Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Notas de marzo de 2008 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
HalleBankZorri.jpg
lunes, 31 de marzo de 2008

Uno de los intereses presentes en muchos álbumes para prelectores y primeros lectores es explicar a los destinatarios niños las etapas de su propio crecimiento. A eso se dirige un álbum pictórico más de Georg Hallensleben y Kate Banks: El zorrito. Su argumento es fácil: nace un zorro y al principio sólo mira; luego quiere salir pero sus padres le dicen que aún no está preparado; luego salen juntos y sus padres le van enseñando a encontrar alimentos, a reconocer el peligro, a no hacer cosas que aún no puede hacer, a ocultar rastros; el zorrito va siendo más fuerte y hábil hasta que sabe cazar solo, alimentarse solo y enterrar su comida, a esconderse en los matorrales y correr; y cuando se siente preparado y sus padres también saben que ya lo está, se marcha. La misma lección de muchos álbumes: sencillez en el argumento y buenas ilustraciones, nada de juegos inútiles con la tipografía ni de alardes compositivos...

Georg Hallensleben. El zorrito (Fox, 2007). Texto de Kate Banks. Barcelona: Juventud, 2007; 36 pp.; trad. de Élodie Bourgeois Bertín; ISBN: 978-84-261-3591-9.

Enviar Imprimir
domingo, 30 de marzo de 2008

Joseph Ratzinger: «El cristianismo ocupa una posición peculiar en la historia intelectual de la humanidad. Podríamos decir que esa posición consiste en que la fe cristiana no separa ilustración [el movimiento de la razón contra una religión que tendía al ritualismo] y religión, no pone a la una en contra de la otra, sino que las vincula como una estructura en la que ambas han de purificarse y ahondarse mutuamente de manera constante. Esta voluntad de racionalidad, que no obstante quiebra siempre la razón para que ésta se sobrepase a sí misma —un sobrepasarse al que la razón se negaría de buena gana—, pertenece a la esencia del cristianismo».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Glaube, Warheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen, 2003). Salamanca: Sígueme, 2006, 6ª ed.; 237 pp.; trad. de Constantino Ruiz Garrido; ISBN: 84-301-1519-6.

Enviar Imprimir
LewisGranDiv.JPG
sábado, 29 de marzo de 2008

Ya que, días atrás, mencioné La Divina Comedia e introduje un comentario y un ensayo biográfico sobre William Blake, traigo ahora El gran divorcio: un sueño, de C. S. Lewis.

En el prólogo Lewis dice que preparó ese libro para refutar la tesis que defiende William Blake en El matrimonio del cielo y el infierno, según la cual es necesario terminar abrazando los dos extremos del mal y del bien. Lewis desea hacer notar «el gran divorcio», el abismo infranqueable que separa el cielo del infierno.

Para eso construye una ficción imaginativa que tiene semejanzas con La Divina Comedia. El autor tiene un sueño y, en él, el escritor George MacDonald es su guía en un lugar donde a los condenados se les ofrece una posibilidad de arrepentimiento. Sin embargo, todos ellos se afianzan en su situación: «En última instancia, dice George MacDonald al narrador, no hay más que dos clases de personas, las que dicen a Dios “hágase Tu voluntad” y aquellas a las que Dios dice, a la postre, “hágase tu voluntad”. Todos estos están en el infierno, lo eligen».

Son ideas que, con otro envoltorio, aparecen en las Crónicas de Narnia, por ejemplo en una escena en la que unos Enanos rechazan la comida de Aslan.

C. S. Lewis. El gran divorcio: un sueño (The Great Divorce, 1945). Madrid: Rialp, 1997; 153 pp.; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-3137-7.

Enviar Imprimir
viernes, 28 de marzo de 2008

Un autor al que debemos las novelas de aventuras tal como las conocemos hoy: Walter Scott. Su poder se nota en que, a pesar de sus deficiencias y del paso del tiempo, muchos siguen —seguimos— disfrutando igual de su estilo entusiasta y de la poderosa elocuencia de sus personajes, un don que, decía Chesterton, distribuía siempre con imparcialidad: Scott negará el triunfo al malvado pero lo tratará seriamente y le dejará decir lo que desea decir.

Enviar Imprimir
ValtinNoche.jpg
jueves, 27 de marzo de 2008

La noche quedó atrás,
de Jan Valtin, seudónimo de Richard Krebs (1904-1951), fue un «bestseller» en Estados Unidos cuando se publicó, el año 1941.

Después de contar brevemente su infancia, en Alemania y en distintos lugares, pues su padre era marino, el autor narra sus peripecias desde que se afilió al Partido Comunista siendo muy joven. Durante los años veinte y principios de los treinta viajó por muchos países organizando revueltas sindicales; ya entrados los treinta, siendo ya un agitador muy conocido, fue capturado y torturado por la Gestapo; pocos años más tarde logró convencerles de su conversión al nazismo y abandonó la prisión convertido en agente doble; enfrentado luego a sus propios jefes comunistas, huyó y como consecuencia su mujer fue encarcelada por la Gestapo y falleció. El relato termina justo antes de que Valtin emigre a los Estados Unidos: uno de sus hijos cuenta esa parte de su historia en un corto apéndice.

El relato está escrito de modo directo, con energía e intensidad. El hilo narrativo es claro y los episodios se cuentan sin sentimentalismo. El autor deja ver cómo, para él y para muchos, el bolchevismo era una fe que merecía cualquier sacrificio de vidas y sentimientos humanos. Indica que tuvo atisbos de que su lucha estaba desencaminada pero lo cierto es que su distanciamiento y huida finales sólo se debieron al comportamiento desleal con él de algunos jefes inmediatos. Aunque cabe suponer que no todo es tal como se cuenta, pues no faltan los comentarios autoexculpatorios, los elogios que hicieron a este libro tantas personas se debieron a que mostraba bien el funcionamiento de la maquinaria del comunismo internacional: tanto las intrigas y rivalidades continuas en su interior, como el modo implacable de agitar a las masas para poder luego rentabilizar políticamente los desórdenes. De un modo bien diferente al de otros testimonos, es una confirmación más, casi con el poder de una novela de acción, del comentario de Nicolae Steinhardt en El diario de la felicidad acerca de que el comunismo es «devoto de la trinidad: odio, sospecha, envidia».

Jan Valtin. La noche quedó atrás (Out of the Night, 1941). Barcelona: Seix Barral, 2007; 782 pp.; trad. de Julio Bernal; ISBN: 978-84-322-3168-1.

