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Notas de noviembre de 2012 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 30 de noviembre de 2012

Otra novela que ha superado mis expectativas: El lenguaje de las flores, de Vanessa Diffenbaugh. El relato comienza cuando la protagonista, Victoria Jones, una chica que se ha pasado su infancia saltando de un hogar de acogida a otro, cumple 18 años y abandona el albergue donde vivía. Al tiempo que va contando lo que le sucede —su trabajo en una floristería y su trato con la propietaria, Renata, y la evolución de sus relaciones con un chico del mercado llamado Grant—, va mostrando sus grandes conocimientos del mundo de las flores y explicando su origen: el tiempo que pasó con Elizabeth, una de las personas que le acogió en su casa.

Narración absorbente. Una parte de su tirón está en llegar a conocer qué ocurrió de verdad en el pasado de Victoria y qué ocurrirá en su relación con Grant. Pero, sobre todo, la novela gusta porque la personalidad de Victoria, como una chica de trato difícil que ha sufrido mucho y sólo encuentra serenidad en su mundo propio, se dibuja bien; porque los personajes secundarios son también muy atractivos aunque sean esquemáticos; y porque toda la información sobre la pasión de la época victoriana por las flores y de las habilidades especiales de la protagonista resulta orginal y amena. Las explicaciones acerca del lenguaje propio de los sentimientos que manifiestan las flores se insertan con lógica y tienen gracia, por más que la novela exagere los efectos benéficos de acertar con las flores apropiadas para cada ocasión.

Vanessa Diffenbaugh. El lenguaje de las flores (The Language of Flowers, 2011). Barcelona: Salamandra, 2012; 345 pp.; trad. de Gemma Rovira Ortega; ISBN: 978-84-9838-420-8.

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jueves, 29 de noviembre de 2012

Como leí aquí un comentario elogioso sobre Academia de Princesas, de Shannon Hale, decidí darle una oportunidad más a un subgénero que, a mis ojos, está muy desacreditado. Y tuve premio: esta vez la historia sí merece la pena.

La protagonista es Miri, una chica de 14 años huérfana de madre. Vive en Monte Eskel, un pueblo minero que es un territorio aislado de Danland y ni siquiera es una provincia pues no hay en la zona ninguna familia noble. Cuando los sacerdotes del reino dicen que la próxima princesa debe proceder de Monte Eskel, los gobernantes indican que todas las chicas candidatas a ser la futura esposa del príncipe heredero deben ir a una Academia. En ella, durante un curso, una tutora las preparará para la fiesta donde conocerán al príncipe, que no se sentirá obligado, sin embargo, a elegir a la primera de la Academia. Ese hilo argumental se anuda con otros —el resquemor de Miri hacia su padre, su amistad con un chico llamado Peder que teme por el futuro de Miri—, y luego se tensan todos con las rivalidades entre las chicas y con algunos singulares descubrimientos que hace Miri.

Un factor importante para el atractivo de la historia está en la personalidad de la encargada de preparar a las pueblerinas en candidatas a princesas. Profesora Olana, como se hace llamar, es inolvidablemente odiosa y autoritaria: las chicas de la Academia le tienen ganas desde que aparece y, lógicamente, igual les ocurre a los lectores. La narración habla bien de amabilidad hacia los demás, sean quienes sean: una de las chicas le dice a Miri que «no me gusta hablar de todo eso de los de mayor o menor rango. Se trata simplemente de buenos modales. Me parece que si quieres causar buena impresión, entonces deberías tratar a las personas como si fueran todas de una categoría superior, aunque Olana crea que no lo son». Como es propio del género, hay algunos dichos y lemas que guían a los personajes: unos interesantes como el «no dudes si sabes que está bien. Sólo muévete», de Miri; otros más propios de libros de autoayuda, o que podrían estar pegados en los vestuarios de los equipos de la NBA, del tipo «el pensar que es imposible hace que lo sea»… En cualquier caso, ni eso ni otras pegas que se le podrían poner a la historia —como la de que no es del todo convincente la forma casi telepática en que se comunican los habitantes de Monte Eskel— impiden que se lea con gusto.

Shannon Hale. Academia de Princesas (Princess Academy, 2005). Barcelona: Oniro, 2008; 268 pp.; col. La lámpara mágica; trad. de Noemí Risco; ISBN: 978-84-9754-315-6.

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miércoles, 28 de noviembre de 2012

De El oficial Correa y Gloria, un álbum muy gracioso, acaba de salir una edición en castellano. De un álbum perfecto, como es La Jardinera, ha llegado a las librerías una edición en formato más grande.

Además, la editorial Renacimiento ha publicado un libro de Chesterton del que no había edición en castellano: Sobre el concepto de barbarie.

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martes, 27 de noviembre de 2012

No he leído, ni me interesa, Juego de tronos: esta reseña y varios comentarios de amigos son, para mí, más que suficientes. Pero me han preguntado por El dragón de hielo, un relato corto ilustrado que acaba de publicar su autor, George R. R. Martin, y que he visto elogiado en algunas noticias de prensa. Su protagonista es una niña encantadora que se llama Adara a la que, según afirma la primera línea, «le gustaba el invierno por encima de todas las cosas, pues cuando el mundo se enfriaba llegaba el dragón de hielo». La amistad que Adara entabla con el dragón de hielo, en el que monta en secreto por primera vez cuando tiene cinco años y al que temen todos en su pueblo, será decisiva cuando lleguen los enemigos del norte montados en dragones oscuros.

