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Notas de febrero de 2010 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 28 de febrero de 2010

Joseph Ratzinger:
 Si libertad «significa que el propio deseo es la única norma de nuestras acciones, que nuestra voluntad puede desearlo todo y que puede poner en práctica todo lo que le apetezca», surgen enseguida varias preguntas: «¿Hasta qué punto es realmente libre la voluntad?, ¿y hasta qué punto es razonable?; y una voluntad no razonable, ¿es realmente libertad?, ¿es realmente un bien? Por consiguiente, la definición de la libertad que habla del poder querer y del poder hacer lo que se quiere, ¿no habrá que completarla ligándola con la razón, con la totalidad del hombre, para que no se convierta en la tiranía de la sinrazón? ¿Y no pertenecerá también al concierto entre la razón y la voluntad el buscar luego la razón común de todos los hombres y de esta manera la compatibilidad mutua de las libertades? Es evidente que en la cuestión acerca de la racionalidad de la voluntad y de su vinculación con la razón se plantea ya conjuntamente, de manera tácita, la cuestión acerca de la verdad».

Por tanto, no se puede aislar «el concepto de la libertad, falsificándolo: la libertad es un bien, pero lo es únicamente en asociación con otros bienes con los cuales constituye un conjunto indisoluble». Tampoco se puede restringir, «reduciéndolo al derecho individual a la libertad». (…) «La libertad está ligada a una medida, que es la medida de la realidad; está ligada a la verdad. La libertad para la destrucción de sí mismo o para la destrucción del otro no es libertad, sino su parodia diabólica. La libertad del hombre es libertad compartida, libertad en la coexistencia de libertades que se limitan mutuamente y que se sustentan así mutuamente: la libertad tiene que medirse por lo que yo soy, por lo que nosotros somos; en caso contrario se suprime a sí misma».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Glaube, Warheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen, 2003). Salamanca: Sígueme, 2006, 6ª ed..; 237 pp.; trad. de Constantino Ruiz Garrido; ISBN: 84-301-1519-6.

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sábado, 27 de febrero de 2010

No es nuevo que haya ladrones que entran en la política y políticos que se convierten en una banda de ladrones, aunque tengamos la impresión de que cada vez haya más. Tiempo atrás ya puse un texto de Chesterton al respecto titulado Yo también elegiría la piratería. En la misma línea va una escena de El hombre que sabía demasiado en la que un policía le dice al protagonista: «Si es usted un chantajista, le prometo que irá a la cárcel», y él le contesta: «Los chantajistas no van siempre a la cárcel. A veces van al Parlamento».

En otras ocasiones habló del secretismo y la hipocresía de los políticos modernos. Ya me referí a las contundentes afirmaciones que hace en «El busilis de la yedra» (Enormes minucias). Vuelve a lo mismo cuando comenta una obra teatral en la que su amigo Shaw mostraba que la nueva astucia del político no es ocultar las emociones sino mostrar emociones falsas, y afirma que los políticos nunca han parecido tan francos y nunca han sido tan trapaceros: ahora lo sabemos todo acerca de sus mascotas pero nada sobre los fondos de sus partidos. («Bernard Shaw and Breakages», Sidelights)

Más en general, otras veces indicaba dónde se ha comenzado a perder el respeto a unos gobernantes como los que tenemos: «Lo que más daño ha hecho al gobierno moderno es cierta cualidad que raras veces se menciona (...). Se trata de la pérdida del viejo ideal que asociaba el amor por la libertad con el desprecio del lujo. Los primeros y mejores idealistas democráticos fueron siempre tajantes en ello. Exigieron que el senador republicano mostrara una republicana austeridad, pues precisamente eso era lo que había de distinguir al senador del cortesano y del afeminamiento de la corte». («El rey Jorge V», El color de España y otros ensayos)

En positivo manifestaba su admiración por William Cobbett como ejemplo de político inusual que «hablaba por los innumerables hombres que no pueden hablar y trataba de ayudar a los que no podían ayudarlo. No le pagaban los pobres para que fuera el paladín de su causa, porque es un hecho curioso, no descubierto por la mayoría de nuestros doctores en sociología, que la riqueza se obtiene de los ricos». (Maestro de ceremonias)

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viernes, 26 de febrero de 2010

El último hermano,
de Nathacha Appanah, se desarrolla en la Isla Mauricio, en los años cuarenta. El narrador, Raj, es un hombre mayor y cansado que recuerda su infancia. Sus primeros años de vida los pasa en una plantación de caña de azúcar, en Mapou, hasta que sus dos hermanos fallecen trágicamente. Luego, él y sus padres se trasladan a vivir a Beau Bassin. Allí su padre trabaja como guardián en la prisión, donde también está un grupo de judíos europeos que no fueron aceptados en Palestina. Raj tiene nueve años entonces y, cuando pasa unos días en el hospital de la prisión, se hace amigo de David, un chico judío de diez años cuyo pelo rubio le fascina. Cuando un ciclón causa el caos en la isla y David escapa del campo, Raj lo esconde en su casa.

