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Notas de febrero de 2006 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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martes, 28 de febrero de 2006

Calvin a Hobbes: —Toma, hazme una foto, ¿vale?
Hobbes: —Vale.
Calvin: —Me sentaré con este libro tan gordo en actitud pensativa.
Hobbes: —¿Para qué quieres una foto así?
Calvin: —En la remota posibilidad de que decida hacer algo responsable en mi vida, necesito crear una infancia ficticia.

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lunes, 27 de febrero de 2006

Existen libros infantiles muy apreciados por las personas más cercanas a los niños en sus primeros años, madres, abuelas, profesoras... Son libros afectivos, tanto en las imágenes como en el lenguaje, no del todo satisfactorios si se los enjuicia literaria o artísticamente, pero que duran y duran porque cumplen bien su función y porque los adultos que los disfrutaron cuando fueron niños, vuelven a ellos cuando son mayores y les llega el turno de compartir historias con chicos pequeños...

En el mundo de habla alemana, unos eficaces álbumes para pequeños de esa clase son los que publicó la vienesa Ida Bohatta (1900-1992) en las décadas centrales del siglo. Como no estaban editados en España y tienen interés histórico, la iniciativa editorial merece ser aplaudida. Sin embargo, al no tener arraigo popular en generaciones anteriores, y al perder la fuerza del idioma y de las referencias originales, y dado que su calidad no es excepcional, su éxito de ventas es dudoso.

Ida Bohatta. La casita de las raíces (In den Wurzelstübchen, 1932). Barcelona: ING, 2005; 28 pp.; trad. de Ignasi Roda Fabregas; ISBN: 84-89825-21-1. Además, otros álbumes son: Los animales del bosque en invierno, El doctor Cura-Sana, Las preocupaciones de los ratoncitos.

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domingo, 26 de febrero de 2006

Wayne Booth: «Hay un placer en conocer la simple verdad y hay un placer en aprender que la verdad no es simple. Ambos placeres son fuentes legítimas de efecto literario, pero no pueden realizarse completamente a la vez. (...) Escribir un tipo de libro es siempre, hasta cierto punto, un repudio a otros tipos. E independientemente de la profesada indiferencia de un autor para con el lector, cada libro consigue con esfuerzo, entre toda la humanidad, aquellos lectores para los que sus efectos peculiares fueron designados».

Wayne C. Booth. La retórica de la ficción.

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sábado, 25 de febrero de 2006

A raíz de que una política de su tiempo comentó un día que «debemos cuidar a los niños de los demás como si fueran los nuestros», Chesterton escribió un furioso artículo titulado El niño. En él señalaba cómo esa persona no se refirió a los casos difíciles que justificarían una intervención de las autoridades, sino que hizo una generalización desde el primer momento: daba por sentado que se ocuparía de cualquier niño como si fuese suyo, con una frase casual revelaba el «supuesto profundamente plutocrático» de que «los niños nacen bajo el poder y la protección de una clase gobernante...». El significado de la frasecilla en cuestión queda de manifiesto si observamos que «quien dice que va a tratar a los hijos de los demás como si fuesen suyos es exactamente igual que quien dice que tratará a las mujeres de los demás como si fueran suyas». Y es que, a esos políticos que nos gobiernan y a esos funcionarios que les secundan, hay que recordarles y «enseñarles la existencia de la propiedad privada y sobre todo la existencia de la vida privada».

G. K. Chesterton. «El niño», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en All I Survey.

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viernes, 24 de febrero de 2006

Un «obstáculo en el camino de quienes pretenden escribir acerca de su infancia es la práctica, casi inconsciente, de borrar y tachar las líneas indecorosas, de retocar y colorear, de ensombrecer y falsear el cuadro. El pobre y desdichado autobiógrafo desea, como es lógico, que su personalidad resulte tan interesante para el lector como para él mismo».

William H. Hudson. Allá lejos y tiempo atrás (Far Away and Lond Ago, 1918). Barcelona: El Acantilado, 2004; 325 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96136-46-9.

