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Notas de febrero de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 28 de febrero de 2009

El jardín de humo y otros cuentos de intriga
contiene cuatro historias de Chesterton: Los árboles del orgullo (The Trees of Pride, 1922), El jardín de humo (The Garden of Smoke, 1919), El cinco de espadas (The Five of Swords, 1919) y La torre de la deslealtad (The Tower of Treason, 1920). Los tres primeros son excelentes y el último, aunque falla en el despliegue del caso, sí tiene un buen final y observaciones rescatables. De la edición que cito, en el primero sorprende la opción de traducir Squire por «Señor» cuando, con buen criterio, se mantienen Mr. y Mrs. en el segundo de los casos; y, en el tercero hay un comentario al pie, a propósito de un supuesto antisemitismo de Chesterton, que para mí es poco claro: sobre la cuestión, entre otros textos suyos, se puede recomendar «El bolchevique reaccionario», en El pozo y los charcos.

Los árboles del orgullo tiene lugar en una mansión en Cornualles, sudoeste de Inglaterra, cuyo propietario, el Squire Vane, es un hombre racional al que incomoda que los lugareños y sus empleados atribuyan poderes maléficos a unos árboles que no son propios del lugar. Por ese motivo, apuesta con sus amigos que pasará una noche completa junto a esos árboles. Y esa noche desaparece. Su hija y sus amigos, como detectives aficionados, intentan averiguar qué ha pasado.

Los personajes adoptan posturas diferentes: Vane es el hombre racional que se indigna con las supercherías de la gente sencilla; el abogado Ashe intenta ser objetivo en sus juicios; el doctor Brown es un ateo convencido que presume de conocer sólo la cultura de las bacterias; el norteamericano Paynter es el ingenuo que se sorprende de lo que ve; el poeta Treherne no es, contrariamente a otros relatos de Chesterton, quien aclara las cosas y pasa por ser el primer sospechoso; la hija de Vane se alinea con las opiniones de Treherne y, como suele ocurrir con los personajes femeninos de Chesterton, representa la visión sencilla y más penetrante de las cosas.

Chesterton desarrolla la idea de que la gente común tiene una sabiduría de fondo que puede ser certera en cuanto a sus conclusiones aunque pueda ser deficiente la forma en que llega a ellas. El objetivo de su ataque son los fatuos convencidos de su racionalidad y, al mismo tiempo, condescendientes con la supuesta ignorancia de las personas menos sofisticadas. La conclusión de tipo general es la necesidad de comprender lo bastante para distinguir lo bueno de lo malo, la dificultad de llegar a conocer la verdad de algo cuando en el asunto se suman la ignorancia de unos y los prejuicios de otros.

En El jardín de humo la joven Catherine Crawford es contratada como señorita de compañía de Mrs. Mowbray, una conocida poeta casada con un médico. Al llegar a la casa, en los suburbios de Londres, entra en un exquisito jardín donde abundan las rosas rojas y conoce a un antiguo marino y al matrimonio Mowbray. Y, a la mañana siguiente, aparece muerta en el jardín la señora Mowbray.

Esta vez la diana de Chesterton son quienes se consideran por encima de las normas morales: «cualquier persona ilustrada sabe que a los genios no se les puede juzgar bajo las normas de comportamiento comúnmente aceptadas», dice a Catherine el doctor Mowbray refiriéndose a su esposa. La historia subraya que, si «todo tiende a crecer y a explotar gloriosamente» e «incluso nuestros pecados crecen y se desarrollan» —como dice la poeta—, eso sucede más aún en ambientes perversos. En cambio, vicios como la bebida y el tabaco son una pequeñez que, incluso, pueden indicar normalidad: «Los marinos bebemos porque tenemos sed, pero no porque deseemos estar sedientos», comenta un personaje, no como estos artistas que «están sedientos de sed».

El cinco de espadas comienza con una discusión acerca de si el duelo tiene o no sentido, entre Paul Forain, francés, y Harry Monk, inglés, ambos profesores en Francia. Casualmente tropiezan entonces con unos personajes que acaban de mantener un duelo en el que, como resultado, ha fallecido el inglés Hubert Crane. Después de que los presentes les explican que todo sucedió después de una noche de juego y bebidas, Forain se hace cargo de investigar los extremos del caso y de atender al padre y a la hermana de la víctima, recién llegados a Francia.

En un nivel, la historia es ejemplar de un contraste que a Chesterton le gusta: la distinta forma de abordar los asuntos de un inglés y un francés. En otro, es uno de los muchos textos en los que presenta hombres de negocios que son verdaderos canallas, en contraposición con el delincuente menor a quien, sin embargo, a los ojos de la opinión pública se le presenta como un malvado. Y, en el nivel más importante, es un relato en el que, al discutir si el duelo tiene o no sentido, el autor desea resaltar la distinción de que lo verdaderamente malo no es la violencia sino la injusticia, y por eso cuando uno tiene delante una injusticia lo que desea es luchar: a la indignación de la hermana de la víctima, cuando le parece que no hay forma de resolver el caso, le responde Forain indicándole que «acaba de demostrar usted que un hombre respetable tiene todo el derecho a esgrimir su espada en aras de una buena causa».

En La torre de la deslealtad un joven diplomático llamado Bertram Drake, acude a consultar con el Padre Stephen, un antiguo hombre de Estado que vive recluido en una ermita. En un monasterio cercano están desapareciendo misteriosamente unos diamantes y, además, él es sospechoso.

