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Notas de marzo de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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martes, 31 de marzo de 2009

Un libro verdaderamente gracioso: El monstruo peludo, de Henriette Bichonnier y Pef. Es una historia con un tipo de protagonista tan abundante durante las últimas décadas como escasa en el pasado: una niña muy respondona.

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lunes, 30 de marzo de 2009

Frank Tashlin
,
autor de El oso que no lo era, fue uno de los muchos dibujantes de Disney de los años 30 que firmaron algunos álbumes. He leído que escribió otros dos álbumes más, The Possum That Didn't (1950) y The World That Isn't (1951), pero no los conozco y no sé si en ellos gasta la misma ironía infantil-kafkiana de su primer relato.

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domingo, 29 de marzo de 2009

Cuando leí un comentario que me pareció formidable de E. M. Cioran, decidí leer un libro en el que se reúnen diferentes entrevistas que le hicieron. Encontré más citas valiosas y abundantes ideas jugosas —sobre todo, muchas opiniones interesantes sobre sus amigos Ionesco, Mircea Eliade, Beckett...—, pero también la frivolidad del hombre muy inteligente al que, con frecuencia, sólo parece interesarle su propia agudeza. Él mismo lo explica en una entrevista de 1982:

«Ahora ya sólo escribo aforismos: soy víctima de mis propias ideas. Como todo lo que he hecho era atacar la literatura, atacar la vida, atacar a Dios, ¿por qué habría de escribir algo hilado en esas condiciones? ¿Para probar qué? (...) Siempre me he considerado irresponsable. Por tanto, para mí escribir es decir lo que quiero, sin perjuicio de contradecirme, eso no tiene la menor importancia. No he escrito por la honorabilidad ni por el éxito. (...) Como usted comprenderá, escribir aforismos es muy sencillo: vas a las cenas, una señora dice una tontería, eso te inspira una reflexión, vuelves a casa, la escribes. Es más o menos ese, verdad, el mecanismo. O bien, en plena noche, tienes una inspiración, un inicio de fórmula, a las tres de la mañana escribes dicha fórmula y al final se convierte en un libro. No es serio. (...) Pero considero que en una civilización que se disgrega ese tipo de cosas resulta de lo más apropiado. (...) Los aforismos son generalidades instantáneas. Es pensamiento discontinuo. (...) Es una mezcla de seriedad y de falta de seriedad. A veces hago afirmaciones totalmente insensatas y me las echan en cara. Puedo decir perfectamente: “Mire, también digo lo contrario: basta con que pase la página”. No es que sea yo un sofista, el moralista no es un sofista. Pero son verdades pensadas con la experiencia. Son verdades falsamente fragmentarias. Hay que aceptarlas como tales. Pero, evidentemente, la ventaja del aforismo es que no hay necesidad de dar pruebas. Se lanza un aforismo como se da una bofetada».

Lo anterior ejemplifica bien cómo «las medias verdades del escéptico no son solamente hojas afiladas sino también hojas de doble filo. Cortan la base del racionalismo de la misma manera que la de la religión; pueden ser usadas para herir a la democracia igualmente que al despotismo y en última instancia pueden inocular las mentes con dudas acerca de la duda misma. El joven verdaderamente inteligente encontrará cada vez más que se ha vuelto lo suficientemente afilado como para lastimarse. Y si no busca algo más allá del escepticismo, se volverá lo suficientemente escéptico como para cortarse el cuello». Chesterton, naturalmente.

E. M. Cioran. Conversaciones (Entretiens, 1995). Barcelona: Tusquets, 1996; 264 pp.; col. Marginales; trad. de Carlos Manzano; ISBN 84-7223-949-7.
G. K. Chesterton. El Pozo y los charcos (The Well and the Shallows, 1935). Buenos Aires - Madrid: Ágape - Edibesa, 2007; 286 pp.; trad. de Horacio Velasco Suárez; ISBN: 84-8407-684-9.

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sábado, 28 de marzo de 2009

Las paradojas de Mr. Pond,
un libro póstumo de Chesterton, es tan ingenioso que merece ser conocido incluso en la espantosa versión castellana de la editorial Valdemar.

En los ocho casos que contiene aparecen Mr. Pond, un veterano funcionario gubernamental que ha vivido muchos asuntos delicados, y sus amigos Sir Hubert Wotton, un conocido burócrata, y el capitán Gahagan, un hombre más joven que es un fantasioso narrador. Hay dos casos que cuenta Pond y tres en los que él mismo interviene, de los cuales en uno también actúa Wotton, y luego hay tres protagonizados por Gahagan; pero es siempre Pond quien los resuelve o quien adivina cuál fue su resolución. Frente a otros libros de Chesterton se ha de señalar que, aunque no faltan digresiones de tipo moral, el interés de conjunto y de cada relato se centra sobre todo en el planteamiento aparentemente contradictorio con el que arranca cada historia.

En Los tres jinetes del Apocalipsis Pond cuenta un sucedido durante una guerra en Europa Oriental en el que «todo fracasó porque la disciplina era excelente». Cuando, para impedir que un conocido poeta siga sublevando al pueblo, el mariscal Grock da las órdenes pertinentes, sucede algo curioso: si «le hubiera obedecido uno de sus soldados, las cosas no habrían salido tan mal», pero como le obedecieron dos su plan se vino abajo.

El crimen de Capitán Gahagan trata sobre un episodio de la vida de Gahagan: cuando es acusado de ser el asesino del actor Frederick Feversham, pues frecuentaba mucho el trato de su mujer, Pond tiene clara su inocencia debido al hecho de que tres mujeres distintas dan testimonios contradictorios sobre lo que dijo Gahagan que haría la noche del crimen.

Cuando los médicos están de acuerdo, el caso más articulado y rico de todos, comienza con una charla sobre política internacional entre Pond y sus amigos. Cuando estos muestran su satisfacción por unos acuerdos a los que han llegado varios países, Pond dice que «una vez conocí a dos hombres que llegaron a estar tan completamente de acuerdo que lógicamente uno mató al otro...». Ahí arranca la historia de un doble asesinato, uno de cuyos principales actores es un alumno que presta tanta atención a su maestro que suspende sus exámenes. El caso sirve a Pond para formular una importante tesis: «Demasiado fácilmente quedamos satisfechos diciendo que polacos o prusianos o cualesquiera otros extranjeros han llegado a un acuerdo. Pocas veces preguntamos en qué han llegado a estar de acuerdo. Pero un acuerdo puede ser desastroso, a menos que sea un acuerdo con la verdad».

