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Notas de marzo de 2007 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 31 de marzo de 2007

Más citas de E. F. Schumacher:

«Las cosas que realmente sirven para algo no han de hacerse desde el centro, no pueden ser hechas por grandes organizaciones, sino por la gente misma».

«Cuanto más fuerte sea la corriente, más grande será la necesidad de una navegación habilidosa».

«En todas partes la gente pregunta: “¿Qué es lo que puedo hacer?” La respuesta es tan simple como desconcertante: nosotros, cada uno de nosotros, podemos trabajar para poner en orden nuestra propia casa. La orientación que necesitamos para este trabajo no puede encontrarse en la ciencia ni en la tecnología, cuyo valor dependen en última instancia de los fines a los que sirven; pero puede todavía hallarse en la sabiduría tradicional de la humanidad».

E. F. Schumacher. Lo pequeño es hermoso.

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viernes, 30 de marzo de 2007

En su conferencia ¿Qué es un clásico?, J. M. Coetzee analiza distintos significados de la expresión «clásico».
Indica que, clásico, en términos horacianos, es un libro que ha perdurado a lo largo del tiempo. Que, en opinión de Eliot, es «un libro que soportará la responsabilidad de ser leído en una clave que tiene significado para la propia época». Que, para Zbigniew Herbert, «clásico es lo que sobrevive a la peor barbarie, lo que sobrevive porque hay generaciones de personas que no se pueden permitir ignorarlo y, por tanto, se agarran a ello a cualquier precio». Luego explica Coetzee que la interrogación al clásico, «por hostil que sea, forma parte de la historia del clásico, porque mientras un clásico necesite ser protegido del ataque no podrá probar que es un clásico». Y, más aún, la crítica «tiene la obligación de interrogar al clásico. La crítica (la escéptica en primer lugar) es lo que el clásico utiliza para definir y garantizar su supervivencia. Tal vez este tipo de crítica sea uno de los instrumentos de la astucia de la historia».

J. M. Coetzee. Costas extrañas: ensayos, 1986-1999.

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jueves, 29 de marzo de 2007

Una cita de José Jiménez Lozano que enlaza con una nota de hace unos días: «Gilbert Murray ha escrito en alguna parte que la lectura de los evangelios, ya sea en griego o en nuestra lengua, o la lectura de Homero, en el original o traducido, deja en nuestras mentes algo estéticamente valioso; es decir, una especie de cuadro del mundo homérico, o del Reino de Dios, aunque no podamos citar ningún pasaje. Por esto mismo la necedad que afirma que lo que importa es que los niños lean cualquier cosa, y que el caso es que lean, adquiere unos tintes verdaderamente siniestros, porque esas banales lecturas constituirán también la textura de la banalidad de la vida futura de esos pequeños lectores o escuchadores. La verdad es que, si uno no se acerca a algo serio y hermoso muy pronto, enseguida será muy tarde para ello, y la mayor parte de las veces ya imposible. Todo rodará por la banalidad, y será espléndida la cosecha de hombres redondos, vacíos y felices».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña (2003). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa Contemporánea; ISBN: 84-8191-516-5.

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miércoles, 28 de marzo de 2007

Otro relato recuperado por Gádir es El niño y el río, de Henri Bosco.

Ambientado en Provenza, el narrador es un chico llamado Pascal que vive con sus padres en el campo. Su padre le deja libertad para todo menos para tomar el camino del río, con lo que sus deseos de ir allí van en aumento. Hasta que, al fin, va al río cuando sus padres están fuera unos días y él se ha quedado solo con su tía Martina. Pero las cosas se complican: ayuda a un chico llamado Gatzo a escapar de unos gitanos y acaba viviendo con él unos diez días en las cercanías del río. Finalmente vuelve a su casa y se averigua la historia de Gatzo.