Enviar Imprimir
MilaniÁngel.jpg
miércoles, 26 de marzo de 2008

Un amigo me recomendó tiempo atrás Un ángel, probablemente, de Milo Milani, un relato con un cierto parecido a El secreto del fuego, de Henning Mankell. Es menos intenso y más blando pero cumple sus propósitos.

El protagonista es un ingeniero italiano que, siendo niño, sufrió las consecuencias de la guerra mundial. Se instala en un imaginario país africano y allí organiza las cosas para recoger a niños heridos o abandonados a causa de la guerra que asola el país, hasta que un día llegan soldados...

La narración está estructurada en capítulos cortos y contada en tercera persona. Los acentos son explicativos y amables aunque la dureza de lo que se narra es patente: el autor parece que trata de conmover sin golpear. En conjunto es un buen intento de transmitir la dureza de las vidas de los niños que se ven afectados por tantas guerras en África; es un elogio a quienes sacrifican sus comodidades para prestar ayuda, y un reconocimiento también de que, al final, siempre hace falta «un algo más» para que todo salga bien.

Mino Milani. Un ángel, probablemente (Un angelo, probabilmente, 2004). Barcelona: Vicens Vives, 2007, 1ª reimpr.; 124 pp.; col. Cucaña; ilust. de Gianni de Conno; trad. de Elena del Amo; ISBN: 978-84-316-0975-7.

Enviar Imprimir
FranAngelicoAnunciación.jpg
Fra Angelico. Anunciación, 1433.
martes, 25 de marzo de 2008

José Jiménez Lozano: «P. me habla de la ficha artística hecha por un organismo administrativo, en la que, junto a los datos técnicos, se describe el cuadro de este modo: “Joven con alas de pájaro de rodillas ante una joven con un libro”. Y obviamente se trata de una Anunciación; lo que no está tan claro para nosotros es si la descripción de dicho documento administrativo es debida a la ignorancia general básica que ya ha escalado altos puestos de expertos, o se trata de asepsia laicista. No fuera que, escribiendo Anunciación, hubiera alguna connivencia con la superstición cristiana. Neutralidad escrupulosa entonces».

José Jiménez Lozano. Advenimientos (2006). Valencia: Pre-Textos, 2006; 215 pp.; col. Narrativa Contemporánea; ISBN: 84-8191-770-2.

Enviar Imprimir
BlytheRP01.jpg
lunes, 24 de marzo de 2008

Después de debutar en el mundo de los álbumes con una maravilla como El canto de las ballenas, los álbumes de Gary Blythe que han venido después y que conozco, como El mejor de los secretos y El regalo perfecto, son más flojos, aunque sin duda en el juicio influye que aquel primer álbum fuera tan espectacular. Esos dos últimos álbumes tienen como protagonistas a muñecos —una especie de muñeca raída en el primero, un osito de peluche deteriorado en el segundo—, y ambos tratan de cómo el niño y la niña propietarios emprenden su búsqueda cuando los pierden. El primero tiene acentos más oníricos, el segundo se alinea claramente con un relato como El conejo de terciopelo. Tal vez debido a que las historias en sí mismas no son muy originales y a que tienen una deriva sentimental muy acusada, lo cierto es que los álbumes no tienen una composición gráfica global tan coherente como la de El canto de las ballenas y, aunque tengan ilustraciones en sí mismas magníficas, otras resultan empalagosas en exceso. Con todo, seguro que habrá quienes los disfruten mucho y queden fascinados por algunas escenas «encantadoras» como la de la derecha (que pertenece al segundo álbum).

Gary Blythe. El mejor de los secretos (Milo and the Night Marker, 2003). Texto de Angela McAllister. Madrid: Kókinos, 2004; 28 pp.; trad. de Esther Rubio; ISBN: 84-88342-49-7.
Gary Blythe. El regalo perfecto (The Perfect Bear, 2007). Texto de Gillian Shields. Madrid: Kokinos, 2007; 30 pp.; trad. de Esther Rubio; ISBN: 978-84-96629-25-7.

Enviar Imprimir
DanteCie.jpg
domingo, 23 de marzo de 2008

Hace más o menos un año decidí leer la Divina Comedia con calma y hasta el final, esta vez azuzado (entre otras lecturas) por un libro de Romano Guardini —citado en La representación de los ángeles y en Más sobre los ángeles—. En esas estaba cuando leí unos comentarios del prólogo que le puso Borges a una edición de Océano de 1998.

En uno, que tiene que ver con citas ya colgadas aquí —Aprender a describir, Los maestros del primer plano— señala el inmenso talento de Dante para la descripción concreta: «No le basta decir que, en la oscuridad del séptimo círculo, los condenados entrecierran los ojos para mirarlo; los compara con hombres que se miran bajo la luna incierta o con el viejo sastre que enhebra la aguja (Infierno, XV, 19). No le basta decir que en el fondo del universo el agua se ha helado; añade que parece vidrio, no agua (Infierno, XXXII, 24)... En tales comparaciones pensó Macaulay cuando declaró, contra Cary, que la “vaga sublimidad” y las “magníficas generalidades” de Milton lo movían menos que los pormenores dantescos». Y termina Borges ese comentario indicando que «la novelística de nuestro tiempo sigue con ostentosa prolijidad los procesos mentales. Dante los deja vislumbrar en una intención o un gesto».

Otro comentario borgiano, que tiene mucho de de reto para un lector de hoy, es el que hace a propósito de la dificultad que tenemos para entender por qué un pecado es mortal a pesar de todos los atenuantes que se nos ocurren: «Nuestro siglo, maleado por las vastas simplificaciones de la propaganda patriótica o comercial (a los films de Eisenstein, digamos, donde los justos tienen cara de justos y los malvados no presentan un rasgo que no sea detestable o ridículo), no se habitúa fácilmente a esa complejidad».

Y otro, más desafiante todavía y un tanto zumbón, es este: «El que sabe español sabe los rudimentos del italiano y puede acometer, sin recelo, el texto original de Dante. Eludir esa empresa (que sólo al principio es una tarea) es una imperdonable frivolidad. El mejor punto de partida es un episodio famoso: el de Francesca o el de Ulises, digamos (cantos V y XXVI del Infierno). Primero se leerá esta versión; luego, en voz alta y lentamente, el original con el castellano a la vista para obviar las fatigas del diccionario. El trabajo es leve, la recompensa que se logra, vastísima. El conocimiento directo de la Comedia, el contacto inmediato, es la más inagotable felicidad que puede ministrar la literatura».