Pond el Pantaleón comienza con unas frases de Pond que Gahagan no entiende bien y Pond le debe aclarar que «los más graves errores provienen de esta manía de sacar de contexto un comentario y después reproducirlo con insuficiente fidelidad». Esto se ilustra con un sucedido de tiempo atrás que Wooton relata a Gahagan: cuando a Wooton y a Pond se les encomendó la seguridad de unos importantes documentos que debían trasladarse de un lugar a otro, todo transcurre felizmente gracias a la falta de precauciones que propone Pond, y gracias al hecho misterioso de que un lápiz rojo, que Wooton consideraba un lápiz azul, precisamente por eso hacía trazos negros.

El hombre indecible comienza cuando Pond dice a sus amigos que recuerda «un ejemplo bastante singular en el que cierto gobierno hubo de considerar la deportación de un extranjero deseable...», por lo que se ve obligado a contarles el caso de una república donde se produjo una extraña revolución promovida por singulares agitadores.

Anillo de enamorados es otro incidente vivido por Gahagan —un «hombre veracísimo porque dice mentiras desmesuradas e imprudentes» según Pond— y resuelto por Pond: el anfitrión de una cena a la que Gahagan asiste hace circular entre los invitados un antiguo anillo y pasan dos cosas: el anillo desaparece y uno de los asistentes muere repentinamente.

El terrible trovador es un episodio de juventud de Gahagan: un testigo lo vio acuchillar a un rival amoroso en la oscuridad y, a continuación, el rival desapareció porque Gahagan lo debió arrojar al río, y al día siguiente Gahagan partió al frente. La cuestión está, dice Pond, en que «lo más engañoso de una sombra es que puede ser muy fidedigna».

Un asunto de altura comienza con una charla entre los tres amigos sobre las convulsiones políticas que Alemania está sufriendo en ese momento —«es una infame vergüenza el trato que esa nación ha dispensado a los judíos», dice Wooton—, y Pond, al recordar su trabajo durante la primera guerra mundial como responsable de contraespionaje en una ciudad costera, habla de un espía que era demasiado alto para ser visto, afirmación que a continuación debe desarrollar.

Es un logro la figura de Pond (estanque), a veces sereno y límpido, pero a veces con sombras enigmáticas, como monstruos mentales que emergían un momento y luego volvían al fondo. Es un personaje menudo, con una barba arcaizante, entusiasta del siglo XVIII, que habla con una «cadenciosa corriente monosilábica que jamás desafinaba en una sola vocal» en la que de vez en cuando aparecen súbitamente unas pocas palabras que parecen un sinsentido. Esos comentarios siempre provocan que algunos le interrumpan: unos son los listos, que desean una explicación, y otros son los tontos, para quienes «sólo lo absurdo se despegaba de un nivel de inteligencia que los superaba; de hecho esto era en sí mismo un ejemplo de la verdad de una paradoja: la única parte que entendían de la conversación era la misma parte que no entendían».

El lector habitual de Chesterton puede buscar, como siempre, su talento para el retrato —«Frederick Feversham era algo peor que un actor que ha fracasado: era un actor que había triunfado antiguamente»—, o para la observación inteligente —un tipo al que deberían detenerlo por ser un chantajista pero al que no pueden detener porque es un chantajista—; sus alusiones literarias, a relatos en los que se apoyan sus mismos casos, como Los crímenes de la calle Morgue o El Gato con Botas—, o a sus preferencias personales, como que las historias de espionaje constituyen la rama más tediosa del género policiaco; su defensa del hombre común, como cuando dice que «Pond tenía aprendida la definitiva lección del sabio: que a veces el tonto tiene razón».

En cuanto a la traducción, abundan adjetivos como «asaz» y «harto» en expresiones como «sus modales eran no sólo asaz corteses sino asaz convencionales», o «conversaba harto juiciosamente»; una frase como «This may seem odd» se vierte como «Esto puede semejar raro» y así muchas veces, no sé si siempre, donde se usa en inglés «to seem»; y expresiones más raras aún, como «en lo atañedero a este preciso relato», que traduce «so far as this tale goes», o «dijo percutantemente la joven» que traduce «said the young lady briefly»... Brrr.

G. K. Chesterton. Las paradojas de Mr. Pond (The Paradoxes of Mr. Pond, 1937). Madrid: Valdemar, 2005, 4ª impr.; 219 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Fernando Jadraque y María Trouillhet; ISBN 10: 84-7702-241-0.

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sábado, 28 de marzo de 2009

Además de los relatos cortos de intriga policiaca protagonizados por el Padre Brown, Chesterton publicó más del mismo género aunque con otros héroes. La mayoría se reunieron en libros unificados bien por tener el mismo protagonista o bien porque distintos protagonistas ocupan el centro de casos similares. Pertenecen al primer grupo: El club de los negocios raros, El hombre que sabía demasiado, El poeta y los lunáticos y Las paradojas de Mr. Pond. Y al segundo: Cuentos del Arco Largo y El Club de los incomprendidos (o Cuatro granujas sin tacha). Además, hay relatos sueltos en El jardín de humo y otros relatos, que contiene cuatro casos publicados en torno a 1920: Los árboles del orgullo, El jardín de humo, El cinco de espadas, y La torre de la deslealtad. Aparte han de mencionarse otras recopilaciones de historias, unas que habían aparecido en artículos de prensa y luego fueron incluidas en libros, en vida del autor, y otras que habían sido publicadas en revistas en su momento y se han recuperado muchos años después, como es el caso del reciente Tratado elemental de demonología y de Fábulas y cuentos.

El mismo hecho de que Chesterton multiplicase los casos del padre Brown frente a los de sus otros detectives indica la superioridad del personaje. Por un lado, su condición de cura justifica su presencia en toda clase de ambientes, altos o bajos; por otro, sus reales o aparentes extravagancias suenan más normales que las de distinguidos aristócratas, o altos funcionarios, o burócratas expertos, o poetas estridentes. Pero también podemos ver lo anterior al revés: hay ambientes donde no encajaría un personaje con el perfil del padre Brown y hay casos en los que su perspectiva no serviría. Y en este sentido, el de acercarnos a determinadas situaciones con otra mente, y no en el de unas técnicas detectivescas que siempre son más o menos parecidas, es en el que vale la pena conocer los demás relatos policiales de Chesterton.

