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Notas de marzo de 2012 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 31 de marzo de 2012

Dice Chesterton que La pequeña Dorrit representa lo más lejos que Dickens fue por el camino del realismo aunque, de sus últimas novelas, no es la que trata mejor algunos problemas sociales inmediatos, pues esa fue Tiempos Difíciles; ni es la mejor construida, que probablemente sea la inacabada El misterio de Edwin Drood.

El protagonista es Arthur Clenam, un hombre que vuelve a Londres después de haberse pasado veinte años en China. La pequeña Dorrit trabaja en casa de su madre, la señora Clenam, una mujer inválida y de trato difícil con Arthur. Arthur se siente intrigado por la chica y descubre que cuida de su padre, un hombre arruinado, en la prisión para deudores de Marshalsea. Arthur la ayuda y, para eso, ha de hacer frente a la Oficina del Circunloquio, un cuerpo burocrático verdaderamente fastidioso. También hace negocios y se enamora de la chica equivocada. Entretanto, el arrogante mayordomo de su madre logra ser socio de la compañía Clennam. En fin, se suceden cambios de fortuna, herencias inesperadas, descubrimientos del pasado, etc.

Dickens intentó en esta historia satirizar la incompetencia del gobierno y la hipocresía social. En conjunto no acertó, pues la narración tiene algo de la forma, o de la falta de forma, de Nicholas Nickleby o de Martin Chuzzlewit, y en ella son muchas las cosas que suceden, como en una cadena de aventuras desconectadas, y sin que haya tantos momentos de hilaridad como en otras novelas. Sin embargo, el pasaje donde describe la Oficina de Circunloquios es verdaderamente memorable: cualquier elogio es pequeño, también porque, decía Chesterton, revela cómo está siendo gobernada Inglaterra no sólo antes, sino ahora. Otro punto de interés está en que Dickens ambientó su novela en la prisión de Marshalsea, donde su propio padre estuvo encarcelado, y en que se inspiró en él tanto para el serio señor Dorrit, un hombre pobre, desolado y vencido por el mundo, como para el hilarante Micawber (David Copperfield), un hombre también pobre, pero exultante, a quien el mundo no derrota: mientras en La pequeña Dorrit Dickens insiste en la degradación del deudor, en David Copperfield se recreaba en su irresponsabilidad.

Charles Dickens. Little Dorrit (1855-1857). Edición en castellano, titulada La pequeña Dorrit, en Barcelona: Alba, 2011; 952 pp.; col. Clásica Maior; trad. de Carmen Francí e Ismael Attrache; ISBN: 97884-84286707.

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viernes, 30 de marzo de 2012

Zygmunt Bauman:
«El mensaje más importante de los mercados de consumo, su verdadero y profundo metamensaje (es decir, el mensaje que fundamenta y da sentido a todos los demás mensajes), es el carácter indigno de cualquier malestar o molestia. No sólo se condena a priori el aplazamiento de la satisfacción, sino también la complejidad de cualquier tarea que supere las capacidades, las herramientas o los recursos que poseen quienes la desempeñan, y por añadidura se condena la combinación de las dos (la necesidad de asumir una formación y un trabajo a largo plazo que hagan viable la satisfacción de estos deseos): todas ellas son tareas injustificadas e injustificables, y sobre todo innecesarias y prescindibles. La mayor parte del poder de seducción de los mercados de consumo depende de que este mensaje penetre y sea asimilado por los individuos. El mensaje es el siguiente: el complejo arte de la vida podría reducirse a una sola técnica, la del devoto consumo inteligente. Todos los bienes y los servicios que ofrece el mercado se proponen, en última instancia, conseguir que la práctica del arte de la vida se libere de todos los actos incómodos, penosos, que implican riesgo sin garantizar el éxito».

Zygmunt Bauman. El tiempo apremia (Living on Borrowed Time, 2009). Conversaciones con Citlali Rovirosa-Madrazo. Barcelona: Arcadia, 2010; 331 pp.; trad. de Elisenda Julivert; ISBN: 978-84-937025-8-8.

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jueves, 29 de marzo de 2012

Ya que cité ayer Vikingos al remo, un relato en el que se habla de Leif, hijo de Erik el Rojo, es un buen momento para decir que acaba de salir una nueva edición de La Saga de Erik el Rojo, con un clarificador epílogo, una buena traducción y unas apropiadas ilustraciones.

En esa obra, compuesta hacia los siglos XII y XIII, se narra la expedición vikinga que descubre y coloniza Groenlandia primero, y la más occidental Vinlandia, o Tierra del Vino, después. En ella se narran los acontecimientos recordando genealogías y dando datos de forma sobria y directa, como corresponde a relatos de origen oral que utilizaban formas de decir sonoras y fáciles de retener en la memoria. Sin ningún temor a parecer políticamente incorrectos a lectores de siglos posteriores, sus autores dan buena cuenta de la forma de actuar ruda y vengativa, y también fiel a los lazos familiares, de sus protagonistas.

Hubo una edición titulada La Saga de Erik el Rojo: cuentos nórdicos, que contenía también El relato de los groenlandeses, La saga de Hreidar el loco, Hravn de Hrutfjord, en Madrid: Altea, 1983; 152 pp.; col. Altea Junior; ilust. de Anne Bozellec; prólogo de C.G. Bjurström; trad. de Alberto Villalba; ISBN: 84-372-2016-5. La edición nueva está en Madrid: Nórdica, 2011; 88 pp.; ilust. de Fernando Vicente; trad. de Enrique Bernárdez; ISBN: 978-84-92683-55-0.

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miércoles, 28 de marzo de 2012

Una escritora española de los sesenta que dejó unos cuantos buenos relatos históricos: Carmen Pérez Avello. Tanto Un muchacho sefardí como Vikingos al remo son excelentes: ojalá se publiquen de nuevo.

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martes, 27 de marzo de 2012

Dos libros infantiles históricamente importantes, de hace unos setenta años, de los que no había puesto reseña todavía: Barbuchín, de Daniel Armas, guatemalteco; y Cuentos para Marisol, de Marta Brunet, chilena.

