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Notas de febrero de 2008 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 29 de febrero de 2008

Wayne Booth: «He oído decir que las dos preguntas que normalmente hace cualquier tutor de Oxford son: “¿Qué quiere usted decir?” y “¿Cómo lo sabe?” Dudo que sea cierto —ninguna universidad puede ser tan buena—...».

Wayne C. Booth. Retórica de la ironía (A Rethoric of Irony, 1974). Madrid: Taurus, 1989, 2ª ed.; 368 pp.; col. Persiles; trad. de Jesús Fernández Zulaica y Aurelio Martínez Benito; ISBN: 84-306-2160-1.

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jueves, 28 de febrero de 2008

El otro día
mencioné a Robert Cormier, un autor singular de algunas novelas sobre personajes jóvenes solitarios frente al mundo, duras e incómodas pero valiosas y sugerentes.

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miércoles, 27 de febrero de 2008

Nueva edición de Cuando Hitler robó el conejo rosa, de Judith Kerr, una excelente historia situada en  los años de ascenso del nazismo, que presenta el mundo interior de la pequeña protagonista de modo convincente.

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martes, 26 de febrero de 2008

Cuelgo información sobre Shel Silverstein, un autor de poemas chispeantes y difíciles de traducir. Para los interesados, aquí hay más información.

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lunes, 25 de febrero de 2008

Un álbum español magnífico que plantea una especie de adivinanza que se va intentando responder en páginas desplegables: El regalo, de Gabriela Keselman y Pep Montserrat. El argumento vuelve al tema frecuentísimo de las necesidades afectivas del niño y lo trata con talento y simpatía. Además, acierta de lleno con el título, un interrogante sencillo donde los haya.

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domingo, 24 de febrero de 2008

Andréi Tarkovski:
«Lo que el cineasta puede proporcionar a los espectadores es tiempo. Tiempo perdido, o tiempo ya consumido, o tiempo aún no vivido; en todo caso tiempo. Vamos al cine para adquirir experiencia vital, para recuperar el tiempo que nos falta, para completar la experiencia que no tenemos. El vacío espiritual que se forma a consecuencia de las condiciones de vida específicamente modernas: constante actividad, reducción de los contactos humanos, la tendencia materialista de la educación moderna, etc., son carencias de las que podemos redimirnos yendo al cine». Aunque no a todo, ni a la mayoría, claro está.

Rafael Llano. En el volumen I de Andréi Tarkovski: vida y obra (2002). Valencia: Generalitat Valenciana-Consellería de Cultura i Educació - Ediciones de la Filmoteca, 2003; 823 pp.; prólogo de Víctor Erice; ISBN: 84-482-3295-X.

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sábado, 23 de febrero de 2008

Con motivo de la publicación en España de Harry Potter y las reliquias de la muerte, de J. K. Rowling, en Aceprensa aparece de nuevo la reseña que preparé meses atrás.

Junto con ella va un artículo titulado El papel educativo de los relatos infantiles que tuvo su origen en un comentario quejoso que oí hace pocos meses, que habla de cómo la inclinación a ver todas las cosas desde un punto de vista educativo a veces nubla la capacidad de juzgar con acierto los libros infantiles y juveniles, y que tendrá un desarrollo más extenso en el futuro.

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viernes, 22 de febrero de 2008

Un relato jugoso contenido en La piel de los tomates es El artista. Su protagonista es Rufino, el propietario de un taller mecánico, a quien el maestro del pueblo le habla de una visita al Museo de Arte Moderno en la que vio una equis o cruz de San Andrés de hierro, como las que él había tenido años en la puerta de la fragua. Cuando le sugiere que a lo mejor era suya o una copia de la suya, Rufino le dice que no, «que él había visto en la televisión, desde luego, formas de hierro que decían que eran esculturas, pero un cuñado suyo, que estaba en Madrid de camarero y leía periódicos y revistas, le había advertido que era que había que entender, y que las cosas podían ser lo que no parecían, y no ser lo que parecían, y que una escultura que a él, Rufino, le parecía una barra podía ser mejor que una estatua de las de antes, porque estaba hecha por un artista y era artística, pero que si la barra la hacía él, Rufino, se quedaba en barra a secas porque él no era artista. Y a él, Rufino, le parecían pamplinas esas razones, y le daba igual que la barra fuera escultura o la escultura barra, y allá se las compusiesen los listos como su cuñado de Madrid y los que le habían aleccionado»...