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viernes, 27 de marzo de 2009

Libro de memorias ficcionadas, de vida rural en el pasado, de incidentes humorísticos y personajes inolvidables conocidos en la infancia, Me voy con vosotros para siempre, de Fred Chappell, es un libro formidable, muy bien escrito y divertido como pocos.

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jueves, 26 de marzo de 2009

En los últimos cinco años el Premio Nacional de Literatura infantil y juvenil ha recaído, casi alternadamente, en libros de las editoriales Anaya y Siruela, supongo que porque así ha tocado. Este año el receptor ha sido Lo único que queda es el amor, de Anaya, una colección de relatos sobre temas amorosos que firma Agustín Fernández Paz. En relación al mérito del premio respecto a otros libros nada distinto tengo que decir a lo que ya comenté otra vez, y en cuanto al premio mismo mi opinión sigue siendo también la que ya di. De los libros que conozco del autor hay otros que prefiero al premiado, como Cuentos por palabras o, en otro registro distinto, Aire negro.

Los relatos que contiene Lo único que queda es el amor me han parecido desiguales, dejando al margen que los acentos rememorativos y morriñosos de la mayoría no son en sí mismos infantiles o juveniles. Los que más me han gustado han sido Una historia de fantasmas —uno de los puntos fuertes del autor es que sabe administrar bien los recursos de las historias misteriosas— y Elogio de la filatelia. Los demás me han parecido previsibles en sus argumentos y en los toques que indican al lector con qué personajes ha de simpatizar o no. Además debo decir que las muchas alusiones literarias, también por ser un recurso muy muy habitual en libros más o menos juveniles, me convencen poco. Las ensoñadoras y sugerentes ilustraciones de Pablo Auladell van muy bien con la nostalgia que se desprende de las narraciones.

Agustín Fernández Paz. Lo único que queda es el amor (2007). Madrid: Anaya, 2007; 176 pp.; ilust. de Pablo Auladell; trad. de María Isabel Soto López; ISBN 13: 978-84-667-6482-7.

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miércoles, 25 de marzo de 2009

Una mujer decisiva en la historia de la literatura infantil: Mary Mapes Dodge. Se puede decir que, sin ella, todo hubiera sido distinto, y no por ser autora de un libro clásico como Los patines de plata, sino por su trabajo como directora de una revista en la que, con la intención de subir el nivel literario de los libros que se dirigían a los niños en la segunda mitad del siglo XIX, pidió y consiguió colaboraciones de muchos grandes escritores de su época. A la derecha, la página inicial de una edición de 1918 que se puede consultar en la red.

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martes, 24 de marzo de 2009

He leído recientemente cuatro libros de Eoin Colfer: los tres de Max Malabar —con el mismo tipo de humor hiperbólico que, por ejemplo, los de Stink— y el más juvenil y jamesbondiano El caso cero. Igual que los demás libros del autor que conozco, me han divertido. Me parece fácil comprender por qué tienen tanto éxito, igual que me parece fácil también ver dónde fallan o, dicho de otro modo, por qué tienen tanto presente y tan poco futuro.

Max, el segundo de cinco hermanos, cuenta sus aventuras, centradas sobre todo en que su hermano mayor, Marty, le intenta gastar bromas pesadas: en el primer libro ambos van a una biblioteca y, a pesar de que la bibliotecaria parece un poco sádica y Marty intenta usar a Max para tomarle el pelo, se acaban aficionando a la lectura; en el segundo, los dos van a una fiesta y, al regreso, Marty quiere gastarle una broma terrorífica a Max; en el tercero, Marty intercambia relatos con su abuelo a ver a cuál de los dos le ha pasado lo peor en la vida.

El caso cero está narrado también por el protagonista, un precoz detective colegial de doce años, que se presenta en la primera línea como «Moon, Fletcher Moon», lo que ya da el tono de la historia y nos adelanta que tenemos delante un protagonista muy capaz, intelectual y tecnológicamente.

El principal problema que todos los relatos tienen es que la narración en primera persona siempre va muy por encima de la edad del protagonista. Al autor no le importa, claro está, pero lo sabe bien y hay momentos en los que debe frenar y disculparse: «claro que, a los dos años, no sabía palabras como “revolotear” ni “nubes de polvo”. Probablemente pensaba cosas como: Max cansado. Max quiere mamá».

La principal virtud es que los relatos tienen chispa. En las aventuras de Fletcher Moon todo es disparatado pero sostienen el interés los diálogos con réplicas certeras y los ramalazos descriptivos que atrapan bien los pensamientos propios de los protagonistas. En los libros de Max, se usan oportunamente muchas expresiones coloquiales y gráficas —estaba más oscuro que «el sobaco de un mono», por ejemplo—, y se consigue presentar al protagonista como un buen chico inocente y desamparado frente a la mala idea de sus hermanos de modo que, al final, el lector quede satisfecho con su revancha. Además, algunas situaciones con verdadera tensión, por ejemplo el episodio central del tercer libro de Max, dan idea de las posibilidades serias del autor.

Las ilustraciones irónicas de Tony Ross para los relatos de Max van muy bien con esa clase de historias.

Eoin Colfer. La bibliotecaria monstruosa (The Legend of Spud Murphy, 2005). Barcelona: Montena, 2008; 97 pp.; Max Malabar 1; ilust. de Tony Ross; trad. de Teresa Camprodón; ISBN: 978-84-8441-433-9
Eoin Colfer. El tesoro del pirata Crow (Legend of Captain Crow's Teeth, 2006). Barcelona: Montena, 2008; 99 pp.; Max Malabar 2; ilust. de Tony Ross; trad. de Teresa Camprodón; ISBN: 978-84-8441-434-6.
Eoin Colfer. Max Malabar: trastadas y desastres (Legend of the Worst Boy in the World, 2007). Barcelona: Montena, 2008; 98 pp.; Max Malabar 3; ilust. de Tony Ross; trad. de Teresa Camprodón Alberca; ISBN: 978-84-8441-435-3.
Eoin Colfer. El caso cero (Half-Moon Investigations, 2006). Barcelona: Montena, 2008; 302 pp.; trad. de Ana Alcaina; ISBN: 978-84-8441-407-0.