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jueves, 23 de febrero de 2006

No es fácil, a veces, saber si algunos libros infantiles que muestran deficiencias educativas tienen como destinatarios a los niños. En general son ciertas dos cosas: que los niños no tienen la visión de conjunto que les permite dar a cada cosa su verdadero valor y eso les hace más frágiles, y que ser pequeño no es ser tonto y eso les hace comprender más de lo que parece. Dicho de otro modo: lo más importante no suelen ser los libros en sí mismos sino las condiciones personales del lector unidas a su concreto entorno familiar y social. Por eso, hablando desde lejos y en general, no es fácil juzgar sobre la conveniencia de que algunos relatos sean apropiados o no para niños: en ocasiones pueden presentarles situaciones que ellos no entienden y crearles problemas que no tienen, otras veces pueden darles luces que les ayuden a juzgarse mejor a sí mismos y a comprender mejor a los demás. De todas maneras, no está de más recordar que la misión educativa de cualquier ficción literaria es sólo indirecta.

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miércoles, 22 de febrero de 2006

Aunque suelo hablar de libros buenos, de vez en cuando es útil poner algún ejemplo de libro patético, sobre todo si, como es el caso, a principios de febrero lleva ya 87 semanas en una de las listas de libros más vendidos del The New York Times (la de libros infantiles editados en rústica). Se trata de S.O.S., Hoot es el título inglés original, de Carl Hiaasen, una historia caricaturesca-cursi-hollywoodiense que, al menos desde mi punto de vista, tiene muchos aspectos que dan verdadera grima.

El protagonista es Roy, un chico de doce años con un sentido de la ironía formidable; la chica con la que se alía es una futbolista que vence físicamente a cualquier chico (en el mercado norteamericano esto es básico y, bueno, ser hija de un antiguo jugador NBA también lo explica); hay un chico misterioso, empeñado en una «cruzada» personal en favor de la vida natural de Florida; los malos son un matón de clase y unos empresarios especuladores, todos ellos con menos luces que un barco pirata; los demás personajes (padres, profesores, policías, compañeros) se conmueven y se indignan cuando piensan en los pequeños búhos cuyos nidos se destruirán al construir una nueva «crepería»; hay momentos peliculeros como el de todos los chicos de la escuela cantando «this is your land» delante de las excavadoras...

El policía se siente abrumado por un pesar doloroso e inconsolable al pensar en el destino de los buhítos, se nos dice. A mí también me abruma (no hasta ese punto, ciertamente) que un libro así se promocione y venda tanto.

Carl Hiassen. S.O.S.: la odisea de los búhos (Hoot, 2003). Barcelona: Random House Mondadori, 2003; 282 pp.; col. Serie Infinita; trad. de Laura Rius Calahorra; ISBN: 84-8441-220-2.

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martes, 21 de febrero de 2006

Es difícil dar un aprobado literario a un libro para pequeños con un narrador-niño en primera persona: resulta problemático hacerlo creíble y, además, los autores suelen pasarse de graciosillos, de poéticos, de irónicos, de «colegas»... De todos modos, hay quienes, sin lograr la cuadratura del círculo que significaría resolver lo primero, sí saben evitar lo segundo. Es decir, ocupar su sitio y escribir una historia simpática, que atrae al lector pequeño y le transmite vocabulario e ideas y actitudes vitales positivas, y que rinde al lector adulto al provocarle un interior ¿por qué no?...

Es el caso de Pilar Lozano con Siete reporteros y un periódico: el narrador, doce años, funda un periódico escolar al que se apuntan como reporteros varios compañeros de clase; después de las incidencias de la puesta en marcha, el conserje les informa de un plan especulativo-urbanístico que hace peligrar el futuro del colegio. Con todo, e insistiendo en que el relato está bien, debo indicar tres cosas. Una, que me cansa que los malvados de las ficciones infantiles sean siempre los mismos. Otra, que no me creo que sean los niños quienes puedan resolver algo así, y que son multitud los argumentos en los que los niños acaban siendo los salvadores. Y una tercera, la más importante, que nunca tendrá mi simpatía un adulto (como el conserje) que se oculta y recurre a unos niños como punta de lanza de su denuncia..., y a quien se nos presenta como un tipo «legal».