La historia tiene un excelente arranque: la tentación de marcharse del protagonista está reflejada con acierto y se transmite una tensión y expectación crecientes. El relato encalla luego un poco: algunos pasos posteriores del argumento parecen poco creíbles; la descripción de paisajes y el asombro que la naturaleza provoca en Pascal, a base de frases muy cortas, está conseguida muchas veces, pero también hay escenas contadas con un lirismo un tanto artificial. Con todo, está bien: es un relato que me ha interesado conocer.

Henri Bosco. El niño y el río (L’enfant et la riviere, 1945). Madrid: Gádir, 2006; 127 pp.; ilust. de Concha F. Montesinos; trad. de José Luis Rivas; ISBN: 84-935237-6-3.

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martes, 27 de marzo de 2007

La viuda y el loro,
de Virginia Woolf, es un antiguo relato que la autora redactó para el diario familiar que editaban sus sobrinos, que tiene gracia y una moraleja evidente: cuidar bien a los animales tiene premio.

A la muerte de su hermano, la señora Gage, una mujer que prefiere pasar privaciones antes que dejar pasar hambre a su perro, recibe una cuantiosa herencia: una casa y 3000 libras. Pero, al ir a la ciudad donde vivía su hermano para cobrarla, los abogados le cuentan que no hay nada de lo dicho excepto un loro un tanto brusco que sólo responde «¡No estoy en casa!». Desanimada, vuelve de noche a la casa en la que se aloja pero se pierde: se orienta de nuevo porque ve un incendio a lo lejos, piensa que debe ser la casa de su hermano en la que había estado hacía poco, y vuelve allí para salvar al loro...

Contrariamente a lo que algunos lectores podrían esperar, en esta historia no hay ninguna complejidad: es sencilla, eficaz, entretenida y tiene final feliz. Una posible conclusión: hay buenos escritores que, cuando escriben para niños, van a lo seguro y, sorprendentemente para determinadas mentalidades, no intentan recibir aplausos de sus colegas sino que los niños lectores se lo pasen bien y aprendan algo. Caben interpretaciones más complejas, claro.

Virginia Woolf. La viuda y el loro (The Widow and the Parrot: A True Story). Madrid: Gádir, 2006; 55 pp.; ilust. de Concha F. Montesinos; trad. de Catalina Martínez Muñoz; ISBN: 84-935237-4-7.

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lunes, 26 de marzo de 2007

Cyrano
es un álbum de los mismos autores de Babayaga. Y, como allí, las ilustraciones de Rébecca Dautremer son extraordinarias pero el texto me parece desafortunado. Algunas ironías acerca de la época no tienen especial chispa, ni aportan nada relevante al álbum —«las muchachas eran bonitas, pero no se lavaban casi nunca», por ejemplo—. Las acotaciones bromistas a las que se remite con un asterisco están fuera de lugar y, además, tienen poca gracia —«una cotilla es alguien que habla el cotillo, una lengua más afilada e hiriente que un cuchillo», es un caso—. Hubiera sido mucho mejor, pienso yo, un texto limpio y sin pretensiones que dejara todo el peso a imágenes tan asombrosas como la de la derecha.

Rébecca Dautremer. Cyrano (2005). Texto de Taï-Marc Le Thanh basado en la obra de Edmond de Rostand, Cyrano de Bergerac. Zaragoza: Edelvives, 2006; 31 pp.; trad. de P. Rozarena; ISBN: 84-263-6123-4.

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domingo, 25 de marzo de 2007

...and the difference is you, escucho últimamente en la versión de Jamie Cullum. La historia universal y personal nos demuestra que algunos días todo cambia gracias a la conducta generosa de alguien.

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sábado, 24 de marzo de 2007

Unas citas del economista alemán de nacionalidad inglesa E. F. Schumacher:

«La manera en que experimentamos e interpretamos el mundo depende mucho de la clase de ideas que llenan nuestras mentes. Si son insignificantes, débiles, superficiales e incoherentes, la vida parecerá insípida, aburrida, penosa y caótica».

