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Notas de noviembre de 2013 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 30 de noviembre de 2013

Borges: «Qué disparate que el gobierno reparta el dinero que saca de impuestos en premios a las letras y a las artes. Puede convenir al destino de un hombre, pero ¿qué tiene que ver eso con las artes? ¿Qué relación puede haber entre el gobierno y las artes? Eso viene del tiempo de los mecenas». Bioy: «Y empalma con el tiempo del socialismo, del gobierno que se mete en todo. Es una combinación de pasado y futuro».

Adolfo Bioy Casares. 30 de diciembre de 1957, en Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

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viernes, 29 de noviembre de 2013

Capital, de John Lanchester, es una novela larga y entretenida, centrada en las personas que viven en la calle londinense de Pepys Road. Se compone de cuatro partes, decrecientes en extensión: Diciembre de 2007, abril de 2008, agosto de 2008, noviembre de 2008. Después de un excelente prólogo explicativo sobre cómo vivir en esa calle había llegado a ser un símbolo de estatus social en Londres, se cuenta la vida de algunos vecinos, junto con sus familiares y gentes que se relacionan con ellos por distintos motivos.

Los capítulos no son muy largos y cada uno está enfocado en algún personaje. Los más importantes son Roger, un ejecutivo de la City que gana mucho dinero, y su mujer Arabella, que lo gasta sin control alguno; Petunia, una mujer mayor que vive sola y a la que detectan un tumor maligno; y un matrimonio pakistaní, Ahmed y Rohinka, que llevan una tienda. Además, entre otros, entran en escena la hija de Petunia y, sobre todo, su nieto Smitty, un artista callejero con mucho éxito pero desconocido (a lo Bansky); Zbigniew, un trabajador polaco que hace arreglos de todo tipo; Freddy Kamo, un joven futbolista senegalés fichado por el Arsenal, al que alojan en una de las casas de la calle, junto con su padre; la controladora del aparcamiento de la calle, Quentine Mkfesi, máster en Ciencias Políticas en Zimbaue pero ahora refugiada sin papeles en Londres; los jóvenes hermanos de Ahmed, uno vividor y otro fundamentalista… La narración comienza cuando, a todas las casas, llega una postal anónima, con la foto de la fachada correspondiente, donde se dice «Queremos Lo Que Usted Tiene».

El autor se distingue por su talento narrativo y por su excepcional don para presentar con viveza a personajes de orígenes y mentalidades variados. Lo que acaba enganchando al lector no es el hilo argumental que se anuncia, que pronto se verá que es más bien endeble, sino los sucesos de distinto tipo que van ocurriendo a los protagonistas. Tampoco el interés está en que se produzca una gran evolución de las personalidades, cosa que no sucede aunque haya casos en los que se dan cambios importantes en sus vidas, sino en la calidad de las descripciones. Además, son muchas las observaciones incidentales interesantes. Así, cuando Petunia está en la consulta y el narrador habla del médico, se señala cómo «sus demoras, sus prisas, su impaciencia, todo en él estaba calculado para dar a entender que era un ciudadano más valioso que sus interlocutores, fuesen quienes fuesen». O, al hablar de las dificultades que tienen Smitty y su madre para entenderse, indica que Smitty, «de su trato con ella había aprendido la siguiente verdad: la persona que se preocupa por otra lo vive como una forma de amor; la persona objeto de la preocupación lo vive como una forma de control».

John Lanchester. Capital (Capital, 2012). Barcelona: Anagrama, 2013; 597 pp.; trad. de Antonio-Prometeo Moya; ISBN: 978-84-339-7863-9.

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jueves, 28 de noviembre de 2013

Jamie Ford, un escritor norteamericano de origen chino, debutó con El sabor prohibido del jengibre, una novela que, a pesar de sus defectos, tiene un gran atractivo y un interés particular. El atractivo está en que la narración consigue meter de lleno al lector en las emociones de un protagonista poco habitual (para lectores de nuestro ámbito), por su mentalidad y por los ambientes donde vive. El interés es que no se trata de un relato más sobre un niño que crece ni de un relato común entre los muchos que, directa o indirectamente, tratan sobre la segunda Guerra Mundial.

Seattle. La narración alterna capítulos que se desarrollan en 1986 unos, y en 1942 y los años siguientes los otros. Empieza cuando Henry Lee, norteamericano de origen chino, tiene cincuenta y seis años. Acaba de enviudar después de un matrimonio feliz y de unos últimos años duros debido a la enfermedad de su esposa Ethel; y tiene un hijo, Marty, recién licenciado, que no vive con él, y con el que tiene una relación algo distante. Sabemos que, en su barrio, alguien acaba de comprar el hotel Panamá, cerrado durante décadas, y que Henry desea mirar en los sótanos pues ha sabido que, en ellos, hay todavía pertenencias de algunas familias japonesas que fueron deportadas durante los años de la segunda Guerra Mundial; entre otros motivos, desea buscar allí porque es un gran coleccionista de discos antiguos de jazz y está persiguiendo uno muy concreto desde hace tiempo.

En esas circunstancias, los recuerdos de Henry van al año 42, cuando tenía doce años, y era el único alumno de origen chino de un colegio norteamericano en el que trabajaba también como ayudante de cocina. Los elementos que definían su vida entonces eran estos: unos matones de su clase le acosaban continuamente; tenía mucho trato con un saxofonista negro que tocaba en una esquina por la que pasaba cada día; y la comunicación con sus padres era escasa. Naturalmente, en todo influía la guerra en curso: su padre tenía una visión muy nacionalista y seguía mucho ciertos avatares de la guerra por odio a los japoneses; además, le insistía a Henry en que hablara sólo inglés y no cantonés, y en que llevara siempre un distintivo que decía “soy chino” para evitar problemas en las calles. En ese ambiente, las cosas cambian para Henry cuando Keiko Okabe, una chica de su edad, de nacionalidad norteamericana pero de padres japoneses, se incorpora a su colegio y se convierte en la otra ayudante de cocina.

Con esos puntos de partida el relato va desplegándose con calma pero con creciente intensidad aunque, también debido a la educación en la contención y en la cortesía de sus personajes principales, tenga un tono algo monocorde. La descripción ambiental de los barrios de Seattle que ocupan los chinos y los japoneses no es extensa pero basta para los propósitos de la narración. Algunos aspectos, sin mucha importancia, no encajan bien: es un anacronismo que Marty, el año 1986, sea el «encargado de la página web de la facultad de Físico-Química de la universidad de Seattle»; algunos momentos del relato, como las escenas de acoso de los matones del colegio a Henry, son un tanto estereotipados… En cambio, es magnífico el doble telón de fondo: el amor de Henry por el jazz frente al rechazo de su familia y, sobre todo, los acontecimientos que dejan ver la injusticia enorme que, por motivos de seguridad, se cometió con muchos japoneses asentados en Estados Unidos, y también con los nacionalizados desde hacía tiempo, después del ataque de Pearl Harbour.