José Jiménez Lozano. La piel de los tomates (2007). Madrid: Encuentro, 2007; 254 pp.; col. Literatura; ISBN: 978-84-7490-858-9.

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jueves, 21 de febrero de 2008

Inventando a Elliot
es un relato colegial firmado por Graham Gardner, con aires de thriller psicológico como La guerra del chocolate (o Subversión en la escuela, en otra edición anterior) de Robert Cormier, pero que no tiene ni su categoría literaria ni su intensidad emocional. También queda lejos de la potencia de Nuestro frustrado héroe, de Mun Yol-Yi, pero hace pensar algo en cómo los chicos necesitan referencias de autoridad verdadera en sus profesores y en sus padres, alguien que defienda la libertad de los más débiles y les facilite afianzar su personalidad.

Elliot, de catorce años, está en una situación familiar difícil y ha sufrido abusos y burlas en los colegios por los que ha pasado. Al llegar a una nueva escuela toda su obsesión es pasar inadvertido. Por cobardía calla cuando un chico es maltratado en su presencia y luego encubre lo sucedido. Más tarde, para su sorpresa, es elegido para formar parte de una especie de sociedad secreta llamada Los Guardianes que atemorizan y controlan a todos los chicos del colegio. Y, por temor, accede.

Se presentan bien el mundo interior confuso y la inseguridad del protagonista; sus dificultades familiares y  los patéticos esfuerzos de su madre y de una profesora para intentar ayudarle; el modo tímido en que se relaciona con un compañero y con una chica de la que se enamora. Sin embargo, el comienzo es muy efectista; en ocasiones se usan expresiones más propias de una novela de acción que de un relato así; el recurso a la novela 1984 de Orwell para explicar las tácticas de control de los Guardianes, y su mismo comportamiento, está sobrecargado y no resulta verosímil.

Graham Gardner. Inventando a Elliot (Inventing Elliot, 2003). Barcelona: Belacqua, 2007; 180 pp.; trad. de Santiago Ochoa; ISBN: 978-84-96694-63-7.

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miércoles, 20 de febrero de 2008

«Según constancia escrita en las literaturas de casi todas las épocas y casi todos los países, los animales y las cosas inanimadas hablan», dice un cuento de Pere Calders de los recogidos en Todo se aprovecha. Y, en otro de Ruleta rusa y otros cuentos, se afirma del mismo modo persuasivo que «las máquinas son como animalitos, y quien las trata asiduamente les toma mucho cariño». Véase también Pere Calders, maestro del cuento y la ironía, donde a su vez se remite a otros comentarios.

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martes, 19 de febrero de 2008

Christian Bobin:
 «Los niños de corta edad acaparan todas las fuerzas de los que se ocupan de ellos y, en una milésima de segundo, por la gracia de una palabra o de una sonrisa, dan infinitamente más de todo lo que habían acaparado».

Christian Bobin. Autorretrato con radiador (Autoportrait au radiateur, 1997). Madrid: Árdora, 2006; 144 pp.; trad. de José Areán; ISBN: 84-88020-22-8.

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lunes, 18 de febrero de 2008

Semanas atrás hablé de cómo algunos álbumes juegan hábilmente con el paso de página para enganchar la curiosidad del lector. Algo parecido, que puede ser más espectacular incluso, sucede cuando a lo que nos muestra la página derecha se responde desplegándola y no pasándola. Es el caso de los álbumes de Josse Goffin, ¡Oh! y ¡Ah!, que acaban de volver al mercado español.

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domingo, 17 de febrero de 2008

Adam Zagajewski: «Lo que esperamos de la poesía no es el sarcasmo, la ironía, la distancia crítica, la sabia dialéctica ni el chiste inteligente (aunque todas estas virtudes de la mente cumplen su papel a la perfección siempre que se hallen en su sitio, en un tratado lleno de erudición, un ensayo o un artículo publicado en un periódico de oposición), sino la visión, el fuego y la llama que acompaña los descubrimientos espirituales. En otros términos, lo que esperamos de la poesía es la poesía».