«Una educación que no consiga clarificar nuestras convicciones centrales es meramente un entrenamiento o un juego. (...) La educación, lejos de ser el más grande recurso del hombre, será un agente de destrucción, de acuerdo con el principio corruptio optimi pessima».

(Una lástima, o una vergüenza, que la edición de este libro tan bueno sea tan mala).

E. F. Schumacher. Lo pequeño es hermoso (Small is Beatiful, 1973). Madrid: Hermann Blume ediciones, 2001, 9ª ed., 3ª reimp.; 310 pp.; col. Crítica / Alternativas; trad. de Oscar Magenet; apéndice de G. McRobie titulado “Lo pequeño es posible"; ISBN: 84-89840-27-X.

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viernes, 23 de marzo de 2007
Vuelve a las librerías En las nubes, de Ian McEwan. Pero, como corresponde a la editorial y colección en la que sale, no contiene las ilustraciones de Anthony Browne que venían en la edición anterior.
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jueves, 22 de marzo de 2007

Nueva edición crítica, en Cátedra, de un clásico hispanoamericano: La edad de oro, de José Martí, en la que también hay otros relatos del autor cubano. Como en el libro citado ayer son clarificadores los comentarios del editor: es provechoso conocer las ideas educativas de Martí y su respeto a la hora de preparar textos para niños.

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miércoles, 21 de marzo de 2007

Acaba de salir una jugosa edición crítica de Días de Reyes Magos, de Emilio Pascual. Las notas y el epílogo del editor, Toni Cassany, me han hecho comprender cosas importantes que no había pillado en mi primera lectura.

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martes, 20 de marzo de 2007

Un cuento inglés escrito por John Ruskin: El Rey del Río de Oro, un relato que fue ilustrado por Richard Doyle, uno de los dibujantes de referencia en la época.

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lunes, 19 de marzo de 2007

De otro ilustrador de referencia, Gregoire Solotareff, se ha publicado no hace mucho El rey cocodrilo. El protagonista, ya desde pequeño, se come a todo el que se le pone por delante: «Nada más salir del huevo, se precipitó sobre un pollito y se lo comió», un arranque realmente fuerte. A ese ritmo el cocodrilo acaba siendo rey del pueblo pero su capricho de cuidar a la elefanta Lila desde pequeñita para engordarla y comerla cuando sea mayor acaba cambiando sus planes: el buen humor de Lila y su sentido de la amistad transforman al rey cocodrilo. Es una historia en la línea de ¡Qué más quisieras!, esta vez no con elefantito sino con elefantita simpática como héroe, y que también trata de amistad y de arrepentimiento, como muchos relatos del autor.

Gregoire Solotareff. El rey cocodrilo (Le roi crocodile, 2005). Barcelona: Corimbo, 2006; 32 pp.; trad. de Rafael Ros; ISBN: 84-8470-224-3.

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domingo, 18 de marzo de 2007

Adam Zagajewski: «Frente al mundo se pueden tomar dos actitudes: uno puede declararse a favor de los silenciosos escépticos y cínicos, que, alegremente, se dedican a desdeñar los fenómenos de la vida y gustan de reducirla a sus ingredientes más menudos, evidentes y aun banales. O bien —segunda opción— puede aceptarse la posibilidad de que las cosas grandes e invisibles existan de verdad, y, sin caer en la exaltación vana ni en la retórica insufrible de los predicadores ambulantes, intentar expresarlas o, al menos, rendirles homenaje, lo que, por lo demás, no significa en absoluto que entonces vaya uno a cerrar los ojos a todo lo pequeño y bajo».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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sábado, 17 de marzo de 2007

Marlon Brando decía una vez que los directores «que dan la lata son los gilipollas sin talento; creen ser el incomprendido Eisenstein, u Orson Welles, o alguien así. (...) Con esos tipos es duro trabajar». Sin embargo, de Charlie Chaplin, que le dirigió en La condesa de Hong Kong, decía que «tiene tanto talento que tienes que aguantarte. En primer lugar, él es la comedia personificada. Es un genio, un genio del cine. Un talento cómico sin igual. Ni te das cuenta de que está senil. Pero como persona es horrible. No me interesa nada».