La narración tiene, como gran problema, que si ya muchas novelas de fantasía y ciencia-ficción ponen en juego emociones artificiales, el hecho de que una niña de seis o siete años libre combates a muerte montada en su dragón es algo rarísimo (aceptando ya lo raras que ya son tantas historias de dragones). Aparte, tampoco la historia en sí misma funciona bien: los personajes no resultan convincentes, las descripciones son planas, el hilo argumental no tiene tirón —supongo que salvo para ciertos adictos a los historias de dragones, pero yo no lo soy—. Las imágenes, grandes dibujos en blanco y negro, añaden vistosidad a la edición pero..., ya puestos, los entusiastas de los dragones pueden compararlas con las de un álbum de hace algún tiempo titulado Y tu dragón, ¿cómo es?, de Jackie Morris.

George R. R. Martin. El dragón de hielo (The Ice Dragon, 1980). Barcelona: Montena, 2012; 72 pp.; ilust. de Verónica Casas; trad. de Ignacio Gómez Calvo; ISBN: 978-84-8441-994-5.
Jackie Morris. Y tu dragón ¿cómo es? (Tell Me a Dragon, 2009). Barcelona: Thule, 2009; 28 pp.; trad. de Alvar Zaid; ISBN: 978-84-92595-21-1.

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lunes, 26 de noviembre de 2012

Otro álbum más basado en recuerdos de infancia de un adulto:  El faro: historia de un recuerdo, de Janet Wilson y Robert Munsch.

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domingo, 25 de noviembre de 2012

Christopher Dawson:
en la Divina Comedia está «la última vislumbre de aquella visión de unidad espiritual que había inspirado a la mente medieval durante 900 años y había guiado el desarrollo de la cultura medieval desde sus orígenes, en los tiempos de san Agustín y Prudencio, a través de la época de Alcuino y de Carlomagno, de Nicolás I y Otón III, a su plena y todavía incompleta realización en la cristiandad del siglo XIII.

Hemos dicho una realización incompleta porque, por una parte, jamás una sociedad o cultura ha realizado las aspiraciones de sus hombres más eminentes y, por otra, el ideal cristiano tiende a trascender todas las formas culturales. Sin embargo, nunca ha habido una edad en la cual el cristianismo haya alcanzado una más lograda expresión cultural como el siglo XII. Europa no ha visto un héroe cristiano más grande que san Francisco de Asís, un pensador cristiano más grande que santo Tomás de Aquino, un poeta cristiano más grande que Dante y, quizá, ningún gobernante cristiano más grande que san Luis, rey de Francia.

No afirmo que el nivel general de la vida religiosa haya sido más alto en esta época que en otras, o que el estado de la Iglesia haya sido más saludable; menos aún sostengo que los escándalos hayan sido más raros o los males morales menos obvios. Lo que se puede afirmar es que en la Edad Media, más que en otros periodos en la vida de nuestra civilización, la cultura europea y la religión cristiana existieron en un estado de simbiosis. En efecto, las más altas expresiones de la cultura medieval —sea en arte, en letras o en filosofía— fueron religiosas, y los más grandes representantes de la religión medieval fueron también líderes en el campo de la cultura».

Christopher Dawson. «La cultura literaria en la Edad Media» (The Literary Development of Medieval Culture, 1934-1953), en Historia de la cultura cristiana. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.

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sábado, 24 de noviembre de 2012

Explica Walter Ong que, en una cultura oral, las palabras son acontecimientos, hechos. Lo vemos si pensamos en que «el sonido guarda una relación especial con el tiempo, distinta de la de los demás campos que se registran en la percepción humana. El sonido sólo existe cuando abandona la existencia. No es simplemente perecedero sino, en esencia, evanescente, y se le percibe de esta manera. Cuando pronuncio la palabra “permanencia”, para cuando llego a “nencia”, “perma” ha dejado de existir y forzosamente se ha perdido». Es cierto que «toda sensación tiene lugar en el tiempo, pero ningún otro campo sensorial se resiste totalmente a una acción inmovilizadora, una estabilización, en esta forma precisa». Por eso no «resulta asombroso que los pueblos orales, por lo común, y acaso generalmente, consideren que las palabras poseen un gran poder»: el hecho de que «consideren que las palabras entrañan un potencial mágico está claramente vinculado, al menos de manera inconsciente, con su sentido de la palabra como, por necesidad, hablada, fonada y, por lo tanto, accionada por un poder».

De ahí también que los antiguos pueblos orales «comúnmente consideran que los nombres (una clase de palabras) confieren poder sobre las cosas. (…) Primero que nada, los nombres efectivamente dan poder a los seres humanos sobre lo que están nominando: sin aprender un vasto acopio de nombres, uno queda simplemente incapacitado para comprender, por ejemplo, la química, y para practicar la ingeniería química. Lo mismo sucede con el conocimiento intelectual de todo tipo. En segundo lugar, la gente caligráfica y tipográfica tiende a pensar en los nombres como marbetes, etiquetas escritas o impresas imaginariamente, adheridas a un objeto nominado. La gente oral no tiene sentido de un nombre como de una etiqueta, pues no tiene noción de un nombre como algo que puede visualizarse». En una cultura escrita reducimos el sonido a una grafía, y a la más radical de todas las grafías, el alfabeto. En cambio, «no es tan probable que el hombre oral piense en las palabras como “signos”, fenómenos visuales inmóviles. Homero se refiere a ellas regularmente como “palabras aladas”, lo cual sugiere fugacidad, poder y libertad»: las palabras vuelan, lo que constituye una manifestación poderosa del movimiento, y se elevan por encima del mundo burdo y «objetivo» al que designan.