Buena historia, diferente a otras con tema parecido pues los escenarios son diferentes y la perspectiva del protagonista también dado que no sabe nada de nada ni de la segunda Guerra Mundial ni de los judíos. Por otra parte, aunque el episodio de la amistad con David es el central, la novela desarrolla también las condiciones extremas en las que vive Raj, debido sobre todo al comportamiento violento de su padre, aunque un tanto aliviadas por la figura bondadosa de la madre. La historia es fluida y está bien escrita, pero algunas expresiones aisladas suenan raras —«los ojos se le llenaron de lágrimas de forma asaz repentina»—, y otras un tanto cursis —«sus rizos dorados y su tacto sedoso me pertenecen eternamente»—. Por otra parte, los acentos dolientes del narrador sin la más mínima concesión al humor, que indudablemente son legítimos y posibles, acaban siendo un tanto agotadores y restan impacto a lo que cuenta: el narrador no conoce el consejo de Robert Bresson de producir emoción mediante una resistencia a la emoción.

Nathacha Appanah. El último hermano (Le dernier frère, 2007). Madrid: Alfaguara, 2010; 177 pp.; trad. de Ramón de España; ISBN: 978-84-204-7392-5.

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jueves, 25 de febrero de 2010

Ya que hablé, no hace mucho, de biografías de Shakespeare, y ya que las semanas anteriores colgué reseñas de importantes novelas policiacas, traigo aquí un breve comentario de una interesante novela: La hija del tiempo, de Josephine Tey (no They, como pone la portada de la primera edición que cito abajo).

El protagonista, el inspector de Scotland Yard Alan Grant, está en cama sin poder moverse. A partir de que le muestran un retrato de Ricardo III se pregunta qué clase de persona fue y, con ayuda de las enfermeras y de compañeros amigos, va recopilando información histórica para saber si fue o no el autor del asesinato de sus dos sobrinos. Sus conclusiones serán muy distintas a las que los textos escolares habituales enseñan y a las del estereotipo difundido por la obra de Shakespeare.

Supongo que para entrar en esta historia se requiere tener interés en el personaje o en la historia de la época. En cualquier caso, la estructura de la novela es sobresaliente y es magnífica la forma en que Grant realiza la investigación, por medio sobre todo de un joven norteamericano que le ayuda. Además, reconozco que a mí me gustó en su momento porque me interesa mucho la discusión de cómo los libros escolares engañan tanto y no de modo inocente: la idea de fondo que preside la narración y que se anuncia en el título, para quien lo pueda ver, es que la verdad (esa clase de verdades históricas al menos) es la hija del tiempo, frase de una obra de Bertold Brecht.

A propósito de lo mismo léase Cánones.

Josephine Tey. La hija del tiempo (The Daughter of Time, 1951). Madrid: Debate, 1994; 186 pp.; col. Debate bolsillo; trad. de Flora Casas; ISBN: 84-7444-800-X.
Nueva edición en Barcelona: RBA libros, 2012; 208 pp.; col. Serie Negra; trad. de Efrén del Valle Villamil; ISBN: 9788490063330.

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miércoles, 24 de febrero de 2010

El diario de Juanito Torbellino
,
de Vamba, es uno de los libros humorísticos sobre travesuras infantiles que inauguran el subgénero de los relatos de vida cotidiana en los que un autor adulto se vale de la mirada de un niño para criticar los comportamientos adultos.

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martes, 23 de febrero de 2010

Las aventuras del caballero Trenk,
de Kirsten Boie, es una historia entretenida y bien contada, con acentos de cuento popular y de relato de aventuras, que se dirige a lectores niños.

Se sitúa en la Edad Media. Su protagonista es el joven Trenk que, como ve que su padre es azotado año tras año por no poder pagar unos impuestos injustos a su señor, decide huir llevándose a su cerdo Porquín. Encuentra primero a unos juglares y aprende algunas habilidades que le serán útiles. Después se hace pasar por sobrino del caballero Hans de Granhonor y recibe adiestramiento en su castillo para llegar a ser un caballero. Junto con la hija de Hans de Granhonor, Thekla, tendrá que hacer frente a un dragón.

A favor: el argumento está bien hilado, los personajes principales están bien dibujados, el tono de conjunto es divertido y optimista, la integración de texto e ilustraciones lo hacen un libro atractivo.

En contra: los acentos muy didácticos del narrador, que no sólo explica cosas sino que, además, hace notar al lector que seguramente no las sabe; y que no se conforma con mostrar lo que pasa sino que lo aclara una y otra vez para quien no sea capaz de darse cuenta por sí mismo.

Aunque ya desde la presentación de personajes, donde se dice que Thekla de Grandhonor «hace muchas cosas que entonces no podían hacer las chicas», el lector puede suponer lo que le aguarda, tal vez no esperara un párrafo así: «tal vez ignores que en esa lejana época las mujeres tenían prohibido ser actrices (¡sí, claro que era injusto!), por lo que se utilizaban a chicos jóvenes disfrazados de mujer o de jovencita para interpretar los papeles femeninos». Luego, varias veces el narrador hace notar cosas parecidas e insiste en que «afortunadamente esos tiempos han quedado atrás» (un claro ejemplo de lo señalado hace días).

Más aún: cuando el narrador afirma que «en esa época los hombres pensaban que las mujeres eran delicadas, débiles, miedosas y no demasiado útiles cuando había que luchar», debe tener en la cabeza a mujeres que no han hecho nada en la vida (y que por tanto sólo pueden ser de clase alta), pero no se le ocurre pensar que las mujeres campesinas y trabajadoras de la Edad Media (que eran la inmensa mayoría) no tenían nada de delicadas, y tendrían de débiles y de miedosas tanto como sus hermanos, sus maridos o sus hijos, ni más ni menos, y, si me guío por mi conocimiento de las mujeres campesinas de mi familia, seguramente menos. En fin, es también una falta de seriedad indicar en la contracubierta la «rigurosa ambientación histórica» del relato.