Adam Zagajewski. «Observaciones acerca del estilo sublime», En defensa del fervor (Obrona żarliwości, 2002). Barcelona: Acantilado, 2005; 215 pp.; trad. de J. Sławomirski y Anna Rubió; ISBN: 84-96489-15-9.

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sábado, 16 de febrero de 2008

Diario de un escritor,
de Dostoievski, es una miscelánea de relatos cortos, ensayos, crónicas judiciales, necrológicas, estampas de costumbres, etc. Dan idea del talento literario del autor, de su penetración psicológica fuera de lo común, de su voluntad de comprender y analizar hasta el fondo los asuntos, de sus prejuicios pero también de su honradez intelectual y su amplitud de miras. En la edición de Alba, que contiene una introducción clarificadora, hay una selección de relatos cortos —La mansa, Bobok, etc.—; de textos que inciden sobre cuestiones que le preocupaban mucho, como los malos tratos a los niños, la educación, los suicidios; y de comentarios literarios sobre Tolstoi, Pushkin o Don Quijote. Y dos escenas imprescindibles para comprender a Dostoievski como son El mújik Marei, el relato de un incidente que le ocurrió siendo niño, y Una conversación con un conocido de Moscú, a propósito de la importancia decisiva que acaban teniendo los recuerdos que adquirimos en la infancia.

F. Dostoievski. Diario de un escritor (Dnevnik pisatelia, 1873-1880). Barcelona: Alba, 2007; 630 pp.; col. Alba Maior; trad., selección, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 978-84-8428-354-6.

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viernes, 15 de febrero de 2008

En La piel de los tomates hay veintisiete relatos cortos de José Jiménez Lozano que retratan bien los tiempos en que vivimos. Doloridos unos, irónicos otros, es patente la intención del autor de tomar partido por los más débiles sin componendas políticamente correctas —y los duros relatos que se refieren al aborto lo demuestran—, y de reírse un poco de la palabrería sin sustancia que nos envuelve. Por ejemplo, en La nariz griega, un empresario fabricante de churros venido a más, en una conversación de café, va y dice «que a él le parecía muy bien que fuera delito llamar negro a un negro, viejo a un viejo y gitano a un gitano, porque bastante desgracia tenían en ser todo eso, pero que había más casos y él quería denunciarlos». Y actúa en consecuencia intentando reivindicar un uso digno para la palabra «churro».

José Jiménez Lozano. La nariz griega, en La piel de los tomates (2007). Madrid: Encuentro, 2007; 254 pp.; col. Literatura; ISBN: 978-84-7490-858-9.

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jueves, 14 de febrero de 2008

El hombre que era Jueves,
(me suena mejor «que fue Jueves» quizá por acostumbramiento a ediciones anteriores), una extraña novela policiaca en la que al final no hay ni delincuente ni delito, suele catalogarse como la novela más famosa de Chesterton.

Sin duda, motivos hay: por un lado abundan en ella las frases para esculpir y tiene muchas escenas logradísimas —la persecución del anciano profesor De Worms a Gabriel Syme, por ejemplo—; por otro, podemos dar la razón al mexicano Alfonso Reyes cuando en un prólogo que le puso la califica de novela policiaca-metafísica del universo y la encuadra también en un «género típico de la lengua inglesa; la aventura enigmática, la aventura donde el sentimiento ha de vibrar; pero donde la razón ha de dar de sí continuos recursos...».

A la vez también es cierto que a ella se le puede aplicar lo que el mismo autor decía en el capítulo catorce de su autobiografía cuando enjuiciaba su trabajo como novelista y afirmaba que había echado a perder buen número de ideas excelentes. Y es que si una buena idea puede dar lugar a un buen relato corto, no sucede lo mismo con una novela más larga que, sobre todo, ha de tener personajes reales y vida real. El hombre que era Jueves es un disfrute intelectual continuo pero no se puede acudir a ella igual que a una novela de Tolstoi.