Este caso comienza con augurios misteriosos y digresiones zigzagueantes que lo hacen confuso. Es además extraña la historia del cofre con las joyas y toda la operación montada para su vigilancia. Para el lector de Chesterton el interés de la historia está en varias cosas: en el personaje del padre Stephen, que viene a ser un Horne Fisher arrepentido y retirado; en la voluntad chestertoniana de librar de sospechas a quienes algunos considerarían que debiera mirar con antipatía, como el médico judío y el decadentista; y en la brillantez de una frase final que contiene la resolución del caso a todos los niveles. Además, se pueden rescatar comentarios sobre la investigación detectivesca y frases más generales del padre Stephen. De los primeros: «Yo trato de descubrir quién robó las piedras; y usted parece tratar de descubrir quién desearía robarlas. Créame usted, cuánto más práctica y concreta es una pregunta, más general y filosófica resulta». De las segundas: «No tienen razón los cínicos, no tanto porque digan que en todo héroe se esconde un cobarde, sino porque no aprecian que los cobardes puedan ser héroes». O esta: «La cruz anima a los optimistas y no a los pesimistas; la cruz es la guía necesaria en los caminos, lo único que sigue en pie cuando ya se han dicho todas las palabras por decir».

G. K. Chesterton. El jardín de humo y otros cuentos de intriga. Madrid: Valdemar, 2005; 280 pp.; col. El Club Diógenes, trad. de José Luis Moreno-Ruíz; ISBN: 84-7702-522-3.

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viernes, 27 de febrero de 2009

En tierra inhumana,
del polaco Józef Czapski (1896-1993), es un libro importante dentro de los que hablan del horror del gulag y las cárceles soviéticas en los años cuarenta.

El autor, oficial del ejército de su país, capturado por los rusos en 1939, fue liberado después de que se rompiera el pacto entre Rusia y Alemania, y nombrado a continuación jefe de la oficina de búsqueda de los desaparecidos. Su libro contiene tres textos: Memorias de Starobielsk, su estancia en el campo de concentración soviético entre octubre de 1939 y mayo de 1940; En tierra inhumana, sus infructuosas peripecias en Rusia intentando localizar a los miles de oficiales polacos que habían sido repartidos por distintos gulags de la Unión Soviética; y La verdad sobre Katyń, documento escrito en 1945, centrado en la explicación: el fusilamiento de quince mil oficiales polacos por los rusos a comienzos de la segunda Guerra Mundial, «mi victoria», según escribió Goebbels en su diario, pues así su propaganda presentaría sin rubor que los rusos eran culpables de atrocidades equiparables a las del régimen nazi.

Conviene advertir que, aunque la narración tiene fuerza y momentos de gran intensidad, la lectura de conjunto es más bien ardua. El autor lo sabe, pues define su obra como una «acumulación de vivencias» y adelanta que «puede resultar tediosa para el lector», debido a sus opciones de seguir el orden cronológico y, sobre todo, de intentar no dejar de lado nada que tenga importancia humana y valor testimonial.

Józef Czapski. En tierra inhumana (Na nieludzkiej ziemi). Barcelona: Acantilado, 2008; 492 pp.; trad. de A. Rubió y J. Slawomirski; 978-84-96834-41-5.

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jueves, 26 de febrero de 2009

Tres novelas decimonónicas muy populares durante décadas y que, aunque ahora les veamos las decoraciones de cartón-piedra como a las películas antiguas, siguen conservando personajes atractivos y escenas inolvidables: Los últimos días de Pompeya, de Edward George Bulwer-Lytton; Fabiola, del cardenal Nicholas Patrick Wiseman; Ben-Hur, del norteamericano Lewis Wallace.

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miércoles, 25 de febrero de 2009

Otro libro más que podemos llamar heredero de Los incursores: Los pequeños hombres libres, de Terry Pratchett. Se puede considerar literatura infantil-juvenil debido a la edad de la protagonista y al argumento, aunque se diferencia poco de otros libros del autor salvo, tal vez, en que son menos las bromas de tipo intelectual.

En su centro está Tiffany Dolorido, una decidida chica de nueve años que vive con sus padres y hermanos en una granja. La señorita Lento, una bruja de los alrededores, descubre a Tiffany que también ella es bruja y parece tener grandes poderes. Más adelante, cuando su hermano pequeño Wentworth desaparece, Tiffany ha de salir en su busca. Van con ella un sapo consejero (un abogado antes de su transformación en sapo), enviado por la señorita Lento, y los pequeños hombres libres, los Nac Mac Feegles, unos seres de quince centímetros, con el pelo rojo y la piel azul, quizás debido a que llevan el cuerpo completamente tatuado, que hablan con un dialecto especial que, por escrito, se manifiesta en que usan tres erres donde nosotros usamos una.

El humor característico del autor se apoya en juegos de palabras, en inversiones bromistas de conocidos cuentos de hadas, en toques burlescos como el de que Tiffany no lleve una espada mágica sino una sartén, en sus ironías continuas con frecuentes «caídas» finales, bien en boca de algunos protagonistas —el sapo dice a Tiffany: «Nunca enojes a una mujer con una estrella pinchada en un palo, jovencita; tienen un pronto muy peligroso»—, o, sobre todo, en boca del narrador: «Tiffany era, en general, una persona bastante sincera, pero le parecía que algunas veces las cosas no se dividían fácilmente en verdades y mentiras, sino que había “hechos que la gente tiene que saber en estos momentos” y “hechos que no tienen por qué saber en estos momentos”. Además, no estaba segura de qué sabía en aquellos momentos».