Kirsten Boie. Las aventuras del caballero Trenk (Der kleine Ritter Trenk, 2006). Barcelona: Salamandra, 2009; 288 pp.; trad. de José Antonio Soriano Marco; ISBN 13: 978-84-9838-226-6.

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lunes, 22 de febrero de 2010

Rana, ¿dónde estás?,
el sexto libro de Mercer Mayer, es un álbum sin palabras que prolongó la historia e intentó sacar partido al éxito anterior de Un niño, un perro y una rana. Esta vez la rana huye por la noche de la habitación del niño y, a la mañana siguiente, el niño y el perro salen a buscarla, y sufren toda clase de contratiempos hasta que la encuentran. Tiene las mismas cualidades del primero —dibujos estupendos bien secuenciados y argumento simpático, aunque no tanto como el primero—, y precede a más libros con los mismos personajes.

Mercer Mayer. Rana, ¿dónde estás? (Frog, Where Are You, 1969). Madrid: Los Cuatro Azules, 2009; 32 pp.; ISBN 13: 978-84-937295-2-3.

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domingo, 21 de febrero de 2010

Hay un tipo de escuela o de enseñanza que Robert Spaemann describe como «una escuela de la falta de alegría». Es una escuela, dice, que no amplía la experiencia, no fomenta la creatividad, sino que transmite la perspectiva del ayuda de cámara. Es una escuela en la que, «antes de saber quién era Schiller se entera uno de que era una persona como tú y como yo y que no se llevaba bien con las autoridades. Antes de que saber qué es algo, uno se entera de que debería ser de otra manera. Y puesto que uno mismo no puede comprobarlo mediante experiencias adecuadas al respecto, tiene que creer al profesor».

Esta idea de la «falta de alegría» se puede aplicar también —aunque aquí los comentarios del filósofo alemán van algo más lejos— a la enseñanza de la literatura en relación a su pérdida progresiva, en las últimas décadas, de «su función formativa en estética y moral. Una función de este tipo depende, claro está, de que entre el texto y el lector surja una especie de inmediatez, como la que surge cuando los niños derraman lágrimas por la muerte de Winnetou, o cuando los adultos participan de la ira o la compasión del comisario Maigret en sus pesquisas para dar con el criminal. Condición de dicha inmediatez es la intentio recta de los juicios de valor comunes. La clase “formativa” de literatura, guiando y ejercitando la atención, ilustrando y destruyendo así las barreras históricas y familiarizando con la forma lingüística también de textos clásicos complejos, tenía el propósito de crear una “facilitada inmediatez”, de aumentar el disfrute de la lectura y de modificar y enriquecer así la existencia y la relación con el mundo propias. Cuando, por el contrario, no se trata de hacer posible la intentio recta, sino que, a la inversa, el objetivo es producir una intentio obliqua, cuando el distanciamiento histórico y la objetivación científica de los textos no son una fase de transición sino el fin de la clase de literatura, cuando, por tanto, los textos son un material para ejercicios científicos y no los ejercicios científicos medios que dispongan para el disfrute de los textos, en ese caso no puede darse tal efecto formativo. El texto no pasa de ser objeto dominado, no es “incorporado” y no cambia al lector». Y por tanto, podemos añadir, no amplía la mente del alumno sino que la estrecha.

Robert Spaemann. El primer párrafo pertenece a «¿Es la emancipación un objetivo de la educación?», y el segundo a «Sobre el sentido de la clase de ética en la escuela», ambos en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.

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sábado, 20 de febrero de 2010

Tras la muerte de Chesterton, sus editores Frank Sheed y Maisie Ward y su secretaria Dorothy Collins publicaron varias recopilaciones de sus textos. Los primeros editaron dos: The Coloured Lands y The End of the Armistice. La segunda editó siete: cinco recopilaciones de artículos variados —El hombre común (que contenía textos de distintos orígenes), El color de España y otros ensayos (con textos publicados en The Illustrated London News), Lectura y locura (con textos tomados del The Daily News), The Spice of Life y The Apostle and the Wild Ducks (dos libros con textos de fuentes diversas)—, y otras dos recopilaciones con cierta unidad de contenido —A Handful of Authors y Chesterton on Shakespeare—. Luego, con el paso de los años, han abundado las antologías y recopilaciones de todo tipo de textos, que yo no he comentado aquí salvo Correr tras el propio sombrero, la edición más completa de este tipo en castellano. A las obras anteriores se han de añadir las que recogen todos los artículos que Chesterton publicó durante su vida y que aparecen en distintos volúmenes de obras completas que ha publicado la editorial Ignatius Press, que más adelante reseñaré.

En mis comentarios a esos libros no he intentado citar todos los artículos y, los que he citado, a veces he buscado sintetizarlos —cosa difícil pues, usando una imagen del mismo autor, muchas veces no dispara con bala sino que riega con una manguera—, y a veces sólo he mencionado alguna idea interesante o alguna frase brillante. Además, en ocasiones no he hablado de artículos especialmente valiosos, o no les he dado la importancia que tienen, debido a que me he referido a ellos en algún otro lugar o a que pienso hacerlo en otro momento. El objetivo final es que, con una lectura de conjunto de las reseñas, quede una idea lo más completa posible del pensamiento, las argumentaciones y el estilo personal de Chesterton. De más está decir que no es imprescindible pero sí es conveniente una cierta cultura de fondo para comprenderlo del todo —pues abundan las referencias a la Biblia y a los clásicos—, un cierto dominio del mundo propio del autor —pues se nombran con frecuencia escritores o artistas británicos—, y también un cierto conocimiento de los sucesos de actualidad en la vida de Chesterton.

