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Notas de noviembre de 2015 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 30 de noviembre de 2015

Dos pequeños y vistosos álbumes tridimensionales para los más pequeños, de David A. Carter: Un mundo de colores y ¿Dónde está la cajita amarilla? Ambos son aparentemente sencillos, dentro de los álbumes con pop-ups, y cumplen bien sus funciones educativas y lúdicas.

En el primero vemos un globo rojo, un pez naranja, una estrella amarilla, guisantes verdes, un barco azul, una olla morada, en dobles páginas con pop-ups o lengüetas de las que se tira y se produce algún movimiento o el descubrimiento de algo escondido.

En el segundo, contra un fondo negro en la primera doble página salta una cajita amarilla, dentro de la cual hay un pequeño perro, y, en las siguientes, encontraremos a la cajita escondida o a la vista, en distintos lugares dibujados como con tiza sobre un encerado —una tienda de campaña, un tobogán, un cohete, etc.—: el libro añade vocabulario y presenta situaciones opuestas tipo arriba y abajo, dentro y fuera, etc.

David A. Carter. Un mundo de colores (The Happy Family of Colours, 2013). Madrid: Bruño, 2015; 14 pp.; trad. de Virtudes Tardón; ISBN: 978-84-696-0153-2. [Vista del libro en amazon.es]
David A. Carter. ¿Dónde está la cajita amarilla? (The Happy Little Yellow Box. First Words, 2014). Madrid: Bruño, 2015; 14 pp.; trad. de Virtudes Tardón; ISBN: 978-84-696-0152-5. [
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LewisAbolicion.JPG
domingo, 29 de noviembre de 2015

En Corazón y cabeza hice un breve comentario a La abolición del hombre, de C. S. Lewis. Pongo ahora uno más extenso a cada uno de sus tres capítulos: «Hombres sin pecho» (o sin corazón, en otra edición), «El camino», «La abolición del hombre».

En el primero, a partir de algunas afirmaciones extraídas de unos libros de texto para chicos de primaria, el autor explica la importancia de basar todos los juicios que hacemos en lo que llama el Tao: la concepción de la conducta humana que, históricamente y en distintas tradiciones morales, ha sido considerada buena; «la doctrina del valor objetivo, la convicción de que ciertas actitudes son realmente verdaderas y otras realmente falsas respecto a lo que es el universo y lo que somos nosotros». Sólo así nuestras aprobaciones y desaprobaciones serán «reconocimientos de valor objetivo o respuestas a un orden objetivo» y, por lo tanto, sólo así nuestros estados emocionales estarán «en armonía con la razón (cuando sentimos agrado por lo que se debe aprobar), o no lo estarán (cuando advertimos que algo nos debe producir agrado pero no lo podemos sentir)». Como una emoción no es un juicio se puede decir que las emociones y sentimientos no responden a motivos lógicos, pero pueden ser razonables o irrazonables según estén o no de acuerdo con la Razón: «el corazón nunca reemplaza a la cabeza; pero puede, y debe, obedecerla». Por esto, si Aristóteles dice que el fin de la educación es conseguir que el alumno tenga predilecciones y aversiones por lo que corresponde, el deber del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos, es decir, que la forma de ayudar al alumno a defenderse adecuadamente contra los sentimientos falsos es inculcarle sentimientos justos.

En el segundo trata de cómo educar es «totalmente distinto según se esté dentro o fuera del Tao». Dice que «lo que he llamado por convenio Tao y que otros llaman Ley Natural o Moral Tradicional o Principios Básicos de la Razón Práctica, no es uno cualquiera de entre los posibles sistemas de valores. Es la fuente única de todo valor. Si se rechaza, se rechaza todo valor. Si se salva algún valor, todo él se salva». También afirma que cualquier sistema de valores le debe al Tao, y sólo a él, la validez que pueda poseer. Y apunta que, por supuesto, el Tao puede ser criticado, pero que hay dos clases de crítica: desde fuera y desde dentro, una quirúrgica y otra orgánica, del mismo modo que uno puede acercarse al lenguaje por motivos comerciales y cambiarlo, algo completamente distinto a lo que hace un gran poeta, que modifica la lengua desde dentro. Del mismo modo, quien es ajeno al Tao no sabe nada de él pues no sabe qué está en discusión y sólo desde su interior se tiene autoridad para modificarlo. Por eso, quienes en esta cuestión se presentan a sí mismos como innovadores y aplican su escepticismo a los valores de los demás pero no a los de su propio grupo, respecto a los cuales no son nada escépticos, curiosamente, se quedan sin respuesta cuando se les pregunta de dónde les viene la autoridad para seleccionar y decidir unas opciones frente a otras.

El tercer capítulo está dedicado a desarrollar la idea de que «una creencia dogmática en un valor objetivo es necesaria a la misma idea de una norma que no se convierta en tiranía, y de una obediencia que no se convierta en esclavitud». Para llegar a esto Lewis explica cómo el esfuerzo mágico serio y el esfuerzo científico serio fueron gemelos: nacieron a la vez y del mismo impulso en los siglos XVI y XVII. Indica cómo «hay algo que une la magia con la ciencia aplicada y separa a ambas de la “sabiduría” de las épocas anteriores. Para los sabios de antaño, el principal problema era cómo conformar el alma a la realidad, y la solución había sido el conocimiento, la autodisciplina y la virtud. El problema para la magia y la ciencia aplicada es cómo someter la realidad a los deseos de los hombres», y la solución que proponen es una técnica en cuya práctica «están dispuestas a hacer cosas que hasta entonces eran indecentes e impías, como desenterrar y mutilar a los muertos». Por eso dice a los científicos que «sería necesaria una reconsideración, y algo así como un arrepentimiento», pues el camino que la humanidad lleva, de «la conquista de la Naturaleza por el Hombre, si se realizan los sueños de algunos planificadores científicos, significa el dominio de unos cientos de hombres sobre billones de hombres». Pues la cuestión es que, tal como están planteadas las cosas, «cada nuevo poder ganado por el hombre es también un poder sobre el hombre». Por este camino, «cuando todo el que dice “es bueno” es menospreciado, prevalece el que dice “yo quiero”». Es decir: los «Condicionadores» o «Manipuladores», los que desean dar a la humanidad la forma que se les antoje, los que desean controlar los valores y no obedecerlos, sabrán cómo formar las conciencias y decidirán qué tipo de conciencias desean producir. La consecuencia es que sus súbditos no serán necesariamente hombres infelices sino que, simplemente, no serán hombres sino artefactos: «la última conquista del Hombre resultará ser la abolición del Hombre».

C. S. Lewis. La abolición del hombre – Reflexiones sobre la educación (The Abolition of Man, 1943). Barcelona: Andrés Bello, 2000; pp.; trad. de Paula Salazar; ISBN: 84-95407-43-4. Hay otra edición en Madrid: Encuentro, 1994, 2ª ed.; 96 pp.; col. Libros de bolsillo - Encuentro; trad. de Javier Ortega García; ISBN: 847490255X. [Vista del libro en amazon.es]

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StevensonCasaIdeal.JPG
sábado, 28 de noviembre de 2015

Para terminar con la serie dedicada a Stevenson, selecciono algunos textos, tomados de la recopilación titulada La Casa Ideal y otros textos, relativos a su modo de ver la vida.