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lunes, 26 de marzo de 2012

Para comentar la serie Diario de Greg, de Jeff Kinney, he publicado tres articulitos de libre acceso en Aceprensa: uno, Libros infantiles ¿divertidos?, sobre rasgos básicos del subgénero y algunas diferencias entre libros de antes y de ahora; otro, Distintas tradiciones de "chicos malos", sobre algunas series de libros con protagonistas semejantes; y el tercero, Un resistente frente al sistema educativo, que ya es el comentario a los libros protagonizados por Greg, un éxito total.

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domingo, 25 de marzo de 2012

Algunas consideraciones de T. S. Eliot acerca de las valoraciones morales de obras literarias:

—«La “grandeza” de la literatura no puede determinarse tan sólo por criterios literarios, aunque debemos recordar que el hecho de que sea literatura sólo pueden determinarlo esos parámetros».

—«Es un lugar común decir que lo que turba a una generación será tranquilamente aceptado por la siguiente. Esta adaptabilidad al cambio de los criterios morales es en ocasiones saludado como una evidencia de la perfectibilidad humana, pero no es, en realidad, sino una evidencia de lo débilmente fundamentados que suelen estar los juicios morales de la gente». Esto también indica que muchas «valoraciones morales de las obras literarias sólo tienen en cuenta el código moral aceptado por cada generación y no si ese código se cumple o no».

—«Es asunto nuestro, como lectores de literatura, saber qué es lo que nos gusta. Es asunto nuestro, como cristianos, saber qué cosa debería gustarnos. Es asunto nuestro, como personas honestas, no asumir que cualquier cosa que nos guste es lo que debería gustarnos».

T. S. Eliot. «Religión y literatura» (contribución a Faith That Illuminates, 1935), La aventura sin fin. Barcelona: Lumen, 2011; 583 pp.; col. Palabra en el tiempo; edición de Andreu Jaume; trad. de Juan Antonio Montiel; ISBN: 978-84-264-1920-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 24 de marzo de 2012

Decía Chesterton que, con sus obras, Dickens recordó que, del lema revolucionario, los ingleses habían dejado solo Libertad pero habían borrado Igualdad y Fraternidad. Y si en todos sus libros fue un campeón de la fraternidad, en Tiempos Difíciles salió a combatir por la Igualdad. Es una novela más corta y más intensa que otras del autor: puede ser amarga, pero fue una protesta contra la amargura; puede ser oscura, pero eso es debido a la oscuridad del tema y no a la del autor; y es, quizás, el único lugar donde, queriendo defender la felicidad, Dickens olvida, en algunos momentos, ser feliz.

Ciudad industrial de Coketown, inspirada en Manchester, y no Londres o alrededores, como es habitual en Dickens. Hay cuatro ambientes: la clase alta representada por Josías Bounderby, «el fanfarrón de la humildad»; el del pedagogo utilitarista, Tomás Gradgrind, cuya hija mayor está casada con Bounderby; el representado por Esteban, un trabajador textil de Bounderby; el mundo del circo del señor Sleary, al que pertenece Ceci Jupe, una chica cuyo padre trabajaba allí y que vive con los Gradgrind. Aunque hay hechos que empujan hacia delante la acción, como el que Bounderby acuse injustamente a Esteban, Dickens quiere advertir a los lectores de las condiciones de vida de los trabajadores de la industria, señalar el comportamiento canalla de propietarios como Bounderby y de políticos como Harthouse —habla del Parlamento como del «vertedero nacional»—, y atacar la educación utilitarista, entonces de moda.

Este último punto se advierte pronto en el libro. Así, al principio, un funcionario público dice a Gradgrind: «Tenéis que suprimir por completo la palabra imaginación. La imaginación no sirve para nada en la vida. En los objetos de uso o adorno, rechazaréis lo que está en oposición con lo real. En la vida real no camináis pisando flores; pues tampoco caminaréis sobre flores en las alfombras». Y, en otro momento, el narrador exclama: «¡Oh, economistas utilitarios, maestros de escuela en esqueleto, comisarios de realidades, elegantes y agotados incrédulos, charlatanes de tantos credos pequeñitos y manoseados, siempre habrá pobres en vuestra sociedad! Cultivad en ellos, ahora que todavía estáis a tiempo, las gracias supremas de la fantasía y el corazón, para adornar con ellas sus vidas, que tanta necesidad tienen de ser embellecidas, o de lo contrario, cuando llegue el día de vuestro triunfo completo, cuando hayáis conseguido raer de sus almas todo idealismo y ellos se encuentren cara a cara y a solas con su vida desnuda de todo ornato, la realidad se volverá lobo y acabará con vosotros».

Charles Dickens. Hard Times (1854). Edición española, titulada Tiempos difíciles, en Madrid: Cátedra, 2005; 456 pp.; col. Letras universales; trad. de Armando Lázaro Ros; edición de Fernando Galván; ISBN 10: 84-376-1070-2. Otra edición en Madrid: Alianza, 2010, 1ª ed., 2ª reimpr.; 480 pp.; col. El libro de bolsillo; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN 13: 978-84-206-7423-0.

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viernes, 23 de marzo de 2012

Libros certeros aunque pesimistas como, en la década de los ochenta, Divertirse hasta morir, de Neil Postman, o como el reciente (y en sí mismo más flojo) Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, de Nicholas Carr, son respuestas a la inquietud de Marshall McLuhan que ya mencioné en la nota Corchos en un mar tempestuoso. El paralelismo entre los dos libros, además de por otras cosas, lo pensé al leer, en el segundo, el comentario de que el acceso a Internet es el servicio más popular de muchas bibliotecas públicas, y recordar que, en el primero, se decía que si un profesor recurre demasiado a medios audiovisuales en clase, tal vez está mostrando su propia superfluidad.