Terry Pratchett. Los pequeños hombres libres (The Wee Free Men, 2003). Córdoba: Toromítico, 2008; 300 pp.; ilust. de Paul Kidby; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-96947-59-7.

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martes, 24 de febrero de 2009

Dos nombres importantes que han contribuido a que los álbumes sean tal como los conocemos ahora: el editor Pére Castor y Jean de Brunhoff, el creador de Babar, otro personaje clásico con su origen en cuentos que los padres inventan para sus hijos, además de ser el primer elefante famoso en la literatura infantil. A la derecha, la ilustración del primer libro, de 1931 (tomada de wikipedia).

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lunes, 23 de febrero de 2009

Me ha gustado conocer La libreta del dibujante, un álbum del ilustrador egipcio Mohieddin Ellabbad. No es una historia sino una sucesión de recuerdos, impresiones, minirelatos, comentarios del autor en relación a su trabajo y a su herencia cultural. Son simpáticos y algunos tienen aires nostálgicos. En cada página va una ilustración —dibujos o colages con postales y fotos, que incluyen el texto árabe caligrafiado, de acuerdo con las tradiciones pictóricas árabes—, y en los márgenes figura el texto castellano. El interés del libro está en lo que tiene de apertura a otros enfoques vitales y en la posibilidad de conocer a un artista importante de un mundo tan distinto, aunque sus ilustraciones sean, para gustos como el mío, un poco batiburrillo. También es un libro útil para mostrar cuánto hay de convención en nuestro modo de leer las imágenes: el libro se lee de derecha a izquierda y los personajes se mueven en las páginas en sentido inverso a lo acostumbrado en las ilustraciones occidentales.

Mohieddin Ellabbad. La libreta del dibujante (1999). Salamanca: Lóguez, 2008; 33 pp.; edición bilingüe; trad. de Laura Serrano; ISBN 978-84-96646-29-2.

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domingo, 22 de febrero de 2009

Spaemann: «Horkheimer y Adorno escribieron ya que contra el asesinato no existe a fin de cuentas más que un argumento de carácter religioso. ¿Por qué religioso? Porque el argumento se entiende únicamente cuando los hombres descubren algo “sagrado”. Lo sagrado es lo inconmensurable, lo que no se puede fundamentar ni derivar funcionalmente, lo “bueno” entendido como predicado absoluto».

Robert Spaemann. Felicidad y benevolencia (Glück und Wohlwollen, 1989). Madrid: Rialp, 1991; 285 pp.; col. Cuestiones fundamentales; trad., notas y estudio introductorio de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2689-6. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 21 de febrero de 2009

Opinaba Chesterton que había desperdiciado grandes ideas a la hora de intentar componer sus relatos largos pues no lograba darles la tensión propia de las novelas de acción ni la intensidad de sus mejores relatos cortos. Pero los fogonazos de brillantez intelectual y literaria son tantos que compensan de sobra la endeblez novelística, y el que las tramas sean poco acordes con nuestros gustos más estandarizados no significa que no valga la pena leerlas sino más bien una prueba de lo contrario.

El regreso de don Quijote, su última novela, la publicó por entregas en su semanario GK’s Weekly con una cierta intención de brindar un homenaje a Cervantes y al Quijote. En ella vuelven ideas y personajes, como el primer ministro Lord Eden y el escritor y diputado Julian Archer, del último de sus Cuentos del Arco Largo. A Michael Herne, un bibliotecario experto en el mundo paleohitita, le piden que represente a un rey medieval en una obra de teatro de aficionados. Se prepara concienzudamente para el papel y, al terminar, decide no cambiarse de ropa y vivirlo en la realidad hasta el fondo. Con su comportamiento logra la transformación de algunas personas y promueve una curiosa revolución contra el industrialismo.

Entre las escenas, diálogos y descripciones que revelan las inquietudes y las preferencias del autor señalo tres.

Una, cuando Herne señala la gran satisfacción de llevar una prenda con capucha, apunta cómo todos nos hemos deleitado más de una vez contemplando un paisaje a través del arco de una ventana y eso se debe, justamente, a que el marco nos distrae de todo lo demás para fijar nuestra atención en algo: «¿Cuándo comprenderá la gente que el mundo es una ventana y no un infinito? ¡Una ventana en un mundo de infinita nada! Cuando me cubro con esta capucha llevo mi mundo conmigo mismo y me digo: este es el mundo que san Francisco de Asís vio y amó, porque era limitado. La capucha tiene la forma de una ventana gótica».

La segunda, una observación inteligente del narrador: «Muchos creen que la política de las mujeres sería mucho más pacífica, humanitaria y sentimental que la de los hombres, pero el verdadero peligro de una política regida por las mujeres estriba en su excesivo amor por las formas de la política masculina».

Y la tercera, el asombroso discurso de un sindicalista en el que dice a los trabajadores que deben rectificar los errores de sus demandas materialistas y reclamar, en cambio, más responsabilidades para «repartir bien ese directo y democrático gobierno de nuestra propia industria, que hasta ahora sólo ha servido para mantener a unos cuantos parásitos en los lujos de sus fincas y palacios».