En La Casa Ideal, al describir cómo sería su vivienda deseada, menciona su cuarto de trabajo, del que dice que debería tener cinco mesas para trabajar: «Una de las mesas es para el trabajo que se realice en un momento dado; otra, contigua a la anterior, para los libros de consulta que se utilicen; otra, muy amplia, para manuscritos o pruebas que esperan su turno; otra debe permanecer vacía para una eventualidad; y la quinta es la mesa cartográfica, que cruje bajo un cúmulo de mapas y cartas a gran escala». Hay también, al final, una relación de «esos libros eternos que nunca envejecen»: Shakespeare, Molière, Montaigne…, y también libros de Scott, Dumas, «el inmortal Boswell (el mejor de los biógrafos)»…

En Sermón de Navidad señala objetivos morales que, en su opinión, están al alcance de todos: «Ser honrado, ser amable…, ganar poco y gastar un poco menos, conseguir que nuestra presencia haga generalmente más feliz a nuestra familia, saber renunciar a algo cuando sea necesario y no amargarse por ello, tener pocos amigos pero leales —y, sobre todo, con esa misma e inflexible condición, ser amigos de nosotros mismos—: he aquí una tarea digna de la fortaleza y de la sensibilidad de todo hombre». Y más adelante indica: «Está muy difundida entre las gentes honestas la idea de que deberían mejorar la conducta de sus semejantes. Sólo estoy obligado a mejorar la conducta de una persona: yo mismo. Sin embargo, expresaría mucho más claramente mis obligaciones para con mi prójimo diciendo que tengo que hacerle feliz —si puedo—».

Tienen también interés las Oraciones de Vailima, unos textos preparados por Stevenson para unas oraciones en voz alta que se hacían cada día en su casa de Samoa. En la presentación a estas oraciones, la mujer de Stevenson señala que «en cada hogar de Samoa el día termina con la oración y el canto de himnos» y «la omisión de este sagrado deber supondría no sólo una carencia de formación religiosa en la casa del jefe de la aldea, sino también un insolente desaire a todo lo que es respetable en la vida social samoana». Son catorce textos breves —que luego Stevenson modificaba al leerlos en voz alta— con distintos objetivos como, por ejemplo, «Para pedir el olvido de nosotros mismos» —«Enjuga nuestras lágrimas vanas, borra nuestros vanos resentimientos, socorre aún nuestros más vanos esfuerzos»—, «Por los amigos» —«Por el amor de Cristo, no permitas que se avergüencen de nosotros, ni nosotros, de ellos»…—, «Por la renovación de la alegría» —«Si somos malos, Señor, ayúdanos a darnos cuenta de ello y a enmendarnos. Si somos buenos, ayúdanos a ser mejores. (…) Renueva en nosotros el sentido de la alegría»—.

R. L. Stevenson. La casa ideal y otros textos. Madrid: Hiperión, 1998; 126 pp.; col. Dicho y hecho; prólogos, traducciones y notas de Santiago R. Santerbás, María Cóndor y Antonio Iriarte Jurado; ISBN: 84-7517-567-8. [
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WeirMarciano.JPG
viernes, 27 de noviembre de 2015

El marciano, de Andy Weir, es un ejemplo de una novela que triunfa primero en su autoedición en amazon, que luego se publica en papel y tiene un éxito mayor aún, y que después se transforma en una buena película y multiplica más todavía sus ventas. Lo cierto es que, como novela de ciencia-ficción es excelente pues, a diferencia de otras, en ella no hay —o no parece haber— conjeturas científicas que puedan fallar: todo lo que va explicando el narrador resulta verosímil. Además, aunque no a todo el mundo le gustarán tantas explicaciones ingenieriles detalladas, la novela en sí misma va como un tiro: es difícil dejarla.

Debido a que le dan por muerto, el astronauta Mark Watney, ingeniero-botánico, es abandonado en Marte por sus compañeros que, amenazados por una fuerte tormenta de polvo que dura días, deciden volver a la Tierra sin cumplir su misión. Pero Watney se recupera y, aunque no tiene forma de comunicarse con la Tierra ni con su antigua nave, inicia sus planes para sobrevivir. En un ameno diario, él mismo cuenta los pormenores: cómo fue posible su recuperación, qué planes hace y qué pasos va dando, tanto para volver a entrar en contacto con la Tierra como para poder sobrevivir durante cuatro años, hasta que, según los planes previstos, regrese a Marte una nueva misión Ares. Su modo de razonar y de presentar intentos, aciertos y fracasos, es paciente y claro, sin ahorrar pormenores científico-técnicos, pero también optimista y con buenas dosis de autoironía. Cuando han pasado unos meses y ha conseguido comunicarse con la tierra, aunque de una forma un tanto pedestre, la novela tiene algunos tramos en tercera persona para contar qué ocurre mientras tanto en la NASA y en su antigua nave.

Con razón se ha dicho que la novela podría titularse Robinson Crusoe en Marte, aunque habría que apuntar que, más que a Robinson, el héroe se parece al ingeniero Ciro Smith de La isla misteriosa, de Verne. Si una de las claves del éxito de la historia está en que se ciñe sólo a los conocimientos científicos y técnicos que ahora tenemos, otra es que, salvo leves pinceladas, no hay recuerdos de la vida pasada del héroe ni de los demás personajes: todo se desarrolla en el presente y, por tanto, la narración desprende una gran inmediatez. A esto contribuyen algunas referencias de tipo cultural que conectan bien con los lectores, sobre todo norteamericanos: por ejemplo, habla de cómo le ha sacado partido a su «Hab de la pradera» —el Hab es el habitáculo de unos noventa metros cuadrados para los astronautas—, y, dice, «a cambio me ha mantenido vivo durante un año y medio. Es como el árbol generoso».

Además, las disquisiciones de tipo emocional casi no existen, con excepciones bien elegidas: «Es una sensación extraña. Allá donde voy, soy el primero. ¿Salgo del vehículo de superficie? ¡Soy el primer tipo en llegar! ¿Subo a una colina? ¡El primer tipo en subir esa colina! ¿Doy una patada a una roca? ¡Esa roca no se había movido desde hace un millón de años! Soy el primero en recorrer larga distancia en Marte. El primero en cultivar en Marte. El primero, el primero, el primero». Sin duda, el libro contribuirá mucho a la promoción, por parte de la NASA, de los viajes espaciales, aunque no parece que haya sido escrito con esa intención (según las explicaciones que se dan en Wikipedia sobre la historia de la novela).

Andy Weir. El Marciano (The Martian, 2011). Barcelona: Ediciones B, 2014; 408 pp.; col. NB Nova; trad. de Javier Guerrero; ISBN: 978-846665505. [Vista del libro en amazon.es]

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HuntAcrossFiveA.JPG
jueves, 26 de noviembre de 2015

Una premiada novela juvenil norteamericana, de hace más de cincuenta años, no traducida: Across Five Aprils, de Irene Hunt. Es un relato de la guerra de Secesión hábilmente construido a través de lo que ve, oye, pregunta y reflexiona un chico de una granja de Illinois que, al comenzar el conflicto, tiene nueve años y a cuyo alrededor suceden muchas cosas. Entre otras, que sus hermanos mayores se alistan unos en un bando y otros en el otro.

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miércoles, 25 de noviembre de 2015

«A veces, con los hijos pasa como con el dibujo: no te sale como lo imaginabas. A un dibujo lo puedes romper y volver a hacer, borrar, pero con el hijo, con el hijo de verdad... eso no lo puedes hacer». Es uno de los textos iniciales de Mallko y papá, de Gusti, un magnífico y conmovedor libro-álbum autobiográfico al modo de María y yo.

En él su autor habla de su hijo con síndrome de Down, desde sus primeras reacciones de rechazo cuando lo supo, hasta su posterior aceptación. El libro sigue un orden más o menos cronológico: narra la acogida incondicional de Mallko por parte de su madre y de Theo, el hermano mayor de Mallko, y la evolución de los sentimientos del autor a través de una sucesión de momentos de la vida cotidiana, de juegos de y con Mallko, etc.

El autor usa técnicas variadas para ir presentando las distintas escenas. Hay dibujos del mismo Mallko y dibujos del autor en los que Mallko pinta, hay fotografías, collages, esbozos… Las ilustraciones están al servicio de contar algo con el corazón y no al servicio de su propia belleza, o de la perfección del mismo dibujo. Los textos que las acompañan son breves y, casi todos, están rotulados a mano, a veces como con urgencia. Como se afirma en esta buena reseña, es difícil no sentir emoción y agradecimiento al verlo y leerlo.