Quizá es esta una de las cosas que todos debemos plantearnos: cumplir bien, cada uno, el papel en el que somos insustituibles sin buscar atajos o bajar el nivel por motivos de comodidad, o de cansancio al ver los pocos resultados, o de búsqueda de aceptación y de popularidad… No es sólo que para ver películas y acceder a internet no necesitamos colegios ni bibliotecas, sino que estos dos ámbitos son los apropiados para ofrecer y enseñar a disfrutar de algunos productos exclusivos, como son el tiempo y el silencio, la concentración y la memoria; los únicos modos de facilitar la lectura reflexiva, de saber atender con calma y de poder pensar con profundidad.

Neil Postman. Divertirse hasta morir: el discurso público en la era del “show business” (Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of the Show Business, 1985). Barcelona: Ediciones de la Tempestad, 2001; 195 pp.; trad. de Enrique Odell; ISBN; 84-7948-046-7.
Nicholas Carr. Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (The Shallows. What the Internet Is Doing to Our Brains, 2010). Madrid: Taurus, 2010; 344 pp.; trad. de Pedro Cifuentes; ISBN: 978-84-306-0812-6.


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jueves, 22 de marzo de 2012

Uno de los relatos que están en el origen de las grandes aventuras, del que se acaba de publicar una nueva edición, es el Cantar de Valtario, una historia que deja en la memoria las hazañas portentosas de un héroe sin igual.

Compuesto seguramente a finales del siglo X, habla de que Atila, durante sus invasiones, se llevó consigo a tres príncipes herederos cuando eran niños: Valtario, de Aquitania; Hildegunda, de Burgundia; y Haganón, de los francos. Años después, cuando ya Haganón y Valtario han destacado por su valor, Haganón escapa para volver a su patria y, más tarde, lo hacen Valtario e Hildegunda, que habían sido prometidos en matrimonio desde niños. Pero entondes a Valtario le hacen frente, torpemente, los francos, contra el consejo de Haganón, que sabe que lo pagarán caro.

La narración tiene sabor, en lo que sin duda influye la excelente traducción. Los combates tienen una gran intensidad y, aunque se sabe cuál será el resultado final, no faltan los momentos de angustia. Eso sí, algunos paladares actuales no apreciarán que de Hildegunda sólo se alabe su belleza. En cualquier caso, el narrador se disculpa de sus fallos al terminar: «Tú, quienquiera que seas, que me lees, disculpa a la estridente cigarra. No repares en el tono chirriante de su voz. Piensa en la edad de quien, recién salido del nido, aún no se atreve a remontarse a las alturas».

Cantar de Valtario (Valtharius, comienzos del siglo IX y finales del siglo X). Madrid: Siruela, 1987; 55 pp.; col. Selección de Lecturas medievales; trad. y prólogo de Luis Alberto de Cuenca; ISBN: 84-85876-70-9. Nueva edición en Madrid: Rey Lear, 2012; 104 pp.; col. Breviarios; trad. y prólogo de Luis Alberto de Cuenca; ISBN: 978-84-92403-99-8.

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miércoles, 21 de marzo de 2012

Una escritora y un libro de la España de los sesenta: Elizabeth Mulder y Las noches del gato verde. Este tipo de libros de vida ordinaria con humor, a unos lectores adultos les despiertan la nostalgia —les pueden hacer pensar aquello de que el futuro, antes, era mucho mejor—; a otros, adultos y jóvenes, les pueden ayudar a entender mejor el pasado; y a otros les pueden servir para comparar el nivel literario entre libros semejantes de antes y de ahora.

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martes, 20 de marzo de 2012

Después de Quitar en vez de añadir y de Sin códigos secretos, una cita más de Bruno Munari en la misma dirección, pero precedida de un comentario de Malcolm Gladwell que abunda en la idea.

Dice Gladwell que quienes hicieron todo el trabajo preparatorio a la emisión de Barrio Sésamo comprobaron que los niños ven la televisión cuando pueden comprender lo que ven y dejan de hacerlo cuando lo que aparece les confunde. Ellos pensaban que un personaje que hacía juegos de palabras era gracioso pero lo eliminaron cuando vieron que los niños lo detestaban. Descubrieron que a los niños no les gustaba ver a los actores enzarzarse en una discusión, ni soportaban las escenas en las que dos o tres personas hablaban a la vez: aunque los editores adultos pensaban que las escenas de confusión les resultaban emocionantes, las pruebas confirmaron que a los niños les aburrían. Aunque, al principio, siguiendo las opiniones de los consejeros científicos, separaron las escenas de fantasía y realidad porque, supuestamente, podían resultar engañosas para los niños, finalmente no actuaron así: los niños perdían interés en las escenas filmadas en calles reales, que para ellos era un soso mundo de adultos, pero se reavivaba en cuanto aparecía de nuevo un teleñeco.

Esto se puede unir con unas observaciones de Bruno Munari acerca de qué gusta a los niños y qué gusta a los padres: «un buen libro para niños, con bellas figuras expresivas, con una historia justa, impreso sin lujo, no tendría éxito alguno (cerca de ciertos padres), pero gustaría mucho a los niños». Y sigue: «un buen libro para niños, de los tres a los nueve años, debiera narrar una historia muy elemental y mostrar figuras enteras, en colores, muy claras y precisas. Los niños son formidables observadores y advierten muchas cosas que los adultos con frecuencia no perciben; en un libro mío, [Nella notte buia], en el que experimenté las posibilidades comunicativas de diversas clases de papel, hay, en el primer capítulo, en papel negro, un gato que sale fuera de una página y mira la página siguiente. Muchos adultos no han advertido este curioso hecho». Y «las historias deberían ser sencillas como sencillo es el mundo de los niños: una manzana, un gato (los animales pequeños les interesan más que los grandes), el sol, la luna, una hoja, una hormiga, una mosca, una mariposa. El agua, el fuego, el tiempo (los latidos del corazón)».

Malcolm Gladwell. The Tipping Point: cómo pequeñas cosas pueden provocar una gran diferencia (2000). Madrid: Espasa, 2001; 294 pp.; trad. de Inés Belaustegui Trias; ISBN: 84-239-8731-0.
Bruno Munari. El arte como oficio (Arte como mestiere, 1966, artículos publicados en Il Giorno). Barcelona: Labor, 1991; 175 pp.; col. Labor; trad. y prólogo de Juan-Eduardo Cirlot; ISBN: 8433535064.