Walter J. Ong. Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra (Orality and Literacy. The Technologizing of the Word, 1982). México: Fondo de Cultura Econónica, 2004, 1ª ed., 6ª reimp.; 191 pp.; col. Sección de obras de lengua y estudios literarios; trad. de Angélica Scherp; ISBN: 968-16-2498-X.

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viernes, 23 de noviembre de 2012

Leí aquí una referencia a La novela de un novelista, de Armando Palacio Valdés, que no conocía, por lo que, aprovechando una estancia en Asturias, decidí buscarla en la biblioteca y leerla para entrar en ambiente.

Son recuerdos de la infancia y adolescencia del autor, en las últimas décadas del siglo XIX. Están muy bien escritos, aparecen en sus páginas notables personajes de la zona, los sucesos de todo tipo se cuentan con acentos entusiastas, y abundan los momentos en los que el autor mira hacia atrás con nostalgia y agradecimiento. «Muchas, muchísimas veces me he preguntado después, en el curso de mi vida: ¿Cuál será el mundo verdaderamente real, aquel que yo veía en mi infancia o este otro que ahora contemplo al través del velo tejido de perfidias, traiciones, bajezas y ruindades que los años colocaron delante de mis ojos? Ya sé que para la gran mayoría de los hombres el caso no es dudoso. Sin embargo, para mí lo es y para un cierto sujeto de algún talento que vivió hace muchos años, a quien llamaban Platón, también lo sería».

Son muchas las consideraciones de interés acerca del mundo propio del niño. El autor asturiano piensa que «la historia de la infancia es igual siempre a sí misma. Es la felicidad. Todo niño es feliz si una mano brutal no se interpone entre él y la felicidad. Aire, luz, libertad, un poco de arena o de barro. No necesitamos entonces más para ser felices. Todo eso lo da Dios. Sólo en la infancia percibimos el sabor de los elementos creados. Las cosas tienen verdadera significación para nosotros: el mar, la lluvia, la aurora, las montañas, los ríos, las fisonomías de los hombres y de los animales entran por los ojos de nuestra alma y allí se pintan con caracteres indelebles». Eso sí, el narrador no deja de señalar, con buen humor, los comportamientos infantiles merecedores de castigo: «Todo hombre ha merecido alguna vez la horca en el curso de su vida, dice Montaigne. Yo la merecí en edad bien temprana, pues no contaba más que cuatro años de edad. Oíd como sucedió…».

Armando Palacio Valdés. La novela de un novelista. Escenas de la infancia y la adolescencia (1921). Buenos Aires: Kapelusz, 1966; 301 pp.; col. Grandes obras de la Literatura universal; estudio preliminar y notas de María Elba Foix.

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jueves, 22 de noviembre de 2012

Ya que nos acercamos a la Navidad, un thriller ameno de hace tiempo ambientado en Nochebuena: Noche de paz, de Mary Higgins Clark. No soy entusiasta de sus novelas pero ese relato está construido con gran habilidad y me hizo pasar un buen rato.

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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Hace pocos meses que se ha publicado en castellano por primera vez La edad de oro, de Kenneth Grahame. Es un libro divertido e inteligente que, además, dice interesantes cosas sobre la calidad de la educación literaria y cultural de otros tiempos y otros lugares. La estupenda fotografía de portada, de niños dickensianos, no se corresponde con los niños de la historia, que son huérfanos, sí, pero de clase alta.

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martes, 20 de noviembre de 2012

Por distintas razones, no abundan entre nosotros álbumes de memorias infantiles, cálidos y entrañables, como, por ejemplo, When I Was Young in the Mountains y Mira como salen las estrellas, ilustrados los dos por Diane Goode.

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lunes, 19 de noviembre de 2012

Un nuevo álbum, engañosamente sencillo, de Laura Vaccaro Seeger: ¿Qué pasaría si...?

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domingo, 18 de noviembre de 2012

Otro momento decisivo en la historia europea, dice Christopher Dawson, sucedió en el siglo XII gracias a san Bernardo y a san Francisco de Asís. Se dio entonces una renovación espiritual, que acompañó un renacimiento social e intelectual, debido a que se alcanzó un realismo religioso diferente de la un tanto abstracta piedad teológica de tipo patrístico y bizantino. Así lo explica Dawson:

«El ideal de Francisco de Asís es revivir en la experiencia cotidiana la vida de Cristo. Ya no debe haber una separación entre fe y vida, entre lo espiritual y lo material, puesto que ambos mundos han de fusionarse en la realidad viviente de la experiencia práctica (…). Los poderes de la naturaleza, que en un principio habían sido divinizados y hechos objetos de culto, y después rechazados cuando el hombre comprendió la trascendencia de lo espiritual, ahora son traídos al mundo de la religión. (…) Así, la actitud franciscana hacia la naturaleza y la vida humana señala un punto esencial en la historia religiosa de Occidente. Marca el fin de un largo periodo durante el cual la naturaleza humana y el mundo físico habían sido empequeñecidos e inmovilizados por la sombra de la eternidad, y al mismo tiempo señala el comienzo de una nueva era de humanismo e interés por la naturaleza. Su importancia, como ha notado K. Burdach, no se limita al campo religioso, sino que pesa significativamente en todo el desarrollo de la cultura europea. Su influencia se puede ver, por una parte, en el nuevo arte de la Italia de los siglos XIII y XIV, el cual contiene ya los gérmenes del Renacimiento, y, por otra, en los movimientos sociales del siglo XIV, en los que por vez primera los sectores más pobres y oprimidos de la sociedad medieval afirmaron sus demandas de justicia».