Pilar Lozano. Siete reporteros y un periódico (2005). Madrid: SM, 2005; 137 pp.; col. El barco de vapor, serie naranja; ilust. de Juan Ramón Alonso; ISBN: 84-348-448-6.

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lunes, 20 de febrero de 2006

El premiado álbum australiano Gato y Pez es otro ejemplo de relato del que, como el mencionado días atrás Guyi Guyi, podemos creernos el mensaje sin creernos la historia. Gato y Pez se hacen amigos y ambos se enseñan mutuamente sus modos de vivir, incluso Pez puede subir a las montañas y Gato bajar al fondo del mar.

Sin embargo, a diferencia de Guyi Guyi, en este caso, para la inmensa mayoría de los lectores niños, ni los acentos poéticos del argumento ni las ilustraciones son atractivas, aunque estas sean unos excelentes dibujos que reproducen el estilo de los antiguos grabados y estén bien compuestas.

Me parece a mí que un álbum así no despierta entusiasmo entre los niños y que muy escasos adultos se plantearán comprarlo. Pero es que muchos de quienes editan, juzgan y premian no suelen hacerse algunas preguntas sencillas: ¿me interesa (en serio) para mi biblioteca?; ¿le interesaría a alguno de mis amigos?; si lo tuviera, ¿lamentaría su pérdida?

Neil Curtis. Gato y pez (Cat and Fish, 2003). Texto de Joan Grant. Barcelona: Albur, 2005; 40 pp.; col. Libros del zorro rojo; trad. de Luisa Borovsky; ISBN: 84-96509-06-0.

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domingo, 19 de febrero de 2006

«El arte medieval era deficiente en la aplicación de la perspectiva y la poesía siguió su ejemplo. Para Chaucer, la naturaleza es siempre primer plano; nunca representa un paisaje. Ni los poetas ni los artistas sentían demasiado interés por el ilusionismo estricto de épocas posteriores. El tamaño relativo de los objetos en las artes visuales estaba determinado más por el interés con que el artista deseaba recalcarlos que por sus tamaños en el mundo real o por la distancia. El artista medieval nos muestra cualquier detalle que quiera hacernos ver tanto si es visible como si no».

En ese modo incoherente de usar la escala tiene un gran papel que la imaginación medieval no es «una imaginación transformadora como la de Wordsworth o penetrante como la de Shakespeare. Es una imaginación aprehensiva. Macaulay observó en Dante el carácter extraordinariamente factual de las descripciones, que tiene por objeto garantizar —sea cual fuere el costo en dignidad— que vemos exactamente lo que él vio. Ahora bien, esa característica de Dante es típicamente medieval. Hasta llegar a tiempos bastante modernos ninguna época ha superado a la Edad Media en la presentación transparente de los detalles, en el uso del “primer plano”. (...) En la actualidad ese tipo de vivacidad forma parte del bagaje de cualquier novelista; constituye un procedimiento de nuestra retórica que muchas veces se usa con tal exceso, que, más que revelar la acción, la oculta. Pero los medievales no tenían modelos en quien imitarlo y había de pasar mucho tiempo hasta que tuviesen muchos sucesores».

C. S. Lewis. La imagen del mundo - Introduccion a la literatura medieval y renacentista (The Discarded Image, 1964). Barcelona: Península, 1997; 179 pp.; trad. de Carlos Manzano de Frutos; ISBN: 84-8307-066-9.

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sábado, 18 de febrero de 2006

Robert Hughes: «Un Rodin en un estacionamiento sigue siendo un Rodin mal colocado» pero si unos ladrillos expuestos en un museo los dejamos en el mismo estacionamiento simplemente no son más que un montón de ladrillos.

Robert Hughes. El impacto de lo nuevo.