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lunes, 19 de marzo de 2012

Art y Max,
los personajes del último álbum de David Wiesner, son una especie de lagartijas que viven en el desierto. Max, un alocado entusiasta, pide a su amigo Art, o Arturo, un pintor experto, que le enseñe. Pero, cuando Max intenta usar el pincel empiezan a ocurrir cosas de todo tipo.

El relato contiene, aparte de referencias pictóricas, la consideración de fondo de que un artista seguro de su dominio puede aprender del ímpetu, e incluso de la fresca ineptitud, del principiante. Tanto la maestría del ilustrador como su querencia por los argumentos metafictivos se pone de manifiesto aquí una vez más, aunque la historia, para mi gusto al menos, no alcanza el nivel de otros álbumes.

David Wiesner. Art y Max (Art and Max, 2011). Barcelona: Océano Travesía, 2011; 42 pp.; col. Los Álbumes; trad. de Paulina de Aguinaco Martín; ISBN: 978-84-494-4362-6.

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domingo, 18 de marzo de 2012

T. S. Eliot
:
«Podría despotricar en contra de esos hombres de letras que dicen extasiarse ante “la Biblia como literatura”, la Biblia como “el monumento más noble de la prosa inglesa”. Aquellos que hablan de la Biblia como un “monumento de la prosa inglesa” están admirándola, meramente, como el monumento que corona la tumba del cristianismo. Sin embargo, debería evitar las digresiones: basta con sugerir que, tal vez como la obra de Clarendon, Gibbon, Buffon o Bradley, tendría un valor menor si fuese insignificante en tanto historia, ciencia o filosofía, respectivamente, así la Biblia debe su influencia literaria sobre la literatura inglesa no al hecho de que se la haya considerado literatura, sino a que se la ha considerado Palabra de Dios. Que los hombres de letras la consideren hoy “literatura” probablemente sea un indicio del fin de su influencia “literaria”».

T. S. Eliot. «Religión y literatura» (contribución a Faith That Illuminates, 1935), La aventura sin fin. Barcelona: Lumen, 2011; 583 pp.; col. Palabra en el tiempo; edición de Andreu Jaume; trad. de Juan Antonio Montiel; ISBN: 978-84-264-1920-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 17 de marzo de 2012

Dice Chesterton que Casa desolada no es el mejor libro de Dickens pero sí es su mejor novela: una distinción que no es una trampa verbal y que ha de ser recordada continuamente al hablar de sus obras. Por un lado, es una novela escrita en el punto más alto de su madurez intelectual, lo que no quiere decir perfección: una patata madura es perfecta pero alguna gente prefiere las patatas jóvenes o, dicho de otro modo, los niños son más agradables que los adultos y cuando Dickens escribió Casa Desolada había crecido ya.

Esther Summerson es una joven de orígenes misteriosos cuya bondad y desinterés hacia los demás la convierten en una persona querida por todos: es como si a su alrededor hubiera una «conspiración habitual» para hacerla feliz. Esther y un narrador externo se alternan en los sucesivos capítulos de una historia con multitud de personajes y de ramificaciones. Entre otras: los orígenes misteriosos de Esther; la adopción, por parte del bondadoso John Jarndyce, de la misma Esther y de otros dos jóvenes, Ada Clare y Richard Carstone; un histórico pleito que consume todas las energías de Richard; las ambiciones de abogados y prestamistas junto con el sufrimiento que ocasionan a distintas personas; la amistad de Esther con Caddy Jellyby; los vaivenes por los que pasa el amor de Esther… Además, el último tramo de la novela es una intriga policiaca en la que aparece un detective singular, Mr. Bucket, con cuyas averiguaciones se va dando cumplida satisfacción a los cabos sueltos anteriores.

Todos los libros anteriores de Dickens, tal vez con la excepción de Dombey e Hijo, son como novelas de aventuras e incluso como diarios de viaje. Así, los protagonistas de Pickwick, Oliver Twist, Nicholas Nickleby, David Cooperfield, o Martin Chuzzlewit, se pasan la vida de lugar en lugar. En Casa Desolada, sin embargo, hay un cambio de estructura: no es una cadena sino un ciclo de incidentes. Esto se ve si pensamos en que los comienzos de las novelas de Dickens, como por ejemplo la genial genealogía de los Chuzzlewit o el gran primer capítulo de David Copperfield, son incidentes que nada tienen que ver con el desarrollo posterior de la historia salvo las conexiones biográficas. En Casa Desolada, en cambio, Dickens empieza con la niebla que oculta el Tribunal Supremo porque quiere terminar con lo mismo. Además, toda la novela está repleta de símbolos que remiten al mundo de la administración de justicia: si de la muerte del pequeño Paul Dombey podíamos culpar a Dickens, aquí de la muerte de Little Jo podemos culpar a los jueces. La unidad artistica de la historia es casi sofocante: siempre hay un motivo, todo está calculado para reafirmar la protesta del autor contra un gran mal social. Y el hecho de que la niebla del primer capítulo nunca se levante parece querer decir al lector que la tiranía que se denuncia no puede ser levantada con el ligero subterfugio de la ficción.

En otro orden de cosas, se puede afirmar que la tragedia de Richard Carstone es la única y real gran tragedia que escribió Dickens. Dickens, que era divertido acerca de cosas divertidas, era muy serio acerca de cosas serias, y con esta historia quería que nos uniéramos a su protesta contra la vaciedad y la arrogancia de la ley, contra la locura y el orgullo de los jueces, y por eso quiso ser deprimente. Otro ejemplo de la seriedad de esta novela está en Caddy Jellyby: si Carstone es un estudio masculino de un joven que sigue un camino equivocado, Caddy,  tal vez la más digna de las heroínas of Dickens, es un perfecto estudio femenino de una chica que sabe elegir bien.