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viernes, 19 de febrero de 2010

A partir del análisis de distintas novelas —varias de Dostoievski, Don Quijote, Rojo y Negro...René Girard habla, en Mentira romántica y verdad novelesca, de la unidad de los finales de las obras grandes. Explica cómo, en cada ocasión, el héroe renuncia a la quimera que le insuflaba su orgullo y acaba triunfando en la derrota. Señala que «todos los finales novelísticos hacen pensar en el cuento oriental cuyo héroe se aferra con los dedos al borde de un acantilado; agotado, acaba por dejarse caer al abismo. Espera aplastarse contra el suelo pero el aire lo sostiene; la gravedad ha sido abolida». Apunta que todos estos finales de novela son como conversiones, que todos son comienzos y son «le temps retrouvé»: precisamente Proust también indicó que todos los grandes escritores han escrito la misma novela. Dice que Balzac, en el final de Cousin Pons, «resume, en pocas frases, las características esenciales de los finales de novela: el doble rostro de la muerte, el papel del dolor, el desapego de la pasión, el simbolismo cristiano y esta lucidez sublime, a un tiempo memoria y profecía, que proyecta una claridad igual sobre el alma del héroe y sobre el alma de los personajes restantes». En definitiva, dice, «son los propios novelistas, a través de la voz de sus héroes, quienes acaban por confirmar (que...) el mal está en el orgullo y el universo novelesco es un universo de endemoniados. El final es el eje inmóvil de esta rueda».

Por su lado Paul Ricoeur, en Tiempo y narración, habla de cómo «la configuración de la trama impone a la sucesión indefinida de los incidentes “el sentido del punto final”, el punto desde el que puede verse la historia como una totalidad. Esta función estructural del cierre puede discernirse, más que en el acto de narrar, en el de narrar-de-nuevo. De hecho, una nueva cualidad del tiempo emerge de comprender los episodios conocidos como conduciendo a ese fin». Y, a partir de «la reconsideración de la historia narrada, regida como totalidad por su manera de acabar», se abre «una alternativa a la representación del tiempo como transcurriendo desde el pasado hasta el futuro. Al leer el final en el comienzo y el comienzo en el final, aprendemos también a leer el tiempo mismo al revés, como la recapitulación de las condiciones iniciales de un curso de acción en sus consecuencias finales». Por eso, cuando un final es falso —no cuando es feliz, porque puede ser feliz—, la novela falla.

René Girard. Mentira romántica y verdad novelesca (Mensonge romantique et verité romanesque, 1961). Barcelona: Anagrama, 1985; 285 pp.; col. Argumentos; trad. de Joaquín Jordá; ISBN: 84-339-0078-1.
Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico (Temps et Récit. L’histoire et le recit, 1983). Madrid: Cristiandad, 1987; 377 pp.; serie Libros Europa; trad. de Agustín Neira; ISBN: 84-7057-415-9.

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jueves, 18 de febrero de 2010

Ya que mencioné, hace unos días, El misterio del Cuarto Amarillo, la segunda mejor novela policiaca de su época según decía Chesterton en «The Domesticity of Detectives» (The Uses of Diversity), pongo ahora una reseña de la que calificaba como la mejor: El último caso de Trent, de Edmund C. Bentley, libro del que no conozco edición en castellano, aunque he visto que la hubo hace tiempo. También Agatha Christie y Dorothy Sayers la consideraban una de las mejores novelas policiacas. Una de las razones: por primera vez el detective protagonista no era un ser infalible como lo habían sido Dupin, Holmes y los demás.

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De la portada de Guillermo Detective.
miércoles, 17 de febrero de 2010

Sigo respondiendo a quejas. En un artículo reciente en The Times se decía que Richmal Crompton describía su ficción como «de segunda fila literaria». Dejando de lado que la misma frase ya indica que sí escribía con intenciones literarias, quienes puedan comparar su trabajo con el muchas series posteriores sabrán que su segunda fila está muy, muy adelante.

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martes, 16 de febrero de 2010

Un relato de 1888, muy ameno por su tensión aventurera y por su buen humor, del que no conozco edición en castellano: Two Little Confederates, de Thomas Page. Es una historia que sirve para comprender algo más una época y que también es útil como ejemplo de qué ocurre cuando se compone una novela según lo que se considera políticamente correcto de un momento histórico dado.

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lunes, 15 de febrero de 2010

Después de los cuentos clásicos vienen cuentos sobre los cuentos clásicos como ¡Atrévete, Bruno!, con ilustraciones de Rocío Martínez y texto de Anna Gasol y Teresa Blanch.

Bruno es un pequeño lobo con antepasados ilustres: su tatarabuelo fue el lobo que se comió a las cabritillas, su bisabuelo el que se comió a Caperucita y su abuela, y su abuelo el de los tres cerditos. Su hermana mayor intenta que Bruno sea un lobo feroz pero, cuando Bruno prueba, ni con el oso ni con la mofeta es capaz de gruñir como es debido. Total, lo llevan a la doctora Ardilla.