La sugerente idea de fondo está en el comentario que Herne hace acerca del talante profético de don Quijote: cuando atacó los molinos de viento quizá veía en ellos el origen de toda esa maquinaria social que, con el paso del tiempo, se ha vuelto a la vez inhumana y natural —es decir: tan indiferente y cruel como la propia naturaleza—, que quienes la defienden ya no saben ni cómo actúa ni cuáles son sus mecanismos, que con ella los hombres han terminado atados a herramientas tan grandes y poderosas que ya no saben sobre quién descargan los golpes… Se «han justificado, en fin, las pesadillas de don Quijote. Los molinos de viento son, realmente, gigantes temibles». Por eso, cuando su compañero Murrel le dice que las cosas de la vida moderna son muy complicadas y por tanto no es posible de tratarlas de manera simple, Herne le responde que, justo porque las cosas de la vida moderna son tan complicadas, no se pueden tratar de ninguna manera salvo de una manera simple.

G. K. Chesterton. El regreso de don Quijote (The Return of Don Quixote, 1927). Madrid: Valdemar, 2004; 388 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de José Luis Moreno Ruiz; ISBN 10: 84-7702-481-2. Otra edición en: Madrid: Cátedra, 2005; 456 pp.; col. Letras universales; ed. y trad. de Pilar Vega Rodríguez; ISBN 10: 84-376-2275-1.

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viernes, 20 de febrero de 2009

La lengua absuelta
y La antorcha al oído son la primera y segunda entregas de la autobiografía de Elías Canetti. La primera va desde 1905 hasta 1921 y narra estancias en Bulgaria, Inglaterra, Viena, Zurich; la muerte de su padre, la influencia dominadora de su sarcástica e inteligente madre, la frustración en la escuela, algunas lecturas que le dejaron huella. La segunda habla de las épocas en que vivió en Frankfurt, Viena, Berlín; sus relaciones con otros autores centroeuropeos, la influencia de la pintura en la formación de su sensibilidad, su modo de aprender a mirar y a reflexionar.

No es Canetti un autor fácil: su estilo es denso y maneja multitud de referencias culturales poco familiares en ámbitos diferentes al suyo. Por otra parte, su historia personal no tiene un particular atractivo salvo para quien esté ya interesado en su obra. Pero su autobiografía puede gustar también a quienes aprecien su enorme deseo de llegar al fondo de las cosas, a quienes deseen conocer observaciones y opiniones valiosas acerca de cuestiones relacionadas con la educación o con los procesos interiores del niño que crece.

Por ejemplo: «Es impensable lo poco que seríamos sin haber padecido miedo. Es propia del hombre la tendencia a ceder al miedo. Ningún miedo desaparece, pero sus escondrijos son indescifrables. De todas las cosas, quizás sea el miedo la que menos cambia. Cuando pienso en mis primeros años lo primero que reconozco son sus miedos, de los que hubo una riqueza inagotable. Muchos de estos miedos los descubro sólo ahora; otros, que no hallaré jamás, deben constituir el misterio que me hace apetecer una vida eterna.»

Elías Canetti. La lengua absuelta: Autorretrato de infancia (Die Gerettete Zunge, 1977). Barcelona: El Aleph, 2001; 344 pp.; trad. de Lola Díaz; ISBN 10: 84-7669-451-2.
Elías Canetti. La antorcha al oído: historia de una vida, 1921-1931 (Die Fackel im Ohr, 1980). Barcelona: El Aleph, 1982; 370 pp.; trad. de Juan J. del Solar; ISBN 10: 84-85501-41-1.

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jueves, 19 de febrero de 2009

Una novela que podemos considerar predecesora de La isla del tesoro, de Stevenson: La isla de Coral, de Robert Michael Ballantyne. Y otra que sin duda es una de sus mejores herederas: Moonflet, de John Meade Falkner.

Sé bien que estas y otras novelas del pasado parecen difíciles para un lector joven. Y no tanto por su lenguaje o su antigüedad, que no son un verdadero obstáculo, sino porque no forman parte de su mundo de intereses y conversaciones ordinarias. Es difícil que alguien joven, si no las ve en las estanterías de su casa ni oye hablar de ellas con entusiasmo en su entorno familiar o escolar o de amigos, sienta curiosidad por ellas; y  es lógico que le suene muy poco apetecible dedicarse a leerlas si alguien las menciona de pasada. Sin embargo, a partir de mi experiencia pienso que, quien no las lee entre los doce y los dieciséis años (por decir la mía), se pierde algo importante, irrecuperable ya. Pues es cierto que si uno las lee pasado el tiempo su impacto no es igual y que hay una satisfacción muy especial en la relectura de un libro que leíste de niño, fascinado por el tirón de la historia y, por supuesto, sin pensar para nada en calidades literarias y cosas así.

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miércoles, 18 de febrero de 2009

Tiempo atrás leí varios libros del australiano Ivan Southall, fallecido a finales del año pasado. De todos ellos me impresionó Suelta el globo, un libro con un protagonista central minusválido psíquico cuyo sufrimiento interior se ve agravado por el conflicto entre sus padres.

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martes, 17 de febrero de 2009

Hay muchos personajes de cómic que son importantes para el desarrollo de la literatura infantil: porque aportan novedades argumentales o técnicas, y eso es de justicia reconocerlo aunque luego vengan otros que los imitan y que incluso llegan a ser técnicamente mejores y más populares; y porque marcan los gustos de varias generaciones que se quedan emocionalmente vinculadas con ellos. Esas son las razones de que yo incluya sus voces en un diccionario de literatura infantil y juvenil: para ver su mérito dentro de la historia particular del cómic es necesario acudir a otras fuentes. Pues bien, algunos ejemplos más son varios historietistas norteamericanos a los que se debe parte de los orígenes del cómic: Richard Felton Outcault, el primero en usar el globo (aunque hay discusiones al respecto); Rudolph Dirks, creador de los Katzenjammer Kids, unos personajes inspirados en Max y Moritz (que, a su vez, inspiraron en España las aventuras de Zipi y Zape dibujadas por Josep Escobar); Elzie Crisler Segar, autor de las tiras de Popeye, personaje que cumple ochenta años en 2009.