El otro punto fuerte de la novela está en la presentación del mundo interior de Henry en ambas épocas: tanto el de los sentimientos que se corresponden a sus relaciones con sus padres y con Keiko y su familia, como los que surgen en la época actual al ir recordando su vida con Ethel y al ir viendo las carencias de su relación con Marty, y compararlas con las que tuvo él mismo con sus padres. Así, por ejemplo, el narrador indica cómo «el momento oportuno siempre lo era todo en la familia de Henry. Siempre había parecido que había un momento adecuado y otro erróneo para las conversaciones entre Henry y su propio padre. Quizá su hijo se sentía de la misma manera». O bien, otro comentario que da idea de su modo de ser, es el que hace cuando, al recordar lo sucedido en su relación con Keiko, señala que «tuve mi oportunidad, y algunas veces en la vida no hay una segunda. Miras lo que tienes, no lo que has perdido, y sigues adelante».

Jamie Ford. El sabor prohibido del jengibre (Hotel in the Corner of the Bitter and Swet, 2009). Barcelona: Duomo, 2010; 347 pp.; trad. de Alberto Coscarelli; ISBN: 978-84-92723-48-5.

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miércoles, 27 de noviembre de 2013

He leído varios libros de la serie de Junie B. Jones, de la recientemente fallecida Barbara Park, un gran éxito entre las lectoras niñas de las bibliotecas públicas que frecuento. Un juicio general es que son relatos de travesuras divertidas (tal como las cuenta la heroína), se podría decir que de lo más clásicas, incluso en los dibujos realistas que los ilustran. La protagonista y narradora tiene 5 años. En el primer libro se cuenta la primera vez que va a la guardería, lo mal que lo pasa en el autobús y cómo se oculta en el colegio para no volver en el autobús de vuelta. En el último libro publicado hace poco, el 25 de la serie, se narra un viaje de vacaciones con sus padres a Hawai, y los líos que monta en el viaje y en su destino. En los libros restantes, todo tipo de aventuritas escolares, sociales y familiares.

El atractivo principal está en el personaje: Junie es muy habladora, manifiesta sus apetencias y sus rechazos de forma insistente y apremiante, remarca ya en el primer libro que «los libros son lo que más le gusta de todo-todísimo» (algo que le ganará lectores entre los padres). Aún así se confunde continuamente con las palabras por lo que, al final de cada libro, pone un vocabulario personal: «flustración: es cuando estás hasta las narices de algo, creo»; «espaldo: es donde pones la espalda cuando te sientas. Lógico, ¿no?»... La narración tiene también golpes descriptivos buenos —«las tiritas huelen igual de bien que un balón de playa nuevecito»—, explicaciones graciosas —«“Reflexionar” es lo que hace el abuelo después de comer. Se tumba delante de la tele y reflexiona»—, frases de niña resabiada —«Perdona, mamá. Es que me está entrando estrés porque necesito una foto guay para mi reportaje»—… Luego, el tipo de humor, cuando hace una barrabasada y el adulto se altera, es siempre parecido:
«Mamá miró al techo.
Yo también.
Pero no vi nada allí».

Una cosa que me gusta de los libros que he leído es que no disimulan ciertos aspectos del comportamiento de Junie y sus compañeros (aunque sí oculten otros, claro está). Se aprecia en esta escena, después de una discusión con un chico en el colegio en la que Junie se irrita:
«Yo le enseñé el puño cerrado.
—¡TE ESTÁS GANANDO UN PUÑETAZO EN TODA LA NARIZ, CARAPALO! —le grité.
Entonces el Director me miró con cara rara. Y yo le sonreí.
—Es que odio a ese niño —le expliqué muy amable».
Por suerte, los adultos que tratan a Junie no pierden del todo los nervios (en los seis libros que conozco). Pero, según he leído, algunas instituciones educativas en Estados Unidos sí.

He citado textos de cuatro libros: Junie B. Jones y el autobús apestoso (Junie B. Jones and the Stupid Smelly Bus, 1992), Junie B. Jones tiene un hermano monísimo (Junie B. Jones and a Little Monkey Business, 1993), Junie B. Jones y el monstruo debajo de la cama (Junie B. Jones has a Monster Under Her Bed, 1997) y Junie B. Jones de vacaciones (Junie B., First Grader Aloha-ha-ha, 2006). Madrid: Bruño, 2003, 2003, 2004 3ª ed., 2013; 89 pp.; ilust. de Denise Brunkus; trad. de Begoña Oro; ISBN: 84-216-9240-2, 84-216-9241-0, 84-216-9243-7, 84-216-9412-X.

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BlochBoaBob2.jpg
martes, 26 de noviembre de 2013

En Mi boa Bob, de Serge Bloch y Randy Siegel, el niño narrador cuenta que su padre le regala, por su cumpleaños, una caja con una serpiente enorme. Es una boa verde, de lo más amable, que, como la cola del marsupilami, es capaz de cualquier cosa: formar palabras con su cuerpo o ayudar al niño de distintos modos —encuentra cualquier cosa, usa el mando a distancia de la tele, lo sabe todo, puede asustar a alguien…—. Incluso vence los temores de su madre.

Álbum divertido-disparatado sobre una mascota singular nada amenazadora. Cada doble página es una escena. Las ilustraciones son dibujos esbozados sencillos con colorido gris o rojo en alguna ropa o en algunos objetos. La boa es un animal que —como el protagonista de Lágrimas de cocodrilo— se presta muy bien para un relato con formato apaisado, y el ilustrador lo aprovecha.

He leído una crítica a un aspecto de la historia por el siguiente motivo: los diálogos de los padres delante del niño hacen de menos a la madre, como si el relato tuviera un aire a los años sesenta no sólo en los dibujos sino también en ciertos comportamientos del hombre hacia la mujer. Es un comentario tal vez exagerado pero no desencaminado pues, en efecto, el padre toma decisiones por su cuenta y desecha sin consideración alguna las objeciones de la madre. Pero de ahí a que algo así afecte al niño lector actual hay un trecho.

Serge Bloch. Mi boa Bob (My Snake Blake, 2012). Texto de Randy Siegel. Barcelona: Juventud, 2013; 32 pp.; trad. de Pablo Manzano; ISBN: 978-84-261-3991-7.

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lunes, 25 de noviembre de 2013

Dos álbumes paralelos protagonizados por un chico y su hermana pequeña: Yo puedo y Yo también, de Susan Winter.

Yo puedo comienza con una ilustración a doble página donde vemos al hermano, leyendo en la página izquierda, y a su hermana mirándole desde la puerta entornada, mientras las palabras, abajo, dicen: «Mi hermana quiere hace todo lo que yo hago». A continuación alternan dos tipos de dobles páginas: dos ilustraciones separadas y recuadradas, a la izquierda el niño y a la derecha, imitándole, la niña; o lo mismo pero con una sola ilustración que ocupa todo el espacio. Así, la primera vez dice: «Yo me puedo vestir solo» frente a un «Ella no puede»…

Yo también empieza de modo parecido pero, en este caso, las palabras que acompañan la imagen dicen: «Mi hermano es muy inteligente»… Y, de nuevo, vemos la oposición entre «A él le gusta leer» y un «A mí también»…

Las ilustraciones son acuarelas luminosas que recogen bien los sentimientos de los niños. Los relatos presentan con acierto el aprendizaje imitativo y competitivo que se da en la relación entre hermanos, aunque aquí no haya conflicto alguno entre ellos. Como álbumes tienen también el interés, igual que ¡Baja, Gata!, de que la última frase y escena de cada álbum redondean las historias muy bien y amplían la comprensión del lector.