Relato bienhumorado, en el texto y en las ilustraciones. Está bien organizado gráficamente: con ilustraciones a doble página para comenzar cada uno de los pasos de la historia, y con ilustraciones pequeñas recuadradas o no según lo que se cuenta. Se podría calificar de relato de psicoliteratura en el sentido de que trata sobre un conflicto educativo y de crecimiento, pero quizás es mejor verlo como lo que es: un relato amable, bien contado, que además pide conocer antes varios cuentos populares.

Rocío Martínez. ¡Atrévete, Bruno! (2009). Texto de Anna Gasol y Teresa Blanch. Bilbao: Almadraba, 2009; 28 pp.; ISBN: 978-84-9270-244-2.

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domingo, 14 de febrero de 2010

La imagen del mundo,
un libro de C. S. Lewis publicado póstumamente, desea mostrar la imagen del mundo y la concepción del universo que se desprende de la literatura medieval y renacentista, su especialidad académica. Subraya que, con sus consideraciones, no recomienda un regreso a los esquemas mentales medievales sino sólo inducir a un aprecio más justo de todos los modelos: «respetándolos todos y sin idolatrar ninguno». Señala que «ningún modelo es un catálogo de realidades esenciales ni tampoco mera fantasía. Todos ellos son intentos serios de abarcar todos los fenómenos conocidos en una época determinada y todos consiguen abarcar una gran cantidad de ellos. Pero no menos seguro es también que todos reflejan la psicología predominante en una época casi tanto como el estado de sus conocimientos». Y hace notar cómo el cambio de modelos que se va dando en la historia no significa sin más un progreso del error a la verdad.

Notas en las que aparecen referencias a este libro son: Los maestros del primer plano, Otro error sobre la Edad Media.

C. S. Lewis. La imagen del mundo - Introduccion a la literatura medieval y renacentista (The Discarded Image, 1964). Barcelona: Península, 1997; 179 pp.; trad. de Carlos Manzano de Frutos; ISBN: 84-8307-066-9.

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sábado, 13 de febrero de 2010

Chesterton
escribió multitud de artículos en distintos periódicos y revistas, y algunos fueron reunidos en libros que se publicaron durante su vida. Dejando aparte los libros de viajes y los relativos a la fe católica, cuyos capítulos fueron antes artículos en prensa, esos libros fueron dieciséis.

Recogían artículos de The Illustrated London News —donde se le impuso la condición de no tratar temas políticos o religiosos, que Chesterton sabía como respetar y al mismo tiempo eludir— los siguientes: All Things Considered, Charlas, Come to Think of It, All is Grist, All I Survey, Avowals and Denials, y As I Was Saying. Contenían artículos del mismo semanario, pero también del The New Witness, otros dos: The Uses of Diversity y Fancies Versus Fads, aunque en este último hay también del London Mercury. Libros con artículos que procedían de The Daily Mail fueron: Enormes minucias, Alarmas y digresiones, A Miscellany of Men, y The Appetite of Tyranny. Además, los artículos de The Defendant se habían publicado en The Speaker, y los de The Utopy of Usurers en el The Daily Herald. A ellos se puede unir Maestro de Ceremonias, donde un amigo de Chesterton reunió una selección de prólogos que había puesto a libros muy variados.

Con la excepción de The Appetite of Tyranny —escrito al calor de la primera Guerra Mundial—, y salvada la singularidad de Maestro de Ceremonias dentro del conjunto, todos los demás son misceláneas donde se contienen textos de distinta clase, por más que algunos tengan una idea-postura que unifica un poco los textos, como The Defendant, The Utopy of Usurers o Fancies versus Fads.

No hay diferencia significativa de opiniones entre los del principio de su vida y los del final: en la dedicatoria inicial de Maestro de Ceremonias, Chesterton señala que los prólogos que contiene ese libro fueron escritos hace años y pide benevolencia para sus defectos y para la superficialidad que haya en ellos en su fondo y en su forma, pero apunta que «me asombra comprobar lo poco que han cambiado mis convicciones fundamentales. Y es porque mi convicción final, que también fue una conversión, no se proponía destruir sino realizar, completar». Sí hay evolución en cuanto que, con artículos posteriores, a veces aclara o desarrolla más algunos argumentos o posturas que otras personas criticaban. También hay más seriedad y acentos más argumentativos en los textos del final de su vida, como el mismo autor explica en la introducción a Come to Think of It. Con el paso del tiempo, aumenta la contundencia de sus comentarios de crítica política o social: en esto parecen haber influido el caso Marconi y el fallecimiento de su hermano, a quien debió sustituir en sus empresas periodísticas. Sin embargo, su atención a grandes asuntos nunca le distrajo de las cosas pequeñas de la vida, las que consideraba más importantes: «siempre me atrajo mucho más el microscopio que el telescopio» («On the Romance of Childhood», All is Grist).

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viernes, 12 de febrero de 2010

El maestro de las Burujas
es una novela imposible de resumir, como puede imaginar quien haya leído las anteriores novelas de Walter Moers. Su título completo es El maestro de las Burujas: alquimia y arte culinario en una mágica novela de Zamonia. Novela gastronómica de Zamonia de Gofid Letterkerl, recontada por Hildegunst von Mythenmetz, traducida del zamonio e ilustrada por Walter Moers.

Al principio el narrador nos sitúa en Sledwaya, la ciudad más enferma de toda Zamonia, y presenta a los protagonistas: Eco, un grato —un gato que tiene la capacidad de hablar con cualquier ser vivo—, está muriéndose de hambre después de la muerte de su dueña y accede al trato que le propone Eisspin, el Maestre de Burujas —toda ciudad de Zamonia tiene un Maestre de Burujas que regula todos los asuntos locales y es el verdadero amo—. El trato es ser cebado con los alimentos más exquisitos y tratado a cuerpo de rey durante un año para que luego Eisspin pueda usar su manteca y sus órganos en experimentos alquímicos.