Gusti. Mallko y papá (2014). México D.F.: Océano Travesía, 2014; 148 pp.; ISBN: 978-607-735-395-9. [
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martes, 24 de noviembre de 2015

Que vuelvan a las librerías los mejores álbumes españoles del pasado, como La luna de Juan, un relato de 1982 de Carme Solé, es una buena noticia. En él se cuenta que Juan, un niño que vive con su padre, pescador, va en busca de la Luna cuando su padre cae enfermo de gravedad. Es un relato cuya poesía viene, más que del argumento, de la calidez de unas ilustraciones que transmiten afecto hacia el pequeño protagonista.

Carme Solé. La luna de Juan (La lluna d’en Joan, 1982). Pontevedra: Kalandraka, 2015; 32 pp.; col. Libros para soñar; trad. de Fabricio Caivano; ISBN: 978-84-8464-933-5. [Vista del álbum en amazon.es]

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lunes, 23 de noviembre de 2015

¡Ya llegó! y ¿Pequeño o Grande? son dos pequeños libros apaisados de Hervé Tullet para prelectores cuyo aspecto externo, con hojas de tamaño creciente, pica la curiosidad. En la cubierta de ¡Ya llegó! vemos un pequeño coche que luego, al ir pasando las páginas, atraviesa distintos lugares hasta llegar a su destino. En ¿Pequeño o Grande? la cubierta muestra una sucesión de peces pequeñitos de iguales dimensiones pero, al abrir la primera página, entre ellos vemos un pez más grande que luego va creciendo según devora pececitos y pasamos las páginas. Son libros ingeniosos y de contenido elemental, pues casi no hay palabras sino sonidos onomatopéyicos —como «Brumm, brumm», o «Mmm, Ñam»…— que un adulto puede teatralizar al leer el libro en voz alta, o al representarlo a un lector pequeño.

Hervé Tullet. ¡Ya llegó! (J’arrive, 2014). Barcelona: Plataforma, 2015.; 18 pp.; col. Infantil Patio; ISBN: 978-84-16256-60-0. [
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Hervé Tullet. ¿Pequeño o grande? (Petit ou Grand?, 2014). Barcelona: Plataforma, 2015; 18 pp.; col. Infantil Patio; ISBN: 978-84-16256-58-7. [
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sábado, 21 de noviembre de 2015

Después de Viajar y de Escribir, recopilaciones de textos de Stevenson sobre viajes y sobre literatura, la editorial Páginas de Espuma ha publicado ahora un tercer volumen titulado Vivir. Ensayos personales y biográficos.

Se presentan distribuidos en tres bloques titulados «La vida», «Las personas», «Los recuerdos». En ellos, del mismo modo que cuando habla sobre literatura Stevenson escribe siempre sobre la vida, cuando habla sobre la vida no deja de hacer referencias literarias: tal vez abundan, más que otras, las que hace a Samuel Johnson, John Bunyan, Shakespeare y Walter Scott, pero no faltan otras a los autores más populares de su tiempo.

Los seguidores de Stevenson encontrarán aquí comentarios de tipo general, que responden a sus experiencias personales y cuyo eco resuena en sus relatos de ficción. Así, en «La sinceridad en las relaciones», podemos leer un párrafo en el que vemos algo de la difícil relación que tuvo Stevenson con su padre: señala cómo, a veces, «el padre comienza la partida con una idea imperfecta del carácter de su hijo, formado en los años de la infancia o durante las tempestades equinocciales de la juventud. Y se apega a esto, advirtiendo solo los hechos que se ajustan a su idea preconcebida».

Encontrarán también descripciones que responden al modo de ser de Stevenson según recuerdan quienes le trataron. Por ejemplo, sus excepcionales dotes para la amistad quedan retratadas en «Conversaciones y conversadores» cuando indica que «no hay ambición más justificada que la excelencia en la conversación: ser afable, alegre, ágil, claro y oportuno…», o cuando habla de que «la conversación es, sin duda, el escenario y el instrumento de la amistad».

La ironía punzante pero cordial del autor se pone de manifiesto, entre otros momentos, al desgranar episodios de su época estudiantil y apuntar que «una sociedad de debate siempre resulta ser, al comienzo, una decepción. No es habitual encontrarse con el joven Demóstenes masticando sus piedrecillas en tu misma clase. Y si tienes la suerte de encontrártelo, probablemente pienses que la interpretación no es tan digna de admiración como dicen».

De los ensayos de tipo bromista es destacable «La filosofía de los paraguas». Allí habla de que «Robinson Crusoe nos presenta un emotivo ejemplo del deseo de poseer un paraguas, que es inherente a la mente civilizada y educada. (…) Su paraguas hecho de hojas es el mejor ejemplo que podamos encontrar de mente civilizada que trata de expresarse en circunstancias adversas». Y termina su artículo lamentando que sean tan escasas las contribuciones a este importante tema, tristemente caído en desuso.

R. L. Stevenson. Vivir. Ensayos personales y biográficos. Madrid: Páginas de Espuma, 2015; 400 pp.; col. Voces/Ensayos; trad. de Amelia Pérez de Villar; ISBN: 978-84-8393-189-9. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 20 de noviembre de 2015

Es sabido que Ve y pon un centinela, la sorprendente novela publicada por Harper Lee hace poco, ha provocado un alud de comentarios y ha supuesto una decepción para muchos que recordaban con afecto la figura principal de Matar un ruiseñor, Atticus Finch, el padre de la joven narradora. El título de la nueva novela —tomado del capítulo veintiuno de Isaías, versículo seis: «Porque el Señor me dijo así: Ve y pon un centinela que haga saber lo que viere»— se refiere, como le dirá su tío a la protagonista, a que «el centinela de cada uno es su conciencia» y nadie puede resolver sus problemas de conciencia descargándolos en otro.

A diferencia de Matar un ruiseñor, cuya narradora era Jean Louise Finch, o Scout, Ve y pon un centinela se cuenta en tercera persona pero desde dentro de la misma heroína, y se desarrolla unos años después. Cuando tiene veintiséis años, Jean Louise regresa, desde Nueva York, donde vive, a su pueblo natal de Maycomb. Allí, mientras se plantea si casarse o no con su pretendiente de siempre, que también es el ayudante de su padre, descubre horrorizada que Atticus es, parcialmente al menos, cómplice de ciudadanos claramente racistas. Toma entonces la decisión de volverse a Nueva York y romper con todo pero, antes, tiene unas tensas conversaciones con su tío y con su padre.

Si no se nos hubieran contado con detalle los pormenores de la confección de esta novela, cualquiera diría que, al menos una parte de ella, fue escrita después de críticas a Matar un ruiseñor como, por ejemplo, las que le hizo Flannery O’Connor. Es decir, como si Harper Lee hubiera querido dejar claro cuál era el verdadero ambiente racista de algunas poblaciones del Sur de los Estados Unidos pero como si, a la vista del éxito arrollador de Matar un ruiseñor, tanto del libro como de la película, ni ella ni sus editores se hubieran atrevido a publicarla entonces.

La decepción de muchos en relación a la caída de su pedestal de Atticus tiene que ver, primero, con el punto de vista de Matar un ruiseñor: el de la mirada ingenua e idealista de la niña o, si se quiere, de la joven narradora que era entonces Scout. Si a la última frase de aquella novela —«mientras regresaba a casa, pensé que Jem y yo llegaríamos a mayores, pero que ya no podríamos aprender muchas cosas más, excepto, posiblemente, álgebra»—, se le hubiera añadido un «pero estaba equivocada» o un «pero aún no lo había visto todo», estaría ya justificado el enfoque de Ve y pon un centinela y ningún lector podría decir que no le habían advertido.