Enviar Imprimir
DantePur.jpg
sábado, 22 de marzo de 2008

Intenté leer en los años ochenta la Divina Comedia pero sólo llegué a terminar el Infierno.

Volví a intentarlo de nuevo en los noventa, estimulado por Lo raro es vivir, de Carmen Martín Gaite. En esa novela hay una profesora, que acaba siendo una especie de Virgilio para la protagonista, que un día sintetiza la Divina Comedia en clase: desde los infiernos «hasta llegar por fin, franqueando siete cornisas, a la ansiada cumbre de los jardines del Edén donde el poeta va a encontrar a Beatriz mirando al sol con ojos de águila y que le dice: “Te crea confusiones / tu falso imaginar, y no estás viendo / lo que verías libre de ilusiones”, un mundo transparente pero al mismo tiempo difícil de entender porque nos pilla desprevenidos, porque estamos acostumbrados al mal, un espacio algo frío tal vez, como lo es el ejercicio agudo de la inteligencia, pero tan dantesco como el que se acostumbra a calificar así por sus espantos, qué cara estamos pagando la exclusiva sublimación de lo sombrío y tortuoso, la excursión literaria por la boca del lobo». Me parecieron sugerentes esos comentarios y otros, como el de que a lo largo del viaje de Dante se nos revelan «aspectos complementarios del friso complementario de la vida y de la muerte, del horror y de la bienaventuranza, de lo cercano y lo distante». Y novelísticamente está bien resuelto cómo la consideración «dantesca» de Rosario Tena —«¿no les parece a ustedes emocionante salir del mal por las mismas escaleras del mal, lograr cambiar su rumbo sin negar su existencia?»—, tiene una clara correspondencia con lo que se cuenta en la historia.

Pues bien, volví a intentar la lectura, como dije, incluso fui tomando notas que aún conservo y recuerdo que hubo momentos de verdadero interés, pero entre que no es un thriller y que siempre hay otras lecturas más urgentes, esa vez llegué sólo hasta la mitad del Purgatorio.

Carmen Martín Gaite. Lo raro es vivir (1996). Barcelona: Anagrama, 1996; 231 pp.; col. Narrativas hispánicas; ISBN: 978-84-339-1035-3.

Enviar Imprimir
DanteInf.jpg
viernes, 21 de marzo de 2008

Desde hace algún tiempo, cuando en la conversación se habla de novelas recientes sobre la Edad Media, suelo aconsejar leer la Divina Comedia, de Dante, la obra literaria medieval por excelencia. El comentario sirve un poco para combatir el prejuicio pedante de quien piensa que la gente de aquella época era menos inteligente que la de la nuestra; para subrayar que, aunque uno no entienda ni siquiera un veinte por cien, leer una gran obra siempre compensa; para indicar lo bien que a todos nos viene para medir la propia estatura intelectual y la de otros autores de hoy...

Si alguien muestra interés en la lectura le digo que una versión asequible es la de Angel Chiclana, en Austral, que contiene un prólogo explicativo excelente y es una edición en elegante castellano que se sigue bien y que cuenta con notas a pie de página suficientes. Y no dejo de mencionar la versión bilingüe de Galaxia Gutenberg-Círculo de lectores de hace años, que merece ser conocida por la calidad de la edición, por las extraordinarias ilustraciones de Miquel Barceló, por la traducción castellana en tercetos encadenados de Ángel Crespo aunque, ciertamente, se trate de una edición cara y más difícil de leer.

En cualquier caso, con cualquiera de las dos el lector se hace cargo de la magnitud de la obra de Dante y qué respuesta tan generosa obtuvo la oración que dirige a Dios al final cuando le pide que dé a su mente

«algo de lo que diste a mi mirada
y haz a la lengua mía tan potente
que una chispa tan solo de tu gloria
pueda dejar a la futura gente» (Paraíso, XXXIII).

Dante. Divina Comedia. Madrid: Espasa Calpe, 2002; 529 pp.; col. Biblioteca Austral; edición y notas de Ángel Chiclana; ISBN: 84-395-9506-9.
Dante. Divina Comedia. Tres volúmenes: Infierno (Inferno, 1304-1307), Purgatorio (1307-1314) y Paraíso (Paradiso, 1313-1321). Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2003; ilustrada por Miquel Barceló; traducción y notas de Ángel Crespo; ed. bilingüe; ISBN: 84-226-9755-6 y 84-8109-417-X.

Enviar Imprimir
jueves, 20 de marzo de 2008

Otro poema de José Miguel Ibáñez Langlois, esta vez tomado de El libro de la Pasión:

«Jesús es el más siervo de los siervos 13
Jesús está lavando los 24 polvorientos pies
esos pies del oriente llevan mugre auténtica del oriente
no son los pies hermosos de Adán y Eva por el paraíso
son los pies de la historia
son las extremidades del animal caído
que camina pecando por el polvo
que peca de los pies a la cabeza
con el mundo al revés entre sus párpados
a sus pies está Dios lavando sus pies con las propias lágrimas
oh vosotros que pasáis por el camino
decid si hay una flor un ángel una mosca
más humilde que Dios
no es humilde el pequeño que se inclina ante el grande sino el viceversa
el Eterno se ha puesto de rodillas
tiene manos de madre para los pies de Judas
vosotros que pasáis por el camino
decid si hay un amor como el de Dios madre».

José Miguel Ibáñez Langlois. La Última Cena, 6, en Libro de la Pasión (1986), contenido en Oficio (Antología poética). Sevilla: Númenor, 2006; pp.; col. Cuadernos de Poesía; selección y prólogo de Enrique García-Máiquez; ISBN: 84-934265-6-3.

Enviar Imprimir
IbañLangl4.jpg
miércoles, 19 de marzo de 2008

Dos fragmentos de Futurologías, unos poemas de José Miguel Ibáñez Langlois:

«Homero Esopo amados Grimm Andersen Perrault
Carroll Kipling Wilde Lewis my beloved ones
oh pequeños apóstoles de lo maravilloso
quién dará la palabra a los seres del reino
quién quién alumbrará el profundo logos
del zorro el viento el agua el ruiseñor?
podrán las nuevas fábulas hablar
con la voz del petróleo el uranio el asfalto?
será tierna a los niños la radiactividad?
paraíso perdido antigua Narnia
tierra de Alicia cielo del Principito
qué será de nosotros sin las hadas
las dríadas y gnomos las brujas y centauros?
(...)
oh memoria más honda de la raza
santa infancia del hombre por los siglos
quieren cambiar tus ritos de pura poesía
por los mitos imbéciles de la teletotal
la existencia indudable del príncipe feliz
por la vida irreal de cualquier Ford
el poder innegable de las hadas
por los necios recursos de un pobre superman
la maldad depurada de los ogros
por el dudoso mal del hombrecillo
que es presidente de los Estados Unidos...»