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lunes, 23 de marzo de 2009

Mao y yo
,
de Chen Jiang Hong es un tipo de álbum (o novela gráfica si se quiere) sobresaliente y poco habitual, no tanto por su contenido autobiográfico como por la época que trata y los ambientes que presenta. El autor fusiona los recursos de los álbumes, de contar las cosas sobre todo por medio de ilustraciones grandes, con los de los cómics, de contar muchas veces el interior de cada situación por medio de una secuencia en varias viñetas.

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domingo, 22 de marzo de 2009

Dietrich Bonhoeffer:
 «Nos encontramos en medio de un proceso de aplebeyamiento de todas las capas sociales, mientras que al mismo tiempo asistimos al nacimiento de una nueva actitud noble que vincula entre sí a un círculo de personas de todos los estratos sociales existentes. La nobleza nace y se mantiene mediante sacrificios, mediante el valor y mediante un claro conocimiento de lo que uno se debe a sí mismo y a los demás; mediante la exigencia natural del respeto que corresponde al ser humano, y mediante la salvaguarda igualmente natural del respeto debido tanto a los superiores como a los inferiores. Se trata en todos los frentes de recuperar unas vivencias de cualidad ya soterradas y un orden basado en la cualidad. La cualidad es el mayor enemigo de toda masificación. En el aspecto social, esto significa la renuncia a las pretensiones de alcanzar posición, la ruptura con todo el culto de la personalidad, la mirada libre hacia arriba y hacia abajo —sobre todo en la elección del círculo de amigos íntimos—, la alegría de una vida oculta y el valor para la vida pública. En el plano cultural, la vivencia de la cualidad significa el retorno desde el periódico y la radio, al libro; desde el ajetreo, al ocio y al silencio; desde la distracción, a la concentración; desde la sensación, a la meditación; desde el ideal del virtuosismo, al arte; desde el esnobismo, a la modestia; desde la desmesura, a la mesura. Las cantidades se disputan el espacio; las cualidades se complementan mutuamente».

Dietrich Bonhoeffer. Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio (Widerstand und Ergebung. Briefe und Aufzeichnungen aus der Haft, primera edición en 1951). Salamanca: Sígueme, 2008; 255 pp.; col. El peso de los días; edición de Eberhard Bethge; trad. de J. J. Alemany y Constantino Ruiz-Garrido; ISBN: 978-84-301-1598-3. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 21 de marzo de 2009

Como en El Club de los negocios raros y en El hombre que fue jueves, en El Club de los Incomprendidos, o Cuatro granujas sin tacha, de nuevo Chesterton presenta una serie de tipos que pertenecen a un extraño club del cual podría él mismo formar parte. O también se puede ver como un regreso a la idea desarrollada en El hombre vivo: cada historia tiene un protagonista que actúa tal como lo hubiera hecho Innocent Smith.

En la introducción un periodista pregunta por el conde de Marillac a sus amigos: estos describen la contradictoria conducta del conde, un personaje que pasa por ser un epicúreo pero en realidad es un nuevo tipo de asceta, y que preside un club de incomprendidos del que todos ellos forman parte y al que acaban invitando también al periodista, un personaje cuya reputación es igualmente difamada.
A continuación se cuenta la historia de cada uno de los cuatro amigos, todos ellos aparentemente culpables: El asesino moderado, John Hume; El charlatán honrado, Dr. John Judson; El ladrón absorto, Alan Nadoway; El traidor leal, John Conrad. El primero dispara y hiere al gobernador británico en una región de Egipto, siguiendo su teoría del asesinato moderado, que se basa «en el principio general de que les ocurra “algo” a [las personas con una posición política de responsabilidad], para levantar sus dormidas facultades con un pequeño problema personal». El segundo es un médico que manda internar en un manicomio al padre de su novia, un personaje obsesionado desde joven con un extraño árbol plantado en su jardín. El tercero es un ladrón, hijo de un respetable hombre de negocios y vergüenza de su padres y hermanos, al que detienen después de haber sido visto introduciendo sus manos en los bolsillos de gente necesitada. El cuarto es un conspirador contra el rey y contra su país al que detienen antes de que haga estallar una inminente revolución: se compromete curiosamente a entregar a sus compañeros pero no a renunciar a sus convicciones.

Las cuatro historias son misterios con un giro y, desde un punto de vista detectivesco, el núcleo de todas es el de averiguar no quién es el criminal sino por qué no lo es y por qué ni siquiera hay crimen. Todas tienen un elemento amoroso: hay siempre una chica de la que se enamora el héroe y a la que los lectores siguen en su progresiva comprensión de lo sucedido. Las dos primeras se parecen en el tipo de giro y en el tipo de héroe, y las otras dos también se parecen en que un protagonista parece un traidor a su familia y el otro un traidor a su país. Luego, excepto el segundo caso, los otros tres tienen una vertiente acusada de crítica social: al imperialismo inglés, a cualquier nacionalismo y extremismo en el primero; al origen turbio de tantas fortunas en el tercero; al control social por parte de los gobiernos en el cuarto. Es verdaderamente singular el giro que da El ladrón absorto, de ser un caso policiaco a ser un caso teológico: su protagonista en el comienzo parece como un nuevo hijo pródigo que para defender a su padre decide ser un delincuente como él.

Como en El crimen de Gabriel Gale, caso contenido en El poeta y los lunáticos, Chesterton vuelve a tratar un poco la locura transitoria de la juventud en el primer relato, al hablar de Bárbara Traill. La presenta como una gran devoradora de libros que «leía a veces con frecuencia aquello que no podía comprender en lugar de leer lo que sí entendía», y como una chica que pensaba si estaba loca pero añade que «no lo estaba, ni mucho menos: era solamente muy joven, y hay millares de jóvenes que atraviesan periodos de pesadillas semejantes y nadie lo sabe ni lo remedia». Más adelante, John Hume la tranquilizará: «Créame, no son las personas imaginativas las que se vuelven dementes. No son ellas las locas, aunque estén enfermas. Pueden despertar siempre de sus sueños con más amplias perspectivas y más brillantes inspiraciones, solamente por ser imaginativas. Los hombres que enloquecen no son los imaginativos, sino los hombres tercamente severos, que tienen solamente cabida en su cerebro para una idea y la siguen la pie de la letra».