Christopher Dawson. «El surgimiento de la civilización occidental (Christianity and the Rise of Western Civilization, Progress and Religion, 1929), en Historia de la cultura cristiana. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.

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sábado, 17 de noviembre de 2012

Walter Ong: «En una cultura oral primaria, donde la existencia de la palabra radica solo en el sonido, sin referencia alguna o cualquier texto visualmente perceptible y sin tener idea siquiera de que tal texto pueda existir, la fenomenología del sonido penetra profundamente en la experiencia que tienen los seres humanos de la existencia, como es procesada por la palabra hablada, pues la manera como se experimenta la palabra es siempre trascendental en la vida psíquica. (…) Sólo después de la imprenta y el extenso uso de los mapas que ésta puso en práctica, cuando los seres humanos piensan en el cosmos, el universo o el “mundo”, se imaginan fundamentalmente algo dispuesto ante sus ojos, como en un moderno atlas impreso, una vasta superficie o conjunto de superficies (la vista presenta superficies) lista para ser “explorada”».

Esto indica que «una organización verbal dominada por el sonido está en consonancia con tendencias acumulativas (armoniosas) antes que con inclinaciones analíticas y divisorias (las cuales llegarían con la palabra escrita, visualizada: la vista es un sentido que separa por partes). También está en consonancia con el holismo conservador (el presente homeostático que debe mantenerse intacto, las expresiones formularias que deben mantenerse intactas); con el pensamiento situacional (nuevamente holístico, con la acción humana en el centro) antes que [con] el pensamiento abstracto; con cierta organización humanística del saber acerca de las acciones de seres humanos y antropomórficos, personas interiorizadas, antes que acerca de cuestiones impersonales».

Es decir, que mientras «la vista aísla, el oído une. Mientras la vista sitúa al observador fuera de lo que está mirando, a distancia, el sonido envuelve al oyente. (…) Es posible sumergirse en el oído, en el sonido. No hay manera de sumergirse de igual modo en la vista. Por contraste con la vista (el sentido divisorio), el oído es, por tanto, un sentido unificador. Un ideal visual típico es la claridad y el carácter distintivo (…). El ideal auditivo, en cambio, es la armonía, el conjuntar». Todo esto hace pensar en la importancia que tienen, y en los rasgos que hacen tan atractivos y tan perdurables, los relatos orales: llegan tan hondo porque ningún otro sentido funciona de manera tan directa como el oído ni tiene una relación igual con la interioridad.

Walter J. Ong. Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra (Orality and Literacy. The Technologizing of the Word, 1982). México: Fondo de Cultura Econónica, 2004, 1ª ed., 6ª reimp.; 191 pp.; col. Sección de obras de lengua y estudios literarios; trad. de Angélica Scherp; ISBN: 968-16-2498-X.

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viernes, 16 de noviembre de 2012

Estoy de acuerdo con que esta edición de Moralistas franceses es magnífica y para mí también ha sido una novedad leer a Vauvenargues.

Unos ejemplos:
—de La Rochefoucauld: «El perfecto valor estriba en hacer sin testigos lo que uno sería capaz de hacer ante todos»;
—de La Bruyère: «Es una gran desventura no tener bastante talento para hablar bien, ni el suficiente juicio para callarse. He aquí el principio de toda impertinencia»;
—De Chamfort: «Celebridad: la ventaja de ser conocido por quienes no te conocen»;
—De Vauvenarges: «Siempre me ha sorprendido que los reyes no se pregunten si los que escriben grandes cosas no serían capaces de hacerlas: eso se debe muy posiblemente a que no tienen tiempo de leer»;
—De Joubert: «Los menores tienen más necesidad de modelos que de críticas».

Pascal, La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues, Chamfort, Joubert. Moralistas franceses. Máximas, pensamientos y caracteres. Córdoba: Almuzara, 2008; 1214 pp.; Biblioteca de Literatura Universal; trad. de Salustiano Masó y José Antonio Millán Alba; introducción de Alicia Yllera; edición de José Antonio Millán Alba; ISBN: 978-84-96968-28-8.

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jueves, 15 de noviembre de 2012

Caroline Lawrence, la autora de Misterios Romanos, ha empezado hace poco una nueva serie ambientada en el Oeste. La primera entrega, El caso de los bandidos asesinos, es amena, da mucha información, y tiene un protagonista y narrador simpático y que, en estas primeras aventuras, resulta imprevisible.

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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Para quien no los conozca, los Cuentos infantiles políticamente correctos y sus secuelas, de James Finn Garner, pueden ser un buen descubrimiento. También enseña lecciones útiles. Por ejemplo: aunque «para la cigarra, la existencia ideal consistía en disfrutar de la naturaleza de un modo desestructurado y lúdicamente experimental», la hormiga le advierte que «el único lugar en el que el éxito viene antes que el trabajo es el diccionario». Ese es el tono.

