bienvenidos a la fiesta
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jueves, 31 de marzo de 2011
Siento prevención ante las novelas ambientadas en el pasado y con una chica joven como narradora: es frecuente que los autores, normalmente autoras, no se limiten a mostrar los hechos sino que, como si el lector fuera tonto, insisten para que nos demos cuenta de la opresión de la mujer entonces. Tampoco conecto bien con el sentimentalismo que suele abundar en los libros que narran enamoramientos de chicas jóvenes. Y no estoy cómodo con las historias con héroe genial al que se le permiten comportamientos inmorales e injustos que se desaprueban en los seres humanos normales. Aclarados mis prejuicios, debo decir que ninguno ha saltado al leer Amo a Will Shakespeare, de Carolyn Meyer.
Apoyada en los pocos datos conocidos de la vida de Shakespeare y de la que fue su esposa, Agnes Anne Hathaway, la autora compone una novela que destaca por su empeño en presentar a su heroína como un personaje creíble y por huir de concesiones a la mentalidad actual. A partir de una carta de 1611 en la que Shakespeare le anuncia que vuelve a casa después de muchos años fuera, la narradora recuerda su vida. Habla de la vecindad de su familia con la de los Shakespeare; de la muerte de su madre cuando ella era pequeña; del casamiento de su padre con una mujer viuda de carácter agrio; de sus relaciones con el joven Will, siete años menor que ella; de sus primeros amores y de sus fallidos compromisos matrimoniales, y, finalmente, de cómo acabó enamorándose del inmaduro pero brillante Will.
La personalidad de Agnes, con rasgos externos de Cenicienta cuya madrastra la trata injustamente y con una hermanastra pequeña superpicajosa, está perfilada con cuidado: la novela se apoya en eso, en contar cómo va cambiando todo para ella, por fuera y por dentro, con el paso del tiempo. Están bien descritas las condiciones de vida de la época: trabajos del campo, hábitos de comportamiento social, enfermedades y muertes, amenazas que se cernían sobre quienes en secreto seguían siendo católicos, etc.
Carolyn Meyer. Amo a Will Shakespeare (Loving Will Shakespeare, 2006). Madrid: Editex, 2010; 243 pp.; col. Libros de mochila; trad. de Cristina de la Cerda; ISBN: 978-84-9771-634-5.
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miércoles, 30 de marzo de 2011

Un buen relato norteamericano de hace muchas décadas y del que no conozco traducción en castellano: Caddie Woodlawn, de Carol Ryrie Brink. Es una historia de pioneros, que la autora escribió a partir de los relatos de su abuela, con una protagonista tomboy: una niña que se comporta como un niño (de la época) pero educada así por deseo expreso de su padre.

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martes, 29 de marzo de 2011
Si alguien quiere un libro con una buena selección de fábulas una buena opción es El libro de las fábulas, una recopilación de 64 historias de este tipo, todas con animales como protagonistas. Los editores han elegido las más populares —de Esopo, Fedro, La Fontaine, etc.— y han incluido algunas que proceden de ámbitos no europeos. Todas son adaptaciones libres, construidas dando valor al interés narrativo, y respetando el sentido original. Es un acierto que sea un gran experto en ilustraciones de animales como Emilio Urberuaga el encargado de poner imágenes al libro, una al comienzo y otra al final de cada relato.
El libro de las fábulas
(2010). Barcelona: Combel, 2010; 158 pp.; recopilación de Albert Jané y adaptación de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera; ilust. de Emilio Urberuaga; ISBN: 978-84-9825-499-0.
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lunes, 28 de marzo de 2011
Igual que la semana pasada, indico dos álbumes que, con todos sus méritos, tampoco me parecen satisfactorios. Los dos son «álbumes bedtime»: Oscar y los gatos lunares, de Nicoletta Ceccoli y Lynda Gene Rymond, y Faltan 10 minutos para dormir, de Peggy Rathmann.
El primero es sobre un gato, Óscar, al que le gusta subirse a lugares altos desde donde mirarlo todo y que un día llegó a la luna, donde conoce a los gatos lunares y a la vaca que saltó sobre la luna, y siente la tentación de quedarse allí y no volver con su niño. El segundo narra cómo el niño protagonista va preparándose para dormir mientras sus hámsters organizan una caótica excursión nocturna que dura los diez minutos de rigor.
Del primero se puede destacar que las ilustraciones tienen efectos 3D y son vistosas, también por el uso frecuente de perspectivas forzadas. Del segundo, que funciona bien la secuencia temporal, marcada por los minutos que faltan, y que las escenas del niño preparándose para dormir son simpáticas. Ahora bien, los acentos del primer relato son algo dulzones y el texto puede sonar raro para quienes no conozcan Hey Diddle Diddle, igual que supongo que el texto inglés también juega con los sonidos…; y el superlaborioso desfile de los hámsters en el segundo relato (me parece a mí que) desborda mucho a los destinatarios naturales del álbum. Obviamente, una lectura en compañía puede resolver estas dificultades y muchas otras pero cuando decimos lo de atrás es que algo falla en la construcción del álbum.