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lunes, 16 de febrero de 2009

Un personaje y un álbum a la vez populares y sofisticados: Olivia, de Ian Falconer.

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domingo, 15 de febrero de 2009

Robert Spaemann:
 «Los mayores crímenes del siglo XX, la ejecución de millones de hombres, no sucedieron porque esos hombres fueran supuestamente malos sino porque, según se decía, eran objetivamente perniciosos, es decir, porque dada su pertenencia a una clase o a una raza, se hallaban en una relación antagónica respecto de los hipotéticos intereses de sus verdugos. El relativismo, que prohíbe —si se hace pretendiendo darle validez universal— denominar malos a los actos de esos verdugos, no sería sino la definitiva traición a las víctimas. Quien dice que también se puede matar a la propia madre —dice Aristóteles señalando los límites del discurso— no merece argumentos sino reprimendas».

Robert Spaemann. Felicidad y benevolencia (Glück und Wohlwollen, 1989). Madrid: Rialp, 1991; 285 pp.; col. Cuestiones fundamentales; trad., notas y estudio introductorio de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2689-6.

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sábado, 14 de febrero de 2009

Como en El Napoleón de Notting HillChesterton sitúa La Taberna errante en una Inglaterra futura en la que se ha restringido el consumo de alcohol para facilitar el entendimiento con el islamismo. En ella se ha restringido el consumo de alcohol para facilitar el entendimiento con el islamismo. Pero dos rebeldes, el capitán irlandés Patrick Dalroy y el tabernero Humphrey Pump, viajan por todo el país llevando un barril de ron y un letrero que, allí donde se coloca, revelan al público que hay un establecimiento autorizado para despachar alcohol. Su perseguidor es Lord Ivywood, el politico que ha promovido la ley contra la que protestan.

El propósito principal de Chesterton con este relato era defender las formas de vida propias de los pueblos ingleses, que tenían como centro social los pubs, lugares de encuentro y de conversación en los que, naturalmente, también se bebe. Sin negar que la bebida es un gran problema para muchos, deseaba señalar que prohibirla no sólo no conduce a nada, sino que responde al afán controlador de los poderosos que, por otra parte, saben bien cómo evadirse de lo que prohíben a los demás.

En definitiva, Chesterton no defiende la bebida sino la sociabilidad y la libertad, y avisa, como subrayará muchas veces, la última en su Autobiografía, que «se ciernen ya en el horizonte vastas plagas de esterilización o higiene social, aplicadas a todos y que [parece que] nadie impone». En un artículo contemporáneo del libro decía: «creo que la mayoría de estas modernas restricciones no buscan en último término disminuir la bebida inmoderada, sino simplemente aumentar la riqueza inmoderada».

Además, como cualquier novela o texto de Chesterton, la lectura de La taberna errante puede abordarse con distintos y variados objetivos.

Uno, reconfortante aunque sea menor, es recrearse con las habituales descripciones coloristas del autor: «El sol, al ponerse, parecía haber reventado como una naranja cuyo jugo se desparramaba en franjas de rojo intenso por el horizonte».

Otro, descubrir orientaciones acerca de algunos tipos humanos: «No hay mal irreparable en el teórico que inventa una nueva teoría para cada nuevo fenómeno. Pero el teórico que primero elabora una nueva teoría y después ve pruebas de dicha teoría en todo, es el más peligroso enemigo de la razón humana».

Otro, entender la causa de algunos desasosiegos que no pocos sufren en la que se ha dado en llamar sociedad de la información: uno de los mayores artificios del periodismo moderno es «dejar de lado lo esencial de la cuestión, como si fuese algo que no corre prisa, y dedicarse con esmero a cualquier aspecto secundario».

Otro, aprender algo de historia: el destino del imperio, afirma Dalroy, «es una historia de cuatro episodios: victoria sobre los bárbaros, empleo de los bárbaros, alianza con los bárbaros, conquista por los bárbaros».

Otro, comprobar las dotes de profeta de Chesterton pues, ya en 1914, redacta una historia cuyo núcleo trata sobre unos tipos que proponen sustituir la cruz, ese signo tan duro y cortante, por una leve curva fácil de dibujar, como una ondita, como una hoja, como una plumita rizada…

Otro, reflexionar sobre si en nuestros tiempos «el peligro resulta peor que la resignación» o, por el contrario, quizá «la resignación resulta peor que el peligro»: Dalroy tiene claro que hay algo peor que la muerte a lo que, sin embargo, algunos dan el nombre de paz.

Y otro más, disfrutar con el combativo y luminoso buen humor de un tipo tan audaz que opina que «combatir el mal es el origen de todo placer y hasta de toda diversión». Quien olvida o ignora esto no podrá comprender a Chesterton.

G. K. Chesterton. La Taberna errante (The Flying Inn, 1914). Madrid: Acuarela Libros, 2004, 2ª ed.; 348 pp.; trad. de Tomás González Cobos y José Elías Rodríguez Cañas, con la colaboración de Ione B. Harris y Jonathan Gleave; prólogo de Santiago Alba Rico; ISBN: 84-95627-04-3.