José Miguel Ibáñez Langlois. Fragmentos de Futurologías (1980), contenidos en Oficio (Antología poética). Sevilla: Númenor, 2006; 332 pp.; col. Cuadernos de Poesía; selección y prólogo de Enrique García-Máiquez; ISBN: 84-934265-6-3.

Enviar Imprimir
HeineTresAm.jpg
martes, 18 de marzo de 2008

Después del relato de viaje y compañerismo de ayer, otro más de amistad entre otro trío de animales: Los tres amigos, de Helme Heine. Esta vez son Gallo, Ratón y Gorrino los protagonistas.

Enviar Imprimir
DarabucOjoB.jpg
lunes, 17 de marzo de 2008

Como muchos cuentos populares y muchos relatos infantiles, Ojobrusco tiene como hilo argumental básico el viaje de un protagonista que abandona su casa y al que se luego se le unen nuevos compañeros para terminar con un enfrentamiento final con un malvado. En este caso son Ratón, Perro y Elefante quienes  acaban dando una lección a Ojobrusco 

La historia es sencilla pero, como corresponde a un poeta como Darabuc (autor de La vieja Iguazú), tiene un texto rico y sonoro, apropiado para la lectura en voz alta y con metáforas que tienen algo de primera introducción al lenguaje poético. La recreación en imágenes de la historia que hace Maurizio Quarello es imaginativa y vistosa; de sus ilustraciones a doble página, en las que hay guiños a obras de arte conocidas, son particularmente sugerentes las de la partida de Ratón y las de sus encuentros con Perro y con Elefante.

Maurizio Quarello. Ojobrusco (2008). Texto de Darabuc. Pontevedra: OQO, 2008; 32 pp.; ISBN: 978-84-96788-40-4.

Enviar Imprimir
domingo, 16 de marzo de 2008

Un comentario de un amigo de Nicolae Steindhart, fechado en 1937, en París, «sobre tres fenómenos de nuestro tiempo: la invasión vertical de los bárbaros (...), el reino de los imbéciles, la traición de los hombres honrados.

El primero: no es una invasión de bárbaros de otros continentes, sino de sinvergüenzas, una invasión de abajo a arriba. Estos bárbaros ocupan los cargos directivos.

El segundo: los estúpidos y los incultos han llegado al poder —en el sentido más categórico— y, a pesar de todas las leyes económicas y de todas las reglas políticas, hacen majaderías, como idiotas que son.

El tercero: en lugar de oponerse, la gente honrada adopta expectativas benévolas, hacen como que no ven y como que no oyen; en resumidas cuentas, son unos traidores. No cumplen con su deber. Los imparciales y los ingenuos toman nota y callan. Son los más culpables».

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca: Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

Enviar Imprimir
ChestertBlake.jpg
sábado, 15 de marzo de 2008

Sobre William Blake, según Borges «uno de los hombres más extraños de la literatura» y «el menos contemporáneo de los hombres», escribió Chesterton uno de sus ensayos biográficos. En él se ve su particular talento para llegar al núcleo de lo que analiza, después de ponerle un marco y un fondo que presenta las cosas en sus justas dimensiones y con unos perfiles netos.

Chesterton intenta dilucidar la compleja personalidad de Blake y hacerle justicia. No se centra en sus logros y fracasos como artista ni en su arte poético y gráfico, aunque sí da suficientes pinceladas para dejar claros sus méritos y deficiencias, y se fija sobre todo en su mundo interior y en sus ideas. Habla de su «insolencia ciclópea» y de su «vehemencia y precipitada confusión», pero también de su sinceridad y lucidez. Contrasta su aproximación a la creación literaria con la de Robert Browning y la de Henry James.

Afirma que no tiene nada que ver con William Wordsworth, a pesar de que ambos escribieran baladas sobre niños y corderos. Indica la diferencia entre su concepción de la naturaleza y la de Walt Whitman, pero hace notar cómo ambos buscaban y predicaban una especie de insana inocencia. Compara su obra gráfica con la de Aubrey Beardsley y afirma que si este artista parece subestimar y distorsionar a sus estilizadas figuras, las de Blake tienen un aire antiguo y real que exagera lo característico. Sitúa su pensamiento en el contexto del siglo XVIII en el que vivió, en el momento del auge de la masonería y las sociedades secretas, cuestiones que plantea y desarrolla con admirable agudeza (unas páginas que por sí mismas justifican la lectura de este libro). Califica de místico a Blake pero aclara que con frecuencia comprendemos mal esa expresión: «el místico no pertenece al tipo de hombres que fabrica misterios, sino al tipo de hombres que los destruye». Lo alinea con los artistas medievales por su rotundidad y lo contrapone a los impresionistas que vendrían un siglo después: si estos pondrán lo que se percibe por encima de lo que se conoce, Blake afirmaba rotundamente que la idea es más real que la realidad.

El juicio final de Chesterton, que confiesa con sinceridad que no pretende ser imparcial, es favorable a Blake, una «voz de terremoto» que, «a través de la niebla y el caos de su terco simbolismo y sus perversas teorías, a través de la tempestad de su exageración y de la medianoche cerrada de su locura», habla de que Dios, si no es una persona, no es más que un soplo de aire y de que cuanto más sepamos de las cosas elevadas más tangibles se nos volverán.

G. K. Chesterton. William Blake (1910). Sevilla: Espuela de Plata, 2007; 216 pp.; prólogo de André Maurois; trad. de Victoria León; ISBN: 978-84-96133-91-4.
Las citas de Jorge Luis Borges están en Biblioteca personal. Madrid: Alianza Editorial, 1998; 270 pp.; col. Biblioteca Borges, El Libro de Bolsillo; ISBN: 84-206-3317-8.