Abundan los personajes singulares, como el vúo —un búho de un ojo solo—, o los muscílagos —parientes zamonios de los murciélagos—; y los comentarios graciosos, algunos muy elaborados —como cuando Eco entra en la casa de Eisspin y observa «tres figuras aterradoras: un segador gris, una bruja de avellano y una momia de cíclope. Eran tres de las criaturas más peligrosas de Zamonia, y la probabilidad de encontrárselas en el mismo lugar era tan elevada como, por ejemplo, la de ser alcanzado por un rayo, un meteorito y una cagada de pájaro al mismo tiempo»—. Aunque no es lo más importante, porque el atractivo del libro para sus lectores naturales son las muchísimas digresiones y derivaciones, el argumento tiene cierta tensión: ¿se librará Eco del diabólico Eisspin?

Como suele pasar, y como cabe esperar de un narrador como el creado por Moers, cualquier consideración seria se despeja enseguida con una broma. Por ejemplo, Eisspin le dice al grato:

«—(...) Al joven alquimista se le enseña a valorar la responsabilidad formidable que recae sobre él. Si investiga lo pequeño, acaso llegue a descubrir algo muy grande. Una fuerza más poderosa que cualquier otra conocida. Y entonces debería meditar a fondo si la libera de verdad.
—Claro, claro —replicó Eco—. Pero si un alquimista investiga durante toda su vida en busca de esa fuerza y un buen día da con ella..., ¿cómo podrá resistir la tentación de liberarla?
—Con tu pregunta has puesto la patita en la llaga eternamente supurante de la alquimia —respondió Eisspin—. Eso constituye un problema. ¿Qué te parecería un desayuno opíparo?».

Al margen, a propósito de que el relato menciona varias veces la quema de «burujas» de la Edad Media y se condenan ese y otros «disparates medievales», se puede hacer la consideración de que resulta gracioso que un autor tan irónico no vea la ironía de fondo de que una novela tan disparatada condene los disparates. Pero esto es típico: tampoco los autores de Avatar pillan la ironía de gastar casi trescientos millones de dólares en las tecnologías más avanzadas para fabricar un producto que nos explica que los avances tecnológicos son malvados.

Walter Moers. El maestro de las Burujas: alquimia y arte culinario en una mágica novela de Zamonia (Die Schrecksenmeister, 2007). Madrid: Maeva, 2009; 383 pp.; trad. de Rosa Pilar Blanco; ISBN: 978-84-92695-11-9.

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jueves, 11 de febrero de 2010

La bruja de Trasmoz,
de César Fernández, reúne bien algunas de las funciones de la literatura juvenil: conecta con el lector joven por su intriga, en especial con la querencia natural de muchos por los relatos de miedo, y conduce a la lectura de un clásico como Bécquer pues todo está basado en un episodio de su vida y abundan las referencias a sus leyendas.

Su protagonista es Emilio, un joven programador informático, descendiente de Bécquer, que tiene unos sueños misteriosos y está insatisfecho en su trabajo. Decide abandonarlo e, igual que su antepasado pasó un tiempo en monasterio de Veruela para escribir leyendas sobre esos parajes, se va unos días a la hospedería de un monasterio cercano a ese lugar para poner en orden sus ideas y, tal vez, escribir una novela.

Desde mi punto de vista, tal vez algunas motivaciones y comportamientos de los personajes podrían ser más convincentes; y también algunos aspectos formales del texto podrían estar más cuidados —por ejemplo, a mí me parecen vacías algunas expresiones típicas de relatos que intentan convocar el miedo en el lector como «la oscuridad que los acechaba» o «la negrura resultaba abominable»—. En cualquier caso, el hecho es que la narración atrapa y el lector desea saber cómo acabará todo, al margen de que funciona muy bien la integración de los pasajes de relatos de Bécquer en la historia.

César Fernández. La última bruja de Trasmoz (2009). Barcelona: La Galera, 2009; 183 pp.; ISBN: 978-84-246-3278-6.

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Il. de Two Little Savages.
miércoles, 10 de febrero de 2010

Dentro de los autores que han contado historias sobre la vida en la naturaleza ocupa un lugar especial Ernest Thompson Seton, pues en él se juntaban ser un gran narrador, ser un naturalista muy experto, ser un excepcional dibujante y ser un magnífico divulgador. El resultado fueron muchos relatos sobre animales, como La vida de un oso gris y El bosque de Tallac, y otros con protagonistas humanos, entre los que destaca un libro con acentos autobiográficos que fue decisivo para muchos lectores de varias generaciones: Two little savages. Lo interesante de libros como estos es que, como sus personajes y sus ambientes son intemporales pues la vida de los animales es siempre igual, son duraderos para todos los lectores a quienes el género les guste. Además, estos tres libros y muchos otros del autor están disponibles en la red.

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martes, 9 de febrero de 2010

En el comentario a Mil millones de tuberías daba motivos por los que, a veces, puedo empezar a leer un libro bien predispuesto y, también, logros en el interior del relato que minimizaban los defectos que pudiera tener. A ellos se puede añadir, en aquél caso y en el de Maarja y la Dama del Tiempo Gris, de Juan Antonio Arizcun, que ambos son una primera incursión en la literatura infantil y, por tanto, una promesa de posibles libros futuros de calidad. Además, este segundo libro sirve también como ejemplo de algo que ocurre de vez en cuando: el de un comienzo excelente que deja bien dibujados a los protagonistas principales y crea una intriga que impulsa el deseo del lector de saber qué pasará.