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viernes, 17 de febrero de 2006

A ciertos aspectos del trabajo artístico se les pueden aplicar las consideraciones que una maga experta explica cuando, en relación con sus habilidades, dice que lo primero que aprende cualquier nuevo mago es «Límites». Aplicarlos, afirma, «es lo que me lleva tanto tiempo cuando tejo los hechizos. Hay que limitar el efecto de cada uno. Si uno llama a la lluvia, debe especificar una cierta cantidad para no inundar la región. Si uno hace un hechizo de destrucción para alguien o algo, tiene que poner un Límite para que esa destrucción no termine en una catástrofe generalizada que barra todo a su alrededor, incluyendo la casa y los bienes del Mago. La magia es muy pródiga en sus efectos. Los Límites son lo primero que se enseña a un nuevo mago».

Barbara Hambly. Vencer al dragón (Dragonsbane, 1985). Barcelona: Ediciones B, 1990; 328 pp.; col. Nova Fantasía; trad. de Margara Auberbach; ISBN: 84-406-1267-2.

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jueves, 16 de febrero de 2006

El enigma Vermeer
es un relato que cuenta con unas sobresalientes ilustraciones góticas de Brett Helquist, pero que resulta fallido. Es una pena porque podría ser bueno: la escritora construye una trama que interesa y esboza unos personajes algo diferentes a los habituales..., pero la historia necesitaría o más sencillez, o más elaboración y desarrollo para funcionar sin que chirríen los engranajes.

Los problemas son varios: el relato es un puzzle complejo pero que abusa de las misteriosas coincidencias; los personajes no dan de sí lo que prometen y, aunque sean muy listos, al final resultan planos; se repite una y otra vez el recurso de que Calder, el chico, saque una pieza de su juego de pentóminos del bolsillo y eso le sugiera una palabra..., algo que, a la postre, también es superfluo. Pero, sobre todo, está el hecho de que guardarse al malvado para el final y, entonces, volver atrás para explicarlo todo es lo peor que le puede pasar a una novela policiaca (como bien explica Chesterton en sus ensayos sobre la cuestión, algunos recientemente publicados en Correr tras el propio sombrero).

Blue Balliett. El enigma Vermeer (Chasing Vermeer, 2004). Barcelona: Salamandra, 2005; 190 pp.; ilust. de Brett Helquist; trad. de Raquel Vázquez Ramil; ISBN 84-7888-978-7.
G. K. Chesterton. «En defensa de las unidades dramáticas», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en Fancies versus Fads.

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miércoles, 15 de febrero de 2006

Al menos en su origen, entre las series de aventuras fantásticas las hay netamente infantiles y otras claramente juveniles. Las primeras vienen a ser como películas de dibujos animados, algo que no importa mucho con tal de que todo esté bien escrito y más o menos bien resuelto. En las segundas es donde se aprecia más la factura que pasa la prisa: abundan las faltas de rigor y las simplificaciones abusivas, la estructura narrativa es poco sólida, con frecuencia se afirman estupideces con aires solemnes, en algunos casos también se recurre al tironcillo erótico.

Se aprecia que hay autores sin la necesaria preparación —literaria, intelectual y vital—, para dar solidez a los mundos interiores de sus personajes, o para que las consideraciones morales propias de situaciones extremas tengan un mínimo de coherencia.

Se ve que se intenta dejar claro que los héroes se juegan cosas importantes. Eso da solemnidad al lenguaje y conduce a los escritores a convertir los relatos en libros de autoayuda untuosa. Así, abundan los mensajes tipo «déjate guiar por el corazón», «debes encontrar el camino invisible», etc. (Aquí resuena El principito: «lo esencial es invisible a los ojos»... Pero se ve que no hay claridad mental en quien lo dice y en quien lo escribe. Yo al menos recuerdo muchas veces aquello del tipo que decía «no sé qué quiero decir pero quiero decirlo pese a todo».)

Es patente la búsqueda de la conexión con los éxitos del momento o, si se quiere, con todo ese público que ha consumido antes triunfos novelísticos como El nombre de la rosa, Los pilares de la tierra, El código Da Vinci... Así, abundan las sociedades secretas, los enigmas ocultos, los enemigos fantoches, etc.