Y continúa luego: A los primeros «tienes que pararles los pies porque si no se te suben encima. Tienes que frenarles en seco. Pero has de separar esa vida personal de la vida artística. Una no tiene nada que ver con la otra. Igual que con los escritores o con cualquier cosa.

No puedes pensar que la gente comprensiva, o la gente perceptiva o sensible, va a ser igualmente perceptiva o sensible en otras áreas de las relaciones humanas. Eso cae por su peso. El talento no tiene nada que ver, eso es todo.

Hay algunos mierdas que son muy comprensivos y extremadamente talentosos, y otros mierdas que no tienen ni pizca de talento. Hay buena gente en ambos lados».

Chris Hodenfield. El método de su locura, artículo en Rolling Stone del 20 de mayo de 1976 contenido en Lo mejor de Rolling Stone (The Best of Rolling Stone, 1993). Barcelona: Ediciones B, 1995; 587 pp.; trad. de Darío Giménez; ISBN: 84-406-5323-9.

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viernes, 16 de marzo de 2007

Robert Louis Stevenson
hablaba de un tipo de satírico al que «le basta con saber que las cosas no son lo que parecen, y de ello deduce que no existen en absoluto. También advierte que nuestras virtudes no son lo que pretenden, y por eso nos niega la posesión de toda virtud. Ha aprendido la lección según la cual no hay hombre enteramente bueno: pero ni siquiera sospecha que existe otra igualmente verdadera, a saber, que ningún hombre es enteramente malo. (...) Posee un olfato infalible para el mal, pero tiene las fosas nasales taponadas contra la bondad».

Robert Louis Stevenson. Ensayos literarios.

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jueves, 15 de marzo de 2007

A pesar de compartir paisanaje, de las obras de Camilo José Cela sólo me gustaron Viaje a la Alcarria y sus recuerdos de infancia titulados La rosa, el único de sus libros con el que disfruté.

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miércoles, 14 de marzo de 2007

Un gran libro infantil, del que oiremos hablar más durante una temporada porque, parece ser, está próxima la película correspondiente: Las telarañas de Carlota, de E. B. White.

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martes, 13 de marzo de 2007

Además de un gran ilustrador, el norteamericano Frederick Stuart Church fue un paisajista excepcional. Obtuvo un gran éxito de crítica y público, en 1857, con su óleo Niágara, de 107 por 229 cm, «una pintura sobre la fuerza (...) [en la que] no aparece ni una sola persona y las obras del hombre parecen bastante insignificantes. (...) En las cataratas, subraya la pintura, no te comunicas con los demás turistas, te ves confrontado a la creación de Dios y, a través de ella, a su mente. El arco iris sugiere una América prístina que se eleva de la catarata, una promesa de la renovación americana en marcha. La equivalencia del Niágara con el diluvio indicaba una negación de la caída, una especie de bautismo cósmico: temas poderosos y recurrentes para los americanos del XIX». Pero si la pintura ya no es lo que era, cuanto más la de paisajes...

Robert Hughes. Visiones de América: la historia épica del arte norteamericano.