Sea como sea, esta nueva novela no es redonda: es un poco deslavazada y se apoya en recuerdos de infancia que son como restos, o que bien podrían haberse incluido en Matar un ruiseñor. Al mismo tiempo, sin duda, tiene tramos magníficos y unos diálogos finales excelentes y clarificadores. En particular, Scout al menos acaba conociéndose mejor a sí misma cuando su tío le define quién es un fanático —el hombre con una mente incapaz de imaginar cualquier otra mente, decía Chesterton—, y se lo explica del siguiente modo: «¿Qué hace un fanático cuando se encuentra con alguien que cuestiona sus opiniones? No ceder. Se mantiene inflexible. Ni siquiera intenta escuchar, se limita a atacar».

Harper Lee. Ve y pon un centinela (Go Set a Watchman, 2015). Madrid: HarperCollins Ibérica, 2015; 269 pp.; trad. de Belmonte Traductores; ISBN: 978-84-687-6703-1. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 19 de noviembre de 2015

He leído hace poco Rasmus y el vagabundo, otra laguna que tenía entre mis lecturas de Astrid Lindgren, cuya última edición en castellano está especialmente cuidada: tiene formato grande y unas sugerentes ilustraciones de Pablo Auladell.

Rasmus es un chico de nueve años que vive en el orfanato de Västerhaga. Escapa de allí y se encuentra con Oscar, un vagabundo especial, que se interesa por él de modo muy amable pero al que la policía vigila. Por eso, cuando tienen lugar unos robos en la vecindad, Oscar termina en la cárcel y Rasmus ha de ocultarse para que no lo manden al orfanato.

Este hilo argumental de los acontecimientos externos soporta el contenido principal de la historia: los temores de Rasmus y sus ansias por tener un hogar, y el tacto en el comportamiento de Oscar y la sabiduría de sus comentarios. El relato está muy bien contado, con sobriedad y sutileza, y muy bien construido: se apoya en unas conversaciones vivas, presenta sin melodramatismos innecesarios los vaivenes mentales de Rasmus, y tiene un desenlace intenso.

Astrid Lindgren. Rasmus y el vagabundo (Rasmus på luffen, 1956). Sevilla: Kalandraka, 2011; 160 pp.; ilust. de Pablo Auladell; trad. de Ingbritt Wallis y Pedro Ángel Almeida; ISBN: 978-84-92608-44-7. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Filemón y Baucis, de Lemniscates, es una versión ilustrada, en un álbum de formato pequeño, de un relato contenido en las Metamorfosis de Ovidio. Sus protagonistas son un matrimonio anciano que reciben y hospedan muy amablemente a un caminante que recompensa su bondad y amabilidad de formas inesperadas. La historia se cuenta por medio de ilustraciones que, apropiadamente, son como grabados antiguos, uno por página, debajo de los cuales va el texto (se pueden ver algunos en esta página de la editorial). Un ejemplo más de cómo los álbumes son un buen medio para dar nueva vida a viejos relatos.

Lemniscates. Filemón y Baucis (2015). Barcelona: Ekaré, 2015; 26 pp.; ISBN: 978-84-944050-3-7. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 17 de noviembre de 2015

El cocodrilo al que no gustaba el agua, de Gemma Merino, viene a ser una versión en álbum de El patito feo pero, en vez de patitos tenemos cocodrilitos y, entre ellos, uno al que no le gusta el agua y que, por más que lo intenta, no está cómodo jugando con sus hermanos y siempre prefiere acomodarse en los árboles.

Figuras simpáticas, en sí mismas y en las muchas situaciones en las que les vemos actuar: en la bañera, en la piscina, etc. La historia se cuenta con buen ritmo, que cambia con el número de imágenes en cada doble página: a veces una sola, a veces tres, cuatro o más. Y la información que dan las guardas es fundamental.

Gemma Merino. El cocodrilo al que no gustaba el agua (The crocodile who didn't like wáter, 2014). Barcelona: Picarona, 2014; 28 pp.; trad. de Joana Delgado Sánchez; ISBN: 978-84-16117-04-8. [Vista del álbum en amazon.es]

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lunes, 16 de noviembre de 2015

Muchos años después de su éxito de 1968 El paseo de Rosalía, Pat Hutchins ha publicado una secuela, este año 2015, titulada Dónde está el pollito de Rosalía.

Cuando Rosalía pierde de vista a uno de sus pollitos, saliendo del cascarón, recorre la granja buscándolo. Como en el álbum original, el lector sí aprecia dónde se encuentra el pollito y también ve qué otros animales le amenazan en su paseo. Entre otros, un zorrito, hijo del zorro perseguidor de Rosalía en el álbum previo.

Las cualidades del álbum son las habituales de la autora aunque, tal vez, no las valoraríamos tanto si no conociéramos el álbum previo, que tenía imágenes más sintéticas y en el que todo era menos forzado. Sea como sea, estupendo álbum.

Pat Hutchins. Dónde está el pollito de Rosalía (Where, oh Where is Rosie’s Chick, 2015). Pontevedra: Kalandraka, 2015; 36 pp.; col. Libros para soñar; trad. de Silvia Pérez Tato; ISBN: 978-84-8464-939-7. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 15 de noviembre de 2015

Supongo que Václav Hável tomó parte de los planteamientos que formula en El poder de los sin poder, de la vida y las palabras de Alexander Solzhenitsyn. En un momento dado dice allí Hável: «¿Por qué se expulsó a Solzhenitsyn de su patria? Ciertamente no porque representara una unidad de poder real; ciertamente no porque cualquier representante del régimen se sintiera amenazado por el peligro de que Solzhenitsyn le birlara el puesto. Su expulsión fue algo distinto: el intento desesperado de cegar esta peligrosa fuente de verdad, una verdad de la que nadie podría prever qué tipo de cambios podría suscitar en la conciencia de la sociedad y a qué sacudidas políticas habrían podido conducir a su vez estos cambios. El sistema postotalitario se comportó en consonancia con su modo propio: defensa de la integridad del mundo de la “apariencia” para defenderse a sí mismo».

En un apéndice del magnífico libro de memorias de Solzhenitsyn, Coces al aguijón, hay una entrevista de 1974 con él cuando estaba recién desterrado de la URSS, en la que, cuando le preguntaban cómo podían prestarle apoyo las personas que permanecían oprimidas en su país, respondía: «Con acciones físicas no, tan sólo negándose a mentir, NO PARTICIPANDO PERSONALMENTE EN LA MENTIRA. Que cada uno deje de colaborar con la mentira en todos los sitios donde la vea: le obliguen a decirla, escribirla, citarla o firmarla, o sólo a votarla, o sólo a leerla. En nuestro país la mentira se ha convertido no sólo en categoría ética, sino también en un pilar del Estado. Al apartarnos de la mentira, realizamos un acto ético, no político, no enjuiciable penalmente, que tiene una influencia inmediata en nuestra vida entera».

En mi plan de relecturas, la lectura de El poder de los sin poder me condujo a leer con calma Coces al aguijón, que no había leído en su totalidad años atrás, pero que sí había hojeado y del que sí recordaba ideas y situaciones, también por otras lecturas de y sobre Solzhenitsyn. En su primera parte habla el autor de su escritura clandestina durante décadas, de las vicisitudes para publicar Un día en la vida de Iván Denisovich, de las razones para el éxito que obtuvo ese libro al principio, de los intentos del régimen de convertirlo en un escritor dócil, y del temor que su conducta y sus publicaciones provocaron después. Luego tiene cuatro complementos, escrito uno en noviembre de 1967, otro en febrero de 1971, un tercero en diciembre de 1973, y un cuarto en junio de 1974, cuando acababa de ser expulsado de la URSS.