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viernes, 13 de febrero de 2009

Al acabar En el café de la juventud perdida, repasé mis notas para comprobar cuántas obras de Patrick Modiano he leído a lo largo de los años: Una juventud (Une jeunesse, 1980), Tan buenos chicos (De si braves garçons, 1982), Los mundos de Catalina (Catherine Certitude, 1988) —novela publicada en una colección de literatura infantil—, El rincón de los niños (Vestiaire de l´enfance, 1989), Dora Bruder (1997), Las desconocidas (Des inconnues, 1999), Joyita (Le petite bijou, 2001).

Es curioso porque todas me han gustado y al mismo tiempo se podría decir que «leída una, leídas todas»: todas tienen en común un estilo escueto, todas miran al pasado y tienen lugar en la Francia posterior a la segunda Guerra Mundial, todos y todas sus protagonistas son seres silenciosos como sombras que llevan unas vidas grises, más o menos todas novelan de modo compasivo y elegante (¿demasiado elegante?) unos mundos un tanto turbios e incluso sórdidos.

Los temas que importan a Modiano son el de la «supervivencia de las personas que han desaparecido», el de «la esperanza de volver a encontrar algún día a quienes se perdieron en el pasado» y, con ella, la posibilidad de que «no ha sucedido lo irreparable y todo podrá empezar como antes», por usar frases de una de sus criaturas de ficción. Novela tras novela, Modiano va sumando argumentos que componen un paisaje de conjunto con luces inalterables de melancolía y fatalismo, de ternura entristecida y falta de remedios para la soledad. Esas frases, que preparé tiempo atrás para una reseña de Joyita, sirven para comentar En el café de la juventud perdida, un relato que sigue a una chica misteriosa llamada Louki y en la que varios personajes que la conocieron más o menos de cerca, recomponen lo que pueden de su vida.

Patrick Modiano. En el café de la juventud perdida (Dans le café de la jeunesse perdue, 2007). Barcelona: Anagrama, 2008; 131 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de María Teresa Gallego Urrutia; ISBN: 978-84-339-7486-0. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 12 de febrero de 2009

Dos escritores decimonónicos duraderos: Henry Rider Haggard, el autor de Las minas del rey Salomón, y Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes y de atractivas novelas de aventuras. En palabras de Allan Quatermain: «Aventurero: aquel que va al encuentro de lo que la vida ponga en su camino. Más o menos, esto es lo que todos hacemos en el mundo de una forma u otra y, hablando por mí, estoy orgulloso de este calificativo, porque implica un corazón valeroso y una gran confianza en la Providencia».

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miércoles, 11 de febrero de 2009

Hace unos meses comenté Tobi Lolness, La huida de Tobi, de Timothée de Fombelle. La segunda parte, Los ojos de Elisha, comienza cuando, después de pasar dos años con el pueblo de la hierba, Tobi vuelve al árbol: sus padres siguen prisioneros a la espera de que su padre revele por fin su descubrimiento a Jo Mich; y Elisha está en manos de Leo Blue, el amigo de la infancia de Tobi, a la espera de que acceda a casarse con él. Tobi se une a los leñadores que dirige Nils Amen y busca la forma de liberar a sus padres, de encontrar a Elisha, y de salvar el árbol.

No insistiré ni en el atractivo y las cualidades de la historia, ni en los defectos a los que me referí al comentar la primera parte, pues lo mismo se puede decir esta vez. Sí apunto tres rasgos del humor y la poesía de la narración que contribuyen al tirón del relato.

Uno, cuando se nos cuenta que la madre de Tobi, Maya, tejía calcetines para los guardias, se nos habla de una satisfactoria minirepresalia que los héroes cautivos toman contra sus carceleros: «En apariencia, esos calcetines parecían abrigar mucho, pero Maya había inventado para ellos el punto llamado “corriente de aire”, que dajaba pasar el frío y la humedad y retenía la transpiración. Gracias a ella, los pies de los guardias siempre estaban helados y olían a queso».

Otro, la complejidad y variedad de la historia hacen olvidar al lector que los personajes y los escenarios son muy, muy pequeños (bueno, también el narrador a veces parece olvidarse), pero hay oportunas alusiones a la cuestión que lo recuerdan y que tienen una gracia particular: así, cuando después de algún tiempo se recorta contra la puerta de los prisioneros el corpulento Jo Mitch, se comenta que «vestía la misma ropa de siempre, cuando había engordado un gramo».

Y otro más es que hay pequeñas y sencillas descripciones que, a la vez que llegan al corazón, tienen un toque bromista. Un ejemplo es cuando se habla de que una fiesta es un misterio que no depende de la voluntad y, a continuación, el narrador enumera «los mil y un ingredientes que vuelven una comida maravillosa: unos padres, unos abuelos, una niña, un amigo al que se creía perdido, buen pan, personas ausentes en quienes se piensa, una reconciliación, fuego en la chimenea, alguien que creía que iba a pasar la Navidad solo, nieve en la ventana, la fragilidad de la dicha, la belleza de Mia, vino dulce, recuerdos comunes y morcilla».

Timothée de Fombelle. Tobi Lolness. Los ojos de Elisha (Tobie Lolness. Les yeux d’Elisha, 2007). Barcelona: Salamandra, 2008; 350 pp.; ilust. de François Place; trad. de Teresa Clavell Lledó; ISBN: 978-84-9838-187-0.

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Ilust. de Benjamin Rabier.
martes, 10 de febrero de 2009

Para dar a cada uno el mérito que tiene, conviene recordar algunos pioneros ilustres en la historia del cómic europeo: Christophe, autor de la primera historieta francesa; Benjamin Rabier, creador de un antecedente del pato Donald; Alain Saint-Ogan, en uno de cuyos personajes se inspiró Hergé para Tintín.