Enviar Imprimir
viernes, 14 de marzo de 2008

Quien conozca sólo las novelas de la Trilogía polaca, Quo vadis? o A través del desierto, puede hacerse una idea simplista de la mente de Sienkiewicz. Esa impresión puede corregirse un poco con la lectura de Bartek el triunfador, una novela irónica contra un patriotismo estúpido.

La acción se sitúa en la guerra franco-prusiana de 1870, cuando el valor inconsciente de un campesino polaco proporciona grandes victorias al ejército alemán. Repetidamente condecorado, cuando vuelve a su pueblo pensando que fue un héroe, sigue sin darse cuenta del papel que ha desempeñado.

Este retrato tragicómico y sin embargo realista de un personaje patético, de un hombre metido dentro de un engranaje que no comprende, puede hacer pensar al lector en la importancia de saber por qué y para qué se lucha, en aquello (que no sé quién decía) de que la tragedia del hombre no es morir sino morir como un imbécil.

Henry Sienkiewicz. Bartek el triunfador (Bartek zwyciezca, 1882). Madrid: Celeste Ediciones, 2001; 97 pp.; col. Letra Celeste; trad. de Amando Lázaro Ros; ISBN: 84-8211-316-X.

Enviar Imprimir
SienkSanFue.jpg
jueves, 13 de marzo de 2008

He leído en los últimos meses la Trilogía polaca de Henry Sienkiewicz, unas novelas que hace años estuve a punto de leer en una vieja edición de bolsillo, lo que finalmente no hice porque su aspecto me desanimó. Ahora, en una nueva edición, sí he atacado las tres novelas y, a pesar de sus excesos, me han gustado por su interés aventurero: aunque hace mucho que haya dejado de ser un lector como el que fui, está bien volver a dejarse llevar por un relato de rivalidades y duelos, y de intrigas y batallas decimonónicas. Eso sí, ahora veo con claridad cuánta es la huella de un autor y su época en una novela histórica: durante la lectura pensé muchas veces en cómo no son los personajes quienes hablan sino Sienkiewicz, igual que no son los personajes del siglo de oro español quienes hablan en las novelas de Alatriste sino Arturo Pérez Reverte. Igual que ahora nos parece, y está, desfasada la visión romántica y nacionalista del primero, seguramente dentro de un tiempo nos parecerá igualmente fuera de lugar la visión cínica y desencantada del segundo.

Enviar Imprimir
miércoles, 12 de marzo de 2008

El núcleo del relato comentado ayer es el mismo de la que muchos consideran la mejor novela de Isaac Asimov: El fin de la Eternidad. En ella La Eternidad es una organización paralela a la historia de la humanidad que nace el siglo 27 y dura hasta el siglo 70.000: sus componentes pueden viajar en el tiempo, saltando de siglo en siglo, para alterar sucesos de modo que todo vaya bien. Es una narración centrada en mundo interior del protagonista, Andrew Harlan, un tipo independiente que provocará cambios inesperados en la realidad.

Esta novela, notable por su claridad narrativa, ejemplifica la gran debilidad de las novelas de ciencia-ficción: que los adelantos tecnológicos que se imaginaron como imposibles en el pasado suenan ahora muy tontos. Por ejemplo, cuando se nos habla de que Harlan maneja «tablas de patrones perforados de intrincado diseño» que traduce al lenguaje «Intemporal Estándar» con un «descodificador de bolsillo», aunque, por supuesto, Harlan «había llegado al nivel en el que podía leer las perforaciones directamente»...

En cambio, los relatos cortos donde la idea básica es lo único importante, sobreviven perfectamente: véanse los de Yo, robot.

Isaac Asimov. El fin de la Eternidad (The End of Eternity, 1955). Arganda del Rey (Madrid): La Factoría de Ideas, 2004; 319 pp.; col. Solaris ficción; trad. de Miguel López Genicio; ISBN: 84-88966-92-X.

Enviar Imprimir
GomezGuarPas.jpg
martes, 11 de marzo de 2008

Los Guardianes del Pasado,
de P.R.Gomez, es un relato de ciencia-ficción cuyo argumento a muchos les recordará películas como Terminator o Regreso al futuro.

La historia comienza en Pittsburg, a comienzos del siglo XXI. Ocultos bajo las identidades de un empleado de recogida de basuras y de ama de casa, los padres de Sem y Rosie Peres, de doce y diez años, son Guardianes del Pasado: vigilan que no se produzcan alteraciones en el presente que puedan cambiar el futuro. Cuando Sem impide que a Max Martin, el matón de su clase, lo arrolle un camión, provoca un giro nefasto en la historia posterior o al menos eso deduce de lo que ha oído a sus padres. Para deshacer el lío, Sem, Max y Rosie acaban viajando al futuro, pero la máquina del tiempo se avería y no pueden regresar.

El autor, ingeniero aeronáutico y profesor desde hace años en Estados Unidos, es un buen conocedor de la ciencia-ficción y se nota pues lo mejor, con diferencia, es que lo característico del género está excelentemente manejado. Se introducen de modo natural los aparatos tecnológicos en la vida cotidiana de los protagonistas, están dibujados con soltura los ambientes futuristas y los peculiares seres que viven en ellos, como los «dubles» y los «virgo». También se puede decir que, aceptadas las peculiaridades de este tipo de relatos, se lee con agrado pues la idea de partida es buena, los personajes principales tienen gancho, el hilo argumental y los diálogos tienen interés, se plantean bien algunos conflictos emocionales, y muchas descripciones se resuelven con comparaciones sencillas y eficaces.

Por otro lado, hubiera sido necesaria una entrada en ambiente más cuidadosa pues hay personajes poco definidos, y podrían justificarse mejor las cosas que ocurren y algunos comportamientos de los héroes; hay una escena crucial de un partido de «pítbol», un confuso deporte del futuro, contada con descripciones imposibles, un defecto habitual en esta clase de novelas «cinematográficas»; un trabajo editorial de revisión habría corregido expresiones y párrafos que parecen deudores de la redacción original en inglés. Con todo, y al margen de que hay sin duda material para una película simpática, es una lectura eficaz para el público al que va dirigido.

P.R.Gomez. Los Guardianes del Pasado (2007). Barcelona: Destino, 2007; 306 pp.; ISBN: 978-84-08076094.

Enviar Imprimir
ZiraldoFlicts00.jpg
lunes, 10 de marzo de 2008

De Flicts, del brasileño Ziraldo, editado en 1969 y publicado en España el año pasado, afirma Teresa Durán que es el álbum que da comienzo a la posmodernidad metaficcional.