El protagonista es un poeta detective de nombre Gabriel Syme que se introduce en un círculo anarquista formado por siete hombres y presidido por el extraño Domingo. En él cada miembro tiene como nombre clave un día de la semana y a Syme le asignan el de Jueves. Poco a poco descubre que todos los demás son policías infiltrados como él, que también han sido reclutados por un hombre misterioso, y que todos desean averiguar quién es en realidad Domingo. En busca de la respuesta final, la novela va de revelación en revelación: de quién es quién, de cuáles son los motivos de queja de cada uno, e incluso, al final, el motivo por el que han recibido un nombre de la semana y no otro.

Chesterton busca que veamos la vida como una novela policiaca en la que no hay misterio más misterioso que la misma Creación en la que vivimos. Desea también que descubramos la belleza de todo lo viviente, algo que Syme percibe con toda su intensidad justo cuando está combatiendo en un duelo. También le interesa centrar al lector en el núcleo del problema y, para eso, del mismo modo que Dios da una respuesta elusiva sobre sí mismo a Job y a sus amigos, pondrá en boca de Domingo una respuesta igual de desafiante: «Podrán ustedes comprender el mar y yo seguiré siendo un enigma; sabrán qué son las estrellas y no sabrán qué soy yo. Desde el comienzo del mundo todos los hombres me han perseguido como a un lobo: reyes y sabios, poetas y legisladores, todas las iglesias y todos los filósofos». Al final, tanto Syme como sus compañeros reconocerán que todo el secreto del mundo está en que sólo conocemos su espalda, en que «lo vemos todo por detrás y todo parece brutal».

Quien haya leído a Chesterton antes reconocerá ideas recurrentes de sus otros libros en los sucesivos diálogos. Una que se formula con particular brillantez aquí está en boca del inspector Ratcliffe: «los pobres han sido rebeldes, pero nunca han sido anarquistas: tienen más interés que nadie en que haya algún tipo de gobierno decente. El hombre pobre se juega mucho en su país; el rico no, puede irse a Nueva Guinea en un yate. Los pobres, a veces, han objetado a ser mal gobernados; los ricos siempre han objetado a ser gobernados de cualquier manera. Los aristócratas siempre han sido anarquistas, como se puede ver por las guerras feudales».

G. K. Chesterton. El hombre que era Jueves: una pesadilla (The Man Who Was Thursday, 1908). Madrid: Alianza, 2007; 202 pp.; col. Biblioteca juvenil; trad. de Alicia Bleiberg Muñiz; ISBN (10): 84-206-6676-9. Otra edición, titulada El hombre que fue Jueves: una pesadilla, en Sevilla: Espuela de Plata, 2010; 248 pp.; col. Clásicos y modernos; ISBN: 978-84-96956-93-3.

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miércoles, 13 de febrero de 2008

Mimus
,
de la alemana Lilli Thal, es un relato que podría compararse con Carta al Rey de Tonke Dragt por los escenarios y su presentación de una Edad Media especial pero no fantasiosa. La diferencia es que no tiene sus aires ingenuos ni su acción propia de aventura clásica, pues su autora opta por acentuar la intensidad de los conflictos interiores del protagonista.

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martes, 12 de febrero de 2008

Una escritora en el origen de las novelas de fantasía infantiles modernas y, por tanto, citada ya muchas veces: Edit Nesbit.

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lunes, 11 de febrero de 2008

El argumento de La merienda del señor Verde, de Javier Sáez Castán, cuenta cómo el señor Verde manda llamar a seis personajes, cada uno un color, para resolver un misterio juntos; y el relato se completa con unas aclaraciones bromistas explicativas, verdaderamente graciosas. Es un álbum de filiación surrealista en las ilustraciones, y posmoderno tanto por el hecho de que el autor convierte sus propios materiales de trabajo en el contenido de su obra, como por los textos autoreferenciales del final. Como historia, del mismo autor me gusta más Los tres erizos, otro álbum donde también asoma la metaficción en la escena conclusiva.

Javier Sáez Castán. La merienda del señor Verde (2007). Barcelona: Ekaré, 2007; 36 pp.; ISBN: 84-934863-5-3. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 10 de febrero de 2008

Última batería de aforismos de Gómez Dávila, resistiendo la tentación de poner en negrita los más apropiados para el espectáculo de los políticos en campaña electoral.