El libro es detallista, extenso, y en él aparecen muchos personajes, algunos de poco interés ya para muchos y otros más conocidos entre nosotros como Rostropóvich y Sajarov —un milagro que apareciera alguien como él, dice Solzhenitsyn, «un alma que buscaba la verdad», «en el avispero de la élite técnica a sueldo, vendida, sin principios, y encima en uno de sus nidos principales, secretos, cubiertos de bienes: cerca de la bomba de hidrógeno»—. Habla pormenorizadamente de todas las circunstancias que rodearon la concesión del Nobel en el año 1970, y de cómo se precipitó la publicación en Occidente de El Archipiélago Gulag y, con eso, su expulsión de la URSS.

La narración, a pesar de los ambientes asfixiantes que describe, respira buen humor y autoironía: «qué cosa tan pegajosa resultan ser unas memorias: mientras no estiras la pata, no las terminas. Todo el tiempo van pasando cosas nuevas, y hacen falta suplementos. Y maldiciéndome a mí mismo por mi pesada prolijidad, abuso del tiempo del lector y del mío». Las precauciones y maniobras del autor para realizar y preservar su trabajo, para ir ganando terreno frente a la intimidante maquinaria estatal, y los logros inesperados que alcanzó, ayudan a comprender por qué la escritora Lidia Chukövskaia calificaba a Solzhenitsyn, ya entonces, de hombre-epopeya, hombre-leyenda.

Lo anterior encaja con que, por momentos, el autor adopta un tono épico: «Pero vendrá nuestra hora, y saldremos de las profundidades del mar todos [los escritores rusos ocultos] a la vez, como los Treinta y Tres caballeros de la leyenda, y así renacerá nuestra gran literatura». Y, más adelante, dice: «Me fue concedido llegar con vida a esta dicha: asomar la cabeza y tirar las primeras piedrecitas a la estúpida cabezota de Goliat. A la cabezota no le pasó nada, las piedrecitas rebotaron, pero al caer en tierra, florecieron con estrellas de las nieves, y las recibieron con alborozo o con odio, más nadie pasó simplemente de largo».

Alexander Solzhenitsyn. Memorias (Coces al aguijón) (1975). Barcelona: Argos, 1977; 461 pp.; trad. de V. Lamsdorff; ISBN: 84-7017-337-5. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 14 de noviembre de 2015

El ladrón de cadáveres es un relato que Stevenson escribió a partir de personajes reales. Cuando el doctor Wolfe MacFarlane entra en una taberna es reconocido por un viejo compañero y rival llamado Fettes, a quien se describirá como un ser «frío, egoísta y superficial hasta extremos insospechados», y que «tenía ese mínimo de prudencia, mal llamado moralidad, que aleja a la gente de las borracheras inconvenientes y de los crímenes punibles». El narrador indica que ambos habían sido alumnos del profesor de anatomía Robert Knox y que, juntos, se habían encargado de conseguirle cadáveres pagando para eso a tipos que se hacían con ellos.

Entonces se recuerda lo sucedido tiempo atrás: en una ocasión en la que Fettes identificó el cuerpo de una mujer que conocía y vio que había sido asesinada, MacFarlane le convenció de no decir nada para no verse involucrados. Más tarde Fettes encuentra a MacFarlane en una taberna y allí un hombre llamado Gray trata de malos modos a MacFarlane. A la noche siguiente Fettes ve que MacFarlane trae el cadáver de Gray pero decide callar, aunque esté seguro de la culpabilidad de MacFarlane, para no ser él la próxima víctima.

Tal vez sea este relato el que apunta más cosas acerca de los ambientes turbios edimburgueses que Stevenson conoció en su juventud. Frente a lo habitual en el autor, en esta historia no hay rasgos que suavicen la repugnancia que inspiran los personajes. De ahí que Chesterton dijese que era como un «chorro de gas», por más que el toque «sobrenatural» final sí anuncie o sugiera un castigo.

Las desventuras de John Nicholson tratan sobre un padre íntegro pero rígido, y un hijo que, dejándose llevar por un arrebato, huye de su casa llevándose dinero. El hijo vuelve, al cabo de los años, siendo rico y con la intención de reconciliarse con su padre y su familia pero, debido a una imprudencia pasada, le persigue la policía, pues le creen culpable de un gran robo, y esa noticia ha llegado a su padre y su familia mucho antes de que él pueda explicarse.

Es notable la presentación del padre, con la que comienza el relato: «John Varey Nicholson era un estúpido, aunque otros que lo son más que él están hoy repantingados en el Parlamento y se jactan de ser los autores de su propia distinción». Y en la descripción que sigue se añade lo siguiente: «El señor Nicholson tenía mucho sentido del humor, pero de tipo escocés, intelectual y basado en la observación de los demás; su propio carácter, por ejemplo —si lo hubiese visto en otra persona—, habría sido todo un festín para él, pero las huecas carcajadas de su hijo cuando se rompía un plato, y sus observaciones vacías y superficiales le dolían como indicios de una inteligencia débil».

Otro cuento edimburgués del que dice Chesterton que es una comedia desagradable, no lo bastante penosa para ser una tragedia, pero sí un tanto estridente, como pueden serlo el chillido de unas gaitas. En él se ponen de manifiesto, una vez más, las condiciones sociales y las tradiciones puritanas propias de un país moldeado por el presbiterianismo. El relato también sigue un poco el modelo del regreso del hijo pródigo pero el padre no es, precisamente, una persona con la mejor disposición para perdonar.

Robert Louis Stevenson. Cuentos completos. Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 13 de noviembre de 2015

Ya que hablé, semanas atrás, de Medio Rey, comento ahora su continuación, Medio Mundo, de Joe Abercrombie. Es una novela que ha sido escrita con rapidez, y digo esto no sólo porque su autor ha publicado la trilogía de la que forma parte en menos de un año —aunque la tercera no se ha traducido al castellano todavía—, sino porque también hay elementos que parecen indicar una composición apresurada.

Sus protagonistas principales son, esta vez, Espina, una chica de 16 años «con el don de la Madre Guerra», muy arisca, de habilidad y resistencia inimaginables, y Brand, otro joven y fuerte guerrero que, a diferencia de su compañera, es bondadoso y se plantea una y otra vez si obra bien o no. Ambos acompañan al padre Jarvi, el héroe de Medio Rey, ahora convertido en el joven pero importante clérigo de Gettlandia, en una larga expedición por los distintos países que rodean el Mar Quebrado con la intención de ganar aliados para su causa: hacer un frente común contra las ambiciones del poderoso Alto Rey y su clériga, la abuela Wexen.

Según se puede apreciar en algunos pasos de la historia, cuando los personajes hablan de magia élfica están refiriéndose a utensilios que conocemos actualmente y, en particular, a mortíferas armas de fuego: la trilogía pertenece al subgénero de La Tierra Moribunda, compuesto por novelas que se desarrollan en la Tierra mucho tiempo después de que todo haya cambiado drásticamente.

El argumento es esquemático y se basa en una simple sucesión de choques dialécticos y de combates entre los héroes y los rivales que se les van poniendo delante, unos de tipo personal entre Espina y distintos oponentes, otros de tipo colectivo entre la expedición de Gettlandia y pueblos o ejércitos variados. Únicamente la resolución del último conflicto, entre los ejércitos de Gettlandia y Vansterlandia, ha seguido algunos caminos un tanto novedosos, al menos para mí.

La narración es eficaz pero, por momentos, un tanto pedestre, aparte de que son muchos los párrafos un tanto inflados y, con frecuencia, repetitivos. Un ejemplo entre muchos lo tenemos cuando, de la hermana de Brand, llamada Rin, se nos dice: «Rin tenía quince años y Brand era su única familia, y tenía miedo, y eso le daba miedo a él también. Miedo a luchar. Miedo a irse de casa. Miedo a dejarla sola».

