción, «precisamente porque todo era más serio y menos franco que las mentirijillas de la infancia. Empezábamos a ser lo que no son nunca los niños: esnobs. Los niños desinfectan todas sus caracterizaciones dramáticas diciendo: “Vamos a fingir”. Nosotros los estudiantes nunca decíamos “vamos a fingir”, fingíamos únicamente». (Autobiografía)

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viernes, 5 de noviembre de 2010

Paz,
de Richard Bausch, es una novela corta, de gran calidad y excepcionalmente intensa.

Segunda Guerra Mundial, Italia, cerca de Cassino, 1944. Una patrulla norteamericana de reconocimiento avanza por detrás del ejército alemán en retirada. Cuando repelen el ataque de un soldado alemán que mata a dos hombres, el sargento mata también, tal vez innecesariamente, a la mujer que lo acompaña. A continuación, el sargento ordena al cabo Marston y a los soldados Joyner y Asch, que, guiados por un italiano sospechoso al que han detenido, se adelanten y suban una colina para inspeccionar el terreno. La novela cuenta sólo esa noche: la marcha penosa de los cuatro hombres con un tiempo que va empeorando, el temor de los americanos a que el italiano les traicione y a que un francotirador les alcance; y, sobre todo, las discusiones agrias entre los propios soldados —el malhablado y provocador Joyner, el judío Asch y el cabo Marston— y sus consideraciones acerca de si han de denunciar o no a su sargento por la muerte que presenciaron. Al hilo de lo que ocurre, recuerdan momentos de su pasado, en el propio ejército y en los Estados Unidos.

El relato está centrado en el dilema moral de los protagonistas pero también transmite con fuerza los sufrimientos físicos y las tensiones propias de las circunstancias por las que pasan. Los personajes están bien dibujados, en especial el cabo Marston, los diálogos tienen fuerza, las expresiones soeces encajan en el perfil de quien las pronuncia y en lo propio de la situación, las descripciones del paisaje son breves y claras, el final es acertado. Las reacciones interiores de Marston se cuentan con sencillez y con pocas pero sugerentes comparaciones: así, cuando rememora un desembarco bajo el fuego en la playa de Salerno, el narrador indica que «no hubo tiempo para pensar; su memoria lo había registrado como el intento de detener una fuga de agua en un espigón, llorando todo el tiempo. No, Marson no había sentido ninguna firmeza, solamente el impulso de hacer todo lo posible para no morir y la convicción, alojada como una piedra en el diafragma, de que no sobreviviría al minuto siguiente». En otro momento, Marston piensa en la novela El rojo emblema del valor: «la conclusión que sacaba Crane (a saber, que su personaje del soldado había visto la Gran Muerte y ésta, a fin de cuentas, era muerte y nada más) le parecía absolutamente falsa, peligrosa y estúpidamente romántica».

Richard Bausch. Paz (Peace, 2010). Barcelona: Los Libros del Lince, 2010; 196 pp.; trad. de Luis Murillo Fort; ISBN: 978-84-937562-5-3. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 4 de noviembre de 2010

El mundo incierto de Vikran Lall,
de M.G. Vassanji, una novela construida para narrar la transformación poscolonial de Kenia, tiene a su favor unos personajes que atraen, un ritmo que no flaquea, y que cuenta bien cosas muy interesantes.

El narrador, un keniano de origen indio que ha sido calificado como el hombre más corrupto del país, recuerda su vida desde Canadá, donde vive oculto. Alternando el pasado con algunas escenas del presente, habla de su infancia y adolescencia, en el pueblo de Nakuru, donde tuvo como compañeros de juegos a su hermana Deepa, a Njoroge, un chico kikuyo que vivía con su abuelo, y a dos chicos ingleses; y donde vio la violencia salvaje de los Mau Mau contra los blancos y adivinó complicidades que nunca comentó con nadie. Habla después de su juventud, cuando ya toda su familia vivía en Nairobi, él fue a la universidad y su hermana se enamoró de su antiguo amigo de la infancia, Njoroge, relación que rechazaba su familia. Se centra luego en su vida profesional como intermediario y hombre de negocios de gran peso, debido a su eficacia y, sobre todo, a su relación privilegiada con Jomo Kenyata.