Enviar Imprimir
domingo, 9 de marzo de 2008

«Las palabras, en el lenguaje cotidiano, se vuelven una rutina, se banalizan, se automatizan. ¿Qué hace el poeta? Singulariza la palabra para infundirle la fuerza de producir una sensación: renueva la percepción desgastada y revitaliza la facultad de la palabra para sacarla de su letargo.

La fe actúa de la misma manera. Nos redescubre el mundo, los hombres y la vida y nos saca de la amargura, del tedio y del aburrimiento. Renueva y revigoriza, lo mismo que el arte del poeta o del pintor. Nuestra capacidad de descubrir lo bueno y lo bello se vuelve de repente poderosa. Ahora el amor vence las barreras de la indiferencia y del recelo, derriba los techos y los muros que nos encierran en un egoísmo eternamente herido e irritado. De repente las percepciones —tanto las morales, como las sensibles— se intensifican vertiginosamente. El mundo es otro para el creyente embargado por la felicidad —un mundo rico, nuevo, atractivo, cautivador, eufórico—, lo mismo que para el artista en los momentos de inspiración. Actúa el mismo poder: la gracia santificadora. (El drogadicto también tiene acceso a la euforia, pero, como todo se paga, el artificio al que tiene que recurrir hace que la obtención del estado de encantamiento y de redescubrimiento dependa de productos materiales y del concurso de otros hombres que comprometen su tranquilidad y su felicidad para el resto de su vida; la dialéctica no perdona y la ataraxia de los drogadictos pasa por la agitación y la obsesión, que son los pilares del infierno)».

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca, Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

Enviar Imprimir
SteinhardtDF.jpg
sábado, 8 de marzo de 2008

Estoy conmocionado por El diario de la felicidad, de Nicolae Steinhardt.

El autor (1912-1989), nacido en una familia judía en Bucarest, fue abogado y escritor. Encarcelado en 1960, se convirtió al cristianismo ortodoxo durante su estancia en la cárcel. Liberado en 1964, desempeñó diversos trabajos durante años. Profesó como monje ortodoxo en 1980. En vida publicó varios libros y, después de su fallecimiento, anterior a la caída del régimen comunista, se publicaron sus libros teológicos.

También póstumamente apareció El diario de la felicidad, que había terminado en 1972, y que es una miscelánea de textos autobiográficos y reflexivos, cada uno encabezado por una fecha y un lugar. En ellos se cuentan momentos de su estancia en la cárcel, así como de su vida posterior y anterior a los años que estuvo allí; y se formulan toda clase de comentarios sociales y literarios, así como de muchos textos bíblicos. En conjunto es un libro de memorias que tiene mucho de testimonio de una época: para Steinhardt está clarísimo que el comunismo es siempre igual: «vengativo. Mezquino. Apestoso. Barriobajero. Rencoroso. Devoto de la trinidad: odio, sospecha, envidia».

Al leerlo pensaba que Rumanía debe ser un país increíble si, como afirma el prólogo, un libro tan poderoso ha vendido doscientos mil ejemplares en los últimos años. Luego caí en la cuenta de que no debería sorprenderme: rumanos son Mircea Eliade, Emil Cioran, Vintila Horia o Eugene Ionescu... —autores que conozco poco y que me he propuesto conocer mejor—, y pensaba también en la importancia de conocer bien la literatura tan rica de los países del Este: tal vez así podamos comprender mejor en qué consiste la libertad y liberarnos un poco del ombliguismo que fomentan los nacionalismos ideologizados y cortos de miras.

Lo cierto es que, aunque uno pueda no compartir todas las consideraciones del autor, resulta impresionante su capacidad argumentativa, su convicción y su alegría, como se aprecia en una de sus anotaciones claves, del 2 de agosto de 1964 a la espera de abandonar la cárcel: «En la pequeña celda de Zarca, solo, me arrodillo y hago balance. Entré en la cárcel ciego (con vagos atisbos de luz, pero no sobre la realidad sino interiores; iluminaciones que nacen de la propia tiniebla y deshacen la oscuridad sin disiparla) y salgo con los ojos abiertos; entré mimado y caprichoso y salgo curado de ínfulas, aires de grandeza y caprichos; entré insatisfecho y salgo conociendo la felicidad; entré nervioso, irascible, sensible a las minucias y salgo indiferente; el sol y la vida me decían poco, ahora sé saborear un trozo de pan, por pequeño que sea; salgo admirando por encima de todo el valor, la dignidad, el honor, el heroísmo; salgo reconciliado: con aquellos a los que he hecho mal, con los amigos y los enemigos, incluso consigo mismo».

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca, Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

Enviar Imprimir
ConradNarcissus.jpg
viernes, 7 de marzo de 2008

De El negro del Narcissus, Joseph Conrad afirma en su prólogo que «es el libro mediante el cual, quizá no como novelista, sino como un artista que busca la máxima sinceridad de expresión, pretendo perdurar o desaparecer. Sus páginas constituyen el homenaje de mi afecto inalterable y profundo por los barcos, los marinos, los vientos y el mar inconmensurable: los forjadores de mi juventud, los compañeros de los mejores años de mi vida». En él se narra la travesía del Narcissus de regreso a Inglaterra desde Bombay y todo en ella se centra en la psicología del negro James Wait, enrolado a última hora, que tiene una extraña enfermedad, y la del perezoso y escaqueador Donkin, un «hombre de ojos ariscos y cara amarilla y flaca como el filo de un cuchillo».

Además, contiene un prefacio en el que Conrad define cómo entiende su trabajo: «como una tentativa decidida de hacer la más estricta justicia al universo visible, trayendo a la luz la verdad, múltiple y una, que entraña cada uno de sus aspectos. Es una tentativa de descubrir en sus formas, en sus colores, en su luz, en sus sombras, en los aspectos de la materia y los hechos de la vida, lo que es fundamental, lo que es perdurable y esencial, su cualidad única iluminadora y convincente, la verdad misma de su existencia». La labor «que trato de realizar es, por el poder de la palabra escrita, hacer que ustedes oigan, hacer que ustedes sientan... es, ante todo, hacer que ustedes vean. Nada más que eso, y eso lo es todo. Si lo consigo, allí encontrarán con arreglo a sus merecimientos: aliento, consuelo, temor, encanto —todo cuanto piden— y, acaso, también ese destello de la verdad, que se olvidaron de pedir».