Charles Dickens. Bleak House (1853). Edición española, titulada Casa desolada, en Barcelona: Montesinos, 1987; 756 pp.; col. Clásicos; trad. de José Luis Crespo Fernández; ISBN: 84-7639-060-2. [Vista del libro en amazon.es]
Otra edición está en Madrid: Valdemar, 2008; 1088 pp.; col. Clásicos; trad. de José Rafael Fernández Arias; ISBN-13: 978-84-7702-595-5.

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viernes, 16 de marzo de 2012

El libro de Nicholas Carr, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, recalca la idea de que la Red, como cualquier tecnología de la comunicación, moldea nuestra forma de pensar pero, sobre todo, acentúa que debilita mucho nuestra capacidad de reflexión seria. Lo explican bien la paradoja de que «la Red atrae nuestra atención sólo para dispersarla» y la descripción de un ordenador como «un ecosistema de tecnologías de la interrupción». Pero quizá lo más interesante sea su advertencia de que «hemos arrinconado la tradición intelectual de solitaria concentración en una sola tarea» y de que «estamos evolucionando de ser cultivadores de conocimiento personal a cazadores recolectores en un bosque de datos electrónicos».

Así, cuando apunta que usar internet desarrolla ciertas habilidades —la coordinación ojo-mano, las respuestas reflejas, la facilidad de procesamiento visual de señales…—, indica que «nuestra “nueva riqueza en inteligencia visual-espacial” va de la mano con un debilitamiento de nuestras capacidades para el tipo de “procesamiento profundo” en el que se basa “la adquisición consciente de conocimiento, el análisis inductivo, el pensamiento crítico, la imaginación y la reflexión”. En otras palabras, la Red nos está haciendo más inteligentes, siempre y cuando definamos la inteligencia según los estándares de la propia Red. Si adoptamos una perspectiva más amplia y tradicional de la inteligencia —si pensamos en la profundidad de nuestro pensamiento y no sólo en su velocidad—, se impone una conclusión diferente y considerablemente más negra». Y esta es que hay funciones mentales para las que somos cada vez menos capaces: las que «fomentan el pensamiento tranquilo, lineal, las que utilizamos al atravesar una narración extensa o un argumento elaborado, aquellas a las que recurrimos cuando reflexionamos sobre nuestras experiencias o contemplamos un fenómeno externo o interno».

Nicholas Carr. Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (The Shallows. What the Internet Is Doing to Our Brains, 2010). Madrid: Taurus, 2010; 344 pp.; trad. de Pedro Cifuentes; ISBN: 978-84-306-0812-6.

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jueves, 15 de marzo de 2012

El santuario del pájaro elefante,
de Heinz Delam, cuenta el viaje de unos científicos al Congo, a una reserva natural. Cuando empiezan a suceder cosas raras, algunos averiguan que, además de los objetivos fijados, también van en busca de un animal del que se cree que casi no quedan ejemplares; que varios miembros de una expedición anterior fallecieron violentamente; y que sus vidas también están amenazadas por un misterioso y sanguinario grupo que trafica con animales en extinción. Cuenta la historia la hija del organizador, Natalia, de quince años, y el personaje decisivo es otro chico joven, Eloko, cuyo padre actuó como guía del grupo anterior.

Las pegas que se le podrían poner a la novela son algunos toques enfáticos de la narradora, que algunos personajes no son más que un esquema, y que suena un poco forzado el marco del relato —los motivos por los que Natalia va con su padre y sus explicaciones del epílogo—. Pero a su favor se pueden decir muchas más cosas: la lectura es amena, pues es atractivo el núcleo argumental; el hilo narrativo tiene tensión y tanto el carácter como el comportamiento de Eloko están conseguidos; son buenas las descripciones e informaciones de tipo ambiental, sobre la fauna, la flora y los escenarios del lugar, ríos y selvas con lugares pantanosos traicioneros como los de algunas aventuras del pasado.

Heinz Delam. El santuario del pájaro elefante (2011). Zaragoza: Edelvives, 2011; 230 pp.; col. Alandar; ISBN: 978-84-263-8161-3.

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miércoles, 14 de marzo de 2012

Ahora que, poco a poco, Noguer va reeditando títulos antiguos, podrían incluir entre sus planes el de publicar de nuevo un relato de hace tiempo acerca de los tamaschek, o tuareg, con unos protagonistas amables y bien perfilados: Luna Roja y Tiempo Cálido, de Herbert Kaufmann.

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martes, 13 de marzo de 2012

He puesto reseña de uno de los mejores relatos que conozco sobre muñecas que tienen una vida propia: The Doll's House, de Rumer Godden. Es un libro de 1947 que, según creo, no está publicado en castellano. Se le puede poner la etiqueta de fantasía infantil, sí, pero tiene una gran calidad literaria, y una intensidad emocional y un desenlace muy poco habituales.

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lunes, 12 de marzo de 2012

Diez angelitos
,
de Else Wenz-Viëtor, una popular ilustradora alemana de principios del siglo XX, es un antiguo álbum navideño que merece ser conocido porque tiene gracia y porque su composición con troquelados es muy hábil.

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domingo, 11 de marzo de 2012

T. S. Eliot
:
«La música de la poesía no existe con independencia del significado. De otro modo, podría haber poesía de gran belleza sonora que no tuviera ningún sentido y personalmente jamás me he topado con algo similar. Las aparentes excepciones solo muestran una diferencia de grado: hay poemas cuya música nos mueve de tal manera que damos por hecho el significado, del mismo modo que hay poemas en los cuales atendemos al sentido mientras la música nos toca sin apenas notarlo. Tomemos un ejemplo aparentemente extremo: los poemas sin sentido de Edward Lear. Su sinsentido no supone vacuidad de sentido, sino parodia del sentido: ese es su sentido. The Jumblies es un poema de aventuras y de nostalgia del romanticismo del viaje al extranjero y la exploración; The Yongy-Bongy Bo y The Gong with a Luminous Nose son poemas de pasión no correspondida, de nostalgia, en realidad. Disfrutamos de la música, que es de altísima calidad, y disfrutamos de una sensación de irresponsabilidad frente al sentido».