Susan Winter. Yo puedo (I Can, 1993) y Yo también (Me Too, 1993). Barcelona: Ekaré, 2013; 24 pp.; trad. de Elena Iribarren; ISBN: 978-84-940256-8-6 y 978-84-940256-9-3.

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domingo, 24 de noviembre de 2013

Es fácil estar de acuerdo en que muchas relaciones amorosas terminan de modo decepcionante. También es fácil comprobar que las ficciones románticas presentan de distintos modos esa decepción. Pero, afirma Eva Illouz, esa constatación de que las «relaciones modernas carecen de seguridad emocional», de que parecen estar o «están siempre al borde de la decepción», debería formularse mejor de otra manera: «el rasgo dominante del amor en la modernidad no sería simplemente la decepción, sino la anticipación de la experiencia decepcionante».

«Cada vez resulta más difícil que se conecten entre sí el deseo, la imaginación y lo real, debido a dos factores fundamentales. El primero es que, progresivamente, la imaginación va quedando cada vez más estilizada y vinculada con los géneros y las tecnologías que activan emociones ficcionales, estimulan la identificación y anticipan las fórmulas narrativas y las escenas visuales. El segundo es que la vida cotidiana se basa en categorías culturales y cognitivas que dificultan la organización de las experiencias y relaciones románticas en un esquema cognitivo de naturaleza holística. En consecuencia, la imaginación y la fantasía han ido adquiriendo cada vez más autonomía respecto a sus objetos».

Lo anterior significa, continúa, que «desear y fantasear son actividades que se entrelazan y que se han tornado autotélicas», es decir, «llevan en mismas la justificación de su propio fin placentero». La consecuencia es desastrosa para quien, en la vida cotidiana real, se compara «de modo constante con los modelos mediáticos de excitación, intensidad y plenitud emocional», algo que no puede sino provocarle un estado de aburrimiento, insatisfacción, e incluso irritación y rechazo, pues «amenaza la capacidad de vivir las emociones a través de escenarios imaginados».

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica (Why Love Hurts. A Sociological Explanation, 2011). Madrid: Katz, 2012; 364 pp.; serie Ensayos; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-92946-47-1.

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sábado, 23 de noviembre de 2013

Borges: «En literatura todo es tan misterioso, es como una especie de magia, yo digo, uno está jugando con palabras, y esas palabras son dos cosas, ante todo, o varias cosas: cada palabra es lo que significa, luego, lo que sugiere, y luego, el sentido. Y ahí ya tenemos esos tres elementos que hacen que cada palabra sea muy compleja. Y luego, como el arte, como la literatura consiste en combinar esas palabras, tiene que haber una suerte de equilibrio entre esos tres elementos: el sentido, la sugestión, la cadencia».

Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari. Diálogos (1992). Selección de sesenta de las noventa conversaciones radiofónicas que tuvieron los autores entre 1984 y 1985. Barcelona: Seix Barral, 1992; 383 pp.; ISBN: 84-322-4677-8.

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viernes, 22 de noviembre de 2013

Dos libros cortitos de memorias de Mary Ann Clark Bremer: Una biblioteca de verano y Cuando acabe el invierno. Me han dejado una impresión desigual: magnífica el primero y, también por eso, frustrante y algo desazonadora el segundo. Están organizados en capítulos muy cortos y contados con una prosa sobria, elegante siempre. La diferencia de impresión está en que el primero es alegre y optimista, como corresponde a una persona joven que se vuelca en los demás y se enamora, y el segundo, los años que siguen a la muerte de su marido en la guerra de Israel de 1956, refleja el desasosiego y los esfuerzos de la autora para afirmarse a sí misma como mujer independiente que se mira en las obras de Virginia Woolf.

Me quedo con el primero también por sus comentarios de buena lectora según habla de libros que le gustan o va leyendo. La historia comienza en 1946, cuando ha de vivir en un pueblo francés donde pasó los veranos de su niñez. Allí pone en marcha una biblioteca, usando muchos libros de su tío Marcel, al que recuerda con afecto y agradecimiento. Indaga, casi sin darse cuenta, en el pasado de su tío cuya historia, sorprendentemente, vuelve a entrelazarse con la suya de un modo inesperado. Lo interesante del libro es su frescura, su calidez, y las muchas reflexiones certeras sobre libros de toda clase que, al hilo de su relato, va enhebrando. Tiene también comentarios agudos: por ejemplo, de una mujer dice que «sabía hacer que te sintieras bien con dos frases; sabía hacer que te sintieras mal con una sola frase».

Mary Ann Clark Bremer. Una biblioteca de verano (Notebooks I. Summer Library). Cáceres: Periférica, 2012; 88 pp.; trad. de Hugo Bachelli; ISBN: 978-84-92865-59-8.
Mary Ann Clark Bremer. Cuando acabe el invierno (Notebooks I. At the end of the winter…). Cáceres: Periférica, 2013; 78 pp.; trad. de Hugo Bachelli; ISBN: 978-84-92865-71-0.

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jueves, 21 de noviembre de 2013

Casi todo el mundo conoce la historia de la rana que, si la echas en una olla de agua caliente, inmediatamente salta fuera; pero que si la echas en una olla de agua normal, y luego, poco a poco, vas calentándola, la rana se va sintiendo superagusto, tan calentita y, cuando se quiere dar cuenta, está completamente cocida. He vuelto a pensar en eso al leer La quinta ola, de Rick Yancey, primera entrega de una nueva distopía, en la línea de las que últimamente son habituales en las colecciones de literatura juvenil: las que presentan mucha violencia sin un marco claro de referencia moral y de las que presciden de cualquier consideración acerca de si es sensato dedicarnos a juguetear imaginativamente con situaciones tan imposibles como extremas.

El punto de partida es una terrorífica invasión alienígena de la Tierra que los hombres perciben en forma de cuatro sucesivas olas que lo van destruyendo casi todo y matando a casi toda la humanidad. Además, hay también alienígenas que, tiempo atrás, han sido como «infundidos» en cuerpos humanos para despertar en el momento adecuado y, desde dentro, completar la matanza. La principal protagonista es Cassie, una chica de 16 años cuya familia ha muerto y cuyo hermano pequeño, Sammy, ha sido internado con otros niños en un lugar de entrenamiento militar llamado Campo Asilo. Cada capítulo lo narra en primera persona uno de los personajes, aunque casi todo el peso lo lleva Cassie.

El comienzo de la narración atrapa. El personaje de Cassie, tan del gusto actual, es un estereotipo ya pero tiene fuerza: es una chica lista y físicamente muy capaz, insegura en muchas cosas pero también dura, con una veta sarcástica fuerte, etc. El relato transcurre con mucho diálogo, mucho punto y aparte después de frases muy cortas, y abundantes monólogos interiores. Poco a poco van llegando las respuestas a las incógnitas que se habían ido abriendo en la historia. Como suele ocurrir, la narración está en presente: un recurso útil para extenderla lo que haga falta y para describir todo lo que pasa aunque no tenga relevancia posterior (como un sastre que malgasta tela y tela). Hay niños y niñas de seis y siete años sometidos al entrenamiento de marines, con los habituales «¡señor!, ¡sí!, señor!», a los que no hace falta decir lo que les pasa cuando entran en combate. En la enorme violencia que esos y otros niños cometen y sufren se le va la mano al autor, aunque haya que decir que su relato continúa una tradición ya muy asentada en los últimos años: el público, como la rana del principio, ya no reacciona e incluso le gusta. Eso sí, todos los personajes más o menos amables, dentro de la ficción, sienten una gran preocupación por los niños.