Joseph Conrad. El negro del "Narcissus" (The Nigger of the “Narcissus”, 1897). Madrid: Valdemar, 2007; 212 pp.; col. Gran Diógenes; trad. de Fernando Jadraque; ISBN: 978-84-7702-566-5.

Enviar Imprimir
ChestertNegRar.jpg
jueves, 6 de marzo de 2008

Con El Club de los negocios raros Chesterton estrenó su carrera como autor de relatos policiacos presentando seis casos singulares. El narrador es Charlie Swinburne, amigo de sir Basil Grant y su hermano joven Rupert, que parecen estar inspirados en el mismo Chesterton y en su hermano Cecil. Los tres van de un lado a otro, normalmente arrastrados por sir Basil, que es quien resuelve los casos y quien cuestiona los métodos de su hermano Rupert, que tiene un cierto aire a Sherlock Holmes por su estilo analítico y la seguridad en sí mismo.

El Club de los Negocios Raros, dirá uno de sus miembros, es «una sociedad integrada exclusivamente por personas que han inventado alguna nueva y curiosa manera de hacer dinero», pero que también es un tipo de trabajo que antes no existía. En Las extraordinarias aventuras del comandante Brown, el oficio nuevo es el de un impulsor de una Agencia de Aventuras. En El lamentable fin de una gran reputación, es el de Organizador de la Réplica Inteligente, una forma de brillar en sociedad. En La verdadera causa de la visita del vicario, es el de Retenedor Profesional, alguien a quien se contrata para que distraiga un tiempo a una persona que pudiera estorbar. En La singular especificación del agente de fincas, es el de agente inmobiliario... de casas en los árboles. En La pintoresca conducta del profesor Chadd, este sabio etnógrafo inventa una nueva forma de lenguaje. En La extraña reclusión de la anciana señora el propio sir Basil revela qué clase de ocupación tiene ahora que ha sido retirado de su anterior oficio de juez.

El personaje de sir Basil no está tan logrado como los posteriores Padre Brown y Horne Fisher. Es más desigual y menos creíble, no sólo porque combine momentos de «calma napoleónica» con otros de «turbulenta puerilidad», sino porque algunas de sus actuaciones son más estrafalarias, e incluso en el segundo de los casos la resolución no tiene que ver con el desafío que pone en movimiento a los protagonistas.

De todos modos, en lo que se refiere al género policiaco la innovación es la mente con la que los detectives de Chesterton abordarán y resolverán los enigmas que se les plantean, y que es la misma de sir Basil: no tanto atender a los hechos, pues los hechos oscurecen la verdad y, como las ramas de un árbol, apuntan en todas direcciones, sino atender a la vida del árbol que es la que ofrece unidad; tener en cuenta que si es cierto que «las personas buenas cometen crímenes a veces», también hay una clase de individuos que no comete nunca cierta clase de crímenes.

También se puede observar cómo, en cada caso, Chesterton apunta contra un punto débil del modo de pensar contemporáneo. Por ejemplo, en El lamentable fin de una gran reputación, sir Basil dice de Lord Beaumont que «tiene ese verdadero defecto que ha nacido del culto al progreso y a la novedad, y cree que todo cuando sea nuevo constituye forzosamente un avance. Si fuera usted a decirle que se proponía comerse a su abuela, estoy seguro de que lo aprobaría siempre y cuando basara su pretensión en razones de higiene y utilidad pública, como por ejemplo, que eso es más conveniente que la cremación».

O en La extraña reclusión de la anciana señora señala cómo «lo que combato es una vaga filosofía popular que pretende ser científica, cuando en realidad no es otra cosa que una especie de nueva religión, y notablemente ruin, por cierto. Cuando la gente hablaba antes de la caída del hombre, sabía que hablaba de un misterio, de algo que no comprendía. Pero ahora que habla de la supervivencia de los más aptos, se cree que lo comprende, cuando lo cierto es, no ya que no tiene ninguna idea, sino que tiene una idea absolutamente falsa de lo que esas palabras significan».

Y, por último, también uno puede darse cuenta del éxito popular que obtuvo Chesterton con este libro al observar la comicidad de algunas escenas y de no pocas descripciones. En el primer capítulo se describe a un militar meticuloso como «uno de esos hombres que son capaces de poner cuatro paraguas en el paragüero, en lugar de tres, con el objeto de que haya dos a cada lado». En el último hay una escena breve en la que sir Basil mete la cabeza en la ventanilla de la estación para seguir discutiendo de religión con el dependiente pero la cabeza se le atasca, y cuando logran sacarle de allí seguía hablando de «un fatalismo oriental en el pensamiento moderno, y de algunas de las sagaces aunque perniciosas falacias del funcionario». O, por ejemplo, en La verdadera causa de la visita del vicario, esta es la extraordinaria descripción de alguien que acude a la casa del narrador: «El visitante se levantó a mi entrada aleteando como una gaviota. Todo en él aleteaba: la bufanda a cuadros que llevaba en el brazo derecho, los patéticos guantes negros que tenía en la mano, en fin, toda su indumentaria. Creo poder decir sin exageración que hasta aleteaban sus párpados al tiempo que se ponía en pie. Era un viejo clérigo de los más gesticulantes que se puedan dar, calvo por arriba, con pelo blanco a los lados y patillas blancas».

G. K. Chesterton. El Club de los negocios raros (The Club of Queer Trades, 1905). Madrid: Valdemar, 2007, 5ª ed.; 214 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Emilio Tejada; ISBN: 978-84-7702-128-5.

Enviar Imprimir
miércoles, 5 de marzo de 2008

«No sé lo que enseñan ahora en las clases de literatura, pero el conocimiento de El Quijote, el libro más grande y más triste de cuantos ha creado el genio humano, elevaría sin duda el alma de los jóvenes merced a la grandeza de su pensamiento, despertaría en su corazón profundos interrogantes y contribuiría a apartar su espíritu de la adoración del eterno y estúpido ídolo de la mediocridad, la fatuidad autosatisfecha y la insulsa sensatez».

Fiódor Dostoievski. Septiembre de 1887, «Una mentira se palia con otra», Diario de un escritor (Dnevnik pisatelia, 1873-1880). Barcelona: Alba, 2007; 630 pp.; col. Alba Maior; trad., selección, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 978-84-8428-354-6.