T. S. Eliot. «La música de la poesía» (The Music of Poetry, 1942), en La aventura sin fin. Barcelona: Lumen, 2011; 583 pp.; edición de Andreu Jaume; trad. de Juan Antonio Montiel; ISBN: 978-84-264-1920-0.

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sábado, 10 de marzo de 2012

A partir de Dombey e Hijo, una novela que se publicó en veinte entregas mensuales, Dickens planificó más sus libros: los hizo más serios y en ellos intentó que todo tuviera más sentido, de forma que hasta los ramalazos más absurdos fueran en la misma dirección de los propósitos que tenía la novela.

Esta historia comienza cuando fallece la señora Dombey al dar a luz a su hijo Pablo. El padre, Mr. Dombey, un rico mercader, pone todas sus esperanzas en ese hijo y no hace caso alguno a su hija Florencia, que tiene unos cinco o seis años. Sin embargo, el vínculo afectivo entre Florencia y Pablo se hace muy fuerte. Florencia encuentra apoyo y afecto en Walter Gay, un joven empleado de su padre. La salud de Pablo no es buena y fallece. Mr. Dombey se casa de nuevo con la joven viuda Edith Granger, una mujer de la que desconoce su pasado pero que piensa que puede cumplir la función social que se le pide a su esposa. También gana peso el empleado de confianza de Mr. Dombey, Carker, un adulador maniobrero semejante al Urias Heep de David Cooperfield.

El propósito del autor, de presentar la bondad como la gran curadora de todos los males, se resiente del sentimentalismo que se respira en muchos momentos, aunque coge vuelo gracias al intenso dramatismo de algunos diálogos —sobre todo algunos donde habla Edith Granger—. En sus comentarios, Chesterton pone su atención en tres personajes muy secundarios con los que Dickens sí logra subrayar su intención de fondo. Uno, el mayor Bagstock, un tipo que pasa por sincero pero que sólo es completamente obvio, y que cuando dice una parte de la verdad ya piensa que así está siendo veraz. Otro, el primo Feenix, un aristócrata bienintencionado que dice cosas verdaderas sólo por accidente, un desmentido a quienes decían que Dickens no sabía pintar aristócratas pero, eso sí, una prueba de que no los describía como a ellos les apetecía ser descritos. Y el tercero, Toots, un personaje con el que Dickens muestra cómo un ser bondadoso y algo idiota puede hacernos notar la maravilla de una inocencia genuina.

Se puede dejar constancia, como en otras novelas de Dickens, de la pertinencia de algunas consideraciones sobre cuestiones educativas. Una, cuando el narrador dice de un personaje que «todo cuanto intentó con objeto de desviar a su sobrino [Walter] del afán por las aventuras produjo en éste contrarios efectos. Siempre ocurre así. Procurad escribir alguna vez un libro o narrad algo cuyo objeto sea únicamente hacer que los niños no se muevan de casa, y éstos, indudablemente, no pensarán en otra cosa distinta que hacerse a la mar. Todo esto está suficientemente probado». Otra, también en boca del narrador, a propósito de una escuela a la que asiste Pablo: «El sistema de mistress Pichpin no consistía en dejar que la inteligencia de los niños se formara y desarrollase como una delicada flor, sino obligarla a abrirse como una ostra». Una tercera, cuando Edith le dice a su madre que «basta y sobra con que nosotros seamos lo que somos. Y no quiero que la juventud y la confianza desciendan a nuestro mismo nivel. No quiero que un alma cándida sea corrompida, pervertida, para divertir el ocio de una madre, ni de todas las madres del mundo juntas».

Charles Dickens. Dombey and Son (1846-1848). Edición española, titulada Dombey e Hijo, en Barcelona: Ediciones del Azar, 2002; 889 pp.; trad. de Fernando Gutiérrez y Diego Navarro; ISBN: 84-95885-03-4.

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viernes, 9 de marzo de 2012

El núcleo de La confesión, de John Grisham, es que un chico negro, acusado de un crimen que no cometió, está esperando ya el día de su ejecución. Los protagonistas principales son su abogado, que lo intenta todo para evitarlo, y un pastor luterano de otro estado, que conoce al tipo que cometió el crimen y viaja con él a Texas para que confiese. Es un relato largo pues Grisham, un buen narrador, no sintetiza nada y multiplica personajes y escenarios relacionados con el caso. La maldad y corrupción de algunos personajes quedan claras pronto —el narrador puede llamar imbécil a un tipo nada más presentarlo— pero no así de otros, de quienes se nos cuenta bien por qué han llegado a ser delincuentes —«el sistema de justicia para menores solo es un caldo de cultivo de delincuentes profesionales», dice un tipo con una tristísima historia—.

El interés principal del autor es provocar indignación en el lector no sólo contra la pena de muerte sino contra el sistema que lo regula en algunos estados, y contra los circos mediático y político que le rodean. Como es lógico, sus personajes no intentan dar argumentos razonados —más allá de alguna declaración del tipo «muy enfermo tiene que estar el mundo para que matemos a alguien partiendo del supuesto de que tenemos derecho a matarlo»—, sino presentar sus puntos de vista. Lo que sí se aprecia es que, si el policía corrupto inventa pruebas para cargarse de razón o el político venal actúa de acuerdo con los vaivenes de la opinión pública, los abogados de la defensa no dudan tampoco en poner cualquier medio que se les ocurra para vencer en el caso, y quienes protestan justamente contra la injusticia no se plantean siquiera mínimamente si están recurriendo o no a medios injustos. Ninguno parece haber aprendido, como Frodo, la lección de que si usas las armas del enemigo tú mismo eres el enemigo.

John Grisham. La confesión (The Confession, 2010). Barcelona: Plaza & Janés, 2011; 502 pp.; trad. de Jofre Homedes Beutnagel; ISBN: 978-84-01-33961-5.