En un país frío del norte, Maarja y su hermano mayor Tuk se ven obligados a emprender un viaje debido a que sus padres han desaparecido: se dejan guiar por una impertinente golondrina llamada Linnot que, sorprendentemente, habla, y en el camino serán protegidos por otro no menos impertinente lobo llamado Huntvalge. Aunque la historia pierde algo de fuelle según avanza, se sostiene porque los diálogos son vivos, con buenos golpes de humor e ironía, y porque también tiene interés el núcleo del problema que deben resolver Maarja y Tuk: contrarrestar la cizaña que la Dama del Tiempo Gris había extendido para envenenar la convivencia.

Juan Antonio Arizcun. Maarja y la Dama del Tiempo Gris (2009). Madrid: Palabra, 2009; 144 pp.; col. La Mochila de Astor; ilust. de Ignacio Galilea; ISBN: 978-84-9840-270-4.

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lunes, 8 de febrero de 2010

Un álbum que intenta recoger emociones cotidianas: De otra manera, con ilustraciones de Mónica Gutiérrez Serna y textos de Ana Tortosa. En cada doble página un breve texto poético en primera persona se corresponde con una ilustración. Las escenas se agrupan de dos en dos: la narradora dice algo que le atemoriza primero, como el miedo a la oscuridad, y luego lo presenta de otro modo más positivo, como la satisfacción cuando llega la mañana. Las excelentes ilustraciones, modernas sin estridencias, son dibujos realistas de la niña protagonista contra un fondo, normalmente de papeles pintados, que sugieren los escenarios. Sin énfasis ni simbolismos excesivos, con calidez y claridad, los textos describen inquietudes interiores reconocibles.

Mónica Gutiérrez Serna. De otra manera (2009). Texto de Ana Tortosa. Barcelona: Thule, 2009; 28 pp.; col. Trampantojo; ISBN 13: 978-84-92595-31-0.

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domingo, 7 de febrero de 2010

Robert Spaemann: 
«La diferencia entre la clase de religión y la clase de ética radica en que en la clase de religión, cuando merece tal nombre, lo ético está inserto en un determinado contexto de vida histórico que se funda en una fe en la revelación; inserto en una comprensión dramática del mundo que se articula en conceptos como “caída”, “redención”, “pecado”, “perdón” y “resurrección”. La clase de ética prescinde de tal contexto de la historia de la salvación. Pero eso no significa que deba prescindir de la religiosidad en cuanto constante antropológica y adoptar el punto de vista del ateísmo práctico o del agnosticismo, el punto de vista del “etsi Deus non daretur” [como si Dios no existiese]. Si fuera ese el caso, entonces habría que apartar de la clase de ética la mayoría de los textos de la gran filosofía europea. Pues en ellos, cuando se trata de ética, casi siempre se está hablando, de una manera o de otra, de Dios. Y esto en tres sentidos.

En primer lugar, en el sentido de que se pregunta por el origen de esa característica experiencia de incondicionalidad que se vincula a la exigencia moral, y que no puede derivarse de la estructura empírica de la, absolutamente condicionada, conditio humana. En segundo lugar, en el sentido de que la acción moral, sobre todo en condiciones extremas, sólo es posible desde una perspectiva que prohíbe pensar que el bien es, a fin de cuentas, en vano, y que el bueno es, a fin de cuentas, el tonto. Desde el “bien mismo” de Platón, hasta el “bien supremo” de Kant, Dios es el nombre para tal perspectiva del “a fin de cuentas”. Y por último, en tercer lugar, en toda la tradición de occidente, Dios es pensado como el punto de referencia más elevado de la praxis moral misma. De forma evidente, lo santo figura en el lugar supremo de la jerarquía de valores o se hace sencillamente invisible. En esta tradición la religión es también una virtud moral, y adorar a Dios es un deber de toda persona racional, si bien desde antiguo se discute si la adoración de Dios precisa acciones de culto específicas, o si la propia vida moral es el único culto divino esclarecido y digno».

Robert Spaemann. «Sobre el sentido de la clase de ética en la escuela», en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.

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sábado, 6 de febrero de 2010

Después de su conversión al catolicismo en 1922, Chesterton escribió varios libros sobre la fe católica. Primero fueron varios artículos que después de su muerte serían recogidos en Adonde todos los caminos conducen. Luego vino un relato contando el proceso intelectual de su conversión: La Iglesia Católica y la conversión, con ideas a las que volvería en su posterior Autobiografía. Unos años más tarde reuniría distintos artículos en los que se consideran sus dos libros más importantes sobre la cuestión: The Thing o Por qué soy católico, y El Pozo y los charcos o El manantial y la ciénaga (según las traducciones). A esos libros se añade un breve comentario a unos cuadros sobre las escenas del Via Crucis titulado El camino de la Cruz.