En fin, no es extraño que algunos lectores jóvenes se sientan insultados y reaccionen con desprecio cuando alguien va y les regala un libro de estos y les dice que son literatura juvenil.

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martes, 14 de febrero de 2006

En Calvin y Hobbes:

Hobbes dice: —¿No se supone que deberías estar haciendo los deberes?
Calvin contesta: —No pienso hacerlos. Los deberes son malos para mi amor propio.
Hobbes se sorprende: —¿Ah, sí?
Y Calvin responde: —¡Claro! ¡Hacen que me dé cuenta que no sé muchas cosas! ¡Tanto énfasis en las respuestas correctas hace que me sienta mal cuando me equivoco!
Luego continúa: —Así que, en vez de intentar aprender, prefiero aceptarme tal como soy.
Hobbes se asombra: —¿Tu amor propio se refuerza siendo un ignorante?
Calvin matiza: —¡Por favor! ¡Se dice —informativamente reducido»!

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lunes, 13 de febrero de 2006

Guyi Guyi,
un cocodrilito educado en una familia de patos, decide no traicionar a sus amigos de infancia cuando sus malvados colegas intentan convencerle de que lo haga.

Álbum de un ilustrador taiwanés realizado con técnicas mixtas y formalmente bien compuesto. Es atractivo visualmente por sus tonos suaves y porque sus personajes resultan simpáticos.

En relación al argumento se puede comentar cómo, a veces, las historias con animales humanizados pueden tener un efecto contraproducente: quien crea (y en el caso de un cocodrilo sepa con certeza) que de ciertos animales mejor es mantenerse lejos, pensará que la historia es ridícula. Eso sí, podemos creernos el mensaje sin creernos la historia, como decía Chesterton que a veces hay que hacer.

Chih-Yuan Chen. Guyi Guyi (2003). Barcelona: Thule, 2005; pp.; trad. de Aloe Azid; ISBN: 84-96473-13-9.

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domingo, 12 de febrero de 2006

Boris Cyrulnik: 
«La narración cultural de la culpa añadía sufrimiento a los sufrimientos, pero producía esperanza debido a la existencia de una redención posible y al significado moral de esa redención. La cultura aliviaba lo que ella misma había provocado. Por el contrario, en las culturas donde los progresos técnicos sólo conceden la palabra a los distintos expertos, los individuos han dejado de ser la causa de sus sufrimientos y de sus acciones de reparación. ¡El experto es quien debe actuar, y si sufro es por su culpa! Será que no han hecho bien su trabajo. La cultura del pecado ofrecía una reparación posible a través de una expiación dolorosa, mientras que la cultura tecnológica exige que sea otro el que proceda a la reparación. Nuestros progresos nos han hecho pasar de la cultura de la culpa a la cultura del prejuicio».

Boris Cyrulnik. Los patitos feos.

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sábado, 11 de febrero de 2006

C. S. Lewis: «En Hamlet se rompe una rama y Ofelia perece. ¿Ocurre el suceso porque se rompe la rama o porque Shakespeare quiere que Ofelia muera en este momento de la obra? Elijan lo que más les guste, o los dos. La alternativa sugerida por la pregunta no es, en absoluto, una alternativa real una vez que comprendemos que Shakespeare es el autor de la obra entera».

C. S. Lewis. «Las leyes de la naturaleza» (1945), en Dios en el banquillo.

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viernes, 10 de febrero de 2006

Existen relatos que muestran actitudes adultas hacia los chicos, como es el caso de El día de la independencia, de Richard Ford, donde un adulto no se aclara acerca de cómo puede ayudar a su hijo y, curiosamente, ni se plantea que quizá debería cambiar él. Y existen relatos que señalan la percepción del niño, con frecuencia exagerando un tanto su capacidad de análisis, como es el caso de Teddy, de J. D. Salinger, un chico que se da cuenta de que por parte de sus padres no hay rectitud ni afecto verdadero.

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jueves, 9 de febrero de 2006

Una de las grandes aventuras de siempre, hoy algo menospreciada por su característico tufillo decimonónico- imperialista, es Las cuatro plumas, de A. E. W. Mason. Pero es extraordinaria y, por supuesto, no mejora si se procura que los buenos sean menos buenos y los malos no tan malos, como han intentado en una última película con ese argumento.