—«No hablo de Dios para convertir a nadie, sino porque es el único tema del cual valga la pena hablar».

—«El que se empeña en refutar argumentos imbéciles acaba haciéndolo con razones estúpidas».

—«Inútil explicarle una idea al que no le basta una alusión».

—«Cuando entendemos lo que entendieron los que parecen entender, quedamos estupefactos».

—«Entender suele consistir en entender que no habíamos entendido lo que habíamos creído entender».

—«Los prejuicios de otras épocas nos son incomprensibles cuando los nuestros nos ciegan».

—«Increíble que los honores enorgullezcan a quienes saben con quiénes los comparten».

—«El político tal vez no sea capaz de pensar cualquier estupidez, pero siempre es capaz de decirla».

Nicolás Gómez Dávila. Escolios escogidos. Sevilla: Los Papeles del Sitio, 2007; 205 pp.; edición y prólogo de Juan Arana; ISBN: 84-935892-1-7.

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sábado, 9 de febrero de 2008

Entre 1905 y 1936 Chesterton escribió 1535 artículos para el The Illustrated London News. Algunos fueron agrupados y publicados en libros ya durante su vida y otros fueron publicados póstumamente. Los 40 reunidos en El color de España y otros ensayos se corresponden a columnas que firmó entre 1920 a 1928 y fueron reunidos en un libro el año 1955 con el título The Glass Walking-Stick, El bastón de plata, uno de los ensayos.

Esta edición en español no indica ni los títulos originales ni las fechas en que fueron publicados los artículos, ni si su orden es el mismo de la edición primera. Todo parece indicar que no pues los cinco primeros artículos son, justamente, los dedicados a las cosas que Chesterton vio en su viaje a España. De ellos se puede decir que, aunque no son los mejores pues Chesterton alcanza su máximo nivel cuando habla del mundo inglés que domina por completo, contienen inteligentes observaciones. Por ejemplo, cuando en El color de España habla de lo apropiada que resulta la mezcla entre misterios religiosos y diversiones, algo chocante para quienes «no creen en los misterios religiosos» pues, dice, «los escépticos son muy sensibles en lo que respecta a la veneración». Los demás tratan sobre muchos temas y, aunque primariamente se refieren a personajes históricos ingleses, a la Edad Media, a distintos autores y obras literarias, a virtudes y defectos franceses, etc., en cualquiera pueden aparecer consideraciones jugosas de distinta clase.

En una primera lectura yo declararía excelentes los tres titulados La edad de la razón, dedicados al análisis del siglo XVIII; La vida interior, donde analiza Robinson Crusoe y habla, con mucho acierto, de que «leemos una buena novela no para conocer a más personas sino para conocer a menos»...; San Jorge e Inglaterra, donde compara el culto a los santos y el culto a los héroes; Los derechos del ritual, acerca de las ceremonias fúnebres donde habla de cómo «el viejo santo cristiano invitaba a los hombres a mostrarse tristes, pero no como hombres desesperados», mientras «el nuevo sabio pagano invita a los hombres a mostrarse alegres como hombres desesperados»; El espíritu nacional de la Inglaterra de Chaucer y Dickens, perdido ahora cuando la libertad está extraviada en «un laberinto de prohibiciones»; Sobre el ensayo, donde después de declarar que probablemente no hay «un solo hombre vivo que admire a Stevenson más que yo», critica el uso que se hace de una de sus frases, la de «viajar con esperanza es mejor que llegar»: «ningún hombre viajaría con esperanza si creyera que la meta será desilusionante en comparación con el viaje. Se puede sostener que eso hace al viaje tanto más agradable, pero en ese caso no se puede decir que inspire alguna esperanza, pues se supone que el viajero pone su esperanza en el término del viaje y no sólo en su continuación». Pero cuando lea de nuevo el libro pensaré que son mejores otros.

G. K. Chesterton. El color de España y otros ensayos (The Glass Walking-Stick, 1955). Sevilla: Espuela de Plata, 2007; 294 pp.; trad. de Luis Echávarri y Victoria León; prólogo de Arthur Bryant; ISBN: 978-84-96956-01-8.