Abundan las peleas imposibles de contar por escrito y claramente pensadas para ser filmadas. Los personajes responden a estereotipos habituales en el subgénero, en especial Espina, que podría ser una invulnerable campeona de lucha libre y de artes marciales al mismo tiempo. Luego, tanto la forma en que se acaban produciendo el enamoramiento y los encuentros sexuales entre los héroes acaban siendo imposibles de creer.

Como se veía en Medio Rey, el mundo que se retrata es brutal pero esta vez hay todavía más descripciones de combates muy violentos, más momentos de gran crueldad y gigantescas palizas de las que los héroes, sin embargo, logran reponerse pronto para devolverlas con creces (este tipo de historias son hábiles en azuzar sentimientos de satisfacción cuando los malvados sufren y los héroes se cobran bien su venganza).

En algunos diálogos se hacen buenas observaciones a favor de intentar obrar de modo recto pero, en el balance final, queda sobradamente justificado el cinismo de muchos personajes —«Que el Padre Paz derrame lágrimas por los métodos; la Madre Guerra sonríe a los resultados»—, en particular el del padre Jarvi: «a veces los grandes bienes deben tejerse a partir de los pequeños males. Un clérigo no puede permitirse el lujo de hacer el bien, sin más. Un clérigo debe sopesar el bien mayor. Debe aspirar al mal menor».

En principio ya no leeré la tercera novela: para mí esta es ya más tonta de lo admisible, aparte de no estar tan bien escrita como sería de esperar y de ser demasiado violenta.

Joe Abercrombie. Medio Mundo (Half the World, 2015). Fantascy, 2015; 448 pp.; col. El Mar Quebrado, trad. de Manu Viciano; ISBN: 978-8415831631. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 12 de noviembre de 2015

Para terminar esta mini-serie de álbumes sobre árboles —aunque sea un tanto especial por sus rasgos argumentales y por las discusiones que ha suscitado—, hay que citar El árbol generoso, de Shel Silverstein, que llega al mercado español con una traducción diferente a la de una edición venezolana previa.

Después de presentar a los dos protagonistas en las dos primeras dobles páginas —«había una vez un árbol…», «que quería mucho a un niño»»—, se cuenta cómo, según el niño va creciendo, el árbol está dispuesto a darle lo que le pide: hojas, manzanas, sombra… Y, al niño, al joven, al hombre, y al anciano, el árbol sigue dispuesto siempre a contentarle. Las ilustraciones, características del autor, son unos sencillos pero expresivos dibujos a plumilla en los que siempre vemos al árbol protagonista y, casi siempre, al niño, joven, adulto o anciano que le pide algo.

La historia puede leerse de distintos modos: positivamente, irónicamente, amablemente... Se puede pensar en que habla de la vida completa de un hombre que, tal vez, sólo al final de su vida parece caer en la cuenta de lo que ha recibido del árbol. Se puede aplicar alegóricamente a la relación de alguien con otras personas, por ejemplo sus padres, siempre dispuestos a dar sin recibir nada a cambio. Se puede concluir de ella que el protagonista humano es un egoísta de tomo y lomo a quien nadie le ha dicho nunca que hay comportamientos buenos y comportamientos malos…

De todos modos, como creo que siempre hay que decir, mejor es no sacar muchas conclusiones generales, dejarse llevar por la historia  y que cada uno entienda lo que sea. Sin embargo, si alguien desea darle vueltas al libro, puede leer los interesantes comentarios que figuran en este artículo, en el cual varios profesores universitarios norteamericanos —que no están relacionados con la literatura infantil— explican cómo ven cada uno el libro.

Shel Silverstein. El árbol generoso (The Giving Tree, 1964). Caracas: Litexsa Venezolana, 1999; 64 pp.; trad. de Carla Pardo Valle; ISBN: 980-6053-44-3. Nueva edición en Pontevedra: Kalandraka, 2015; 64 pp.; col. Libros para soñar; trad. de Miguel Azaola; ISBN: 978-84-8464-961-8. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 11 de noviembre de 2015

Árboles, de Lemniscates, no es un álbum de conocimientos sino, más bien, un álbum que podríamos llamar poético. En él vemos una sucesión de ilustraciones a doble página —compuestas con estarcidos y recortes sobre los que hay a veces figuras de pájaros, de un niño, de edificios y coches—, que primero presentan varios árboles en las distintas estaciones —duermen en invierno, se despiertan en primavera, dan sus frutos en verano, en otoño pierden sus hojas—, luego hacen notar sus ramas, sus raíces, que dan sombra, etc., para terminar con un «los árboles son seres maravillosos».

Lemniscates. Árboles (2015). Barcelona: Ekaré, 2015; 32 pp.; ISBN: 978-84-944050-4-4. [Vista del álbum en amazon.es]

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martes, 10 de noviembre de 2015

Las cuatro estaciones desde el gran árbol, de Britta Teckentrup y texto de Patricia Hegarty, otro de los álbumes sobre árboles a los que me refería ayer, habla del ciclo de la vida.

Excepto en las guardas y en la contraportada, en todas las páginas vemos el mismo árbol, un manzano. En un troquelado que hay en su centro, que atraviesa el álbum desde la portada hasta una de las últimas páginas, hay un observador búho. La historia empieza en invierno, cuando todo está helado. Cuando llega la primavera veremos oseznos, zorros, ardillas, pájaros... En verano, abejas, manzanas… En otoño, las ardillas recogen comida para el invierno. Y de nuevo el invierno.

Álbum hábilmente construido, agradable de ver, en el que todo está ordenado y del que atrae la mirada fija del búho en el troquelado de la cubierta. El texto va siempre en la parte inferior de la página, es sencillo y está medido, para que ocupe siempre dos líneas con letras grandes. El lector se siente impulsado a buscar los cambios que se van produciendo de ilustración en ilustración, en los paisajes y en los animales que van incorporándose al relato, asomándose a veces desde nuevos troquelados interiores.

Britta Teckentrup. Las cuatro estaciones desde el gran árbol (Tree, 2015). Texto de Patricia Hegarty. Madrid: Bruño, 2015; 28 pp.; edición y adaptación de Cristina González; ISBN: 978-84-6960395-6. [Vista del álbum en amazon.es]

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lunes, 9 de noviembre de 2015

Con poca diferencia entre uno y otro se han editado últimamente varios valiosos álbumes sobre árboles. Uno es Los árboles son hermosos, una edición en castellano de un álbum estadounidense de 1956, ilustrado por Marc Simont y con texto de Janice May Udry.

Con dobles páginas alternas, unas en color y otras en blanco y negro, como era obligado en la época, el texto es un canto a la belleza y al valor de los árboles, pero redactado como si la voz narrativa fuera la de unos niños que viven entre árboles y hablan sobre ellos. Así, dicen: «en otoño las hojas caen y nosotros jugamos con ellas. Caminamos entre las hojas y nos revolcamos. Con las hojas hacemos casitas para jugar. Después amontonamos las hojas con los rastrillos y hacemos una hoguera». O, por ejemplo: «Un árbol es bonito porque puedes colgar un columpio en él. O un cesto de flores. Es un buen lugar para colgar una azada mientras descansas». Las ilustraciones ocupan casi siempre las dobles páginas completas y son dibujos acuarelados tan buenos como se puede esperar de un maestro como Simont.