G. K. Chesterton. El Club de los Incomprendidos (Cuatro granujas sin tacha) (Four Faultless Felons, 1930). Madrid: Valdemar, 1996, 2ª ed.; 247 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Rafael O´Collagan; ISBN 10: 84-7702-111-2.

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viernes, 20 de marzo de 2009

Una novela cortita de principios del siglo XIX: La maravillosa historia de Peter Schlemihl, de Adalbert von Chamisso. Perder la propia sombra es más grave de lo que parece, según explica una excelente reseña.

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jueves, 19 de marzo de 2009

El primer autor de novelas del Oeste fue James Fenimore Cooper y, de su serie sobre Calzas de Cuero, el libro más conocido sigue siendo El último mohicano. Más adelante volveré a la idea, que se cuenta en El cazador de ciervos, de que «los delawares rara vez dan a un hombre su nombre definitivo hasta que revela su verdadero carácter en el consejo o en el sendero de la guerra»: por eso, a lo largo de la serie, el protagonista se llama Calzas de Cuero, Mataciervos, Lengua Recta, el Palomo, Orejas Caídas, Mataciervos, Ojo de Halcón, Larga Carabina...

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miércoles, 18 de marzo de 2009

Preparar novelas para la escuela y, además, intentar convertirlas en guías para la educación de la ciudadanía es un invento antiguo. El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf, era como un manual de geografía y costumbres suecas. Pero, sobre todo, se puede recordar Corazón, de Edmondo d’Amicis, un libro pensado para inculcar sentimientos patrióticos hacia la recién creada nación italiana.

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martes, 17 de marzo de 2009

Dos importantes autores e ilustradores norteamericanos de los años treinta y cuarenta fueron Robert Lawson y Munro Leaf, autores de Ferdinando el toro, un relato pacifista y antitaurino cuya versión en dibujos animados recibió el Oscar al mejor corto de animación en 1939.

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lunes, 16 de marzo de 2009

William Nicholson
fue un conocido pintor inglés de finales del XIX y principios del XX que puso dos importantes granos de arena en la particular historia de los álbumes: una colección de grabados de animales que inspirarían abecedarios y libros semejantes posteriores, y unos álbumes donde por primera vez se secuenciaban las ilustraciones según un texto que corría por debajo. En las décadas siguientes, Edward Ardizzone fue otro ilustrador inglés cuyo trabajo sería una referencia para muchos colegas y a quien hoy se recuerda, sobre todo, como autor de unos magníficos álbumes con un niño aventurero como protagonista (no traducidos al español, que yo sepa).

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domingo, 15 de marzo de 2009

En el libro citado el pasado domingo Claudio Magris vuelve a mencionar una cita de Schiller que ya le había leído —la de que «contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano»—, y se refiere con alguna frecuencia a Dietrich Bonhoeffer, que habla de lo mismo en una de sus cartas desde la cárcel: «Para el bien, la necedad constituye un enemigo más peligroso que la maldad. Existe la posibilidad de protestar contra el mal, de ponerlo al descubierto y, en caso necesario, de evitarlo por la fuerza; el mal lleva siempre en sí el germen de la autodestrucción al dejar en el ser humano, como mínimo, una sensación de malestar. En cambio, frente a la necedad carecemos de toda defensa, no somos capaces de hacer nada contra ella, tanto si nos valemos de protestas como si utilizamos la fuerza: las razones no surten efecto; el necio deja de creer sencillamente en los hechos que contradicen su prejuicio —en tales casos incluso se muestra crítico—; y si los hechos simplemente son inevitables, simplemente los desecha como casos aislados y sin importancia. Así, y a diferencia del hombre malo, el necio se siente satisfecho de sí mismo, e incluso puede llegar a ser peligroso cuando, levemente irritado, pasa al ataque. Por ello es más necesaria mayor precaución frente al necio que frente al malo».

Dietrich Bonhoeffer. Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio (Widerstand und Ergebung. Briefe und Aufzeichnungen aus der Haft, primera edición en 1951). Salamanca: Sígueme, 2008; 255 pp.; col. El peso de los días; edición de Eberhard Bethge; trad. de J. J. Alemany y Constantino Ruiz-Garrido; ISBN: 978-84-301-1598-3.

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sábado, 14 de marzo de 2009

En El poeta y los lunáticos Chesterton cuenta ocho relatos detectivescos protagonizados por Gabriel Gale, un pintor y poeta de comportamiento estrafalario, loco a los ojos de muchos. En realidad, es cada uno de los criminales que desenmascara quien sufre algún tipo particular de quiebra de la razón, todas ellas propias de los tiempos que vivimos. Aunque son casos independientes entre sí, en el primero de todos conoce a una chica a la que promete volver a contarle una historia, cosa que cumplirá en el último.

En Los amigos fantásticos conocemos a Gale, a quien se presenta como un hombre muy poco práctico, y a su amigo y representante James Hurrel, un eficaz hombre de negocios; al doctor Gart Garth, que aparecerá luego en todos los demás casos y será una especie de doctor Watson para Gale, al propietario del lugar y su hermana, Diana Westermaine; cuando todos coinciden en una posada primero evitan un intento de ahorcamiento del posadero y luego Gale intuye que se puede producir otro ahorcamiento más y lo impide. En El pájaro amarillo Gale adivina el curso del pensamiento de un profesor ruso con singulares ideas sobre la libertad y evita que a él y a sus amigos les alcance una bomba. En La sombra del tiburón Gale aclara el asesinato de su anfitrión, que aparece muerto en la playa con una extraña puñalada pero nadie parece haberse acercado a él pues no hay huellas en la arena de alrededor. El crimen de Gabriel Gale es el primero de los dos casos en los que se intenta declarar loco a Gale pues su amigo el doctor Garth presencia cómo agrede violentamente a un joven, lo atrapa con un lazo, lo ata a un árbol y deja su cabeza sujeta contra él clavando una horca en el tronco. El dedo de piedra se desarrolla en un pueblo francés, donde unos monjes y un ermitaño son los sospechosos principales de la desaparición de un famoso científico, una eminencia en fósiles. En La casa del pavo real, Gale primero entra en una casa vacía por la ventana, luego es invitado allí a un curioso banquete, y finalmente pone al descubierto un asesinato cometido poco antes e ignorado por todos. La joya de púrpura trata sobre la desaparición de un famoso escritor, que atrae las sospechas sobre su propio hermano, un modesto comerciante. El manicomio de aventura comienza con el entierro de James Hurrel, el amigo de Gale del primer caso; en relación a eso se cuenta luego la historia de juventud que Gale prometió contar a Diana Westermaine al principio, cuando dos médicos intentaron declarar loco a Gale, y por último se narra la reaparición y desenmascaramiento de los mismos médicos un tiempo después.