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martes, 13 de noviembre de 2012

El coloquio de los pájaros, de Peter Sís, es un álbum extenso que se basa en un poema narrativo persa del siglo XII cuyo protagonista es el poeta Attar, que se despierta convertido en abubilla y, a la vista de los problemas del mundo, habla con otros pájaros para ir juntos en busca del rey Simurg, que vive en la montaña de Kaf, y tiene la solución. En el largo viaje que realizan atraviesan siete valles: de la Búsqueda, del Amor, del Conocimiento, del Desapego, de la Unidad, del Asombro, y de la Muerte.

El argumento del poema no me dice mucho y, formalmente, tampoco le veo una gracia especial (y no conozco ninguna otra versión para compararla con esta); ya sé que Borges lo elogió, algo que, aparte de que nos lo diga el mismo ilustrador y la editorial, pues eso prestigia el libro, se ha de tener en cuenta: Borges es mucho más de fiar que yo. Las imágenes son inteligentes, pues siendo Sís el ilustrador no podían no serlo, pero tampoco me parece que aporten un atractivo particular a la historia, e incluso diría que hubieran sido más apropiadas unas imágenes menos recargadas, o menos pretenciosas, o más sencillas: pero también es mucho más lógico apostar a favor de Sís que hacerlo a mi favor. Con todo, y aunque estoy bastante seguro de que un éxito popular no será y de que otras obras de Sís son mucho mejores, el libro está muy bien editado y quienes sean entusiastas del gran ilustrador checo lo disfrutarán.

Peter Sís. El coloquio de los pájaros (The Conference of Birds, 2011). Barcelona: Sexto Piso, 2012; 160 pp.; col. ilustradossextopiso; trad. de Valeria Luiselli; ISBN: 978-84-15601-03-6.

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lunes, 12 de noviembre de 2012

Después del citado el lunes pasado, otro álbum más de convivencia, pero no entre amigos sino entre «rivales»: Una pequeña casa en el bosque, de Jutta Bauer.

A la casa donde vive un ciervo, acuden primero un conejito y luego un zorrito, los dos asustados porque un cazador los persigue. El hospitalario ciervo los acoge y les da de comer aunque se ve que se miran con recelo. Pero, luego, llegan un cazador y su perro, que piden comida porque tienen hambre...

Traigo este álbum por varias razones. La primera es que la ilustradora me gusta y, como es habitual en ella, las imágenes son económicas y la narración es clara. La segunda porque, como siempre me ocurre con este tipo de historias, me planteo hasta qué punto la validez del mensaje, si pensamos en la convivencia humana, queda contrarrestada por la elección de seres que, por supuesto, en la realidad nunca estarían juntos en la misma habitación. La tercera es que la construcción del álbum, tal vez debido a las limitaciones que impone la edición en cartoné, combina dobles páginas con páginas sencillas que, a veces, llevan los breves textos en el interior, y, a veces, llevan una página en blanco al lado donde va el texto: me pregunto si esa era la estructura original. Bien, y la cuarta es que la hospitalidad en torno a la comida es, sin duda, una buena manera de hacer amigos.

Jutta Bauer. Una pequeña casa en el bosque (Steht im Wald ein kleines Haus, 2012). Salamanca: Lóguez, 2012; 34 pp., cartoné; ISBN: 978-84-96646-74-2.

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domingo, 11 de noviembre de 2012

El papa san Gregorio VII (1020-1085) se propuso que la Iglesia «recobrara su honor y permaneciera libre» frente a los ideales bizantinos y carolingios de la monarquía sagrada. Deseaba librar a la Iglesia de su dependencia feudal respecto al poder secular y abandonar la concepción bizantina y carolingia del derecho divino de los reyes y de la obediencia pasiva de los súbditos. Algo importante aquí es que, dice Christopher Dawson, «esto señala un nuevo punto de partida en la historia de la cultura occidental, pues significó que los hombres habían comenzado a razonar sobre los principios en los que se basaba la sociedad cristiana y a recurrir a la mención de estos principios como un modo de modificar el orden existente. Cuando Gregorio VII escribía: “El Señor dice “Yo soy la Verdad y la Vida”, no decía “soy la costumbre” sino “soy la Verdad”, estaba invocando una nueva clase de Derecho Divino que debía mostrarse posteriormente más fuerte que el derecho divino de los reyes”».

Christopher Dawson. «La reforma de la Iglesia en el siglo XI y el papado medieval», en La religión y el origen de la cultura occidental (Religion and the Rise of the Western Culture, 1950). Madrid: Encuentro, 1995; 228 pp.; col. Ensayos; trad. de Elena Vela; ISBN: 84-7490-374-2. Nueva edición el año 2010; 256 pp.; prólogo de José Andrés Gallego; ISBN: 978-84-9920-026-2.

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sábado, 10 de noviembre de 2012

Explica Walter Ong que llamamos oralidad primaria a la propia de una cultura que carece de todo conocimiento de la escritura y la impresión. Llamamos oralidad secundaria a la propia de la cultura de la televisión y el teléfono, que depende de la cultura escrita. Los rasgos de la primera, que actualmente casi no existe, no nos resultan fáciles de concebir y de comprender. El motivo es que no es posible explicar la cultura oral primaria desde una cultura como la nuestra, tan dependiente de la escritura: no se puede explicar lo primario a partir de lo secundario, del mismo modo que no podemos explicar los caballos a partir de los automóviles. De ahí, por cierto, que la expresión «literatura oral» sea contradictoria y anacrónica. Pero sí es posible pensar algunos rasgos propios de los pueblos orales: en ellos la tradición oral no tenía el carácter de permanencia que tiene la escrita; en ellos las palabras tenían valor de acontecimientos; en ellos el pensamiento articulado estaba entrelazado con sistemas de memoria y las necesidades mnemotécnicas determinaban incluso la sintaxis.