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lunes, 9 de febrero de 2009

Un álbum sin palabras de hace varias décadas, el primero de Mercer Mayer: Un niño, un perro y una rana. Es un relato divertido, gráficamente bien armado, con un argumento sencillo que, a la mitad, se reaviva con un giro gracioso e inesperado.

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domingo, 8 de febrero de 2009

Cuando un libro se presenta como una gran novedad viene bien recordar la explicación de Borges acerca de que la literatura cristaliza en figuras y formas que cualquiera puede usar y que, por tanto, «un escritor no inventa, un escritor está metido en una tradición y trabaja con lo que la tradición le da. Esa tradición puede ser la gran tradición de la literatura escandinava, digamos, o puede ser la tradición de un género menor. Lo que Borges dice es que no seamos tan contemporáneos: no nos entusiasmemos tanto con la idea de que estamos todo el tiempo produciendo cosas nuevas cuando en realidad no hacemos más que repetir».

Ricardo Piglia. Crítica y ficción (1986). Barcelona: Anagrama, 2001; 226 pp.; col. Argumentos; ISBN: 84-339-6158-6.

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sábado, 7 de febrero de 2009

En El hombre vivo, o Manalive, aflora el entusiasmo por la vida tan característico de Chesterton. Su arranque recuerda el comienzo de Casa Desolada, de Dickens, pero si allí la niebla que cubría Londres representaba el mundo confuso de los pleitos interminables, aquí el vendaval que todo lo arrastra representa las ideas que pueden remover los cimientos del cinismo moderno.

Con ese vendaval, a una pensión en la que viven tres hombres y dos mujeres, llegan el singular Innocent Smith y la silenciosa Mary Gray. Debido a su extravagante comportamiento y a las misteriosas noticias que llegan de su pasado, Innocent es sometido a una especie de investigación en la cual se descubre que tiempo atrás disparó a un amigo, que fue sorprendido robando, que se marchó de su casa y abandonó a su esposa, que se ha casado varias veces...

Chesterton comienza definiendo al protagonista con su nombre: es un hombre común, Smith, que tiene la inocencia de quien lo contempla todo como si fuera la primera vez. Uno de sus jueces lo describirá luego como un hombre que se niega a morir mientras está vivo y por tanto mantiene intacta su capacidad de asombro, y descubrirá que su fuerza espiritual y el desconcierto que causa radican en que sabe distinguir entre la costumbre y la creencia, en que se atreve a romper todos los convencionalismos pero siempre mantiene los mandamientos.

El resultado de introducir un ser así en la convivencia cotidiana, cuenta la historia, es que se remueven los planteamientos vitales de las personas que, con el paso del tiempo, se han visto aprisionadas en la trivialidad, tanto a los que se toman la vida en broma como a los que se la toman en serio. Igual que lo hace, de modo complementario, la misteriosa Mary Gray, una mujer que no hablaba nunca, como «un enigma fresco y sin estropear, como el enigma del cielo y de los bosques en primavera», una mujer mayor que conservaba una fresca seriedad juvenil que sus amigas más jóvenes habían perdido, unas por gastar dinero y otras por ahorrarlo, y que «tenía el encanto de decirlo todo con su rostro: su silencio era una especie de aplauso continuo».

Y, como siempre sucede con Chesterton, no faltan en cada página las frases certeras y contundentes —«nada trae más maldiciones que una verdadera bendición»—, e ideas luminosas como, por ejemplo, ésta: «Está de moda hablar de las instituciones como algo frío y paralizador. La verdad es que cuando la gente se encuentra excepcionalmente animada, verdaderamente enfebrecida de libertad e invención, siempre necesita y siempre se dedica a crear instituciones. Cuando los hombres están hastiados caen en la anarquía, pero mientras están alegres y vigorosos invariablemente hacen reglas. Esto, que es cierto de todas las iglesias y repúblicas de la historia, lo es también de los juegos de salón más triviales y de los retozos campestres menos sofisticados».

G. K. Chesterton. El hombre vivo (Manalive, 1912). Madrid: Valdemar, 2005; 298 pp.; col. El Club Diógenes, trad. de Rafael Santervás; ISBN: 84-7702-514-2. Otra edición, titulada Manalive - Una gran novela sobre la alegría de estar vivos, en Madrid: Voz de papel, 2006; 282 pp.; trad. de Jordi Giménez Samanes; ISBN: 8496471306.

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viernes, 6 de febrero de 2009

La niña de los nueve dedos,
de Laia Fábregas, es un estupendo debut literario. La narradora es una mujer que recuerda su infancia y juventud: para ella tienen particular importancia el trauma que siempre le supuso tener nueve dedos y la educación que sus padres, militantes comunistas, les proporcionaron, a ella y a su hermana, en los años finales del franquismo y primeros de la democracia. El hilo conductor tiene que ver con el origen de que le falte un dedo y con la costumbre misteriosa que tenían sus padres de no hacer nunca fotografías, aunque la narradora y su hermana saben que, a veces, sí hacían fotografías y desean encontrarlas.