Es interesante apuntar que Chesterton siempre intentó hablar de los motivos positivos de su conversión y evitar cualquier crítica contra el anglicanismo de la que pudiera desprenderse que había dado el paso por rechazo: «he abordado esta cuestión dando deliberadamente un rodeo que puede parecer excesivo, pero es que estoy convencido de que es la mejor manera de hacerlo, por ser la más cargada de sutileza y amabilidad» («En defensa de la complejidad», Adonde todos los caminos conducen). Sí es cierto, sin embargo, que con el paso del tiempo no pudo dejar de responder, a veces con agresividad, a comentarios no menos agresivos que provenían de figuras prominentes de la Iglesia anglicana como Dean Inge y E. W. Barnes, dos personajes que representaban bien que la única tradición viva del legado anglicano era el anticatolicismo.

Para valorar estos libros tiene importancia considerar que Chesterton se dirige al mundo  inglés para dar testimonio ante él de que llegar a ser católico no es dejar de pensar sino aprender a pensar; que la vieja fe católica es la única que permanece siempre nueva; que, al fin, la Iglesia Católica ha quedado como la institución que defiende hasta el final los verdaderos valores de la razón y de la libertad. Todo parece indicar que la posición católica de Chesterton, tan nítida en los años treinta y cuarenta, influyó en la cada vez más tibia recepción de sus obras en su propio país. Él lo sabía pero, lo mismo que sus declaraciones de tipo político y social, estas sobre sus creencias las formulaba con la conciencia de que «si digo estas cosas no puedo pedir a la mayoría de ustedes que concuerden conmigo; si digo cualquier otra, no puedo pedirles que me respeten» («Donde está la paradoja», El Pozo y los charcos).

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viernes, 5 de febrero de 2010

Desde que me deslumbró con El legado del rey Tsongor, he ido leyendo las demás novelas de Laurent Gaudé. Ahora le ha tocado el turno a La puerta de los infiernos, un relato con resonancias míticas y que habla de oportunidades desaprovechadas en las relaciones entre padres e hijos que sólo se aprecian cuando ya no es posible o es muy difícil aprovecharlas.

La historia se desarrolla en Nápoles. Comienza con algo que parece un ajuste de cuentas y luego cambia de dirección y toma derroteros sorprendentes: se cuentan las vidas del padre y la madre de un chico, Pippo, que muere cuando tiene seis años en un tiroteo callejero; pero también conocemos la vida de Pippo con veintipocos años a la busca de sus padres; además, aparecen unos personajes estrafalarios que propician una visita de Pippo al mundo de los muertos.

En una entrevista con el autor se menciona una de las razones por las que, a mi juicio, no es una historia conseguida: el comienzo de la novela en el mundo real y el giro posterior hacia lo mitológico es desconcertante y, al final, ambas partes no encajan bien; se podría decir que cambiar de género en medio de una novela es siempre un ejercicio arriesgado. Otra es que los guías de Pippo, que se tratan con una simpatía y condescendencia que yo llamaría frívola, no resultan creíbles: ni el anciano cura, ni la prostituta transexual, ni mucho menos el catedrático pederasta (por muchas resonancias de la Grecia clásica que pueda tener esto).

Aunque admire la capacidad narrativa y constructiva del autor, y que intente argumentos novelescos serios y tan distintos, me ha dejado la impresión de que la historia habría necesitado más elaboración.

Laurent Gaudé. La puerta de los infiernos (La porte des enfers, 2008). Barcelona: Salamandra, 2009; 247 pp.; trad. de Teresa Clavel Lledó; ISBN: 978-84-9838-245-7.

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jueves, 4 de febrero de 2010

Una clásica y antigua novela policiaca: El misterio del cuarto amarillo, de Gaston Leroux. La historia está bien narrada y el héroe tiene por delante resolver un caso policial más difícil todavía que Los crímenes de la calle Morgue  y que «La banda de lunares» (Las aventuras de Sherlock Holmes), de Conan Doyle. Un caso posterior que plantea un mismo tipo de misterio fue «La sombra del tiburón», un relato de 1929 de Chesterton en El poeta y los lunáticos.

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miércoles, 3 de febrero de 2010

Mil millones de tuberías,
de Diego Arboleda y Raúl Segospe, trata sobre qué pasa, en una ciudad llena de fábricas, metal y tuberías, cuando en el jardín de la casa de un niño llamado M cae un meteorito: los científicos del reino lo desean a toda costa pero M no se lo da y acaba envuelto en una rebelión contra el gobierno.

A mí me ocurre que hay relatos que, por alguna o algunas razones previas a la lectura (o más bien motivos y no razones), me caen bien. En este caso fueron: que el texto de contraportada es tumbativo y que, a simple vista, la integración con las imágenes parecía conseguida y sugerente. Luego, al entrar en la historia, lo leí rápido con interés por saber el final y esto es otro tanto a favor. Y los defectos que me pareció ver —como que podría tener un desarrollo más claro— quedaron en segundo plano ante algunos hallazgos de palabras —Alboratorio, por ejemplo—, y ante la personalidad cabezona del protagonista —«uno de esos niños que sabían contestar y fastidiar a la vez»—.

Diego Arboleda. Mil millones de tuberías (2009). Madrid: Anaya, 2009; 215 pp.; ilust. de Raúl Sagospe; ISBN: 978-84-667-8485-6.

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martes, 2 de febrero de 2010

Dos autores que recopilaron muchos cuentos populares: el estonio Friedrich Reinhold Kreutzwald y el finlandés Zacarias Topelius

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lunes, 1 de febrero de 2010

Millions of Cats
,
de Wanda Gág, fue un álbum que introdujo importantes novedades en el modo de concebir los álbumes para niños: ilustraciones a doble página, movimiento de izquierda a derecha siguiendo el camino del protagonista, texto bien integrado con los dibujos en blanco y negro.

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