Cada relato habla de un tipo de locura distinta: la del hombre de negocios, aquella en la que pueden caer quienes piden a la libertad lo que la libertad no puede dar, otra posible entre quienes no creen en nada, la locura transitoria de la juventud, la siguiente viene ser una especie de sueño de la razón, la de La casa del pavo real es la de un espíritu supersticioso exacerbado, la de quienes desean una felicidad inexistente, y la última es la quienes son capaces de encontrar cualquier cosa anormal porque no son ellos mismos normales. Todos ellos se centran en cuestiones personales y sólo en el último caso, indirectamente, se revela cómo el comportamiento de alguien tan «loco» como Gabriel Gale consigue inquietar a los poderosos con sus retratos del alma, retratos con simbolismo social, una idea que trata en la biografía de Watts. Los expertos en novelas policiacas valoran en especial La sombra del tiburón por su planteamiento de misterio en apariencia irresoluble.

El personaje se define a sí mismo como poco práctico y sin embargo defiende que sólo alguien poco práctico puede resolver algunas situaciones; habla de la importancia de tener la capacidad de ver las cosas como si uno las viera por primera vez y de la necesidad de ver el mundo cabeza abajo, y para eso se pone en esa postura repetidamente, pues sostiene que todos somos como «moscas pegadas al techo, y sólo por un verdadero y hermoso milagro no nos caemos», y así podemos ver «el paisaje como realmente es, las estrellas como flores y las nubes como colinas; todos los hombres colgando a la merced de Dios». Una de las ideas que se repite, con distintos ropajes, es la de tener un verdadero concepto de libertad: en El pájaro amarillo se habla de que la libertad es, primero y ante todo, la facultad de ser uno mismo, pero «el ser uno mismo, que es sinónimo de libertad, es la limitación de uno mismo», y si un hombre que abre la jaula de un pájaro ama la libertad, «acaso en exceso», «el hombre que rompe la pecera simplemente porque la considera una prisión, cuando es el único ambiente de vida posible para los peces», vive ya en un mundo fuera de la razón.

G. K. Chesterton. El poeta y los lunáticos - Episodios de la vida de Gabriel Gale (The Poet and the Lunatics, 1929). Obras completas, tomo II. Barcelona: Plaza & Janés, 1965, 2ª ed.; colección Clásicos del siglo XX; trad. de Manuel Bosch Barret. Otra edición en Madrid: Valdemar, 2004; 352 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de José Luis Moreno Ruiz; ISBN: 84-7702-462-6.

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viernes, 13 de marzo de 2009

No había leído hasta hace pocas semanas La casa de los siete tejados, una de las primeras grandes novelas norteamericanas. Gran error, porque incluso es mejor que La letra escarlata, la novela más conocida de Nathaniel Hawthorne. En común tienen que las dos se sitúan en Nueva Inglaterra en el siglo XVIII y hablan del peso del pasado, pero si La letra escarlata retrata un mundo puritano asfixiante, La casa de los siete tejados se centra en un personaje alegre y vivaz cuya conducta rompe cualquier fatalismo y devuelve la alegría de vivir a quienes trata: en buena parte gracias a la joven Phoebe, la maldición que parece recaer sobre la casa que construyera el fundador de la familia Pyncheon termina deshaciéndose.

Hawthorne se caracteriza por una gran intensidad en la penetración psicológica, por la claridad y la ponderación a la hora de mostrar la crueldad o la mezquindad de los comportamientos humanos, y por contar las cosas reflexiva y lentamente —demasiado tal vez para ciertos lectores—, con unas magníficas descripciones, de tipos humanos o de atmósferas, en las que vale la pena detenerse. Además, toda la narración está repleta de observaciones llenas de un buen humor irónico, amable o más acerado según convenga: «en la vida de puertas adentro hay pocos panoramas más agradables que una mesa de desayuno bien provista»; o «esas naturalezas transparentes pueden resultar muy decepcionantes; los guijarros del fondo de la fuente suelen estar más alejados de nosotros de lo que creemos; o «para cualquier círculo familiar no existe peor pesadilla que un pariente tenaz».

Es una pena que la edición, que viene con una buena traducción, tenga tantas erratas.

Nathaniel Hawthorne. La casa de los siete tejados (The House of the Seven Gables, 1851). Barcelona: Mondadori, 2008; 355 pp.; trad. de Verónica Casales Medina; ISBN: 978-84-397-2142-0.

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jueves, 12 de marzo de 2009

Ya que incluí hace unas semanas a Conan Doyle ahora es el turno de Agatha Christie. Y he pensado, al releer uno de sus comentarios, que tal vez hoy no formularía del mismo modo la segunda parte de su famoso consejo para escritores: «Recomiendo de forma particular la rutina de los trabajos caseros a todas aquellas personas que pretendan crear una obra literaria. Ello no incluye el cocinar, pues en sí ya es una creación, mucho más divertida que escribir mas, por desgracia, no tan bien pagada».

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miércoles, 11 de marzo de 2009

La ventana maldita y otras historias de una época mágica,
de Tonke Dragt, son seis cuentos fantásticos en ambientes paramedievales donde los distintos protagonistas se las han de ver con difíciles encantamientos y poderes misteriosos. Personalmente no me convencen este tipo de cuentos de hadas adultos —me parece que se necesita una elaboración mucho mayor para que relatos así puedan ser realmente adultos—, y pienso que el mejor registro de la autora es el de aventura juvenil caballeresca que utilizó en Carta al Rey y Los secretos del Bosque Salvaje. Pero, dicho eso, que tiene que ver con mis preferencias, hay que añadir que los relatos están bien, pues las narraciones son claras, las historias son intrigantes, y, aunque muchos pasos suenan conocidos, tienen originalidad.

Tonke Dragt. La ventana maldita y otras historias de una época mágica (Das unheimliche Fenster... und andere Geschichten, 1979). Madrid: Siruela, 2008; 193 pp.; col. Las Tres Edades; ilust. de la autora; trad. del alemán de María Falcón Quintana; ISBN: 978-84-9841-243-7.