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lunes, 12 de marzo de 2007

De John Burningham, uno de los grandes autores de álbumes ilustrados, no se han editado en España algunos importantes como Mr. Gumpy´s Outing (1970) y Come away from the water, Shirley (1977). Sí hay otros, muy buenos también, y a ellos se ha sumado ahora Eduardo, el niño más terrible del mundo. El argumento, como es característico del autor, contiene un mensaje no para niños sino para educadores: cuando todo el mundo le reprocha cosas a Eduardo se hace peor y peor, y cuando luego todos elogian algo de Eduardo, incluso equivocadamente, Eduardo se hace mejor y mejor. Hasta la mitad, en las páginas izquierdas se ve a Eduardo y en las derechas a distintos adultos que le increpan por algo; en la otra mitad es al revés: en la derecha se van viendo adultos que alaban a Eduardo. Tanto los dibujos coloreados sobre fondo blanco como la secuencia de ilustraciones se distinguen por su claridad narrativa: algo propio del autor y que también es toda una lección, pero esta vez para editores y autores de álbumes.

John Burningham. Eduardo, el niño más terrible del mundo (Edward, the Horriblest Boy in the Whole Wide World, 2006). Vigo: Faktoría K de Libros, 2006; 32 pp.; trad. de María Fe González; ISBN: 84-934713-9-9.

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domingo, 11 de marzo de 2007

Cuenta Zagajewski una escena que presenció en un tren, cuando un chico hablaba a su padre de los nuevos modelos de coches «con un increíble fanatismo, con amor y conocimiento de causa». La voz del chico «dejaba entrever el doloroso deseo de esos vehículos, legendariamente bellos; hablaba de ellos como del unicornio. De cuando en cuando se volvía hacia su melancólico padre, arredrado por la euforia del chico, y le hacía la pregunta: “¿Comprarías ese coche si tuvieras dinero? Di, ¿lo comprarías?”.

“Pues sí, claro que sí”, respondía el padre con fingido desdén, procurando calmar la inquietud de su hijo. Al mismo tiempo, una y otra vez intentaba —sin resultado alguno— distraer la atención del hijo de los vehículos rápidos y le señalaba los indistintos paisajes del mundo nocturno que se hallaban tras la ventanilla. Mira qué bosque más alto. Son pinos, magníficos, soberbios, como mástiles de un barco. Mira la luna, hacía mucho que no la veía tan enorme. Mira, estamos llegando seguramente a una ciudad grande.

Pero con el enardecido muchacho aquello no funcionaba en absoluto; en un murmullo dramático —no podía hablar a plena voz, porque otros pasajeros dormían (yo no)—, seguía dirigiéndose a su padre, cada vez más cansado: ¿Comprarías este coche? ¿Este modelo? ¿Un Ferrari o un Jaguar? ¿Preferirías la carrocería roja o azul? Di, ¿te lo comprarías, si tuvieras dinero?

Seguro, por supuesto que me lo compraría, pero mira cómo brillan las estrellas, mira el mundo».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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sábado, 10 de marzo de 2007

«No hay mayor placer en la vida de un crítico de rock que poder decir: “Ya te lo dije”. La segunda mayor alegría es poder decir: “deberías haber estado allí”, alardear sobre aquellos conciertos fundamentales y aquellas noches reveladoras que cambiaban la música o al menos lograban cortocircuitar los cerebros».

David Fricke. De vuelta al negro. Artículo en Rolling Stone del 24 de septiembre de 1987 contenido en Lo mejor de Rolling Stone (The Best of Rolling Stone, 1993). Barcelona: Ediciones B, 1995; 587 pp.; trad. de Darío Giménez; ISBN: 84-406-5323-9.

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viernes, 9 de marzo de 2007

Dámaso Alonso: «No olvidemos una verdad de Pero Grullo: que las obras literarias no han sido escritas para comentaristas o críticos (aunque a veces críticos y comentaristas se crean otra cosa). (...) Las obras literarias no nacieron para ser estudiadas y analizadas, sino para ser leídas y directamente intuidas. Ni el Quijote se creó para los cervantistas (aunque haya algún cervantista que piense de otro modo), ni el teatro de Shakespeare para la filología alemana. El árbol está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia de los ojos ahora que el viento graciosamente lo cimbrea. ¿Quién pensaría que nació para que desgarremos sus partes, para que las escudriñemos, para que apliquemos a su cerne el microscopio y sometamos las más secretas células a nuestra curiosidad microscópica? ¿Monstruoso, no? Pues este crimen lo intentan, día a día, eruditos dieciochescos a palo seco y filólogos de los que tienen por lema “spiritus occidit”».