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miércoles, 8 de febrero de 2006

Algunas condiciones formales de la confección de muchas aventuras fantásticas de hoy son:

—Sentido narrativo. Se trata de darle a la trama una estructura que se apoya en personajes con gancho, y luego llevar a buen paso al lector y no perderlo, no dejarle pensar mucho pero a la vez ser claro.

—Alarde imaginativo. El reto es inventarse paisajes y seres singulares, y describirlos luego hasta en sus más mínimos detalles. Es como si los autores quisieran demostrar que son capaces de hacer más o menos creíbles los seres y lugares más asombrosos. Eso sí, como no hay forma de mantener esto, llega un momento en que sólo se puede recurrir al adjetivo más común: era un paisaje bellísimo, por ejemplo, y que cada uno imagine lo que pueda.

—Sentimientos en conflicto. Con frecuencia son confusos y los choques no están bien resueltos, aunque cualquiera reconozca que no hay experiencia que sirva para orientarse en medio de continuas situaciones-límite tan extravagantes.

—Construcción cinematográfica. Es necesario conectar con el lector joven (y no perder de vista la futura posible película). Han de abundar los diálogos rápidos y las descripciones visuales. Debe haber peleas espectaculares donde sucederán cosas imposibles que ya los efectos especiales nos mostrarán en toda su riqueza. No han de faltar episodios con el clásico suspense de saber si los héroes llegarán o no a tiempo... (Por eso, entre los escritores de libros infantiles hay cada vez más que son o que fueron guionistas de series de televisión.)

—Extensión. Escribir con prisa significa no tener tiempo para podar y pulir, y eso implica longitud. Las cosas se pueden ver de otro modo también: algunas tareas son una innecesaria pérdida de tiempo cuando uno no aspira a pasar a la historia de la literatura y esta es su ocupación porque de alguna forma hay que ganarse la vida.

—Secuelas. Esto es como una maldición. Autores que podrían escribir buenas novelas se ven atrapados por la espiral en la que han entrado: cumplir plazos o el deseo de triunfar y ganar dinero. Libros que podrían ser buenos están mal terminados y además la historia sigue y sigue, contando con que muchos lectores no leen libros sino personajes.

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martes, 7 de febrero de 2006

Cuelgo hoy una reseña sobre Calvin y Hobbes, unos personajes creados por Bill Watterson, que me parecen deslumbrantes.

Y aquí va un chiste más de Calvin:

Viñeta 1, Calvin dice: —Estoy pensando crear mi propio programa de radio.
Viñeta 2, Calvin sigue: —Emitiré opiniones simplistas durante horas, ridiculizaré al que discrepe conmigo, potenciaré la división, el cinismo y un bajo nivel de diálogo con el público.
Viñeta 3, Hobbes se admira: —Diría que has nacido para ese trabajo.
Viñeta 4, Calvin replica: —¡Imagínate! ¡Te pagan por actuar como un niño de seis años!

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lunes, 6 de febrero de 2006

Por fin se ha editado en España la versión en álbum de Jörg Müller de El soldadito de plomo, cuya edición alemana había mencionado tiempo atrás. Es un ejemplo de álbum intenso y poderoso, que rompe las barreras de edad en las que a veces se intentan confinar a los álbumes, pues sus principales destinatarios son jóvenes y adultos.

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domingo, 5 de febrero de 2006

Cuando se le pidió a Albert von Szent Gyorgyi (1893-1990), premio Nobel húngaro-estadounidense que revolucionó la Fisiología, que explicara sus logros, dijo que el mérito era de su maestro, un oscuro profesor de una universidad de provincias de Hungría. «Cuando me doctoré», dijo Gyorgyi, «propuse estudiar la flatulencia, no se sabía nada de ella y aún sigue sin saberse nada». «Muy interesante», dijo el profesor, «pero nadie ha muerto nunca de flatulencia. Si usted consigue resultados -y es un “si” importante- es mejor que los consiga en algo que represente una diferencia». «Por eso», añadió Gyorgyi, «me dediqué al estudio de la química corporal básica y descubrí las enzimas». Y sigue Drucker: «Cada uno de los proyectos de investigación de Szent Gyorgyi fue un pequeño paso, pero desde el principio apuntaba alto: descubrir la química básica del cuerpo humano».