Nicoletta Ceccoli. Oscar y los gatos lunares (Oscar and the Mooncats, 2007). Texto de Lynda Gene Rymond. Barcelona: Thule, 2010; 32 pp.; trad. de Alvar Zaid; ISBN: 978-84-92595-68-6.
Peggy Rathmann. Faltan 10 minutos para dormir (10 Minutes Till Bedtime, 1998). Barcelona: Ekaré, 2010; 48 pp.; col. El Jardín de los niños; trad. de Carmen Diana Dearden; ISBN: 978-84-937787-5-6.
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domingo, 27 de marzo de 2011
Martha Nussbaum: Si a un niño, al crecer, le damos lecturas adecuadas, «a medida que (…) domine más los rudimentos del vocabulario emocional de su sociedad ocurrirán dos cosas nuevas». Por medio de tragedias como las de Sófocles puede iniciar un proceso de aprendizaje de la compasión pues el lenguaje literario tiene «la capacidad de abrirse paso a través de la distracción para promover un intenso reconocimiento e interés por los demás». Por medio de dramas como los propios de la novela social realista, dramas que son como ejercicios de «extensión de la simpatía», pueden adquirir una empatía que atraviese las barreras sociales. Aunque también hay que añadir que «nada producirá una compasión adecuada sin que existan juicios éticos correctos» y que «promover la empatía en este sentido (multicultural) no nos compromete con un relativismo cultural, con la idea de que todas las culturas son igualmente buenas o con ninguna otra actitud de lavarse las manos frente a toda crítica cultural. De hecho, el espectador compasivo siempre trata de comparar lo que ve con su concepción cambiante del bien, y su compasión siempre necesita verse ligada a la mejor explicación del bien que pueda encontrar». Al mismo tiempo, «la imaginación empática es un auxilio extremadamente valioso para la formación de juicios correctos y respuestas adecuadas». A eso se han de sumar dos cosas más: una, que «el hecho de que la tragedia de Sófocles inspire compasión por el sufrimiento humano y el hecho de que sea una poesía colosal y potente no son independientes: es la excelencia poética lo que transmite la compasión al espectador, abstrayéndole de sus hábitos de la vida cotidiana»; y otra, que puede ocurrir que «las obras que resultan poderosas en un momento específico en relación con un problema particular pueden no resistir el paso del tiempo, y, en este sentido, parecen menos grandes en tanto obras de arte que otras», como es el caso de La cabaña del tío Tom, por ejemplo.
Martha C. Nussbaum. Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones (Upheavals of Thought, 2001). Barcelona: Paidós, 2008; 798 pp.; col. Magnum; trad. de Araceli Maira; ISBN: 978-84-493-2099-6.
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sábado, 26 de marzo de 2011
La prohibición bíblica de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal que Dios impone a Adán y Eva en el Paraíso, una especie de señal por la que los hombres deben reconocer libremente y respetar con confianza las leyes morales que Dios señala, se parece mucho a (o está en la base de, o es la misma que)  la idea que recorre una buena parte de los cuentos de hadas. Así lo decía Chesterton: la importancia de los cuentos de hadas para la formación moral se apoya en «la idea de que la paz y la felicidad sólo pueden existir bajo una condición. Esta idea, que es el núcleo de la ética, es el núcleo de los cuentos infantiles. Toda la felicidad del país de las hadas pende de un hilo». (...) «Toda la ética debería enseñarse al son de esta cantinela de los cuentos de hadas: si uno viola la prohibición, pone en peligro todo lo demás. Al hombre que rompe la promesa hecha a su mujer debería recordársele que, incluso aunque ella no sea un gato, el caso del gato encantado demuestra que semejante conducta puede ser poco prudente. Al ladrón a punto de abrir una caja fuerte podría recordársele alegremente que está en la peligrosa posición de la hermosa Pandora: está a punto de levantar la tapa prohibida y desatar males desconocidos. El muchacho que se come las manzanas del manzano ajeno debería recordar que ha alcanzado un momento místico de su vida en el que una manzana puede privarle de todas las demás. Ésa es la profunda moraleja de los cuentos de hadas, que, lejos de carecer de normas, van a la raíz de todas las leyes. En lugar de encontrar (como los libros normales de ética) una base racional para cada mandamiento, encuentran una base mística para todos los mandamientos». («Los cuentos de hadas», All Things considered, Correr tras el propio sombrero)
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viernes, 25 de marzo de 2011
Beatriz y Virgilio, de Yann Martel, es un extraño y fallido libro. Su narrador y protagonista es un escritor llamado Henry, autor de una novela de mucho éxito sobre animales, que se plantea escribir una obra de ficción que dé cuenta de aquél horror. Pero, para su frustración, sus editores critican mucho su proyecto —una singular mezcla de relato y ensayo— y, como consecuencia, abandona la escritura, se instala en otro país y cambia de ocupaciones. Pero, un día, entabla relación con un raro taxidermista, que también se llama Henry, que le pide consejo acerca de una obra teatral que está escribiendo acerca de Beatriz, un burro, y Virgilio, un mono aullador.