Rick Yancey. La quinta ola (The 5th Wave, 2013). Barcelona: RBA, 2013; 474 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-272-0422-5.

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miércoles, 20 de noviembre de 2013

La maravillosa O, de James Thurber, es un relato tan especial como Los trece relojes. Los protagonistas iniciales son Littlejack, un tipo que tiene un mapa de un tesoro en una isla lejana, y Black, un pirata con un barco llamado Aeiu (debido a que odia la letra o). Se ponen de acuerdo para ir a buscarlo y, como no encuentran el tesoro por más que ponen la isla patas arriba, Black decide suprimir del todo la letra o. Entra en acción entonces Hyde, al que Black nombra fiscal y juez, para que regule todos los aspectos de la vida: decide que se pueden conservar los caballos si eran alazanes o cabalgaduras pero no si eran pencos, jamelgos o percherones…, etc. Estalla luego la rebelión, liderada por el joven Andreus y una chica llamada Andrea que es la que dice a los nativos que hay cuatro palabras con o que no deben perder: ilusión (hope, en inglés), amor, valor y… no recuerda la cuarta, que todos comienzan a buscar ansiosamente. De más está decir que la encuentran y que, al final, «de nuevo un hombre podía decir so a un caballo y distinguir entres soso y osos» y el niño de la casa «podía decir de nuevo en castellano como toda la vida: ¡Yo no lo he roto!”»

El argumento de la historia tiene, por sí mismo, poco interés. Tampoco, en este caso, lo fundamental es lo que tiene la narración de parábola que ridiculiza cualquier imposición arbitraria en el lenguaje por parte del poder. Lo que atrae más al lector adulto, y puede atraer a muchos lectores jóvenes, es la riqueza y el ingenio verbal que despliega el autor, verdaderamente notables. Debe ser también, pero esto no lo he contrastado, un texto con tramos muy aptos para leer en voz alta. También el trabajo de traducción y adaptación es destacable, pues todo encaja bastante bien, igual que, por supuesto, las ilustraciones originales de Marc Simont que acompañan la edición.

James Thurber. La maravillosa O (The Wonderful O, 1957). Barcelona: Ático de los libros, 2013; 103 pp.; ilust. de Marc SIMONT; trad. de Joan Eloi Roca; ISBN: 978-84-938295-6-8. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 19 de noviembre de 2013

El chico del bosque, de Nathalie Minne, es un álbum vistoso, por su formato muy grande y sus ilustraciones en collages que desean mostrar la belleza imponente del bosque donde vive y se siente tan a gusto el protagonista. Este, un chico que lleva un gorro con dos orejeras, tiene un amigo del pueblo, que lleva un gorro con una borla, y que le visita en su bosque. El chico del bosque tiene miedo de ir al pueblo pero, cuando se va su amigo, se siente solo.

Las sucesivas escenas muestran grandes composiciones de unos escenarios en los que, tanto los niños como los animales que van apareciendo, son siempre unas figuras pequeñas. El texto es breve, levemente poético, y va en una franja blanca lateral con lo que así no interfiere con las imágenes. La historia subraya por sí misma, sin énfasis innecesarios, que incluso la belleza del bosque se queda pequeña frente al valor de la amistad.

Nathalie Minne. El chico del bosque (Le petit garçon de la forêt, 2012). Zaragoza: Edelvives, 2013; 24 pp.; trad. de Pilar Careaga; ISBN: 978-84-263-8693-9.

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lunes, 18 de noviembre de 2013

Aquí, allí y en todas partes, de Anita Jeram y Sam McBratney, son cuatro relatos cortitos con los mismos personajes y en la misma línea de Adivina cuanto te quiero: relatos sencillos y con encanto, tanto en la ternura de las historias, como en las ilustraciones con aires de Beatrix Potter, como en el planteamiento educativo, tan obvio para el adulto y tan bien disimulado para el lector pequeño.

En «El Árbol Escondite» la Liebre pequeña supera uno de sus miedos. «En la Montaña Nublada» es la Liebre pequeña la que encuentra a la Liebre grande, que se había perdido… ¿o al revés? «En el Prado Lejano» hay un agujero peligroso en el que no se cae porque una vocecita en su interior le advierte…, ¿o será que recuerda un aviso que le dio la Liebre grande? «En casa» plantea una adivinanza: cuál es el mejor lugar del mundo.

Se puede añadir, además, que los personajes originales son padre e hijo pero en la traducción castellana entendemos que son madre e hija por llamarse Liebre grande y Liebre pequeña.

Anita Jeram. Aquí, allí y en todas partes (Guess how much I love you here, there and everywhere, 2012). Texto de Sam McBratney. Madrid: Kókinos, 2012; 68 pp.; trad. de Gabriela Keselman; ISBN: 978-84-92750-77-1.

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domingo, 17 de noviembre de 2013

Las emociones ficcionales tienden a ser particularmente vívidas cuando reiteran innumerables veces las mismas imágenes, algo que se aplica, de modo particular, a las que presentan el amor, que son muchísimas y que se asocian además con la felicidad, la juventud y la belleza, que son las características más admiradas en nuestra cultura. Como además, en la cultura visual contemporánea, el realismo es el estilo dominante, acaba siendo natural, dice Eva Illouz, que «la forma narrativa de nuestras emociones, sobre todo [de nuestras] emociones románticas, [sea] la que surge y circula en los relatos de la cultura consumista y mediática». El resultado es que nuestras emociones reales se entrelazan de modo inextricable con las que nos proponen las ficciones (plasmadas en diversas tecnologías) de forma que, con ellas, se componen nuestros proyectos de vida narrados y narrativos: se puede por eso afirmar que buena «parte de nuestra socialización emocional es de naturaleza ficcional» pues estamos totalmente impregnados de emociones ficcionales.

En este punto, Illouz habla de que los mecanismos de identificación que se ponen en marcha cuando leemos o vemos una ficción pueden ser, según Keith Oatley, de reconocimiento o de imitación. «La identificación es el núcleo de un fenómeno que Oatley denomina “simulación”», más o menos «a la manera en que se realizaría una simulación en una computadora. La empatía, la identificación y la simulación implican cuatro procesos básicos que ha de cumplir el autor de la ficción correspondiente: adoptar los objetivos del protagonista, imaginar un universo que resulte vívido, realizar actos de habla que hagan más creíble el relato, sintetizar los elementos de la historia en cierta “totalidad”». Según Oatley, «mediante este proceso cuádruple de identificación y simulación surgen las emociones ficcionales». El resultado, en cualquier caso, es que muchos albergan hoy en su interior unas expectativas inducidas por todas esas emociones ficcionales cuyo final lógico es… una profunda decepción.

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica (Why Love Hurts. A Sociological Explanation, 2011). Madrid: Katz, 2012; 364 pp.; serie Ensayos; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-92946-47-1.