Con esto en mente se puede, sin duda, reivindicar el poder de la oralidad si, al mismo tiempo, no perdemos de vista que sin la escritura la conciencia humana no puede alcanzar su potencial más pleno. Es decir, «la oralidad no es un ideal, y nunca lo ha sido. Enfocarla de manera positiva no significa enaltecerla como un estado permanente para toda cultura. El conocimiento de la escritura abre posibilidades para la palabra y la existencia humanas que resultarían inimaginables sin la escritura. (…) Sin embargo, la oralidad no es desdeñable. Puede producir creaciones fuera del alcance de los que conocen la escritura: La Odisea es un buen ejemplo. Asimismo, la oralidad nunca puede eliminarse por completo: al leer un texto se le “oraliza”».

Walter J. Ong. Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra (Orality and Literacy. The Technologizing of the Word, 1982). México: Fondo de Cultura Econónica, 2004, 1ª ed., 6ª reimp.; 191 pp.; col. Sección de obras de lengua y estudios literarios; trad. de Angélica Scherp; ISBN: 968-16-2498-X.

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viernes, 9 de noviembre de 2012

Un libro de relatos cortitos de José Jiménez Lozano que he leído hace poco: El azul sobrante. Igual que las historias de La piel de los tomates o El ajuar de mamá o esta Antología de cuentos, también las de este libro dan idea, entre otras cosas, de aspectos de nuestra vida social que, a veces, no queremos ver.

Así, entre más ejemplos que se podrían poner, vale la pena leer «La educación política», sobre la visita que hace la psicóloga del Ayuntamiento, encargada de la Tercera Edad, a una vieja para organizarle la vida, por su bien, pero ella le dice que, como ya está en la Cuarta Edad, deben dejarla en paz. Igual que conviene conocer la explicación que apuntan dos señoras de pueblo en «Los titiriteros», acerca de cuáles pudieron ser las razones del suicidio de una chica embarazada, así como su conclusión: «Nunca se sabía nada de la historia de nadie».

El estilo coloquial y cálido que aquí emplea el autor se puede apreciar, por ejemplo, en este párrafo de «Las tarifas» acerca de una señora de pueblo que «ya se había acostumbrado a esta cocina de vitrocerámica, especialmente porque era una cosa muy limpia, y aunque tuviera el defecto de todas las cosas modernas, que era el de que no remataban, porque tener un fuego para guisar en la cocina y que no calentase la habitación a la vez que cocía las patatas, pues era un invento que sí, pero que no».

José Jiménez Lozano. El azul sobrante (2009). Madrid: Encuentro, 2009; 202 pp.; col. Literatura; prólogo de Guadalupe Arbona; ISBN: 978-84-7490-999-9.

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jueves, 8 de noviembre de 2012

De Más lecturas no obligatorias: prosas, un segundo libro con reseñas o comentarios literarios de Wisława Szymborska de finales de los años sesenta y principios de los setenta, remito a esta reseña y a estas observaciones. A mí me gustan el buen humor ácido y la libertad de criterio con que ataca la escritora muchos asuntos, aunque no sepa con frecuencia quienes son los autores y los libros de los que habla. Pero, además, contiene unas certeras observaciones, a propósito de un libro que analiza la literatura juvenil, que vale la pena recordar:

«Es más sencillo escribir el Ulises que una buena novela juvenil. En el primer caso una es dueña de su propia imaginación, mientras que en el segundo acabas presa de una urdimbre de obligaciones que van más allá de lo artístico. En esa urdimbre revolotean padres problemáticos con hijos aún más problemáticos y maestros que buscan auxilio, puedes oír el persistente quejido de los especialistas en psicología infantil, el gorjeo de los partidarios de uno u otro sistema educativo, y los estridentes vítores de los monitores de las acampadas o de cualquier colectivo bien organizado. Unos piden fantasía, otros cotidianeidad, y otros incluso personajes irreprochablemente ejemplares, pero con un trasfondo realista, o con conflictos ideológicos, pero que no desacrediten a las autoridades. No hay manera humana de satisfacer a todos al mismo tiempo. Quien pretenda escribir un libro para niños, mejor que no sepa nada de todo eso, porque ya antes de escribir la primera frase será víctima de las dudas. Además, la historia nos enseña que la supremacía de las Bellas Letras es un efecto secundario de la literatura juvenil, y no un fruto de la rutina pedagógica». En fin, dice más adelante, «estoy absolutamente convencida de que la lectura de cuentos prepara mejor a los niños para la recepción de la literatura “adulta” que todos esos relatos con alma de pequeño realismo».

Wisława Szymborska. Más lecturas no obligatorias: prosas (Lektury nadobowiązkowe. Nowe lektury nadobowiązkowe). Barcelona: Alfabia, 2012; 196 pp.; col. A; trad. de Manel Bellmunt Serrano; ISBN: 978-84-938909-9-5.

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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Buenas noticias: han salido ediciones en castellano del álbum que más me gusta de David Wiesner, Martes, y del primer libro de artículos de Chesterton, El acusado.
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martes, 6 de noviembre de 2012

He podido leer, hace unos días, Wolves, el álbum con el que debutó Emily Gravett, un relato que, con un poco de amplitud, podemos incluir entre los que tratan sobre lecturas. En él, un conejo coge un libro sobre lobos de la biblioteca. En sucesivas dobles páginas vamos viendo cómo aprende, poco a poco, qué rasgos caracterizan a los lobos: garras, cola peluda, etc. Y el lector va sospechando cosas de las que el conejo no parece darse cuenta, de tan absorbido como está.