Muchos aspectos parecen sacados de la vida del propio autor —que aquí hace comentarios a su obra Vida de Pi, sin nombrarla—, y esta novela real se termina pareciendo bastante al proyecto de libro que los editores de Henry echaron abajo. Lo cierto es que resulta difícil no darles la razón: el buen comienzo y las observaciones más que interesantes que salpican aquí y allá la historia, pues Martel es un escritor inteligente, encallan cuando aparecen los fragmentos del drama teatral que le va leyendo el otro Henry. No es tanto que los diálogos entre el mono y el burro sean difíciles de seguir —también porque se interrumpen una y otra vez, y se presentan de un modo fragmentado—, sino que ni el tono de la segunda parte de la novela encaja con el de la primera, ni son convincentes los paralelismos entre la crueldad contra los animales y la crueldad contra los judíos, ni el progreso de la relación entre los dos Henrys resulta creíble, ni el final abrupto y violento provoca otra cosa que un «ya lo sabía yo». Además, y aunque el narrador no es pretencioso, llegan a cansar la gran autoreferencialidad de su relato y las muchas alusiones literarias.
Una observación de tipo general. Estaría bien un ensayo sobre por qué no hay obras intemporales acerca del Holocausto y por qué, hasta el momento, sólo consideramos aceptables las basadas en testimonios reales. Estaría bien una novela o una obra teatral, o lo que sea, que tratase la cuestión al modo en que, como se afirma en el libro, lo hace Rebelión en la Granja, una obra contra el estalinismo y cualquier totalitarismo. Pero a un ensayo le suelen sobrar las derivaciones novelescas y una novela no debe necesitar explicaciones adicionales. Por eso, en relación a ciertas críticas elogiosas que ha recibido el libro de Martel —más bien pocas, por lo que he visto—, se puede recordar que decir de una novela que parece un ensayo, igual que decir de un ensayo que parece una novela, es como elogiar a un cura diciendo que no parece un cura.
Yann Martel. Beatriz y Virgilio (Beatrice & Virgil, 2010). Barcelona: Destino, 2011; 224 pp.; col. Áncora & Delfin; trad. de Mario Sureda; ISBN: 978-84-233-4385-0.
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jueves, 24 de marzo de 2011
Al preparar unas selecciones de libros he visto una cosa curiosa: el año 2003 se publicaron tres libros excelentes con protagonista discapacitado: El zorro ártico, La fórmula preferida del profesor, El curioso incidente del perro a medianoche. Y a ellos se puede sumar una buena novela juvenil española del mismo año: El síndrome de Mozart, de Gonzalo Moure.
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miércoles, 23 de marzo de 2011
Veo una nueva edición de El vendedor de noticias, un buen relato de ambiente medieval de José Luis Olaizola. Ya entonces sabían que «la noticia que aprovecha a quien se la vendes, daña a quien se la robas».
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martes, 22 de marzo de 2011
Hay relatos infantiles y juveniles que logran presentar bien situaciones difíciles: son claros, son amenos y no simplifican abusivamente las cosas. Un ejemplo, en inglés, es Amos Fortune, Free Man, de Elizabeth Yates, un relato basado en la vida de un personaje real admirable. Queda para la discusión si la novela transmite los sentimientos apropiados ante una situación de discriminación racista: yo considero que sí, al pensar en las circunstancias de la época en que se desarrolla la historia, pero no podría negar la legitimidad de afrontar la cuestión de manera más bronca...
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lunes, 21 de marzo de 2011
Dos álbumes valiosos que, sin embargo, no (me) resultan satisfactorios: Juan y el Lobo, de Tony Ross, y Los tres osos, de Anthony Browne.
El primero es una versión de la fábula del pastor y el lobo que, como se puede esperar de Ross, es más ácida todavía que la historia original. El segundo es una versión de Goldilocks, o Ricitos de oro, con dos historias en paralelo: la de los tres osos en páginas derechas, la de la niña que acaba entrando en la casa de los osos en páginas izquierdas.
Los fallos que les veo no son, obviamente, gráficos: ambos autores son unos maestros en la realización de álbumes y vale la pena observar tanto el detallismo aparentemente descuidado de Ross, como el juego con los marcos y el distinto tipo de ilustración que usa Browne para contar las dos historias paralelas.
En cambio, me parece que la vuelta de tuerca final de Ross no añade nada significativo a la historia ya conocida, y pienso que los guiños típicos de Browne complican un relato en sí mismo sencillo y cuya principal fortaleza está en su concepción como narración oral. En cuanto a los títulos, la versión española del de Ross hace perder un poco el sentido de la historia: el título original en inglés, El niño que gritó Lobo, nos hace fijarnos en cómo el comportamiento del chaval le atrae una «recompensa» como la de Hipersúper Jezabel. Browne, al titular su álbum original Yo y tú, y con su dedicatoria «para todos los desafortunados» y su forma de narrar, se ve que desea aumentar nuestra capacidad de ponernos en lugar de otros.