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jueves, 8 de marzo de 2012
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miércoles, 7 de marzo de 2012

La joven desaparecida,
de Shane Peacock, el tercer libro de una serie protagonizada por un joven Sherlock Holmes, tiene un argumento algo más alambicado que los de las entregas previas. Esta vez una chica de clase alta desaparece y es él quien averigua la historia extraña que hay detrás superando una vez más a sus rivales. La narración tiene iguales cualidades y defectos que la primera y segunda novelas. Resultará entretenida para quien haya sido enganchado por el personaje, por más que no sea tanto un relato detectivesco como una novela de acción y los parecidos del protagonista con el Sherlock Holmes creado por Conan Doyle sean escasos.

Al leerla he pensado, de nuevo, que buena parte de las descripciones no hacen falta, que algunos episodios no son convincentes, y que narrar las cosas en presente aquí es innecesariamente artificioso. He pensado, también, que, igual que quienes se han acercado a este joven Holmes conociendo bien al original habrán perdido pronto el interés en esta serie, una buena parte de los lectores que se acostumbren a este nuevo Holmes no podrán aficionarse al verdadero. Supongo.

Shane Peacock. La joven desaparecida (Vanishing Girl, 2009). Madrid: Almadraba, 2011; 389 pp.; col. El joven Sherlock Holmes; trad. de Susana Andrés; ISBN: 978-84-92702-78-7.

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martes, 6 de marzo de 2012

El único álbum infantil al que puso imágenes Saul Bass, un gran diseñador gráfico que firmó los títulos de crédito y los carteles anunciadores de muchas películas clásicas, fue Henri viaja a París. Además de que, por supuesto, los interesados en el diseño y en la historia de los álbumes no deben perdérselo, la historia es buena para cualquier lector.

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lunes, 5 de marzo de 2012

Un álbum informativo —a la vez sobre los números y el ciclo de la vida— sencillo y sobresaliente: Diez semillas, de Ruth Brown.

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domingo, 4 de marzo de 2012

Eric Kandel,
premio Nobel en 2000 por sus investigaciones acerca del cerebro, habla de su amistad con John Eccles, que también fuera premio Nobel en 1960 por su trabajo en el mismo campo, y dice: «Cuando nos hicimos amigos, a fines de la década de 1960, me contó que se sentiría eternamente agradecido a [un] estado de abatimiento que le había permitido experimentar un gran cambio intelectual. El cambio se produjo en el club de la universidad [de Dunedin, Nueva Zelanda], al que iba siempre para distraerse después de la jornada de trabajo. Allí, en 1946, conoció a Karl Popper (…). En el curso de esa conversación, Eccles comentó (…) que aparentemente llevaba las de perder en una discusión [acerca de la transmisión sináptica] que venía desde hacía mucho y que para él era fundamental.

Popper quedó fascinado. Le dijo a Eccles que no había motivo para desesperarse y que, por el contrario, debía estar más que contento pues nadie negaba sus descubrimientos sino su teoría, su interpretación de los fenómenos que había encontrado. Por lo tanto, Eccles hacía ciencia de la mejor calidad: las hipótesis opuestas sólo chocan cuando los hechos quedan claros y se pueden contraponer nítidamente interpretaciones contradictorias. Según Popper, estar equivocado en cuanto a la interpretación de un fenómeno carecía de importancia. (…) Eccles describió en estos términos aquella entrevista:

“Aprendí de Popper lo que es, para mí, la esencia de la investigación científica: que hay que permitirse especular e imaginar cuando se plantean hipótesis pero que después hay que verificarlas con el mayor rigor, recurriendo a todo el conocimiento existente e ideando situaciones experimentales sumamente estrictas que las pongan a prueba. De hecho, de él aprendí incluso a alegrarme con la refutación de una hipótesis largamente acariciada porque rebatirla también es una hazaña científica y mucho es lo que se llega a conocer mediante la refutación. Mi contacto con Popper fue una liberación porque me permitió superar las rígidas convenciones en boga con respecto a la investigación científica. (…) Cuando uno se libera de esos dogmas estrechos, la investigación se transforma en una aventura apasionante que abre las puertas a nuevos horizontes”.»

Eric R. Kandel. En busca de la memoria: el nacimiento de una nueva ciencia de la mente (The emergence of a new science of mind, 2006). Buenos Aires: Katz, 2007; 568 pp.; col. Conocimiento; trad. de Elena Marengo; ISBN: 978-987-1283-40-8 (Argentina), 978-84-935432-8-0 (España).

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sábado, 3 de marzo de 2012

Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit
fue la última de las novelas de Dickens con aire picaresco y una de las menos populares: incluso para el entusiasta de Dickens resulta poco satisfactoria porque predomina en ella un humor hostil, un poco semejante al de Oliver Twist. Su protagonista, Martin Chuzzlewit, es un aprendiz de arquitecto al que contrata Seth Pecksniff, una especie de profesor, y que es desheredado por su excéntrico y rico abuelo. Martin viaja entonces a los Estados Unidos, donde es estafado y tiene malas pero cómicas experiencias. Cuando vuelve a Inglaterra, desilusionado, acaba reconciliándose con su abuelo, que da su aprobación a su futuro matrimonio con Mary Graham.

El comentario que hace Chesterton a esta historia contiene una larga comparación entre Thackeray y Dickens: al primero lo califica de novelista y al segundo de satírico. Señala que la esencia de la sátira está en que percibe lo absurdo en la lógica de una posición y entonces aisla esa incongruencia para que todos podamos verla; por su misma naturaleza es inseparable de una cierta lógica insana que normalmente llamamos exageración. Mientras Thackeray llevaba los principios de un hombre tan lejos como ese hombre los llevaba, Dickens los llevaba tan lejos como los principios podían ir. Se puede afirmar que el satírico es más filosófico que el novelista. Mientras este puede ser solo un observador, el satírico debe ser un pensador filosófico pues ha de seleccionar qué cosa caricaturizará, por lo que se podría decir que la verdadera sátira es siempre una variación de la fantasía con aires de lógica pura. Un ejemplo de esta forma de sátira está en el viaje de Martin Chuzzlewit por América: en él se ve que Dickens no describe personajes sino que satiriza modas o, para decirlo más exactamente, persigue herejías; y que nunca hubo un hombre tan capaz para decir que algo estaba mal y tan deseoso de decir que algo estaba bien.