La historia pertenece con todo derecho al grupo de las que manejan un humor algo crudo que no a todos gusta. La ilustradora sabe bien el efecto que puede causar el desenlace de su relato y, hábil pero también irónicamente, le pone otro final alternativo: una imagen compuesta con recortes (procedentes, tal vez, de los restos del libro después de que el lector, enfadado, lo hubiera roto en pedazos...).

Emily Gravett. Wolves (2006). London: MacMillan, 2006; 40 pp.; ISBN: 978-1405053624.

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lunes, 5 de noviembre de 2012

De Helen Cooper, una autora experta en tratar sentimientos infantiles, se acaba de publicar una nueva edición de Sopa de calabaza, un álbum cuyos protagonistas son un Gato, una Ardilla y un Pato que siempre preparan juntos una sopa de calabaza, hasta que un día pelean…

La historia está bien contada, tanto con las palabras —aunque se pierdan el ritmo y los sonidos propios del original inglés— como con las ilustraciones, que tienen tonos verdes y oros que se podrían llamar otoñales. El argumento, sobre cómo los mejores amigos pueden a veces tener discrepancias, está bien ajustado a lo que pueden comprender los lectores pequeños a quienes se dirige el álbum.

Helen Cooper. Sopa de calabaza (Pumpkin Soup, 1998). Barcelona: Juventud, 2012, 9ª ed.; 32 pp.; col. Álbumes ilustrados; trad. de Christiane Reyes; ISBN: 978-84-261-3095-2.

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domingo, 4 de noviembre de 2012

Christopher Dawson: «La influencia del cristianismo en la formación de la unidad europea es un ejemplo interesante de cómo el curso del desarrollo histórico es modificado y definido por la intervención de nuevas fuerzas espirituales. La historia no se puede explicar como un orden cerrado en el cual cada etapa es el resultado lógico e inevitable de lo que ha sucedido antes. Hay en ella siempre un elemento inexplicable y misterioso debido no sólo a la influencia de la casualidad o a la iniciativa del genio individual, sino también al poder creativo de fuerzas espirituales.

Así vemos, en el caso del mundo antiguo, que la artificial civilización material del Imperio romano necesitaba cierta inspiración religiosa más profunda que la contenida en los cultos oficiales de la ciudad-Estado, y podríamos suponer que esta deficiencia espiritual dio lugar a la infiltración de influencias religiosas orientales como las que aparecieron durante la edad imperial. Mas nadie pudo haber predicho la aparición del cristianismo y la manera como éste transformaría la vida y el pensamiento de la civilización europea».

Christopher Dawson. «La Iglesia Católica» (The Catholic Church, The Making of Europe, 1932), en Historia de la cultura cristiana (Colección de ensayos tomados de Medieval Essays, 1954, Religion and the Rise of Western Culture, 1950, Progress and Religion, 1960). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.

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sábado, 3 de noviembre de 2012

En nuestra cultura, que por un lado tiene tan en cuenta lo artístico a la vez que tiende a ignorar lo informativo, y por otro piensa en la poesía oral como un entretenimiento basado en técnicas para la improvisación, nos cuesta valorar la clase de poesía propia de una cultura basada en la comunicación oral como era la Grecia de Homero.

En una cultura oral así —una cultura oral primaria—, dice Eric Havelock, «toda expresión “útil” —histórica, técnica, moralmente útil—, para sobrevivir de forma más o menos normalizada, ha de asentarse en la memoria viviente de quienes integran el grupo cultural. Desde el punto de vista de nuestro actual análisis, la épica ha de considerarse, antes que ninguna otra cosa, un acto de evocación y de recuerdo. Su auténtica musa es Mnemósyne, en quien se simboliza no sólo la memoria —considerada como fenómeno mental—, sino sobre todo el acto entero de evocación, recuerdo, conmemoración, y memorización que se cumple en el verso épico. Para un escritor romano, la musa podía representar la invención aplicada tanto al contenido como a la forma».

Además, como «los archivos de una cultura cuya comunicación es enteramente oral están en los ritmos y fórmulas impresos en la memoria viviente», su poesía propia tiene como misión la preservación de una tradición magistral, tal como vemos en las fórmulas homéricas. «El arte en tiempos de Homero tenía una importancia y una funcionalidad que no ha conocido en ninguna otra época. El arte poseía un control de la educación y el gobierno del que no se vio despojado hasta que la escritura se puso al alcance y servicio del poder político». El dominio de esa clase de poesía, funcional, magistral y enciclopédica, «condujo a los griegos al dominio de otros tipos de ritmo. Su supuesta desventaja en la lucha por la cultura —concretamente, su analfabetismo— constituyó de hecho su principal ventaja».

Eric A. Havelock. Prefacio a Platón (Preface to Plato, 1963). Madrid: Visor, 1994; 286 pp.; col. Visor Literatura y debate crítico; trad. de Ramón Buenaventura; ISBN: 84-7774-717-2.

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viernes, 2 de noviembre de 2012

He leído Humoristas, de Paul Johnson. Me ahorro la reseña pues aquí hay una más que buena.