Aunque se puede disfrutar de estos álbumes tal como están, pues tienen calidad, la sensación que (a mí me) dejan es que cuando una historia está bien como está lo mejor es dejarla..., salvo contadas excepciones que de verdad añaden algo nuevo.
Tony Ross. Juan y el Lobo (The Boy Who Cried Wolf, 1985). Barcelona: Océano Travesía, 2010; 26 pp.; trad. de Kunas; ISBN: 978-84-494-4154-7.
Anthony Browne. Los tres osos (Me and You, 2009). México: Fondo de Cultura Económica, 2010; 32 pp.; col. Clásicos; trad. de Fabiano Durand; ISBN: 978-607-16-0107-0.
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domingo, 20 de marzo de 2011
Martha Nussbaum: «En las primeras historias, poemas y canciones de los niños ya hay un ejercicio que favorece la imaginación del mundo interior de otra persona. En la “fantasía” el niño aprende a dotar de vida y necesidad a formas extrañas. Y puesto que estos juegos muchas veces se realizan en presencia y con la ayuda de los objetos de mayor apego del niño, toman prestadas de éstos parte de su luz y su misterio. Piénsese en la canción que comienza «Twinkle, twinkle, Little Star, how I wonder what you are» [brilla, brilla, pequeña estrella, me pregunto quién serás]. Al aprender esta canción, los niños desarrollan aún más su sentido ya presente de la maravilla: cierta noción del misterio que mezcla la curiosidad y el estupor. Los niños se admiran de una pequeña estrella. Al hacerlo, aprenden a imaginar que una mera forma en el cielo tiene un mundo interior, en cierto sentido misterioso, en cierta manera como el suyo mismo. Aprenden a atribuirle vida, emoción y pensamiento a una forma cuyo interior se les esconde. A medida que transcurre el tiempo, lo hacen de una forma cada vez más sofisticada, aprendiendo a escuchar y a contar historias sobre animales y sobre humanos. Estos relatos interactúan de formas muy complejas con sus propios intentos de explicar el mundo que los rodea, y sus propias acciones en ese mundo».
Martha C. Nussbaum. Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones (Upheavals of Thought, 2001). Barcelona: Paidós, 2008; 798 pp.; col. Magnum; trad. de Araceli Maira; ISBN: 978-84-493-2099-6.
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sábado, 19 de marzo de 2011
En el artículo titulado La sabiduría de los cuentos populares cito la idea, que Chesterton desarrolla en «El ángel rojo» (Enormes minucias), de que los cuentos de hadas no son responsables de producir en el niño ninguna de las formas del miedo sino que, al contrario, lo que sí proporcionan los buenos cuentos a los niños son las primeras semillas de una verdadera esperanza.
En otra ocasión, para explicar por qué son tan saludables los cuentos de hadas, los comparaba con algunas novelas realistas modernas: «El problema del cuento de hadas es éste: ¿qué hará un hombre sano en un mundo fantástico? El problema de la novela moderna es: ¿qué hará un hombre loco en un mundo tardo e insípido? En los cuentos de hadas el cosmos enloquece pero el héroe no enloquece. En las novelas modernas el héroe está loco antes de que el libro empiece, y sufre por la firmeza inconmovible y la cruel cordura del cosmos». Se podría decir que «la moderna literatura tiene a la locura como centro. Por consiguiente, pierde hasta el interés de la demencia. Un lunático no es interesante para sí mismo, porque es enteramente serio; eso es lo que le hace ser lunático. Un hombre que piensa ser un huevo pasado por agua es ante sí mismo una cosa tan sencilla y corriente como un huevo pasado por agua. (...) Sólo la cordura puede ver en la locura incluso una violenta poesía. Por tanto, esos sabios viejos cuentos hacen al héroe corriente y moliente, y extraordinaria a la propia narración. Pero esa otra literatura hace extraordinario al héroe y ordinaria [en los dos sentidos] la narración». («La abuela del dragón», Enormes minucias)
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viernes, 18 de marzo de 2011
Viaje de ida y vuelta, de György Konrád, es un relato autobiográfico. El autor habla de su infancia en la Hungría ocupada por el ejército hitleriano. Al hilo de la narración se refiere también a sucesos posteriores de su propia vida o de la de otras personas. Una idea interesante que aparece varias veces es cómo el destino está en manos inesperadas: la denuncia contra sus padres de un estafador, vista en su momento como una gran desgracia, provocó que sus padres fuesen recluidos en un campo de internamiento de la Gestapo y eso, dice, «nos ahorró, a cada uno a su manera, el destino común a todos los judíos de Berettyóújfalu: Auschwitz». O, por ejemplo, más adelante habla del tío Andor: «no era el orgullo de la familia; lo cierto es, sin embargo, que nos salvó la vida». En fin, buen libro que, aunque no aporta nada nuevo a tantísimos como hay sobre la misma cuestión, al menos tiene acentos de normalidad y habla sin adornos de acontecimientos reales.
György Konrád. Viaje de ida y vuelta (Elutazás és hazatéres Önéletrajzi regény, 2001). Madrid: Alianza, 2010; 209 pp.; col. Alianza Literaria; trad. de Adan Kovacsics; ISBN: 978-84-206-8431-4.