Marc Simont. Los árboles son hermosos (A Tree is Nice, 1956). Texto de Janice May Udry. Barcelona: Corimbo, 2015; 32 pp.; col. Álbumes ilustrados; trad. de Margarida Trías; ISBN: 978-8484705161. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 7 de noviembre de 2015

En la edición que cito abajo, que contiene todos los relatos cortos de Stevenson, hay un apartado con el título de Relatos sueltos en el que se agrupan estos cuatro: Una vieja canción (An Old Song, 1875); Historia de una mentira (The Story of a Lie, 1879); El ladrón de cadáveres (The Body Snatcher, 1884); Las desventuras de John Nicholson (The Misadventures of John Nicholson: A Christmas Story, 1887). Salvo El ladrón de cadáveres, los otros textos tienen en común que tratan de las relaciones entre padres e hijos, aunque a veces sean padres adoptivos, o tíos y sobrinos. La primera y la última tienen rasgos argumentales de El hijo pródigo: hijo que huye y finalmente vuelve. Al menos parcialmente, igual que en novelas como El Weir de Hermiston, quien conozca la biografía del autor verá, en algunos momentos, rasgos posibles de las relaciones del autor con su padre.

En Una vieja canción se cuenta cómo el coronel Falconer adopta dos sobrinos pequeños, John y Malcolm, de los cuales el primero es su favorito. Los dos se llevan muy bien pero, cuando John está comprometido con Mary y adivina que Malcolm también está enamorado, fuerza las cosas para marcharse y dejar el camino libre a su hermano. Años más tarde, cuando Malcolm está felizmente casado con Mary y el viejo coronel ha fallecido, vuelve John, que ya no es el joven ingenuo que fue y, después de un incidente desgraciado, se marcha de nuevo.

En Historia de una mentira el protagonista es Dick Naseby, un joven que, cuando vivió en París, conoció a Peter Van Tromp, un pintor ya mayor que había tenido cierto prestigio, pero que era un aprovechado, un bebedor, y un pesado. De regreso a Inglaterra, viviendo con su padre, sucede un incidente que, malinterpretado por su padre, los enemista. Dick conoce luego a Esther, una chica vecina, y se enamora de ella, aunque resulta ser la hija de Van Tromp. Las cosas se complican cuando, por sorpresa, Van Tromp vuelve a Inglaterra. Stevenson vuelve a tratar aquí sobre las relaciones entre padres e hijos: cómo los hijos aman a sus padres pero, a la vez, por muy distintas razones, las relaciones con ellos pueden enrarecerse y enturbiar sus vidas. Una parte de la narración tiene algo de inversión del relato del hijo pródigo: aquí es el padre pródigo el que regresa aunque no como quien vuelve arrepentido sino convencido de que no hay nada que perdonar.

Robert Louis Stevenson. Cuentos completos. Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 6 de noviembre de 2015

Por recomendación de un amigo leí hace unas semanas Nudo de víboras, de François Mauriac, un autor del que no había leído nada.

Todo el libro es una larga carta que Louis, un abogado prestigioso, empieza dirigiendo a su mujer, Isa. En la primera parte repasa su vida —sus padres, su enamoramiento de Isa, sus tristes y distantes relaciones posteriores, su escaso apego a sus hijos, etc.—, poniendo de manifiesto todo el rencor acumulado y acariciando sus planes para dejarles, a sus hijos y nietos, lo mínimo posible de su gran fortuna. La primera parte termina cuando decide abandonar su casa por sorpresa, sin que lo sepa su familia, y marcharse a París, con la intención de resolver allí cómo disponer su herencia en favor de un hijo ilegítimo al que no conocía.

Narrativamente la obra está cuidada y conseguida. La doble intriga, la externa de saber qué ocurrirá con la herencia del protagonista, y la interna sobre cuál será el resultado de su feroz autoexamen, tiran con fuerza del lector. A la larga carta de Louis, que termina con una palabra decisiva truncada, se le añaden dos clarificadoras cartas más, una de su hijo comentando la carta de su padre, y otra de una nieta a su tío reclamándosela para leerla. Como suele ocurrir con este tipo de novelas, el contenido está bien armado para conducir los acontecimientos y las reflexiones hacia un final y unas conclusiones que, por supuesto, son posibles, pero a los que también cabría reprochar su artificiosidad.

El gran conflicto del protagonista está en su propia increencia —«he tardado sesenta años en componer este viejo que se muere de odio. … ¡Oh! Dios, Dios… ¡Si existieras!»—, que se alimenta también de su rechazo a la que le parece una religiosidad hueca, la de su mujer y sus hijos. El título del libro está tomado de unas lúcidas palabras suyas: «Conozco mi corazón, este corazón, este nudo de víboras: asfixiado por ellas, saturado de su veneno, sigue latiendo por debajo de este hormigueo. Este nudo de víboras que es imposible deshacer, que habría que cortar de un tajo con un cuchillo, con una espada: “No he venido a traer la paz sino la espada”».

Pero esa misma lucidez le hace ver su «fatal tendencia a simplificar a los demás» y constatar que, «a lo largo de medio siglo, no me había bastado con no conocer de mí más que lo que no era yo: había hecho otro tanto con los demás. Estaba fascinado por las miserables codicias que se reflejaban en los rostros de mis hijos», también ellos mismos otro nudo de víboras.

François Mauriac. Nudo de víboras (Noeud de vipères, 1932). Madrid: Homo Legens, 2007; 262 pp.; trad. de Almudena Montoro Picó; prólogo de Alejandro Caja; ISBN: 978-8493550615; en esta edición se contiene también el relato El beso al leproso (Le baiser au lépreux, 1922). [
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jueves, 5 de noviembre de 2015

Goodnight, Mr. Tom, de Michelle Magorian, es un premiado y conmovedor libro inglés de hace varias décadas, que tal vez no está traducido al castellano por su lenguaje de argot, su ambientación histórica, y por su tono un tanto dickensiano.

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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Con toda clase de materiales reciclados, la holandesa Karina Schaapman dedicó años a construir y decorar «La casa de los ratones», una especie de casa de muñecas para ratones, con más de cien habitaciones, que hoy se encuentra en el interior de la Biblioteca Pública de Amsterdam. En esos escenarios se ambientan las historias que se cuentan en el libro, también titulado La casa de los ratones, cuyos protagonistas son dos ratones-muñecos, fabricados con telas, llamados Sam y Julia. Sabemos cuál es su lugar secreto, sus relaciones con el trapero, sus aventuras en la cocina, el temor que sienten a una rata, cosas que hacen sus vecinos, y muchas más.

Todo esto se cuenta por medio de fotografías de gran calidad, algunas que captan primeros planos de Sam, Julia u otros ratoncillos, y muchas otras que abarcan las habitaciones, muy distintas entre sí. Se puede apreciar el asombroso detalle del interior de la vivienda, en la que, como corresponde a un libro ambientado en Amsterdam, no falta un Diario de Ana Frank en una mesilla de noche. No hubiera estado mal que, en el libro, viniera más información sobre la casa y sobre aspectos del trabajo de la autora, aunque puedan obtenerse consultando su página web.

Karina Schaapman. La casa de los ratones (Het Muizenhuis. Sam & Julia, 2011). Barcelona: Blackie Little Books, 2015; 60 pp.; fotografías de Tom Bouwer; trad. de Goedele De Sterck; ISBN: 978-84-16290-34-5. [
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martes, 3 de noviembre de 2015

El gnomo no duerme, es un relato de Astrid Lindgren ilustrado por Kitty Crowhter, que se puede calificar de navideño y se puede colocar en la tradición de los relatos sobre pequeños seres benéficos que viven escondidos en las casas. En una vieja y aislada granja, cuando todos duermen en pleno invierno, el gnomo que vive oculto en el pajar sale a ver cómo van las cosas en el establo, la despensa y otras dependencias. Conoce un «idioma callado y breve» que los animales y los niños dormidos entienden y que a todos serena.

El personajillo principal es simpático y me ha recordado a seres como Job y como el Papá Noel de Raymond Briggs: como si no estuviera contento de tener que levantarse de noche pero, a pesar de todo, satisfecho de cumplir con un trabajo tan útil para los demás. Las ilustraciones se apoyan en las blancas áreas de nieve para que la historia resulte, a la vez, luminosa y cálida como lo es el texto de Lindgren.