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martes, 10 de marzo de 2009

Magia en el libro
es el primer relato para niños de Nina Bernstein, una periodista del New York Times. Tres hermanos, Anne, Emily y Will Thornton, 11 años la mayor y 7 el pequeño, sacan de la biblioteca un libro misterioso que los llevará a distintos mundos: al bosque de Robin Hood, a un mundo de gnomblins (unos seres del tamaño de los dedos de Will); a una de las escenas de Guerra y Paz. El relato tiene momentos buenos y, para los amantes de los libros, el reconocimiento del poder fascinador de las historias y el atractivo de redescubrir antiguos relatos. Eso sí, a la narración le falta un poco de chispa, los personajes no están del todo dibujados y los incidentes por los que pasan no resultan del todo convincentes. Por otro lado, el planteamiento es bueno, las relaciones familiares de los chicos están bien dibujadas y, salvo algunas frases menos afortunadas, está bien escrita.

Nina Bernstein. Magia en el libro (Magic by the Book, 2005). Madrid: Alfaguara, 2008; 232 pp.; ilust. de Boris Kulikov; trad. de Vanesa Pérez-Sauquillo; ISBN: 978-84-7146-4.

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lunes, 9 de marzo de 2009

David Macaulay
es un importante ilustrador de álbumes de conocimientos, como Nacimiento de una catedral, que vale la pena conocer. Además, en su momento publicó un álbum experimental titulado Blanco y Negro destacable por su calidad y por su rareza: se podría comparar con esas películas de guión fracturado y montaje sofisticado que nos atraen mucho pero no entendemos bien y, al llegar al final, volvemos a verlas para ver qué detalles o qué giros nos perdimos y que, si hubiéramos estado más atentos, nos habrían dado las claves. A la derecha, la doble página de arranque, con cuatro historias que luego son una. Adelanto que no son fáciles de conseguir, salvo en bibliotecas o en librerías en la red.

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domingo, 8 de marzo de 2009

He leído con interés La historia no ha terminado, de Claudio Magris, una recopiliación de artículos nacidos en ocasiones distintas, en los que, afirma el mismo autor, «se habla de laicidad, liberada del equívoco que la contrapone incorrectamente a la fe; de la necesidad y de los límites del diálogo entre culturas; de las relaciones entre el Estado y la Iglesia, o entre ética y derecho; del espíritu religioso; de la creciente regresión irracionalista de la ciencia ante las mutaciones extraordinarias que parecen transformar la identidad y naturaleza misma del hombre; de la involución política que en los últimos años ha puesto y está poniendo en peligro los valores elementales de la democracia y el liberalismo; de violencia y de guerra, de la unidad nacional, de los micronacionalismos viscerales y de los horizontes europeos...».

Una consideración, entre otras que me han gustado, es esta: «Una sociedad liberal le tiene que permitir a un individuo casi todo —sus ideas, sus placeres, sus deseos, sus manías—, y prohibirle categóricamente las pocas cosas que pueden hacer de él un carnicero, ya sea grande o pequeño, de otros individuos; esas acciones violentas deben ser convertidas en tabú, arrancadas de cuajo antes de que puedan presentarse como opciones concretas ante nuestras mentes. Dostoievski veía el surgimiento de un mundo terrible en el que “todo está permitido”; y cuando todo está permitido, todo acaba por suceder. Obviamente incluso el autor de un delito, que es un hombre que nunca puede reducirse sólo al crimen cometido, ha de ser tratado con respeto y dignidad, tutelado en sus derechos y defendido de todo posible desquite, del mismo modo que habría que defender a Mengele de una multitud que quisiera lincharlo. Pero no hay que confundir el respeto al delincuente con una vaga disposición a respetar su delito —de por sí estúpido, como todo delito—. El “todo está permitido” parece dar imperceptibles pasos adelante, insinuar funestas expansiones posibles».

Claudio Magris. La historia no ha terminado. Ética, política y laicidad (La storia non è finita, 2006). Barcelona: Anagrama, 2008; 299 pp.; col. Argumentos; trad. de J. A. González Sainz; ISBN: 978-84-339-6281-2.

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sábado, 7 de marzo de 2009

En Cuentos del Arco Largo se reúnen varios relatos, que habían sido ya publicados, pero que Chesterton entreteje para presentar unos personajes excéntricos (lo cual obviamente quiere decir que tienen un centro), que viven unas singulares historias de amor y que propugnan un modo de vivir que confunde a intelectuales, políticos, hombres de negocios y demás. Todos tienen como telón de fondo las ideas del autor acerca de la necesidad de cambios sociales que condujesen a una distribución diferente de la propiedad. Y, de hecho, poco más de un año después de este libro Chesterton fundó la Liga distributista, basada en el principio que ya formulara Bacon de que la propiedad es como el estiércol y sólo es buena cuando está bien extendida.

El título responde a una expresión típica, pues un «long-bow man» es un personaje que cuenta historias imposibles, y se refiere a que cada relato gira en torno a un dicho inglés conocido. Así, El impresentable aspecto del coronel Crane habla de un tipo que se come su sombrero; El éxito improbable de Mr. Owen Hood, de otro que hace arder el Támesis; El discreto contrabando del capitán Pierce, va de un aviador que hace volar a los cerdos; El huidizo compañero del reverendo White es un elusivo elefante; El lujo exclusivo de Enoch Oates está protagonizado por un curioso millonario norteamericano; La inconcebible teoría del profesor Green es la de un astrónomo que ve a una vaca saltar sobre la luna; La arquitectura sin precedentes del comandante Blair son, nada más y nada menos, que castillos en el aire; El último ultimátum de la liga del Arco Largo es una especie de choque de los protagonistas anteriores con el gobierno inglés.

En común, las historias son un ataque a esa clase de hombres que «primero emponzoñan el agua, por mero afán de lucro, y luego ofrecen a la gente el remedio para librarse de esa ponzoña, también por afán de lucro» (El éxito improbable de Mr. Owen Hood); y son también una reivindicación del poder transformador de algunas conductas: «La gente dice a menudo, despectivamente, que el poeta está siempre en las nubes» olvidando que «también ahí se ocultan los truenos» (La arquitectura sin precedentes del comandante Blair).