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jueves, 17 de marzo de 2011
El otro día caí en la cuenta de que no había metido todavía en la página una obra de ciencia-ficción excelente:  La señora Frisby y las ratas de Nimh, de Robert O'Brien. Comprobé además, con frustración, que no hay ninguna edición reciente y que ni siquiera está en el catálogo actual de la editorial que la publicó hace tiempo. Pero tiene gran actualidad: en especial es muy útil estudiar el plan que las Ratas titulan «Vivir sin robar», que básicamente consiste en que, para dejar de robar definitivamente, se trata de robar durante un tiempo más que nunca. Es el plan que continuamente renuevan muchos políticos y hombres de negocios.
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miércoles, 16 de marzo de 2011
Nueva edición de una buena novela policiaca infantil: Espiando a un amigo, de la israelí Batya Gur. Es una narración tensa con una buena presentación del mundo interior del protagonista, un chico al que le crispa oir la frasecilla «cuando seáis mayores, lo entenderéis».
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martes, 15 de marzo de 2011
Se acaban de publicar en castellano dos obras de James Krüss: Paulina y el Príncipe del Viento y su continuación, Cartas a Paulina.
En la primera conocemos a Paulina, una niña vecina del autor, don Jaime, que tiene un acuerdo con él: por cada historia que le cuente recibe unos caramelos o bombones de acuerdo con la calidad del cuento. El autor, luego, reescribe y ordena lo que Paulina le ha contado. Con esta estructura se suceden nueve relatos: lo que habla el autor va en negro y los relatos de Paulina en azul. Paulina y el Príncipe del Viento es una de las historias. En Cartas a Paulina es el autor, que se ha trasladado a vivir a Las Palmas, quien envía relatos a Paulina, que le responde desde Alemania enviándole cosas que le va pidiendo don Jaime.
El lenguaje es rico y el tono es amable. Los relatos son de fantasía humorística y, aunque no son especialmente convincentes ni chispeantes, se leen con agrado. A todas se les podría aplicar que «resulta increíblemente difícil componer una historia tan sólida y convincente de algo tan ligero y fugaz como son las pompas de jabón» (Paulina y el mundo a través de una pompa de jabón). No faltan las consideraciones sabias propias del género y del autor, como esta del segundo libro: «con la isla de San Borondón, señor, pasa lo mismo que con la felicidad: quien la busca no la encuentra y quien la ve no se da cuenta. Porque hasta que su imagen no se desvanece, no somos conscientes de haberla tenido al alcance de la mano durante un breve, pero dichoso, intervalo de tiempo» (La historia de Manolito el pastor). Es una idea que también podemos encontrar, expresada de modo semejante en otra de sus obras, Las islas felices detrás del viento.
James Krüss. Paulina y el Príncipe del Viento (Pauline und der Prinz im Wind, 1964). Madrid: Anaya, 2010; 128 pp.; ilust. de Renate Habinger; trad. de Moka Seco Reeg; ISBN: 978-84-667-9343-8.
James Krüss. Cartas a Paulina (Briefe an Pauline, 1968). Madrid: Anaya, 2010; 128 pp.; ilust. de Renate Habinger; trad. de Moka Seco Reeg; ISBN: 978-84-667-9344-5.
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lunes, 14 de marzo de 2011
En el silencio del bosque, de Cristina Pérez Navarro, es un álbum sin palabras. La primera página muestra una niña con una pelota sentada en una pradera empinada. Luego la vemos dirigirse hacia un bosque detrás de la pelota y, allí, se asusta y acaba encontrándose con un oso.
Salvada mi prevención contra los argumentos donde aparecen osos amables (por las experiencias reales que conozco de cerca), la historia es más que simpática. Gráficamente la narración está bien llevada: la ilustradora hila con acierto las escenas y sus figuras transmiten bien los sentimientos de los protagonistas. Casi todas las ilustraciones ocupan una cara completa excepto en algunas páginas, en las que se muestran dos o tres escenas consecutivas. Todas las ilustraciones van en la página derecha enfrentadas a una página izquierda sin imágenes y del color dominante en la derecha: una forma de componer un álbum que para la historia en sí misma es innecesario, pero que hace bonito el libro y facilita que la lectura tenga más pausa. Y el toque metanarrativo del relato, justo al final, es perfecto: no estorba la lectura de la historia que puede hacer el niño, le deja preguntándose qué ha leído exactamente y le hará volver atrás. Otras consideraciones, si nosotros leemos los libros o los libros nos leen a nosotros, si nosotros entramos en las historias las historias entran en nosotros, etc., ya quedan para el adulto.
Cristina Pérez Navarro. En el silencio del bosque (2010). Barcelona: A buen paso, 2010; 48 pp.; ISBN: 978-84-938036-1-2.
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domingo, 13 de marzo de 2011
Christopher Dawson: «Nada más difícil para el hombre que el comprender una cultura o tradición social que no sea la suya, pues para ello se requiere un desprendimiento casi sobrehumano de los sistemas de pensamiento y educación que ha heredado, y de la influencia —no percibida conscientemente— de su medio ambiente social».