Kitty Crowther. El gnomo no duerme (Tomten är vaken, 1960 el texto, 2012 las imágenes). Texto de Astrid Lindgren. Barcelona: Corimbo, 2013; 26 pp.; trad. de Elda García-Posada; ISBN: 978-84-8470-485-0. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 2 de noviembre de 2015

En bienvenidosalafiesta: notas del mes de octubre. Álbumes simpáticos del mes son Las vacaciones de Pingüino y La marmota Pancha; libros infantiles graciosos son El signo prohibido y Flora y Ulises. Mis principales recomendaciones de este mes, de otro tipo, están en la sección de Relecturas.

En medium, las notas del mes de octubre han sido: Varias novelas de Marylinne RobinsonNovelas de aventuras del pasadoUna reseña extensa de El jilgueroGrandes series de fantasía infantilDos grandes novelas norteamericanas, Un proyecto grandioso y abrumadorLibros que hablan de «por qué nos pasa lo que nos pasa»Una selección de novelas de aventuras con animales como protagonistas.

En primer cuaderno: notas del mes de octubre. A todos los interesados en el mundo de la ilustración de álbumes, les recomiendo los enlaces acerca del Máster en Álbum Infantil ilustrado: uno con información sobre unas Jornadas de Puertas Abiertas y otro con una galería de proyectos.

En segundo cuaderno: notas del mes de octubre. Entre los enlaces muy interesantes destacaría el de Saber charlar en nuestro mundo y el de El ideal de humanitas.

Sigo preparando, lentamente, los dos libritos que anuncié en el boletín anterior: un tercero de los apuntes sobre álbumes ilustrados y el que reúne y amplía la información sobre Stevenson ya publicada y aún por publicar en la página.

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lunes, 2 de noviembre de 2015

La escalera roja,
de Fernando Pérez Hernando, es un álbum bienhumorado para prelectores. Su protagonista es un pájaro curioso que lleva siempre con él una escalera para poder subir a los tejados, a las nubes, incluso a la luna. Lógicamente, la escalera también le sirve para bajar. Pero un día pierde la escalera y no sabe qué hacer hasta que un conejo espabilado, que le había observado anteriormente, le da la solución.

Como sucede con muchos relatos para los más pequeños, este también produce la impresión de que se basa en una idea elemental… una vez que uno ha leído el libro. Para sus lectores naturales es eficaz el ritmo acumulativo, ascendente y descendente, del relato. Puede hacerles pensar, también, no sólo en que tienen capacidad de hacer más cosas de las que piensan, como le ocurre al pájaro, sino en la importancia que tiene observar con atención, como el conejo.

Fernando Pérez Hernando. La escalera roja (2015). Pontevedra: Kalandraka, 2015; 36 pp.; col. Libros para soñar; ISBN: 978-8484649496. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 1 de noviembre de 2015

En su momento me impresionó la lectura de El poder de los sin poder, de Václav Havel. Me dejó un recuerdo vivo de la valentía con la que Havel formulaba su oposición al sistema totalitario en el que vivía y cómo denunciaba un mundo basado en la mentira y proponía vivir en la verdad. Leído ahora de nuevo, he visto su valor testimonial, tanto por ser una descripción excelente de lo que ocurría entonces en su patria, como por ser un ejemplo admirable de valor cívico, visto el momento en el que se publicó su libro. Pero, también, me han parecido de actualidad permanente sus consideraciones de fondo: porque muchos se mueven aquí y ahora con los mismos planteamientos ideológicos que denunciaba, porque los poderes políticos que conocemos maniobran de un modo parecido a los del sistema postotalitario al que se refiere, y porque su propuesta de «vivir en la verdad» como modo de regenerar la sociedad es la que necesitamos.

En relación a lo primero, al pensamiento ideologizado que a nuestro alrededor tienen tantos (sobre todo tantos deudores, conscientes e inconscientes, del marxismo-leninismo), dice Hável que las ideologías actúan como puentes entre la vida social y el hombre pues son, a la vez, principios internos de cohesión e interpretaciones de la realidad. La ideología, como modo de relacionarse con el mundo, «da al individuo la ilusión de ser una persona con una identidad digna y moral y así le hace más fácil no serlo»; se presenta como «algo “metapersonal” y “desinteresado”» que le permite al individuo engañar la propia conciencia; y acaba siendo como una coartada para todos, desde «el tendero que puede ocultar su miedo de perder el puesto tras un presunto interés por la unión de los proletarios del mundo, hasta el funcionario más alto que puede disfrazar su interés por conservar la poltrona con las frases sobre el servicio a la clase obrera».

Pero, en general, el problema del poder (ideologizado o no), es que teje a su alrededor una red de falsedades en la que acaba prisionero: «Falsedades sobre el pasado. Falsedades sobre el presente y sobre el futuro. (…) Miente cuando dice que respeta los derechos humanos. Miente cuando dice que no persigue a nadie. Miente cuando dice que no tiene miedo. Miente cuando dice que no miente». Lo malo, dice Hável, es que el ciudadano normal vive en la mentira con tal que «haya aceptado la vida con ella y en ella. Ya con esto ratifica el sistema, lo consolida, lo hace, lo es». Sin duda, «la posición en la jerarquía del poder diferencia a los individuos en relación con su responsabilidad y culpa: pero a ninguno le confiere una responsabilidad y una culpa incondicional y, por otra parte, no exime totalmente a nadie de responsabilidad y de culpa». Si todos nos adaptamos a las circunstancias, somos la base de esas circunstancias.

Luego, «la profunda crisis de identidad provocada por la “vida en la mentira”, y que a su vez hace posible esta vida, tiene indudablemente una dimensión moral propia: se manifiesta, entre otras cosas, como una profunda crisis moral de la sociedad. El hombre que ha elegido la escala consumista de valores, “disperso” en el marasmo de la masa y sin hacer pie en el orden del ser, aun sabiendo que su responsabilidad no se limita solo a su supervivencia, es un hombre desmoralizado; en esta desmoralización se basa el sistema, profundiza en ella y es su proyección social». Por todo esto, «si el fundamento del sistema es “la vida en la mentira”, no es de extrañar que la “vida en la verdad” sea su principal peligro».

La vida en la verdad, toda una rebelión del individuo contra la situación que se le impone, Havel la describe como «un intento de comprender su propia y peculiar responsabilidad: es, por tanto, una acción abiertamente moral». No es posible hoy un cambio a mejor de las estructuras que sea real, profundo y estable, a partir de cualquier «mala copia de un proyecto político tradicional, y en definitiva sólo externo (es decir, inherente a las estructuras, al sistema), sino que tiene que partir (…) del hombre, de la existencia del hombre, de la reconstrucción sustancial de su posición en el mundo, de su relación consigo mismo, con los hombres y con el universo. El nacimiento de un modelo económico y político mejor debe (…) partir de un cambio existencial y moral más profundo de la sociedad».

O, dicho de otro modo, la crisis en la que vivimos no se puede abarcar con la estrechez de cualquier óptica política tradicional. De forma sintética, dice Hável de pasada, no tenemos necesidad de líneas políticas o de programas sino de cambiar nuestro modo de vivir: primero porque cualquier «buen trabajo es, pues, en realidad, la crítica de una mala política» y, luego, porque «sólo con una vida [personal] mejor se puede construir también un sistema mejor».

Václav Havel. El poder de los sin poder (Moc Bezmocných, 1979). Madrid: Encuentro, 1990; 135 pp.; trad. de Vicente Martín Pindado; ISBN: 84-7490-243-6. Texto contenido también en una edición titulada El poder de los sin poder y otros escritos, en Madrid: Encuentro, 2013; 203 pp.; col. Raíces de Europa; ISBN: 978-8490550120. [Vista del libro en amazon.es]

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