Dámaso Alonso. Poesía española: ensayo de métodos y límites estilísticos: Garcilaso, Fray Luis de León, San Juan de La Cruz, Góngora, Lope de Vega, Quevedo (1950). Madrid: Gredos, 1987, 5ª ed.; 670 pp.; col. Biblioteca Románica Hispánica. Estudios y ensayos; ISBN: 8424901029.

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jueves, 8 de marzo de 2007

Más magníficas memorias de infancia: Chico Carlo, de la uruguaya Juana de Ibarbourou. «Fui una niña feliz. (...) (Los niños) se hallan demasiado atentos al placer nuevo de existir, para entregarse a ninguna meditación comparativa, fuente de tristeza. En el niño todo es novedad, hasta el dolor fugitivo. (...) La sensación de desdicha en el niño resulta tan efímera que es frecuente ver al que sufre una penitencia, entrar a ella en un acceso de llanto desesperado, y a los pocos minutos, con los ojos aún llenos de lágrimas, cantar como si no fuese verdad su borrasca».

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miércoles, 7 de marzo de 2007

En el mundo del arte «se ha dicho muchas veces que los ochenta fueron una década de hype. El hype puede definirse como la administración de la desproporción: ocupa el hueco entre el logro estético y la fantasía cultural e hincha el primero apelando a la segunda. El hype es lo que sucede cuando a un artista vivo de veintitantos o treintaitantos años se le dedica una “retrospectiva” en un museo importante, como si él o ella formara ya parte de la historia del arte. El hype ocurre cuando un marchante convence al ansioso cliente de que compre obras todavía-no-pintadas del Genio X, porque todas las que ya ha pintado han ido a parar a manos de otros clientes más despiertos o que gozan del favor del marchante. El hype es la habilidad para mantener la olla periodística en ebullición con cuentos y rumores de precios que se disparan. El hype golpea una y otra vez en el punto donde le duele más al coleccionista contemporáneo de arte a la última: el temor a que el tren de primera salga sin él, con destino a la historia». Esto enlaza con el anuncio de las fechas de lanzamiento del próximo Harry Potter y con algo ya dicho: las mejores obras literarias no suelen estar bajo los focos.

Robert Hugues. Visiones de América: la historia épica del arte norteamericano.

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martes, 6 de marzo de 2007

Otros recopiladores de cuentos, en la senda de los Grimm, fueron los noruegos Christian Asbjörsen y Jörgen Moe. Se puede comprobar que donde los ingleses hablan de gigantes y los alemanes de ogros, los nórdicos hablan de trols, aunque no sea una regla exacta, claro.

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lunes, 5 de marzo de 2007

No son pocos los libros sobre libros, supuestamente para que niños reticentes descubran la maravilla de leer pero que, en realidad, los disfrutan de verdad quienes son ya lectores. Es el caso de El libro favorito de Carlitos, de Axel Scheffler y Julia Donaldson. Como se podía esperar de los autores de El Grúfalo, es inteligente y divertido, en su texto y en su composición gráfica.