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sábado, 16 de noviembre de 2013

Algunos comentarios de Borges sobre cierta literatura moderna y, en concreto, sobre algunas obras de Joyce, al que se ve que no tiene mucha simpatía:

—Uno de tipo general: «Pienso que uno de los pecados de la literatura moderna es que tiene demasiada conciencia de sí misma».

—Otro, un día que propone un poemita verso para indicar un caballo que corre, se aleja, se pierde de vista:
    «Un caballo, un caba, un ca.
    Para un mosquito:
    Un mosquito, un mosqui, un mos.
    Para la luna, que asoma entre las nubes y que luego resplandece, reina del cielo:
    Lal, lalú, lalún, la luna».
Y apostilla: «Como los libros de Joyce, son una idiotez, pero permiten el comentario de los críticos».

—Otro más: «Borges “dice que Portrait of the Artist as a Young Man es una de tantas novelas autobiográficas; que nadie la recordaría si Joyce no la hubiera escrito después del Ulysses; que prueba la incapacidad de Joyce para escribir novelas: para imaginar caracteres y para inventar un argumento”. De Finnegans Wake: “Es un libro que muchos habrán comprado y que probablemente nadie habrá leído más allá de las primeras páginas. Parece que hay que leerlo simultáneamente, todo al mismo tiempo. Cómo se hace eso no se explica. Tal vez Dios pueda hacerlo».

—Y, en otra ocasión, dice Bioy que Borges pone «el Ulysses como ejemplo de libro en el que naufraga el autor: aquí y allá, en una página y otra, flotan restos brillantes».

Adolfo Bioy Casares. Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

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viernes, 15 de noviembre de 2013

Intento leer siempre las novelas sobre niños que me parecen, a priori, valiosas, y luego, de todas ellas, aquí suelo hablar de aquellas que lo son o que, por alguna razón, las veo rescatables. En este caso, sin embargo, diré algo sobre La infancia de Jesús, de J. M. Coetzee, un libro del que esperaba que fuera valioso pero que no me lo ha parecido, y en el que, además, tampoco he visto ningún motivo parcial para elogiarlo. Debo decir que no conozco bien a Coetzee: he leído un libro suyo de crítica literaria que me pareció excepcional en sus análisis, y tres novelas que me dejaron una doble sensación: la de que es un escritor serio y la de no tener ningún deseo de seguir leyéndolo. Esta novela, que cabría encuadrar dentro de la ciencia-ficción rara, tiene un rasgo más: resulta enigmática hasta lo incomprensible.

La narración comienza cuando un hombre adulto y un niño, refugiados según parece, llegan en barco a un país de habla española. Allí les ponen nombres, Simón y David, les fijan fechas posibles de nacimiento, y les dan lo necesario para que comiencen otra vida. Su nueva tierra, y la ciudad de Novilla en la que viven, es como un mundo socialista utópico donde hay amabilidad y todas las necesidades están cubiertas pero donde falta calor humano: nadie tiene verdaderos recuerdos. El hilo que tira del relato es que Simón desea encontrar a la madre de David: afirma que, en el barco en el que venían, perdieron una carta donde se hablaba de su madre. A una mujer a la que ve jugar al tenis le pide que sea la madre de David… y ella lo acepta.

Con ese punto de partida el relato contiene diálogos agudos sobre muchas cuestiones, sobre todo acerca de la importancia de las emociones, o del estorbo que suponen, pero como en plan expositivo. Así, una mujer dice a Simón que «esa insatisfacción constante, ese anhelo de algo que echas en falta, es una forma de pensar de la que, en mi opinión, nos hemos librado. No nos falta nada. Lo que tú crees echar en falta es una ilusión. Vives por una ilusión». Esa misma mujer le dice que «olvidar lleva su tiempo» y que, «una vez hayas olvidado de verdad, desaparecerá tu sensación de inseguridad y todo será mucho más fácil».

El título dirige los pensamientos del lector y, aunque nadie se llama Jesús, se pueden encontrar paralelismos con los Evangelios en algunos nombres o en cosas que pasan. Pero, al fin, todo queda disuelto en una trama confusa que no parece dirigirse a ningún lugar reconocible: o tal vez sea esa la cuestión y se trata de no buscar ninguna explicación (y de sugerir que lo mismo se ha de aplicar a la narración evangélica). Por tanto, al menos para mí, estamos ante un relato que desea ser sugerente... mientras no nos planteemos explicar, ni siquiera mínimamente, qué sugiere. Tal vez tendría que leer el relato de nuevo o tal vez tendría que conocer otras obras del autor pero, por lo menos de momento, no tengo nada claro que compense la inversión de tiempo.

J. M. Coetzee. La infancia de Jesús (The Childhood of Jesus, 2013). Barcelona: Mondadori, 2013; 271 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 978-84-397-2727-9.

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jueves, 14 de noviembre de 2013

Otra novela traducida al castellano de Rosemary Sutcliff: Los lobos de la frontera. Tiene un poco menos de fuerza que las que la preceden y la siguen, según el orden cronológico de la serie a la que pertenece, pero mantiene con suficiencia un nivel alto.

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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Se acaba de publicar de nuevo El oso, de James Oliver Curwood, relato cuyo argumento muchos conocen debido a la película del mismo título de hace unos años, y muchos recuerdan en libro con el título original de El rey de los osos.

En las Montañas Rocosas del Canadá, un joven cazador llamado Jim Langdon, su acompañante veterano, y más adelante también un indio que guía los perros, encuentran un enorme oso al que llaman Thor y, con él, a un osito que lo sigue, al que denominan Muskwa. Los persiguen hasta que los encuentran pero, entonces, las cosas no suceden como suponían y la decisión final de Langdon tampoco es la que sus compañeros esperaban. La narración alterna capítulos de la vida de Thor —donde abundan los pormenores sobre la conducta de los osos— y los de los cazadores —que añaden más información de todo tipo y puntualizan los errores que cometen algunos contadores de historias sobre animales—.

El autor confiesa en el prólogo que publica sus libros acerca de los animales con una cierta intención de reparación por su pasado como cazador y con la esperanza de transmitir su actual visión entusiasta de la naturaleza. La narración es buena y el argumento, aún teniendo en cuenta los evidentes propósitos informativos y pedagógicos del libro, es tenso. Se lee con gusto y el paso del tiempo no le pesa mucho aunque, a veces, el narrador se pase un poco en la humanización de los animales. Por ejemplo, en este párrafo: «La mente de Thor recordó atávicamente las impresiones de su raza acerca del hombre. Éste se armó primero con una porra; luego con la lanza endurecida al fuego; más tarde con la flecha de punta de pedernal; valiose, después, de las trampas, y finalmente aparecía armado de rifle. A través de las edades el hombre había sido siempre el amo y señor, y tal impresión la sintieron todos los antepasados de Thor, llegando a éste el recuerdo subconsciente de ello». Demasiado para cualquier oso. Pero, en cualquier caso, vale la pena leer el relato.

James Oliver Curwood. El oso (The Grizzly King, 1916). Barcelona: Noguer, 2013; 192 pp.; col. Noguer Juvenil; trad. de José Fernández; ISBN: 978-8427901513.