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viernes, 8 de febrero de 2008


En el m
onográfico dedicado a Literatura y Religión de la revista Hipertexto Online Journal, acabo de publicar un largo artículo titulado Dios y lo religioso en los relatos infantiles y juveniles. En él hablo de las dificultades de algunos educadores para entender las referencias a Dios y lo religioso en relatos de literatura infantil y juvenil, así como los problemas con que tropiezan algunos autores a la hora de tratar sobre tales cuestiones.

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jueves, 7 de febrero de 2008

Frágiles esperanzas
es un artículo, publicado en la revista Perkeo hace unos meses, que tiene una segunda parte que todavía no está terminada. En él hablo de novelas, que podríamos llamar fronterizas y que algunos no consideran juveniles, en las que debajo la superficie de comportamientos aparentemente desastrados se ocultan genuinas aunque frágiles esperanzas. En mi opinión, esas novelas tienen algo de desafío y de grito de auxilio que los jóvenes lanzan a los adultos y, si son valiosas, en ellas pueden intuirse cuáles son las bases de la esperanza o, al menos, puede verse cuáles de ningún modo lo son.

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miércoles, 6 de febrero de 2008

Los chicos de diciembre
,
del neozelandés Michael Noonan, es una novela de pandilla de los años sesenta pero diferente a las habituales en la época, y de tema cercano a novelas más poderosas como El Señor de las moscas y Una paz solo nuestra.

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Ilust. de Antoni Boratýnski.
martes, 5 de febrero de 2008

Otra historia de humor suave que habla de lo comentado ayer, del poder de transformación de un trabajo cotidiano bien hecho, aunque acentúa sobre todo la influencia positiva de la música y la literatura, es El señor Todoazul: abrillantador de placas callejeras, de Monika Feth.

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lunes, 4 de febrero de 2008

El jardín subterráneo,
del coreano Cho Sunkyung, trata un tema poco habitual en los álbumes, la vida cotidiana de un trabajador, y lo hace tocando una idea con la que simpatizo. Su argumento es que un concienzudo empleado del metro de una gran ciudad limpia un hueco muy sucio que había en un túnel, y luego siembra en él un jardín que florece y alcanza la superficie. Las ilustraciones están bien compuestas y transmiten tanto la bondad del protagonista, como el ambiente sucio de la ciudad, y el progresivo cambio que se produce. De un álbum así se puede decir, por eso, que es de los que nos hace mirar alrededor y ver el trabajo de la gente, valorar la importancia de un trabajo bien hecho allí donde uno está, cosas así.

Cho Sunkyung. El jardín subterráneo (2005). Barcelona: Thule, 2007; 32 pp.; col. Trampantojo; trad. de Agatha Yoo; ISBN (10): 84-96473-46-5.

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domingo, 3 de febrero de 2008

Hace unas semanas, ponía una cita de Umberto Eco acerca de una de las funciones principales de la literatura.

Ahora, otras tres respecto a lo mismo.

Una, de Alasdair MacIntyre en Tras la virtud: «Sólo retrospectivamente pueden calificarse de incumplidas las esperanzas, de decisivas a las batallas y así sucesivamente. Pero así las caracterizamos en la vida como en el arte. Y a quien diga que en la vida no hay finales, o que las despedidas definitivas solo tienen lugar en los relatos, se siente uno tentado de responderle si ha oído hablar de la muerte».

Otra, de Paul Ricoeur en el primero de sus libros dedicados al estudio del tiempo en las narraciones: «La cuestión más grave que podría plantear este libro es saber hasta qué punto la reflexión filosófica sobre la narratividad y el tiempo puede ayudar a pensar juntas la eternidad y la muerte».

Otra, de Nicolás Gómez Dávila en Escolios escogidos: «La poesía es modo de evocar cualquiera de los aspectos del mundo que aluden a la muerte. La juventud es tema poético porque no dura y la dicha porque pasa. La poesía de lo eterno es la fragancia del cadáver de la muerte».