Alasdair MacIntyre: «Toda cultura se caracteriza en parte por lo que encubre y oscurece a la vista, por lo que sus hábitos mentales le impiden que reconozca y que se apropie. Erramos, pues, al escribir en su mayor parte, y a veces de manera exclusiva, la historia de las ideas, de la ciencia, del arte, de la cultura en general en función de los logros positivos. La cultura se presenta también en el fracaso y, en aspectos cruciales, puede cegar al ilustrado a lo que es necesario que vea. Así ocurrió con el fracaso en comprender la obra de Tomás de Aquino en la Baja Edad Media. Así puede ocurrir acaso con nosotros».
Christopher Dawson. «Arte y sociedad» (1954), en Dinámica de la historia universal (The Dynamics of World History, 1957). Madrid: Rialp, 1961; 364 pp.; col. Rialp de Cuestiones Fundamentales; trad. de Rosalía Vázquez; introducción y selección de textos de John J. Mulloy.
Alasdair MacIntyre. Tres versiones rivales de la Ética: Enciclopedia, Genealogía y Tradición (Three Rival Versions of Moral Enquiry. Encyclopedia, Genealogy and Tradition, 1990). Madrid: Rialp, 1992; 294 pp.; col. Cuestiones fundamentales; trad. de Rogelio Rovira; presentación de Alejandro Llano; ISBN: 84-321-2897-X.
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sábado, 12 de marzo de 2011
Para explicar más extensamente por qué había escrito que «una obra de arte nunca es demasiado corta y una historia nunca es demasiado larga», decía Chesterton que, como crítico, no disfrutaba de las novelas igual que cuando era un niño, sino que apreciaba en ellas otras cosas. Cuando era un niño no le gustaba la precipitación sino que gozaba con el retraso, pues los niños lamentan comer el pastel y les gustaría tenerlo siempre. Cuando era un lector primerizo sus novelistas favoritos eran, y siguieron siendo, los grandes novelistas del XIX que dan más impresión de vida y variedad, como Scott, Dickens o Thackeray. Más adelante desarrolló una simpatía tan intensa, o incluso más intensa, hacia otros escritores posteriores que tenían la gran habilidad de acertar con la palabra justa, como Stevenson, o que poseían una ironía insurgente, como Belloc. Pero Stevenson, decía, tiene un fallo como novelista: que debe ser leído rápido; y algunas novelas de Belloc no sólo deben ser leídas con rapidez sino también intensamente; en ambos casos el talante del autor y del lector es heroico y anormal, como el de dos hombres combatiendo en un duelo. Sin embargo, Scott, Thackeray y Dickens tenían el misterioso toque o talento de la novela inacabable. Incluso cuando llegamos al final de una de sus historias, seguía Chesterton, de algún modo sentimos que son interminables: «alguna gente dice que ha leído Pickwick cinco veces o cincuenta veces o quinientas veces. Por mi parte, sólo he leído Pickwick una vez, pero desde entonces he vivido en Pickwick y he ido a Pickwick como un hombre acude a su club, y cada vez que lo he hecho he encontrado algo nuevo. No estoy seguro de que escritores modernos rigurosos como Stevenson o Belloc no sufran realmente de la severidad y rapidez de su arte. Si un libro es un libro para vivir en él, debería ser (igual que una casa en la que vivimos) un poco desarreglada». («Fiction as Food», The Spice of Life)
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viernes, 11 de marzo de 2011
Otro de los aspectos de La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, de Eva Illouz, que me ha interesado es su explicación sobre los orígenes y el auge de tanta narrativa terapéutica como ha proliferado en la década de los noventa.
Así, dice, mientras un personaje como Abraham Lincoln aseguraba que «es una locura intentar extraer conclusiones a partir de los primeros años de mi vida. Se pueden condensar en una sola frase: los anales breves y simples de los pobres», la narrativa terapéutica extrae todo tipo de conclusiones a partir de los primeros años de vida. Su principal característica «es que la meta del relato dicta los hechos que son seleccionados paa contar la historia así como los modos en que esos hechos —en tanto componentes de la narrativa— se conectan. Metas narrativas tales como la “liberación sexual”, la “autorrealización”, el “éxito profesional” o la “intimidad” dictan el escollo narrativo que me impedirá alcanzar mi meta, lo que a su vez dictará a qué hechos del pasado deberé prestar atención y la lógica emocional que ligará esos hechos (…). En ese sentido, la narrativa terapéutica es retrospectivamente puesta en intriga o “escrita hacia atrás”: el “final” de la historia (mis aprietos presentes y mi mejoramiento futuro) da inicio a la historia.
Pero llegamos aquí a una paradoja extraordinaria: la cultura terapéutica —cuya vocación primordial es curar— debe generar una estructura narrativa en la que el sufrimiento y la condición de víctima definan de hecho al yo. En efecto, la narrativa terapéutica sólo funciona concibiendo los hechos de la vida como indicadores de oportunidades fallidas del propio desarrollo. Así, la narrativa de la autoayuda es sostenida fundamentalmente por una narrativa del sufrimiento, y esto es así porque el sufrimiento es el “nudo” central de la narrativa, aquello que la inicia y la motiva, que la ayuda a desplegarse y la hace “funcionar”. La narración terapéutica de historias es así inherentemente circular: contar una historia es contar una historia acerca de un “yo enfermo”».