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martes, 12 de noviembre de 2013

Otro ilustrador que todavía no había mencionado: Oliver Jeffers. Tal vez el rasgo que más llama la atención en sus álbumes sea la frescura de las imágenes, de la composición de los álbumes, y de los argumentos, que aunque son los habituales en los libros infantiles también tienen un punto de originalidad. Esto es claro en El corazón y la botella, una historia que, sobre todo, se dirige al adulto. Pero también se aprecia en un álbum más para pequeños como Este alce es mío, el más reciente de los publicados en España, creo.

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lunes, 11 de noviembre de 2013

Tenía pendiente, desde hace tiempo, traer aquí a Pomelo, un pequeño elefante que transmite optimismo, creado por Ramona Badescu y Benjamin Chaud.
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domingo, 10 de noviembre de 2013

La ficción institucionalizada (contenidos televisivos, revistas de historietas, películas, literatura infantil), dice Eva Illouz, «ha pasado a ser un componente central de la socialización» pues moldea el yo del lector-espectador al hacerle vivir a través de los relatos y hacerle concebir emociones que constituirán, o al menos se integrarán en, su proyecto de vida. «En términos estrictos, la “imaginación ficcional” es la imaginación que entra en juego cuando alguien lee material de ficción o interactúa de otro modo con dicho material» y así se generan emociones. Esas «emociones ficcionales son contiguas a las emociones “de la vida real”, pues las imitan, pero no son equivalentes» por cuanto sólo «pueden desencadenarse a partir de situaciones que sabemos que son irreales, o incluso imposibles».

Esto quiere decir que, aunque las emociones ficcionales parece que tienen «el mismo contenido que las emociones de la vida real», en realidad no es así porque sólo «se generan a partir de la interacción con formas estéticas y son autorreferenciales, es decir, se vuelven sobre el yo, en lugar de surgir de un intercambio dinámico y fluido con otra persona». Estas emociones ficcionales son piezas clave de nuestra imaginación pues con ellas visualizamos experiencias anticipativas a las que dotamos de significados emocionales y nos fabricamos como un molde mental en el que luego, no sorprendentemente, la vida real no encaja.

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica (Why Love Hurts. A Sociological Explanation, 2011). Madrid: Katz, 2012; 364 pp.; serie Ensayos; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-92946-47-1.

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sábado, 9 de noviembre de 2013

Es sabido que Borges era irónico, tal vez demasiado en ocasiones. Aquí, unos ejemplos:

—Hablando de un tipo, «un escritor borroso», que se queja de que otra escritora lo plagia, dice: «En realidad no se lo puede plagiar, porque inmediatamente después de leerlo uno lo olvida. Habría que transcribirlo».

—Un día le dicen que está en Buenos Aires otro escritor y comenta: «Como en Buenos Aires hay varios millones de personas nos queda la esperanza de no encontrarlo».

—Mallea le dijo a Borges: «Yo no firmo manifiestos colectivos». Comentario de Borges: «¿Qué otros hay?». Mallea insistió: «Yo no firmo lo que escriben otros». Comentario de Borges: «Qué lástima».

—Borges: «¿La penúltima puerta? Qué buen título. Mallea tiene una notable capacidad para elegir buenos títulos. Es una lástima que se obstine en añadirles libros».

Adolfo Bioy Casares. Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

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viernes, 8 de noviembre de 2013

Hace años leí Pedro el Grande, una biografía de Robert K. Massie que me pareció extraordinaria. Los recuerdos que me quedaron no eran tanto los de la vida del zar o los del panorama político y militar de la época, sino los de la presentación que Massie hacía de la vida en Rusia y de los modos de ser, pensar y actuar de la gente. Gracias a ese recuerdo decidí leer Catalina la Grande, otra larga biografía firmada por Massie, sobre la que fue mujer del nieto de Pedro el Grande y, después, emperatriz de Rusia durante 34 años, hasta 1796. La narración es excelente y, además de cumplir las expectativas del título —retratar a la mujer— también sumerge al lector en los acontecimientos y en los ambientes cortesanos de la época, pero tal vez no tanto (como a mí me gustaría) en los mundos de los muchos oprimidos y damnificados por los poderosos del momento. Entiendo que no es lógico acercarse a los comportamientos de entonces con criterios de hoy, cosa que no hace el autor, pero tal vez no está de más señalar que calificar algunas acciones o logros políticos de aquel momento de «éxitos» o «triunfos» deja un extraño sabor de boca: éxitos para quién, éxitos a costa de qué o de cuántas vidas humanas...

Al final de su libro, el autor hace un paralelismo entre las figuras y los logros de Pedro el Grande y de Catalina: esta «fue una figura majestuosa en la era de la monarquía. La única mujer que se igualó con ella en un trono europeo fue Isabel I de Inglaterra. En la historia de Rusia, ella y Pedro el Grande destacaron en capacidad y éxitos por encima de los otros catorce zares y emperatrices de los trescientos años de dinastía Romanov. Catalina recogió el legado de Pedro y lo engrandeció. Pedro le dio a Rusia una “ventana hacia Occidente” en la costa del Báltico, edificando allí una ciudad que convirtió en su capital. Catalina abrió otra ventana, esta vez en el mar Negro; Sebastopol y Odessa fueron sus joyas. Pedro importó tecnología e instituciones gubernamentales a Rusia; Catalina trajo de Europa la filosofía moral, política y jurídica, además de literatura, arte, arquitectura, escultura, medicina y educación. Pedro creó una flota naval rusa y organizó un ejército que derrotó a uno de los mejores soldados europeos; Catalina preparó la mayor galería de arte europeo en Europa, los mejores hospitales, colegios y orfanatos. Pedro afeitó las barbas y acortó las largas túnicas de sus principales nobles; Catalina los convenció para que se vacunasen contra la viruela. Pedro hizo de Rusia una gran potencia; Catalina magnificó su poder y llevó a su país a una situación cultural que, durante el siglo venidero, dio artistas de la talla de Derzhavin, Pushkin, Lermontov, Gógol, Dostoievski, Tolstoi, Turgéniev, Chéjov, Borodin, Rimski-Kórsakov, Mussorgsky, Glinka, Tchaikovski, Stravinski, Petipa y Diaghilev, entre otros. Estos artistas y su obra fueron parte del legado de Catalina a Rusia».

Robert K. Massie. Catalina la Grande. Retrato de una mujer (Catherine the Great: portrait of a woman, 2011). Barcelona: Crítica, 2012; 794 pp.; trad. de Cecilia Belza; ISBN: 978-84-9892-414-5.

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jueves, 7 de noviembre de 2013

El silencio del héroe es una antología de los artículos deportivos del escritor norteamericano Gay Talese, algunos ya recogidos en recopilaciones anteriores. El libro está dividido en seis bloques (aunque uno sólo contiene un texto sobre Mohamed Ali) prologados por el antólogo, Michael Rosenwald, y titulados: «El deporte según Gay», «El bateador .200», «El perdedor», «Historias con nombres auténticos», «El más grande», «Prórroga». Predominan los dedicados al boxeo. Un buen comentario de Rosenwald es el de que lo que Talese hacía en sus textos «era, simplemente, mirar donde los demás reporteros no miraban: en los rincones, en las sombras» pues, en efecto, algunos se fijan en lo que nadie se fija: en un árbitro de boxeo que ha elegido ser un solitario, en el cronometrador de los combates del Madison Square Garden, en un médico que estudia los comportamientos de los deportistas, etc.