Enviar Imprimir
martes, 4 de marzo de 2008

Consideraciones sobre la lectura de los niños que hace Samuel Johnson: «Yo pondría a un niño en una biblioteca (en la que no hubiera libros desaconsejables para su corta edad) y le permitiría que leyera a su antojo. A un niño nunca habría que desanimarle, ni disuadirle de leer todo aquello que le gustara por pensar que es algo a lo que aún no alcanza. Si tal fuera el caso, el niño bien pronto lo descubrirá y desistirá; si no, gana luego en su instrucción, que es mucho más provechosa si proviene de la inclinación con que él mismo emprende el estudio».

James Boswell. Vida de Samuel Johnson (Life of Johnson, 1791-1793). Barcelona: El Acantilado, 2007; 2000 pp.; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN (10): 84-96489-84-1.

Enviar Imprimir
domingo, 2 de marzo de 2008

Algunos comentarios de Samuel Johnson:

—Sobre la forma de afrontar la vida: «Desconozco si ver la vida como es nos será de gran consuelo, si bien el consuelo que de la verdad se deriva, si existe, es sólido y duradero, mientras que el consuelo que se extrae del error ha de ser, como su fuente, falaz y fugaz».

—Sobre la necesidad de respetar la verdad: «Si acostumbro a un criado a que mienta por mí, no tengo motivo para no suponer que mienta a menudo por sí mismo».

—Cuando le dice Boswell que sería terrible si, a causa del mal tiempo, no encontrase una manera de viajar de regreso a Londres, Johnson recomienda equilibrio: «No se acostumbre a emplear grandes palabras para las cosas pequeñas. No sería terrible aunque cuando me viera retenido aquí por un tiempo».

—Después de la expulsión de unos alumnos de la universidad de Oxford, Boswell comenta: «¿No es duro el expulsarlos? Tengo entendido que eran buenas personas». Y Johnson contesta: «Entiendo que pueden ser buenas personas, pero no eran personas adecuadas para estar cursando estudios en Oxford. Una vaca es un buen animal en un prado, pero nadie la aguanta en un jardín».

—Le preguntan si cree que es pernicioso reírse de un hombre delante de sus narices y responde: «Caramba, señor, eso depende de quién sea y del motivo por el cual uno se ría. Si es hombre superficial y se trata de algo ligero, se puede, ya que nada valioso se le arrebata con la risa».

—Sobre un hablador incontinente: «El infortunio de Goldsmith en la conversación es el siguiente: tira y tira del hilo sin saber por dónde va a salir. Tiene un gran genio pero su saber es pequeño. Como se suele decir de los generosos, lástima que no sea rico. De Goldsmith valdría decir: lástima que no sea sabio, pues no se guardaría su sabiduría para sí».

—Cuando un amigo comenta que el verdadero carácter de un hombre se desprende de cómo se entretenga Johnson añade: «Así es, señor: nadie es un hipócrita con sus placeres».

James Boswell. Vida de Samuel Johnson (Life of Johnson, 1791-1793). Barcelona: El Acantilado, 2007; 2000 pp.; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN (10): 84-96489-84-1.

Enviar Imprimir
BoswellVSJ.jpg
sábado, 1 de marzo de 2008

Durante meses he ido leyendo la larguísima Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, en la magnífica edición de Acantilado traducida por Miguel Martínez-Lage. Comencé «por obligación», por la fama del libro, pero pronto quedé fascinado por la personalidad del personaje y comprendí por qué Chesterton defiende a Johnson y ensalza el libro: «se dice que el comportamiento de Johnson era rudo y despótico. A veces era rudo, pero nunca despótico. Johnson no era un déspota en absoluto. Johnson era un demagogo que gritaba a una muchedumbre gritona. El hecho mismo de que riñera con otra gente es la prueba de que permitía a otra gente que riñera con él. Su misma brutalidad se basaba en la idea de una escaramuza equitativa, como las del fútbol. Es estrictamente cierto que gritaba y golpeaba la mesa porque era un hombre modesto. Le asustaba honestamente ser apabullado e incluso mirado por encima del hombro. (...) Johnson era un insolente igual a los demás y por tanto era amado por todos los que le conocían y fue inmortalizado en un libro maravilloso, que es uno de los auténticos milagros del amor».

Algunas de sus declaraciones, sabias y llenas de sentido común, las mencionaré otros días. Hoy sólo reproduzco varias que me han divertido por lo polémicas, lo políticamente incorrectísimas, o lo ceremoniosas que son.

Las primeras brotan cuando, llevado de su afán discutidor, recurre a ejemplos cómicos para obtener la victoria en la conversación: «Suponiendo —dijo— que la esposa de alguien fuera de natural inclinada al estudio y a la discusión de temas cultos, resultaría muy enojoso; por ejemplo, imagine a una mujer que de continuo abundase sobre la herejía de Arriano».

Las segundas proceden de sus prejuicios, por ejemplo respecto a Escocia o a las mujeres. Así, a propósito de la general insuficiencia de la educación y la escasa cultura en Escocia afirma: «Su saber es como el pan en una ciudad sitiada: todos sus habitantes reciben un mendrugo, pero ninguno come como es debido». O, cuando Boswell le dice a Johnson que fue a una reunión de cuáqueros en la que oyó predicar a una mujer, y Johnson comenta: «Una mujer que se pone a predicar es como un perro que sabe caminar sólo con las patas de atrás. No lo hace nada bien, pero sorprende que lo haga».

Las terceras afloran en sus cartas y, además de dar a conocer qué mente tan particular tenía, resultan muchas veces hilarantes para nuestra mentalidad. Así, cuando sufre un ataque siente «una confusión y una indefinición del entendimiento que duró, yo diría, medio minuto. Me alarmé y recé a Dios para que al margen de cómo dispusiera afligirme en lo corporal, me dejara intacto el intelecto. Esta plegaria, para poner a prueba la integridad de mis facultades, la hice en versos latinos. No es que fuera una buena composición, pero tampoco esperaba que lo fuese. Hice unos versos fáciles y concluí que seguía hallándome en plenitud de facultades».

James Boswell. Vida de Samuel Johnson (Life of Johnson, 1791-1793). Barcelona: El Acantilado, 2007; 2000 pp.; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN (10): 84-96489-84-1.
La cita de G. K. Chesterton está en «La visión común», Lo que está mal en el mundo (What´s Wrong with the World, 1910). Madrid: Ciudadela, 2006; 208 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de de Mónica Rubio Fernández, ISBN: 84-934669-7-2.

Enviar Imprimir
publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo