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Notas de marzo de 2010 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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miércoles, 31 de marzo de 2010
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RobertsRedFox02.jpg
martes, 30 de marzo de 2010

En la tradición canadiense de relatos que respiran amor por la naturaleza, de historias sobre animales «a favor» de los animales, un clásico del que no conozco edición en España: Red Fox, de Charles Roberts.

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DumasGranja3.jpg
lunes, 29 de marzo de 2010

La granja,
de Philippe Dumas, es un libro documental, casi enciclopédico, sobre la vida en una granja de Oxford a principios del siglo XX. Es un álbum grande que no se abre verticalmente, como es lo habitual: es un ejemplo de máximo aprovechamiento del formato apaisado. Las ilustraciones son acuarelas que recogen panorámicas de distintos ambientes, en las que aparecen dibujos esbozados de utensilios, vestidos y animales. En letra grande, debajo de cada ilustración se cuenta la vida de la gente y, en la parte de arriba, se dan explicaciones técnicas.

Es todo un recital gráfico acerca de una forma de vida que se acaba: desde un punto de vista nostálgico puede interesar sobre todo a los adultos, y desde un punto de vista informativo a todos. En el breve prólogo se habla de la necesidad de que los hombres hagan un esfuerzo en el sentido de lograr un «progreso del progreso»: un modo más humano de vivir y de relacionarnos con la naturaleza. Es un álbum que pueden disfrutar lectores de todas las edades aunque normalmente serán los adultos quienes más lo apreciarán.

Philippe Dumas. La granja - Croquis al natural de una granja de antes (Une ferme: Croquis sur le vif d'une ferme d'autrefois, 1997). Barcelona: Corimbo, 2001; 46 pp.; trad. de Margarita Trías; ISBN: 84-8470-036-4.

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domingo, 28 de marzo de 2010

En su momento puse aquí una cita de Robert Spaemann titulada El único argumento contra el asesinato. Pongo ahora dos más en la misma dirección.

Una, cuando indica que Kant «dio expresión a la convicción inmediata que todos poseemos acerca de la inconmensurabilidad de las personas respecto de todo lo demás que sucede en el mundo. Kant lo expresó con toda precisión diciendo: las cosas pueden tener un valor. Pero todo valor tiene su precio. Los hombres no tienen valor, sino dignidad. Y por dignidad entendía lo que no puede tener precio alguno, porque es sujeto de toda valoración y precisamente por eso no puede ser objeto de valoración alguna».

Otra, que se puede derivar de las consideraciones anteriores, es la siguiente: «el concepto de dignidad hace referencia a algo sacro: en el fondo es religioso-metafísico. Horkheimer y Adorno vieron esto con nitidez cuando escribieron que contra el asesinato sólo hay en realidad un argumento religioso. Ciertamente este no es un argumento a favor del asesinato, sino a favor de la consideración religiosa de la realidad. Es un error, que en la actualidad no se ha extinguido por completo, pensar que podemos abandonar la consideración religiosa de la realidad sin perder unas cuantas cosas más a las que no nos gustaría renunciar con tanta facilidad».

Robert Spaemann. El primer párrafo pertenece a «¿Son personas todos los hombres?» y el segundo a «La ambigüedad de la felicidad», ambos en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.

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sábado, 27 de marzo de 2010

No es un descubrimiento decir que nuestros gobernantes se comportan estúpidamente muchas veces. Tampoco lo es que muchas veces hacen algo sólo para decir que hacen algo, un modo de actuar que, como ahora mismo vemos, resulta trágico en situaciones de crisis pues «los náufragos no se salvan por hacer algo sino por hacer lo correcto» («Thinking about Europe», The End of Armistice).

En fin, decía Chesterton, lo cierto es que «las relaciones políticas y sociales están complicadas por encima de toda esperanza. Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los hombres modernos no pueden. En nuestros días, las cosas más prácticas, tales como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos resignamos a tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas. El mundo de los negocios necesita de la metafísica... para que lo simplifique.

Sé que estas palabras podrán recibirse con desprecio y con ásperas aseveraciones de que éste no es el momento para las tonterías y las paradojas, y que lo que realmente se necesita es un hombre práctico que se haga presente y aclare el barullo. Y, sin duda, aparecerá un hombre práctico; y, sin duda, irá y sacará unos cuantos millones para sí y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los otros hombres prácticos. La razón es perfectamente simple. Este tipo de persona, un tanto burda e inconsciente, siempre agrega [confusión] a la confusión; porque ella misma tiene dos o tres diferentes motivos al mismo tiempo y no distingue entre ellos». (...)

Por tanto, «no es esperable que un hombre práctico enmiende la confusión impracticable, pues no puede aclarar la confusión de su propia mente, y mucho menos la de su propia comunidad y civilización, extraordinariamente complejas. Por algún extraño motivo, se suele decir que este tipo de hombre práctico "conoce sus propias ideas". Obviamente, eso es lo que no conoce. En unos pocos y afortunados casos, probablemente sepa lo que quiere, como lo sabe un perro o un niño de dos años; pero ni aun entonces sabe para qué lo quiere. Y son el "cómo" y el "porqué" los que deben ser considerados cuando se investiga el modo en que cierta cultura o tradición se ha llegado a ver en un embrollo. Lo que necesitamos, como lo comprendieron los antiguos, no es un político que sea a la vez hombre de negocios, sino un rey que sea filósofo». («El restablecimiento de la filosofía: ¿por qué?», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

Total, no es cierta la idea de que «cuando las cosas andan muy mal, necesitamos al hombre práctico» pues «un hombre práctico es alguien habituado a la mera práctica diaria de las cosas que generalmente funcionan bien», pero «cuando las cosas no funcionan, hay que llamar al pensador, al hombre que posee alguna doctrina de por qué, en definitiva, funcionan». (Lo que está mal en el mundo)

Se pueden considerar notas sobre lo mismo, no chestertonianas, las de El secreto y La historia en manos de idiotas.

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viernes, 26 de marzo de 2010

En Mi siglo, Czeslaw Milosz tiene una extensa conversación con Aleksander Wat. Este, un escritor vanguardista polaco, judío de origen pero converso al catolicismo, recuerda su vida, siendo joven, en Polonia, y, sobre todo, narra sus estancias en las cárceles y campos soviéticos durante los años cuarenta. En este sentido, añade información y matices al estremecedor panorama que da Józef Czapski en En tierra inhumana. Lo más interesante, para mí al menos, son muchas disquisiciones del autor, entre otras cosas, acerca de lo que califica de la dimensión diabólica del fenómeno histórico del comunismo, o de que «la literatura no da la talla en ciertas situaciones existenciales», o de cómo la historia del estalinismo demuestra que, entre los intelectuales, en particular entre los occidentales, «el talento para autoengañarse es monstruosamente grande».

Hay que añadir que resulta formidable la misma historia de la composición del libro y, por otro lado, que su lectura puede resultar ardua para quien no está muy familiarizado con la historia y el ambiente intelectual de la época.

Aleksander Wat. Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo (Moj wiek, 1977). Barcelona: El Acantilado, 2009; 1072 pp.; prefacio de trad. de J. Slawomirski y A. Rubió; presentación de Adam Zagajewski; ISBN: 978-84-92649-21-1.

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jueves, 25 de marzo de 2010

He disfrutado leyendo Cómo saborear un cuadro, de Victor Stoichita. En él se analizan dieciséis cuadros importantes con el punto de partida de que la satisfacción que nos produce una obra de arte aumenta cuanto más se conoce su contexto (una idea ya comentada en El primer placer que nos produce un texto). Con esa intención el autor señala qué novedades aportan algunos cuadros respecto a lo habitual en su momento y hace comparaciones muy certeras entre unos cuadros y otros.

Me han gustado especialmente las consideraciones del primer capítulo, titulado «Sentido de lectura y estructura de la imagen», acerca de la pintura narrativa de Giotto: el autor que invierte lo habitual hasta entonces de pintar lo que ocurre desde la izquierda hacia la derecha. Y, en mi particular escala de intereses, pondría en segundo lugar el capítulo titulado «Un idiota en Suiza»: un estudio de la écfracis —el procedimiento de que un cuadro sea decisivo en un relato— en la obra El idiota, a partir de la relevancia que tiene la pintura Cristo muerto, de Hans Holbein, tanto en esa novela como en la misma vida de Dostoievski. Pero todos están muy bien.

Victor Stoichita. Cómo saborear un cuadro y otros estudios de historia del arte (2009). Madrid: Cátedra, 2009; 387 pp.; trad. de Anna Maria Coderch; ISBN: 978-84-376-2610-9.

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miércoles, 24 de marzo de 2010

Un buen relato, acerca de la segunda Guerra Mundial, que se ha reeditado recientemente: Boris, de Jaap ter Haar. Usa bien el recurso de muchas novelas de guerra, como por ejemplo Two Little Confederates, de un niño que entra en contacto con los soldados enemigos y comprueba su humanidad. El nombre del autor en la cubierta es incorrecto, igual que sucedía con otra novela que puse días atrás.

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martes, 23 de marzo de 2010

Otro
álbum de rechazo a la guerra: The Butter Battle Book, un relato del Dr. Seuss compuesto para ironizar y advertir acerca del enfrentamiento entre los EE.UU. y la URSS en los momentos de máxima tensión, cuando ambas potencias esgrimían la amenaza nuclear. Dos bandos, los Zooks y los Yooks, van inventando armas cada vez más complejas y sofisticadas para intimidar al otro, hasta que, al final, los dos tienen una bomba con la que pueden borrar del mapa al rival. Al principio, un abuelo Yook cuenta a su nieto el motivo para la enemistad histórica entre los dos pueblos: mientras los Yook untan la mantequilla en la parte de arriba del pan, como debe ser, los Zook ¡untan la mantequilla en el lado de abajo del pan!

Lo mejor, como uno espera siempre del Dr. Seuss, son el texto en versos divertidos y sonoros, la gracia de unas ilustraciones bien compuestas y secuenciadas, la simpatía de los singulares personajes y de los artefactos tan curiosos que inventan. La historia, si nos fijamos en su contenido, se dirige sobre todo a los adultos y no tanto a los niños, que aunque sí pueden entender lo absurdo de algunas actuaciones —y por supuesto el bobo motivo por el que combaten Yooks y Zooks—, comprenderán menos el final abierto e inquietante. Por otra parte se ha de señalar que si la caricatura del conflicto en el que se inspira la historia es magnífica, la caricatura de su origen es ridícula. La cuestión está, pienso yo, en que hay asuntos que no resultan fáciles de presentar sin hablar en serio de sus causas y de su desarrollo; en que, por tanto, no adelantamos mucho poniéndolos delante de quienes no están en condiciones de hacerse cargo de todos los aspectos del problema; y en que adelantamos menos e incluso retrocedemos si simplificamos las cosas hasta el absurdo.

Lo anterior me hace pensar en los inconvenientes de tener una formación histórica fragmentaria —hecha de trocitos cogidos de aquí y allá— y periodística —hecha sólo de informaciones sin causas conocidas—; en que quienes ignoran que han heredado una experiencia viva y compleja, necesariamente acaban enfocando el presente sin perspectiva y con una estrechez empobrecedora. En positivo, me hace pensar en la importancia de conocer y dar a conocer bien la historia —una colina desde la que se puede ver el presente—; y en lo necesario que resulta familiarizarse, desde muy pronto, con esos grandes relatos que hablan de rebelión contra las injusticias, y que cabría calificar de más verdaderos que los mismos hechos que sucedieron realmente, tales como, por ejemplo, Antígona o Guillermo Tell.

Dr. Seuss. The Butter Battle Book (1984). New York: Random House, 1984; 48 pp.; ISBN: 0-394-86580-4.

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lunes, 22 de marzo de 2010

La guerra,
de Anaïs Vaugelade, es un relato que intenta lanzar un mensaje pacifista y de rechazo a cualquier enfrentamiento.

Dos bandos: el pueblo de los Rojos y el pueblo de los Azules. El hijo del rey de los Rojos, Julio, es un chico combativo, mientras que el hijo del rey de los Azules, Fabián, no tiene ningún interés en pelearse con nadie. Cuando Julio fuerza un enfrentamiento directo con Fabián, este acude al combate montado en una oveja que, cuando bala, asusta al caballo de Julio, que cae y muere. La guerra entonces, se recrudece y Fabián ha de huir. Pero se le ocurre una idea.

Lo mejor de este álbum son unas sobresalientes ilustraciones: es excelente la composición de todas ellas, y es magnífico el juego con los colores para distinguir a unos combatientes de otros. En cambio, el argumento es poco afortunado pues el planteamiento tan simplista dicta ya la solución: es uno de esos casos en los que podemos estar de acuerdo con la moraleja sin que nos guste mucho el cuento. No es lógico que, en una historia que cuenta un conflicto, se nos escamotee su origen y se nos intente guiar hacia una solución prefabricada. Además, es un tipo de relato contraproducente que hace pensar a los lectores niños que si algunos adultos son tontos: por mucho se le insista a un niño en que no debe pelearse, el niño sabe bien que, dicho así, no es cierto: para él está claro que la mayoría de las peleas de patio de colegio son estúpidas pero también lo está que hay algunas que no lo son, pues si es malo hacer daño a un indefenso no lo es en absoluto defenderlo... Mañana, más.

Anaïs Vaugelade. La guerra (La guerre, 1998). Barcelona: Corimbo, 2008; 30 pp.; trad. de Anna Coll-Vinent; ISBN: 978-84-8470-306-8.

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domingo, 21 de marzo de 2010

Joseph Ratzinger:
«La religión existe precisamente para integrar al hombre en la totalidad de su ser, para vincular entre sí el sentimiento, el entendimiento y la voluntad; para que estas facultades se comuniquen unas con otras y para dar una respuesta al desafío planteado por el todo, el desafío que suscita la vida y la muerte, la comunidad y el “yo”, el presente y el futuro. La religión no debe arrogarse la pretensión de solucionar problemas que poseen sus propias leyes, pero debe capacitar para adoptar decisiones últimas, en las que esté en juego siempre la totalidad del hombre y del mundo. Sin embargo, hoy vivimos una situación desgraciada, en la que dividimos el mundo sectorialmente, y con ello podemos disponer de él pensando y actuando en una forma que difícilmente se había alcanzado hasta ahora. Pero quedan siempre sin respuesta las preguntas insoslayables acerca de la verdad y del valor, acerca de la vida y de la muerte.

La crisis de la actualidad consiste precisamente en que quedan sin comunicación el ámbito subjetivo y el objetivo, en que la razón y el sentimiento se van distanciando y de esta manera ambos enferman. Porque la razón, especializada sectorialmente, es enormemente poderosa y capaz de grandes rendimientos, pero, por ser la estandarización de un tipo único de certidumbre y racionalidad, no permite penetrar con la mirada en las preguntas fundamentales del hombre. De ahí se sigue una hipertrofia en el ámbito del conocimiento tecnológico y pragmático, que lleva consigo una reducción en el ámbito de los fundamentos; con ello se altera el equilibrio, y resulta una alteración que puede ser fatal para lo humano».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Glaube, Warheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen, 2003). Salamanca: Sígueme, 2006, 6ª ed.; 237 pp.; trad. de Constantino Ruiz Garrido; ISBN: 84-301-1519-6.

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sábado, 20 de marzo de 2010

En Algunos sumandos de la crisis recordé algunas citas que hablan de los errores de la gente supuestamente lista.

A ellas se podría añadir esta otra de Chesterton: «Cualquiera podría adivinar de antemano que los ignorantes cometerían disparates. Lo que nadie pudo adivinar, lo que nadie siquiera pudo soñar en una pesadilla, lo que ninguna imaginación morbosa pudo atreverse jamás a imaginar, fueron los errores de la gente culta. Es verdad, en cierto modo, que la chusma siempre ha sido dirigida por hombres más cultos. Es más verdad, desde cualquier punto de vista, que siempre ha sido muy mal dirigida por los hombres cultos. Es muy fácil decir que el hombre culto debe ser la guía, el filósofo y el amigo de la chusma. Desgraciadamente, casi siempre ha sido un guía descarriado, un amigo falso y un filósofo muy superficial. Y las catástrofes que hemos sufrido, incluyendo las que estamos sufriendo, es un hecho histórico que no se deben a la prosaica gente práctica que se supone que no sabe nada, sino, casi invariablemente, a los teóricos que creen que lo saben todo. El mundo puede aprender de sus errores; pero en su mayoría son los errores de la gente culta». En muchos casos errores cometidos, por cierto, «en nombre del progreso, en nombre del Infanticidio». («El hombre común», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

Y esta otra, que habla de la diferencia entre los vándalos antiguos y los vándalos modernos (esos que decía Alasdair MacIntyre que no están esperando al otro lado de las fronteras sino que llevan tiempo gobernándonos), es todavía mejor: «Hay dos clases de vandalismo: el negativo y el positivo; el de los vándalos del mundo antiguo, que destruyeron edificios, y el de los vándalos del mundo moderno, que los erigen. (...) De dos cosas malas, es mejor ser el bárbaro que destruye algo que por algún motivo no le gusta o no comprende, y a quien sin embargo pueden gustar sinceramente otras cosas que comprende, antes que ser un hombre rico en ideas vulgares que erige una imagen colosal de la pequeñez de su alma. (...) El burdo vándalo creador es mucho más pestilente y peligroso. Mucho más hay que decir del conquistador, que crea una soledad y la llama paz, que del otro que crea un pandemonio y lo llama progreso». Pues el primero deja marcado «a fuego en la memoria el cuadro vívido y positivo de su propia mezquindad y estupidez. Los bárbaros que asolaron el mundo» en el pasado, aparte de que seguramente hicieron algunas cosas buenas que fueron olvidadas, «no insistieron en que se debían recordar sus propias cosas bajas y bárbaras. Mas eso es, exactamente, lo que hace el "constructivo" hombre rico de ideas vulgares. Eso es, exactamente, lo que hace el vándalo moderno». («El vandalismo», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

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viernes, 19 de marzo de 2010

Me ha gustado leer Recuerdos de Tolstói, Chéjov y Andréiev, de Maxim Gorki. En relación a los dos primeros autores, los que conozco, me ha confirmado en algunas cosas que ya sabía: la excepcionalidad de Tolstoi junto con su empecinamiento en presentarse a sí mismo como gran moralista universal, y la categoría personal de Chéjov. Tanto la forma de contar como la postura de Gorki son ponderadas, como se aprecia en su defensa de la mujer de Tolstoi frente a las críticas que recibió por parte de algunos seguidores del escritor. En relación a Chéjov hace algunos comentarios muy acertados sobre su obra como, por ejemplo, éste: «poseía el arte de localizar y matizar la mediocridad, arte que sólo está al alcance de los que se plantean las más altas exigencias de la vida, que se forma sólo a partir del deseo ardiente de ver la sencillez, la belleza, la armonía del hombre».

Maxim Gorki. Recuerdos de Tolstói, Chéjov y Andréiev (textos publicados conjuntamente por el autor en 1927). Barcelona: Nortesur, 2009; 240 pp.; trad. de Yulia Dobrovolskaia y José María Muñoz; prefacio, cronología y bibliografía de Lidia Spiridinova; ISBN: 978-84-937357-0-8.

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jueves, 18 de marzo de 2010

Creo que hace años leí un libro de Forrest Carter titulado La estrella de los cheroquis, y ahora lo he vuelto a leer en una edición titulada Montañas como islas. Digo esto porque algunas cosas me han sonado a conocidas pero, sea como sea, es seguro que no tomé notas entonces y que no me gustó tanto como ahora. Y lo digo también porque no sé la razón, en ambos casos, de no conservar en castellano el título original: La educación de Pequeño Árbol, que da más idea de su carácter de novela de aprendizaje. Es un relato con defectos, sí, pero con un gran encanto: se comprende bien su popularidad.

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miércoles, 17 de marzo de 2010

OK, señor Foster,
de Eliacer Cansino, es un relato que habla, entre otras cosas, de no dejarse llevar por las apariencias.