Uno magnífico es «Un hombre receloso en el rincón del campeón», escrito en el New York Times en 1962. En él retrata a Cus D’Amato, el manager del boxeador Floyd Patterson. Cuando habla de su juventud en el ejército dice que, «para que la muerte no fuera algo que temer, sino algo bienvenido, D’Amato procuraba que su vida fuera lo más deprimente posible. Se afeitaba sólo con agua fría. Dormía en el suelo de los barracones. Se pasaba horas en posición de firmes». O que, cuando hablaba con boxeadores jóvenes, les decía: «el miedo es natural. Es normal. El miedo es tu amigo. Cuando un ciervo camina por el bosque, tiene miedo; es la manera que tiene la naturaleza de mantener al ciervo alerta, porque entre los árboles podría haber un tigre. Sin miedo no sobreviviríamos».

Pero tal vez el mejor sea el que titula el libro: «El silencio del héroe», publicado en Esquire en 1966. Es un artículo elegíaco sobre Joe DiMaggio, la gran leyenda del béisbol que cuando «anotó en cincuenta y seis partidos seguidos se convirtió en el hombre más querido de los Estados Unidos». El texto arranca cuando DiMaggio tiene 51 años y lleva una vida discreta, para luego recordar algunos momentos de su carrera. En uno de sus comentarios Rosenwald subraya un momento notable del artículo: cuando cuenta que DiMaggio llevaba ya un tiempo retirado pero, «durante una exhibición antes del partido del Día de los Veteranos en el Yankee Stadium, DiMaggio bateó un lanzamiento y lo mandó a los asientos de la zona izquierda del campo, y de repente miles de personas se pusieron en pie de un salto, como locos, gritando de alegría: el gran DiMaggio había vuelto; volvían a ser jóvenes; era ayer».

Gay Talese. El silencio del héroe (The Silent Season of a Hero, 2010). Madrid : Alfaguara, 2013; 348 pp.; trad. de Damià Alou; ISBN: 978-84-204-1460-7.

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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ya cité, tiempo atrás, El Elemento, de Ken Robinson. He leído ahora Encuentra tu Elemento, una continuación, también con buenas ideas y que añade «ejercicios» para el lector, lo que, al menos en mi opinión, estropea el libro, aunque así seguramente se venda más. En cualquier caso, no me pegaré por eso, y si a alguien le sirven pues mejor para él. Sea como sea, Robinson cuenta historias «inspiradoras», de las que ayudan a ver cómo hay gente que se abre camino y encuentra la forma de dedicarse a lo que de verdad le apasiona para llegar a vivir en su Elemento, como el pez en el agua.

Entre otras cosas el libro hace notar que «la mayoría de los sistemas educativos inhiben la creatividad» y el error del discurso convencional «que afirma que si estudias unas asignaturas en particular, te atienes al programa preestablecido y superas todos los exámenes, tu vida encajará perfectamente en su lugar». Aunque su objetivo sea otro, el libro sugiere que hay que apoyar la libertad de los planes y de los modelos educativos, sin tanto dirigismo y sin tanta imposición político-burocrática, idea con la que coincido.

Eso sí, al libro le sobra humo, es decir, comentarios del tipo «las investigaciones sugieren que un 40 por ciento de todo lo que afecta a tu grado real de felicidad es lo que escoges hacer y cómo decides pensar y sentir; en otras palabras, tu propia conducta»: ¿necesitamos que las investigaciones de alguien nos confirmen algo así? O como el poco afinado comentario de que «en El Elemento, citamos las siguientes líneas de Hamlet, de Shakespeare: “No hay nada bueno o malo; es el pensamiento el que lo convierte en tal”. Esto es fundamentalmente cierto»: ¿seguro?, ¿el pensamiento convierte a un bombardeo en bueno o en malo?

Ken Robinson. Encuentra tu Elemento. El camino para descubrir tu pasión y transformar tu vida (The Element: How Finding Your Passion Changes Everything, 2009). Con Lou Aronica. Barcelona: Conecta, 2013; 251 pp.; trad. de Ferran Alaminos Escoz; ISBN: 978-84-15431-60-2.

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martes, 5 de noviembre de 2013

Otro álbum reciente sobre gatos, pero con un argumento mejor y más encanto que los citados ayer, es ¡Baja gata!, de Lucia Masciullo y Sonya Hartnett. Su protagonista es un niño llamado Nicolás, que siente temor y admiración por su gata, tan pequeña y tan valiente, cuando está fuera por la noche en medio de tantos monstruos que a él le asustan. Sin embargo, cuando llega la lluvia es la gata la que se asusta, por lo que Nicolás va en su busca y consigue traerla con él a su cama.

Las imágenes son afectuosas. A veces ocupan la doble página completa y a veces hay una ilustración en cada página. Hay frecuentes juegos de luces y sombras que sugieren bien el temor que sienten el niño o la gata; o, en la misma dirección, hay un primer plano de la gata, muy asustada, cuando estalla la lluvia. Es excelente la ilustración final del niño y la gata en la cama pero con el sueño del niño y el sueño de la gata, una en el extremo inferior izquierdo y otra en el superior derecho de la página. Y es excepcional, y muy poco frecuente, la forma en que termina el relato: la última frase cambia el punto de vista que ha mantenido durante todo el álbum la narración con palabras y nos hace darnos cuenta de algo que, seguramente, habíamos pasado por alto.

Lucia Masciullo. ¡Baja gata! (Came Down, Cat!, 2011). Texto de Sonya Hartnett. Madrid: Lata de sal, 2013; 31 pp.; trad. de Susana Collazo Rodríguez; ISBN: 978-84-941136-2-8.

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lunes, 4 de noviembre de 2013

La editorial Lata de Sal ha empezado una colección con protagonistas gatos: entre ellos están Amigos, de Michael Foreman, Caramba, de Marie-Louise Gay. Además, la editorial Ekaré ha publicado dos: Flix, de Tomi Ungerer y Tú y yo, de Maggie Maino.

El primero habla de una gran amistad entre gato y pez —como en El gato y el pez, de André Dahan—. Las ilustraciones son excelentes, como es de esperar en un autor como Foreman. La historia es bonita por lo que tiene de defensa de una amistad que vence todas las dificultades, algunas de forma muy ingeniosa.

El segundo está protagonizado por un gato llamado Caramba, preocupado porque, a diferencia de los demás gatos del mundo, dice la historia, no sabe volar. En secreto lo intenta pero no le sale hasta que, por accidente, ve que tiene otra gran habilidad que, según todo el mundo, estaba prohibida a los gatos. Las ilustraciones, apoyadas en dibujos un tanto desmañados, son eficaces. La historia es un elogio más de la diferencia y de cómo uno puede vencer las expectativas que otros tienen para él.

El tercero habla de una pareja de gatos, los señores Garra, que tienen un hijo perro, Flix. El álbum sigue la educación de Flix en dos ambientes muy distintos y así, nos dice la contracubierta, rompe «las barreras de discriminación entre perros y gatos». Por si fuera poco, en la universidad se enamora de una oveja… Las ilustraciones tienen la maestría que se espera de Ungerer, tan necesaria en un álbum de argumento disneyano tan forzado.