Alasdair MacIntyre. Tras la virtud (After virtue, 1984). Barcelona: Crítica, 2004, 2ª impr.; 352 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Amelia Valcárcel; ISBN: 84-8432-170-3.
Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico (Temps et Récit. L’histoire et le recit, 1983). Madrid: Cristiandad, 1987; 377 pp.; serie Libros Europa; trad. de Agustín Neira; ISBN: 84-7057-415-9.
Nicolás Gómez Dávila. Escolios escogidos. Sevilla: Los Papeles del Sitio, 2007; 205 pp.; edición y prólogo de Juan Arana; ISBN: 84-935892-1-7.

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sábado, 2 de febrero de 2008

Cyril Connolly: Un crítico «debe declarar la guerra a sus patronos y maniobrar de tal manera que nunca tenga que criticar un libro malo, que jamás critique más de uno a la vez y nunca escriba una crítica que no pueda ser reimpresa, es decir, que no tenga cierta longitud y trate un tema de valor permanente. Sabrá que los malos libros que lee son como las horas en un reloj de sol, vulnerant omnes, ultima necat, todas hieren y la última mortalmente, y tampoco empleará sus energías en temas chabacanos ni pondrá toda su visión de la vida en una nota a pie de página, pues escribirá tan sólo sobre lo que le interesa. Y al margen de lo que le suceda (no existen pensiones para los ganapanes literarios), debe comprender que no es indispensable». Je, je.

Cyril Connolly. «La buglosa azul», Obra selecta. Barcelona: Lumen, 2005; 1016 pp.; col. Ensayo; trad. de Miguel Aguilar, Mauricio Bach y Jordi Fibla; ISBN: 84-264-1520-2.

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viernes, 1 de febrero de 2008

En cuatro de las seis grandes novelas de Jane Austen «hay una escena de reconocimiento en donde la persona a la que el héroe o la heroína reconoce es ella misma. “Hasta este momento nunca me había conocido”, dice Elizabeth Bennet (Orgullo y prejuicio). “Cómo comprender los engaños que consigo mismo había tenido y seguir viviendo”, medita Emma. El autoconocimiento es para Jane Austen una virtud tanto intelectual como moral, muy cercana a otra virtud que considera fundamental»: la constancia. Esta «es fundamental en dos novelas por lo menos, Mansfield Park y Persuasión, en cada una de las cuales es la virtud central de la heroína. La constancia, según palabras que Jane Austen pone en boca de Anne Elliot en su última novela (Persuasión), es una virtud que las mujeres practican mejor que los hombres. Y sin constancia, todas las virtudes pierden su objetivo hasta cierto punto. (...) No es casual que las dos heroínas que muestran la constancia más notable tengan menos encanto que el resto de las heroínas de Jane Austen, y que una de ellas, Fanny Price, haya sido considerada positivamente poco atractiva por muchos críticos. Pero la carencia de encanto de Fanny es fundamental para las intenciones de Jane Austen. Porque el encanto es la cualidad típicamente moderna de quienes carecen de virtudes, o las fingen, y eso les sirve para conducirse en las situaciones de la vida social típicamente moderna. Camus definió una vez el encanto como aquella cualidad que procura la respuesta “sí” antes de que nadie haya formulado pregunta alguna. Y el encanto de Elizabeth Bennet o incluso el de Emma puede confundirnos, aún siendo auténticamente atractivo, en nuestro juicio sobre su carácter. Fanny carece de encanto, sólo tiene virtudes, virtudes auténticas, para protegerse, y cuando desobedece a su guardián, sir Thomas Bertram, y rehúsa casarse con Henry Crawford, sólo puede ser porque su constancia lo exige. Con este rechazo demuestra que el peligro de perder su alma le importa más que la recompensa de ganar lo que para ella sería un mundo entero. Persigue la virtud por la ganancia de cierto tipo de felicidad, y no por su utilidad».

Alasdair MacIntyre. Tras la virtud (After virtue, 1984). Barcelona: Crítica, 2004, 2ª impr.; 352 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Amelia Valcárcel; ISBN (10): 84-8432-170-3. Otra edición en Jane Austen. Mansfield Park (1814). Madrid: Rialp, 1995; 382 pp.; trad. de Miguel Martín; ISBN: 84-321-3081-8. Y otra más en Madrid: Alianza, 2016; 624 pp.; col. 13/20; trad. de Miguel Ángel Pérez; ISBN: 978-8491045144. [Vista del libro en amazon.es]

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