Lo mejor de la historia es el marco: la pintura colorista de un mundo en transformación y, por momentos, lleno de tensión; en particular se describen especialmente bien las dificultades de arraigo de la comunidad india. El narrador merece un sobresaliente por su claridad: por cómo salva las dificultades para guiar al lector a través de tantos grupos sociales tan diversos. En el debe de la novela se ha de cargar el esquematismo de algunos personajes; que las escenas que cuentan los tejemanejes para el enriquecimiento brutal de algunos personajes quedan un tanto diluidas; y que algunos pasos de la historia, en especial el desenlace, no resultan del todo convincentes.

En cualquier caso, las cualidades de la novela son muchas y, además, termina yendo al núcleo del problema: «Para mí el mundo era como era; distaba mucho de la perfección y no me correspondía a mí cambiarlo. Por tanto, evitaba hacer juicios morales, y eso se convirtió en el secreto de mi éxito». En otro momento dice que sí, que amasó una fortuna de cientos de millones y que por eso «debe de parecer que he hecho algo malo. Pero ése también es un juicio fácil. Pregunto: ¿habría cambiado algo si hubiera rechazado el fortuito papel que me ofrecieron? No cabe duda de que otro habría ocupado mi lugar. El juego del dinero requiere la presencia de alguien como yo, un elemento neutral que facilite las gestiones».

M. G. Vassanji. El mundo incierto de Vikram Lall (The In-Between World of Vikram Lall, 2003). Barcelona: Salamandra, 2006; 445 pp.; col. Narrativa; trad. de Gemma Rovira Ortega; ISBN: 84-9838-029-4. Otra edición en Quinteto Bolsillo, 2008; 448 pp.; ISBN 13: 978-84-9711-080-8.

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miércoles, 3 de noviembre de 2010

Lautaro
,
de Fernando Alegría, es una novela histórica chilena basada en el poema épico La Araucana. Está magníficamente pintado el enfrentamiento entre los dos protagonistas, el español Pedro de Valdivia y el chileno Lautaro, dos «hombres que no temieron a la muerte».

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martes, 2 de noviembre de 2010

Sin pies ni cabeza
,
de Sto, es un clásico de fantasía italiano de los años veinte que contiene varios relatos disparatados de corte surrealista.

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lunes, 1 de noviembre de 2010

¡Splash!, ¡Achís!
y ¡Cataplof!, con textos de Victoria Pérez Escrivá e ilustraciones de Claudia Ranucci, son tres álbumes semejantes en su construcción gráfica y en su argumento, la relación de alguien con un objeto un tanto especial.

¡Splash! es sobre el señor Tomás y su manguera, que a veces cobra vida propia. ¡Achís! es sobre el señor Florencio y una escoba, que parece ser alérgica al polvo. ¡Cataplof! es sobre la señora Julia, una mujer muy gorda, y la silla en la que se sienta.

Los relatos son amables y están bien contados, se leen y ven con gusto por sus aires «caseros» y cercanos, y tienen leves golpecillos graciosos, como el de la escoba que, desconcertada cuando estornuda, se pregunta: «Pero, ¿qué me pasa? No sé qué me pasa. ¿Se me pasará lo que me pasa?».

Cada una de las ilustraciones y su secuencia son claras: la composición de cada doble página es limpia y abunda el espacio en blanco, las figuras son expresivas y en muchas escenas hay toques simpáticos, y el texto está bien colocado en lugares donde se puede leer bien (una observación menos obvia de lo que puede parecer).

Claudia Ranucci. ¡Splash! (2010), ¡Achís! (2010), ¡Cataplof! (2010). Texto de Victoria Pérez Escrivá. Zaragoza: Edelvives, 2010; 34 pp.; col. Texto en letras mayúsculas; ISBN: 978-84-263-7379-3, 978-84-263-7380-9, ISBN: 978-84-263-7381-6.

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