Eva Illouz. La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (Saving the modern soul: Therapy, emotions, and the cultura of self-help, 2008). Madrid: Katz, 2010; 316 pp.; col. Conocimiento; trad. de Santiago Llach; ISBN: 978-84-92946-01-3.
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jueves, 10 de marzo de 2011
A un amigo mío le gusta repetir la broma de que las preguntas básicas en la vida son tres: quiénes somos, de dónde venimos, y dónde vamos… a comer. Este humor es el típico de Terry Pratchett —y no me extrañaría nada que la frase viniera de alguno de sus libros aunque mi amigo no haya leído a Pratchett nunca—, como se puede comprobar una vez más en El asombroso Mauricio y sus roedores sabios. Este libro, el más asequible (para todos los públicos) de la serie del Mundodisco, recibió hace años el premio Carnegie al mejor libro infantil inglés: una forma de reconocer (y aprovechar) la popularidad y el talento de Pratchett puesto que se apoya en muchos relatos infantiles clásicos para construir ese relato, no porque el libro sea más infantil que otros suyos.
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miércoles, 9 de marzo de 2011
Una novela extraordinaria no editada en España: Carrie´s War, de Nina Bawden. Salvo peleas (físicas, que no dialécticas) lo tiene todo: una narración cuidada, unos personajes atractivos, un comienzo sensacional, unos conflictos interiores estupendamente dibujados, un final perfecto.
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martes, 8 de marzo de 2011
Eleanor Farjeon fue una de las escritoras inglesas de literatura infantil más populares en los años cincuenta. Su vocación como escritora, según cuenta ella misma, creció gracias a una biblioteca familiar repleta: a los niños de la casa, decía, «nos hubiera parecido más natural carecer de trajes que de libros. Y más contrario a la Naturaleza no leer que no comer». Entre paréntesis, si alguien de verdad desea que sus hijos sean buenos lectores, ahí tiene un buen consejo, que puede unir al que indiqué en Qué libros comprar. Su recopilación de relatos La princesa que pedía la luna es magnífica pero..., actualmente ha de conseguirse en bibliotecas. A la derecha, portada de Edward Ardizzone para una edición inglesa de su libro.
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lunes, 7 de marzo de 2011

Hace poco que se ha editado en español un álbum muy popular en Inglaterra desde hace más de 40 años: El tigre que vino a tomar el té, de Judith Kerr. Es una historia que desborda simpatía y calidez: no es tan ingeniosa como, por ejemplo, The Cat in the Hat; no tiene unas ilustraciones extraordinarias —tal como la misma ilustradora afirma en una entrevista—, no es un álbum genial como tal álbum —podemos imaginar formas distintas de organizar la historia, e incluso no cumple del todo la regla que da ella misma en una entrevista de que «la peor cosa que puedes hacer es dibujar a un chico con pantalones azules y decir que ahí está un chico con pantalones azules», pero es un álbum estupendo que no ha perdido (y creo yo que nunca perderá) encanto.

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domingo, 6 de marzo de 2011
José Jiménez Lozano: «Lo que según Lévinas diferencia un documento de un libro, y afirmando por eso que la Biblia es un libro y no un documento, consiste en que las significaciones del documento ya quedan agotadas en él y el libro invade o desposa la vida del lector, y su destino. Es siempre susceptible de ser reinterpretado y, por tanto, tornado contemporáneo, y el mismo libro rejuvenece al lector porque le dice siempre algo nuevo.
Pero, si son así las cosas, está claro que lo peor que puede decirse de una narración es que es un documento de su tiempo, o que se recogen documentos para hacer una narración, o que ésta es un espejo paseado a lo largo del camino. Y es lo peor que se puede decir, porque entonces, al ser escritas, esas narraciones se han convertido en documento, y ya han dicho todo y no pueden rejuvenecer al lector con el conocimiento y la experiencia de un vivir otras vidas. Eso no le sucederá nunca a Dostoievski, pero sí a Tolstoi en sus grandísimas novelas, aunque no en sus cuentos; y él lo supo. Abandonó aquellos grandes, monumentales documentos y se puso a narrar en sus cuentos, sin documentar nada en ellos, sin documentarse para ellos».
José Jiménez Lozano. Los cuadernos de Rembrandt (2010). Valencia: Pre-Textos, 2010; 233 pp.; ISBN: 978-84-92913-52-7.
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sábado, 5 de marzo de 2011
En Lujo y necesidad puse una cita de Chesterton donde decía que la literatura es un lujo y la ficción una necesidad, y que una obra de arte nunca es demasiado corta y una historia nunca es demasiado larga. Años más tarde le pidieron que desarrollara esas dos ideas y dedicó un artículo a esa cuestión.