Lo mejor es el retrato del mundo interior de una niña tímida y de la forma en que la educación que recibió y los acontecimientos que vivió condicionaron su crecimiento y su percepción posterior de las cosas. Por ejemplo, está muy bien visto cómo, sus padres le dicen, siendo muy pequeña, que «la historia del Ratoncito Pérez es como la de los Reyes Magos: un cuento chino» y cómo luego se insinúa que, tal vez por aquella particular educación, «con treinta y cuatro años, Laura era como una niña de ocho que comienza a entrever que algo no cuadra en Gaspar, Melchor y Baltasar, los Reyes Magos de Oriente». La narración es también un buen retrato de una época y de un ambiente: cuando muere Franco y Laura ve a sus padres celebrarlo, dice que «por aquellas fechas experimenté por primera vez ese sentimiento de “nosotros contra ellos” que aún me asalta a veces a día de hoy en los momentos más inesperados». Me han resultado poco atrayentes, sin embargo, los capítulos que cabría llamar surrealistar de los sueños en los que Laura se ve a sí misma con menos dedos, igual que los acentos llorosos, como de desvalimiento, que respira toda la narración.

Laia Fábregas. La niña de los nueve dedos (Het meisje met de negen vingers, 2007). Barcelona: El Aleph, 2008; 192 pp.; col. Modernos y clásicos de El Aleph; trad. de Goedele de Sterck; ISBN 13: 978-84-7669-821-1.

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Tarzán dibujado por Burne Hogarth.
jueves, 5 de febrero de 2009

Un personaje que ha ocupado la imaginación de muchos niños: Tarzán. Hace años leí varias novelas de la serie y, para Bienvenidos a la Fiesta, releí la primera y, mas rápido, las dos siguientes. Puse sólo una reseña de la primera porque pienso que la idea inicial es la verdaderamente cuenta: los desarrollos posteriores demuestran la fértil imaginación de Edgar Rice Burroughs, pero añaden poco, al menos para un lector como yo. Vale la pena echar un vistazo a los comentarios sarcásticos que hizo Kipling en su autobiografía sobre Tarzán y su autor —«el genio de los genios», le llama—, de los que yo cito una breve referencia. Naturalmente, el personaje creció también mucho gracias al cine y a las tiras de cómic que puso en marcha Harold Foster y que desarrolló más Burne Hogarth.

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miércoles, 4 de febrero de 2009

Son muchos los relatos infantiles de fantasía protagonizados por seres pequeñitos: en las semanas que siguen hablaré de varios que se han publicado hace poco. Pero, antes, conviene recordar que una buena parte de sus raíces están en Mary Norton y su serie Los incursores.

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Hiawatha. Ilust. de F. Remington.
martes, 3 de febrero de 2009

Dos escritores importantes: Washington Irving, el iniciador de la gran tradición norteamericana de autores de relatos cortos, y su amigo Henry Longfellow, autor de El canto de Hiawatha, un poema narrativo acerca de un mitológico jefe indio que ilustró en su momento Frederic Remington.

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lunes, 2 de febrero de 2009

Rugidos y Orejas
y Mimí dice que no son dos álbumes del taiwanés Chih-Yuan Chen. Sus ilustraciones tienen las mismas características y cualidades de Guyi Guyi y La mejor Navidad: en tinta y acuarela, bien compuestas y bien secuenciadas.

En el primero se habla de un leoncito pequeño llamado Rugidos, en la mitad superior de las páginas, y de la conejita Orejas, en la mitad inferior; y se cuenta que a los dos sus padres los adiestran para evitar los peligros de la vida pero, un día lluvioso, ambos acuden a protegerse a la misma cueva. Como Guyi Guyi, el relato habla de que la educación recibida puede cambiar el curso de lo previsible según los adultos, de que se puede llegar a ser amigo de alguien antes de aprender que deberías ser su enemigo, de cómo luego los padres pueden acabar aprendiendo de los hijos.

En el segundo, la cerdita Mimí es una respondona que no hace caso a una madre. La historia es algo blanda pero se puede poner en paralelo con otros relatos con más fuerza como Inés del revés, de Anita Jeram, o, mejor aún, con ¡No, David!, de David Shannon, para pensar en qué actitud de la madre ante la niña o el niño es preferible: la irónica de Jeram, la enfadada de Shannon, o la temerosa y angustiada de Chen.

Chih-Yuan Chen. Rugidos y Orejas (Artie and Julie, 2008). Barcelona: Thule, 2008; 44 pp.; trad. de Aloe Azid; ISBN: 978-84-96473-92-8.
Chih-Yuan Chen. Mimí dice que no (2008). Texto de Yih-Fen Chou. Barcelona: Thule, 2008; 28 pp.; trad. de Aloe Azid; ISBN: 978-84-96473-97.3.

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domingo, 1 de febrero de 2009

Además de los relativos al éxito, algunos aforismos de los Apuntes de Canetti que me han gustado son éstos:

—«Los grandes aforistas se leen como si todos ellos se hubieran conocido bien unos a otros».
—«Reseñaba libros que sólo leía después. Así sabía ya lo que pensaba sobre ellos».
—«Él es sagaz como un periódico. Lo sabe todo. Lo que sabe cambia cada día».
—«Su pensamiento tiene aletas en lugar de alas».
—«¡Qué convincente suena todo cuando se sabe poco!».
—«Él es tan sagaz que sólo ve lo que ocurre a sus espaldas».
—«Él se busca un dios sordo para poder rezar lo que le venga en gana».
—«También debes leer a tus contemporáneos. Uno no puede alimentarse sólo de raíces».

Elías Canetti. Apuntes: 1942-1993. Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2003; 1195 pp.; col. Opera mundi; Obras completas, 4; edición dirigida por Juan José del Solar; ISBN: 84-226-9368-2 (Círculo de Lectores), 84-8109-398-X (Galaxia Gutenberg).

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