Una objeción es que lamento la inclinación a las anécdotas procaces que tiene Johnson. Yo estoy con Chesterton cuando indica, hablando de Watts, que «hay cosas privadas, como si tomaba mucha sal o mucho azúcar, que pueden o no ser públicas pero importan poco», y que las «virtudes y actuaciones públicas son, de lejos, más significativas que sus debilidades privadas»; o, hablando de Tennyson (en Varied Types), cuando dice que un crítico de poesía no tiene por qué «gastar tiempo y prestar atención a esa parte del trabajo de un hombre que no es poética» y que «el trabajo de un crítico es descubrir la importancia de un hombre y no sus crímenes».

Otra es que Johnson no explica bien que no todas las clases de risa son equiparables. Al principio hace notar, citando a Arthur Koestler, cómo la risa tiene un elemento de agresión y cómo, según las culturas, hay quienes se ríen de cosas que, a otros, no les hacen ninguna gracia: según parece, a los bosquimanos del desierto del Kalahari, de Sudáfrica, nada les divierte tanto como una gacela herida de muerte por una bala. Sin embargo, las páginas finales, donde se lamenta de la corrección política imperante, que ciertamente da lugar a muchos excesos que merecen ser criticados —como este—, son poco equilibradas: no creo que merezcan aplausos ni que haya que reírse de bromas vejatorias o groserías insultantes por más graciosas que sean.

Dejando eso al margen, están muy bien los comentarios acerca de distintos recursos propios del humor: «La Mirada de la Complicidad», que tan bien usaba Oliver Hardy; el placer que causa oir algo insultante dicho con elegancia e ingenio a quien se lo merecía, que practicaba Samuel Johnson; la tensión que se deriva de la «pelea-a-punto-de-estallar», tan propia de algunas pinturas cómicas; el chiste verbal continuado que practicaba Dickens, y el ingenio aparentemente inocente que también Dickens personificó en Sam Weller especialmente; el uso magistral de bromas sencillas y antiguas, pero ensayadas hasta la extenuación, como hacía Chaplin; o, frente a la técnica cómica clásica de hacer que las cosas importantes parezcan triviales, el sistema contrario de los hermanos Marx, de «hacer que las cosas triviales parezcan importantes».

Paul Johnson. Humoristas (Humorists, 2010). Barcelona: Ático de los libros, 2012; 302 pp.; trad. de Joan Eloi Roca; ISBN: 978-84-938595-8-9.

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jueves, 1 de noviembre de 2012

Los entusiastas de las grandes novelas de amor no deberían perderse, si no la conocen, la nueva edición de Alí y Nino, del misterioso Kurban Said. El relato cuenta las vicisitudes del amor entre Alí Khan, un joven musulmán de una riquísima familia, y Nino, una chica cristiana georgiana de religión ortodoxa griega. Primero el noviazgo y el compromiso; luego, la huida de Nino con un armenio, Najarayan, pero Alí los persigue y mata a Najarayan; después, nueva huida de Alí, de Bakú a Daguestán, hasta que Nino va en su busca; entonces se casan y viven felices una temporada; cuando estalla la primera guerra mundial vuelven a Bakú, pero sus vidas se ven arrolladas por unos acontecimientos sobre los que ya no tienen ningún control.

Es Alí quien cuenta las cosas, con este tono: «Por Dios, los rusos están tan orgullosos de su arte de comer con cuchillo y tenedor, aunque hasta el más tonto puede aprenderlo en un mes. Yo manejo bien el cuchillo y tenedor y sé cómo hay que comportarse a la mesa de los europeos. Pero aunque ya tengo dieciocho años, aún no soy capaz de comer con tanta elegancia como mi padre y mi tío, que con tres dedos de la mano derecha disfrutan de la larga ristra de platos orientales sin mancharse siquiera la palma de la mano. Nino dice que este modo de comer es de bárbaros».

Es precisamente su admiración y amor por Nino —«sentí que nada, nada en el mundo, era más importante para mí que la sonrisa en los ojos de Nino»—, y las cosas que le va diciendo —«es indigno de una mujer ocultar su rostro, Alí Khan»—, lo que le hace deponer algunas enseñanzas de su gente: como las de su padre: «no perdones nunca a tus enemigos, hijo mío, que nosotros no somos cristianos—; o las del imán: «las mujeres pertenecen al anderun, al interior de la casa. Los hombres bien educados no hablan de ellas, no preguntan por ellas y tampoco las saludan. Son la sombra de sus maridos, aunque a menudo éstos sólo se sientan bien bajo estas sombras. Esto es bueno y sabio. “Una mujer no tiene más entendimiento que pelo un huevo de gallina”, dice un proverbio nuestro».

De todas maneras, quizás lo más valioso de la historia sea cómo el amor entre los protagonistas, junto con los choques que se derivan de sus formas de comprender la vida y de sus hábitos culturales, tan distintos, le sirven al narrador para mostrar las tensiones entre Asia y Europa, entre islam y cristianismo, y entre los distintos pueblos que viven en la zona —georgianos, armenios, turcos, persas...—. La novela también hace comprender un poco mejor algunos efectos de la Primera Guerra Mundial que, desde una perspectiva occidental, ignoramos o tendemos a ver como secundarios. Aquí hay otra reseña.

Kurban Said. Alí y Nino (Ali und Nino, 1937). Barcelona: Debate, 2000; 271 pp.; col. Literatura; trad. de Isabel Payno; ISBN: 84-8306-348-4. Nueva edición en Barcelona: Libros del Asteroide, 2012; 295 pp.; ISBN: 978-84-92663-59-0.

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