Años sesenta. Perico, huérfano de madre, vive con su padre en Umbría, Huelva. Pierde un billete que le da su padre para pagar la licencia de pesca y, como descubre un fajo de billetes en «El Rey de Oporto», un barco nuevo de unos portugueses, coge uno para remediar el entuerto. En el proceso de intentar volver atrás y confesar la verdad, Perico acaba descubriendo quienes son el misterioso señor Foster, un inglés fotógrafo de la naturaleza, e Ismael, un viejo talabartero que lleva una vida solitaria. También intervienen su amiga Bellita, el rígido sargento de la Guardia Civil, y otros habitantes del pueblo.

El narrador perfila lo justo a los personajes y sus relaciones, engarza bien los sucesos del presente con los del pasado de la comarca, y sabe hacer notar al lector el peso de los dilemas que se le plantean al protagonista. Algunos episodios son divertidos aunque tal vez se recarga innecesariamente la borriquería de los guardias civiles. Además, hace interesantes observaciones al paso: ante la insistencia de Perico, Bellita le promete que leerá el libro que le da, y añade el narrador: «Le gustaba hacer promesas. Comprometerse con aquellos a quienes quería. Una promesa le daba sentido a su futuro, era un brújula para el porvenir».

Eliacer Cansino. OK, señor Foster (2009). Zaragoza: Edelvives, 2009; 196 pp.; col Alandar; ISBN: 978-84-263-7239-0.

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martes, 16 de marzo de 2010

The Rose and the Ring
,
un relato de 1857 de Thackeray es un clásico inglés que conviene conocer. Entre otras cosas, porque uno ve que no son cosa de ahora, ni mucho menos, la ironía contra los cuentos populares y la composición de un relato apoyándose mucho en el juego entre texto e ilustraciones, no en vano Thackeray fue dibujante de Punch.

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lunes, 15 de marzo de 2010

Álbumes extraordinarios, ahora descatalogados, de los que vale la pena buscar en las bibliotecas e incluso conseguirlos en otro idioma: los de Keizaburo Tejima que tienen como protagonistas a distintos animales y hablan del ciclo de la vida. A la derecha, la portada de una edición francesa de El lago de los búhos.

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domingo, 14 de marzo de 2010

La abolición del hombre
es un ensayo notable de C. S. Lewis compuesto de tres conferencias. En él habla de los resultados de un modo de educar que trata los valores éticos como si fueran algo subjetivo. La conclusión de Lewis es que, por ese camino, llegamos a la abolición del hombre. Los lectores de las Crónicas de Narnia encontrarán en él las razones de fondo por las que Lewis arremete contra el colegio al que van Eustace y Jill.

Una de las ideas que Lewis desarrolla es que sólo cuando nuestras aprobaciones y desaprobaciones son «reconocimientos de valor objetivo o respuestas a un orden objetivo», «los estados emocionales pueden estar en armonía con la razón (cuando sentimos agrado por lo que se debe aprobar) o no armonizar con ella (cuando advertimos que algo nos debe producir agrado pero no lo podemos sentir). Ninguna emoción es, en sí, un juicio; en este sentido todas las emociones y sentimientos son a-lógicas. Pero pueden ser razonables o irrazonables según estén o no de acuerdo con la Razón. El corazón nunca reemplaza a la cabeza; pero puede, y debe, obedecerla».

Notas en las que aparecen referencias a este libro son: Formadores del futuro, Sueños de poder, Educación incoherente.

Actualización en noviembre de 2015: nuevo comentario.

C. S. Lewis. La abolición del hombre – Reflexiones sobre la educación (The Abolition of Man, 1943). Barcelona: Andrés Bello, 2000; pp.; trad. de Paula Salazar; ISBN: 84-95407-43-4. Hay otra edición en Madrid: Encuentro, 1994, 2ª ed.; 96 pp.; col. Libros de bolsillo - Encuentro; trad. de Javier Ortega García; ISBN: 847490255X. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 13 de marzo de 2010

Como es sabido (o como algunos saben) Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo tienen muchas cargas de profundidad contra los comportamientos políticos habituales: Lewis Carroll pensó algunos personajes y escenas a partir de la vida política de su tiempo y John Tenniel le secundó con sus ilustraciones. Y es que la política es un mundo donde abundan quienes creen, y quieren hacernos tragar, que con el lenguaje se transforma la realidad (y hablan de economía sostenible y cosas así mientras los sueldos de los demás bajan y los suyos suben).

Chesterton recurrió a veces al mundo del nonsense para criticar a los políticos y, por ejemplo, tomando pie del comentario de un contemporáneo suyo, escribía: «Decir que “podemos no comprender las teorías políticas pero nuestra Constitución funciona bien en la práctica”, es una paradoja [tan] disparatada (...) como una rima disparatada de Lear o Lewis Carroll. Es exactamente como decir: “No podemos sumar correctamente las cifras; nos contentamos con que el resultado salga bien”. Es como decir: “Es cierto que nos han dado una longitud y una latitud equivocadas, ¿pero qué importa si hemos encontrado el lugar que estábamos buscando?”» («La paradoja andante», El color de España y otros ensayos).