Peter F. Drucker. «El saber: su economía, su productividad», en La sociedad poscapitalista.

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sábado, 4 de febrero de 2006

W. H. Auden: «¿Qué significa en el fondo el éxito literario? Verse condenado por personas que no han leído las obras que uno haya escrito, verse imitado por personas que carecen de talento. Sólo hay dos clases de gloria literaria que vale la pena conquistar, aunque el escritor que conquiste cualquiera de las dos no lo sabrá. Una consiste en haber sido el escritor, tal vez un escritor menor, en cuya obra un gran maestro halla, generaciones más tarde, una clave esencial para la resolución de un determinado problema; la otra consiste en convertirse para todos en ejemplo de una vida dedicada, “ser invocado en secreto, retratado, colocado por mano de un extraño en el santuario más secreto de sus pensamientos, de modo que le sirva de testigo, juez, padre y reverenciado mentor”».

W. H. Auden. Prólogos y epílogos (Forewords and Afterwords). Barcelona: Península, 2003; 237 pp.; col. Ficciones; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-8307-558-X. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 3 de febrero de 2006

Las tensiones interiores de Daniel el Mochuelo, el protagonista de El camino, de Miguel Delibes, como las dudas que a veces tienen Scout y Jem Finch sobre su padre en Matar un ruiseñor, Harper Lee, subrayan que la calidad de cualquier educación no se mide por hacerlo bien a juicio de uno mismo, sino también según el juicio de los hijos, el actual y el futuro.

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jueves, 2 de febrero de 2006

Tropas del espacio,
de Robert Anson Heinlein, no fue publicada en su momento como literatura juvenil: a sus editores les pareció demasiado violenta. En realidad, el problema es otro: cuando se lleva hasta el extremo la idea de que la propia libertad lo es todo, y esa es la idea nuclear de lo que Heinlein venía defendiendo en sus vendidísimas novelas anteriores, la violencia sólo es un medio necesario al que se puede y se debe recurrir cuando esa libertad parece estar en peligro.

Uno de los instructores del soldado de infantería protagonista defiende sin rubor que la doctrina de que la violencia jamás resuelve nada es históricamente falsa e inmoral, y dice: «La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvidan esta verdad básica siempre ha pagado por ello con su vida y su libertad». No vamos a discutirlo aquí pero sin duda la viejísima ley del más fuerte es una realidad básica y salvaje que se aplica en guerras lejanas y en leyes muy cercanas.

Robert A. Heinlein. Tropas del espacio (Starship Troopers, 1959). Barcelona: Orbis, 1986; 242 pp.; col. Biblioteca de Ciencia Ficción; trad. de Amparo García Burgos; ISBN: 84-7634-036-2.

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miércoles, 1 de febrero de 2006

Aunque Diana Wynne Jones me parece la mejor escritora actual de fantasía no me ha convencido con su libro más reciente, La conspiración de Merlín. Está bien escrita y bien armada pero está pasada de vueltas —argumento enrevesado, muchos personajes, demasiadas idas y venidas entre mundos alternativos, etc.—, como comprobará quien haya leído su excelente serie de Los mundos de Chrestomanci. En cualquier caso, tanto este libro de Diana Wynne Jones, como el de Walter Moers mencionado ayer o el de Susanna Clarke de días atrás, son útiles para notar la diferencia que hay entre buenos escritores y escritores apresurados; entre ficciones que intentan contar bien una historia sin más y otras que intentan darte lecciones.

Diana Wynne Jones. La conspiración del Merlín (The Merlin Conspiracy, 2005). Barcelona: Roca Editorial, 2005; 411 pp.; trad. de Camila Batlles; ISBN: 84-96284-57-3.

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