El cuarto no es tanto una historia sino una sucesión de dibujos en los que se ve la gran complicidad entre un gato y una mujer mayor que disfruta con él, imaginativamente, como una niña. En cada doble página se ve una escena de sus relaciones. Al principio la simpática abuelita hace calceta con el gato a sus pies pero luego corren juntos, saltan, suben, bajan, vuelan, caen…

Los tres primeros contienen unas historias de las que, como he dicho más veces, podemos creernos las moralejas sin necesidad de creernos la fábula (un problema que no se plantearán quienes están metidos de lleno en el mundo Disney, que ni siquiera se sorprenderán del uso de la palabra discriminación para designar la separación entre gatos y perros). El cuarto es para quienes sientan un entusiasmo loco por un gato y puedan sintonizar con la protagonista (más que con el gato).

Michael Foreman. Amigos (Friends, 2012). Madrid: Lata de sal, 2012; 32 pp.; col. Gatos; trad. de Susana Collazo Rodríguez; ISBN: 978-84-940584-3-1
Marie-Louise Gay. Caramba (2005). Madrid: Lata de sal, 2013; 32 pp.; col. Gatos; trad. de Susana Collazo Rodríguez; ISBN: 978-84-940584-9-3.
Tomi Ungerer. Flix (1997). Barcelona: Ekaré, 2013; 30 pp.; trad. de Carmen Diana Dearden; ISBN: 978-84-939912-7.
Maggie Maino. Tú y yo (2013). Barcelona: Ekaré, 2013; 32 pp.; ISBN: 978-84-940256-7-9.

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domingo, 3 de noviembre de 2013

Habla Eva Illouz en Por qué duele el amor de la fantasía institucionalizada de las relaciones amorosas que hay hoy en nuestra sociedad, es decir, de todas esas fantasías guionadas o prefabricadas por la cultura de masas que imaginan el amor como un relato, un suceso y una emoción, y que hacen del anhelo fantasioso su condición perpetua.

Con esa fantasía institucionalizada, dice, se incitan y promueven activamente, como nunca se había hecho antes, representaciones visuales de relatos acerca de cuál es la vida deseable, y se activa de modo poderoso la imaginación utópica en el ámbito de la vida privada. Ese amor, o esos anhelos fantasiosos de amor, bien conocidos por los novelistas ya desde Flaubert, se estructuraban antes por medio del lenguaje, de tramas y secuencias narrativas, y de «ciertas imágenes mentales como la luz de la luna, el paisaje bucólico o los encuentros apasionados»: se puede decir que «la característica eminentemente moderna de este tipo de amor es su naturaleza anticipativa».

Pero todo eso se ha visto alterado con el impacto de las nuevas tecnologías de la comunicación, pues «el cine perfecciona las técnicas de identificación con el personaje, las imágenes de una vida cotidiana organizada en marcos estéticos, la exploración de escenas visuales y conductas desconocidas», con lo que se ha producido una gran «ampliación de las imaginaciones sobre las propias aspiraciones» y de cómo poder llegar a darles forma. Es decir, «las emociones anticipativas y ficcionales vinculan la vida emocional con la vida real de ciertos modos específicos», en primer lugar porque dan una forma propia a la vida emocional personal y porque afectan a las percepciones individuales sobre la vida cotidiana.

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica (Why Love Hurts. A Sociological Explanation, 2011). Madrid: Katz, 2012; 364 pp.; serie Ensayos; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-92946-47-1.

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sábado, 2 de noviembre de 2013

En «Arte de injuriar» habla Borges de algunas tradiciones satíricas. Una es la de combinar palabras áridas con otras efusivas como usar «verbos burocráticos o tenderos» para hablar de la obra de un artista, como despachar o expender una obra. Otra es «la inversión incondicional de los términos», como decir que «la película era muy ingeniosa según me dijeron cuando desperté». Otra es la del cambio final brusco, como decir de alguien que «es un sacerdote de la Belleza, un verdadero artista, un imbécil». Otra más es la simulación de que a uno le apenan los errores del adversario, como indicar que, «lamentablemente, su historia es copiosa como un mamotreto». Luego están las enumeraciones donde unas palabras contaminan a otras: «un tonto, un lord, un abogado, un rufián…» Y las parodias de los insultos, como decir que «su esposa, bajo pretexto de trabajar en un lupanar, se dedica al contrabando» o como indicar que «Fulano deshonraría el patíbulo».

Jorge Luis Borges. «Arte de injuriar» (1933), en Ficcionario. Una antología de sus textos (1985). Edición, introducción, prólogos y notas por Emir Rodríguez Monegal. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 2ª reimpr.; 483 pp.; col. Tierra Firme; ISBN: 968-16-2028-3.

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viernes, 1 de noviembre de 2013

Otra novela que tenía en mis listas desde hace tiempo y que he leído ahora: El rector de Justin, de Louis Auchincloss. Es una biografía de un personaje ficticio: el clérigo episcopaliano Francis Prescott, fundador y durante muchos años director de un selectísimo internado masculino  norteamericano, San Justin Martyr. Es magnífica la forma en que se despliega la vida de Prescott: primero, a través del diario de Brian Aspinwall, un novato profesor de Justin que se gana la confianza de Prescott y de su esposa; luego, cuando un viejo amigo de Prescott, Horace Havistock, le hace llegar a Brian unos folios que había escrito él hacía tiempo; después, alternándose con el diario de Brian, los testimonios de algunos exalumnos y de una hija de Prescott. El retrato del personaje queda completo —tanto su excepcionalidad humana como las debilidades que se ocultaban bajo su enorme autoridad moral ante muchos— y, con él, van apareciendo en el libro consideraciones variadas de interés.

Así, pinceladas como esta, que da un antiguo alumno sobre su madre: «Amaba a la humanidad, pero miraba con una benevolencia nebulosa, algo hastiada, a sus ejemplares concretos, incluso cuando ese ejemplar resultaba ser su hijo mayor. Papá era rígido e irritante, pero al menos se preocupaba». O, en relación a la educación, este diálogo entre Prescott y Brian cuando, ya jubilado Prescott, pasean por el colegio, ven entrar caóticamente a los chicos en el comedor, y Brian comenta:

«—Supongo que, pese a todo, se las arreglan para entrar en el comedor —dije, algo perplejo.
—Claro que entran, pero ¿acaso las formas no significan nada para ti? Cuando hayas sido profesor tanto tiempo como yo, sabrás que las formas son las tres cuartas partes de la batalla. —Desclavó su bastón—. ¡No! ¡Nueve décimas partes!
—Me sorprende escuchar eso de alguien tan preocupado por lo esencial.
—Oh, ya lo sé, piensas que soy un viejo quisquilloso —farfulló, enfadado, mientras seguía caminando—. Pero eso es sólo porque resulta que soy viejo. Si fuera veinte años más joven y dijera lo mismo, la gente diría que soy profundo. Ésa es la maldición de ser viejo».

Louis Auchincloss. El rector de Justin (The rector of Justin, 1964). Barcelona: Libros del Asteroide, 2010; 388 pp.; trad. de Ignacio Peyró; ISBN: 978-84-92663-25-5.

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