En él decía que la literatura es un lujo porque forma parte de lo que popularmente se ha dado en llamar «tener lo mejor de cada cosa», o de la cultura entendida como «conocer lo mejor que ha sido dicho y pensado», según una clásica definición de Matthew Arnold. Sin duda, seguía, la literatura es verdaderamente uno de esos lujos nobles que un estado bien gobernado procuraría extender a todos los ciudadanos e incluso lo vería como una necesidad en ese sentido más noble. Pero, en cualquier caso, es un lujo en el sencillo sentido de que los seres humanos pueden pasar sin él y ser tolerablemente humanos e incluso tolerablemente felices.
Sin embargo, los seres humanos no pueden ser humanos sin desarrollar su imaginación, sin algunas ideas acerca del sentido de aventura de la vida, e incluso sin tomarse algunas vacaciones mentales y refugiarse un poco de la vida en las ficciones. Esto no tiene que ver con que un hombre sea o no capaz de escribir, o incluso con que sea capaz de leer, como queda de manifiesto en ese periodo de la infancia en el que se suele «jugar a fingir algo», y también cuando el niño empieza a leer o, a veces (que el cielo le ayude), a escribir. Quien recuerde un cuento de hadas favorito de su niñez conservará un fuerte sentido de su solidez y de su riqueza, e incluso detalles bien definidos; y al releerlo años más tarde se sorprenderá, o si lo ha hecho se habrá sorprendido ya, cuando encuentre qué pocas y escasas eran las palabras que su propia imaginación convirtió en algo no sólo muy vívido sino tan variado. Se puede decir, también a partir de otros ejemplos, que todos vivimos una vida imaginativa que no viene completamente de fuera.
Pero de aquí no se concluye que todas esas cosas que alimentan las hambres de ficción desarrollan el paladar necesario para la literatura, «esa especie rara de ficción que alcanza un cierto estándar de belleza objetiva y de verdad» [al respecto se puede recordar aquí Nada más que eso...]. El amor por la ficción «no es algo semejante a tener aprecio por un buen vino; es algo más parecido a tener apetito por una comida decente». La necesidad de ficciones o de relatos es una necesidad de carácter general que está conectada con lo más profundo de un hombre, y con la cosa más extraña acerca del hombre que es, precisamente, ser un hombre. Esa característica extraña del hombre, que nos diferencia de cualquier otro animal, es que, al igual que un gran espejo hace que una habitación parezca dos habitaciones, así nuestra mente es, desde el principio, una doble mente que nos proporciona una capacidad de reflexión que nos hace vivir en dos mundos a la vez. («Fiction as Food», The Spice of Life)
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viernes, 4 de marzo de 2011
Me han interesado muchas cosas de La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, de Eva Illouz, un libro que analiza la preponderancia que ha llegado a tener la psicología en nuestra sociedad.
Una de ellas, de tipo general, es lo bien que acaba mostrando cómo la misma psicología «crea —o, al menos, fomenta— las mismas enfermedades que asegura curar», algo que, por cierto, vemos a nuestro alrededor en tantas otras facetas. ¿Quién no ha pensado más de una vez, por ejemplo, en cómo algunas decisiones políticas provocan situaciones lamentables que, después, los mismos políticos que las tomaron dicen que hay que remediar? O bien en situaciones como la que decía un personaje de Cuentos del Arco Largo: «Primero emponzoñan el agua, por mero afán de lucro, y luego ofrecen a la gente el remedio para librarse de esa ponzoña, también por afán de lucro»
La autora señala las no pocas contradicciones del «modelo terapéutico». Por ejemplo, cómo «el hecho de colocar la autorrealización en el centro mismo de los modelos de la personalidad tuvo como efecto hacer que la mayoría de las vidas se tornaran “no autorrealizadas”» con lo que se producen algunas consecuencias lógicas inesperadas: «la afirmación de que una vida no autorrealizada necesita terapia es análoga a la afirmación de que alguien que no utiliza al máximo el potencial de sus músculos está enfermo, con la diferencia de que en el discurso psicológico ni siquiera está claro qué califica como un “músculo fuerte”».
Eva Illouz. La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (Saving the modern soul: Therapy, emotions, and the cultura of self-help, 2008). Madrid: Katz, 2010; 316 pp.; col. Conocimiento; trad. de Santiago Llach; ISBN: 978-84-92946-01-3.
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miércoles, 2 de marzo de 2011
What Katy Did, de Susan Coolidge, fue una novela decimonónica muy popular, sobre una chica muy activa y divertida cuya vida cambia radicalmente después de un grave accidente. La autora se inspiró en su propia infancia y en sus propios hermanos, y puso su relato por escrito inducido por el mismo editor que había publicado Mujercitas. Ni los tonos ni las soluciones son los de hoy, claro está, pero justo por eso puede tener interés para ciertos lectores.
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martes, 1 de marzo de 2011
Tres libros de relatos cortos de los que tengo un gran recuerdo y que, por lo que veo, no debe haber editores a los que les pase lo mismo pues no están en el mercado: De un país lejano, Donde duerme el agua y Detrás de las nubes, de Ángela Ionescu
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