Y, en un artículo magistral que resumo, usó personajes de Alicia en el País de las maravillas para explicar cómo se fabricaban algunas leyes en el Parlamento. El sistema es el siguiente: las leyes se hacen debido al acuerdo al que llegan la Liebre de Marzo, el progresista, y el Sombrerero Loco, el capitalista. La locura del Sombrerero es que, por encima de todo, desea ganar dinero y, en el fondo, desea no tanto hacer sombreros para toda clase de cabezas como que las cabezas se adapten a sus sombreros. La Liebre de Marzo es el seudointelectual que desea cambiar la sociedad y, por razones varias, pertenece a la Liga Sin Sombrero. Ambos deberían chocar pero no, se ponen de acuerdo y, en un ejercicio de amor al consenso, preparan la Ley de las Perchas de los Sombreros (LPS). Con ella se regula que en cada vestíbulo debe haber un perchero para sombreros, que ha de tener veintitrés perchas y que, para que no cojan polvo indeseado, estarán ocupadas ininterrumpidamente por veintitrés sombreros. Además, la LPS señala que los sombreros podrán usarse para distintas cosas: los cazadores para cazar conejos, los mendigos como recipientes de monedas, los agricultores para componer los espantapájaros, etc. En definitiva, con la LPS se trata de garantizar que tantos ciudadanos como sea posible no lleven sombrero. Al final, tanto el capitalista como el socialista progresista consiguen sus objetivos: uno, hacer dinero; el otro hacer algo, lo que sea. Han logrado abolir los sombreros manteniendo los sombrereros. («How Mad Laws are made», Fancies versus Fads)

Se puede considerar una nota sobre lo mismo, no chestertoniana, la de Políticos hocicones.

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viernes, 12 de marzo de 2010

Estaciones
es el último libro de Mario Rigoni Stern, escrito cuando tenía ochenta años, pero es el primero del autor que yo leo y, como me ha gustado mucho, no será el último. Dividido en cuatro capítulos titulados con el nombre de las cuatro estaciones, es una especie de libro de memorias salteadas: el autor cuenta juegos de niño y de joven, habla de sus amigos, recuerda escenas de la segunda Guerra Mundial, hace sensatas comparaciones entre el pasado y el presente. El tono es sereno y el estilo es llano. Al final resume su libro diciendo que ha sido un «meditar sobre las estaciones de tu vida y sobre la existencia que se lleva tus recuerdos, unos recuerdos que se tornan plegaria de agradecimiento por la vida que has tenido, por los dones que la naturaleza te prodiga».

Mario Rigoni Stern. Estaciones (Stagioni, 2006). Valencia: Pre-Textos, 2009; 152 pp.; trad. de César Palma; ISBN: 978-84-8191987-5. [Vista del libro en amazon.es]

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NevilleCat.jpg
jueves, 11 de marzo de 2010

Un relato que no conozco en castellano y que, por distintas razones, se considera el origen de muchas novelas posteriores sobre adolescentes: It’s Like This, Cat, de Emily Cheney Neville. Parece ser, también, la primera novela de chico y gato, frente a muchas otras anteriores de chico y perro.

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ValverdeRita.jpg
miércoles, 10 de marzo de 2010

Rita y el secreto de la piedra negra,
de Mikel Valverde, comienza cuando Rita, diez años, está con su tío Daniel en una expedición arqueológica en Libia. A partir de que a un chico del grupo le pica una serpiente, Rita, su tío, el profesor Visconti y el libio Nadim, acaban viajando por distintos países africanos en busca de unas misteriosas piedras negras. Una profecía que le hace un brujo a Rita le dará las pistas para entender y enfrentarse a todo lo que sucederá después, especialmente cuando se cruzan con unos peligrosos ladrones y con un misterioso millonario que les ayuda en sus indagaciones. A todo esto, como a Rita le roban la cámara de fotos, se pasa todo el viaje haciendo dibujos: el libro incluye su cuaderno de viaje con ellos.

Relato extenso y ameno. Los muchos y magníficos dibujos añaden más sabor «tintinesco» a una historia con algunos elementos argumentales como los de las clásicas aventuras de Rider Haggard. A Rita, una chica espabilada y audaz, se le coge simpatía también por su aspecto tan decidido y activo en las ilustraciones. El lenguaje es claro y recurre a expresiones coloquiales de ahora y de aquí, como un «me lo está poniendo a huevo», que dice para sí Rita, o un «lo tiene claro, colega» de un inspector de policía namibio a un delincuente. La narración apunta, de paso pero con claridad, los turbios negocios de algunas industrias farmacéuticas que prueban sus medicamentos en gente a la que usan como conejillos de Indias (al respecto se puede leer Farmacéuticas y África).

Mikel Valverde. Rita y el secreto de la piedra negra (2009). Madrid: MacMillan, 2009; 300 pp.; ilust. del autor; ISBN: 978-84-7942-449-7.

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martes, 9 de marzo de 2010

Se vende mamá,
de Care Santos, es un relato muy divertido cuyo protagonista es un excepcional narrador. Óscar, de ocho años y medio, desea cambiar a su mamá por otra pues está cansado de que la suya le diga tantas veces que ha de ser responsable y de que no le deje hacer muchas cosas que le apetecen. Además, desde que apareció en escena El Garbanzo, su hermano pequeño, su relación con ella ya no es la misma. Con ayuda de su amiga Nora, hija de un famoso presentador de televisión, pone un anuncio en internet: «se vende mamá».