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domingo, 4 de marzo de 2007

Otro tramo de Causas sagradas que me pareció revelador es la descripción de los credos de la Nueva Era, que fusionan «trocitos de misticismo oriental, astrología y ocultismo, ecología y psicoterapia...», tal vez porque he notado más de una vez esas querencias en algunos libros infantiles y juveniles. Michael Burleigh afirma que «las religiones de la Nueva Era retroceden a menudo hasta culturas y épocas premodernas (o totalmente fantásticas) —los indios nativos norteamericanos y el rey Arturo figuran entre los preferidos— o se desplazan hacia afuera hasta las sociedades menos desarrolladas. (...) Esas religiones parecen (...) un encogimiento cultural postimperial que ha sustituido la supuesta arrogancia del imperialismo occidental con credulidad ilimitada como reacción a las creencias espirituales del mundo subdesarrollado. Esas religiones comparten buena parte de la cultura de autorrepudio que es evidente en otros sectores supuestamente más racionales de la vida. Pero esto es pasar por alto que los de la Nueva Era en Occidente han transfigurado sutilmente estas creencias, dejando fuera lo que no sintoniza con sus propios puntos de vista y su deseo de disfrutar de las comodidades occidentales».

Michael Burleigh. Causas sagradas.

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sábado, 3 de marzo de 2007

Una de las canciones españolas que más me gustan es Gente, de Presuntos Implicados. Toda ella es magnífica y su fraseado es verdaderamente reconfortante:

«Gente, que se despierta cuando aun es de noche y cocina cuando cae el sol.
Gente, que acompaña a gente en hospitales, parques.
Gente, que despide, que recibe a gente en los andenes.
Gente que va de frente, que no esquiva tu mirada (...).
Gente, que pide por la gente en los altares, en las romerías.
Gente, que da la vida, que infunde fe, que crece y que merece paz.
Gente, que se funde en un abrazo en el horror, que comparte el oleaje de su alma.
Gente que nos renueva la pequeña esperanza de un día vivir en paz. (...)
Hay ángeles entre nosotros, ángeles entre nosotros...»

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viernes, 2 de marzo de 2007

Reseña de la película Un puente hacia Terabithia. En ella hay un enlace con un artículo que escribí hace tiempo sobre la autora de la novela original, Katherine Paterson.

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viernes, 2 de marzo de 2007

Adam Zagajewski: «Uno puede imaginarse a alguien que está escribiendo una defensa de la poesía. Concienzudamente preparado, pasa años enteros sobre su libro. Cuando ya lleva escritas tres cuartas partes de la obra, se percata de que de manera inconsciente ha empezado a atacar la poesía; ha dejado de gustarle, ve sólo su artificiosidad, su pretenciosidad, su academicismo, su incapacidad de dar respuesta a las preguntas fundamentales y más difíciles.

Luego, sin embargo, cuando se acerca al final, de nuevo perdona a la poesía su evidente imperfección, y piensa que es precisamente de eso de lo que se trata: no saber dar respuestas a las preguntas más difíciles y, sin embargo, seguir viviendo».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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jueves, 1 de marzo de 2007

Una novela que aclara, un poco, cómo acabó llegando la guerra civil española es Los cipreses creen en Dios, de José María Gironella. Ambientada en Gerona, desde abril de 1931 hasta finales de julio de 1936, los protagonistas principales son la familia Alvear: el padre, Matías, la madre, Carmen, el mayor, Ignacio, el siguiente, César, y la pequeña, Pilar. La narración está focalizada en Ignacio, personaje que va recibiendo todas las impresiones y valorándolas: primero en los tres cursos que pasa en el seminario, luego cuando trabaja en el Banco Arús y estudia por las tardes, y se va vinculando, de uno u otro modo, a toda clase de tipos humanos. El autor procura exponer equilibradamente las cosas y construir cuidadosamente su trama, de modo que los distintos personajes conserven su individualidad pero representen las tendencias políticas y los estratos sociales de la época. Se muestra el envenenamiento de la convivencia debido, también, a que «los rencores políticos se unían a los rencores personales», y se muestra el peso que acaban teniendo las acciones más pequeñas: como afirma el relojero que aprendió en su oficio, también el lector acaba dándose cuenta de «que las ruedas pequeñas son tan importantes como las grandes».

José María Gironella. Los cipreses creen en Dios (1953). Barcelona: Planeta, 2003; 911 pp.; col. Autores españoles e hispanoamericanos; ISBN: 84-08-04728-0.

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