Entre todas ellas, personalmente destacaría la historia de amor del coronel Crane pero, más aún, la del millonario Enoch Oates, un hombre de negocios sólido y serio, es decir, se nos dice, un imbécil homogéneo; un individuo sencillo, afable y fiel a sus creencias, un tanto oscuras y confusas desde luego, pero en realidad un estafador y un ladrón aunque él no lo sabe y se cree un hombre honesto y abierto. De todos modos, en su honor hay que decir que Oates logra realizar lo que para muchos es un sueño: vender muy bien un producto sin necesidad de comprar antes nada, convertir los desperdicios en género y convencer a todas las señoras del mundo de que deben comprarse bolsos de seda de cerdo (eso sí, en un tiempo y en un país en el que las orejas de cerdo se consideraban desperdicios, algo chocante para quienes, como yo, frecuentaron desde pequeños el Bar Orejas).

G. K. Chesterton. Cuentos del Arco Largo (Tales of the Long Bow, 1925). Madrid: Valdemar, 2002; 378 pp.; col. El Club Diógenes; trad., prólogo y notas de José Luis Moreno-Ruiz; ISBN 10: 84-7702-403-0.

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viernes, 6 de marzo de 2009

Chéjov
es uno de los muy pocos escritores de los que me interesa todo, pues los personajes y los conflictos que narra siempre me parecen verdaderos. Por eso he leído con ganas y atención Cinco novelas cortas, historias todas ellas centradas en descubrimientos personales y giros vitales.

En Una historia aburrida, un prestigioso catedrático de medicina que aguarda su muerte y no se siente comprendido por nadie, se da cuenta de que tampoco él comprende a quienes viven a su lado. En El duelo, Laievski, un funcionario quejoso en el Cáucaso, cansado de la mujer con la que vive y pensando sólo en escapar de la vida que lleva, cambia por completo después de ser desafiado a un duelo por un zoólogo darwinista llamado von Koren. En La sala número seis un médico de un psiquiátrico acaba siendo ingresado él mismo. En Relato de un desconocido, un revolucionario tuberculoso se hace sirviente de una casa noble con vistas a obtener información importante, pero acaba enamorándose de la mujer a la que su señor desprecia. En Tres años, después de una boda y una vida matrimonial triste, ambos cónyuges van reconduciendo sus vidas de un modo más esperanzador.

Una de las mejores cosas de Chéjov es cómo sabe captar el sufrimiento interior de sus personajes y cómo sabe luego mostrarlo en todo su patetismo para llevarnos a comprender mejor incluso aquellas conductas que no aprobamos o que (nos parece que) nosotros nunca tendríamos. Puede hacerlo, sobre todo, gracias a su talento para, en boca de unos u otros, desvelar debilidades humanas: en El duelo, el zoólogo Von Koren, un hombre duro que también acaba reconociendo la injusticia con la que a veces razona, arremete contra un débil diácono: «su juicio está tan pervertido por esa filosofía de seminario que ve niebla por todas partes»; o critica ferozmente a Laievski delante del médico Samóilenko: «Esos lujuriosos deben de tener en la cabeza una excrecencia peculiar, una especie de sarcoma que les oprime el cerebro y condiciona toda su psicología».

Antón Chéjov. Cinco novelas cortas. Son: Una historia aburrida (Skuchnaia istoria, 1889), El Duelo (Duel,1891), La sala número seis (Palata nomer 6, 1892), Relato de un desconocido (Rasskaz neizvestnogo cheloveka, 1893) y Tres años (Tri goda, 1895). Barcelona: Alba, 2008; 440 pp.; col. Alba Maior; introducción y trad. de Víctor Gallego; ISBN 13: 978-84-8428-388-1.

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jueves, 5 de marzo de 2009

Tenía en mis listas de libros a leer, desde hace mucho, El último unicornio, de Peter Beagle, una especie de El maravilloso Mago de Oz en versión incipientemente posmoderna. Me ha parecido un buen libro, episódico y desigual, cuyo atractivo está en que tiene un gran narrador y un personaje principal maravillosamente presentado. Y, de paso, he leído Tamsin, del mismo autor, otra obra de fantasía completamente diferente, escrita veintitantos años después, y que también se apoya en un sorprendente narrador, narradora en este caso. Son libros valiosos pero requieren una particular conexión con los géneros a los que, más o menos, pueden adscribirse.

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miércoles, 4 de marzo de 2009

Un autor y una serie de gran importancia: Hugh Lofting y el Doctor Dolittle. Por razones extraliterarias, pues uno de los libros del personaje abrió la lista de los premios Newbery y una nueva época para la literatura infantil y juvenil; por razones literarias dentro de la LIJ, pues en la lista de libros con animales humanizados ocupan un lugar importante; por razones literarias de tipo general, pues están bien escritos y construidos, e incluso algunas secuelas mejoran el primero; por razones políticas, pues el revisionismo de los últimos años dice que, a veces, usa estereotipos racistas.

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martes, 3 de marzo de 2009

Hace pocos meses leí un buen comentario sobre Zapatos de fuego y Sandalias de viento, de Ursula Wölfel, un libro de los años sesenta cuyo encanto dura.

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lunes, 2 de marzo de 2009

Muchos adultos no saben contar algunas historias antiguas sin renunciar a la ironía o a la broma. También por eso, aunque no sólo por eso, merece destacarse La historia de Noé, un álbum con texto de Stephanie Rosenheim e ilustrado con elegancia más que notable por Elena Odriozola.

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domingo, 1 de marzo de 2009

Robert Spaemann: «Un proverbio griego afirma lo siguiente: “a nadie hay que alabar como feliz antes de su muerte”. Esta afirmación se hace desde el punto de vista del contemplador. Para poder juzgar la vida, es preciso tenerla presente toda entera. Pero de ese modo sólo la puede considerar el que sobrevive, es decir, el otro. El hedonismo representa el extremo opuesto. Para un hedonista consecuente, sólo existen momentos placenteros sin antes ni después. De esa forma no cabe realizar la vida de modo perfecto, pues sólo pueden ser felices o infelices unidades monádicas de experiencia».

Robert Spaemann. Felicidad y benevolencia (Glück und Wohlwollen, 1989). Madrid: Rialp, 1991; 285 pp.; col. Cuestiones fundamentales; trad., notas y estudio introductorio de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2689-6.

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