Dejando de lado las peculiaridades de los narradores niños en este tipo de libros, Óscar resulta convincente porque, a través lo que cuenta, quedan claras algunas preocupaciones interiores de los niños y sus necesidades de una vida familiar ordenada. Él no lo formula explícitamente así pero, si le damos un poco de tiempo, no tardará en decirlo: «a veces los niños necesitamos dos años para entender algo, pero al final lo conseguimos, todo es cuestión de no perder la confianza en nosotros». Están bien hilados los enredos que se suceden y abundan los golpes excelentes: unos por la indecisión del narrador —«mi padre siempre dice que mis neuronas se colapsan cuando tienen que tomar decisiones»—, otros por su capacidad para encontrar imágenes plásticas —«los remordimientos se parecen al queso derretido»—, otros por el recurso al humor hiperbólico —«anda, déjame a mí, que eres más lento que un caracol lesionado»—.

Care Santos. Se vende mamá (2009). Madrid: SM, 2009; 129 pp.; col. Barco de Vapor; ilustraciones de Andrés Guerrero; ISBN: 978-84-675-3571-6.

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lunes, 8 de marzo de 2010

Tiempo atrás hablé de cómo la estructura de muchos álbumes es un paseo. Entre ellos, algunos son paseos circulares, como Madlenka, de Peter Sís, o Un hatillo de cerezas, de Viví Escrivá y María Puncel, un álbum descatalogado y excelente.

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domingo, 7 de marzo de 2010

Mero cristianismo,
de C. S. Lewis, es una recopilación y reescritura de unas charlas que dio el autor en la BBC sobre cristianismo a partir del año 1941. La palabra «mero» podría traducirse como esencial o básico, pues Lewis desea exponer en este libro las creencias que comparten todos los cristianos.

Es muy conocida la formulación que hace de la divinidad de Jesucristo, el punto central del cristianismo: «Un hombre que fue meramente un hombre y que dijo las cosas que dijo Jesús no sería un gran maestro moral. Sería un lunático —en el mismo nivel que un hombre que dice ser un huevo escalfado—, o si no sería el mismísimo demonio. Tenéis que escoger. O ese hombre era, y es, el Hijo de Dios, o era un loco o algo mucho peor. Podéis hacerle callar por necio, podéis escupirle y matarle como si fuese un demonio, o podéis caer a sus pies y llamarlo Dios y Señor. Pero no salgamos ahora con insensateces paternalistas acerca de que fue un gran maestro moral. Él no nos dejó abierta esa posibilidad. No quiso hacerlo».

Al igual que Chesterton había repetido que quien se convierte ha «pensar las cosas más seriamente que lo ha hecho en toda su vida» (Irish impressions) y ha de «estirar su mente como alguien despertando de un sueño estira sus brazos y piernas» (El pozo y los charcos), C. S. Lewis afirma lo mismo del siguiente modo: «A Dios no le disgustan menos los perezosos intelectuales que cualquier otra clase de perezosos. Si estáis pensando en haceros cristianos, os advierto que os embarcáis en algo que lo exigirá todo de vosotros, cerebro incluido. Pero afortunadamente esto funciona también al revés. Cualquiera que esté sinceramente intentando convertirse al cristianismo pronto descubrirá que su inteligencia se agudiza».

Nota tomada de este libro: Juegos de niños.

C. S. Lewis. Mero cristianismo (Mere Christianity, 1952). Madrid: Rialp, 1995; 233 pp.; col. literaria: trad. de Verónica Fernández Muro; ISBN: 84-3213-077-X.

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sábado, 6 de marzo de 2010

Un texto como el de Leyes educativas muestra bien el tipo de político iluminado y de mente totalitaria que se cree con derecho a modelar las vidas ajenas. En el de La decencia de los antiguos sacrificios humanos se aprecia cómo algunos comportamientos de los gobernantes del pasado que deploramos pueden verse como mejores que algunos propios de hoy que ignoran derechos elementales de las personas.

Siguiendo este modo de argumentar, de comparar el pasado con el presente, Chesterton señala que, durante la Edad Media, los gobernantes consideraban la posibilidad de arrepentirse y, en consecuencia, podían decidir abandonar el cargo y pasar los años finales de su vida en un monasterio reconociendo el daño que hicieron y, mal que bien, reparando por él. Entre los políticos truhanes que tanto abundan hoy, decía, esto es impensable: «Hemos perdido la idea de arrepentimiento; especialmente en las cosas públicas; por eso no podemos de ningún modo acabar con los grandes abusos de la tiranía económica ni con la avaricia de los ricos» («The Mediaeval Villain», A Miscellany of Men).