Pues bien, todo Dickens es sátira y sentimentalismo. La sátira se arriesga a ser innecesariamente hostil e inmisericorde, y el sentimentalismo a ser innecesariamente humanitario e incluso sensiblero. En la correcta mezcla de ambas cosas descansa el éxito de Dickens en una novela. De ahí que Dickens dé siempre lo mejor de sí mismo cuando se ríe de la gente a la que admira, como cuando escribe sobre Pickwick, que representa la virtud pasiva, o sobre Weller, que representa la virtud activa. Lo mismo vemos en Barnaby Rudge, cuyo héroe es un loco amable; y en las dos figuras cómicas de Almacén de antigüedades, Dick Swiveller y la Marquesa, que son las que atraen más al lector. Pero en Martin Chuzzlewit ninguno de los personajes absurdos despiertan de igual modo la simpatía: el hipócrita y retórico Seth Pecksniff por un lado, y la untuosa y suntuosa señora Gamp por el otro, son tan exuberantes y divertidos como abominables y despiadados, pero resulta difícil tomárselos del todo en serio cuando se ve que su creador no los aprecia (y, para los lectores españoles, a esto se ha de añadir que la forma de hablar de la señora Gamp, en un argot propio, no suena nada bien).

Charles Dickens. The Life and Adventures of Martin Chuzzlewit (1843-1844). Edición española, titulada Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, en Barcelona: Montesinos, 2003, 727 pp.; trad. de David González; ISBN: 84-95776-62-6. Nueva edición en Barcelona: Alba, 2017; 920 pp.; col. Clásica Maior; trad. de Miguel Temprano; ISBN: 978-8490653036. [Vista de esta edición en amazon.es]

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viernes, 2 de marzo de 2012

Uno de los excelentes artículos de crítica literaria que contiene La aventura sin fin, de T. S. Eliot, es «¿Qué es un clásico?». En él, después de explicar que la palabra «clásico» tiene significados distintos según el contexto, y de señalar que no piensa pedir perdón por haber usado o por usar en el futuro esa palabra con otros sentidos, precisa que, hablando estrictamente, el clásico «sólo puede ser obra de una mentalidad madura»: la importancia de una civilización y de una lengua, junto con la amplitud de la mente del poeta, es lo que le otorga la universalidad.

Esa mentalidad madura necesita de la historia y de la conciencia histórica, por lo que «servirse de una literatura extranjera indica un grado de civilización más avanzado que servirse sólo de etapas anteriores de la propia tradición literaria». Además, incluye la madurez de las maneras, o ausencia de provincianismo, un rasgo que Eliot define como «una distorsión de valores: la exclusión de unos, la exageración de otros, que surge no a falta de un amplio conocimiento del mundo, sino de la aplicación de patrones adquiridos en una pequeña área de la totalidad de la experiencia humana, que confunde lo contingente con lo esencial, lo efímero con lo permanente». E incluye la madurez de una lengua: «puede suponerse que una lengua se aproxima a la madurez cuando los hombres poseen un sentido del pasado, confianza en el presente, y carecen de dudas conscientes sobre el futuro».

Otra característica del clásico es la capacidad abarcadora: «lo clásico debe, dentro de sus limitaciones formales, expresar el máximo posible del rango total de los sentimientos que representan el carácter del pueblo que habla esa lengua. Lo representará lo mejor posible y además tendrá el mayor atractivo posible: dentro del pueblo al que pertenece, hallará respuesta en hombres de todas las clases y condiciones. Cuando, más allá de su exhaustividad respecto de su propia lengua, una obra literaria tiene una parecida significación para cierto número de lenguas extranjeras, podemos decir que posee además universalidad». Vistas así las cosas, un autor como Goethe es un autor universal puesto que todo europeo debería conocer su obra, pero no lo es en el mismo sentido que tiene para toda Europa Virgilio, el clásico por excelencia o clásico absoluto según Eliot.

T. S. Eliot. «¿Qué es un clásico?» (What is a Classic?, 1944). La aventura sin fin. Barcelona: Lumen, 2011; 583 pp.; col. Palabra en el tiempo; edición de Andreu Jaume; trad. de Juan Antonio Montiel; ISBN: 978-84-264-1920-0. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 1 de marzo de 2012

Se ha publicado en castellano recientemente La historia de Nycteris y Photogen, de George MacDonald, a quien se califica en la solapa de esta edición como «el maestro de la mitopoeisis, según Lewis, es decir, de la creación de imágenes que expresan en su misma configuración el siempre-más que hay en todas las cosas y que señala hacia la alegría de Dios cuando creaba todas las cosas».

La historia cuenta cómo la bruja Watho se hace con dos chicos recién nacidos, y a uno, Photogen, lo encierra y lo educa para que nunca vea la oscuridad y con la otra, Nycteris, hace lo mismo pero al revés, para que nunca vea la luz; y luego narra el crecimiento de ambos hasta que se conocen, se hacen conscientes de lo que pasa, y deciden huir. A través del relato se habla de «saber atesorar el esplendor» de lo que nos rodea, de cómo un prisionero puede tener el corazón «lleno de gloria y júbilo», de que «las mismas personas malvadas pueden ser un lazo para unir a los buenos», de un amor que acaba venciendo al mal.

MacDonald hace descripciones excelentes y deja que los significados se desprendan de su narración sin énfasis alguno y sin intentar aleccionar al lector. Así, cuando Nycteris abandona su habitación por vez primera sigue a una luciérnaga que, «como ella, estaba buscando la salida. Si no conocía el camino, al menos seguía siendo una luz, y ya que toda luz es una, cualquier luz puede servir para guiar a más luz».

George MacDonald. La historia de Nycteris y Photogen (The Day Boy and the Night Girl. The Romance of Photogen and Nycteris, 1882). Madrid: Fundación Maior, 2011; col. Hilo de Luna; trad. de Ana Cecilia Aldana y Pedro Hernández O’Hagan; ISBN: 978-84-936777-4-9.

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