Por eso, señalaba, lo primero «que necesitamos hoy no es optimismo o pesimismo, sino una reforma del Estado cuyo nombre propio es "arrepentimiento", pues es la reforma de un ladrón y eso supone que ha de admitir previamente que ha sido un ladrón. Los políticos y gobernantes no deben dedicarse a inventar consuelos o a profetizar desastres, sino que, primero y antes que ninguna otra cosa, deben confesar sus maldades. No deben decir que el mundo va a ir a mejor gracias a una especie de cosa misteriosa llamada progreso, algo así como una providencia sin propósito. Deben reconocer lo que han estado haciendo mal y entonces podrán felicitarse de estar por fin en lo correcto; no deben de ningún modo dedicarse a insinuar que, en cierto modo, estaban en lo correcto cuando estaban equivocados. En este aspecto hay progresistas que son la peor especie de los conservadores pues insisten en conservar, de la forma más obstinada y oscurantista, los rumbos marcados por ellos mismos en el pasado. Es humano cometer errores; pero el único error mortal, entre todos los errores, es el de negar que nos hemos equivocado» («A Note on Old Nonsense», Fancies versus Fads).

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viernes, 5 de marzo de 2010

No tenía en la cabeza que se cumpliera este año el centenario de la revolución mexicana que se recrea un poco en Cartucho, un libro extraño e inolvidable de Nellie Campobello que leí hace años gracias a la recomendación de quien hace este comentario.

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jueves, 4 de marzo de 2010

Hay un tipo de libros a los que podemos poner con toda justicia la etiqueta de literatura juvenil: los libros que han leído generaciones enteras de gente joven de muy distintos ambientes. Sí, tal vez algunos ahora los jóvenes los lean menos por la razón que sea, pero sin duda son más literatura juvenil que los que no han pasado aún esa doble prueba del tiempo y de la conexión con públicos jóvenes diferentes.

Entre los libros de los que podemos decir lo anterior, son especialmente importantes aquellos que aportaron algo distinto, como abrir un subgénero o crear un personaje arquetípico, porque un aspecto básico de la educación literaria es saber quién fue el primero en algo. Así, El virginiano, de Owen Wister, (libro del que no conozco edición en castellano y que muchos recordamos por una serie famosa de televisión de hace décadas), fue una novela de 1902 que fijó los estereotipos de muchísimas novelas y películas del Oeste posteriores.

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miércoles, 3 de marzo de 2010

Cómo hacer un cómic,
de Lewis Trondheim y Sergio García, es un álbum de cómic cuyo título dice con exactitud qué contiene aunque no diga lo clara y ordenamente que presenta y explica cada uno de los recursos narrativos y gráficos propios del cómic: el dibujo, la viñeta, el texto, el tiempo entre las viñetas, etc. El libro podría haberse titulado también Aprenda usted a leer cómics o Iniciación al lenguaje del cómic pues será muy útil para quien no sea lector de cómic pero quiera descubrir las particularidades de su lenguaje.

Lewis Trondheim y Sergio García. Cómo hacer un cómic (Bande dessinée apprendre et comprendre, 2006). Vigo: Faktoria K, 2009; 36 pp.; trad. de Pedro A. Almeida; ISBN: 978-84-96957-59-6.

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martes, 2 de marzo de 2010

El pequeño tigre rugidor,
un relato de Reiner Zimnik, se alinea con los libros infantiles que tratan sobre un protagonista joven que abandona su casa para salir a un mundo diferente.

En este caso el pequeño tigre, tan acostumbrado a que unos habitantes del bosque de Sosnovia le miraran con simpatía y otros se asustaran de su rugido, prueba fortuna fuera. Pero su encuentro con una banda de ladrones le hará darse cuenta de que, lejos de su ambiente, las cosas son distintas.

La historia plantea de modo amable las dificultades del protagonista y su aprendizaje de cómo funcionan algunas cosas en el mundo. Es amena, porque los lectores quedan atrapados por saber cómo acabarán las andanzas del pequeño tigre. Es visualmente divertida, porque los sintéticos dibujos a plumilla de Zimnik transmiten simpatía, son sugerentes y complementan bien la narración.

Reiner Zimnik. El pequeño tigre rugidor (Der kleine Brülltiger, 1960). Sevilla: Kalandraka, 2009; 68 pp.; trad. de Maruxa Zaera; ISBN: 978-84-96388-95-6.

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lunes, 1 de marzo de 2010

Peter Sís
es un gran autor de álbumes, unos con relatos y otros de carácter informativo (que otra vez merecerán un comentario aparte). De origen checo pero afincado en los Estados Unidos desde mediados de los años ochenta, hace poco ha publicado El muro, un álbum autobiográfico de infancia y juventud, con recuerdos y explicaciones de sus años en la Chequia controlada por la Unión soviética. Es un gran álbum aunque, a priori, poco atractivo para lectores niños: por un lado, contiene comentarios y referencias visuales propios de la historia y la cultura de la época; por otro, todo él es en blanco y negro, con toques rojos en los símbolos comunistas, salvo en las ilustraciones que va pintando el autor ya desde niño, donde sí van asomando los colores.

Peter Sís. El muro. Crecer tras el telón de acero (The Wall. Growing up behind the iron curtain, 2007). Barcelona: Norma, 2009; 50 pp.; trad. de Arnau París Rousset; ISBN: 978-84-9847-556-2.

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